martes, 9 de agosto de 2022

LOS INTELECTUALES Y EL IMPERIO

 LOS INTELECTUALES Y EL IMPERIO

Gustavo Flores Quelopana




El interés del Imperio por seguir a los intelectuales no es nuevo, pero se ha vuelto más intensivo y sistemático al ser considerados éstos como un termómetro de la aprobación o rechazo de sus intereses hegemónicos globales.

Tras la caída del Muro de Berlín el capitalismo neoliberal proclamó el fin de la era de las ideologías, pero ello no fue más que una estrategia mezquina para imponer su propia ideología mercadólatra de darvinismo social. La realidad es todo lo contrario, las ideologías son asumidas como una guerra de posiciones en el dominio de la conciencia social de los individuos.

Pero ¿acaso vivimos una guerra ideológica? Por supuesto, y en los últimos cincuenta años la han venido ganando los ricos contra los pobres. Pero la guerra de posiciones en el terreno ideológico prosigue y esta vez asume una curva política que no es favorable al mantenimiento del estatuo quo.

Con la huida militar de Afganistán, el derrota en Siria y la guerra de Ucrania el interés del Hegemón por el seguimiento global de los intelectuales se ha incrementado por varios motivos, entre ellos:

1. Sus agencias de inteligencia, absorbidos por la rutina y el trabajo burocrático, no alcanzan a ver fenómenos que sí son advertidos por los intelectuales.

2. El seguimiento de los intelectuales constituye el territorio privilegiado para medir el avance de las opiniones antisistema que incitan reformas desde el Estado.

3. Es prioritario la necesidad de controlar y dominar la dimensión de las ideas populistas con proyectos políticos que convencen a las mayorías y son contrarios a los intereses de las megacorporaciones mundiales.

4. Ante el retroceso vertiginoso de las ideas conservadoras, a causa del terremoto geopolítico que significa el enfrentamiento del Viejo Orden Unipolar y el Nuevo Orden Multipolar, se vuelve imperativo el seguimiento y control de la superestructura ideológica para mantener el dominio sobre la voluntad general de los pueblos.

5. Resulta crucial en la lucha política saber hasta qué punto se puede mantener la servidumbre voluntaria -de la que hablaba Boétie, y tematizan Gramsci, Ernesto Laclau (La razón populista, 2005) y Chantal Mouffe (La paradoja democrática, 2003)- y manejar con legitimidad la voluntad general.

6. La importancia de la lucha en el nivel ideológico reside en la ventaja de hacerse obedecer sin recurrir a la coerción y a la violencia. Pero esa obediencia luce actualmente fracturada y los intelectuales son las primeras antenas en detectarlo.

7. El avance de las ideas antisistema representan en fracaso final de los poderosos Grupos think tanks financiado por los principales poderes económicos y formados como élite de inteligencia social conservadora para ganar la batalla de las ideas. Sin dominio estable y duradero de la hegemonía cultural es imposible reproducir el sometimiento voluntario de la población.

8. No obstante, la erosión de la democracia en el Hegemón -muy bien señalada por Naomi Wolf (El fin de América, 2007)- corre parejo con el incremento de su violencia -extensamente documentada por Naomi Klein (La doctrina del Shock, 2007- y de la violación de la privacidad -como sostiene Shoshana Zuboff (La era del capitalismo de la vigilancia, 2019)-. Así, en el corazón del Hegemón se experimenta un avance del fascismo intrademocrático -cultura del miedo, prisiones secretas, vigilancia ciudadana, control de prensa, contratistas militares, etnofobia, suspensión del imperio de la ley nacional e internacional- traza una línea en que la hegemonía cultural tiene que ser impuesta por la fuerza. Lo cual no es favorable en la actual correlación de fuerzas geopolíticas.

En suma, en la batalla por el control de las ideas el Hegemón mantiene el seguimiento de la superestructura ideológica, convencido de que si no basta el dominio sobre el control de la fuerza de las ideas queda la alternativa de la fuerza de las armas. Cosa que ha quedado suficientemente demostrado en múltiples golpes de Estado, asesinatos políticos y silenciamiento de opositores.

Esto nos recuerda el caso de Sartre cuando De Gaulle, ante el recrudecimiento de la guerra de independencia argelina, dijo: "A Voltaire no se le encarcela". Tal respeto por el pensador no fue compartido por el talante británico que puso en ergástula a un Bertrand Russell.

Lejos estamos de sobrevalorar el papel del intelectual, pues las ideas pueden detentar suficiente hegemonía pero no siempre suficiente poder.