lunes, 11 de noviembre de 2019

EL INTELECTUAL Y EL POLÍTICO


EL INTELECTUAL Y EL POLÍTICO
Gustavo Flores Quelopana
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía
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Las relaciones entre lo intelectual y lo político son complejas, asimétricas y sujetas a los vaivenes de las era históricas. Hay momentos en que la intervención de los intelectuales en la política son propicias y bienvenidas, mientras que los hay también en que  son infaustas e ingratas. Generalmene por sus elevados ideales son llevados hacia la acción política en busca de la realización de la felicidad comunal y la justicia social.  Pero la  nota común es que en épocas de crisis difundida y de descomposición los intelectuales sienten con gran fuerza la tentación de intervenir activamente en política y da lástima verlos consumirse en el lecho de Procusto. Ante lo cual surge la pregunta: ¿acaso existe alguna brújula que guíe al intelectual en el campo político?

Existe el estudio clásico del maestro español José Ortega y Gasset, Mirabeau o el politico, que echa importantes luces sobre el asunto. Para Ortega, Mirabeau es el arquetipo del político. Arquetipo es ejemplo y por eso no es lo mismo que el ideal intemporal. El político no tiene que ser un dechado de virtudes privadas, su genio es muy diferente al del hombre vulgar. El político es sobre todo el hombre de acción, que carece de vida interior, está siempre volcado a la vida del mundo, tiene el instinto de ver lo importante que ocurre en su circunstancia. Su alma, siempre proyectada hacia el ruido de fuera, hace que exista para el mundo y no para sí. Es astuto y persuasivo. Siempre tiene una idea clara de lo que se debe hacer con una Nación desde el Estado. Incluso la corrupción puede estar al servicio de su elevada visión política. Para el político el fin justifica los medios, para el intelectual no. Por eso al intelectual siempre le va tan mal en política por ser apegado a sus principios. Para Ortega el gran político responde a circunstancias históricas concretas y no a un marco ético inalterable. Por eso, concluye, en todo gran político hay una dosis de fatalidad.

De modo que un intelectual es aquel que se puede interesar en la política en cuano teoría, pero no interviene en la política. Pero cuando lo hace le van tan mal como le fue a Platón con el tirano de Siracusa o a Pablo Macera en el fujimorismo. Ese infortunio se asocia a su falta de sentido práctico, que lo tiene en abundancia el político. Para el político la vida social prima sobre su vida personal, para el intelectual su vida personal prima sobre su vida social. El politico suele tener una vida íntima muy escuálida, en cambio el intelectual da mucho valor a sus principios íntimos. El politico obra por conveniencia, lo moral se supedita a la acción, astucia, pragmatismo y es un gran manipulador de los hombres. En cambio el intelectual es una persona de principios, su acción se supedita a lo moral, y es un gran motivador de la realización personal. Por eso, mientras el político busca afanosamente el trato con los hombres, en cambio el intelectual sufre pavorosamente el trato con la humanidad. Siente que lo social le resta humanidad. Así, el intelectual es un observador y analítico por excelencia. Pero cuando se decide por la acción política o se convierte en un estorbo o simplemente su idealismo sucumbe ante la cruda realidad.

Eduardo Spranger es un filósofo de la personalidad individual y cultural. En su clásica obra Formas de vida, considera al hombre como una estructura espiritual jerarquizada por un valor que puede ser distinto en cada individuo. En su tipologia ideal considera como formas básicas de vida: teorético o intelectual, económico, social, estético, político y religioso. Y como tipos más complejos: jurista, educador y técnico. Cada forma de vida vive un tipo de valor. Lo cual no significa para Spranger derivar hacia algún tipo de relativismo.

Lo más esencial de su obra es lo que llama el movimiento de la vida no por tríadas dialécticas sino por antítesis de valores. Además, subraya que en el carácter humano hay una configuración valorativa permanente, que elude el relativismo y hace posible la moral. La vida humana es básicamente creación de valores. La moralidad personal y colectiva es una estructura eterna. La tipología espiriual es el prolegómeno a la diversidad de concepciones del mundo.

Spranger distingue entre el hombre social, dominado por el sentimiento de simpatía e igualitarismo, y el hombre político, dominado por la voluntad de acción, poder y dominio, y si tiene riqueza espiritual se convierte en auténtico conductor que siembra felicidad. En cambio el intelectual, ya sea filósofo o científico, es frio para actuar y se centra en el dominio de lo instintivo. Cada uno hegemoniza un valor difierente.

De sus importantes consideraciones se deduce que la modernidad es el imperio del hombre económico y político sobre el hombre teorético. Pero además, resulta decisivo reparar que en cada etapa histórica equilibrar la estructura espiritual jerarquizada por un valor mediante la educación. Lo cual no es nada sencillo. No ha area mas ardua que la educación. Y ésta tiende a ser diferente en épocas de sistematización y en épocas de disolución. En una época de disolución la misma educación suele estar inserta en una trayectoria descendente, lo cual dificulta la formación valorativa. Es evidente que las culturas en su fase decadente se sumen en una vorágine de confusión, donde los políticos imponen la voluntad de poder y los intelectuales arrian los principios.

No obstante, en nuestra América los pensadores han intervenido en política desde tiempos precolombinos. En América hay pensamiento desde la Edad Antigua, a lo largo de toda la época precolombina. La diferencia con la inaugurada desde la Conquista y la Colonia es que es de carácter "mitocrático" en vez de "logocrático". Y hubo pensadores políticos –los amautas era asesores del Inca, y los sabios de curacas y reyes- y pensadores puros -astrónomos, arúspices, moralistas, metafísicos-, tal como testimonian las crónicas.

Lo que subsiste desde los jesuitas hasta el día de hoy es que el pensamiento hispanoamericano sigue siendo una filosofía importada.  Si los intelectuales de ahora dejan de ser políticos -a diferencia de los pensadores del siglo XIX- para ser cada vez más profesoral y dependiente de la decadente universidad -caracterísico del siglo XX-. O sea, en América entre los intelectuales los hubo de acción política y los puros. Y ello se repite en la edad precolombina, colonia, independencia y república. La diferencia estriba en la autonomía y originalidad del pensamiento.

La filosofía poco a poco se ha ido indigenizando. No obstante, al ingresar a una época de disolución posmoderna se ha ido fortaleciendo un rutinario y decadente pensamiento mimético e importado. Paralelamente crece la conciencia de un pensamiento propio, sin importaciones europeas ni norteamericanas, que beba de las fuentes palingenésicas de nuestra propia historia. Prada, Martí, Rodó y la generación del 98 fue el primer llamado, y lo siguieron Mariátegui, Haya, Víctor Andrés Belaunde y Salazar Bondy. El desideratum es algo parecido a una filosofía francesa, alemana, inglesa en nuestros lares. A lo Ganivet hace falta un Idearium peruano, otro argentino, chileno y así sucesivamente. Ver lo universal desde lo particular. Y al parecer ello será posible tomando conciencia de que existe un sentido no eurocéntrico de la filosofía. Mientras tanto el político sigue siendo expresión de la voluntad de dominio, casi como lo ve Max Weber como un asceta de la dominación. A ello contribuye también la revolución científico-técnica como obra del prometeico hombre poseso del afán de dominar a la naturaleza y la sociedad.

Pues bien, el intelectual latinoamericano comparte las notas características del intelectual moderno, a saber, individualismo, racionalismo e inmanentismo. Lo cual no significa que no tenga notas irreductibles, las cuales también se dan en las culturas aborígenes. En estas últimas no ha individualismo, racionalismo e inmanentismo, sino comunitarismo, intuicionismo y trascendentalismo. En ellas la inuición del más allá, lo divino y lo infinito está muy presente. Y en ese sentido quienes han fortalecido la política y a los políticos de la modernidad son los sectores asimilados a la mentalidad de occidente. Otra cosa, nada accesoria, es que dicha mentalidad avance a pasos arrolladores con la racionalidad económica, la revolución cibernética y la racionalidad instrumental.

Ahora que las certidumbres de la modernidad se hunden y se pliega pasivamente a las incertezas irracionalistas de la posmodernidad, los intelectuales de la subregión siguen en comparsa a los occidentales desempeñando un rol protagónico en la crisis de la conciencia occidental negando el Ser que funda todo ser. El dilema de nuestro tiempo estriba en reconquistar la razón contra el orgullo racionalista, reconociendo que hay verdades suprarracionales. La Razón y la Fe son las dos alas que hay que devolverle al hombre para que recupere su humanidad. Y por ello recuperar el valor del mito como horizonte ontológico de lo trascendente es vital para recuperar la fe en el seno de la razón. Sin lo cual los intelectuales seguirán siendo furgón de cola del afán de dominio desenfrenado encarnado por el político prometeico de la modernidad.

11 de noviembre 2019