sábado, 8 de agosto de 2020

EL NARCISISMO LUCIFERINO DE LA NADA


EL NARCISISMO LUCIFERINO DE LA NADA
Gustavo Flores Quelopana
Expresidente de la Sociedad Peruana de Filosofía
 REVIEW] Luciferina: El que busca, encuentra
El gran problema de nuestro tiempo es la aceleración de la vida, que impide la sedimentación de las virtudes y de la reflexión, da lugar a una humanidad pobre interiormente e intercambiable. Los hombres de hoy son juguetes de la época y de la tentación que pasan. Los hombres se han volatilizado, han abrazado con entusiasmo la nada, el absurdo y el nihilismo. A ello ha contribuido la revolución de la técnica, la cual ha provocado la pérdida creciente y acelerada de la sustancia humana. De modo que esta civilización tecnológica se dirige al colapso de lo humano. El hombre actual se ha desnaturalizado, se ha deshumanizado. Sufre un mal metafísico: se aburre. Por eso busca distracción, que en el fondo es huida de si mismo. Sin base espiritual sólida la ofensa al orden específicamente humano es profunda. El hombre antinatural de hoy ha profanado el universo.

En esta modernidad tardía vivimos un tiempo de sacrilegio generalizado, soportamos sus peores consecuencias. Decadencia es sinónimo de desvitalización moral y esclerosis espiritual. Entonces se produce la desmalignización del mal y la malignización del bien. Lo antinatural se vuelve la norma, y lo anético se convierte en lo situacional. Allí donde el amor se pervierte, la paternidad y la maternidad necesariamente también lo hacen. La civilización occidental vive una acelerada desvitalización consumatoria, donde los fines se subordinan a los medios, se extravía el vinculo con lo natural, en el corazón anida la soberbia, el alma no está dispuesta a una experiencia con la verdad, lo universal, la Trascendencia y se pierde el sentido de lo sagrado.

El valor no es nada si no está encarnado. Y el hombre-Dios de la actual era antropológica encarna el antivalor más temible: la pérdida de fe en sí mismo. En ninguna época como hoy la fe del hombre en el hombre ha sido tan baja y rastrera. Lo que vivimos actualmente es el peligro de muerte que se encuentra lo humano en el hombre. Acontece un desgarro irreparable en el tejido mismo del cual está hecha la humanidad. Esta civilización técnica contra lo humano ha entronizado el fanatismo antirreligioso, trayendo de los cabellos a la humildad para poner en su lugar a la luciferina soberbia. La mística de la tierra y lo inmanente a devorado la mística de lo eterno y trascendente.

En esta época de crisis la tormenta nihilista que atravesamos hace polvo la mayéutica cristiana que despertaba en el hombre la conciencia de su filiación divina. Todo ello ha desembocado en la ruptura entre el hombre y la vida. El desmoronamiento de las creencias religiosas fue la antesala del hundimiento de los fundamentos naturales. Entonces se ha desencadenado alrededor nuestro el aniquilamiento de los valores encarnados. Ahora prima lo débil y light, lo horizontal sobre lo vertical, lo líquido sobre lo sólido. La licuefacción de los valores abrió un hueco irreparable y monstruoso en la vida valorativa. La cual busca disimularse con el hundimiento abyecto y delirante en el paganismo.  La sacralización de la religión natural va de la mano con la extinción de la piedad ante la vida y la ulceración de la vida moral auténtica. En este cataclismo nihilista y apocalíptico que condena al hombre a una existencia infra-animal es urgente oponer una fundamentación completa y total de las costumbres. Y en ello se constata que una libertad sin límites es una libertad para la aniquilación humana.

Asistimos al final de un proceso de autodestrucción de una humanidad condenada por haber roto sus lazos ontológicos con el sentido trascendente del ser. Sin lugar a duda se trata de una impostura, del narcisismo luciferino de la nada, anclados en el orgullo y la soberbia nos hemos obstinado en negar todo junto a Dios. El nihilismo ontológico resulta equivalente a un suicidio espiritual donde se volatiliza todo el orden humano. Convertida la nada en el valor supremo la ontología secular destila un idealismo solipsista que vacía de sentido al mundo y la vida. El nihilista de ayer -tipo Nietzsche- por lo menos admitía la imposibilidad de admitir la existencia de un orden providencial, en cambio el nihilista de hoy rechaza la misma idea de este orden y celebra la ausencia de salvación -tipo Bataille-.

Para el negador endurecido el mundo es un absurdo que carece de sentido. Pero nos preguntamos, ¿qué sentido tendría un mundo que presentara por sí mismo un sentido? Al contrario, nuestra libertad necesita ponerse a prueba buscando un sentido en la vida a través de los valores. El error arquetípico de la ontología secular es antepopner el yo al mundo, cuando no puede ser más que reflejo. Lo cual expresaa el rechazo luciferino de una individulaidad rebelde y ebria de sí misma. La negación de un más allá auténtico va de la mano con ello. Si no somos nada entonces toda va nimbada de autocomplacencia, pero también de autocondenación. Sumidos en la experiencia evanescente de lo inmoral se respira la atmósfera asfixiante de un subsuelo pútrido y hedihondo. La caída voluntaria en el abismo se la celebra pomposamente como placer dionisiaco, aunque en el fondo no es otra cosa que escamotear la responsabilidad ante la propia existencia.

A nosotros nos toca denunciar este nihilismo radical como una degradación en el corazón mismo del absurdo. La ontología choca aquí con una contradicción profunda, porque el hombre pretende erigirse en causa de sí mismo cuando a todas luces es un ser insuficiente, es criatura, en vez de mera ficción inventada por su yo. Esa impostura de saberse finito y pretender no ser creado arrastra a la libertad a su propia condenación, porque resukta siendo un puro galimatías, pura perogrullada y sofisma monstruoso ver narcisistamente la realidad humana como completamente autosuficiente.

Cuando una civilización entra a su fase terminal le acontece una especie de agnosia senil donde no se da cuenta de su decrepitud, y tiende a confundir su avance técnico con florecimiento espiritual. Cuando en realidad interiormente luce exangüe y sin vida para emprender palingenésicamente una renovación valorativa y cultural.

Si hemos de cantar en versos la asintonía con el universo del fáustico, protemeico y descreído hombre moderno escucharíamos algo así:

Yo ya no me encorvo sobre tu estela,
Ningún himno tuyo desciende las estrellas,
Ya no estoy más bajo tu abrigo,
Nada tiene sentido,
El sentido disimula su rostro
Y deteriorado es parte de mí.
¿Quién vive ahora, sino el Hombre?
Yo soy el que soy
Debajo de mi la ley moral
Por encima los luceros silenciosos…
Yo mido, yo calculo, yo planeo,
Yo y más yoes,
Soy el que desangro las montañas
Y rompo las arterias de las distancias,
Dicto el ser de las cosas,
Soy más allá del mal y del bien.
Mi murmullo sube y desciende
por vientos y lejanías del olvido,
me siento solo con mi omnímodo poder técnico,
pero poco importan los creyentes y su Dios
soy el nuevo herrero del cosmos
soy el futuro como amenaza
soy el presente como el placer
soy el pasado como lo marchito
Más, de tanto tener
Vivo mal, marchito y pesadamente,
Choco como cosa con criaturas extrañas,
No soy más que la hoja retorcida
Por mis leyendas hechidas de soberbia.
Ciego como las piedras puras e infinitas
Amaso el polvo de animales desfigurados.
Hay algo de horroroso en todo esto.
Autodivinizándome hice añicos el Amor.
Yo, el forjador de dioses,
Me quedé sin el verdadero Dios.
Adorando la sola vida,
Me quedé rodeado de muerte.
Tú eras más grande que yo
Ahora sólo soy yo ante tu sombra….
Que solo estoy….
Mi maravilloso viaje sin Ti
Se volvió en mi pesadilla
Aplastado bajo el peso de las horas
Me hundo en la noche perdida.
Pero estoy sordo a tus murmullos
Sólo oigo mi arpa que el viento hace sonar,
Perdido en la muerte
Más, extraviado como niño
Voy cayendo sobre el gran río de la vida….

Con estos versos hemos querido evocar el sentimiento de voluntad de poder que domina a la humanidad en la época antropológica que nos domina. Se trata del narcisismo luciferino de la nada en el hombre ensoberbecido por su enorme poder adquirido por el saber técnico-científico. Nuevamente hay que subrayar que no se trata de renunciar al nuevo poder humano, sino que se trata de dominarlo. Un nuevo demonio ha escapado de su sombrero y esta vez es de gran calibre. Y para ello será necesario una cultura con una nueva ascesis espiritual que nos devuelva la actitud contemplativa, reconocer la esencia de las cosas dentro de una metafísica realista y restablecer nuestra relación con Dios. En una palabra, se trata de dar vuelta a un mefítico nihilismo ontológico que nos contamina e invade. Sin estas tres cosas la humanidad no podrá reconstruir sus lazos ontológicos con lo trascendente, ni detener, y menos revertir, el proceso de autodestrucción en la que se encuentra dramáticamente inmersa.
08-08-20