domingo, 7 de julio de 2019

SER Y FICCIÓN


SER Y FICCIÓN
Estudio introductorio
por
Gustavo Flores Quelopana
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía
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Ángel Lavalle Dios en su obra SER Y FICCION nos presenta un planteamiento filosófico original sobre el ser ficcional y su relación con el ser. Nada menos que una fundamentación metafísicamente realista y epistémicamente idealista del ente ficcional. Su creatividad tumbesina y de antigua estirpe tallán demuestra que siempre fue un mito aquella narrativa que sostiene que no hay filosofía original en nuestros lares. Y junto al embate contra el prejuicio eurocéntrico también es un mentís en relación a la supuesta orfandad teórica de las Provincias frente a Lima. En la bibliografía filosófica peruana es casi inexistente el estudio ontológico y epistémico del ser ficcional. Por eso la presente obra cubre un vacío clamoroso, no sólo en vista de la abundancia de las fake news o noticias falseadas que enturbian la verdad y dibujan una realidad inexistente, sino porque la ficción misma tiene una importancia de primer plano en la condición humana. Por lo visto, el hombre necesita de lo irreal no sólo para adentrarse en lo real sino incluso para potenciarlo creando nuevas realidades. Así en un primer momento la ficción queda ligada al ente irreal.
Una teoría de las ficciones se da a la par con una significación propia de las ficciones. Los romanos la presentaron bajo la forma de su uso en la ley como la fictio legis. Y la Antigüedad presentó su empleo para el saber. En cambio, Hans Vaihinger, siguiendo la lógica de Prantl, destaca que el nominalismo medieval subrayó la distinción entre ficción, hipótesis, suposiciones y meros actos prácticos. Las ficciones presentan el carácter negativo de designar el carácter irreal de las expresiones universales. Y su carácter positivo está dado como medio de conocimiento. A partir de esto Vaihinger señala en su Filosofía del “como si”, que existe un sentido profundo en las ficciones racionales y entes de razón.
Con Kuhn y su concepto de “paradigma” se da el mismo enriquecimiento de la terminología de la hipótesis como supuesto, presunción, conjetura e idea provisoria. Y la ficción queda como producto de la facultad de la imaginación poética, mítica, literaria e incluso científica. Lo último ha sido el acicate de las teorías ficcionalistas contemporáneas.
Ángel Lavalle ahonda en los diversos niveles del ficcionalismo como estructuras isomórficas de la realidad y el ser, las cuales serán siempre insuficientes para expresar lo real. Pero este isomorfismo tiene como base la concepción analógica del ser. Y así cobra mayor sentido el principio de razón insuficiente. Por ello Lavalle formula su principio de ficción insuficiente del siguiente modo: “Ser y realidad son cifrado isomórfico relativo, gradual, acumulable e infinito.”
Es decir presenta un principio de connotación ontológica que se desmarca de las acusaciones usuales de relativismo,  irracionalismo y subjetivismo. Y es que el principio de ficción insuficiente es profundamente de índole realista y no nominalista.
Por ello dicho principio de connotación ontológica se ve obligado a superar el criterio de verdad epistemológica para asumir un criterio de verdad ontológica. Se trata de un punto de vista que trasciende la modernidad subjetivista y no antepone el conocer al ser. Aún cuando se ajusta a un esquema fenomenista se trata de un ficcionalismo de base realista que tiene que ver con la verdad y no sólo con el marco pragmático del saber.
De este modo estamos ante un ficcionalismo que va más allá del ficcionalismo epistémico de Vaihinger y el ficcionalismo lingüístico de Bentham. Bentham hablaba de las entidades ficticias absolutas de primer orden (materia, forma, cantidad, espacio) y las entidades ficticias absolutas de segundo orden (cualidad y cambio). Con ello se resaltaba que el lenguaje crea ficciones. O sea va más allá del reconocimiento epistémico del carácter útil y consciente de toda ficción. Pero Lavalle no es un nominalista que supone que la ficción es un mero nombre, ni es un agnóstico como Kant que piensa que el ser en sí es incognoscible y que el sujeto sólo accede al ser para mí.
Su connotación ontológica de la ficción implica no sólo su falsedad conceptual o inadecuabilidad con lo real o su agotamiento en ficciones plenas o semiplenas, sino que la ficción sin ser confundida metodológicamente con la hipótesis representa un modo auténtico de aprehensión del ser y lo real. En principio no todo tipo de representación puede ser una ficción.
Pero si el proceso gnoseológico no es sino una aproximación asintótica hacia lo real el conocer mismo no deja de contener un lado ficcional irrenunciable. ¿No sería el saber y la ciencia una ficción semiplena? El concepto de paradigma explicita esta tensión paradójica entre ficción y verdad. Una de las formas de resolver la misma es concebir el conocimiento no como una ficción útil, sino como una verdad provisional. ¿Pero acaso ésta no contiene un lado ficcional? El carácter provisional del conocer no representa una negación de la ontológica verdad absoluta sino de la gnoseológica verdad relativa humana.
O sea la ficción no es una simulación permanente de ideas (Kant), un modus dicendi (Leibniz), una mera figura del pensamiento (Lotze), concepto teórico, forma conceptual, ilusiones útiles. Sino que la ficción se origina en la misma inadecuabilidad del ser con el pensar. Pero no se trata de una inadecuabilidad que da lugar a la negación objetiva del mundo y a un ficcionalismo sin ontología, que deriva hacia un idealismo y un simbolismo subjetivista, sino del carácter ontológico de las cuasi-cosas y del cuasi-concepto.
Esto nos conduce hacia la teoría de los objetos en la diversidad territorial ontológica. Hay objetos reales (físicos, biológico, psicológicos), objetos ideales (relaciones matemáticas, valores y esencias), objetos irreales (entes creados por la imaginación) y objetos existenciales (persona humana). Cada objeto requiere categorías y métodos propios de cada región ontológica. Por ello es un error aplicar las categorías de una región ontológica a otra.
Ahora bien, qué clase de objeto es una ficción. La ficción es una construcción de la imaginación, pero con el potencial de convertirse en un objeto físico (invención), o ideal (pathos cultural), o irreal (creación literaria) y existencial (autorrealización de la personalidad). La ficción tiene un cariz en acto y otro en potencia. En acto se ha afirmado que no es mero producto de la imaginación, ni simple creación del sujeto porque tiene ser en sí.  
Estas notas son las resaltadas por Husserl en sus obras  Ideas e Investigaciones lógicas y por Nicolai Hartmann en su Ontología. En cambio A. Salazar Bondy en su Irrealidad e Idealidad reduce ambos objetos a un solo grupo que denomina objetos no-reales. Se subleva contra la existencia platónica del ser ideal y del ser irreal. Para él no existen independientemente del pensamiento. Ha sido Sobrevilla, en su Repensando la tradición nacional, el que hizo notar el sesgo antropológico de la crítica salazariana, que no toma en cuenta lo estético y se apresura en afirmar la unidad entre lo ideal y lo irreal. Pues si los entes ideales e irreales no existen sino consisten entonces cómo se explica que lo consistente pase a lo existente en el caso del objeto estético y cómo explicar la invariabilidad y generalidad de los entes lógicos, matemáticos y semánticos.
Mauricio Blondel señalaba en su obra cumbre La Acción que mientras el conocimiento nocional capta la esencia el conocimiento real capta la existencia. Pero obvió el valor existencial y ontológico de la esencia. La esencia no sólo consiste sino también existe. La verdad que se funda sólo en el existir y obvia el consistir no ilumina la totalidad del ser. Y en esta época dominada por la técnica, las cosas y la ciencia afirmar que la raíz de nuestro conocimiento no está sólo en nuestra finitud sino en el lazo con la infinitud del Ser contiene un mensaje liberador. Quien admite sólo los entes inmanentes se queda en lo finito. Hay que aceptar la inmanencia junto a la trascendencia porque lo infinito abraza siempre lo finito. La verdad es y será siempre descubrimiento del ser y la ficción es sumergirse creativamente en el mismo devenir del ser. Con razón enfatizaba Antonio Millán-Puelles en su Teoría del objeto puro que “sin contar con la noción de lo irreal no cabe ningún realismo”.
Por ello es importante subrayar que el ser irreal o ficcional en potencia es proteico y versátil, pudiendo penetrar en las regiones del ser real y del ser ideal.  Esto es lo que sugiere Xavier Zubiri cuando aborda el problema del arte y la literatura en sus obras Inteligencia sintiente y Hombre: lo real y lo irreal. Y esto es así porque imaginaria es la propia existencia humana, pero imaginaria –como lo destaca Bachelard- es la propia movilidad del cosmos.
Habría entonces la ficción de la imaginación material y dinámica del cosmos y la imaginación inmaterial y creativa de la mente humana. Pero ambos son comprendidos en la imaginación de la movilidad espiritual del Dios inmutable. Esta misma imagen es el ser que se hace palabra en la metáfora. Reza el Evangelio que en el principio o arjé era el Verbo, el Logos o sea la Encarnación. Es decir la imaginación es un viaje desde lo infinito divino a la finita creación. Cada poeta tiene su infinito y su universo pero la ficción de Dios fue querer que lo inmanente se uniera a lo trascendente.
Y es que en la connotación ontológica del principio de ficción insuficiente descubrimos la profunda simpatía de la ficción por lo real, por el ser. Ficción que se agita desde lo infinito del Creador hasta lo finito de nuestro íntimo ser. Hay un ficcionalismo descendente y un ficcionalismo ascendente, un viaje hacia abajo –la Creación- y un viaje hacia arriba –la sed por lo divino-. Pero también hay un ficcionalismo descendente negativo –la caída, la condenación eterna-. La imaginación de Dios dio lugar al crecimiento del universo, y la imaginación humana nos hace crecer espiritualmente. ¿Acaso la realidad no es una potencia del sueño y el sueño una potencia de la realidad? Así como el mundo viene a imaginarse en las ficciones humanas, del mismo modo la materia se imagina el mundo en sus circunvoluciones evolutivas.
Por último, hay dos aspectos más que nos sugiere el principio de ficción insuficiente de Lavalle. El primero es que en la ficción hay mucho de contenido poético. La ficción es el verso del que está compuesto lo real. Porque las ficciones no son meras ilusiones, como algunos creen, son experiencias. Bien decía Bécquer: “¿Qué es poesía? Dices mientras me clavas/en mi pupila tu pupila azul./¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?/Poesía…eres tú”. Así lo real nos clava su mirada isomórfica en nuestra existencia desde una realidad que es ficcional y una ficcionalidad que es real. Lo cual posibilita descubrir la realidad íntima de los seres y fenómenos de la creación. Porque es desde un ámbito anterior al logos conceptual donde se da la imagen del logos ficcional. Esa consonancia entre la inmensidad íntima y la del cosmos es el isomorfismo de la razón con el ser.
Y es así porque la inmensidad íntima de nuestro ser es una intensificación del propio Ser. En el hombre hay una sacratísima unión con el fundamento. El hombre piensa no por necesidad vital –como pensaba Ortega- sino por necesidad sacral. El racionalismo al reducir el conocimiento a la razón degradó lo sagrado. Somos como una cámara interior anagógica donde el Ser meditante está libre en su pensamiento. En esa cámara interior llevamos la marca del Paraíso, por ahora perdido. La sustancia ficcional del Ser se condice con nuestra inmensidad íntima que no cesa de soñar. Nostalgia y esperanza son las bases del corazón humano. De este modo la ficción es absoluta porque no tiene que confrontarse con la realidad objetiva, incluso domina la representación, pero no escapa a la realidad del Ser. Los actos de la ficción imaginativa son tan reales como la percepción, su poesía siempre es contracausal. Por ello lo ficcional es uno de los ángulos de lo infinito.
La ficción simboliza el despertar del Ser, la resurrección y la vida, el sueño de tranquilidad y reposo. Y es que imaginar es siempre más grande que vivir. Así la ficción guarda lo insalvable de la realidad. Por ello la ficción artística eterniza la fugacidad de lo bello. La ficción en fin es un estado del alma porque también es un estado del Ser. La ficción es metafísica y polisimbólica porque antes de estar en el mundo está en la intimidad del Ser. Por eso la ficción no necesita de lo real le basta el Ser. Pues la ficción y no la razón es la potencia mayor de la naturaleza y del hombre. La razón está al servicio de la ficción y de sus posibilidades infinitas.
Y es que en el hombre existe algo más importante que el logos de la ratio y es el logos del mytho o de la imagen ficcional. Somos la única finitud de cara a lo infinito. De ahí nuestra inextinguible sed de trascendencia. Porque su vida no está rodeada de identidad sino de contradicción y alteridad, el hombre sueña como nadie ha soñado, elabora utopías incomparables y se dirige sin cesar a un porvenir soñado porque su ser deviene en una ficción interminable que no es una mentira sino una esperanza que late en su profunda intimidad de su ser con el Ser. Y esto no tiene que ver con el dios desconocido del Futuro del que nos habla María Zambrano. Es verdad que el hombre moderno se queda en la caverna de su propia subjetividad sin advertir el Dios revelado en la misericordia porque se ha forjado el dios del Futuro, el cual no perdona, es insaciable y opresivo. Es el infierno terrestre. El infierno y la envidia surgen de la impotencia de la Nada que no puede acabar con la realidad.
El hombre ha querido vivir en la ficción de la identidad para salvarse del infierno. Pero la vida humana es ya un infierno. La ficción sin amor nace de las sombras y lleva a la Nada. Sin duda que en la ficción hay pasión. El amor Primero es divino y por demoníaco y por ello es incalculable. Pero el amor Segundo, en su revelación histórica es actitud humana. De potencia divina luego devino en anhelo humano. Insufla entonces aquella condición ficcional de la condición humana que se debate entre el ser y el no-ser.
Y el segundo aspecto que nos sugiere Lavalle es que el ficcionalismo realista se constituye en una sólida base para combatir la ruptura subjetivista de las filosofías contemporáneas. Estas representan una pérdida de fe en la realidad, un agnosticismo que degenera en escepticismo. Lo cual expresa el ocaso nihilista de la cultura occidental en su climatérica fase civilizatoria. Lo cual es importante subrayar dado que la civilización material amenaza con aniquilar los auténticos valores humanos. Se trata de un ímpetu demoníaco que orilla a la humanidad en la demencia. Lo sano es que la personalidad reconozca un orden objetivo de realidades y valores. Dentro de los cuales está la verdad de la ficción. La barbarie de hoy sostiene que el fin del hombre no es pensar ni soñar, sino vivir conformistamente con lo que se le dicta ya sea por el mercado o el poder político. Humanismo y moral están en crisis. Parte de la salida y recuperación está en reconocer la capacidad íntima de ficcionar y utopizar la existencia en una dirección espiritual.
El principio de Ficción Insuficiente nos remite por contraste al principio de razón suficiente, que según Lovejoy ha sido formulado varias veces a  lo largo de la historia de la filosofía y la cual afirma que las acciones de Dios no son decisiones arbitrarias sino consecuencia de su bondad y fundada en razón. Pero fue Leibniz el que presentó siempre el principio de razón suficiente como un principio fundamental en que se funda nuestro razonamiento. “Nada acontece sin razón”, “no todo lo posible existe”, “ningún hecho o enunciado es verdadero sin que haya una razón suficiente”, “es el ápice de la racionalidad en movimiento”, “los posibles que llegan a la existencia no lo hacen por necesidad sino por alguna otra razón”. De modo que para Leibniz el principio tiene el mismo uso para las cosas contingentes y para las cosas necesarias. Pero Lovejoy y Russel han señalado que Leibniz no fue preciso al formular su principio. Uno le reprocha que no esté claro si se refiere a la causa eficiente o a la causa final, y el otro le reprocha que se refiera al mismo tiempo al mundo actual y al mundo posible. Lo que sí está claro es que Leibniz quería evitar el monismo ontológico de Spinoza, para quien el ser es siempre ser absolutamente necesario. Schopenhauer distinguió dicho principio en cuatro ámbitos, a saber, del devenir, conocer, ser y obrar. Mantuvo la multivocidad como Leibniz y la distinción entre el ser real –carácter ontológico- y el ser ideal –carácter lógico-. El sentido lógico reposa en la verdad del juicio. El carácter ontológico descansa en la existencia trascendente del ente.
Ahora bien el principio de ficción insuficiente –“La razón es ficción porque siempre es información parcial de la realidad”- es presentado por Lavalle como complemento del principio de razón suficiente leibniziano –“Nada acontece sin razón”-. Los símbolos cognoscitivos son ficciones insuficientes para expresar la realidad y el ser, porque entre el ser y el pensar se da una relación isomórfica. O sea entre el ser del sentido y el sentido del ser hay una relación analógica. La misma que condiciona el principio de ficción insuficiente. Es decir, nada acontece sin razón, pero la razón lógica es apenas una ficción insuficiente de la razón ontológica que se trata de expresar. Estas ficciones isomórficas son de distinto grado. Se trata de un planteamiento que toca las cuestiones centrales de la metafísica. En última instancia, como señaló Heidegger, atañe al problema del fundamento.
El ficcionalismo de Lavalle no está exento de observaciones críticas. En primer lugar, es casi inevitable un fuerte sesgo pragmático y biologista. Pues no todo conocimiento es ficción. Una cosa es ficcionar y otra es conocer. Conocer es aspirar a un saber teórico de la situaciones objetivas. En cambio la ficción es construcción imaginaria de lo real. Pero cuando la esencia del conocimiento se interpreta como ficción consciente o inconsciente, entonces el conocimiento sólo crea ficciones para la comprensión y el dominio de situaciones problemáticas por necesidad biológica y pragmática. En realidad el ficcionalismo de Lavalle concierne al problema de la esencia del conocimiento. Pero su postura metafísica no se reduce a un mero idealismo gnoseológico desde que reconoce la realidad del ser independiente del conocimiento. Para el ficcionalismo toda construcción del conocimiento es una ficción. Para el idealismo no hay cosa sin pensamiento, para el realismo la cosa es sin el pensamiento. Pero cabe un ficcionalismo idealista donde no hay cosa sin ficción e incluso un ficcionalismo realista donde la cosa es sin la ficción. Esta última es la postura del ficcionalismo de Lavalle donde el pensamiento es una ficción sobre la cosa. O sea la verdad metafísica es la cosa sin la ficción, mientras que gnoseológicamente es la cosa con la ficción, es decir, coexistiendo con el pensamiento. Y sin embargo, subsiste el problema de llamar ficción a la esencia del conocimiento.
En segundo lugar, ¿Es el conocimiento un “como si”, una ficción? El idealismo tiene un indudable valor epistemológico, mientras que el realismo tiene un incuestionable valor ontológico. Las cosas no dependen ontológicamente del conocimiento, pero sí gnoseológicamente. Más, un ficcionalismo sin restricciones –ya sea epistémico como Vaihinger o lingüístico como Bentham- puede desembocar en un idealismo subjetivo y en un antropologismo metafísico. Lo singular del ficcionalismo de Lavalle es que en teoría del conocimiento es un idealista y en metafísica es un realista. Ello puede reflejar el carácter sincrético de la cultura peruana. Pero con ello escapa a la acentuación exclusiva del sujeto propio del idealismo, o del objeto, propia del realismo. Y al hacerlo es difícil encasillarlo en las posiciones tradicionales que abordan la cuestión de la posibilidad del conocimiento, como son el dogmatismo, el escepticismo, o las intermedias, criticismo, relativismo y pragmatismo.
Finalmente, el espinoso problema de la verdad. Para Lavalle la verdad radical sería la coexistencia de la ficción con la cosa. Lo cual va más allá del idealismo moderno con su clásica definición lógica de la verdad. Para el ficcionalismo de Lavalle la verdad no radica exclusivamente ni en la inmanencia ni en la transcendencia, sino en ambas. Y puede ser descubierta por la ficción. Pero al tratarse de una ficción insuficiente no se cae en el relativismo debido a que metafísicamente no niega la verdad absoluta.
En Lavalle el ficcionalismo no es una actitud, es una filosofía. En la cual Dios no queda reducido a una mera ficción, como el nominalismo lo reduce a un mero nombre. Dios metafísicamente es, aunque gnoseológicamente sea una ficción. Y ello es de alcance profundo. Porque indica que la fe así como está más allá de la razón también lo está respecto a la ficción.