miércoles, 9 de mayo de 2012

FILOSOFIA DE LA CIBERNÉTICA


EL QUINTO ELEMENTO
Sobre el ser de la máquina
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


Resumen
¿Qué lugar ocupa el ser de la máquina cibernética en el estrato ontológico de los seres? Lo cual exige esclarecer lo siguiente: 1. ¿Tiene ser?, 2. ¿Qué tipo de ontología la estudia? y 3. ¿Qué región del ser ocupa? Y 4. ¿cuáles son sus efectos sobre la humanidad?

El profesor sanmarquino Juan Camacho en su libro Individuo y técnica en el mundo contemporáneo (Lima, Amaru editores1986) enumera como características de la técnica las siguientes notas: racionalidad (instrumento de cálculo y previsión), artificialidad (sustituye lo natural y espontáneo), automatismo (se basta a sí mismo), autocrecimiento (progreso independiente), universalidad (invasiva, global y unificante) y éticamente neutral (lo bueno y lo malo se sustituye por lo eficaz, preciso y útil).

Estas notas no sólo permiten caracterizar a la razón técnica, sino que además admiten establecer la existencia de una región ontológica propia y nueva, campo conocido como el ser de la máquina.

Si partimos de la distinción entre naturaleza y espíritu podemos distinguir en la primera el estrato de la materia y el estrato de la vida, y en la segunda el estrato de lo psíquico y el estrato del espíritu. Casi no hay discusión en admitir que el hombre pertenece a los cuatro estratos aunque lo fundamental en él sea su pertenencia al estrato de la vida espiritual.

Pero estos cuatro estratos (materia, vida, vida psíquica y vida espiritual), según la ontología hartmanniana, pertenece a la región del ser real. Hay otras dos regiones, la del ser ideal y la del ser irreal, a las cuales el hombre también accede, pero este asunto no nos compete ahondar aquí.

La ontología fáctica estudia a los entes reales (materiales, vitales, psíquicos, espirituales), mientras que la ontología formal se refiere a los entes ideales (entes lógicos, matemáticos, semióticos). Y son consideradas como características de cada uno como sigue: del ser real  (temporal, deviene, individual) del ser ideal (invariable, intemporal, general), del ser irreal (creación del sujeto, ser para otro, temporal, general, variable, sin existencia autónoma). Tanto el ser real como el ser ideal son regiones del ser que existen en sí.
Sintetizando tenemos: lo ideal, lo real y lo irreal son regiones del ser; la esencia y la existencia son fases del ser; y la necesidad, la actualidad y la posibilidad son modos positivos del ser, mientras que el azar, la inactualidad y la imposibilidad son modos negativos del ser.
Pues bien, hasta aquí la parte descriptiva. Ahora se imponen tres preguntas en cuanto a la máquina, y precisemos que nos estamos refiriendo a la máquina cibernética: 1. ¿Tiene ser?, 2. ¿Qué tipo de ontología la estudia? y 3. ¿Qué región del ser ocupa?

En cuanto a la primera, ¿Tiene ser la máquina cibernética? Por el sentido común no nos hacemos problema sobre el ser la máquina. La vemos, la tocamos, la operamos, existe, y eso basta para decir que tiene un ser como aparato mecánico o telemático. Pero filosóficamente la cosa es diferente.  Aquí tiene que ver con su uso predicativo o su uso existencial. El significado existencial se divide a su vez en existencia en general  y como existencia privilegiada. Lo segundo se reserva para el significado fundamental del ser como uno solo, lo primero se aplica sobre muchos modos de ser.

Concordemos entonces. La máquina existe, es uno de los muchos modos de ser, por tanto la máquina tiene un ser. Otra cosa es ver en qué consiste su ser, asunto que tiene que ver con la tercera pregunta que nos aguarda todavía: ¿Qué región del ser ocupa el ser de la máquina?

En cuanto a la segunda pregunta, ¿qué tipo de ontología la estudia?, es preferible esperar la respuesta hasta que no se haya visto la región y las características que le son propias.
Veamos. La máquina es una creación del sujeto pensante, pero posee existencia por sí y en sí. Pero además varía, la hacemos evolucionar, cambia, es temporal e individual. Por tanto no es un personaje como el Quijote, no es un ser irreal, es real. Pero como hemos visto en el ser real existen varios estratos: material, biológico, psíquico y social o espiritual. Entonces ¿a qué estrato pertenece el ser de la máquina?

Aunque la cibernética y la biotecnología todavía sueña con hacer realidad ciborg e híbridos entre lo biológico y lo maquinal, sin embargo lo que por el momento podemos afirmar es que la máquina es una ente que ha salido de nuestras manos, en este parto se parece al ser irreal, pero no es propiamente todavía algo biológico, ni meramente físico, ni psíquico, ni espiritual. Y ello es así, a pesar de que tiene sus microbios, los llamados virus cibernéticos constantemente perfeccionados por la industria o los llamados hackers, virus conocidos como troyanos, gusanos, etc., diseñados para destruir, obstaculizar o bloquear información sin ser detectados mayormente hasta que el daño esté hecho.

En el fondo se trata de una lucha de información contra información, algoritmo contra algoritmo, código contra código. Es la apocalipsis de lo virtual que al final termina por anular la autoconciencia humana. Son los sujetos mediumnizados de la estupefacción cibernética de las que nos habla Baudrillard (Estrategias fatales, Anagrama 1983).
Lo más interesante de lo que nos señala este autor es sobre la debilidad del principio de realidad, que lo virtual produce ahora lo real anulándolo. Es decir, los objetos ya no tienen como origen a la naturaleza sino al código. Es el código cibernético matemático la nueva realidad soberana. La era del código empieza a penetrar en todo el tejido social. La era del código (binario de los ordenadores, biológico del ADN, digital de los medios de comunicación) se pone por encima de la era del signo. La hiperrealidad borra las diferencia entre lo real y lo imaginario y el objeto natural ya no es creíble. La realidad virtual, las comunicaciones globales, el holograma son los campos en que se extiende la realidad virtual. Así el capitalismo cibernético consuma la irrealidad de lo real en el espectro de lo virtual.

¿Qué es entonces ese artefacto coordinado que recibe y transforma la energía para producir un efecto determinado llamado virtualidad? ¿Es simplemente otro ente real porque deviene, es individual  y temporal? ¿Acaso no posee otra característica que lo convierte en un ente único? Y si es así ¿cuál es?
La máquina, ya sea de mando integrado, como la palanca; o de mando independiente, como la tejedora; o de mando automatizado, como el ordenador; enriquece la teoría de los objetos al pertenecer a un quinto elemento o estrato del ser, a saber el estrato del ser virtual. El ser virtual es aquel objeto artificial autorregulado capaz de hacer o producir algo por sus propios medios, pero sin tener intención ni sentido propio. Es un agente teleológico dotado de una libertad programada.

Jean Ladriere hace hincapié en esto último en su obra Filosofía de la cibernética (B. Aires, Ed. Atlántico, 1959) nos dice que el hombre es el ser con sentido, mientras la máquina deja fuera de sí la intención y el sentido. La invención no se reduce a cálculo porque la idea de cálculo es su invención. La cibernética es operación, en cambio el pensamiento es invención. Sin embargo, el hombre se puede perder en el cálculo y la eficacia.

Hasta donde ha podido llegar la tecnología, la teoría de las máquinas demuestra que la máquina es incapaz de definirse a sí misma, carece de autoconciencia. Entonces redefinamos el significado. Inteligencia artificial, indicaría la capacidad de un artefacto de realizar los mismos tipos de funciones que caracterizan al pensamiento humano. La posibilidad de desarrollar un artefacto así ha despertado la curiosidad del ser humano desde la antigüedad; sin embargo, no fue hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando esa posibilidad se materializó en herramientas tangibles

El término inteligencia artificial (IA) fue acuñado en 1956 por John McCarthy, del Instituto de Tecnología de Massachusetts. La inteligencia artificial es un campo independiente dentro de la informática. Previamente, en 1950, Alan M. Turing había publicado un artículo en la revista Mind, titulado “Ordenador e inteligencia”, en el que reflexionaba sobre el concepto de inteligencia artificial y establecía lo que luego se conocería como el test de Turing, una prueba que permite determinar si un ordenador o computadora se comporta conforme a lo que se entiende como artificialmente inteligente o no.

Con el avance de la ciencia moderna la búsqueda de la IA ha tomado dos caminos fundamentales: la investigación psicológica y fisiológica de la naturaleza del pensamiento humano, y el desarrollo tecnológico de sistemas informáticos cada vez más complejos.

En este sentido, el término IA se ha aplicado a sistemas y programas informáticos capaces de realizar tareas complejas, simulando el funcionamiento del pensamiento humano, aunque todavía muy lejos de éste. Pues ni siquiera la partida de ajedrez que el superordenador de IBM denominado Deep Blue ganó, en mayo de 1997, al campeón del mundo Gari Kaspárov demuestra que la IA es capaz de dar el salto desde el cálculo programado hacia la invención intencional y con sentido.

Pero valga esta digresión sobre cálculo e invención en la IA para precisar a la pregunta que nos concitó: ¿Qué región del ser ocupa el ser de la máquina? Ya hemos dado una respuesta tentativa: el ser virtual. Pero ¿qué es ontológicamente el ser virtual, como quinto estrato del ser?

No está demás señalar el equívoco del término IA. El ámbito de lo inteligible de la mente humana es mucho más amplio, complejo y rico que el ámbito de lo computable por el ordenador. Lo cual no es óbice para pensar que la mente humana pueda crear alguna vez un superordenador social globalizado de consecuencias imprevisibles (totalitarismo, extinción del trabajo, desaparición de la libertad individual, concentración de la riqueza, desaparición de la política, matematización del mundo, abundancia de bienes y nuevo materialismo).

Por lo pronto no todo lo inteligible es computable, lo cual refleja el carácter operativo de la llamada IA. Frente a ello el pensamiento humano es invención y creación, porque es fruto de un ser con sentido y libertad, mientras que la máquina deja fuera de sí ambas cosas.

Existe un autor alemán de la ex República Federal Alemana, llamado G. Gûnther, autor de un libro de 1972 intitulado La conciencia de las máquinas. Una metafísica de la cibernética (referido por D. Sobrevilla en La filosofía alemana, Lima Universidad Cayetano Heredia, 1978, pp. 410-411), en el cual expresa que la información no pertenece ni al orden de la materia ni al espíritu, ni al objetivo ni al subjetivo, ni al mecánico ni al orgánico, porque su lugar pertenece a una tercera esfera de la realidad (en nuestro caso decimos el “quinto elemento” porque tomamos en cuenta, aparte de la materia y la conciencia, lo biológico y lo espiritual) a la que llama “proceso reflexivo” o simplemente “proceso”.

Según Gûnther se puede hablar del ser y de la conciencia del computador, porque es una cosa consciente que no puede ser subsumida ni bajo el concepto de “yo” no de “tú”, sino sólo bajo el del “ello”, reuniendo en sí  la identidad de irreflexividad (ser) y proceso (reflexión). El proceso reflexivo es un grado más profundo de la realidad, que demuestra cómo el espíritu va creando una segunda naturaleza que se asienta sobre la primera. Es un proceso irreversible de creciente nivel de complejidad.

Gûnther llama “proceso reflexivo” a lo que nosotros llamamos “ser virtual”, coincidiendo en señalar que el ser de la máquina instaura una nueva región del ser. Sobre la elección de los nombres me parece que es una cuestión decisiva porque señala a la cosa misma en su fundamento.

Sobre la idea de proceso se puede decir que, cuando el evolucionismo cobró auge hasta 1930 varios filósofos le dieron una dimensión cósmica y la utilizaron para referirse a la idea de la evolución bajo otros nombres. Así Bergson la llamó élan vital, Samuel Alexander emergentismo, y Whitehead habló de proceso. Luego el concepto cayó en desuso ante el empuje de la genética que resaltó el papel del azar sobre la necesidad, la declinación de la idea de progreso y por condiciones culturales e históricas bien determinables. Pero ahora la idea de proceso revive en la filosofía por el interés causado por la cibernética.

Es innegable que la IA o la máquina cibernética implique una serie de procesos, que estos procesos sean reflexivos tampoco es discutible, pero que sólo aquello sea lo fundamental lo dudo. No sólo hay procesos en todos los niveles del ser real sino incluso del ser ideal, y por qué no en el ser irreal, todos los cuales tiene su nivel de irreversibilidad y de creciente complejidad. Por lo cual, la idea de proceso no puede definir la esencia de este nuevo estrato del ser.

En cambio la idea del ser virtual implica la noción de potencial, o con capacidad para hacer o producir algo, aunque no lo produzca de hecho, que tiene existencia aparente. En el caso de la máquina tiene inteligencia aparente porque en realidad es cálculo realizado a velocidad vertiginosa. Lo virtual tiene la ventaja de aludir a lo que puede ofrecer o puede hacer por nosotros, sus creadores.

A propósito lo potencial no es lo mismo que  la potencia. En la metafísica aristotélica el concepto de potencia implica una ambigüedad fundamental porque alude tanto a la posibilidad como la preformación o predeterminación. Aristóteles entiende la potencia tanto como preformación y predeterminación y la considera como un modo de ser disminuido o preparatoria del acto (Met. IX, 4, 1047 b3; 8, 1049 b 4). Lo potencial se refiere a la realidad o actualidad, en tanto que la potencia hace referencia a lo posible, lo preexistente, predeterminado o preformado.

Sólo en este sentido de ser potencial cobra el ser virtual todo su significado. Pues el código binario de los ordenadores borra en la realidad la distancia entre lo posible y lo potencial, se trata de una preformación que se actualiza constantemente de manera ordenada y programada. La película norteamericana Matrix es la ilustración más palpable y dramática de no saber hacia dónde nos lleva esta fase revolucionaria del viaje de la electrónica. La realidad virtual pueda ser que en un momento se haya desarrollado como miscelánea de entretenimiento y evasión social (recordemos las máquinas de ajedrez del siglo XVII), pero junto a la tendencia de huir de los problemas y refugiarse en mundos virtuales o redes digitales se despliega ante nuestros ojos un proceso posmoderno, llamado por Vattimo, de disolución del sentido del ser y del principio de de realidad. Y en verdad, la realidad virtual intensifica las sensaciones y la desconexión con la realidad, lo que se manifiesta con la disolución de la Historia Universal en microhistorias individuales. La realidad virtual nos conduce al triunfo de los particularismos.

Pero nuevamente nos preguntamos ¿qué tiene el ser de lo virtual para nos lleve por ese derrotero? El antecedente del ser virtual lo hallamos en las máquinas lógicas de Raimundo Lulio que proponía en el Ars Magna la construcción de un artefacto compuesto de partes móviles de acuerdo con ciertas reglas, y en Leibniz que propugnaba la posibilidad de una characteristica universalis. Pero ya antes que ellos Descartes en la Parte V del Discurso del método hablaba del automatismo de los brutos, refiriéndose a los animales como dotados de alma corporal y carente de alma racional.

Pero creo que es Heidegger el que nos muestra con mayor nitidez  que la técnica es no sólo una experiencia originaria y radical con el mundo sino que está marcada por una voluntad de poder que termina desquiciando la subjetividad y libertad humana. Lo cual no parece estar equivocado. Pues, en la sociedad del ser virtual la irrealidad roba y rodea a la vida misma, impulsa su autodestrucción, aumenta el sentimiento de marginalidad extralimitando el deseo de novedades, se incrementa el horror al vacio y al silencio, el miedo a no ser percibido se desquicia, se extingue el mundo de lo bello, toda la sociedad se sacude con los efectos del imperio del lenguaje del ordenador y el ser de lo virtual. Triunfa el adiposo formalismo y nominalismo de antaño y lo pseudo cultural se impone como la voz cantante entre el spleen decadente de una humanidad que se entrega a la subjetividad presunta de la máquina.

Pues bien, el ser virtual de la máquina es un cuerpo físico sin alma racional, y en esto es igual al alma de los brutos, pero a diferencia de éstos es un cuerpo físico razonador de automatismo programado y programable por el hombre, su creador. Su estrato es intermedio, está por encima del los animales y por debajo del hombre. Y sin embargo su hechizo se impone a sus creadores que se sienten subyugados por su propia creación. Los marxistas se equivocaron al creer ver que el trabajo asalariado era el pináculo de la alienación social y el origen de la enajenación. Todo lo contrario, la realidad, que siempre supera a la ficción, ahora nos demuestra que el ordenador virtual destila una más poderosa y cuantificada enajenación sobre el hombre, los deshistoriza, los destemporaliza, los irrealiza y los sacude en el espectro de su disolución subjetiva. Los filósofos de la sospecha, como llamó Paul Ricouer a Marx, Freud y Nietzsche, jamás pudieron imaginar que la realidad especulativa del ser de lo virtual pudiera acelerar la eliminación del sujeto.

Siendo así, se trata en verdad de un nuevo estrato del ser con perspectivas de complejidad creciente y consecuencias difíciles de prever. El hombre ha abierto una caja de Pandora cuya experiencia radical no se resuelve simplemente librando a la técnica de los intereses del capitalismo industrial, como cree Carlos París en su libro El animal cultural (Madrid, Critica 2000), sino que su repercusión trasciende lo económico social para penetrar en los profundos estratos óntico-antropológicos del hombre. Hubo un tiempo en que soñamos optimistamente en las maravillas que podía dar la ciencia a la humanidad, hoy la deshumanización creciente del hombre en la ciencia parece ser una tendencia creciente y descontrolada, que no depende de la voluntad de científicos ni políticos. Y cada vez es más patente, que no se trata de que la ciencia no deba, sino que no puede dejar de identificarse con la voluntad de poder y dominio, es su telos y su destino ineluctable. Mucho se ha especulado, hasta cinematográficamente sobre la extinción del hombre por las máquinas, lo cual no es fácil de descartar aunque más difícil es dejar de pensar en la proximidad de un final en manos del propio hombre. En cuanto a la pregunta, ¿qué tipo de ontología estudia al ser de lo virtual?, diré simplemente: la ontología fáctica en el campo tecnológico.

Una palabra más, cuando se mira el aguafuerte de Francisco de Goya, conocido como “El sueño de la razón” la leyenda puede traducirse así: “La imaginación abandonada por la razón crea monstruosidades. Unida a la razón, la imaginación produce grandes maravillas y arte verdadero”. Me parece que el bueno de Goya fue demasiado indulgente e inocente con la razón, que encierra ya en su significación primaria griega de legein como reunir, escoger, el ejercer ya control sobre lo visto. Es decir, ya con ella empezamos a perder lo que decía Derrida, la diferencia. Por eso que es al revés. Es la razón la que separada de la imaginación, siempre ligada al arte y a lo bello, crea monstruosidades. ¿Será lo virtual una de ellas?

GUSTAVO FLORES QUELOPANA (Lima, 1959). Estudio filosofía en San Marcos. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde el 2001. Presidente Fundador del Instituto de Investigación para la Paz cultura e Integración de América Latina (1986). Actualmente es Presidente de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (2007-2009). Es autor de numerosas obras de filosofía, entre las más recientes: La Filosofía en la encrucijada del nihilismo (2009), La educación ante la sociedad anética posmoderna (2009) y Ensayos de filosofía mitocrática (2009).

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