miércoles, 31 de octubre de 2012

FEMINISMO EN LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA

FEMINISMO: DE LA PARCIALIDAD A LA MISMIDAD
EN LA CIVILIZACIÓN TÉCNICA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

Resumen

La mujer se ha visto arrastrada por una lógica perversa que la ha instrumentalizado haciéndola creer que se ha liberado. La primera generación feminista estuvo marcada por la “parcialidad” de su lucha por la igualdad social, los derechos civiles y democráticos. De esta forma el feminismo igualitario quedó atrapado en la simbología, cultura y lenguaje masculino. La segunda generación feminista incluso llegó a sugerir la creación de una divinidad femenina para ayudar a vencer la “incompletud” de su falta de simbolización en la mujer. La tercera generación feminista aflora en el reconocimiento de la riqueza intrínseca de la “mismidad” de su naturaleza femenina, que se sienta entusiasmada por ser una criatura con una elevada inteligencia emocional, llena de empatía y sociabilidad, conocimiento de sí misma y sensibilidad. Su éxito dependerá de su capacidad para contribuir que la riqueza económica se revierta en logros sociales y culturales.

Agradecimiento
Agradezco a las alumnas Dora Leidy Geraldine Germán Quiñones y Natali Cristina Guevara Camarena por la gentil invitación para disertar brevemente esta mañana en la Facultad de Obstetricia de la Escuela de San Fernando de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos sobre “Feminismo: de la parcialidad a la mismidad en la civilización técnica”.
1. Introito
Con frecuencia se ha afirmado que una de las consecuencias del mundo moderno es la liberación de la mujer. Y sin embargo ha sido el propio movimiento feminista el que ha venido a poner en cuestión este aserto. La mujer no está todavía liberada, no tanto por persistir la discriminación sexual, racial o cultural, sino porque en una sociedad alienada, cosificada, desespiritualizada y anética le es difícil encontrar su esencia misma, y menos aún realizarla. En un mundo de injusticia y miseria las mujeres no pueden ser libres y, menos aun, felices. En realidad lo que tenemos en el presente hedonista y nihilista es la esclavitud de la mujer “liberada” y el imperio de la “mujer objeto”.

El feminismo contemporáneo en su vertiente filosófico-intelectual presenta, a mi modo de ver, tres momentos que responden a la dialéctica misma del movimiento, a saber, el momento del feminismo de primera generación, signado por la “parcialidad” de su la lucha por la igualdad social, política y económica; el momento del feminismo de segunda generación, rubricado por la “incompletud” de su lucha por una simbología, cultura y lenguaje propiamente femeninos; y el momento del feminismo de tercera generación, caracterizado por la “mismidad” del reconocimiento de una naturaleza propia, emocionalmente rica, moralmente buena y de mayor sensibilidad espiritual. Aquí cesa la lucha fratricida entre los sexos, se asume el rol complementario de los mismos y se defienden los valores de la unidad familiar. Cierto que esto último son los caminos del humanismo y no del capitalismo, el cual introduce los seudo valores de la competencia en el seno del hogar dividiéndolo hasta la destrucción.

Lo singular de este tercer momento es que alumbra justo en el instante en que triunfa la mujer-objeto de la cosificada sociedad capitalista globalizada, dominada por el lucro, el sexo y el poder. La sociedad sexista, ludopática e individualista de la cultura posmoderna lleva a su pináculo a la mujer objeto en la publicidad, el trabajo y los negocios. La explotación de la belleza femenina alcanza cuotas jamás antes vistas, la fetichización del bello sexo brinda ganancias inauditas en una sociedad que claudica de los valores y de la vida del espíritu. Y lo curioso es que junto a esta cosificación acelerada de la mujer se da la feminización agresiva del hombre, su pérdida de masculinidad, el cuestionamiento de su virilidad, el extravío de su rol protector y proveedor en la familia. Bien reza el antiguo proverbio budista: “Un hogar sin padre es como una casa sin techo”. Y nosotros añadiríamos: “Y un hogar sin madre es como una casa sin corazón”.

Así lo que se observa en esta moderna sociedad competitiva es que la mujer se feminiza en la forma pero se masculiniza en el fondo. Exhibe con orgullo sus bellos atributos exteriores, pero en lo interior es más agresiva, grosera, coprolálica, desfachatada, carente de pudor, es decir adopta posturas generalmente masculinas que merman sus valores femeninos. En consonancia con ello, el hombre es menos considerado con ella, menos romántico, más crudo, soez, irrespetuoso, violento, lo que retrata en el fondo una desvirilización masculina que percibe ala hembra humana como una amenazante competencia.

Pero hay que advertir que este cambio conductual tiene apenas un siglo. Pues los valores del comportamiento intersexual presididos por la caballerosidad y la cortesía fueron predominantes durante toda la era victoriana y se prolongaron hasta la belle epoqué de los años 20. Tras la conmoción de las dos grandes guerras mundiales y la acelerada incorporación de la mujer al aparato productivo, junto con la revolución sexual todo cambió. Claro esto era en los ideales porque en la práctica tanto la mujer como el hombre de la clase trabajadora estuvieron degradados hasta límites infrahumanos durante todo el siglo XIX, conocido también como la era del capitalismo carbonífero o fase paleotécnica de la civilización occidental que degradaba al trabajador y destruía a escala industrial el medio ambiente. Fue la época más cruel de la expresión del darvinismo social y la lucha por la existencia y todo bajo el nombre del progreso. En este sentido hay que decir que la civilización paleotécnica fue humana y socialmente desastrosa aunque técnicamente resultó ser un avance extraordinario que acentuó el concepto cuantitativo de la vida. La matanza de inocentes primero en la cuna y si sobrevivían en las fábrica textiles y en las minas subsistió en las algodoneras de los Estados Unidos hasta 1933 y el en el Perú con los señores de horca y cuchillo del régimen latifundista, cuando no en los barones del caucho con la esclavización de la mano de obra de las tribus indígenas.

2. Dialéctica del feminismo
Por el momento, debemos recordar que en la historia de la filosofía se pueden distinguir cuatro significados fundamentales de dialéctica: 1. como método de división (Platón), 2. Como lógica de lo probable (Aristóteles, Kant), 3. Como lógica (estoicismo, patrística oriental, patrística latina y la escolástica) y 4. Como síntesis de los opuestos (Heráclito, Fichte, Hegel. Marx), el cual que comprende tres momentos: a. el paso de un opuesto a otro, b. este paso es la conciliación de los dos opuestos, y c. este paso es necesario. No es el caso aquí explayarse sobre el tema, por lo que sólo precisaré que aquí empleo el término dialéctica en su cuarta acepción. Pero con la misma salvedad y reserva que guardaba Kierkegaard cuando solamente aceptaba el primer momento de la dialéctica de los opuestos.  

En efecto, como veremos los tres momentos del feminismo contemporáneo no implican necesariamente ni la conciliación de los opuestos, ni el carácter necesario de dicha conciliación y menos una síntesis de los opuestos. Por el contrario, los momentos de la “parcialidad”, la “incompletud” y la “mismidad” sólo son dialécticos en el sentido en que presentan el paso de un opuesto a otro, sin que medie la conciliación ni la necesidad y menos la síntesis.

De este modo, el primer feminismo opuso la reivindicación de los derechos civiles a la discriminación social de la sociedad patriarcal que agobiaba a la mujer, el segundo feminismo reprochó al primer feminismo tratar de liberar a la mujer utilizando la propia cultura fálica del hombre, y el tercer feminismo rechazó como lo intrínseco de la mujer tanto lo político y lo racional para reivindicar lo emocional y afectivo, lo maternal y procreador, sin renunciar por ello a su derecho al trabajo y a una educación superior. Veamos ahora los tres momentos dialécticos.

3. Un poco de historia
El origen de la cuestión femenina surge en la Revolución Francesa, pero sus  conquistas fueron prontamente abolidas incluso bajo el Código napoleónico. Los utilitaristas y los economistas clásicos reclamaron el fin de la sumisión de la mujer. Los socialistas exigieron su inserción en el proceso productivo, coincidiendo con los liberales en su emancipación fuera del hogar. Ambas ideologías terminaron despreciando la institución del matrimonio.

Por su parte, la antropología cultural sostuvo que la prohibición del incesto constituyó el tránsito del estado de la naturaleza a la cultura, haciendo que la vida cultural comience con la objetivación de la mujer como objeto de valor y de intercambio. Por esta relación con el tránsito de la naturaleza a la cultura, la mujer se convierte en símbolo de la lucha del varón con la naturaleza. Naturalidad a la que hay que someter sin culturizarla demasiado. De modo, que se sugirió que la dependencia de la mujer nace del temor y defensa del varón.

Actualmente, la mujer vive la búsqueda de su identidad que ya no se identifica con su rol tradicional doméstico de maternidad o de placer. Una sociedad machista configuró el rol tradicional de la mujer, pero lo que hoy se encuentra en discusión es que si la naturaleza femenina existe. John Stuart Mill opinaba que el contexto cultural, social y económico más que el biológico influye en los caracteres sexuales y en las formas de comportamiento. Para Sombart el capitalismo surge del señorío de la mujer en la corte, la sustitución del amor santificado por el amor hedonístico y el triunfo del amor libre. Así, el triunfo de la mujer es el triunfo del lujo, del consumismo y del mercado.

La lady es la que da forma al capitalismo. Por su lado, el marxismo hizo hincapié que la mujer con su comprensión, afecto y consuelo sirve de pararrayos social, desempeñando un rol conservador. La activista feminista Betty Friedan, que insistía en luchar contra el instinto de dominación del macho, en 1963 denunciaba el retorno de la mujer a la vida del hogar.  Y para el cristianismo, que reconoce una igualdad teórica entre el hombre y la mujer y que ella tiene un rol activo en el plan de salvación, afirma que la mujer vive la vida privada de modo cerrado y egoísta.

Sin embargo, los analistas del trabajo extradoméstico han concluido que éste en la práctica no contribuyó a su proceso de liberación, más bien fue parte de explotación laboral y discriminación salarial. Sociólogos y psicólogos coincidían en la tesis de que la mujer deseaba un retorno a la vida de hogar.

Finalmente, la sexología ha destacado que existe la identificación de la mujer con su destino de objeto sexual y de procreación, que la revolución sexual liberó a la mujer de su función procreativa pero sigue siendo objeto sexual. Y el freudismo niega a la mujer la posibilidad de un fuerte súper ego, lo cual está en la raíz de su envidia del atributo sexual femenino.

Aquí cabe un comentario sobre los efectos de la píldora y la contracepción, lo cual ha sido posible en la nueva fase neotécnica de la civilización occidental:
1º Separó las funciones sexuales preliminares y las paternales, pues el contacto sexual no traía consigo la probabilidad inminente de procrear hijos;
2º prolongó el período romántico de los recién casados sin el riesgo de tempranos y continuos embarazos;
3º dio también la oportunidad para ambos sexos de relaciones sexuales extramatrimoniales sin riesgo de tener hijos;
4º así como favoreció el disfrute sexual más libre y despreocupado en el seno del amor romántico también abría la puerta a la relajación moral extramatrimonial;
5º produjo una desvalorización de la virginidad al permitir que la vida erótica siguiera la secuencia natural;
6º disminuyó la posibilidad de embarazos indeseados pero aumentó el riesgo de contraer ciertas enfermedades como el herpes sexual;
7º favoreció el desarrollo sexual y emocional dando oportunidad al trato sexual y debilitar el tabú del sexo;
8º dio oportunidad de ver el trato sexual con mayor responsabilidad moral, lamentablemente esta perspectiva es continuamente menoscabada ante la disolución de la familia, la inmoralidad de las relaciones económicas y el avance de la barbarie cultural;
9º se constituyó en una salida ante los problemas de la sobrepoblación y su presión sobre los alimentos y energía. Control de la natalidad que actualmente pone a los países a los países de la Europa occidental en el peligro de ser largamente rebasados por la mayor tasa de natalidad de los emigrantes, generalmente de origen musulmán. Este es un problema tan grave que se calcula que en los próximos veinte años la cultura cristiana habrá desaparecido siendo reemplazada por la musulmana incluso en lo político.

En otras palabras, en la fase neotécnica aparece un cambio de valores, se busca no mayores nacimientos sino mejores nacimientos, mayores oportunidades de vida sana y paternidad feliz, sin pobreza ni destrozada por la competencia industrial y las guerras. Sin embargo, tanto el hombre como la mujer sufren los efectos de la economía dineraria del capitalismo que impiden que la fase neotécnica despliegue todos sus beneficios a la humanidad.
  1. La Parcialidad

La primera generación feminista estuvo marcada por la lucha por la igualdad social, los derechos civiles y democráticos en medio de la opresión de la sociedad patriarcal. El derecho al voto concentraba una de las reivindicaciones fundamentales de la primera lucha feminista pero, en buena cuenta, era consecuencia de la erosión de los apegos a las culturas localistas, el debilitamiento de los vínculos de parentesco y la exigencia de la racionalidad utilitaria del mercado, a medida que el capitalismo avanzaba. El primer feminismo encontró un gran aliado en las exigencias pragmáticas y utilitarias de la racionalidad instrumental del mercado capitalista.

En realidad, el feminismo profundizó la lucha del liberalismo contra las supérstites concepciones totalitarias del estado y de la sociedad en el seno de la sociedad burguesa. Nos guste o no la verdad es que fue el mercado capitalista el que impulsó las necesidades materiales y espirituales del primer feminismo, el cual no tardó en caer en las garras de este sistema de regulación. Y desde entonces y en cualquier lugar del globo donde la economía moderna reina la mujer, al igual que el hombre, se mantiene sujeta por completa al valor de cambio. Tanto el hombre como la mujer siguen siendo valores de cambio como cualquier mercancía más. Mientras tanto, sus sentimientos y su maternidad –su último refugio irreducible- se mantiene sólo como reino catártico para contrarrestar el materialismo rampante de la despiadada sociedad moderna.

Por ello, el feminismo vino primero a completar la transformación social burguesa en el seno mismo de la familia moderna. En la primigenia transformación burguesa de la familia es el hombre primordialmente el que se encuentra obligado a encontrar un trabajo asalariado dejando a la mujer en el ámbito de lo privado, levantando un dique ante el exterior y reservando en el hogar el trabajo artesanal por cuenta propia. Pero al incorporarse la mujer a la masa laboral aceptando un trabajo asalariado en la empresa comercial y mercantil dejó la familia de ser puerocéntrica y la preocupación por la intimidad y el bienestar del hogar pasa a segundo plano. El clásico rol masculino de protector y proveedor pierde exclusividad.

Se completa así con el feminismo de primera generación la transformación universal de la familia moderna que rompe la antigua forma mujer-familia a favor de la nueva relación mujer–trabajo extradoméstico. Desde entonces, la mujer se asimiló a las masas laborales que se ilusionaron en encontrar la felicidad buscando la riqueza material, abrazando el mito de la antropología moderna, según la cual se vive en un Cosmos radicalmente desacralizado, considerándose un ser únicamente histórico. Pero la mujer tras correr por la riqueza material se empobreció en su riqueza emocional.

Es falso, en este sentido, que la familia popular de los países en desarrollo se contraponga a la familia burguesa, pues en proporciones mayores y en condiciones más duras la mujer popular de nuestros días tiene que buscar fuera del hogar el sustento diario, con lo cual también se cumple la citada transformación de la mujer-familia por la mujer-trabajo (1).

Como vemos, el feminismo liquidó la familia premoderna, institucionalizó la familia burguesa pero no fue la responsable del proceso. La responsabilidad recae sobre los resortes de la racionalidad occidental y sus contradicciones con la ética señorial. La crisis de la familia y su peligro de muerte comenzó con la racionalidad instrumental del hombre moderno, con su forma de concebirse como un ser histórico, viviendo en un  universo desacralizado donde la mujer deja de ser considerada de modo excepcional, singular, misterioso y sagrado, en el que se trivializa su modo peculiar de ser, esto es, ser creadora de vida en el Cosmos.

La igualdad entre los sexos para la realización de la vida familiar –en la pareja y en la educación de los hijos- junto a su apertura son los dos ejes que dominan la crisis de la familia contemporánea. Pero la emancipación femenina, que corre pareja con la emancipación juvenil, en vez de conducir ineluctablemente hacia la desaparición de la familia sigue conservando en el amor de los cónyuges, en la solicitud materna y en la camaradería juvenil una carga positiva, innovadora y antagónica a las exigencias del mercado. En estos movimientos contestatarios, profundamente humanistas y anticapitalistas, hay una racionalidad estética, hecha para el gozo, con una solidaridad no funcional al sistema. En este sentido el feminismo puede ser visto también como un elemento importante para la reestructuración y redefinición de la familia.

Sin embargo, el primer feminismo está atrapado en la lucha entre los sexos y no sólo en el deterioro familiar. El mercado capitalista ha introducido en la mujer el principio inexpresado del cálculo de los costes, que hace sentir como un peso molesto los vínculos conyugales y la prole, lo que se expresa culturalmente en la legislación sobre el aborto y el divorcio, junto con el principio de competitividad y el espíritu adquisitivo, todo lo cual termina agudizando la lucha entre los sexos. Pero es especialmente importante advertir que han sido las fuerzas productivas en su fase monopólica las que han impulsado una sistemática falsa liberación de la mujer, debiendo encontrar la mujer cosificada la completa satisfacción de sus deseos en el imperio ineluctable del mercado. Se trata de una organización total de su vida mental y biológica, que complementa un entretenimiento disolvente con la renuncia de su maternidad. Hoy, en la fase hiperimperialista del capitalismo cibernético la mujer es cosificada más intensamente, se refuerza el imperio de la mujer-objeto en lugar de la mujer-persona.

No es raro, por ello, que la mujer seudo liberada de hoy –salvo las élites intelectuales- siga siendo tan ignorante como la mujer de ayer sometida al marido. Y esta degradación y autoliquidación de la cultura occidental, sin distinción de género en el mundo contemporáneo, va de la mano con una  ineluctable eliminación del poder del pensar en el uso y goce del aparato de producción y de consumo.

Ya no es un secreto para nadie que la sociedad de neón no dirige sus mensajes publicitarios a la razón sino a lo instintivo, la sociedad de consumo no necesita personas razonadoras y pensantes sino entes robotizados que obedezcan los impulsos excitados por el mercado omnipotente. Por ello, actualmente el mercado administra la liquidación de la cultura porque para que este sistema prospere y se mantenga es necesario obnubilar las decisiones libres tanto de hombres como de mujeres. De este modo, lo que el primer feminismo logró sin saberlo fue que el libre albedrío femenino fuese manipulado y administrado en interés del mercado monopolista.

Es cierto que lo femenino no coincide completamente con el feminismo, de ahí que persistan posiciones incluso creyentes que no admitan considerar a la Virgen María como la primera feminista, viéndola muy por encima de estos beligerantes movimientos de género de la modernidad. En la distinción entre lo femenino y el feminismo abundaron las sufragistas de comienzos del siglo veinte, las cuales desde el principio atacaron al hombre no tanto como individuo particular sino como un representante del sistema patriarcal. Así, las feministas decían que antes del racismo está el sexismo porque antes de la clase social está la casta femenina doblemente oprimida por la marginación racial y sexual. Pero en el banquillo de los acusados fue también puesto el sistema capitalista, su cultura y su moral cristiana (2).

Sobre la Iglesia Católica es bastante conocida su reacción negativa frente  a la primera generación feminista, pero con el transcurso del tiempo su posición ha cambiado hasta el punto de surgir en su seno un feminismo hermenéutico, con el propósito de reivindicar la figura de la mujer en el evangelio y contribuir con su efectiva liberación. Sin embargo, puntos de conflicto han persistido en lo tocante al tema del derecho al aborto, el divorcio, los métodos anticonceptivos y el sacerdocio femenino. No obstante, el primer feminismo sufragista empieza a ver sus limitaciones cuando se desilusiona del socialismo marxista –lo cual empieza desde los procesos de Moscú- como alternativa de liberación y asumen que la revolución no es contra una forma específica de sociedad sino contra la naturaleza misma y contra sus manifestaciones en la cultura del hombre.

En otras palabras, pedir iguales derechos, sostener iguales posibilidades, aspirar a posiciones iguales en la familia y en la sociedad es una manera más de ratificar la opresión en que se encuentran las mujeres, y por tanto significa no cambiar nada radicalmente.  Y así se agota el primer feminismo en su propia “parcialidad”, en la toma de conciencia que poco sirven las conquistas alcanzadas en el plano de la igualdad formal.

  1. La Incompletud
Si la primera generación feminista está representada por las sufragistas y su lucha por la igualdad social –a lo que hemos llamado el momento dialéctico de la “parcialidad”-, la segunda generación está encarnada por las intelectuales y su lucha por la igualdad teorético-intelectual –a lo que llamaré el momento dialéctico de la “incompletud”-.

El feminismo sufragista es un movimiento signado por la parcialidad de sus conquistas alcanzadas sólo en el plano formal, el feminismo intelectual es un movimiento signado por la incompletud en la medida en que su aspiración a desarrollar un lenguaje, leyes y mitología propiamente femeninos descuida el lado emocional y procreador, indudablemente el más natural e importante en la mujer.

La lingüista y analista francesa Lucy Irigaray (3) descubrió en el lenguaje del esquizofrénico un dialecto privado o idiolecto, más tarde se dedicó a construir formas femeninas de simbolización y lenguaje basándose en la teoría lacaneana de lo real, defendió luego la opinión de que el mundo simbólico es fundamentalmente masculino y patriarcal, el cual expresa la imaginación de los hombres solamente. De esta forma el feminismo igualitario –dice- quedó atrapado en la simbología, cultura y lenguaje masculino.

Para Irigaray la mujer no puede encontrar su propia identidad en el simbolismo fálico, sino que debe crear su propio simbolismo, lenguaje y cultura, debe subvertir el orden fálico de lo simbólico, que es origen de la opresión de la mujer, responsable de su cosificación, frustración y carencia-exclusión. Incluso llegó a sugerir la creación de una divinidad femenina para ayudar a vencer la falta de simbolización en la mujer. La mujer sería así el prototipo de la alteridad excluida, irrepresentable en la simbología fálica. No es que la mujer no sea un animal simbólico sino que lo ha sido con el sucedáneo del simbolismo patriarcal.

Otra importante filósofa francesa es Michele Le Doeuff (4), quien se ha dedicado al aspecto oculto del canon filosófico, al estudio de las metáforas en los libros de filosofía, las cuales hacen referencia que esta rama del saber no sea cerrada ni conclusa, pero la razón y la racionalidad han sido esencialmente masculinas. Se opone al sexismo filosófico en nombre de la filosofía misma, reconoce que por lo general las mujeres han preferido el papel de discípulas o partidarias de grandes filósofos sin atreverse a elaborar teorías propias. Está convencida que la filosofía es liberadora, reverencia a los filósofos del siglo XVIII a los que pone de modelo de pensamiento autónomo al que las mujeres deben aspirar, no debiendo renunciar a la filosofía para demostrar que la mujer también puede ser filósofa.

En tercer lugar, encontramos a la politóloga inglesa Carole Pateman (5) como otra importante representante del feminismo de la incompletud. Sostiene que es necesario transformar la teoría democrático-liberal porque no explica suficientemente bien la obligación política legítima. Hace falta explicar el consentimiento de un individuo libre para que la política se defina con arreglo a la esfera pública y reducida a la esfera privada. La esfera pública es varonil, racional, libre, justa y universal, de este modo la incorporación de la mujer a la esfera pública es problemática debiendo conducirse como hombres competitivos o bajo el paternalismo de la lógica fálica. 

La teoría política actual prolonga la oposición entre hombres libres y universales y mujeres concretas y naturales. Pero Pateman cree que las mujeres son capaces de trascender su naturaleza y garantizar la incorporación de la individualidad femenina a la vida política. Quizá sea una limitación de esta pensadora no considerar una posible solución de dicha exclusión fuera de la esfera pública y de la ciudadanía o realizándose en lo público para enriquecer su propia individualidad femenina.

Por nuestra parte, cabe preguntarse si la insistencia en la búsqueda de racionalidad no desnaturaliza lo propiamente femenino, si en vez de ayudar más bien trunca su desarrollo autónomo y libre de una naturaleza dotada de una más delicada sensibilidad y emotividad. Al parecer, la mujer muy lejos de haberse liberado ha desembocado hacia una mayor esclavitud, tratando de conquistar la igualdad con el hombre se imaginó que podía hacer lo mismo que él pero en versión femenina. El resultado ha sido su despersonalización. Las limitaciones del segundo feminismo demostraron que el negocio para la mujer no estaba ni en una educación que trascienda su naturaleza ni en el intento denodado de ser y pensar como el hombre.

La cultura cosificada defiende el orden social en que nace, expresa las contradicciones como formas ontológicas, defiende la mala ordenación de las relaciones materiales de la vida, acepta lo existente, divorcia la felicidad respecto del mundo material remitiéndolo al mundo de las ideas, lo bello, lo justo y lo bueno ya no trascienden a este mundo, siendo remitidos al desván del arte. La cultura mercantilizada está al servicio de la atrofia psíquica de la mujer y del hombre, la industria cultural encubre la desgracia real, se convierte en el opio de las minorías que encubren un orden irracional. Sólo cuando se suprima la cultura mercantilizada surgirá el brillo de otra cultura que libere la totalidad de las relaciones humanas del anetismo imperante.
  1. La Mismidad
El hombre jamás podrá concebir, gestar y parir, es decir, no podrá ser mujer porque el sexo no es un asunto de opción sino de naturaleza. En cambio la mujer puede ser “hombre” en la medida que puede desempeñar las mismas profesiones, responsabilidades y roles que hasta el momento han sido identificados como “masculinos”. Obviamente no podrá ser jamás donante de semen pero sí receptora in Vitro, es decir, puede realizar su naturaleza de madre sin cooperación activa del macho humano. La naturaleza le ha dado tanto poder a la mujer que quizá la ley muy sabiamente le había concedido poco (6).

Pero aun hay más en ella que la convierte en doblemente valiosa.  La mujer es ante todo madre y como tal está en mejores condiciones para realizar la primera educación de los hijos de los cero a siete años. Ella encuentra en su estructura interna lo esencial para su labor, a saber, amor, valores, ideales y visión del mundo. La Psicología ha demostrado que no basta tener en claro las cuestiones fundamentales a trasmitir al niño, como el altruismo, conocimiento, modales, cariño, sexo, cuando falta a su lado la madre. Ser madre no es una especialidad académica es un arte universalizador y humanista que ha puesto Dios en la mujer. Es curioso que las mujeres “liberadas” sean mayormente madres frustradas.

Y es que la civilización moderna conlleva una profunda contradicción, por un lado liberó a la familia burguesa pero no liberó al individuo, y por otro lado con el principio de calculabilidad disolvió el poder del padre. La industrialización aceleró la disolución de la familia patriarcal, convirtió al matrimonio en utilitario y destruyó a aquella madre que representaba otro principio de la realidad, a saber, el principio del placer, degradó su papel y creó mujeres y niños viejos y duros para la vida.

Hannah Arendt al estudiar el totalitarismo insistió en el fenómeno de la carencia de amor como el factor que predispone potencialmente al fascismo, pues el autoritario es superficial y frío, desprecia al débil, a la madre, a la mujer y a los valores femeninos. De ahí la relación entre homosexualismo y decadencia de la familia. La virilización de la mujer ha favorecido la feminización del hombre. La cultura afeminada es producto de la pérdida de los valores de la propia mujer que se siente mejor siendo ruda, tosca y soez. Una infancia sin carga afectiva materna no sólo es potencialmente fascista sino libertina, cuando no pervertida. En verdad, la familia clásica al operar como ideología constituye una barrera contra la barbarie humana, la psicopatía social y el homosexualismo potencial. Menoscabar el papel de la mujer en la formación de los hijos, los valores y la vida emocional crea sociedades totalitarias, tanto política como económicamente.

El ocaso del matrimonio, de la familia, de la amistad y del amor es en realidad la decadencia de la mujer. Y por paradójico que parezca, cuando más se habla hoy de la liberación femenina es cuando más se vive la decadencia de la mujer misma. La cultura es fruto de la prohibición sexual, pero con el amor libre, la promiscuidad, el matrimonio homosexual y la permisividad explosiva en la posmodernidad queda muy poco por sublimar y la cultura agoniza. En la posmoderna cultura de Narciso ni la religión ni la moral es sentida, el matrimonio se extingue, la tasa de natalidad se desploma y la mujer pierde su propio significado, se reduce a cifra estadística con placer egoísta. Max Hokheimer dijo en su momento que vivimos una Ilustración invertida, porque el sujeto individual no significa en realidad nada, lo que vale es el ente colectivo o el consumidor del mercado, es la sustitución del hombre, el fin del cristianismo, del amor y de la libertad.

Por ello, el primer deber de una sociedad es devolverle a la mujer su capacidad de formar hijos y los forma mejor cuanto mejor es su educación. Por ejemplo, los niños de las casas-cunas presentan un avance social mayor pero a costa de un notorio retraso intelectual. La criminalística nos ilustra al demostrarnos que el ochenta por ciento de los delincuentes fueron niños sin hogar y sin madres. Por ello, y contra las exigencias de la modernidad, a las madres hay que liberarlas del trabajo, ya sea por la media jornada o por los subsidios a las que se quedan en el hogar.  Pues, no es posible lograr niños inteligentes y buenos sin el papel formativo de la madre, sin embargo, su rol está siendo destruido por la civilización entregada al frenesí del lucro, del sexo y del poder.

Príapo, Mamom y Leviatán son los dioses inmanentes del hombre moderno desacralizado. Una cultura light, materialista y nihilista que arrastra masivamente a las mujeres fuera del hogar para contribuir con los ingresos familiares, quizá gane en confort material pero pierde ominosamente en lo espiritual y formativo del ser humano, y es sin duda uno de los factores decisivos de la disolución posmoderna de lo humano.

En momentos en que el trabajo prosigue en su irreversible tendencia hacia su extinción, incluso en el sector servicios de la economía debido a la robotización y la telemática, el feminismo de tercera generación realiza un giro decisivo en el enfoque de la mismidad de la mujer, la misma que no consiste ni en su obvias capacidades para trabajar y para pensar, sino, en su inherente capacidad de ser madre, forjadora de seres humanos, nada de lo cual le impediría el estudio, la profesionalización y el desarrollo de su personalidad.

En realidad, en los próximos veinte años la humanidad sólo podrá sobrevivir a través del establecimiento de un salario ciudadano y no de un salario por un trabajo realizado, la revolución de la nanotecnología y de los nuevos materiales que transformarán la educación, el entretenimiento y la información, la imperiosidad del control de la natalidad a nivel universal será una medida dramática pero urgente que el feminismo deberá afrontar para impedir el naufragio de la civilización por el agotamiento de los recursos naturales, y optar por una ética global que dirija la distribución de la riqueza económica a nivel planetario.

En la dramática lucha entra la cultura de la vida y la cultura de la muerte en la sociedad actual las mujeres se sienten seducidas por la tentación de ser como Dios, olvidando que el hombre sólo tiene un señorío ministerial sobre lo creado, lo cual se pierde cuando deja de conducirse con un espíritu de santidad y justicia. Al romper la cultura moderna el vínculo entre la verdad y la libertad, entre Dios y el hombre, se instaura un desorden moral grave creado por una cultura cerrada a la trascendencia, entregada al materialismo práctico y al relativismo moral. Sólo sobre esta base de desquiciamiento moral se puede explicar la floreciente y poderosa industria de la pornografía, en la que importantes compañías transnacionales invierten sin pudor ni vergüenza.

Los feminismos de primera y segunda generación están guiados así por el paradigma de la razón universalista de la modernidad, pero la crisis de la razón universalista ha favorecido no sólo la revalorización de lo emocional e intuitivo, sino la posibilidad de abordar la realidad femenina desde el terreno nuevo de los sentimientos, aspecto tan descuidado y menospreciado por la tradición intelectualista y la metodología de la ciencia empírica. Prácticamente el papel de la mujer ha cobrado una mayor importancia con la revalorización de lo emocional, desde los aportes de la nueva educación hecha por la pedagogía experimental de la escuela activa, pasando por la psicología genética –que resalta el importante papel de los sentimientos en el rol educativo de la mujer- hasta los avances de la etología –que destaca la naturaleza emocional de los mamíferos superiores-, para terminar con el énfasis dado a las inteligencias múltiples y la inteligencia emocional.

Especialmente éstas últimas han revelado que la civilización occidental restringió lo emocional a lo femenino, tenida como criatura inferior y débil, puso el énfasis en el cerebro racional o lo intelectivo, descuidando el cerebro emocional y generando sociedades alfabetas literalmente pero analfabetas emocionalmente (7). Ser mujer no supone ser persona altamente racional, lo cual ha significado que la mujer quede atrapada en el estereotipo masculinista que las ha vuelto irreconocibles, sino que se sienta entusiasmada por ser una criatura con una elevada inteligencia emocional, llenas de empatía y sociabilidad, conocimiento de sí mismas y sensibilidad. Sólo así la identidad femenina no tendrá que masculinizarse y podrá ir hacia su mismidad sin rancios clichés deformantes.

Este giro ya se puede advertir en la filósofa posmoderna Carol Gilligan (8), quien complementa la ética de la justicia masculina con la “ética del cuidado” femenina, que se basa en una desigualdad emocional de la mujer que la hace más cuidadosa, dulce y buena que el hombre. Lo singular es que esto acontezca justo cuando en la sociedad globalizada triunfa el paradigma de la mujer-objeto sobre el de la mujer-humanizada (9).La Humanidad tiene en el acervo de la mismidad femenina un gran activo no sólo para ayudar al desarrollo personal sino para el buen entendimiento de las naciones y pueblos que puedan convivir en paz. El enfoque posmoderno de Carol Gilligan respecto a la mismidad femenina nace de la necesidad de romper con la lógica instrumental de la modernidad –objetivismo, productividad, eficacia y economicismo- responsable del proceso de desintegración del matrimonio, el hogar y la familia.
  1. A modo de conclusión
Llegados al final de nuestro ensayo, echemos una ojeada al camino recorrido. El primer feminismo llamado de la “parcialidad” se concentró en la lucha por la igualdad social de las mujeres y su recorrido demostró que de nada vale buscar una auténtica liberación cuando se deja intocado el sistema de producción y reproducción del capitalismo monopólico –y del marxismo totalitario- que estabiliza una organización total de cosificación humana.

El segundo feminismo denominado de la “incompletud” se dedicó a elaborar una simbología, cultura y lenguaje propiamente femeninos, es decir una racionalidad alternativa a la del hombre capaz de generar una nueva praxis política y crear nuevas formas de existencia humana, pero su derrotero aun inconcluso no tomó demasiado en serio las riquezas intrínsecas de la naturaleza femenina.

El tercer feminismo designado como el de la “mismidad” puso énfasis en la naturaleza cuidadosa, dulce y buena de la mujer, capaz de sostener una ética propia, sin carácter competitivo respecto a la ética de la justicia del hombre y de provocar en el pensamiento feminista una revolución copernicana en el sentido de que la mujer no gira en torno a otras naturalezas sino alrededor de sí misma o de su propia natura femini. Este último feminismo no compite con el pensamiento fálico del hombre, no busca elaborar una nueva racionalidad alternativa, más bien trata de reencontrar la riqueza emocional y afectiva de la mujer como su mejor atributo que la distingue dentro de la especie humana. Esta última visión heroica de mujer tiene como elementos esenciales: a. el universalismo (la mujer al servicio de la vida), b. el naturalismo (glorificación de la naturaleza femenina), c. y el personalismo (la mujer no es teoría sino un proceso singular de personalización  en su acción peculiar de género).

Es evidente que este último feminismo, llamado de la “mismidad”, no tiene futuro sin quebrar la conciencia administrada, sin recuperar la libertad  respecto a la autonomía de la totalidad del aparato social de la sociedad de consumo y sin lograr el surgimiento de un mundo tecnológico en el que el ser humano pueda por fin retirarse y salir del aparato de su trabajo. Viviane Forrester (10) vaticinó la extinción del trabajo por el avance tecnológico, por lo que el desafío del pensamiento político y económico actual es cómo diseñar un sistema mundial –y no sólo para un tercio de la población considerada por la globalización ultraliberal- que otorgue un salario ciudadano a hombres y mujeres que les permita llevar una vida digna y creadora.
  1. Epílogo
Como antes dijimos, en el mundo contemporáneo coexisten las tres formas de feminismo. Y es particularmente el feminismo de la “mismidad” el que señaló el rico acervo peculiar de la mujer, intransferible y único. La mujer creyó ser libre, por un buen tiempo, conquistando su derecho al trabajo con un alto salario; luego se percató que se movía en la lógica del hombre y trató de superarlo con una simbología propia. Pero el problema la desbordó. En momentos en que la propia civilización occidental y cristiana parece estar llegando a su fin -con la instauración de una era administrada y totalitaria que liquida el matrimonio, la familia, el sentido de la vida, la prohibición sexual y las relaciones humanas no utilitarias- la mujer se percata de la enorme importancia de su papel formativo como madre portadora de valores y de un principio distinto al de la racionalidad utilitaria del mercado y al que no debe renunciar, so peligro de no resistirse a una era mundial en declive espiritual.

Este es el mensaje a las mujeres jóvenes, no dejarse seducir por la lógica instrumental del mercado que terminará avasallándolas en un mundo deshumanizado, utilitario y sin amor. Hombres y mujeres debemos coadyuvar a romper con la lógica instrumental que deshumaniza el mundo. Y de ustedes depende cuidar que el mundo sea mejor, y el no hacerlo lleva hacia lo que estamos viviendo: a la pérdida del sentido de la vida.

Tres son las principales tendencias de la Modernidad: Humanismo, Civilización técnica y Capitalismo. De las tres, humanismo y técnica tienden a reconciliarse en la fase neotécnica, sin embargo el verdadero obstáculo que impide el avance de la humanidad y que se constituye en una encrucijada es el capitalismo, verdadero estorbo que nos precipita con su lógica egoísta en los avernos de la barbarie y la degeneración. Y que no nos quede la menor sospecha de una gratuita demonización del capitalismo, porque su esencia deshumanizadora consiste en crear demanda antes de satisfacer necesidades humanas.

Sólo retengamos el hecho de que cuando un proceso económico genera riqueza sin hacer a la gente más feliz, creativa y fraterna entonces estamos ante una civilización que carece de significado y referencia humanos. Y es que cuando el beneficio permanente que surge del proceso económico es dirigido solamente a incrementar la presión sobre el consumo en vez de hacerlo sobre actividades culturales y creativas entonces la civilización se corrompe y se degrada. Y la suerte del nuevo feminismo de la mismidad depende de la capacidad humana para revertir la presión sobre el consumo y devolverla sobre las actividades creativas del hombre.

En una palabra, lo importante no es la riqueza sino los resultados sociales y culturales que se consigan con ésta. O para decirlo más claramente: una sociedad con una población completamente empleada, alimentada, vestida y alojada sería completamente ineficaz si no logra convertir el excedente económico en arte, cultura, tradición, ciencia y tecnología, es decir, si no logra enriquecer la vida misma. Y por eso Roma siempre será inferior a Grecia, porque con todo su inmenso poder y riqueza no fue capaz de crear en arte, letras y ciencia nada comparable a los antiguos griegos. Y lo mismo podemos decir hoy en día, porque el evangelio del trabajo no es nada y resulta más bien destructivo cuando no conduce al estado final del ocio, libre actividad y creación. Es decir, sin una efectiva y eficaz conversión de la riqueza material en bienes culturales no hay civilización con futuro realmente humano.

Notas
(1)  Cf. Alzon, C., La mujer dominada y la mujer explotada, B. Aires 1974; Sullerot, E., Mujer, sexo y sociedad  industrial, Madrid 1966; Newland, K., La mujer en el mundo moderno, Alianza 1997; Golberg, S., La inevitabilidad del patriarcado, Alianza 1976. Sólo mencionaré para hacer contraste que la feminidad en las sociedades primitivas y en las culturas superiores arcaicas estaban envueltas por la sacralizad propia de misterio de la procreación y del parto. La revelación de ser creadora de vida constituye para la mujer una experiencia religiosa intraducible. Las iniciaciones místicas femeninas, muy estudiadas por etnólogos e historiadores de las religiones, están dominadas por el misterio de lo que es natural, la menstruación equivale a una purificación periódica con poder curativo y fuerza mágica. El simbolismo del regreso al útero pone el acento en que el verdadero nacimiento es de orden espiritual, y es método ejemplar o un tema iniciático presente incluso en culturas superiores (China, India, etc.). Cf. Eliade, M., Las iniciaciones místicas, Taurus 1984.
(2)   A este respecto son clásicos los análisis de Simmel, G., Cultura femenina y otros ensayos, Madrid 1938. Sobre la moral cristiana es preciso señalar que las Escrituras han sido escritos por y para los varones, es fruto de una cultura patriarcal y en gran parte lo han sido también las interpretaciones de las mismas. Al feminismo de primera y segunda generación le fue bastante claro que las mujeres fueron milenariamente marginadas en la Biblia y su interpretación (por ejemplo la creación de Adán y Eva, los velos en la cabeza, la regla de silencio que deben guardar las mujeres, etc.). Actualmente ha surgido una hermenéutica feminista que intenta reconstruir el papel de las mujeres cristianas en el movimiento de Jesús y en comunidades fundadas por Pablo, donde habrían existido relaciones igualitarias. La perspectiva femenina destaca mejor no sólo la figura de la mujer sino a todos los “pequeños” o pobres, excluidos y marginados que aparecen en la Biblia. El objetivo no sólo es poner en evidencia las figuras femeninas u ofrecer una nueva interpretación de los textos bíblicos sino transformar la mentalidad patriarcal y las estructuras de dominación andocéntricas que mantienen la postergación de la mujer. Cf. Schüssler, E.-Fiorenza. En memoria de Ella. Una reconstrucción teológica-feminista de los orígenes del cristianismo, Bilbao, 1989.
(3)   Cf. Irigaray, L., Yo, tú, nosotras, Cátedra 1992; Kristeva, J., El lenguaje ese desconocido, Cátedra 1987.
(4)   Doeuff. M. Le, El estudio y la rueca, Cátedra 1993.
(5)   Pateman, C., The sexual contract, Cambridge, Polity Press 1988.
(6)   Cf. Dexeus, S. y Farré, J., La mujer, su cuerpo y su mente, Madrid 1992; Bravo, A., Femenino singular, Alianza 1988; Millar, J., Hacia una nueva psicología de la mujer, Argos 1989; Demarest, R. y Sciarra, J., Concepción, nacimiento y anticoncepción, Paidós 1982; Beauvior, S., El segundo sexo, Siglo XX 1972. La Iglesia Católica bajo el Pontificado de Juan Pablo II manifestó en su Carta Encíclica Evangelium Vitae (1995), su defensa de la vida ante las nuevas amenazas culturales, científicas y políticas, su rechazo al aborto, las políticas antinatalistas, la eutanasia y la reproducción artificial por ser atentados contra la vida. Lo cual ha sido asumido por el movimiento feminista bifrontemente, pues oscilan entre un acuerdo completo y un rechazo total a inmiscuirse en la libertad de sus cuerpos.
(7)   Cf. Goleman, D., La inteligencia emocional, B. Aires 1996.
(8)   Gilligan, C., La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino, FCE 1985.
(9)  Basta reparar en los voluminosos números internacionales de las revistas femeninas como Vogué o Cosmopolitan, repletos de millonaria publicidad corporativa sobre la mujer-objeto.
(10) En realidad, fue N. Wiener quien en 1948 había previsto que las máquinas extinguirían el trabajo, y antes que él fue Marx quien postuló la utopía de la extinción del trabajo necesario y el triunfo del trabajo libre. Por su parte, el neocapitalismo keynesiano se proponía eliminar la desocupación elaborando la teoría de la marginalidad. Hoy el neoliberalismo del capitalismo cibernético con su teoría de la desregulación sentencia la muerte del trabajo pero a través de la planetización de la miseria y de la pobreza. El mérito principal de Forrester estriba en que señala que el capitalismo cibernético equivale al colapso del empleo y el salario pero no de la ganancia. Esto es, que el crecimiento económico continúa sólo que la distribución de la riqueza se vuelve más injusta. Por consiguiente, la salida a esta encrucijada civilizatoria no está en un retroceso a fórmulas antitecnológicas y antimundializantes sino en una nueva forma de supervivencia que no dependa del salario ni del empleo. Cf. El horror económico, FCE 1997.

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