La kénosis paródica de Palma
¿Es posible desvestir la solemnidad histórica mediante el sutil ejercicio del despojo literario? ¿Qué mecanismos operan cuando el altar y el trono, erigidos sobre la infalibilidad y el bronce, son devueltos a la llanura de las pasiones terrenales mediante la ironía? En el panorama de las letras hispanoamericanas del siglo XIX, la figura socarrona de Ricardo Palma se alza no solo como la de un incansable compilador de anécdotas decimonónicas, sino como la de un agudo deconstructor de las apariencias. Si la teología cristiana define la kénosis como el acto supremo mediante el cual la divinidad se vacía de su gloria para asumir la vulnerable condición de siervo, en las Tradiciones peruanas se asiste a un fenómeno inverso y estrictamente estético: una kénosis paródica. A través de este dispositivo, las altas esferas del poder virreinal y eclesiástico sufren un vaciamiento de su retórica sagrada, revelando la fragilidad de la carne bajo el armiño y la sotana. El presente ensayo se propone examinar cómo este descenso forzado de los pedestales no constituye un acto de nihilismo destructor, sino una estrategia humanizante y democratizadora que redefine la identidad nacional a través del humor, entablando un diálogo directo con las diversas concepciones filosóficas de la finitud, la gnosis y la cultura popular.
Para comprender el funcionamiento de la kénosis paródica en la obra palmista, resulta indispensable analizar el tratamiento de la autoridad eclesiástica y civil en las Tradiciones. La Lima colonial y la naciente república se configuraron sobre densas capas de protocolo, etiqueta y dogmatismo; estructuras que pretendían otorgar a los gobernantes y al clero una pátina de inmutabilidad casi divina. Frente a esta puesta en escena, la pluma de Palma opera como un disolvente. Al introducir el chisme, el dicharacho popular y la debilidad cotidiana en el relato de los grandes acontecimientos, se produce un vaciamiento de la pomposidad institucional. Los arzobispos y los oidores no son retratados en el cenit de su iluminación jurídica o espiritual, sino en la intimidad de sus apetitos, sus arrebatos de ira o sus pequeñas mezquindades. Este procedimiento rebaja la jerarquía metafísica a una dimensión puramente horizontal, donde el dignatario comparte las mismas caremcias biológicas y morales que el aguador o la tapada que transitan por la plaza mayor.
Un ejemplo paradigmático de este despojo se manifiesta en el abordaje de los milagros y las hagiografías. Mientras que la crónica conventual clásica buscaba elevar al santo hacia la abstracción mística, despojándolo de su humanidad para transformarlo en un canal puramente divino, la tradición palmista realiza la trayectoria inversa. Figuras de la talla de San Martín de Porres o Santa Rosa de Lima son devueltas al plano de la astucia criolla y la domesticidad. El milagro pierde su carácter de ruptura cósmica aterradora y se convierte en una resolución ingeniosa, casi humorística, de un enredo cotidiano. Al humanizar lo sagrado, se opera una kénosis literaria: se le quita al santo el peso muerto del mármol para devolverle la vivacidad de la sangre. El efecto resultante no es la profanación sacrílega, sino el establecimiento de una complicidad afectiva entre el lector y el mito, desarmando el miedo reverencial que las instituciones coloniales utilizaban como herramienta de control social.
Asimismo, esta kénosis paródica funciona como una respuesta estética y política frente a los absolutismos de su tiempo. Aunque se ha calificado con frecuencia a Palma como un romántico nostálgico del pasado virreinal, el análisis de su técnica satírica revela un trasfondo profundamente liberal y reformista. En lugar de sumarse al ateísmo combativo o al materialismo radical de contemporáneos suyos como Manuel González Prada, Palma prefiere la demolición de la hipocresía mediante el absurdo. El ataque no se dirige contra Dios o la fe en su dimensión trascendental, sino contra aquellos mediadores terrenales que pretenden revestirse de atributos divinos para perpetuar abusos políticos o económicos. En los Anales de la Inquisición de Lima, por ejemplo, el vacío se torna siniestro; allí se devela que detrás de la supuesta defense de la verdad ortodoxa solo existía la maquinaria de la codicia y la crueldad humana. Así, la parodia de la kénosis desenmascara el falso "abajamiento" de los poderosos, demostrando que su supuesta piedad no es más que una máscara para el engrandecimiento personal.
Este vaciamiento de los discursos totalizadores de poder también entabla una estrecha y paradójica relación con el gnosticismo tradicional, configurando lo que podría denominarse una gnosis paródica. El gnosticismo clásico concebía al mundo material e institucional como una trampa orquestada por gobernantes corruptos —los arcontes— bajo el mando de un falso dios o demiurgo. La salvación requería un conocimiento secreto o iluminación interna. Palma comparte con esta corriente el impulso de sospecha y la denuncia sistemática de los opresores espirituales que utilizan el dogma para encadenar las conciencias. Sin embargo, surge un contraste fundamental: mientras el gnóstico tradicional huye de la finitud biológica en busca de una trascendencia incorpórea, la gnosis paródica de Palma opera en sentido inverso. No hay en el costumbrista peruano un anhelo de iluminación mística ni un desprecio por la materia. Su iluminación es terrenal y secular; consiste en revelar que las pretendidas verdades sagradas no son más que constructions políticas. Palma reconcilia al lector con el mundo mundano a través de la risa, en lugar de invitarlo a escapar de él.
Esta singular concepción de la finitud en Palma cobra mayor relieve al ser contrastada con la tradición filosófica occidental que ha teorizado sobre los límites humanos. Si bien en la filosofía existencial de Blaise Pascal se establece que el hombre es una caña pensante para ilustrar la paradoja de la fragilidad biológica frente a la grandeza del intelecto, la kénosis paródica de Palma recontextualiza esta noción de vulnerabilidad. El autor no aborda la condición humana desde la gravedad trágica del pensador francés, sino desde la constatación jocosa de que incluso las figuras más encumbradas comparten la misma naturaleza quebradiza. Mientras Pascal encuentra en la miseria humana un motivo para el recogimiento religioso, Palma halla en ella la base fundamental para la nivelación social y la comedia.
Por otra parte, se vislumbran puntos de convergencia y disonancia con pensadores de la sospecha como Friedrich Nietzsche y existencialistas como Martin Heidegger. Existe una clara similitud entre la kénosis paródica y el ejercicio de "filosofar a martillazos" de Nietzsche, enfocado en derribar los ídolos de la cultura y desinflar los absolutos morales. Ambos autores reconocen el carácter ficcional de las jerarquías impuestas. No obstante, el contraste radica en que Nietzsche despliega un desprecio aristocrático hacia la debilidad gregaria de la masa en busca de un Superhombre que trascienda la finitud ordinaria.
Esta aproximación al ejercicio demoledor de Nietzsche adquiere su verdadero sentido cuando se examina bajo la óptica de la kénosis paródica palmista, pues el desinflamiento de los ídolos culturales no busca fundar una nueva fe individual, sino consumar un vaciamiento estético de la impostura. El martillo nietzscheano golpea las verdades monolíticas de la metafísica para desvelar que están vacías, un procedimiento idéntico al que ejecuta la pluma de Palma cuando despoja al clero y a las élites coloniales de sus atributos sagrados para revelar el armazón biológico e hipócrita que los sostiene. Sin embargo, brota una disonancia insalvable en el propósito último de este despojo: mientras que en Nietzsche la destrucción de los valores tradicionales y el reconocimiento de la finitud operan como la kénosis preparatoria —el vaciamiento del hombre viejo— indispensable para el advenimiento trágico del Superhombre, en Palma la parodia es un fin en sí mismo que clausura cualquier pretensión de trascendencia. La kénosis palmista no vacía al poderoso para exigirle una evolución heroica hacia una nueva condición superior, sino para devolverlo con ironía a la llanura de la imperfección ordinaria, demostrando que detrás del ídolo derribado no se esconde un dios venidero, sino la entrañable, finita y compartida miseria humana.
Esta confluencia crítica se produce a pesar de la evidente asincronía que impone la distancia geopolítica; si bien Nietzsche y Palma no son coetáneos en sentido estricto, sí operan como contemporáneos de un mismo siglo cuyas horas históricas, sin embargo, no marcan el mismo tiempo. La hora de Europa occidental es la de la madurez y crisis del proyecto moderno, el momento crepuscular donde Nietzsche diagnostica la muerte de Dios y la necesidad de demoler los ídolos de una metafísica agotada mediante el martillo, conceptualizando la destrucción de los valores tradicionales y el reconocimiento de la finitud como la kénosis preparatoria —el vaciamiento del hombre viejo— indispensable para el advenimiento trágico del Superhombre. Por el contrario, la hora histórica de Hispanoamérica es la de una república peruana naciente, fracturada y en construcción, que intenta levantar un Estado-nación sobre los escombros feudales del virreinato, provocando que el desinflamiento de los ídolos culturales en Palma no busque fundar una nueva fe individual, sino consumar un vaciamiento estético de la impostura que clausura cualquier pretensión de trascendencia.
Es precisamente en esta dislocación temporal donde la kénosis paródica de Palma adquiere un valor político diferenciado: mientras el filósofo alemán necesita el martillo para destruir los absolutos de una civilización hiperracionalizada y desplegar su desprecio aristocrático hacia la debilidad gregaria de la masa, la pluma de Palma despoja al clero y a las élites coloniales de sus atributos sagrados para revelar el armazón biológico e hipócrita que los sostiene, devolviendo al poderoso con ironía a la llanura de la imperfección ordinaria. La kénosis palmista no responde al nihilismo europeo ni busca una salida heroica hacia el futuro, sino que ejecuta un vaciamiento de la herencia virreinal para fundar, a través de la risa y la aceptación de nuestra finitud criolla, una comunidad civil democrática y viable, demostrando que detrás del ídolo derribado no se esconde un dios venidero, sino la entrañable, finita y compartida miseria humana. Palma abraza la finitud popular con indulgencia y afecto criollo; la imperfección es para él la materia prima de la identidad nacional, no una tara que superar.
Asimismo, frente a la noción de Heidegger del ser-para-la-muerte, donde la angustia ante el fin define la autenticidad de la existencia, Palma propone un vitalismo escéptico. Ante el peso ineludible de la muerte y los límites temporales, la respuesta palmista no es el rigor ontológico ni la angustia existencial, sino la celebración festiva de la anécdota, el goce del instante y el desmontaje humorístico de quienes pretenden ser eternos.
Esta reformulación del sentido de la existencia permite colegir que, en la antropología palmista, el ser humano no se define como un ser-para-la-muerte, sino fundamentalmente como un ser-para-la-risa. Esta ontología de lo cómico se cimienta sobre una criatura constitutivamente inacabada, poblada de defectos indómitos y propensa a ridículas grandilocuencias que pretenden emular la perfección divina o la nobleza imperecedera. Lejos de adoptar un optimismo ingenuo o un nihilismo secular absoluto, la mirada de Palma se revela profundamente cristiana y teológica en su sustrato moral más íntimo, al sugerir de manera constante que el hombre es, en esencia, un pozo de pecados, contradicciones y flaquezas espirituales. La kénosis paródica se nutre precisamente de esta condición caída del ser humano; al desnudar las falsas virtudes del clero o las vanidades de la aristocracia, el autor no hace sino certificar la universalidad del pecado y la imperfección terrenal. Para don Ricardo, la risa no es un instrumento de condena punitiva, sino el único bálsamo comunitario posible ante la constatación de la miseria compartida, transformando el reconocimiento del extravío moral en una celebración festiva de nuestra irrenunciable fragilidad.
Esta constatación de la naturaleza humana como un pozo de flaquezas desplaza necesariamente el eje teológico tradicional, planteando una aguda reflexión sobre la actitud de Palma frente al arrepentimiento, la contrición y el auténtico cambio de actitud. En el marco doctrinal ortodoxo, reconocer el pecado exige un proceso solemne de culpa, remordimiento y penitencia institucionalizada para alcanzar la absolución y restaurar el orden moral. Sin embargo, la kénosis paródica opera una torsión radical sobre estos conceptos: para Palma, la contrición no se alcanza a través del desgarro culposo ni del llanto monacal, sino a través de la humillación saludable que provoca la autoconsciencia del ridículo. El autor desconfía sistemáticamente de las grandes puestas en escena del arrepentimiento eclesiástico o civil, retratándolas a menudo como una extensión de la misma hipocresía y vanidad que se pretende purgar.
En las Tradiciones, el verdadero cambio de actitud no nace de un castigo punitivo o de un temor servil al infierno, sino de la aceptación indulgente de la propia finitud tras haber sido desinflado por la sátira. Cuando un personaje palmista —sea un fraile goloso, un juez corrupto o un pretendiente pretencioso— es descubierto en su debilidad, el arrepentimiento genuino se manifiesta no como una contrición ascética, sino como una claudicación humorística ante la evidencia de su propia arcilla. Al sustituir la gravedad del confesionario por la ligereza del ingenio popular, Palma sugiere que la verdadera redención social no exige la perfección imposible del santo, sino el abandono de la soberbia y la hipocresía. Así, la enmienda en Palma es una invitación a la cordura y a la convivencia laica y civilizada: cambiar de actitud no significa dejar de pecar —puesto que el hombre es un pozo irremediable de contradicciones—, sino dejar de pretender que se es divino, encontrando en la risa compartida la única absolución terrenal posible.
En ese dejar de ser divino subyace su más profunda protesta contra el hombre prometeico de la modernidad y de la libertad romántica. Mientras el proyecto moderno de Occidente y el romanticismo radical entronizaron la figura del héroe titánico —aquel individuo prometeico que desafía los límites celestiales, usurpa el fuego de los dioses y pretende autoconstruirse en una libertad absoluta y soberana—, la kénosis paródica de Palma opera como un categórico freno estético e histórico a esa desmesura. Don Ricardo, habiendo sido testigo de las sangrientas guerras civiles, las dictaduras caudillistas y la desolación de la Guerra del Pacífico que marcaron el siglo XIX peruano, descifra con lucidez que el mito del hombre autosuficiente y liberado de toda atadura moral degenera inevitablemente en la tiranía o el caos social.
Al vaciar a los poderosos de su pretendida divinidad y reducirlos a pozos de pecados y ridículas grandilocuencias, el costumbrista no ejecuta un simple divertimento criollo, sino una resistencia ideológica contra la hybris moderna y criolla. Frente al ideal prometeico que busca asaltar los cielos para instaurar una utopía racional o una libertad sin límites, Palma impone una sensatez post-heroica y desmitificadora: el hombre no es un dios en la tierra, sino una caña quebradiza que debe aprender a gobernarse desde el reconocimiento de su propia finitud. En consecuencia, la verdadera libertad para Palma no radica en la emancipación titánica de la condición humana, sino en la renuncia a esa soberbia de tintes divinos, sugiriendo que la única modernidad viable para una república fracturada es aquella que se edifica con tolerancia sobre la aceptación compasiva, civilizada y humorística de nuestras mutuas e irrenunciable imperfecciones.
Este descalce cronológico e ideológico constituye una de las paradojas historiográficas más fascinantes de la literatura decimonónica. Resulta sintomático que cuando en Occidente empieza la reacción realista en 1850 —marcando el agotamiento del sentimentalismo y la huida lírica para dar paso a la disección cruda y objetiva de las tensiones sociales de la burguesía—, en América Latina tardíamente se coronaría recién el romanticismo, arrastrando una sensibilidad desplazada que buscaba fundar identidades nacionales a través de la idealización del pasado y el patriotismo exacerbado. Esta corriente estética e intelectual había nacido décadas atrás cuando los británicos pusieron la inyección del sentimiento a través de la mística brumosa y sentimental de James Macpherson, un influjo emocional que luego continuaría con el vigor filosófico y lírico de Alemania bajo las plumas de Johann Wolfgang von Goethe, Friedrich Schiller y Heinrich Heine. Posteriormente, el movimiento se expandió hacia Francia con las reflexiones de Madame de Staël, la melancolía de François-René de Chateaubriand, Alphonse de Lamartine, Alfred de Musset y el genio monumental de Víctor Hugo, alcanzando asimismo a España mediante la agudeza crítica de Mariano José de Larra, el dramatismo de José Zorrilla, el arrebato de José de Espronceda y la intimidad lírica de Gustavo Adolfo Bécquer. Este torrente literario, que no fue un fenómeno aislado sino una revolución total que incluyó de forma orgánica la música y las artes plásticas, coincidió tardíamente en el Perú, donde entre 1848 y 1860 se desarrolló una febril pasión por la literatura.
Es precisamente en este contexto de efervescencia criolla donde cobra un valor histórico inestimable el escrito autobiográfico de Palma intitulado La bohemia de mi tiempo. En este texto, don Ricardo rememora y enumera con nostalgia y agudeza a sus compañeros de generación —figuras fundamentales como Arnaldo Márquez, Carlos Augusto Salaverry, Manuel Nicolás Corpancho, José Antonio de Lavalle, Luis Benjamín Cisneros, Carlos Ledgard García y otros tantos—, dejando constancia de cómo esa juventud limeña intentó aclimatar de manera apasionada los ecos del romanticismo europeo en una república que aún estaba lamiéndose las heridas de la postindependencia. Sin embargo, en medio de este panorama de asimilación rezagada pero fervorosa, la pluma de Ricardo Palma quiebra el esquema lineal de la historia literaria. Lejos de someterse pasivamente a los códigos del romanticismo imperante que él mismo frecuentó en su juventud y que dejó plasmado en sus memorias de la bohemia, Palma se revela como un adelantado del realismo a través de la risa y la parodia, operando una transición estética única que no requirió adoptar la gravedad positivista del realismo europeo (al estilo de Zola o Flaubert), sino la agudeza demoledora del humor criollo.
La originalidad del costumbrista peruano estriba en que su adscripción formal al romanticismo funciona en realidad como una sutil mampara. Palma utiliza el decorado de la leyenda romántica —sus caballeros, virreyes, lances de honor y escenarios conventuales que tanto apasionaban a sus contemporáneos— no para sacralizar el pasado ni para evadirse de las contradicciones de su tiempo, sino para someterlos a un riguroso examen de veracidad psicológica y social. Mientras el romántico ortodoxo deifica al héroe y solemniza la historia, la kénosis paródica de Palma desmonta el aparato retórico del mito. Su risa no es un mero adorno costumbrista, sino una herramienta de desmitificación realista: al transferir lo heroico y lo sagrado al plano de lo cotidiano, de los apetitos corporales y de las flaquezas mundanas, Palma realiza una disección sociológica tan eficaz como la de las novelas de la reacción realista europea, desnudando las verdaderas dinámicas de poder, sumisión e hipocresía que sostenían tanto al orden virreinal como a la endeble república poscolonial.
Por consiguiente, este realismo paródico y anticipado redefine el estatuto de la ficción en el continente. Al fundar las Tradiciones peruanas, Palma no busca la fidelidad documental e historicista del archivo positivista, sino la verdad humana latente en la memoria colectiva y en el habla popular de las calles limeñas. Al yuxtaponer la rigidez del documento oficial con la vitalidad plebeya del refrán y el chisme, devela el carácter ficcional y construido de las jerarquías que la modernidad prometeica y el romanticismo pretendían legitimar. De este modo, el humor palmista se anticipa a las corrientes desmitificadoras del siglo XX, demostrando que la mejor manera de asir la realidad de una nación fragmentada no es mediante la descripción enciclopédica o el lamento trágico, sino a través de una parodia que vacía los discursos absolutos de autoridad y devuelve al ser humano a su legítima, finita e imperfecta dimensión terrenal. La bohemia en Palma lo preparó para la kenosis paródica al romper con el culteranismo y el amaneramiento del coloniaje.
En este marco de subversión mediante la risa, la kénosis paródica encuentra una profunda convergencia teórica con los conceptos de carnavalización y realismo grotesco desarrollados por Mijail Bajtín. Para el teórico ruso, el carnaval suspende temporalmente las jerarquías oficiales, permitiendo un contacto libre y familiar entre los hombres mediante el uso del lenguaje de la plaza pública y las groserías rituales. Del mismo modo, la prosa de Palma actúa como un espacio carnavalesco permanente donde se produce una degradación de lo sublime: lo alto (el dogma, la alcurnia, el documento oficial) es transferido al plano de lo bajo material y corporal (las pasiones, la glotonería, el chisme). Esta convergencia revela que para ambos pensadores la risa popular posee una fuerza liberadora y regeneradora, capaz de relativizar las verdades monolíticas del poder.
Sin embargo, brota una sutil pero significativa disonancia con el planteamiento bajtiniano. Mientras que para Bajtín el carnaval es una explosión colectiva, desbordante y corporal que disuelve por completo la individualidad en el gran cuerpo del pueblo, la kénosis paródica de Palma es un ejercicio de refinada orfebrería individual que opera a través de la ironía literaria. El humor palmista no es la fiesta multitudinaria y grotesca de la plaza rabelaisiana, sino la mirada cómplice de un narrador intelectualizado que mantiene el control de la sintaxis y utiliza la parodia con fines de reforma institucional civilizada. La carnavalización en las Tradiciones está domesticada por el ingenio de la imprenta y el salón decimonónico; es una sátira selectiva que rebaja al poderoso pero sin disolver el orden social en el caos absoluto de la fiesta popular.
Finalmente, este proceso de vaciamiento semántico posee una dimensión lingüística y conceptual fundamental. La kénosis paródica no solo ocurre en la trama de las anécdotas, sino en la estructura misma de la prosa. Palma cruza constantemente el lenguaje formal de las crónicas de Indias con el habla viva de las calles limeñas. Al yuxtaponer un giro lingüístico señorial con un refrán plebeyo, se produce una violenta descarga irónica que desinfla la solemnidad del texto oficial. El documento histórico, antes considerado un fetiche inalterable de autoridad, queda vaciado de su rigidez interpretativa. La historia deja de ser un discurso monolítico dictado desde las altas esferas y se transforma en un tejido maleable, propenso a la risa y a la reinterpretación ciudadana. En este sentido, la prosa de Palma democratiza el pasado nacional, obligando a los héroes y a los tiranos a rendir cuentas ante el tribunal de la picardía popular.
En suma, la kénosis paródica en la obra de Ricardo Palma se consolida como un sofisticado mecanismo de subversión cultural que opera mediante el desmontaje de las apariencias solemnes. A través de este vaciamiento estético y de la articulación de su particular gnosis paródica, se concluye que el humor y la ironía no actúan como meros elementos ornamentales o de entretenimiento, sino como auténticos instrumentos de crítica social y epistemológica.
Al despojar a los detentores del poder de su aura mística y sagrada, la narrativa palmista humaniza la historia, revelando que las grandes instituciones se sostienen sobre la misma arcilla vulnerable que el resto de los mortales. Frente a la gravedad trágica o angustiosa de la finitud propuesta por la filosofía europea, Palma impone una mirada democratizadora y vital, aproximándose a la fuerza carnavalesca de Bajtín, pero manteniendo la precisión intelectual de su pluma. Este descenso de los pedestales no destruye el pasado, sino que lo libera del dogma, transformando la rigidez colonial en una tradición viva, cuestionable y, sobre todo, profundamente humana.
Al cerrar las páginas de las Tradiciones peruanas, queda en el aire una certeza persistente: los pueblos que no son capaces de reírse de sus propios mitos están condenados a ser esclavos de ellos. La kénosis paródica de Palma invita a mantener una mirada siempre alerta y sospechosa frente a cualquier discurso que pretenda revestirse de infalibilidad, ya sea de carácter religioso, político o intelectual. En un mundo contemporáneo donde proliferan nuevos dogmatismos y solemnidades prefabricadas, la lección metodológica de don Ricardo conserva una vigencia apabullante. Recordar la finitud y las debilidades de quienes se creen divinos no es un acto de cinismo, sino el primer paso hacia la verdadera libertad del espíritu.
En última instancia, el desmantelamiento de las jerarquías virreinales, el freno a la soberbia prometeica y la desacralización de los absolutos teóricos confluyen en una certeza radicalmente antropocósmica: la kénosis paródica de Palma no se detiene en la demolición del poderoso ni en la crítica a las instituciones de su tiempo, sino que, al final de todo, se ríe del hombre mismo. Su ironía ejecuta el vaciamiento definitivo de la condición humana universal, despojando a nuestra especie de cualquier ilusión de trascendencia, pureza o infalibilidad para devolvernos al fango común de nuestras mutuas flaquezas. Al clausurar la gravedad trágica mediante una ontología de lo cómico, don Ricardo nos recuerda la máxima inapelable de que de polvo somos y al polvo volvemos, reconciliándonos con nuestra arcilla constitutiva y demostrando que la única redención posible para este pozo de contradicciones que llamamos humanidad no radica en la vana pretensión de ser divinos, sino en la piadosa, civilizada y liberadora aceptación de nuestra irremediable finitud a través de la risa.
Bibliografía
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Palma, R. (1897). Anales de la Inquisición de Lima. Imprenta del Estado.
Palma, R. (2003). Tradiciones peruanas (Ed. crítica). Colección Archivos.
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Ward, T. (2001). La anarquía inmanente de Manuel González Prada y Ricardo Palma. URP-Horizonte.

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