viernes, 13 de julio de 2012

EL INCA GARCILASO Y SU PROYECTO DE PERÚ

EL INCA GARCILASO Y SU PROYECTO DE PERÚ
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


A mi amiga Wally Blawn
que disfruta de Mallorca

El Inca Garcilaso tenía una visión y un proyecto de Perú distinto al de Guamán Poma de Ayala. En contraste con éste, había entendido el destino mestizo de la nueva nación presidido por una nueva religión, aunque en definitiva también abogaba por una república gobernada por los naturales aunque formando parte de la monarquía universal.

El padre Vargas Ugarte publicó con el título Pareceres jurídicos en asuntos de Indias (1951) un conjunto de diez memoriales de jesuitas entre 1601 y 1718 que demostraban los agravios que recibían los indios. El padre Manuel Marzal en su trabajo Religión católica e identidad nacional (1979) destacó que no sólo dominicos y jesuitas sino otros religiosos, clero secular y laicos enviaron al rey frecuentes memoriales sobre los abusos cometidos con los indios. Al parecer un memorial de este tipo también estaba en manos del jesuita Blas Valera.

El Inca Garcilaso, establecido ya definitivamente en Córdova, recibe la visita del jesuita chachapoyano Blas Valera,  quien al parecer había ido a Europa en 1590 para dar a conocer al Papa la verdad sobre la conquista del Perú y el asesinato por envenenamiento con arsénico y vino del emperador Atahualpa por Pizarro.

A esta pretendida denuncia se opuso el general de la Compañía, que lo declaró muerto en 1597. Valera para su protección tuvo que exiliarse en España, donde compartió con Garcilaso una Historia de los incas. De esta Historia se han conservado fragmentos, debido al saqueo inglés de la ciudad de Cádiz en 1596, los mismos que le fueron entregados a Garcilaso por el padre Pedro Maldonado Saavedra en el año 1600, pero él ya los conocía desde años atrás, quedando muy impresionado por la crudeza de los relatos peruleros.

Los enredos biográficos de Blas Valera no tienen cuándo terminar, más aun cuando la estudiosa italiana Laura Laurencich Minelli sostiene que la autoría de la Nueva Corónica le corresponde y que Guamán Poma fue tan sólo un seudónimo para proteger su identidad.

Tras el descubrimiento de tres folios con dibujos en la Historia et Rudimento Linguae Piruanorum, que llevan la firma de un “jesuita italiano” llamado Blas Valera, la investigadora ha reconstruido sus avatares biográficos. Dichos dibujos fueron hechos antes de 1618, lo que significa que Valera no pudo haber muerto en 1597  sino que fue dado por muerto y se exilió a España, luego –tras fracasar con su denuncia al Papa- regresó al Perú secretamente para publicar tan peligrosa versión de la conquista. Otros dos jesuitas lo ayudaron en su propósito, Joan Antonio Cumis y Joan Anello Oliva, y los tres guardan en secreto la identidad del autor valiéndose del nombre de Guamán Poma. Cumplido su cometido Valera regresa a España en 1618. Todo lo cual desemboca en el enigma sobre quién es el verdadero autor de la Nueva Corónica y Buen Gobierno.

Sea cual sea la verdadera autoría de la Nueva Corónica, lo que aquí nos interesa es el punto de vista contrapuesto al de Garcilaso.

La Nueva Corónica es una carta escrita al rey Felipe III de España, para demostrar al poder político dominante que el evangelio es sistemáticamente negado por la injusta explotación del trabajo indígena en el orden colonial, y su exclusión debe ser parte de las reformas a implementar. Junto a la acusación del genocidio, tilda a los españoles de raza corrupta, no idealiza el imperio incaico, destaca al acervo preinca, denuncia la religión cristiana y defiende metódicamente el sistema económico, cultural y político aborigen.

Su propuesta es taxativamente indígena, y se resume en tres postulados: (1) expulsión de los españoles y negros, (2) existencia de una república de indios con gobierno propio, paralelo al español, y (3) evitar la destrucción española mediante la concientización de su corrupción.

En cambio el discurso ensayado por el Inca Garcilaso, en esta época de crisis total, será distinto. Si la Nueva Corónica, que pudo llegar a conocerla tras su encuentro con Blas Valera, ingenuamente propone al rey una reforma política antihispana, a saber, que los españoles gobiernen España, los negros Guinea y los indios las Indias;  por el contrario el otrora Gómez de Suárez de Figueroa, el indiano nostálgico del imperio de los incas, propondrá -en vez de un utópico plan de gobierno indígena hispanofóbico- la demostración a la cultura cristiana española y europea hegemónica el reconocimiento de los elevados ideales y admirables realizaciones sociales llevadas a cabo por el Perú incaico.

Esto significa que, el Inca Garcilaso confronta sutilmente el bárbaro maltrato de las Indias a través de una utopía política más realista y superior. El está convencido que sólo demostrando el humanismo de la civilización inca se puede convencer al rey de España para que reconozca que los naturales cristianizados pueden gobernar por sí mismos a las Indias, sin necesidad de tutelaje extranjero.

Esto supone que, para Garcilaso la universalidad del Perú no puede basarse en columnas tan frágiles como las arrinconadas y desconocidas, para los hidalgos españoles, culturas preincaicas. Y en cambio, el español reconocería con suma facilidad toda la grandeza del Perú en la civilización que le dio orden, disciplina y una justicia social tan admirada en el concierto europeo por eruditos, filósofos, estudiosos, historiadores, cronistas y monarcas.

Todo lo que le haría falta a las Indias ya lo han recibido con el nuevo evangelio, y con ello pueden contribuir desde su propio reino a la edificación del Imperio cristiano universal, a cuya cabeza estaría el Monarca español. Para Garcilaso, un gobierno indio propio no podría sustentarse en el nuevo concierto internacional con una visión indigenista recalcitrante, con un fuerte componente racista que expulse a los españoles y a los negros,  renuncie paganamente al cristianismo y desconozca el legado admirable del incario a favor de otro desconocido y desaparecido legado preinca. El pasadismo romántico preinca resulta anacrónico, suicida e imprudente, para el propósito mismo del reconocimiento de la capacidad de los indios para gobernar su propio reino de las Indias, como parte de un universal Imperio cristiano. La mente sutil y sagaz de Garcilaso no dejó de advertir el peligro de estas tentativas, por lo que dedicó provectas energías hasta ver publicado sus Comentarios reales, aparentemente panegíricos pero profundamente estratégicos.

Sin entrar en minucias que no corresponden al  presente ensayo, se puede apreciar cómo Garcilaso se adhiere con sus propios matices a la corriente de Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Vásquez de Menchaca, José de Acosta, Cristóbal de Molina, Suárez, Báñez, Betanzos, etc., que abogaban por la causa de los indios. Juan de Betanzos había escrito una magnífica relación sobre los Emperadores del Perú llamada Suma y relación de los Incas, y el cura Manuel de Molina, compañero de Almagro el Viejo, había destacado como un ardiente defensor de los indios. A ambos la guadaña de la muerte los haría descansar en el Perú.

En el siglo XVI el dominio de la teología era bastante más amplio, abarcando las ciencias jurídicas. En este terreno sinuoso y dialéctico, se enfrentaron colosalmente la teoría de la servidumbre natural del indio, propugnado por Ginés de Sepúlveda (1490-1573), y la teoría de la libertad cristiana representada por Francisco de Vitoria (1480-1546). Los defensores de la libertad cristiana del indio provocaron el disgusto del rey Fernando el Católico, tampoco Felipe II los vio con buenos ojos enviando a Francisco de Toledo, quien se sirvió del cronista y capitán Sarmiento de Gamboa, para desacreditar toda sombra del imperio incaico, también Felipe III mal llevado de ambición terrena, pero en posición desventajosa ante el avance del liberalismo escolástico, le guardó ojeriza aunque tuvo que moderar los abusos, hasta que las Leyes de Indias, después de varias fluctuaciones, prohibieron la esclavitud de los naturales del Nuevo Mundo en el siglo XVI y en el siglo XVII se prohibió la servidumbre del indio.

Por cierto, el liberalismo cristiano no concedió a la igualdad natural un valor político urgente, el cual sí se convirtió en programa revolucionario inminente con la Ilustración dieciochesca, pero es erróneo y falso que la idea de la libertad y la independencia nazca en el siglo XVIII con los ilustrados porque tuvo su antecedente claramente formulado en la filosofía política de la Conquista. La idea cristiana de libertad da comienzo a las teorías de los derechos humanos, la comunidad política y convivencia pacífica de las naciones.

Garcilaso supera las majaderías de Aristóteles que quería probar que hay esclavos por naturaleza, vio como más tarde lo haría Montesquieu, en su obra De l´Esprit des lois de 1748, que la esclavitud es tan contraria al derecho civil como al natural, en este sentido seguía a Vitoria.

Las miras imperialistas del incario nunca asumieron la tarea de civilizar razas inferiores, sino más bien abrazaron la idea humanista de elevación del hombre bárbaro a la razón natural por medio del imperio del nuevo culto. La originalidad de las conquistas expansionistas incaicas consistía que si la el desarrollo de la cultura lo ameritaba procedían a proponer una confederación con todas la prerrogativas de respeto por el linaje. La guerra no fue proscrita pero fue siempre el último recurso. Esto hechos revisten importancia porque implican el desarrollo de un derecho civil y un derecho natural en el mundo incaico.

Por todo lo expuesto es posible sostener que el Inca Garcilaso no se da vuelta a los pulgares en materia de filosofía política, por el contrario es manifiesta su total oposición a la teoría de la servidumbre natural de Sepúlveda, y su vigorosa adhesión a la teoría de la libertad cristiana de los indios.

En este sentido, la doctrina política del Inca Garcilaso formada en las entrañas de la Península pero con fuertes vínculos peruleros lo constituye en un pensador bisagra entre la presente corriente humanitaria-escolástica-igualitaria, que escudaba la libertad de los indios, y la venidera teoría revoltosa de la igualdad dieciochesca, que reconocía en la igualdad natural un valor político propio.

Nuestro aceitunado escritor no se limita a los predios de la escolástica liberal, porque su intención recóndita es provocar un cambio de régimen político demostrando a todos la elevada civilización del incario. Es decir, fortalecía la teoría liberal cristiana pero aguijoneándola a ir más allá del desnudo reconocimiento de la igualdad natural del indio. Asimismo, es posible sostener que precursa la revolucionaria igualdad dieciochesca al enlazar el planteamiento teológico que “todos somos hijos de Dios” con la necesidad temporal de unir la justicia con la libertad.

Los Comentarios reales eran una monumental demostración de la urgente necesidad de implementar la idea de la libertad cristiana en las Indias, como corresponde a un Reino que gobernó a sus súbditos de tal manera que su grandeza y magnificencia puede ser medida por haber dado a su pueblo una elevada moral, que aunque se confundía con el derecho penal antes que con la conciencia individual, era un paso objetivo en la reforma social. Libre de los achaques de la servidumbre por naturaleza, el Inca Garcilaso no fue una figura combativa como de Las Casas pero sutilmente dejó esculpida una alianza ejemplar entre la Justicia con la Libertad.

Lima, Salamanca 13 de Julio del 2012

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