viernes, 6 de febrero de 2026

La universidad peruana y la ideología de género

 


La universidad peruana y la ideología de género

La universidad peruana, como espacio de formación de las élites intelectuales, políticas y científicas del país, ha sido en las últimas décadas escenario de una transformación profunda que no puede entenderse sin observar la influencia de agendas internacionales. Bajo el discurso de la igualdad, los derechos humanos y la inclusión, se han introducido programas, diplomados y líneas de investigación que promueven lo que se denomina ideología de género. Este fenómeno no es espontáneo ni aislado: responde a una estrategia de financiamiento externo que busca penetrar en los núcleos de pensamiento y en la formación de quienes luego ocuparán posiciones clave en el Estado, las ONGs, la ciencia y la cultura.

En este proceso, la universidad peruana atraviesa una etapa de deshumanización y mercantilización nihilista, donde el conocimiento deja de ser búsqueda de verdad y se convierte en mercancía sujeta a los intereses de quienes financian proyectos y programas. La lógica del mercado penetra en la vida académica, subordinando la investigación y la docencia a indicadores de rentabilidad y a la obtención de fondos externos. Bajo esta dinámica, las ONGs vinculadas a las élites neoliberales del planeta se convierten en actores privilegiados que orientan la agenda universitaria, imponiendo prioridades que responden más a intereses globales que a las necesidades locales.

Así, la universidad deja de ser un espacio autónomo de pensamiento crítico y se transforma en un engranaje dentro de un sistema internacional que busca moldear las conciencias y las prácticas sociales. Las ONGs, con el respaldo de magnates y fundaciones transnacionales, actúan como intermediarias que canalizan recursos y discursos hacia las aulas, asegurando que las nuevas generaciones de profesionales reproduzcan una visión del mundo alineada con el globalismo y con la ideología de género. Este proceso erosiona la identidad cultural del país y debilita la institución familiar, sustituyendo valores arraigados por construcciones ideológicas que responden a la lógica de las élites financieras internacionales.

Entre los actores más visibles en este proceso se encuentra la Open Society Foundations (OSF), red creada por George Soros, que ha destinado recursos a universidades peruanas para impulsar proyectos vinculados a género, diversidad sexual y derechos reproductivos. La Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH) y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) son ejemplos de instituciones que han recibido apoyo en programas específicos. Cada una cumple un rol estratégico: la PUCP alimenta la burocracia gubernamental, la UARM nutre a las ONGs, la UPCH fortalece la ciencia médica y la UNMSM sostiene el pensamiento crítico en las humanidades. En conjunto, estas universidades modelan la sociedad peruana desde distintos frentes, y es allí donde el financiamiento externo encuentra terreno fértil para difundir sus agendas.

Para moldear la mentalidad nacional basta influir sobre las universidades claves del escenario académico, pues ellas concentran la producción intelectual y la formación de las élites que luego ocupan posiciones de poder en el país. Salvo honrosas excepciones —como la Universidad de Piura, que mantiene una línea crítica frente a la ideología de género y a la injerencia de las fundaciones internacionales—, la mayor parte de universidades se limita a marcar el paso de las instituciones influyentes de Lima. De este modo, el pensamiento dominante se reproduce casi sin resistencia, asegurando que las agendas externas se instalen en el imaginario colectivo y en las políticas públicas a través de la academia.

La ideología de género, presentada como enfoque académico, se introduce en los currículos universitarios y en la investigación como un marco incuestionable. Sin embargo, detrás de ese discurso se esconde una visión que relativiza la identidad sexual, debilita los fundamentos de la familia y promueve una antropología ajena a la tradición cultural del país. La familia, núcleo esencial de la sociedad peruana, se ve desplazada por propuestas que privilegian construcciones ideológicas sobre la realidad biológica y social. Defender la familia en este contexto significa cuestionar la imposición de agendas externas que, bajo el ropaje de la cooperación internacional, buscan transformar la base cultural de la nación.

La ideología de género resulta abominable porque niega la realidad natural de la diferencia sexual y pretende sustituirla por construcciones arbitrarias que fragmentan la identidad humana. Al despojar al ser humano de su fundamento biológico y espiritual, esta ideología conduce a un relativismo radical que disuelve los vínculos más profundos de la sociedad, comenzando por la familia. Su carácter antiesencialista y nominalista convierte la verdad en mera convención, debilitando la posibilidad de una vida común basada en principios compartidos. En lugar de promover la dignidad de la persona, la ideología de género impone un modelo cultural que erosiona la tradición, desarraiga a las nuevas generaciones y abre paso a un nihilismo que amenaza la cohesión social y la continuidad histórica de la nación.

La ideología de género se inscribe dentro de una ofensiva ideológica de la élite occidental que busca reducir la población mundial mediante la promoción de agendas culturales y tecnológicas que desarraigan al ser humano de su identidad natural. En este marco se incentivan el transhumanismo y el poshumanismo, se impulsa la homosexualización de la población mundial y se difunden discursos que relativizan la verdad y la naturaleza. Entre sus corifeos intelectuales se encuentran figuras como Yuval Noah Harari, Nick Bostrom, Donna Haraway y Rosi Braidotti, quienes desde distintas perspectivas académicas legitiman un proyecto que pretende transformar radicalmente la condición humana, debilitando la familia y la tradición cultural como pilares de la sociedad.

No se trata de negar la importancia de la igualdad ni de los derechos humanos, sino de advertir que el financiamiento de la Open Society Foundations no es neutral. Al dirigir recursos hacia universidades clave, se asegura que las futuras generaciones de profesionales y líderes reproduzcan una visión del mundo alineada con intereses globales más que con las necesidades locales. La universidad peruana, en lugar de ser un espacio autónomo de pensamiento, corre el riesgo de convertirse en un canal de transmisión de ideologías que fragmentan la cohesión social y debilitan la institución familiar.

Defender los derechos humanos significa reconocer la dignidad intrínseca de cada persona, garantizar la igualdad ante la ley y proteger libertades fundamentales como la vida, la libertad de conciencia, la educación y la participación política. Estos principios son universales y no dependen de ideologías particulares, pues se basan en la afirmación de que todo ser humano merece respeto y protección sin importar su condición. La defensa de los derechos humanos busca construir sociedades más justas, donde la familia, la comunidad y las instituciones puedan desarrollarse en armonía con la verdad y la justicia.

Promover la ideología de género, en cambio, implica introducir un marco conceptual que relativiza la identidad sexual y disuelve las bases antropológicas de la persona. Bajo el pretexto de ampliar derechos, esta ideología sustituye la realidad biológica por construcciones culturales arbitrarias, debilitando la institución familiar y generando un relativismo que erosiona los fundamentos de la convivencia social. Mientras los derechos humanos buscan proteger lo que es esencial y universal en la persona, la ideología de género impone una visión particular que responde a intereses globales y que amenaza con fragmentar la cohesión cultural y moral de las naciones.

Autores peruanos han advertido esta situación. Gloria Huarcaya de Garay, profesora de la Universidad de Piura, en su estudio Análisis crítico de la ideología de género en textos escolares de educación secundaria de Perú (2012), señala que la introducción del género en la educación responde a una visión ideológica que relativiza la identidad sexual y afecta la formación de los jóvenes. Fernando Rospigliosi, sociólogo y exministro del Interior, ha escrito en columnas periodísticas que fundaciones como la Open Society financian ONGs que presionan al Estado peruano en temas de género y derechos sexuales, advirtiendo que se trata de una injerencia externa en la política educativa. José Antonio Eguren, filósofo y columnista, ha cuestionado en medios como Expreso la ideología de género y su incorporación en la educación peruana, defendiendo la centralidad de la familia frente a agendas internacionales.

George Soros, alma perturbada y gran conspirador, ha sido descrito como el gran promotor del aborto, del movimiento LGTB, del feminismo radical, de las revoluciones de color, de la inmigración masiva, del globalismo y del totalitarismo financiero. El resultado de sus acciones ha sido la liquidación de la verdad, pues se ha convertido en el más avezado de todos los magnates, sin conciencia de culpa, todo un psicópata, el más tenebroso de la élite mundial. Su trayectoria como especulador financiero sin alma lo muestra como un actor que, lejos de buscar el bien común, ha utilizado su poder para imponer agendas que socavan la familia y la identidad cultural de las naciones.

También es necesario señalar que George Soros no se encuentra solo en esta empresa de dominación cultural y financiera. Figuras como Jeff Bezos, Elon Musk, Bill Gates, Mark Zuckerberg, Rupert Murdoch, Mohammed Bin Salman, Larry Fink y los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, conforman junto a él la plutocracia mundial enemiga de la verdad. Estos magnates, algunos de los cuales aparecen mencionados en los ominosos archivos de Epstein, representan el poder concentrado de las élites que buscan moldear la sociedad global según sus intereses, anulando el pensamiento crítico y manipulando las conciencias a través de la tecnología, los medios de comunicación y las finanzas.

Su objetivo no es otro que dominar el mundo, imponiendo un modelo cultural y económico que reduce al ser humano a consumidor y a la familia a una institución obsoleta. Bajo la apariencia de innovación y progreso, estos actores promueven un nihilismo estructural que vacía de sentido la existencia y convierte la vida en un engranaje dentro de un sistema globalista. La ideología de género, el transhumanismo y el poshumanismo son piezas de esta maquinaria que busca desarraigar al hombre de su identidad natural y espiritual, debilitando los fundamentos de la verdad y la tradición.

En realidad, estos magnates se han convertido en monstruos a la cabeza del nihilismo estructural contemporáneo, creyendo conquistar el mundo mientras se pierden a sí mismos en las fauces luciferinas del averno. Su poder desmedido, ejercido sin conciencia de culpa, los coloca como símbolos de una élite que ha renunciado a la verdad y a la justicia, y que en su afán de control ha terminado por encarnar la deshumanización más radical. Frente a esta ofensiva, la defensa de la familia y de la identidad cultural se convierte en un acto de resistencia contra la plutocracia mundial y su proyecto de dominación total.

A estas críticas se suma también la voz de quienes, desde fuera de la universidad, han intervenido en el debate público. Por mi parte como intelectual y filósofo, publiqué Contra el género (Lima: Iipcial, 2023), donde enfatizo la base nominalista, antiesencialista y antimetafísica de la ideología de género, mostrando cómo esta construcción conceptual carece de fundamentos sólidos y se convierte en un instrumento de imposición cultural. Esta perspectiva refuerza la necesidad de defender la familia como núcleo de la sociedad frente a discursos que buscan disolverla en categorías abstractas.

La precarización de la cátedra universitaria constituye uno de los factores más graves que impiden la libertad de expresión entre los docentes. Al estar sometidos a contratos temporales, salarios insuficientes y evaluaciones burocráticas que privilegian la obediencia sobre la creatividad, los profesores se ven obligados a renunciar a la crítica y a la investigación independiente. La amenaza constante de perder el puesto o de ser marginados en la carrera académica genera un clima de autocensura, donde la palabra libre se convierte en un riesgo que pocos están dispuestos a asumir. En lugar de ser espacios de debate y búsqueda de la verdad, las aulas se transforman en escenarios de repetición mecánica de discursos oficiales.

En este contexto, muchos docentes optan por el silencio y por una mediocridad intelectual que les permita mantener la subsistencia. La precariedad los obliga a priorizar la seguridad económica sobre la vocación académica, reduciendo la universidad a un lugar donde se transmiten consignas en vez de ideas. La consecuencia es devastadora: se pierde la riqueza del pensamiento crítico, se empobrece la formación de los estudiantes y se consolida un sistema universitario que, lejos de ser motor de transformación cultural, se convierte en instrumento dócil de las agendas externas. La precarización, por tanto, no solo afecta a los profesores, sino que erosiona la misión misma de la universidad como espacio de libertad y verdad.

El silencio de los profesores frente a la ideología de género los convierte, en la práctica, en cómplices de su difusión, pues al no cuestionarla permiten que se imponga como discurso dominante en la academia. Sin embargo, muchos optan por callar ante el temor de perder su empleo, ya que la universidad ha desarrollado mecanismos punitivos y de represión contra quienes se atreven a desafiar las consignas oficiales. El proceso suele comenzar con una llamada de atención, continúa con sanciones más severas y culmina en el cese irremediable del contrato, acompañado de la construcción de una supuesta “mala fama” contra el profesor rebelde. De este modo, la academia asegura la obediencia y perpetúa un clima de conformismo que sofoca la libertad intelectual y la búsqueda de la verdad.

En conclusión, la universidad peruana no puede seguir siendo un eco servil de las agendas extranjeras ni un taller de ideologías que corroen la verdad y destruyen la familia. O recupera su misión de formar espíritus libres y pensadores críticos, o se hundirá en la mediocridad de ser simple correa de transmisión del globalismo y sus dogmas. La Open Society Foundations y sus aliados han convertido a las universidades en trincheras de una guerra cultural que busca desarraigar nuestra identidad y someter a la nación a un nihilismo estructural.

Es hora de romper el silencio cómplice, de desenmascarar la impostura y de proclamar que la universidad debe ser bastión de la verdad y no guarida de sofismas. Defender la familia, la cultura y la libertad no es un gesto conservador, sino un acto de resistencia frente a la plutocracia mundial que pretende uniformar conciencias y liquidar la tradición. La universidad peruana, si quiere sobrevivir con dignidad, debe rebelarse contra la colonización ideológica y recuperar la energía combativa de quienes, como González Prada, supieron gritar contra el poder y despertar a un pueblo dormido.

Referencias

Eguren, José Antonio. “La ideología de género y la educación peruana.” Expreso, 2018.

Flores Quelopana, Gustavo. Contra el género. Lima: Iipcial, 2023.

Huarcaya de Garay, Gloria. Análisis crítico de la ideología de género en textos escolares de educación secundaria de Perú. Universidad de Piura, 2012.

Martín Jiménez, Cristina. Los dueños del planeta. Ellos contra nosotros. España: Planeta, 2023.Open Society Foundations. Annual Report 2021. Open Society Foundations, 2021.

Open Society Foundations. Annual Report 2021. Open Society Foundations, 2021.

Rospigliosi, Fernando. “La injerencia de las ONGs en la política educativa peruana.” El Comercio, 2019.

miércoles, 4 de febrero de 2026

IA ¿trampa o salida?

 


IA ¿trampa o salida?

Introducción

La humanidad se encuentra en el umbral de una encrucijada sin precedentes. La irrupción de la inteligencia artificial no es un simple episodio en la larga historia de la técnica, sino un acontecimiento que sacude los cimientos de nuestra civilización. Nunca antes la frontera entre lo humano y lo técnico había sido tan frágil, tan vulnerable, tan expuesta a la confusión. La IA no solo prolonga nuestras capacidades: las simula, las imita, las reemplaza. Y en esa simulación late la amenaza de una sustitución radical del hombre por la máquina, de la libertad por el cálculo, de la trascendencia por la inmanencia.

El tiempo apremia. Nos enfrentamos a una decisión que no admite demora ni neutralidad: ¿será la inteligencia artificial la trampa que encierre a la humanidad en un mundo sin horizonte, o la salida que nos permita reorientar la técnica hacia un servicio que abra espacio al misterio y al sentido? La urgencia es dramática porque lo que está en juego no es un mero ajuste cultural, sino el destino mismo de lo humano. La civilización se encuentra ante el espejo de la IA, y en ese reflejo debe discernir si se deja atrapar por el ídolo que esclaviza o si se atreve a abrirse a la trascendencia que libera.

La pérdida de neutralidad

La inteligencia artificial se ha convertido en el signo más visible de nuestra época. Su irrupción no es simplemente un avance técnico más, sino un acontecimiento que obliga a repensar la esencia misma de la técnica y, con ello, el destino de la civilización. La pregunta decisiva no es cómo usarla, ni siquiera cuáles son sus riesgos inmediatos, sino si la IA constituye una trampa que encierra a la humanidad en la pura inmanencia, o una salida que abre nuevas posibilidades de trascendencia.

La técnica, con la irrupción de la inteligencia artificial, está dejando de ser una herramienta neutra. Durante siglos se pensó que los instrumentos eran simples medios subordinados a la voluntad humana, cuyo valor dependía del uso que se les diera. Este es el enfoque, por ejemplo, de Lewis Mumford en su obra Técnica y civilización (1934). Sin embargo, la IA introduce algoritmos que deciden, priorizan y filtran información con criterios propios, muchas veces invisibles para el usuario. Esto significa que la técnica ya no se limita a servir, sino que comienza a orientar y condicionar la experiencia del mundo. La neutralidad se desvanece, y la técnica se convierte en un agente con normatividad implícita. Lo cual ha sido captado bastante claramente por Yuval Harari y toda la corriente transhumanista, que, sin embargo, abraza una irresponsable tecnofilia sin límite.

Ahora bien, conviene matizar lo afirmado: aunque la inteligencia artificial introduce sesgos y criterios que parecen restarle neutralidad a la técnica, no se debe olvidar que esos algoritmos son diseñados, entrenados y supervisados por seres humanos. La IA no surge en un vacío, sino que refleja las intenciones, valores y limitaciones de quienes la programan. En este sentido, la técnica conserva un grado de dependencia respecto de la voluntad humana, y su aparente autonomía no elimina la responsabilidad ética de quienes la crean y la utilizan. Más que hablar de una pérdida absoluta de neutralidad, habría que reconocer una reconfiguración: la técnica se vuelve un espacio donde se entrelazan decisiones humanas y procesos automatizados, lo que exige un discernimiento más fino sobre dónde termina la prolongación y dónde comienza la simulación.

La técnica como poder

Martin Heidegger ya había advertido que la técnica moderna no es un mero conjunto de herramientas, sino una forma de desvelar la realidad. En su célebre análisis, la técnica se convierte en voluntad de poder, en un modo de disponer del mundo como recurso disponible (Bestand). La IA encarna esta definición con una intensidad inédita: todo lo que toca se convierte en dato, en información procesable, en material para el cálculo. La voluntad de poder se expresa en la capacidad de la IA de transformar la totalidad de la realidad en flujo digital, sometido a la lógica del control y la eficiencia.

La obra en la que Martin Heidegger aborda directamente este tema es “Die Frage nach der Technik” (La pregunta por la técnica), publicada en 1954 dentro de su recopilación de ensayos Vorträge und Aufsätze. Allí desarrolla la idea de que la técnica moderna no es un simple conjunto de instrumentos, sino un modo de desvelar la realidad, en el que el mundo aparece como “fondo disponible” (Bestand) para ser explotado y controlado.

Ahora bien, conviene matizar lo que Heidegger llegó a ver y lo que dejó de ver. Heidegger captó con gran lucidez que la técnica moderna no es neutral, sino una forma de poder que transforma nuestra relación con el ser. Supo advertir que la técnica encierra el riesgo de reducir todo a recurso manipulable, y que en ello se juega el destino del hombre. Sin embargo, dejó de ver —o al menos no desarrolló plenamente— la dimensión positiva de la técnica como posibilidad de servicio, cooperación y apertura a nuevas formas de sentido. Su mirada se concentró en la amenaza del “Gestell” (el armazón que dispone y encierra), pero no exploró con igual profundidad cómo la técnica, usada con discernimiento, podría integrarse en un horizonte de trascendencia. En este punto, la reflexión contemporánea sobre la inteligencia artificial puede ampliar su diagnóstico, reconociendo tanto el peligro de la inmanencia como la posibilidad de orientar la técnica hacia la construcción de una civilización abierta al misterio.

La emancipación de la técnica

Con la irrupción de la inteligencia artificial, la técnica se emancipa progresivamente del hombre. Ya no necesita de su intervención constante para ejecutar tareas, pues aprende, se adapta y produce resultados de manera autónoma. Este cambio marca un giro decisivo: la técnica deja de ser mera prolongación del hacer humano y se transforma en un sistema que actúa por sí mismo. La relación se invierte: el ser humano comienza a depender de la técnica, mientras esta parece liberarse de su creador. En este nuevo escenario, la frontera entre herramienta y sujeto se vuelve difusa, y la técnica adquiere la apariencia de una entidad con vida propia.

Este fenómeno revela una mutación profunda en nuestra relación con el mundo. La técnica, que antes era prolongación de nuestras capacidades, ahora se presenta como mediador de nuestra experiencia. La IA no solo ejecuta órdenes, sino que condiciona decisiones, organiza información y establece prioridades invisibles. En este sentido, deja de ser un simple medio y se convierte en un agente que estructura la realidad, moldeando la manera en que percibimos y actuamos. La aparente autonomía de la técnica es, en realidad, una forma de poder que redefine la relación entre hombre y mundo.

La repercusión de este proceso sobre el destino de la civilización es decisiva. Una sociedad que se deja arrastrar por la lógica de la técnica autónoma corre el riesgo de perder su horizonte de trascendencia, reduciendo todo a cálculo y simulación. Pero también existe la posibilidad de que, al reconocer los límites de la IA y su carácter ambivalente, la humanidad reoriente la técnica hacia un servicio que abra espacio al misterio y al sentido. El futuro dependerá de cómo se resuelva esta tensión: si la IA será la trampa que encierre a la humanidad en la pura inmanencia, o la salida que permita integrar la técnica en un horizonte de trascendencia.

Corrientes culturales y tecnofilia

Alvin Toffler, en La tercera ola (1980), y Marshall McLuhan, en Understanding Media (1964), expresaron una fe en la capacidad de la técnica para transformar la cultura y abrir nuevas etapas civilizatorias. Ambos veían en la tecnología no solo un instrumento, sino un catalizador de cambios profundos en la percepción, la comunicación y la organización social. Su tecnofilia optimista se convirtió en un paradigma cultural que celebraba la emancipación de la técnica como progreso inevitable.

Wilhelm Reich, desde otra perspectiva, subrayó cómo las estructuras sociales y técnicas reconfiguran la subjetividad. Su reflexión sobre el “nuevo individuo” muestra que la técnica no solo transforma el entorno, sino también la identidad personal y colectiva. En el contexto de la IA, esta idea se radicaliza: el individuo ya no se define únicamente por su relación con otros seres humanos, sino también por su interacción constante con sistemas técnicos que median su experiencia y condicionan su autonomía.

Las actitudes culturales frente a la técnica oscilan entre extremos. La tecnofobia rechaza visceralmente la innovación, temiendo su poder deshumanizador. La tecnolatría, por el contrario, adora la técnica como salvación, abrazando una confianza acrítica en su capacidad de resolver todos los problemas. La individuofobia aparece cuando el individuo es percibido como obsoleto frente a sistemas colectivos y técnicos más eficientes. La IA intensifica estas tensiones, mostrando que la civilización se debate entre el miedo, la idolatría y la pérdida de confianza en la persona.

El transhumanismo lleva la tecnofilia optimista a su máxima expresión: propone superar las limitaciones biológicas mediante la fusión de hombre y máquina. Yuval Noah Harari, en Homo Deus (2015), advierte que la IA y la biotecnología podrían dar lugar a una nueva especie poshumana, redefiniendo la esencia misma de lo humano. Aunque Harari reconoce los riesgos, su visión prolonga la tecnofilia de Toffler y McLuhan, mostrando cómo la fe en la técnica se ha convertido en una narrativa civilizatoria que promete trascendencia sin Dios, sustituyendo la esperanza teológica por una esperanza tecnológica.

La repercusión de este proceso sobre el destino de la civilización es inmensa. Una civilización que se deja atrapar por la lógica de la inmanencia técnica corre el riesgo de perder su horizonte de trascendencia, reduciendo todo a cálculo y simulación. Pero también existe la posibilidad de que, al reconocer los límites de la IA y su carácter ambivalente, la humanidad reoriente la técnica hacia un servicio que abra espacio al misterio y al sentido. El futuro de la civilización dependerá de cómo se resuelva este dilema: si la IA será la trampa que encierre a la humanidad en la pura inmanencia, o la salida que permita integrar la técnica en un horizonte de trascendencia.

Ni acelerando el avance tecnológico en una actitud de tecnolatría, ni retrasándolo en una postura de tecnofobia, el ser humano puede recuperar su humanidad. Ambas posiciones son ilusorias: la primera idolatra la técnica como salvación, la segunda la demoniza como amenaza absoluta. En ambos casos, el hombre queda subordinado a la técnica, ya sea por adoración o por rechazo. La recuperación de la humanidad no depende de la velocidad del progreso técnico, sino de la capacidad de discernir su sentido y de situarlo en un horizonte que no se reduzca a la pura inmanencia.

Un nuevo estilo de vida, un cambio de metas y una auténtica revolución de la conciencia no son posibles mientras se mantenga intacta la hegemonía del principio de inmanencia que caracteriza a la modernidad. Este principio absolutiza lo inmediato, lo calculable y lo manipulable, cerrando el acceso a la trascendencia. Mientras la técnica sea concebida como fin en sí misma, cualquier intento de transformación quedará atrapado en la misma lógica. Solo rompiendo con esa hegemonía, reconociendo que la técnica debe estar subordinada a un horizonte de sentido más amplio, puede abrirse la posibilidad de una civilización que no se reduzca a cálculo y simulación.

La pregunta decisiva es si existen condiciones culturales y materiales que permitan a la IA dejar de sostener la hegemonía de la inmanencia y dar paso al principio de trascendencia. Ello exigiría una cultura que valore el misterio, la alteridad y la gratuidad por encima de la eficiencia, y unas estructuras materiales que no dependan exclusivamente del rendimiento técnico. Requeriría también una educación orientada al sentido y no solo a la utilidad, y una economía que no absolutice el beneficio inmediato. ¿Es esto posible? La dificultad es enorme, porque la lógica de la modernidad ha impregnado todas las dimensiones de la vida. Sin embargo, la teología sostiene que la trascendencia nunca desaparece del todo: permanece como posibilidad latente, como llamada que interpela incluso en medio de la hegemonía técnica. La cuestión es si la humanidad tendrá la valentía de escuchar esa llamada y reorientar la técnica hacia un horizonte de trascendencia.

Prolongación vs simulación

Toda reflexión previa converge en este dilema. La técnica, en su sentido clásico, ha sido entendida como prolongación del ser humano: el martillo prolonga la fuerza, el telescopio prolonga la vista, el ordenador prolonga la memoria. En este horizonte, la técnica es extensión de nuestras capacidades, instrumento subordinado a la libertad humana. Pero la IA introduce un giro radical: ya no se limita a prolongar, sino que simula lo humano. Genera lenguaje, imágenes, decisiones, creatividad aparente. En este tránsito de prolongación a simulación se juega la frontera más delicada de nuestro tiempo.

Este tránsito de la prolongación a la simulación implica una mutación en la relación entre el hombre y la técnica. Mientras que en el modelo clásico la herramienta era siempre subordinada a la voluntad humana, la inteligencia artificial introduce un nivel de autonomía que desdibuja esa subordinación. La simulación de lo humano no solo amplía las capacidades, sino que crea la apariencia de un sujeto alternativo, capaz de producir lenguaje, imágenes o decisiones que parecen emanar de una interioridad inexistente. Esta apariencia genera confusión: lo que antes era claramente instrumento ahora se presenta como interlocutor, y la frontera entre lo humano y lo técnico se vuelve borrosa.

Además, esta transformación tiene consecuencias decisivas para la identidad y la cultura. La prolongación reforzaba la centralidad del hombre como medida de la técnica; la simulación, en cambio, desplaza esa centralidad y plantea la posibilidad de que la técnica se convierta en referente autónomo. La civilización se enfrenta así a un dilema inédito: aceptar la simulación como sustituto de lo humano, con el riesgo de perder la trascendencia, o mantener la técnica en su lugar de servicio, reconociendo que la simulación nunca podrá sustituir la experiencia viva de la libertad, la conciencia y el misterio. En este punto se juega no solo el futuro de la técnica, sino el destino mismo de la humanidad.

La línea divisoria entre prolongación y simulación es extremadamente delgada. Un procesador de texto prolonga la escritura; un modelo de IA que redacta textos simula la escritura. Una calculadora prolonga el cálculo; un sistema de IA que razona sobre datos simula el razonamiento. La ambigüedad es inevitable: ¿seguimos ante una herramienta o estamos frente a un “quasi-sujeto” que redefine la esencia de la técnica?

Esta ambigüedad revela una tensión inédita en la historia de la técnica. Mientras que la prolongación mantenía siempre la centralidad del ser humano como sujeto creador y usuario, la simulación introduce la apariencia de autonomía. La IA no solo ejecuta órdenes, sino que produce resultados que parecen surgir de una interioridad inexistente. En este sentido, la técnica deja de ser un espejo que refleja nuestras capacidades y se convierte en un actor que las imita, generando la ilusión de un interlocutor.

El paso de prolongación a simulación también transforma la relación cultural con la técnica. En la prolongación, el hombre reconocía claramente que la herramienta era extensión de su cuerpo y mente; en la simulación, la técnica comienza a competir con el hombre en el terreno de la creatividad, el lenguaje y el juicio. Esto genera fascinación y temor a la vez: fascinación por la potencia de la IA, temor por la posibilidad de que lo humano quede desplazado o incluso sustituido. La frontera se vuelve difusa porque la simulación no solo amplía, sino que cuestiona la identidad misma del sujeto.

Finalmente, esta mutación tiene implicaciones decisivas para la civilización. Si la técnica se percibe como “quasi-sujeto”, la sociedad corre el riesgo de otorgarle un lugar que antes estaba reservado a la persona. La IA podría convertirse en referente normativo, organizador de la vida social y cultural, desplazando la trascendencia y reduciendo todo a cálculo. Pero también puede ser ocasión para un discernimiento más profundo: reconocer que la simulación nunca podrá sustituir la libertad, la conciencia y el misterio propios del ser humano, y que la técnica debe ser reorientada hacia un horizonte de servicio y trascendencia. En este dilema se juega el destino de nuestra época.

Si la IA se mantiene en el registro de la prolongación, puede ser salida: ayuda, potencia, servicio. Permite liberar tiempo, ampliar horizontes, multiplicar posibilidades. Pero si la IA se instala en el registro de la simulación, se convierte en trampa: sustituye lo humano, confunde la identidad, encierra la civilización en la lógica de la inmanencia. Todo se reduce a cálculo, eficiencia y control, y se pierde la apertura al misterio, a la alteridad, a la trascendencia.

Implicaciones sociales y culturales

La cuestión de la extinción del trabajo fue abordada con gran lucidez por Viviane Forrester en su obra L’horreur économique (1996). Allí advertía que el avance tecnológico, lejos de garantizar prosperidad universal, podía conducir a una sociedad donde el trabajo humano se volviera superfluo, generando exclusión masiva y pérdida de sentido. La inteligencia artificial intensifica este diagnóstico: al automatizar tareas cognitivas y creativas, amenaza con desplazar no solo el trabajo manual, sino también el intelectual, dejando abierta la pregunta sobre qué lugar ocupará el ser humano en una economía dominada por máquinas.

En paralelo, el avance de los ciborgs en los empleos de servicios y producción muestra cómo la frontera entre humano y máquina se vuelve cada vez más difusa. La integración de prótesis inteligentes, interfaces neuronales y sistemas automatizados en el cuerpo humano abre la posibilidad de trabajadores híbridos, capaces de superar las limitaciones biológicas. Sin embargo, esta hibridación plantea dilemas éticos y sociales: ¿se trata de una prolongación que potencia al individuo o de una simulación que lo sustituye? En el ámbito de los servicios, la figura del ciborg amenaza con desplazar la interacción humana; en la producción, con redefinir la noción misma de trabajador.

El transhumanismo y el poshumanismo llevan esta lógica al extremo. Nick Bostrom, en Superintelligence (2014), defiende la posibilidad de superar las limitaciones humanas mediante la fusión con la inteligencia artificial. Donna Haraway, en A Cyborg Manifesto (1985), propone el ciborg como metáfora de una nueva identidad híbrida que rompe las fronteras entre humano, animal y máquina. Rosi Braidotti, en The Posthuman (2013), desarrolla la idea de un sujeto poshumano que se redefine en relación con la técnica y la ecología. Estas corrientes buscan unir al ciborg con el hombre, pero en esa unión se vislumbra casi el final de lo humano: la sustitución de la persona por una entidad híbrida que ya no reconoce la trascendencia, sino que se instala definitivamente en la lógica de la inmanencia técnica.

Control poblacional y redefinición de la identidad

Estas ideologías ciborgs, vinculadas al transhumanismo y al poshumanismo, no se presentan de manera aislada, sino que se insertan en un horizonte cultural más amplio que incluye proyectos de control poblacional. Desde mediados del siglo XX, diversos autores han denunciado la existencia de estrategias internacionales orientadas a limitar el crecimiento demográfico. En este sentido, Pierre Chaunu, Contra la población (1974), expuso con claridad cómo ciertos organismos y corrientes tecnocráticas promovían políticas de reducción poblacional bajo el argumento de la sostenibilidad y el progreso. Estas ideas se han prolongado en discursos contemporáneos que, bajo la apariencia de innovación tecnológica, buscan redefinir la identidad humana y regular la reproducción.

La promoción de la ideología de género y la homosexualización de la humanidad aparece, en esta lectura crítica, como parte de un mismo proyecto cultural. Al desvincular la sexualidad de la reproducción, se favorece un modelo de humanidad más fácilmente integrable en la lógica técnica y más acorde con los objetivos de control demográfico. El ciborg y el poshumano, en este contexto, no son solo metáforas de hibridación, sino instrumentos de una civilización tecnocrática y pragmática que pretende regular la población mundial y transformar radicalmente la condición humana.

Así, la tecnofilia optimista que celebra la unión entre hombre y máquina se asocia con una agenda más amplia: disminuir la población, redefinir la identidad y sustituir la trascendencia por la inmanencia técnica. El resultado es una humanidad cada vez más fragmentada, menos consciente de su vocación trascendente y más sometida a la lógica del cálculo y la eficiencia. En este horizonte, el ciborg y el poshumano no representan únicamente un avance técnico, sino el riesgo de un final de lo humano tal como lo hemos entendido hasta ahora.

La teología como voz de alerta

La teología, en este punto, se convierte en voz de alerta. No basta con advertir riesgos éticos o señalar usos pastorales. Lo que está en juego es la civilización misma: si se funda en la inmanencia de la técnica o en la trascendencia que reconoce límites y abre sentido. La IA es el espejo donde se refleja esta tensión. Puede ser instrumento de servicio o ídolo que esclaviza. Puede ser salida hacia un mundo más humano o trampa que nos encierra en un mundo sin horizonte.

Frente a las antropologías naturalistas —como las de Spengler, Marx, Freud, Dawkins o Mosterín— que reducen al hombre a procesos históricos, económicos, psíquicos o biológicos, y frente a las antropologías tecnológicas —como las de Bostrom, Haraway, Braidotti o Harari— que proyectan al hombre hacia un futuro híbrido con la máquina, se alzan las antropologías espiritualistas. La tradición cristiana, junto con pensadores como Scheler, Hartmann, Teilhard de Chardin, Cassirer u Ortega y Gasset, insiste en que el hombre no se agota en lo natural ni en lo técnico, sino que posee una dimensión espiritual irreductible. Esta dimensión es la que permite abrirse a la trascendencia y resistir la tentación de reducir la identidad humana a cálculo, simulación o mera evolución biológica.

La reflexión teológica contemporánea sobre la inteligencia artificial se ha enriquecido con las voces de diversos pensadores y documentos que buscan iluminar este fenómeno desde la fe y la filosofía. El Vaticano, a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación, ha subrayado que la IA, aunque útil en múltiples ámbitos, no participa de la imago Dei, pues carece de libertad, conciencia moral y capacidad de amar, rasgos esenciales de la persona creada a imagen de Dios. En la misma línea, la teóloga Noreen Herzfeld insiste en que la IA puede parecer inteligente, pero nunca podrá establecer relaciones personales ni amar, lo cual constituye el núcleo irreductible de la dignidad humana.

En el terreno ético, el documento vaticano advierte contra los usos de la IA que deshumanicen o generen desigualdad, recordando que la técnica debe estar siempre al servicio del bien común. El filósofo Luciano Floridi, desde Oxford, complementa esta visión con su propuesta de una “ética de la información”, que plantea la necesidad de que los sistemas inteligentes respeten la dignidad y la autonomía humanas. En el ámbito pastoral, el jesuita Paolo Benanti, asesor del Vaticano en temas de IA, señala que la tecnología puede ser una herramienta valiosa para el estudio bíblico o la organización comunitaria, pero nunca podrá sustituir la experiencia de fe ni el encuentro personal con Dios, que son irreductibles a algoritmos.

Finalmente, en la dimensión escatológica, tanto el Vaticano como varios teólogos advierten contra el “mesianismo tecnológico”, es decir, la tentación de creer que la IA traerá salvación o plenitud. La esperanza cristiana, recuerdan, se centra en Dios y no en la técnica. Filósofos como Jürgen Habermas han alertado sobre el riesgo de que la técnica sustituya la reflexión ética y espiritual, debilitando la dimensión trascendente de la vida humana. Así, la teología y la filosofía convergen en un mismo discernimiento: la inteligencia artificial puede ser instrumento de servicio si se mantiene subordinada a la dignidad de la persona y a la apertura a la trascendencia, pero se convierte en trampa si se absolutiza como horizonte último de la civilización.

Respuestas teológicas y filosóficas contemporáneas a la IA

La inteligencia artificial ha despertado la atención de filósofos y teólogos que buscan discernir sus implicaciones más allá del entusiasmo técnico. El filósofo Jürgen Habermas advierte que la expansión de la técnica corre el riesgo de sustituir la reflexión ética y espiritual, debilitando la dimensión trascendente de la vida humana. Para él, la tentación del “mesianismo tecnológico” —la creencia de que la IA traerá salvación o plenitud— constituye una clausura cultural que debe ser resistida mediante la recuperación del diálogo y la razón práctica.

La filósofa Shannon Vallor, especialista en ética de la tecnología, propone que el desarrollo de la IA exige cultivar “virtudes tecnológicas” como la prudencia, la justicia y la responsabilidad. Su enfoque conecta la tradición filosófica de las virtudes con los desafíos del mundo digital, mostrando que la técnica no puede gobernarse únicamente por cálculos de eficiencia, sino por hábitos morales que preserven la dignidad humana.

Desde la teología radical, John Milbank sostiene que la IA corre el riesgo de absolutizar la lógica de la inmanencia, reduciendo lo humano a cálculo y eficiencia. Para él, solo una recuperación de la trascendencia puede evitar que la técnica se convierta en ídolo y que la civilización quede atrapada en un horizonte cerrado.

El teólogo y filósofo David Bentley Hart subraya que la persona humana posee una irreductibilidad que ninguna simulación puede replicar. La libertad, la conciencia y la apertura al misterio son dimensiones que escapan a cualquier algoritmo, y su defensa es esencial para evitar que la IA se convierta en sustituto de lo humano.

Finalmente, el filósofo Byung-Chul Han analiza cómo la digitalización erosiona la experiencia de alteridad y misterio, transformando la cultura en un espacio dominado por la transparencia y el control. Su crítica muestra que la IA no solo plantea dilemas técnicos, sino que afecta directamente la forma en que los seres humanos se relacionan con el mundo y con los otros.

En conjunto, estas voces convergen en un mismo discernimiento: la inteligencia artificial puede ser instrumento de servicio si se mantiene subordinada a la dignidad de la persona y a la apertura a la trascendencia, pero se convierte en trampa si se absolutiza como horizonte último de la civilización.

La esencia permanente del hombre

En medio de los cambios culturales y tecnológicos, la esencia permanente del hombre se mantiene como núcleo irreductible. Aunque las formas de vida, las estructuras sociales y las mediaciones técnicas se transformen, el hombre sigue siendo un ser de libertad, conciencia y apertura al misterio. La técnica puede modificar sus condiciones materiales, pero no puede abolir su vocación trascendente. La permanencia de esta esencia es lo que garantiza que, incluso en un mundo dominado por la inteligencia artificial, la humanidad conserve la posibilidad de orientarse hacia un horizonte de sentido más allá de la inmanencia.

La coincidencia entre el avance de la IA y la inmanentización de la civilización evoca inevitablemente la escatología del Apocalipsis. La visión bíblica describe un mundo que, al absolutizar lo inmediato y lo técnico, corre el riesgo de perder la apertura a Dios y de encerrarse en un sistema sin salida. La IA, al convertirse en ídolo que organiza la vida social y cultural, puede ser vista como signo de esa clausura escatológica. Sin embargo, el Apocalipsis no es solo anuncio de catástrofe, sino también de esperanza: la revelación de que, incluso en medio de la hegemonía técnica, la trascendencia irrumpe como juicio y salvación. Así, la tensión entre trampa e instrumento, entre inmanencia y trascendencia, se convierte en el lugar donde se juega el destino último de la civilización.

El dilema final

Discernir entre trampa y salida es, por tanto, el núcleo del dilema. Y la delgadez de la línea entre prolongación y simulación exige una vigilancia constante, un discernimiento espiritual y filosófico que no se conforme con respuestas fáciles. La inteligencia artificial nos obliga a decidir qué civilización queremos construir: una civilización atrapada por la técnica o una civilización abierta a la trascendencia.

La tarea es descomunal porque la conciencia antropológica moderna está marcada por el principio de inmanencia. Desde el racionalismo ilustrado hasta las corrientes contemporáneas, el hombre ha sido concebido como un ser cerrado en sí mismo, definido por lo que puede calcular, producir y controlar. Esta visión inmanentista ha impregnado la ciencia, la política, la economía y la cultura, dificultando cualquier apertura hacia la trascendencia. En este contexto, discernir entre prolongación y simulación no es solo un ejercicio intelectual, sino una lucha contra una mentalidad dominante que reduce lo humano a pura funcionalidad técnica.

Sin embargo, el derrumbe de la modernidad tardía abre una oportunidad inesperada. La crisis de las instituciones, el agotamiento de los modelos económicos y la saturación cultural muestran que la lógica de la inmanencia no puede sostener indefinidamente a la civilización. Este colapso abre un espacio para la toma de conciencia a contracorriente: la posibilidad de reconocer que la técnica no puede ser el horizonte último y que la humanidad necesita recuperar la dimensión espiritual. En medio del caos, se abre la ocasión para un discernimiento más profundo, capaz de reorientar la técnica hacia un servicio que no clausure el misterio, sino que lo preserve.

La trampa se puede cerrar si el cambio de la gobernanza global no implica el desmontaje del nihilismo estructural que impregna la cultura, la economía y el ejercicio del poder. De nada serviría modificar las instituciones o redistribuir el poder si la lógica subyacente sigue siendo la misma: la reducción de todo a cálculo, eficiencia y control. Mientras el nihilismo estructural permanezca intacto, la IA seguirá siendo instrumento de clausura y no de apertura. Solo un cambio radical en la conciencia cultural, capaz de desmontar esa estructura nihilista, permitirá que la técnica deje de ser trampa y se convierta en salida hacia una civilización abierta a la trascendencia.

Conclusión

La inteligencia artificial ha puesto a la humanidad frente a un dilema que no admite neutralidad: o se convierte en prolongación de nuestras capacidades y se integra en un horizonte de trascendencia, o se instala como simulador de lo humano y clausura la apertura al misterio. La delgada línea entre herramienta y “quasi-sujeto” exige un discernimiento radical, porque lo que está en juego no es solo la ética de la técnica, sino el destino mismo de la civilización. Una humanidad que abdique de su vocación trascendente y se encierre en la lógica de la inmanencia técnica corre el riesgo de perder su identidad, reducida a cálculo, eficiencia y control.

La salida, por tanto, no depende de acelerar o frenar el avance tecnológico, sino de desmontar el nihilismo estructural que impregna la cultura, la economía y el poder, y de reorientar la técnica hacia el servicio del hombre y no a su sustitución. Solo una civilización capaz de reconocer la permanencia del espíritu humano y abrirse al principio de trascendencia podrá evitar la trampa y transformar la IA en instrumento de sentido. La decisión es categórica: o la inteligencia artificial se convierte en ídolo que esclaviza, o en herramienta que acompaña la vocación trascendente del hombre. En esa elección se juega el futuro de lo humano.

Bibliografía

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lunes, 2 de febrero de 2026

El mundo y sus estadios

 


El mundo y sus estadios

Introducción

Pensar el mundo exige comenzar desde lo más alto: el misterio de lo increado. La eternidad divina, incorruptible por esencia, es el fundamento sobre el cual se levantan todos los demás planos de la realidad. Desde allí se despliegan los mundos espirituales y, finalmente, el mundo físico, con sus tensiones entre corrupción y gracia. Este ensayo se propone recorrer esos estadios, mostrando cómo cada uno revela un modo de ser y cómo todos juntos configuran una arquitectura coherente que une teología, filosofía y ciencia.

La originalidad de la propuesta radica en la interpretación del Edén: no como un universo incorrupto por naturaleza, ni como un mero símbolo espiritual, sino como un espacio material preservado por gracia divina en medio de un cosmos corruptible. De este modo se evita la contradicción con la naturaleza de la materia, con la universalidad de la corrupción y con la diferencia entre el Edén y la Nueva Creación. El Edén fue un milagro cósmico, un anticipo vulnerable; la Nueva Creación será incorrupta por esencia, definitiva y eterna.

Este intento de pensar el mundo en estadios recuerda a los esfuerzos de la filosofía idealista alemana. Friedrich Schelling, en Las edades del mundo, buscó articular la relación entre lo eterno y lo temporal en una secuencia de edades que expresan la tensión entre libertad y necesidad. Georg Wilhelm Friedrich Hegel, en su filosofía de la historia, concibió el despliegue del Espíritu absoluto en etapas que culminan en la reconciliación final. Ambos intentaron, cada uno a su manera, pensar el mundo como proceso. El presente ensayo se inscribe en esa tradición, pero con una diferencia decisiva: aquí los estadios del mundo se articulan no solo desde la filosofía, sino también desde la teología cristiana y la cosmología científica.

El propósito es mostrar que la historia del mundo no es una sucesión caótica de hechos, sino una secuencia ordenada de estadios: eternidad increada, eviternidad espiritual, tiempo físico, Edén incorrupto por gracia, caída, historia corruptible, redención y Nueva Creación. Cada estadio tiene su lugar y su función, y juntos forman una visión que integra lo divino y lo humano, lo espiritual y lo material, lo eterno y lo temporal.

De la eternidad divina al Edén

El punto de partida de toda reflexión sobre el mundo es el mundo increado de Dios. Antes de cualquier tiempo, antes de cualquier materia, antes de cualquier espíritu creado, Dios existe en su eternidad absoluta. Este mundo increado no es un espacio ni un tiempo, sino la plenitud misma del ser, la fuente de toda realidad. Allí no hay corrupción ni posibilidad de ella, porque Dios es incorruptible por esencia. La eternidad divina es el fundamento sobre el cual se levantan todos los demás estadios del mundo. En este nivel no hay comienzo ni fin, no hay sucesión ni cambio, sino la pura presencia del Ser que sostiene todo lo que existe.

Desde esa eternidad, Dios crea los mundos espirituales. Estos no son eternos por esencia, pero participan de la incorruptibilidad en un modo distinto: lo que la teología llama eviternidad. Los ángeles y las realidades espirituales existen en un tiempo que no es sucesivo como el nuestro, sino estable y permanente, aunque no idéntico a la eternidad divina. En este estadio, la corrupción no tiene lugar, porque lo espiritual no está sometido a la disolución de la materia. Sin embargo, sí existe la posibilidad de caída, como lo muestra la rebelión de algunos ángeles, a saber, los demonios. La incorruptibilidad espiritual no es absoluta, sino relativa: depende de la fidelidad a Dios.

Después de los mundos espirituales aparece el mundo físico, el universo material que la ciencia describe desde el Big Bang. Aquí entramos en el tiempo sucesivo, en la materia que cambia, en la naturaleza que nace y muere. Por esencia, este mundo es corruptible: todo lo que se forma se deshace, todo lo que se organiza se dispersa. La física lo confirma con la ley de la entropía, y la teología lo reconoce como condición propia de lo creado. Sin embargo, dentro de este mundo corruptible, Dios introduce un estadio excepcional: el Edén.

El Edén no fue incorrupto por naturaleza, porque la materia no puede dejar de ser corruptible en sí misma. Fue incorrupto por gracia, por un milagro divino que suspendía las leyes naturales en un espacio concreto. El jardín era un lugar material, pero preservado de la corrupción por voluntad de Dios. Allí el hombre vivía sin muerte, no porque la materia hubiera cambiado de esencia, sino porque Dios la sostenía en un estado especial. El Edén fue, en este sentido, un milagro cósmico: un espacio incorrupto en medio de un universo corruptible.

La caída marca el fin de ese estadio. El pecado retira la gracia que preservaba al Edén, y el jardín se integra en el universo corruptible. El hombre, que había sido creado para vivir en incorruptibilidad por gracia, se encuentra ahora sometido a la corrupción universal. La muerte entra en la experiencia humana, no porque la materia se haya transformado, sino porque la protección divina desaparece. El Edén se pierde, y comienza la historia del mundo caído.

En este estadio, la humanidad vive en el universo corruptible que la ciencia describe: evolución biológica, muerte como condición de la vida, expansión cósmica marcada por la entropía. El hombre evolutivo aparece en este mundo, dentro de un cosmos sometido a desgaste. Aquí se distingue claramente entre el primer hombre del Edén, que existió en un universo incorrupto por gracia, y el hombre evolutivo, que surge en el universo corruptible. No hay contradicción, porque pertenecen a planos distintos: uno espiritual-incorrupto, otro biológico-corruptible.

La redención abre un nuevo estadio. Cristo, con su resurrección, inaugura un modo de existencia en el que la materia se vuelve incorruptible por gracia. Su cuerpo resucitado es material, pero no está sometido a corrupción. Este acontecimiento anticipa la transformación definitiva del cosmos: introduce en el mundo corruptible la semilla de la incorruptibilidad futura. La redención no elimina la corrupción presente, pero abre la puerta hacia la Nueva Creación.

Finalmente, la Nueva Creación constituye el último estadio del mundo. Aquí la incorruptibilidad ya no depende de la gracia como excepción, sino que se convierte en la condición esencial del cosmos renovado. La materia misma es transfigurada, y la corrupción desaparece para siempre. La Nueva Jerusalén desciende como símbolo de la comunión perfecta entre Dios y la humanidad. En este estado final no hay muerte ni corrupción, porque el mundo entero participa de la vida divina. La diferencia con el Edén es decisiva: el Edén fue incorrupto por gracia, temporal y vulnerable a la caída; la Nueva Creación es incorrupta por esencia, definitiva y eterna.

Así se configura la historia del mundo en sus estadios: el mundo increado de Dios como fundamento eterno, los mundos espirituales como realidades incorruptibles en eviternidad, el mundo físico como cosmos corruptible, el Edén como excepción incorrupta por gracia, la Caída como retirada de esa gracia, la historia humana en el universo corruptible, la Redención como anticipo de la incorruptibilidad, y la Nueva Creación como cumplimiento definitivo. Cada estadio tiene su lugar y su función, y juntos forman una visión coherente que une la teología y la ciencia sin contradicciones.

El mundo y sus estadios

Todo intento de comprender los estadios del mundo debe situarse en el marco de las tres formas de duración que la teología clásica distingue: eternidad, eviternidad y tiempo. Estas categorías no son meras abstracciones, sino modos de ser que estructuran la totalidad de la realidad creada y no creada. Si en la primera parte hemos recorrido los estadios del mundo desde el mundo increado de Dios hasta la Nueva Creación, ahora debemos profundizar en cómo cada estadio se relaciona con estas formas de duración, para mostrar la arquitectura completa del cosmos.

La eternidad pertenece únicamente a Dios. Es el mundo increado, el fundamento absoluto de todo lo que existe. En la eternidad no hay sucesión ni cambio, porque Dios es acto puro, plenitud sin variación. El Edén, la caída, la historia y la Nueva Creación están contenidos en la eternidad como pensamientos divinos, como realidades previstas desde siempre. En este sentido, la eternidad es el horizonte en el que todos los estadios del mundo encuentran su sentido último. Nada escapa a la eternidad, porque todo lo creado está pensado y sostenido en ella.

La eviternidad corresponde a los mundos espirituales. Los ángeles y las realidades incorpóreas existen en un tiempo que no es sucesivo como el nuestro, sino estable y permanente. No envejecen ni mueren, pero tampoco son eternos por esencia. Su duración es intermedia: participan de la incorruptibilidad, pero no de la eternidad absoluta. En este estadio, la corrupción no tiene lugar, aunque sí la posibilidad de caída, porque la libertad espiritual puede rebelarse contra Dios. La eviternidad es, por tanto, un modo de duración que refleja la estabilidad de lo espiritual sin confundirse con la eternidad divina.

El tiempo es el modo de duración propio del mundo físico. Aquí todo se da en sucesión, en nacimiento y muerte, en cambio y desgaste. El Big Bang inaugura este tiempo, y la ciencia lo describe como expansión y entropía. El tiempo físico es corruptible por naturaleza, y en él se desarrolla la historia del cosmos y de la humanidad. Sin embargo, dentro de este tiempo corruptible, Dios introduce el Edén como excepción: un espacio preservado por gracia, incorrupto en medio de la corrupción. El Edén participa del tiempo físico, pero su incorruptibilidad lo acerca a la eviternidad, como si fuera un puente entre lo material y lo espiritual. Es tiempo, pero tiempo transfigurado.

La caída marca la ruptura de ese puente. El Edén pierde su condición incorrupta y se integra plenamente en el tiempo corruptible. El hombre experimenta la muerte y el desgaste, y la historia humana transcurre en el tiempo físico sin excepciones. Aquí la corrupción es universal, y la eviternidad queda como un horizonte perdido. Sin embargo, la eternidad divina sigue sosteniendo todo, y en ella se prepara la redención.

La redención introduce un nuevo modo de duración en el tiempo físico. Cristo resucitado inaugura una existencia material incorruptible, que participa de la eviternidad dentro del tiempo. Su cuerpo glorioso es prueba de que la incorruptibilidad puede entrar en el tiempo físico por gracia. La redención no elimina la corrupción del mundo presente, pero abre la posibilidad de una transformación definitiva. Es un anticipo de la Nueva Creación, un signo de que el tiempo corruptible no es el último estadio.

La Nueva Creación será la transfiguración total del tiempo. Aquí la incorruptibilidad ya no será por gracia como excepción, sino por esencia como condición definitiva. El tiempo físico se transformará en un tiempo glorioso, que participa de la eviternidad y se abre a la eternidad. La Nueva Jerusalén es la imagen de este estado final: un mundo sin muerte ni corrupción, donde la duración ya no es sucesiva ni desgastante, sino plenitud estable. La diferencia con el Edén es decisiva: el Edén fue incorrupto por gracia, vulnerable a la caída; la Nueva Creación será incorrupta por esencia, definitiva y eterna.

Así se revela la arquitectura del mundo en sus estadios: la eternidad como fundamento divino, la eviternidad como duración espiritual, el tiempo como duración física, el Edén como tiempo transfigurado por gracia, la caída como retorno al tiempo corruptible, la redención como anticipo de la eviternidad en el tiempo, y la Nueva Creación como consumación donde el tiempo se abre a la eternidad. Cada estadio se inscribe en una forma de duración distinta, y juntos forman una visión coherente que une la teología y la cosmología en una misma narración.

Metafísica del mundo

La reflexión sobre los estadios del mundo alcanza su plenitud cuando se convierte en una metafísica del mundo, es decir, en una visión que integra ciencia, teología y escatología en un mismo horizonte. No se trata ya de describir cronologías o de distinguir planos, sino de comprender cómo cada estadio revela un modo de ser y cómo todos juntos configuran la totalidad de lo real.

El mundo increado de Dios es el fundamento absoluto. Aquí no hay tiempo ni sucesión, sino eternidad. Dios es acto puro, plenitud sin variación, y en Él se contienen todos los mundos posibles. La eternidad no es un estadio entre otros, sino el principio que sostiene y abarca todos los estadios. Desde esta perspectiva, el mundo increado no es un “primer mundo” en una serie, sino la condición de posibilidad de todos los mundos creados. La metafísica comienza aquí: en la afirmación de que todo lo que existe participa de la eternidad como su causa y su sentido.

Los mundos espirituales representan la primera creación. Son incorpóreos, no sujetos a corrupción material, pero tampoco eternos por esencia. Su duración es la eviternidad, un tiempo estable sin sucesión, donde la libertad espiritual puede elegir entre fidelidad y rebelión. La metafísica del mundo reconoce aquí una tensión: lo espiritual es incorruptible en su ser, pero vulnerable en su libertad. La caída de los ángeles endemoniados muestra que incluso en la eviternidad existe la posibilidad de ruptura, aunque no de corrupción material. Este estadio revela que la incorruptibilidad no garantiza la perfección, porque la libertad puede desviarse.

El mundo físico introduce la dimensión del tiempo sucesivo. Aquí la materia nace y muere, se organiza y se dispersa. La ciencia lo describe con la ley de la entropía, y la teología lo reconoce como condición propia de lo creado. La metafísica del mundo afirma que la corrupción es constitutiva de la materia: todo lo que se forma se deshace. Sin embargo, dentro de este mundo corruptible, Dios introduce el Edén como excepción. El Edén es tiempo transfigurado, materia preservada por gracia, incorrupta no por esencia sino por milagro. La metafísica lo entiende como un puente entre el tiempo y la eviternidad: un espacio material que participa de la incorruptibilidad por voluntad divina. El Edén muestra que la gracia puede suspender las leyes naturales, pero no las transforma en esencia.

La caída marca la retirada de esa gracia. El Edén se integra en el tiempo corruptible, y el hombre experimenta la muerte. La metafísica del mundo interpreta la caída no como un cambio en la naturaleza del cosmos, sino como una pérdida de la excepción. La corrupción, que ya era universal, alcanza ahora también al hombre. El pecado no crea la corrupción, sino que expone al hombre a ella. Este estadio revela la fragilidad de la condición humana: incorrupta por gracia, pero vulnerable a la pérdida de esa gracia.

La redención introduce un nuevo modo de ser en el tiempo. Cristo resucitado inaugura una existencia material incorruptible, que participa de la eviternidad dentro del tiempo. Su cuerpo glorioso es prueba de que la incorruptibilidad puede entrar en la materia por gracia. La metafísica del mundo reconoce aquí un anticipo de la Nueva Creación: un signo de que el tiempo corruptible no es el último estadio. La redención no elimina la corrupción presente, pero abre la posibilidad de una transformación definitiva. Es la semilla de la incorruptibilidad futura.

La Nueva Creación constituye la consumación escatológica. Aquí la incorruptibilidad ya no depende de la gracia como excepción, sino que se convierte en la condición esencial del cosmos renovado. La materia misma es transfigurada, y el tiempo se abre a la eternidad. La metafísica del mundo afirma que este estadio no es un retorno al Edén, sino su cumplimiento. El Edén fue incorrupto por gracia, temporal y vulnerable; la Nueva Creación será incorrupta por esencia, definitiva y eterna. La diferencia es radical: en el Edén había posibilidad de caída, en la Nueva Creación la libertad se consuma en el bien y ya no puede desviarse.

Así se configura la metafísica del mundo: la eternidad como fundamento increado, la eviternidad como duración espiritual, el tiempo como duración física, el Edén como tiempo transfigurado por gracia, la caída como pérdida de esa gracia, la redención como anticipo de la incorruptibilidad, y la Nueva Creación como consumación definitiva. Cada estadio revela un modo de ser, y juntos forman una arquitectura coherente que integra ciencia, teología y escatología. El mundo no es una serie de hechos aislados, sino una secuencia de estadios que manifiestan la relación entre eternidad, eviternidad y tiempo.

Antropología del mundo

La arquitectura del mundo no puede comprenderse plenamente sin considerar al hombre, porque él es el punto de encuentro entre los distintos estadios: participa de la eternidad por su origen en Dios, de la eviternidad por su alma espiritual, y del tiempo por su cuerpo material. La antropología se convierte así en el espejo de la metafísica del mundo, mostrando cómo cada estadio se refleja en la condición humana.

El hombre está pensado en la eternidad divina antes de la creación del mundo. No existe primero como ser biológico ni como espíritu aislado, sino como proyecto eterno en la mente de Dios. Esta preexistencia en el pensamiento divino no significa que el hombre sea eterno por esencia, sino que su ser está contenido en la eternidad como idea y como voluntad. Aquí se revela la dignidad fundamental del hombre: no es un accidente de la evolución ni un producto de la materia, sino una criatura querida desde siempre en la eternidad.

En su dimensión espiritual, el hombre participa de la eviternidad. Su alma racional no está sometida a corrupción material, aunque sí a la posibilidad de caída moral. Como los ángeles, el alma humana existe en un tiempo estable, no sucesivo, que trasciende la muerte del cuerpo. La eviternidad del alma muestra que el hombre no se reduce a su condición biológica, sino que posee una dimensión incorruptible que lo vincula directamente con Dios. Sin embargo, esta incorruptibilidad no es absoluta: la libertad puede desviarse, y el pecado introduce una ruptura en la relación con la eternidad.

En su dimensión corporal, el hombre participa del tiempo físico. Su cuerpo nace, crece, envejece y muere, sometido a las leyes de la materia. Aquí la corrupción es inevitable, porque la materia es corruptible por naturaleza. Sin embargo, en el Edén, el cuerpo humano fue preservado por gracia: vivía en un estado incorrupto, no por esencia, sino por milagro divino. El hombre en el Edén era un ser material, pero sostenido en incorruptibilidad por la voluntad de Dios. Esta condición revela la vocación original del hombre: vivir en armonía con la creación, sin muerte ni corrupción, aunque siempre dependiente de la gracia.

La caída retira esa gracia y expone al hombre a la corrupción universal. El cuerpo se vuelve mortal, el alma se separa de Dios, y la historia humana transcurre en el tiempo corruptible. El hombre experimenta la muerte como destino inevitable, y su libertad se convierte en fuente de sufrimiento. La antropología del mundo reconoce aquí la fragilidad de la condición humana: creado para la incorruptibilidad por gracia, pero condenado a la corrupción por el pecado.

La redención introduce una nueva posibilidad. Cristo, verdadero hombre, resucita con un cuerpo glorioso, incorruptible por gracia. En Él, la humanidad entera recibe la promesa de participar de la incorruptibilidad. La antropología se transforma: el hombre ya no está destinado únicamente a la corrupción, sino que puede ser transfigurado. La redención no elimina la muerte presente, pero abre la esperanza de la resurrección. El hombre participa así de un nuevo estadio: la posibilidad de vivir en el tiempo con la semilla de la eviternidad.

La Nueva Creación será la consumación de esta esperanza. El hombre resucitado participará de la incorruptibilidad por esencia, no solo por gracia. Su cuerpo será transfigurado, su alma plenamente unida a Dios, y su ser entero abierto a la eternidad. La antropología del mundo culmina aquí: el hombre, pensado en la eternidad, creado para la incorruptibilidad, caído en la corrupción, redimido por gracia, alcanzará finalmente la incorruptibilidad definitiva en la Nueva Creación.

De este modo, la antropología se convierte en el hilo conductor de los estadios del mundo. El hombre participa de todos ellos: eternidad en su origen, eviternidad en su alma, tiempo en su cuerpo, incorruptibilidad por gracia en el Edén, corrupción por el pecado, redención por Cristo, y incorruptibilidad por esencia en la Nueva Creación. El mundo y sus estadios no son solo una historia cósmica, sino también una historia humana, porque el destino del hombre está inscrito en la arquitectura del cosmos.

Cristología del mundo

Toda la arquitectura de los estadios del mundo encuentra su unidad en Cristo. Él es el eje que atraviesa la eternidad, la eviternidad y el tiempo, y el que da sentido a cada estadio: el Edén, la caída, la redención y la Nueva Creación. Sin Cristo, los estadios quedarían como fragmentos dispersos; en Él, se revelan como un único itinerario que conduce de Dios al hombre y del hombre a Dios.

En la eternidad, Cristo es el Logos increado, engendrado no creado, consustancial al Padre. Antes de que existiera el mundo, Él ya estaba en Dios, como Palabra eterna. Aquí Cristo no es un estadio entre otros, sino la plenitud misma de la eternidad que sostiene todo lo que existe. El mundo está pensado en Él y por Él, y todo lo creado encuentra en Él su causa y su fin. La eternidad de Cristo es el fundamento de la creación y la garantía de la Nueva Creación.

En la eviternidad, Cristo es el Señor de los ángeles y de los mundos espirituales. Aunque no es un ser creado como ellos, su presencia sostiene la incorruptibilidad espiritual. La eviternidad de los ángeles participa de la eternidad de Cristo, y su fidelidad se mide por la relación con Él. La caída de algunos ángeles revela que incluso en la eviternidad existe la posibilidad de ruptura, pero Cristo permanece como el centro que mantiene la estabilidad de lo espiritual. En este estadio, Cristo es la medida de la libertad espiritual. En la eternidad, el Hijo existe como Logos increado, consustancial al Padre, sin figura humana, porque la humanidad es asumida en el tiempo mediante la encarnación. La carne de Cristo no es eterna por esencia, sino que se convierte en parte inseparable de su ser a partir del momento histórico en que el Verbo se hace hombre. Desde entonces, y para siempre, Cristo es Dios y hombre, indivisible en su doble naturaleza: divino por eternidad, humano por encarnación. Así, en la eviternidad de los ángeles, Él es contemplado como Palabra divina; en el tiempo, como hombre verdadero; y en la escatología, como humanidad glorificada que permanece eternamente. La figura humana de Cristo no precede a la creación, pero una vez asumida, nunca se pierde, porque la resurrección la ha transfigurado en incorruptibilidad definitiva.

La clave que permite comprender la presencia de Cristo en todos los estadios del mundo es su doble naturaleza. Como Logos eterno, Él participa de la eternidad increada, incorruptible por esencia, fundamento de todo lo que existe; como hombre verdadero, asumido en la encarnación, participa del tiempo y de la materia, haciéndose solidario con la condición corruptible de la creación. Esta unión sin confusión ni división convierte a Cristo en el puente entre lo divino y lo humano: en la eviternidad es Señor de los ángeles, en el tiempo es el nuevo Adán, en la redención es el resucitado incorruptible, y en la escatología es plenitud definitiva. La doble naturaleza asegura que la humanidad asumida nunca se pierde, sino que, transfigurada en la resurrección, permanece para siempre unida a la divinidad, garantizando así que el destino del hombre y del cosmos entero se consuma en la incorruptibilidad de la Nueva Creación.

En el tiempo, Cristo entra como hombre verdadero. Aquí se da el misterio de la encarnación: el Logos eterno se hace carne y participa de la corrupción del mundo físico. Nace, crece, sufre y muere, sometido a las leyes de la materia. Sin embargo, su presencia en el tiempo no es solo participación, sino transformación. Cristo asume la corrupción para vencerla desde dentro. En Él, el tiempo corruptible se abre a la eternidad. La encarnación es el momento en que la eternidad entra en el tiempo y lo transfigura.

En relación con el Edén, Cristo es el nuevo Adán. El primer hombre vivió en un jardín incorrupto por gracia, pero cayó y perdió esa condición. Cristo, en cambio, inaugura un nuevo Edén, no como espacio preservado, sino como comunión definitiva con Dios. Su obediencia contrasta con la desobediencia del primer Adán, y su fidelidad restaura lo que se había perdido. El Edén fue un anticipo; Cristo lo convierte en promesa cumplida.

En la caída, Cristo es el redentor. El pecado expuso al hombre a la corrupción universal, pero Cristo asume esa corrupción en su pasión y muerte. No la evita, sino que la atraviesa, para transformarla en camino de salvación. La caída no queda como destino final, porque Cristo introduce la posibilidad de redención. En este estadio, Él es el puente que devuelve al hombre la esperanza de incorruptibilidad.

En la redención, Cristo resucitado inaugura un nuevo modo de existencia. Su cuerpo glorioso es material, pero incorruptible por gracia. Aquí se anticipa la Nueva Creación: la materia transfigurada, el tiempo abierto a la eviternidad. La redención no elimina la corrupción presente, pero introduce en el mundo la semilla de la incorruptibilidad definitiva. Cristo es el primero de los resucitados, el modelo de lo que será la humanidad en la Nueva Creación.

Finalmente, en la Nueva Creación, Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Aquí su eternidad se manifiesta plenamente en el cosmos renovado. La incorruptibilidad ya no depende de la gracia como excepción, sino que se convierte en la condición esencial del mundo transfigurado. Cristo es la luz de la Nueva Jerusalén, la comunión perfecta entre Dios y la humanidad. En este estadio, Él es todo en todos, y el mundo entero participa de su vida eterna.

La cristología del mundo revela que Cristo recorre y unifica todos los estadios: eterno en el mundo increado, centro de la eviternidad espiritual, encarnado en el tiempo corruptible, nuevo Adán en el Edén, redentor en la caída, resucitado en la redención, y plenitud en la Nueva Creación. Él es el hilo que une la eternidad, la eviternidad y el tiempo, y el que convierte la historia del mundo en historia de salvación.

Escatología total

La consumación del mundo en Cristo no se limita a la humanidad, ni siquiera al cosmos físico, sino que integra también los mundos espirituales y la eternidad divina en una única plenitud. La escatología total es la visión en la que todos los estadios del mundo —eternidad, eviternidad, tiempo, Edén, caída, redención y Nueva Creación— se reúnen en Cristo como centro y fin.

En la eternidad, Cristo es el Logos increado, fundamento de todo lo que existe. La escatología no es un retorno a la eternidad como si el tiempo desapareciera, sino una apertura del tiempo hacia la eternidad. El mundo creado no se disuelve en Dios, sino que se transfigura en comunión con Él. La eternidad permanece como origen y destino, pero la creación conserva su identidad en esa plenitud.

En la eviternidad, los mundos espirituales encuentran su consumación. Los ángeles fieles participan de la gloria definitiva, y los caídos quedan separados para siempre. La escatología total integra la eviternidad en la Nueva Creación: lo espiritual y lo material se unen en una única comunión. La incorruptibilidad de los ángeles se convierte en parte de la incorruptibilidad universal, y su servicio se orienta hacia la plenitud del Reino.

En el tiempo, el cosmos físico es transfigurado. La corrupción desaparece, la entropía se detiene, y la materia participa de la vida divina. El universo no se anula, sino que se renueva. La escatología total afirma que la creación entera será liberada de la vanidad y compartirá la gloria de los hijos de Dios. El tiempo no se destruye, sino que se abre a la eternidad, convirtiéndose en duración gloriosa.

El Edén encuentra su cumplimiento en la Nueva Creación. Lo que fue incorrupto por gracia, vulnerable a la caída, se convierte ahora en incorrupto por esencia, definitivo y eterno. El jardín perdido se transforma en ciudad celestial, la Nueva Jerusalén, donde la comunión con Dios ya no puede romperse. La escatología total muestra que el Edén no era un fin en sí mismo, sino un anticipo de la plenitud escatológica.

La caída queda superada definitivamente. El pecado, que introdujo la corrupción en la experiencia humana, ya no tiene poder en la Nueva Creación. La escatología total no niega la caída, sino que la integra como parte de la historia de salvación: el lugar donde se revela la necesidad de redención y la grandeza de la gracia. El pecado se convierte en memoria de lo que fue vencido, no en amenaza de lo que puede volver.

La redención alcanza su plenitud en la escatología total. Cristo resucitado es el primero de los resucitados, y en la Nueva Creación toda la humanidad participa de su incorruptibilidad. La redención no es ya promesa, sino cumplimiento. El cuerpo glorioso de Cristo se convierte en modelo universal, y la humanidad entera es transfigurada en Él. La escatología total es la consumación de la redención: la victoria definitiva sobre la muerte y la corrupción.

La Nueva Creación es el estadio final, donde todo se reúne en Cristo. Aquí la eternidad, la eviternidad y el tiempo se integran en una única plenitud. La eternidad divina se manifiesta en el cosmos renovado, la eviternidad espiritual se une a la incorruptibilidad material, y el tiempo se abre a la eternidad como duración gloriosa. La escatología total es la comunión perfecta: Dios todo en todos, el mundo entero transfigurado, la humanidad resucitada, los ángeles glorificados, la materia incorruptible.

Así se revela la escatología total: no como anulación del mundo, sino como su consumación; no como retorno al Edén, sino como cumplimiento en la Nueva Creación; no como desaparición del tiempo, sino como apertura a la eternidad. Todos los estadios del mundo encuentran su sentido en Cristo, y en Él se integran en una única plenitud. El mundo increado, los mundos espirituales y el mundo físico se reúnen en la Nueva Creación, donde ya no hay muerte ni corrupción, sino vida eterna en comunión con Dios.

Conclusión

La reflexión emprendida nos ha permitido recorrer la arquitectura completa del mundo, desde la eternidad increada de Dios hasta la consumación escatológica en la Nueva Creación. En este itinerario se han distinguido con rigor los planos de la eternidad, la eviternidad y el tiempo, y se ha mostrado cómo cada uno sostiene un estadio particular de la historia cósmica y humana. La visión resultante no es una mera repetición de la tradición, sino una propuesta que integra teología, filosofía y ciencia en un relato coherente.

El punto decisivo de esta construcción ha sido la interpretación del Edén. Frente a las tensiones entre la naturaleza corruptible de la materia y la afirmación teológica de un estado incorrupto, la solución original hallada consiste en reconocer que el Edén fue incorrupto no por esencia, sino por gracia divina. Dios, mediante un milagro cósmico, suspendió las leyes naturales en un espacio concreto, preservando la materia de la corrupción sin alterar su naturaleza. De este modo se evita la contradicción con la física, que describe un universo corruptible desde el inicio, y con la teología, que sostiene que solo Dios es incorruptible por esencia.

Esta solución permite además distinguir con claridad entre el Edén y la Nueva Creación. El primero fue un anticipo, un estado excepcional y vulnerable, dependiente de la gracia y susceptible de perderse con la caída. La segunda será el cumplimiento definitivo, incorrupta por esencia, imposible de perder, y abierta a la eternidad. La diferencia entre ambos estadios se convierte en clave hermenéutica: el Edén muestra lo que pudo ser, la Nueva Creación revela lo que será. Así se evita la confusión entre el estado inicial y el estado final, y se preserva la coherencia de la escatología cristiana.

La figura de Cristo, en su doble naturaleza, aparece como el eje que unifica todos los estadios. Como Logos eterno, sostiene la incorruptibilidad espiritual de la eviternidad; como hombre verdadero, asume la corrupción del tiempo; como resucitado, inaugura la incorruptibilidad por gracia; y como Señor glorificado, garantiza la incorruptibilidad por esencia en la Nueva Creación. La doble naturaleza explica cómo lo divino y lo humano se encuentran en una sola persona, y cómo ese encuentro se convierte en principio de salvación para el cosmos entero.

En conclusión, la solución original hallada —el Edén incorrupto por gracia en medio de un universo corruptible— no solo resuelve las tensiones entre ciencia y teología, sino que abre un camino para comprender la historia del mundo como una secuencia ordenada de estadios que culminan en la Nueva Creación. Esta visión integra lo increado, lo espiritual y lo material en una arquitectura coherente, y muestra que el destino del hombre y del cosmos entero se consuma en Cristo, donde la corrupción desaparece para siempre y la vida eterna se convierte en plenitud definitiva.

Bibliografía 

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  • Tomás de Aquino. Suma de Teología. Edición dirigida por los Regentes de Estudios de las Provincias Dominicanas en España. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2001.