miércoles, 30 de septiembre de 2026

OVNI como ilusión secular


OVNI como ilusión secular

A Eduardo Paz Esquerre
¿En qué momento de la historia se decidió que las majestuosas catedrales góticas debían ser reemplazadas por hangares de la fuerza aérea y los coros celestiales por señales de estática radiofónica? ¿Qué clase de orfandad espiritual padece la humanidad contemporánea para que el anhelo de salvación eterna se haya degradado a la piadosa espera de un platillo volante? 
En una época que se ufana de haber enterrado los viejos dogmas bajo el estandarte de la razón y el desencantamiento del mundo, resulta sumamente irónico contemplar cómo los cielos vaciados de lo divino se pueblan apresuradamente con fantasmas tecnológicos. La modernidad tardía, profundamente secularizada y despojada de la trascendencia metafísica a la cual renunció con soberbia, ha terminado por edificar su propio altar laico. En este nuevo culto, el milagro se disfraza de ingeniería, el querubín viste traje espacial y el creador no es el Dios único manifestado en la carne de Cristo, sino una raza de genetistas intergalácticos. El fenómeno OVNI no es, por tanto, una frontera de la exploración científica, sino la gran parodia mística de nuestro tiempo: una ilusión secular diseñada para aplacar el horror al vacío de un cosmos mudo.
Esta mitología contemporánea no se sostiene sobre el vacío; requiere, como cualquier religión, de sus propios profetas, liturgistas y hacedores de reliquias. En la base más burda de esta pirámide del engaño se encuentran figuras del espectáculo mediático como Jaime Maussan, hábiles comerciantes de la credulidad que suministran al público el asombro empaquetado que la fría realidad les niega. La exhibición de presuntas momias prehispánicas alteradas con pegamento moderno ante recintos legislativos no es más que la actualización de la venta de falsas astillas de la verdadera cruz en las ferias medievales. Esta industria de la ficción sacralizada encuentra sus cimientos doctrinales en las monumentales falsificaciones míticas de autores como Erich von Däniken y J. J. Benítez. Von Däniken inauguró el fraude de la "astroarqueología" al reinterpretar monumentos sagrados y relieves antiguos —como la célebre lápida de Palenque o las líneas de Nazca— bajo una burda traducción tecnológica, reduciendo el genio humano y la genuina devoción de las civilizaciones del pasado a pistas de aterrizaje para cosmonautas. La desorbitación secular llega a tal extremo demencial que no falta quienes ya plantean la necesidad de una exopolítica para tratar con los supuestos alienígenas.
Por su parte, Benítez perfeccionó el engaño al fusionar la literatura de ficción con el reportaje periodístico en sagas novelescas y supuestas crónicas de investigación. Al alterar datos históricos, plagiar textos esotéricos previos y presentar diarios falsificados de misiones militares secretas como documentos fidedignos, logró reescribir la teología cristiana bajo una lente ufológica. Estas narrativas no operan como literatura recreativa, sino como una sistemática demolición del dogma histórico para imponer el mito del alienígena creador. Para el consumidor con pretensiones intelectuales, sin embargo, el mito se refina a través de lo que se disfraza como periodismo de investigación. El trabajo de figuras como Leslie Kean, encumbrada por coordinar influyentes publicaciones en diarios de prestigio mundial, representa en el fondo un falso periodismo escéptico. Bajo una apariencia de rigor profesional y un tono pretendidamente neutral, su labor ha funcionado históricamente como una plataforma de amplificación acrítica y cabildeo para supuestos denunciantes gubernamentales y entusiastas del misterio, desprovista de una verdadera contrastación empírica independiente.
El mito adquiere su faceta más insidiosa cuando seduce a las mentes formadas en la academia. El astrónomo J. Allen Hynek, inicialmente contratado por el gobierno estadounidense para desmitificar los reportes de la Guerra Fría, acabó rindiéndose ante la misma mística que debía combatir, elaborando complejas taxonomías de encuentros cercanos que Spielberg elevaría al rango de liturgia cinematográfica. A esta misma corriente se adscriben los extravíos de su colaborador más cercano, el astrofísico e informático Jacques Vallée. Alejándose de la interpretación puramente tuerca y tornillo, Vallée desvió su rigor hacia la hipótesis interdimensional, postulando que los ovnis operan como un "sistema de control térmico" de la conciencia humana. Al equiparar erróneamente en sus obras las apariciones marianas y el folclore de hadas y duendes con manifestaciones de una inteligencia absurda y manipuladora, Vallée terminó por validar la confusión entre lo espiritual y una paraciencia sincrética. 
En tiempos más recientes, los extravíos del físico y astrónomo de Harvard, Avi Loeb, demuestran cómo la urgencia de notoriedad puede descarrilar el rigor científico. Loeb ha comprometido su credibilidad institucional al defender de forma persistente que objetos interestelares comunes como Oumuamua o simples esférulas metálicas halladas en el lecho marino son restos de naves o artefactos tecnológicos alienígenas, forzando conclusiones desmentidas con presteza por la comunidad astronómica global. Incluso físicos de gran renombre mediático como Michio Kaku caen con frecuencia en la trampa de la ambigüedad, coqueteando con la posibilidad de civilizaciones hiperavanzadas capaces de manipular el espacio-tiempo. Al validar estas hipótesis sin evidencias tangibles, la divulgación científica se transforma, involuntariamente, en la teología de este nuevo credo secular.
El andamiaje supuestamente racional de esta creencia suele blindarse tras ejercicios matemáticos abstractos que confunden la posibilidad lógica con la realidad física. El ejemplo más célebre es la ecuación de Drake, una formulación que pretende calcular el número de civilizaciones tecnológicas en la galaxia mediante la multiplicación de una serie de variables. Si bien se conocen con relativa precisión los factores astronómicos, el resto de los términos —como la probabilidad de que surja la vida inteligente o la duración de una sociedad tecnológica— son absolutas incógnitas que reflejan únicamente los sesgos de quien realiza el cálculo. 
Esta ecuación no es más que la matematización de la falacia de la vastedad: el burdo argumento que sostiene que, dada la inmensidad del universo, "a la fuerza" debe haber alguien más. Desde el estricto rigor de la astrobiología, multiplicar un número astronómicamente grande por una probabilidad de abiogénesis que bien podría ser infinitesimalmente pequeña arroja un resultado indeterminado. El universo bien puede estar habitado únicamente por el silencio, pero la mente secularizada prefiere forzar la estadística antes que aceptar la aterradora posibilidad de la soledad absoluta o la exclusividad del diseño divino en la Tierra.
Resulta revelador constatar que, cuando la investigación contemporánea se aparta de la especulación astrofísica y se adentra de forma seria en los linderos de la conciencia o el tránsito de la muerte, el relato alienígena se desvanece por completo. El psiquiatra y filósofo Raymond Moody, en su obra pionera Vida después de la vida, recopiló y sistematizó cientos de experiencias de muerte cercana (ECM). En ninguno de los testimonios de aquellos pacientes que cruzaron el umbral de la muerte clínica se registró el encuentro con tripulantes de naves espaciales o inteligencias de otros planetas. Por el contrario, las vivencias documentadas por Moody se mantuvieron firmemente ancladas en una dimensión profundamente espiritual y trascendente: la revisión del juicio moral de la propia existencia, el encuentro con seres queridos fallecidos y la presencia de una luz inefable y amorosa. Este silencio absoluto respecto a lo extraterrestre en las fronteras de la inmortalidad humana evidencia que el mito ovni solo sobrevive en la inmanencia de la vigilia secularizada, extinguiéndose en el momento exacto en que la verdadera dimensión del alma se manifiesta.
Lejos de las estrellas y de los delirios ufológicos, la explicación material del fenómeno se arrastra por el fango de la geopolítica y la contrainteligencia militar. Los cielos de la segunda mitad del siglo XX no se llenaron de naves extraterrestres, sino de prototipos hipersónicos, aviones espía como el U-2 o el SR-71 Blackbird, y sofisticados globos del Proyecto Mogul propulsados por presupuestos negros fuera del escrutinio público. Al Pentágono le resultó extraordinariamente útil instrumentalizar la paranoia civil y alimentar las fábulas alienígenas para ocultar el desarrollo de armas de vanguardia frente a la inteligencia soviética. Los científicos sin acceso a la información clasificada quedaron atrapados en este teatro de sombras, confundiendo la vanguardia del armamento terrestre con tecnología exógena. 
En una pirueta terminológica sumamente sintomática, la sustitución oficial por parte del Pentágono del término clásico OVNI por el acrónimo FANI (Fenómeno Anómalo No Identificado) abona poderosamente en favor de que nos encontramos ante el terreno de las ilusiones y alucinaciones demoníacas. Al despojarse deliberadamente de la palabra "Objeto" para adoptar el concepto de "Fenómeno", la propia cúpula militar reconoce implícitamente que estas manifestaciones carecen de una materialidad sólida, mecánica o corporal persistente. Esta mutación burocrática del lenguaje delata que la pretendida "nave espacial" física se ha diluido en una manifestación inmanente, proteica y sutil; una anomalía aérea que no se comporta como un navío interestelar ordinario, sino como una proyección maleable capaz de burlar las leyes físicas, los sentidos del observador y la rigidez de los instrumentos ópticos, comportándose con la misma naturaleza volátil de los antiguos prodigios engañosos.
Detrás de esta cortina de humo militar opera, además, una fuerza mucho más sutil y destructiva en el plano metafísico: el engaño preternatural. Las alucinaciones colectivas y las manifestaciones que desafían la física ordinaria encajan con precisión en la tradición de las ilusiones demoníacas, cuyo propósito último es fragmentar la psique humana y desviar la mirada del hombre de la cruz. Un reflejo nítido de esta distorsión se observa en los extravíos conceptuales del exsacerdote jesuita Salvador Freixedo. En obras influyentes dentro del submundo esotérico, Freixedo abandonó la ortodoxia cristiana para proponer que la humanidad es controlada por entidades espaciales y divinidades menores no benévolas que se alimentan de nuestra energía física y mental. Aunque Freixedo atinó a intuir el carácter paródico y macabro detrás del fenómeno ovni, su desvarío consistió en igualar a los antiguos dioses y al Dios de la revelación teológica con estos supuestos parásitos cósmicos.
Frente a estas desviaciones gnósticas, la milenaria praxis del discernimiento espiritual de la Iglesia ofrece una respuesta tajante. Los sacerdotes exorcistas de mayor autoridad doctrinal y práctica contemporánea jamás han ratificado la existencia de seres de otros mundos, sino que han desenmascarado la farsa espiritual que se oculta tras ellos. Una prueba incontrovertible de ello se halla en la trayectoria del célebre pasionista padre Cándido Amantini, quien fuera el principal exorcista de Roma durante más de tres décadas en el santuario de la Escalera Santa. El padre Amantini tuvo como su más brillante discípulo al padre Gabriele Amorth, un gran exorcista que posteriormente le sucedió en el ministerio y fungió durante años como el renombrado exorcista del Vaticano. 
A lo largo de su dilatada y rigurosa experiencia en la pastoral de liberación, el padre Gabriele Amorth fue un gran exorcista que constató fehacientemente que el demonio se hace pasar por seres del espacio. Mediante solemnes interrogatorios imperativos durante las sesiones de exorcismo, ambos colosos de la fe comprobaron de primera mano que las huestes infernales empleaban con frecuencia el ropaje alienígena; bajo el peso del ritual, los propios espíritus inmundos confesaban adoptar la identidad de tripulantes espaciales o entidades estelares evolucionadas con el único fin de engañar a una generación tecnificada y desprovista de fe. Esta misma certeza respecto a que el fenómeno supuestamente cósmico no es más que una transfiguración de lo demoníaco es compartida por teólogos modernos como el padre José Antonio Fortea, quienes reafirman que la fenomenología ovni y las abducciones, cuando no pertenecen al ámbito del fraude psicológico, constituyen genuinas y macabras falsificaciones del demonio. El objetivo del enemigo no es colonizar planetas, sino sembrar la confusión doctrinal. Al proyectar falsas naves y seres de luz hipertecnológicos, el maligno consigue diluir la soberanía de la divinidad trascendente para suplantarla por una visión conspiranoica y desesperanzadora que ofrece un falso evangelio donde la salvación no proviene del arrepentimiento y la gracia de Jesucristo, sino de una infructuosa resistencia contra tiranos inmanentes e interdimensionales.
La conclusión de este análisis es categórica: el ovni es el becerro de oro del hombre del siglo XXI. Se trata de una quimera bicéfala donde el engaño de los presupuestos militares y la astucia del desvío espiritual convergen para alimentar la orfandad de una sociedad que declaró la muerte de Dios pero es incapaz de soportar la intemperie. La ufología, tanto en su versión fraudulenta como en sus ramificaciones de apariencia académica, no descubre realidades espaciales, sino que proyecta las carencias internas de una humanidad desorientada.
Como colofón, queda de manifiesto que el silencio del cosmos no es una invitación a la especulación alienígena, sino el eco de una verdad mucho más profunda. Despojar al fenómeno de sus ropajes de ciencia ficción revela la persistencia de lo sagrado camuflado en el tejido de la modernidad tardía. Quien busca salvadores en los destellos metálicos del firmamento solo confirma que la renuncia a la trascendencia divina no ha hecho al hombre más libre, sino simplemente más propenso a postrarse ante cualquier parpadeo de luces en la oscuridad.
Bibliografía
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