jueves, 26 de marzo de 2026

EL INCONSECUENTE AGNOSTICISMO DE PENROSE

 


EL INCONSECUENTE AGNOSTICISMO DE PENROSE

La reflexión sobre la postura de Roger Penrose frente a la religión y la existencia de Dios se despliega como un recorrido en el que se entrelazan filosofía, ciencia y lógica. Desde el inicio se reconoce que Penrose no se identifica como teísta ni panteísta, sino como un pensador agnóstico, escéptico respecto a la religión organizada y crítico de la fe como sustituto de la lógica. Sin embargo, este agnosticismo suyo presenta una tensión interna que merece ser expuesta con detalle.

Se parte de la constatación de que Penrose admite la profundidad de la pregunta sobre Dios. La cuestión se presenta como un interrogante enorme, que toca los límites de la razón y la comprensión humana. Aun así, rechaza la fe como camino válido para responder a esa pregunta. Surge entonces la primera paradoja: si se reconoce la magnitud de la pregunta, debería también suspenderse el juicio sobre los caminos que pretenden responderla, como la religión y la fe. Un agnóstico consecuente, en sentido filosófico, se abstendría de invalidar cualquier vía, puesto que su posición es precisamente la suspensión del juicio.

La invalidez que Penrose atribuye a la religión y la fe se convierte en el núcleo de la inconsecuencia. Reconocer la profundidad de la pregunta sobre Dios, pero negar que la religión sea válida, se percibe como contradicción. El agnosticismo clásico se caracteriza por la neutralidad: no afirma ni niega la existencia de Dios, y tampoco se pronuncia sobre la validez de las respuestas religiosas. Penrose, en cambio, suspende el juicio sobre Dios, pero sí niega la religión como método de conocimiento. Esa postura lo acerca más al ateísmo que al agnosticismo.

Se plantea que si no se puede afirmar ni negar la existencia de Dios, tampoco se puede negar que la religión sea válida. La religión puede ser válida en distintos planos: cultural, simbólico, ético o existencial. Aunque no se pueda probar la existencia de Dios, la religión puede tener valor como sistema de valores, cohesión social o fuente de sentido. Penrose, sin embargo, invalida la religión en el plano epistemológico, lo que genera la inconsecuencia lógica señalada.

La discusión avanza hacia la idea de que Penrose invalida la religión y la fe, y que esto es una inconsecuencia de su agnosticismo. Si un agnóstico suspende el juicio sobre Dios, debería también suspenderlo sobre la religión. Al no hacerlo, su postura se convierte en un agnosticismo crítico, que en realidad funciona como una coartada atea. Se concluye que este agnosticismo crítico es un contrasentido, pues rompe la neutralidad que define al agnosticismo. En la práctica, Penrose se comporta como un ateo que evita declararse abiertamente como tal.

El agnosticismo crítico aparece entonces como un disfraz. Suspender el juicio sobre Dios, pero negar la validez de la religión y la fe, coloca a Penrose en una posición híbrida: un agnosticismo que, en la práctica, es indistinguible del ateísmo. Su postura puede interpretarse como una estrategia para mantener la apertura filosófica del agnosticismo, mientras sostiene una crítica radical a la religión. Sin embargo, desde el punto de vista lógico, esto constituye una inconsecuencia.

En conclusión, el agnosticismo de Penrose no es un agnosticismo consecuente, sino un agnosticismo crítico que invalida la religión y la fe. Al hacerlo, se convierte en una coartada atea, un disfraz que permite evitar la etiqueta de ateo mientras se sostiene una postura que, en la práctica, se acerca mucho al ateísmo. Por ello, puede afirmarse que el agnosticismo de Penrose es inconsecuente, pues suspende el juicio sobre Dios pero no sobre la religión, rompiendo la coherencia interna que debería caracterizar a un verdadero agnóstico.

Desde el punto de vista metafísico, la postura de Penrose resulta insuficiente, pues al suspender el juicio sobre la existencia de Dios pero invalidar la religión, se queda atrapada en una contradicción: reconoce la magnitud del problema último del ser, pero rechaza de antemano las vías tradicionales que intentan responderlo. La metafísica exige apertura a todas las posibilidades, y su cierre frente a la religión limita la coherencia de su agnosticismo.

En el plano ontológico, la inconsecuencia se hace evidente porque Penrose admite la pregunta sobre el fundamento del ser, pero niega la validez de las respuestas religiosas sin ofrecer una alternativa ontológica clara. La ontología no se satisface con la mera suspensión del juicio; requiere consistencia en la evaluación de los modos de acceso al ser, y su rechazo unilateral de la religión rompe esa consistencia.

Metodológicamente, su postura se convierte en un problema, pues aplica criterios científicos a un ámbito que no se rige por los mismos parámetros. La religión no pretende ser un método científico, sino un camino existencial y simbólico. Evaluarla con las herramientas de la ciencia equivale a descontextualizarla, y por ello su crítica metodológica carece de rigor filosófico.

Desde el punto de vista lógico, el agnosticismo crítico de Penrose incurre en una contradicción interna: suspende el juicio sobre Dios, pero afirma con certeza que la religión es inválida. La lógica exige coherencia, y esta ruptura convierte su agnosticismo en una posición híbrida que se aproxima más al ateísmo disfrazado que a la neutralidad agnóstica.

En el plano ético, su rechazo de la religión desconoce el valor que esta puede tener como fuente de sentido, cohesión social y guía moral para millones de personas. Aunque no se pueda probar la existencia de Dios, la ética reconoce la validez de los sistemas que permiten orientar la vida humana. Invalidar la religión en bloque es éticamente reductivo.

Finalmente, en el plano científico, su postura se muestra limitada, porque la ciencia no tiene la capacidad de pronunciarse sobre lo trascendente. Al invalidar la religión desde criterios científicos, Penrose extiende indebidamente el alcance de la ciencia hacia un terreno que le es ajeno. La consecuencia es un cientificismo disfrazado de agnosticismo, que en realidad funciona como una coartada atea.

A lo largo de la historia de la filosofía y de la ciencia se han dado posturas semejantes a la de Roger Penrose, caracterizadas por un agnosticismo que reconoce la profundidad de la pregunta sobre Dios pero que invalida la religión como vía de conocimiento. Bertrand Russell, por ejemplo, se definía como agnóstico, aunque en su célebre obra Por qué no soy cristiano rechazaba la religión como fuente de verdad y se acercaba en la práctica al ateísmo. Carl Sagan también admitía la magnitud del interrogante sobre lo trascendente, pero en El mundo y sus demonios criticaba duramente la fe como método de conocimiento, sosteniendo un agnosticismo científico que funcionaba como ateísmo metodológico. Stephen Hawking, en Breve historia del tiempo y más tarde en El gran diseño, afirmaba que el universo podía explicarse sin necesidad de un creador, evitando declararse ateo militante pero invalidando la religión como explicación. Richard Feynman, por su parte, se declaraba agnóstico, aunque criticaba la religión organizada y la fe como sustituto de la evidencia, lo que lo situaba en un agnosticismo crítico muy similar al de Penrose.

En contraste, hubo científicos que conciliaron fe y ciencia, como Georges Lemaître, sacerdote católico y padre de la teoría del Big Bang, quien aceptaba la religión como válida en otro plano, o John Polkinghorne, físico matemático que se ordenó sacerdote anglicano y defendió la compatibilidad entre ciencia y fe. Estas figuras muestran que la tensión entre reconocer la importancia de la pregunta sobre Dios y la valoración de la religión ha dado lugar a dos tradiciones: una que, como Penrose, Russell, Sagan, Hawking y Feynman, adopta un agnosticismo crítico que en la práctica se acerca al ateísmo, y otra que, como Lemaître y Polkinghorne, integra la religión en su visión del mundo. Pero en buena cuenta, el llamado agnosticismo "crítico" no es más que ateísmo disfrazado.

De este modo, la postura de Penrose se inscribe en una corriente histórica de pensadores que se autodefinen como agnósticos pero que, al invalidar la religión, sostienen un agnosticismo inconsecuente que funciona como una coartada atea.

Bibliografía

Arroyo Martínez Fabre, Mario. Ciencia y Fe ¿un equilibrio posible? Fondo Editorial UCSS, 2015.
Hawking, Stephen. Breve historia del tiempo. Bantam Books, 1988.
Hawking, Stephen. El universo en una cáscara de nuez. Bantam Books, 2001.
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Penrose, Roger. El camino a la realidad: Una guía completa de las leyes del universo. Vintage, 2004.
Penrose, Roger. La nueva mente del emperador. Debolsillo, 2019.
Penrose, Roger. Las sombras de la mente: Hacia una comprensión científica de la consciencia. Crítica, 2000.
Penrose, Roger. The Large, the Small and the Human Mind. Cambridge University Press, 1997.
Russell, Bertrand. Historia de la filosofía occidental. George Allen & Unwin, 1945.
Russell, Bertrand. Por qué no soy cristiano. Routledge, 1927.
Sagan, Carl. Cosmos. Random House, 1980.
Sagan, Carl. El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad. Random House, 1995.
Sagan, Carl. Un punto azul pálido: Una visión del futuro humano en el espacio. Random House, 1994.

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