sábado, 22 de abril de 2017

ALTERNATIVA AL PERÚ INVERTEBRADO

ALTERNATIVA AL PERÚ INVERTEBRADO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Esta obra es tan importante para el pensamiento nacional que indudablemente merece un mejor prologuista que yo. El presente libro no es un trabajo académico pero tiene la virtud de ser un auténtico ensayo. Grandes ensayistas forjaron la cultura nacional, y en cambio hoy una legión de académicos administra la mediocridad de lo que escribe masivamente.

Por la rotundidad justificada en el juicio, la pulcritud del razonamiento y la elevada inspiración de su ideal tenemos ante nosotros un libro de antología.

Esta obra viene a incorporarse al selecto número de libros que componen la pléyade de la interpretación de la realidad peruana, a saber, El carácter de la literatura independiente en el Perú de José de la Riva Agüero, El Perú contemporáneo de Francisco García Calderón, La realidad nacional de Víctor Andrés Belaunde, Siete ensayos de la realidad peruana de J. C. Mariátegui, El antimperialismo y el Apra de Haya de la Torre, Perú, problema y posibilidad de Jorge Basadre, Retrato de un país adolescente de Luis Alberto Sánchez, Pueblo Continente y Hacia un humanismo americano de Antenor Orrego y El Otro Sendero de Hernando de Soto.

Pero además es el fruto más maduro de la perspectiva andina de sus antecesores: Tempestad en los Andes de Luis E. Valcárcel, El Nuevo Indio de Uriel García, Del Ayllu al cooperativismo socialista de Hildebrando Castro Pozo, Presencia y definición del indigenismo literario de Tauro del Pino, Andinia de Luis Enrique Alvizuri y Sociedad mediocre de José Mendívil.

Como vemos el debate sobre los que es el Perú es arduo y permanente. No es un mero problema sociológico sino ontológico y metafísico. Se trata del destino de una entelequia milenaria sacudida por la invasión y la alienación. Esta disyuntiva fue advertida tanto por hispanistas, mesticistas e indigenistas. Chacón está lejos del indigenismo anarquista de González Prada, el indigenismo marxista-mesiánico de Valcárcel, el indigenismo cholista de Uriel García y José Vallaranos, el andinismo antioccidental de Alvizuri y al andinismo multicultural de Mendívil. El suyo es un andinismo culturalista, pues la cultura andina es el Ser de lo nacional, cuya savia palingenésica se resiste a morir. Al contrario, se recrea constantemente porque sus raíces metafísicas se actualizan tenazmente en una conciencia cósmica que hace emerger sus gérmenes históricos.
  
Leer el libro Nación Andina (2017) del ensayista, novelista y poeta Hugo Chacón Málaga representa para el peruano y cualquier persona que aprecie la perspectiva culturalista, un profundo cuestionamiento de la postergación de la cultura indígena y la validez de la inclusión del Perú a Occidente.

Para Chacón el modelo de nación criolla ha fracasado porque está basada en la iniquidad cultural, social y étnica. Basta remitirse a las estadísticas en salud, educación, inversión, ingreso, etc., para confirmarlo. La interpretación marxista también demostró su desvinculación con el Perú real y señalar solamente que el indio es el problema pero no la solución.

Entonces, el imperativo para nuestro ensayista será construir una nueva síntesis que consista en la nación andina. El mestizaje es una ficción porque carecemos de una opción binaria en religión, idioma y cultura. Coincidiendo con Fidel Tubino y Gonzalo Portocarrero, sostiene que somos un país sin identidad, porque la estructura íntima del ser andino ha sido destruida, y porque la sociedad criolla ha sido una mal imitación de Occidente.

Para demostrarlo recorre tres visiones del Perú revisando el pensamiento de Mariátegui, Vargas Llosa y Arguedas. Constata que en los tres se constata una visión occidental particular. Y no atisban que el pensamiento andino es una forma distinta de vertebrar el espíritu. Es notable e irrebatible su aguda crítica al Amauta. Señala que para Mariátegui Occidente es un axioma inamovible, y por ello comparte el enfoque criollo, según el cual, al indígena no le queda más que asimilarse. Subordina la herencia andina a la orientación criolla y ve con simpatía que un país milenario adopte la cultura occidental. Por lo demás, al indio le reconoce virtudes artísticas pero no teoréticas. Mariátegui era racista. En una palabra, el pasado andino tiene que eliminarse en aras de la dinámica civilización occidental. Chacón realiza una crítica demoledora al pensamiento del Amauta desde la perspectiva andina.

Su peliagudo análisis prosigue con Mario Vargas Llosa. Para el escritor lo único válido será la sacrosanta civilización occidental y cristiana. Pues el novelista abjuró de su tesitura serrana y adhirió su provenir a los valores criollos dominantes. Desconoce  e ignora lo andino, repudia el Perú antiguo y arcaico porque siente vergüenza  de su infancia andina en Cochabamba. Se distancia del mundo andino, de todo lo quechua y aymara y entra en cursilerías aristocráticas porque rechaza el mundo andino cholo que su odiado padre representa. Se queda con la patria criolla y remite al ostracismo la patria andina. También siente apocamiento de los parientes andinos y opta conscientemente por la identidad criolla dominante. Abdica de su herencia serrana hasta en el lenguaje y se integra con el mundo occidental. En otras palabras, igual que Mariátegui, Vargas Llosa también ostenta una visión occidental particular.

Con gran ductibilidad y sutileza aborda el pensamiento de Arguedas. Afirma que junto con el Inca Garcilaso y Guamán Poma constituye la base de nuestra nacionalidad. Considera que con Garcilaso se recupera la historia andina y con Guamán Poma el espíritu de resistencia cultural. En cambio, Arguedas es una figura más compleja, atravesado por el sino de la intensa búsqueda de sí mismo. De una primera etapa mestiza avanza lentamente hacia una etapa andina. Nunca se avergonzó como Vargas Llosa de llevar en su ser una parte india. Nunca admitió ser indigenista pero hasta 1967 recomendaba la creación de Institutos Indigenistas. Su socialismo era personal, impregnado de mito y magia. Se concebía a sí mismo como peruano, o sea español e indio. Al contrario de Mariátegui, de su pensamiento se extrae la conclusión que el Perú no será occidental sino andino sin calco ni copia. No obstante, persiste cierta ambivalencia en Chacón al tratar a Arguedas como otro exponente de la visión occidental.

Ahora se comprende la importancia que cobra para Chacón la Cultura como categoría hermenéutica central. Declara que nuestra propia cultura ha sido soslayada, avasallada y marginada por discursos que privilegian la perspectiva occidental. Pero todos los intentos de poner al país sobre los pies de una civilización extraña han fracasado. No han formado nación y sólo ha favorecido a las élites dominantes. Esta es la causa de que el Perú criollo luzca desestructurado, desintegrado, sin proyecto nacional. La cultura es piedra de toque de todo resurgimiento nacional y mientras no se reconozca que no somos occidentales y que no se puede seguir imitando a Occidente no se logrará una nueva síntesis de nuestra identidad andina y amazónica.

Dentro de su examen culturológico procede a analizar lo que Occidente expropió a la cultura andina. Y empieza con la sustancial relación con la naturaleza, donde se refleja el orden del macrocosmos en el microcosmos social, donde la naturaleza es sujeto antes que objeto. Se excluyó a los andes como eje vertebrador de lo nacional. Se quebró la complementariedad productiva. Se extinguió el universo tecnológico. Se olvidó las maravillosas obras de ingeniería y el gran manejo del agua. Se trastornó la explotación agrícola y pecuaria. Los andenes fueron abandonados y la estructura urbana trastocada. Arte, leyes y cultura padecieron una profunda modificación. En una palabra, se acometió contra el pilar fundamental de la cultura, a saber, la filosofía, religión, ciencia, tecnología y lengua. No obstante, Chacón afirma que la cultura andina fue recomponiendo su propia personalidad.

Por mi parte, quiero interrogar por lo que Occidente nos aportó. Y lo considero necesario hacerlo porque el propio genio andino no ha quedado inafecto tras cinco siglos de dominación. La cultura occidental es ante todo una cultura católica y latina. En sus mejores manifestaciones mantuvo el vínculo con la Antigüedad, fuente eterna de la cultura humana. La raza latina tiene la cultura en la sangre. Así, son propios la sutileza y la elegancia al espíritu francés, y la sensualidad y el humanismo al espíritu italiano. En ambos brilla el sol, en cambio la raza germánica es abstracta, criticista, bárbara, en ella predomina la penumbra, la revuelta bárbara (el protestantismo). Por su parte, la raza indígena adoptó el cristianismo no a lo alemán, o sea como pura espiritualidad, sino con toda su plástica y tradición. De ahí surgió lo que el Padre Manuel Marzal denomina un cristianismo sincrético, indígena. No es casual que entre los cronistas indios sólo Guamán Poma se escandaliza contra la corrupción del catolicismo. En cambio, Garcilaso y Santacruz Pachacuti buscan un renacimiento cristiano indiano. En otras palabras, el genio indio no es refractario al injerto religioso del semitismo. Cristo en los Andes se abrió paso no sólo sobre los cadáveres que iba dejando la extirpación de idolatrías, sino que el alma india hallaba algo común con su religión ancestral. Y ese elemento común era que entre el Dios Ordenador andino y el Dios Creador cristiano primaba el cosmos, o sea el orden, la cuenta y razón, la armonía. El espíritu indio es semejante al espíritu eslavo, es místico, intuitivo y autoritario. Y por eso recibió el cristianismo como lo recibieron los eslavos, con espíritu apocalíptico y escatológico. Era el cumplimiento de un Pachacuti. Se ha dicho que el indio es sombrío, obediente, taciturno y triste. El indio es silencioso y prudente por desconfianza con el criollo pero no lo es por vocación. De lo contrario veámoslo bailar entre los suyos con un rabioso zapateo. Pero se ha pasado de largo la distinción entre lo que es efecto del trauma cultural con lo que es peculiar de su genio. La cultura india es alegre como la latina, mística como la rusa, sutil como la francesa, no pertenece a las tinieblas del genio germánico sino que nace de una unión con el sol. Y por eso mismo la encarnación y redención católica, como presencia divina en la Tierra, le vino como anillo al dedo. La cultura en el genio andino no es idea abstracta sino sangre vital. Y por ello la raza india está más cerca a los latinos que a los germanos. De ahí, también, que nuestro pensamiento filosófico esté unido a la vida, sea más asistemático, espontáneo y social. En una palabra, la mística andina recibió de la cultura occidental una orientación más precisa. Y por ello, es del genio andino del que podría esperarse un renacimiento católico.

En el despliegue de sus circunvoluciones teóricas Chacón aborda el tema capital de la Filosofía Andina. Es conocido que los conquistadores pusieron en duda la capacidad racional del indio perulero y fueron muy pocos cronistas y pensadores coloniales que noticiaron y defendieron su capacidad racional y filosófica (Betanzos, Cieza, Polo de Ondegardo, Garcilaso, Murúa, Guamán Poma, Acosta, Anello Oliva, Bernabé Cobo). Ante esto Chacón estima que una civilización que alcanzó tal nivel desarrollo material y espiritual no pudo carecer de filosofía. Pero puntualiza que la filosofía andina no fue mera cosmovisión. Y en este aserto se enfrenta a una compacta tradición académica eurocéntrica viva hasta hoy (Salazar Bondy, Rivara de Tuesta, Sobrevilla, Zenón Depaz).

Para su refutación se adhiere a la información de la riqueza idiomática andina que proporciona Alfredo Torero, donde sostiene que en vocablos quechuas y aymaras  existen vocablos de clara connotación filosófica. También comparte el principio de relacionalidad destacado por Estermann como rasgo fundamental de la racionalidad andina. Igualmente suscribe la interpretación de Carlos Milla donde la racionalidad andina se desarrolla en diálogo con el cosmos. Y se adscribe a mi teoría del Mito como Logos filosófico, valorando la categoría nueva de la filosofía mitocrática.


En este sentido expresa: “Flores elabora un conjunto de proposiciones que echa por tierra las limitaciones de la cosmovisión para interpretar el alto pensamiento andino y se adentra en el territorio de la filosofía como sustento de su civilización. Flores instala de pie lo que estaba de cabeza al determinar que el pensamiento mítico sustenta la filosofía andina y explicar su naturaleza divergente de la racional y analítica filosofía occidental.”  

Premunido de todos estos recursos teóricos Chacón rechaza tajantemente que el mundo andino no haya tenido filosofía y que se haya limitado a la presencia de cosmovisión, pensamiento, filosofía heterogénea. A continuación señala que los temas de la filosofía andina son: el ser humano y la naturaleza presididos por el concepto de comunidad; ser, naturaleza y divinidad como triada eterna y energética de infinitas formas; una concepción del universo que no es panteísta, politeísta ni heliólatra, sino que distribuye el espacio en mundos complementarios; una concepción de divinidad que se caracteriza por la ausencia de una deidad creadora y superior expresión material de una naturaleza autocreadora –en esto sigue los planteamientos ateos, naturalistas y panteístas de Federico García-; una ética y moral basada en el trabajo festivo, basado en el principio de reciprocidad, contradicción, complementariedad y cosmovisión dual.

En este nivel encuentro un problema en el pensamiento de Chacón. Por un lado afirma rechazar el panteísmo y por otro suscribe la concepción de lo divino como energía autocreadora. Lo cual lo devuelve al panteísmo que dice oponerse. En esta oscilación suya subyace un materialismo ateo que no puede comprender a Dios como sujeto. En el mundo actual el panteísmo renace sobre los escombros del mecanicismo naturalista, el materialismo, el positivismo y el cientificismo. Todos tienen en común el predominio del inmanentismo. Los mismos coqueteos con el panteísmo lo podemos hallar en aquella divinidad más profunda que Dios de la Gottheit de la vía mística de Eckhart, el Ungrund de Jacobo Boehme, en el Uno de Plotino, el Supraser en Heidegger y en el misticismo hindú. Pero el gran inconveniente de la afirmación panteísta es que su indiferenciación impersonal culmina en el pasivismo, el quietismo, la negación del hombre y de Dios. Sencillamente en el panteísmo no tiene cabida ninguna vocación creadora del hombre. Todo se absorbe en una oscura energía divina que no sabe nada de la energía creadora del hombre, no es antropológica, es pasiva y hostil a la creación. Todo queda absorbido en el indiferenciado divinismo original, donde no se distinguen ni Dios ni el hombre. De ahí que no llame la atención que Vivekananda hable de salir de la condición humana, del mundo y de Dios para reintegrarse a la energía impersonal. A mi juicio este es un problema muy serio, no sólo porque considero que no refleja la auténtica religiosidad precolombina, sino porque no ayuda al hombre contemporáneo a una real renovación de su vocación religiosa e impide un verdadero papel creador en lo social. En otras palabras, va contra lo que el mismo Chacón predica: erigir una sociedad andina creadora, sin calco ni copia. Sobre la base de una religiosidad panteísta no es posible la edificación creadora de una nueva sociedad. El panteísmo favorece las sociedades congeladas, petrificadas y momificadas. Al contrario, considero que el real evangelio de Cristo es profundamente creador y sirve potentemente a los propósitos creativos de una sociedad andina. Para la creación de una sociedad nueva no conviene adoptar una mística cualquiera. El estrato espiritual es el más serio y de más vastas consecuencias. Por ello, hay que rescatar e incentivar la mística cristiana occidental porque está henchida de corriente antropológica. El alma católica es gótica, arrastrada hacia la altura, romántica, apasionada, activa, dinámica, voluptuosa, llena de hambre espiritual, lanzada hacia Dios. Y por eso crea en lo externo, es prolífica en arte, arquitectura, filosofía y ciencia. Con ella sí es posible construir una nueva sociedad, mientras que con el panteísmo no.

Con estas bases teóricas Chacón procede a exponer la parte medular de su obra: la propuesta política. Y con su programa de gobierno convierte a su libro en un megatexto, cuya mirada poliédrica complementa lo teórico con lo práctico. Si quisiéramos apretar en un puño lo esencial de esta parte se diría que es categórico al subrayar que todas las contradicciones que ahítan la vida nacional y la posibilidad de un proyecto patrio andino depende no de una simple sustitución de la casta criolla, ni de la mera industrialización, ni de un mendaz cambio de capital en los andes, forjar un Estado Trinacional con Ecuador y Bolivia, etc. Todas estas medidas serán importantes pero insuficientes ante lo primordial: elaborar una filosofía nacional. La importancia que otorga al factor subjetivo e ideológico, como Gramsci, es decisiva para que todo el esfuerzo político no sea estéril. Es necesario imaginar otro destino, y para ello son necesarias las Ideas Fuerza, y eso sólo se logra con una filosofía propia.

En una clara alusión al aspecto más débil de la filosofía del salazarianismo conjetura que no se puede seguir hablando de luchar contra la dominación cuando subestimamos la propia energía creadora de la cultura andina. La Nación Andina para seguir adelante necesita de un nuevo espíritu, el mismo que será fruto de una filosofía andina.

Chacón señala que la filosofía mitocrática, con su nítida distinción entre el logos del mito y el logos de la ratio, es el vehículo para estructurar un nuevo espíritu andino. Sólo así se puede afrontar las tareas pendientes y librarnos de la órbita de Occidente. El objetivo es afrontar el reto de construir una nueva hegemonía ideológica, con la cual Indoamérica pueda renacer. El modelo de desarrollo será transitoriamente capitalista, nacionalista y regulado, fortaleciendo un esquema internacional multipolar.

Pero Chacón insiste en la construcción de una hegemonía política e ideológica, como única alternativa eficaz que haga posible transformar los fundamentos religiosos nacionales. Considera que sin una filosofía distinta es irrealizable imponer una nueva hegemonía cultural. Y en el nuevo horizonte filosófico destaca la revalorización del Mito, como sustento integrador e inquebrantable de la vida comunitaria. Siendo yo el creador de la filosofía mitocrática me encuentro en la situación embarazosa de tener que mencionarla. Pero Chacón no se amedrenta para afirmar que la sociedad andina moderna puede afirmarse en una filosofía del mito, de lo simbólico, analógico y metafórico. En una forma de razón no instrumental que haga renacer la sociedad multicultural andina.

No obstante, reconoce que hay problemas pendientes al interior de la filosofía mitocrática. Cuál será el sentido que tendrá que tener la modernidad dentro de ella, cómo se organizará la sociedad, la cultura, el arte, las fuerzas armadas, la ciencia, la industria y la tecnología. Por mi parte no tengo las respuestas, pero Chacón con optimismo recuerda que el camino de la razón de Occidente culminó en la destrucción de la naturaleza y el camino del mito de los antiguos peruanos culminó en la armonía con su medio.

Pero son las mismas convicciones optimistas de Chacón sobre la Nación Andina para superar el Perú invertebrado, lo que nos conduce a reflexiones que tienen que ver con el Genio Andino. Cuando el general Velasco Alvarado -un criollo- dio punto final a la marginación del indio, el paciente genio andino demostró con especial agudeza la tragedia de la creación y la crisis de la cultura. Comenzó su adaptación de modo vertiginoso, sobretodo en el ámbito urbano. Transcurrido medio siglo el alma andina no demostró una oposición a la creación de los valores de la cultura burguesa. El emporio comercial de Gamarra es un ejemplo en la urbe, y la diversificada red exportadora tejida en los andes es el ejemplo en el campo. Esto fue lo que llenó de entusiasmo a Hernando de Soto y lo llevó a proclamar que el andino era partidario del capitalismo popular. ¿Esto significa que en el genio andino no hay sed de otra creación que fundamente una nueva vida y un mundo nuevo? Sabemos que el alma andina no es exactamente igual al alma criolla latina y no acepta con facilidad la separación del objeto y del sujeto. Pero también sabemos que en el terreno de la cultura diferenciada el Perú aparece en segundo plano. Sus impulsiones creadoras se someten a lo vital, esencial, ya sea de índole religiosa, moral o social. El culto de la belleza por la belleza, la verdad por la verdad, o sea el culto de los valores puros de ninguna manera parece pertenecer al genio andino actual. Es más que probable que sí lo haya sido entre las élites del Perú precolombino, pero eso es un pasado perdido. Esto me lleva a establecer una diferencia sustancial entre el genio andino precolombino y el genio andino actual, o sea después de cinco siglos de vejaciones y degradación. Si el genio andino precolombino pretendía la salvación del mundo -de ahí sus monumentales y ciclópeas obras públicas-, en cambio el genio andino actual pretende la adaptación y sobrevivencia en el mundo -de ahí el primer lugar de emprendorismo en el planeta-. Pero aquí hay algo más profundo que tiene que ver con el rasgo de la raza. Lo que hay de grande y verdaderamente original en la cultura peruana está ligada a la capacidad para crear constantemente valores culturales, como lo crearon el alma latina o germánica. Por ello, Mariátegui, Arguedas y Vargas Llosa expresan la tragedia y la crisis de la cultura andina en grado extremo. La raza andina es una vieja raza, pero que a diferencia de la germánica y latina no pierde su mesianismo palingenésico. El genio andino está en proceso de restauración y mientras más se fortalezca irá creando valores contrarios a la cultura burguesa. El genio andino es cualquier cosa menos la raza de las posiciones extremas. Gusta del justo medio, está acostumbrado a avanzar lento pero sin pausa y progresivamente hacia su objetivo. Del sitial de alta cultura que ocupaba fue sumida en los bajos fondos de la barbarie. Pero la vemos lentamente resurgir de entre los escombros porque guarda en su entraña el impulso que la lleva hacia el pináculo del porvenir. El genio andino no volverá la vista hacia sus riquezas pretéritas, porque incluso su resurrección será recuperar lo más esencial de su impulso creador, a saber, la salvación y creación del nuevo mundo.

Finalmente, este es el lugar para expresar mis coincidencias más no para desarrollar mis diferencias con el autor (que por lo demás se refieren a mi cuestionamiento de toda forma de panteísmo, la importancia metafísica del esencialismo, la divinidad ordenadora andina y el papel de la religión cristiana del amor dentro de un nuevo imaginario andino). Pero entre todas las ideas sumamente valiosas vertidas en su libro, Chacón tiene además el mérito de rescatar lo más esencial que tiene la condición humana, a saber, su Libertad Creadora. Efectivamente, todo su discurso se erige sobre la convicción de que lo andino tiene como alternativa de futuro no Copiar sino Crear.


Lima, 22 de Abril del 2017 

miércoles, 19 de abril de 2017

UN PAPA CONTRA BABILONIA

UN PAPA CONTRA BABILONIA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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De todas las frases vertidas por el Papa Francisco en el Vaticano quizá la de más profundidad y repercusión sea aquella como ésta: “Prefiero una Iglesia herida, sucia y hambrienta, que rica y poderosa”. No menos importante fue cuando visitó el garaje del Vaticano y quedarse pasmado por los lujosos Mercedes Benz al servicio de los prelados. Esto lo llevó a admitir la escandalosa corrupción en el Vaticano y a reducirse a un modesto auto utilitario eléctrico.

También sus salidas a pie para realizar visitas son un verdadero dolor de cabeza para su seguridad personal. O cuando afirma que el deber del cristiano es participar en política. Rechazó igualmente calzar los famosos zapatos rojos. Y no menos importante que rechazar lujos y ostentaciones es su actitud de asistir con su presencia y materialmente a los afligidos de terremotos, a los pobres, gitanos, con sus visitas in situ, que deja muy mal parados a los cómodos purpurados egoístas.

Todo esto llevó al sector más recalcitrantemente conservador e integrista del catolicismo a emprender una campaña contra el valiente Papa argentino para tildarlo de “comunista”. Ya los libros de Gianluigi Nuzzi “Vaticano S.A.” (2012) y Emiliano Fittipaldi “Avaricia” (2015) habían revelado las escandalosas fortunas ilegales que ostentaban los purpurados de la Santa Sede. Lo que ha llevado al Papa Bergoglio a reformar la Iglesia empezando por nombrar a nuevos cardenales y clérigos combativos para salir de su solitaria lucha contra las lacras del imperio financiero de la Iglesia.

Pero la tarea de luchar contra la corrupción, la avarica y la pedofilia está llena de obstáculos. No sólo son 207 cardenales, más de cinco mil obispos y cerca de medio millón de sacerdotes los que componen la Iglesia Católica, sino que hay algo más profundo y es de índole moral.

Efectivamente, y con esto volvemos a las palabras iniciales del Papa en este artículo. Se trata de que la moral de la Iglesia esté sumisa a la moral oportunista del mundo burgués. Y es que el gran pecado reside en que la moral tradicional del mundo cristiano no ha sido creadora sino conservadora. La Iglesia alabó siempre las virtudes negativas de la humildad, la abnegación y la continencia, y silenció las virtudes positivas como el coraje, la nobleza y el honor. El resultado fue una religión de obediencia en vez de una religión de amor. El mensaje evangélico de Jesucristo fue distorsionado por el peso de una burocracia eclesiástica obsedida por el poder y el dinero. La religión de amor fue pervertida en una religión de obediencia.

El excesivo énfasis puesto en la obediencia por los Padres de la Iglesia al final sólo fue beneficioso para una moral económica, para el Estado, la familia y la ciencia. El cristiano tenía que obedecer antes que pensar creadoramente. Esto se convirtió en un pesado fardo que consagró la moral canónica oficial. La obediencia como prueba impuesta al hombre como consecuencia del pecado fue usufructuada por una clerecía osificada y exangüe.

La revelación cristiana es buena nueva de bien, libertad y amor, no de sumisión ciega por el pecado. Pero el cristianismo se desarrolló impregnado de una dañosa moral utilitaria, adaptada enteramente al mundo. Esto es lo reprochable y no los excesos de ascetismo, ni los ejercicios espirituales de las órdenes religiosas. La obediencia ciega es enemiga de todo heroísmo y todo sacrificio, y es cómplice de toda corrupción y concupiscencia.

No cabe duda. La Iglesia católica yace corrompida en el lecho ponzoñoso del mal. Y el Papa Bergoglio hace bien en denunciarlo y enfrentarlo. Pero su lucha será vana, como lo fue en la Contrarreforma, si no se reemplaza la religión de la obediencia por la religión del amor, la moral de sumisión por la moral de creación.

Que la cochera del Vaticano esté repleto de autos de lujo, que los purpurados lleven una vida muelle y de placer con sus cuentas bancarias escandalosamente ricas y en sus departamentos de suntuosidad no llama la atención porque se corresponde con la moral utilitaria que corroe las entrañas del evangelio de Jesucristo.

El Papa Francisco es jesuita. Sabe ver las cosas en profundidad. Y no se le debe escapar que hay que revolucionar la moral cristiana. Sin ello todo intento de cambio será arar en el mar. La moral cristiana no debe encontrar su sanción más elevada en la mística de la obediencia sino en la mística de la creatividad.

La cosa no es fácil. Hasta el propio Kant con su imperativo categórico no pudo escapar al mismo conformismo predicado en la religión cristiana de la obediencia. Sobrevaloró la libertad y olvidó el amor. Lo que equivale que el imperativo categórico conduce al terrorismo, a Auschwitz y al Holocausto, pues la universalidad normativa se desplaza a la convicción subjetiva. Al final, como en el posmodernismo, cada individuo se convierte en la medida de su ley moral.

Si la ley moral kantiana incurre en formalismo, la ley moral cristiana incurre en utilitarismo. Cómo la religión del amor pudo olvidar al amor mismo. Cómo se pudo obliterar la visión de este valor supremo. Se trata de una anormalidad cultural adquirida, por tanto no permanente y susceptible de modificación, que fue sostenida por la jerarquía eclesiástica. Pero ésta representa en el fondo el conformismo oportunista y la subordinación de la personalidad autónoma.

Por ende, sin una moral creativa del amor será infructuoso todo intento de modificar la conducta de la figura eclesiástica, acantonada dentro de estrechos límites acomodaticios. Esos purpurados que viven como príncipes, en asilos cómodos, lejos del peligro, de la necesidad material y el combate contra el pecado no sólo no representan a Cristo, no sólo son usurpadores de su evangelio, no sólo son eunucos incapaces de ascender a la cima del espíritu creativo de Prometeo, sino que justifican el luciferino mundo venal de la oportunista moral burguesa.

El conformismo democrático-burgués ha horadado y agusanado la moral del amor del verdadero cristianismo. La moral de la obediencia que vive rodeada de placer, dinero y poder es burguesismo o adaptación al mundo moralmente inerte y abatido. Por ello, una profunda revolución en el Vaticano también representa devolver el territorio y los tesoros culturales al Estado italiano y vivir en la pobreza de Cristo. Pues en la verdadera moral cristiana no hay nada que sea burgués. Esto nos hace pensar que no ha sido la moral de San Francisco de Asís lo que ha imperado en la Iglesia, sino la moral truculenta del Papa de los Borgia, adaptada a la vida con sus preocupaciones por la organización, comodidad y seguridad.

Este cristianismo mendaz, groseramente burgués, que refleja la moral baladí del mercader y borró en el siglo XIX y XX los últimos vestigios del ascetismo cristiano, es la principal responsable de la decadencia moral y espiritual de la Iglesia Católica en el mundo. Riqueza, poder, voluptuosidad sexual, lujo, confort, depravación han vencido a los verdaderos valores cristianos. El cristianismo burgués es un organismo lleno de llagas infectas y de pus. En ese contexto no llama la atención que esté desapareciendo la belleza de su ideal. La moral del amor no puede olvidar que el acceso al reino celestial es más difícil a los ricos, poderosos y bienaventurados de este mundo.

El Papa Francisco sabe bien que la religión de Cristo colisiona con las genuflexiones aborrecibles delante del dinero y del poder, junto al reconocimiento de los mercantilistas valores burgueses. Por eso la banca vaticana debe disolverse. El Banco Vaticano no tiene su fuente en el Evangelio de Cristo sino en el de Satanás. Su origen es extra-cristiano, pre-cristiano e incluso post-cristiano. No representa la moral del personalismo cristiano. La persona humana vale por lo que es y no por lo que tiene o posee. Aquellos prelados que acumulan fortunas y viven en el lujo deberían ser expulsados de la Iglesia, como Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo. Es imposible crear un nuevo mundo aceptando el viejo mundo degenerado y venal.

Sin sumisión al desprendimiento no es posible ir más allá en la edificación de un mundo nuevo y en el despojarse del viejo Adán. La humildad es buena porque emancipa del mal. El Pontífice da ejemplo de ello al visitar a los pobres. Pero es insuficiente para edificar la totalidad de la ética cristiana. Hay que tener presente que la humildad fácilmente ser trueca en hipocresía, lo cual lleva a la muerte espiritual. El Papa Begoglio debe ir al encuentro del descubrimiento de la moral del amor creativo para asegurar una verdadera revolución espiritual dentro del cristianismo católico.

Nietzsche intentó rebelarse contra la moral cristiana y su éxito quizá hubiera sido rotundo si hubiera tomado en cuenta al amor. En la moral cristiana, como bien lo señala Scheler, no hay resentimiento sino acto libre de renuncia y amor. No ver esto ni el Reino de Dios es la raíz del extravío del juicio de Nietzsche. Pero la Iglesia al sucumbir a la moral utilitaria no sólo es víctima del resentimiento moral contra los valores superiores, sino que, y esto es lo más grave, se hace eco del resentimiento metafísico de la modernidad contra el mundo trascendente. Y esto sí que representa un veneno mortal, a saber, el nihilismo integral. Este resentimiento metafísico es la raíz que en la modernidad está deformando a los valores. La salida es invertir los valores del mundo burgués y de la decadente civilización moderna. No hay cristianismo sin reproducir el camino interior del Gólgota. Y esto se traduce en el mandamiento de amar al prójimo y a toda la creación. Sin amar al prójimo a su creación no hay amor a Dios. Esto es lo más sólido y precioso que tiene el cristianismo. Pero para que esto reine hay que hacer trizas la moral ortodoxa de la iglesia. No hacerlo es dar muestras de senilidad.

La curia más reaccionaria en el seno del Vaticano seguirá conspirando contra el Papa Francisco. Y es normal que lo haga, porque la serpiente busca inyectar su toxina hasta que no se le pise la cabeza. Esta representa la vejez de la humanidad. También su debilidad y astucia. Pero la moral evangélica es despreocupada porque no está centrada en el tiempo sino en la eternidad. Sólo lo caduco se centra en el tiempo y vive lleno de angustia y temor. Esa es la moral burguesa, sólo preocupada por su subsistencia. Tomad el ejemplo de las aves del cielo y los lirios del campo, reza el evangelio.

El evangelio está lleno de espíritu juvenil y no de senectud. No existe la revelación de la naturaleza seráfica del hombre sin confianza en la eternidad. Por eso, cuando Nietzsche condena la moral de esclavos del cristianismo yerra, porque con ello se refiere a la moral cristiana de sumisión pero no a la moral cristiana del amor. La moral cristiana del amor son de fuerza creativa y confianza festiva contra el tiempo. Además, los hijos de Dios no pueden ser plebeyos, sino aristocráticos.

 El cristianismo es religión de espíritus fuertes y no débiles. Y eso es lo que nos recuerda el Papa argentino cuando dice que prefiere una Iglesia herida pero no vencida. Porque son verdaderos vencedores, son los más fuertes, los que han vencido este mundo lleno de tentaciones. Nada de complejo de inferioridad y de servidumbre, porque la gracia del Redentor colabora con la naturaleza humana pero no la sustituye. Nuestra participación en Cristo y en la Santísima Trinidad se opone a toda debilidad del hombre. Sólo el fuerte es capaz de sacrificarse. Por eso en el sacrificio reside la fuerza del espíritu del cristiano, porque es ir en pos de Cristo. Este renunciamiento es todo lo opuesto al burguesismo, porque es una vida peligrosa. Pero es un camino ascendente, lleno de amor y valores superiores.

La crisis mundanal de la Iglesia es una crisis moral inserta dentro de una crisis metafísica mayor. Por lo tanto, hace falta no sólo una revolución de la conciencia moral, sino también una revolución de la conciencia metafísica de la modernidad. Ello significa que teólogos y filósofos están llamados a esta revolución del hombre por un mundo nuevo. No en vano vemos que las anomalías sexuales son el síntoma mórbido de la crisis de nuestra especie. A la vista tenemos en las llamadas democracias liberales la aberrante imposición totalitaria en las escuelas de la luciferina ideología de género, que busca homosexualizar a la niñez. La misma que después de arrasar con la moral en Europa busca hacerlo en América Latina. En realidad, todos estamos llamados a oponernos a semejantes abominaciones y a la creación de una nueva época creadora en el ideal del amor de Cristo. Se trata de participar con Dios en la creación del Ser, de un nuevo mundo.

El hombre anético, el amoralismo pertenecen al nihilismo. Este crea un caos y no un cosmos. A esta legión pertenecen los eclesiásticos rodeados de dinero y poder. También los creyentes tibios, que llenan las iglesias los domingos para pecar el resto de semana. El temor pánico de perder la salvación del alma propia debe ser sustituido por la alegría de salvar un alma del prójimo para el cielo. Si semejante miedo carece de nobleza, equivalente alegría está desprovista de egoísmo. Lo primero reduce a la nada la semejanza del hombre con Dios, lo segundo hace justicia a nuestra filiación divina.

El egoísmo y el miedo son gemelos, en cambio la alegría y el sacrificio por el prójimo está henchido de espíritu viril y creativo. Esto último es verdadera bravura religiosa. La osadía e intrepidez en el amar al prójimo para imitar a Cristo son las cualidades más altas para una religión creativa. El verdadero honor del hombre consiste en ser semejante al Creador. En cambio hoy el honor ha sido avasallado por las virtudes mendaces del mercantilismo. La ruina del honor representa la ruina del nivel espiritual de la humanidad. Y por eso el cristianismo es reconocimiento del valor absoluto de la persona humana.

En una palabra, cristianismo es creación de una sociedad nueva por el amor, es una sociedad del espíritu por la semejanza del hombre con Dios. Y la moral que cabe perfectamente en ella es una moral de creación y no una moral de sumisión. La moral de sumisión democrático-burguesa es oprobio y no guarda vínculo con lo divino. Sólo destila altruismo humano que no guarda proporción con lo divino y es una forma disfrazada de utilitarismo. La riqueza y el bienestar material tan condenables para el Papa Francisco, rebajan y aniquilan la superioridad de los valores espirituales.  

Lo que a la moral cristiana le interesa no es la nivelación ni lo unidimensional, el plebeyismo espiritual, sino la personalidad creadora sobre la base del amor. Ahora se puede comprender a la perfección que las reformas que el Papa aspira en el seno de la jerarquía católica significan barrer revolucionariamente con la moral altruista burguesa y su acomodaticio utilitarismo. Porque sin ello no será posible plasmar creadoramente la semejanza cósmica del microcosmos del hombre con Dios en un nuevo mundo. El cosmos clama por llenarse de la personalidad creadora. Pero esta tarea es personal y comienza primero con cada uno de nosotros. Por eso se ha dicho: no juzguéis.

El secreto de la redención es que una invitación personal para continuar con la ley de la creación en nosotros mismos en miras de lograr un nuevo cosmos. La aspiración fáustica del hombre hacia la plenitud de la vida escapa a la necrosis demoníaca cuando une la creación al amor. Dios mismo deseó la revelación de la voluntad humana, para que se pusiera al servicio del cosmos y no del caos. El dionisismo bárbaro es demoníaco, pero el dionisismo cósmico es divino. El cristianismo no es sofocamiento yóguico de la naturaleza dionisíaca del hombre. Al contrario, es su encauzamiento creador por el amor.

No hay duda. La ética humanista secular está en una profunda crisis. Es una crisis religiosa mundanal que exige un cambio revolucionario hacia la ética del amor de Cristo. Sólo así se puede entender que es posible velar por la semejanza humana con Dios. En este sentido, hacer posible una época religiosa creadora contra el vil materialismo económico burgués no significa ir hacia la derecha o izquierda porque la vida del espíritu exige marchar en altura y profundidad al mismo tiempo.

 No hay duda de que el Papa Bergoglio, como todo hombre con temor y amor al Padre, se escandaliza como Jesús cuando la casa de Dios es convertida en casa de ladrones. Esta situación está profetizada cuando Pedro por falta de fe comienza a hundirse en las aguas (Mateo 14:29). Así, el Vaticano se está hundiendo en la codicia y la corrupción, pero Cristo está presto a darle una mano de ayuda. El Papa Francisco reacciona, se arma de fe y amor al Salvador para arremeter contra aquellos fariseos que hacen de la religión del amor una religión de obediencia.

¡No! Jesucristo no vino para imponernos esclavitud, ni a ejercer la compasión -la compasión es de naturaleza budista-, sino que vino principalmente a exaltar la fuerzas espirituales del hombre unido a Dios,  a liberar al oprimido, dar de comer al hambriento y perdonar los pecados. Vino a restaurar la libertad del hombre, no a someterlo. El poder fue una de las tentaciones del demonio rechazadas por Cristo en el desierto. Y es que el poder es imperialista, es enemigo de todo movimiento creador. El Estado y el gobierno son mundos separados donde lo esencial es la obediencia a la ley. El Nuevo Testamento justifica el gobierno pero no aprueba la sumisión esclerótica del movimiento creador. En una palabra, la raíz práctica del mal en el Vaticano es que sea un Estado.

El absolutismo teocrático papal es incompatible con el cristianismo y no facilita la libre fusión con Dios. El verdadero cristianismo no acepta el mundo tal cual es, se llena de indignación divina y descubre la posibilidad de transformar el mundo en el amor. El cristianismo es revolución, porque liga el futuro con la creación. En este sentido no es ese tipo de revolución reaccionaria que siempre está atada al pasado, sino que es ese tipo de cambio que comienza dentro de nosotros mismos. Por eso, liberalismo, estatismo y anarquismo son falsas religiones porque están siempre fuera de nosotros mismos. Especialmente el socialismo, que prolonga el orden burgués con el ideal de hacer de toda la humanidad una burguesía universal. Por ello, a pesar de su verdad relativa, pertenece al imperio de la necesidad y no el de la libertad.

Cuando el papa Francisco se escandaliza por los lujosos Mercedes Benz que reposaban en la cochera del Vaticano estaba expresando el ideal ascético cristiano pero lo paradójico es que lo hacía desde el palacio papal, es decir, desde una sociedad no ascética. En otras palabras, se encuentra atrapado en una doble lógica paradójica. Romper la paradoja significa reivindicar el valor del sacrificio y dejar de avalar los valores burgueses. Se trata de ligar la vida nueva con la armonía cósmica, tal como lo efectuó san Francisco de Asís en su incontenible impulso creador. Sólo así la política llega a las raíces del ser, se vuelve metafísica y ontológica. Sin sacrificio no hay real liberación, porque el don del sacrificio es de naturaleza cósmica.

La crisis que afronta el papa Francisco con la curia vaticana es al mismo tiempo la crisis mundanal de los valores. Y sin sacrificio de los valores burgueses no habrá el salto hacia el dominio de la libertad, donde mora el Reino de Dios sobre la Tierra. Sin transfigurar el mundo natural no hay modo de superar el reino de César. Pero no se trata de una transfiguración tecnológica sino espiritual para llegar a la sociedad del amor. Sin espíritu de libertad dentro del ideal cristiano no es posible la oposición a la sociedad anticristiana.

No se trata de democracia con su idea vacía de igualdad que destruye al hombre interior y lo subyuga al tema de la justicia. El genio del democratismo es someter la vocación y la grandeza a la mecánica del mayor número. Por eso es profundamente enemiga de lo superior y creador, de la jerarquía cósmica y del hombre interior. Pero el mundo burgués no sólo triunfa con el democratismo sino también con la civilización técnica, y es así porque también es profundamente despersonalizada. La tecnología hechiza el alma humana y destruye su espíritu. Desata demonios perversos y peligrosos que le dan un poderío sospechoso. Está más cerca de la magia negra. Y prepara al hombre no para una nueva vida soberana sino para ser desechado por los autómatas. No nos engañemos, el hombre no es amo del maquinismo abrumador sino su esclavo.

Muchas fuerzas tendrán que ser destruidas para alcanzar el reino de Dios. Aquí no se trata de evolución social ni transformismo social, sino de verticalidad espiritual. Todo cambio hay que esperarlo del renacimiento del Espíritu, porque el mundo de Dios sólo es conmensurable con el crecimiento del Espíritu. Acontecimiento que ocurrirá en la Tierra porque ella es metafísica, eterna, pertenece al otro mundo, y no sólo es física. Y es así porque la transfiguración será cósmica.

Lima, 19 de Abril 2017

jueves, 13 de abril de 2017

LA RÚBRICA DEL ANTICRISTO

LA RÚBRICA DEL ANTICRISTO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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En tiempos extremos como los actuales, donde la libertad luce pervertida, desmañada y desvaída, Dios no tiene necesidad de seres obedientes y llenos de miedo, sino de seres con coraje para asumir una libertad extrema con justicia y caridad. La presente era no es solamente de apostasía, decadencia, impiedad y sevicia sino también de desafíos, de creación y libertad. Estamos viviendo una época creadora del mundo y la libertad que corresponde a la misma no es la que pierde la filiación divina refugiándose en la inacción y el temor, sino en la acción decidida por la construcción crística de un mundo nuevo.

Anticristo hace referencia a dos cosas, a saber, a un adversario decisivo de Jesucristo y a la anticipación del antagonista mediante la acción de los apóstatas que reniegan del cristianismo. En filosofía la rúbrica del anticristo se deja ver en el triunfo de la era de la apostasía de la secularización atea y en el antihumanismo que en esencia es la negación de la semejanza humana con Dios. Es decir, el hombre es un ser material y espiritual al mismo tiempo, pero los tiempos modernos de Occidente insisten neciamente en desespiritualizar al hombre. Esto ha tenido como primerísima y grave consecuencia moral la desmalignización del mal y la malignización del bien. Con ello el círculo del Anticristo en la era de la apostasía está cerrado.

Filosofía es penetrar en una esencia nueva en vez de someterse a la necesidad científica. No es someterse a la femenina receptividad pasiva sino elevarse a la masculina actividad creadora. Porque el acto creador es el acto primero del ser tiene un punto de partida ontológico, que será desconocido por la modernidad subjetivista para darle a partir de la filosofía crítica del kantismo sólo un alcance gnoseológico. Además, no toda creatividad es sinónimo de elevación espiritual, pues también hay una pseudo-creatividad –que más bien es falacia y engaño- para el descenso del espíritu. Y esta clase de creatividad es la estamos viviendo desde la modernidad. Todas las filosofías naturalistas y materialistas viven aplastadas, inertes, engravecidas, sofocadas por la materialidad determinista del mundo. En cualquier grado llevan siempre la marca del determinismo. Sólo la filosofía basada en el espiritualismo activo es capaz de alzarse sobre el yugo activo de la naturaleza y la sociedad. 

En este contexto el Anticristo es el gran embaucador de nuestros días que viene a ofrecer la felicidad del no-ser. La cultura posmoderna es el seudo-Paraíso que ofrece con la resurrección hedonista de la carne, la fragilidad del sujeto, el narcisismo andrógino, la vida sin imperativo categórico, declive de la razón, oscuridad de la intuición, imperio de lo débil, apoteosis caótica de lo festivo, nihilismo sin tragedia, indiferencia moral, retorno de la magia negra. En una palabra, a la libertad caída diabólica le acompaña la discordia, el caos, el vicio, la depravación, el odio, la división, la disensión y la anarquía. Mientras el amor es el contenido de la libertad auténtica, el odio y el vicio es la entraña de la libertad diabólica. No en vano la drogadicción masiva en las sociedades capitalistas más avanzadas refleja la petrificación de las fuerzas creativas del espíritu, la esclerotización de la libertad por la fuerza del vicio y la decadencia de la fe en la época de la redención. 

El mal no es ningún cumplimiento escatológico de algún proceso teogónico ineluctable, como suponían los místicos alemanes. Por el contrario, el mal es el mal hábito y opción de la libertad en el ejercicio de la virtud. El mal no viene de Dios, sino de la libertad negativa, malsana y diabólica. La posmodernidad es la última convulsión de la arcaica libertad diabólica. Por eso es que no es creativo sino orgiástico, desconoce en el hombre su contenido universal superior, niega su microcosmos y su condición cósmica, anhela febrilmente nunca separarse de la dependencia exterior, celebra la disminución de la personalidad creativa, su individualismo es enemigo de la individualidad, y ahonda la tendencia nihilista hacia el no-ser. 

Su afirmación histérico-narcisista de la individualidad representa la negación radical del individuo. Encarna la tragedia final del individuo, en tanto que representa la tragedia de la libertad privada de contenido. Su psicología servil a las cosas es un retorno a la edad infantil. En su no saber lo que quiere lo quiere todo y a la vez no quiere nada. Todo lo aburre y todo lo quiere. En su apasionamiento por sentir el deseo por el deseo se pierde en la selva de la concupiscencia. Es el retorno a la libertad de la caída y a la edad infantil de la historia. Pero esta libertad sin contenido es disolvente y autodestructiva. Ni siquiera es comparable a la libertad negativa de la que habla Fromm o a la libertad antidialéctica del hombre unidimensional de Marcuse. Aquí la libertad recibe una dirección ilusoria, demoníaca y se destruye. Por ello, la libertad posmoderna no es creadora, es negativa, es huera, donde el hombre pierde todo contenido universal y está incapacitado para dirigirse hacia la creación.

Lo que tenemos en la actualidad no es cultura sino civilización. Toda gran cultura crea primero una gran arquitectura y predomina la escultura y la plástica (griegos, edad media, mayas, incas). En cambio, toda civilización crea primero una gran técnica y predomina y la música. La pintura es ambivalente, porque puede expresar la desencarnación del otro mundo en favor de este mundo. Por eso florece en medio del tránsito de la cultura hacia la civilización (Renacimiento). China madura pronto como civilización, Oriente como cultura y Occidente pasó de la cultura a la civilización. Toda cultura notable es tránsito hacia otro mundo. Por el contrario, toda civilización es reafirmación de este mundo.

En sentido estricto, la posmodernidad es más peligroso que cualquier sectarismo filosófico porque crea la ilusión de felicidad. Ha llevado al hombre de nuestro tiempo a un individualismo tan opuesto a su universalidad que desemboca en su propia deificación. Pero tal deificación es engañosa e ilusoria, que lleva hacia la destrucción del hombre, a su caída en la nada. Pues el hombre es infinitamente creativo si por encima de él está Dios y es tremendamente miserable si por encima de él está la Nada. Este engrillamiento del hombre al nivel más bajo del ser es la mendaz jugada del Anticristo que busca materializar la petrificación del espíritu. Pues el secreto creador del ser no puede ser descubierto en un clima de pasiva obediencia a la opresión de la materia y de la nada.

La filosofía no es ciencia sino conocimiento intuitivo del ser y acto creador del espíritu humano. Pero desde la modernidad la filosofía salió de ser esclava de la teología para ser esclava de la ciencia. Es más, la filosofía cientificista no procede sólo del materialismo y positivismo, del criticismo kantiano y del pragmatismo, sino de la escolástica y de Aristóteles. Pero es en la modernidad en que la filosofía aspiró a convertirse en ciencia estricta. Esta esclavización del espíritu de la filosofía al método científico, al dato, a la experiencia y a la lógica sofocó su libertad creadora. Terminó sociologizada, fisicalizada e historizada. La lógica filosófica terminó siendo absorbida por la lógica científica. Y la crisis profunda de la filosofía queda expresada en que en vez de ser un impulsión hacia el ser trascendente queda reducida a ser una anatomía de la razón inmanente. Así sumisa a esta verdad fragmentaria deja de sentirse en aliado del cosmos, no se percibe como un microcosmos que expresa un macrocosmos, sino que queda atrapada en la fatal antinomia entre ser o crear. Y de este modo se olvida que el hombre no sólo es una criatura creada sino también creadora, no sólo es el guardián del ser sino también creador del ser.

En este contexto, al advenir la posmodernidad, el clima auténtico de la filosofía es la apoteosis de la razón funcional y la marginación de la razón sustancial. Este triunfo de la razón funcional conlleva el alejamiento de la actividad creadora y la apología de la pasiva receptividad femenina por el dato. A partir del imperio de lo inmanente la filosofía cientifizada capituló como actividad creadora, abandonó crear ideas sustanciales y renunció a penetrar en esencias nuevas. El tipo de hombre que lo representa es el hombre anético. Cuando no indiferente al valor se convierte en portaestandarte de la inversión de los valores. No es casual que la metafísica de la inmanencia de Heidegger sea indiferente a la axiología. Y este filósofo nunca tuvo ninguna palabra de piedad sobre el Holocausto. El hombre anético es la nueva criatura de la cultura posmoderna e hija del individualismo amoral, el nihilismo integral y la voluntad de poder del "todo vale". Es la caricatura siniestra del Absoluto terrestre y la rúbrica del Anticristo. Es el deus in terris o diocesillo terrestre de las democracias consumistas y de la dictaduras totalitarias.

El sueño de la modernidad contenía in nuce el nihilismo integral. Racionalistas, empiristas, criticistas, positivistas y metafísicos comulgaron en el mismo credo de ver convertida a la Filosofía en una ciencia estricta. La pesadilla de estas filosofías mentirosas se hizo realidad al ver al filósofo encadenado a la necesidad del dato concreto dentro de los límites del mundo. Y el inmanentismo agostó el sentido del mundo e hizo que la filosofía perdiera su libertad. Pero la filosofía no debe ser ciencia ni cientificista, como vía regia para liquidar el nihilismo integral. Filosofía no es sumisión, es creación sin dependencia del aparato lógico-científico. Y la filosofía es creación porque lo sustancial de la condición humana no es su ciego sometimiento a la naturaleza, sino porque es creatividad y libertad, frente a la causalidad determinada del mundo. Por ello, nada es es más objetivo sobre el Ser que el mito.

El imperio posmoderno del hombre anético coincide con la era de la apostasía y es una crisis de conciencia donde crece la sed por lo irracional, más no es una crisis de la filosofía cientificista. No obstante, la filosofía explica la lógica e incluso la lógica científica, pero la lógica y la ciencia juntas son incapaces de explicar la filosofía. Pero la filosofía auténtica es intuición, invención, instinto, libertad, transgresión, no cree en la lógica, ni en la ciencia ni en el mundo tal como aparece.

No osbtante, la filosofía actual luce despedazada por una errónea concepción de su origen: el asombro (Platón), admiración (Aristóteles), duda (Descartes), crítica (Kant), juego lingüístico (Rorty). La filosofía no nace de ninguna de éstas, sino de la visión creadora de la realidad. El genio filosófico es visionarismo audaz de esencias nuevas. Nunca será atenerse pasivamente al dato -como en la ciencia-, sino rebelarse activamente contra el mundo para ver un más allá.

La visión filosófica es amor cognoscente. El auténtico filósofo es un hombre enamorado del misterio nupcial con la realidad. Y no hay amor sin libertad y creación. El verdadero amor es creación. Dicho misterio hace que en la filosofía no exista la lógica de la prueba -como en la ciencia-, sino una vivencia intuitiva de la verdad.

Para la filosofía ultra antropológica la filosofía surge del hombre, para la filosofía infra antropológica el hombre surge de la filosofía. Pero ambas son necróticas. Mientras una exagera el papel creador del hombre y alimenta el orgullo monstruoso del filósofo, la otra exagera el papel creador de la filosofía y es antropocida. La verdad está en el justo medio. El hombre precede a la filosofía pero también se hace con ella. Una sana filosofía antropológica es ajena tanto a la antropolatría como a la antropofobia.

La filosofía no puede subordinarse ni a la teología, ni a la ciencia ni al sentido común. Sencillamente porque no es adoración ni prueba ni algo útil. La filosofía tiene que estar libre de toda autoridad y subordinación. La fuente de la filosofía no es Dios, sino la intuición del ser. Lo cual ya implica una unión libre entre lo divino y lo humano. La verdad filosófica no es mito filosofante pero sí es filosofía mitizante.

La verdad filosófica de la filosofía mitizante, visionaria e intuitiva está más allá de la lógica deductiva y de la ciencia, habita en el ámbito de la comprensión con fe, del mito y la religión. Es conocimiento metafísico a través de los símbolos. Lo que conduce al problema cristológico del hombre a semejanza de Dios o sea a su origen divino. El hombre como punto de intersección de todos los planos del ser enlaza un microcosmos con la conciencia cristológica.

La Patrística es cristología sin antropología. El Humanismo renacentista es una antropología sin cristología. El positivismo es un naturalismo materialista sin cristología ni antropología. El Superhombre de Nietzsche es antihumanismo anticristológico del Anticristo. En el marxismo el proletariado está por encima del hombre, el hombre deificado se destruye en una superhumanidad atea ilusoria. El liberalismo capitalista encarnará el más mendaz exterminio del humanismo por la idolatría de la mercancía. Culminación del hombre anético. Es la última gran jugada del Anticristo para transformar al hombre en esclavo de la segunda gran negación: la Redención -la primera fue la creación-. El hombre de la cultura occidental queda reducido a mero mero animal parlante. El materialismo occidental es el camino de la autodestrucción y uno de los motivos por los que el Estado Islámico en Medio Oriente no podrá ser derrotado.

El ateísmo, el materialismo y el posmodernismo no es un ataque contra el cosmos, sino contra el hombre como imagen de la divinidad. Racionalismo, empirismo, positivismo, pragmatismo, cientificismo son en el fondo la negación del reconocimiento cristológico del hombre.  el posmodernismo es la secta orgiástica que con su brebaje da la ilusión diabólica de libertad absoluta. Pero la tragedia actual tiene su raíz en la ausencia de un antropologismo cristológico que reconozca al hombre como ser creador y libre. Pero este antropocidio ha sido posible primero a través de la cosmología panteísta-mística de la emanación y luego por la cosmología materialista-naturalista de la evolución. Ambas son concepciones del mundo que niegan el acto creador de Dios a partir de la nada. Con ello se niega que crear es el acto de extraer del no-ser el ser, confinando todo lo existente en un anodino flujo de energía que ni aumenta ni disminuye. 

En el materialismo evolucionista prima la conservación de la energía y la creación desaparece. Lo cual demuestra que es un sucedáneo de la negación mística de la emanación contenida en el panteísmo emanacionista. Con ello se termina negando que cada persona tenga una esencia libre e independiente porque todo no es más que un proceso de transferencia de energía. En el panteísmo el hombre es absorbido por el dios impersonal y en el evolucionismo es absorbido por la materia. Que actualmente se retenga la evolución y se rechace la creación es síntoma palmario de la decadencia y esclavización de la persona humana. Materialismo, naturalismo, evolucionismo, marxismo y liberalismo ignoran al sujeto creador, absorben al hombre en los planos inferiores del ser, no conocen la personalidad, la libertad y la creación. Pero en el Antiguo Testamento tampoco prima la creación del hombre sino tan sólo la creación de Dios, un Dios terrible que castiga al hombre por su pecado y la caída. Mientras que en el Nuevo Testamento es el Cristo redentor el que revela el poder creador del Hijo salvador y que invita a la humanidad a continuar la obra de creación en la verdad, el bien y la belleza. Pero la tentativa demoníaca consiste ahora en hacer creer al hombre que está en condiciones de crear a la persona. Más el ser creado no crea seres, sólo los crea el ser creador. Sólo el ángel caído alimenta la ilusión impía nacida de la magia negra de que el hombre puede arrebatar a Dios el secreto de la creación de la persona.

Una concepción del mundo de estas características no puede saber nada de la creación divina y de la creación humana. Al contrario, termina negando la humanidad porque cuando Dios o la materia nace en el individuo el individuo muere. En cambio la conciencia teística pone de relieve que Dios trasciende al mundo y es inmanente al mundo. Pero la cultura occidental con su materialismo consumista rampante se ha vuelto pagana y anticreadora. La única revolución religiosa que le queda al cristianismo es el reconocimiento de la libertad del hombre dentro de un espíritu de justicia y caridad. Pues, el hombre es semejante a Dios no por su obediencia sino por su libertad.

La libertad en la luciferina sociedad individualista burguesa desemboca en una nueva deshumanización porque reduce el destino humano a una mera ordenación del mundo para su disfrute material. De esta libertad degradada se supuran los monstruos del relativismo, el hedonismo y el nihilismo. Los cuales terminan separando la espiritualidad de la justicia social y alimentando el terrorismo islámico que en el fondo es una ansia por lo espiritual. Pero también es una consecuencia extrema considerar la libertad creadora humana como eje escatológico de la realidad histórico-metafísica, pues no puede reemplazar la profecía bíblica ni la voluntad inifinita de Dios.

Pues la libertad humana puede contribuir a la realización de los propósitos de Dios pero no sustituirlo. Y además la fuerza creadora del hombre recobra su plenitud no en esta vida vida sino en la otra, donde el mundo entero alcanzará una época de creación. En otras palabras, el mundo nuevo va hacia la creación y el hombre es partícipe de esta revolución cosmoantropológica porque a pesar de la caída y el pecado no ha sido despojado de su libertad. Y en la hora del Juicio la libertad del hombre refulge como nada en la ética y en la moral más que en lo estético y el saber. Salvo la libertad en lo moral todo es vanidad de vanidades, ningún acto creativo es redentor.

Pero basta esto para creer en la perfectibilidad de la creatividad humana. No sólo es posible la creación y la libertad humana si existe Dios, más aún, es necesaria. La libertad humana es relativa y no absoluta. En los tiempos modernos Nietzsche odió a Dios porque estuvo convencido de que la creación humana era imposible si existe Dios. Y Nicolai Hartmann también desde la religiosidad protestante sostuvo la antinomia irracional según la cual la libertad divina y la libertad humana se excluyen mutuamente. Ambos no comprendieron la distinta naturaleza de la libertad en la criatura y el creador.

En consecuencia, no hay nada en el universo que pueda compararse a la finita libertad del hombre, salvo la infinita libertad de Dios. Ni siquiera los ángeles, sólo el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Y si el Cristo crucificado y el Cristo Glorioso es el mismo Cristo, entonces el camino del Gólgota que recorre el hombre en su vida terrenal y el camino creador humano son el mismo hombre que el Redentor rescata para la vida eterna. Lo cual no significa que la semejanza con Dios nos haga de doble naturaleza: humana y divina. Esta condición es exclusiva de Cristo. El monofisismo de la condición humana recobra su plenitud superior o pleroma en el reino.

En cambio el platonismo priva al hombre de su libertad creadora concibiendo a la humanidad y al cosmos como configurado desde la eternidad en las ideas divinas. Y la modernidad secularista con su odio a Dios ha obnubilado la redención, ha renegado del hombre y lo somete al suplicio de su propio exterminio cibernético. Mientras que, por otra parte, solamente el cristianismo revela la grandeza del misterio humano en su libertad. Cristo no exige contemplación pasiva a su lado, sino acompañarlo en su activa lucha por el bien. Temeridad, osadía, coraje, heroísmo exige la vida cristológica del hombre. Todo lo contrario es ser parte de los sepulcros blanqueados.

Esto no significa que todo lo trascendente será inmanente por la libertad del hombre, porque su libertad es limitada y finita, pero debe coadyuvar a la llegada del reino. No otra cosa es el espíritu conciliar de Vaticano II y la teología de la liberación con la práctica de la justicia y el amor efectivo al prójimo. Y este es un punto de quiebre con la era de la apostasía del Anticristo. No hay anuncio del reino sin la activa y creadora solidaridad con los pobres, oprimidos y débiles del mundo. El hombre cristológico no sólo está llamado a esperar con pasividad sino a prever y actuar con libertad. Encarnación y Redención reclaman juntas al hombre una religiosidad activa y creadora.

Dios no es temor y temblor sino confianza en la libertad final y terrible en tiempos del Anticristo. No actuar equivale a una segunda caída. Cristianismo no es pasividad, debilidad y cobardía, y menos debe serlo en el fin de los tiempos. Acceder a la experiencia religiosa por la libertad es propio de nuestra época materialista y atea, porque a pesar de que los tiempos modernos son de gran apostasía la gracia santificante de Dios no nos abandona nunca.

Qué espera Dios del hombre en los actuales momentos apocalípticos de disolvente nihilismo posmoderno, luciferinización del  mundo, desmalignización del mal, malignización del bien, destrucción de la naturaleza, peligro de destrucción termonuclear, desigualdad social extrema. Lo que Dios espera es una libertad más elevada del hombre, porque a mayor libertad mayor responsabilidad. Es por la responsabilidad cósmica del microcosmos humano que crece el imperativo de una osadía en su libertad. Por ello, la esencia de la libertad es profundamente religiosa porque está unida a la unicidad de todo lo existente. Y por ello plenitud religioso es pleroma de la libertad.

El misterio cósmico de la redención es un acto de libertad, que enseña al hombre que es semejante a Dios por su creatividad. El hombre solamente es libre en lo universal. Sólo el creyente puede conocer la creación. Sólo el microcosmos puede conocer el macrocosmos. Lo semejante es comprendido por lo semejante. En la redención el hombre descubre lo divino en sí mismo por su libertad, llamado a participar en el reino de Dios por su actividad creadora en el cosmos.

Lima, Jueves Santo del 13 de Abril de 2017