martes, 23 de abril de 2019

CLIMATERIO CIVILIZATORIO Y RIESGO NUCLEAR


CLIMATERIO CIVILIZATORIO Y RIESGO NUCLEAR
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 Resultado de imagen para riesgo nuclear
La cultura occidental se creía con patente de corso para sentirse imperecedera y exonerada de su propio final. Pero la confluencia de crisis evidenció que el sueño hiperracionalista de su invencibilidad histórica era en realidad una fantasía que se volvió en horrenda pesadilla.

La cultura occidental está en su invierno decadente, subrayó Spengler. La única diferencia es que hoy sus valores materialistas, ateos, escépticos y pragmatistas han logrado globalizarse y con ello arrastra a todas las demás culturas del planeta hacia su derrumbe definitivo. Las culturas cuando llegan a su ocaso alejandrino se vuelven arreligiosas, ametafísicas, cientistas, anéticas, nihilistas y con un sentimiento cósmico relativista. Y todo ello se constata en el ocaso nihilista de la civilización global.

Contra lo que se piensa no hay choque de civilizaciones sino el climaterio definitivo de todas al ser hegemonizada por los valores decadentes de una, a saber, la occidental. El resultado es que el llamado hombre posmoderno vive en la caverna de su propia subjetividad débil, sin advertir que no puede cumplir con la fascinadora promesa de acabar con la realidad, la verdad y lo absoluto. Lo único que logra en su solipsismo vital es que desaparezca en él el amor, como potencia divina y anhelo humano.

Sin amor en el corazón, el hombre anético posmoderno con su proverbial indiferencia a lo superior y absoluto cree haber llegado a esa vida perfecta de la naturaleza, al primitivo edén panteísta. En su universo todo está en acto. Sin creer en la vida perfecta trasmundana cree en la vida perfecta cismundana, terrenal, secularizada. Vive sin perturbadoras ideas metafísicas. La idea del alma es otro estorbo, sólo se cree en la inmortalidad genética y cultural. Y tenía que ser así. Por cuanto tener alma es tener memoria y, en consecuencia, historia.

Pero la historia es tiempo, y el posmoderno en tanto que suprime la nostalgia y la esperanza, también suprime el pasado y el futuro. Ilusionándose con un presentismo fatuo de confort y placer, no sufre el tiempo como el hombre oriental, ni lo piensa como en la antigüedad, tampoco lo diferencia como en la Edad Media, ni lo calcula como en la modernidad, sino que lo disfruta sin responsabilidad, preocupación o conciencia. La experiencia del tiempo para el hombre posmoderno está desprovista de utopías, de ideales, milenarismos, escatologías, reduciéndose tan sólo a la experiencia anética de un presentismo de máximo goce y utilidad.

El hombre posmoderno ya estaba prefigurado desde 1800, cuando la voluntad de poder se entroniza como lo característico de la cultura occidental. Es la inversión de las fuentes en que nace Occidente. Sin amor, justicia y verdad, se inicia el imperio de la de voluntad egocéntrica del hombre anético, símbolo de la desfundamentación nihilista de la cultura occidental.

Todo desbordó hacia la erosión nihilista de la civilización postmetafísica que coincide con un hominismo hedonista y un capitalismo global nihilista. El interpretacionismo de la filosofía posmoderna con su exigencia disfrazada de tolerancia, pluralismo, emancipación y rechazo de toda metafísica trascendente se condice con el culto de la máquina y del dinero.

Ello retrata el alma desquiciada de una civilización que llega a su término porque pinta con nitidez el neobrutalismo de la imperante barbarie civilizada. Lo que tenemos enfrente no sólo es el hundimiento del hiperimperialismo de las megacorporaciones privadas sino de toda una civilización que ha globalizado sus leyes históricas.

Esta malsana hermenéutica posmoderna del hombre sin absolutos es en el fondo totalitaria, y lo es no sólo porque termina secuestrando la democracia sino porque se entroniza una cabalística de la inmanencia que transforma al hombre autónomo en un pequeño diosecillo, en un deus in terris. Pero este deus in terris simboliza paradigmáticamente la nadificación de la humanidad sin verdad. Lo cual se agrava con el potencial nuclear que posee.

Antihumanismo, liquidación de la identidad, desaparición del sujeto, supresión de la verdad, primacía del evento, abolición de toda metafísica constituyen la cadena de episodios donde el perspectivismo anodino rompe la unidad ético-ontológico del sujeto. Con ello se liquida la persona en medio de la hemorragia descontrolada de subjetivismo, la cual queda reducida a mero organismo viviente, manipulable y medio para un fin externo. Esta es la tragedia del ocaso de la civilización global, la cual refleja luciferina antropotecnia-antropolátrica del para mí desparramado en múltiples mónadas egoístas.
23 de Abril 2019