sábado, 1 de agosto de 2015

VALLEJO, EGUREN Y MARTÍN ADÁN

TRES POETAS FILÓSOFOS
 

Poesía es lo que es
absolutamente real.
Novalis



Que la poesía es una cumbre próxima a la filosofía fue advertido por Heidegger y Santayana. Heidegger solía insistir en que la tarea del pensar consiste en superar el pensar calculador, que dio forma a la era técnica, por un pensar poético que termine con el desarraigo que la técnica ha producido entre los hombres y de éstos en relación con la tierra. Santayana, por su parte, compuso un libro intitulado Tres poetas filósofos (1943), en el que describe a Lucrecio como poeta de la naturaleza y del paganismo, a Dante como poeta del espíritu y del cristianismo, y a Goethe como poeta del romanticismo y de la vida. Santayana concluye, a pesar de su opción filosófica por el paganismo, que Dante es superior a ambos por la admirable presencia de fines claros que permite alcanzar la altura espiritual al hombre.

De modo similar, Eguren, Vallejo y Martín Adán representan los poetas filósofos de envergadura incomparable en la literatura peruana con inigualable profundidad metafísica. Eguren es el poeta del simbolismo y de la naturaleza, Vallejo es el poeta del vanguardismo y de la solidaridad humana, y Martín es el poeta del barroquismo y de la vida angustiada. Por mi parte, no encuentro dificultad en proponer la superioridad de Vallejo sobre ambas cumbres por la asombrosa presencia de la solidaridad humana que permite atisbar la altura y plenitud de la civilización del amor.

El positivismo lógico ha contribuido mucho a denostar el valor de la poesía con su búsqueda de reducir toda ciencia al lenguaje de la matemáticas. Como aquí no es el lugar para extendernos en el tema sobre el análisis lingüístico de la poesía sólo recodaremos las precisiones vertidas por el filósofo estadounidense W. M. Urban en su obra Lenguaje y Realidad (1939). Allí sostiene que las diferencias entre el lenguaje científico y el lenguaje poético no reside en que uno sea enunciativo y el otro emotivo, sino que mientras la expresión de la primera es unisignificativa de la segunda es plurisignificativa. En otras palabras, Urban admite tres tipos de sentido lingüístico: conceptual, emocional e intuitivo. Su postura culmina en una filosofía del lenguaje en el que se plantea que el conocimiento y la  expresión son inseparables. En otras palabras, no declara inexistente lo inexpresable pero implícitamente lo expresa ininteligible y carente de verdad y falsedad. Esta limitación que se refiere a la mística no permite comprender en toda su dimensión le penetración del lenguaje poético en el ser, y es así porque el poeta es también un místico de un ver a través de la palabra. El poeta trae al lenguaje lo inefable e inexpresable y en este sentido participa de la condición límite del lenguaje, donde éste apenas alcanza a describir lo que ve.

El ser, como ya lo señaló Aristóteles, es la cuestión plurisignificativa por excelencia. Y de ella participa la poesía. De ahí que connotados poetas sin proponérselo revelen niveles de realidad de un universo aparte, en el cual también se zambulle el oteo filosófico. Veamos Las Torres de Eguren:

Brunas lejanías…
Batallan las torres
Presentado siluetas enormes.
Ahora bien, la simbólica egureniana representa la subversión del hombre por preservar sus sueños, intimidad, candorosidad frente a una realidad hostil, practicista y utilitaria ya denunciada por el gran americanista José Enrique Rodó en Ariel, obra que marca a fuego a la Generación del 900. Ariel símbolo de la razón y Calibán símbolo del placer sensual, son representantes de la antítesis entre el espíritu y la materia, entre una civilización idealista y otra materialista. Su obra es una crítica a la dominación norteamericana y a su conquista moral. El espíritu esteticista y el individualismo idealista temperamental propio del capitalismo librecambista se contrapone y al espíritu pragmático, especialista y utilitario de Norteamérica propio del naciente capitalismo monopólico e imperialista. El arielismo de Rodó, que perteneció a la tercera generación modernista, no fue reaccionario, oligárquico, retórico y académico como lo caracterizó el movimiento Colónida –notas que sí caracterizan a la generación postrera del modernismo-, sino que fue todo lo contrario. Su verbalismo eurítmico defendía los fueros del espíritu ante el avance arrollador de la civilización utilitaria. Este rebelde esteticismo temperamental de recuperación de los valores espirituales y abierto contacto con el ser de las cosas es llevado a su expresión simbólica por Eguren.
Aúreas lejanas…
Las torres monarcas
Se confunden
En sus iras llamas.

Pero Rodó era hijo de su tiempo y así defiende el evangelio positivista sin advertir que su idealismo humanista no podía crecer en profundidad sin la idea de trascendencia. En este contexto y frente a una realidad incompatible, practicista y egoísta insurge el simbolismo de José María Eguren, como subversión del hombre para conservar la riqueza de su vida interior. Lo impar es que el simbolismo encuentra en Eguren a su único exponente en Hispanoamérica, su alfa y omega. Así como el modernismo empezó como una verdadera subversión literaria con Martí, González Prada, Nájera, Asunción Silva, Darío y Chocano, sin embargo terminó como un ritual momificado de frases hechas. El lirismo egureniano hundió las veleidades modernistas para luego devenir anacrónico, limitado y ser superado por otras corrientes vanguardistas (Vallejo, Martín Adán).

Rojas lejanías…
Se hieren las torres;
Purpurados
se oyen sus clamores.
Las conquistas de Eguren permanecieron. Sutileza, selección verbal, versolibrismo se opusieron a los consagrados principios del modernismo y fueron recogidos con vigor por el vanguardismo.  Eguren consuma los heraldos de la rebeldía literaria. El simbolismo no nombra ni describe, sino que busca en la palabra o en la imagen la sugerencia o evocación misteriosa y multiforme. Es poesía esencial que clausura la poesía explicativa, retórica, ampulosa y tamboril.

Negras lejanías…
Horas cenicientas
Se oscurecen,
¡ay!, las torres muertas.

Fue Eguren un innovador temperamental e intuitivo, nato creador, un genio. González Prada lo alienta; Zulen y Bustamente y Balliván lo admiran; Clemente Palma lo censura juzgándolo oscuro, difícil y manido; Riva Agüero y los García Calderón lo ignoran. Sólo con la nueva atmósfera abierta por Valdelomar, Enrique A. Carrillo consagra como un valor a Eguren, entonces se suceden los reconocimientos por Goldberg (1920), Zulen (1924), Basadre (1925), Mariátegui (1928) y Sánchez (1929). Ya en 1930 el reconocimiento es unánime. En 1938 Ventura García Calderón como síntoma de su alergia temperamental no lo hace figurar en la Biblioteca de la Cultura Peruana, y José de la Riva Agüero apenas dedica unos elogios convencionales en el discurso necrológico (1942).

Al caminar los muertos una
Esperanza buscan:
Y miran sólo la guadaña,
La triste sombra ensimismada.
(Los Muertos)

Eguren ha sido estudiado por toda una pléyade de críticos y creadores como Estuardo Núñez, Xammar, Tamayo Vargas, Eielson, Sánchez, Adán, Jiménez Borja, Xavier Abril, More, Rouillon, Beltroy, Scorza, Salazar Bondy, Sologuren y Romualdo.

El mensaje rebelde y profundo de la lírica egureniana es preservar la plenitud humana a través de la visión onírica, intimista, subjetiva, fantástica, lúdica e infantil. Estas notas son desarrolladas desde su primer libro Simbólicas (1911), que con su versolibrismo empieza en el Perú la superación del modernismo.

Los niños en la quinta
Comienzan la velada
En noche como tinta,
En noche desolada,
Y túmidos y graves
Se duermen al redor:
Los grillos y las aves,
El trébol y la flor.
(Juan Volatín)

En La Canción de las Figuras (1916) sus coloridas imágenes y alegorías expresan una fantasía lúdica y ansia de libertad humana contrapuesta con los valores de la civilización capitalista, así la recusación del temperamento chocanesco y rubendariano que tanto atrajo a Valdelomar y al Grupo Colónida refleja nítidamente esta tendencia.

Plomizo, caminando
Y con la barba verde,
El ritmo pierde
El dios cansado.
(El Dios cansado)

Las obras posteriores, Sombra (1923) y Rondinelas (1929),  son para el crítico Estuardo Núñez poemas de calidad inferior a los precedentes. Su simbolismo lúdico tan lleno de contenido humano se va agotando, sólo los intelectuales de la oligarquía o la derecha literaria no se plegaron al reconocimiento general de su estro, pero para 1930 su simbolismo lucía desfasado ante el vanguardismo de Vallejo, donde lo nacional se hace ecuménico. Si con Eguren lo occidental halló su estatura nacional, con Vallejo lo nacional encontró su talla universal.

En Vallejo su poiesis irrumpe con toda nitidez no sólo un lirismo literario del dolor sino de la solidaridad ontológica con el ser entero, con todos los entes, los hombres, las piedras, con la existencia misma. La iluminación metafísica vallejiana es bifronte porque alumbrando la doliente realidad antropológica echa luz sobre el ser mismo.

Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece,
Con él anochecemos. Orfandad…

En el humanísimo Vallejo Los Heraldos negros (1918) son los poemas de la solidaridad con el hombre como prolegómeno para la dilucidación metafísico-poética de la angustia existencial. Por la forma todo el poemario aparece como una búsqueda de libertad expresiva ante un mundo doloroso e injusto, pero por el contenido es el reclamo de la deuda ontológica por la plenitud existencial.

Hasta cuándo estaremos esperando lo  que
No se nos debe… Y en qué recodo estiraremos
Nuestra pobre rodilla para siempre!
Hasta cuándo
La cruz que nos alienta no detendrá sus remos!

Vallejo simboliza la poesía del colmillo, la que hunde su filo en las entrañas del existir. Con la flexibilidad de una lagartija penetra en cada resquicio incómodo de la realidad. No rehúye al absurdo y se enrola en cualquier holocausto donde el dolor reclama un apóstol.

Hay ganas de volver, de amar, de no
ausentarse
Y hay ganas de morir, combatido por dos
Aguas encontradas que jamás han de
istmarse.

La nueva libertad expresiva llega a su madurez en Trilce (1922), que me inclino a pensar que significa “tristeza dulce”. Este poemario no sólo es emoción, desahogo, sentimiento, desbordamiento de la lógica, pasión, amor, ironía y refugio en la infancia candorosa. No sólo es el Vallejo niño. Aquí se trata de la añoranza por la pérdida de la condición humana primordial, cuando el hombre aun no extraviaba su dicha. En el simbolismo religioso universal, muy bien explicado por el filósofo rumano Mircea Eliade, es extendida la certidumbre de la inmortalidad perdida y del alejamiento de la existencia de un orden sobrenatural. Y Carl Jung dedica páginas enteras a explorar la realidad de los arquetipos en las regiones profundas del inconsciente. Pero la integración de los contrarios y la armonía de los opuestos tienen lugar no sólo en el ámbito de la historia de las religiones y del psicoanálisis, sino también en la poesía. Y esta ansia de renovación cósmica y escatológica de recuperar el paraíso perdido es efectuada de forma atormentada en la poesía de Vallejo.

Y se apolilla mi paciencia
Y me vuelvo a exclamar: ¡Cuándo vendrá
El domingo bocón y mudo del sepulcro;
Cuándo vendrá a cargar este sábado
De harapos, esta horrible sutura
Del placer que nos engendra sin querer,
Y el placer que nos destierra!


Por ello no se trata que Trilce refleje al Vallejo niño, sino al Vallejo de la conciencia ancestral humana. Así mismo si Vallejo resume lo mejor del Siglo de Oro español no es tanto porque desarticula las honduras inefables del lenguaje, ni porque capta al hombre sin Paraíso y sin Infierno, en la pura nada. Pues, tras la letra profana late poderoso el espíritu sagrado. Si Dios es la esencia de Los Heraldos Negros y la condición humana primordial la de Trilce, en cambio es el hombre frente a la cruz existencial la de los Poemas Humanos. En este poemario es Vallejo mismo el que luce crucificado y con ello representa a toda la humanidad en este valle de lágrimas.

Se dirá que tenemos
En uno de los ojos mucha pena
Y también en el otro, mucha pena
Y en los dos, cuando miran, mucha pena…
Entonces..! Claro..! Entonces..! ni palabra!

Aquí resuena poderosamente no la duda vallejiana ante Dios, al contrario, es estridente la batahola que se arma en su nombre a causa del sufrimiento del hombre. Aquí el ente humano prepara el fundamento para enfrentar la pregunta primordial de su existencia: ¿y qué hace Dios por mí?
Oh, Dios mío, recién a ti me llego,
Hoy que amo tanto en esta tarde; hoy
Que en la falsa balanza de unos senos,
Lloro y miro mi frágil Creación.

El quid de la misteriosa y mortíferamente transparente palabra poética vallejiana es que sacude nuestra alma a costa de hacer ver a la conciencia su finitud, fragilidad y falibilidad. Su discurso no juega con la razón, al contrario, es la misma razón bamboleándose al ritmo de su propia inestabilidad. Su afilada percepción del sino de la vida, la muerte y la eternidad cuelga al hombre en una cuerda como una marioneta con la esperanza escatológica de la renovación universal. Vallejo es un poderoso llamado al hombre moderno que anda extraviado y sin sentido religioso, vaciándolo todo de un valor extramundano. En este sentido, la poemática de Vallejo es rebelión y resistencia a reducir la realidad trascendental a mera “cifra”. Como vemos la lírica vallejiana lleva más lejos el espíritu reactivo de Ariel contra Calibán, lo transporta a una profundidad metafísica. En Vallejo late poderosamente un mensaje arcaico, mítico y astral, pero todos estos latidos corresponden a experiencias profundas de la experiencia humana cuyo contacto el hombre moderno ha perdido.
Hoy es más diferente todavía,
Hoy sufro dulce, amargamente,
Bebo tu sangre en cuanto a Cristo el duro,
Como tu hueso en cuanto a Cristo el suave,…

Sin eludir el nombre de las cosas cotidianas lleva lo profano a lo sagrado, eleva lo prosaico a nivel de lo sobrehumano y trascendiendo la risa y el llanto, sabe dejar una huella indeleble en la memoria sobre situaciones paradigmáticas de la condición humana. Lo más paradójico es que a resultas de abatir al hombre en sus propias contradicciones, al cabo termina revitalizando su ansia de Unidad. Por eso no se trata en su estro de captación racional, sino de captación directa del misterio del hombre y su destino.

Al sentido instantáneo de la eternidad
Corresponde
Este encuentro investido de hilo negro,
Pero a tu despedida temporal,
Tan sólo corresponde lo inmutable,
Tu criatura, el alma, mi palabra.

En cambio, Martín Adán, seudónimo de Rafael de la Fuente Benavides (1908-1985), que rompió con su origen aristocrático para dedicarse a la literatura, y vestía siempre un abrigo, ya sea invierno o verano, una bufanda y un sombrero alón, ahonda  metafísicamente en la realidad existencial del hombre y la realidad esencial de las cosas pero sin poner el acento en la solidaridad y sufrimiento humano. Zambullido hasta el tuétano en el estro poético lo que atisba es la travesía misma de la visión de las substancias.

En todas las grandes verdades hay
Un permanente y profundo germen de poesía.
Por eso todos los pensadores
Son recónditos poetas.
(Carta al amigo Dr. José Russo Delgado)

Impráctico para las cosas del mundo cuando se le acabó la herencia tuvo que ser ayudado por su amigo el psiquiatra doctor Honorio Delgado, quien lo recoge de la vía pública para alojarlo en el manicomio de Lima. Allí tenía habitación para él solo, tres comidas y tranquilidad para escribir. Así salió de la vida real y del Hotel Comercio donde debía tres meses. El mito era lo real para el poeta, lo cual seguía con el sueño y  la palabra; no en vano fue discípulo de Eguren, de quien aprendió la dedicación a la poesía pura.

Lo real no se coge, se le sigue,
Y para eso son el sueño y la palabra.

Con La Casa de Cartón (1928) irrumpe un relato que no es crónica ni aventura, sino vivencia personal e imagen subjetiva de la realidad. El no quiere combatir, ni arrasar los ideales de sus precursores, ni traer un nuevo mensaje para la humanidad, su aspiración es más modesta, quiere ser simplemente una lira que se deja tocar por las musas, pero no por ello es menos grande.

Poesía de no dice nada:
Poesía está callada,
Escuchando su propia voz.

Para sus críticos, como Mirko Lauer y Edmundo Bendezú, su lírica está más cerca de la música que de la plástica. Lo cual se hace notar con claridad en Travesía de extramares (1950). Con un discurso ambiguo e imágenes sinuosas algunos críticos han juzgado que se adelanta en casi medio siglo a la modernidad, sin embargo no hay tal cosa porque la forma no define el contenido.

Es mejor estar en poesía, que hacerla.
Cuando se la hace se la profana. Volver
A estar en poesía es toda una travesía,
Cuesta mucho trabajo.

El contenido en Martí Adán no es nihilista como en la posmodernidad, es más bien romántico por formación, temperamento y convicción. Su romanticismo no literario y sí, más bien, instintivo se congracia con su barroquismo ingénito. Formado en el colegio alemán de Lima allí recogería los gérmenes del romanticismo germano; y su debilidad por la simbiosis de formas literarias lo vuelve un autor de barroquismo inclasificable. Es por ello que su tropo no es lo antropomorfo, ni el eros telúrico, sino la pasión por lo indeterminado.

Los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros. Y como no lo consiguen acaban por odiarse…
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi nada de hombre…
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña…
El mundo me es insuficiente…
La muerte es sólo un pensamiento…
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad…
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.

Martín Adán no hace de lo prosaico lo transhumano como en Vallejo, sino que no siente atracción por nada transhumano, a excepción de la belleza, y aun ésta tiene una faz prosaica. Se siente cómodo y tranquilo en la “primavera lóbrega del ser”. No busca un centro ni en su vida ni en su obra, lo indeterminado lo seduce. De ahí que su soterrada vena romántica se manifiesta en esa busca por la síntesis entre Naturaleza y Espíritu.

Pero se trata de una síntesis prosaica, “prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas”. Es por eso que lo indeterminado que persigue a Martín Adán está más cerca al apeiron de Anaximandro que al ser estático de Parménides. Para su amigo el filósofo José Russo Delgado (1988, pp. 106-125), que fue mi maestro en las aulas sanmarquinas, el apeiron de Anaximandro es lo indeterminado o el arjé que no señala a la Naturaleza sino al Ser, el cual abarca potencialmente todas las cosas, rodea todo, es lo infinito intemporal.

No, no soy el que busca
El poema, ni siquiera la vida…
Soy un animal acosado por su ser
Que es una verdad y una mentira.

El cosmos no es una transformación sino una separación del apeiron. Martín Adán es un alma atormentada por la duda sobre Dios, pero al final blasfema ante el racionalismo moderno que sucumbe ante la perplejidad. Efectivamente, su asombro filosófico es más hondo que su escepticismo poético.

El sentirme ya solo, ya sin Dios
Y todavía con mi nada…
¿Fuimos creados por algún dios…
O somos creadores de Dios mismo?...
Dios existe indudablemente
Pero no llega a mi vida
Dios existe probablemente
Pero hay que negarlo para que exista
Si no creemos, no vivimos…
No, mi Dios no hizo el mundo;
Hizo mi tragedia…
¿Quién te hizo Dios mío?
¿Qué misterio
Hizo el otro misterio de tus sienes?...
¡Dios mío!
¿Por qué tardaste tanto?

Esa letanía del “Dios mío” retrata el alma desgarrada de Martín Adán. Entre la duda y la fe, entre el barroquismo y el romanticismo, entre la Biblia y el evolucionismo, entre el conservadurismo y el revolucionarismo –solía confesar su reformismo irónicamente aludiendo su dipsomanía: “Bebo porque soy de extrema derecha”-, entre el cenáculo de Eguren y el de Mariátegui, no otea la superación de la vida por el arte mismo. Por el contrario, encuentra que la verdadera realidad no es ésta, sino otra, que es estética; pero modesto como es no busca superar esta vida ni llevarla a la dimensión real, simplemente constata su existencia y desde su vida prosaica se decide a vivirla.

¡No tengo sino cinco sentidos,
Y tú eres tanta forma!...
(La mano desasida o canto a Machu Picchu).

El carácter fragmentario de sus primeros versos, al estilo de la poesía hermética de Ungaretti, Cuasimodo y Montale, lo que hace es denunciar el caos del mundo moderno. Pero su escepticismo ante la realidad no genera en él un radical escepticismo ante la trascendencia. El vive y se rebela ante la muerte del Absoluto burgués en su época reaccionaria, cuando aparece el desequilibrio iconoclasta entre el espíritu y la técnica, lo cual representa una amenaza a su condición de poeta.

Yo traigo en la maleta mi pipa de cerezo
Y en la boca la menta de un exquisito beso…
Martín Adán ha encontrado el caos del mundo moderno y extraviado necesita urgentemente una travesía de extramares. Siempre vacilante y elástico entre la ilusión y la realidad, entre la esquizofrenia y la paranoia, solía quedarse mudo de ensoñación en clase, estaba orgánicamente preparado para la experiencia mística de la poesía.

Ser poeta es oír las sumas voces,
El cuerpo herido por un haz de goces,
Mientras la mano a escribir no osa.

Nuestro vate era un hombre delirante, dionisíaco y desmedido, y así definió el carácter de nuestra literatura en su tesis De lo Barroco en el Perú (1938). En su parto ensayístico concluye que somos románticos pero en nota barroca. Y es que él sabe distinguir como Eugenio D´Ors entre lo barroco histórico y lo barroco eterno. Y es que Martín Adán mismo era gótico en su ánimo vertical, barroco en su expresión compleja y romántico en su arrebato sentimental. Es así que no se arredra componiendo poesía de lo inefable.

La rosa arriba; altura,
No ola, no ala; el puerto al bote
De lastre sólo de flote…
Se vuelve más surrealista porque así es en la vida. Pero en esta característica se revela también la nota esencial de su poemática y su conexión ontológico-metafísica con el mundo.

La materia hermafrodita.
Sexo de forma infinita.

El poeta se entrega al éxtasis, sin conexión y con disonancias se consustancia con la plenitud del ser mismo.

¿Dónde, Capullo de Rosa?

Ya se encuentra atrapado en la dimensión del ser y del no ser, la coincidencia de los opuestos, la superación de la lógica formal, y el carácter místico reviste su expresión.

¡Ah, nada ser, nunca bastante
A no existir o no morir..!
¡Sombra de mí sobre el instante..!
¡Siempre la niebla sobre el mar..!

A partir de entonces sus tres esencias metafísicas son más notorias, a saber, Dios, la muerte y la vida. Ya solamente busca escuchar la voz inefable de la poesía. Ser poeta será entrar siempre en trance. Ya vive la zona del ensueño de la rosa eterna de Dante y las visiones de Yeats. Su sendero se vuelve más oscuro para quienes no acompañan al jinete insomne, su libro fundamental por el que se le entrega el Premio de Cultura en 1946, Travesía de extramares (Sonetos a Chopin), reflejan con nitidez que el ansia de belleza se entremezcla con la ilusión poética y la reverberación inefable de la realidad.

Pero la ruta vocacional de la soledad poética está llena de peligros, y cabalgando sobre endecasílabos, jerga metafórica y melográfica, el opus llega a su cima conclusiva modelando arpegios tan delicados como poderosos, nimios e indolentes, donde en cada rescoldo sopla un quejido de exceso de belleza, blandura y cuantía junto a otra de desilusión, desengaño y desesperanza.

Prefiero estar mal. Peor está el Perú. Mi ausencia de en el ser humano crea, a lo realista, mi fe en Dios. Hay que creer en alguien, porque en mi mismo no creo.
(Conversación con E. Bendezú el 04.04.1973)

El Perú es tierra de poetas y literatos, debajo de cada piedra un vate se oculta. Después de Eguren, Vallejo y Martín Adán son Jorge Eduardo Eielson, Emilio Adolfo Westphalen, Blanca Varela, Antonio Cisneros, César Moro, Xavier Abril, Javier Sologuren, José Watanabe, Carlos Oquendo de Amat, Carlos Germán Belli, Hinostroza, Blanca Varela, Mario Florián y otros, los que constituyen los altos valores de la pléyade lírica de una tierra encantada de poesía.


No obstante, por circunstancias de carácter artístico e histórico Eguren, Vallejo y Martín Adán representan los poetas filósofos de envergadura formidable en la literatura peruana con inigualable profundidad metafísica. Eguren es el poeta del simbolismo, Vallejo es el poeta de la solidaridad humana, y Martín Adán es el poeta del barroquismo. Los tres pertenecen a un momento de la historia en que el hombre ya no es visto como una obra de arte, el hombre se siente dios ya no porque resuena en él lo sobrenatural sino por la prepotencia de la era técnica y la máquina. Y precisamente por ello reluce más desafiante la superioridad de Vallejo sobre ambas cumbres por la asombrosa presencia de la solidaridad humana que permite atisbar la altura y plenitud de la ansiada civilización del amor que le devuelve al hombre su humanidad.

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