sábado, 12 de septiembre de 2026

El derrotismo de Agamben

 


El derrotismo de Agamben

¿Es posible imaginar una filosofía que, bajo el ropaje de la impugnación radical al poder, termine por santificar la parálisis del oprimido? ¿Qué queda de la política cuando la ontología se empeña en demostrar que toda acción transformadora está condenada de antemano a reproducir la tiranía? A través de la ambiciosa saga Homo Sacer, Giorgio Agamben se ha consolidado como uno de los analistas más sutiles de las lógicas de captura de la modernidad. Sin embargo, detrás de su deslumbrante erudición arqueológica y su retórica de la sospecha, se esconde una arquitectura conceptual profundamente insatisfactoria desde el punto de vista metafísico y político. Al clausurar la eficacia del acto, mistificar la temporalidad y elevar la inoperosidad a la categoría de virtud suprema, el pensamiento agambeniano sufre un síncope derrotista. El análisis riguroso de sus pilares revela que la ontología de la impotencia no conduce a la emancipación, sino a un repliegue quietista que, ineludiblemente, resulta funcional a las estructuras conservadoras y reaccionarias que formalmente pretende combatir.
Este planteamiento inicial exige desgranar el andamiaje metodológico sobre el cual se edifica semejante diagnóstico de clausura existencial. Agamben opera mediante una estrategia de sospecha permanente que asume la existencia de una maquinaria de dominación perfecta, cuyas piezas encajan con una precisión matemática implacable. Al postular que los dispositivos de control capturan cada estrato de la experiencia humana, la teoría elimina preventivamente la viabilidad de cualquier contraofensiva conceptual que no esté previamente contaminada por la lógica del adversario. La consecuencia directa de esta premisa es la demolición de la esperanza emancipatoria ordinaria, trocada por una contemplación pasiva del desastre contemporáneo.
Asimismo, es imperativo notar cómo este pesimismo estructural anula la dimensión de la contingencia y el acontecimiento creador en la historia del pensamiento continental. La realidad es presentada como un laberinto discursivo clausurado, donde los seres humanos devienen meros epifenómenos o figurantes de un drama de subordinación que se repite monótonamente a lo largo de los siglos. Al carecer de una fundamentación metafísica que valide la emergencia de lo cualitativamente nuevo, el pensamiento agambeniano se encierra en una cámara de eco teórica. Así, la pretendida radicalidad de su crítica se disuelve en una parálisis que renuncia a la tarea fundamental de proveer un suelo ontológico afirmativo para la reconstrucción de la polis.
El núcleo de la parálisis agambeniana radica en una deficiencia ontológica originaria: la absolutización metafísica de la contingencia histórica. Al examinar dispositivos específicos como el derecho romano, el bando soberano o los campos de exterminio del siglo XX, la propuesta no los interpreta como accidentes o encrucijadas históricas mutables, sino como leyes ontológicas inmutables de la civilización occidental. Esta mutación de la historia en destino trágico genera un binarismo asfixiante entre la vida biológica desnuda (zoé) y la existencia políticamente cualificada (bíos). Dentro de este esquema, el concepto del homo sacer —aquel que puede ser asesinado impunemente pero no sacrificado— se universaliza de tal manera que despoja a los sujetos de cualquier vestigio de agencia o resistencia material. Al afirmar de manera homogénea que en la contemporaneidad todos los ciudadanos habitan virtualmente la condición de víctimas dentro de un campo de concentración global, se disuelven las asimetrías reales de clase, raza y género. Esta ceguera sociológica priva a la teoría de herramientas operativas para la acción, transformando los cuerpos en arcilla pasiva frente a una máquina biopolítica omnipotente e inescapable.
Para comprender la magnitud de esta fragilidad conceptual, resulta ilustrativo evaluar el impacto de equiparar la totalidad de las existencias modernas al confinamiento del campo. Esta universalización de la intemperie política anula las disticones cualitativas y cuantitativas de la dominación real, de modo que las sutiles dinámicas de exclusión y los brutales regímenes de opresión material se licúan en una única categoría abstracta. Al declarar que la matriz de la modernidad es homogéneamente concentracionaria, la especificidad histórica de las luchas sociales queda invalidada, privando a las colectividades de la capacidad de jerarquizar urgencias tácticas o consolidar alianzas concretas basadas en sus realidades materiales.
A nivel metafísico, esta operación conceptual representa una hipóstasis de los mecanismos del poder, dotando a las estructuras estatales y discursivas de una consistencia ontológica monolítica que de hecho no poseen en el plano de la inmanencia histórica. Agamben despoja al ser humano de su pluralidad constitutiva y de su irreductible densidad biológica para transformarlo en un mero residuo pasivo de las decisiones soberanas. Al vaciar al sujeto de toda potencia endógena de insurrección, la ontología política se transmuta en una tanatopolítica especulativa, donde la vida desnuda es incapaz de generar un contrabando de sentido, una fisura o una interrupción activa dentro del engranaje que la captura.
Esta clausura del plano material se agrava al analizar el pilar del estado de excepción permanente. Al heredar de manera dogmática las tesis de Carl Schmitt y Walter Benjamin, se postula que la suspensión del derecho ha pasado a ser la técnica normal de gobierno, difuminando cualquier frontera entre la legalidad y la anomia. Semejante absolutización institucional adolece de una flagrante contradicción performativa. Mientras se dedica la mayor parte del esfuerzo intelectual a realizar una exégesis minuciosa de las categorías jurídicas, se deslegitima en paralelo cualquier tentativa de reforma constitucional, defensa de los derechos humanos o activismo legal, tildándolos de complicidades implícitas con el dispositivo de captura. Al regalar el terreno de la legalidad institucional al enemigo fáctico, la teoría promueve un derrotismo jurídico que desarma a los movimientos sociales frente a los abusos del poder. Si el derecho es exclusivamente captura, la política pierde el suelo institucional de la disputa, quedando reducida a un umbral de indistinción donde es imposible diferenciar lógicamente las salvaguardas de una democracia constitucional de la violencia cruda de una dictadura totalitaria.
La debilidad de este enfoque estriba en su incapacidad para aprehender las contradicciones internas y las grietas operativas que atraviesan a cualquier sistema jurídico moderno. Al concebir el derecho como un bloque uniforme de sujeción biopolítica, se soslaya el hecho histórico de que los marcos normativos e institucionales son también el resultado sedimentado de conquistas populares, resistencias colectivas y pactos sociales en constante tensión. Negar de plano el valor de la disputa por las garantías civiles equivale a desautorizar los diques de contención que las propias sociedades han erigido para limitar la arbitrariedad del soberano, clausurando la trinchera institucional de la resistencia.
Asimismo, esta parálisis jurídica engendra un bucle temporal y espacial que congela la realidad en un eterno presente sin fisuras. Si el estado de excepción lo absorbe todo y el exterior de la ley es simétrico a su interior, se disuelve la posibilidad misma de la transición o de la ruptura estratégica. El pensamiento político se ve abocado a un purismo abstencionista, en el cual cualquier intervención destinada a codificar derechos o sancionar límites legales es penalizada teóricamente como una sumisión voluntaria a los aparatos de captura del Estado.
Frente a este callejón sin salida, la alternativa metafísica propuesta resulta técnicamente estéril: la ontología de la impotencia o la "potencia de no". Al reinterpretar la metafísica aristotélica, se sostiene que la máxima perfección del ser no se alcanza en la actualización del acto, sino en la capacidad de abstenerse, de mantenerse suspendido en la pura potencialidad. El acto es condenado como un proceso de domesticación que agota la libertad original. No obstante, trasladar esta premisa al plano de la praxis social constituye un lujo existencial profundamente aristocrático y ajeno a las urgencias de la supervivencia colectiva. Las comunidades subalternas no resisten replegándose en la inacción; subsisten mediante la actualización constante de la cooperación, la producción material y la edificación de instituciones comunitarias. Una potencia que se prohíbe a sí misma el paso al acto no encarna la libertad, sino una parálisis contemplativa. Esta apología del silencio y de la inoperosidad incurre en una flagrante incoherencia discursiva, dado que se predica el repliegue y la suspensión del lenguaje mediante un acto hiperoperante de acumulación bibliográfica y producción teórica ininterrumpida.
Al profundizar en la inviabilidad de esta apología del no-hacer, resulta evidente el sesgo de clase e inmunidad material que subyace a la propuesta. Sostener que la dignidad óntica reside en la suspensión del uso y en la renuncia a la operatividad presupone una condición de existencia donde las necesidades más perentorias de la corporalidad ya se encuentran resueltas por fuera del circuito analizado. Para los sectores desposeídos del entramado global, la actualización de la potencia en actos de organización cooperativa, trabajo comunitario y resistencia material afirmativa no constituye una claudicación metafísica, sino la única condición de posibilidad para la preservación de la vida frente a la precarización sistémica.
Por otra parte, la absolutización de la impotencia destruye el fundamento ontológico de la responsabilidad ética y de la transformación colectiva. Si la actualización en el plano del acto se interpreta invariablemente como una degradación o captura de la potencia original, la única pureza ontológica residirá en un aislamiento estéril, estancado en el umbral de la mera posibilidad. Semejante postura inmuniza al filósofo frente a los desgarros de la praxis histórica, ofreciendo un refugio conceptual donde la inacción es condecorada como resistencia, mientras las dinámicas reales de explotación prosiguen su marcha sin encontrar oposición corpórea alguna.
Es precisamente en este punto de inanición metafísica donde una ontología quenótica con trascendencia ofrece una clave de lectura verdaderamente devastadora para el andamiaje agambeniano. A diferencia de las lecturas secularizadas de Gianni Vattimo o Slavoj Žižek —quienes interpretan la kenosis como la disolución de la trascendencia en una inmanencia débil o en el puro ateísmo cristiano—, una ontología quenótica clásica, de raíz trascendente, sostiene que el vaciamiento voluntario del ser no es la extinción de su fundamento absoluto, sino la máxima expresión de su sobreabundancia y libertad creativa. Desde esta perspectiva, Dios o el Absoluto no se limitan para desaparecer en lo Mismo, sino que se donan para abrir el espacio del Otro. El vaciamiento de la gloria teológica o del poder ontológico constitutivo tiene por objeto un descenso radical y comprometido hacia las fisuras de la finitud y la vulnerabilidad, pero manteniendo la trascendencia como el horizonte que dota de sentido, promesa y dignidad inalienable al ser sufriente. Al confrontar a Agamben con esta visión, su noción de inoperosidad se revela como una parodia defectuosa del abajamiento: un vaciamiento que se repliega egoístamente sobre sí mismo para custodiar una potencia estéril, renunciando al amor encarnado y a la refundación afirmativa del lazo comunitario.
Esta distorsión agambeniana de la renuncia divina devela el profundo abismo metafísico que separa su quietismo de una auténtica teología del despojamiento activo. Mientras que la auténtica ontología quenótica con trascendencia concibe que el Ser absoluto se rebaja y asume la debilidad material precisamente para dinamizar la historia desde abajo y redimir el acto libre del hombre, Agamben despoja al sujeto de su soberanía formal únicamente para dejarlo desarmado en el umbral. Al divorciar el vaciamiento de su vector trascendente —que opera como garantía de una verdad última más allá del dispositivo—, la inoperosidad pierde su potencia salvífica y se degrada en una ascesis melancólica que acepta la derrota histórica del bien, confundiendo la humillación liberadora con la claudicación existencial.
Finalmente, la llamada "potencia destituyente" revela el carácter profundamente antirrevolucionario del proyecto. A diferencia de las propuestas que buscan la disolución del orden en una horizontalidad meramente terrenal, el planteamiento agambeniano proscribe cualquier toma del poder o edificación de un orden alternativo, asumiendo que todo poder constituyente degenerará necesariamente en tiranía. La emancipación se confía entonces a la "inoperosidad": un gesto mesiánico de desactivación y profanación que devuelva las cosas a un místico "uso común". El error fatal de esta postura radica en una ingenuidad teológica que roza la fantasía mística, presumiendo que al desactivar los marcos normativos el vacío social se colmará espontáneamente de fraternidad. La evidencia histórica demuestra lo contrario: los vacíos institucionales carentes de organización política afirmativa son devorados con presteza por el fascismo o la violencia de los poderes fácticos. Al carecer de propuestas concretas para organizar la salud, el trabajo o la justicia material, la inoperosidad se evapora en un ascetismo elitista.
Este anarquismo destituyente adolece de una alarmante irresponsabilidad operativa, al no proveer la menor indicación sobre la gestión cotidiana de las necesidades colectivas en el estado post-dispositivo. Confiar la distribución de recursos, la atención de las vulnerabilidades corpóreas o la resolución de conflictos intersubjetivos a la mera inoperosidad de las funciones devela una desconexión punzante con las realidades materiales de la existencia humana. La destitución pura, desprovista de un vector constituyente que reorganice la producción y sostenga los lazos de interdependencia social, no libera el uso común de las cosas, sino que abandona dicho uso al imperio de la fuerza bruta y de la inercia capitalista.
En última instancia, esta veta de la teoría delata una soteriología laica que aguarda un colapso milagroso del sistema sin asumir la tarea histórica de su demolición y reestructuración afirmativa. Al prohibir la emergencia de un poder constituyente y clausurar la mediación institucional, la propuesta política se reduce a una ética de la abnegación y del testimonio individual. La emancipación colectiva es desplazada por una expectativa escatológica que congela la militancia en una vigilia melancólica, convirtiendo al pensador en un profeta de la catástofe que proscribe la revolución bajo el pretexto de salvaguardar su pureza conceptual.
En conclusión, el itinerario teórico analizado demuestra que el pensamiento de Giorgio Agamben funciona con brillantez como una estética de la sospecha, pero colapsa estrepitosamente como ontología política de la emancipación. Al quedar atrapado en el principio de inmanencia radical, la finitud hermética y una temporalidad mesiánica suspendida, el diagnóstico totalitario de la modernidad termina por exigir un milagro teológico secularizado para hallar una salida. Su andamiaje conceptual padece una incoherencia insalvable: utiliza estructuras absolutistas y terminologías trascendentes para justificar un quietismo terrenal. Lejos de constituir una crítica subversiva, el elogio de la impotencia delata el síntoma melancólico de una intelectualidad desencantada que prefiere la pureza estética de la derrota absoluta antes que asumir los riesgos implícitos en la construcción revolucionaria y la imperfección del acto político real. Al invalidar las herramientas del derecho, satanizar el poder constituyente y mitificar el pasado monástico o arcaico bajo la máscara de la vanguardia, Agamben se revela como un pensador de matriz profundamente reaccionaria y conservadora, cuyo derrotismo ontológico no hace más que dejar el mundo intacto en manos de quienes ya ejercen el poder coercitivo.
Esta deriva conservadora se hizo patente al confrontar crisis materiales globales, donde la reducción de las políticas sanitarias y de cuidado colectivo a meros simulacros del "estado de excepción" evidenció el peligro práctico de una teoría desprovista de anclaje empírico y responsabilidad social. Al incapacitarse para distinguir entre la protección colectiva de las vidas vulnerables y el despliegue de la violencia soberana, la arquitectura agambeniana terminó ofreciendo munición discursiva a las corrientes más reaccionarias e individualistas del espectro contemporáneo. Este alineamiento fáctico con el repliegue conservador no representa un accidente biográfico, sino la consecuencia lógica y necesaria de una metafísica que ha santificado la impotencia y aborrecido la fecundidad del acto.
Por lo tanto, la superación de este síncope derrotista exige un retorno urgente a una ontología que no renuncie al principio de trascendencia, recuperando el suelo metafísico necesario para fundar una auténtica ética de la responsabilidad y de la transformación colectiva. La superación del quietismo agambeniano no se hallará en las ontologías de la inmanencia afirmativa —las cuales, al disolver la trascendencia, despojan al ser de su alteridad radical y de su anclaje absoluto frente al mundo—, sino en una praxis de despojamiento quenótico genuinamente trascendente. La tarea de una filosofía crítica consiste en dotar a los cuerpos organizados de una dignidad inalienable y una orientación última que les permita irrumpir en el tejido del presente, asumiendo el riesgo constituyente de edificar nuevas formas de justicia material, de cuidado mutuo y de soberanía comunitaria en el plano real de la existencia compartida, bajo el horizonte imperecedero de un Absoluto que moviliza y dignifica la acción humana.
Bibliografía
Agamben, G. (1998). Homo Sacer: El poder soberano y la vida desnuda. Pre-Textos.
Agamben, G. (2004). Estado de excepción. Homo Sacer, II, 1. Pre-Textos.
Agamben, G. (2006). La potencia del pensamiento. Anagrama.
Agamben, G. (2017). El uso de los cuerpos. Homo Sacer, IV, 2. Pre-Textos.
Badiou, A. (1999). El ser y el acontecimiento. Manantial.
Meillassoux, Q. (2015). Después de la finitud: Ensayo sobre la necesidad de la contingencia. Caja Negra Editora.
Negri, A. (2003). El poder constituyente: Ensayo sobre las alternativas de la modernidad. Traficantes de Sueños.

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