domingo, 24 de marzo de 2019

LA MUERTE DE LA CIVILIZACIÓN ACTUAL


LA MUERTE DE LA CIVILIZACIÓN ACTUAL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Un mundo sin misterio
no es un mundo,
es una ficción.

Nuestro mundo actual expele un fétido y nauseabundo olor a cadáver. Ni Atenas ni Roma desaparecieron en una noche, el hundimiento del hombre apolíneo antiguo fue un proceso que llevó tiempo. Igual será con nosotros, hombres fáusticos, salvo por un detalle, esto es, ya estamos asistiendo a su proceso de desintegración.

Todos en la actualidad tenemos la sensación de que vivimos el fin de los tiempos modernos y que es perentorio el comienzo de una nueva edad. Hay quienes cavilan sobre la forma de salvar a la presente civilización y creen en ello. Mientras que otros escudriñan el horizonte pensando en reemplazarla por una civilización nueva. Berdiaev trató sobre una nueva Edad Media. Y Hegel pensaba que en la historia los hechos ocurren por primera vez como tragedia y si se repien lo hacen como comedia. Pero en realidad cada cultura tiene su propia manera y hora de morir. Así sucedió en el pasado, coincidiendo cuando la cultura alcanza su etapa de civilización. Entonces, cuál es la forma de extinción en la civilización actual.

Spengler señala tres formas de morir que se ha presentado en las culturas: recogerse en sì mismo (el nihilismo indio budista), la contemplación pasiva (el nihilismo heleno de Epicuro, Antístenes y Zenón) y la DESTRUCCIÓN DE LOS IDEALES (nihilismo fáustico de occidente).Este morir histórico es real pero no hay que olvidar otro fenecer más real aun y que se relaciona con el climaterio escatológico que sufrirá la humanidad en el Juicio Final. Spengler no lo tuvo en cuenta por no superar el relativismo y el marco del humanismo antropocéntrico hacia un humanismo teocéntrico.

En la decadencia el mismo valor de la vida se relativiza y en su lugar se entroniza mediante la ideología tecnocientífica el derecho a la eutanasia, eugenesia, el aborto y se sanciona el derecho animal. Esta negación del valor de la persona humana y su destino sobrenatural es la expresión más dramática de la destrucción actual de los ideales. Sin ideales el otrora pensador grave y serio es sustituido por la periodística prostitución intelectual repleta de retórica, chisme y diatriba.

Siempre la decadencia cultural es sinónimo de regresión del pensamiento por el achicamiento del espíritu.Al decadente hombre decadente le sobra inteligencia pero le falta sabidurìa. Por ello el sentido de la vida luce marchito y desvaído. En ella lo práctico ocupa el lugar privilegiado. El mendaz culto a lo útil lo gobierna todo. Es ametafísica por antonomasia. La metafísica es ridiculizada y rechazada. Y es que siempre el periodo ascendente de toda cultura es metafísica por excelencia porque su pensar es ascendente, mientras que el periodo descendente es ametafísico porque su pensar es descendente. Comienzan a imperar darwinistamente los medios sobre los fines.

Es muy sintomático que la economía fue tan sólo una ciencia mientras hubo metafísica de hondura hasta Kant, pero cuando la economía desplazó a la matemática y se vuelve en pilar del sentimiento cósmico, entonces en filosofía la metafísica es desplazada por la ética con los filósofos utilitaristas, evolucionistas hasta los actuales posmodernos.

En realidad, Schopenhauer –que se anticipa a Darwin- fue el primer pensador del tiempo declinante haciendo del intelecto un instrumento de la voluntad de vivir o arma de la lucha por la existencia. Junto a él está Nietzsche, que perdido en lejanías dionisíacas termina convirtiendo a la humanidad en una yeguada en pos del difuso superhombre. Y Marx no se queda atrás con la misma voluntad de potencia vertido en una filosofía de partido. En la actualidad el periodo metafísico y el periodo ético han quedado atrás, instalándose en su lugar el escepticismo nihilista radical. Los Lyotard, Rorty y Vattimo son los representantes del alma fáustica agotada y expresión de la voluntad de potencia sin fin superior. Lo anagógico o afán de ascenso espiritual es lo primero que se extingue cuando en cada cultura pasa su tiempo de esplendor y entra a su senectud.

El progreso, la razón y Dios son cuestionados en el periodo final de la cultura occidental, pero el evolucionismo sigue siendo el mito de la modernidad declinante y tardía. Cuando lo que hay en realidad en su lugar, tanto a nivel individual y cultural, es desarrollo y realización de las posibilidades internas. Entonces es cuando se abren grotescamente las compuertas finiseculares y sale a la palestra con seriedad religiosa la filosofía de la digestión, de la gastronomía, la culinaria, el vegetarianismo y cuidado del cuerpo. El hedonismo afeminado y sibarita encuentra su hora dorada para la propaganda irrefrenable. Y como el hombre fáustico civilizado luce desvaído e inánime, pulula la literatura de automotivación y superación personal. En esta perspectiva rastrera y de lombriz, estos son los temas cumbres de la modernidad decadente.

Incapaz de imponerse renuncias internas por su anémica voluntad interior, prefiere que se lo prohíban externamente. En la decadencia civilizada el hombre fáustico no ha perdido su voluntad de potencia, sino que ésta es vertida exclusivamente hacia lo externo. El resultado es el empobrecimiento pavoroso de lo interno hasta llegar a la negación de los valores. El dinero es el máximo referente de toda realización -Simmel considera que la esencia del dinero es la negación de todo valor auténtico-. Aquí se ve nítidamente que la crisis de los valores en en realidad una crisis metafísica de la cultura.

Este es el sino profundo del imperialismo, a saber, expandirse con violencia y sin tapujos, en vez de adaptarse imponer. El resultado más calamitoso ha sido la contaminación ambiental, el destructivo antopocenio y el cambio climático al parecer irreversible. Aquí luce la tendencia tiránica de la ética kantiana con su fórmula: “Obra de manera que tu acción se convierta en ley universal por medio de tu voluntad”. Esa es la forma civilizada de la nefasta actuación fáustica.

Los grandes ideales políticos del hombre fáustico fueron la solidaridad, la fraternidad y la solidaridad. Los cuales han muerto en beneficio de la reducida elite megacorporativa del mundo. El estandarte que sirvió de pretexto fue la ideología del neoliberalismo. Pero el escepticismo de la cultura occidental en su climaterio es más hondo e implica su irreligiosidad. La esencia de toda cultura es la religión y de toda civilización es la irreligiosidad.

Budismo, estoicismo y socialismo son extinción de la religiosidad. Toda alma sin religión es civilizada, toda alma con religión es culta. Las grandes urbes y su arquitectura sibarita son irreligiosas. Su arte y su modo de hablar son irreligiosos. Su política y modo de pensar lo son por igual. La compasión desaparece, los grandes capitanes de la industria lo representa (Morgan, Rockefeller, Vandervilt) y las guerras mundiales lo presiden con su implacable moral de señores.

El estático hombre antiguo con sus oráculos y augures vivía feliz con su sentimiento cósmico de eterno presente. A lo sumo quiere saber del futuro. En cambio el hombre moderno se caracteriza por el agudo sentido de lo histórico y del tiempo. Y quiere hacer el futuro. Nadie como el hombre de la cultura fáustica siente el apremio del tiempo y de la historia. Su carpe diem es biográfico y siempre vuela presuroso en pos del tiempo que siente que se le escapa y lo espolea. Cuando su cultura entra en declinación dicho apremio del tiempo se vuelve más hostigante, insoportable y problemático. En su fase cultural de apogeo siente el tiempo y el futuro pero sin apremio y por ello no es problema, pero en su fase decadente deja de vivir en la plenitud del tiempo –presente, pasado y futuro- para hacerlo sólo en el futuro y así el tiempo se le vuelve problemático. Se agudiza su obsesión por hacer el futuro. Los sistemas políticos del siglo XIX, liberalismo y socialismo, sienten el futuro con apremio y como propósito final. 

En realidad, la visión interior del hombre fáustico no vive en sistemas perfectamente cerrados sino abiertos, porque su sentimiento fáustico de la naturaleza lo impele hacia la lejanía, lo infinito, el futuro, no hacia la proximidad ni lo finito. De ahí que la ciencia física del hombre fáustico sea dinámica, basada en el dogma de la fuerza, energía y teoría de las funciones de variables complejas, como reflejo de la voluntad de potencia que preside su sentimiento cósmico. Ya en el arte gótico de las catedrales y en el arte contrapuntístico y de la fuga del barroco se expresa la pasión del alma fáustica por el espacio infinito. Y esa misma voluntad de trascender el espacio finito se halla también en la pintura de Tiziano, Velázquez y Rembrandt con la técnica del clarooscuro -todas las culturas profundamente trascendentes sienten hacia el espacio la propensión metafísica por el color azul y el negro-, y en filosofía con el Cusano y su principio infinitesimal, Leibniz y el cálculo diferencial, Newton con la física dinámica.

Con Einstein y Heisenberg la física de occidente llega a la cima y límite de sus posibilidades. Pues la física relativista y el principio de incertidumbre suscitan dudas destructoras sobre el espacio infinito, el tiempo absoluto y la causalidad microfísica. Y en matemáticas se manifiesta lo mismo con el teorema de incompletitud de Godel y en lógica con la teoría semántica de la verdad de Tarski. Pero todas estas dudas atañen a las convicciones más profundas del alma fáustica de Occidente y a su posibilidad misma. La razón funcional llevada a sus últimos límites y consecuencias se revela autodestructiva. La renuncia a la verdad absoluta –incluso de las leyes naturales- y su sustitución por la simple verosimilitud es la prueba del profundo escepticismo en que desciende el alma fáustica de Occidente en su curva decadente. En el envejecimiento del alma fáustica de acelera la disolución de las ciencias bajo la idea de la complejidad y de la interdisciplinariedad.Ya ninguna ciencia se basta por sí sola y el universo es visto no como una repetición sino como una creciente complejidad. En el fondo se está abriendo la posibilidad de otra visión cósmica que vuelve a ser religiosa -la teoría de las estructuras disipativas de Prigogine y la idea del tiempo como algo autónomo, irreversible, real y diferente a lo eterno van en este sentido-.

El núcleo dinámico del sentimiento cósmico del alma fáustica se va deshaciendo paulatinamente. Y su símbolo es la teoría de la irreversible y creciente entropía, como agotamiento de la fuerza ordenadora de la voluntad de potencia del hombre occidental.Y es precisamente en esta crucial coyuntura histórica que aparecen las extrañas y peligrosas ideas sobre el uso estratégico y limitado de las armas nucleares. Pues no hay tal cosa, al contrario, la idea del fin del mundo cobra vigencia y se vierte en el peligro de la extinción de la humanidad por el uso demencial del arsenal nuclear. El agotado y declinante hombre fáustico es capaz de provocar el apocalipsis nuclear con su demencial estrategia de "ataque nuclear preventivo". Pues simplemente no existe tal cosa. No es màs que retórica decadente e irresponsable para desencadenar el apocalipsis nuclear. Es la época del suicida imperialismo donde el alma de la cultura se harta de la ciencia, arte, política y filosofía.

Cuando el alma es aniquilada la realidad pierde peso -Bauman llama "vida líquida"-, impera la falta de profundidad, el sentimiento cósmico decae, el civilizado hombre fáustico se vuelve irreligioso, se impone la moral plebeya y la filosofía del trabajo. Ateo, sofístico y sensualista se vive en la superficie, en lo inánime práctico y extensivo. No es extraño que el hombre culto -en la fase de apogeo cultural- no tenga problemas morales porque vive en la moral, en cambio el hombre civilizado sí tiene problemas morales porque no vive en la moral.

En la cultura impera lo interno, en la civilización lo externo -la cultura se vuelve simulacro decía Baudrillard-. No es extraño que el hombre decadente actual se entregue a lo erótico, narcotizante y lo etílico. Nuestra cultura está muriendo y su extinción espiritual va asociada a la hegemonia de la razón funcional sobre la razón substancial. Cassirer en su filosofía simbólica celebra tal conquista del idealismo filosófico como reconocimiento de la voluntad de la mente de poner orden en el mundo, pero no vió toda la repercusión cultural que ello implicaba. Aquí sólo rige el cerebro porque el alma se ha despedido.

La civilización ha ocupado el puesto de la cultura porque lo que se vive no es la rebelión de las masas sino la rebelión terminal de la civilización contra cultura. La humanidad ha desaparecido y en su lugar reina la masa. Así fue en Atenas, en el ágora alejandrina y romana, y lo es hoy bajo el rótulo de democracia. Ayer fue el estoicismo, hoy es el socialismo y el liberalismo el que adula y soborna al sujeto viviente que se desparrama en las urbes, estadios deportivos, gimnasios y centros comerciales. Prima la cultura de escaparate y las tarjetas de crédito –Debord lo llama sociedad del espectáculo-.

En la cultura fáustica al morir, los hombres se vuelven femeniles, blandos, febles, inorgánicos, ambiguos, fluctuantes, cínicos, demócratas, artificiales, desarraigados, urbanos anómicos y anéticos, frívolos, escépticos, incapaces de acción superior, se sienten más allá del bien y del mal, sanchopancescos y materialistas. El alma declinante del civilizado hombre fáustico es ametafísico, egoísta, positivista y decadente. Prefiere el insulto a las ideas, porque la diatriba es horizontal y representa la denigración del pensamiento vertical. Lo cual es signo indiscutible que la vida espiritual creadora ha entonado su canto de cisne. 

Por todo ello resulta iluso e ingenuo proponer erigir una nueva civilización, cuando lo que se requiere primero es edificar una nueva cultura. No obstante, el desplome de la presente civilización del hombre fáustico occidental así como no pasará inmediatamente hacia otra nueva civilización, tampoco lo hará hacia una nueva cultura, sin antes atravesar una nueva barbarie y caos completo de un nuevo oscurantismo. 

Es más, cuando una civilización sucumbe con ella también lo hace su ciencia para dar paso a una nueva religiosidad. Pasó con la ciencia antigua y sucederá con la ciencia actual. Lo cual no es extraño porque todo saber acerca de la naturaleza tiene por base una creencia religiosa. El fin de una cultura es el fin de todo su mundo simbólico y lo que sobreviva de ella dependerá de lo que considere importante desde su perspectiva sincrética la cultura venidera. En una palabra, el hundimiento de una civilización siempre da lugar a la mutación del sentimiento cósmico en la nueva humanidad.

 Marzo 2019