martes, 12 de junio de 2012

FILOSOFÍA DE LAS IDEAS


EL LEGADO DE MARIÁTEGUI
NI RECONSTRUCCIÓN NI OLVIDO SINO DESARROLLO DE LA RESPUESTA MITOCRÁTICA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

                              

Mientras que en el Perú no se logre al mismo tiempo la justicia social y la libertad el legado de Mariátegui seguirá vigente. Aun cuando no hay consenso sobre lo que se quiere significar con la palabra "mariateguismo"  (una elección dogmática y violentista, el camino por un socialismo pequeño burgués utopista, la vía romántica de un marxismo heterodoxo y social–demócrata, una racionalidad alternativa con su socialismo indoamericano, un paradigma ético, resulta inútil y hay que arrojarlo justificadamente al basurero de la historia) en estos tiempos de avance incontenible de la globalización del hiperimperialismo, de la nihilista cultura posmoderna y de la pérdida de valores humanos, sobrevive de su esforzado pensamiento 6 elementos:

1. la síntesis de lo autóctono y lo occidental, 
2. el afán por rebasar el capitalismo alienante, 
3. la importancia del mito como esperanza, 
4. el valor moral del socialismo, 
5. su postura creativa antidogmática, 
6. y el arraigo cultural. 

Y a la luz de la Revolución velasquista del 68, del hundimiento del socialismo real en el 90 y de la quinta revolución tecnológica resulta siendo obsoleto o sumamente cuestionable:

7. su indigenismo,
8. el determinismo económico, 
9. el partidismo gnoseológico,
10. la idea de la lucha de clases
11. el recurso al materialismo dialéctico (que él mismo evitó)


Además, los elementos más vivos del Amauta están presentes en otras dos importantes aportes del pensamiento peruano, a saber, la teología de la liberación de Gustavo Gutierrez y la teoría de la colonialidad del poder y del saber de Aníbal Quijano. Por tanto, no es posible afirmar que en el marxismo de J.C.M. preponderan los elementos muertos sobre los vivos sino que es al contrario. 

El balance es que el marxismo de Mariátegui no está muerto, aun cuando debe ser reconstruido ampliamente (rechazar el partidismo gnoseológico, el determinismo económico, la idea de lucha de clases; y preservando lo valioso (la síntesis de lo autóctono y lo occidental, el contenido ético del marxismo, la importancia del mito y no echar mano de la dialéctica). No hay duda de que hoy atraviesa su peor momento la interpretación ortodoxa, mantiene su presencia la interpretación heterodoxa, pero incluso ésta ya no mantiene su mismo vigor que antes.

Ahora se comprende mejor, que de poco sirve repetir los mitos sobre su figura, porque el propio Mariátegui no estuvo libre de unilateralidades, de esquematismos y de deficiente información. Es a todas luces una interpretación de cliché verlo como un marxista convicto y confeso. 

En primer lugar, es insuficiente repetir mecánicamente la fórmula que “peruanizar el Perú” sea la síntesis entre lo andino y lo occidental, sin analizar previamente en qué consiste dicha síntesis y qué elementos de lo occidental hemos de conservar sin caer presos de la racionalidad eurocéntrica.

En segundo lugar, recordemos que si en su momento Mariátegui descubre el instinto comunista en el indio comunero, Hernando de Soto descubre, en otro momento histórico, el instinto de comerciante del indio migrante urbanizado y constituido como informal, el cual se incorpora creativamente a la economía de mercado, demostrando que en vez de apoyarse en la eficacia redistributiva del Estado toma en sus propias manos la eficacia productiva como microempresario. No obstante, la transformación material y espiritual operada en el elemento andino a favor de la libre competitividad del mercado, en vez de hacernos ver al mismo como la reserva de una nueva racionalidad más bien refuerza preocupantemente la racionalidad instrumental y la lógica de medios del antropocentrismo moderno y occidental.

En consecuencia, no vemos en el indoamericanismo una alternativa a la crisis civilizatoria de Occidente, que de paso estamos inmersos. Este indocentrismo solamente ve el instinto comunista del indio comunero de ayer sin prestar atención al indio comunero de hoy y al indio migrante y citadino ganados por la lógica del poder y del dinero. Justamente por ello, por el cambio mental operado en el elemento indígena y por el fracaso del marxismo, es muy difícil hablar de “volver a Mariátegui”; y menos aún de su vigencia.

En realidad, la modificación de los patrones de consumo y la búsqueda de una nueva racionalidad desborda la problemática y la figura del Amauta. Ciertamente que la importancia que le otorgó Mariátegui al factor cultural puede servir estupendamente para contrarrestar el predominio de la lógica de acumulación y de los instrumentos, y puede contribuir para que no seamos gobernados por la dimensión tecnológica. Pero ya esto pertenece a una temática que le toca superficialmente y que más bien nos pertenece a nosotros como un desafío para la Humanidad del siglo XXI.

En tercer lugar, Mariátegui destacó que el camino para nuestros pueblos no es el rechazo a Occidente sino la asimilación de su ciencia y su pensamiento conjugado con la tradición andina. Convencido que el marxismo debía nutrirse de la raza como elemento decisivo, discrepando en este punto con Busto e Ingenieros, quienes pensaban que lo indígena era un lastre para el socialismo, se decidió a matrimoniar el socialismo con el indigenismo porque en la defensa de la comunidad indígena y en la dimensión utópica del comunismo agrario encontraba los puntos nodales de una nueva interpretación de la realidad peruana.

En cuarto lugar, al margen que su tesis sobre el indio y la tierra fue rechazado por el bolchevismo dogmático y totalitario de la III Internacional, lo que interesa aquí es cómo Mariátegui contrapone la idea de peruanidad con la idea del indio. Para él la peruanidad le parece una ficción, en cambio el indio es una realidad verdadera cuyo problema radical es la tierra, la pachamama, la cual contiene toda una cosmovisión ancestral de respeto y armonía cósmica. La verdadera patria de los indios es la pachamama que no sólo es tierra sino también mito y fe. Pero a la fe ficticia e intelectual opone Mariátegui “la fe heroica y religiosa de los que acometen peligrosamente por la victoria de un nuevo orden”.

Justamente sus tesis sobre el indio y la tierra han perdido vigencia por cuatro razones: 
1. porque en un país pluriétnico es discriminatorio y antidemocrático convertir al indio en la base biológica de la nación, 
2. porque las reformas agrarias impulsadas desde la Alianza para el Progreso de los años 60 y el gobierno militar velasquista de los 70 resolvieron en gran parte el problema de la tierra pero no la pobreza que hoy no es exclusiva del indio, 
3. la andinización de la política peruana no ha significado necesariamente el descubrimiento del sentido de patria ni de la identidad nacional, temática que al parecer la desborda, y 
4. porque la cosmovisión ancestral está siendo relegada y devorada por la racionalidad instrumental y la lógica de medios de la modernidad occidental, a pesar de que el pueblo peruano no ha perdido el sentido religioso de su existencia.

En cambio resulta muy fecunda su énfasis en el mito y en la fe, en medio del desgaste del discurso de la Razón universalista y el imperio logocrático del concepto. Occidente ha derivado hacia esta espantosa crisis de la cultura nihilista sobre la base del imperio de la racionalidad conceptual y aquí no se trata de denostar ésta en favor de otra sino de equilibrar su relación con la racionalidad mítica. Este es su aspecto más fecundo para lograr una nueva civilización.

De este modo, ir más allá de Mariátegui no sólo significa cuestionar el indoamericanismo, pues si lo étnico es más básico que lo clasista lo nacional es más amplio que lo étnico, sino que su verdadero legado está en un socialismo basado en una relación nueva entre el concepto y el mito. Los desafíos del capitalismo global exigen no sólo nuevos enfoques y soluciones, menos ideológico mas pragmático y realista, sino una nueva reivindicación del mito ante lo conceptual.

Finalmente, tanto la vigencia como el adiós a Mariátegui se resuelve en la medida en que seamos capaces de sin regresar a su letra, podamos rescatar su espíritu: nacional, libertario y justiciero dentro de un socialismo renovado, abierto y creativo frente a los desafíos anéticos, relativistas y nihilistas de la posmodernidad.

La frase mariateguista “peruanizar el Perú” debe ser llenado de nuevo contenido universalista, capaz de responder al fracaso de la globalización ultraliberal y al modelo civilizatorio de la modernidad occidental que redujo la Naturaleza a objeto, desencantó al mundo e instauró la cultura del consumismo, la increencia, el pragmatismo y el nihilismo. Y esto se consigue a través del mito y de una hermenéutiza mitizante. 

Si la primera etapa de desarrollo de la izquierda nacional estuvo signado por el cientismo y el racionalismo y el proceso revolucionario del 68 sacó adelante su segunda etapa mediante el descolonialismo, hoy a la tercera etapa le toca imaginar la respuesta MITOCRÁTICA para cuatro nuevos factores: 1. crisis de la razón universalista, 2. el desequilibrio entre población y ecología, 3. la revolución tecnológica, 4. el crisis del Estado nación, y 5. el falso liberalismo del poder global.

Lima, Salamanca  13 de Junio 2012
                                  

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