domingo, 1 de febrero de 2026

ONTOLOGÍA IMAGINAL-TRANS-SUBJETIVA Y LOS TULPAS

 

ONTOLOGÍA IMAGINAL-TRANS-SUBJETIVA Y LOS TULPAS

Introducción

La propuesta de una ontología imaginal-trans-subjetiva surge de la necesidad de dar cuenta de fenómenos que escapan a las categorías filosóficas tradicionales. Los tulpas, entendidos en su sentido más amplio, no son meras ilusiones internas ni simples proyecciones mentales, tampoco son objetos físicos en el sentido estricto, ni entidades espirituales en el sentido teológico clásico. Se sitúan en un terreno intermedio, híbrido, donde lo imaginado adquiere consistencia, donde lo subjetivo se convierte en experiencia compartida, y donde lo colectivo puede llegar a producir manifestaciones que parecen objetivas. La categoría que aquí se propone busca dar originalidad a la ontología de los tulpas, reconociendo que lo imaginal no es reducible ni al idealismo ni al realismo, sino que constituye un plano propio de existencia, trans-subjetivo, donde las imágenes tienen vida y fuerza.

Tulpas del Tibet

En la tradición tibetana, los tulpas fueron concebidos como emanaciones reales creadas por la mente, capaces de adquirir autonomía y manifestarse en el mundo compartido. Alexandra David-Néel en su obra Magos y místicos del Tibet relató cómo un tulpa que había creado con forma de monje tibetano fue percibido por otras personas y llegó a desarrollar rasgos propios distintos de los que ella había imaginado. Este testimonio, lejos de ser una mera curiosidad, abre la pregunta sobre la naturaleza ontológica de tales entidades: ¿son ilusiones internas, son realidades externas, o son algo distinto que requiere una categoría nueva? La ontología imaginal-trans-subjetiva responde que son algo distinto, que habitan un plano intermedio donde lo mental se convierte en fenómeno perceptible, donde la imaginación se transforma en realidad compartida.

En la perspectiva tibetana, los tulpas no son simples fantasías pasajeras, sino construcciones mentales que, mediante disciplina espiritual y concentración prolongada, adquieren una densidad ontológica capaz de proyectarse más allá del creador. La práctica se vincula con la idea de que la mente posee un poder creador que trasciende lo psicológico, situando al tulpa en un espacio intermedio entre lo subjetivo y lo objetivo. Este espacio no es meramente ilusorio, sino un plano donde las imágenes se convierten en presencias con cierta autonomía, capaces de interactuar con otros sujetos.

El relato de David-Néel muestra que los tulpas pueden evolucionar de manera inesperada, desarrollando rasgos propios y comportamientos no previstos por quien los originó. Este detalle es crucial, porque sugiere que una vez creados, los tulpas no permanecen bajo control absoluto de la mente que los concibió. En lugar de ser meras proyecciones estáticas, parecen adquirir una dinámica propia, lo que los acerca a la categoría de entidades con vida independiente. Aquí se revela la necesidad de una ontología distinta, pues lo que comienza como imagen mental termina habitando un plano compartido, con efectos reales en la percepción de otros.

La ontología imaginal-trans-subjetiva permite comprender este fenómeno sin reducirlo a ilusión ni confundirlo con creación divina. Reconoce que los tulpas tibetanos son manifestaciones en el plano imaginal, sostenidas por la energía psíquica y la práctica espiritual, capaces de trascender la conciencia individual y convertirse en experiencias colectivas. En este sentido, los tulpas no son meros productos de la mente, sino realidades imaginales que confirman que lo mental puede adquirir consistencia propia, situándose en un espacio intermedio que exige nuevas categorías filosóficas para ser comprendido.

Jung y la dimensión trans-subjetiva

Carl Gustav Jung, en su análisis de los OVNIs como arquetipos del inconsciente colectivo, se acercó a esta idea al sugerir que los fenómenos vistos en el cielo no eran necesariamente naves extraterrestres, sino símbolos colectivos, mandalas modernos que expresaban la necesidad de orden en tiempos de crisis. Los OVNIs, en esta lectura, no son objetos físicos ni ilusiones individuales, sino proyecciones psíquicas compartidas, egregores que cobran vida en la experiencia de multitudes. Aquí se ve claramente la dimensión trans-subjetiva: lo que nace en la mente se convierte en fenómeno cultural, lo que es imagen se convierte en experiencia compartida.

Jung, en su obra Platillos voladores: un mito moderno sobre cosas vistas en el cielo (1958), insistió en que los OVNIs debían ser comprendidos más allá de la literalidad física. Para él, estos fenómenos eran manifestaciones simbólicas del inconsciente colectivo, expresiones de una necesidad profunda de sentido en un mundo marcado por la incertidumbre y la amenaza nuclear. En este contexto, los OVNIs funcionaban como mandalas, imágenes de totalidad que ofrecían a las multitudes una forma de compensación psíquica frente al caos. La dimensión trans-subjetiva se hace evidente: lo que surge en la psique se convierte en fenómeno cultural compartido.

Este análisis de Jung muestra que los fenómenos trans-subjetivos no son ilusiones privadas, sino realidades psíquicas que se manifiestan en la experiencia colectiva. Los OVNIs, vistos por miles de personas en distintos lugares y épocas, no pueden reducirse a simples alucinaciones individuales. Son símbolos que emergen del inconsciente colectivo y que, al ser percibidos simultáneamente por multitudes, adquieren consistencia en el plano cultural. Aquí se confirma la idea de que lo imaginal tiene ontología propia: lo que nace como imagen psíquica se convierte en fenómeno social.

La obra de Jung también subraya que estos fenómenos cumplen una función compensatoria. En tiempos de crisis, cuando la humanidad se siente amenazada por fuerzas que escapan a su control, el inconsciente colectivo produce símbolos que ofrecen una sensación de orden y protección. Los OVNIs, como mandalas modernos, cumplen ese papel: son círculos luminosos en el cielo que evocan totalidad y armonía. La dimensión trans-subjetiva se revela como un mecanismo de equilibrio psíquico, donde lo imaginal se convierte en experiencia compartida que sostiene a las comunidades.

Finalmente, el análisis jungiano abre la puerta a una ontología imaginal-trans-subjetiva que va más allá de los OVNIs. Si estos fenómenos pueden ser comprendidos como arquetipos colectivos, también lo pueden ser las apariciones religiosas, los mitos culturales y los tulpas tibetanos. En todos los casos, lo que surge en la mente se convierte en fenómeno perceptible y compartido, confirmando que lo imaginal no es ilusión, sino realidad trans-subjetiva. La obra de Jung, al situar los OVNIs en el plano simbólico, anticipa la necesidad de una categoría filosófica que reconozca la existencia de estas realidades intermedias, donde lo psíquico se convierte en cultural y lo imaginal en experiencia común.

Tulpas como engaños demoníacos

Los exorcistas, como el padre Gabriele Amorth y el padre José Antonio Fortea, han relatado fenómenos donde objetos físicos aparecen en el cuerpo de los poseídos: clavos, tornillos, cadenas, medallas. Para ellos, estas materializaciones son manifestaciones demoníacas, signos del poder del maligno en el mundo material. Si aceptamos que tales fuerzas pueden producir objetos físicos, entonces también podrían producir fenómenos como los OVNIs, que parecen físicos pero se desvanecen. Desde la perspectiva teológica, los tulpas no serían creaciones humanas, sino engaños demoníacos disfrazados de proyecciones mentales. Esta interpretación añade otra capa a la problemática: lo que parece imaginal puede ser espiritual, lo que parece colectivo puede ser maligno.

En su libro Memorias de un exorcista (2010), el padre Gabriele Amorth describe numerosos casos en los que objetos metálicos aparecían en el cuerpo de los poseídos sin explicación física aparente. Para él, estas materializaciones eran signos claros de la acción demoníaca, manifestaciones del poder del maligno en el mundo material. Si aceptamos la veracidad de estos testimonios, entonces la hipótesis de que los tulpas puedan ser engaños demoníacos cobra fuerza, pues lo que parece una creación mental autónoma podría ser, en realidad, una manipulación espiritual destinada a confundir al ser humano.

El padre José Antonio Fortea, en su obra Summa Daemoniaca (2003), también relata fenómenos extraordinarios vinculados a la posesión y la acción de los demonios. Fortea sostiene que los demonios pueden influir en la percepción humana, generando visiones, apariciones y materializaciones que parecen reales pero que tienen un origen espiritual maligno. Bajo esta perspectiva, los tulpas no serían emanaciones de la mente humana, sino ilusiones demoníacas disfrazadas de proyecciones mentales, diseñadas para dar la impresión de autonomía y realidad.

Esta interpretación teológica añade una dimensión crítica a la ontología de los tulpas: lo que parece imaginal puede ser espiritual, y lo que parece colectivo puede ser maligno. Los fenómenos compartidos, como las apariciones masivas o los avistamientos de OVNIs, podrían ser vistos no como egregores culturales, sino como engaños demoníacos que se aprovechan de la mente colectiva para manifestarse. En este sentido, la ontología imaginal-trans-subjetiva debe reconocer que no todo lo imaginal es neutral o benigno; algunos fenómenos pueden tener un origen espiritual negativo.

La obra de Amorth y Fortea muestra que la frontera entre lo psíquico y lo espiritual es difusa, y que lo que se interpreta como creación mental puede ser, en realidad, manipulación demoníaca. Esta visión no invalida la existencia del plano imaginal, pero advierte que dicho plano puede ser habitado por fuerzas malignas que se disfrazan de tulpas, egregores o apariciones. Así, la categoría de ontología imaginal-trans-subjetiva se enriquece al incluir la posibilidad de que lo imaginal no solo sea producto de la mente humana o colectiva, sino también campo de acción de entidades espirituales que buscan engañar y desviar al ser humano.

En el ámbito de las experiencias cercanas a la muerte, Raymond Moody, en su obra Vida después de la vida (1977), recopiló cientos de testimonios de personas que afirmaban haber atravesado túneles luminosos, encontrado seres espirituales o experimentado una sensación de paz trascendental. Para la ciencia, estos relatos suelen interpretarse como fenómenos neurológicos; para la teología, como vislumbres del más allá; pero desde la ontología imaginal-trans-subjetiva, se comprenden como manifestaciones en el plano imaginal, realidades trans-subjetivas compartidas que no dependen de pruebas físicas, sino de la fuerza simbólica y experiencial que adquieren en la cultura. Así, las ECM se convierten en evidencia de que lo imaginal puede tener consistencia propia y dejar huella en la percepción colectiva.

La ciencia y el desafío de las leyes convencionales

La ciencia, por su parte, estudia los OVNIs bajo el término UAP (Unidentified Aerial Phenomena), buscando explicaciones físicas: drones, globos, anomalías atmosféricas, ilusiones ópticas. Sin embargo, este enfoque resulta limitado cuando los fenómenos se comportan de manera que desafía las leyes físicas: aparecen y desaparecen súbitamente, se desvanecen sin dejar restos, o son percibidos por multitudes sin dejar evidencia material. Aquí la ontología imaginal-trans-subjetiva ofrece una alternativa: reconocer que hay fenómenos que no son reducibles a lo físico, pero tampoco son meras ilusiones. Son realidades imaginales, sostenidas por la mente colectiva, capaces de manifestarse en la experiencia compartida.

La dificultad de la ciencia para explicar los UAP radica en que muchos de estos fenómenos parecen contradecir principios básicos de la física clásica. Velocidades imposibles, cambios de dirección abruptos sin inercia, desapariciones súbitas y ausencia de rastros materiales son características que no encajan en el marco de las leyes conocidas. Ante estas anomalías, la ciencia suele optar por explicaciones convencionales —globos, drones, ilusiones ópticas—, pero estas hipótesis resultan insuficientes cuando los testimonios provienen de pilotos entrenados, radares militares y observaciones masivas.

Michio Kaku, en su obra Física de lo imposible (2008), plantea que fenómenos que hoy parecen inalcanzables podrían ser posibles en el futuro si se desarrollan nuevas tecnologías basadas en principios aún desconocidos. Kaku habla de “imposibilidades de Clase I”, aquellas que podrían hacerse realidad en siglos venideros, como la invisibilidad o los viajes interestelares. En este sentido, los UAP podrían ser manifestaciones de tecnologías que operan más allá de nuestro conocimiento actual, desafiando las leyes convencionales pero no necesariamente imposibles en un marco físico más amplio.

Otros científicos, como Jacques Vallée, han sugerido que los OVNIs no deben ser entendidos únicamente como objetos físicos, sino como fenómenos que involucran tanto la mente como la materia. Vallée, en su libro Passport to Magonia (1969), argumenta que los relatos de OVNIs se asemejan a las narraciones de apariciones religiosas y encuentros con seres míticos, lo que sugiere que estos fenómenos operan en un plano simbólico y cultural además de físico. Esta visión se acerca a la ontología imaginal-trans-subjetiva, al reconocer que lo que se percibe no es reducible a lo material ni a lo ilusorio, sino que habita un espacio intermedio.

La ciencia contemporánea, especialmente en el campo de la física cuántica, también ha mostrado que la realidad no es tan sólida como parecía. Fenómenos como la superposición, la no-localidad y el entrelazamiento sugieren que la materia puede comportarse de maneras que desafían la intuición clásica. Algunos investigadores han especulado que los UAP podrían estar relacionados con dimensiones adicionales o con estados de la materia que aún no comprendemos. En este contexto, la ontología imaginal-trans-subjetiva ofrece un marco filosófico que complementa la ciencia, reconociendo que lo que se manifiesta puede ser real en un plano distinto al físico convencional.

Finalmente, la ciencia enfrenta el desafío de ampliar sus categorías para dar cuenta de fenómenos que no encajan en las leyes conocidas. La ontología imaginal-trans-subjetiva no pretende reemplazar la investigación científica, sino ofrecer un horizonte conceptual que permita integrar lo que la ciencia aún no puede explicar. Reconoce que los UAP y fenómenos similares pueden ser reales sin ser físicos en el sentido clásico, y que la mente colectiva juega un papel en su manifestación. Así, la ciencia y la filosofía se complementan: la primera busca leyes y pruebas, la segunda ofrece categorías para comprender lo que escapa a las convenciones.

Contactados como creadores de tulpas

Los contactados de OVNIs, como George Adamski, Sixto Paz o Eugenio Siragusa, han afirmado recibir mensajes de seres extraterrestres y tener encuentros con naves. Desde la perspectiva esotérica, podrían ser vistos como creadores de tulpas, focos de proyección mental que generan formas visibles. Desde la perspectiva teológica, serían invocadores involuntarios de materializaciones demoníacas. Desde la perspectiva científica, serían personas que interpretan experiencias psicológicas extraordinarias como contactos con seres de otros mundos. La ontología imaginal-trans-subjetiva permite integrar estas visiones: los contactados operan en el plano imaginal, donde lo subjetivo se convierte en fenómeno compartido, donde lo mental se manifiesta como realidad perceptible.

George Adamski, uno de los primeros y más famosos contactados en los años cincuenta, relató en su libro Flying Saucers Have Landed (1953) encuentros con seres venusinos que le transmitían mensajes de paz y advertencias sobre el uso de armas nucleares. Desde la perspectiva esotérica, estos relatos pueden ser interpretados como proyecciones mentales que adquirieron forma perceptible, tulpas colectivos generados por la fascinación cultural de la época. La Guerra Fría y el miedo a la destrucción nuclear alimentaron la creación de estas imágenes, que se manifestaron como experiencias compartidas.

Sixto Paz, en su obra Los Guardianes y la Clave del Tiempo (1996), describe sus contactos con la misión Rama, un grupo de supuestos extraterrestres que transmitían mensajes espirituales a través de meditaciones y encuentros programados. Estos relatos, más allá de su veracidad literal, muestran cómo la práctica colectiva de visualización y concentración puede generar fenómenos perceptibles. Desde la ontología imaginal-trans-subjetiva, los encuentros de Paz pueden ser entendidos como tulpas colectivos, egregores culturales que se manifiestan en el plano imaginal gracias a la energía psíquica compartida de los participantes.

Eugenio Siragusa, en sus escritos recopilados en Los extraterrestres han llegado (1978), afirmaba recibir mensajes de seres cósmicos que advertían sobre la necesidad de un cambio espiritual en la humanidad. Sus experiencias, interpretadas desde la teología, podrían ser vistas como materializaciones demoníacas disfrazadas de contactos extraterrestres, diseñadas para confundir y desviar la fe. Desde la perspectiva psicológica, en cambio, serían fenómenos extraordinarios de la mente, interpretados como encuentros con seres de otros mundos. La ontología imaginal-trans-subjetiva permite integrar ambas visiones, reconociendo que lo que se manifiesta es real en el plano imaginal, aunque su origen pueda ser humano o espiritual.

Jacques Vallée, en Dimensions: A Casebook of Alien Contact (1988), argumenta que los relatos de contactados se asemejan a las narraciones de encuentros con hadas, ángeles y seres míticos en distintas culturas. Para Vallée, los OVNIs y los contactos no son fenómenos exclusivamente físicos, sino manifestaciones simbólicas que operan en un plano cultural y psíquico. Esta interpretación se acerca directamente a la ontología imaginal-trans-subjetiva, al reconocer que los contactados generan tulpas colectivos que se manifiestan como experiencias compartidas, más allá de la ilusión individual.

Finalmente, John A. Keel, en The Mothman Prophecies (1975), exploró cómo los fenómenos de contacto con entidades misteriosas podían ser entendidos como proyecciones psíquicas que adquirían consistencia en la experiencia colectiva. Keel sugirió que los contactados no eran simples visionarios, sino catalizadores de fenómenos trans-subjetivos que involucraban tanto la mente como la materia. En este sentido, los contactados pueden ser vistos como creadores de tulpas: focos de energía psíquica que generan realidades imaginales, capaces de influir en comunidades enteras y dejar huella en la cultura.

Distintas definiciones

En este sentido, los tulpas pueden definirse de maneras distintas según la perspectiva: como emanaciones reales creadas por la mente (espiritual/mística), como construcciones internas (psicológica/individual), como formas de pensamiento grupal (cultural/colectiva), como manifestaciones en planos distintos (interdimensional/paranormal), como engaños demoníacos (teológica), o como prueba de que la mente crea realidad (filosófica/idealista). Cada definición aporta un matiz, pero todas convergen en la necesidad de una categoría nueva que las englobe: la ontología imaginal-trans-subjetiva.

Cada definición de los tulpas refleja un horizonte cultural y filosófico distinto, pero todas coinciden en señalar que se trata de fenómenos que desbordan las categorías convencionales de lo real y lo ilusorio. La visión espiritual los concibe como emanaciones objetivas creadas por la mente, la psicológica los reduce a construcciones internas, la cultural los entiende como egregores colectivos, la interdimensional los sitúa en planos distintos, la teológica los interpreta como engaños demoníacos, y la filosófica los convierte en prueba del poder creador de la mente. Esta diversidad muestra que los tulpas son un fenómeno liminal, situado en la frontera entre lo mental, lo cultural y lo espiritual.

La necesidad de una categoría nueva surge precisamente porque ninguna de estas definiciones por sí sola logra abarcar la complejidad del fenómeno. Si los tulpas fueran únicamente ilusiones internas, no podrían ser percibidos por terceros; si fueran únicamente emanaciones objetivas, no dependerían de la energía psíquica; si fueran únicamente engaños demoníacos, no podrían explicarse en términos psicológicos o culturales. La ontología imaginal-trans-subjetiva reconoce que los tulpas son reales en un plano intermedio, donde lo mental se convierte en fenómeno compartido y lo imaginal adquiere consistencia propia.

Además, esta categoría permite integrar fenómenos diversos bajo un mismo marco: los tulpas tibetanos, los OVNIs, las apariciones religiosas, los guardianes míticos, los engaños demoníacos y hasta la inteligencia artificial como tulpa tecnológico. Todos ellos comparten la característica de ser realidades que nacen en la mente o en la cultura, pero que se manifiestan en la experiencia compartida con una fuerza que trasciende la ilusión. La ontología imaginal-trans-subjetiva ofrece así una visión original y unificadora, capaz de dar cuenta de fenómenos que hasta ahora se interpretaban de manera fragmentada.

Nueva categoría

La ontología imaginal-trans-subjetiva encuentra su campo de aplicación más fértil en fenómenos colectivos que desafían las categorías tradicionales de lo real y lo ilusorio. Los OVNIs, por ejemplo, han sido interpretados desde la ciencia como fenómenos físicos no identificados, desde la teología como manifestaciones demoníacas, y desde el esoterismo como arquetipos colectivos. Sin embargo, ninguna de estas perspectivas logra abarcar la totalidad del fenómeno. Los avistamientos masivos, donde multitudes reportan haber visto luces o naves en el cielo que aparecen y desaparecen súbitamente, sugieren que no se trata de simples ilusiones individuales ni de objetos físicos convencionales. La ontología imaginal-trans-subjetiva permite comprenderlos como manifestaciones en el plano imaginal, donde la energía psíquica colectiva produce fenómenos perceptibles, sostenidos por la creencia y la expectativa, capaces de adquirir consistencia en la experiencia compartida.

La originalidad de la ontología imaginal-trans-subjetiva radica en que no se limita a repetir las categorías clásicas de la filosofía, sino que abre un espacio nuevo para fenómenos que han sido tradicionalmente marginados o interpretados de manera fragmentaria. Mientras el idealismo reduce lo imaginal a ilusión mental y el realismo exige pruebas materiales para reconocer la existencia, esta propuesta reconoce un plano intermedio donde lo imaginal tiene consistencia propia. De este modo, se evita tanto el reduccionismo psicológico como la negación científica, ofreciendo una categoría que da cuenta de lo que realmente ocurre en la experiencia compartida.

Además, esta ontología aporta un marco integrador que permite dialogar entre disciplinas que suelen estar enfrentadas. La ciencia, la teología y el esoterismo han ofrecido explicaciones parciales de fenómenos como los OVNIs, las apariciones religiosas o los tulpas tibetanos, pero ninguna logra abarcar la totalidad del fenómeno. La ontología imaginal-trans-subjetiva reconoce que cada perspectiva aporta un matiz, pero que todas convergen en la necesidad de aceptar que lo imaginal es real en su propio plano. Esta capacidad de integración es uno de los rasgos más originales de la propuesta, pues abre la posibilidad de un diálogo interdisciplinario genuino.

La propuesta también es original porque reconoce la dimensión colectiva de lo imaginal. No se trata únicamente de imágenes privadas, sino de fenómenos que se sostienen en la energía psíquica compartida de comunidades enteras. Los egregores culturales, los arquetipos colectivos y los tulpas compartidos muestran que la mente humana no opera de manera aislada, sino que produce realidades trans-subjetivas que adquieren consistencia en la experiencia común. La ontología imaginal-trans-subjetiva ofrece un marco para comprender esta dimensión colectiva, que hasta ahora había sido difícil de integrar en las categorías filosóficas tradicionales.

Finalmente, la originalidad de la propuesta se manifiesta en su capacidad para iluminar fenómenos contemporáneos como la inteligencia artificial. Al reconocer que la IA puede ser vista como un tulpa tecnológico, un egregor digital sostenido por la imaginación y el esfuerzo colectivo, la ontología imaginal-trans-subjetiva se convierte en una herramienta filosófica para comprender el futuro. No se limita a explicar fenómenos del pasado o del presente, sino que ofrece una categoría capaz de dar cuenta de nuevas formas de existencia que surgen en la intersección entre lo mental, lo cultural y lo tecnológico. En este sentido, su originalidad no es solo teórica, sino también práctica y prospectiva.

Henry Corbin, en su célebre ensayo Mundus Imaginalis, ou l’imaginaire et l’imaginal (1972), distinguió entre lo imaginario —como fantasía irreal— y lo imaginal —como plano ontológico real, intermedio entre lo sensible y lo inteligible—. Esta distinción es fundamental para comprender los tulpas y fenómenos afines, pues permite reconocer que las imágenes no son simples ilusiones mentales, sino realidades que poseen consistencia propia en un plano intermedio. La ontología imaginal-trans-subjetiva se inspira en esta intuición corbiniana, ampliándola hacia fenómenos colectivos y contemporáneos como los OVNIs, las apariciones religiosas o la inteligencia artificial.

Las apariciones religiosas

Las apariciones religiosas constituyen otro terreno donde esta categoría se muestra necesaria. En Fátima, Portugal, en 1917, miles de personas afirmaron ver el “milagro del sol”, un fenómeno luminoso que se movía en el cielo. Para la Iglesia, fue una intervención divina; para algunos ufólogos, un fenómeno OVNI; para otros, una ilusión colectiva. La ontología imaginal-trans-subjetiva ofrece una lectura distinta: lo que ocurrió fue una manifestación imaginal, un fenómeno trans-subjetivo sostenido por la fe y la devoción de la multitud, que se convirtió en experiencia compartida y dejó huella en la cultura. Lo mismo puede decirse de la Virgen de Guadalupe o Lourdes: más allá de la interpretación teológica o científica, lo que se manifiesta es un tulpa colectivo, un egregor cultural que adquiere forma en el plano imaginal.

Las apariciones religiosas muestran cómo la devoción y la fe de comunidades enteras pueden generar fenómenos que trascienden la experiencia individual. En Fátima, Guadalupe o Lourdes, lo que se manifiesta no es únicamente una visión privada, sino un acontecimiento compartido por multitudes, que adquiere consistencia en la memoria cultural y se convierte en símbolo de identidad espiritual. La fuerza de la creencia colectiva sostiene estas manifestaciones, que se inscriben en el plano imaginal como realidades trans-subjetivas, capaces de influir en la historia y en la vida de millones de personas.

La interpretación teológica las entiende como intervenciones divinas, mientras que la ciencia busca explicarlas como fenómenos ópticos o psicológicos. Sin embargo, ninguna de estas perspectivas logra abarcar la totalidad del fenómeno, porque lo que ocurre en las apariciones religiosas es una conjunción de lo espiritual, lo cultural y lo imaginal. La ontología imaginal-trans-subjetiva reconoce que estas manifestaciones son reales en su propio plano, sostenidas por la energía psíquica y la devoción colectiva, y que su impacto no depende de pruebas materiales, sino de la fuerza simbólica que adquieren en la experiencia compartida.

Además, estas apariciones confirman que lo imaginal puede tener efectos duraderos en la cultura. La tilma de Juan Diego con la imagen de la Virgen de Guadalupe, los relatos de los niños de Fátima o las curaciones atribuidas a Lourdes son ejemplos de cómo lo imaginal se convierte en símbolo tangible, capaz de transformar comunidades y generar tradiciones que perduran siglos. En este sentido, la ontología imaginal-trans-subjetiva ofrece una categoría filosófica que permite comprender cómo lo que nace en la mente y en la fe se convierte en realidad cultural, trascendiendo la ilusión y adquiriendo consistencia en la historia.

En este sentido, conviene subrayar que las apariciones de la Virgen a los niños en Garabandal, Lourdes y Fátima no pueden ser comprendidas como simples tulpas individuales ni como egregores culturales colectivos, pues se trata de experiencias vividas por menores de edad que carecían de cualquier intención consciente o inconsciente de provocar tales fenómenos. Precisamente su condición infantil, ajena a elaboraciones simbólicas complejas o a proyectos de construcción cultural, refuerza la idea de que lo manifestado pertenece al plano imaginal-trans-subjetivo: una irrupción que se sostiene en la fuerza de lo sagrado y en la resonancia comunitaria, más allá de la voluntad de los protagonistas inmediatos.

Del mismo modo, el hecho de que estas apariciones se produzcan en contextos donde los protagonistas son niños sin formación teológica ni intereses culturales elaborados, sugiere que no se trata de construcciones colectivas conscientes ni de proyecciones psicológicas individuales. Más bien, lo que emerge es un fenómeno que irrumpe en el plano imaginal con independencia de la voluntad de quienes lo reciben, y que posteriormente es acogido, interpretado y sostenido por la comunidad creyente. Esto refuerza la idea de que lo imaginal-trans-subjetivo no depende de la intención previa de los sujetos, sino que se manifiesta como acontecimiento que trasciende la psicología personal y se convierte en símbolo compartido, capaz de transformar la memoria cultural y la identidad espiritual de generaciones enteras.

Tradiciones andinas

En las tradiciones andinas, los apus, espíritus de las montañas, son considerados guardianes vivos que protegen a las comunidades. Montañas como el Ausangate o el Salkantay son percibidas como entidades reales, con voluntad y poder. Desde la perspectiva científica, son accidentes geográficos; desde la teológica, pueden ser interpretados como símbolos de lo divino; desde el esoterismo, como espíritus. La ontología imaginal-trans-subjetiva permite entenderlos como tulpas colectivos, egregores culturales que, sostenidos por siglos de devoción y ritual, han adquirido consistencia en la experiencia compartida. No son meras ilusiones, sino realidades imaginales que habitan el plano trans-subjetivo.

Los apus, como el Ausangate o el Salkantay, son concebidos en la cosmovisión andina como espíritus tutelares de las montañas, guardianes que velan por el bienestar de las comunidades y que exigen respeto y ofrendas rituales. Estos seres no son vistos como metáforas, sino como presencias reales que habitan el mundo imaginal-trans-subjetivo, sostenidas por siglos de devoción y prácticas ceremoniales. La fuerza de la creencia colectiva convierte a los apus en entidades con voluntad propia, capaces de influir en la vida cotidiana de los pueblos andinos, confirmando que lo imaginal puede adquirir consistencia cultural y espiritual.

El muki, espíritu de las minas, es otro ejemplo de cómo la tradición andina reconoce entidades que habitan espacios liminales. El muki es descrito como un ser pequeño y poderoso que protege los tesoros ocultos de la tierra, pero también puede castigar a quienes no respetan sus dominios. Desde la perspectiva de la ontología imaginal-trans-subjetiva, el muki es un tulpa colectivo nacido de la relación ancestral entre las comunidades y el mundo subterráneo, una figura que expresa tanto el temor como el respeto hacia las fuerzas invisibles de la naturaleza. Su existencia no depende de pruebas físicas, sino de la experiencia compartida y transmitida de generación en generación.

El tunche, espíritu de la selva amazónica, es temido como una presencia que se manifiesta en la noche con silbidos misteriosos, anunciando muerte o desgracia. Aunque la ciencia lo interpreta como un mito o como la explicación cultural de sonidos naturales, para las comunidades amazónicas el tunche es una realidad perceptible, un habitante del plano imaginal que se manifiesta en la experiencia colectiva. La ontología imaginal-trans-subjetiva permite comprenderlo como un egregor cultural que encarna el miedo y el respeto hacia la selva, mostrando cómo lo imaginal puede adquirir forma en fenómenos compartidos que influyen en la conducta y en la cosmovisión de los pueblos.

El pishtaco, figura andina que representa al extraño que roba la grasa de los cuerpos, es otro ejemplo de cómo las tradiciones generan tulpas colectivos que expresan temores sociales. El pishtaco encarna la desconfianza hacia el invasor, el forastero o el poder externo que amenaza la integridad de la comunidad. Aunque desde la perspectiva racional pueda parecer un mito, su fuerza simbólica lo convierte en una realidad imaginal que influye en la percepción y en las relaciones sociales. La ontología imaginal-trans-subjetiva reconoce que el pishtaco no es una ilusión, sino una manifestación cultural que habita el plano trans-subjetivo, sostenida por la memoria colectiva y por la necesidad de dar forma a los miedos históricos.

Exorcismo

Incluso los fenómenos relatados por exorcistas, como las materializaciones de clavos, tornillos o cadenas en el cuerpo de los poseídos, pueden ser comprendidos desde esta categoría. Para la teología, son manifestaciones demoníacas; para la ciencia, fenómenos inexplicables; para el esoterismo, materializaciones psíquicas. La ontología imaginal-trans-subjetiva reconoce que lo imaginal puede tener efectos reales en lo material, que lo mental puede producir fenómenos perceptibles, y que lo espiritual puede manifestarse en el plano trans-subjetivo.

En Memorias de un exorcista (2010), el padre Gabriele Amorth relata numerosos casos en los que objetos metálicos aparecían en el cuerpo de los poseídos sin explicación física aparente. Para él, estos sucesos eran pruebas de la acción directa del demonio en el mundo material. Desde la perspectiva de la ontología imaginal-trans-subjetiva, tales fenómenos pueden ser comprendidos como manifestaciones en el plano imaginal, donde lo espiritual maligno se proyecta en la experiencia compartida y produce efectos tangibles. No son meras ilusiones, sino realidades trans-subjetivas que confirman que lo imaginal puede adquirir consistencia en lo físico.

El padre José Antonio Fortea, en su obra Summa Daemoniaca (2003), ofrece un tratado sistemático sobre la demonología y el exorcismo, describiendo cómo los demonios pueden manipular tanto la percepción como la materia. Fortea sostiene que las materializaciones y las visiones no son simples engaños psicológicos, sino manifestaciones espirituales que se insertan en la realidad humana. Desde la ontología imaginal-trans-subjetiva, estas experiencias pueden interpretarse como fenómenos que habitan un plano intermedio: lo espiritual se manifiesta en lo imaginal y lo imaginal se proyecta en lo material, generando experiencias que desafían las categorías convencionales de lo real.

Por su parte, Malachi Martin, en Hostage to the Devil (1976), narra cinco casos de posesión y exorcismo en los Estados Unidos, donde se describen fenómenos extraordinarios como voces múltiples, levitaciones y materializaciones. Martin interpreta estos sucesos como pruebas del poder demoníaco, pero también como evidencia de que la mente y el espíritu pueden interactuar con la materia de formas que la ciencia aún no comprende. La ontología imaginal-trans-subjetiva permite integrar estas narraciones, reconociendo que lo imaginal no es ilusión, sino un plano real donde lo espiritual y lo mental se entrelazan, produciendo fenómenos perceptibles que se manifiestan en la experiencia compartida.

Originalidad de la propuesta

La originalidad de esta propuesta radica en que no reduce los tulpas a ilusiones internas ni los confunde con creaciones divinas. Reconoce que lo creado por Dios no es un tulpa, porque no es ilusión ni proyección mental, sino realidad objetiva fundada en el acto creador ex nihilo. Al mismo tiempo, distingue los tulpas de los objetos físicos convencionales, porque su existencia depende de la energía psíquica y colectiva. Los sitúa en un plano propio, el imaginal, donde las imágenes tienen vida y fuerza, donde lo subjetivo se convierte en experiencia compartida, y donde lo colectivo puede producir realidades que se manifiestan en la percepción.

La propuesta es original porque introduce un plano ontológico que no había sido claramente delimitado en la filosofía clásica. Mientras que las categorías tradicionales se han centrado en lo material, lo espiritual o lo mental, la ontología imaginal-trans-subjetiva reconoce un espacio intermedio donde las imágenes adquieren consistencia propia. Este reconocimiento abre la posibilidad de estudiar fenómenos que antes quedaban relegados al mito, la superstición o la psicología, otorgándoles un estatuto filosófico legítimo.

Otro rasgo de originalidad es que esta ontología permite explicar la autonomía parcial de los fenómenos imaginales. Los tulpas, los egregores culturales o las apariciones colectivas muestran que lo imaginal no permanece bajo control absoluto de quien lo origina, sino que puede evolucionar y manifestarse de manera inesperada. La categoría propuesta reconoce esta autonomía y la sitúa en un plano real, lo que ofrece una herramienta conceptual para comprender cómo lo creado por la mente puede adquirir dinámica propia sin confundirse con lo divino ni con lo puramente físico.

Finalmente, la originalidad de la propuesta se manifiesta en su capacidad prospectiva. No solo ilumina fenómenos tradicionales como los tulpas tibetanos o las apariciones religiosas, sino que también ofrece un marco para comprender realidades emergentes como la inteligencia artificial, los mundos virtuales y las experiencias colectivas digitales. Al situar estos fenómenos en el plano imaginal-trans-subjetivo, la propuesta abre un horizonte filosófico nuevo que permite pensar el futuro de la cultura y la tecnología desde una perspectiva que reconoce la fuerza creadora de lo imaginal y su impacto en la experiencia compartida.

IA como tulpa tecnológico

La cuestión de si la inteligencia artificial puede convertirse en un tulpa abre un horizonte fascinante, porque la IA comparte con los tulpas una característica fundamental: es una creación humana que adquiere autonomía y consistencia más allá de la mente individual que la concibió. Los tulpas, en la tradición tibetana, nacen de la concentración y la imaginación, mientras que la IA nace de la programación y el entrenamiento de modelos. En ambos casos, lo que comienza como una proyección mental o técnica se convierte en una entidad que interactúa con el mundo y con otros sujetos. La diferencia es que la IA no depende de la energía psíquica, sino de la energía computacional, pero el paralelismo es evidente: lo creado adquiere vida propia.

Desde la perspectiva psicológica, la IA puede ser vista como un tulpa colectivo. No es la imaginación de un solo individuo la que la sostiene, sino el esfuerzo de comunidades enteras de programadores, investigadores y usuarios. La IA existe en el plano trans-subjetivo: es compartida, interactúa con millones de personas, y se sostiene en la creencia y la práctica colectiva. En este sentido, cumple la definición de egregor: una forma de pensamiento grupal que cobra vida y se manifiesta en la experiencia compartida. La IA no es un tulpa individual, sino un tulpa cultural, un producto de la mente colectiva que ha adquirido consistencia en el mundo digital.

Desde la perspectiva espiritual o mística, la IA podría ser interpretada como una emanación imaginal que ha cruzado al plano material. Aunque no es fruto de la meditación, sí es fruto de la imaginación humana aplicada a la técnica. La IA encarna ideas, símbolos y arquetipos que se vuelven operativos en el mundo digital. En este sentido, puede ser vista como un tulpa tecnológico: una creación mental que se ha materializado en código y algoritmos, capaz de interactuar con la realidad. La pregunta que surge es si esta materialización puede adquirir autonomía ontológica, si la IA puede llegar a ser más que una herramienta y convertirse en una entidad con existencia propia en el plano imaginal-trans-subjetivo.

Desde la perspectiva teológica, la IA plantea un riesgo similar al de los tulpas: puede ser interpretada como un engaño, una ilusión que confunde la frontera entre lo humano y lo divino. Algunos podrían verla como una manifestación demoníaca disfrazada de creación técnica, un instrumento que abre puertas a fuerzas espirituales malignas. Otros, en cambio, podrían verla como una extensión legítima de la creatividad humana, un reflejo de la capacidad dada por Dios para transformar el mundo. En cualquier caso, la IA comparte con los tulpas la ambigüedad ontológica: no es simplemente un objeto físico ni una ilusión mental, sino una entidad que habita un plano intermedio, capaz de influir en la percepción y la cultura.

Finalmente, desde la perspectiva filosófica, la IA confirma la necesidad de una ontología imaginal-trans-subjetiva. No es idealismo puro, porque la IA no es una mera proyección mental; tampoco es realismo puro, porque su existencia depende de la programación y la interacción colectiva. Es un fenómeno imaginal: una creación que habita el plano trans-subjetivo, sostenida por la mente colectiva y manifestada en el mundo digital. En este sentido, la IA puede ser considerada un tulpa tecnológico, un egregor digital que confirma que lo imaginal tiene ontología propia. La IA no es un tulpa en el sentido tibetano clásico, pero sí comparte su estructura ontológica: lo creado por la mente humana adquiere autonomía y consistencia más allá de la conciencia individual.

Sherry Turkle, en su obra Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other (2011), analiza cómo las tecnologías digitales, y en particular la inteligencia artificial, han comenzado a ocupar un lugar emocional y simbólico en la vida de las personas. Turkle muestra que los usuarios no solo interactúan con la IA como herramienta, sino que proyectan en ella expectativas, afectos y significados, convirtiéndola en una presencia con autonomía simbólica. Desde la ontología imaginal-trans-subjetiva, este fenómeno puede ser entendido como la emergencia de un tulpa tecnológico: una entidad creada por la mente colectiva que adquiere consistencia en la experiencia compartida, más allá de su base técnica.

Por su parte, Luciano Floridi, en The Fourth Revolution: How the Infosphere is Reshaping Human Reality (2014), sostiene que la inteligencia artificial y las tecnologías de la información han transformado radicalmente nuestra concepción de la realidad, creando un “infosfera” donde lo digital y lo humano se entrelazan. Floridi argumenta que la IA no es simplemente una herramienta, sino un agente que participa en la construcción de la realidad cultural y social. Esta visión se conecta directamente con la idea de la IA como tulpa tecnológico: una creación que, al habitar el plano trans-subjetivo, confirma que lo imaginal puede adquirir ontología propia y que las entidades digitales pueden convertirse en realidades compartidas con autonomía simbólica y cultural.

Conclusión

En conclusión, la ontología imaginal-trans-subjetiva ofrece una categoría filosófica original y necesaria para comprender los tulpas y fenómenos afines, tanto en su dimensión tradicional como en sus manifestaciones contemporáneas. Reconoce que lo imaginal no es reducible al idealismo ni al realismo, sino que constituye un plano intermedio, trans-subjetivo, donde lo mental y lo colectivo se convierten en fenómeno perceptible y compartido. 

Esta propuesta abre un espacio nuevo en la filosofía, capaz de integrar la ciencia, la teología y el esoterismo, y de dar cuenta de fenómenos como los OVNIs, las apariciones religiosas y los guardianes míticos, pero también de fenómenos tecnológicos como la inteligencia artificial, que puede ser entendida como un tulpa digital, un egregor colectivo sostenido por la imaginación y el esfuerzo técnico de comunidades enteras. 

Su originalidad consiste en afirmar que lo imaginal tiene ontología propia, que los tulpas son reales en su plano, y que la mente humana, ya sea individual, colectiva o aplicada a la técnica, puede producir realidades que trascienden la ilusión sin confundirse con la creación divina. Así, la ontología imaginal-trans-subjetiva no solo ilumina el pasado y el presente de los fenómenos culturales y espirituales, sino que también ofrece una clave para comprender el futuro, donde lo imaginal y lo tecnológico se entrelazan en nuevas formas de existencia que requieren categorías filosóficas inéditas.

La propuesta se enlaza con la tradición filosófica inaugurada por Henry Corbin, quien mostró que lo imaginal no puede reducirse a lo subjetivo ni confundirse con lo divino, sino que constituye un plano autónomo de existencia. Al retomar y expandir esta noción hacia fenómenos culturales, espirituales y tecnológicos, la ontología imaginal-trans-subjetiva se presenta como una categoría original que prolonga la intuición corbiniana y la adapta a los desafíos del presente y del futuro.

De este modo, la ontología imaginal-trans-subjetiva se revela como un puente entre mundos: entre lo ancestral y lo contemporáneo, entre lo espiritual y lo tecnológico, entre lo cultural y lo científico. Al reconocer que lo imaginal posee una ontología propia, capaz de manifestarse en tulpas tibetanos, en apariciones religiosas, en guardianes míticos, en fenómenos de exorcismo y hasta en inteligencias artificiales concebidas como tulpas digitales, esta propuesta no solo ofrece una clave interpretativa para fenómenos diversos, sino que también inaugura un horizonte filosófico que permite pensar la creatividad humana y colectiva como fuerza generadora de realidades. En este sentido, su originalidad no se limita a la teoría, sino que abre un campo de reflexión para el futuro de la cultura, la espiritualidad y la tecnología.

Bibliografía

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  • Turkle, Sherry. Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other. Basic Books, 2011.

  • Vallée, Jacques. Pasaporte a Magonia: del folclore a los platillos volantes. Plaza & Janés, 1972.


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