jueves, 12 de febrero de 2026

EL TRANSHUMANISMO ES UN NIHILISMO


EL TRANSHUMANISMO ES UN NIHILISMO

La especulación sobre una conciencia de silicio, entendida como la posibilidad de que la inteligencia artificial o los sistemas técnicos lleguen a poseer una forma de autoconciencia, resulta inútil cuando se la contrasta con lo que la historia ya ha demostrado en la encarnación de Cristo. La fe cristiana no se funda en hipótesis futuristas ni en promesas tecnológicas, sino en un acontecimiento histórico concreto: Dios hecho hombre, que asumió nuestra carne para redimirla. Frente a esa realidad, cualquier intento de sustituir la salvación por un proyecto transhumanista es una evasión que no responde a la necesidad más profunda del alma.

Desde la perspectiva cristiana, la especulación sobre una conciencia de silicio se revela como un espejismo frente a la encarnación de Cristo. La fe no se apoya en hipótesis futuristas, sino en un acontecimiento histórico: Dios hecho hombre, que asumió nuestra carne para redimirla. Creer en Cristo no es un acto de narcisismo humano, sino la aceptación humilde de un don divino que nos precede. La encarnación es la prueba de que la salvación no depende de la técnica ni de la capacidad humana de cálculo, sino del amor gratuito de Dios que se entrega en la historia.

En el plano filosófico, la confianza en salidas prometeicas como el transhumanismo refleja la vieja tentación de creer que el hombre puede salvarse por sí mismo. Esta ilusión, que recuerda al mito de Prometeo y a las críticas de Nietzsche sobre la voluntad de poder, termina alimentando el nihilismo cultural: la idea de que todo sentido puede ser fabricado y manipulado. Sin embargo, la filosofía más profunda nos recuerda que el ser humano no puede escapar de su finitud ni inventar una trascendencia artificial. La encarnación de Cristo, al contrario, ofrece una respuesta que no es evasión, sino reconciliación con la verdad del ser.

Desde la ciencia, la especulación sobre la conciencia de silicio carece de fundamento sólido. La inteligencia artificial puede procesar datos y reconocer patrones, pero no hay evidencia de que pueda generar autoconciencia en el sentido humano. La historia de la técnica muestra que cada avance abre posibilidades, pero también riesgos de instrumentalización por parte de los poderosos. Confiar en que la tecnología sustituirá la salvación es un error epistemológico y moral: la ciencia puede ampliar horizontes, pero no puede responder a la sed de eternidad ni al problema del mal. La encarnación de Cristo, acontecimiento histórico y espiritual, sigue siendo la única respuesta que no se reduce a cálculo ni a especulación.

Creer en Cristo no es un acto de narcisismo humano, como si el hombre se inventara un dios a su medida, sino todo lo contrario: es reconocer que la iniciativa viene de Dios mismo, que se abaja hasta nuestra condición para elevarnos. La encarnación no es un producto de la imaginación antropocéntrica, sino un gesto de amor divino que rompe con toda lógica de soberbia. Por eso, la fe en Cristo no es una proyección ilusoria, sino la aceptación humilde de un don que nos precede y nos sobrepasa.

Creer en Cristo es la aceptación humilde de un don divino que nos precede y nos sobrepasa. La encarnación es la prueba de que la salvación no depende de la técnica ni de la capacidad humana de cálculo, sino del amor gratuito de Dios que se entrega en la historia.

Desde la perspectiva cristiana, la encarnación revela que Dios mismo toma la iniciativa y se abaja hasta nuestra condición para elevarnos. No es el hombre quien inventa un dios a su medida, sino Dios quien se hace carne para redimirnos. Esta verdad rompe con toda lógica de soberbia y muestra que la fe en Cristo no es una proyección ilusoria, sino la respuesta a un acontecimiento histórico que transforma la existencia. Creer en Cristo es reconocer que la salvación no está en nuestras manos, sino en la misericordia divina que se manifiesta en la historia.

En el plano filosófico, la encarnación de Cristo desarma la tentación prometeica de creer que el hombre puede salvarse por sí mismo. Frente a las ilusiones del transhumanismo y la especulación sobre conciencias artificiales, la encarnación recuerda que la verdad no se fabrica ni se calcula, sino que se recibe. La filosofía que busca sentido encuentra en Cristo una respuesta que no es evasión ni ficción antropocéntrica, sino reconciliación con la realidad más profunda del ser. La encarnación es la superación del nihilismo, porque devuelve al hombre un horizonte de sentido que no depende de su propia soberbia.

Desde la ciencia, resulta claro que ninguna tecnología puede sustituir la experiencia de la encarnación. La inteligencia artificial puede procesar datos y ampliar horizontes, pero no puede responder al problema del mal ni a la sed de eternidad inscrita en el corazón humano. La historia demuestra que los proyectos que intentan reemplazar la salvación por sistemas técnicos terminan en frustración y vacío. La encarnación de Cristo, en cambio, ofrece una respuesta que no se reduce a cálculo ni a especulación, sino que se funda en un acontecimiento real que transforma la vida. Confiar en Cristo es reconocer que la verdad última no está en el silicio, sino en el amor encarnado que vence al pecado y a la muerte.

El peligro de las salidas prometeicas transhumanistas es que, bajo la apariencia de progreso, agudizan el veneno cultural del nihilismo. Al prometer una conciencia artificial que sustituya la carne corruptible, se alimenta la ilusión de que el hombre puede salvarse por sus propios medios, sin necesidad de gracia. Esta ilusión no solo es filosóficamente frágil, sino espiritualmente destructiva, porque desplaza la esperanza hacia un horizonte técnico que nunca podrá responder a la sed de eternidad inscrita en el corazón humano.

Desde la perspectiva cristiana, este desplazamiento es especialmente grave porque niega la centralidad de la encarnación. Cristo se hizo carne para redimir la carne, no para que el hombre la desprecie y busque reemplazarla con artificios. Creer que la salvación puede provenir de un sistema técnico es olvidar que la verdadera redención no se logra por cálculo ni por ingeniería, sino por el amor divino que se entrega en la historia. La fe en Cristo no es evasión ni narcisismo, sino la aceptación humilde de que la iniciativa viene de Dios mismo, y que solo Él puede sanar la herida del pecado.

En el plano filosófico, las promesas transhumanistas se inscriben en la misma lógica que Nietzsche denunció: la voluntad de poder que pretende fabricar sentido y trascendencia. Pero esa voluntad, cuando se absolutiza, desemboca en nihilismo, porque todo lo que el hombre fabrica es finito y perecedero. La conciencia de silicio, incluso si llegara a simular procesos humanos, nunca podría responder a la pregunta por el ser ni al anhelo de eternidad. La filosofía auténtica reconoce que el hombre no puede escapar de su finitud inventando trascendencias artificiales; la única salida es reconciliarse con la verdad que se le da, no la que él fabrica.

Desde la ciencia, la especulación sobre la conciencia artificial carece de fundamento sólido. La inteligencia artificial puede procesar datos y reconocer patrones, pero no hay evidencia de que pueda generar autoconciencia en el sentido humano. Confiar en que la tecnología sustituirá la salvación es un error epistemológico: la ciencia puede ampliar horizontes, pero no puede responder al problema del mal ni a la sed de eternidad. La historia demuestra que los proyectos que intentan reemplazar la salvación por sistemas técnicos terminan en frustración y vacío.

En definitiva, el transhumanismo prometeico no es un camino hacia la libertad, sino hacia una esclavitud más profunda: la del nihilismo cultural que niega sentido a la existencia. Frente a ello, la encarnación de Cristo se presenta como la única respuesta capaz de reconciliar al hombre con su verdad más profunda. Creer en Cristo no es narcisismo humano, sino la aceptación humilde de un don divino que rompe con toda lógica de soberbia y ofrece la única esperanza real para el alma.

La historia muestra que los intentos de construir sistemas de salvación autónomos terminan en frustración y violencia. El siglo XX fue testigo de ideologías que prometieron redención política o científica y que acabaron multiplicando el sufrimiento. La encarnación de Cristo, en cambio, ofrece una respuesta que no depende de la fuerza del hombre, sino de la misericordia de Dios. Ignorar esta lección histórica para entregarse a la especulación sobre conciencias de silicio es repetir el error de confiar en ídolos que no pueden salvar.

La hondura de esta verdad se percibe en que toda salvación que el hombre intenta fabricar por sí mismo se convierte en un mecanismo de opresión. Los sistemas políticos que prometieron paraísos terrenales terminaron en dictaduras, y los proyectos científicos que aspiraron a superar la condición humana desembocaron en nuevas formas de alienación. La encarnación de Cristo rompe ese círculo vicioso porque no es fruto de la voluntad humana, sino de la iniciativa divina. Allí se revela que la verdadera redención no se construye, se recibe.

Filosóficamente, confiar en conciencias de silicio es una prolongación del mito prometeico: el hombre que roba el fuego para creerse dios. Pero esa ilusión, cuando se absolutiza, desemboca en nihilismo, porque todo lo que el hombre fabrica es finito y perecedero. La encarnación, en cambio, introduce un sentido que no depende de la soberbia humana, sino de la gratuidad divina. Es la irrupción de lo eterno en lo temporal, que devuelve al hombre un horizonte de significado que ninguna técnica puede otorgar.

Desde la perspectiva científica, la especulación sobre una conciencia artificial carece de fundamento sólido. La inteligencia artificial puede procesar datos y simular comportamientos, pero no hay evidencia de que pueda generar autoconciencia en el sentido humano. Confiar en que la tecnología sustituirá la salvación es un error epistemológico y moral: la ciencia puede ampliar horizontes, pero no puede responder al problema del mal ni a la sed de eternidad. La encarnación de Cristo, acontecimiento histórico y espiritual, sigue siendo la única respuesta que no se reduce a cálculo ni a especulación.

En definitiva, la lección histórica, filosófica y científica converge en un mismo punto: el hombre no puede salvarse por sí mismo. Los intentos de construir sistemas autónomos de redención terminan en violencia, nihilismo o vacío. La encarnación de Cristo se presenta como la única respuesta capaz de reconciliar al hombre con su verdad más profunda. Creer en Cristo no es narcisismo humano, sino la aceptación humilde de un don divino que rompe con toda lógica de soberbia y ofrece la única esperanza real para el alma.

En suma, la verdadera libertad no consiste en inventar nuevas naturalezas que pretendan superar la condición humana, sino en aceptar la reconciliación que Cristo ofrece. La fe no es evasión ni narcisismo, sino encuentro con la verdad que se hizo carne. Creer en Cristo es reconocer que la salvación no está en el cálculo ni en el silicio, sino en el amor encarnado que vence al pecado y a la muerte.

El transhumanismo, lejos de ser un camino de liberación, es en sí mismo una forma de nihilismo. Bajo la apariencia de progreso, niega el sentido trascendente de la existencia y reduce la esperanza a un horizonte técnico incapaz de responder a la sed de eternidad. Promete superar la carne corruptible, pero lo que realmente hace es profundizar el vacío cultural, porque sustituye la gracia por un artificio y la verdad por una ilusión.

Aferrarse a proyectos transhumanistas como sustitutos de la fe en Cristo es peligroso para el alma, porque conduce a una negación radical del sentido. Es el nihilismo disfrazado de salvación, la repetición del error histórico de confiar en ídolos que no pueden salvar. Frente a ello, la encarnación de Cristo se presenta como la única respuesta contundente: un acontecimiento real, histórico y divino que rompe con toda lógica de soberbia y ofrece la única esperanza verdadera para la humanidad.

Nietzsche distinguió entre dos formas de nihilismo, pero en el fondo se trata de la misma dinámica: la negación del sentido último de la existencia. Por un lado, habló del nihilismo pasivo, que se manifiesta como resignación, como la aceptación de que la vida carece de propósito y que no hay valores objetivos que la sostengan. Es la actitud de quien se rinde ante la nada y se refugia en la apatía o en la indiferencia.

Por otro lado, planteó el nihilismo activo, que consiste en la destrucción consciente de los valores tradicionales y de las ilusiones metafísicas. Aquí el hombre no se limita a aceptar la ausencia de sentido, sino que busca demoler las estructuras que lo sostenían, con la esperanza de crear nuevos valores. Sin embargo, Nietzsche advierte que este proceso es peligroso, porque puede desembocar en un vacío aún más radical si no se logra realmente instaurar un horizonte nuevo.

En el fondo, ambos nihilismos comparten la misma raíz: la constatación de que los fundamentos tradicionales —Dios, la moral absoluta, la verdad trascendente— han perdido su fuerza en la cultura occidental. La diferencia está en la actitud frente a esa constatación: pasiva o activa. Pero el núcleo es idéntico: la experiencia de la nada como horizonte. Por eso, aunque Nietzsche distingue dos tipos, ambos son expresiones de un mismo fenómeno histórico y espiritual que él consideraba inevitable en la modernidad.

en este sentido, poco aporta discutir si el transhumanismo encarna un nihilismo pasivo o activo. La distinción nietzscheana sirve para describir actitudes frente a la pérdida de sentido —resignación o destrucción creativa—, pero ambas comparten la misma raíz: la negación de un horizonte trascendente. El transhumanismo, al prometer una salvación técnica, se inscribe en esa misma lógica nihilista, porque desplaza la esperanza hacia un artificio incapaz de responder a la sed de eternidad.

Llamarlo pasivo o activo es secundario, pues lo esencial es que se trata de una forma de nihilismo que niega la encarnación como acontecimiento histórico y espiritual. En su núcleo, el transhumanismo no ofrece un sentido nuevo, sino una prolongación del vacío: sustituye la gracia por cálculo, la carne por silicio, y la esperanza por una ilusión técnica.

Por eso, más que clasificarlo dentro de las categorías nietzscheanas, lo decisivo es reconocer que el transhumanismo radicaliza la misma enfermedad cultural que Nietzsche diagnosticó: la pérdida de fundamentos trascendentes. Es nihilismo en estado puro, disfrazado de progreso, y su peligro no está en el tipo que encarna, sino en que profundiza la negación del sentido y conduce al alma hacia un vacío aún más profundo.

Bibliografía

Coreth, Emerich, y Walter M. Neidl. Filosofía cristiana en el pensamiento católico de los siglos XIX y XX. Ediciones Encuentro, 2025.

Eusebio de Cesarea. Historia Eclesiástica. Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.

León, Silas. La encarnación de Cristo: Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre. SER Cristiano en Tiempos Modernos, Amazon, 2024.

Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Alianza Editorial, 2019.

Nietzsche, Friedrich. La gaya ciencia. Editorial Gredos, 2014.

Nietzsche, Friedrich. El anticristo. Editorial Trotta, 2016.

Nietzsche, Friedrich. Nihilismo: escritos póstumos. Ediciones Península, 2006.

Widow, José Luis, y Raúl Madrid. “Cristianismo y transhumanismo. Dos vías incompatibles de redención humana.” Veritas, vol. 62, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, dic. 2025.

Zuna Serrano, Kleber, coordinador. Transhumanismo y realidades paralelas: Interpelaciones desde la filosofía y la teología. Editorial Universitaria Abya-Yala, Universidad Politécnica Salesiana, 2023.

miércoles, 11 de febrero de 2026

EL BUDISMO EN SALMUERA


EL BUDISMO EN SALMUERA

El budismo, con sus diez tesis fundamentales, pretende ofrecer una cartografía de la existencia y un camino hacia la liberación. Sin embargo, cuando se lo somete a la salmuera de la crítica cristiana, filosófica y científica, sus fundamentos se disuelven como vegetales en vinagre, perdiendo consistencia y sabor propio.

El budismo comienza con las Cuatro Nobles Verdades, que reducen la vida a sufrimiento y proponen extinguir el deseo como solución. El cristianismo responde que el sufrimiento no es un error que deba anularse, sino un misterio que se ilumina en la cruz y se transforma en esperanza de redención. La filosofía occidental, especialmente en Nietzsche, sostiene que el sufrimiento es inseparable de la afirmación de la vida y que eliminarlo sería negar la grandeza humana. La ciencia, por su parte, muestra que el dolor cumple una función biológica esencial: alerta, protege y permite la adaptación.

Además, el sufrimiento en la tradición cristiana se convierte en un camino de crecimiento espiritual y de unión con Dios. No es un obstáculo que deba ser borrado, sino una oportunidad para ejercitar la fe, la paciencia y la caridad. En este sentido, la cruz no es símbolo de derrota, sino de victoria sobre el mal y la muerte. El budismo, al buscar la extinción del deseo, corre el riesgo de sofocar también la dimensión más profunda del amor, que implica entrega y vulnerabilidad.

Desde la filosofía y la ciencia, se puede añadir que el sufrimiento es también motor de creatividad y progreso. Las grandes obras de arte, los descubrimientos científicos y las transformaciones sociales han nacido muchas veces de la experiencia del dolor y la necesidad de superarlo. Extinguir el deseo y el sufrimiento sería, en consecuencia, amputar la capacidad humana de aspirar, de luchar y de trascender. La biología misma muestra que la tensión y el esfuerzo son esenciales para la adaptación y la evolución; sin ellos, la vida se estanca.

El Noble Óctuple Sendero plantea un itinerario ético de ocho pasos. El cristianismo lo refuta afirmando que la salvación no depende de técnicas humanas, sino de la gracia divina. La filosofía cuestiona la pretensión de universalidad de un código tan esquemático, pues la moral es más compleja y contextual. La ciencia observa que no hay evidencia de que seguir estos pasos conduzca a una transformación radical de la existencia más allá de beneficios psicológicos puntuales.

Más allá de esta crítica inicial, el cristianismo subraya que la ética no puede desligarse de la relación personal con Dios. Un camino humano, por más disciplinado que sea, carece de la fuerza para vencer el pecado y alcanzar la vida eterna. La gracia, entendida como don gratuito, supera cualquier itinerario moral y ofrece una salvación que no depende de la perfección del esfuerzo humano. En este sentido, el Óctuple Sendero se convierte en un intento de autosalvación que ignora la necesidad de un Salvador.

Desde la filosofía y la ciencia, se puede añadir que la moralidad no se reduce a un conjunto de pasos universales, pues las circunstancias históricas, culturales y personales condicionan las decisiones éticas. La filosofía contemporánea insiste en la pluralidad de valores y en la imposibilidad de encerrar la vida moral en un esquema rígido. La ciencia, por su parte, estudia la conducta humana y muestra que los cambios éticos y psicológicos dependen de múltiples factores —biológicos, sociales y emocionales—, no de un manual de ocho reglas. Así, el Óctuple Sendero, aunque útil como disciplina, carece de la profundidad necesaria para explicar y transformar la complejidad de la existencia humana.

La doctrina de la impermanencia (anicca) afirma que todo cambia y nada permanece. El cristianismo replica que, aunque el mundo sea transitorio, existe una permanencia en Dios y en el alma inmortal. La filosofía reconoce el cambio, pero defiende que la identidad mantiene continuidad narrativa. La ciencia confirma la mutabilidad de la materia y la mente, pero también demuestra estabilidad relativa en estructuras y procesos que permiten la vida.

El cristianismo profundiza en esta idea señalando que la impermanencia del mundo no es motivo de desesperanza, sino de confianza en lo eterno. La fugacidad de las cosas terrenas invita a dirigir la mirada hacia lo que no pasa: la promesa de salvación y la comunión con Dios. De este modo, la impermanencia se convierte en un recordatorio de que la verdadera seguridad no está en lo mutable, sino en lo trascendente.

La filosofía, por su parte, reconoce que el cambio es inherente a la realidad, pero advierte que reducir todo a flujo y disolución es caer en el nihilismo. La continuidad narrativa del yo, aunque cambiante, permite construir proyectos, asumir responsabilidades y mantener una identidad coherente. Sin esta permanencia relativa, la vida humana perdería sentido, pues no habría memoria ni horizonte de futuro.

La ciencia también aporta una visión equilibrada: aunque todo se transforma, existen patrones de estabilidad que hacen posible la vida. El ADN, las leyes físicas y los sistemas biológicos muestran que la permanencia relativa es tan real como el cambio. Sin estructuras duraderas, la evolución y la adaptación serían imposibles. Así, la impermanencia absoluta que propone el budismo se ve refutada por la evidencia de que la vida necesita tanto cambio como continuidad.

La tesis de la ausencia de un yo (anatta) niega la existencia de una identidad permanente. El cristianismo la rechaza porque la persona es única, creada a imagen de Dios, con destino eterno. La filosofía occidental, desde Descartes hasta Husserl, defiende la conciencia como núcleo irreductible. La ciencia, aunque admite que el yo es dinámico, muestra que existe una coherencia psicológica y neurológica que sostiene la identidad personal.

El cristianismo profundiza en esta crítica señalando que negar la existencia de un yo permanente equivale a despojar al ser humano de su dignidad y de su vocación trascendente. La fe cristiana afirma que cada persona es irrepetible y llamada a una relación eterna con Dios. Si el yo fuera mera ilusión, se perdería el sentido de la responsabilidad moral y de la salvación personal, pues no habría sujeto capaz de responder al amor divino ni de recibir la gracia.

La filosofía también advierte que la negación del yo conduce a un vacío existencial. La continuidad de la conciencia, aunque cambiante, es indispensable para la construcción de proyectos vitales, la memoria y la responsabilidad ética. Sin un yo que permanezca, no habría sujeto que pueda comprometerse, aprender o crecer. La tradición cartesiana y fenomenológica insiste en que la conciencia, aunque fluida, es el centro que da unidad a la experiencia.

La ciencia, finalmente, aporta evidencia de que el yo, aunque moldeado por procesos neurológicos y sociales, mantiene una narrativa coherente que permite la identidad personal. Estudios en neurociencia muestran que la memoria, la percepción y la emoción se integran en un sistema que sostiene la continuidad del individuo. Negar la existencia del yo permanente contradice la observación empírica de que las personas se reconocen como las mismas a lo largo del tiempo, aun en medio de cambios. Así, la tesis budista de anatta se disuelve ante la certeza de que el yo, aunque dinámico, es real y esencial para la vida humana.

La ley del karma propone una justicia cósmica automática. El cristianismo responde que la justicia proviene de Dios y se perfecciona en la misericordia, no en una mecánica impersonal. La filosofía critica la falta de fundamento racional de una ley moral sin sujeto trascendente. La ciencia señala que las consecuencias de los actos se explican por causas naturales y sociales, no por una fuerza invisible.

El cristianismo insiste en que la justicia no puede ser concebida como un mecanismo frío e inevitable, sino como una relación viva entre Dios y el ser humano. La misericordia divina supera la lógica de la retribución automática, ofreciendo perdón incluso al pecador arrepentido. En este sentido, la ley del karma se muestra insuficiente, pues no contempla la posibilidad de la gracia ni la transformación interior que proviene del amor de Dios.

La filosofía añade que una ley moral sin sujeto trascendente carece de coherencia. Si el universo distribuye recompensas y castigos de manera automática, ¿qué sentido tiene la libertad humana? La ética requiere responsabilidad y decisión consciente, no un engranaje cósmico que actúe sin voluntad. Además, la idea de karma puede derivar en fatalismo, anulando la posibilidad de cambio genuino y reduciendo la vida a una cadena de consecuencias inevitables.

La ciencia, finalmente, observa que los efectos de nuestras acciones se explican por causas verificables: estructuras sociales, dinámicas psicológicas y procesos biológicos. La justicia no se manifiesta como una fuerza invisible, sino como resultado de interacciones humanas y naturales. Por ejemplo, una acción violenta genera sufrimiento porque afecta directamente a otros y desencadena respuestas sociales, no porque una ley cósmica lo determine. Así, el karma, como principio metafísico, carece de evidencia empírica y se disuelve ante el análisis racional y científico.

La meditación es vista como camino privilegiado hacia la verdad. El cristianismo reconoce el valor del silencio interior, pero afirma que la oración es encuentro con un Dios personal, no mera técnica. La filosofía advierte que la meditación puede ser útil, pero no garantiza acceso a la verdad última. La ciencia la estudia como práctica que reduce estrés y mejora la atención, sin atribuirle un poder metafísico.

El cristianismo profundiza en esta crítica señalando que la meditación, cuando se reduce a un ejercicio de introspección, corre el riesgo de convertirse en un repliegue sobre uno mismo. La oración, en cambio, abre al ser humano hacia lo trascendente, hacia un diálogo con Dios que transforma la interioridad y la vida entera. La diferencia es radical: mientras la meditación budista busca disolver el yo en el vacío, la oración cristiana afirma la identidad personal y la eleva en comunión con lo eterno.

La filosofía también advierte que la meditación, aunque pueda aportar serenidad, no garantiza acceso a la verdad objetiva. El pensamiento crítico, la argumentación y el diálogo son herramientas indispensables para alcanzar conocimiento sólido. Reducir la búsqueda de la verdad a un estado de conciencia alterada es confundir experiencia subjetiva con certeza universal. La tradición filosófica insiste en que la verdad requiere razones, pruebas y coherencia, no solo estados mentales.

La ciencia, finalmente, aporta datos concretos: la meditación tiene beneficios medibles en la reducción del estrés, la regulación emocional y la mejora de la atención. Sin embargo, estos efectos son comparables a los de otras prácticas como el ejercicio físico, la terapia psicológica o la música. No existe evidencia de que la meditación conduzca a una verdad última o a un estado metafísico superior. Así, la meditación, aunque valiosa como técnica de bienestar, se despoja de su pretensión de ser un camino exclusivo hacia la verdad.

La compasión y la bondad amorosa son virtudes exaltadas. El cristianismo coincide en su importancia, pero las fundamenta en el amor de Dios, que da sentido y fuerza para amar incluso al enemigo. La filosofía las valora, pero advierte que requieren un fundamento ético más sólido que la mera empatía. La ciencia las explica como conductas evolutivas que favorecen la cooperación y la supervivencia.

El cristianismo profundiza en esta visión señalando que la compasión no puede reducirse a un sentimiento pasajero ni a una técnica de benevolencia. Amar al enemigo, perdonar al que hiere y sostener al débil son actos que trascienden la lógica natural y se sostienen en la gracia divina. Sin esta raíz en Dios, la compasión corre el riesgo de convertirse en una emoción selectiva, limitada a quienes nos resultan cercanos o simpáticos.

La filosofía, por su parte, advierte que la bondad amorosa necesita un fundamento racional y ético que la justifique más allá de la mera empatía. Aristóteles, por ejemplo, la vincula con la virtud y la búsqueda del bien común, mientras que Kant la relaciona con el deber moral universal. Sin este soporte, la compasión puede degenerar en sentimentalismo, incapaz de sostener decisiones difíciles o de enfrentar la justicia cuando es necesaria.

La ciencia, finalmente, aporta una explicación evolutiva: la compasión y la bondad amorosa favorecen la cooperación, la cohesión social y la supervivencia de la especie. Sin embargo, esta explicación naturalista no basta para dar sentido pleno a estas virtudes. Si se reducen a mecanismos biológicos, pierden su dimensión trascendente y ética. La compasión se convierte en estrategia de adaptación, no en expresión de libertad y responsabilidad. Así, aunque la ciencia reconoce su utilidad, no logra explicar por qué deberíamos amar incluso cuando no hay beneficio evolutivo o social.

El desapego busca liberarse de vínculos materiales y emocionales. El cristianismo lo matiza: no se trata de negar el mundo, sino de usarlo con libertad y amor. La filosofía señala que el desapego radical puede conducir a la indiferencia y a la negación de la pasión vital. La ciencia muestra que los vínculos afectivos son esenciales para la salud mental y el desarrollo humano.

El cristianismo insiste en que el mundo creado es bueno y que los vínculos, lejos de ser obstáculos, son oportunidades para vivir el amor. El desapego, entendido en clave cristiana, no significa rechazo de lo material o de lo afectivo, sino libertad interior para no ser esclavo de ellos. Así, se puede disfrutar de los bienes y de las relaciones sin idolatrarlos, reconociendo que su valor último está en Dios.

La filosofía advierte que un desapego absoluto puede derivar en apatía y en la negación de la pasión vital que impulsa al ser humano a crear, amar y luchar. La vida requiere compromiso y entrega, y el desapego radical corre el riesgo de vaciar la existencia de sentido. Desde Aristóteles hasta los existencialistas, se subraya que la plenitud humana se alcanza en la acción y en la relación, no en la indiferencia.

La ciencia, finalmente, aporta evidencia contundente: los vínculos emocionales son esenciales para el desarrollo psicológico y social. Estudios en neurociencia y psicología muestran que el apego seguro en la infancia es la base de la salud mental, y que las relaciones afectivas en la adultez protegen contra la depresión y fortalecen la resiliencia. Negar los vínculos sería ir contra la naturaleza humana, pues la cooperación y el amor son factores decisivos para la supervivencia y el bienestar.

El camino medio evita extremos de indulgencia y ascetismo. El cristianismo lo reconoce como prudencia, pero afirma que la verdadera medida se encuentra en la voluntad de Dios, no en un equilibrio humano. La filosofía lo interpreta como ética de moderación, aunque cuestiona que sea suficiente para orientar la existencia. La ciencia observa que la homeostasis es necesaria, pero no basta para definir el sentido de la vida.

El cristianismo profundiza en esta crítica señalando que la moderación, aunque valiosa, no puede ser el criterio último de la vida moral. La verdadera medida no se encuentra en un cálculo humano de equilibrio, sino en la obediencia a la voluntad divina. La prudencia cristiana no se limita a evitar excesos, sino que busca discernir lo que agrada a Dios y conduce a la plenitud del amor. Así, el camino medio se queda corto frente a la exigencia radical del Evangelio.

La filosofía advierte que la moderación, sin un fundamento sólido, puede convertirse en mera mediocridad. Aristóteles la defendía como virtud, pero siempre en relación con el bien y la excelencia. Sin esa referencia, el camino medio corre el riesgo de ser un conformismo que evita tanto la pasión creadora como el compromiso profundo. La vida humana requiere más que equilibrio: necesita dirección, propósito y sentido.

La ciencia, finalmente, reconoce que los organismos buscan homeostasis para sobrevivir, pero señala que la vida no se reduce a mantener un balance fisiológico. El ser humano, además de equilibrio, necesita estímulo, desafío y trascendencia. La moderación puede ser útil para la salud, pero no basta para explicar la creatividad, el sacrificio o la entrega que caracterizan la existencia humana. Así, el camino medio, aunque práctico, se revela insuficiente como horizonte último de la vida.

Finalmente, el nirvana se presenta como meta suprema: la extinción del ciclo de nacimiento y muerte. El cristianismo lo refuta con la esperanza de la vida eterna en comunión con Dios, que no es extinción sino plenitud. La filosofía critica la idea de anular el yo como meta, pues la realización humana exige afirmación de la identidad. La ciencia no encuentra evidencia de un estado trascendente más allá de la muerte, limitándose a estudiar procesos biológicos.

El cristianismo profundiza en esta crítica señalando que la promesa de la vida eterna no consiste en la disolución del ser, sino en su plenitud. La esperanza cristiana es la resurrección, donde la persona conserva su identidad y alcanza la comunión con Dios. Frente al nirvana, que busca apagar la llama del yo, el cristianismo propone encenderla en la luz divina, transformando la existencia en plenitud de amor y sentido.

La filosofía advierte que la anulación del yo como meta es contradictoria con la experiencia humana. La realización personal exige afirmar la identidad, construir proyectos y vivir en relación con otros. El nirvana, al proponer la extinción del yo, niega la posibilidad de responsabilidad, libertad y creatividad. Desde Platón hasta los existencialistas, la filosofía ha defendido que el sentido de la vida se encuentra en la afirmación del ser, no en su desaparición.

La ciencia, finalmente, observa que la muerte es un proceso biológico que marca el fin de la actividad orgánica, sin evidencia de estados trascendentes posteriores. Los estudios neurológicos muestran que la conciencia depende de estructuras cerebrales, y al cesar estas, cesa también la experiencia subjetiva. El nirvana, como estado más allá de la muerte, carece de respaldo empírico. La ciencia se limita a describir lo observable: la vida se sostiene en procesos materiales, y su fin es la extinción biológica, no una liberación metafísica.

La difusión del budismo en Occidente ha sido objeto de reflexión tanto por pensadores que lo defendieron como por quienes lo impugnaron, y sus obras y fechas permiten trazar un mapa intelectual de este proceso.

En el siglo XIX, Arthur Schopenhauer fue uno de los primeros filósofos europeos en acoger con entusiasmo el budismo. En El mundo como voluntad y representación (1818), encontró afinidad entre su visión pesimista y la doctrina budista de la extinción del deseo. Su lectura abrió la puerta a que el budismo se percibiera como una alternativa filosófica seria en Europa. Poco después, Friedrich Nietzsche, aunque crítico, dedicó páginas en El Anticristo (1888) a comparar el budismo con el cristianismo. Para Nietzsche, el budismo era más honesto al reconocer el sufrimiento, pero lo consideraba una religión de decadencia, pues buscaba la extinción del yo en lugar de la afirmación vital.

En el siglo XX, la recepción se amplió. Carl Gustav Jung, en textos como Psicología y religión (1938), interpretó el budismo como una vía para explorar el inconsciente y alcanzar la individuación. Por otro lado, D.T. Suzuki fue decisivo en la difusión del Zen en Estados Unidos con obras como Essays in Zen Buddhism (1927), influyendo en intelectuales y artistas de la contracultura. En la misma línea, Alan Watts popularizó el budismo y el taoísmo en Occidente con libros como The Way of Zen (1957), presentándolos como alternativas espirituales frente al materialismo moderno.

Entre los defensores cristianos del diálogo, Thomas Merton, monje trapense, escribió Zen and the Birds of Appetite (1968), donde exploró las convergencias entre la contemplación cristiana y la meditación budista. Sin embargo, otros pensadores cristianos lo impugnaron: Jacques Maritain, en El campesino de la Garona (1966), criticó la fascinación occidental por religiones orientales, considerándolas insuficientes frente a la revelación cristiana.

En el ámbito académico, orientalistas como Max Müller impulsaron la traducción de textos budistas en el siglo XIX, especialmente en su monumental Sacred Books of the East (1879–1910), lo que permitió el acceso de Occidente a fuentes originales. Pero también hubo críticas desde la filosofía contemporánea: pensadores como Roger Garaudy, en La alternativa (1972), señalaron que el budismo, aunque profundo, no ofrecía soluciones sociales y políticas a los problemas modernos.

Así, la difusión del budismo en Occidente se explica por un doble movimiento: por un lado, pensadores que lo defendieron como alternativa espiritual y psicológica frente al cristianismo y la modernidad materialista; por otro, críticos que lo impugnaron por considerarlo evasivo, nihilista o insuficiente. El resultado fue una recepción ambivalente, marcada por fascinación y rechazo, que sigue vigente en el debate contemporáneo.

La recepción del budismo en Occidente no solo fue impulsada por filósofos y místicos, sino también cuestionada desde perspectivas marxistas, estructuralistas y posmodernas.

Desde el marxismo, se lo ha criticado como una religión que tiende a la resignación y a la aceptación pasiva del sufrimiento, lo cual encajaría con una ideología funcional a sociedades opresivas. En la tradición marxista-leninista, especialmente en estudios realizados en Cuba y la URSS durante el siglo XX, se interpretó el budismo como una forma de “alienación religiosa” que desviaba a los pueblos de la lucha de clases. Por ejemplo, trabajos académicos como los realizados en la Universidad de La Habana en la década de 1970 analizaron el budismo desde la óptica del materialismo dialéctico, concluyendo que su énfasis en la meditación y el desapego debilitaba la conciencia revolucionaria.

El estructuralismo, representado por pensadores como Claude Lévi-Strauss, no se centró en refutar el budismo directamente, pero sí lo interpretó como un sistema simbólico dentro de las culturas asiáticas. Desde esta perspectiva, el budismo no es tanto una verdad universal como una estructura cultural que organiza significados y prácticas. En este sentido, se relativiza su valor filosófico y se lo entiende como un producto histórico condicionado por las estructuras sociales y lingüísticas.

En el ámbito posmoderno y posestructuralista, autores como Michel Foucault y Jean-François Lyotard no escribieron directamente contra el budismo, pero sus marcos teóricos permiten una crítica indirecta. Foucault, por ejemplo, habría visto en las prácticas budistas una forma de “tecnología del yo”, útil para la autoconstrucción, pero sin pretensión de verdad universal. Lyotard, con su crítica a los “grandes relatos”, habría interpretado el budismo como otro metarrelato que promete liberación, y por tanto susceptible de ser cuestionado en la era posmoderna. En debates contemporáneos sobre espiritualidad y posmodernidad, se ha señalado que el budismo, al difundirse en Occidente, se adapta como una narrativa más entre muchas, perdiendo su carácter absoluto.

En suma, mientras los marxistas lo impugnaron como ideología alienante, los estructuralistas lo relativizaron como sistema cultural, y los posmodernos lo disolvieron en el pluralismo de narrativas. Así, el budismo en Occidente no solo fue defendido por filósofos y místicos, sino también sometido a críticas que lo colocan en el terreno de lo histórico, lo cultural y lo ideológico.

En la cultura popular de Occidente, el budismo se expandió no tanto por su rigor doctrinal, sino por su capacidad de responder a ciertas tensiones propias de la modernidad tardía. La primera razón es psicológica: en un mundo marcado por la incertidumbre —económica, política, existencial—, el budismo ofrece técnicas de serenidad y meditación que parecen dar alivio inmediato. No exige dogmas rígidos, sino prácticas que prometen calma interior, lo cual resulta atractivo en sociedades donde la ansiedad y el estrés se han convertido en enfermedades comunes.

La segunda razón es el escepticismo religioso. En un contexto donde las religiones tradicionales han perdido autoridad, el budismo se presenta como una “religión sin Dios”, una espiritualidad que no requiere fe en un ser supremo. Esto lo hace compatible con el secularismo occidental y con la búsqueda de experiencias espirituales sin compromisos dogmáticos. Así, se convierte en una alternativa para quienes rechazan las instituciones religiosas, pero aún desean un camino de sentido.

La tercera razón es su aparente reconciliación con el nihilismo estructural de la modernidad tardía. En sociedades donde el sin sentido prevalece —marcado por la fragmentación cultural, la pérdida de certezas y la decadencia de valores tradicionales—, el budismo encaja como una filosofía que no promete verdades absolutas, sino aceptación del vacío y del flujo constante. De este modo, entroniza el sin sentido como horizonte vital, transformando la ausencia de finalidad en una forma de paz.

En suma, el budismo se expande en Occidente porque responde a tres pulsiones contemporáneas: la necesidad psicológica de calma, el rechazo a las religiones teístas y la adaptación al nihilismo cultural. Su éxito no se debe tanto a la profundidad de su metafísica, sino a su capacidad de ofrecer alivio y coherencia en un mundo que ha perdido certezas.

Dentro del ámbito cristiano occidental algunos sacerdotes y exorcistas han advertido contra la práctica de la meditación budista. Su argumento central es que, al vaciar la mente y abrirse a estados alterados de conciencia sin referencia a Dios, se corre el riesgo de abrir “canales espirituales” que podrían ser aprovechados por influencias malignas.

Por ejemplo, el exorcista italiano Padre Gabriele Amorth, en obras como Habla un exorcista (1990), señaló que ciertas prácticas de meditación oriental podían predisponer a la persona a experiencias espirituales engañosas, interpretadas como posibles infiltraciones demoníacas. En la misma línea, algunos teólogos católicos han advertido que la meditación budista, al carecer de un marco cristiano, puede convertirse en una puerta hacia lo oculto.

Estas críticas se inscriben en un debate más amplio: mientras que muchos ven la meditación como una técnica psicológica útil para reducir el estrés, ciertos sectores religiosos la consideran peligrosa si se practica sin discernimiento. En contraste, otros pensadores cristianos —como Thomas Merton en Zen and the Birds of Appetite (1968)— defendieron que la meditación oriental podía dialogar con la contemplación cristiana, siempre que se mantuviera la referencia a Dios.

En suma, la expansión del budismo en Occidente no solo ha sido acogida con entusiasmo por filósofos y psicólogos, sino también cuestionada por vigorosas voces religiosas que ven en sus prácticas un riesgo espiritual. Esto muestra cómo la recepción del budismo se ha dado en un terreno de tensiones: entre fascinación cultural y cautela doctrinal.

Así, tras recorrer cada una de las diez tesis budistas y someterlas a la crítica cristiana, filosófica y científica, se revela un patrón constante: aunque el budismo ofrece intuiciones valiosas —la conciencia del sufrimiento, la búsqueda de serenidad, la compasión, el desapego—, sus propuestas se enfrentan a objeciones profundas que las despojan de solidez. El cristianismo las supera con la fe en un Dios personal y trascendente, que da sentido al dolor, fundamenta la moral en la gracia y promete plenitud eterna. La filosofía occidental las cuestiona desde la afirmación de la vida, la defensa de la identidad y la necesidad de un fundamento racional para la ética, mostrando que la extinción del yo o la reducción de la existencia a equilibrio son insuficientes. La ciencia, finalmente, las somete al rigor empírico y demuestra que muchas de sus afirmaciones metafísicas carecen de evidencia, mientras que sus prácticas —como la meditación o la compasión— pueden explicarse por causas naturales, psicológicas y evolutivas.

En consecuencia, el budismo en Occidente se expande más por su capacidad de adaptarse a las ansiedades modernas —la incertidumbre psicológica, el escepticismo religioso y el nihilismo cultural— que por la fuerza de su doctrina. Se convierte en un espejo de la decadencia occidental, ofreciendo alivio inmediato pero sin horizonte trascendente. Frente a ello, el cristianismo propone plenitud, la filosofía exige coherencia y la ciencia reclama evidencia. El resultado es que el budismo, aunque atractivo como práctica cultural y psicológica, queda en salmuera: preservado en la fascinación popular, pero debilitado en su pretensión de verdad última.

Bibliografía 

Amorth, Gabriele. Habla un exorcista. Madrid: Planeta, 1990.
Foucault, Michel. Tecnologías del yo. Barcelona: Paidós, 1990.
Garaudy, Roger. La alternativa. Madrid: Siglo XXI, 1972.
González Espíndola, Ana Patricia. El budismo en Occidente: De los primeros acercamientos a los problemas actuales. México: Universidad Iberoamericana, 2019.
Jung, Carl Gustav. Psicología y religión. Madrid: Trotta, 1997. Ed. original 1938.
Lévi-Strauss, Claude. Antropología estructural. Buenos Aires: Eudeba, 1968.
Lyotard, Jean-François. La condición posmoderna. Madrid: Cátedra, 1987.
Maritain, Jacques. El campesino de la Garona. Madrid: Encuentro, 1966.
Merton, Thomas. Zen y los pájaros de apetito. Madrid: Trotta, 1996. Ed. original 1968.
Müller, Max. Los libros sagrados del Oriente. Madrid: Trotta, 2001. Compilación original 1879–1910.
Nietzsche, Friedrich. El Anticristo. Madrid: Alianza Editorial, 1997. Ed. original 1888.
Sarrazín, Jean Paul. “Budismo universal, budismo individual: análisis del interés por la espiritualidad oriental en Occidente.” Escritos, vol. 25, n.º 54, Universidad Pontificia Bolivariana, 2017.
Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Madrid: Gredos, 2004. Ed. original 1818.
Suzuki, Daisetz Teitaro. Ensayos sobre budismo zen. Barcelona: Paidós, 1996. Ed. original 1927.
Watts, Alan. El camino del Zen. Barcelona: Kairós, 2002. Ed. original 1957.

martes, 10 de febrero de 2026

LA ERA DE LA DESCLASIFICACIÓN

 


LA ERA DE LA DESCLASIFICACIÓN

La humanidad ha convivido durante siglos con relatos de seres venidos de otros mundos. Desde los albores de la civilización, se han tejido narrativas que atribuyen a los extraterrestres papeles contradictorios: algunos los presentan como civilizadores que nos guiaron en el inicio de la historia, otros como creadores que dieron origen a la especie humana, otros como observadores neutrales que jamás intervinieron, y otros como entidades hostiles que amenazan nuestra existencia. Esta diversidad de versiones, lejos de constituir una prueba de su realidad, es más bien un indicador de su carácter mítico y especulativo. La falta de un criterio común revela que estamos ante un fenómeno cultural, un espejo de nuestras propias esperanzas y temores, más que ante una verdad científica.

Un aspecto que conviene destacar es que estas narrativas sobre seres venidos de otros mundos no se sostienen en pruebas empíricas, sino en la fuerza de los relatos y en la capacidad de las culturas para proyectar sus inquietudes en figuras externas. La contradicción entre versiones civilizadoras, creadoras, observadoras o hostiles no es un defecto accidental, sino la consecuencia natural de un mito que se adapta a las necesidades de cada época y de cada grupo social. En este sentido, los extraterrestres funcionan como un lienzo en blanco sobre el cual se pintan los deseos de progreso, los temores de destrucción o la nostalgia de un origen trascendente.

Además, la persistencia de estas narrativas favorables, aun sin beneficios concretos para la humanidad, revela la potencia del imaginario colectivo frente al vacío existencial. En sociedades que han renunciado a la trascendencia divina, los extraterrestres se convierten en sustitutos simbólicos que ofrecen consuelo y misterio. No importa que nunca hayan dejado huellas verificables: lo que importa es que llenan un espacio psicológico y cultural, reintroduciendo la posibilidad de lo absoluto en un mundo que se declara escéptico. Así, la figura del extraterrestre no es tanto una evidencia científica como una necesidad humana de creer en algo más allá de lo inmediato.

La paradoja se acentúa cuando se observa que, pese a las narrativas favorables, nunca se ha podido señalar un aporte positivo concreto de estos supuestos seres a la humanidad. No hay evidencia de avances tecnológicos, descubrimientos o beneficios tangibles que provengan de ellos. Sin embargo, las historias continúan y se repiten, alimentadas por la necesidad humana de sentido y trascendencia. En este punto, los extraterrestres cumplen una función simbólica: ofrecen consuelo existencial, reencantan el cosmos y sustituyen los relatos religiosos tradicionales en sociedades que han renunciado a la fe en lo divino.

La paradoja de las narrativas favorables sobre los extraterrestres, pese a la ausencia de beneficios concretos, puede entenderse también como un fenómeno de persistencia cultural. En este sentido, lo que se mantiene no es la credibilidad científica de los relatos, sino su capacidad de insertarse en la memoria colectiva y en la imaginación popular. La repetición constante de estas historias en medios, literatura y cine refuerza su vigencia, creando un círculo en el que la falta de pruebas no debilita el mito, sino que lo alimenta con un aura de misterio. La fascinación por lo desconocido se convierte en un motor que perpetúa la creencia, incluso cuando la evidencia es inexistente.

Por otra parte, la continuidad de estas narrativas revela cómo la humanidad utiliza símbolos para enfrentar la incertidumbre. Los extraterrestres, en este caso, funcionan como un recurso para proyectar tanto la esperanza de un contacto trascendente como el temor a una amenaza superior. Esa dualidad les otorga fuerza, pues permiten a las sociedades articular discursos sobre el futuro, el destino y la vulnerabilidad humana. Así, más allá de la veracidad de los relatos, su permanencia muestra la necesidad de construir horizontes imaginarios que den sentido a la experiencia humana en un universo que, sin ellos, parecería demasiado vacío y desprovisto de propósito.

La modernidad tardía, profundamente atea, inmanentista y escéptica de las religiones tradicionales, ha agudizado esta función simbólica. Al abandonar la trascendencia divina, se abrió un vacío espiritual que fue llenado por nuevas mitologías. Los extraterrestres se convirtieron en “dioses seculares”, inteligencias cósmicas que prometen guía, salvación o juicio, pero en un lenguaje adaptado a la ciencia ficción y al imaginario tecnológico. Así, en un mundo desmitificado, los relatos de contacto con seres de otros planetas reintroducen el misterio y la esperanza, ofreciendo una forma de trascendencia sin necesidad de fe religiosa.

La modernidad tardía no solo ha generado un vacío espiritual, sino que también ha transformado la manera en que las sociedades construyen sus mitologías. En lugar de relatos sagrados transmitidos por tradición religiosa, ahora predominan narrativas que se apoyan en el lenguaje de la ciencia, la tecnología y la ficción especulativa. Los extraterrestres, en este marco, se convierten en símbolos que encarnan tanto la posibilidad de un conocimiento superior como la esperanza de que exista un orden más allá del caos humano. Su atractivo radica en que ofrecen una trascendencia que parece compatible con el racionalismo moderno, pues se presenta bajo la apariencia de lo científico, aunque carezca de pruebas verificables.

Al mismo tiempo, estas narrativas cumplen una función cultural de cohesión y proyección. En un mundo globalizado y secularizado, los relatos de contacto con inteligencias cósmicas permiten imaginar un destino común para la humanidad, un horizonte compartido que trasciende las divisiones políticas, religiosas o nacionales. La figura del extraterrestre, como “dios secular”, no solo reintroduce el misterio en un universo desmitificado, sino que también actúa como catalizador de debates sobre el futuro, la unidad de la especie y la posibilidad de que existan fuerzas superiores que nos observen o nos juzguen. De este modo, la era de la desclasificación no se limita a liberar documentos, sino que abre un espacio simbólico donde la humanidad proyecta sus anhelos y sus temores en el vasto escenario del cosmos.

En este contexto, los rumores sobre anuncios espectaculares, como el que se atribuye a Donald Trump acerca de la existencia de extraterrestres, se insertan en una dinámica de propaganda y distracción. No hay evidencia oficial de que tales revelaciones vayan a producirse; más bien, se trata de ciclos mediáticos alimentados por especulación y marketing cultural. Sin embargo, el impacto de estos rumores es real: capturan la atención pública y desvían el foco de las crisis políticas, económicas y sociales que atraviesa Estados Unidos. La narrativa extraterrestre, en este sentido, funciona como un operativo psicosocial, una cortina de humo que aprovecha el atractivo de lo desconocido para distraer de lo inmediato.

La propagación de rumores sobre anuncios espectaculares vinculados a la existencia de extraterrestres, como el que se atribuye a Donald Trump, se inscribe en un terreno donde la manipulación mediática y la estrategia política convergen. Aunque carecen de sustento oficial, estos relatos logran captar la atención de la opinión pública y desplazar el foco de las crisis internas. La narrativa extraterrestre, en este sentido, no es inocente: se convierte en un recurso de ingeniería social que aprovecha el atractivo de lo desconocido para generar impacto emocional y distraer de los problemas concretos que aquejan a la sociedad estadounidense. La fascinación por lo misterioso actúa como un catalizador que amplifica el efecto de estos rumores, otorgándoles un poder simbólico que excede su veracidad.

Es importante señalar que las agencias de inteligencia, tanto en Estados Unidos como en otros países, han demostrado ser expertas en la creación de operativos psicosociales. A lo largo de la historia, han utilizado narrativas de alto impacto —incluyendo fenómenos aéreos no identificados— como herramientas para moldear percepciones, controlar la agenda pública y desviar la atención de asuntos delicados. Estos dispositivos no buscan necesariamente convencer de la existencia real de extraterrestres, sino manipular el imaginario colectivo para lograr objetivos políticos o estratégicos. En este marco, la era de la desclasificación se convierte en un escenario donde la información parcial, los rumores y las filtraciones calculadas se entrelazan con la necesidad humana de misterio, produciendo un terreno fértil para la confusión y la distracción.

El caso del llamado “ET de Varginha”, ocurrido en Brasil en 1996, ha sido objeto de múltiples reinterpretaciones y recientemente volvió a cobrar notoriedad en Estados Unidos, donde se organizó un evento que reunió testimonios y supuestos archivos relacionados con el incidente. En esa ocasión, se presentaron relatos de testigos y versiones de militares que afirmaban haber participado en operaciones vinculadas al fenómeno, sin que se aportaran pruebas concluyentes. La dinámica del encuentro se basó en la fuerza narrativa de los testimonios y en la exhibición de documentos cuya autenticidad y valor probatorio siguen siendo discutidos, lo que refleja cómo este tipo de episodios se sostienen más en la construcción cultural y mediática que en la evidencia científica. El hecho de que se organice un evento internacional en torno a un caso tan controvertido muestra cómo la era de la desclasificación se nutre de relatos fragmentarios y de la fascinación por lo desconocido, reforzando la idea de que las agencias y actores políticos pueden instrumentalizar estas historias como parte de operativos psicosociales para mantener vivo el misterio y desviar la atención de cuestiones más tangibles.

La era de la desclasificación, como se ha llamado a este tiempo en que gobiernos liberan documentos sobre ovnis y fenómenos aéreos no identificados, no es tanto una revelación de verdades ocultas como una estrategia de gestión simbólica. Se entregan fragmentos de información que alimentan la imaginación colectiva, pero nunca pruebas concluyentes. El resultado es un espacio intermedio donde la ciencia no confirma, pero la cultura se expande. Allí, los extraterrestres se convierten en mitos modernos, en sustitutos de lo divino, en espejos de nuestras ansiedades y en herramientas de manipulación política.

Tras el renovado interés del Pentágono y la NASA en los fenómenos aéreos no identificados, los ufólatras han encontrado una oportunidad para actualizar sus narrativas y darles un aire de legitimidad. El hecho de que instituciones oficiales publiquen informes o reconozcan la existencia de incidentes, aunque sin pruebas concluyentes de vida extraterrestre, ha sido interpretado por los creyentes como una validación indirecta de sus postulados. En lugar de debilitar las teorías, la falta de explicaciones definitivas alimenta la imaginación y permite que los relatos se adapten a un nuevo contexto, en el que la ciencia se convierte en un aliado parcial que mantiene abierto el misterio. Así, los ufólatras han incorporado el lenguaje técnico de los informes oficiales, hablando de “UAPs” en lugar de “OVNIs”, y presentando sus creencias como hipótesis científicas en espera de confirmación.

Al mismo tiempo, la intervención del Pentágono y la NASA ha generado un fenómeno de retroalimentación cultural. Los ufólatras actualizan sus discursos con cada informe, reinterpretando los hallazgos como pruebas de encubrimiento o como señales de una revelación inminente. La paradoja es que, aunque los documentos oficiales suelen ofrecer explicaciones terrenales —globos, aves, drones o fenómenos atmosféricos—, la comunidad creyente los utiliza para reforzar la idea de que existe un secreto mayor que aún no se ha revelado. De este modo, la era de la desclasificación no ha debilitado el mito, sino que lo ha revitalizado, otorgándole un nuevo marco institucional que lo hace más atractivo y difícil de desmontar.

En los últimos años, varios personajes han declarado públicamente que el gobierno de Estados Unidos tendría en su poder naves extraterrestres y restos biológicos no humanos recuperados en supuestos accidentes. Entre ellos destaca David Grusch, exoficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, quien bajo juramento en el Congreso afirmó que existía un programa secreto dedicado a aplicar ingeniería inversa sobre tecnología alienígena y que se habían encontrado “elementos biológicos no humanos” en los lugares de impacto. A estas declaraciones se sumaron otros exmilitares que aseguraron haber visto pruebas de estas operaciones y que el gobierno mantiene ocultos tanto los restos como la información relacionada.

Lo significativo es que, pese a la contundencia con la que se presentan estos testimonios, nunca se han mostrado pruebas verificables que respalden tales afirmaciones. La ausencia de evidencia material convierte estos relatos en un terreno fértil para la especulación y la construcción de narrativas que alimentan el imaginario colectivo. En el marco de la llamada era de la desclasificación, estas declaraciones se utilizan como combustible para reforzar la idea de que existe un secreto mayor, manteniendo viva la fascinación por lo desconocido y ofreciendo a los ufólatras un nuevo argumento para sostener sus creencias en medio de la falta de confirmación científica.

El involucramiento de ex agentes de contrainteligencia en la hipótesis extraterrestre añade una capa de complejidad que no puede pasarse por alto. Estos individuos, formados precisamente en el arte de la desinformación y en la creación de narrativas falsas para confundir a adversarios, han participado en la difusión de testimonios y versiones sobre supuestas naves y cuerpos alienígenas recuperados. El hecho de que figuras con experiencia en operaciones encubiertas se conviertan en portavoces de estas historias plantea la posibilidad de que estemos ante construcciones deliberadas, diseñadas para moldear percepciones públicas y generar un clima de misterio. La contrainteligencia, por definición, se especializa en hacer creer en versiones que no necesariamente corresponden a la realidad, y su intervención en el terreno de los ovnis y extraterrestres refuerza la hipótesis de que gran parte de estas narrativas funcionan como operativos psicosociales, más orientados a manipular la opinión que a revelar verdades ocultas.

Un ejemplo claro de este involucramiento es el de David Grusch, exoficial de inteligencia estadounidense que trabajó en programas relacionados con fenómenos aéreos no identificados. Grusch declaró bajo juramento que el gobierno posee naves y restos biológicos no humanos, afirmaciones que tuvieron gran repercusión mediática pero que nunca fueron acompañadas de pruebas verificables. Su perfil como exagente vinculado a labores de contrainteligencia resulta significativo, porque justamente el arte de la contrainteligencia consiste en construir narrativas plausibles que pueden ser falsas, con el fin de confundir, manipular percepciones o desviar la atención de asuntos estratégicos. Que figuras con esa formación se conviertan en portavoces de la hipótesis extraterrestre refuerza la sospecha de que gran parte de estas declaraciones podrían ser parte de operativos psicosociales, más orientados a mantener vivo el misterio y moldear la opinión pública que a revelar verdades ocultas.

Así, la era de la desclasificación no es la era de la verdad, sino la era del relato. Una época en la que la humanidad, privada de trascendencia religiosa, busca en el cosmos un reflejo de sí misma. Los extraterrestres, reales o ficticios, no han dejado nada positivo ni verificable, pero han dejado un legado simbólico: el de recordarnos que seguimos necesitando creer en algo más grande que nosotros, aunque ese algo sea un mito vestido de ciencia. En última instancia, la desclasificación no revela a los otros, sino a nosotros mismos: nuestra necesidad de consuelo, nuestra vulnerabilidad ante la crisis y nuestra inagotable capacidad de crear narrativas que llenen el vacío de lo absoluto.

La era de la desclasificación exhibe con crudeza cómo la política y la cultura contemporánea han aprendido a manipular el hambre de misterio de las masas. No se trata de abrir archivos para esclarecer la verdad, sino de dosificar fragmentos ambiguos que mantienen viva la expectativa. El resultado es un espectáculo calculado: informes oficiales que no prueban nada, testimonios que no se verifican y rumores que se amplifican en los medios. Todo ello configura un teatro de sombras donde lo importante no es la evidencia, sino la sugestión, y donde el ciudadano se convierte en espectador de un relato diseñado para distraerlo de los problemas reales que lo afectan.

Más mordaz aún es constatar que la desclasificación no revela extraterrestres, sino la sofisticación de los mecanismos de poder para fabricar narrativas. Los gobiernos y las agencias de inteligencia han comprendido que el mito del contacto alienígena es un recurso invaluable: permite encubrir, desviar y controlar la atención pública con un mínimo de inversión y un máximo de impacto. En este sentido, los extraterrestres no son visitantes del cosmos, sino instrumentos de manipulación terrestre, un mito vestido de ciencia que desnuda la vulnerabilidad de sociedades dispuestas a creer en cualquier relato que les ofrezca consuelo frente a la incertidumbre.

Bibliografía

Ballester Olmos, Vicente-Juan. Estado actual de la desclasificación de información OVNI en el mundo. Fundación Anomalía, 2021.

Ballester Olmos, Vicente-Juan. ¡Desclasificación! Archivos OVNI militares al descubierto: el caso español. Archive.org, 1997.

Borraz, Manuel. Ovnis, científicos y extraterrestres. En Vida en el universo. Del mito a la ciencia, coordinado por Ricardo Campo, Fundación Anomalía, Santander, 2008.

EcoActivo. Desclasificación extraterrestre EEUU: cronología y contexto. EcoActivo Editorial, 2020.

Ministerio de Defensa de España. Expedientes OVNI: Biblioteca Virtual de Defensa. Biblioteca Central del Ejército del Aire, Madrid, 1992.

Office of the Director of National Intelligence. Audiencias sobre UAP y transparencia legislativa. U.S. House of Representatives, transcripción oficial, 26 de julio de 2023.

LOS SUPUESTOS VIAJES EN EL TIEMPO

 


LOS SUPUESTOS VIAJES EN EL TIEMPO

El relato más célebre de un supuesto viaje temporal es el incidente Moberly-Jourdain de 1901, cuando dos académicas inglesas, Charlotte Anne Moberly y Eleanor Jourdain, visitaron el Petit Trianon en Versalles y afirmaron haber visto los jardines como en el siglo XVIII, con personajes vestidos de época e incluso a la reina María Antonieta. Publicaron su experiencia en An Adventure (1911). Aunque fascinante, la mayoría de estudiosos lo interpretan como sugestión, percepción alterada o disociación, no como un desplazamiento físico en el tiempo.

Tras el relato del incidente Moberly‑Jourdain de 1901 conviene insistir en la tesis de que no se trató de un viaje físico en el tiempo, sino de una experiencia de carácter mental. La psicología reconoce que la mente humana puede entrar en estados de percepción alterada, donde la memoria, la imaginación y la sugestión se combinan para producir vivencias intensamente vívidas. En situaciones de tensión emocional, fatiga o expectativa, el cerebro puede reconstruir escenas del pasado con tal realismo que el sujeto las percibe como presentes. Este fenómeno se explica por la capacidad de la mente de generar imágenes internas que se confunden con la percepción externa, dando lugar a experiencias que parecen auténticos desplazamientos temporales. Así, lo que Moberly y Jourdain describieron se entiende mejor como una ilusión subjetiva, un episodio de disociación o sugestión compartida, más que como una ruptura de las leyes físicas del tiempo.

A lo largo del siglo XX y XXI han aparecido otros relatos similares. El más famoso en la cultura digital es el de John Titor, un supuesto viajero del año 2036 que apareció en foros en 2000–2001. Sus predicciones resultaron en gran parte erróneas y hoy se entienden como un fenómeno cultural. Otro caso es el de Andrew Carlssin, un inversor que según tabloides habría confesado ser del año 2256; la historia se reveló como un bulo periodístico. También circulan fotografías “anómalas” donde aparecen personas con atuendos modernos en imágenes antiguas, pero la explicación suele ser coincidencias de moda o interpretaciones erróneas.

En el siglo XIX, la Sociedad Teosófica, fundada por Helena Blavatsky, popularizó la noción de los registros akáshicos, concebidos como una memoria cósmica donde quedarían inscritas todas las acciones, pensamientos y palabras de los seres humanos. Esta idea se inspiraba en el concepto hindú de akasha (éter o espacio), pero fue reinterpretada en clave esotérica como una “biblioteca universal” accesible a través de estados de conciencia elevados o mediumnidad. Posteriormente, autores como Rudolf Steiner y Edgar Cayce afirmaron haber accedido a estos registros para obtener información sobre vidas pasadas y futuros posibles. En este sentido, el esoterismo y la teosofía no hablan de viajes físicos en el tiempo, sino de lectura espiritual de un archivo atemporal, lo que refuerza la interpretación de estas experiencias como visiones interiores de origen mental o preternatural.

En el ámbito místico destaca Edgar Cayce (1877–1945), el llamado profeta durmiente. En trance ofrecía lecturas sobre salud, vidas pasadas y futuros acontecimientos. Sus mensajes eran ambiguos, mezclaban elementos cristianos con esoterismo (reencarnación, Atlántida, registros akáshicos) y no se consideran viajes temporales reales, sino visiones interiores. Desde la perspectiva teológica, la ambigüedad y mezcla doctrinal hacen pensar en un origen preternatural más que sobrenatural: influencias espirituales que actúan sobre la mente, incluso de carácter demoníaco, pues no conducen a la verdad revelada ni a la claridad propia de Dios.

En la tradición cristiana también se mencionan santos y místicos que vivieron experiencias “fuera del tiempo”. Santa Hildegarda de Bingen tuvo visiones sobre el cosmos y el futuro de la humanidad; San Juan Bosco relató sueños proféticos sobre la Iglesia y la juventud; Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz experimentaron éxtasis místicos donde el tiempo parecía suspenderse; y el Padre Pío fue famoso por fenómenos de bilocación y visiones de sucesos futuros. Estos casos no se interpretan como viajes temporales físicos, sino como experiencias espirituales, revelaciones o estados de conciencia alterada.

En primer lugar, el caso de Santa Hildegarda de Bingen resulta paradigmático. Sus visiones no solo abarcaban el orden espiritual, sino también el cosmos y la historia futura de la humanidad. En ellas, el tiempo parecía desplegarse como un tapiz completo, donde pasado, presente y futuro se mostraban simultáneamente. La Iglesia interpretó estas experiencias como revelaciones auténticas, pues sus mensajes eran claros, coherentes y orientados a la edificación espiritual, lo que las distingue de fenómenos ambiguos o esotéricos.

Por otro lado, San Juan Bosco relató numerosos sueños proféticos en los que veía el destino de la juventud y de la Iglesia. Estos sueños no eran simples imaginaciones nocturnas, sino experiencias que él mismo consideraba inspiradas por Dios. En ellos, el tiempo se suspendía y se le mostraban acontecimientos futuros con gran detalle. La finalidad era siempre pastoral: advertir, guiar y fortalecer la fe de los jóvenes. Aquí se observa cómo la suspensión del tiempo humano se convierte en un medio para transmitir un mensaje divino claro.

Finalmente, el Padre Pío de Pietrelcina fue conocido por fenómenos extraordinarios como la bilocación y las visiones de sucesos futuros. Testigos afirmaron que podía aparecer en dos lugares distintos al mismo tiempo, y que recibía revelaciones sobre personas y acontecimientos que aún no habían ocurrido. Estos fenómenos no se interpretan como viajes temporales físicos, sino como manifestaciones sobrenaturales donde Dios permitía que el santo trascendiera las limitaciones del tiempo humano. La casuística en torno al Padre Pío muestra cómo la experiencia “fuera del tiempo” cobra relevancia únicamente cuando se advierte un mensaje divino auténtico, orientado a la salvación y la conversión.

De este modo, la tradición cristiana ofrece ejemplos concretos de santos cuya vivencia del tiempo se suspendía o se expandía, pero siempre en el marco de una revelación sobrenatural, nunca como un viaje temporal físico.

Para comprender mejor estas experiencias, conviene distinguir la relación con el tiempo en distintos órdenes de existencia:

  • Dios es eterno: no tiene principio ni fin, y su existencia es un eterno presente. Todo lo que existe está simultáneamente presente en Él.

  • Los seres espirituales son eviternos: tienen un inicio porque fueron creados, pero no tienen fin. No envejecen ni cambian como los cuerpos, aunque sí experimentan sucesión de actos. Su “ahora” es más amplio que el humano, pero no idéntico al eterno presente de Dios.

  • Los humanos somos temporales: vivimos en un tiempo lineal, limitado, marcado por pasado, presente y futuro. Nuestra conciencia percibe el tiempo como flujo, y estamos sujetos al cambio, envejecimiento y muerte.

En la tradición cristiana, además de distinguir entre lo eterno de Dios, lo eviterno de los ángeles y lo temporal de los hombres, se reconoce que los seres espirituales creados pueden influir en la percepción humana del tiempo.

Por un lado, la acción de los ángeles se entiende como una ayuda que Dios permite para guiar y proteger al hombre. Los ángeles pueden actuar sobre la imaginación y los sentidos internos, iluminando la mente con visiones que muestran realidades espirituales o incluso anticipaciones de acontecimientos futuros. No se trata de alterar físicamente el tiempo, sino de comunicar mensajes divinos mediante imágenes y percepciones que trascienden la experiencia ordinaria. En este sentido, las visiones proféticas o los sueños inspirados se consideran fruto de la acción angélica, siempre con la finalidad de fortalecer la fe, advertir o consolar.

Por otro lado, la acción de los demonios se interpreta como una influencia engañosa sobre la mente humana. Al igual que los ángeles, los demonios pueden actuar sobre la imaginación y los sentidos internos, pero lo hacen para confundir, sembrar error o distraer del camino de la verdad. Sus intervenciones suelen producir mensajes ambiguos, contradictorios o mezclados con elementos esotéricos, que no conducen a la claridad ni a la edificación espiritual. En este marco, los supuestos viajes en el tiempo que carecen de coherencia doctrinal o que promueven curiosidad vacía se entienden como experiencias de origen preternatural demoníaco, pues buscan desviar al hombre de la revelación auténtica.

De este modo, la tradición cristiana afirma que tanto ángeles como demonios pueden influir en la percepción humana del tiempo, pero mientras los ángeles lo hacen para transmitir un mensaje divino claro, los demonios lo hacen para engañar y confundir.

En este marco, el viaje temporal físico es imposible para el hombre. La física moderna admite la dilatación temporal (viaje relativo al futuro, comprobado en relojes atómicos y en la teoría de la relatividad), pero no el viaje al pasado. Por tanto, cuando un humano afirma haber viajado en el tiempo, se interpreta como una experiencia interior:

  • Origen mental: estados de conciencia alterada, sueños lúcidos, disociación, imaginación.

  • Origen preternatural: influencia de seres espirituales creados, que pueden actuar sobre la mente y producir visiones.

  • Relevancia espiritual: solo cobra importancia cuando se reconoce un mensaje divino claro, coherente y conforme a la fe.

La física moderna fundamenta la imposibilidad de viajar al pasado en varios principios. En primer lugar, la teoría de la relatividad de Einstein admite la dilatación temporal: a mayor velocidad o bajo campos gravitatorios intensos, el tiempo transcurre más lentamente. Esto permite que un viajero que se acerque a la velocidad de la luz o que permanezca cerca de un objeto masivo experimente el tiempo de manera distinta, avanzando hacia el futuro relativo. Sin embargo, esta misma teoría no ofrece mecanismos para retroceder en el tiempo, pues ello implicaría violar la causalidad: los efectos no pueden preceder a las causas. Si fuera posible regresar al pasado, se abrirían paradojas lógicas como la del “abuelo”, donde un viajero podría impedir su propia existencia, lo cual contradice la coherencia interna de las leyes físicas.

En segundo lugar, la mecánica cuántica refuerza esta imposibilidad. El pasado no existe como un lugar fijo al que se pueda regresar, sino como un conjunto de sucesos ya colapsados en una única realidad. Observar en el mundo cuántico no es pasivo: cada medición colapsa posibilidades y crea un estado definido. Una vez que ese colapso ocurre, no hay manera de “volver atrás” para reabrir las posibilidades ya cerradas. En otras palabras, el pasado no es un espacio disponible para ser visitado, sino un registro irreversible de sucesos. Por ello, aunque la ciencia ficción imagine máquinas del tiempo, la física sostiene que el viaje al pasado es imposible, y cualquier experiencia que se interprete como tal debe entenderse como visión interior, influencia espiritual o construcción mental.

La ciencia, al contrario de lo que ocurre con el viaje al pasado, sí reconoce la posibilidad de un viaje hacia el futuro en términos relativos, y lo fundamenta en principios comprobados de la física moderna. La teoría de la relatividad especial de Einstein establece que el tiempo transcurre más lentamente para un objeto que se mueve a gran velocidad respecto a otro en reposo. Este fenómeno, conocido como dilatación temporal, implica que un viajero que se desplazara cerca de la velocidad de la luz experimentaría menos tiempo que quienes permanecen en la Tierra. Al regresar, descubriría que en la Tierra han pasado muchos más años: en ese sentido, habría “viajado al futuro”.

La relatividad general añade otro mecanismo: el tiempo se ralentiza en presencia de campos gravitatorios intensos. Cuanto más fuerte es la gravedad, más despacio transcurre el tiempo. Un reloj situado cerca de un agujero negro marcaría el tiempo más lentamente que uno lejano, lo que significa que un observador en esa región estaría avanzando hacia el futuro relativo respecto a quienes permanecen en un campo gravitatorio más débil. Estos efectos no son meramente teóricos: se han verificado experimentalmente con relojes atómicos en aviones y satélites, que muestran diferencias mínimas pero reales en la medida del tiempo.

En consecuencia, la física moderna afirma que viajar al futuro es posible en términos relativos, aunque limitado por las condiciones extremas necesarias (velocidades cercanas a la luz o campos gravitatorios enormes). Sin embargo, este viaje no es un salto instantáneo ni un desplazamiento voluntario como lo imagina la ciencia ficción, sino un efecto natural de la estructura del espacio-tiempo. Así, la ciencia distingue claramente: el futuro puede alcanzarse más rápido mediante dilatación temporal, pero el pasado permanece inaccesible, lo que refuerza la tesis de que los supuestos viajes temporales humanos deben interpretarse como experiencias interiores o visiones espirituales, y no como desplazamientos físicos en la línea temporal.

La Biblia ofrece precedentes que parecen viajes en el tiempo, pero en realidad son visiones sobrenaturales otorgadas por Dios. El profeta Daniel vio reinos futuros y el fin de los tiempos; Ezequiel contempló la gloria de Dios y la restauración de Israel; Juan en el Apocalipsis recibió revelaciones sobre el futuro de la Iglesia y el fin del mundo; los discípulos presenciaron la Transfiguración de Jesús junto a Moisés y Elías; y San Pablo habló de haber sido arrebatado hasta el tercer cielo. Ninguno de estos casos describe un desplazamiento físico en el tiempo, sino revelaciones divinas con finalidad espiritual: fortalecer la fe, advertir, consolar y guiar.

Dos de los casos más impresionantes de visiones bíblicas que parecen viajes en el tiempo son los de Juan en el Apocalipsis y el de la Transfiguración de Jesús. En el primero, Juan recibe una revelación que lo transporta espiritualmente a contemplar el destino final de la humanidad y la consumación de la historia. En sus visiones, el tiempo lineal se disuelve y se le muestran escenas del futuro de la Iglesia, la batalla escatológica entre el bien y el mal, y la instauración definitiva del Reino de Dios. Lo notable es que Juan no viaja físicamente al futuro, sino que Dios le concede una visión sobrenatural en la que se despliega ante sus ojos el sentido último de la historia. Este caso es impresionante porque muestra cómo la revelación divina puede abarcar toda la línea temporal y ofrecer al creyente una certeza sobre lo que aún no ha ocurrido.

El segundo caso, la Transfiguración de Jesús, es igualmente extraordinario. Pedro, Santiago y Juan contemplan a Cristo resplandeciente en el monte, acompañado por Moisés y Elías, figuras del pasado que aparecen vivas y presentes en ese momento. La experiencia no es un viaje temporal en el sentido físico, sino una manifestación sobrenatural en la que los discípulos perciben simultáneamente la continuidad de la historia de la salvación: el pasado representado por Moisés y Elías, el presente encarnado en Jesús, y el futuro anticipado en su gloria. Este episodio es impresionante porque revela cómo Dios puede suspender las limitaciones del tiempo humano para mostrar la unidad de su plan eterno, fortaleciendo la fe de los discípulos y preparando su espíritu para los acontecimientos de la pasión y la resurrección.

Ambos casos ilustran con fuerza que lo que parece un viaje en el tiempo es, en realidad, una visión sobrenatural otorgada por Dios, con un propósito espiritual claro y trascendente.

En la tradición de otras religiones también encontramos relatos que evocan experiencias de trascendencia del tiempo. En el hinduismo, el tiempo se concibe como cíclico, y los sabios tienen visiones de épocas pasadas y futuras; en el budismo, los maestros iluminados perciben vidas pasadas y futuras, trascendiendo el samsara; en el islam, el viaje nocturno de Mahoma (Isra y Mi’raj) es una experiencia sobrenatural donde recibe revelaciones celestiales; en el judaísmo, los profetas como Isaías y Jeremías reciben visiones del futuro de Israel y del mundo. En todos estos casos, no se trata de viajes temporales físicos, sino de revelaciones espirituales que trascienden la percepción ordinaria del tiempo.

Dos de los casos más impresionantes de experiencias religiosas que evocan la trascendencia del tiempo se encuentran en el hinduismo y en el islam. En el hinduismo, los relatos del Mahabharata y del Bhagavad Gita muestran cómo los sabios y héroes pueden tener visiones que abarcan épocas pasadas y futuras. Un ejemplo notable es la revelación que recibe Arjuna en el Bhagavad Gita, cuando Krishna le muestra su forma cósmica: en esa visión, Arjuna contempla simultáneamente el pasado, el presente y el futuro, percibiendo la totalidad del tiempo como un solo instante. Este episodio es impresionante porque revela la concepción cíclica del tiempo en el hinduismo y la posibilidad de que un ser humano, mediante la gracia divina, trascienda la percepción lineal y limitada de la temporalidad.

En el islam, el relato del Isra y Mi’raj, el viaje nocturno del profeta Mahoma, constituye uno de los casos más extraordinarios. Según la tradición, Mahoma fue llevado desde La Meca hasta Jerusalén y luego ascendió a los cielos, donde se encontró con profetas anteriores y recibió mandatos divinos, como la obligación de la oración. En esta experiencia, el tiempo humano se suspendió y el profeta accedió a una dimensión sobrenatural donde pasado, presente y futuro se entrelazaban en la revelación. Lo impresionante de este caso es que no se interpreta como un viaje físico en el tiempo, sino como una experiencia espiritual en la que Dios permitió al profeta contemplar realidades celestiales y recibir instrucciones fundamentales para la comunidad musulmana.

Ambos ejemplos muestran cómo, en distintas tradiciones religiosas, lo que parece un viaje temporal es en realidad una visión espiritual que trasciende el tiempo humano, otorgada con un propósito divino y revelador.

En el budismo tibetano, estas experiencias se profundizan aún más. Los grandes lamas y practicantes avanzados de meditación describen estados de conciencia en los que el tiempo ordinario se disuelve. En prácticas como el dzogchen o el mahamudra, se afirma que el meditador puede experimentar la naturaleza última de la mente, un estado de claridad y vacuidad en el que pasado, presente y futuro se perciben como simultáneos.

En ese nivel de contemplación, el tiempo deja de ser una sucesión lineal y se revela como una construcción mental. Los relatos de yoguis tibetanos narran cómo, en profunda meditación, se accede a memorias de vidas pasadas y visiones de futuros posibles, entendidas no como viajes físicos, sino como una percepción directa de la continuidad de la conciencia más allá de una sola existencia.

Asimismo, en las tradiciones tántricas tibetanas se describe la posibilidad de entrar en estados de samadhi profundo, donde el practicante percibe realidades múltiples y atemporales. El bardo thödol (conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos) enseña que tras la muerte la conciencia atraviesa estados donde el tiempo humano se disuelve, y el alma experimenta simultáneamente múltiples visiones de mundos y posibilidades.

De este modo, el budismo tibetano ofrece una visión radical de la trascendencia del tiempo: lo que parece un viaje temporal es en realidad una experiencia espiritual atemporal, en la que la mente iluminada contempla la totalidad de la existencia más allá de la percepción ordinaria. 

En conclusión, los llamados viajes en el tiempo en los seres humanos no son desplazamientos reales en la línea temporal. La física moderna demuestra que solo es posible avanzar hacia el futuro relativo mediante la dilatación temporal, pero nunca retroceder al pasado sin violar la causalidad. Por ello, toda experiencia que se presenta como un viaje temporal debe entenderse como un fenómeno interior: ya sea fruto de estados mentales alterados o de influencias preternaturales.

A la luz de la fe y la razón, lo que parece un salto en el tiempo es en realidad una visión sobrenatural otorgada por Dios, que trasciende las limitaciones humanas para comunicar su verdad eterna. Solo cuando estas experiencias transmiten un mensaje divino claro, coherente y conforme a la revelación, adquieren auténtica relevancia espiritual. Así, se afirma categóricamente que el hombre no puede viajar físicamente en el tiempo: lo único verdadero y trascendente es la acción de Dios, que suspende el tiempo humano para mostrar la plenitud de su plan eterno.

El análisis muestra que el viaje físico en el tiempo es imposible para el hombre, pues la física moderna solo admite la dilatación temporal hacia el futuro relativo y descarta cualquier retorno al pasado sin violar la causalidad. Esto conduce a una conclusión metafísica: el tiempo humano es irreversible y lineal, mientras que la eternidad divina se manifiesta como un presente absoluto en el que todo está simultáneamente presente. Las experiencias que parecen viajes temporales deben entenderse como fenómenos interiores, ya sea fruto de estados mentales alterados o de influencias preternaturales, y nunca como desplazamientos reales en la línea temporal.

Ontológicamente, se confirma la distinción de órdenes de existencia: Dios es eterno, los seres espirituales son eviternos y los humanos somos temporales. Cada orden se relaciona de manera distinta con el tiempo, lo que explica la diversidad de experiencias relatadas en la tradición religiosa y mística. Las visiones sobrenaturales, tanto en el cristianismo como en otras religiones, son participación limitada de la eternidad divina, donde el hombre recibe un destello del plan eterno de Dios. Así, lo que parece un viaje temporal es en realidad una revelación espiritual que trasciende el tiempo humano para comunicar una verdad superior.

En definitiva, la conclusión ontológica y metafísica es contundente: el tiempo físico no puede ser manipulado por el hombre, pero puede ser trascendido en la experiencia espiritual. Solo en la acción de Dios, que suspende o expande la percepción humana del tiempo, se encuentra el sentido auténtico de estas vivencias, cuyo valor reside en el mensaje divino que transmiten y no en la ilusión de un desplazamiento temporal.

Bibliografía

Alonso, Enrique, y Enrique Romerales. Los viajes en el tiempo: Un enfoque multidisciplinar. UAM Ediciones, 2009.

Blavatsky, Helena P. La doctrina secreta: La síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía. Theosophical Publishing Company, 1888.

Cayce, Edgar. Edgar Cayce sobre los registros akáshicos: El libro de la vida. A.R.E. Press, 1997.

Dorofatti, Carlo. Viajando en el tiempo: Perspectiva psíquico-esotérica. Horus Centre, 2010.

Einstein, Albert. La relatividad: La teoría especial y general. Crown Publishers, 1961.

Evans-Wentz, W. Y., ed. El libro tibetano de los muertos: Experiencias post-mortem en el plano del bardo. Oxford University Press, 1927.

Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía de lo sobrenatural. Iipcial, 2025.

Hildegarda de Bingen. Scivias. Traducido por Columba Hart y Jane Bishop, Paulist Press, 1990.

La Biblia. Versión Estándar Revisada. HarperCollins, 1989.

Kaku, Michio. La física de lo imposible. Debate, 2009.

Pío de Pietrelcina. Cartas y escritos. Edizioni San Paolo, 2002.

Steiner, Rudolf. Los registros akáshicos: Conferencias y escritos. Anthroposophic Press, 1947.

Torres Arevalo, José L., y Roberta Sparrow. La filosofía del viaje en el tiempo: Filosofía, ética y método. Independently Published, 2021.