jueves, 5 de enero de 2017

MÍSTICA Y SALTO METAFÍSICO EN LA ERA SIN DIOS

MÍSTICA Y SALTO METAFÍSICO
EN LA ERA SIN DIOS
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Vivimos en Occidente una era anticristiana sin precedentes. Se ha entronizado un disolvente proceso de secularización nihilista, hedonista y relativista, ha invadido la mística de identidad oriental (hindú y budista), ha resucitado la mística primitiva del chamanismo. Y esta inusitada ola de neopaganismo se mezcla con la neoniezscheana transvalorización de todos los valores, la dictadura del anetismo y de la corrupción. En la era de la apostasía se opera la desmalignización del mal y la malignización del bien. Pero el descalabro ético y el totalitarismo de la razón instrumental es lo lagunoso porque lo meduloso es el desvarío metafísico de la modernidad.

Efectivamente. Contra lo que se piensa, la modernidad tiene su propia mística. El chamanismo es mística mágica paranormal. Hinduísmo, budismo y neoplatonismo son mística de la identidad. Sufismo, judaísmo y cristianismo son mística de unión por el amor. Secularismo moderno es mística de la diferencia por lo histórico e inmanente.

La verdadera unión mística moderna descarta la trascendencia y el sentido real de lo sobrenatural. Con ello la mística ha entrado en una franca etapa de decadencia, porque al recortar la dimensión humana a lo meramente empírico degrada el humanismo en hominismo y destila una hedionda cultura de lo superficial, lo frágil, el narcisismo, el materialismo y el esoterismo. Pero su búsqueda del Otro concluye en un rotundo fracaso, debido a que sin Dios la conciencia moral sucumbe. No hay duda que la expresión de la vida espiritual se ha achatado a su mínima densidad. Reinan todopoderosos los nuevos ídolos que ocupan el lugar de Dios, a saber, el dinero, el placer y el poder. El ateísmo práctico es el verdadero santo y seña en la tiranía postmoderna de la subjetividad, lo indiferente y lo débil.

Ante lo cual suena sencillo pero resulta harto complicado, en una era nihilista, plantearse el problema de Buscar a Dios en tiempos sin Dios. Ni la cultura ni la sociedad son fuentes de felicidad. La primera sólo es campo de prueba de la libertad, y el otro es escenario de la ley y la justicia. En cambio lo religioso –tan desvirtuado políticamente por los angelismos y fundamentalismos en boga- es el horizonte metafísico de la auténtica presencia interior de Dios en el hombre. La mística cristiana es encarnación que santifica el mundo material y lleva al amor al prójimo. Dios que es trascendente e inmanente es fuente del amor como clave de la unión mística sin identidad. En el oratorio del alma se puede Buscar a Dios en tiempos sin Dios.

Pero en una cultura donde el alma ha sido reducida a mera idea de la mente, y la mente a simple epifenómeno de las circunvoluciones cerebrales, la realidad de Dios y del éxtasis místico son meras fantasías psicológicas. Lo cual es casi inevitable, porque no vivimos la edad de la fe sino la edad de la increencia. La era de los grandes místicos es cosa del pasado. No obstante, la pedagogía divina sigue concediendo las vocaciones místicas mediante su gracia santificante. Pero además, hay una lección sumamente valiosa que deja la historia de la mística y que constituye la semilla para un renacimiento espiritual. Se trata de la importancia de la Oración. La misma no sólo robustece la actividad apostólica, revalora la importancia de los sacramentos, las virtudes y los dones del Espíritu Santo, sino que desvanece la falsa creencia que el alma perfecta aun cediendo al pecado no peca por estar unida con Dios.

En otras palabras, la mística enseña que mediante la oración el hombre se centra en el amor a Dios y cultiva la humildad. Humildad es precisamente la llave para disolver la siniestra soberbia prometeica, que retroalimenta el narcisismo egolátrico del imperio dinerario capitalista y del poder degradado de la técnica. Así se podrá edificar un mundo justo y fraterno, basado en el rol social de la economía y levantar una civilización basada en el amor.

En una palabra, se trata de atreverse a dar el salto metafísico, noético y pneumático a la vez, que admita no sólo lo inmanente (los entes) sino también lo trascendente (el ser, Dios). Se trata de recuperar una liberadora y salvífica experiencia integral del ser, porque el hombre no sólo es conocimiento sino primordialmente es existir.


Lima, Salamanca 05 de Enero del 2017

1 comentario:

  1. Buenas noches Señor Gustavo Flores,

    mi comentario va precedido de mi gratitud, encuentro muy interesante su texto y mismo concuerdo en varias lineas, salvo, cuando identifica sufismo, judaismo y cristianismo directamente con el amor - a través de la mistica- pero no lo hace asi con el Budismo al que usted liga con la identidad -igual por la senda de la mistica-.
    Soy un convencido practicante budista desde ya una buena cantidad de años y le puedo afirmar que hay algo comun en el santo servicio desinteresado hacia los otros, eso usted y yo lo sabemos se llama amor, amor puro y simple a través del cual también llegamos a sentir esa experiencia salvifica liberadora e integral del ser.
    Justamente aprendemos en la practica budista de cada dia que la transcendencia es una mas de las tantas leyes de la vida y de la naturaleza que no para de moverse, de evolucionar - o a veces de involucionar-.
    Gracias por compartirnos su sentir, es edificante.
    Cordial
    Joseph

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