sábado, 29 de abril de 2017

DILEMAS FILOSÓFICOS (Entrevista)

Dilemas y problemas filosóficos
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Gustavo Flores Quelopana entrevistado por G.A.F.
Abril 29 2017

G.A.F.: Tú te defines como el filósofo de lo mitocrático, lo anético y el hiperimperialismo. Lo primero concierne a la filosofía ancestral, lo segundo a la crítica antropológica de la posmodernidad y el tercero al examen de la globalización neoliberal. Vayamos a lo último. ¿Es el Hiperimperialismo una visión acertada de lo que acontece a nivel global?

Gustavo Flores: Pienso que sí. Porque no es precisamente el imperialismo exportador de capitales descrito por Lenin el que domina el mundo, sino un imperialismo de las megacorporaciones privadas, con soberanía propia, descentrado, improductivo, especulativo, cibernético, unipolar, guerrerista y profundamente desigual en el reparto de la riqueza social.

G.A.F.: ¿Pero este hiperimperialismo que en su obra se corresponde con el mundo occidental no deja en la sombra los otros imperialismos partidarios del multipolarismo?

Gustavo Flores: Es cierto, los deja fuera. Pero ello no significa negar el carácter imperialista de China y Rusia. El primero busca un imperialismo económico, mientras que el segundo un imperialismo político. Pero ambos son imperialismos que tarde o temprano se verán ante las mutaciones hiperimperialistas de sus megacorporaciones privadas, siempre y cuando no se destruyan antes en un holocausto nuclear.

G.A.F.: A propósito del holocausto nuclear que nos amenaza hoy con la crisis Siria y la crisis norcoreana. ¿Por qué cree que la humanidad está cada vez más cercana de su autodestrucción?

Gustavo Flores: Porque la civilización occidental está atravesando un período histórico de decadencia espiritual tan profunda que lamentablemente es inversamente proporcional a su poderío tecnológico armamentístico y nuclear. Mire, durante la guerra fría entre las dos superpotencias sumaban más de 80 mil armas nucleares. Hoy apenas superan las 14 mil. Pero aun son suficientes para destruir el planeta entero. Sin embargo, el problema de fondo no es lo cuantitativo sino lo cualitativo. Me refiero que el temple moral de la humanidad actual es muy feble, menguado e inseguro. Cada vez más las élites mundiales pierden el miedo al uso de las armas nucleares. Trump es un ejemplo de ello.

G.A.F.: Pero Trump representa a un imperio decadente y el tigre es más peligroso cuando está herido.

Gustavo Flores: Es cierto. China y Rusia, incluso la India y Pakistán, se muestran más contenidas en el uso de armas nucleares. Pero no hay duda que su respuesta será también nuclear en caso de recibir un ataque y entonces la apocalipsis se desatará. La civilización occidental habrá consumado su autodestrucción, la misma que comienza al final del Renacimiento, por haber roto los lazos con lo divino y entregarse a la vorágine de lo temporal. Será una pérdida irreparable ver a la culta Europa nuclearmente arrasada por la insanía guerrerista de su aliado EEUU.

G.A.F.: ¿Qué principio del Renacimiento rompió Occidente para merecer tal destino?

Gustavo Flores: El gran aporte del Renacimiento fue un humanismo que enalteció la dignidad y libertad humana. Pero ni el Renacimiento del Trecento ni del Cuattrocento rompió el lazo con lo eterno y divino, por más que éste último mantuviera una gran tensión entre lo cristiano y lo pagano. Y además fue fruto del ascetismo religioso de la Alta Edad Media. Pero todo lo que viene después es un proceso de descomposición de la cima renacentista. Así vemos que el cubismo y el positivismo coinciden en ver al hombre mecánicamente. Todo el movimiento cultural se ve absorbido por un proceso de secularización que no sólo anula a Dios, sino al hombre y a la naturaleza misma.

G.A.F.: Pero países como el Perú que no han tenido un Renacimiento, ni una Reforma, ni una Ilustración, ¿por qué se tenían que ver afectados por este proceso de descomposición?

Gustavo Flores: Por la dominación que sufrimos como países periféricos. Occidente penetró con España y nos involucró en el proceso de decadencia espiritual. No digo que la civilización precolombina fue inmune a procesos de decadencia histórica. Lo que afirmo es que nos llegó la ola cultural occidental cuando su principio cristiano ya estaba afrontando el desmigajamiento religioso –la Reforma protestante-, filosófico –racionalismo, empirismo, criticismo, positivismo, cientificismo- y político –la Revolución Francesa-. En otras palabras, el asalto a la armonía entre Razón y Fe cobraba impulso y auge. Efectivamente, en el Perú no hubo Renacimiento, ni Humanismo, ni Ilustración, ni Romanticismo, pero como lo hizo notar Martín Adán, llevamos en el alma un estro barroco que nos viene de lo andino. Lo cual se vive más bien como un malestar del alma. No obstante, lo barroco está en retroceso ante un mendaz espíritu pragmático y burgués que se va imponiendo raudamente. Lo cual nos inserta más en la corriente decadente de la civilización occidental.

G.A.F.: Su respuesta me permite ingresar al tema de la filosofía mitocrática andina. ¿Cree que su propuesta puede ser útil a movimientos andinistas a ultranza?

Gustavo Flores: Sí, pero tergiversando la propuesta. Yo no estoy a favor de ciertas visiones andinistas que buscan combinar lo mitocrático con lo ateo, secular y descreído. Al contrario, la fecundidad de la categoría es vincularla con la dimensión religiosa. Ni el mundo precolombino fue ateo ni panteísta, ni el mundo de mañana necesita un mundo de la increencia. Todo lo contrario, el exceso de razón y la perversión de la fe condujeron a ambas a su declinación actual. Les sucede lo mismo que al Renacimiento, comenzó enarbolando la libertad del hombre y terminó conculcándola con los totalitarismos de Estado o de Mercado. En este sentido, creo que lo mitocrático debe ser visto como la posibilidad de recuperar el diálogo fecundo entre la Razón y la Fe.

G.A.F.: Últimamente Ud. sostuvo una polémica con Pablo Quintanilla en el Colegio Médico del Perú sobre la filosofía andina. ¿A qué atribuye la resistencia académica para admitir la existencia de la ancestral filosofía precolombina?

Gustavo Flores: Hay varios factores y los voy a enumerar. Primero, el predominio del pensamiento anatópico. Tal como enfatizó Víctor Andrés Belaunde es muy arraigada la costumbre colonial de pensar nuestra realidad con una óptica extranjerizante. Segundo, no se pone en cuestión el magisterio eurocéntrico. Y así se piensa que Grecia fue la cuna de toda filosofía posible. Tercero, el predominante espíritu secularista de la modernidad. El cual impide ver otras formas de filosofar que están unidas a lo religioso. La filosofía es multiforme. Incluye incluso al Mito, como la forma analógico-metafórica que tiene la razón de dar cuenta del misterio del mundo. Pero de mal grado se admite la filosofía medieval, se la estudia mal, o como la filosofía colonial, no hay un curso sistemático de la misma. Menos aun se está dispuesto a reconocer la categoría de lo filosófico a explicaciones ancestrales unidas a lo religioso. Y cuarto, la pereza mental que acompaña al espíritu burocrático en las cátedras y que retroalimenta la universidad comercial o empresarial. La universidad peruana generalmente está dominada por un espíritu mercantilista. Por tanto, su fin no es investigar sino recaudar matrículas por doquier. Este envilecimiento economicista denigra la libre investigación y afecta la creatividad de su profesorado, generalmente inerte, burocrático, rutinario y en busca de prebendas económicas en maestrías y doctorandos. En pocas palabras, no hay incentivo al genio, sino al talento repetidor.

G.A.F.: A aquella importancia del factor religioso responde su interés al haber escrito sobre El espíritu de la filosofía peruana virreynal, en dos tomos. ¿Cuál fue su propósito?

Gustavo Flores: Mi finalidad principal fue investigar una intuición profunda. Veía que los filósofos de la Colonia no se limitaban a repetir un cristianismo eurocéntrico, sino que la realidad del indio modeló un cristianismo de la liberación. Y allí encuentro lo peculiar de su espíritu. Primero veo un reinado de la teología antropológica, luego una escolástica utópica liberadora y finalmente un peripatetismo reformista ilustrado. Con ello lograba una visión integral de dicho período filosófico tan descuidado en las facultades de filosofía. Obviamente me fueron muy valiosos los estudios de José Ballón, Augusto Castro, Huamaní Córdova y el clásico Barreda Laos.

G.A.F.: ¿A propósito del predominante espíritu de increencia en nuestro tiempo, diría Ud. que es un rasgo esencial del posmoderno hombre anético?

Gustavo Flores: No, es más bien una consecuencia del predominio de un tipo de racionalidad específica. Lo que gobierna al hombre anético de la posmodernidad es la soberanía de la razón funcional sobre la razón substancial. La razón funcional es externa, mecánica, superficial, atiende lo cósico, manipulable, útil, persigue un propósito aplicativo, empírico y mendaz. La razón substancial es interna, libérrima, profunda, atiende el ser, inasible, persigue el ideal y es espiritual. El hombre anético se maneja a sí mismo y a los demás como cosa entre las demás cosas, no es teleológico sino pragmático y económico. No le interesa mentir, robar y pecar. Le da lo mismo. El fin justifica los medios. Y así este tipo de racionalidad funcional gobierna la civilización occidental y destruye a Dios, la naturaleza y al hombre. Una muestra más del predominio de la razón funcional es la muerte del espíritu en la civilización occidental, la cual lo compensa con desarrollo tecnológico. Pero dicha compensación es siempre insuficiente y acelera la destrucción del hombre.

G.A.F.: En este sombrío panorama, díganos si hay alguna esperanza.


Gustavo Flores: Sólo hay esperanza en la lucha creativa y no en la pasiva espera. Pero tampoco hay que ser ingenuo pensando que un nuevo renacimiento espiritual nos vendrá por asalto. Ningún nuevo renacimiento es posible sin ascetismo religioso. Por eso, el ascetismo religioso es lo que debe venir primero. El mundo consumista y sibarita actual necesita de nuevos ascetas de religiosidad profunda. Sin esto no habrá acumulación de energía espiritual histórica.

sábado, 22 de abril de 2017

ALTERNATIVA AL PERÚ INVERTEBRADO

ALTERNATIVA AL PERÚ INVERTEBRADO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
la foto del perfil de Hugo Chacon Malaga, La imagen puede contener: 1 persona, primer plano 
Esta obra es una nueva interpretación de la realidad peruana. No es un trabajo académico pero tiene la virtud de ser un auténtico ensayo. Grandes ensayistas forjaron la cultura nacional, y en cambio hoy una legión de académicos administra la mediocridad de lo que se escribe masivamente.

Por la rotundidad justificada en el juicio, la pulcritud del razonamiento y la elevada inspiración de su ideal tenemos ante nosotros un libro de antología.

Esta obra viene a incorporarse al selecto número de libros que componen la pléyade de la interpretación de la realidad peruana, a saber, El carácter de la literatura independiente en el Perú de José de la Riva Agüero, El Perú contemporáneo de Francisco García Calderón, La realidad nacional de Víctor Andrés Belaunde, Siete ensayos de la realidad peruana de J. C. Mariátegui, El antimperialismo y el Apra de Haya de la Torre, Perú, problema y posibilidad de Jorge Basadre, Retrato de un país adolescente de Luis Alberto Sánchez, Pueblo Continente y Hacia un humanismo americano de Antenor Orrego y El Otro Sendero de Hernando de Soto.

Pero además es el fruto más maduro de la perspectiva andina de sus antecesores: Tempestad en los Andes de Luis E. Valcárcel, El Nuevo Indio de Uriel García, Del Ayllu al cooperativismo socialista de Hildebrando Castro Pozo, Presencia y definición del indigenismo literario de Tauro del Pino, Andinia de Luis Enrique Alvizuri y Sociedad mediocre de José Mendívil.

Como vemos el debate sobre los que es el Perú es arduo y permanente. No es un mero problema sociológico sino ontológico y metafísico. Se trata del destino de una entelequia milenaria sacudida por la invasión y la alienación. Esta disyuntiva fue advertida tanto por hispanistas, mesticistas e indigenistas. Chacón está lejos del indigenismo anarquista de González Prada, el indigenismo marxista-mesiánico de Valcárcel, el indigenismo cholista de Uriel García y José Vallaranos, el andinismo antioccidental de Alvizuri y al andinismo multicultural de Mendívil. El suyo es un andinismo culturalista, pues la cultura andina es el Ser de lo nacional, cuya savia palingenésica se resiste a morir. Al contrario, se recrea constantemente porque sus raíces metafísicas se actualizan tenazmente en una conciencia cósmica que hace emerger sus gérmenes históricos.
  
Leer el libro Nación Andina (2017) del ensayista, novelista y poeta Hugo Chacón Málaga representa para el peruano y cualquier persona que aprecie la perspectiva culturalista, un profundo cuestionamiento de la postergación de la cultura indígena y la validez de la inclusión del Perú a Occidente.

Para Chacón el modelo de nación criolla ha fracasado porque está basada en la iniquidad cultural, social y étnica. Basta remitirse a las estadísticas en salud, educación, inversión, ingreso, etc., para confirmarlo. La interpretación marxista también demostró su desvinculación con el Perú real y señalar solamente que el indio es el problema pero no la solución.

Entonces, el imperativo para nuestro ensayista será construir una nueva síntesis que consista en la nación andina. El mestizaje es una ficción porque carecemos de una opción binaria en religión, idioma y cultura. Coincidiendo con Fidel Tubino y Gonzalo Portocarrero, sostiene que somos un país sin identidad, porque la estructura íntima del ser andino ha sido destruida, y porque la sociedad criolla ha sido una mal imitación de Occidente.

Para demostrarlo recorre tres visiones del Perú revisando el pensamiento de Mariátegui, Vargas Llosa y Arguedas. Constata que en los tres se constata una visión occidental particular. Y no atisban que el pensamiento andino es una forma distinta de vertebrar el espíritu. Es notable e irrebatible su aguda crítica al Amauta. Señala que para Mariátegui Occidente es un axioma inamovible, y por ello comparte el enfoque criollo, según el cual, al indígena no le queda más que asimilarse. Subordina la herencia andina a la orientación criolla y ve con simpatía que un país milenario adopte la cultura occidental. Por lo demás, al indio le reconoce virtudes artísticas pero no teoréticas. Mariátegui era racista. En una palabra, el pasado andino tiene que eliminarse en aras de la dinámica civilización occidental. Chacón realiza una crítica demoledora al pensamiento del Amauta desde la perspectiva andina.

Su peliagudo análisis prosigue con Mario Vargas Llosa. Para el escritor lo único válido será la sacrosanta civilización occidental y cristiana. Pues el novelista abjuró de su tesitura serrana y adhirió su provenir a los valores criollos dominantes. Desconoce  e ignora lo andino, repudia el Perú antiguo y arcaico porque siente vergüenza  de su infancia andina en Cochabamba. Se distancia del mundo andino, de todo lo quechua y aymara y entra en cursilerías aristocráticas porque rechaza el mundo andino cholo que su odiado padre representa. Se queda con la patria criolla y remite al ostracismo la patria andina. También siente apocamiento de los parientes andinos y opta conscientemente por la identidad criolla dominante. Abdica de su herencia serrana hasta en el lenguaje y se integra con el mundo occidental. En otras palabras, igual que Mariátegui, Vargas Llosa también ostenta una visión occidental particular.

Con gran ductibilidad y sutileza aborda el pensamiento de Arguedas. Afirma que junto con el Inca Garcilaso y Guamán Poma constituye la base de nuestra nacionalidad. Considera que con Garcilaso se recupera la historia andina y con Guamán Poma el espíritu de resistencia cultural. En cambio, Arguedas es una figura más compleja, atravesado por el sino de la intensa búsqueda de sí mismo. De una primera etapa mestiza avanza lentamente hacia una etapa andina. Nunca se avergonzó como Vargas Llosa de llevar en su ser una parte india. Nunca admitió ser indigenista pero hasta 1967 recomendaba la creación de Institutos Indigenistas. Su socialismo era personal, impregnado de mito y magia. Se concebía a sí mismo como peruano, o sea español e indio. Al contrario de Mariátegui, de su pensamiento se extrae la conclusión que el Perú no será occidental sino andino sin calco ni copia. No obstante, persiste cierta ambivalencia en Chacón al tratar a Arguedas como otro exponente de la visión occidental.

Ahora se comprende la importancia que cobra para Chacón la Cultura como categoría hermenéutica central. Declara que nuestra propia cultura ha sido soslayada, avasallada y marginada por discursos que privilegian la perspectiva occidental. Pero todos los intentos de poner al país sobre los pies de una civilización extraña han fracasado. No han formado nación y sólo ha favorecido a las élites dominantes. Esta es la causa de que el Perú criollo luzca desestructurado, desintegrado, sin proyecto nacional. La cultura es piedra de toque de todo resurgimiento nacional y mientras no se reconozca que no somos occidentales y que no se puede seguir imitando a Occidente no se logrará una nueva síntesis de nuestra identidad andina y amazónica.

Dentro de su examen culturológico procede a analizar lo que Occidente expropió a la cultura andina. Y empieza con la sustancial relación con la naturaleza, donde se refleja el orden del macrocosmos en el microcosmos social, donde la naturaleza es sujeto antes que objeto. Se excluyó a los andes como eje vertebrador de lo nacional. Se quebró la complementariedad productiva. Se extinguió el universo tecnológico. Se olvidó las maravillosas obras de ingeniería y el gran manejo del agua. Se trastornó la explotación agrícola y pecuaria. Los andenes fueron abandonados y la estructura urbana trastocada. Arte, leyes y cultura padecieron una profunda modificación. En una palabra, se acometió contra el pilar fundamental de la cultura, a saber, la filosofía, religión, ciencia, tecnología y lengua. No obstante, Chacón afirma que la cultura andina fue recomponiendo su propia personalidad.

Por mi parte, quiero interrogar por lo que Occidente nos aportó. Y lo considero necesario hacerlo porque el propio genio andino no ha quedado inafecto tras cinco siglos de dominación. La cultura occidental es ante todo una cultura católica y latina. En sus mejores manifestaciones mantuvo el vínculo con la Antigüedad, fuente eterna de la cultura humana. La raza latina tiene la cultura en la sangre. Así, son propios la sutileza y la elegancia al espíritu francés, y la sensualidad y el humanismo al espíritu italiano. En ambos brilla el sol, en cambio la raza germánica es abstracta, criticista, bárbara, en ella predomina la penumbra, la revuelta bárbara (el protestantismo). Por su parte, la raza indígena adoptó el cristianismo no a lo alemán, o sea como pura espiritualidad, sino con toda su plástica y tradición. De ahí surgió lo que el Padre Manuel Marzal denomina un cristianismo sincrético, indígena. No es casual que entre los cronistas indios sólo Guamán Poma se escandaliza contra la corrupción del catolicismo. En cambio, Garcilaso y Santacruz Pachacuti buscan un renacimiento cristiano indiano. En otras palabras, el genio indio no es refractario al injerto religioso del semitismo. Cristo en los Andes se abrió paso no sólo sobre los cadáveres que iba dejando la extirpación de idolatrías, sino que el alma india hallaba algo común con su religión ancestral. Y ese elemento común era que entre el Dios Ordenador andino y el Dios Creador cristiano primaba el cosmos, o sea el orden, la cuenta y razón, la armonía. El espíritu indio es semejante al espíritu eslavo, es místico, intuitivo y autoritario. Y por eso recibió el cristianismo como lo recibieron los eslavos, con espíritu apocalíptico y escatológico. Era el cumplimiento de un Pachacuti. Se ha dicho que el indio es sombrío, obediente, taciturno y triste. El indio es silencioso y prudente por desconfianza con el criollo pero no lo es por vocación. De lo contrario veámoslo bailar entre los suyos con un rabioso zapateo. Pero se ha pasado de largo la distinción entre lo que es efecto del trauma cultural con lo que es peculiar de su genio. La cultura india es alegre como la latina, mística como la rusa, sutil como la francesa, no pertenece a las tinieblas del genio germánico sino que nace de una unión con el sol. Y por eso mismo la encarnación y redención católica, como presencia divina en la Tierra, le vino como anillo al dedo. La cultura en el genio andino no es idea abstracta sino sangre vital. Y por ello la raza india está más cerca a los latinos que a los germanos. De ahí, también, que nuestro pensamiento filosófico esté unido a la vida, sea más asistemático, espontáneo y social. En una palabra, la mística andina recibió de la cultura occidental una orientación más precisa. Y por ello, es del genio andino del que podría esperarse un renacimiento católico. No obstante, el mundo andino del presente no actúa en el aire sino que hace frente a un contexto histórico preciso. Y el presente atañe a la postmodernidad, la época del agotamiento de las certezas y las verdades fundantes. Época de debilidad, descentrada, sin fe, vacío, decadencia y superficialidad. De modo que el genio andino está frente a un tiempo de decadencia espiritual, donde luce terminado el libre juego creador de las fuerzas humanas. El naturalismo, positivismo, cientificismo y relativismo ha sumido en una inmensa fatiga, ha desquiciado y destruido el alma del hombre de la civilización occidental. El triunfo del hombre natural sobre el hombre espiritual lo llevó hacia la esterilidad creadora. Y si la cultura andina está también sumida en la civilización occidental cómo pretende evitar el fatal desenlace. Desde la Colonia la cultura andina ha abrevado de dos fuentes: lo Precolombino y lo Cristiano. Primero al desgajarse de su fondo espiritual comenzó a degenerar. Luego asimilándose al cristiano empezó a recomponerse. Pero en lo occidental se escondía una semilla de colapso: el hombre sin Dios y el hombre contra Dios. Y ese humanismo occidental que rompe con el cristianismo rompe al mismo tiempo con lo precolombino. La tradición sagrada de la cultura andina busca salvarse del ateísmo occidental y evitar la caída de su cultura reafirmándose en un sincretismo religioso. Pero dicho sincretismo no es invulnerable. Y esto ya lo vemos en el nuevo hombre andino que se nutre de los decadentes valores burgueses y le aseguran el debilitamiento de su energía creadora. En una palabra, vemos cómo el genio andino se va diluyendo en la negación occidental de la semejanza del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Así se va encaminando a la misma negación y destrucción del hombre. Efectivamente, la cultura andina no se puede excluir a la secularizada ola no sólo del hombre sin Dios y contra Dios, sino del hombre sin el hombre y contra el hombre. El genio andino no sólo afronta la negación de Dios sino también del Cristo-hombre. Este espíritu le traerá la muerte y no el florecimiento.

En el despliegue de sus circunvoluciones teóricas Chacón aborda el tema capital de la Filosofía Andina. Es conocido que los conquistadores pusieron en duda la capacidad racional del indio perulero y fueron muy pocos cronistas y pensadores coloniales que noticiaron y defendieron su capacidad racional y filosófica (Betanzos, Cieza, Polo de Ondegardo, Garcilaso, Murúa, Guamán Poma, Acosta, Anello Oliva, Bernabé Cobo). Ante esto Chacón estima que una civilización que alcanzó tal nivel desarrollo material y espiritual no pudo carecer de filosofía. Pero puntualiza que la filosofía andina no fue mera cosmovisión. Y en este aserto se enfrenta a una compacta tradición académica eurocéntrica viva hasta hoy (Salazar Bondy, Rivara de Tuesta, Sobrevilla, Zenón Depaz).

Para su refutación se adhiere a la información de la riqueza idiomática andina que proporciona Alfredo Torero, donde sostiene que en vocablos quechuas y aymaras  existen vocablos de clara connotación filosófica. También comparte el principio de relacionalidad destacado por Estermann como rasgo fundamental de la racionalidad andina. Igualmente suscribe la interpretación de Carlos Milla donde la racionalidad andina se desarrolla en diálogo con el cosmos. Y se adscribe a mi teoría del Mito como Logos filosófico, valorando la categoría nueva de la filosofía mitocrática.


En este sentido expresa: “Flores elabora un conjunto de proposiciones que echa por tierra las limitaciones de la cosmovisión para interpretar el alto pensamiento andino y se adentra en el territorio de la filosofía como sustento de su civilización. Flores instala de pie lo que estaba de cabeza al determinar que el pensamiento mítico sustenta la filosofía andina y explicar su naturaleza divergente de la racional y analítica filosofía occidental.”  

Premunido de todos estos recursos teóricos Chacón rechaza tajantemente que el mundo andino no haya tenido filosofía y que se haya limitado a la presencia de cosmovisión, pensamiento, filosofía heterogénea. A continuación señala que los temas de la filosofía andina son: el ser humano y la naturaleza presididos por el concepto de comunidad; ser, naturaleza y divinidad como triada eterna y energética de infinitas formas; una concepción del universo que no es panteísta, politeísta ni heliólatra, sino que distribuye el espacio en mundos complementarios; una concepción de divinidad que se caracteriza por la ausencia de una deidad creadora y superior expresión material de una naturaleza autocreadora –en esto sigue los planteamientos ateos, naturalistas y panteístas de Federico García-; una ética y moral basada en el trabajo festivo, basado en el principio de reciprocidad, contradicción, complementariedad y cosmovisión dual.

En este nivel encuentro un problema en el pensamiento de Chacón. Por un lado afirma rechazar el panteísmo y por otro suscribe la concepción de lo divino como energía autocreadora. Lo cual lo devuelve al panteísmo que dice oponerse. En esta oscilación suya subyace un materialismo ateo que no puede comprender a Dios como sujeto. En el mundo actual el panteísmo renace sobre los escombros del mecanicismo naturalista, el materialismo, el positivismo y el cientificismo. Todos tienen en común el predominio del inmanentismo. Los mismos coqueteos con el panteísmo lo podemos hallar en aquella divinidad más profunda que Dios de la Gottheit de la vía mística de Eckhart, el Ungrund de Jacobo Boehme, en el Uno de Plotino, el Supraser en Heidegger y en el misticismo hindú. Pero el gran inconveniente de la afirmación panteísta es que su indiferenciación impersonal culmina en el pasivismo, el quietismo, la negación del hombre y de Dios. Sencillamente en el panteísmo no tiene cabida ninguna vocación creadora del hombre. Todo se absorbe en una oscura energía divina que no sabe nada de la energía creadora del hombre, no es antropológica, es pasiva y hostil a la creación. Todo queda absorbido en el indiferenciado divinismo original, donde no se distinguen ni Dios ni el hombre. De ahí que no llame la atención que Vivekananda hable de salir de la condición humana, del mundo y de Dios para reintegrarse a la energía impersonal. A mi juicio este es un problema muy serio, no sólo porque considero que no refleja la auténtica religiosidad precolombina, sino porque no ayuda al hombre contemporáneo a una real renovación de su vocación religiosa e impide un verdadero papel creador en lo social. En otras palabras, va contra lo que el mismo Chacón predica: erigir una sociedad andina creadora, sin calco ni copia. Sobre la base de una religiosidad panteísta no es posible la edificación creadora de una nueva sociedad. El panteísmo favorece las sociedades congeladas, petrificadas y momificadas. Al contrario, considero que el real evangelio de Cristo es profundamente creador y sirve potentemente a los propósitos creativos de una sociedad andina. Para la creación de una sociedad nueva no conviene adoptar una mística cualquiera. El estrato espiritual es el más serio y de más vastas consecuencias. Por ello, hay que rescatar e incentivar la mística cristiana occidental porque está henchida de corriente antropológica. El alma católica es gótica, arrastrada hacia la altura, romántica, apasionada, activa, dinámica, voluptuosa, llena de hambre espiritual, lanzada hacia Dios. Y por eso crea en lo externo, es prolífica en arte, arquitectura, filosofía y ciencia. Con ella sí es posible construir una nueva sociedad, mientras que con el panteísmo no.

Con estas bases teóricas Chacón procede a exponer la parte medular de su obra: la propuesta política. Y con su programa de gobierno convierte a su libro en un megatexto, cuya mirada poliédrica complementa lo teórico con lo práctico. Si quisiéramos apretar en un puño lo esencial de esta parte se diría que es categórico al subrayar que todas las contradicciones que ahítan la vida nacional y la posibilidad de un proyecto patrio andino depende no de una simple sustitución de la casta criolla, ni de la mera industrialización, ni de un mendaz cambio de capital en los andes, forjar un Estado Trinacional con Ecuador y Bolivia, etc. Todas estas medidas serán importantes pero insuficientes ante lo primordial: elaborar una filosofía nacional. La importancia que otorga al factor subjetivo e ideológico, como Gramsci, es decisiva para que todo el esfuerzo político no sea estéril. Es necesario imaginar otro destino, y para ello son necesarias las Ideas Fuerza, y eso sólo se logra con una filosofía propia.

En una clara alusión al aspecto más débil de la filosofía del salazarianismo conjetura que no se puede seguir hablando de luchar contra la dominación cuando subestimamos la propia energía creadora de la cultura andina. La Nación Andina para seguir adelante necesita de un nuevo espíritu, el mismo que será fruto de una filosofía andina.

Chacón señala que la filosofía mitocrática, con su nítida distinción entre el logos del mito y el logos de la ratio, es el vehículo para estructurar un nuevo espíritu andino. Sólo así se puede afrontar las tareas pendientes y librarnos de la órbita de Occidente. El objetivo es afrontar el reto de construir una nueva hegemonía ideológica, con la cual Indoamérica pueda renacer. El modelo de desarrollo será transitoriamente capitalista, nacionalista y regulado, fortaleciendo un esquema internacional multipolar.

Pero Chacón insiste en la construcción de una hegemonía política e ideológica, como única alternativa eficaz que haga posible transformar los fundamentos religiosos nacionales. Considera que sin una filosofía distinta es irrealizable imponer una nueva hegemonía cultural. Y en el nuevo horizonte filosófico destaca la revalorización del Mito, como sustento integrador e inquebrantable de la vida comunitaria. Siendo yo el creador de la filosofía mitocrática me encuentro en la situación embarazosa de tener que mencionarla. Pero Chacón no se amedrenta para afirmar que la sociedad andina moderna puede afirmarse en una filosofía del mito, de lo simbólico, analógico y metafórico. En una forma de razón no instrumental que haga renacer la sociedad multicultural andina.

No obstante, reconoce que hay problemas pendientes al interior de la filosofía mitocrática. Cuál será el sentido que tendrá que tener la modernidad dentro de ella, cómo se organizará la sociedad, la cultura, el arte, las fuerzas armadas, la ciencia, la industria y la tecnología. Por mi parte no tengo las respuestas, pero Chacón con optimismo recuerda que el camino de la razón de Occidente culminó en la destrucción de la naturaleza y el camino del mito de los antiguos peruanos culminó en la armonía con su medio.

Pero son las mismas convicciones optimistas de Chacón sobre la Nación Andina para superar el Perú invertebrado, lo que nos conduce a reflexiones que tienen que ver con el Genio Andino. Cuando el general Velasco Alvarado -un criollo- dio punto final a la marginación del indio, el paciente genio andino demostró con especial agudeza la tragedia de la creación y la crisis de la cultura. Comenzó su adaptación de modo vertiginoso, sobretodo en el ámbito urbano. Transcurrido medio siglo el alma andina no demostró una oposición a la creación de los valores de la cultura burguesa. El emporio comercial de Gamarra es un ejemplo en la urbe, y la diversificada red exportadora tejida en los andes es el ejemplo en el campo. Esto fue lo que llenó de entusiasmo a Hernando de Soto y lo llevó a proclamar que el andino era partidario del capitalismo popular. ¿Esto significa que en el genio andino no hay sed de otra creación que fundamente una nueva vida y un mundo nuevo? Sabemos que el alma andina no es exactamente igual al alma criolla latina y no acepta con facilidad la separación del objeto y del sujeto. Pero también sabemos que en el terreno de la cultura diferenciada el Perú aparece en segundo plano. Sus impulsiones creadoras se someten a lo vital, esencial, ya sea de índole religiosa, moral o social. El culto de la belleza por la belleza, la verdad por la verdad, o sea el culto de los valores puros de ninguna manera parece pertenecer al genio andino actual. Es más que probable que sí lo haya sido entre las élites del Perú precolombino, pero eso es un pasado perdido. Esto me lleva a establecer una diferencia sustancial entre el genio andino precolombino y el genio andino actual, o sea después de cinco siglos de vejaciones y degradación. Si el genio andino precolombino pretendía la salvación del mundo -de ahí sus monumentales y ciclópeas obras públicas-, en cambio el genio andino actual pretende la adaptación y sobrevivencia en el mundo -de ahí el primer lugar de emprendorismo en el planeta-. Pero aquí hay algo más profundo que tiene que ver con el rasgo de la raza. Lo que hay de grande y verdaderamente original en la cultura peruana está ligada a la capacidad para crear constantemente valores culturales, como lo crearon el alma latina o germánica. Por ello, Mariátegui, Arguedas y Vargas Llosa expresan la tragedia y la crisis de la cultura andina en grado extremo. La raza andina es una vieja raza, pero que a diferencia de la germánica y latina no pierde su mesianismo palingenésico. El genio andino está en proceso de restauración y mientras más se fortalezca irá creando valores contrarios a la cultura burguesa. El genio andino es cualquier cosa menos la raza de las posiciones extremas. Gusta del justo medio, está acostumbrado a avanzar lento pero sin pausa y progresivamente hacia su objetivo. Del sitial de alta cultura que ocupaba fue sumida en los bajos fondos de la barbarie. Pero la vemos lentamente resurgir de entre los escombros porque guarda en su entraña el impulso que la lleva hacia el pináculo del porvenir. El genio andino no volverá la vista hacia sus riquezas pretéritas, porque incluso su resurrección será recuperar lo más esencial de su impulso creador, a saber, la salvación y creación del nuevo mundo.

También existe un tema insoslayable y atañe a la relación de lo andino con el nacionalismo o el universalismo. El Perú andino se mantiene en una posición intermedia entre Oriente y Occidente. Sería lamentable verlo labrar su futuro dentro de los cauces de un nacionalismo estrecho. El nacionalismo es el producto mórbido de la Reforma y el humanismo, que convirtió la vida religiosa y nacional en unidades estancas y la naciones en mónadas con el nuevo ídolo del estado nacional. El nacionalismo no es fruto del cristianismo, de su entraña se destiló la idea de universalidad. El nacionalismo es resultado del triunfo del nominalismo moderno sobre el realismo medieval. Las guerras mundiales encarnan su expresión más legítima y exponen la ruina de la humanidad. La nación no se propone reemplazar a Dios pero el nacionalismo sí. Y así convierte la nación en nuevo ídolo de un particularismo pagano. El sistema económico mundial capitalista engendró el internacionalismo abyecto que carece de espíritu y hunde la civilización en el materialismo más mendaz. Su contrapartida socialista generó el internacionalismo proletario no menos desgarrado de una cultura espiritual universal. Conviene entonces advertir que la nación andina debe evitar las horcas caudinas de los particularismo paganos, tanto del nacionalismo como del internacionalismo. Y contribuir al universalismo que fortalezca la voluntad de unificación religiosa y una cultura espiritual más universal. 

Por último, si la democracia es escéptica ante la verdad, nace de un siglo sin fe y es nivelador anulando toda superioridad espiritual. Y si el socialismo es una atea fe terrenal, tiene pretensiones religiosas inmanentes, es mesiánico, es el nuevo Israel, transfiere en desmedro del individuo los atributos divinos al Estado, opone la soberanía del proletariado a la soberanía del pueblo, aristocráticamente conculca dictatorialmente el poder hacia una minoría dirigente, termina al final como Gran Inquisidor renegando del pueblo y de la expresión de su voluntad. Por ello, la democracia es todavía humanitarista, en cambio el socialismo está más allá del humanismo, es terrorífico. El socialismo es una teocracia secular, un retorno a la Edad Media, pero donde el poder está en manos de una satanocracia despótica absoluta. Entonces, a la nación andina le queda reconocer que su camino es ir más allá del capitalismo y del colectivismo, de la democracia y del socialismo, de la indiferencia religiosa y del inmanentismo religioso. Deberá romper con el ateísmo que el socialismo heredó de la sociedad burguesa. Deberá apartarse del economicismo de la civilización industrial, de la adoración de Mamón. Deberá denunciar la apostasía del testamento de Cristo tanto por parte del capitalismo como del comunismo. Deberá restablecer la armonía jerárquica, cósmica y normal de la vida. La Nación Andina será profundamente de un nuevo cuño teocrático, nacerá de un siglo con fe, cree en la verdad, en la superioridad del espíritu y amor a la libertad no es formalista sino creadora. Y a esto conduce la propia historia moderna, donde la autonomía ha desembocado en la anomia, donde es devorada la propia libertad. Se vislumbra una nueva teocracia basada en una nueva teonomía. Nueva porque perseguirá en Reino de Dios no sólo de manera mística sino de modo concreta t empírica. Así, mientras democracia y socialismo son ideología, en cambio la nueva teocracia será algo orgánico a la sustancia jerárquica de la nación andina, la cual es profundamente religiosa. No existe nada más antidemocrático que la democracia de la aritmética. Eso ya no es orgánico a la voluntad del pueblo. La democracia es en el fondo la dictadura de los partidos políticos. La democracia vive del pueblo pero no para el pueblo. La voluntad del pueblo peruano es la voluntad de un pueblo milenario y no la voluntad de una democracia que desprecia los valores atávicos. En la utopía del Perú teocrático entra la leyenda, la tradición, la eternidad. La democracia es presentista e ignora todo esto. Y por ello no ama verdaderamente la libertad. Alberto Flores Galindo pretendía democratizar el socialismo, pensaba para el Perú un socialismo como el de Cuba combinado con un indigenismo como vía propia y distinta a la modernización y a la democracia occidental. No sólo ni siquiera se plantea expurgar al socialismo y a la democracia de sus taras, sino que no atisba una solución fuera del socialismo y de la democracia. Ante la crisis de todas las ideologías lo de Flores Galindo se asemeja a un intento desesperado de restauración. Pero en el fondo no entiende el fondo religioso de la utopía andina. La utopía teocrática andina no es la búsqueda de un nuevo Inca, pero sí es la prosecución de la verdad de Dios en el mundo. Justamente por ello la utopía teocrática andina no es restauración, porque lo que fracasó del cristianismo no es el cristianismo evangélico sino el cristianismo estatal. La nación andina es el mejor cáliz para el retorno del cristianismo. El hombre andino con su humildad, creatividad y fe, tiene las virtudes idóneas para ello y para vencer a la civilización atea e hipócrita que ya sufre una crisis mortal de falta de sentido de la vida. La nación andina tiene las energías espirituales indispensables para superar la depravación de la esencia satanocrática del socialismo y de la democracia. En una palabra, en la humanidad actual se ha extinguido la fe en salvaciones políticas y sociales y resurge la fe en la salvación espiritual. El verdadero cambio en el mundo vendrá no desde lo exterior sino desde lo interior y espiritual, personal y suprapersonal.

Finalmente, este es el lugar para expresar mis coincidencias más no para desarrollar mis diferencias con el autor (que por lo demás se refieren a mi cuestionamiento de toda forma de panteísmo, la importancia metafísica del esencialismo, la divinidad ordenadora andina y el papel de la religión cristiana del amor dentro de un nuevo imaginario andino). Pero entre todas las ideas sumamente valiosas vertidas en su libro, Chacón tiene además el mérito de rescatar lo más esencial que tiene la condición humana, a saber, su Libertad Creadora. Efectivamente, todo su discurso se erige sobre la convicción de que lo andino tiene como alternativa de futuro no Copiar sino Crear.


Lima, 22 de Abril del 2017 

miércoles, 19 de abril de 2017

UN PAPA CONTRA BABILONIA

UN PAPA CONTRA BABILONIA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
Resultado de imagen para papa francisco CON LOS POBRES 
La tragedia de nuestro tiempo es que el hombre ya no cree ni en la naturaleza, ni en el hombre ni en Dios. Esto se traduce que no cree en Jesucristo ni como Dios ni como hombre. El relativismo aunado al antihumanismo es el crepúsculo luciferino de una civilización que declina invariablemente. Hoy prima el hombre natural sobre el hombre espiritual. Y así sólo es seducido por bienes ilusorios. El hombre rodeado de lo relativo y fugaz, sólo es capaz de crear lo bello y amar la verdad cuando cree en lo absoluto y eterno. Pero lo sensual, frívolo y superficial se ha apoderado principalmente del alma del alto clero. Así vemos estupefactos la codicia, la avaricia, la lujuria y demás pecados capitales instalados en el corazón mismo del Vaticano. Horrorizados nos enteramos de aquel cura pedófilo español que tenía vídeos sexuales con bebés. Y en este marco un Papa como Francisco tiene que afrontar la profecía del final de los tiempos y proceder como Jesús arrojando toda la escoria fuera del Templo.

De todas las frases vertidas por el Papa Francisco en el Vaticano quizá la de más profundidad y repercusión sea aquella como ésta: “Prefiero una Iglesia herida, sucia y hambrienta, que rica y poderosa”. No menos importante fue cuando visitó el garaje del Vaticano y quedarse pasmado por los lujosos Mercedes Benz al servicio de los prelados. Esto lo llevó a admitir la escandalosa corrupción en el Vaticano y a reducirse a un modesto auto utilitario eléctrico.

También sus salidas a pie para realizar visitas son un verdadero dolor de cabeza para su seguridad personal. O cuando afirma que el deber del cristiano es participar en política. Rechazó igualmente calzar los famosos zapatos rojos. Y no menos importante que rechazar lujos y ostentaciones es su actitud de asistir con su presencia y materialmente a los afligidos de terremotos, a los pobres, gitanos, con sus visitas in situ, que deja muy mal parados a los cómodos purpurados egoístas.

Todo esto llevó al sector más recalcitrantemente conservador e integrista del catolicismo a emprender una campaña contra el valiente Papa argentino para tildarlo de “comunista”. Ya los libros de Gianluigi Nuzzi “Vaticano S.A.” (2012) y Emiliano Fittipaldi “Avaricia” (2015) habían revelado las escandalosas fortunas ilegales que ostentaban los purpurados de la Santa Sede. Lo que ha llevado al Papa Bergoglio a reformar la Iglesia empezando por nombrar a nuevos cardenales y clérigos combativos para salir de su solitaria lucha contra las lacras del imperio financiero de la Iglesia.

Pero la tarea de luchar contra la corrupción, la avarica y la pedofilia está llena de obstáculos. No sólo son 207 cardenales, más de cinco mil obispos y cerca de medio millón de sacerdotes los que componen la Iglesia Católica, sino que hay algo más profundo y es de índole moral. Sin ascetismo religioso, que somete lo inferior a lo superior, es imposible detener la caída del espíritu, impedir que se siga corroyendo la libertad y la creatividad, y el desarrollo de la personalidad se vuelve imposible. Estamos sumidos en una era de descomposición de las fuerzas creadoras del espíritu. El humanismo renacentista degeneró en individualismo, pero el individualismo es la ruina de la persona, la vacuidad vital, la supresión de valores sobrehumanos y la libertad falaz que concluye negando al propio hombre tras negar a Dios. En una palabra, el hombre contemporáneo se ha quedado sin base espiritual por la ruptura con su centro religioso. Llega así a un estado de agotamiento y de quiebra espiritual, pero rodeado de peligrosísimas tecnologías de autoaniquilación masiva que pueden hacer sonar en cualquier momento las campanas del holocausto apocalíptico.

Efectivamente, y con esto volvemos a las palabras iniciales del Papa en este artículo. Se trata de que la moral de la Iglesia esté sumisa a la moral oportunista del mundo burgués. Y es que el gran pecado reside en que la moral tradicional del mundo cristiano no ha sido creadora sino conservadora. La Iglesia alabó siempre las virtudes negativas de la humildad, la abnegación y la continencia, y silenció las virtudes positivas como el coraje, la nobleza y el honor. El resultado fue una religión de obediencia en vez de una religión de amor. El mensaje evangélico de Jesucristo fue distorsionado por el peso de una burocracia eclesiástica obsedida por el poder y el dinero. La religión de amor fue pervertida en una religión de obediencia. Y bajo su sombra han prosperado en el Vaticano los fraudes financieros, la evasión fiscal, la hipocresía, el lobby gay eclesiástico, la pederastia, el homosexualismo y el latrocinio. Toda una guarida de ladrones y perversión.

El excesivo énfasis puesto en la obediencia por los Padres de la Iglesia al final sólo fue beneficioso para una moral económica, para el Estado, la familia y la ciencia. El cristiano tenía que obedecer antes que pensar creadoramente. Esto se convirtió en un pesado fardo que consagró la moral canónica oficial. La obediencia como prueba impuesta al hombre como consecuencia del pecado fue usufructuada por una clerecía osificada y exangüe.

La revelación cristiana es buena nueva de bien, libertad y amor, no de sumisión ciega por el pecado. Pero el cristianismo se desarrolló impregnado de una dañosa moral utilitaria, adaptada enteramente al mundo. Esto es lo reprochable y no los excesos de ascetismo, ni los ejercicios espirituales de las órdenes religiosas. La obediencia ciega es enemiga de todo heroísmo y todo sacrificio, y es cómplice de toda corrupción y concupiscencia.

No cabe duda. La Iglesia católica yace corrompida en el lecho ponzoñoso del mal. Y el Papa Bergoglio hace bien en denunciarlo y enfrentarlo. Pero su lucha será vana, como lo fue en la Contrarreforma, si no se reemplaza la religión de la obediencia por la religión del amor, la moral de sumisión por la moral de creación.

Que la cochera del Vaticano esté repleto de autos de lujo, que los purpurados lleven una vida muelle y de placer con sus cuentas bancarias escandalosamente ricas y en sus departamentos de suntuosidad no llama la atención porque se corresponde con la moral utilitaria que corroe las entrañas del evangelio de Jesucristo.

El Papa Francisco es jesuita. Sabe ver las cosas en profundidad. Y no se le debe escapar que hay que revolucionar la moral cristiana. Sin ello todo intento de cambio será arar en el mar. La moral cristiana no debe encontrar su sanción más elevada en la mística de la obediencia sino en la mística de la creatividad.

La cosa no es fácil. Hasta el propio Kant con su imperativo categórico no pudo escapar al mismo conformismo predicado en la religión cristiana de la obediencia. Sobrevaloró la libertad y olvidó el amor. Lo que equivale que el imperativo categórico conduce al terrorismo, a Auschwitz y al Holocausto, pues la universalidad normativa se desplaza a la convicción subjetiva. Al final, como en el posmodernismo, cada individuo se convierte en la medida de su ley moral.

Si la ley moral kantiana incurre en formalismo, la ley moral cristiana incurre en utilitarismo. Cómo la religión del amor pudo olvidar al amor mismo. Cómo se pudo obliterar la visión de este valor supremo. Se trata de una anormalidad cultural adquirida, por tanto no permanente y susceptible de modificación, que fue sostenida por la jerarquía eclesiástica. Pero ésta representa en el fondo el conformismo oportunista y la subordinación de la personalidad autónoma.

Por ende, sin una moral creativa del amor será infructuoso todo intento de modificar la conducta de la figura eclesiástica, acantonada dentro de estrechos límites acomodaticios. Esos purpurados que viven como príncipes, en asilos cómodos, lejos del peligro, de la necesidad material y el combate contra el pecado no sólo no representan a Cristo, no sólo son usurpadores de su evangelio, no sólo son eunucos incapaces de ascender a la cima del espíritu creativo de Prometeo, sino que justifican el luciferino mundo venal de la oportunista moral burguesa.

El conformismo democrático-burgués ha horadado y agusanado la moral del amor del verdadero cristianismo. La moral de la obediencia que vive rodeada de placer, dinero y poder es burguesismo o adaptación al mundo moralmente inerte y abatido. Por ello, una profunda revolución en el Vaticano también representa devolver el territorio y los tesoros culturales al Estado italiano y vivir en la pobreza de Cristo. Pues en la verdadera moral cristiana no hay nada que sea burgués. Esto nos hace pensar que no ha sido la moral de San Francisco de Asís lo que ha imperado en la Iglesia, sino la moral truculenta del Papa de los Borgia, adaptada a la vida con sus preocupaciones por la organización, comodidad y seguridad.

Este cristianismo mendaz, groseramente burgués, que refleja la moral baladí del mercader y borró en el siglo XIX y XX los últimos vestigios del ascetismo cristiano, es la principal responsable de la decadencia moral y espiritual de la Iglesia Católica en el mundo. Riqueza, poder, voluptuosidad sexual, lujo, confort, depravación han vencido a los verdaderos valores cristianos. El cristianismo burgués es un organismo lleno de llagas infectas y de pus. En ese contexto no llama la atención que esté desapareciendo la belleza de su ideal. La moral del amor no puede olvidar que el acceso al reino celestial es más difícil a los ricos, poderosos y bienaventurados de este mundo.

El Papa Francisco sabe bien que la religión de Cristo colisiona con las genuflexiones aborrecibles delante del dinero y del poder, junto al reconocimiento de los mercantilistas valores burgueses. Por eso la banca vaticana debe disolverse. El Banco Vaticano no tiene su fuente en el Evangelio de Cristo sino en el de Satanás. Su origen es extra-cristiano, pre-cristiano e incluso post-cristiano. No representa la moral del personalismo cristiano. La persona humana vale por lo que es y no por lo que tiene o posee. Aquellos prelados que acumulan fortunas y viven en el lujo deberían ser expulsados de la Iglesia, como Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo. Es imposible crear un nuevo mundo aceptando el viejo mundo degenerado y venal.

Sin sumisión al desprendimiento no es posible ir más allá en la edificación de un mundo nuevo y en el despojarse del viejo Adán. La humildad es buena porque emancipa del mal. El Pontífice da ejemplo de ello al visitar a los pobres. Pero es insuficiente para edificar la totalidad de la ética cristiana. Hay que tener presente que la humildad fácilmente ser trueca en hipocresía, lo cual lleva a la muerte espiritual. El Papa Begoglio debe ir al encuentro del descubrimiento de la moral del amor creativo para asegurar una verdadera revolución espiritual dentro del cristianismo católico.

Nietzsche intentó rebelarse contra la moral cristiana y su éxito quizá hubiera sido rotundo si hubiera tomado en cuenta al amor. En la moral cristiana, como bien lo señala Scheler, no hay resentimiento sino acto libre de renuncia y amor. No ver esto ni el Reino de Dios es la raíz del extravío del juicio de Nietzsche. Pero la Iglesia al sucumbir a la moral utilitaria no sólo es víctima del resentimiento moral contra los valores superiores, sino que, y esto es lo más grave, se hace eco del resentimiento metafísico de la modernidad contra el mundo trascendente. Y esto sí que representa un veneno mortal, a saber, el nihilismo integral. Este resentimiento metafísico es la raíz que en la modernidad está deformando a los valores. La salida es invertir los valores del mundo burgués y de la decadente civilización moderna. No hay cristianismo sin reproducir el camino interior del Gólgota. Y esto se traduce en el mandamiento de amar al prójimo y a toda la creación. Sin amar al prójimo a su creación no hay amor a Dios. Esto es lo más sólido y precioso que tiene el cristianismo. Pero para que esto reine hay que hacer trizas la moral ortodoxa de la iglesia. No hacerlo es dar muestras de senilidad.

La curia más reaccionaria en el seno del Vaticano seguirá conspirando contra el Papa Francisco. Y es normal que lo haga, porque la serpiente busca inyectar su toxina hasta que no se le pise la cabeza. Esta representa la vejez de la humanidad. También su debilidad y astucia. Pero la moral evangélica es despreocupada porque no está centrada en el tiempo sino en la eternidad. Sólo lo caduco se centra en el tiempo y vive lleno de angustia y temor. Esa es la moral burguesa, sólo preocupada por su subsistencia. Tomad el ejemplo de las aves del cielo y los lirios del campo, reza el evangelio.

El evangelio está lleno de espíritu juvenil y no de senectud. No existe la revelación de la naturaleza seráfica del hombre sin confianza en la eternidad. Por eso, cuando Nietzsche condena la moral de esclavos del cristianismo yerra, porque con ello se refiere a la moral cristiana de sumisión pero no a la moral cristiana del amor. La moral cristiana del amor son de fuerza creativa y confianza festiva contra el tiempo. Además, los hijos de Dios no pueden ser plebeyos, sino aristocráticos.

 El cristianismo es religión de espíritus fuertes y no débiles. Y eso es lo que nos recuerda el Papa argentino cuando dice que prefiere una Iglesia herida pero no vencida. Porque son verdaderos vencedores, son los más fuertes, los que han vencido este mundo lleno de tentaciones. Nada de complejo de inferioridad y de servidumbre, porque la gracia del Redentor colabora con la naturaleza humana pero no la sustituye. Nuestra participación en Cristo y en la Santísima Trinidad se opone a toda debilidad del hombre. Sólo el fuerte es capaz de sacrificarse. Por eso en el sacrificio reside la fuerza del espíritu del cristiano, porque es ir en pos de Cristo. Este renunciamiento es todo lo opuesto al burguesismo, porque es una vida peligrosa. Pero es un camino ascendente, lleno de amor y valores superiores.

La crisis mundanal de la Iglesia es una crisis moral inserta dentro de una crisis metafísica mayor. Por lo tanto, hace falta no sólo una revolución de la conciencia moral, sino también una revolución de la conciencia metafísica de la modernidad. Ello significa que teólogos y filósofos están llamados a esta revolución del hombre por un mundo nuevo. No en vano vemos que las anomalías sexuales son el síntoma mórbido de la crisis de nuestra especie. A la vista tenemos en las llamadas democracias liberales la aberrante imposición totalitaria en las escuelas de la luciferina ideología de género, que busca homosexualizar a la niñez. La misma que después de arrasar con la moral en Europa busca hacerlo en América Latina. En realidad, todos estamos llamados a oponernos a semejantes abominaciones y a la creación de una nueva época creadora en el ideal del amor de Cristo. Se trata de participar con Dios en la creación del Ser, de un nuevo mundo.

El hombre anético, el amoralismo pertenecen al nihilismo. Este crea un caos y no un cosmos. A esta legión pertenecen los eclesiásticos rodeados de dinero y poder. También los creyentes tibios, que llenan las iglesias los domingos para pecar el resto de semana. El temor pánico de perder la salvación del alma propia debe ser sustituido por la alegría de salvar un alma del prójimo para el cielo. Si semejante miedo carece de nobleza, equivalente alegría está desprovista de egoísmo. Lo primero reduce a la nada la semejanza del hombre con Dios, lo segundo hace justicia a nuestra filiación divina.

El egoísmo y el miedo son gemelos, en cambio la alegría y el sacrificio por el prójimo está henchido de espíritu viril y creativo. Esto último es verdadera bravura religiosa. La osadía e intrepidez en el amar al prójimo para imitar a Cristo son las cualidades más altas para una religión creativa. El verdadero honor del hombre consiste en ser semejante al Creador. En cambio hoy el honor ha sido avasallado por las virtudes mendaces del mercantilismo. La ruina del honor representa la ruina del nivel espiritual de la humanidad. Y por eso el cristianismo es reconocimiento del valor absoluto de la persona humana.

En una palabra, cristianismo es creación de una sociedad nueva por el amor, es una sociedad del espíritu por la semejanza del hombre con Dios. Y la moral que cabe perfectamente en ella es una moral de creación y no una moral de sumisión. La moral de sumisión democrático-burguesa es oprobio y no guarda vínculo con lo divino. Sólo destila altruismo humano que no guarda proporción con lo divino y es una forma disfrazada de utilitarismo. La riqueza y el bienestar material tan condenables para el Papa Francisco, rebajan y aniquilan la superioridad de los valores espirituales.  

Lo que a la moral cristiana le interesa no es la nivelación ni lo unidimensional, el plebeyismo espiritual, sino la personalidad creadora sobre la base del amor. Ahora se puede comprender a la perfección que las reformas que el Papa aspira en el seno de la jerarquía católica significan barrer revolucionariamente con la moral altruista burguesa y su acomodaticio utilitarismo. Porque sin ello no será posible plasmar creadoramente la semejanza cósmica del microcosmos del hombre con Dios en un nuevo mundo. El cosmos clama por llenarse de la personalidad creadora. Pero esta tarea es personal y comienza primero con cada uno de nosotros. Por eso se ha dicho: no juzguéis.

El secreto de la redención es que una invitación personal para continuar con la ley de la creación en nosotros mismos en miras de lograr un nuevo cosmos. La aspiración fáustica del hombre hacia la plenitud de la vida escapa a la necrosis demoníaca cuando une la creación al amor. Dios mismo deseó la revelación de la voluntad humana, para que se pusiera al servicio del cosmos y no del caos. El dionisismo bárbaro es demoníaco, pero el dionisismo cósmico es divino. El cristianismo no es sofocamiento yóguico de la naturaleza dionisíaca del hombre. Al contrario, es su encauzamiento creador por el amor.

No hay duda. La ética humanista secular está en una profunda crisis. Es una crisis religiosa mundanal que exige un cambio revolucionario hacia la ética del amor de Cristo. Sólo así se puede entender que es posible velar por la semejanza humana con Dios. En este sentido, hacer posible una época religiosa creadora contra el vil materialismo económico burgués no significa ir hacia la derecha o izquierda porque la vida del espíritu exige marchar en altura y profundidad al mismo tiempo.

 No hay duda de que el Papa Bergoglio, como todo hombre con temor y amor al Padre, se escandaliza como Jesús cuando la casa de Dios es convertida en casa de ladrones. Esta situación está profetizada cuando Pedro por falta de fe comienza a hundirse en las aguas (Mateo 14:29). Así, el Vaticano se está hundiendo en la codicia y la corrupción, pero Cristo está presto a darle una mano de ayuda. El Papa Francisco reacciona, se arma de fe y amor al Salvador para arremeter contra aquellos fariseos que hacen de la religión del amor una religión de obediencia.

¡No! Jesucristo no vino para imponernos esclavitud, ni a ejercer la compasión -la compasión es de naturaleza budista-, sino que vino principalmente a exaltar la fuerzas espirituales del hombre unido a Dios,  a liberar al oprimido, dar de comer al hambriento y perdonar los pecados. Vino a restaurar la libertad del hombre, no a someterlo. El poder fue una de las tentaciones del demonio rechazadas por Cristo en el desierto. Y es que el poder es imperialista, es enemigo de todo movimiento creador. El Estado y el gobierno son mundos separados donde lo esencial es la obediencia a la ley. El Nuevo Testamento justifica el gobierno pero no aprueba la sumisión esclerótica del movimiento creador. En una palabra, la raíz práctica del mal en el Vaticano es que sea un Estado.

El absolutismo teocrático papal es incompatible con el cristianismo y no facilita la libre fusión con Dios. El verdadero cristianismo no acepta el mundo tal cual es, se llena de indignación divina y descubre la posibilidad de transformar el mundo en el amor. El cristianismo es revolución, porque liga el futuro con la creación. En este sentido no es ese tipo de revolución reaccionaria que siempre está atada al pasado, sino que es ese tipo de cambio que comienza dentro de nosotros mismos. Por eso, liberalismo, estatismo y anarquismo son falsas religiones porque están siempre fuera de nosotros mismos. Especialmente el socialismo, que prolonga el orden burgués con el ideal de hacer de toda la humanidad una burguesía universal. Por ello, a pesar de su verdad relativa, pertenece al imperio de la necesidad y no el de la libertad.

Cuando el papa Francisco se escandaliza por los lujosos Mercedes Benz que reposaban en la cochera del Vaticano estaba expresando el ideal ascético cristiano pero lo paradójico es que lo hacía desde el palacio papal, es decir, desde una sociedad no ascética. En otras palabras, se encuentra atrapado en una doble lógica paradójica. Romper la paradoja significa reivindicar el valor del sacrificio y dejar de avalar los valores burgueses. Se trata de ligar la vida nueva con la armonía cósmica, tal como lo efectuó san Francisco de Asís en su incontenible impulso creador. Sólo así la política llega a las raíces del ser, se vuelve metafísica y ontológica. Sin sacrificio no hay real liberación, porque el don del sacrificio es de naturaleza cósmica.

La crisis que afronta el papa Francisco con la curia vaticana es al mismo tiempo la crisis mundanal de los valores. Y sin sacrificio de los valores burgueses no habrá el salto hacia el dominio de la libertad, donde mora el Reino de Dios sobre la Tierra. Sin transfigurar el mundo natural no hay modo de superar el reino de César. Pero no se trata de una transfiguración tecnológica sino espiritual para llegar a la sociedad del amor. Sin espíritu de libertad dentro del ideal cristiano no es posible la oposición a la sociedad anticristiana.

No se trata de democracia con su idea vacía de igualdad que destruye al hombre interior y lo subyuga al tema de la justicia. El genio del democratismo es someter la vocación y la grandeza a la mecánica del mayor número. Por eso es profundamente enemiga de lo superior y creador, de la jerarquía cósmica y del hombre interior. Pero el mundo burgués no sólo triunfa con el democratismo sino también con la civilización técnica, y es así porque también es profundamente despersonalizada. La tecnología hechiza el alma humana y destruye su espíritu. Desata demonios perversos y peligrosos que le dan un poderío sospechoso. Está más cerca de la magia negra. Y prepara al hombre no para una nueva vida soberana sino para ser desechado por los autómatas. No nos engañemos, el hombre no es amo del maquinismo abrumador sino su esclavo.

Muchas fuerzas tendrán que ser destruidas para alcanzar el reino de Dios. Empezando por ese humanismo abstracto y falaz, separado de los fundamentos divinos, y que conducen necesariamente a la destrucción del hombre. Aquí no se trata de evolución social ni transformismo social, sino de verticalidad espiritual. Todo cambio hay que esperarlo del renacimiento del Espíritu, porque el mundo de Dios sólo es conmensurable con el crecimiento del Espíritu. Acontecimiento que ocurrirá en la Tierra porque ella es metafísica, eterna, pertenece al otro mundo, y no sólo es física. Y es así porque la transfiguración será cósmica.

Lima, 19 de Abril 2017