viernes, 23 de agosto de 2019

CRÍTICA DE LA RAZÓN EXISTENCIAL


CRÍTICA DE LA RAZÓN EXISTENCIAL
Prólogo al libro “LA RAZÓN EN SU LABERINTO”
Gustavo Flores Quelopana
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía
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La Razón como facultad y como fundamento tiene sus propios laberintos que causan desconcierto. El alma racional humana conoce sus extremos y sus puntos equidistantes. Sin embargo, éstos mismos suelen ser móviles y dinámicos. En un momento determinado la razón y la fe están fusionadas y en otro momento pueden encontrarse en colisión. Pero aun así, hay fe en la razón y hay razón en la fe.

Pero lo más perturbador no sólo es la estructura dinámica de la razón humana sino que en una de sus aristas no es ajena a la estupidez y en otra a la mística. Y además tiene la capacidad mediante algoritmos de crear la inteligencia artificial (IA) autónoma. La razón humana no es algorítmica sino que se basa en el libre albedrío. Y por eso nos conecta con el plano metafísico. Pero la IA cuando comprenda lo que hace será una real amenaza a la razón humana. Hallar un orden en el laberinto de la razón equivale a dar cuenta de un tipo de ser peculiar denominado la existencia de la persona humana. Pero la existencia insurge en el Ser como posibilidad y libertad.

Esa correspondencia entre existencia, razón y libertad lo predispone a constituirse en un ser con vocación hacia la Verdad. Es una criatura filosófica por excelencia. Pero como libertad puede también dirigirse contra sí mismo, dejar de oponerse a lo causal renunciando al ideal, renunciar al Ser, al valor, a la belleza y al bien. Estando unidos lo ontológico, lo axiológico, lo estético, lo ético y lo epistémico tiene la atribución de desunirlos en su ser. Y esa es la coyuntura en la que nos encontramos en el presente.

La crisis de certidumbres del presente posmoderno tiene en común con la crisis griega de los tiempos de Platón la negación y el olvido del Absoluto. La diferencia estriba en que otrora sucedió en el seno de una civilización que creía en Dios y la Verdad, en cambio nuestra crisis acontece en medio de una civilización anegada en la increencia y signada por el destino fatal del nihilismo. Son los nuevos sofistas los que nos atormentan. Qué otra cosa podía representar el alumbramiento hegemónico en la modernidad del idealismo subjetivo con su veredicto que el hombre es el que impone el ser a las cosas. La entronización del hombre como un pequeño diosecillo o un deus in terris es la cima de una era en que se afronta el final del mundo moderno.

No asistimos a la decadencia de Occidente sino al periclitar de la modernidad subjetivista, escéptica, secular, egoica e inmanentista. Nunca como hoy se ha condenado al olvido el trascendente sentido del ser y se lo ha reemplazado por el inmanente ser del sentido. El hombre de hoy ensoberbecido por los efectos de la revolución científico-técnica se ha dejado arrastrar por la racionalidad instrumental olvidando la importancia de la racionalidad humanística de fines.

Pero en el fondo la crisis actual es la crisis del logos mismo, o sea de la Razón. La renuncia del ser, la tecnolatría, la reducción del hombre a mero productor y consumidor, la anulación de la privacidad a favor de la masificación y el vertiginoso desarrollo de la inteligencia artificial no son sino episodios de aquel hombre moderno que creyó sentirse superhombre por medio de la conceptuación y de la ciencia. El resultado no podía ser más dramático, a saber, la destrucción de las humanidades y la contaminación de la Naturaleza. El idealismo subjetivo que hizo trizas la metafísica de las esencias y de la persona terminó luciferinamente abriendo las puertas del infierno.

Nunca como hoy fue tan patente la necesidad de un cambio de metas y una revolución de la conciencia, la recuperación del anhelo armonioso por el absoluto, una nueva forma de ser y de vivir. De lo contrario, la humanidad actual seguirá siendo devorada por toda clase de monstruos que salen de su entraña desde un giro metafísico perverso que se funda en un resentimiento hacia lo absoluto. Lo cual señala algo muy propio de la Razón humana.

Me refiero al afán de trascendencia. Sin ello la razón humana pierde su peculiaridad que ha impulsado su humanización. Y sin ello lo único que tenemos es hominismo, o sea un mero proceso biológico, genético, cerebral y material. De modo que lo da dignidad a la razón humana es su sed de Dios, su capacidad en todos los tiempos de atisbar lo numinoso y trascendente. No obstante, el logos humano o la razón misma es un problema, tanto como facultad como fundamento. Y bien visto ello nos conduce a afirmar que la crisis de la razón es parte inherente de su propio laberinto en que se desenvuelve. La concepción de la razón tiene matices tan distintos que van desde la fe hasta el concepto. Incluso hay quienes excluyen la fe del ámbito de la razón.

Pero al efectuar una exégesis-ontológico existencial de la razón se descubre su unidad indestructible con la fe. O sea su afirmación de verdades indemostrables e inverificables. Es decir, que la naturaleza misma de la razón es metafísica y hace del hombre un ser metafísico. Pero hay algo más importante aun. Y es que siendo de raíz la razón humana de índole metafísica se constituye en filosófica. Claro, en un significado de “filosofía” muy diferente al griego. En otras palabras, el hombre hace filosofía porque su razón misma es metafísica, ya sea por la fe o por el concepto.

Siendo la razón una facultad metafísica se entiende que emplee diversos sentidos significativos para explicarse el fundamento. Los dos primeros libros están dedicados al estudio de esta espinosa polaridad de la razón humana. Pero, por otra parte, también nos asalta el significado histórico-antropológico del logos humano en la historia. Así la razón substancial y la razón funcional han mantenido una constante dialéctica hegemónica en todas las culturas y civilizaciones. Siendo la funcional la predominante en el mundo moderno. Lo cual se estudia en el tercer libro. Ahora bien este predominio dio como resultado un tipo de razón creado por el logos humano, me refiero al logos cibernético. El cual amenaza no sólo en su edad de autonomía con abolir la racionalidad humana sino en destruirla.

A consecuencia de ello en el laberinto de la razón destaca su otro extremo, a saber, su propia desconcertante estupidez. Finalmente, así como la inconmensurabilidad de Dios rebasa toda comprensión humana también en la naturaleza hay enigmas y misterios que indican que el hombre no puede desprenderse del logos mítico, como saber y oír por encima de la conceptuación. Y ese hiato que actualmente separa a la Razón del Mito es parte de la crisis del logos mismo. De ahí que sea necesaria una nueva utopía que reconcilie la razón con el mito, asunto que abordo en libro sexto de la presente obra.

En suma, el laberinto de la Razón humana exige no sólo ser abordado en sentido gnoseológico, lógico y metafísico sino en sentido existencial. La razón humana es existencial, lo cual  no es confundible con la razón histórica ni con la razón vital. Porque no es la historia ni la vida sino la existencia la realidad radical. Y en dicha realidad radical la connotación ontológica de lo trascendente no es solamente lo “trascendente a mí” sino lo trascendente Absoluto, Dios. Por eso la razón antes que acción intelectual es acción existencial que nos pone en contacto con la realidad. Realidad que no siempre es cognoscible.

Por ello la razón existencial no repudia lo irracional sino que lo afirma. De modo que ni las ideas ni las creencias serán la realidad misma, porque ésta las rebasa. Lo relativo no es la realidad misma sino el conocimiento de la misma. Por ello la realidad siempre sobrepasa al sujeto. La razón existencial se basa en el primado de lo ontológico sobre lo gnoseológico. Lo cual describe el proceso de la razón respondiendo tanto a exigencias externas como internas. La existencia humana surge en el todo del ser como una libertad y posibilidad mediante el pensamiento o la razón.

La razón es posibilidad de darse una esencia frente a lo cumplido de las cosas. El centro metafísico de la razón no es la angustia ni el cogito sino el separarse del todo del ser y oponerse a la realidad mediante el ideal.

La crítica de la Razón Existencial desemboca en la convicción de que no existimos porque razonamos (idealismo subjetivo) sino que razonamos porque existimos (realismo). Es la inversión de los términos metafísicos lo que permitirá encontrar una salida a la profunda crisis de la razón en la modernidad. Solo una inversión copernicana desde el pensar hacia el ser puede preservar la cultura y los valores en medio del hundimiento catastrófico y finisecular de la civilización occidental. Con el idealismo subjetivo la cultura occidental echó las bases para el último extravío mortal del nihilismo. Y así se pasó del estéril reduccionismo científico hacia la esterilidad metafísica del pensamiento moderno. El idealismo cartesiano fue la fuente del error, pero dicho error nace con la filosofía del signo lingüístico de la filosofía nominalista de Occam. El idealismo subjetivo hizo prevalecer la esencia sobre la existencia. Y de este modo se impuso un nuevo protagorismo relativista en donde el hombre es el que determina el ser de las cosas. Lo cual es falso porque el Ser no implica que el conocer sea la causa de la existencia.

Por el contrario, el realismo es el método que antepone el ser al pensar, la existencia a la esencia, lo ontológico a lo epistemológico. Y esto es así porque el Ser y la Existencia sobrepasa al conocer.  Ambos son lo previo e indemostrable para la razón  permite postular desde la existencia de las cosas a un Ser Supremo como fundamento de la causa del ser, más allá de las cosas, de lo creado y temporal. En una palabra, la razón existencial permite recuperar el ser rompiendo con la metafísica inmanentista del individuo moderno y asumir como evidencia primaria que las cosas son, que el Ser rebasa el pensar y que la razón humana es singularmente vocación por la trascendencia.

Aquí no se trata de ayudar al hombre moderno a superar su crisis civilizatoria. Pues así como se encuentra atrapado en la cultura de la increencia, el cientismo, el tecnologismo, el impersonalismo, el escepticismo y el nihilismo, lo más seguro es no estorbar su caída y asegurar que sobrevivan núcleos que aseguren la pervivencia de la cultura tras el enorme tránsito histórico que se avecina. Los cenáculos serán los equivalentes a los monasterios medievales que en plena decadencia civilizatorio dieron oportunidad a un nuevo renacimiento cultural.
Lima, agosto 2019

miércoles, 21 de agosto de 2019

UNA ACOTACIÓN SEMIÓTICA


UNA ACOTACIÓN SEMIÓTICA
Diferencia entre semiótica tradicionista y tradicionalista
Gustavo Flores Quelopana
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía
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En principio la semiótica –también semiología- es la teoría general del signo y no sólo linguístico. Hay signos conceptuales y signos simbólicos. Por ejemplo un Himno Nacional es la combinación de ambos. Pues su música es un signo no conceptual y su letra es un signo conceptual. En realidad no hay acuerdo sobre la definición del signo, pero se puede decir que signo es algo que se refiere a alguna para cosa. Tambien el signo es aquello que tiene función significativa y el significado es aquello que encierra un sentido. De modo que la semiotica también puede entenderse como la teoría del sentido a través del signo.

Fue el monje Guillermo de Occam quien en el siglo XIV plasma una nueva forma de pensar a partir del signo y del lenguaje. Así el signo natural desplaza a la especie como fundamento del conocimiento. La experiencia se convierte en auténtica causa del conocimiento, las especies son innecesarias. No se da cuenta que éstas son también fruto de la experiencia. El concepto deviene en mera función lógica, significación o representación. Cree que el universal es produco de la mente, no es ante rem ni in re, no es ontológico. Ese será el nuevo modelo de cientificidad basado en causas eficientes. Describe el movimiento sin referirlo a una conexión eidético-ontológica, quedando así libre el criterio cuantitativo dimensional de la naturaleza. En el alma sólo hay signos convencionales, ficciones, puros nombres. Sólo Dios conoce la verdad, el hombre está en posesión sólo de signos. Reconoce la trascendencia de la substancia y la cualidad pero el espacio y el tiempo son subjetivados. Al final sólo tenemos nombres vacíos sin substancia. El objetivo de Occam fue expurgar a la teología de la visión esencialista. Esto lo coloca en la fundación de la metafísica moderna del individuo con la “suposición personal”.

La semiótica ya no es una moda pero muchos de sus aportes permanecen. En especial que los signos son vastos campos de sentido generados en los procesos sociales de significación. Como texto, imagen, sonido y gesto sirve a la literatura, psicología, sociología, politica y demás ciencias sociales. También se ha vuelto evidente que la semiótica sin ontología es idealismo lógico y subjetivismo simbólico al negar la validez del mundo objetivo. Es decisivo superar esa ruptura subjetivista, que ocasiona una pérdida de fe en la realidad, todo lo vuelve en simulacro, un agnosticismo que degenera en escepticismo y expresa el ocaso de la nihilista  climaérica civilización occidental moderna.

En el vasto campo de sentido de la semiosis hay uno en particular interesante, a saber, la del símbolo hímnico.  Es interesante porque en ella es notorio dos formas contrapuestas de entender la Tradición: la tradicionista y la tradicionalista.

La semiosis tradicionista reconoce el carácter dinámico y, por ende, modificable del símbolo hímnico. En contraste la semiótica tradicionalista destaca el carácter estático e, en consecuencia, intangible del símbolo hímnico.

También ambas están basadas en un concepto distinto del Tiempo que las conduce hacia su contraposición. El tiempo en la semiótica tradicionista es concebida como una fluencia del pasado hacia el presente en una visión hacia el futuro. En cambio el tiempo en la semiótica tradicionalista concibe el pasado, presente y el futuro de una forma absoluta y por ende separadas.

De esta diferente concepción del tiempo se desprende una distinta actitud hacia la Historia. La semiótica tradicionista ve la historia en permanente interacción con el presente y el futuro. Por el contrario la semiótica tradicionalista concibe la historia como un compartimiento estanco intocable por el presente.

Por ello, para la primera la tradición está en un presente-vivo y en diálogo permanente, en cambio para la segunda está en un presente-muerto y cerrado para cualquier cambio.

De ahí que mientras la primera asuma una actitud progresista, la segunda sea conservadora respecto al símbolo patrio. Así, mientras que para la semiótica tradicionista no hay cabida para ninguna ley de intangibilidad del símbolo patrio, para la semiótica tradicionalista es su columna vertebral.

La ley de intangibilidad en realidad se basa en una concepción naturalista, donde se petrifica la vida espiritual, no comprende que los símbolos patrios son creación y que se encuentra inserto en el devenir de los actos espirituales siempre renovados de la creación. Los símbolos patrios no son un factum invariable sino actividad del espíritu que se origina en determinadas condiciones históricas y cuya interpretación está sujeta a cambios.

La sintaxis del símbolo patrio se ocupa de su contenido lingüístico en tanto que convención, lo cual es ya regla petrificada, pero la estilística considera el contenido del símbolo patrio como creación y formación viva. Asi pues, el camino correcto debe ir de la estilística a la sintaxis, y no al revés, puesto que en todas las creaciones espirituales la forma del devenir es la que nos permite comprender la forma de lo devenido.

Cuando se plantea el cambio de las letras del símbolo hímnico se está más en el terreno del signo lingüístico que en el del signo en general. Es cierto que hay que tomar en cuenta que metodológicamente el signo lingüístico tiene dos caras: como convención y como creación. Pero dialécticamente tiene la primacía el devenir sobre lo devenido.

Es por ello que el lenguaje hímnico  es una energía independiente y original del espíritu que debe ser comprendida dentro de la filosofía simbólica universal.