sábado, 27 de mayo de 2017

FILOSOFÍA ANDINA MITOCRÁTICA

LA FILOSOFIA ANDINA MITOCRÁTICA
En la obra de Chacón*
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
A continuación ilustro la recepción de mi categoría de la filosofía mitocrática citando el libro recientemente publicado del pensador peruanista Hugo Chacón Málaga “Nación Andina”.
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La civilización andina debe interpretarse a la luz de cuatro aspectos: su filosofía, la concepción del ser y la naturaleza; las particulares formas del trabajo y sus articulaciones asociativas, la notable pluralidad cultural edificada a lo largo de milenios y la geografía que la contuvo. Soslayar alguno de los componentes no contribuye a mejorar la comprensión de su formación social y económica. Existen, sin duda, elementos adicionales a considerar, pero, estos son insoslayables.

Sobre la filosofía andina se ha extendido un manto de ignorancia o silencio. Una manera de no verse amenazada ha sido  tolerar que la reflexión filosófica alcance una forma menor del pensamiento y  denominarla cosmovisión, marbete con el que disfrazan la alienación, tranquilizan conciencias y esconden la incapacidad de ver más allá de los marcos conceptuales del pensamiento dominante.

La filosofía ancestral ha recibido un trato similar al que se depara a otras aportaciones culturales originarias: aceptación y tolerancia mientras no amenace las débiles defensas de la cultura oficial. Bajo el contexto descrito, no ha habido forma de aprehender los signos fundamentales de nuestra filosofía ancestral que ya se observan excluyentes con la occidental en la narración que hace el soldado Cristóbal de Mena de la reacción que suscita en Atahualpa tener entre sus manos la Biblia cristiana (Cap. VI, p. 203).
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Pocos vislumbraron que la reductiva cosmovisión andina no podía ser la explicación convincente de su densa y compleja configuración cultural. No hubo, en el firmamento especulativo criollo resquicio por donde se filtrara la duda o una débil reflexión sobre el sustrato filosófico que vertebró tamaña civilización. Más pudo la colonialidad mental y la alienación ideológica.

Para entenderlo en su dimensión cierta eran quizá innecesarias sapientes elucubraciones, bastaba formular elementales preguntas para señalar a la filosofía y teología andinas como causa primera de la originalidad y calidad de su desarrollo. ¿Pudo la complejidad cultural nativa, su densidad civilizatoria acreditada por  la diversidad de lenguas habladas en el territorio, alcanzar sus altos niveles de integración, cultivando el animismo pedestre y ramplón, que se le ha endilgado? (Cap. VI, pp. 204-205).

¿Se observa en el Qoricancha, templo mayor de la religión andina, espacio grandilocuente y particular para albergar la pagana e inabarcable divinidad solar?; el sobrio y ascético recinto ¿no muestra acaso una hornacina prudente, austera, preparada para un waykey, hermano superior entre pares, antes que barroco espacio para una divinidad inabarcable e inalcanzable? La vasta y densa normatividad ética y moral, ¿vislumbran ausencia de una trama filosófica previa?

Vemos entonces que hay escasos resquicios que puedan anular la afirmación que sustenta el desarrollo de un pensamiento filosófico en la civilización andina. Los detractores de cuño occidental que listan exigencias de aprobación deberían percibir que aun calificando al pensamiento andino con formatos foráneos vemos que cataloga con suficiencia en la plataforma filosófica homogeneizadora: posee una concepción del ser, de la materia y del universo, también una interpretación de la divinidad y exhibe avanzados criterios éticos y morales.

Pero no es este el camino que se debe seguir para explicar los pormenores constitutivos de la filosofía andina, sino, como veremos más adelante, el señalado por el filósofo nacional Gustavo Flores Quelopana con su inaugural teoría del Mito como Logos filosófico.

Terminar de descorrer el velo del interés y la ignorancia eurocéntrica que se cierne sobre la filosofía y religión andina es una necesidad fundamental para reconfigurar su real estatus civilizatorio. Y no se trata de un prurito académico que ordene el pasado y nos reconcilie con la verdad, está en baza impedir se extravíe una herencia histórica que dificulte erigir el ser nacional.

Requerimos extraer de ese antiguo sustrato los fundamentos de una nueva hegemonía cultural andina que propicie construir una nueva civilización que reemplace las excrecencias de la declinante civilización occidental y cristiana que nunca propicio comunidad y tampoco integración ni pudo construir nación. Es urgente acompañar la ingente capacidad  creadora  del  pueblo  con elementos organizados de un  pensamiento superior que ningún pueblo ha desechado en la forja de su identidad y destino. Es necesario auxiliar el desarrollo cultural ejecutado con dispersión y muchas veces inorgánico, dotar de  fundamentos filosóficos al próximo nuevo ciclo cultural andino (Cap. VI, pp. 207-208).
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La huella de Ginés de Sepúlveda ha hecho historia en el país, de distintas maneras hallamos sus postulados en cada acto que los peruanos ejecutan; observar los hechos con mirada ajena. La pretensión de armar un cuerpo nacional sin ubicar sus partes en el lugar correspondiente explica por qué muchos pensadores, incluso contestatarios o revolucionarios, no logran configurar un armónico cuerpo nacional: consideran que nuestra herencia andina es un problema a resolver, sin considerar que constituye la solución.

Señalar la existencia de filosofía en la sociedad antigua es un paso menos complicado que determinar sus características constitutivas. Para satisfacción de la verdad histórica, diversos estudiosos nacionales dedican su tiempo a reconstruir, recrear, el corpus filosófico andino. En restringidos ámbitos académicos se han dado desde hace muchos años elaboraciones teóricas sobre estas disonancias filosóficas y culturales. En el último medio siglo las ideas han ido en progreso y desarrollo.

En los años recientes la producción teórica del filósofo Gustavo Flores Quelopana se constituye en la más firme intercesora de la filosofía nuestra. De él proviene un sólido cuerpo de pensamiento que ha logrado desentrañar sus elementos formativos. Ha concluido señalando que en la base de su filosofía se encuentra el pensamiento mítico. Acuña para ello una categoría nueva: filosofía mitocrática, fundada en el logos del mito en oposición a la filosofía logocrática, de origen griego, fundada en el logos de la ratio.

Rescata el pensar filosófico de los especialistas y lo distribuye entre los anónimos seres humanos, porque el pensar filosófico no es un coto cerrado de sabios pensadores, sino parte inalienable de la condición humana, como lo afirma en Filosofía mitocrática y mitocratología, donde señala que un criterio multívoco y no unívoco de la filosofía permite reconocerla como una creación permanente del espíritu humano y no sólo de los griegos ni de la cultura occidental; y por otro, que la filosofía americana, en particular, no es una adaptación del estilo continental ni un producto heterogéneo, sino que es un rasgo fundamental de la América anterior a la conquista.

Precisa las razones que explican la renuencia de los pensadores nacionales para acompañarlo en su posición: el eurocentrismo vergonzante y la definición monocultural de los académicos, que conduce a negar la denominación de filosofía a todo aquello que no posea orígenes griegos. A partir de aquella idea, en apariencia inocua, Flores elabora un conjunto de proposiciones que echa por tierra las limitaciones de la cosmovisión para interpretar el alto pensamiento andino y se adentra en el territorio de la filosofía como sustento de su civilización.

Flores instala de pie lo que estaba de cabeza al determinar que el pensamiento mítico sustenta la filosofía andina y explicar su naturaleza divergente de la racional y analítica filosofía occidental (Cap. VI, pp 213-214).  
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Es urgente reflexionar sobre la construcción y desarrollo de una filosofía nacional de cuño andino-amazónico. Poseemos las condiciones objetivas, concretas; la tenemos entre manos y se trata del continente  filosófico previo a la invasión que, labrado en miles de años de ejercicio del pensamiento, preserva vigentes sus basamentos fundamentales en la mentalidad de nuestro pueblo, en sus valores y estilos de vida, conservados y expandidos con austeridad y estoicismo a través de toda esta etapa de exterminio y dominación. Ha sido un pensamiento en permanente colisión con la lógica dominante, dueña de formas conceptuales estéticas y no lógicas donde la concepción del mundo se entiende como totalidad viviente o animada, accesible a través de los sentidos y del espíritu.

El desafío al avasallamiento de las primeras horas de la invasión ha continuado su soterrada resistencia en las centurias siguientes. A quienes rehúsan aceptarlo habría que invitarlos a observar los millones de peruanos y peruanas para quienes el mito y la magia son parte indesligable de su textura humana.

No nos referimos a la magia y al mito subalterno de oráculo y predicciones, obviamente, hablamos de la magia como fulgor de vida, como principio integrador del ser humano y la naturaleza, como ingrediente fundamental en la estética y también ética y moral del pueblo andino; nos referimos al mito como sustento de comunitaria vida, como orientadora de una forma viviente y animada, participativa.

El mito debe constituirse en elemento esperanzador de realizaciones futuras.  El mito como verdad extraída de la experiencia humana y que ella misma la transforma en normas éticas y morales que orientan y obligan a toda una comunidad. El mito como conjunto integrador que otorga coherencia al comportamiento social y le provee de metas y objetivos a alcanzar.

El desarrollo andino de antaño demuestra que una filosofía mitocrática, denominación de Flores Quelopana, fue sustento de ciencia y desarrollo de matemática, geometría, ingeniería, arquitectura, hidráulica, y también de formas de escritura que aún no logramos descifrar. También fue sustento de una sociedad multicultural de inéditas proporciones. El gran reto que confronta la filosofía nacional es hallar el método, el procedimiento que integre el  mito al quehacer diario y productivo, a la investigación y a una manera distinta de hacer ciencia y tecnología (Cap. VII, pp. 268-269).


* Los párrafos han sido tomados de la obra “Nacion andina” (Lima, mayo 2017) de Hugo Chacon Málaga.