viernes, 5 de febrero de 2016

PARMÉNIDES Y DESCARTES

SER Y PENSAR EN
PARMÉNIDES Y DESCARTES
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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El argumento ontológico donde mejor se expresa la identidad del ser con el pensar se da tanto en Parménides como en Descartes, y, sin embargo, es el que más reciamente ha sido combatido por la filosofía logística y la filosofía nihilista de nuestro tiempo. Por cierto, un tiempo que ha sucumbido a la razón funcional y ha roto los vínculos con la razón sustancial.

Parménides, considerado el padre de la metafísica occidental, afirma: “El Ser es, y es imposible que no sea. El No-Ser no es y no puede ni siquiera hablarse de él. Es lo mismo Ser y Pensar”. Por su parte Descartes, considerado el padre de la filosofía moderna, sostiene: “Es imposible que un ser finito piense un ser infinito actual sin el auxilio de éste”.

Nuestra opinión es que mientras el argumento de Parménides no se restringe al pensamiento humano y abarca el pensamiento de Dios, el de Descartes alude preferentemente al pensar del hombre. Esto significa que en ambos pensadores la idea de Dios es ya el ser de Dios pero de diferente modo. Mientras el Cogito se subordina ontológicamente al Ser, en el eleata hay algo más profundo y se refiere a que el Ser es ya un acto del pensamiento puro o sea de Dios.

Ahora se comprende que el énfasis del argumento ontológico parmenídeo esté puesto en la unidad del Ser concebida como el Camino de la Verdad. Esto es, todo pensamiento de una entidad es a la vez pensamiento del ser de esta entidad. Para Parménides ésta es la revelación mística y racional que de los inmortales reciben los filósofos, pues el otro camino o Camino de la Apariencia es la que siguen los seres mortales y los sistemas de los jonios, que viven en el mundo de la ilusión. Mirando el legado de Jenófanes, Anaxímenes y Pitágoras, subrayará que los fenómenos de la Naturaleza y las explicaciones cosmológicas no son explicaciones sobre la Verdad, sino de las explicaciones de los hombres que andan por el Camino de la Apariencia, como ruta intermediaria entre el Ser y el No-Ser.

Bien se ve que Parménides no está concentrado en la consideración del Ser en sus diversos aspectos y formas (Realidad, Existencia, Apariencia), ni en la participación de lo múltiple en el Todo del Ser; sino que su principal descubrimiento reside en observar la doble relación de la identidad del ser y el pensar. Pues, por un lado, si bien es el pensar finito el que aprecia el pensar infinito del Ser (Descartes), por otro lado, es el propio acto del pensamiento puro del Ser el que posibilita el pensar finito sobre el Ser.

En otros términos, en Parménides no hay concepción empírica del ser, ni concepción eidética del ser, sino que se trata de un pensar concentrado en el Ser mismo. El cual ha sido visto como un otorgamiento prioritario al pensar lógico, lo cual es cierto sólo a medias, pues en todo caso lo lógico puede ser reducido a la razón del Ser. Por ello, el ser del pensar finito sobre el Ser tiene su fuente en la realidad absoluta del Ser.

Será más adelante Platón –quien busca como Empédocles, Demócrito y Anaxágoras, conciliar el ser y el devenir y evitar el relativismo escéptico de los sofistas, ayudándose con el conceptualismo de Sócrates- el que postulará la metafísica de las esencias para salvar la verdad y el conocimiento en medio del problema del devenir y salvar el mundo de las apariencias. A lo cual seguirá Aristóteles con su teoría de las cuatro causas, donde el eco lejano de Parménides resuena poderosamente cuando hace de la causa final la más importante frente a la materia y al concebirla como espíritu pensante. La filosofía sistemática griega culmina con la absorción formal de la hylé por el logos.

De modo que la metafísica del Ser de Parménides no nace del problema del devenir, sino del problema de Dios, surge del monismo teológico inspirado por Jenófanes. A Plotino, Filón y Agustín les corresponde la fusión de la metafísica parmenídea del Ser con la metafísica de las esencias al desarrollar la metafísica de las formas eternas.

Descartes en sus Meditaciones Metafísicas (1647) muestra la realidad objetiva de la idea de Dios: “…lo más perfecto, es decir, lo que contiene en sí más realidad, no puede ser consecuencia y dependencia de lo menos perfecto…”. Por tanto: “…no podría haber en mí la idea de una substancia infinita, siendo yo un ser finito, de no haber sido puesta en mí por una substancia que sea verdaderamente infinita.”

Y esto sucede así en Descartes porque la vertiente racionalista de la filosofía moderna, si bien disocia objeto y sujeto y hace de lo subjetivo lo único seguro y autónomo, sin embargo, prolonga las verdades de razón de la antigua tradición metafísica clásico-cristiana. Será con la vertiente empirista que acontecerá la gran ruptura con dicha tradición metafísica, haciendo que lo que único válido sea lo puramente fáctico, humano, temporal, finito, útil, individual, deseo y poder. Para la tradición empirista el ser y las esencias son conceptos y se consagra el giro idealista desde el ser hacia el pensar, lo ontológico se subordina a lo epistemológico.

En el moderno contexto nominalista la determinación del ser está del lado del sujeto que afirma y ya no del lado del sujeto del que afirma, se elimina la necesidad de un soporte sustancialista privilegiado para el atributo de la afirmación del sujeto. Todo queda reducido a las cenizas del holismo semántico (Tarski, Frege, Russell, Quine, Chomsky, Rorty, Dummett, Putnam, Davidson). En el agotamiento del proyecto de la filosofía lingüística, el lenguaje que administra la verdad termina borrando la dualidad entre concepto y datos sensoriales.

Pero el logos de la hermenéutica logística jugando con la interpretación sólo busca designar y no penetrar en el objeto. En toda esta absurda conclusión se concede un mínimo de credibilidad racional al lenguaje del hablante. De manera que la realidad existe pero el lenguaje es incapaz de representarlo y la otrora identidad parmenídea-cartesiana entre ser y pensar queda deshecha en el pragmatismo, agnosticismo y eclecticismo, como otrora lo hizo el escepticismo sofístico griego. Del mundo sólo tenemos creencias más no un conocimiento objetivo, repiten los Goodman, Dummett y Putnam. Todo este movimiento antirepresentacionalista iniciado con Frege es una variante del idealismo subjetivo de Berkeley y su ser como ser percipi. La novedad es que ya no hay conciencia de datos sensoriales, ni reconstrucción del objeto a partir de éstos. La semántica lo encierra todo y su resultado es la negación nihilista de todo conocimiento objetivo y la relativización de la ontología del mundo.

Pero el ataque a la identidad entre el Ser y el Pensar no sólo proviene del logos de la hermenéutica logística, sino que un papel destacado les ha correspondido al logos nihilista y anti-humanístico de los filósofos estructuralistas, postestructuralistas y posmodernos, verdaderos “genios extraviados” que con su desatino verbal dificultan la comprensión del mundo real con el argumento subjetivizante y disolvente que liquida la ontología y los valores disolviéndolos en meros eventos (Bataille, Feyerabend, Foucault, Barthes, Derrida, Baudrillard, Vattimo, Rorty).

Este descarriamiento lógico-semántico y anti-humanístico de la filosofía vuelve necesario retomar la reflexión sobre la identidad entre Ser y Pensar en las figuras claves de Parménides y Descartes. Descartes deduce la idea de Dios de la idea misma del Ser Perfecto, y Parménides afirma que “El Ser es y es imposible que no sea”, donde “Ser y Pensar son lo mismo”. En el fondo, el argumento ontológico sólo ser refiere al ser infinito y, en consecuencia, no se trata de un simple paso de lo lógico a lo ontológico. Ya la descripción semántica de Kripke había sugerido la metáfora de distinguir entre la lógica de Dios y la lógica intuicionista, como “lógica de una mente ideal en evolución”.

Nuestra opinión es que el argumento ontológico lleva directamente hacia la distinción entre la lógica del Ser y la lógica de una mente finita (formal y matemática). Y la gran interrogante es si la lógica del Ser es la verdadera lógica privilegiada que sirve como fundamento a todas las demás. Las lógicas heterodoxas han demostrado que la mente humana no tiene lógica privilegiada sino que la razón en diferentes situaciones emplea diferentes lógicas. De modo similar, la lógica del Ser no es la lógica del ser finito porque la incluye y posibilita. Ahora se comprende lo que se consigna en el Libro de Job: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?” (38:4).

Esto significa que el argumento ontológico parmenídeo y cartesiano exige diferenciar dos dimensiones en la identidad entre el Ser y el Pensar: la dimensión lógica y la dimensión ontológica. El pensamiento humano no puede pensar todo el pensamiento de Dios o del Ser, ni por vía natural ni por revelación, pero mientras en Dios se da una identidad total entre ser y pensar, en la criatura finita inteligente se da una identidad parcial. Esto representa que en la dimensión lógica finita se puede pensar la palabra que indica la cosa, y en la dimensión ontológica finita se puede pensar la cosa misma.

Nuestra opinión es que mientras el argumento de Parménides no se restringe al pensamiento humano y abarca el pensamiento de Dios, el de Descartes alude preferentemente al pensar del hombre. Esto significa que en ambos pensadores la idea de Dios es ya el ser de Dios pero de diferente modo. De este modo es posible que el Cogito se subordine ontológicamente al Ser, y que el Ser sea un acto del pensamiento puro de Dios.

No hay duda que en Parménides el Ser se puede identificar con el Espíritu o Dios, pues es único, eterno, inmóvil, sin principio ni fin. Lo mismo acontece en Descartes. La excepción acontece en Juan Escoto Erígena y en Heidegger, justo en ambos hay una fuerte presencia neoplatónica. El primero habla del sobreser y el segundo habla del Ser –en el sentido de un supraser- que está sobre los dioses. Es decir, por encima del acto amoroso de Dios está el logos. Por eso en los griegos el agón cósmico no desciende sino asciende, no hay acto creador, sino únicamente participación, el ente aspira del no ser al ser. El cambio radical en la metafísica lo opera el cristianismo, donde por amor lo superior desciende a lo inferior para hacernos igual a Dios. Por encima de Dios no hay logos, pues él es el logos mismo.

En el presente ensayo no estamos analizando la identidad entre Ser y Dios sino entre Ser y Pensar, pero el asunto es que el núcleo parmenídeo nos lleva hacia dicha identificación, de lo contrario el Ser en vez de ser una suficiencia perfecta sería una insuficiencia perfecta e ilógica por su ciego pensar. Por ello, es la metafísica del cristianismo la que lleva a su culminación y perfección la concepción del Ser parmenídeo mediante el amor y la creación.

Finalmente, la observación principal con que puede concluirse es que el Ser, en la medida en que fuera de lo cual no hay nada, en su suficiencia perfecta representa en su dimensión inteligente un pensamiento lúcido en vez de turbado y por tanto perfecto. Este pensamiento perfecto del Ser no puede corresponder sino a la Persona divina, que por revelación es Uno y trino. La metafísica del ser parmenídea nos alumbra sobre la interioridad absoluta y universal de la fuente de todos los modos de realidad.


Lima, Salamanca 07 de Febrero 2016

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