miércoles, 4 de enero de 2012

IDEOLOGÍA NO ES FILOSOFIA


IDEOLOGÍA NO ES FILOSOFÍA
Gustavo Flores Quelopana- Sociedad Peruana de Filosofía

INTROITO
 La profesora María Luisa Rivara de Tuesta ha sostenido que “en Latinoamérica las ideologías han sido formas de hacer filosofía”. Sostengo que tal idea se basa en una definición conceptual confusa, imprecisa y esquemática de lo ideológico y de lo filosófico, que termina instrumentalizando el quehacer filosófico y omitiendo el lado esencial de la ideología. Como veremos, esta imagen endurecida de la filosofía está muy próxima al desacreditado marxismo y a un totalitarismo tardío.
            Por el contrario, la ideología funciona con la seguridad de un dogma establecido. La ideología brota de las ideas, pero lleva a la petrificación del pensamiento y de la angustia del existir, en ella ya no se piensa, se obedece, por ello es la antípoda de la filosofía. La ciencia demuestra, explica y sabe; la filosofía duda, oscila y se vive; y en la ideología se acata, se obedece y se consigna. Y es la filosofía la llamada a mostrar que no hay que confundir ideas con ideología ni tomar la ideología como verdad objetiva. Pues ni la ideología es filosofía ni la filosofía es ideología.

I
La noche de los gatos pardos
            Han dejado su huella sobre la labor filosófica de Rivara de Tuesta, pensadores como Francisco Miro Quesada, con su proyecto del filosofar latinoamericano, Augusto Salazar Bondy, con la filosofía de la liberación, Enrique Dussel y Leopoldo Zea, con su doctrina antropológica.  Pero no ha entendido plenamente el acervo de estas filosofías cuando intenta recoger en uno de sus trabajos medulares, Filosofía e Ideología en Latinoamérica (Rivara 2000, 77-91) la significación de lo que es ideología y filosofía.

            En realidad, uno de los hilos conductores del pensamiento de la profesora Rivara de Tuesta es justamente aquella que afirma que en Latinoamérica las ideologías han sido formas de hacer filosofía.

“Se podrá argüir  que eso no es filosofía; no pensamos así, más bien sostenemos que ésa es una forma de hacer filosofía” (p. 80).

            Pero  ¿cómo se convierte la filosofía en ideología? Rivara cree que el filosofar no académico latinoamericano cuando trata de validar un filosofar determinado en la realidad  histórica se convierte en ideología.

“Vista desde esta perspectiva, la historia de la filosofía en Latinoamérica presenta un cuadro de desenvolvimiento peculiar de -naturaleza bipolar que va más allá del modelo dado en determinado tiempo y lugar y ofrece ya una personal manera de aceptación de la filosofía; de un lado, el afán del filósofo por conocer y estar al tanto de las doctrinas imperantes en Occidente, que es lo que constituye la vertiente academicista de nuestro filosofar; y de otro, valida estas filosofías en el mundo cultural y en la realidad histórica americana, esfuerzo, este último, a través del cual vemos convertida la filosofía en lo que podríamos llamar ideología” (p. 79).

            Su análisis muestra que la filosofía se convierte en ideología al pasar de la teoría a la praxis, pero al convertirse en ideología no deja de ser filosofía, por cuanto está es una forma de hacer filosofía. Pero ¿No es acaso esto confundir lo filosófico con lo ideológico? Para Rivara, ello no equivale a confundirlos pues:

“Es conveniente aquí referirnos al término ideológico, la ideología no es en sentido, estricto ni filosofía ni ciencia. Surge como resultado de una tensión entre el mundo teórico y la praxis y hace asequible socialmente una teoría filosófica, que se convierte en formulación sistemática” (p. 79).

             Si ideología no es en sentido estricto filosofía, pero es, sin embargo, una forma de hacer filosofía, entonces sólo cabe que lo sea en sentido laxo. Sin embargo, es dudoso que esto sea posible; porque en sentido laxo la filosofía, puede ser entendida de  tan variadas formas, que llega a confundirse con la cosmovisión, la religión, arte y ciencia. Pues existen diferencias esenciales entre todas ellas, incluso con la ideología. Es indudable  que, la filosofía mantiene estrechas conexiones con todas estas formas de pensamiento, no puede perder el contacto con ellas, de las cuales incluso recibe impulsos valiosísimos. Pero tampoco puede ser confundida en la noche donde todos los gatos son pardos. Y la connotación que Rivara le otorga a la ideología, como filosofía en sentido laxo, da pie a estos confusionismos teóricos.

II
La instrumentalización del filosofar
            En general, la ideología es la justificación racional de la acción política con vistas a su aplicación, por ello el ideológico persigue el poder y no el conocimiento filosófico. Ya lo señalaba Miró Quesada cuando dice:

“El político puede utilizar la filosofía… pero en sí, el político no persigue el conocimiento ni filosófico ni científico, sino, simplemente, el  manejo del poder para poder realizar ciertos  fines referentes a la vida colectiva” (Miró Quesada, 1981. 33)

            Incluso  el análisis filosófico de la política que abarca el examen de sus presupuestos ideológicos, no equivale a hacer ideología, porque se trata de una indagación por los principios, formas y sentido de la praxis humana. El campo político – social es un terreno legítimo de la indagación filosófica, incluso no es extraño que los filósofos propongan y demanden un juicio valorativo acerca de la vida, sus sentidos y sus metas.

Ya Augusto Salazar Bondy señalaba que la filosofía es también un saber de la vida, un orientar -tan a los hombres -como con Sócrates, los estoicos, los marxistas y los existencialistas.           La crítica, la especulación y la prescripción filosófica van vinculadas entre sí  y se influyen mutuamente. Hay filósofos que acentúan la faceta prescriptiva, abocándose a la indagación por la praxis; y éste es un modo singular y múltiple de hacer filosofía. ¿Será un modo de hacer ideología, o de convertirla ésta en una forma de hacer filosofía? ¿Es la ideología una filosofía práctica, una filosofía aplicada, dirigida hacia la acción? Que la filosofía prescriptiva es una antesala de la praxis o un instrumento de transformación social ¿lo convierte acaso en ideología? Evidentemente que no. Incluso cuando Salazar postula su filosofía de la liberación haciendo que su núcleo sea una antropología de la dominación inédita e inconclusa,  no deja de hacer filosofía. Otro asunto es que Salazar convierte a la filosofía en ancilla liberationis, como señala agudamente Sobrevilla (1989, 592) al otorgarle el encargo desmesurado de desencadenar la revolución.

            Es decir aún cuando se ejerce una filosofía prescriptiva ello no equivale ha hacer ideología. Se puede acentuar la faceta prescriptiva del quehacer filosófico pero sería una confusión  e  incurrir en un vicio conceptual, en una confusión definirla sólo como sobrepuesta al saber teórico estricto.

Por ello, lo que formalmente define lo ideológico es la capacidad de dirigir el comportamiento   humano,   la   acción  social.          En otros términos, la filosofía no puede ser definida sólo como un juicio y guía valorativa para el vivir, porque también es una concepción del mundo, una visión totalizadora, y una reflexión crítica que define conceptos, indaga categorías e investiga los primeros principios. De este modo, me parece injustificado y reduccionista cuando Rivara define la filosofía, sobre todo, como una guía práctica y no  mero saber abstracto.

“La filosofía es un conocimiento, que ha servido de guía a la conducta del hombre occidental. En otras palabras, no ha sido mera teoría, ni saber abstracto, desinteresado, sino que ha venido proporcionando principios radicales que han servido de fundamentación para su desenvolvimiento histórico” (p. 77)

            En esta confusión de las faenas del filosofar reside su errónea concepción de lo ideológico como una forma de filosofar. El filósofo cuando medita sobre lo político-social está ejerciendo el lado práctico de la filosofía, pero esto no es sobrepasar el saber   teórico   estricto,   sigue   siendo  indagación filosófica. El ideólogo no indaga filosóficamente, a lo sumo puede repetir un filosofar determinado en función de conquistar el poder. Así, los ideólogos ciertamente “llevan a cabo una relación entre filosofía y praxis” (p.80). Ello no significa que los ideólogos hagan filosofía o que busquen en primer lugar el conocimiento, aun con miras a la acción.

Si Leopoldo Zea (1971, 157-158), y en esto Rivera se hace eco, cree que surge una filosofía americana preocupada más por la acción que por la teoría, que aspira a realizar la revolución, no sólo está incurriendo en una concepción instrumentalizada de la filosofía, sino que esté poniendo el énfasis en la faceta prescriptiva del filosofar, pero ello no significa necesariamente confundir el ejercicio filosófico con el político.

            Si embargo, Rivara va más allá, sosteniendo taxativamente que la ideología es una forma de hacer filosofía, es más, la filosofía se convierte en ideología. Lo segundo no dudo que sea posible y cierto, pero lo primero me parece una concepción desafortunada y equívoca. La indagación teórica sobre la praxis, en vistas al conocer, no es ideología sino filosofía. Sólo la indagación teórica sobre la praxis, en vistas a su manipulación, no es filosofía sino ideología. Desde Platón y Aristóteles se comprende que la filosofía tiene una parte teórica y una parte práctica, pero incluso su parte práctica no deja de ser indagación sobre la praxis (axiología, ética, estética, filosofía del derecho, filosofía de la política, de la técnica, del trabajo, etc) y no el ejercicio de la praxis misma.

            Tanto en la ideología como en la filosofía hay conocimiento, pero mientras la filosofía destaca la importancia de la teoría y conoce por conocer, por su parte, la ideología destaca la importancia de la praxis y conoce para actuar por el poder. El ideólogo puede, ciertamente, llevar a cabo una conexión entre filosofía y praxis, pero lo hace para justificar racionalmente la acción política. Esta justificación puede ser de ocultación o falsa conciencia para Marx (1971, 26); o reflejo científico o acientífico de la realidad para Lenin (1975, 431); o concepción del mundo para Gramsci (1967, 67-68); o falsa  conciencia opuesta a la filosofía científica del marxismo para Althusser (1971, 15-35). Pero la profesora Rivara de Tuesta no alcanza a comprender que la esencia de la ideología es el control social, y sólo quiere verla como aquella que hace asequible una filosofía determinada. Lo cual distorsiona su esencia y tergiversa al mismo tiempo a la filosofía misma.

III
Su filosofía para el poder
Para  Rivara la ideología no es filosofía en sentido estricto ni ciencia, pero es una forma de hacer filosofía al fin y al cabo. Esto quiere decir que, es insuficiente definir lo ideológico por los intereses de grupo (marxismo) por ser empíricamente inverificable (Pareto), por la invalidez objetiva (Mannheim, 1941, 23-60), sino por la instrumentalización filosófica (Rivara), por cuanto la significación cognoscitiva de la ideología está en función del contenido instrumentalizador del control social.

“Este es el lado práctico de la filosofía, su  compromiso con el hombre concreto, un hacer vital que se vincula y sobrepone al saber teórico estricto” (Salazar, 1969, 31)

En realidad, la dificultad estriba en que nuestra autora define muy imprecisa e insuficientemente el concepto de ideología. Dificultad que se viene a sumar a la anterior definición praxiológica de la filosofía. Cuando Rivara define la filosofía como un “sistema conceptual que socializa la filosofía” y con ello efectúa una forma de filosofía al servicio de la acción, la praxis y la transformación revolucionaria del mundo, cuando convierte a la ideología en una filosofía aplicada, mientras que la filosofía académica sería una filosofía teórica, cuando cree que lo que caracteriza a la filosofía aplicada es su entronque con la realidad social y la búsqueda de la acción eficaz, cuando dice todo ello está omitiendo un fenómeno esencial de lo ideológico, a saber, el control social.

            Efectivamente, la ideología no puede ser en primer lugar un sistema conceptual que socializa la filosofía, porque lo que la ideología  busca primeramente no es el conocimiento sino el poder, el control social, sirviéndole para ello no sólo las ideas filosóficas sino incluso los mitos, las utopías, la publicidad, el deporte o el folklore. Además, en el planteamiento de la autora, queda sin justificar el papel de lo ideológico en una era poscomunista en donde se plantea la era post-ideológica o fin de la ideología. Por problemático que sea este punto es importante  no omitirlo.

            La definición praxiológica de la filosofía, por nuestra autora, que posterga su faceta analítica y especulativa, junto al criterio de instrumentalización de lo filosófico por la ideología, que omite su fin básico como es el del control social, dejan el camino expedito para sobreestimar el papel de la llamada ideología–filosófica, incurriendo en un hegelianismo de izquierda que supone que las ideas son capaces de cambiar la realidad.

            Esta confusión es inconveniente y conduce a un triple vicio porque:
  • primero, introduce un corte epistemológico teoricista,
  • segundo, no considera que es  la  historia  real   y  no  la  ideología la que fija la necesidad de transformación teórica-practica, y,
  • tercero, porque borra la distinción entre teoría y praxis. A todas estas desventajas de su concepción vienen a sumarse las otras siguientes:
  •  mantiene una concepción positiva de la ideología sin observar su lado esencial,
  • establece un criterio de verdad que deriva hacia un corpus místico y sacralización de la ideología, al concebirla como un sistema conceptual que socializa la filosofía,
  • mantiene el dogma de la primacía del lado práctico sobre el lado especulativo y analítico.

Por todo esto, la tesis de la profesora Rivara de Tuesta es de una decimonónica definición filo-marxista de la filosofía, que cierra los ojos a su estrepitoso fracaso práctico-histórico y a su infecundidad teórica.

IV
El pragmatismo de “la acción eficaz”
            En realidad, al considerar Rivara que en Latinoamérica las ideologías han sido formas de hacer filosofía, lo que hace es no ofrecer una imagen concreta y real de lo ideológico sino un esquema abstracto y un mito político. Que los ideólogos del humanismo colonial, de la emancipación y la república hayan abrazado determinados presupuestos filosóficos (tomismo, agustinismo, enciclopedismo, racionalismo, cientificismo, Neohumanismo) no los convierte en filósofos, menos aún su intento de validar estas filosofías en la realidad histórica americana.

            La filosofía convertida en ideología lo ha creído principalmente el marxismo leninismo, que identificó ideología, ciencia y filosofía proletaria. Por el contrario, en lo ideológico la filosofía abandona su ámbito propio de la indagación  y búsqueda desinteresada de la verdad, por el ámbito de la acción y control social en vista del poder.

            Más aún, afirmo que en lo ideológico predomina la alienación y la antipraxis, en desmedro de la libertad y de la praxis. Pero Rivara asume posturas apologéticas, pragmáticas y consoladoras cuando cree que el rol filosófico debe estar signado “por la  acción eficaz” (p. 91), afín con una ideología que entronque con una definida toma de conciencia de nuestro “ser histórico dependiente”.

            Es innegable que, el filósofo cumple con un rol importante  en el estudio de lo político. En el Perú figuras que engarzaron filosofía y política fueron Víctor Andrés Belaunde, ideólogo católico; Francisco Miró Quesada, ideólogo del primer belaundismo y consejero de Morales Bermúdez; Augusto Salazar Bondy y Walter Peñaloza, ligados al gobierno militar del 68. Por su parte, nuestra autora no identifica completamente, como Gramsci, ideología y filosofía, sino que se trata de una identificación parcial. De ahí su atingencia que “no es filosofía en sentido estricto”. Entonces sólo cabe pensar –aunque no lo dice- que para ella la ideología es una filosofía en sentido laxo.

La distinción miroquesadiana entre ideologías estimativas e ideologías epistémicas no confunde lo ideológico con lo filosófico, aunque habría que agregar que ambas responden al problema de la acción social. Dice Miró Quesada:

“Las ideologías que consideran que sus      principios deben ser aceptados porque son       verdades filosóficas o científicas, o, más generalmente hablando, porque son verdades racionales pueden denominarse ideologías           teóricas o epistémicas y las que no utilizan este criterio pueden denominarse ideologías estimativas o timéticas … fundan sus principios en estimaciones de valor” (1968)

            Esto demuestra una riqueza en el matiz conceptual, ausente en la profesora Rivara, que permite afirmar que es posible una ideología que encauce la praxis política para evitar la dictadura y el totalitarismo. Esto significa que no todas las ideologías obligar o coactan para obedecer.  En el planteamiento miroquesadiano esta ideología se llama ideología humanista, expresado en un socialismo democrático, autotélico y no arbitrario. Pero en este caso, no vemos a la ideología como una forma de hacer filosofía, como supone Rivara, sino, lo contrario, la filosofía postulando una ideología.

V
Fin de las confusiones
La afirmación que “en Latinoamérica las ideologías han sido formas de hacer filosofía” conlleva a deificar la ideología y basarse en una concepción confusa e imprecisa que termina esquemáticamente instrumentalizando filo- marxistamente el quehacer filosófico. Omitir el lado esencial de la ideología conduce peligrosamente a la profesora Rivara de Tuesta a no considera el factor del control social en lo ideológico y a enfatizar la faceta praxiológica en la filosofía, lo cual entorpece la comprensión de la historia  de las ideas en el Perú. Pero además, introduce en su ansia de reforma social el riesgo de doctrinas totalitarias que se sienten respaldadas por la pretendida verdad de la filosofía.
           
Por el contrario, mientras que la Filosofía surge de la duda y de la crisis existencial, la ideología funciona con la seguridad de un dogma establecido. La ideología brota de las ideas pero lleva a la petrificación del pensamiento y de la angustia del existir. En ella ya no se piensa, se obedece (por coacción o por persuasión), por ello es la antípoda de la filosofía. La ciencia demuestra, explica y sabe; la filosofía duda, oscila y se vive; y en la ideología se acata, se obedece y se consigna. Y es que la filosofía está llamada a mostrar que no hay que confundir ideas con ideología ni tomar la ideología como verdad objetiva. Pues, ni la ideología es filosofía ni la filosofía es ideología.

REFERENCIAS:
Althusser, Louis (1971) La Revolución Teórica de Marx, Siglo XXI, México.
Gramsci, Antonio (1967) La Formación de los Intelectuales, Grijalbo, México.
Lenin (1975) Qué hacer, en: Ob. C. Tomo V. Ed. Progreso, Moscú.
Marx, C. (1971) La Ideología Alemana, Ed. Pueblos Unidos, Montevideo.
Mannheim, K. (1941) Ideología y Utopía, FCE, México
Miró Quesada, Francisco (1981) Para iniciarse en Filosofía, Universidad de Lima, Lima.
Miró Quesada, Francisco (1968) Humanismo  y Revolución, Casa de la cultura del Perú.          Lima.
Rivara de Tuesta María Luisa (2000) Filosofía e Ideología      en Latinoamérica, en : Filosofía e Historia             de las Ideas en Latinoamérica; T. III, FCE.,        Lima
Salazar Bondy, Augusto  (1969) Iniciación Filosófica, Ed. Arica, Lima.
Sobrevilla, David (1980) Repensando la Tradición Nacional I, Volumen 2, Ed. Hipatía, Lima.
Zea, Leopoldo (1976) La Filosofía Americana como   filosofía sin más, Siglo XXI, México.



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