domingo, 4 de octubre de 2015

ESTUPIDEZ Y LÓGICA

ESTUPIDEZ Y LÓGICA

Gustavo Flores Quelopana


La estupidez es una roca inexpugnable:
Todo lo que da contra ella se despedaza.
Gustave Flaubert

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Se suele pensar que se hace estupideces por ilogicidad, más nuestra convicción es que la verdad consiste en lo contrario, es decir, se hace estupideces dentro de un determinado contexto lógico. Nos explicamos.

Si la estupidez no fuese tan lógica no hubiese prosperado tanto en el género humano. Por eso siempre he tenido la sospecha de que el hombre no es estúpido por accidente sino por sustancia. O mejor, el hombre necesita de una gran dosis de estupidez para a contrapelo dar sentido a su vida. Incluso Goethe le dio la necesaria importancia diciendo: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

Además, lo estúpido muchas veces tiene la ventaja de ser jocoso, y al hacer estallar la hilaridad se enlaza con la felicidad. Esto provoca cierto incremento en la respetabilidad de la estupidez. Por ejemplo, ¿cuál es el lápiz más peligroso del mundo? Lápiz tola. O sea, mientras más idiota más gracioso. Si esto no fuese cierto no habrían pasado a la inmortalidad histórica los comediógrafos griegos y romanos como Aristófanes, Menandro, Plauto, el barroco Moliere, y los contemporáneos Charles Chaplin, Woody Allen, entre otros. La comedia no es exactamente estúpida, al contrario, es un arte bien elaborado que explota los vicios, defectos y debilidades de personajes y personas comunes. Pero una cosa es la estupidez en la comedia, otra es que la estupidez sea cómica y otra que la estupidez sea tomada en serio. Razón tenía Michael de Montaigne al decir: “Nadie está libre de decir estupideces, lo grave es decirlas con énfasis”.

El asunto es que la estupidez humana suele ser remitida por comodidad a la ilogicidad. ¿Pero, acaso, es esto cierto? Cuando observamos la historia y la vida cotidiana con cierta serenidad no se tarda uno en darse cuenta de la cantidad insólita de cosas estúpidas que llena la vida humana. Konrad Adenauer expresó cierta vez: “Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería”. Pero no seamos tan inclementes porque incluso las cosas estúpidas, como la avaricia y el lujo –muy bien estudiado por Werner Sombart (1863-1941) en sus libros El Burgués y Lujo y capitalismo- suelen ser factores importantes en los cambios históricos. De manera que si el hombre es la criatura racional por excelencia, hay que interrogarse: ¿Tiene todo esto un sentido lógico? ¿Cuál es la esencia de la estupidez? ¿Puede el hombre vivir sin la estupidez? En el fondo el problema de la estupidez nos remite a la estructura misma de la racionalidad. ¿Exigirá la intonsa estupidez su derecho a ser incluida en una nueva teoría de la razón? Por lo demás, así como hay épocas donde la sesera se llena de razones graves y profundas, también las hay en las que está ocupada por la trivialidad y la ridiculez.

Para el ínclito Ariosto nadie está exento de la mancha de la tontería. Así, codicia, orgullo, vanidad, credulidad, prejuicios, burocratismo, fanatismo, incredulidad, erotomanía y otros defectos hacen del hombre un ser estúpido. La obra cumbre de la estupidez podría acabar con la raza humana en un exterminio nuclear. La estupidez es una epidemia, un lujo devastador, destructivo y costoso de la humanidad. Solamente el inteligente comprende que es estúpido, y esta comprensión se convierte en el acto supremo de la inteligencia. Por ello, razón tenía Moliere al razonar que un estúpido ilustrado es más estúpido que un estúpido ignorante.

De modo que no hay que exagerar para darnos cuenta de la importancia histórica y filosófica que tiene el cavilar sobre la relación que guarda la estupidez y la lógica. Lo misterioso es que no sabemos realmente qué es la estupidez, esquiva es su definición, pero no es expresión del temor, sino que es algo más complejo y sus expresiones forman una verdadera legión. Muchas veces hasta resulta sensato hacerse el estúpido. Estupidez por sensatez resulta siendo la suprema contradicción lógica en la vida concreta, pero lo más interesante es que resulta siendo efectiva por razones pragmáticas. 

Es curioso que en Hispanoamérica la palabra "pendejo" es sinónimo de tonto, torpe, estúpido, pero en el Perú significa lo contrario, o sea sagaz, astuto, avisado. Por eso en nuestros lares corre un viejo adagio que reza así: El pendejo es el que navega con la bandera de cojudo. Otra suprema contradicción del disimulo. Por lo demás, es intrigante la contradicción entre el homo sapiens y la estupidez, pero lo más seguro es que no es un defecto de la mente sino del espíritu. Así como hay hombres sensatos sin ser sabios hay también hombres sabios con estupideces. Con experiencia lo decía Oscar Wilde al afirmar que resulta siendo suficientemente sensato hacer tonterías de vez en cuando.

Pero yo tengo la profunda impresión que la estupidez tiene su propia lógica. Y con ello no sólo nos referimos a la ironía sino también al disparate. La nueva lógica nos ha demostrado que la inteligencia humana maneja varios sistemas lógicos al mismo tiempo y en situaciones diversas. La lógica de la estupidez no es una parodia de la lógica formal, aunque tenga esa apariencia por su forma pero por su contenido constituye un propio ejercicio lógico de la razón. Lo encantador de la estupidez es que tiene la virtud de jugar con la posibilidad de las contradicciones locales como la lógica minimalista, y también puede pasar a considerar fatal a la contradicción como en la lógica intuicionista clásica. Si esto es así, entonces no es cierto que con la lógica no se puede reír, sino, al contrario, hace posible el reír.

La gran pregunta que se podría dilucidar de todo esto es si la lógica de la estupidez es una verdadera lógica de la deducción o si tiene una lógica privilegiada. Lo singular del caso es que la estupidez tiene sus leyes y dichas leyes del pensamiento estúpido siendo un desafío para el pensamiento correcto sin embargo ayudan para la cognición del mundo objetivo defectivo. Pero dichas leyes no sólo ayudan a la cognición de taras y defectos sino a la tolerancia propia y con ello hace la existencia más soportable. La estupidez cómica puede ser un gran medio de consolación pero también de insubordinación. Con ello no sólo tiene una función epistémica y timética, sino principalmente relajante y motivadora. El hombre sabe que la inteligencia artificial, por ahora, no puede reír y eso se convierte en motivo de burla y de acusación de la estupidez de la máquina. Hacer que la máquina ría y haga estupideces implicaría traducir en lenguaje artificial o en algoritmos la lógica de la estupidez.

Desde el principio del mundo apareció la estupidez, por estupidez el hombre perdió el Paraíso. El prejuicio, el fanatismo, la ambición y la ignorancia son sus formas principales. Pero hay algo muy especial en la verdadera estupidez y es que no duda y menos el estúpido. Dichoso el estúpido que está libre de dudas, pero esto suele ser un estado temporal y a veces permanente incluso en hombres muy inteligentes. Un libro muy ilustrativo al respecto es de Paul Tabori, Historia de la estupidez humana, y allí muestra que la Avaricia ocupa el primer lugar desde tiempos inmemoriales y en la actualidad nosotros lo podemos apreciar en la inequidad que reina en la globalización neoliberal. Desde las minas del rey Salomón hasta los negocios especulativos de las megacorporaciones privadas podemos ver el imperio de esta forma de estupidez. Si el fin justifica los medios, entonces es comprensible lo dicho por Napoleón: “Cuando se hacen tonterías, éstas por lo menos deben dar resultados”.

Otra de sus formas más importantes es la Vanidad, la cual es alimentada por la lógica de la ambición, el servilismo y la absurda autodegradación del alma y del cuerpo. Actualmente la vanidad ha salido de las cortes reales europeas para instalarse en la vida del hombre común a través de la moda incentivada por el consumismo del mercado capitalista. La moda postmoderna del sistema fetichista de la apariencia y el espectáculo refleja la estupidez generalizada de la sociedad de consumo donde el individuo alienado pierde su personalidad. La normalización de las necesidades artificiales bajo el imaginario capitalista impone la frivolidad y la teatralidad del cuerpo como experimento. La Generación X y su moda andrógina revelan muy bien lo que Lipovetsky describe en su libro El imperio de lo efímero. Yo creo que la moda es el campo privilegiado en el que se va contra la recomendación de Sartre: “Nadie debe cometer la misma tontería dos veces, la elección es suficientemente amplia”.

La locura del orgullo se refleja también no sólo en la manida afición en los árboles genealógicos sino en la acumulación de grados y títulos para fines puramente promocionales y ascenso social, antes se trataba de aumentar la fama y la gloria ahora se trata de acceder a mayores ingresos económicos y aumentar el ritmo de vida consumista de la vida alienada. Se dice que estamos en la era del conocimiento pero en realidad se está en la era del consumismo frenético. El conocimiento se ha convertido en un medio para un fin económico y el hombre mismo ya no tiene dignidad sino precio. La estupidez del consumismo supera a la del burocratismo. Si el burocratismo es estúpido y maligno, comienza con la adquisición de autoridad, lo que atrofia la inteligencia, no tiene piedad, es ilógico, ama las frases largas y complicadas, es pomposo, ama los secretos, se divorcia de la realidad y no cree en la justicia sino en el papeleo; en cambio el consumismo es más mentecato y pérfido, comienza con la acumulación de cosas materiales, lo que atrofia la voluntad, no tiene saciedad, es absurdo, ama las frases directas y cortas, casi telegráficas, se divorcia de las necesidades reales, , es exhibicionista, ama el espectáculo, convierte lo real en ilusión y no cree en la justicia sino en el libertinaje.

Pero la estupidez humana no se limita cosas banales, pues también invade fueros majestuosos como el de la justicia. La estupidez de la justicia con su suprema majestad puede también ser expresión de la suprema estupidez. La manía de pleitar, la legislación múltiple, el juicio a animales, el lenguaje engorroso son cosas pequeñas con la actual falta de castigo para los responsables de la crisis hipotecaria del 2008 que provocó un verdadero Crash financiero. La justicia no tiene nada que decir, está callada respecto al infierno ecológico chino, el estilo de vida californiano, el mito del desarrollo sostenible, el desequilibrio físico-social, la amenaza de terrorismo nuclear, el creciente abismo social global y el antropocenio destructivo. Guarda un silencio sepulcral ante toda esta locura. En otras palabras la justicia está envilecida y callosa en sus estúpidas circunvoluciones codigeras. 

Avanzando en terreno más interesante la estupidez se hace del corazón mismo de la filosofía y así convierte a la duda escéptica en el prodigio teorético de los últimos tiempos. La filosofía de la postmodernidad la representa en alma y cuerpo. La estupidez de la duda escéptica hizo mucho daño a inventores, científicos, poetas, humanistas y enciclopedistas, y lo más lamentable es que la duda se apodera ahora no sólo de las masas sino del hombre eminente, y ahora vemos a éste que marcha al unísono marcando el paso con la mediocridad ambiente del nihilismo cultural y la cultura del espectáculo. La locura de la incredulidad es otra muestra de la estupidez humana en un mundo sin Dios ni trascendencia.

Las ciencias tampoco son indemnes a la estupidez humana y se encarna en el naturalismo biologista, sucedáneo del materialismo. Ya Searle reducía la conciencia a un problema biológico y a la mente a un problema cerebral, sin darse cuenta que la physis biológica conduce a la physis ontológica, ésta a la metafísica y ella a la teológica. Se trata de un conciliábulo de inmanentistas y temporalistas que reducen el problema de la vida a lo biológico sin tomar en cuenta la dimensión preternatural, espiritual y eterna de la vida humana. Las ciencias genómicas tienen la virtud de poner fin a la idea cartesiana-hobbesiana de que las ciencias son éticamente neutras, pero tienen el defecto de desarrollar un bioderecho que amenaza con la manipulación de genes con fines subalternos. La medicina individualizada, el uso de transgénicos y la biotecnología en vez de ponerse al servicio de la demanda de alimentos, medicinas y de un ambiente sin contaminación son puestos al servicio de la ganancia megacorporativa. 

Los fines militares y las élites económicas amenazan  a las ciencias de la vida dando un sesgo inmanente a la primacía del criterio ético, para así sepultar cualquier consideración religiosa, metafísica, teleológica y trascendente que estorbe a sus intereses. Es una estupidez no frenar el uso irresponsable de la biotecnología. El avance de la ciencia le quitó al hombre identidad porque el dualismo idealista o materialista lo redujo a subjetividad o mecanismo maquinal. Pero cada vez es más notorio que frente a la estupidez de las ciencias de la vida hace falta recuperar el horizonte de lo trascendente para devolverle al hombre su identidad integral.

La estupidez también ha sabido penetrar en la tenaz supervivencia de los sueños de la humanidad que se muestra en los mitos y ensueños. La manipulación de estos sueños ha generado creencias seudocientíficas estúpidas (seres extraterrestres, juventud eterna, invulnerabilidad, invencibilidad, etc.). La racionalidad mítica ha sido envilecida y manipulada para mantener a las masas subordinadas a los prejuicios del poder y del mercado. 

Pero la estupidez erótica se lleva la mejor performance. Vivimos un erotismo degradado. No sólo reviste en los países postindustriales todas las formas de sadismo y perversión, sino que sus derechos son defendidos como cosa buena. Esta forma de locura y bestialización degenerada del sexo es directamente proporcional al grado de cosificación y deshumanización operada por un aparato económico-social que ha puesto sobre el hombre el dinero y a la ganancia como dios supremo. Hay quienes opinan que la estupidez de la mujer es inofensiva y encantadora, en cambio la del hombre es peligrosa cuando no mortal. De cualquier forma si se inventase una vacuna contra la estupidez, el estúpido sería el primero en creer no necesitarla.

Con semejante multiformidad parece muy dificultoso determinar la esencia de la estupidez, pero de algo sí estamos seguros, a saber, tiene su lógica y es muy importante en la vida humana. Pero por qué. El sentido significativo de la estupidez es lo torpe inesperado lingüístico o gestual que causa risa. Por ejemplo, “Creo que tengo el peor trabajo del mundo”, dice el cepillo de dientes; “¿Estás seguro?”, le responde el papel higiénico. Tiene todo esto un sentido lógico preciso. 

Entonces, ¿Cuál es la esencia de la estupidez? Si consiste en la falta de entendimiento para comprender o carencia de destreza para hacer las cosas, entonces estamos ante un defecto, una defección, una debilidad. ¿Puede el hombre vivir sin la estupidez? Aparentemente no, siempre seremos incapaces de algo. Pero todo esto ¿nos remite a la estructura misma de la racionalidad? El hombre para existir no tiene lógica privilegiada, sino que su razón en diferentes situaciones emplea diferentes lógicas y una de ellas es la de la estupidez. ¿Exigirá la enterada estupidez su derecho a ser incluida en una nueva teoría de la razón? Sin duda, no puede ser remitida simplemente al cajón de sastre de la irracionalidad. Su intonsa presencia tiene demasiada importancia entre tanto estropicio de la historia de la humanidad. 

Por lo demás, en nuestra ligera época sin valores el que cree llevar una vida controlada y dirigida por una racionalidad sin estupidez es candidato al premio de la estupidez absoluta. No querer ver esta nuestra realidad trivial y ridícula, obedece a nuestro narcisismo antropocéntrico, exacerbado por la modernidad egocéntrica y egolátrica. Lo asombroso es que en medio de tanta tontería nos pueda seguir gustando una cantata de Bach, una sinfonía de Beethoven o un grabado de Durero. Lo cual ratifica que el hombre es portentoso en su grandeza y ridículo en su miseria.



Tabori Paul, Historia de la Estupidez Humana, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires 1964; Riviere, M, Lo cursi y el poder de la moda, Editorial Espasa Calpe, Buenos Aires, 1992, p. 161; Debord, Guy, La sociedad del espectáculo, Ed. Pre –Textos, Valencia, 1999, cap. II La mercancía como espectáculo. P. 51 y sgtes.; Lipovetsky, Gilles, El imperio de lo efímero, Ed. Anagrama, 1990; Debor, Guy, La Sociedad del Espectáculo, Ed. Pre–Textos, Valencia, 1999, cap. VIII, La negación y el Consumo de la Cultura, p. 151 y sgtes.

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