viernes, 29 de julio de 2016

MI TRABAJO INTELECTUAL

MI TRABAJO INTELECTUAL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Se suele pensar que escribir es una cuestión que atañe especialmente a la tarea del intelecto. Cuando en realidad es una labor que concierne principalmente al espíritu. Bien decía Cervantes que la pluma es la lengua del alma.

El presente escrito es indagar en mí mismo y no es prestar consejos a nadie. Y es así no por egoísmo o por subestimación, sino porque está motivado por una conversación sostenida con el destacado sociólogo peruano y amigo Osmar González. El cual ha despuntado como un insigne representante de la sociología de los intelectuales.

Efectivamente, numerosas contribuciones suyas publicadas dan testimonio de ello. Estando reunido con él con motivo de una esperada entrevista que yo le iba a efectuar por su libro voluminoso Ideas, intelectuales y debates en el Perú (URP, Lima 2016), en la librería peruanista Libros Peruanos que dirige nuestra común amiga Virginia Vílchez. En los preliminares comentó que su esposa Isabel Eguren, que estaba presente, emprendía una inusual investigación sobre las diferentes facetas de la vida privada de su abuelo, el gran poeta simbolista José María Eguren. Y entonces Osmar mencionó lo importante que hubiera sido conocer la forma cómo escribían nuestros diversos escritores y pensadores. 

Así, por ejemplo, Tomás Alva Edison necesitaba ver todos sus lápices bien tajados para poder concentrarse, a Berlioz se le agolpaban las ideas musicales tan de súbito que no se daba abasto para escribirlas, Picasso relata que la idea de la cabeza de toro le vino sola, y cosas por el estilo acontecen en los creadores más famosos. Y cómo habrán creado Manuel González Prada, José Santos Chocano, Alomías Robles y otros. Quizá nunca lo sabremos. De ahí la importancia que los creadores de cultura presten un poco de atención a su proceso creativo. Así su legado no se perderá y será instructivo tanto para la nueva educación, la psicología de la creación como para sociología de los intelectuales.

Yo soy escritor y en mi fuero interno se encendió una interrogante sobre mi propio proceso creativo. Así que su comentario echó inquietudes en mi espíritu y retrotrajo mi memoria al libro leído de Jean Guitton, El trabajo intelectual. Consejos a los que estudian y a los que escriben (Rialp, Madrid 1977) y otro, Psicología de la creación por Gabriel Veraldi y Brigitte Veraldi (Ediciones Mensajero, Bilbao 1984). E incluso a otro más, ligado a mis intereses directos, Guía para el estudio de la Filosofía de Ignacio Izuzquiza (Anthropos, España 1986).

De lo escrito en Guitton puedo dar fe de una constatación personal, a saber, cada mente y espíritu es diferente y debe encontrar su propio camino. Lo intelectual debe ser inseparable de lo espiritual. Cierto. No es el intelecto el que debe decretar al espíritu, sino que es el espíritu el que debe guiar el intelecto. El intelecto es como la buena pluma, la inspiración como el buen papel pero el espíritu es la antena diestra y lúcida encargada de captar las ideas. Cuando pienso no necesito de más estímulo que la concentración misma. No bebo café ni fumo para ello, pero puedo interrumpir todo por una buena barra de chocolate. Muchas veces he olvidado de almorzar cuando escribo. Me basta saber que mi entorno familiar está seguro y tranquilo para proseguir mi tarea intelectual. 

Muchas veces me he sorprendido de lo que la concentración es capaz de hacer. Suprime el hambre, elimina el tiempo, me desconecta del espacio, se disfruta más hondamente del silencio y en soledad vibra intensamente la vida del espíritu. En mi tarea intelectual he experimentado que tras diez o quince horas seguidas de trabajo se agota el cuerpo pero no el alma. El filósofo y embajador peruano Alberto Wagner de Reyna también cuenta en sus memorias que podía teclear catorce horas sobre la máquina sin ser perturbado (Bajo el Jardín. Memorias, Lima 1997, pág. 96). Esto me recuerda una famosa fotografía que existe del genial inventor Edison tomada a las cinco y media de la madrugada del 16 de junio de 1888, donde se le muestra con los ojos totalmente hundidos y con grandes ojeras después de trabajar setenta y ocho horas seguidas en su primer fonógrafo. La obra de Edison como la de Henry Ford muestran el mismo efecto de desconexión con el espacio y el tiempo por perseguir las ideas, aunque en sus casos las ideas cobran una aplicación determinada para satisfacer las exigencias sociales.

Esta sensación fue la que motivó uno de los títulos de mis poemarios, Horas sin tiempo. Y es que cuando escribo poesía sólo lo hago por un llamado muy poderoso y extraño del alma, el cual no logro comprender pero al que obedezco. Realmente tanto en el ensayo como la poesía experimento la inspiración, pero sólo soy un poseso en estado de poesía. Por supuesto, la inspiración puede quedar en estado de esbozo si se carecen de los conocimientos técnicos indispensables. Realizar la inspiración requiere técnica. Inspiración sin técnica es como tratar de dormir en una cama pequeña. No obstante, yo sólo sé que cuando la inspiración llega se parece a una catarata de perlas que deslumbran por su brillo y la mayor parte de ellas quedan fuera del canasto. Se cuenta que Beethoven y también Brahms encontraban inspiración paseando por el bosque. Allí hallaban la visita de las musas. Se comprende así que la inspiración es personalísima, única e irrepetible. 

A propósito, se cuenta que cuando el Presidente Charles de Gaulle vino de visita al Perú durante el primer gobierno de Fernando Belaunde Terry se tuvo que mandar hacer una cama especial, pues su tamaño físico excedía las medidas usuales de este tipo de mobiliario en Lima. Una correspondencia similar debe haber entre inspiración y técnica. Por lo demás, me he preguntado qué significa pensar. Y respondo, es formar parte del mundo de las ideas. Esto es, se piensa no para aprehender sino como acto primero de contemplación. Por eso pienso que ejerzo el filosofar. Porque encuentro que en la filosofía el pensar contemplativo encuentra su lugar privilegiado. Heidegger decía que pensar es ubicarnos en la vida del pensamiento. Más yo creo que pensar es situarnos en la vida de la realidad misma.

En efecto, no se trata de leer, aprender y escribir, sino de algo más básico e interno. Se trata de conectar el espíritu o la voz interior con una curiosidad que ansía extenderse y profundizar. La curiosidad es la charme o encanto que permite la bonhomie o bondad del espíritu. Es una facultad que todos los seres racionales tienen, la facultad de admiración. Claro está que la capacidad admiración está en todos pero no en los mismos grados e intensidad, e incluso hay casos en que circunstancias externas o internas la deben despertar y en otros casos terminan lamentablemente por adormecerla. Alma que no sabe admirarse de las cosas es como la bella puerta de una casa pero que no se puede abrir.

Creo que la ciencia de la caracterología ha escrito en abundancia sobre este punto y explica bastante bien las propiedades distintas en los diversos espíritus. Basta el simple ejemplo de que a un flemático intelectual le será más fácil la concentración y la vida teorética que a un apático indolente. Y a un sentimental soñador le será más accesible el mundo de los sentimientos que a un amorfo perezoso.

Entonces vuelvo al punto: cada mente debe encontrar su propio camino. De ahí que la escuela y la universidad deben ser instrumentos no rígidos sino flexibles y motivadores para diseñar un proyecto libre de aprendizaje propio. Aunque es verdad lo que, además, ha puesto en evidencia la Nueva Educación. No es posible lograr niños inteligentes sin el decisivo papel formativo de la madre, generadora de la crucial capacidad de la empatía, verdadero crisol de humanitarismo. No obstante, el rol de la madre está siendo destruido por una civilización entregada al frenesí de la producción y de lo económico. Todo lo cual indica que hay que replantear nuestro modelo de civilización. Yo recuerdo a mi dulce madre leyéndome cuentos al dormir. Pero también fui un niño en que mis padres siempre me demostraban que mis ideas valían, respetaban mis preguntas incesantes, elogiaban mis ideas originales, y me daban mucho espacio para las tareas libres. 

Es decir, en el niño es fundamental cubrir no sólo sus necesidades fisiológicas, de seguridad y afectivas, sino también de estima y realización personal. Sólo así se puede suscitar y guiar la creatividad. Es inhumano e inaceptable dar al niño seguridad material y afectiva, y negarle autoestima y realización personal. Yo creo que el trauma de la Conquista y nuestra tradición autoritaria y represiva, que impide la sana formación de la autoestima y la culminación de la realización personal, es la raíz del anatopismo (pensar imitando lo extranjero) tan bien denunciado por Víctor Andrés Belaunde.

Si yo hubiera nacido en el campo seguramente mi mente se hubiera aficionado a la observación directa de la naturaleza y al disfrute de otras criaturas vivas. Pero mi destino fue ser una criatura de la urbe. Mi sed de conocimiento aprendió a satisfacerse a través de los libros. Además, tuve la fortuna de que mi padre contara con una gran biblioteca y que en mi cumpleaños número seis se me obsequiara con una biblioteca propia bien provista. Hasta hoy recuerdo el aroma de aquellos hermosos libros y la emoción e interés que sentía por repasar cada una de sus páginas. La niñez, sin duda, es la mejor edad para aprender a amar a los libros. 

De modo que ya en la escuela y en la universidad ingresé amando previamente el conocimiento que me proporcionaban los libros. Incluso me molestaban las lecturas que se me imponían y me placía con las lecturas que escogía por mí mismo. En otras palabras, creo que el hogar es el principal y primer lugar donde el niño aprende a escuchar la voz interior para cosas determinadas. Y yo en ella aprendí a escuchar en mi espíritu la voz de los libros. Pero además recuerdo que mi madre y mis hermanas me hacían dormir mientras me leían libros. Lo cual redoblaba mi curiosidad por esos objetos llenos de letras y hermosas ilustraciones. Mi padre siempre llegaba a casa trayendo un libro nuevo y yo me abalanzaba a él tratando de desentrañar su importancia. Pero, escritor como él era, también lo veía escribir a la velocidad de un rayo en la máquina de escribir. Y cuando él no estaba yo me sentaba frente a ella y jugaba a ser un gran y raudo escritor. 

De mi padre recibí dos grandes legados. El amor a los libros y a la música selecta de los grandes maestros. Siempre estaba trayendo a la casa discos y libros. Incluso estatuas, bustos y cuadros. Recuerdo nítidamente el busto de Beethoven y uno muy grande de Aristóteles. Y le complacía verme de niño dirigir la música clásica. Incluso me mandó a fabricar dos batutas de director de orquesta. Y yo orgulloso las blandía como menudo director de conciertos. También me regaló muy tierno un violín. Pero se olvidó ponerme un maestro. Al cabo convertí el violín en metralleta y el instrumento terminó destruido. Hoy ya maduro me compré un violín. Lo guardo con cariño en recuerdo de mi antiguo violín de niño. El mundo perdió un violinista pero ganó al cabo un escritor.

Cierta vez, cuando tenía diez años, decidí escribir en la máquina de mi padre. El resultado es que me deleité tanto que al cabo de tres meses había terminado cerca de 60 fascículos ilustrados y escritos por mí. Por fin estaba creando mis propias historias. Podía compartir el orgullo de ser escritor como mi padre. Yo no me inicié en las literatura leyendo cómics como los demás niños, sino con libros y enciclopedias. Cuando llegaron a mis manos, mucho más tarde, los cómics éstos no me gustaban, los hallaba insulsos. Y entonces conjeturo que si los niños de hoy vieran a sus padres traer a casa un libro al mes, en vez de una cerveza o un periódico amarillista, estoy seguro que otra nación cultivaríamos entre nosotros.

En este aspecto es inevitable rememorar la Poética del espacio de Gastón Bachelard. Pues no sólo existe la voz interior del espíritu sino que también las cosas tienen su propia voz, y entre todas esas cosas la primera voz que se interioriza es la voz de la casa familiar. La dialéctica entre ambas voces es compleja, no siempre coincidente y muchas veces conflictiva. Si las dotes del niño Mozart hubieran tenido que afrontar un hogar distinto al que tuvo quizá su genio no hubiera brotado o quizá lo hubiera hecho de forma menos prodigiosa.

Me parece que es suficiente este trivial ejemplo para comprender hasta qué punto es importante la formación de la voz interior del espíritu en la casa. Y es así porque la casa es hogaño familiar o sea el micromundo de la vida cotidiana. Allí lo que está en potencia en el alma deberá ser estimulado para despertar en acto. Su formación y desarrollo será ya cuestión de los años y estudios venideros. Pero la importancia de despertar las potencialidades se da muchas veces en el hogar. ¿Puede la calle ser substituto del hogar? Siempre, aunque corrientemente no para bien. Rousseau escribió: "Lo malo no es el hombre sino la sociedad, pues está hecha para que el hombre caiga". Aunque quien mejor plasma la idea de sociedad es Aristóteles cuando escribe: "Los hombres no han establecido la sociedad sólo para vivir, sino para ser felices". Y este es el gran ideal que se persigue en todas las utopías políticas: humanizar la vida social. 

Este breve preámbulo me sirve para explicar por qué nunca soporté las enseñanzas impartidas en la universidad sobre la confección de fichas. Era el curso de “Metodología del trabajo intelectual”. Acostumbrado como estaba a tener el libro en manos propias y garabatearlo de pie a cabeza, el fichar me resultaba empobrecedor, demasiado sinóptico y rompiente con la idea viva del libro. La verdad es que casi nunca recurro a fichas para escribir, acudo directamente al libro. Pero es más. Cuando vuelvo a algún libro lo hago porque me plantea alguna pregunta más que una respuesta. Por eso, cuando estoy en la biblioteca es como estar en un templo, repleto de hierático misterio.

Y aquí encuentro algo que da unidad a toda mi producción intelectual. Mis libros han nacido de preguntas antes que de respuestas. Otras veces me encuentro leyendo un libro y una línea determinada me sugiere una idea nueva, me asalta una idea inesperada. No me queda más que atraparla en el aire, apuntarla y dejarla que anide en el espíritu hasta que dé brote. Muchas ideas de ese tipo han pasado por mi mente y muy pocas se han dejado desarrollar. Como las ideas también son objetos, ellas también tienen su propia voz interior y hablan cuando quieren, a quien quieren y a quien mejor las entienda. 

En las cosas del espíritu muchos son los misterios, más nada es más misteriosa que las ideas. Y aquí me pregunto hasta qué punto estoy dispuesto a seguir a las ideas hasta el final. ¿Estaría dispuesto a dar la vida por ellas? Decirlo en el papel es fácil, más demostrarlo en la vida es lo decisivo. No obstante, esto me remite a la historia del eximio poeta romántico germano Conde de Platen y Hallermünd, el cual murió joven suicidándose en las tibias aguas del Golfo de la Spezia, que los italianos llaman el Golfo del Poeta. Escuchemos sus versos: El que la belleza ha visto con sus ojos/está ya entregado a la muerte/para ningún oficio servirá en la Tierra/el que la belleza ha visto con sus ojos. Yo creo que algo parecido acontece con el filósofo que ve las Ideas con el ojo del espíritu.

Otro detalle que no me parece baladí es que en mi trabajo intelectual suelen entrar muchos bichos pero nunca pienso ni anhelo conseguir éxito, fama, premios, títulos y honores. Siento con repugnancia tal cosa por inmoral. Será por eso que soy tan reactivo a la lógica del condumio capitalista. Las ideas no deben ser prostituidas, deben circular y nacer tan libres como vienen. Jamás concursé a un premio literario o cosa por el estilo. Me atraen las ideas por sí mismas, creo en ellas y, aunque publico mucho, nunca pienso en ellas como el tesoro de Midas. La gratuidad de la vida de las ideas implica la gratuidad de nuestra comportamiento con ellas.

Muchas veces debo tantear, improvisar, andar a ciegas, casi siempre voy con el lazarillo de la inspiración pero nunca me dejo arrastrar por la tentación de la perfección. Me gustan más las cosas inacabadas. Creo que se acomodan más al ritmo enigmático de la realidad. La cual es como la Esfinge que no revela todos sus secretos. No es fácil pero me gusta escribir como hablo. Pero eso sí, tengo un gran defecto, debo esperar tener tranquilidad para emprender una obra. La alegre soledad y el melodioso silencio son el camino regio que reflejan la seráfica eternidad. Bien decía Erich Fromm, que paradójicamente la capacidad de estar solo es la condición primera de la capacidad de amar.

Esto para mí no es, quizá, un gran sacrificio, porque no soy dado a las diversiones, la vida social, a la goma de mascar de la mente, como es la televisión, ni a las novedades, ni a la información sin formación. Rehúyo de la cháchara insubstancial y no soporto las bromas chocarreras de cantina. De ahí que casi nunca leo los periódicos -abrevadero la mente manipulada-, salvo el repaso de noticieros que yo mismo selecciono de las agencias internacionales en internet. Ni disfruto de algún programa cómico televisivo, repleto de sexismo, travestismo y vulgaridad. Nunca como antes el cuarto poder del periodismo se ha mostrado tan impotente e incapaz de controlarse a sí mismo, y más bien ha demostrado que la libertad de expresión es un mito, una treta para expandir el clima cultural de barbarie que predomina en el capitalismo decadente.

Raras veces mis libros han nacido de proyectos premeditados. Casi siempre dejo que la heteróclita y dispersa producción se vaya juntado sola. Nunca tienen fruto en mí los temas que me sugieren, sino solamente los temas que nacen en mi espíritu. Pero puedo ayudar a otros con sus temas y en el desarrollo de sus ideas. Pero cuando sucede en mí lo imprevisto de la sistematicidad, entonces me debato hasta acabarla y llegar a una solución satisfactoria. Casi siempre no es la inteligencia sino la intuición la que comienza y termina la obra. Y por ello, el camino intermedio del desarrollo de mis libros es obra de la inteligencia. Sin algún tipo de extraña iluminación no hubieran brotado mis libros. Por lo general, me considero un intermediario de escasas fuerzas para manifestar lo que intuyo. También me pregunto en qué medida las mujeres han influido en mis obras. Nunca han sido musas de la razón -su presencia en mis ensayos es casi nula- pero admito que sí han sido musas del corazón -su presencia en mi poemática, novela y cuentística es innegable-.

Mis intuiciones se dan de diversas formas. Cuando leo un buen libro éstas brotan constantemente y casi no puedo leer. Debo remitirme a la computadora para escribirlas de inmediato. Bien decía Poincaré: Probamos por medio de la lógica, pero descubrimos por medio de la intuición. También cuando leo un libro flojo mi voz interior se desespera, protesta y, sin interrumpir la lectura, termina registrando la discrepancia. En otros casos no se me presenta ninguna intuición y es cuando la inteligencia se regodea con la información que forma el espíritu. En lo referente a mis lecturas no excluyo ningún campo, todas las áreas me interesan y soy feliz cuando descubro el ritmo que tiene cada libro.

Me complace descubrir nuevas relaciones de ideas, acuñar neologismos, atisbar nuevas realidades, pero cuando no lo logro no me frustro porque siento que lo hecho, sin ser suficiente, ha allanado en algo mi camino. Además, me gusta ser hereje de mí mismo. Busco ser el primer crítico de mis ideas. Y cuando no lo logro me siento anquilosado. Soy mejor oidor que conversador. Cuando era más joven me atraía la polémica, con los años he comprendido su relativa infecundidad. Ahora más me atrae el trabajo silencioso y aislado. Bailo tan mal como podría hacerlo un camello, pero ante una dama hermosa mis pies cobran vida. No soy el misántropo de Moliere ni el lobo estepario de Kafka, pero no siento ansiedad por la relación social. Me place meditar, observar, analizar, aunque reconozco que no soy un inactivo. Por el contrario, mi carácter apasionado me lleva hacia una poderosa acción en todo lo que emprendo. Incluso disfruto a mis 56 años compartir con mi hijo, que ya es un joven, un partido de fulbito con los vecinos.

Leo bastante pero no lo suficiente por el cansancio de mi vista. No me interesa leer rápido ni calmo. Ya dije que cada libro impone su velocidad y descubrir eso me da felicidad. Me gusta escribir a vuela pluma, incluso sobre cosas complicadas y densas porque me fastidia la pose doctoral. Me fastidia cuando se me exige un lenguaje más llano y directo. Creo que el lenguaje debe ser auténtico como el espíritu del escritor. Por tanto, debe reflejar un modo de ser antes que un modo de aparecer.

La aprobación ajena rara vez me es estimulante. Al contrario, la juzgo peligrosa. Si tanto me alaban, decía Aristóteles, será por alabarse a sí mismos, pues al alabarme dan a entender que me comprenden. Juzgo que sin intuición mi voz interior sería ciega. Con el tiempo aprendí a no enfadarme con la crítica mal intencionada. Me dejo atraer por la luz como polilla. Voy directo al objetivo. Suelo ser constante en lo que emprendo. En mi camino apenas dejé dos obras sin concluir. Y cuando lo hago no es por determinación racional sino por latido espiritual. Tengo la manía de escribir en soledad y rodeado de libros. Por ello casi siempre leo y escribo en mi biblioteca. Sólo voy a la biblioteca pública para sacar copias o dejar mis propias obras. Soy ordenado y el desorden, incluso físico, bloquea mi mente para escribir. Por una idea que me arriba suelo interrumpir el sueño a cualquier hora con el fin de escribirla. Luego retorno al lecho y me reconcilio con el sueño fácilmente. Si no hago esto no puedo dormir.

Mis obras, como decía Rodin, nacen del concierto entre el alma y la mano. Tengo obras que las empecé a escribir desde el medio y no desde el principio. Suelo pasar sin mucho esfuerzo de la inspiración a la creación. Pero también mi espíritu languidece de modo insufrible cuando no me visita la inspiración. Reconozco que mis composiciones no son rigurosas aunque en todas ellas he puesto esfuerzo y canalizado energía creativa. Quizá sea cierto de que escribo para ser consciente de mi propio valer, pero sería injusto reducir las obras a este propósito porque ellas tienen vida propia. No soy perfeccionista. Por ello no corrijo lo escrito hasta límites extremos, apenas corrijo la ortografía. Pero casi siempre suelo añadir más ideas.

Sí, es cierto. Soy sumiso, humilde y paciente con mis intuiciones e inspiraciones. Entiendo su caprichosidad, imprevisibilidad y fugacidad. En este sentido, tienen un hálito femenino. Pero las suelo atrapar con la red viril de una profunda motivación. Con las ideas practico el rapto de Proserpina. Sin certeza de la propia vocación es difícil atrapar la propia inspiración. A veces simplemente el leer el título de un libro me brinda una nueva idea. Goethe recomendaba una actitud vigilante ante la inspiración para que no se escape ninguna chispa. Yo prefiero su asalto distraído para gozar más de su coqueta espontaneidad y sorpresa.

Si alguna conclusión puedo extraer de estas heteróclitas líneas es que mi trabajo intelectual me ha demostrado que la creatividad consiste esencialmente en una nueva forma de ver la realidad, antes que en una técnica o un modo de pensar. Esto me recuerda al rompimiento que hizo Beethoven desde la sinfonía número 3 llamada Heroica, con el seráfico mundo de sonidos aristocráticos y tranquilos que llegaban a su cúspide con Mozart y Haydn. La revolución beethoveniana fue una nueva manera de expresar sonoramente la era de grandes cambios politicos modernos. Lo que digo no es nuevo pero me complace constatarlo personalmente. Además, debo confesar que me resulta más cómodo escribir en computadora, pues el ensayo puede ser constantemente cincelado como un escultor -como hago ahora-, porque una vez publicado en libro no queda otra alternativa que esperar una segunda edición para introducir alguna modificación o añadido.

No obstante, esta nueva forma de ver la realidad está relacionada con la experiencia estética y la experiencia amatoria. Para mí tienen especial importancia aquellos autores que consideran lo bello como origen del conocimiento. En mi trabajo intelectual siempre está presente la experiencia de lo bello. Y esto acontece tanto en lo particular de la intuición como en lo universal del entendimiento. Y esto lo digo sin compartir el subjetivismo estético de Kant. Para mí, el ser que puede ser comprendido es bello. Se contempla una idea como se contempla la belleza de una mujer. El éxtasis que produce también incita a la acción. Admiración, atención y acción se fusionan en uno. Así, lo bello no solamente es producto del sentido estético sino que también está en las cosas. Y entre estas cosas objetivas están las ideas, las cuales son intrínsecamente bellas. En la formulación de un concepto y en la captación de una idea está presente la experiencia de lo sublime. La cual eleva el espíritu a lo infinito. 

El infinito fue el leit motiv de la filosofía romántica. Pero también es una constante indesarraigable del alma humana. Reencontrarse con esta tendencia del alma a través del trabajo intelectual me ha proporcionado el sentido teleológico del cosmos y me ha revelado la inteligencia arquetípica de Dios, capaz de una intuición total de la realidad. Es por eso, que un verdadero trabajo intelectual es no sólo una experiencia estética sino también erótico-religiosa. Porque religa con la realidad y hace uno con ella y con la divinidad. En otras palabras, todo empieza con una intuición de lo real sin mediación conceptual, pero luego se ponen en juego todas las facultades de la conciencia para formular una comunicabilidad de lo universal que nos devuelve hacia el absoluto. Es por esto que, además, el trabajo intelectual es una experiencia profundamente moral porque nos devuelve hacia la realidad del ideal, que en el fondo es la sublime unión de la libertad, la naturaleza, lo estético y lo ético.


Lima, Salamanca 29 de Julio del 2016

martes, 19 de julio de 2016

JUVENTUD UNIVERSITARIA ANTE LA FILOSOFÍA

LA JUVENTUD UNIVERSITARIA
ANTE LA FILOSOFÍA
En búsqueda de la racionalidad transmoderna
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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I

Cuando la juventud pierde el entusiasmo, el mundo entero se estremece”. Este pensamiento del novelista, ensayista y dramaturgo francés, autor de Bajo el Sol de Satanás, Georges Bernanos (1888-1948), a primera vista puede describir lo que en la superficie se observa en la bisoña juventud universitaria del Perú. Más específicamente en Lima. Más concretamente en una importante Universidad privada. Y más particularmente en alumnos que ni siquiera cursan carreras humanísticas –venidas cada vez a menos a nivel mundial-, sino profesiones técnico-científicas. O sea, que están distantes de la abstrusa temática filosófica.

Este estado de ánimo de la juventud parece ser compartida desde Lima a Tokio, desde Nueva York a París, e inunda cada rendija del ineludible mundo occidental. Es más, con cierto facilismo el dedo acusador se suele levantar hacia la juventud actual. Y con cierto pasadismo pesimista se la suele juzgar comparándola con la insurreccional juventud universitaria de los sesenta. La cual inspiraría a Herbert Marcuse a depositar la esperanza de transformación social en la juventud universitaria (El hombre unidimensional, 1964).

Pero si desde Fernando Maestre y Alberto Péndola (Corrupción un estudio psicoanalítico, 2001) hasta Gilles Lipovetsky (La era del vacío, 1983) y Peter Sloterdijk (“¿Un siglo religioso?”, en ¿Hacia dónde se dirigen los valores?, 2010) definen a la sociedad como corrupta y amoral, hedonista y consumista, entonces esto significa que lo que vemos en la juventud es apenas la punta del iceberg de un fenómeno más profundo y grave que concierne al sino de la moderna civilización capitalista actual.

Desde las trincheras del pensamiento marxista se solía decir que la conciencia burguesa es pasadista debido a sus intereses conservadores, el proletariado es futurista acorde a su papel transformador y la conciencia de la clase media es inmediatista porque está apegada al presente por su preocupación conciliadora. Pero lo que vemos actualmente en plena era de la galopante globalización neoliberal es que los papeles temporales de la conciencia social son dinámicos, nada estáticos y se han  alterado.

Efectivamente, la burguesía se volvió presentista, obsesionada como está por la ganancia y el lucro inmediato a nivel global; el proletariado se tornó pasadista, interesado en conservar los otroras beneficios laborares del fenecido capitalismo de bienestar; y la pequeño burguesía se ha vuelto futurista, al soñar con una economía de mercado sin especulación financiera y con enfoque ecológico. En todo este universo ideológico donde reina unipolarmente la mentalidad capitalista de libre mercado, las voces disonantes que enarbolan un socialismo democrático y humanista son marginales, silenciadas o activamente combatidas (caso Bolivarianismo latinoamericano). Y las regiones que impulsan un mundo multipolar y pluricéntrico (Rusia, China, Sudáfrica, Brasil, India), dentro de un capitalismo social de mercado, son objeto de sanciones económicas, guerra monetarias, cuando no de enfrentamiento bélico en terceros países (caso Siria). Y esto lo digo con plena conciencia de que la disputa entre Rusia y EEUU no es entre socialismo y capitalismo, sino que es una lucha interimperialista entre el capitalismo social de mercado y el capitalismo de libre mercado. El capitalismo de libre mercado del Reich Bilderberg no tolera el capitalismo social de mercado de Rusia y China. La nueva guerra fría es lucha interimperialista al interior del mismo capitalismo.

Y sin embargo, testimoniando la complejidad de la realidad humana y de la realidad mundial, estos mismos jóvenes cuando son incoados a pensar sobre los problemas de nuestro tiempo que deberían ser afrontados por la misma filosofía, son capaces de señalar con claridad meridana los problemas más álgidos de nuestro tiempo. Esto significa dos cosas. Primero, que a pesar de la tiranía de la racionalidad instrumental –cosa advertida por la Escuela de Frankfurt- la razón crítica se resiste a morir. Y segundo, que la evolución moral e intelectual de la juventud –como lo destacó Eduardo Spranger (Psicología de la Edad Juvenil, 1929)- a pesar de estar influido por la ciencia y concepción del mundo de su tiempo, conserva la inextinguible sindéresis o capacidad moral natural para juzgar y distinguir entre lo bueno y lo malo. La sindéresis ha sido desestimada por el funcionalista pensamiento moderno, pero en el pensamiento sustancial de medievales y antiguos fue reconocida para defender en el ser humano un libre albedrío unido a la moral.

Esta capacidad del alma humana para reconocer los primeros principios morales está menos enturbiada y ennegrecida en los jóvenes que en los adultos. Y valga lo dicho a pesar que la presente sociedad consumista y amoral se esmera por disolver la inocencia y candor en la juventud. La sociedad amoral del imperio posmoderno del capitalismo universal (véase mi libro El imperio posmoderno del hombre anético, 2004), sobre la base de la malignización del bien y la desmalignización del mal, va forjando un hombre anético, estético-instintivo, sin solidaridad ni dignidad, donde triunfa una libertad pervertida sin justicia.  

Cuando Manuel González Prada profería su flamígera exclamación: “Los viejos a la tumba y los jóvenes a la obra”, se contaba con un mar de jóvenes idealistas prestos al sacrificio y al heroísmo. En cambio hoy, en medio de un mundo desideologizado, de “final de la historia”, resurrección de la carne, de una vida sin imperativo categórico, de un nihilismo sin tragedia, donde el relativismo, la permisividad, el escepticismo, el pragmatismo utilitario han diseñado el giro desde lo prometeico a lo narcisista, la juventud ya no es visto como un tiempo de vida sino como un estado del espíritu. Pero es justamente cuando sucede esta superposición en el espíritu de una época cuando se abre la posibilidad de la situación ideal de que la juventud llegue un poco más tarde en la vida. Y es entonces cuando pierde todo valor la frase de Georges Clemenceau: “El joven que no es revolucionario es porque no tiene corazón, y el viejo que no es conservador es porque no tiene cabeza”. Efectivamente, la singularidad de nuestro tiempo desconcertante es que exige actitud juvenil en mentes y corazones maduros. Y por sí, ya es todo un desafío al optimismo cuando se comprende lo que decía Picasso: “Lleva tiempo llegar a ser joven”.

Hay épocas en la historia en que por designio inescrutable del hado extraordinario la dialéctica antorcha juvenil debe ser empuñada por la gente madura antes que por los jóvenes. Son eras en que el optimismo cambia de curso y en vez de ascender desde los mozos desciende desde las canas. Y no obstante, la propia juventud es capaz de poner el dedo en la llaga donde brota la pus.

II

Esto es precisamente lo que ha sucedido entre los jóvenes al señalar los agudos problemas que un virtual Congreso de Filosofía debe encarar. Así que prevengo a quienes se atienen al viejo adagio que repite que nada nuevo descubren los jóvenes y que sólo obran y piensan exactamente igual que sus abuelos. Cuánta razón tenía el lúcido moralista francés Chamfort y el dúctil filósofo Bergson cuando pensaban que “cuanto más se enjuicia menos se ama”. Cerremos los ojos y hagamos que alguien nos lea los temas que han señalado estas mentes y corazones jóvenes recién salidos de la escuela secundaria y recientemente ingresados a la universidad. Así percibiremos la fragancia deletérea que exhalan desde el jardín los nuevos brotes llenos de ilusiones.

Sobre un total de 87 propuestas, de jóvenes que oscilan entre los 16 a 18 años, se han manifestado los siguientes ejes temáticos:
  1. Existenciales.- sentido de la vida, la indiferencia, suicidio, paz interior y autorrealización, pensamiento conservador, vida cotidiana y filosofía, fin de la ética, crisis de valores, autenticidad, carencia de identidad nacional
  2. Antropología.- idea del hombre, tiempos de crisis, libertad
  3. Cosmología.- sentido del cosmos
  4. Ética.- el mal, la libertad, autoritarismo
  5. Religión.- cristianismo
  6. Pedagogía.- didáctica de la filosofía, sentido de universidad
  7. Historia de la Filosofía.- filosofía peruana
  8. Tecnociencia.- antropocenio destructor, robotización
  9. Socioeconómicos.- Pobreza, capitalismo, explotación, corrupción, consumismo, desigualdad económica, delincuencia, sublevación
  10. Ambientales.- ecología, ética
  11. Temas de género.- mujer y pobreza, aborto, homofobia y discriminación
  12. Comunicación.- medios de comunicación anómica, redes sociales, operativos psicosociales en televisión, cultura

Utilizando la guillotina de Occam para precisar aun más el universo filosófico en el que encajan las propuestas tenemos:
  1. Indagación sobre el conocimiento (12)
  2. Indagación sobre la praxis (4), (5), (8), (9)
  3. Indagación sobre el hombre (1), (2), (11)
  4. Indagación sobre la naturaleza (3), (10)
  5. Indagación sobre la filosofía (6), (7)

Esto significa que los jóvenes que recién arriban a la universidad perciben como temas álgidos de la filosofía actual los que conciernen principalmente a la indagación sobre la praxis y sobre el hombre. En la indagación sobre la praxis se destaca su preocupación ética, la filosofía político-social, la filosofía de la religión y la filosofía de la técnica.

En este campo de la filosofía de la praxis llama poderosamente la atención la ausencia de lo estético. Ya Ortega y Gasset había advertido en 1925 sobre la deshumanización del arte, como ruptura con la realidad y el triunfo de lo pueril. Y esto concierne a la sensibilidad del hombre actual o de la burguesía decadente. La cual ya no es seducida por lo bello, sino por lo horrible y lo monstruoso. Cuán lejos nos hallamos del arte figurativo de un Rafael o un Tintoretto para caer en el arte no figurativo de un Miró o un Klee. La fealdad se ha tornado cotidiana, sobre todo en las metrópolis tercermundistas. La fealdad estética llora su impotencia revolucionaria. Y para ser más soportable lo abominable del mundo burgués finisecular crea su nuevo rito y mito en el consenso.

En el segundo eje filosófico predominante -la indagación sobre el hombre- se enfatiza la preocupación antropológica y la filosofía de la cultura. Pero, asimismo, llama la atención la ausencia de la filosofía de la historia. Y esto es debido porque está triunfando la ideología del nihilismo, la cual es enemiga de la historia y del tiempo integral. Esto supone la victoria de una ontología de la actualidad como lo plantea Bloch, Benjamín, Adorno, Habermas y Vattimo, donde el “ser” es sustituido por el “evento”. El resultado es la desilusión metafísica del sentido de realidad y la defensa de la multiplicidad hedonística de la interpretación.

Después de todo, qué culpa tienen estos jóvenes que nacen en medio de un tiempo nihilista sin memoria y sin historia. Es deber de sus maestros remar contra la poderosa corriente posmoderna para enriquecer su sentido del tiempo y devolverles el sentido histórico. Por eso, esta omisión es en realidad un clamor contra una cultura que se delinea como una sociedad postmetafísica erosionada por el nihilismo integral. Y decimos “integral” porque como nunca antes en la historia se han juntado en una las tres corrientes nihilistas, a saber, la metafísica (Gorgias), la gnoseológica (Pirrón) y la ética (Nietzsche).

En este contexto no llama la atención que los temas que conciernen a la indagación sobre la filosofía, la naturaleza y el conocimiento ocupen un interés menor. Y esto es un síntoma crucial que afecta a  nuestra civilización científico-técnica. Indica primeramente que la perspectiva antifilosófica ha crecido desproporcionadamente. No es casual que en el mundo universitario global se reduzcan dramáticamente el número de estudiantes que siguen carreras humanísticas.

La filosofía casi siempre ha sido vista con recelo. En épocas protohistóricas y ancestrales el filósofo-chamán estuvo protegido por el poder comunal o real, y sus riesgos concernían más en salir bien librado de su descenso a los infiernos o su ascenso a los cielos.  Pero en las épocas históricas, especialmente desde Grecia antigua, los peligros han solido venir no desde dentro sino desde fuera. Lo testimonian Sócrates, Aristóteles, Zenón de Elea. Ya Jaspers indicaba que la filosofía tiene tres grandes enemigos: el sentido común del vulgo, el dogmatismo religioso y la intolerancia política.

Pero hay un factor atávico muy dañoso para la filosofía en nuestro medio. Y es que la filosofía resulta siendo poco atractiva para la juventud universitaria porque la mediocridad de la institución académica no permite que se escuche la voz de los pensadores autónomos. Y esto crea la falsa sensación de que no hay filósofos ni filosofía en el Perú. 

Lo que nos cuenta en sus memorias Alberto Wagner de Reyna (Bajo el Jardín, Lima 1997) lo que le sucedió en la Universidad Católica es muy ilustrativo de este mal y digno de triste recordación. "Envalentonado con este buen éxito [se refiere a la publicación de su libro sobre Heidegger por la editorial Losada en Buenos Aires gracias al interés de Francisco Romero], dicté un curso sobre lógica en la Universidad Católica, para segundo año de Letras, deseoso de no ser mero repetidor sino por lo menos epígono...". El resultado es que el curso fue calificado de ininteligible, de bluff y otras lindezas. Al final, Wagner tuvo que tomar el texto de lógica del cardenal Mercier y repetirlo como "una cotorra" (p. 60). Sólo así su reputación de profesor de restableció. 

Aquí se aplica a la perfección la categoría del "anatopismo" acuñado por el pensador católico peruanista Víctor Andrés Belaunde. Efectivamente, la universidad peruana languidece burocráticamente porque no promueve la creación de nuevas interpretaciones por parte de pensadores nacionales -aún cuando existan-, sino la repetición simiesca del magisterio norteamericano-europeo. Tal es la inseguridad psicológica de la universidad nacional que esta deficiencia se trasmite a los estudiantes. 

El resultado es triplemente fatal. Pues, primero, se perenniza la dependencia mental al magisterio extranjero; segundo, se ignora el propio genio nacional; y, tercero, se mantienen los índices ridículamente ínfimos de inversión en investigación de las universidades especialmente privadas, cuyas autoridades medran enriqueciéndose ilícita y gansterilmente. En otras palabras, la universidad peruana replicando la tara del "anatopismo" es responsable de la desgracia del pensamiento de la patria. La universidad, especialmente, debe cesar de ser el lugar de meros repetidores para convertirse en lugar donde alumbren los pensadores autónomos. No corregir este arraigado defecto acentúa el mundo antifilosófico en que vivimos.

Pero actualmente podemos afirmar que vivimos en un mundo antifilosófico por excelencia. Donde ya no se necesita perseguir ni condenar a los filósofos, simplemente el pensamiento ha perdido prestigio y con ello el ocaso del filósofo está sellado. Sobre todo porque se trata de un pragmatismo que pone la praxis como fundamento de la filosofía y ello no es una filosofía de la praxis sino desde la praxis. La filosofía desde la praxis es la negación de la filosofía de la praxis y de la filosofía misma. Es la abolición del espíritu mismo de la filosofía porque reduce de modo empírico su contenido a lo que es útil, perentorio y urgente. Para el filósofo Hans Lenk (Filosofía pragmática, 1975) esta mala comprensión de la filosofía lo ha llevado a decir que sólo “una orientación pragmática puede sacar a la filosofía de su enclaustramiento académico”.

La antifilosofía, ya lo subrayaba Augusto Salazar Bondy (Introducción filosófica, 1969, pp. 189-197), es detentada por hombres prácticos (Calicles), fideístas (Tomás de Kempis), el cientificismo estrecho (Comte) y la crítica literaria (Papini). Para todos ellos la filosofía es un saber inútil, vacuo, ocioso, perjudicial y engañoso para la vida.  La distancia que media entre la antifilosofía y la ontología hermenéutica del crepúsculo de Vattimo es tan sutil, que cuando vemos en el filósofo italiano una postura sin acción realizadora de valores, atenta a la Diferencia en vez de a la Unidad, entonces es cuando nos damos cuenta que lo que están señalando nuestros jóvenes universitarios es justamente lo que les falta al filosofar europeo-norteamericano: una comunidad con sentido de la vida.

Y para recuperar el sentido de la vida, que tan poderosamente late en las indagaciones de la praxis y del hombre enfatizadas por dicha juventud peruana, lo primero que hay que hacer es recuperar el auténtico significado de la filosofía, como saber que exige una constante negación dialéctica y no su rechazo o liquidación. En sus más altas aspiraciones la filosofía nos revela la más íntima esencia humana. Porque así como ella es un quehacer imposible pero también inevitable, del mismo modo el hombre es es una criatura portentosa en su grandeza y abyecta en sus miserias.

Además, un factor poderoso que alimenta la antifilosofía en las universidades es el propio espíritu mercantilista que anima a éstas. Los alumnos universitarios se dan cuenta que la universidad es un fraude porque lejos de brindar una formación integral y humanística exacerba el espíritu de competencia, individualismo y avaricia de la sociedad capitalista. Los propios catedráticos son víctimas del rutinarismo que anemiza su espíritu, y en pocos años ven agostados toda la creatividad de su juventud. Se vuelven ágrafos, infecundos, dogmáticos y estériles. Los jóvenes al egresar ratifican lo vivido al verse lanzados a la furia competitiva del mercado, la lógica de la usura y la reducción estructural de los puestos de trabajo. Y lo que no fueron capaces de realizar sus mayores, ellos también se ven envueltos en el mundo de la inercia, la cosificación y la alienación. Sus ilusiones se marchitaron y lo que les resta de vida está inserto en la fiera competencia profesional por sobrevivir y mascullar un amargo pesimismo. Pero todo esto no puede continuar y debe cambiar. Y el cambio debe ser de raíz. O sea desde su base económico-social. Y eso sólo se consigue si con espíritu juvenil se emprenden los grandes desafíos de la historia. 

El espíritu del verso rubendariano “Juventud divino tesoro”, estará en riesgo de perderse para siempre si no enmendamos tales entuertos de nuestra época. Las insuficiencias del discurso filosófico europeo-norteamericano laten poderosamente en los temas señalados por nuestros jóvenes alumnos. Y tienen, por añadidura, la virtud de señalar que nuestro hemisferio sur necesita de una utopía histórica, planetaria y universal. Ya en 1955 el filósofo chotano Antenor Orrego había vislumbrado que nuestro continente sería el crisol de una nueva civilización (Hacia un humanismo americano, 1965).

Y es ahora cuando constatamos con mayor urgencia que necesitamos una nueva civilización edificadora de valores, donde se redefina la relación persona-naturaleza al compás de la relación entre lo inmanente y lo trascendente. No hay duda que a esta tarea contribuye poderosamente la teología y la filosofía de la liberación, de auténtica raigambre latinoamericana y tercermundista, policéntrica y humanista, democrática y defensora de los derechos humanos.

III

Pero cuál es el camino. Es una interrogante que subyace con vigor y que da unidad a toda la preocupación filosófica de los jóvenes alumnos. La convicción machadiana que “camino se hace al andar” debe ser complementado con la de Jean de la Bruyére, “sólo hay un camino para llegar y mil para alejarse”. Pero también existen los espejismos del itinerante. Cuando conseguimos nuestro objetivo –decía Paul Valéry- creemos que nuestro camino es bueno. Por ello resultan atinadas las palabras del Evangelio: “Ancha es la senda al infierno y estrecho el del cielo”.

¿Tendrá América Latina que plantear una nueva racionalidad? ¿Tendrá que ser una razón de la liberación, como auténtica respuesta de nuestra historia y cultura? Vattimo y Levinas tienen razón cuando hablan en tono de denuncia de una razón estratégico-instrumental. Y Apel-Habermas aciertan cuando reprochan ciertos tipos de racionalidad pero asegurando el ejercicio de la razón ética. En nuestros lares los filósofos argentinos Rodolfo Kush y Juan Carlos Scannone reivindican la opresión sufrida por el mundo popular, mientras Enrique Dussel (Posmodernidad, transmodernidad, 1999) propone superar el eurocentrismo ontológico trascendiendo ontológicamente el horizonte griego planteando el momento nuevo de la transmodernidad como giro descolonial.

Sobre esta última propuesta de Dussel hay que advertir que hay caminos que suelen ser atajos los que parecen rodeos. Y es que la superación del eurocentrismo ontológico que plantea Dussel es tributaria del error antiesencialista de Nietzsche, Heidegger y Vattimo juntos. Sin recuperar el eidos filosófico no hay auténtica liberación ni posibilidad de nuevas utopías. Es más, sin jerarquizar la metafísica de la aletheia con la metafísica del eidos, la metafísica de la empiria y la metafísica de lo virtual, no hay posibilidad de nuevo curso civilizatorio (véase mi libro Hermenéutica remitizante y filosofía mitocrática, 2013). Y entender este punto es tan importante que decidirá la suerte de una nueva racionalidad liberadora en América Latina, el paso a la transmodernidad y una real recuperación de la razón ética.

Es por esto que el "giro intercultural" de la filosofía de la liberación propuesto por Fornet-Betancourt (Crítica intercultural de la filosofía latinoamericana actual, 2004) para el diálogo con distintas tradiciones filosóficas de la humanidad, sólo podrá ser fecundo si se plantea desde una nueva base metafísica no antiesencialista. En este sentido, la obra del filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría (La modernidad de lo barroco, 1998) al realizar una caracterización del "ethos barroco" de América Latina como alternativa a la racionalidad capitalista de la modernidad europea da en el clavo, siempre y cuando se entienda nuestro barroquismo desde nuestra propia respuesta metafísico-civilizatoria al mundo.

Y cuando Castro-Gómez (Crítica de la razón latinoamericana, 1996, y La hybris del punto cero, 2005) se inscribe en la vertiente historicista, para repensarla desde la genealogía de Foucault y desde los estudios poscoloniales latinoamericanos, se hace evidente que es necesario el desarrollo del contenido metafísico de la racionalidad de la liberación en clave no antiesencialista. Lo contrario sería repetir la distorsión inmanentista de la razón como fundamento absoluto, que fue tan bien denunciado por Paul Hazard (La crisis de la conciencia europea 1680-1715, 1935).

En este sentido, no sólo el Hemisferio Sur sino toda la civilización occidental necesita de una nueva utopía civilizatoria, realizadora de valores, desde una relación armoniosa entre lo inmanente y lo trascendente. Estamos ante una descomunal crisis universal de la razón misma. Y desde América Latina, el continente de lo real maravilloso, es necesario impulsar una nueva racionalidad lógico-emotiva, ético-estética, donde el logos de la ratio confraternice con el logos del mytho.

Es preciso tener ante sí un caos para poder poner una estrella. Una síntesis posible de las tres vertientes comienza al proponer un "giro mitocrático" para revertir las deformaciones filosóficas del eurocentrismo conceptolátrico. Pero es necesario realizar la caracterización "anética" de la modernidad antiesencialista capitalista para proponer una nueva teoría de la razón donde el logos de la ratio y el logos del mytho convivan en dinámica y dialéctica armonía civilizatoria.

Decía Goethe que “un talento se forma en la calma mientras que un carácter en el torrente del mundo”. Y nunca como antes ha sido tan urgente que el universitario actual cultive ambas esferas para que pueda estirar la idea hasta la cumbre del ideal.


Lima, Salamanca 19 de Julio del 2016

jueves, 14 de julio de 2016

HERMENÉUTICA FILOSÓFICA DEL INCA GARCILASO

HERMENÉUTICA FILOSÓFICA DEL INCA GARCILASO 
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Este año 2016 es de efusiva y sentida conmemoración del Cuatricentenario del célebre y ejemplar Inca Garcilaso de la Vega. Y sin embargo cuán cerca y presente lo tenemos. Se ha ido para siempre, pero, paradójicamente, su legado nos interpela y asedia desde los más diferentes ángulos. Al estupor de no saber qué le ha acontecido al muerto se añade el asombro sobre lo que nos acontece a nosotros con su memoria viva. Eso es ser un clásico. Cuando cada época reverbera poliédricamente en nuevos sentidos significativos sobre una obra. Y la obra de Garcilaso, breve en número pero extensa en profundidad, es un prisma iridiscente de la peruanidad universal.  

La naturaleza palimpséstica del ideario garcilasiano impone la necesidad epistémica y hermenéutica de abordarlo interdisciplinariamente desde la historia, la literatura, la sociología, el psicoanálisis, la lingüística y también desde la filosofía. Y es aquí, desde la hermenéutica filosófica, donde más claramente brilla la naturaleza intrínseca de un clásico, esto es, cuando su mensaje no se agota en lo dicho, sino que se ahonda en lo sugerido, entrevisto, atisbado e intuido.  El universo garcilasiano lejos de exigir un ejército de glosadores y repetidores de citas se vuelve desafiante, para exigir al pensamiento contemporáneo nuevas perspectivas a añejos problemas.

Uno de ellos, y quizá el más crucial en el debate filosófico actual, es si hubo al interior del pensamiento mítico incaico -y andino ancestral en general- lo que se llama reflexión filosófica en sentido estricto y no laxo. Y el Inca es partidario de ello al presentar a los Amautas como filósofos.

No vamos a insistir en lo que la crítica autorizada y erudita ya ha demostrado, a saber, que Garcilaso es veraz en el impulso y en la letra. No hay impostura en él. Así, siguiendo a José de la Riva Agüero y Raúl Porras Barrenechea, no cabe sino tomar como es debido, o sea en serio, la fórmula de Garcilaso sobre los “amautas-filósofos”. 

Esto fue precisamente lo que hice desde el año 2006 en mi obra “Los amautas filósofos”. Aunque en realidad mi ruptura con el criterio eurocéntrico de la filosofía data desde 1998 (véase mi libro Eurocentrismo y filosofía prehispánica), el contacto con el Inca fue una pista poderosa –junto al universalismo filosófico de Jaspers y a la crítica conceptolátrica del logos occidental por el posestructuralismo- para formular la categoría de lo “mitocrático” desde el 2007.

Sí, no hay duda, soy garcilasista no en la letra sino en el espíritu. Porque qué otra cosa significa reconocer en los Amautas la condición de filósofos. Significa otorgar a la filosofía misma una multivocidad, un polimorfismo y una esencia que no se agota en un orbe cultural, sino que sus raíces se hunden en la misma condición humana.

Si esto es cierto, como creo que lo es, entonces el Inca Garcilaso sería el adelantado en la formulación de la categoría de lo mitocrático y de un etnocentrismo filosófico no eurocéntrico. Esta postura queda honrada actualmente también por la obra del filósofo Víctor Mazzi Huaycucho (véase su libro Inkas y Filósofos, 2016). Y es que el legado filosófico del Inca exige no ser un manumiso escolarca y erigirse en un arriesgado pensador.

Es más, en el fondo lo que deja planteado también es no sólo la reivindicación de la filosofía en la cultura ancestral andina o que la filosofía en el Perú antiguo no fue mera cosmovisión -como continúan repitiendo erróneamente el rezago de las huestes eurocéntricas-, sino, en primer lugar, una nueva relación entre logos y mytho. En este punto es importante resaltar su concepción de la deidad inca Pachacamac como “Vivificador” y no como “Creador”. O sea subyace la idea de un absoluto dinámico. Y esto es así porque Garcilaso no sólo es un connotado filólogo -como bien queda demostrado por el insigne lingüísta Rodolfo Cerrón Palomino (véase Tras las huellas del Inca Garcilaso, Boston 2013)-, sino que también es un penetrante filósofo de la historia, que advierte que la importancia de la correcta traducción de la palabra “Camac” trasciende lo lingüístico y etimológico y hunde sus raíces en lo teológico-metafísico.

Efectivamente, eso es lo que hace falta. Hay que reencontrarnos con el Inca no en la letra muerta sino en el espíritu vivo. Y esto exige creatividad, asunción crítica y atalayar nuevos horizontes -un ejemplo vivo de esto es el libro de José Antonio Mazzotti "Encontrando un Inca", Boston 2016).

En nuestros días esta nueva relación entre logos y mytho entrevista por Garcilaso al interior de la filosofía se ha esclarecido gracias a los avances del psicoanálisis, al destacar el significado racional de lo onírico; la antropología cultural, al revelar la consistencia lógica del pensar participativo; el universalismo filosófico jaspersiano; la lingüística en el estudio de lo simbólico; la nueva lógica con la aceptación que la razón humana emplea lógicas diferentes al mismo tiempo y en situaciones distintas; el intuicionismo filosófico reivindicando la legalidad epistémica de la intuición; la poesía en la revalorización de la metáfora; la crítica al logocentrismo de Occidente por la filosofía posestructuralista; el sentido mesocósmico de la filosofía andina desde la filosofía de la cultura; la hermenéutica que nos conduce hacia hermenéutica remitizante que cuestiona a nuestro pequeño diosecillo terrestre de la posmodernidad; y el existencialismo filosófico que hizo evidente que se filosofa por razones existenciales antes que teoréticas.

Es decir, la grandeza de un clásico estriba más en lo que sugiere que en lo que afirma. Porque en lo sugerido está la superación de su propio peldaño que garantiza el avance del conocimiento. En el fondo lo que exige Garcilaso a la mirada del filósofo es advertir el potencial filosófico de sus brillantes e inmarcesibles páginas.


Que esto no haya ocurrido antes no es difícil de entender si partimos de la constatación que se trata del pensamiento de los “vencidos” y “oprimidos”. Y también porque las nuevas herramientas conceptuales recién contribuyen a esclarecer su sentido. Sólo había que hacer las conexiones necesarias y acuñar la categoría correspondiente. Y esa fue mi tarea garcilasiana. Por eso mi valga mi sentido homenaje al ilustre cusqueño, doblemente apreciado y valorado. Y espero que en el impoluto Parnaso donde habita el Inca, los manes protectores le hagan llegar.

Lima, Salamanca 14 de Julio del 2016