miércoles, 4 de enero de 2012

LA MUJER EN LA SOCIEDAD INDIVIDUALISTA


LA MUJER Y LA SOCIEDAD INDIVIDUALISTA
EN LA OBRA DE ANDAHAZI
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
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Resumen

En la novela, Mateo Colón busca conquistar el amor de la prostituta Mona Sofía a través de métodos naturales o ejerciendo el peligroso oficio de herbolario, estudiando las propiedades de la mandrágora y la belladona, pues se movía en el impreciso límite de la farmacia y la brujería. El equívoco de que la mujer ha de amar al que la complace sexualmente resulta ser en la novela una profunda ilusión del anatomista. Sencillamente no comprende a la mujer. En las modernas sociedades liberales el sexo sin amor parece confirmarse ampliamente en la práctica del “amor libre”. La mujer moderna lejos de compartir la ilusión del anatomista Mateo Colón de que mediante el sexo se logra el amor, al contrario lo refuta. El sexo no lleva necesariamente al amor, aunque se olvida por lo general confirmar la otra parte de la verdad, a saber, que el amor sin sexo es posible.
Por su parte Mona Sofía es un personaje repulsivo y moralmente inaceptable que denigra la figura de la mujer hasta los límites más enfermizos posibles. En este punto existe un paralelismo con la situación actual de la mujer en la sociedad industrial y post-industrial. La mujer de hoy busca ser menos emocional y más racional, pero ¿se pregunta acaso qué tipo de racionalidad está siguiendo? La moderna mujer liberada está convencida de que el hombre ha logrado un mejor control de sus emociones, hasta el punto de parecer frío, por un proceso de adaptación al medio social. No obstante, se reafirma en su convicción que ser mujer jamás tendrá que ver con masculinizarse. No obstante, son las propias mujeres quienes confiesan el verdadero tormento que es tener como superior a otra mujer. Sólo la mujer liberada que ha sabido lo que es tener como jefe a otra mujer, sabe añorar lo que ha perdido al dejar de tener un jefe varón. Pero existe otro paralelismo, además de la frialdad, entre el personaje Mona Sofía y la mujer liberada actual: cierto automatismo que la aleja de la propia racionalidad. Si Mateo Colón encarna el dominio del otro por el sexo, la puttana Sofía es el dominio del otro por el dinero para obtener placer. Llegados a este punto es posible recién trazar el cuadro completo de la mujer en el individualismo de la modernidad, donde las cuatro virtudes cardinales de raíz platónica: Prudencia, Fortaleza, Justicia y Templanza, agonizan inmisericordemente.


Una obra literaria que aborda la figura de la mujer en el alumbramiento del feroz individualismo del Renacimiento del siglo XVI fue la novela premiada en el año 1996 por la Fundación Fortabat El Anatomista, del escritor argentino Federico Andahazi. No es una obra feminista ni mucho menos, es una obra sobre el poder extraño y frío encanto del sexo femenino. Pero a su vez contiene elementos hedonistas y materialistas que son muy comunes en nuestro tiempo. La despiadada y fría lógica comercial del time is money se impone con estremecedor parentesco.
No se trata de hacer derivar a la mujer real moderna a partir de las ficciones literarias sino de identificar en dichas ficciones lo que hay de verdad profunda en la condición humana femenina. Novelas de heroínas y antiheroínas son también Madame Bovary de Flaubert, páginas que delinean a la mujer adúltera, mala madre, ladrona y suicida, Casa de muñecas de Henri Ibsen, cuyo personaje Nora es descrito sin pensar en el movimiento de emancipación de la mujer, La romana (1947) de Alberto Moravia, libro que cuenta la severa moral de una meretriz, Lolita (1955) de Vladimir Nabokov, libro que universaliza el término para designar a la mujer emancipada, La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, cuyas páginas revelan la pulsión de muerte que hay en la entraña del sexo, El cuaderno dorado (1962) de Doris Lessing, que captura el espíritu sin grandeza de antiheroínas de los años 50 y 60. Por lo demás no estamos en el siglo erótico de Occidente, el dieciocho, sino en el siglo sexista de mediados del veinte y albores del veintiuno de una época de exaltación del nihilismo, relativismo, escepticismo, cinismo, corporeísmo, sensualismo, lo débil, light, blando y ligero.
No es extraño que en la literatura se advierta el sentido profundo de los fenómenos culturales. Menos extraño es aun que el propio novelista no apunte el sentido recóndito de su creación. Uno de los principales escritores y críticos franceses de la posguerra que ha ejercido enorme influencia sobre Foucault y muchos otros, es Maurice Blanchot, el cual sostiene en su obra de 1955 El espacio literario (Paidós, Barcelona, 1992) que el texto literario es a la vez irreducible a explicaciones sociológicas o psicológicas, es indeterminado en el sentido de que no es posible nunca recuperar todo el significado y la importancia de un texto literario. Además cada época trae su propia interpretación, por lo que el carácter exacto de una obra no está presente para ningún autor ni lector.
Claro que la intención de Blanchot no es convertir a la literatura en un imponderable metafísico, aunque queda en la nebulosa lo que debe entenderse por dicho “carácter exacto” de la obra en cuestión. Quizá sea más modesto pero más exacta la afirmación de su compatriota Philippe Sollers quien en su libro El individuo y la libertad: ensayos de crítica de la cultura (Ed. 62, Barcelona, 1986) concluye que la gran literatura es excepcional  porque constituye un desafío a la imaginación. En nuestro medio el renombrado escritor Vargas Llosa ha sostenido en su libro La verdad de las mentiras (1990) que la buena literatura revela el fenómeno humano pero también enseña a imaginar otra realidad, gracias a lo cual la civilización no se aletarga ni desespiritualiza. Afirmaciones certeras que contrastan con la desafortunada calificación de la novela como “mentira”. Constituye un equívoco llamar a la fantasía literaria “mentira”, porque con ello atribuye a la ficción libre un propósito cognoscitivo y moral que no tiene. La fantasía novelesca recrea lo real, mientras que la mentira tergiversa lo real.
En este sentido y muy lejos de las intenciones del autor, El anatomista simboliza el fracaso del crudo individualismo renacentista que retrata el espíritu de la modernidad. Por nuestra parte sería un error histórico no advertir las diferencias reales entre el individualismo renacentista y el individualismo moderno a partir de la Ilustración. Mientras que el primero desafía el orden trascendente sin negarlo, en cambio el segundo niega el orden trascendente sin sustituciones. En la novela, su personaje Mateo Colón busca conquistar el amor de la prostituta Mona Sofía a través de métodos naturales, o para ser más precisos, ejerciendo el peligroso oficio de herbolario, estudiando las propiedades de la mandrágora y la belladona, pues se movía en el impreciso límite de la farmacia y la brujería. Sigue el camino de las especias y busca la hierba de los dioses para hallar el ungüento del amor. Pero quiso el destino o el autor que Mateo Colón fuera a dar de casualidad con el descubrimiento del amor veneris aplicando la frotación en el hasta entonces desconocido pene femenino. Por ello, la lógica subyacente de la novela se desenvuelve bajo el ropaje del renacimiento pero con el contenido de la modernidad ilustrada. Es el experimento y no la religión lo que lo lleva a dar con el amor veneris. El papel de la magia en la creación de la ciencia moderna es hoy un hecho reconocido y ampliamente aceptado, pero en esto justamente reside una dirección del espíritu moderno que dirige secretamente el desarrollo de la novela de Andahazi.
Mateo Colón no es un mago medieval que invoca espíritus para sus hechizos, es más bien un herbolario o un alquimista que busca la piedra filosofal del sexo para revelarle los secretos de la naturaleza femenina. Sus técnicas son de laboratorio y sus experimentos están orientados en la búsqueda de la ley natural de causa y efecto. Si bien es cierto que no puede ser tomado como un científico moderno, sin embargo por sus técnicas, visión espiritual del mundo, objeto, práctica y método comparte el espíritu fundador de la ciencia moderna. Lo irónico del personaje andahaziano es que en su empeño por buscar y preparar la quintaesencia del amor, viene a convertirse en un anatomista en vez de un herbolario. Lo cual lejos de ponerlo en duda de su anterior camino lo confirma en su visión naturalista e inmanente del mundo.
El anatomista está más próximo a un Hipócrates o Galeno que a un Paracelso o Lulio, haciendo la salvedad que mientras los dos primeros quieren curar en cambio Mateo Colón quiere dominar el placer sexual de las mujeres. Pero su intención se basa en un profundo equívoco, expresado maravillosamente en el parco y  trágico diálogo final:
-          “Amor mío [le dice a Mona Sofía], amor mío –repetía a la vez que acariciaba su dulce “América”. ¿Me amáis?
El anatomista sintió un levísimo temblor en el pulpejo de sus dedos y pudo escuchar un susurro. Mona Sofía movió los ojos hacia la ventana y sin mover los labios, con una voz que parecía provenir del fondo de una caverna, habló:
- “Tu tiempo se acabó –le escuchó decir el anatomista, antes de emitir un estertor, que fue el último”.
El equívoco de que la mujer ha de amar al que la complace sexualmente resulta ser en la novela una profunda ilusión del anatomista. La sexualidad de la mujer es más difusa, tiene mayor capacidad para sentir que el hombre, el sexo abarca a toda su persona porque es mucho más emotiva y por ello es para la mujer mucho más importante la intimidad, las caricias, el sentirse amada. Las prácticas no coitales y las caricias no genitales son en la mujer la fórmula mágica para llegar a su corazón. La lucha por el orgasmo aniquila muchas veces no sólo el propio orgasmo sino toda sensualidad posible. La opinión de expertos sexólogos está dividida, unos opinan que toda actividad sexual privada entre adultos que consientan libremente es lícita, otros que estiman que el placer sexual es fuente de unión y contento entre el hombre y la mujer dentro del matrimonio para desarrollar y enriquecer las relaciones interpersonales, y otros apuntan desde la llamada ética de la situación que en la sexualidad no hay normas  de valor absoluto y las decisiones que se toman depende de las circunstancias de cada situación. Volviendo a la novela vemos que Mateo Colón consigue llevar a la agonizante Mona Sofía al orgasmo clitoril, pero no por ello logra que ella lo ame. En él no hay tanteo ni seducción. Sencillamente no comprende a la mujer.
En las modernas sociedades liberales el sexo sin amor parece confirmarse ampliamente en la práctica del “amor libre”. La mujer supuestamente liberada del culto a la virginidad decide acostarse con cuanto varón le guste y ello sin pensar en el matrimonio ni en la procreación sino en el simple gusto corporal de satisfacer el apetito sexual, y lo más probable es que cuando decida casarse, si es el caso, no lo haga con quien más disfrutó sexualmente sino con quien la haga sentirse amada. La mujer moderna lejos de compartir la ilusión del anatomista Mateo Colón de que mediante el sexo se logra el amor, al contrario lo refuta. El sexo no lleva necesariamente al amor, aunque se olvida por lo general confirmar la otra parte de la verdad, a saber, que el amor sin sexo es posible.
Lo curioso es cómo siendo la mujer una criatura mucho más emocional e intimista pueda practicar el sexo sin amor. Esto equivale a una situación que cuando no es prostitución, como el de Mona Sofía, es diversión. A la mujer la sociedad no le exige reafirmar su sexualidad como en el hombre, sentirse dueña de su cuerpo y de su placer no es para ella un acto público sino privado. Pero ahora con el avance de la enfermedad maldita, el sida, entre la población heterosexual se ha refrenado ligeramente ha promiscuidad sexual.
¿Es el equívoco de Mateo Colón el error de la modernidad? En cierta forma sí, porque confunde el fin con los medios. El protagonista encarna la conciencia individual que se sumerge en el flujo de la existencia para el dominio, el control y la negación de la voluntad individual. Es un  personaje que encarna una conciencia de la muerte porque desplaza a la libertad del corazón mismo de nuestra existencia. La libertad no puede quedar reducida a los imperativos de los sentidos, pero Mateo Colón no lo comprende como tampoco lo entiende en nuestro tiempo la publicidad, el mercadeo y la industria al servicio de los sentidos.
Baudrillard había hablado de la sociedad de la sensación, de telepolitas domésticos conectados con prótesis tecnológicas que anulan las certidumbres de los hechos. De forma análoga, Mateo Colón sufre el eclipse de toda profundidad y la liquidación  total de lo subjetivo por cuanto que reduce al amor al acto mecánico de la estimulación orgiástica. Baudrillard describe la filosofía de las masas babélicas indiferenciadas y Andahazi en su novela se explaya en la periclitación de sujetos mediumnizados por la estupefacción mecanicista sin alma. Son las almas muertas de un mundo moralmente neutro.
¿Y Mona Sofía? Encarna la frialdad patológica de una racionalidad que se rige por los parámetros de la productividad, la eficacia y la inserción al mercado. Ella abre el infierno de una lógica que ha proscrito el alma e implanta la anomia esteparia de la cosificación física y mental más perfecta para proclamar el triunfo del atrofiamiento moral de la sociedad individualista contemporánea. Mona Sofía es a todas luces un ser patológico que maltrata su alma y tiene embotada su humanidad por el condumio y el lucro. Se trata de un personaje repulsivo e inaceptable que denigra la figura de la mujer hasta los límites más enfermizos posibles. Como la realidad supera con creces todo tipo de fantasía lo más probable es suponer que no sólo se trata de un personaje posible sino incluso superado en la propia realidad. Mona Sofía no encarna la maldad en su alambicada pureza porque su accionar no desborda el meretricio, sino que más bien lleva uno de los rasgos más impresionantes del mal, a saber la frialdad o absoluta carencia de sentimientos nobles, a su máxima expresión.
En este punto existe un paralelismo con la situación actual de la mujer en la sociedad industrial y post-industrial. La mujer de hoy busca ser menos emocional y más racional, pero ¿se pregunta acaso qué tipo de racionalidad está siguiendo? La moderna mujer liberada está convencida de que el hombre ha logrado un mejor control de sus emociones, hasta el punto de parecer frío, por un proceso de adaptación al medio social. Entonces ella se distancia del hogar mediante el trabajo, porque no se conforma con que el hombre tenga un rango superior en la vida pública, busca mejores puestos de trabajo, mejores salarios en igualdad de condiciones, prioridad en el acceso del campo laboral y se erige sin complejos en cabeza de familia en la vida privada. Entonces comienza a pensar que ser mujer es reunir en sí misma todas las posibilidades, está convencida en su capacidad para desempeñar las mismas profesiones, responsabilidades y papeles que han sido identificados como masculinos. No obstante, se reafirma en su convicción que ser mujer jamás tendrá que ver con masculinizarse. A partir de aquí deduce que la mujer es capaz de pensar no sólo en su casa sino también en el Universo, como el hombre. Entonces vemos cada vez más mujeres elegidas como Presidentes de su país, bajo la sospecha de que el poder masculino sólo ha servido para desorganizar la sociedad y conducirla a una deplorable situación de pobreza, violencia y materialismo. Pero aquí cabe preguntarse ¿cómo piensa la mujer liberada edificar un mundo más piadoso, misericordioso y caritativo si comienza cambiando su piel delicada y sensible por una más fría y racional? ¿Con esa racionalidad no terminará obrando como el hombre que condena? Además ¿es acaso justa la imagen del hombre que manejan cuando la historia ha demostrado la existencia de líderes espirituales como Buda, Jesús, Gandhi, entre otros, que difundieron la doctrina del amor y la solidaridad?
Lo cierto es que en la mayor parte de los casos el esfuerzo de la mujer de ser tan competitiva y racional como el hombre la ha deformado hasta límites monstruosos y crueles. En primer lugar, son las propias mujeres quienes confiesan el verdadero tormento que es tener como superior a otra mujer. La jefa por lo general es despiadada, furibunda, descontrolada, intolerable, irascible, celosa, competitiva al extremo, vengativa, perfeccionista, acaparadora, injusta y atormentadora en demasía. Sólo la mujer liberada que ha sabido lo que es tener como jefe a otra mujer, sabe añorar lo que ha perdido al dejar de tener un jefe varón. El jefe masculino es por principio condescendiente, bondadoso, tolerante y controlado con la subordinada, y no es cierto que este comportamiento obedezca casi siempre a un oscuro deseo de seducir a la hembra que tiene enfrente, sino a un uso racional de su energía vital que lo lleva a ser más magnánimo con la mujer especialmente. Sólo el homosexual masculino, que es competitivo con el género opuesto, se siente incómodo siendo tolerante con las imperfecciones manifiestas en la mujer.
Pero existe otro paralelismo, además de la frialdad, entre el personaje Mona Sofía y la mujer liberada actual: cierto automatismo que la aleja de la propia racionalidad. Las palabras finales de la puttana Sofía: “tu tiempo se acabó” representan la voluntad de dominar al otro por el dinero. El “tanto tienes tanto vales” se vuelve en reflejo automático del individualismo anético de la modernidad. La fórmula maligna se resume en el infernal círculo vicioso del capital y el tiempo. Si Mateo Colón encarna el dominio del otro por el sexo, la puttana Sofía es el dominio del otro por el caudal. Y el caso es que junto al poder de Leviatán y el sexismo de Príapo, el tercer dios moderno es la codicia de Mamóm.
La gran pregunta que se impone en el decurso de la cuestión es si se pueden establecer brevemente los principales rasgos femeninos, para dejar sentado a partir de aquí cómo los mismos pueden ser alterados o perturbados por el influjo social. Esto es, que los seres humanos no son ni tabulae rasae ni víctimas de la anatomía del destino.
Así, en la cultura de la India –el Kamasutra por ejemplo- y en la cultura romana –Ovidio en su Arte de amar- el instinto sexual de la mujer es presentado mucho más poderoso que en el hombre, cosa escandalosa de admitir en la civilización occidental del siglo XIX y comienzos del XX. Para el destacado pensador inglés de fines del siglo Havelock Ellis los principales rasgos femeninos son tres: mayor afectabilidad, menor tendencia a la variación y conservatismo biológico e infantilidad. Por ejemplo, su menor tendencia a la variación la predispone hacia la estabilidad en contraposición al varón, cuya mayor tendencia a la variación hace que entre éstos sea más común el genio, el idiota y el criminal. Weininger por su parte exige que la mujer se libere de sí misma si quiere consumar su emancipación, claro que imbuido de moral victoriana confundió su liberación con la renuncia de la mujer a su función sexual en vez de a un estado social que convertía al sexo en su única opción posible.
Freud no es más halagador con las características de la mujer: envidiosa, histérica, de limitados intereses intelectuales y hostiles a la cultura. Karen Horney consideró la opinión de Freud como un producto del “narcisismo masculino”, que el sentimiento de inferioridad femenino no es constitucional sino adquirido y la creación cultural masculina es una reacción compensatoria ante la creatividad biológica de la mujer, terreno en el que ella es superior. Según Clara Thompson es posible explicar cada rasgo atribuído por Freud a la mujer en base de influencias de las “presiones culturales”. Profundizando en el punto Helen B. Thompson subrayó que las diferencias psicológicas entre los sexos se debían a las influencias sociales, por lo que la evolución de la vida intelectual de la mujer depende más que de las características psicológicas sexuales innatas, de las necesidades e ideales sociales. Sex and Society de W. I. Thomas subrayó que el remedio a la inutilidad de la mujer moderna parece encontrarse en el terreno educacional.
Actualmente ya no existe una atmósfera hostil sobre la actividad de las mujeres, toda clase de estímulos han venido a sustituir la otrora abundante falta de aliento sobre sus obras, al aceptar nuevas funciones y hacerse cargo de tareas socialmente valiosas la mujer ha mejorado su posición legal y vive la desaparición de muchos de sus sentimientos de inferioridad, se considera importante que sea capaz de ganarse la vida, con ello ha perdido  buena parte de su timidez, pasividad, tendencias masoquistas y su manera tradicional de imponerse por medios indirectos. Las mujeres actuales tienen intereses más objetivos e impersonales, sin embargo ninguna de las funciones femeninas tradicionales ha desaparecido. El trabajo doméstico, el sentimentalismo y la procreación podrá no ocupar su tiempo principal pero ella no se desliga de la oscura administración de la esclavizante casa y más aun debe añadir a ello la dura presión de la esclavizante sociedad individualista. Pues no todo periodo de individualismo es pródigo en estímulos creativos sino también en negativos y disolventes. Así, la nueva moral sexual al considerar menos meritorio el recato, la modestia, la pasividad, la castidad y la virginidad retroalimenta en círculos cada vez más extendidos  una enorme y amenazante ola de prostitución pornográfica que instrumentaliza a la mujer hasta siniestros límites amorales. Cuando toda una legión de jovencitas liberadas acude a este nefando negocio con el fin de hacer dinero rápido en una sociedad consumista y manipuladora, entonces es posible pensar que el apocalipsis del matrimonio tradicional va acompañado de una oscura administración de una esclavizante sociedad anética. Ha llegado la apoteosis de la Mona Sofía del “time is money”.
Hoy la veterana y rica Europa envejece al compás de la estrepitosa caída del índice de natalidad, las mujeres víctimas de la ideología del progreso dejaron pasar su edad reproductora al abocarse al trabajo, estudio, viajes o placer. Los pocos niños que quedan son cuidados con esmero pero por lo mismo también son consentidos, creciendo entre el capricho y la irresponsabilidad. Se trata de un círculo vicioso autodestructivo que amenaza con extenderse por toda la cultura occidental y que tiene que ver más con la razón técnica que con la razón humanística que la vio nacer. Si en su momento la primera guerra mundial representó un papel importante en el fortalecimiento del papel social de la mujer, en la actualidad el desarrollo de las nuevas tecnologías (especialmente la biogenética) preparan el terreno para un nuevo y demencial estadio de la liberación femenina sin el concurso del varón como fecundador, compañero y sustentador de la familia.
Llegados a este punto es posible recién trazar el cuadro completo de la mujer en el individualismo de la modernidad. Para tomarle el pulso a una civilización hay que ver qué tipos de hombres y mujeres está engendrando, cuáles son sus cualidades, probidades y libertades. La sociedad del capitalismo cibernético actual lejos de acercar a la mujer al trabajo intelectual y rodearla de virtudes superiores la ha convertido en otro ser económico sin alma. De sus tradicionales cualidades destierra la castidad, frugalidad y buen carácter para manipular el cuidado de su belleza con la cosmética y la cirugía, su laboriosidad con la igualdad de derechos y su necesidad de higiene mental con el gimnasio, técnicas de relajación y lo light. La frugal y laboriosa mujer tradicional ha sido sustituida por la moderna mujer consumista, egoísta y hedonista. Mientras tanto las cuatro virtudes cardinales de raíz platónica -Prudencia, Fortaleza, Justicia y Templanza- en la sociedad moderna y posmoderna son sustituidas por el predominio del poder, el sexo y la codicia. Entonces las primeras virtudes que se quiebran y se abandonan son justamente las virtudes cardinales. Hoy se impone como valor lo contrario de la Fortaleza, lo débil y lo light, el reverso de la Justicia la injusticia y la insolidaridad, y el anverso de la templanza y la prudencia, lo irreflexión y la obscenidad.
Si a esto le añadimos que el clima espiritual de la época es de incredulidad y ateísmo práctico entonces tenemos que al abandono de las virtudes cardinales se vienen a sumar el olvido de las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Entonces nos preguntamos si ¿será la mujer liberada consciente del pavoroso panorama individualista de la sociedad que la devora? Creemos que no, pero justamente en su ignorancia radica la salvación de la humanidad. No será la razón sino su corazón de mujer, esposa y madre la que le tendrá que decir que los designios socioculturales competitivos e individualistas asignados por una sociedad profundamente cosificada ponen a la mujer y a la civilización misma al borde del colapso. La mujer actual es la nueva víctima de la ideología del progreso, sus cambios en el seno de la sociedad liberal han convertido su emancipación en su nueva esclavitud y el problema no estriba en el desarrollo de sus nuevas facultades sino en la manipulación y distorsión de las mismas que ponen en peligro la continuidad de su existencia y con ella la de toda la especie humana.
La novela El anatomista de Federico Andahazi ha servido de catalizador para reflexionar sobre el efecto que tiene la sociedad individualista sobre la mujer actual. Sus personajes Mateo Colón y Mona Sofía refractan personalidades profundadamente distorsionadas por el clima espiritual de su época. Pero lo más sugerente de ambos es la manera sesgada, unilateral y cosificante de ver al otro, al prójimo. Y esto es justamente el tipo trágico de enajenación que ha ido en aumento en la llamada moderna sociedad del progreso.

Ediciones y bibliografía.- Federico Andahazi, El anatomista, Biblioteca Latinoamericana contemporánea, Lima 2000. Olga Bertomeu, Guía práctica de la sexualidad femenina, Colección Fin de siglo, Madrid 1996. Llusiá Botella, La mujer en la familia moderna, Alameda, Madrid 1970. Rita Freedman, Amar nuestro cuerpo, Paidós, Barcelona 1988. Julián Fernández de Quero, Guía práctica de la sexualidad masculina, Ediciones Temas de Hoy, Madrid 1996. S. Freud, Tres ensayos para una teoría sexual, Alianza editorial, Madrid 1978. Duro González, Represión sexual, dominación social, Akal, Madrid 1976. A. Kinsey, Conducta sexual del macho humano, Instituto Kinsey, 1948. W. Master y V. Jonson, Incompatibilidad sexual humana, Intermédica, Buenos Aires 1977. El mismo: La homosexualidad en perspectiva, Intermédica, Buenos Aires 1976. Gregorio Marañon, Tres ensayos sobre la vida sexual, Biblioteca Nueva, Madrid 1924. W. Reich, La revolución sexual, Planeta, Barcelona 1985. M. Sagrera, Sociología de la sexualidad, Siglo XXI, México 1975. G. Tordjman, La violencia, el sexo y el  amor, Gedisa, Barcelona 1981.

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