miércoles, 9 de mayo de 2012

OTTO WEININGER: METAFÍSICA DEL SEXO


OTTO WEININGER Y LA METAFÍSICA DE LOS SEXOS
Gustavo Flores Quelopana

Resumen

La filosofía del sexo de Otto Weininger sostiene que existe una enorme distancia cósmica-metafísica entre el hombre y la mujer. El hombre es forma, la mujer es la representante de la materia en la humanidad y es el hombre el que le da forma. La mujer no es sublime, grande, ni bella. Es amoral, carece de ideal, voluntad, lógica y alma. Nada de esto justifica la barbarie del hombre contra la mujer. La mujer no peca es el pecado. Pero la nada que es la mujer es tan eterna como el ser que es el hombre. Sólo renunciando al coito el hombre anular lo femenino en la mujer, hay que vencer la feminidad. El problema de la humanidad es el problema de la mujer, pues tanto el hombre como la mujer deben vencer su sexualidad, sin ello la humanidad no puede redimirse. Así, el coito se opone a la idea de la humanidad porque tanto el hombre como la mujer se transforman en objeto.

1. LA INVALIDACIÓN DEL COITO
Otto Weininger fue un filósofo precoz y suicida nacido en Viena en 1880, de padres judíos, de niño fue alegre, de pronto se despertó en él un violento afán de saber que lo lleva a leer en abundancia historia, literatura y filosofía. En la Universidad cultivó ciencias naturales y matemáticas junto a la física y filosofía. Su extraordinaria concentración mental lo llevó hacia un carácter taciturno, atormentado y triste, cada postulado descubierto se lo imponía sobre todo a sí mismo, vivió su filosofía y cuando ya no pudo resistir se quitó la vida con apenas 23 años en 1903. En el 2003 se celebró en el mundo el centenario de su prematura muerte y de su magistral libro. Su obra Sexo y carácter  publicado en ese mismo año es uno de los casos más extraños -por la interrupción voluntaria de su vida- y extraordinarios –por la profunda y riquísima doctrina que elabora- de toda la historia de la filosofía del siglo XX. A los veinte años era partidario de la filosofía empirio-criticista de Avenarius, especie de positivismo en boga en Alemania y Austria por aquellos años; pero luego se convierte a la tendencia contraria, el neokantismo en su versión historicista de Simmel, Dilthey, etc. adosado de ahondamiento metafísico. Las ediciones de su libro se sucedieron con rapidez asombrosa, en 1923 alcanzaron a veintisiete con traducciones a siete idiomas, éxito que el autor no llegó a ver tras dispararse un tiro en la misma habitación que ocupó en su tiempo Beethoven. Su libro, fruto de un adolescente genial, es importante para la filosofía de la condición humana no sólo porque está lleno de riquísimo material sobre caracterología, psicología, ética y lógica, sino porque su investigación de la caracterología de los sexos se prolonga hasta agotar sus posibilidades filosóficas. La idea central del libro es que la feminidad es el mal, debe ser negada y suprimida para retornar al sentido moral de la castidad universal. Se pueden rechazar de plano sus planteamientos fundamentales pero no se puede desconocer que el libro aborda uno de los problemas más oscuros y angustiosos de la humanidad: el sexo.
Desde el Prólogo deja sentado que el punto de partida es el contraste entre los sexos, que el libro es antifeminista porque niega y desvaloriza la feminidad, pero el análisis deriva hacia el problema de la culpa que se enlaza con los profundos enigmas de la existencia. Es el egoísmo sexual machista el que quiere ver a la mujer mejor de lo que es. La culpa mayor y esencial pertenece a los hombres.
El libro consta de dos partes, la primera es la menos extensa, comprende seis capítulos, es de carácter biológica y aborda la diversidad sexual. Siendo más importante la segunda parte me referiré brevemente a la primera. Afirma que el límite de lo masculino y lo femenino es muy difícil de establecer, existe una intersexualidad originaria, la atracción sexual funciona con estos grados de intersexualidad. Reconoce que la homosexualidad es una tendencia que existe en todos los seres humanos, porque en cada individuo hay oscilaciones de la característica sexual. Mientras el hombre femenino está orgulloso de su físico, la mujer masculina lo está de su inteligencia. La mujer emancipada actualiza lo masculino que hay en ella. Las mujeres emancipadas presentan caracteres anatómicos propios del varón, así las feministas tienen formas intersexuales avanzadas. No por casualidad las mujeres célebres han sido homosexuales o bisexuales como Safo, Catalina II de Rusia, la Reina Cristina de Suecia o George de Sand quienes fueron lésbicas o se enamoraron de hombres afeminados. La mujer no es genio ni puede serlo. Y en la actual era afeminada aumentan los petimetres y homosexuales.
La segunda parte es la más importante, original, extensa, consta de catorce capítulos y de la cual sólo presentaré una síntesis apretada. Comienza afirmando que a pesar de todas las formas intersexuales existentes en los individuos siempre asumen el papel de lo masculino y lo femenino –incluso en el homosexualismo y lesbianismo-. La diferencia radical entre ambos sexos es que mientras la mujer está poseída por el sexo, en cambio el hombre tiene un sexo. Esto le da al hombre la capacidad de autonomía frente al sexo, lo cual no tiene la mujer. A la mujer le preocupan muy poco las cuestiones extra-sexuales, carece de vida interesante y talento profundo. La mujer es sólo sexual. Sobre la conciencia sostiene que en las mujeres pensar y sentir son inseparables, por ello son emocionales, carecen de firmeza y juicio, esperan que el varón las esclarezca conceptualmente, viven en la inconsciencia, lo cual las hace amar al hombre de inteligencia superior a ellas. La mujer recibe su conciencia del hombre. La mujer es incapaz de ser genial, porque la genialidad está vinculada a la más alta masculinidad ideal, es la máxima conciencia. El talento es especialista mientras que el genio es universalista. El genio es un gran conocedor de los hombres, tiene marcados periodos de actividad y se trasluce casi siempre en rostros interesantes. El hombre genial es de extraordinaria memoria, recuerda su infancia, en cambio la memoria femenina se limita a la sexualidad y a la familia. La fantasía masculina tiene capacidad formadora en música, arquitectura, plástica y filosofía, en cambio la ausencia de fantasía en la mujer responde a la indiferenciación de su vida psíquica. La capacidad de dar forma a un caos pertenece a los individuos de memoria más extensa, de apercepción más general lo cual es característico del genio masculino. La memoria es un fenómeno exclusivo del hombre, lo cual le permite tener valor del tiempo, del deber y de la inmortalidad del alma. La memoria continúa posibilita las leyes lógicas, por ello la mujer carece de lógica, es crédula, miente sin pesar y es amoral. La genialidad es la suprema moralidad y por eso es deber de todos alcanzarla. El genio es una elevada forma de existencia intelectual y moral, en él no cabe el solipsismo teórico ni práctico, es la suma moralidad, deber y compasión, siente como recíproco el Yo y el Tú, jamás asume al prójimo como medio sino como fin en sí mismo, cree en el alma y en el Yo eterno, no es presumido, ni vanidoso pero sí orgulloso. En contrapartida la mujer es amoral, carece de fuerza de voluntad, de lógica y de alma, no tiene personalidad. La psicología sin alma es eminentemente femenina. La mujer es envidiosa porque carece de amor propio, es impúdica y hostil, vanidosa y necia, confunde su cuerpo con su Yo. No ama la verdad ni la soledad, por eso no puede ser filósofa. Por otro lado, la maternidad física y la prostitución son una posibilidad constante de todas las mujeres, la prostitución radica en la naturaleza de la mujer. Es falso que la mujer sea monógama, lo es el hombre que es partidario de la virginidad e inventor de la institución del matrimonio. La maternidad no es ética porque es egoísta, pero protege la vida terrestre en cambio la prostituta la consume y hace del coito un fin en sí mismo. La mujer no tiene un ideal de hombre, es el falo lo que la hipnotiza, las mujeres no quieren belleza ni amor platónico sino sexo, quien ama es el hombre pues la mujer sólo se enamora. El amor es distinto del impulso sexual, deriva de lo ético y no de lo estético. El hombre proyecta la belleza en la mujer, ella no es bella sino tentadora y sexual. Sobre la naturaleza de la mujer y su significación en el universo dirá que el hombre más abyecto tiene algo de bueno en cambio en ninguna mujer hay algo de trascendental. Nada justifica la opresión de la mujer pero hay que dar la bienvenida a la mujer masculina. La tercería o el celestinaje es fundamental en la mujer, que ve en todo al coito. La mujer surge de una inmensa estupidez, sólo es feliz cuando es dominada por el hombre. Es pasiva y receptiva, no es libre ni tiene un destino. Está excluida de la vida trascendental. Hay pueblos y razas con una marcada feminidad –chinos, negros, judíos-, entre ellos nunca se dio auténticos genios,  por lo que las deducciones hechas sobre la masculinidad y la feminidad se refieren sólo al hombre y mujer arios. Y en el capítulo final dedicado a la mujer y a la humanidad sostiene que la feminidad es una amenaza a la idea de humanidad. Fue la mujer la que hizo creer al hombre que la castidad es antinatural e imposible porque teme que fracase el acto de procreación. Si el sexo deja de ser importante entonces la mujer pierde su razón de ser. El feminismo es la emancipación de la prostituta que hay en toda mujer. Hoy es ella la que en complicidad con el hombre impone la cultura del coito, determina lo que es varonil y resta importancia a la virginidad. La mujer aspira al coito no al amor. Ella es la principal enemiga de su propia emancipación, su liberación depende de la del hombre especto al sexo. El placer no es inmoral, lo es cuando se impone a la voluntad. El coito es inmoral porque en él tanto el hombre como la mujer se utilizan como medio para obtener un placer egoísta o un hijo. Frente a la mujer al hombre sólo le queda imponer la conducta moral en vez de la conducta sexual. La mujer sin masculinizarse no puede ser lógica ni ética.
En conclusión, existe una enorme distancia cósmica-metafísica entre el hombre y la mujer. Lo femenino es pasividad y contingencia frente a lo masculino que es actividad y eternidad, lo femenino y lo masculino son categorías últimas que se aplican a toda la realidad. La inferioridad femenina no es cultural sino metafísica. La mujer no es una existencia ni una esencia, es una Nada. No tiene microcosmos pero es algo más que individuo, es una persona y un ser humano. Tiene la forma externa pero no la interna de lo humano. No es libre y sólo quiere ser aceptada como cosa. El hombre es forma, la mujer es la representante de la materia en la humanidad y es el hombre el que le da forma. La mujer no es sublime, grande, ni bella, es amoral, carece de ideal, voluntad, lógica y alma. No ama la verdad, no pertenece al mundo inteligible, sólo al mundo corporal, vive poseída por el sexo, no tiene talento y menos genio. Nada de esto justifica la barbarie del hombre contra la mujer. Por su lado, el hombre es imagen de Dios. La mujer no peca es el pecado. Pero la nada que es la mujer es tan eterna como el ser que es el hombre. Sólo renunciando al coito el hombre anular lo femenino en la mujer, hay que vencer la feminidad en la cultura actual. El problema de la humanidad es el problema de la mujer, pues tanto el hombre como la mujer deben vencer su sexualidad, sin ello la humanidad no puede redimirse y lo genial no se puede acentuar. El temor a la castidad universal que puede provocar la desaparición de la especie, nace de la falta de fe en la inmortalidad individual y en la vida eterna de la individualidad moral. La castidad sólo mata al individuo corporal pero no al individuo espiritual. Así, el coito se opone a la idea de la humanidad porque tanto el hombre como la mujer se transforman en objeto. La humanidad no podrá redimirse sin castidad universal, sin abolir el sexo, el coito. Lo único verdaderamente supremo de lo humano es la vida eterna de la individualidad moral propia de lo genial.

2. APRECIACIÓN CRÍTICA
Lo primero que destaca en el pensamiento de Weininger es su profundo compromiso platónico de defender que sólo el reino de las ideas tiene esencia y realidad, mientras que la vida empírica es mero accidente. Por esa razón encuentra una metafísica de los sexos donde lo permanente lo es todo frente el pasajero fenómeno empírico.
Su radical defensa de las ideas eternas y los valores permanentes e invariables es causa también de que Weininger se oponga al espíritu de la sociología que trata de estudiar los efectos de las instituciones sociales sobre el pensamiento y las acciones humanas.
En tercer lugar ofrece un cuadro ilusorio de la mujer, tratando de hacer valer para todo tiempo las características de la mujer burguesa, la misma que está muy bien descrita en sus funciones peculiares.
En cuarto lugar, su método deductivo y especulativo ofrece coincidencias muy interesantes que no pueden ser accidentales con otras teorías psicológicas contemporáneas. Pero también el método de investigación de Weininger es radicalmente diferente del método práctico utilizado por Freud en sus investigaciones clínicas, Margaret Mead quien se instaló entre las tribus primitivas de Nueva Guinea, o del empleado por Mathias y Matilde Vaerting al basarse en la historia comparada. Para Weininger el objeto de la ciencia es el “tipo ideal”, por lo que no busca descubrir hechos empíricos sino establecer la pura idea platónica del tipo “Hombre” y “mujer” en sí mismos. No le interesa en método experimental ni la estadística.
Por otro lado, en una época en que la mujer se liberaba de suna situación subordinada el libro de Weininger aparece como el esfuerzo supremo para salvar la superioridad del hombre, y ello a pesar de estar a favor de la igualdad de derechos. En consecuencia, elevó el nivel de la controversia política hasta el reino metafísico de las ideas eternas, para mantener las prerrogativas de la superioridad masculina dentro de un sistema filosófico de valores absolutos.
Sobre la base de deducciones empíricas sentó la idea de la inferioridad innata de la mujer, para a partir de allí establecer en un plano trascendental la superioridad del principio masculino genial.
La tipología ideal de Weininger constituye la aplicación de las “ideas de la razón” de Kant a la psicología, cada vida individual se aproxima en forma intermedia a estos patrones invariables de medida.
Su concepción de las formas sexuales intermedias –lo femenino y masculino está presente en los miembros de ambos sexos y en el mismo individuo- es acentuadamente individualista del mismo que toda su filosofía es una apoteosis del espíritu individual. Creía en una educación individualizadora.
A lo largo de su obra habla con temerarias generalizaciones abstractas de la sustancia femenina como mendaz y amoral que cuando algún hecho le contradice, su método de la idea platónica del tipo ideal lo reduce a alguna categoría particular de las formas sexuales intermedias.
Siguiendo el criterio kantiano que ningún ser humano debe ser usado como medio, para Weininger el acto sexual es degradante e inmoral. El amor es puro y nada tiene que ver con la sexualidad.
Pero aquí aparece una falacia lógica. Pues si la mujer no es más que sexo, entonces el acto sexual resulta ser el cumplimiento de sus propios fines y no es algo ajeno y dañoso a ella. Es decir, Weininger no comprendió la naturaleza sexual de la mujer y trató de cambiar su esencia. Nunca llegará a comprender al apóstol San pablo que decía “mejor es casarse que quemarse”
Por eso más que un argumento convincente parece tratarse de una racionalización de un instintivo temor sexual. Esto ha dado motivo a muchas teorías y especulaciones psicológicas sin bases seguras sobre su aversión hacia la mujer.
Concluyendo, podemos preguntarnos de dónde proviene la vigorosa idea de Otto Weininger sobre la inferioridad femenina. Al respecto podemos traer a colación las palabras que Fritz Wittels escribió acerca de Freud y que pueden aplicarse al caso de Weininger: “En Austria nunca pudo escapar al sentimiento de inferioridad que lo afectó tempranamente, como a todos los judíos  en los países de habla alemana, a los que actúan en círculos intelectuales”. Es decir, se trata de un sentimiento de inferioridad compensado por la ambición, el deseo de autoestimación y dominación relacionado con el hecho de su ascendencia judía.
Su libro es de hecho un tratado sobre el problema del genio y el sexo, lo que en lenguaje profesional ha sido llamado “la enfermedad profesional del genio”. En otras palabras y haciendo uso de lo que en teoría psicoanalítica se llama “racionalización”, lo que ofrece Weininger es su propia desgarradora lucha como individuo genial ante el problema atormentador del sexo. Por lo demás, su obra no es la simple contraposición entre lo masculino y lo femenino sino que se trata del abismo que existe entre el genio y la mujer. Frente al genio la mujer sólo posee el sexo.
Sin embargo, su convicción que la mujer tiene un interés esencial en la sexualidad resulta incontrovertible por la evidencia empírica e histórica, aun cuando discrepemos con la abolición del sexo y su apreciación peyorativa.

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