domingo, 1 de diciembre de 2013

IN MEMORIAM A ANTONIO BELAUNDE MOREYRA


A LA MORADA DE LOS INMORTALES
In memoriam a Don Antonio Belaunde Moreyra
(1927-2013)
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
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Todo resplandece y arde allá arriba, mientras aquí en la tierra se acurruca la tristeza en el frío oscuro de la pena: ¡Antonio Belaunde Moreyra, ha fallecido! Tarde o temprano le seguiremos y se irán apagando los cirios de esta vida que es como un sueño.

Don Antonio Belaunde Moreyra apagó la luz de sus ojos en este mundo el pasado jueves 28 de noviembre a los 86 años. Atendiendo a su ferviente sed de escritor y pensador, Cristo lo recogió en corta agonía, porque para él la mayor infelicidad era no poder seguir pensando, dictando y publicando. Muchas veces con el puño hundido en la mejilla –semejante a la célebre escultura “El Pensador” de Rodin- y apoltronado en su sillón napoleónico solía decir con aquella amable sonrisa que lo caracterizaba: “Mi mayor deleite es pensar y dictar lo pensado. El trabajo mental me hace mucho bien”. El trabajo intelectual lo hacía vivir y sin él se sentía morir.

Este hombre inteligente y, por supuesto culto, no tardaba en convenir que era más grande el misterio que lo cognoscible. Y deja una ingente obra filosófica, poética, jurídica, lógica y matemática –no toda publicada- que honra al Perú por su originalidad, profundidad y belleza. Fue en todas sus letras un pensador original, un genio, un afable maestro y un gran amigo. En lo que sigue trataré de ordenar lo afirmado entre la barahúnda de recuerdos que se agolpan en mi memoria.

Seis días antes de su deceso y habiendo llegado yo de viaje quiso el destino que sostuviera una conversación telefónica con él. Se alegró que lo llamara, como siempre lucía muy lúcido, lleno de sueños y proyectos, pero, como nunca, advertí en sus palabras un cierto aire de fatalidad. “En todo lo que me resta me encomiendo a la ayuda del Altísimo”. Y lo dijo con una serenidad que infundía infinita calma y respeto, a lo cual yo asentí inmediatamente. Al despedirme sentí una extraña sensación de nostalgia, de honda pena, como si nunca más lo volviese a ver en esta vida, pues yo no sólo había sido su editor, sino que, sobretodo, era mi amigo y mi maestro.

Hoy el doctor, como siempre le llamé, ya no está más entre nosotros. Mora en la casa de los inmortales. Me lo imagino en el Parnaso celeste cantando en alemán, como varias veces lo hacía en esta vida, el Himno Coral a la Alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven, y cantando con esa voz de tenor profundo que tenía, abrazado con el genial compositor de Bonn, con Goethe, Herder, Novalis, el conde de Platten, Baudelaire, Blake, Verlaine, Whitman y otros, hacia quienes sentía gran predilección. El mismo era poeta de fina vena lírica y aunque escribió un solo poemario –De Rapto y Tedio (Bogotá, 1982; Lima, 2008)- no obstante, lo que allí vertió es suficiente para considerarlo como un vate digno de mención. Reproduzco tan solo unos versos del “Hipersoneto al Ser”:

El Ser folgaba entonces libremente

A la sombra de la Nada enamorada,

La Nada le ocultaba su mirada

Y suspiraba triste, hondamente….

Mas la Nada mentía, era evidente,

Por ocultar su amor, desconsolada;

Ya el Ser la consolaba sabiamente,

Colmándola de ser su desposada.

Su predilección por la hondura metafísica no lo abandonó nunca. Y esto fue lo que llevó desde los escritos jurídicos y matemático-lógicos a las composiciones poéticas hasta culminar en reflexiones filosófico-teológicas. Era un espíritu con un fuerte llamado hacia lo alto, se sentía bien en los abisales del pensamiento, dotado de una impresionante capacidad para bucear intelectualmente en los intrincados vericuetos de los silogismos, no le costaba mucho trabajo llegar a la idea esencial del asunto que llevara en mientes. Ah, pero eso sí, lo hacía después de muchas horas y muchos días de honda meditación, horas en las que solía sumirse en el mutismo, y es que su mente preñada de ideas requería tiempos precisos de gestación.

Yo tuve la fortuna de asistir en varias ocasiones a esos momentos de parto, digno espectáculo de la mayéutica socrática. Muchas veces, también, solía crear de una sola sentada. Así, nunca olvidaré las célebres reuniones que sostuvimos a lo largo de tres o cuatro meses en la cafetería Starbucks del distrito de Chacarilla, donde me dictó de un solo tirón el mejor libro que se haya escrito hasta el momento en el Perú y en el mundo, según expresiones de su finado colega diplomático el Dr. Luis Solari Tudela, sobre la Historia del Derecho del Mar intitulado “Acerca del Mar. Sobre todo el nuestro”.

Aquellas magistrales cuatrocientas páginas –según la primera edición del 2011, que se redujo en un poco más de la mitad en la letra menuda de la edición del 2012- yo las vi salir de su sesera con inconmensurable amor al Perú, a lo largo de cada sesión animada por un vaso de café y unas galletitas. Tenía la memoria prodigiosa de su célebre padre, el pensador peruanista y cristiano Víctor Andrés Belaunde. Pero lo superaba en conocimientos filosóficos, teológicos y artísticos. Así se engendró aquel libro maravilloso. Y lo mismo ocurrió con otros libros suyos: la refundición de su libro peruanista “Perú, persona, sombra y alma”, las traducciones para “Conatos literarios” y “Nuevos Conatos”. Aunque su alambique creativo era más complejo.

Efectivamente, cuando recién lo conocí allá por los años 96 y 97 me quedé asombrado por la cantidad de escritos inéditos de la más variada estirpe. Amontonados en recipientes de plástico, lucían dentro multitud de papeles con ideas plasmadas que pugnaban por salir. Por aquella época yo me hacía cargo de mis propias ediciones en el estilo económico de tiraje por demanda, método que hacía muy económico la publicación frente a los descomunales costos comerciales, y le ofrecí tal sistema para hacer frente a tanta y tan alta calidad de los escritos. Al doctor Belaunde le entusiasmó la idea, sobretodo porque venía de una experiencia muy onerosa con la publicación de su libro “Nuestro problema con Ecuador” de 1995 y con la cual no estaba contento.

Entonces, en realidad, su labor creativa combinaba la creación nueva junto a la reelaboración de muchos escritos ya existentes pero inacabados. Lamento recordar que muchos de sus manuscritos se extraviaron misteriosamente y espero que los que aun permanecen inéditos no corra la misma suerte. Especialmente un voluminoso e importante escrito muy estimado por él e intitulado “El Territorio”, y de cuya publicación debería interesarse la Academia Diplomática, a la cual él tanto estimó.

No recuerdo exactamente cómo lo conocí al Dr. Antonio Belaunde, no sé si fue en San Marcos, a través de la doctora Rivara de Tuesta o en el Búho Rojo. Pero lo que mi memoria no borra es aquella sesión en la Sociedad Peruana de Filosofía donde expuso por primera vez la versión resumida de la interpretación jungiana de la identidad peruana y que más tarde se convertiría en su libro “Perú, persona, sombra y alma”. De dicha sesión él salió muy conturbado por las críticas desconsideradas y la incomprensión del tema, especialmente por parte del Dr. Gustavo Saco que tildó la temática como no filosófica, a lo cual yo reaccioné recordando a Hegel y su reflexión sobre el “Espíritu de los pueblos”. Desde entonces el Dr. Belaunde me expresó su decisión de formar un cenáculo propio de filosofía, que años después se haría realidad. Después nos reuníamos en su casa a ayudarlo a catalogar tantos originales, donde su amable y simpática esposa Ivonne nos servía unas tazas de chocolate caliente acompañados con bizcochos. Al poco tiempo le publiqué su breve escrito “Deuda y Derecho. Un llamado a la equidad” (1999), donde sensibilizado por la crítica de la Iglesia ante semejante exacción financiera hacia los países pobres invocaba a la justicia y a la caridad.

De entonces datan nuestras extensas conversaciones sobre temas filosóficos y teológicos. Gracias al doctor Belaunde yo pude superar mis otroras dicotomías entre fe y razón. Su bonhomía, amplia cultura, humildad y sincera fe cristiana constituyeron para mí un verdadero ejemplo y estímulo para volver al cristianismo. Cuando nace mi hijo varón en 1989 sentí el llamado de Dios, pero todavía en 1990 publicaba un libro historicista del que nunca estaré lo suficientemente arrepentido, a saber, “Mito y realidad del cristianismo”, en el que disociaba erróneamente el Cristo histórico con el Cristo postpascual.

Cuando lo conozco yo ya estaba en la siguiente etapa de mi pensamiento, la llamada fase culturalista e influido por la escuela de Frankfurt. Pero reconozco que fue su ejemplo y sapiencia lo que me ayudó a superar cualquier resabio de ateísmo. Y entonces se abrió a mi alma toda una dimensión inagotable y a la vez insondable. Don Antonio me ayudó a recuperar la fe perdida. Jamás predicaba, siempre razonaba como todo un buen escolástico, pero cuando no hallaba respuestas a mis preguntas solía hundirse entre sus hombros y confesar la impotencia de la razón humana, auxiliada incluso por la fe, para encontrar soluciones. Era un gran lector de la Sagrada Escritura, muchas veces lo vi dar abundante limosna a los pobres, practicaba la caridad y temía como hombre sabio a Dios.

Después de un tiempo nos volvimos a ver por los años 98 y reanudamos nuestras fructíferas conversaciones. En ese entonces yo plantaba batalla contra el eurocentrismo afirmando la existencia de la filosofía precolombina y Don Antonio se puso de mi lado. El creía en el pensamiento participativo, como años después lo testimoniaría con un libro intitulado “La mentalidad participatoria” (2010). Había leído a Levy Bruhl, Lévi-Strauss, Mauss, Mircea Eliade y admiraba mucho a Dumézil. Cuando publiqué en 2013 mi “Hermenéutica remitizante y filosofía mitocrática” recibí varias llamadas suyas en las que no ocultaba su gran entusiasmo, incluso quería hablar con varios personajes y con el cardenal para la recomendación, cosa a la cual yo lo disuadí dado los inocultables intereses más políticos que culturales del Opus Dei. Pero la verdad es que él resultaba siendo muy sensible a la posibilidad de un modo de filosofar no eurocéntrico.

Por aquella época data la pérdida de su señora esposa y me imagino que el dolor en que se sumió fue lo que llevó a la familia a ponerlo a mejor cuidado en una casa de reposo. Fue allí, en aquella casa de reposo, donde el doctor decidió poner en funcionamiento su añorada idea de un cenáculo de filosofía. El grupo de inconformes con la intolerancia izquierdista del Búho Rojo fue el que migró a su cenáculo. Con gran entusiasmo nos reuníamos cada viernes bajo su patrocinio y mi colaboración.

El cenáculo del Dr. Belaunde se parecía a aquellos ilustres salones franceses del enciclopedismo en el que desfilaban personajes célebres junto a intelectuales jóvenes y talentosos que se nutrían de él con gran entusiasmo. Allí el doctor gozaba de un auditorio selecto para que lo escuchen en su variedad de escritos y para escuchar las ideas de otros. Una invitada especial era su amiga Lita Ganoza, de penetrante inteligencia y gran sentido realista. De los filósofos veteranos estaban Francisco Nicole, Luz María Álvarez Calderón, María Luisa Rivara de Tuesta, Antonio Peña Cabrera, el reconocido sociólogo Aníbal Ismodes Cairo; y entre los jóvenes se hallaban Luis Enrique Alvizuri, Luis Solari (hijo), Víctor Montero Cam, Fidel Gutiérrez, Julio Chávez, Julio Rivera Dávalos, Odilón Guillén, José Luis Herrera, Mario Garvitch, Enrique Álvarez Vita y Enrique Pfeiffer, especialmente. Muchos de sus integrantes darían testimonio de su talento y amor a las letras con sendas publicaciones. No hizo discípulos, sino algo mejor, promovió pensadores. Yo le propuse varias veces llamar al cenáculo por su nombre, pero él siempre lo rechazó, no era personalista, y no le incomodaba en absoluto que fuese conocido por el sobrenombre de “El Cenáculo Sanborjino”.

Sin embargo, la actividad del cenáculo no lo distrajo de su actividad creadora y siguió elaborando libros para su publicación. De este periodo data su libro peruanista “Perú, Persona, Sombra y Alma”, que conoció las ediciones del 2002, 2003, 2005; “Conatos literarios” del 2003, “Comentarios a la definición de la agresión” del 2003, “Alcance Filosófico en César Vallejo y Antonio Machado” del 2005, “Lo nouménico y lo fenoménico” del 2006, “El Mar del Perú. Informe Preliminar” del 2006, y “Parménides y el argumento ontológico” del 2006. Tenía la costumbre de no pasar a un nuevo proyecto sin haber terminado el que tenía pendiente. Y este trabajo metódico lo ayudo en su labor intelectual.

Cierta vez en que lo acompañé a la Casa Mariátegui a escuchar una ponencia sobre el Amauta por parte del Dr. David Sobrevilla, él se le acercó y le preguntó si había leído su “Perú Persona”, a lo cual el conferencista le respondió que Don Antonio había empezado a publicar muy tardíamente. Lo cual era cierto sólo en parte, porque lo viejo se hace antiguo y por tanto eterno. Además, lo importante no es la edad sino la sinceridad. Y a Don Antonio la sinceridad le brotaba en abundancia.

Don Antonio ya septuagenario se empezó a preocupar por publicar sus escritos filosóficos, su labor diplomática lo había absorbido y distraído más de la cuenta, y quizá antes no había encontrado el estímulo necesario. Pero lo que hizo en sus últimos trece años compensaba largamente dicha tardanza, y hubiese hecho más si no hubiera hallado en su camino tantos obstáculos. Su mente había laborado intensado sobre una vastedad de temas que iban desde las matemáticas, la lógica, la filosofía y la teología. Y al final de su vida estaba planeando una autobiografía, que ya había empezado a dictar, primero a su secretaria Betsabé y luego a su colaboradora Margareth, un libro sobre lógica y otro sobre disquisiciones filosófico-teológicas. Hasta el último momento su cerebro no cesó de trabajar a pesar de sus menguadas fuerzas.

Después de una interrupción de un año en las comunicaciones, creo que fue en el 2006, y de la mudanza del cenáculo a la casa del contertulio Julio Rivera Dávalos, reanudó su trabajo intelectual. Ingresa en una etapa muy creativa de su pensamiento a los 79 años y lleno de decisión y energía logra publicar una cantidad impresionante de escritos: “Propuesta para renovar el bicameralismo” (2006), “Bolívar y varios temas conexos” (2007), “Cuatro ensayos socio-jurídicos” (2007), “De Rapto y Tedio” (2008), “Nuevos Conatos” (2008), “Conatos en Ciencias Exactas” (2009), la versión definitiva de “Perú, Persona Sombra y Alma” (2009), “La mentalidad participatoria” (2010), “Acerca del Mar. Sobre todo el nuestro. Cuatro ensayos sobre el régimen general” (2011) y la versión completa de “Acerca del Mar. Sobre todo el Nuestro. I y II Parte” (2012). Y quedaron en el tintero muchos más escritos tanto o más importantes que los anteriores, que la incomprensión ajena se encargó de atajar su paso. Lo que me recuerda aquel aserto que reza: “Cuando una civilización pierde la capacidad de convertir la riqueza material en riqueza espiritual, entonces se abren las puertas de la decadencia y la barbarie”.  ¡Salve Don Antonio! Porque ni octogenario claudicó en la vida del pensamiento.

Con su modestia habitual no aceptó varias veces ser Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía pero sí conformó su Comité Directivo. Y al final de su vida me mostró su honda preocupación por la inactividad de dicha venerable institución organizada por su padre en 1940 y estaba decidido a hablar con las instancias pertinentes para renovar sus cuadros directivos con gente joven. No le alcanzó la vida para ver cumplidos sus buenos deseos.  

Me consuela pensar que ante Dios no cuentan los libros, los éxitos, los elogios y los reproches literarios, sino la vida sincera de amor al Bien, y en esto Antonio Belaunde alcanzó elevadas cimas. Algún día, todos amaneceremos al final de los milenios ante la Gloria del Creador. Y allí entre el gorjeo de los pájaros y el casto silencio de la mañana todos recordaremos la lección de su vida, a saber, que de poco sirve una mente poliédrica sin caridad.

Don Antonio era sincero y bueno como un niño. Los estudiosos del romanticismo dicen que en la ingenuidad reside la esencia de lo sentimental, entonces Don Antonio era sentimental. En su estudio entraban a menudo muchos bichos pero nunca la mentira ni la maldad. Jamás dedicó flechas emponzoñadas a nadie. Sus caminos filosóficos no eran taciturnos ni compungidos, sino llenos de alegría y esperanza. En su contacto tengo la impresión de haber pasado diecisiete años de mi vida en medio de mundos poblados de ideas profundas, amistad sincera y verdades sublimes. Los filosofazos y los filosofillos nunca entenderán que en esta vida el tiempo es espíritu, es paso, puente y puerta hacia la eternidad.

Valéry nos dice que el primer verso lo facilitan los dioses y los demás los hace el poeta. Y la mujer de Juan Sebastián Bach decía que cuando escuchaba sus dulces melodías le inundaba un éxtasis tan extremo que llegaba a desear en aquellos instantes la terminación de la vida. Yo creo que hay algo parecido al relámpago fugaz de la perennidad del Sol cuando se leen los libros de Antonio Belaunde. El brinda el ayuno justo a la mente: la idea precisa bellamente expresada. Nunca fue un polluelo de pico blando que alborotó con ciertos quiquiriquíes en falsete nuestro gallinero cultural. Al contrario, fue un gallo que despertó discusiones duraderas sobre temas perennes.

Eran las cuatro de la tarde de aquel fatídico jueves 28 de noviembre y recibía en el celular la llamada de mi amigo Enrique Álvarez Vita anunciándome el deceso. Al día siguiente fue el velatorio en la Capilla de la Medalla Milagrosa de San Isidro y el entierro. A los cuales no asistí. Se suele decir que estamos más preparados para aceptar la muerte de un padre que de un hijo. Pero confieso que la noticia me dejó conturbado, anonadado. Más fácil resulta soportar la idea de la muerte, que la muerte de real de un ser querido. Valga, entonces, mi homenaje póstumo en estas modestas páginas a quien fue un mentor y un maestro de la vida y del pensamiento. La Pasión Redentora de Nuestro Señor hará el resto. Amén.


Lima, Salamanca, domingo 01 de diciembre 2013

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