miércoles, 4 de enero de 2012

POSMODERNIDAD COMO CÓCTEL LETAL


Posmodernidad: cóctel letal para la civilización humana
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


Para quienes estiman que el placer,
El poderío y la riqueza, bienes vulgares
Predominantes en la disolvente era
Posmoderna, minan la salvación
                                              de la humanidad

Lo posmoderno no es una edad, entendida como concepto de una ley de sucesión de los periodos históricos, sino es más bien una Época y un concepto que alude al carácter central y determinante de cierto acontecimiento histórico.

Las personas de una época tienen el patrón de su acción en algo común, son parecidos en el modo de sentir, pensar, vida anímica e impulsos. Para Dilthey, el cual introduce en la metodología historiográfica la noción de “época”, los individuos de una época determinada tienden a coincidir en sus fines, modos de pensar concretos y valoraciones, mostrando una afinidad interna. Lo posmoderno es así, la época madura de la contemporaneidad.

Filosóficamente, el límite de ésta última puede fijarse en 1831, año de la muerte de Hegel, y en sentido estricto en 1875, fecha de la renovación del positivismo, espiritualismo y kantismo. La filosofía posmoderna, en sentido amplio, puede establecerse su comienzo en el pensamiento postestructuralista de los años sesenta, y en sentido estricto, principia en 1979, con la publicación de La Condición posmoderna de Lyotard.

Por otro lado, si el pensamiento contemporáneo, de tendencia inmanentista, se movió fundamentalmente alrededor del humanismo y del cientificismo, el pensamiento posmoderno gira en torno a la hermenéutica nihilista y a la realidad lingüística. El mundo simbólico, el descubrimiento clave del siglo veinte, ha devenido en el mundo del relato y metarrelato. La fe en la ciencia, la razón y el progreso ha sido desplazada por una perspectiva antiheroica sin ideales, en la que el mundo es lo que decidimos decir y disfrutar inmediatamente de él y en él.

En este sentido, si la mentalidad moderna se caracteriza por la preponderancia de la cismundanidad, pero sin negar la trasmundanidad, en cambio la mentalidad contemporánea se caracteriza por la preponderancia de la cismundanidad a través de la negación de la trasmundanidad.

No obstante, la época posmoderna se caracteriza por la negación no sólo de lo trasmundano, sino también de lo cismundano, estrechando su horizonte hasta quedarse en una subjetividad monádica sin voluntad de verdad.

El hombre de la posmodernidad es el hombre sin “Absoluto”, que vaga ebrio y sin tragedia por el mundo, dejándose arrastrar por lo frívolo, fútil y difuso. La caricatura norteamericana de los “Simpsons” retrata bastante bien esta nueva realidad antropológica de decadencia de la razón y victoria de la estupidización universal del hombre.

“Tiempo axial” es el término usado por Karl Jaspers para referirse a la época entre los siglos VIII y II A.C., en que se aglomeran los acontecimientos más prodigiosos de la historia del mundo. El periodo clásico griego, Confucio, Lao Tsé en la China, Zaratustra en Persia, los Upanishadas y Buda en la India, los Profetas hebreos, la aparición de Jesús son el eventos paradigmáticos del tiempo axial. Es la época en que el hombre hace la experiencia de lo temible del mundo y de su propia impotencia. Dios, lo incondicionado y lo absoluto es vivido en toda su intensidad.

De modo análogo, pero inverso, lo posmoderno es la época del “tiempo insustancial”, donde se completa el proceso de extinción de lo divino, dado que hasta al propio hombre se le despoja de esta condición.

En vez de hacer la experiencia de lo temible y misterioso del mundo y de su propia impotencia, se plantea cuestiones superficiales, lejos de buscar emanciparse y salvarse se hunde sin angustia en una orgía hedonística de la experiencia de la nada. El hombre posmoderno ha perdido el nexo ontológico entre Dios y la Creación, y al perderlo pierde también su percepción de condición de criatura.

Bien dicho, es posible afirmar que, actualmente no sólo se vive la “muerte de Dios”, sino más bien la “muerte del hombre”. El pensamiento contemporáneo ha pasado de la cultura de la increencia a la cultura del nihilismo, a la época del “todo vale”, sin telos que le de sentido.

El nihilismo gnoseológico que niega la posibilidad del conocimiento de un modo radical, se remonta a la dogmatización del escepticismo pirrónico; el nihilismo metafísico que niega la posibilidad de algo permanente en el cambio y la multiplicidad, se retrotrae a Gorgias; y el nihilismo moral que afirma la desvalorización de todos los valores se repliega hasta Diógenes el cínico y se prolonga hasta Nietzsche.

Pues bien, lo singular de la época posmoderna es que estas tres variantes de Nihilismo confluyen en una sola, se combinan y se conjugan, arribando a la negación completa de lo Absoluto. Ni la Verdad, ni el Ser, ni lo Bueno serán arquetípicos por antonomasia. Por el contrario, todo se vuelve relativo, interpretable y construido por la hedonística voluntad subjetiva individual.

A diferencia de la mayor parte de los filósofos del pasado, que admitieron la existencia del Absoluto o al menos la posibilidad de hablar con sentido acerca de su concepto, la gran mayoría de filósofos contemporáneos de la época humanista y racionalista, ya se habían negado rotundamente a incorporar en su pensamiento la idea de lo Absoluto. Así muchos filósofos racionalistas e inmanentistas negaron la legitimidad de desarrollar ningún concepto de lo Absoluto, porque todo intento desemboca en antinomias insolubles. Muchos empiristas negaron su existencia, lo que se diga acerca de él es fruto de la imaginación, y estas especulaciones no serían consideradas como filosóficas, menos aun como científicas, sino literarias o poéticas. Por último, los neopositivistas que niegan la posibilidad de emplear con sentido la expresión “Absoluto”, la condenaron por carecer de referente observable y violar las reglas sintácticas del lenguaje.

En la época posmoderna se ha pasado del rechazo de la idea de lo Absoluto hacia su sustitución por el “todo vale”. Pero esto no significa que esto se convierta en un nuevo absoluto.

Por una parte, es sumamente significativo que durante el Romanticismo, última época de la modernidad, la idea del Absoluto entrara en gran boga filosófica con Fichte Schelling  y Hegel. Lo cual es un mentís de que la filosofía moderna prescindiera de la necesidad del Absoluto, ilimitado e infinito. Por el contrario, lo moderno se centra en lo cismundano pero sin obviar lo trasmundano.

Las formas adoptadas en el curso de la historia de la filosofía por la idea de lo Absoluto están relacionadas con una realidad primaria, radical y fundante. La Esfera de Parménides, el Bien de Platón, el Primer Motor Inmóvil de Aristóteles, lo Uno de Plotino, la Substancia de Spinoza, la cosa en sí de Kant, el Espíritu Absoluto de Hegel, la Voluntad de Schopenhauer, el Inconsciente de E. von Hartmann, e incluso la ley del universo no sólo se refiere a una realidad o a un principio, sino al supuesto de que solamente un absoluto puede ser lo Absoluto.

En cambio, el “todo vale” posmoderno no puede ser un absoluto, por cuanto es un principio autárquico para cada Yo único y soberano. La multiplicidad de mónadas no está relacionadas con una realidad primaria y fundante, y, en consecuencia, la renuncia y olvido del absoluto y su reemplazo por una pluralidad de seudo verdades particulares, hacen imposible que el”todo vale” singular pueda valer como un Absoluto.

El “todo vale singular” de la posmodernidad es la negación de algo permanente en el cambio, la acción y el conocimiento. A propósito, los autores de tendencia escolástica distinguieron entre el Absoluto “simpliciter”, puro y simple, equiparable a Dios, a la Causa o al Principio; y el Absoluto “secundum quid”, por su causa interna y en su forma externa.

Otros filósofos modernos han establecido otras distinciones: el que permanece en sí mismo, el que se auto despliega, el formal, el concreto, el racional, el irracional, el inmanente, el trascendente, el infinito, el finito. ¿Podría el “todo vale” posmoderno ser un absoluto secundum quid, finito o formal?

En principio sí, en tanto que se relaciona con lo dependiente y relativo. Pero por otro lado no. Porque esta cuestión se plantea para establecer una relación entre el Absoluto y los entes no absolutos. Efectivamente, el pensamiento posmoderno convierte lo absoluto en un metarrelato, es un cuento que está detrás y por debajo de todos los cuentos. Es un gran mito, que cada generación ha sostenido como fundamento para vivir, pensar y creer.

Por ello concluyo afirmando que, el hombre posmoderno es el hombre que vive sin ningún absoluto, es el prototipo del hombre protagórico, con la única diferencia de que ya no es el hombre, sino la “interpretación individual” la medida de todas las cosas.

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