lunes, 27 de abril de 2015

EL MANDALA DE PANTIGOSO

EL MANDALA DE PANTIGOSO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
(Intervención del 29 de abril en la Presentación del poemario “Los siete universos…” en el Mes de las Letras Peruanas en el Centro Cultural CcoriWasi de la Universidad Ricardo Palma)
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Los Siete Uni/versos del Jardín de Magdalena (Lima 2015) es la obra cumbre del poeta, filólogo y educador Manuel Pantigoso Pecero (Lima 1936). Debo confesar que la lectura de sus versos desde el primer universo me produjo un pasmo tal, un impacto espiritual tal, que me imponía detenerme hasta el día siguiente para proseguir con la leída. De modo que el poemario dio su propio ritmo, era imposible correr y había que seguir al poemario tomándole el pulso.

La reverberación iridiscente de una visión metafísica y estética que describe una experiencia de eternidad desde los extremos de la temporal, se plasma en una representación simbólico-poética donde se conjura el devenir para lograr la palingenesia espiritual del Ser. La anamnesis de la niñez y su jardín, hogaño desde la perspectiva de la edad provecta se convierte en un caleidoscopio, donde el macrocosmos y el microcosmos se juntan para describir un sistema de transliteración simbólica, donde se fusiona el espacio de lo profano y lo sagrado.

En este sentido, el lirismo visual de Pantigoso logra una poemática mandálica donde el verso se vuelve Mandala y el mandala deja de ser círculo geométrico encantado para volverse círculo verbal mágico. Y aquí no aludimos a lo mágico en el sentido de “ilusión”, sino en el sentido original de “numinoso”. Pues lo numinoso como algo que está más allá de la razón, no solamente es objeto de la religión, como pensaba el teólogo protestante alemán Otto Rudolf (Lo santo, 1917), sino que corresponde a toda experiencia estética en general.

Lo numinoso es lo santo porque justamente se identifica con el amor, la bondad y la belleza. En este sentido el artista y el poeta son los oficiantes de lo numinoso, que trasciende a la razón y que inspira pasmo, conciencia de lo sagrado y atisba las verdades eternas. Justamente es el mismo pasmo que me conmovió durante la lectura. En consecuencia, por el espíritu que respira el poema de Pantigoso se ubica en territorio de la mística.

Si esto es así, como creo que lo es, entonces estamos ante un poeta que pertenece a una especie en extinción. Efectivamente, actualmente la cultura crematística, hedonista, materialista, relativista y sexista está remitiendo al olvido los eternos valores de la cultura religiosa; y en cambio es territorio abonado para la novela, más contingente, azarosa y permisiva. Por eso, la poesía mística, como la de Pantigoso, es una avis rara, propia de una fauna que pertenece al orbis de lo eterno. Naturalmente su poemario tiene la apariencia de ser una rememoración familiar e infantil de sus amores filiales, pero eso es solamente la superficie, porque en el hondón donde se cuecen las verdades del alma relumbran como luceros los problemas cruciales de la existencia humana y del universo. En este sentido, estamos ante un poemario reactivo por su contenido subversivo y revolucionario ante el presente tiempo feble, venal y luciferino, opuesto a los antivalores del momento actual. Es una denuncia poética de todo el miasma putrefacto irrespirable que solamente el Jardín mandálico vuelve respirable y menos tóxico. Así, es una poesía que no inicia un nuevo periodo pero sí indica el camino del porvenir.

Pero si el mandala es conocido como una técnica de relajación oriental, en cambio aquí la poemática mandálica de Pantigoso es una técnica de develamiento del Ser por la palabra bien enhebrada, que no suprime la dialéctica entre lo inmanente y lo trascendente, ni la dualidad entre la vida y la muerte.

Efectivamente,  en la poesía no se trata del conocimiento lógico-abstracto de las cosas, del sujeto pensante ni de Dios, sino que se trata de algo más profundo. Se trata de dar testimonio de un salto ontológico-metafísico más allá de las limitaciones de nuestro intelecto, más allá de las fronteras del conocimiento nocional que sólo capta la esencia, para ir hacia el conocimiento estético que capta la existencia. La poemática mandálica de Pantigoso es una demostración ejemplar de que la verdad se funda más en el existir que en la esencia conceptual de la cosa.

Todo esto podría parecer extraño para un poeta perteneciente a la Generación del 60, que cancela la poesía pura y la poesía social por la poesía total. Pero esta discordancia es sólo aparente, porque en la poesía total la matriz dialéctica que la anima hace que la “utopía social” se vuelva “utopía intemporal”. En otras palabras, Pantigoso consuma las últimas posibilidades de la poesía total con una atmósfera mística, plagada de metáforas que se remontan al origen de la condición humana.

De ahí que su lira sea pródiga en imágenes tales como el Jardín Edénico, la Madre-Universo y el Mandala místico. La utopía intemporal como consumación de la poesía total se convierte en el presente poemario en una aventura de amor, que se embarca hacia un futuro utópico por un salto ontológico-metafísico sobre lo finito, es un trasuntar hacia lo ideal, hacia la arquetípica Edad de Oro y el jardín mítico, a través de la poesía visual.

Una visión de conjunto del poemario nos hace reparar que por su forma proteica y desmedida ratifica lo romántico y barroco que somos los peruanos, como lo señala Martín Adán. Por el estilo guarda un giro filosófico, sincrético, mitocrático, ancestral, dentro de una epifanía del Ser. Por el contenido el mandala resulta siendo un prisma que señala la simetría Madre-Magdalena y Jardín-Universo, como dos pares que reflejan simbólicamente la relación entre lo inmanente y lo trascendente. Se trata así de una obra que se mide por videncia del puro-ser, que está lleno de intuiciones primordiales, donde la emocionalidad poética es visión esencial. Esto es, que se alude a intuiciones de esencias y no a productos de la razón, es así que aquí se asiste a una relación cognoscitiva básica donde lo dado sobrepasa lo pensado.

El libro contiene siete partes o sea el número sagrado que representa la Creación y lo bueno, además porta una paleta de colores primarios y secundarios, que transportan hacia una metafísica de la luz, y se abre con los versos liminares “Madre Mandala Magdalena”. Aquí se establece dicha equivalencia enigmática como “eterno retorno del ser”.

En el primer Universo lleva el nombre de “Deshojadura en el Jardín del Ser” lleva el color marrón, aquí se delata con nitidez la poesía alquímica, casi chamánica, arquetípica, onírica, donde pululan seres mitológicos, el evangelista Juan, el sentimiento unamuniano de la vida, el Ser como madre viviente, el Jardín como nido del universo y la figura del jardinero que abona la salvación del mundo. Aquí escojo dentro del frondoso árbol lírico los versos siguientes:
“es el Jardín,
Desorillada palabra navegando,
Nube y nido desde el fondo único del universo”.

En el segundo Universo bautizado como “Floración del Aire” lleva el color violeta, allí se representa la floración del mundo, el brote de la infancia, el amor romántico y el aire como matriz del canto del bardo.
“no puedo sacarla más agua a las palabras”,
“¿Hay que enderezas la brújula escribiendo?”,
“hasta alcanzar el Jardín Primero”, ó
“Verde es el ocaso y la página que no vuelve”.

En el tercer Universo nombrado “Hacia la Mandala del tiempo” lleva el color verde oscuro, se retrotrae el poeta al antaño solar español donde se conocieron sus padres, Panti y Antonia, hasta su épica llegada al Perú. Es una sinfonía de Fuente del Maestre con un blasón en forma de sonata, un andante adagio, un scherzo, rondó y coda, y dicho universo concluye con el verso:
“¡huerto limpio sin farallones,
A la vista la proa amaneció!”.

En el cuarto Universo intitulado “El Santo Grial del Jardín” lleva el color amarillo, allí presenciamos la parte más emotiva por el recuerdo de la casa familiar, los pinceles y cuadros de su padre, el retrato de su hermano Josecito-Jesucito fallecido, los otros hermanos, la presencia impoluta y mágica del jardín familiar, la visita de la Muerte y se culmina en un hermoso poema a su Madre-Jardín. Aquí el vate nos embriaga con alegorías sorprendentes, dice:
“Todo lo que perdura ha quedado inmóvil, en el íntimo perfume de la infancia”,
“soy…tu pez, tu niño aferrado a la altura de tus senos”,
“¡Oh multiverso hacinado de memoria!”,
“pero plátanos pero con moscas, ¡porque también tienen hambre!”,
“supe entonces diferenciar lo desnudo de lo vacío”, ó
“inolvidable jardinera, sigo a tu lado como un recién nacido”.

En el quinto Universo designado “Resonancias y delicias de los Jardines del mundo” lleva el color violeta, es el más extenso de todos, allí resplandece la Utopía como Edén, Paraíso Perdido, Edad de Oro, cáliz sagrado e inmortalidad. Está lleno de imágenes sugestivas como éstas:
“oh Isla de Thule al borde del mundo”,
“y nació el Edén, el Jardín de la palabra”,
“el Jardín no es un lugar es un futuro”,
“¿es la anamnesis la memoria del Paraíso?”,
“vida después de la vida, tiempo después del tiempo”.

En el sexto Universo denominado “Las ramas del espejo” que porta el color verde tornasolado, se opera la proyección palingenésica de la Creación de Dios, el espejo-jardín, el jardín-biblioteca, la alusión al neutrovacío del amigo cosmólogo Enrique Alvarez Vita y la omnipresencia de su padre Panti. Así nos sorprende con metáforas que dicen:
“A vuelapluma Dios desde el neutrovacío crea la infinitud del cosmos”,
“Esa tarde se me infartó la vida”,
“Espera que se fatigue el corazón por la espalda”,
“Mi biblioteca era el mismo Jardín de Magdalena”.

En el séptimo Universo o “Urna donde reposa la Utopía” que se distinguen por el color magenta, se testimonia que se inventa la vida para salvar la felicidad, resalta la figura abnegada de la madre, su jardín, su magdalena, su mandala, su Panti, su Lúcia, todo lo cual es el recodo de una última fuente bautismal en la presente vida. En este sentido escribe nuestro bardo:
Yo respondo estremecido al aire…
Desde él me acerco más
A esa fuente bautismal
Del lejano Jardín de Magdalena

La Coda o “Esta Rosa de los Vientos” trata de la Rosa sempiterna que florece en la eternidad. Así nos dice el poeta:
Se escribe tan bella rosa
Y la vida ya no muere

En una palabra, Manuel Pantigoso en el señero poemario Los Siete Universos del Jardín de Magdalena despliega todo un conjunto de imágenes profundas, que son ascensiones del alma de lo inmanente hacia lo trascedente, de lo cual se infiere la infinita posibilidad de resurrección purificada de la condición humana.


Lima, Salamanca 29 de Abril 2015

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