viernes, 10 de febrero de 2023

NOTA SOBRE LACLAU, MOUFFE, ZIZEK: TRES MARXISTAS REFORMISTAS

 NOTA SOBRE LACLAU, MOUFFE, ZIZEK: 

TRES MARXISTAS REFORMISTAS


El marxismo contemporáneo posmoderno está protagonizado por tres marxistas gramscianos que otorgan gran importancia a lo superestructural e ideológico, a saber, Laclau con su categoría de democracia radical, Chantal Mouffe con la idea del disenso agonístico, y Zizek con su propuesta de ideología como práctica inconsciente. Naturalmente que hay profundas diferencias entre ellos, pero lo que aquí nos interesa es el elemento común.

Los tres tienen en común atribuir y rechazar del marxismo el determinismo económico y el papel crucial de la lucha de clases en la sociedad. En su lugar resaltan la importancia clave que cumple la lucha intelectual a nivel de la superestructura. De ahí que la izquierda del siglo XXI en su empeño por lograr la hegemonía cultural promueva la agenda del feminismo, el ecologismo, la igualdad de género, subversión cultural, entre otras cosas. 

Sabido es que fue Gramsci el que dio mucha importancia a la lucha de los intelectuales e imploraba a los marxistas que vencieran su obsesión por la economía para prestar más atención al reino de la cultura. Es el marxista de la superestructura y de la hegemonía ideológica para hacerse de la voluntad general. Incluso se puede pensar que la estrategia dio resultado en América Latina al encumbrar en el poder a una mayoría de gobiernos de izquierda. 

Con ello aparentemente estaría demostrado que el marxismo no está obsoleto y que es posible un marxismo republicano, realizador del estado de derecho, democrático y parlamentario. Claro, su aspiración de lograr un mercado en sentido anticapitalista aún está pendiente. Pero la lección también fue aprendida por el imperio capitalista a través de sus think tank o tanques de ideas, teniendo éxito en inocular la ideología individualista y de consumo durante los cincuenta años de hegemonía del neoliberalismo.

¿Pero todo lo apuntado por el marxismo del siglo XXI es verdad? Lo dudamos. En primer lugar, el Marx maduro, o sea de El Capital, no es economicista, ni determinista, es dialéctico y estructural. Su gran descubrimiento, como lo señaló Althusser, fue que el capital es una estructura, una estructura antihumana al servicio no del hombre, sino de la ganancia. Para Marx el capitalismo debe ser abolido porque condena al hombre a una vida sin esencia. Y esta conclusión sigue siendo válida, aun cuando deja atrás el esencialismo antropológico de los Manuscritos para pasar a operar con conceptos como los de plusvalía, explotación, división del trabajo y producción.

En segundo lugar, en Marx (Aportación a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, La Sagrada Familia, La ideología alemana, Miseria de la filosofía y El Capital) el comunismo no es ideología sino ciencia, porque describe el movimiento de lo real, la realidad social. En ese sentido lo ideológico es un cuerpo de ideas que aspiran a la universalidad y verdad abstracta, pero que representan -consciente e inconscientemente- los intereses sociales de una clase social determinada en la historia. Por eso la ideología es "conciencia falsa". Pero jamás tuvo una visión maniquea de lo ideológico y reconoció que en ésta se podían dar elementos de verdad. 

Y en tercer lugar, el ascenso de los gobiernos de izquierda en América Latina no es resultado de la lucha ideológica de la izquierda del siglo XXI, sino de la misma lucha de clases que el pueblo no dejó de notar durante las opresivas décadas de imperio neoliberal. No hay que olvidar que para las masas dejó de ser un secreto que el neoliberalismo fue la revolución de los ricos contra los pobres. De ahí que la desigualdad de la riqueza se haya disparado como jamás en la historia, superando incluso los tiempos del colonialismo. Por tanto, fue el instinto de clase de los trabajadores, y no la lucha ideológica, lo que llevó a capitalizar el poder a las propuestas de izquierda. Que por lo demás su trabajo teórico fue casi nulo o tergiversador.

Por estas razones, Laclau, Mouffe y Zizek, cada cual a su estilo, representan el marxismo gramsciano voluntarista, porque divorcian los factores subjetivos de los factores objetivos. Pero Marx no hace tal divorcio, ni es partidario de ver al hombre como simple objeto material sometido a las leyes dialécticas de la historia. En realidad, Gramsci y sus discípulos del siglo XXI no estarían en contra de Marx sino del marxismo real del siglo veinte que distorsionó el marxismo en totalitarismo. 

Otra cosa es discutir si tales riesgos están presenten en el propio pensamiento de Marx. Por lo demás, el ateísmo, el materialismo, el determinismo y el cientificismo han quedado como los principales lastres teóricos del marxismo. Y si el marxismo tuviera que ser juzgado sólo por estos aspectos sin duda que aparecería como obsoleto. Pero su contenido es más rico y complejo.

Pero volviendo a la izquierda "progresista" resulta extraño la disonancia entre Gramsci y los marxistas del siglo XXI en un punto fundamental: el primero jamás defendió la "vía parlamentaria" al socialismo, y a pesar de ello el eurocomunismo, la socialdemocracia y la izquierda progresista proclaman su paternidad. Conocida es la frase de Lenin sobre el parlamentarismo: "La democracia es la forma de gobierno en que cada cuatro años se cambia de tirano".

Para los novísimos neo-gramscianos el sujeto histórico no es el proletariado por dos razones: porque el sujeto histórico no preexiste al conflicto, y porque cualquier movimiento social puede encabezar la lucha social. Esta idea vinculada a la categoría de hegemonía en realidad desemboca en la particularización de los conflictos sociales y a su despotenciación revolucionaria. Es la lectura pequeñoburguesa de la lucha social. Este marxismo parlamentarista corresponde a los sueños reformistas de la pequeñoburguesa que busca perfeccionar el capitalismo en vez de liquidarlo.

Pero el capitalismo es una fiera montaraz que no se deja domesticar y en vez de ello el capitalismo liberal avanza con su agenda de eutanasia, libre consumo de drogas, ideología de género, aborto, matrimonio homosexual, transhumanismo, eugenesia, e inmoralidad galopante. Frente a él se yergue el capitalismo cristiano de cariz nacionalista, apegado a las tradiciones nacionales, y a la moral. Pero ambos, a la larga, están destinados a morir por la dinámica de sus propias leyes internas y estructurales.

De modo que se entiende que aquí no se trata de condenar el voluntarismo revolucionario, el cual es necesario en momentos de "situación revolucionaria", de lo que se trata es de entenderlo en su cabal sentido revolucionario para no confundirlo con su versión adocenada pequeñoburguesa. Es más, podemos justificar la existencia de este tipo de marxismo en tiempos de estabilidad capitalista. Pero tras haber entrado en crisis el capitalismo unipolar y ante el ascenso del mundo multipolar también entra en crisis el marxismo reformista de Laclau, Mouffe y Zizek.

Por último, la teoría de la hegemonía no es un antídoto contra la omnipresente lucha de clases, porque ésta última tiene dos momentos, a saber, una activa y otra pasiva. Pero en ninguna de las dos desaparece. Que la clase trabajadora acepte las ideas económicas del capitalismo no significa su total acuerdo con ellas, simplemente las acepta resignado hasta que estalle una crisis que dé la oportunidad de superarlas.