martes, 11 de marzo de 2014

CRÍTICA DE LA RAZÓN MÍSTICA (Prólogo)

Prólogo

 

Llamo razón mística a la facultad de conocimiento por principios preternaturales, o sea que excede las capacidades de la naturaleza humana. Y denomino Crítica de la razón mística a la investigación de la posibilidad y límites de dicho conocimiento.

El tema no está planteado dentro de los marcos de una filosofía trascendental sino, más bien, dentro de la necesidad de una hermenéutica remitizante. Es decir, dentro del programa filosófico de recuperación del horizonte de lo trascendente.

No obstante, hay que reconocer que la facultad de representar, tal como la dejó Kant, exige esclarecer la relación de la Revelación con la filosofía pura. Esta tarea desborda el propósito de la presente obra. Para Kant sentir a Dios como existente dentro de nosotros implica juicio teleológico referido al sujeto, y sentirlo fuera de nosotros es referido al juicio teleológico en su uso teórico. En cambio, el éxtasis místico no es sentir a Dios ni dentro ni fuera de nosotros, por el contrario, es sentirnos en Dios. Por tanto, muestro tema es distinto.

Lo más desconcertante de esta tarea es que debe afrontar el investigador la naturaleza inexpresable y supralógica del éxtasis místico. En otros términos, se trata de una facultad de conocer que no es provocada por el hombre, no es vertible a lenguaje y, por tanto, no es comunicable. Y sin embargo, implica una forma única de conocimiento.

Esto representa varios desafíos de largo alcance. En primer lugar, va contra la doctrina generalmente admitida que dice que lo real y la verdad tienen que ver siempre con el juicio y el discurso. En segundo lugar, que lo inteligible implica lo expresable. Y en tercer lugar, que lo inexpresable es sinónimo de lo ininteligible.

El presente ensayo responde a tales problemas llegando a conclusiones precisamente opuestas y aplicables específicamente al fenómeno místico. Las tesis a que se arriban en este libro sostienen varias cosas, entre ellos: que los tres tipos de sentido lingüístico (conceptual, emocional e intuitivo) son insuficientes para dar cuenta del éxtasis místico; junto al universal intuitivo, al universal conceptual y al universal emocional se da el universal místico; el universal místico trasciende el moldeamiento lingüístico y es ejemplo paradigmático de sentido significativo   incomunicable;   y, en consecuencia, el éxtasis místico no busca proscribir la noción de sujeto y predicado y las otras categorías enlazadas a la sintaxis, lo que sucede es que está sobre esta forma lingüística de inteligibilidad. La inteligibilidad supraidiomática de la mística muestra que hay condiciones más fundamentales al de la coherencia y adecuación. Es Dios el que alimenta la verdad del sujeto y no a la inversa.

Esta postura no es nueva, lo nuevo es su forma de fundamentación, mediante una teoría realista del lenguaje y del símbolo. Muchos filósofos, desde Pitágoras pasando por Platón y Plotino hasta llegar a Bergson y Marcel, advirtieron que el lenguaje humano no alcanza la verdadera realidad. La diferencia fundamental con ellos estriba en que aquí no lo disponemos a la metafísica, la cual recurre legítimamente a un lenguaje metafórico y analógico para describir los entes suprasensibles, sino que nos referimos exclusivamente a la mística.

En este ensayo se diferencia nítidamente la inteligibilidad idiomática de la ciencia, la inteligibilidad metaidiomática de la metafísica y la inteligibilidad supraidiomática de la mística.

En la mística el problema no es cuán perfecta es la estructura idiomática, sino, que el desarrollo idiomático no alcanza a expresar la visión mística. De Dios se puede hablar simbólica y metafóricamente. Pero el principio del simbolismo será válido en la teología más no en la mística. La experiencia mística es cognoscitiva pero, al mismo tiempo, es irreductible a todo discurso. Su inexpresabilidad representa la metáfora suprema y el símbolo trascendental por excelencia. Esta intelección sin comunicación señala algo que se presenta no como problema sino como misterio, porque en el éxtasis místico de lo que se participa es del ser de Dios.

El hombre moderno se concibe como un ser exclusivamente histórico, viviendo en un universo desacralizado. Pero los fenómenos místicos siguen ocurriendo indiferentes a las veleidades narcisistas del antropocentrismo descreído. Esta recurrencia es altamente demostrativa porque señala que no se trata de una obsesión in illo tempore o una alucinación psicológica subjetiva, sino de un prodigio ontológico del régimen existencial humano que testimonia la presencia del sentido significativo de la inexpresable trascendencia de lo divino.

Gustavo Flores Quelopana

(Prólogo del libro “Crítica de la Razón Mística”, IIPCIAL, Lima 2014)

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