viernes, 1 de noviembre de 2013

EDUCACIÓN EN TIEMPOS INSENSIBLES


EDUCACIÓN PARA SENTIR EN TIEMPOS INSENSIBLES

Gustavo Flores Quelopana

Sociedad Peruana de Filosofía

I Seminario Internacional de Educación “Pensar, Sentir, Hacer para Ser”

UNT – 28-31 de Octubre 2013- Ciudad de Trujillo-Perú

Resumen

La “educación para sentir” es la verdadera plataforma para rescatar los verdaderos valores humanistas. Por ello, hay que poner fin a la sociedad del tener y tomar conciencia que se requiere edificar una sociedad del ser, para que surja una economía, una política y una ciencia ética.

Abstract

"Education to feel" is the real platform to rescue the true humanist values. Therefore, there must be an end to society of having and realize that is required to build a society of being, for the emergence of an economy, science policy and ethics.

 

Por invitación que me honra vivamente agradezco al Dr. Alberto Moya Obeso para tomar la palabra en el histórico claustro, fundado por el Libertador Don Simón Bolívar, de la Universidad Nacional de Trujillo, en el marco del I Seminario Internacional de Educación denominado “Pensar, Sentir y Hacer para Ser”.

Y debo empezar diciendo que carezco de la competencia técnica y de la erudición que reclaman estas arduas tareas. No obstante, debo vencer mis escrúpulos y atreverme a tratarlas ante un auditorio tan ilustrado porque existen tres razones principales que me impulsan a acometer tan delicada empresa intelectual:

1ª.- Un sentimiento de especial deferencia hacia los ilustres amigos.

2ª.- El convencimiento de que nadie puede excluirse de elevar su voz de preocupación por los derroteros decadentes de la educación actual.

3º.- Y una tercera razón más sutil es que en el desarrollo de una ciencia ya constituida resulta muchas veces útil interrogar a una disciplina ajena, en este caso a la Filosofía, para que exponga ciertas convicciones primigenias y decisivas.

Ese es el modesto servicio que atribuyo a mi contribución en esta fiesta del espíritu. Y así no espero formular ninguna tesis, sino ejercer junto a ustedes el viejo y siempre difícil oficio del pensar.

En este sentido he denominado mi disertación EDUCACIÓN PARA SENTIR EN TIEMPOS INSENSIBLES.

Y lo que voy a tratar de exponer es no sólo que vivimos en tiempos insensibles para el saber, el sentir y el hacer. Y que esta insensibilidad afecta la realización integral del ser humano. Sino que la parálisis del pensamiento crítico y del quehacer fustigador tiene que ver con razones de carácter histórico que han conducido hacia el embotamiento de los sentimientos, la esfera emocional, el horizonte de la captación del valor y del mundo axiológico.

En una palabra, la intuición más profunda que voy a tratar de exponer esta mañana es que la educación está distorsionada desde la base económica, porque está subordinada a la producción y a la economía. Y esto conlleva a que lo que en la educación actual impere sea la educación funcional sobre la educación substancial.

Entiéndase por educación substancial aquella que asume al hombre como un ser anagógico, es decir, que vive en tensión de ascenso cultural, y por educación funcional como aquella que subsume lo axiológico bajo lo científico y ve al hombre como un homo faber.

En este contexto, no resulta extraño ver que la cultura es reemplazada por la civilización, porque Cultura es tensión vital entre el humus de la naturaleza inmanente y el lumen del espíritu trascendente, mientras que Civilización es conquista material por medio de fuerzas impersonales para el mejoramiento de las condiciones materiales de vida.

En otras palabras, si no advertimos que la crisis en que se sume la educación y la cultura mundial va más allá de optar por nuevas metodologías y capacitar mejor a los docentes, se perderá de vista que el problema no es administrar la crisis educativa en la universidad y en la escuela, sino, que se trata de abordarla en su verdadera dimensión social y civilizatoria.

Ha llegado el momento crucial de pensar y exigir cambios estructurales para la civilización misma, cuyos lineamientos ahondan la alienación humana y conspiran de raíz contra todo proceso educativo.

Efectivamente, la educación funcional no requiere de una educación para pensar, hacer y sentir autónomamente y en armonía con el prójimo y con la naturaleza. Al contrario, promueve seres humanos con un pensar, un sentir y un hacer enajenados, cuando no, cosificados.

En la situación de enajenación todavía hay descontento, malestar y protesta; en cambio, en la situación de cosificación el malestar se ha introyectado a tal grado que no molesta ni perturba. Esto significa que se ha gestado una civilización cosificada, donde se pierde el sentido de la vida, cunde la anomia y se impone la irracionalidad del sistema imperante.

Menos aún la civilización del consumo necesita seres humanos sensibles, que aspiren a Ser antes que a Tener. Por el contrario, el imperativo categórico que triunfa sobre todas mentes contemporáneas es obedecer mansamente los imperativos anéticos de la sociedad darvinista.

Esto es, se promueve la generación de seres humanos egoístas, avaros, egotistas, solitarios, insolidarios, irrefrenables en la búsqueda  hedonista de la satisfacción de sus deseos. Poder, Placer y Riquezas son los nuevos dioses de la ciudad secularista del Progreso.

La experiencia cotidiana nos dice en cada esquina del mundo que el hombre actual no vive en función del “ser” sino del “tener”. Y aún más, la civilización del lucro y del poder ha distorsionado nuestro innato tener existencial en una neurótica actitud sibarita, irracionalista y de dominio.

Ya no se trata solamente de un puñado de élites especulativas transnacionales, sino del modo de ser de una época entera, que se ha configurado en torno a valores del inmediatismo utilitario, la cual implica un achatamiento del universo moral, mental y emocional. Se trata de la penumbra inmanentista propia de la modernidad y posmodernidad actual.

Este inmanentismo tiene su expresión más cruda en un estrecho economicismo, extendido como un cáncer por todo el organismo social y que contribuye decisivamente a la instauración de un mundo anético y sin trascendencia. Y por eso el problema del proceso educativo en el mundo actual debe ser visto en toda su dimensión civilizatoria, porque el economicismo imperante va devorando talento, creatividad, inteligencia y sentimientos en actividades deshumanizantes, frívolas y cosificadoras.

Actualmente en el orden político y financiero son las megacorporaciones monopolistas privadas las que se resisten a socializar los beneficios económicos a través de una teoría general de la distribución de la riqueza, y ponen obstáculos para que se expandan los socorros de la fase neotécnica de la máquina. En el terreno de la filosofía, la relativista corriente posmoderna es la expresión más genuina del predominio de la voluntad de poder sobre la voluntad de verdad. Y así en todos los órdenes de cosas vamos observando cómo la cultura humanista se diluye, la educación substancial es relegada y se van imponiendo las posibilidades perversas y ominosas de una civilización que lleva a la barbarie.

Lo que triunfa en el mundo es la barbarie civilizada, entendida como el estado mental y material que obedece a la racionalidad instrumental, relegando las necesidades espirituales a un olvidado horizonte postmetafísico.

Para refrendar todo lo dicho vamos a traer a colación la famosa muestra educativa de la Fundación Carnegie. En el año 1986, la Fundación Carnegie tituló su estudio: “The Undergradute Experience In América” que muestra, entre otras cosas,  que –en los EEUU-  sólo el 19% del total de estudiantes en Humanidades tenía un empleo al concluir sus estudios. La cifra contrastaba de manera abismal con el 90% de los estudiantes de profesiones empresariales que si tenían un empleo seguro al momento de graduarse.

En el caso de las titulaciones relacionadas con cuestiones empresariales se duplicaron en 23 años pasando en 1971 de 112,000 a 230,000 en 1984. El caso de los licenciados en Letras y Literatura Inglesa descendió en el mismo periodo pasando de 57,000 a 26,500. Si se hiciera un estudio de la diferencia porcentual de los egresados entre una y otra área el resultado sería aplastante ya que en el primer caso el número de egresados se duplicó mientras que en la otra área de Humanidades el número disminuyó en 50%.

La consecuencia fue que varias universidades eliminaron asignaturas como lenguas clásicas, geología, educación musical. Muchas redujeron drásticamente los estudios sobre filosofía, lengua, literatura e historia para favorecer cursos triviales como hotelería, cocina y administración de restaurantes. 

El estudio de la Fundación Carnegie cita muchas deficiencias de la educación universitaria norteamericana, entre otras:

- Una incapacidad generalizada entre los estudiantes para leer, escribir y pensar adecuadamente.

- Una visión limitada, ausente o confusa del saber.

- Una conformidad generalizada de los profesores a la legitimación del contenido banal de los cursos... favorecen la conformidad.

Pues bien, desde 1986 estos problemas no han decrecido ni se han corregido, sino que, por el contrario, en los siguientes treinta años y bajo el paraguas de la globalización neoliberal, se han universalizado, aumentado y se las ha adecentado denominándola “educación para la competencia”.

  
La introducción en la Ley Orgánica de Educación del término "competencias básicas" implica una completa reformulación de los métodos de enseñanza. Del "saber" al "saber hacer", de "aprender" a "aprender a aprender" son los términos que se emplean para justificar el objetivo económico de alcanzar el objetivo en que una vez cumplida la etapa de escolarización obligatoria, los jóvenes hayan alcanzado una serie de competencias que les permitan incorporarse a la vida adulta y al mercado laboral de manera satisfactoria. Es decir, el fin no es humanista, sino económico.

Ahora se entiende por qué los graduados en Humanidades no sólo son cada vez menos y las titulaciones en cuestiones empresariales son cada vez más, sino, que ahora hay algo nuevo, y es que ante la drástica reducción del empleo en el sector industrial y de servicios en el mundo, lo que las universidades optan es por capacitarlos para la autoempresa y autoempleo.

A esta estrategia de supervivencia se le ha dado un nombre decente, a saber, el de emprendorismo. Y según los últimos rankings el primer lugar mundial de emprendorismo lo tiene el Perú. Dudoso lugar para sentirse orgulloso cuando nuestro país, según la ONU, también ostenta el primer puesto de infelicidad en Sudamérica.

No es que aquí sugiera ligar emprendorismo con infelicidad, sino, más bien que un pueblo tan antiguo como el peruano percibe nítidamente que el presente no se condice en lo más mínimo con su gloria pasada. Y, en consecuencia, es para los peruanos especialmente, y en medio de una naturaleza tan pródiga en recursos, un asunto prioritario resolver el dilema de la conciliación entre la exigencia moderna de libertad y el otrora status de justicia social. 

Volviendo al estudio Carnegie hay que resaltar que aumentó la incapacidad generalizada entre los estudiantes y graduados para leer, escribir y pensar adecuadamente. Lo cual favorece el pensamiento banal y la conformidad con el saber impartido. Pero ello es poco valor para los fines economicistas de la educación para las competencias.

Mientras tanto, la neurología ha enseñado que el estudio de las letras y las humanidades demanda un mayor uso del hemisferio derecho y las cuestiones científicas y empresariales un mayor uso del hemisferio izquierdo. Entonces, lo que se deduce es que la humanidad se va volviendo menos creativa e inteligente, aunque sí más operativa y funcional.

No resulta extraño entonces que la cultura y la educación en cuanto tal estén en declive. A esta bajada del nivel cultural han contribuido la tecnificación y la masificación.

En otras palabras, no se trata solamente que la presente civilización de la prisa exige un biorritmo acelerado que aleja a las personas de la lectura y del libro, el cual demanda un biorritmo pausado. Más bien, se trata del crecimiento de fuerzas impersonales poderosas que imponen a los seres humanos un comportamiento mecánico, alejado de la espontaneidad y del libre juego de las facultades del pensar, hacer y sentir.

Pero estas fuerzas impersonales obedecen a la razón pragmático-instrumental, último fundamento de la educación funcional. Esta forma de racionalidad no bebe de las fuentes del humanismo clásico, sino de un hominismo naturalista ligado al triunfo de un racionalismo matematizante, calculador y objetivista.

Esta forma de pensar es lo que reduce a todos los entes a lo manipulable y útil y con su sesgado escalpelo recorta la realidad mutilando la dimensión no empírica, trascendente y espiritual. Por ello, con justa razón se puede afirmar que la filosofía moderna tuvo el mérito de devolverle al hombre su dignidad, pero, a su vez, tuvo el demérito de hacerle perder la trascendencia y extraviarlo en la increencia y en el nihilismo. Por su parte, el pensamiento posmoderno sorbe las últimas gotas de este malsano relativismo y escepticismo disolvente y anético.

Un título vinculado a cuestiones empresariales demanda primordialmente el funcionamiento del hemisferio izquierdo. El estudio de las Letras y las Humanidades demanda un mayor uso del hemisferio derecho ya que está vinculado al proceso de la creación. En esta perspectiva no resulta casual, como lo indica el estudio, que muchas Universidades eliminaron asignaturas como las lenguas clásicas, geología y educación musical. Otras redujeron drásticamente sus estudios sobre lengua, filosofía, literatura e historia para favorecer cursos como hotelería, administración de restaurantes, etc.

El estudio de Carnegie citaba muchas deficiencias en los graduados, una de ellas era la constatación de que encontraba “una amplia incapacidad generalizada entre los estudiantes universitarios para leer, escribir y pensar adecuadamente.”

Como podemos apreciar en la civilización  funcional no es conveniente que funcione la creatividad, ni es necesario un sentido humanístico en el pensar, hacer y sentir. Lo que se convierte en indispensable es preparar altos niveles de pensamiento técnico y práctico, haciendo a un lado el mundo moral y valorativo.

Últimamente, y a raíz del fraude global montado por el sistema financiero internacional que generó el crash del 2009, a través de las hipotecas subprime (préstamos insolventes), se ha empezado a hablar de “ética en los negocios”, porque fue inocultable que el casino global afecta a los contribuyentes como posibles rescatadores.

No obstante, y como para darle nuevamente la razón a Georg Simmel en su libro “The Philosophy of Money”, donde afirma que la esencia del dinero es la indiferencia a todo valor y permite el abandono de lo cualitativo por lo cuantitativo, hasta hoy esta falta de ética en las finanzas no es sancionada.

Por lo visto, al consumismo deshumanizador le sigue la crisis ecológica, la crisis ética y la crisis educativa.

Con la educación para las competencias la educación misma se suicida, porque dicho programa no tiene base humanista en tanto que ha sido pensada para satisfacer la demanda laboral del mercado y no para satisfacer la auto realización de la personalidad humana. El resultado es que una educación funcional carece de imaginación y sólo pide competitividad. La consecuencia es la manipulación del pensar, la represión del sentir y el anetismo en el hacer.

Decir en esta situación que estamos en la “era del conocimiento” resulta un eufemismo, porque la hegemonía de un conocimiento divorciado del mundo moral y de sentimientos humanistas tiene como resultado la robotización del hombre y la muerte de los valores. ¡Qué distante nos sentimos ya del “Dios ha muerto” de Nietzsche! Ahora, asistimos a un nivel más profundo de la muerte del hombre, asistimos a las exequias de los valores y del mundo moral por el predominio de lo práctico, útil y técnico. El “Dios ha muerto” ha desembocado a “los valores han muerto”.

En realidad, los valores mueren cuando el hombre pierde su capacidad de desarrollar virtudes. Esto es, sin virtudes no hay práctica de valores. En consecuencia, una educación obsesionada por lo técnico y lo pragmático es cómplice del suicidio de aquel estrato espiritual donde se hace posible sentir el valor y formar la virtud, esto, es, los sentimientos. Los sentimientos son el nivel ontológico donde se manifiesta el valor y se posibilita su concreción a través de la formación de las virtudes.

Por tanto, los aportes de Piaget, Vigotsky y Zubiría sobre “aprender a pensar” y “pensar-investigar” de Moya Obeso, exigen no sólo construir bien el aparato conceptual, sino sobre todo el aparato emocional, los sentimientos. Porque la sede de la percepción del valor reside en el sentimiento. Y si, como hemos dicho, hace falta revivir el mundo axiológico, entonces hay que darle todo el peso que exigen los sentimientos en el nuevo paradigma pedagógico.

No obstante, la racionalidad funcional e instrumental no ha perdido el tiempo y ha presentado su propia versión de inteligencia emocional basada en el arte de “llevarse bien con todo el mundo” y evitar conflictos. Es decir, la sociedad tecnotrónica destila desde el aparato productivo el repudio de la constitución dialéctica del mundo haciendo una lectura de la inteligencia emocional en sentido estático y represivo.

El objetivo es claro: reprimir la individualidad y reforzar la manipulación de la personalidad humana.

Cuando por el contrario, “aprender a pensar” y “pensar-investigar” exige de suyo una operación previa, a saber, “aprender a sentir” y “sentir-investigar”, con inteligencia emocional independiente y autónoma, dinámica y sensible, imaginativa y artística, como paradigma pedagógico nuclear en la formación de nuevos seres humanos.

Ante el dispendio antiecológico en el que está empeñado el modo de vida californiano es difícil dudar que haga falta formar una nueva humanidad. Pero formar una nueva humanidad exigirá oponer a la racionalidad instrumental una racionalidad estética, donde lo axiológico subordine lo científico, la virtud guíe al pensamiento, y el valor se anteponga a lo útil.

Esto es casi como afirmar que la tarea titánica que tiene que emprender un nuevo paradigma educativo significa ir a contracorriente de las principales megatendencias mundiales, las cuales son: globalización del hiperimperialismo, neoliberalismo antihumano, predominio del saber práctico y técnico y la crisis de valores.

En efecto, es un  dantesco desafío la “educación para sentir” en medio de tiempos insensibles, no sólo porque significa ir a contracorriente y no adular el gusto mediocre del ambiente, sino porque es perentorio reconocer que si hay algo que nos vuelve humanos es la ética, sin ella el humanismo se vuelve hominismo naturalista, y la ética es el verdadero camino para que el hombre se sienta vinculado a la trascendencia.

La ética es la síntesis del encuentro entre lo universal y lo particular, la relación del individuo con los principios universales. En el hombre hay algo más que el hombre, cada uno es único e irremplazable, es el buscador de Dios, y ser libres, autónomos y racionales es la vía para ingresar en la unidad de lo inmanente con lo trascedente.

Vivimos una época de obscurantismo ético, pero es posible ser optimista y atisbar una oportunidad de cambio. Pues, el núcleo duro que representa la sociedad de la avaricia, está en un extremo de la balanza y en el otro extremo están los humanistas radicales, pero en el medio está inmensa mayoría que se acopla a la estructura social imperante.

Además, el hombre nihilista de nuestro tiempo tiene menos temor al cambio debido a que está acostumbrado a amalgamar su conducta a las exigencias externas del mercado capitalista. Así, es posible plantear un nuevo paradigma pedagógico ligado a la nueva utopía de la Ciudad Humanista del Espíritu.

Para ello preciso introducir los siguientes cambios civilizatorios:

º Introducir el salario ciudadano. Lo cual aseguraría una libertad e independencia educativa real respecto a los poderes externos. La excusa capitalista de que la gente es ociosa es falsa y sólo ha servido para racionalizar la opresión sobre el prójimo. Otra ventaja sería que el estudio que se realiza ya no encontraría su impulso en el vil lucro, sino en la realización personal. Entonces, realmente la humanidad habrá pasado del Reino de la Necesidad al Reino de la Libertad, porque el reino de la libertad jamás podrá consistir en la alienante satisfacción de consumir sin límite. Además, el salario ciudadano será la verdadera base material para poder subordinar la producción a la educación e incrementar la conversión de la riqueza material en riqueza cultural.

º Suprimir la publicidad y todos los métodos de manipulación mental política y comercial. Lo cual eliminaría la droga embrutecedora del consumismo.

º Destrucción completa de las armas nucleares, biológicas y de destrucción masiva. Suprimiendo las máquinas de la muerte se habrá dado un paso sin retorno para que el hombre avance en dirección de ser un pastor de la educación y no un pastor de las máquinas de la muerte.

º Limitar drásticamente el derecho de los accionistas para determinar la producción y las finanzas. Ello permitiría no basar la producción en la ganancia, sino en las reales necesidades educativas de la gente. Esto conlleva que la educación dejará de estar distorsionada desde la base económica, porque en vez de subordinarse a la producción y a la economía, ahora lo hace a los conocimientos mismos. En realidad, cuando el objetivo de la actividad económica ya no sean los beneficios, entonces la educación se humanizará. Por ello, se requiere con suma urgencia una economía de las necesidades vitales, culturales y de trascendencia humanas, que sustituya a la economía adquisitiva y lucrativa del capitalismo. La explotación de las máquinas es la alternativa a la explotación del hombre.

º Robustecer la autonomía de la comunidad descentralizando el poder. Pues al madurar la vida social disminuirá el control del Estado, el poder de los monopolios y el crecimiento de la máquina. Con un cambio de ideales estos tiranos volverán a ser nuestros servidores. El paro social del Estado, los monopolios y la máquina será inversamente proporcional a la realización de los valores humanistas. En una palabra, en la medida en que madura la vida social estas megamáquinas (Estado, monopolios y tecnología) tenderán a desaparecer en su protagonismo tan señalado y serán como ríos subterráneos que existen pero que ya no estorban.

En una palabra, la “educación para sentir” es la verdadera plataforma para rescatar los verdaderos valores humanistas. Por ello, hay que poner fin a la sociedad del tener y tomar conciencia que se requiere edificar una sociedad del ser, para que surja una economía, una política y una ciencia ética.

Sólo así seremos capaces de crear las condiciones para el surgimiento de un nuevo hombre y de una nueva sociedad, donde la utopía educativa y humanista dirija a la utopía técnica y no a la inversa.  

Muchas gracias

 

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