martes, 23 de junio de 2015

SOBRE EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD

SOBRE EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 

I
Heráclito advirtió el eterno devenir, Parménides el eterno presente y los modernos el eterno pasado de la historia. En especial Schelling hurgó en el peculiar devenir de la supratemporalidad de la eternidad. Lo que en el presente escrito se pretende es indagar en las complejas manifestaciones del devenir del ser en sus distintos estratos ontológicos, a saber, la materia inerte, la vida, la historia, el hombre, el ángel y la divinidad.

Lo primero que advertimos es el estrato de la Materia inerte, allí el tiempo transcurre inserto en una intratemporalidad donde el futuro y el pasado se plasma en un eterno devenir del presente. Desde el campo de energía hasta las galaxias repiten el mismo ciclo de fuerzas microcósmicas y macrocósmicas lanzadas a un perpetuo presente de repetición en eones.

En cambio en el siguiente estrato ontológico de la Vida, donde el presente, el pasado y el futuro se configuran en una Temporalidad donde se plasma el eterno devenir del futuro. El organismo es la primera estructura teleológica con ciclo definido y siempre lanzado hacia el futuro.

El tercer estrato ontológico particular es la Historia, donde el presente y el pasado sin futuro se configuran en una Intemporalidad donde se plasma el eterno pasado y sin posibilidad de modificación. Puede parecer paradójico que la historia sea la intemporalidad perfecta, pero lo es porque en el orden de lo finito lo devenido permanece inmodificable en una intemporalidad perfecta.

El cuarto estrato ontológico corresponde al Hombre, donde el presente, pasado y futuro encuentran su punto nodal en la Acción, como futuro que se plasma en el presente para petrificarse en el pasado. De ahí que el hombre se temporaliza porque es la manifestación de la temporalidad perfecta, y es perfecta debido a que por su acción deliberada participa en las tres dimensiones de lo finito pero además participa de lo infinito por su ideal, aspiración y pertenencia ontológica.

El quinto estrato ontológico pertenece a lo Angélico, donde se configura como el eterno presente sin futuro y sin pasado en una Eviternidad intemporal que plasma el eterno presente con movilidad accidental.

La cúspide del estrato ontológico pertenece a Dios, que es el Ser mismo, donde el presente sin pasado y sin futuro se configura en una Atemporalidad en el que se plasma el eterno presente.

De este modo tenemos seis especies de eternidades:
  1. eterno devenir del presente (mundo de la materia)
  2. eterno devenir del futuro (mundo de la vida)
  3. eterno devenir del pasado (mundo de la historia)
  4. eterno  devenir de la acción libre (mundo humano)
  5. eterno  presente con movilidad accidental (mundo angélico)
  6. eterno presente (mundo de Dios)

Pero todas estas eternidades no tienen la misma estructura –a propósito, fue Louis Lavelle (Du temps et  de l´éternité, 1945) quien señaló que “lo temporal es una especie de circulación en la eternidad”-, a partir de lo cual podemos plantear la siguiente clasificación en cuatro grandes grupos:
  1. Eternidad formal o potencial (materia, vida, historia, hombre en el pecado)
  2. Eviternidad temporal (hombre salvado)
  3. Eviternidad intemporal (ángeles)
  4. Eternidad actual (Dios)

Y estos cuatro grupos pueden subsumirse en dos grandes áreas:
I.                   área de lo finito del micro y macro mundo (lo creado temporal)
II.      área de lo infinito del mesomundo (lo increado intemporal). Llamo mesomundo a aquello que está en el mundo sin pertenecer al mundo (ángeles y Dios).

El área de la temporalidad es la movilidad completa. El área de la eviternidad consiste en la inmovilidad esencial más la movilidad accidental. El área de lo increado se distingue por la inmovilidad completa. Así tenemos el presente cuadro:

Temporalidad       movilidad completa (vida finita)
Eviternidad           inmovilidad esencial y movilidad accidental (ángeles)
Eternidad              inmovilidad completa (vida interminable)

Eterno es Dios porque es simultáneo; Eviterno –categoría creada por Boecio- son los espíritus puros que son simultáneos sin antes ni después; y Temporal son los seres finitos del mundo con pasado, presente y futuro.

El hombre como ser mundanal, finito y creado es temporal, pero como ser destinado a la salvación eterna por la gracia de Dios pertenece a la eviternidad temporal, distinta a la eviternidad angélica con eviternidad intemporal. El hombre a pesar de ser la criatura de Dios predilecta en la creación es un ser contingente, en cambio el ángel es un ser permanente no por sustancia sino por designio del Creador. Así tenemos:

Temporalidad escatológica      hombre en la historia profana
Eviternidad temporal                hombre salvo
Eviternidad intemporal            ángeles
Eterno                                         Dios

Cuando Schelling piensa en la vida eterna de la divinidad y en la dialéctica interna de la eternidad –dialéctica que está presente desde su panteísmo inicial hasta su teosofía final- o lo que se llama en teología católica la vida intratrinitaria de Dios, se está planteando pensar a Dios como la oposición por excelencia y cuyas sucesivas síntesis van desde la nada hasta la realización plena y final de lo divino (Las edades del mundo). En el tema está presente el grandioso tema del pasado absoluto o tiempo anterior al mundo donde se plantea una serie de eternidades en el seno mismo de Dios.

Pensar la eternidad no sólo algo que excluye el tiempo sino que lo contiene, equivale a pensar un Supratiempo como origen de la eternidad mismo. Así, se tendría el tiempo en el seno de Dios o de la eternidad o supratiempo, y el tiempo del mundo. La principal objeción a esta alternativa vendría a ser que no tiene sentido separar a Dios de su esencia, o sea que el supratiempo es la misma eternidad y no su origen.

Obviamente que en estas consideraciones estamos más allá de la perspectiva moderna objetivista, naturalista, empirista y positivista, que considera la eternidad como simple “deseo de eternidad” (Ferdinand Alquié, Le désir d´éternité, 1943) –la filosofía contemporánea ha sido generalmente temporalista y ha tendido a excluir la eternidad-, y más bien nos ubicamos en la investigación ontológica metafísica de la jerarquía de los seres y el movimiento ascensional, desde el grado inferior material hasta el grado superior espiritual, donde se parte desde una eternidad sin tiempo hasta descender hacia una temporalidad sin eternidad.

Santo Tomás de Aquino destacó que es necesario distinguir rigurosamente entre la eternidad y el tiempo, y ello se logra midiendo la simultaneidad de la eternidad por lo permanente y la temporalidad por lo contingente (S. T. I, 10, i-vi). En el medio está lo que no está en el tiempo pero tampoco es eterno, estos son: los espíritus puros. Por eso son eviternos, son inmutables en su naturaleza y contingentes en sus operaciones –pensamientos y propósitos-. Ya antes San Agustín había señalado que lo eterno no es simplemente lo intemporal y que no se le puede medir por el tiempo. Por eso la eternidad pertenece a Dios y el tiempo a lo creado. Sin embargo, el tomismo –siguiendo a Boecio (De consol. V)- reconoce una zona intermedia entre lo eterno y lo temporal, a saber, lo eviterno.

Como lo inferior no puede servir de medida de lo superior, lo eterno no puede ser medido por lo temporal sino al revés, lo temporal puede ser medido por la eternidad. Así, lo eterno no es el tiempo infinito sino que es algo que trasciende el tiempo y mide lo eterno potencial que hay en las cosas finitas.

Esta consideración supone el rechazo de la concepción de Platón sobre lo eterno como la “duración eterna” (Fedón 103 E) y glosada por Aristóteles como “duración infinita” (Física VIII 8, 263 a 3). Pues la duración infinita no es algo opuesto al tiempo sino que señala lo intemporal en vez de lo eterno. Fue Plotino el que acertó en la consideración de lo eterno como lo que se encuentra siempre en el presente, sin partes y estable (Eneada tercera cap. VII). Y con ello dio paso a la consideración de lo eterno como la vida total o infinita. No obstante, el defecto de tal concepción se haría notorio en Proclo, quien en un afán por defender la unidad de la eternidad afirma que ésta existe incluso con “anterioridad” a las cosas eternas.

La tendencia gnoseológica en vez de ontológica de la filosofía moderna también deja su huella en la concepción de lo eterno. Así, se señala la eternidad del mundo sin precisar en qué consiste dicha eternidad o haciendo de ella una aristotélica duración infinita. Este es el caso de Giordano Bruno, el panteísta Spinoza, el psicologismo de Locke y Condillac y el conceptualismo de Hegel. Para éste último la eternidad es la intemporalidad absoluta del concepto, con lo cual se pierde de vista la diferencia entre intemporalidad y atemporalidad.

Entre los pensadores más destacados del siglo veinte ha sido Rougés el que concibe la eternidad como algo presente en cada jerarquía de los seres (Las jerarquías del ser y la eternidad, 1943). Esto era una respuesta a la filosofía bergsoniana que admitía la noción del ser espiritual pero que carecía de la idea de eternidad, pues la duración del élan vital o evolución creadora era sólo de índole temporalista.

Nuestra reflexión no separa a Dios de la eternidad porque lo encuentra como un sin sentido. Por ello es reacia a considerar a la eternidad como un hontanar creador (Lavelle), una temporalidad sin tiempo (Rougés) o un “deseo” de eternidad (Alquié). La eternidad para ser real y ontológicamente un estrato del ser, no puede ser subjetiva ni una forma de temporalidad, sino algo que trasciende al tiempo y está ligada a la simultaneidad de un ser permanente que obra libre e inteligentemente. Lo eviterno tampoco tiene tiempo pero puede conjugarse con el tiempo, así sólo el tiempo tiene antes y después.

II
Últimamente el filósofo Price (La Flecha del Tiempo y el Punto de Vista de Arquímedes, 1996) y el físico Barbour (El Fin del Tiempo: La Próxima Revolución en Física, 2001) han argumentado a favor de que el tiempo es una ilusión. A esta postura la llamo nominalista, porque piensa que el tiempo es un simple concepto abstracto de la mente sin referente en la realidad. La postura -como veremos- no es nueva, sino renovada con nuevas consideraciones físicas y filosóficas.

Este tiempo con un antes y un después es el de Newton con su “tiempo absoluto” y el de Einstein con su “tiempo relativo”. Asimismo, según la teoría general de la relatividad, también los campos gravitatorios originan una dilatación del tiempo. De manera que la teoría de Einstein ni elimina la idea del tiempo como una constante universal ni excluye la idea del tiempo con un antes y un después. Incluso en la mecánica cuántica no se cuestiona al tiempo cuando afirma que 10-43 segundos, el llamado tiempo de Planck, es la unidad más pequeña de tiempo que tiene sentido en la física, porque no se excluye el tiempo con un antes y un después aunque éste se presente en un orden distinto. Incluso en la teoría determinista del astrónomo y matemático francés Pierre Simon, marqués de Laplace (S. XVIII), donde no se distingue entre el pasado y el futuro, al estar ambos contenidos en el presente, tampoco se excluye un antes ni un después.

Por otro lado, la percepción psicológica percibe el tiempo como un presente por donde pasa el flujo del futuro hacia el pasado. Por tanto, no es cierto que las teorías de la física fundamental afirman que el tiempo no fluye en ningún sentido y que es probablemente una ilusión de nuestra conciencia y de procesos biológicos  termodinámicos y que el tiempo no es otra cosa que una medida de las posiciones cambiantes de los objetos (Barbour, El Fin del Tiempo: La Próxima Revolución en Física, 2001).

Los nuevos modelos físicos que proponen que el tiempo es sólo una ilusión, sosteniendo que el concepto de “paso o flujo y dirección” del tiempo no tiene cabida en la física, y que todas las teorías que describen los procesos físicos fundamentales, ya sean las de Newton, Einstein o las relacionadas con la mecánica cuántica, son simétricas o reversibles en el tiempo, no significa que sus ecuaciones no permiten distinguir entre el pasado y el futuro sino entenderlos de otra manera. Así resulta que lo que es ilusión no es el tiempo sino su reversibilidad es la verdadera ilusión.

Este subjetivismo nominalista de ciertas nuevas teorías físicas derivan hacia el absurdo de afirmar que lo observado no es un fenómeno real sino que se trata de una película se proyectada al revés. Y buscan basarse en lo que Einstein afirmaba sobre que los sucesos en el tiempo están establecidos “todos a la vez”. Con ello buscan anular la diferencia entre pasado, presente y futuro como una ilusión. Pero en realidad que pasado, presente y futuro coexistan en el espacio-tiempo no significa su anulación en la teoría de la relatividad especial y que el flujo o paso del tiempo no es real. El tiempo sigue siendo real, donde pasado, presente y futuro coexisten de forma nueva en el espacio-tiempo.

Es decir, no es cierto que en la física moderna no existe la noción de momento presente o “ahora” y no se contempla el “paso o flujo del tiempo” en sus leyes. Incluso, la relatividad afirma que los acontecimientos suceden, existiendo en un continuo espacio-temporal tetra dimensional donde no se da la irrealidad de la noción de “flujo del tiempo”.

El concepto de flujo se refiere a movimiento. En la física moderna el tiempo es una dimensión que puede representarse por medio de una línea que se prolonga indefinidamente en ambas direcciones, en la que cada momento de tiempo tiene el mismo estatus que todos los demás y no existen instantes privilegiados. Las ecuaciones matemáticas que aparecen en las teorías de la física sólo se ocupan de intervalos entre instantes de tiempo.

El filósofo inglés J. E. Mc Taggart en su ensayo La Irrealidad del Tiempo (1908) distingue dos conceptos de tiempo. La serie A describía el tiempo con la noción de pasado, presente y futuro, y la serie B como la distinción entre el antes y el después, correspondiente a las fechas de los sucesos. En su ensayo piensa que ambas descripciones del tiempo se contradicen, pues un ahora móvil (serie A) es incompatible con las fechas fijas (serie B) donde no existe el ahora, solo el antes y el después, lo que lo lleva a concluir que las impresiones de temporalidad son ilusorias.

La precipitada conclusión de Mc Taggart (pues el ahora móvil es lo que da sentido al antes y después) es la imagen del llamado “tiempo de bloque” sugerido por la serie B, y coincide con la descripción nominalista del tiempo promovida en la física moderna por Julián Barbour. Una cosa es que la descripción de universo a nivel cuántico deba ser atemporal, otra que el tiempo puede ser un concepto que surge en el macrocosmos y otra muy distinta afirmar que el tiempo es sólo una ilusión. Barbour al sostener que son incompatibles los enfoques del tiempo en la mecánica cuántica y en la relatividad general propone eliminar el tiempo de las ecuaciones que describen el universo a fin de poder unificar ambas teorías en un universo llamado “Platonia”, donde sólo existen formas eternas e inmutables, aun cuando en el mundo físico nuestros sentidos perciben un flujo constante.

En Einstein el espacio-tiempo es un todo unitario fundamental en la relatividad, y el pasado, presente y futuro permanecen en la física relativista. Incluso la segunda ley de la termodinámica, que distingue entre el pasado y el futuro y motivó al astrónomo británico Sir Arthur Eddington a definir el concepto que llamó “la flecha del tiempo”, afirma que el pasado y el futuro son diferentes: hay más entropía en el futuro que en el pasado. En buena cuenta, el pasado, el presente y el futuro permanecen.

Se distinguen un total de seis flechas del tiempo (termodinámica, radiación, cuántica, kaón y cosmológica) de las cuales sólo una no es de origen físico sino psicológico. Y se discute la caracterización de las diferentes flechas del tiempo y cómo se relacionan entre sí (problema taxonómico). Igualmente la ciencia no puede explicar por qué el mundo físico muestra asimetría temporal en la termodinámica, cosmología y fenómenos relacionados con la radiación, cuando las leyes físicas fundamentales que explican todos los fenómenos naturales poseen simetría temporal (problema genealógico).

Incluso las teorías que en la actualidad intentan la unificación de la teoría de la relatividad general con la mecánica cuántica (teorías de la gravedad cuántica o de todas las cosas), no dejan de postular el tiempo (aunque no sea continuo, sino  “cuantizado”). Sin embargo, ni el problema taxonómico ni genealógico, ni el tiempo cuantizado, permiten afirmar que el tiempo sea una ilusión.

Ni siquiera el llamado “problema del tiempo congelado”, originado cuando se intentó convertir la teoría general de la relatividad en una teoría cuántica de la gravedad aplicando la “cuantización canónica” y según la cual el universo se encuentra congelado en el tiempo, no permite deducir que el tiempo sea una ilusión.

Barbour al proponer eliminar el tiempo de las ecuaciones que describen el universo a fin de poder unificar ambas teorías, se aúna al intento de Godel donde resulta un mundo donde no existe el tiempo y se decide por una postura relacionista. La ecuación Wheeler-De Witt también motivó que los filósofos Jhon Earman y Jhon D. Norton, a fines de 1980, analizaran el principio de covarianza general, que afirma que las leyes de la física son iguales para todos los observadores, principio fundamental de la relatividad general. Dicho principio repercute en las dos posturas ontológicas sobre el espacio y el tiempo, el substancialismo y el relacionismo. 

Mientras el substancialismo sostiene que el espacio y el tiempo existen independientemente de todo lo dado en el universo, el relacionismo considera que espacio-tiempo son constructos de la mente para describir cómo los objetos físicos se relacionan. La conclusión convencionalista de Earman y Norton es que la postura substancialista implica que la teoría de la relatividad general es indeterminada. Para que la teoría sea determinista se requiere que el espacio-tiempo sea una ficción, tal como afirma el relacionismo.

El error de esta conclusión subyace en suponer que el relacionismo permite el determinismo y el substancialismo, y hace lo mismo con el indeterminismo respecto a la teoría de la relatividad general, porque concibe el universo en términos de oposición absoluta entre la necesidad y la contingencia en vez de pensarlo en términos de oposición relativa. O sea en el universo no hay “necesidad pura” ni “contingencia pura”, sino que se da una interrelación e interdependencia dialéctica entre ambos. De este modo el substancialismo no lleva necesariamente al indeterminismo ni el relacionismo al determinismo.

La conclusión convencionalista de Earman y Norton es debido a que razonan en términos no dialécticos. De esta forma no hay tal aparente victoria del relacionismo sobre el substancialismo. Además, el relacionismo es cuestionable por la consolidación que el substancialismo le da a la mecánica cuántica. Pues, si el espacio-tiempo carece de significado fijo entonces es imposible verificar las observaciones en lugares y momentos definidos, como exige la mecánica cuántica.

El ingeniero Enrique Pfeiffer, muy versado en física teórica y adepto a la idea que el tiempo es ilusión, ha puesto de relieve el trabajo del filósofo Huw Price relacionado con las flechas físicas del tiempo y la asimetría entre pasado y futuro (“Reflexiones sobre el tiempo y la temporalidad. Desde un enfoque psico-físico y filosófico”, en: Archivos. Cenáculo de filosofía Yachaywiñay, tomo II, año II, n° 2-2014). Price concluye que los físicos para explicar la asimetría de las flechas del tiempo, aun cuando las leyes fundamentales de la física son temporalmente simétricas, están “contaminados” por un “raciocinio circular”, en el que se incluyen presupuestos que son asimétricos en el tiempo (La Flecha del Tiempo y el Punto de Vista de Arquímedes, 1996). Para Price no tiene sentido hablar del flujo del tiempo ni de la dirección en la que el tiempo fluye (flecha del tiempo).

Esta desconcertante conclusión prácticamente coincide con la tesis nominalista de Barbour sobre el tiempo como ilusión. Pero el problema del tiempo llega hasta los fundamentos de la física cuando apreciamos que la teoría de las súper cuerdas se inclina hacia el substancialismo y la teoría de la gravedad cuántica de bucles hacia el relacionismo. Es decir, el problema del tiempo aparece tanto en la solución canónica de la gravedad cuántica como en toda la física.

Este subjetivismo nominalista de ciertas nuevas teorías físicas que derivan hacia la tesis que el tiempo no es un fenómeno real sino que se trata de una proyección de la mente humana es parte de un fenómeno cultural más amplio, según el cual la atmósfera espiritual nihilista somete la observación de todos los fenómenos ideológicos, científicos y culturales a una evaporación de su realidad.

De ahí que la opinión de Roger Penrose cobre actualidad al pensar que “el camino matemático griego nos ha servido mucho, pero dista mucho de ser el verdadero camino hacia la realidad” (El camino hacia la realidad. Una guía completa de las leyes del universo, 2006). La formalización matemática se ha ido imponiendo en la concepción científica del tiempo, terminando por vaciarla de todo contenido real. Ahora ya son varios los científicos los que adoptan un punto de vista más relajado respecto a un espacio-tiempo clásicamente aceptable. Y aunque se derivan tales consideraciones de solamente ecuaciones matemáticas suelen presentarse como situaciones “físicas” del tiempo su propia ilusión.

Que el tiempo no exista en la naturaleza y sea tan solo una ilusión subjetiva de la mente humana se presenta como algo plausible en lugares donde con más claridad se da la unión cuántico-gravedad, esto es, en las singularidades espacio-temporales del big bang y los agujeros negros. Pero que esta flagrante asimetría temporal cosmológica sea la característica esencial de la naturaleza en todas sus manifestaciones para ser más un exceso de la credulidad moderna en las conclusiones de las ecuaciones matemáticas.

III
En el fondo la tesis de la naturaleza ilusoria del tiempo no es sino la actualización de la idea del tiempo como movimiento intuido. Veamos. En filosofía se dan tres posiciones sobre el tiempo: 1. Como orden mensurable del movimiento (Antigüedad, concepción cíclica, metempsicosis y concepción científica), 2. Como movimiento intuido (concepto de conciencia), y 3. Como estructura de posibilidades (concepción existencialista).

La primera interpretación del tiempo ha ido desde la imagen móvil de la eternidad (Platón) hasta el orden de las cadenas causales (Reichenbach); especialmente éste último en su libro póstumo The Direction of Time (1956) manifestó que el orden del tiempo se identifica con el orden de la causalidad y la dirección de la entropía creciente. Pero en realidad fue Kant el que en su Analítica de los principios en vez de en su Estética trascendental redujo el tiempo al orden causal.

La segunda interpretación fue formulada por Hegel donde el tiempo es definido como principio mismo del Yo, de la pura conciencia de sí, o el simple concepto abstracto en su exterioridad (Enc. § 258). O sea el tiempo no es identificado con la conciencia plena sino tan sólo con un aspecto formal o abstracto de la conciencia misma. Para Plotino no existe el tiempo fuera del alma, porque ella es intuición del devenir (Enn. III, 7, 11). Y esta doctrina encuentra su más completa exposición en San Agustín, donde no hay tres tiempos sino tan sólo tres presentes: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro (Conf. XI, 28, 1). Esta concepción la opusieron Bergson con su idea de duración (Pensamiento y movimiento, 1934) y Husserl con su idea de vivencia real (Ideas, I, § 81) al concepto científico de tiempo. Lo cual significa que el tiempo consiste en un eterno presente.

La tercera interpretación del tiempo es de índole existencialista y la concibe como estructura de la posibilidad. Es la postura representada por Heidegger en su identificación entre ser y tiempo (Ser y tiempo, 1927), donde la primacía lo tiene el futuro, como proyecto y posibilidad. Con esto el tiempo no es lo necesario sino lo posible, donde prima el futuro sobre el presente y el pasado es fundamento del porvenir.

Por todo ello hemos afirmado que en el fondo la tesis de la naturaleza ilusoria del tiempo no es sino la actualización de la idea del tiempo como movimiento intuido o sea como concepto de conciencia. Pero ahora nos preguntamos: ¿puede ser el tiempo cosmológico el proyecto de Dios? ¿Es decir, es el tiempo fruto de la voluntad infinita de la inteligencia suprema plasmada en la creación? Sólo un enfoque escatológico y providente permite la comprensión del tiempo en sus tres dimensiones: material (medición del movimiento), subjetiva o acontecimiento del alma (fenómeno del presente) y espiritual (proyecto).


Lima, Salamanca 23 de Junio 2015

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