martes, 8 de marzo de 2016

ONTOLOGÍA DE LA MÚSICA

ONTOLOGÍA DEL EFECTO MOZART
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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La psicología parece regodearse demostrando acertadamente que la música produce una sensación relajante, reanimadora, de libertad, esperanza, y genera un efecto estimulante para afrontar nuevos desafíos. Pero la Música al parecer resulta ser un fenómeno muy universal no sólo entre los seres vivientes, sino incluso en los inanimados. Y aquí entra la filosofía con la conocida polémica si la Música es revelación o mera técnica.

Este último punto ya lo hemos abordado en otro lugar (Esencia de la Música, 2013) y aquí nuestro fin es preguntarnos por otro aspecto esencial de la Música, a saber, si la Música como expresión de la Belleza constituye una manifestación ontológica de lo Bello. Es decir, si la Música como expresión de lo Bello es expresión de las categorías primarias de la ontología.

Así, que los gallos cantan desde su pecho colorado y no por mero impulso exterior lo demuestran investigadores de la Universidad de Nagoya en Japón estaban estudiando las bases genéticas de las vocalizaciones o comportamientos innatos como el cacareo de los pollos, y descubrieron que los machos no necesitan señales externas de luz para saber cuándo comenzar a cantar.

En el compositor de la Novena Sinfonía Coral tenemos el ejemplo más nítido de la Música como revelación al hombre de una realidad privilegiada. A Beethoven le placía componer mientras paseaba por el bosque, decía que allí recibía los acordes más hermosos remitidos por el Creador en medio de la prodigiosa naturaleza. El genio de Bonn tenía algo en común con el talante del ateniense Sócrates, a saber, ambos eran feos, como un gnomo el primero y como un sátiro el segundo, pero también los unía el recibir de las musas su inspiración, Euterpe para el músico y Meletea para el filósofo.

Unos experimentos publicados en la revista de ciencias digital Nature, ratifica los resultados de otro estudio del 2005 realizado en las universidades de Toronto y Londres, según el cual el género musical no es relevante si el que la oye realmente lo disfruta. En cambio, en 2015 se realizó un experimento similar en la universidad de Roma La Sapienza, la prueba demostró que la actividad de las ondas alfa cerebrales, asociadas con las funciones cognitivas y de la memoria era más potente en los individuos que escuchaban música de Mozart, que los que escucharon Beethoven. La música de Mozart predispone a que no se producirán cambios bruscos en el ritmo musical, al contrario de ciertas composiciones de Beethoven, lo que le hace permanecer tranquilo y concentrado.

El efecto Mozart se vio ratificado recientemente por científicos franceses al descubrir que nuestro cerebro se ve estimulado al escuchar música de fondo de forma deliberada. Si se pone de fondo música clásica mientras se da clase en una escuela, los resultados de los estudiantes son mucho mejores que los resultados de otros que asistieron a la misma clase pero sin música de fondo. Se demostró que la música de fondo tiene, inconscientemente, un efecto relajante sobre las personas.
Los pitagóricos ya habían afirmado que la función y los caracteres de la armonía musical son los mismos que la función y los caracteres de la armonía cósmica. La Música como ciencia de la armonía y como orden divino del cosmos es también recogida por Dante. Y Hegel exaltó la Música como expresión de lo Absoluto en la forma del sentimiento (Gemüt).

Actualmente están a disposición los archivos de audio de la Nasa, en los cuales se puede escuchar los enigmáticos y fascinantes sonidos del espacio captados por los satélites Kepler y Cassini. Como en el espacio no hay aire, allí no existe el sonido en su interpretación terrestre. Por ello, aquí se trata de la trasformación en sonido de las ondas de luz emitidas por las estrellas o los planetas.

Ahora bien, para nosotros la Música no es puro sentimiento de la subjetividad finita (teoría romántica), ni mera contemplación de la armonía divina (teoría clásica), sino que como expresión de lo Bello tiene un alcance metafísico y no meramente epistémico. Lo Bello es ontológico, lo bello absoluto en cualquiera de sus formas –incluida la musical- carece de contrario porque es la voluntad pura del mismo Ser. Lo Bello no está más allá del Ser (esteticismo metafísico) ni más acá de lo Bueno (Platón), al contrario, se identifica con el ser como puro sentimiento de la subjetividad infinita, y de la cual participa el puro sentimiento de la subjetividad finita.

El Ser es en sí, por sí y para otro, su acto implica su justificación, en donde ontología, axiología y estética están unidos, porque ser, bien y belleza son inseparables. Y la conciencia así lo percibe porque es intelecto, querer y sentimiento. Pues los modos del ser son objetos del sentir de la existencia que participa en el ser desde un yo que capta la realidad del ser trascendente en su bondad y belleza.

En la experiencia estética de la Música se apresa un infinito en acto y no un infinito en potencia, pues mi sentir temporal está contenido en el Ser eterno. La Música es el acto de participación de la subjetividad finita sentimental de la existencia temporal en la subjetividad infinita sentimental del ser eterno.

Kierkegaard había señalado que la música encuentra su contenido en la genialidad erótico-sensual y nosotros en vez de ver en ella una exageración de la teoría romántica del sentimiento advertimos que cobra pleno sentido cuando la referimos a la voluntad pura del ser mismo. Efectivamente, sólo en el ser mismo, como fuente común de la existencia y la realidad, se manifiesta el verdadero y pleno genio erótico-sentimental creador.

En consecuencia, Música no es esencialmente acto de contemplación del ser a través del sonido armónico sino a través del sentimiento. La música expresa en lo relativo la armonía perfecta de lo absoluto del ser. Más como la existencia finita habita en el ámbito de la ambigüedad del ser, es posible la disonancia y lo horrible en el sonido musical.

De modo que cuando Hanslich (De lo bello musical, 1854) definió a la música como arte de expresar sentimientos no se equivocó pero se quedó corto. Pecó no por exceso sino por defecto, por cuanto el arte de expresar sentimientos sólo es posibilitado por la identidad metafísica entre lo ontológico y lo estético.

Por todo ello, soy de la opinión que el “efecto Mozart” (sensación relajante, reanimadora, de libertad, esperanza, y genera un efecto estimulante para afrontar nuevos desafíos) atañe no sólo a la subjetividad del sentimiento finito sino también, y por analogía, a al sentimiento infinito de la realidad absoluta. En la música el hombre busca participar de los sentimientos divinos. Sólo así se puede entender cómo nos arroba de emoción indescriptible el Aleluya de Haendel, la Pasión según San Mateo de Bach o el Requiem de Mozart, que contagian la grandeza inmarcesible de la inefable belleza divina.


Lima, Salamanca 08 de Marzo del 2016

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