lunes, 15 de noviembre de 2021

HERMENÉUTCA RELATIVISTA Y TIEMPOS APOCALÍPTICOS

 

 HERMENÉUTICA RELATIVISTA Y TIEMPOS APOCALÍPTICOS  

Gustavo Flores Quelopana

 


En este libro de Víctor Samuel Rivera (VSR) -que es un filósofo hermenéutico, escritor imaginativo, incuestionable talento y abundante en recursos dialécticos- es difícil no concordar con su apreciación de que el mal es una realidad dominante en las neoliberales democracias capitalistas avanzadas, que con su pensamiento único lo extienden por todo el globo.

No obstante, VSR no busca definir el mal, ni encontrar su origen y remedio, sino tan sólo constatar su presencia en las democracias capitalistas (destrucción de la naturaleza, amoralismo, guerras, consumismo, corrupción política).

Lo cual es desconcertante, porque siendo él un filósofo hermeneuta conoce muy bien que, si para Gadamer el ser acontece en el lenguaje como verdad, entonces qué es lo que le impide ser claro en la etiología y en el pronóstico.

Si la verdad -según Gadamer- es una realidad lingüística, que incluso se aplica al propio método, ésta se definirá en la interpretación. Pero hay tantas verdades como interpretaciones. Y es la acentuación de este relativismo ínsito en la hermenéutica la que le impide ser penetrante e incisivo en el problema del mal en la sociedad contemporánea. En otras palabras, es la esencia relativista de la propia filosofía hermenéutica la que lleva a VSR a un abordamiento eufemístico y aerostático del mal.

Da la impresión, que su autor se encuentra atrapado en medio de la crisis de la filosofía hermenéutica que cultiva. Y es que, en realidad el nihilismo del mal actual es hijo legítimo del relativismo moral. Relativismo filosófico que está en el corazón de la propia hermenéutica. No es que el relativismo hermenéutico sea la causa del mal apocalíptico que se vive en el presente, sino que es parte del mal radical actual con su historicismo extremado.

En realidad, la hermenéutica partiendo del relativismo gadameriano ha ido a parar al nihilismo vattimiano. El gusano putrefacto del nihilismo y relativismo no sólo carcome la realidad, sino a la propia filosofía hermenéutica. Al respecto, yo no guardo ninguna duda referente a que la filosofía postmoderna en todas variantes -hermenéutica, postestructuralismo, deconstrucción, feminismo de la diferencia, neopragmatismo- es la administradora del pensamiento filosófico burgués en su curva decadente.

Y esto lo constata el propio VSR -amigo y gran seguidor del turinés- cuando ve con gran desconcierto cómo rechaza Vattimo la existencia del mal y el propio “diálogo” gadameriano en favor de un catastrofismo de raíz heideggeriana.

En su desconcierto VSR busca replantear la hermenéutica, pero adosándola de elementos heterogéneos a su sustancia, a saber, la metafísica (¿?) y la fe. Algo así como la cuadratura del círculo. Por ello, me deja la impresión de que VSR busca administrar el naufragio de la filosofía hermenéutica en nuestros tiempos nihilistas. 

El azorado el lector no hallará ni media palabra que busque definir lo que es el mal o el bien en la voluminosa obra. Es que su autor juega al gato y al ratón con las conceptualizaciones filosóficas. O sea, incurre en la cháchara bufonesca de la hermenéutica posmoderna que habla bastante pero dice poco. Víctor Samuel Rivera no está preocupado en la verdad de las cosas, sino en el efecto retórico de sus palabras sobre el lector. No es que esté empleando la hermenéutica del secreto, que respeta la reconditez de las cosas. Nada de eso. Pues, la crítica en sus páginas a las democracias avanzadas no va acompañada ni de media palabra de condena al capitalismo mismo que le da origen. Es decir, no se enemista con Dios ni con el diablo. Hay que hacerle recordar a VSR que la filosofía no es esoterismo, sino ejercicio cortés por la claridad. La filosofía no vino al mundo para oscurecer la verdad, sino para aclararla. Para él, ser claro es incurrir en filodoxia. Lo cual es engañoso. Pero eso no le preocupa porque está abocado a malabarismos verbales que deja en la indefinición el asunto de fondo: el Mal. Pues VSR debo decirte que has hecho muy mal en hablar tan mal del mal. El mal no merecía tanta indiferencia de tu parte. 

Y todo esto se asocia a un predominante tono neutralista en el libro que busca no comprometerse con una condena tajante del capitalismo. Es como si flotara en sus páginas el tufillo del sueño reformista de rectificar y salvar al capitalismo expurgándolo de los males neoliberales.

En otras palabras, si al comienzo de sus páginas nos pareció percibir un aire anticapitalista a lo largo de los párrafos se despeja la duda por una apuesta conservadora.

No se dice, por ejemplo y de modo taxativo, que el origen del mal es el mismo capitalismo -independientemente que esté en su fase tardía-, ni se menciona cuáles son sus expresiones filosóficas reaccionarias, ni que la solución radica en su superación en el socialismo. Habla de la Ilustración, pero no de una razón burguesa que vive su bancarrota en el presente posmoderno nihilista. Tampoco habla de cuál debe ser la postura de los intelectuales en tiempos apocalípticos. Al final, la nube gris del mal no se consigue disipar.

Pero no se puede pedir peras al olmo. VSR es un consecuente filósofo posmoderno y la filosofía hermenéutica es una de sus expresiones. Como tal trata de mantenerse lejos de la metafísica antiesencialista y de las verdades fundantes fuertes.

No obstante, la realidad del mal que aborda en su libro lo deja estupefacto y lo lleva a los límites de su propia postura hermenéutica. No lo sabemos, pero quizá -aunque lo dudo- la crisis de su postura hermenéutica lo lleve hacia otros senderos filosóficos verdaderamente de vanguardia y revolucionarios. Quizá recoja el guante de su propia encrucijada poniendo en cuestión la historicidad de la comprensión hermenéutica.

Quizá en dónde más se advierte su postura conservadora es en su crítica a la Carta Encíclica Laudato Si del Papa Francisco. Muestra su desacuerdo con la Encíclica porque a su parecer en vez de ser exhortación apostólica señala culpables políticos, económicos y burocráticos de la destrucción ambiental.  ¿Acaso pretende que Roma guardase silencio de los responsables del cambio climático? Esta postura absurda no dice nada de los muchos aciertos de la Carta Pastoral y arma su pequeño escándalo inventando una acusación ultraconservadora. Y pensar que por eso no lo considera una Carta pastoral, ni un documento religioso. A todas luces es notoria su incomprensión completa de la doctrina social de la Iglesia. Obviamente que con tal parecer jamás admitirá la opción preferencial por los pobres. Víctor Samuel Rivera exhibe un catolicismo fundamentalista, propio del excomulgado Marcel Lefevre, de aquellos que rechazan Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín. Ni qué decir con la teología de la liberación. Se trata de una postura reaccionaria, ultraconservadora y decimonónica. En esta distorsión conceptual nos rememora al fascista Zelensky que llamó a Amnistía Internacional "terroristas", por señalar que su régimen no protegió a los civiles ucranianos y los utilizó como escudos humanos.

CRETINISMO Y MODERNIDAD

CRETINISMO Y MODERNIDAD

Gustavo Flores Quelopana


Su autor es un neurocientífico que denuncia que la televisión y los videojuegos están disminuyendo el coeficiente intelectual y el desarrollo intelectual en la última generación. La desintegración familiar y la falta de contacto con la naturaleza en las grandes urbes influyen en el predominio de este entretenimiento disolvente. Y por este camino la humanidad va hacia un franco retroceso intelectual, mental y emocional.

En realidad, lo señalado por el neurocientífico habría que ampliarlo, porque los videojuegos y la televisión no son sino una expresión más del aumento de cultura material y el retraso de cultura individual en la modernidad. Con la revolución científico-técnica, la industria y la economía de consumo se ha experimentado un avance arrollador de la cultura de las cosas pero a costa de un retroceso pasmoso de la cultura de las personas. Es la máquina la que ha enriquecido su espíritu, más no al hombre.
Los tiempos modernos se caracterizan por la preponderancia de la cultura objetiva sobre la cultura subjetiva. La cultura objetiva aumenta sin descanso, pero la cultura subjetiva disminuye en la ética, el lenguaje, religión, literatura, vida cotidiana y familiar, etc. La relación discrepante entre lo objetivo y lo subjetivo es el gran tema de la objetivación de la mente en la modernidad. El comportamiento epistemológico del espíritu humano en la modernidad, fortalece el espíritu objetivo y debilita el espíritu subjetivo.
El crecimiento del espíritu objetivo refleja la hegemonía en la modernidad de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, porque acumula dentro de sí una gran cantidad conocimiento especializado. Los artilugios técnicos de la modernidad reflejan un enorme división del trabajo que causa la divergencia entre la cultura objetiva y la cultura subjetiva. Al final lo que se tiene un cambio en el estilo de vida, donde el materialismo vital en desmedro del crecimiento espiritual es fiel reflejo del predominio de la cultura de las cosas sobre la cultura del individuo.
Con ello el hombre es menos persona y más cosa. La enajenación cabalga aceleradamente sobre los hombros de la racionalidad funcional moderna. Se trata de un libro que casi llega a las mismas conclusiones de Nicholas Carr (¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales, 2016) y que se enriquece con la lectura del Jean-Paul Lafrance, Malestar en la civilización digital (2020).