Crónica del Nuevo Mundo: De las Huellas del Gonfoterio a los Maestros del Océano
¿De qué modo los colosales gonfoterios, que alguna vez poblaron las punas y los valles interandinos, se convirtieron en testigos mudos de la llegada del ser humano a Sudamérica?
¿Es posible que las huellas fósiles y las fogatas prehistóricas nos revelen un poblamiento mucho más antiguo de lo que dicta el consenso académico? ¿Hasta qué punto las rutas oceánicas y los contactos genéticos entre América y Polinesia transformaron la historia de ambos mundos, dejando rastros en lenguas, cultivos y arquitecturas? ¿Podemos leer en los muros de piedra de Vinapú, en los mitos de Ñaimlap o en las efigies aladas de Tiwanaku la memoria de un intercambio transoceánico que la ciencia genética apenas comienza a confirmar? ¿No es acaso la extinción de la megafauna y la persistencia de los mitos marítimos un espejo de nuestra propia fragilidad frente al tiempo, el clima y la técnica?
A lo largo de mis indagaciones sobre el pasado de nuestro continente, siempre me ha maravillado cómo los hilos de la paleontología, la geología y la genética se entrelazan de forma tan estrecha para tejer una sola historia monumental. Todo comenzó cuando me sumergí en el estudio del pariente prehistórico del elefante actual, el gonfoterio, cuya llegada a América del Sur se sitúa hace aproximadamente 2.5 a 3 millones de años durante el Plioceno, un hito facilitado por la emergencia geológica del Istmo de Panamá que desencadenó el Gran Intercambio Biótico Americano y abrió las puertas a géneros imponentes como Notiomastodon y Cuvieronius.
Me conmovió profundamente descubrir que estos titanes de cinco toneladas convivieron estrechamente con los primeros seres humanos en territorio peruano, poblando la costa norte y sur, así como el Altiplano en Puno y, sobre todo, la sierra central en el yacimiento de Chambará (Junín), donde se han desenterrado múltiples cráneos y defensas de la especie Cuvieronius hyodon con antigüedades de hasta 12,000 años. Al indagar sobre las condiciones ambientales de Junín hace un millón de años, durante el Pleistoceno Temprano, comprendí que el clima no era estático, sino una sucesión implacable de ciclos glaciales extremadamente fríos y secos que convertían la meseta de Bombón en una tundra semiárida, alternados con fases interglaciales más cálidas y húmedas impulsadas por el Monzón Sudamericano, una inestabilidad que obligaba a la megafauna a migrar verticalmente buscando refugio en los valles interandinos y las llanuras costeras.
Esta aparente ventaja evolutiva de transitar libremente entre la sierra y el litoral me llevó a cuestionar por qué terminaron extinguiéndose por completo hace unos 10,000 a 8,500 años, y la respuesta me reveló una trampa perfecta provocada por la confluencia de un cambio climático violento al término de la Era de Hielo y la aparición de un nuevo y eficaz depredador. El colapso ambiental transformó simultáneamente la vegetación altoandina y aridificó los valles costeros, forzando a los gonfoterios a una dieta demasiado especializada que los dejó sin fuentes de sustento, mientras que los cazadores paleóndicos convirtieron los estrechos pasajes de la cordillera en emboscadas naturales insalvables para una especie cuya lentísima tasa de reproducción y fragmentación demográfica imposibilitaban cualquier recuperación frente a la caza sistemática.
Al analizar esta fecha de extinción, reflexioné inicialmente en la posibilidad de que la presencia humana en el continente tuviera que remontarse por fuerza matemática a decenas de miles de años atrás, pero pronto comprendí que el encuentro y el declive pudieron ser fulminantes a corto plazo, abriendo ante mí el apasionante debate entre la teoría del poblamiento tardío, que sitúa la llegada del hombre hace unos 14,000 años, y la teoría del poblamiento temprano, fundamentada en yacimientos controvertidos como Pedra Furada en Brasil o las marcas de corte en gliptodontes argentinos de más de 20 mil años.
Para discernir la verdad entre estas hipótesis, examiné las rigurosas exigencias metodológicas que la ciencia impone, tales como las dataciones absolutas por Carbono-14 o Luminiscencia Ópticamente Estimulada, los análisis de estratigrafía para descartar la alteración de suelos por raíces o roedores, y la necesidad de diferenciar un artefacto intencional de un simple geofacto de piedra tallado por la naturaleza, recordando cómo el emblemático sitio chileno de Monte Verde sufrió debates debido a que arroyos antiguos mezclaron materiales orgánicos de distintas épocas.
Para profundizar en esta rigurosidad cronológica, es indispensable analizar los complejos estudios de radiocarbono aplicados a los restos de las fogatas excavadas en los campamentos más tempranos de Sudamérica. En yacimientos clave de la selva brasileña y de las pampas argentinas, los científicos extraen diminutos fragmentos de carbón vegetal remanentes de antiguos hogares humanos para someterlos a la técnica de Espectrometría de Masas con Aceleradores (AMS). El gran desafío metodológico radica en que las fogatas prehistóricas a menudo sufren el "efecto de madera vieja", donde los humanos de la Era de Hielo quemaban troncos de árboles que ya tenían cientos de años de antigüedad antes de ser talados o recolectados, lo que introduce un sesgo que puede inflar artificialmente la antigüedad del evento humano. Asimismo, los ácidos húmicos del subsuelo y la filtración de carbono moderno a través de las lluvias veraniegas pueden contaminar el carbón poroso de las hogueras.
Por esta razón, los laboratorios modernos deben aplicar lavados químicos ultra severos con soluciones ácidas y alcalinas para aislar únicamente la fraction pura de celulosa carbonizada, asegurando que las fechas que empujan el poblamiento hacia los 20,000 o 30,000 años correspondan verdaderamente al momento exacto en que un ser humano encendió el fuego y no a una contaminación del suelo geológico. En medio de estas discusiones cronológicas, tropecé con el enigma de la "Señal Población Y", un componente genético ancestral hallado en tribus de la Amazonía y el Cono Sur que vincula de manera directa e irrefutable a los nativos americanos con poblaciones antiguas de Australasia, un hallazgo que inicialmente me hizo considerar la posibilidad de una ruta migratoria marítima directa a través del océano Pacífico aprovechando que el nivel del mar era 120 metros más bajo durante el apogeo glacial.
No obstante, la física y la historia me obligaron a descartar una travesía oceánica directa en la Era de Hielo, puesto que el desplome del nivel del mar no eliminó los miles de kilómetros de agua abierta del Pacífico central, las corrientes marinas y los vientos soplaban firmemente en contra de la ruta hacia América, y las islas intermedias de la Polinesia permanecieron deshabitadas hasta hace apenas unos 3,000 años, consolidando la ruta costera del Pacífico Norte y el puente de Beringia como la explicación más viable para el viaje de aquellos antiguos portadores genéticos.
El análisis de estos contactos oceánicos me condujo inevitablemente a la célebre expedición Kon-Tiki de 1947, liderada por Thor Heyerdahl, un experimento de arqueología que demostró la extraordinaria estabilidad de las balsas de madera prehispánicas y la viabilidad de viajar miles de kilómetros impulsados por la corriente de Humboldt desde el Perú hasta las islas Tuamotu, pero que falló en probar su tesis principal de que Sudamérica pobló originalmente la Polinesia, dado que la lingüística y el ADN demostraron un origen asiático para los isleños.
Lo verdaderamente fascinante emergió con los estudios genéticos modernos que confirmaron que sí existió un contacto real y temprano entre ambas regiones alrededor del año 1200 d.C., siglos antes del auge del Imperio Inca, determinando que los verdaderos pioneros fueron los propios navegantes polinesios, quienes poseían catamaranes de doble casco capaces de navegar en zigzag contra el viento, una astronomía de precisión sin instrumentos y una lectura magistral del vuelo de las aves y las olas que les permitió desembarcar en Sudamérica.
Fue precisamente en este escenario de desembarco precolombino donde se produjo un fenómeno cultural fascinante: la asimilación de términos oceánicos dentro de las lenguas de la costa occidental sudamericana que, con el tiempo, se integraron al quechua imperial. Al profundizar en la lingüística histórica, comprendí que la transferencia de palabras no ocurre en el vacío, sino que es el reflejo de un comercio intensivo de tecnologías avanzadas y bienes de alto valor simbólico.
Los navegantes polinesios no solo desembarcaron para abastecerse, sino que introdujeron herramientas e instituciones que los pobladores locales adoptaron junto con sus nombres originales. El caso más célebre es el término toki, que en las islas de la Polinesia designa de forma pan-pacífica a la azuela o hacha de piedra utilizada para tallar canoas y que posee una profunda carga ceremonial; esta palabra fue asimilada de forma idéntica por el quechua, el aimara y el mapudungun para nombrar herramientas de piedra similares e incluso para designar a los líderes militares de alta jerarquía en el Cono Sur. Asimismo, descubrí que vocablos polinesios asociados a la organización social y de parentesco, como la raíz ra'a o raka —vinculada a la nobleza, el linaje o las deidades solares en el Pacífico oriental—, muestran correlaciones asombrosas con la estructuración de términos andinos de autoridad y parentesco consanguíneo, sugiriendo que las jefaturas costeras sudamericanas vieron en estos visitantes un prestigio tecnológico digno de ser incorporado a su propio vocabulario de poder.
Incluso la designación de dignatarios supremos como Inka posee ecos en algunas lenguas de las islas orientales para denotar linajes gobernantes. Esta asimilación lingüística andina se consolidó de manera inversa en la agricultura, pues fueron los polinesios quienes adoptaron la raíz quechua y cañari k'umar o cumar para su amado camote, llevándoselo como kumara o kūmara de regreso a sus islas junto con el ADN de las mujeres sudamericanas con las que se emparentaron.
Este puente genético transoceánico encontró su validación científica más contundente en los minuciosos análisis paleogenómicos contemporáneos dirigidos al rincón más aislado del triángulo polinésico. Al revisar los estudios genéticos específicos de la Isla de Pascua (Rapa Nui), descubrí que las investigaciones publicadas en revistas como Nature y Current Biology —las cuales secuenciaron tanto genomas de la población actual como ADN antiguo extraído de restos óseos precolombinos conservados en museos— demostraron de manera irrefutable que cerca del 10% del acervo genético rapanui preeuropeo es de origen indígena americano. La distribución molecular de este ADN indica con precisión estadística que el flujo genético y el mestizaje ocurrieron entre los siglos XIII y XV, estimándose el contacto entre los años 1250 y 1430 d.C., coincidiendo con la expansión marítima de los navegantes oceánicos que recolectaron este componente biológico en las costas de Colombia o Ecuador antes de emprender su travesía final de retorno hacia Rapa Nui.
Esta revelación biológica arroja una nueva luz sobre la arquitectura comparada de los templos andinos y polinesios, un paralelismo monumental que por décadas obsesionó a investigadores locales. Al analizar las plataformas ceremoniales de la Isla de Pascua, conocidas como ahu —estructuras sobre las cuales se erigieron los colosales monolitos o moáis—, resulta imposible ignorar el asombroso parecido estético y técnico del sector de Ahu Vinapú con la arquitectura imperial incaica del Cusco. El muro posterior de esta plataforma exhibe un aparejo de piedra perfectamente labrada, con bloques megalíticos de basalto tallados de forma almohadillada que encajan de manera milimétrica sin el uso de mortero, replicando fielmente la sofisticada técnica de sillería celular visible en templos prehispánicos como el Qorikancha o la fortaleza de Sacsayhuamán.
Aunque el consenso arqueológico actual prefiere catalogar este asombroso parecido como una convergencia tecnológica independiente nacida de la evolución de las técnicas de cantería polinesias aplicadas al basalto local, el hecho de que estas estructuras megalíticas se construyeran de manera sincrónica al contacto biológico estimado por la genética mantiene abierta una de las discusiones más fascinantes sobre la transferencia de conocimientos arquitectónicos a través del mar.
A este denso entramado de conexiones y paralelismos culturales se suma una hipótesis mítica y toponímica verdaderamente audaz en la historiografía de la costa norte peruana. Al revisar las crónicas coloniales escritas en el siglo XVI, como la Miscelánea Antártica de Miguel Cabello de Balboa, se registra el célebre relato de Ñaimlap (también documentado en variantes onomásticas coloniales como Naimlap, Ñamla o incluso bajo interpretaciones fonéticas occidentales como Nailand), un enigmático y sabio gobernante divinizado que llegó desde el mar a las playas de Lambayeque liderando una inmensa flota de balsas a vela, acompañado por una fastuosa corte de oficiales y concubinas.
Aunque los enfoques arqueológicos tradicionales suelen interpretar a este personaje como un líder civilizador proveniente del sur andino o de las culturas costeñas vecinas tras el colapso de imperios locales, la audaz revisión de las rutas marítimas transpacíficas ha llevado a postular que incluso la figura histórica detrás de este mito, o la procedencia misma del nombre Nailand, pudo haber tenido su raíz directa en la Polinesia. La descripción detallada del desembarco, la compleja organización palaciega de su séquito, el culto a ídolos tallados en piedra verde que evoca los venerados objetos ceremoniales del Pacífico, y el posterior relato mítico donde a Ñaimlap le brotan alas para ascender al cielo de forma divina, guardan una sintonía asombrosa con los relatos de expansión de las jefaturas náuticas de Oceanía; un indicio de que los lazos lingüísticos y humanos calaron de forma tan honda que la memoria colectiva nativa inmortalizó a estos antiguos maestros del mar bajo la investidura de dioses fundadores de reinos costeros.
Esta asombrosa iconografía de las deidades aladas, con hombres-pájaro y soberanos portando fastuosas alas ceremoniales que custodian el orden cosmológico, no es exclusiva de la costa lambayecana, sino que encuentra un eco y un arraigo religioso masivo y profundamente antiguo en las tierras altas del Altiplano, estando muy presente en la iconografía de la civilización de Tiwanaku.
Al contemplar la célebre Puerta del Sol en el complejo boliviano, se observa con nitidez al "Dios de los Báculos" flanqueado por hileras de seres alados o antropomorfos con cabezas de halcón y cóndor en plena actitud de carrera o vuelo, conocidos como efigies aladas. Este simbolismo andino central, que asocia a los gobernantes y seres sagrados con la capacidad aviaria para transitar entre el mundo terrenal y las esferas celestes, reverbera de forma intrincada a lo largo de todo el Pacífico, donde el culto al Tangata Manu u hombre-pájaro en la propia Isla de Pascua consagraba ritualmente la soberanía y la conexión con los ancestros divinizados, planteando un horizonte simbólico pan-oceánico donde el vuelo y las alas representaban el poder supremo de los reyes legítimos.
Para dar una solidez científica definitiva a esta red de interacciones económicas y culturales, es imperativo adentrarse en los reveladores análisis químicos de isótopos estables aplicados a la reconstrucción dietaria de los habitantes de Tiwanaku y Rapa Nui, una técnica bioquímica que permite leer directamente en el colágeno de los huesos y el esmalte dental los recursos consumidos en vida.
Al examinar los datos de Tiwanaku mediante las firmas de isótopos estables de carbono (\(\delta^{13}\text{C}\)) y nitrógeno (\(\delta^{15}\text{N}\)), los bioarqueólogos han demostrado que la sociedad altiplánica dependía de una dieta predominantemente terrestre de plantas con metabolismo fotosintético C3 (como la papa y la quinua) fuertemente combinada con el consumo de carne de camélidos (llamas y alpacas), mostrando un enriquecimiento de nitrógeno propio del pastoreo en altura. El maíz, un cultivo con fotosíntesis C4 de alto valor político y suntuario utilizado para la elaboración de la chicha ceremonial, aparece reflejado en los valores isotópicos de carbono de las élites residenciales del centro urbano, evidenciando cómo el control de recursos agrícolas de valles más templados sostendría el estatus en el Altiplano.
En contraste radical, los análisis bioquímicos de isótopos estables en los esqueletos prehispánicos de Rapa Nui revelan una firma isotópica intensamente insular y subtropical; a pesar de estar rodeados por el océano Pacífico, los valores muestran que la dieta de los antiguos rapanui no estaba dominada de forma masiva por peces pelágicos de alta mar —cuyo acceso estaba restringido por tabúes religiosos y la escasez de madera para grandes embarcaciones en periodos tardíos—, sino por recursos de la tierra donde los tubérculos introducidos como el taro y la kumara (el camote americano asimilado) constituían el núcleo calórico principal, complementado con el consumo de ratas de la Polinesia (Rattus exulans) y pollos domésticos, cuyos valores isotópicos demuestran que eran alimentados con los mismos cultivos terrestres.
Esta diferencia en las estrategias de subsistencia subraya cómo la domesticación de sus respectivos entornos moldeó dos realidades totalmente distintas que, sin embargo, terminaron conectadas a través de la transferencia del camote americano, cuya firma molecular viajó fijada en las plantas cultivadas en los suelos de la isla.
Esta proeza botánica y humana se comprende en toda su dimensión espiritual y técnica al aludir a los mitos y el origen de la navegación polinesia, un corpus de tradiciones orales que los maestros navegantes preservaron como un mapa sagrado del océano. En la cosmogonía de Oceanía, la navegación no era una mera actividad económica, sino el cumplimiento de un destino divino inaugurado por el héroe mitológico Maui, quien con su anzuelo mágico pescó las islas del fondo del mar para hacerlas habitables. Los relatos tradicionales atribuyen el origen del gran viaje migratorio hacia el este a la mítica patria ancestral de Hiva o Hawaiki, el lugar sagrado de donde partieron los primeros reyes navegantes —como el legendario jefe Hotu Matu*a, primer rey de Rapa Nui— tras visionar en sueños la existencia de nuevas tierras orientales a través de sus sabios consejeros o tuhunga.
Estos mitos sagrados no eran simples fábulas; sus versos cantados memorizaban de forma poética y exacta los ciclos estelares, las corrientes marinas ocultas, las rutas migratorias de los cetáceos y las estaciones climáticas oportunas para emprender el viaje. La mitología polinesia consagraba la navegación como un acto de comunión con el dios del mar, Tangaroa, exigiendo que la construcción de los catamaranes de doble casco fuera acompañada de estrictos rituales y sacrificios para insuflar mana (fuerza espiritual) a las naves, permitiendo que estos exploradores se lanzaran con absoluta confianza hacia el horizonte desconocido en busca de los márgenes continentales de América del Sur.
Para complementar la reconstrucción de este vasto escenario pleistocénico, es indispensable reincorporar un componente biológico andino fundamental a través de los minuciosos registros arqueológicos de las paleollamas halladas junto a los gonfoterios en la sierra peruana. Los estudios paleontológicos llevados a cabo en los valles interandinos y en las cuevas altoandinas de las punas de Junín y Pasco han sacado a la luz abundantes conjuntos fósiles donde los restos óseos de gonfoterios (Cuvieronius) aparecen en el mismo nivel estratigráfico que los camélidos extintos del Pleistoceno Tardío, pertenecientes a los géneros Palaeolama (la llamada "llama mayor" o de cuello largo) y Hemiauchenia. Los análisis morfológicos y osteométricos de estos fósiles de paleollamas —que poseían extremidades notablemente más largas y robustas que los camélidos modernos, adaptadas tanto para ramonear en bosques secos montanos como para desplazarse por terrenos escarpados— revelan que compartían los mismos nichos ecológicos y corredores fluviales que los gonfoterios andinos durante las fases de transición climática.
En sitios como Chambará, la presencia simultánea de molares facetados de gonfoterio y falanges desgastadas de paleollamas ofrece a los investigadores una prueba biológica directa de la existencia de paleocomunidades mixtas de megaherbívoros, evidenciando que las tierras altas peruanas no estaban aisladas, sino integradas en un ecosistema de alta montaña sumamente dinámico donde los grandes proboscídeos coexistían con manadas de camélidos gigantes, sirviendo ambos como el sustento fundamental que atrajo y guio a los primeros grupos de cazadores humanos hacia el interior de la cordillera de los Andes.
Como conclusión definitiva de todo este recorrido histórico, queda plenamente establecido que la presencia humana en América del Sur se remonta a una antigüedad que la ciencia sitúa firmemente entre los 14,000 y los 15,000 años para el consenso tardío, y que se extiende hasta los 20,000 o 30,000 años según las evidencias crecientes del poblamiento temprano. Esta ocupación humana culminó de manera drástica con la extinción masiva de la megafauna —incluyendo a nuestros imponentes gonfoterios y a las majestuosas paleollamas— hace aproximadamente 10,000 a 8,500 años, un colapso ecológico gatillado por la letal combinación del cambio climático del fin de la Era de Hielo y la implacable presión de la caza antrópica.
Asimismo, el registro científico deja firmemente dictaminado en sus conclusiones que los verdaderos vectores del contacto transpacífico fueron los navegantes polinesios y no al revés. No fueron las poblaciones sudamericanas las que tuvieron la capacidad técnica ni náutica de navegar hacia el este profundo del Pacífico; la dirección del flujo de ADN demuestra con contundencia molecular que la herencia genética americana fue colectada, transportada y asimilada en las islas por los propios exploradores de Oceanía, de modo que el ADN proviene de los polinesios y no al revés. Fueron ellos quienes en sus viajes de ida y vuelta integraron tanto la raíz biológica como el léxico andino a su propio mundo insular, llegando primero a las playas continentales de América y consagrándose como los auténticos y primeros unificadores de ambos mundos a través de la inmensidad del océano.
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