domingo, 24 de septiembre de 2017

CRITICA DE LA RAZÓN CIBERNÉTICA

CRÍTICA DE LA RAZÓN CIBERNÉTICA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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La razón cibernética es hija directa de los errores metafísicos del pensamiento moderno, la abolición del Regnum Dei y la instauración fracasada del regnum hominis. Y es fracasada porque desemboca en el posthumano Regnum Cibernetes. Este Novo regnum de la máquina autónoma representa la culminación de la destrucción de la estructura metafísica dualista de la civilización cristiana por una metafísica monista de la materia. Racionalismo, empirismo, Iluminismo con su boquete abierto al idealismo subjetivo volvieron la razón contra el espíritu y la fe. Solo hay una forma de hacer que la razón cibernética deje de representar un peligro para la humanidad, y es venciendo los errores y peligros del pensamiento moderno al volver a los fundamentos metafísicos que restituyan los conceptos de ser y de persona.

Una Crítica de la razón cibernética no es ajena a dos problemas gravitantes: 1. cómo la evolución cibernética constituye la reversión de la evolución cultural en evolución biológica para el hombre. Los ricos podrán convertirse en ciborgs casi divinos. Asi, Silicon Valley es la nueva Meca religiosa con la tecnoreligión: “No necesitamos a dios sino la tecnología”. Y 2. Cómo las principales potencias libran una guerra ardorosa por lograr el liderazgo en la inteligencia artificial. Haciendo temer si la inteligencia artificial nos ayudará, nos será indiferente o nos destruirá. Pero el problema filosófico es determinar si estos sistemas autorregulados creados por el hombre llevan en su esencia el telos de una forma propia de vida y destino, que incluso puede poner término a la historia humana. La civilización maquinal del hombre inmanentista e historicista está en el umbral de un fatal destino, donde el autómata avanzado ponga definitivo fin al humanismo y declare inaugurada la nueva era transhumana. El soberbio hombre funcionalista sin Dios habiendo olvidado que su verdadera grandeza estriba en la conciencia de su miseria, cae víctima de una grandeza tecnológica que lo devora y aniquila.

Desde que surgió la máquina se sentaron las bases más terribles para la perturbación de todo el ritmo orgánico de la humanidad. Se puede afirmar sin incurrir en ninguna tecnofilia que la máquina mata el renacimiento espiritual, la vida creadora y pone la primera piedra para que perezca la vida humana. La máquina en realidad impone un cambio de mentalidad y de preparación cultural. Es verdad que todas las civilizaciones tuvieron máquinas, pero sólo desde la Europa moderna se construyó la civilización maquinal. La filosofía inmanentista, secular, de la autonomía de la razón y arreligiosa fue la verdadera base para dicho edificio de la civilización maquinal, sin fe y en desmedro de la trascendencia.

Es por ello que se puede hablar en el desarrollo humano de la fase de los instrumentos y la fase de las máquinas. La diferencia entre instrumento y máquina se puede establecer con el criterio de sistema autorregulado. De modo que a la fase de la civilización de los instrumentos -con el Paleolítico, Neolítico y la Edad de los Metales- le sigue la fase de la civilización de la máquina –eotécnica, con el agua y la madera; paleotécnica, con el carbón y el hierro; neotécnica, con la electricidad, aleación y el plástico; la cibernética, con la exploración espacial y los chips; y la biotecnológica; con la robótica, la informática y la genética-. A esta última se la denomina la Tercera revolución industrial. Pero se está haciendo realidad una Cuarta revolución llamada Cuántica, que se traduce en entrelazamientos cuánticos, computación basada en ADN, la teleportación cuántica, electrónica molecular y computadoras cuánticas muchísimas más rápidas que un computador convencional. Todo lo cual permitirá que el proyecto Avatar cuente con nano chips de memoria que simulen la conciencia virtual. En una palabra, la cuarta revolución industrial consiste en las máquinas autónomas sin programador humano.

No hay duda que la nueva revolución industrial testimonia un nuevo nivel del ingenio humano y de su grandeza inventiva. Pero a la vez abre la puerta a peores tentaciones dentro de un materialismo mendaz que fortalece la voluntad de poder. Se abren las compuertas a una nueva época histórica de barbarie civilizada, donde las máquinas pensantes y autónomas emergen amenazantes para una humanidad cosificada, carente de voluntad y espíritu superior, que hace tiempo claudicó su libertad. Las máquinas autónomas surgen justo cuando el hombre luce extraviado en un mundo caótico, hedonista, nihilista, relativista y vaciado de riqueza en su vida interior.

En la civilización maquinal brota por doquier y  espontáneamente la idolatría por la ciencia o el llamado cientificismo. El cientificismo como absolutización del conocimiento científico es en realidad ideología, pues la ciencia necesita ser complementada con otro tipo de conocimientos, como la filosofía y la teología. Pero la secularización de la cultura occidental promueve un  horizonte mental arreligioso y nihilista que se condice con el racionalismo que renuncia a las verdades suprarracionales y con el empirismo que convierte lo fáctico en lo único válido. Decir que todo eso se inicia con el Dios racional del cristianismo y su teología de la Encarnación es un despropósito que no logra entender cómo se abandona la trascendencia por la inmanencia. La civilización maquinal no surge del cristianismo, sino de la civilización capitalista que exacerba las posibilidades perversas y ominosas de la técnica. Nuestro dilema es denunciar o dominar la máquina a menos que seamos nosotros eliminados. El verdadero peligro no es el automatismo sino la restricción de la vida por su intermedio. La máquina es creación humana y lo decisivo es que debe favorecer la vida y sus valores. En realidad la máquina no es la cosa final a la que debe someterse el hombre. Pero sin aprender las lecciones de la técnica y de la maquina no surgirá un nuevo reino humano. Y la principal lección es que la mera satisfacción material por la máquina deja a la humanidad huera. Por ello, su primordial significación es que si el bienestar material no está al servicio del bienestar espiritual el resultado es la barbarie, el culto a la muerte, el narcisismo patológico, la proliferación de la guerra y un número creciente de paranoicos y sádicos.

En una palabra, las máquinas autónomas emergen en plena barbarización delicuescente de la humanidad. En el crepúsculo del nuevo caos espiritual del hombre se yergue la máquina pensante ya no como uso humano del hombre sino como uso cibernético del hombre. La otrora religión humanista Iluminista que culminaba en la definitiva divinización del hombre representaba, en realidad, el final del humanismo mismo y en su lugar la nueva divinización de la máquina en la adviniente era transhumana.

Si las sociedades modernas se basaron en la envidia o negación del ser del otro, las sociedades posmodernas se basaran en la negación misma del ser del hombre. Se trata de una entropía ontológica metafísica de la criatura humana que se ve amenazada por el ser de otra criatura salida de sus propias manos. La deshumanización del arte ya había anunciado la tendencia de dejar de pedir las formas a la naturaleza y al hombre, para pedírselas a la máquina. El futurismo y el cubismo ya anunciaban el desmembramiento de la realidad humana. Desmembramiento que se plasma hoy en máquinas pensantes capaces de conformar colectividades inhumanas y de presidir la ruina definitiva de la propia humanidad. Si el antropoceno generó el ecocidio, será el ciberceno el que generará el antropocidio.

Desde el reloj mecánico del siglo XI hasta el robot del siglo XXI existen mil años de un desarrollo notable en la utilización de la regulación automática. En un principio dicha regulación definió la sustitución paulatina del hombre natural por el hombre artificial y el usufructo de una minoría de los beneficios de la máquina. Pero ahora se alzan voces razonables advirtiendo que la humanidad puede encontrarse amenazada por las infalibles máquinas pensantes.

Existen varias definiciones de cibernética pero no habrá problema en adoptar la definición de ciencia de los sistemas autorregulados. Dichos sistemas encuentran su mejor expresión en los avances de la inteligencia artificial, la informática, la robótica, la revolución tecnológica y el pensamiento sistémico. Pero el optimismo inicial de la cibernética humanística, que dejaría sin razón de ser los sistemas de explotación del hombre por el hombre, ha cedido su lugar a la cibernética transhumanística, donde la preocupación inicial por la mejora cede su lugar por el amenazante reemplazo de la humanidad. De manera que una crítica de la razón cibernética tiene el desafío de elucidar si dicha creación humana tiene el destino ineluctable de sustituir a su creador.

La magia es acción sobre la naturaleza y poderío sobre ella, gracias al conocimiento de sus secretos. Y las ciencias naturales y la tecnología tienen un profundo parentesco con la magia. Los orígenes de la ciencia moderna están en la magia. Lo mismo que la magia las ciencias prácticas aspiran al dominio de la naturaleza. Actualmente ya no es la magia sino la ciencia la que sueña con el homúnculo, el elíxir de la vida y la piedra filosofal. Se proclama que la transformación cibernética del ser humano será la mayor evolución biológica del ser humano. Incluso ya se asume que la muerte es un problema tecnológico por resolver. Pero lo que no se advierte es que en el deseo irrefrenable de apoderarse de todo aquello de lo cual el hombre extrae su fuerza y poder hay un oscuro elemento de magia negra. El humanismo prometeico del Renacimiento se trocó en Humanismo fáustico de la Ilustración y éste en humanismo luciferino de la Revolución industrial. Más su última mutacion a la vista es el posthumanismo de los ciborg autónomos. En este sentido la cibernética cobra un giro que realmente parece nacido de la mente mefistofélica de la magia negra.

Esta nueva magia  y encantamiento, que deja al hombre hechizado por los magos de mandil blanco, en vez de fundarse sobre la relación con los espíritus como demonios se basa primordialmente en las matemáticas, la inducción y la experimentación. La descripción numérica del cosmos ha sido el camino griego hacia la realidad. Aunque con  la teoría de la probabilidad, el método estadístico, la incertidumbre, la topología y los números irracionales se va por la senda de la superación del formalismo, el nominalismo, el naturalismo. En suma, hay una tendencia hacia el desplazamiento de las matemáticas cuantitativas por unas matemáticas más cualitativas que potencien su orientación realista y un verdadero camino hacia la realidad. Es cierto que el cristianismo, siempre atento a lo trascendente e inmanente, no sólo proscribió la magia sino que hizo posible la cultura autónoma mundana, las ciencias naturales y entrar en relación con las fuerzas naturales. Por tanto, el hombre de ciencia como nuevo mago que domina el mundo y sus fuerzas ocultas no proviene del cristianismo, que juzga a la naturaleza de índole espiritual, sino de la visión secularizada que achata la realidad a una inmanencia naturalista objetiva y manipulable. En suma, el hombre que aspiró a vivir sin Dios engendra en su marmita de brujo a su último engendro robótico que puede vivir absolutamente sin religión, sin trascendencia y sin fe.

Pero la cibernética como creación humana es una potencia bifronte. Por un lado puede ayudarnos a recuperar el equilibrio entre lo material y lo espiritual. Pero también, por otro lado, puede conducirnos a la senda sin retorno del hundimiento definitivo de la civilización humana. Es un riesgo real que esta fuerza potente haya surgido cuando en una civilización maquinal hedonista, relativista y nihilista las fuerzas espirituales humanas lucen desvaídas. Pero la historia es de carácter tendencial y no ineluctable. De modo que las esperanzas por la recuperación crítica del hombre permanecen incólumes.  


Lima, 24 de seiembre del 2017

sábado, 23 de septiembre de 2017

VACÍO CÓSMICO Y GRANDEZA HUMANA


VACÍO CÓSMICO Y GRANDEZA HUMANA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Es sintomático cómo el hombre actual se siente atraído por el vacío cósmico y la nada. Es que el nihilismo metafísico de una humanidad sometida a la increencia y a la poca fe trascendente se halla hechizado más por el vacío físico que por el vacío espiritual. Se ha pasado a ver a la persona de “alma encarnada” a “organismo avanzado” y de éste a prótesis cibernéticas. Ya lo decía Alan Turing: “la mente no es una entidad sino una máquina”. En otras palabras, por el desarrollo vertiginoso de la neurociencia, la inteligencia artificial y el predominio de la cibernética de inspiración materialista, que sustituye la metafísica dualista común de Oriente y Occidente entre lo material y lo inmaterial por otra de índole monista-materialista, ha cobrado fuerza el materialismo de las máquinas mentales. Ya Paul Churchland bregaba afirmando que no existen las entidades mentales. Wittgenstein y Strawson diluían todo el bagaje metafísico de unicidad y sentimiento de identidad personal en el giro lingüístico de los nombres propios y pronombres personales.   Ryle remachaba con su afirmación de que la mente es una disposición y no una sustancia. En todo este extravío solipsista no se entiende que la mente sea sólo una disposición de la persona cuando ésta miente o engaña.   

La resolución funcionalista no ha podido demostrar cómo se segregan pensamientos y sentimientos a partir de un grupo de moléculas, pero el tercer milenio no marcha hacia la afirmación de la histórica supervivencia genético-cultural, próxima al confucianismo y al taoísmo, sino hacia la sustitución del “organismo avanzado” por el “autómata avanzado” con conciencia autónoma.

Y es que el inmanentista humanismo historicista tenía que abrir las compuertas hacia la deshumanización y el transhumanismo en pos del triunfo del inmanentismo del autómata historicista. Esta nube gris que se ciñe sobre la humanidad no es imposible de despejarla. Pero mientras persista la metafísica antisustancialista y antiesencialista, la hegemonía del pensar funcional sobre el pensar sustancial, no habrá modo de evitar tal fatal destino.

Podemos decir pascalianamente que la grandeza humana consiste en la conciencia de su miseria. Y cuando la conciencia de su miseria se extravía también se pierde su propia grandeza. Justamente esto es lo que ha sucedido desde el Iluminismo racionalista, que instauró un optimismo en el progreso material que tiende a ocultar la conciencia de la miseria humana. Y aun cuando el hundimiento del mito del progreso, la razón y las verdades metafísicas fuertes, sea cosa efectiva en la cultura posmoderna, sin embargo, la fe en la ciencia y en la técnica mantiene la fe en el progreso y obnubila la conciencia de la miseria humana. Esta sociedad del bienestar material, del mito de la felicidad con la ciencia y la técnica, extravió la grandeza humana porque eliminó la conciencia de su miseria con un optimismo ingenuo y un nihilismo metafísico.
   
Ahora bien, los astrónomos han confirmado que vivimos en un inmenso vacío cósmico. Y con ello vuelven a resonar las antiguas preguntas filosóficas: ¿si la materia surgió de la nada? ¿Qué había antes del Universo? ¿Todo se formó a partir de un fenómeno microscópico llamado fluctuaciones cuánticas? ¿Lo explican todo las leyes de la física, es Dios el Creador de estas leyes? Aunque la falta de fe de nuestra era sin Dios acentúa la apologética negativa de las fuerzas materiales y fortalece el sueño utópico de la felicidad del hombre mediante la conquista del universo.

La física y la cosmología se ocupan sólo de cosas que se pueden verificar. La filosofía de lo que se puede explicar racionalmente sin verificación empírica, la religión de lo que se debe tener fe por revelación. Pero actualmente al haberse extraviado el sentido de la miseria humana se incurre en una falsa grandeza. Asi se presta más atención al vacío externo que al vacío interno del propio espíritu. Estando el hombre de hoy tan enajenado por las cosas materiales apenas presta atención a su propio dolor e infelicidad consustancial al mundo finito. Los románticos, habiendo perdido el horizonte de la verdadera trascendencia, prestaban atención a lo permanente en el tiempo y en lo terrenal. En el fondo no renunciaban al primado de lo inmanente como ocurría con la principal corriente racionalista y empirista de la modernidad. Pero con la posmodernidad la vanidad del historicismo se ha centrado en un presentismo fatuo que también oculta el fin y el sentido de la existencia. Y así el vacío interior es postergado por el vacío externo del cosmos.

En nuestro caso prestaremos primero atención a la antigua v perenne pregunta filosófica formulada varias veces por grandes pensadores como Heráclito, Parménides, Platón, Aristóteles, san Agustín, santo Tomás de Aquino, Leibniz, hasta Heidegger. Y la pregunta es: ¿Por qué hay Ser en vez de nada? Pero luego e inmediatamente nuestra atención se centrará en la pregunta: ¿Por qué y qué sucede cuando en la persona se introyecta la Nada?
Veamos primero lo que confirman los astrónomos. Según un nuevo descubrimiento el Universo sería algo así como una descomunal pompa de jabón con toda la materia concentrada en la superficie y casi totalmente vacía por dentro. Esta conclusión fue expuesta en la reunión anual de la Sociedad Astronómica Americana, que se celebra estos días en Austin, Texas. La Vía Láctea, nuestra galaxia, junto a todas sus compañeras, se encuentra en el borde mismo de un enorme vacío de más de mil millones de años luz de extensión y en cuyo interior no hay "nada".

El "agujero" que contiene la Vía Láctea es conocido como el "vacío KBC" (por Keenan, Barger y Lennox Cowie, de la Universidad de Hawaii), y es el mayor vacío conocido por la Ciencia. La idea fue lanzada en 2013 la astrónoma Amy Barger y su estudiante Ryan Keenan, de la Universidad de Winsconsin-Madison, mostraba que la galaxia en que vivimos reside justo en los límites de un gigantesco vacío, una oscura y enorme región de espacio que contiene muchas menos galaxias, estrellas y planetas de lo que podemos ver en nuestro vecindario cósmico más inmediato.

El Universo parece un queso de Gruyere o de una enorme tela de araña en 3D en el que la materia "normal" se distribuye en agujeros y filamentos. Los filamentos estan hechos de cúmulos y super cúmulos de galaxias, que a su vez están formadas por miles de millones de estrellas, gas, polvo y planetas. Y toda esa materia "normal" apenas supone el 5% de la masa total del Universo. El 95% restante, que no puede ser observado directamente, está hecho de materia y energía oscuras.

El nuevo estudio del astrónomo Hoscheit, también estudiante de Barger, confirma la idea de que vivimos en el mayor de los vacíos conocidos hasta ahora en el Universo. Un vacío que, además, ha permitido resolver las discrepancias que existían al usar diferentes técnicas para medir la velocidad a la que el Universo se expande. Hoscheit no ha podido encontrar objeción alguna, ni obstáculo observacional que vaya en contra de la conclusión de que la Vía Láctea reside en el borde mismo de un gigantesco vacío.

Hasta aquí llega la noticia de los cosmólogos.  Y lo primero que se puede advertir es que el vacío cósmico actual no es el vacío cuántico del que surgió todo el Universo. No sólo se trata de dos tipos de vacío distintos, por lo dimensional, macrocósmico el actual y microcósmico el original, sino que por lo estructural, se relaciona con aquella fuente energética que dio origen a la energía oscura y a la materia oscura. Lo segundo a conjeturar es que la duración finita de la expansión de dicha pompa de jabón llamada Universo no tiene por qué ser relevante respecto al destino de una de sus criaturas que la habita, a saber, el hombre. Todo indica que el principio antrópico existe para subrayar la relevancia cósmica del hombre al haber sido hecho a imagen y semejanza de Dios.

Tercero, si el Universo reposa sobre un vacío cósmico, este mismo vacío tuvo que haber tenido un origen y al tenerlo no es la Nada, sino que es “algo” llamado vacío cósmico. Lo cual permite deducir que el vacío cósmico no es la Nada. De modo que el vacío cósmico sería algo así como el repositorio de la energía oscura y la de la materia oscura, las cuales son también resultado de las fuerzas físicas fundamentales, las mismas que tampoco son ni el vacío cósmico ni la nada, y sí más bien algo así como el Neutrovacío (término acuñado por el matemático y cosmólogo peruano Enrique Alvarez Vita).

Cuarto, si el vacío cósmico tuvo un origen ese origen no pudo ser las fluctuaciones cuánticas del neutrovacío, porque la idea misma de lo cuántico puede suponer un vacío macroscópico pero no un vacío microscópico. De manera que el origen del vacío cósmico –tanto macro y microcósmico- no es ni sí mismo ni la nada, sino algo exterior al Universo in nuce o en potencia. Ese algo exterior no puede ser ni el azar, ni la causalidad, ni la indeterminación, sino la libre voluntad de un Ser superior inteligente y con voluntad. De modo que no es un contrasentido pensar que el Universo fue creado de la Nada por un ser omnipotente y omnisciente.

Quinto. Las fluctuaciones cuánticas pueden haber dado origen al Big Bang dando comienzo a todo el Universo incluido el vacío cósmico. Pero dichas fluctuaciones no ocurren en la Nada sino en el vacío cuántico que ya es algo. Entonces, qué dio origen a ese vacío cuántico. Si suponemos que ella misma se originó, resulta siendo causa de sí misma o causa sui. Algo así como una divinidad inconsciente, una fuerza cósmica ciega. La materia y la naturaleza quedarían divinizadas. Esa es la solución del panteísmo o sea Dios es todo. El alma quedaría convertida en epifenómeno neurológico, la inmortalidad es un mito y el espíritu quedaría pulverizado. Esto es justamente lo que se supone en la propuesta panteísta que en el fondo es un materialismo solapado. 

Sexto. Pero también es un materialismo sutil el llamado panenteísmo (Dios está en todo lo trascendente e inmanente) de Schelling y Krause. En el fondo el panenteísmo al afirmar que Dios está en la naturaleza afirma que Dios cambia y se identifica con la creación. O sea, la creación es igual con la propia esencia de Dios. Así, niega la naturaleza trascendente e inmutable de Dios, y por ende, la necesidad del milagro, la encarnación y la redención de Cristo. Si Dios está también en la mudable naturaleza inmanente, entonces qué sentido tiene la encarnación y redención de Cristo: ninguna. Si Cristo es innecesario y sólo importa el Dios que está en todo, entonces la salvación es automática, la libertad sobra, todo está inscrito en las leyes naturales por la voluntad infinita del Creador. Pero hay algo más grave aún. Si Dios está en todo, entonces la creación tiene que ser infinita o sea eterna. La materia deriva en eterna, el tiempo en un eterno retorno. Como para el panenteísmo Dios es trascendente e inmanente, entonces hay dos eternidades. Pero como no puede haber dos eternidades, porque es un contrasentido lógico y ontológico, entonces aquí reluce una inconsistencia más del panenteísmo.

Séptimo. Pero además, cómo explicar que de dichas azarosas fluctuaciones cuánticas se engendrara el principio antrópico y la libertad. Y, además, cómo de algo ciego y azaroso se puede explicar un sentido, un propósito, un orden, un telos que parece seguir claramente el Universo. Al espíritu euclidiano se le escapa la explicación de la libertad del individuo y la historia humana. Es un fenómeno que rompe sus reglas cuantitativas y empíricas. La explicación más plausible del fenómeno humano y del universo mismo lo ofrece la elucidación teísta. Al espíritu euclidiano de carácter cientificista le caracteriza la rebelión contra Dios. La libertad tiene una naturaleza propia y no puede ser reducida a explicaciones azarosas, cuánticas ni causales.

Así, el vacío cósmico ligado a las fluctuaciones cuánticas encuentra el punto más controversial en la concepción de lo divino como energía autocreadora, donde resulta siendo álgido el problema de la libertad. Spinoza trató de resolverlo viendo la libertad como la conciencia de la necesidad. Lo que resulta un verdadero contrasentido. Pues no es posible construir un sistema ético ni explicar la libertad basándose en un naturalismo y determinismo panteísta.

Pero si bien en un universo regido por la necesidad no puede haber ni bien ni mal, en un universo regido por la indeterminación materialmente sí puede haber bien y mal, aunque formalmente dependa de factores extramateriales, como la conciencia moral. En esta oscilación y ambigüedad subyace un materialismo ateo que no puede comprender a Dios como sujeto. No hay nada de sublime en el panteísmo. En un universo regido por la necesidad y la indeterminación sólo puede surgir un dios filosófico que es finalmente materia, pura energía ciega. Y como es material no es creador, sino ordenador. Él es naturaleza  no lo trasciende. Es un eterno flujo de energía inagotable. Pero no hay ningún fin, el azar y la necesidad lo rigen todo. No hay duda que junto a la moralidad estoica y al panteísmo metafísico spinosista se impulsó la secularización actual.

En el mundo actual el panteísmo renace sobre los escombros del mecanicismo naturalista, el materialismo, el positivismo y el cientificismo. Incluso junto al indeterminismo todos tienen en común el predominio del inmanentismo. Es lo que vemos en los multiversos de Hawking y en el azar omnipresente de Dawkins. Los mismos coqueteos con el panteísmo lo podemos hallar en aquella divinidad más profunda que Dios, en la Gottheit de la vía mística de Eckhart, el Ungrund de Jacobo Boehme, en el Uno de Plotino, el Supraser en Heidegger y en el misticismo hindú.

Pero el gran inconveniente de la afirmación panteísta es que su indiferenciación impersonal culmina en el pasivismo, el quietismo, la negación del hombre y de Dios. Sencillamente en el panteísmo no tiene cabida ninguna vocación creadora del hombre. Todo se absorbe en una oscura energía divina que no sabe nada de la energía creadora del hombre, no es antropológica, es pasiva y hostil a la creación. Todo queda absorbido en el indiferenciado divinismo original, donde no se distinguen ni Dios ni el hombre. Las grandes distorsiones conceptuales que nacen de la perspectiva panteísta son debidas a la concepción unívoca del ser, donde lo trascendente es eliminado ante el imperio ubícuo de la inmanente. Es el costo de renunciar a la concepción analógica del Ser. Y así vemos a un Hawking confundido y sin entender que nada puede la ciencia física decir sobre la creación, simplemente porque la creación no es un suceso físico sino metafísico. Del mismo lastre y grave defecto adolecen las especulaciones sobre los memes culturales de Dawkins.

La existencia de una organización maravillosa en la naturaleza y de un orden superior a la materia no puede ser obra del azar, la causalidad ni la indeterminación. Por el contrario, la misma ciencia sugiere la existencia de un orden sobrenatural. Las únicas respuestas posibles son de orden religioso y filosófico. La misma ciencia impone la necesidad de Dios tanto en lo material como en lo espiritual. La ciencia para completar sus explicaciones exige la existencia de un espíritu consciente e inteligente que dio origen al Universo. Se trata de un espíritu superior al cual el hombre debe prosternarse humilde. Einstein decía que el primer trago de ciencia te vuelve ateo, pero en el fondo de la copa se encuentra a Dios. No aceptarlo resulta siendo un defecto epistémico serio, pero aun más grave secuela es el daño que se propina a la propia vida personal y espiritual.

Finalmente, si el Universo es como una pompa de jabón en cuyo interior está el vacío cósmico se puede decir que tanto el Universo como el vacío son el Ser en cuanto lo manifiesto. A esto se llama Realidad. Pero la Realidad no es la única manifestación del Ser. Esta también la Existencia, como el Yo de un poder ser dentro de un proyecto libre. Lo cual significa que el Ser es la fuente común de la Existencia y de la RealidadEl Ser es la fuente del Universo y no a la inversa. De modo que el Ser es eterno y es objeto de la metafísica; la Realidad es instantánea y es estudiada por la física; y la Existencia es temporal y es estudiada por la pneumatología. Ahora bien, dentro de este marco la Nada equivale a la no participación del Ser en la Existencia ni en la Realidad. En otras palabras, la Nada es la ausencia de universo pero nunca es el vacío cósmico.

¿Pero acaso cabe distinguir dos tipos de creaciones ex nihilo: una sin el tiempo (Universo) y otra desde el tiempo (alma humana), una sin el vacío cósmico y otra con ella? Veamos, si el vacío cósmico del universo nos remite a la nada antes de la creación y, por ende antes del tiempo, por su pare el problema del alma también nos señala una creación desde la nada pero en el tiempo. Me explico. Dios crea de la nada ambas realidades, a saber, el Universo como el alma humana. Pero una cosa es la Creación a partir de la Nada (Creatio ex Nihilo) del Universo y del vacío cósmico, y otra cosa es la Creación del alma humana directamente por Dios en la historia y en el tiempo. Para la Iglesia las realidades espirituales (Dios, ángeles  alma humana) no han emergido de la materia evolutiva.

Pero, al contrario de lo que sostiene el orfismo y el gnosticismo, el alma humana no existe antes de su unión con el cuerpo. Entre la fecundación y el nacimiento crea Dios el alma individual de cada ser humano. Cada ser humano posee su propia alma puramente espiritual y constituye la intimidad de la persona. Y su destino es volver a la unidad psicofísica con el cuerpo. O sea volver a ser persona. Entonces, si Dios crea directamente el alma humana en plena desenvoltura del Universo ello significa que se da una Creatio ex nihilo del alma humana en la historia. Todo lo cual relieva la importancia que tiene el hombre en el universo mismo. Es más, subraya la importancia suprema del hombre dentro de toda la creación como realidad vinculante de lo inmanente y lo trascendente. En otras palabras, el mundo material ha sido arrojado en la creación, en cambio el alma espiritual humana ha sido especialmente creada. Hacer filosofía de la naturaleza sobre la base de los fundamentos científicos nos lleva hacia la confirmación del principio antrópico de Brandon Carter y el Diseño inteligente de Michael J. Behe. Los cuales ponen énfasis en que el ajuste fino existente en las constantes cosmológicas no pueden ser fruto del azar sino de un plan inteligente.

Pero ¿Por qué y qué sucede cuando en la persona se introyecta la Nada? Eso se relaciona con la inquietud más crucial: Cuál es la relación entre el vacío cósmico y el daño ontológico que infringió a todo el universo el pecado del hombre. Este punto tampoco es un tema de la ciencia aunque sí de la filosofía y de la teología. El crecimiento exponencial del vacío cósmico que equivale al triunfo final de la entropía o del caos, seria la consecuencia de la herida abierta por el pecado del hombre. Pero el vacío cósmico no es la Nada. Qué hubo antes de la Creación, a saber, Nada. Esa fue la respuesta de san Agustín. Pero eso no significa que no haya habido el Ser. El Ser como eterno está fuera de lo temporal e instantáneo, tal como es la naturaleza del Universo. Por eso un Dios providente, omnisciente y omnipotente crea el cosmos de la Nada. Pero lo más trascendental radica en que el vacío interior del espíritu es mucho más grande que el vacío externo del cosmos. Y en este vacío interno es decisivo el vacío del corazón. Sólo cuando el vacío del corazón impera en el espíritu es cuando es más importante el vacío exterior del cosmos. Y así volvemos al tema pascaliano de la grandeza y miseria humana.

Efectivamente, sólo el hombre que no ha extraviado su corazón en su vacío interno es capaz de darse cuenta de su propia miseria y a partir de allí percatarse de su grandeza. Si el hombre de hoy no se percata de su grandeza es porque ha extraviado el corazón de su vacío interior que lo predispone a reconocer su propia miseria. Pues el hombre materialista podrá conquistar el cosmos, viajar y colonizar las estrellas, controlar y fusionarse con la inteligencia artificial, manejar las fuerzas cósmicas a su antojo, pero no será feliz. Todo ese gran poder es Nada porque será incapaz de proporcionarle la verdadera felicidad. Esto denuncia la vanidad del historicismo, el Iluminismo y el maquinismo ante el arcano incurable y espantoso de no poder satisfacerse con nada finito. El hombre prometeico que conquista el mundo pero se pierde a sí mismo retrata la inconsistencia del hombre sin Dios. La eterna insatisfacción metafísica del hombre tiene que ver con un corazón que no se satisface con un infinito material sino espiritual. Sólo el infinito espiritual que es Dios es capaz de proporcionarle eterna satisfacción, eliminar su aburrimiento metafísico y curar su profundo dolor en el mundo finito. Una gota del universo puede aplastar y aniquilar al hombre, pero el universo no sabe nada de ello. En cambio el hombre sabe y comprende que es más grande que el universo, porque sólo puede satisfacerse con lo que no es contingente, finito y temporal, sino con lo necesario, infinito y eterno. Por ello, el vacío cósmico y la nada son nada ante el vacío interno de su espíritu que sólo se sacia con el infinito espiritual de Dios.

Lima, 23 de Setiembre del 2017