domingo, 21 de septiembre de 2014

TEILHARD DE CHARDIN Y EL PORVENIR DEL HOMBRE

EL PENSAMIENTO DE TEILHARD DE CHARDIN
Y EL PORVENIR DEL HOMBRE
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
El pensamiento de Teilhard de Chardin intentó edificar una síntesis en la cual debía integrarse el Evangelio cristiano y la conciencia evolutiva del hombre moderno. A la luz de sus obras la evolución se manifiesta creadora y restaura el viejo principio, sumamente controvertido, sobre que “el origen de la vida es la generación espontánea”. La ortogénesis de Teilhard no es una teoría de la causalidad evolutiva sino un proceso sujeto a una ley y a una dirección, en vez de un proceso caótico e inútil.

Su perspectiva cristiana lejos de ordenar la renuncia al mundo más bien dirige todas sus energías a la transformación del mundo, más humano y consciente, unido y personal. Como las teologías del mundo, de la revolución, de las realidades terrestres, de la renovación y del laicado lleva hacia una filosofía de la acción, donde trabajar es orar, romper los solipsismos y unificar la propia existencia con el universo.

La formulación teilhardiana de la función de Cristo tiene tres fuentes: la dignidad del mundo, la autonomía de la ciencia y la existencia de un auténtico futuro dentro de una evolución incompleta. Su visión es una cristología, es decir una cosmogénesis insuflada por una cristogénesis, donde sólo en apariencia el espíritu se remonta desde la materia hasta Cristo. Por ello su pensamiento demuestra la armonía entre ciencia y fe, dado que la evolución de la materia es parte del acto creador de Dios. Esto es, la progresiva espiritualización del mundo conduce hacia el reconocimiento de Dios en el corazón mismo de lo material, lleva hacia un Dios que es trascendente e inmanente a la vez.

A los 74 años publicará en 1955 su libro clave El Fenómeno Humano. Su propósito es demostrar que estudiando el pensamiento como un fenómeno de naturaleza cósmica y evolutiva se comprueba que el Espíritu no es una meta, ni un epifenómeno, sino que es el Fenómeno por antonomasia. Todo el Universo converge hacia la aparición del pensamiento, de la Noósfera que ha de redefinir la biósfera, teniendo a Dios o a Cristo como centro psíquico de la unión. La evolución se rige por la ley de crecimiento de la trayectoria humana. En otras palabras, existe una energética del Espíritu, una noogénesis ascensional, que a contracorriente de la entropía da sentido a la evolución y al universo mismo como un proceso irreversiblemente personalizante. Dios no reabsorbe sino personaliza en un universo homocéntrico y en un hombre teomorfo. El cosmos no es un absurdo, pues se está espiritualizando. La evolución tiene un sentido sobrenatural, crístico y salvífico.

Razón tuvo en 1987 el cardenal Ratzinger –Papa Benedicto XVI- al desagraviarlo cuando admitió en sus Principios de Teología Católica que uno de los principales documentos de Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes está inspirado en el pensamiento del jesuita francés al concebir que la creación culmina en una verdadera liturgia cósmica, en la cual el universo se convierte en una hostia viviente. Perspectiva optimista frente a la perspectiva pesimista y materialista de Stephen Hawking que se resigna a declarar que desconoce la razón por la cual existe el universo.

En su libro La Aparición del Hombre, el universo aparece como una unidad orgánica que está en perpetua evolución. Pero lo más sorprendente es que la materia misma del universo está orientada hacia el hombre. En el comienzo la materia se vitaliza y luego se hominiza. Es lógico pensar que el hombre es el término de un largo proceso que se encuentra situado en el corazón mismo del universo. Ahora se comprende por qué el Papa Paulo VI se refiere a Teilhard en un discurso sobre la relación entre fe y ciencia como un científico que pudo “encontrar el espíritu” y explicar el universo como “la presencia de Dios en el cosmos como principio inteligente y Creador.”

El Porvenir del Hombre, es un libro donde explica que la investigación científica debe incluir la preocupación por el futuro humano. No se trata de una consideración histórico-social del hombre, sino en tanto que especie biológica. Y si no es posible prever el futuro biológico del hombre con una certeza matemática, sin embargo es cierto que se halla en formación una ciencia del futuro biológico del hombre.

Y esto es totalmente cierto en nuestro tiempo, porque ya se conoce que nos encaminamos hacia el posthumanismo pero no sabemos si se trata de mejorar o de perfeccionar la especie humana. Desconocemos si la tecnología posthumanista será usada sólo en beneficio de una élite o de todos los seres humanos. Ignoramos cuál es el futuro del hombre dentro del auge de las máquinas. Nos preguntamos constantemente si ha terminado el periodo de evolución inconsciente para pasar a una evolución controlada por el hombre. Nos corroen los escrúpulos sobre si es correcto intervenir eugenésicamente en el cuerpo y la mente humana en vistas a su mejora. Pero no cesamos de preguntarnos si puede el hombre-máquina seguir llamándose “hombre”. Tememos que con el avance de la inteligencia artificial lo impredecible será desterrado por la exactitud de la colmena. Sospechamos fuertemente que la inteligencia artificial, la nanotecnología, la cibernética y otras tecnologías reemplazarán a la humanidad. Se comienza a conocer el proyecto Avatar de la NASA y el Departamento de Defensa, con un cerebro humanoide y una consciencia transferida a un ordenador hará nacer una neohumanidad cibernética. Nos preguntamos si máquinas con un comportamiento ético no desplazarán definitivamente a la humanidad. Pero nos invade la ansiedad porque crear robots pensantes uniendo la conciencia con la máquina con chips informáticos no nos lleva hacia una dictadura científica y el control del mundo. Y tememos que las máquinas decreten la eliminación del falible hombre. Vemos como una amenaza que máquinas del tamaño de una molécula creen máquinas creativas e impulsen la genética aplicada. Nos preguntamos si mañana será la pesadilla de la opresión del cientificismo. ¿ Las máquinas se convertirán en hombres o los hombres en máquinas? ¿Se encamina el hombre-máquina a ser puramente Mente con Libertad o sin Libertad? ¿Pertenece el futuro a los transhumanos, posthumanos o ciborgs? En una palabra, no sabemos cuál será el porvenir del hombre en manos de la ciencia. ¿La élite se robará el fuego prometeico de los dioses y alcanzará la inmortalidad? ¿Será un nuevo Edén o el Infierno? No lo sabemos pero esta problemática hace actual el pensamiento de Teilhard de Chardin.

Otro texto póstumo es El Medio Divino, donde sostiene que la acción humana sólo vale por la intención con que se realiza. La intención es la llave de oro con la que nuestro interior se abre a la Presencia Divina. Hagamos lo que hagamos, por muy humilde que sea nuestra acción, la acción del cristiano lleva a Dios por estar sobreanimada por la gracia divina.

Esta reflexión sobre la ética de intención auxiliada por la gracia divina es muy importante en nuestro tiempo relativista de crisis moral. En el presente el pecador es glorificado junto a su pecado por los medios de comunicación y la ideología consumista imperante. No es simplemente una moral cínica sino una moral de situación que subsume la obligación y el deber ser a lo jurídico y socialmente aceptable. El mediocre moral, por su parte, asume una ética de intención, pero sin fuerza interna para obedecer la ley moral declina en la acción y se convierte en un pecador trágico. La ética de intención de Teilhard es distinta porque está auxiliada por la gracia y tiene por finalidad evitar asumir la humildad con intenciones egoístas y subalternas. Sin la buena intención de poco sirve la humildad, y sin humildad la buena intención se desvanece. Su equilibrio es indispensable en el auxilio de la gracia.

El pensamiento de Teilhard de Chardin fue censurado en 1958 por el Santo Oficio dirigido por el cardenal Ottaviani por contener errores que afectan la doctrina católica. Se enumeraban diez errores: (1) dar por cierto el transformismo darwiniano, (2) negar la Parusía o segunda venida de Cristo, (3) negar la Redención, (4) negar el pecado original a la manera de Pelagio, (5) sostener un monismo materialista evolucionista a lo Spencer y Haeckel, (6) derivar hacia un panteísmo, (7) defender una interpretación modernista de los sacramentos, (8) negación del fin primario del matrimonio, (9) aprobación de la contracepción malthusiana en el matrimonio, (10) negación de la autoridad implícita de la iglesia para definir.

Teilhard no pudo defenderse de estos cargos del año 1958 porque fallece en 1955, pero hubiera sido interesante conocer su respuesta sobre los puntos teológicos (2), (3), (4), (7), (8) y (10); y los puntos filosóficos (1), (5), (6) y (9). Teológicamente es posible preguntarse: Si el cosmos se encamina hacia una espiritualización irreversible y una personalización evolutiva, entonces en qué medida es importante la Redención, los sacramentos y la Parusía. O, de lo contrario, la evolución como espiritualización personalista es parte del destino escatológico y salvífico del hombre. Lo segundo parece haber estado en la mente del filósofo jesuita. Y filosóficamente no es difícil advertir que no está cerca del evolucionismo de la lucha por la vida de Darwin, ni próximo al panteísmo que difumina la trascendencia de Dios. Si Bergson parte de la evolución para descubrir la mística, Teilhard parte de la mística para descubrir el universo. Por el contrario, su evolucionismo es una mística trascendente para descubrir cada vez más el universo.

En Teilhard Dios no es una divinidad reabsorbente (panteísmo) sino personalizadora, no es un Dios antropomorfo sino un universo homocéntrico y un hombre teomorfo. La Naturaleza no reemplaza a Dios, sino que la Gracia se sirve de la evolución para que se rija por la ley de la trayectoria humana. La Noósfera no es un epifenómeno sino el fenómeno central de la vitalización. El universo evolutivo converge al punto Omega que es Dios. Lo venidero es el cuerpo místico de Cristo, auténtico pináculo de la evolución.

De esta forma, el filósofo jesuita cristificó la evolución, le dio profundidad sobrenatural y un contenido salvífico. No niega la Redención, ni el pecado original, ni la Parusía. Su ortodoxia, valida por Henri De Lubac S.J., defendió la conformidad con la realidad sobrenatural del cuerpo místico de Cristo.


Lima, Salamanca 21 de Setiembre 2014

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