domingo, 19 de julio de 2026

¿Quién es el verdadero Platón?

¿Quién es el verdadero Platón?

¿Quién es el verdadero Platón que se oculta tras las capas de interpretaciones que la modernidad ha proyectado sobre su obra? ¿Es el filósofo del ser y del conocimiento que Theodor Gomperz, en Griechische Denker (1893‑1909), quiso situar en la continuidad de la tradición griega, subrayando la tensión entre lo sensible y lo inteligible? ¿Es el pedagogo universal que Werner Jaeger, en Paideia. Die Formung des griechischen Menschen (1933), convirtió en arquitecto de la formación espiritual de Occidente? ¿O es el enemigo de la libertad que Karl Popper, en The Open Society and Its Enemies (1945), acusó de ser precursor de los totalitarismos modernos? La pregunta por el verdadero Platón se convierte así en una búsqueda hermenéutica que atraviesa la historia de la filosofía y la historiografía contemporánea, obligando a discernir entre las proyecciones anacrónicas y la alteridad irreductible de su pensamiento.

El título “El triángulo hermenéutico sobre Platón” exige que la exposición se ordene cronológicamente, comenzando con Theodor Gomperz, cuya obra Griechische Denker (1893‑1909) representa uno de los primeros intentos sistemáticos de situar a Platón en la continuidad de la tradición filosófica griega. Gomperz subraya la centralidad de la epistemología y la ontología: la tensión entre la doxa y la episteme, entre lo sensible y lo inteligible, encuentra en la teoría de las Ideas su núcleo metafísico. La dialéctica es presentada como el camino hacia la verdad, y Platón aparece como filósofo del ser y del conocimiento, más que como pedagogo o político. Aunque su lectura está marcada por el horizonte cultural decimonónico, Gomperz evita en gran medida los anacronismos que caracterizarán a Jaeger y Popper.

La lectura de Gomperz está marcada por el horizonte cultural decimonónico porque responde a las coordenadas intelectuales propias de la filología historicista y del positivismo filosófico del siglo XIX, en las que la reconstrucción del pensamiento griego se concebía como una genealogía lineal de doctrinas que conducían hacia la racionalidad moderna. En Griechische Denker (1893‑1909), Gomperz organiza la historia de la filosofía griega como una sucesión de sistemas que se encadenan en continuidad, siguiendo el modelo de la historiografía científica de su tiempo, que aspiraba a clasificar y ordenar los saberes en series evolutivas. Su insistencia en la epistemología y la ontología refleja la impronta neokantiana y la influencia de la metafísica alemana decimonónica, que privilegiaba la pregunta por el ser y por las condiciones del conocimiento como ejes universales de toda filosofía. Además, su método filológico, centrado en la exégesis textual y en la reconstrucción sistemática, responde al ideal decimonónico de objetividad científica, que buscaba neutralizar la contingencia histórica mediante categorías universales. Por ello, aunque Gomperz evita los anacronismos pedagógicos de Jaeger y los políticos de Popper, su lectura no deja de estar condicionada por el horizonte cultural de su época: la confianza en la continuidad histórica, la centralidad de la metafísica y la epistemología como núcleos de la filosofía, y la convicción de que el pensamiento griego debía ser interpretado como el origen de la racionalidad moderna.

La interpretación de Gomperz exige ser corregida en la medida en que su horizonte decimonónico lo lleva a concebir la historia de la filosofía griega como una sucesión lineal de sistemas que desembocan en la racionalidad moderna, lo cual introduce una teleología que reduce la alteridad del pensamiento platónico y lo convierte en un eslabón dentro de una cadena evolutiva. Es necesario señalar que esta confianza en la continuidad histórica y en la objetividad filológica, propia del positivismo y del neokantismo de finales del siglo XIX, tiende a neutralizar la contingencia política y cultural de la polis ateniense, invisibilizando las tensiones concretas que atraviesan la obra de Platón. Sin embargo, debe mantenerse en Gomperz la insistencia en la centralidad de la epistemología y la ontología, pues su énfasis en la dialéctica como camino hacia la verdad y en la teoría de las Ideas como núcleo metafísico constituye un aporte decisivo para comprender la arquitectura interna del pensamiento platónico. En consecuencia, la corrección necesaria consiste en liberar la lectura de Gomperz de su teleología historicista y de su confianza excesiva en categorías universales, mientras que lo que debe preservarse es su atención minuciosa a la estructura epistemológica y ontológica de la filosofía platónica, que sigue siendo un punto de partida indispensable para cualquier hermenéutica crítica.

Werner Jaeger, en Paideia. Die Formung des griechischen Menschen (1933), desplaza el énfasis hacia la dimensión pedagógica. Platón es interpretado como el gran educador de la humanidad, el arquitecto de una formación espiritual que conduce el alma hacia la contemplación de las Ideas. La Academia se convierte en modelo de educación integral y la filosofía platónica en fundamento de la cultura occidental. Sin embargo, la historiografía contemporánea ha señalado que Jaeger proyecta sobre Platón el ideal humanista de la Bildung alemana, incurriendo en un anacronismo que traslada categorías modernas a un contexto griego radicalmente distinto.

La interpretación de Jaeger está marcada por un horizonte cultural anacrónico porque responde directamente al ideal de la Bildung alemana, concebida en el siglo XIX como formación integral del espíritu y como núcleo de la identidad cultural germana. En Paideia. Die Formung des griechischen Menschen (1933), Jaeger proyecta sobre Platón la convicción de que la filosofía es esencialmente pedagogía, y que la tarea del filósofo consiste en moldear al ser humano hacia la perfección espiritual. Este énfasis refleja la influencia del neohumanismo alemán, que había convertido la educación clásica en fundamento de la nación y en instrumento de regeneración cultural. Así, Platón es leído como si fuera un precursor de Goethe, Humboldt o Schleiermacher, es decir, como un pedagogo que encarna el ideal moderno de formación espiritual. El anacronismo consiste en trasladar categorías propias de la tradición alemana —la Bildung como autoconstrucción del espíritu, la cultura como proceso de elevación moral y estética, la educación como misión universal— a un contexto griego en el que la paideia tenía un sentido político y social muy distinto, vinculado a la polis y a la formación de ciudadanos. Por ello, aunque la lectura de Jaeger es fecunda para comprender la dimensión educativa de Platón, debe ser corregida en cuanto a su proyección de un ideal moderno sobre un horizonte antiguo, reconociendo que la paideia platónica no puede ser reducida al modelo humanista alemán, sino que debe ser entendida en su especificidad histórica como respuesta a las crisis de la polis ateniense.

Como señalamos, la interpretación de Jaeger exige ser corregida en cuanto a su tendencia a proyectar sobre Platón el ideal moderno de la Bildung alemana, pues al concebir la paideia platónica como una educación espiritual universal, Jaeger traslada categorías propias del neohumanismo germano —la autoconstrucción del espíritu, la formación integral como misión cultural, la educación como fundamento de la nación— a un contexto griego en el que la paideia estaba vinculada a la polis y a la formación de ciudadanos en medio de crisis políticas concretas. Esta proyección anacrónica oscurece la especificidad histórica de Platón, quien no pensaba en términos de una educación humanista moderna, sino en la necesidad de reformar la vida política ateniense mediante una filosofía que ordenara el alma y la ciudad. Sin embargo, debe mantenerse en Jaeger la intuición de que la filosofía platónica posee una dimensión pedagógica decisiva, pues la dialéctica no es solo un método de conocimiento, sino también un camino de transformación del alma. Su énfasis en la educación como núcleo de la filosofía permite comprender la importancia que Platón otorga a la formación del filósofo‑rey y a la estructuración de la Academia como espacio de transmisión del saber. En consecuencia, la corrección necesaria consiste en liberar la lectura de Jaeger de su horizonte humanista alemán y de su teleología cultural, mientras que lo que debe preservarse es su atención a la dimensión formativa de la filosofía platónica, que sigue siendo indispensable para entender la relación entre conocimiento, virtud y política en el pensamiento del ateniense.

Karl Popper, en The Open Society and Its Enemies (1945), ofrece la lectura más polémica: Platón es acusado de ser el enemigo de la libertad, el precursor de las ideologías totalitarias. La figura del filósofo‑rey es interpretada como germen de una estructura autoritaria que niega la autonomía individual y absolutiza el poder de una élite intelectual. Popper lee la República desde la experiencia traumática de la Segunda Guerra Mundial y la lucha contra el fascismo y el comunismo, convirtiendo a Platón en símbolo de la amenaza contra la sociedad abierta. También aquí la historiografía advierte un anacronismo: Platón es juzgado con categorías políticas modernas, sin atender a la especificidad de la polis griega.

La lectura de Popper está marcada por un horizonte cultural anacrónico porque responde directamente a la experiencia traumática de la Segunda Guerra Mundial y a la necesidad de elaborar una filosofía política que defendiera la libertad frente a los totalitarismos del siglo XX. En The Open Society and Its Enemies (1945), Platón es convertido en símbolo de la amenaza contra la sociedad abierta, y la figura del filósofo‑rey es interpretada como germen de una estructura autoritaria que anticiparía el fascismo y el comunismo. Este diagnóstico refleja la urgencia de Popper por identificar raíces intelectuales del totalitarismo en la tradición filosófica, pero al hacerlo traslada categorías modernas —libertad individual, sociedad abierta, autoritarismo estatal— a un contexto griego en el que la polis funcionaba bajo parámetros distintos, donde la educación, la política y la filosofía estaban entrelazadas en un horizonte comunitario irreductible a las categorías modernas. El anacronismo consiste en juzgar la República como si fuera un manifiesto político del siglo XX, cuando en realidad se trata de un diálogo filosófico que explora la justicia, el orden del alma y la estructura ideal de la ciudad en un marco ateniense específico. La marca cultural de Popper es, por tanto, la proyección de su propia lucha contra el totalitarismo sobre Platón, lo que convierte al filósofo ateniense en un antagonista de la libertad moderna más que en un pensador de la polis clásica.

De manera que la interpretación de Popper exige ser corregida en cuanto a su tendencia a juzgar la República y otros diálogos platónicos con categorías políticas modernas, propias de la lucha contra el fascismo y el comunismo en el siglo XX. Al convertir a Platón en enemigo de la libertad y precursor del totalitarismo, Popper proyecta sobre el filósofo ateniense la experiencia traumática de la Segunda Guerra Mundial, trasladando nociones como “sociedad abierta”, “autoritarismo estatal” y “libertad individual” a un horizonte griego que pensaba la política en términos de polis, ciudadanía y orden del alma. Este anacronismo oscurece la especificidad histórica de Platón, quien no concebía la figura del filósofo‑rey como dictador moderno, sino como símbolo de la primacía de la razón en la organización de la ciudad. Sin embargo, debe mantenerse en Popper la advertencia sobre los riesgos de absolutizar el poder de una élite intelectual y de subordinar la libertad a un ideal abstracto de justicia, pues su crítica ilumina un aspecto problemático de la filosofía platónica que sigue siendo relevante en la reflexión política contemporánea. En consecuencia, la corrección necesaria consiste en liberar la lectura de Popper de su horizonte cultural anacrónico y de su proyección de las luchas del siglo XX sobre la polis clásica, mientras que lo que debe preservarse es su alerta sobre la tensión entre orden y libertad, que constituye una clave hermenéutica indispensable para comprender la vigencia y los límites del pensamiento platónico.

El triángulo hermenéutico se configura entonces en tres vértices: Gomperz y la ontología, Jaeger y la paideia, Popper y el totalitarismo. Cada vértice representa una forma de apropiación hermenéutica, y el conjunto muestra cómo Platón se convierte en campo de batalla interpretativo. La historiografía contemporánea ha señalado que tanto Jaeger como Popper incurren en anacronismos, mientras que Gomperz, aunque también condicionado por su contexto, ofrece una lectura más fiel a la densidad filosófica de Platón. La conclusión puede subrayar que la tarea crítica consiste en reconocer esos anacronismos y recuperar la alteridad del pensamiento platónico, evitando tanto la idealización pedagógica como la demonización política, y atendiendo a la densidad ontológica y epistemológica que Gomperz supo destacar.

La historiografía contemporánea ha señalado con precisión los anacronismos en las lecturas de Jaeger y Popper, mostrando cómo ambos proyectan categorías modernas sobre la polis clásica y oscurecen la alteridad del pensamiento platónico. Luc Brisson, en Platon: Les mots et les mythes (1994), advierte que las interpretaciones modernas tienden a reducir la especificidad histórica de Platón, y subraya que la República no puede ser leída como un programa político moderno. Pierre Vidal‑Naquet, en Le chasseur noir (1981), critica las lecturas que trasladan nociones contemporáneas de libertad y totalitarismo a la Atenas clásica, señalando que Popper incurre en un juicio anacrónico al convertir a Platón en enemigo de la sociedad abierta. Rodrigo Illarraga, en su estudio “Platón contemporáneo en el debate sobre el liberalismo: entreguerras, Karl Popper y Slavoj Žižek” (2015), muestra cómo Popper interpreta a Platón desde la angustia política del siglo XX, proyectando la experiencia de la Segunda Guerra Mundial sobre la polis ateniense. Elias J. Palti, en sus trabajos sobre historia conceptual, advierte que aplicar categorías modernas como “lo político” a sociedades antiguas genera distorsiones inevitables, lo que se aplica directamente a las lecturas de Jaeger y Popper. Estas obras, entre otras, han puesto de relieve que Jaeger incurre en anacronismo al proyectar la Bildung alemana sobre la paideia platónica, mientras que Popper lo hace al leer la República como un manifiesto totalitario, trasladando la experiencia de la guerra y los totalitarismos modernos a un horizonte ateniense irreductible a esas categorías.

Todo lo analizado impone la necesidad de una reconstrucción de la imagen de Platón en nuevos términos, capaces de superar los anacronismos señalados por la historiografía contemporánea y de recuperar la alteridad irreductible de su pensamiento. La lectura de Gomperz debe ser mantenida en su énfasis sobre la epistemología y la ontología, pero corregida en su confianza decimonónica en la continuidad lineal de la historia de la filosofía; la lectura de Jaeger debe conservar la intuición sobre la dimensión pedagógica de la filosofía platónica, pero liberarse de la proyección del ideal humanista de la Bildung alemana; la lectura de Popper debe preservar la advertencia sobre los riesgos de absolutizar el poder de una élite intelectual, pero corregirse en su tendencia a juzgar la República con categorías políticas modernas derivadas de la experiencia traumática de la Segunda Guerra Mundial. La reconstrucción exige, por tanto, una hermenéutica plural que atienda a la polis griega en su especificidad histórica, que reconozca la tensión entre conocimiento, virtud y política, y que se abra a la densidad ontológica y epistemológica que Platón elaboró como respuesta a las crisis de su tiempo. Solo así podrá emerger un Platón liberado de las proyecciones modernas, un Platón que no sea ni pedagogo humanista ni proto‑totalitario, sino filósofo de la verdad, del ser y de la justicia, cuya obra sigue interpelando a la filosofía contemporánea en su búsqueda de sentido.

En otras palabras, la clave interpretativa de Platón es esencialmente metafísica y epistemológica, pues en la estructura de su pensamiento la pregunta por el ser y por el conocimiento constituye el fundamento sobre el cual se articulan las dimensiones educativa y política. La dialéctica, como método de acceso a la verdad, y la teoría de las Ideas, como núcleo ontológico, son los pilares que sostienen toda su filosofía; la paideia y la organización de la polis se derivan de esta arquitectura primera, y no al revés. La educación en Platón no es un fin autónomo, sino un medio para conducir el alma hacia la contemplación de lo inteligible, y la política no es un sistema cerrado de poder, sino la proyección práctica de un orden metafísico que busca reflejar en la ciudad la armonía del alma. Por ello, cualquier hermenéutica que invierta esta jerarquía —ya sea reduciendo a Platón a pedagogo humanista, como en Jaeger, o a proto‑totalitario, como en Popper— incurre en un anacronismo que oscurece la radicalidad de su filosofía. La tarea crítica consiste en reconocer que lo educativo y lo político se subsumen en lo metafísico y lo epistemológico, y que solo desde esta clave interpretativa puede emerger un Platón fiel a su alteridad histórica, capaz de interpelar aún hoy la relación entre verdad, formación y justicia.

Esta corrección nos retrotrae inevitablemente a la imagen que el propio Aristóteles tenía de Platón, pues en la Metafísica y en la Ética a Nicómaco se reconoce que la filosofía platónica se funda en la primacía de lo ontológico y lo epistemológico, y que la política y la educación se derivan de esa arquitectura primera. Aristóteles describe a Platón como el pensador que situó las Ideas en el centro de la reflexión filosófica, otorgando a la dialéctica la función de acceso al conocimiento verdadero y subordinando a esa estructura tanto la paideia como la organización de la polis. En este sentido, la lectura aristotélica confirma que la clave interpretativa de Platón no puede ser pedagógica ni política en sí misma, sino que debe entenderse como proyección de una metafísica y de una epistemología que ordenan el alma y la ciudad. La corrección de los anacronismos modernos —la Bildung alemana en Jaeger, el totalitarismo en Popper— nos devuelve a esta perspectiva originaria, en la que Platón aparece como filósofo del ser y del conocimiento, y en la que lo educativo y lo político se subsumen en la búsqueda de la verdad. Reconocer esta jerarquía es indispensable para reconstruir la imagen de Platón en términos fieles a su alteridad histórica, y para situar su obra en continuidad con la tradición filosófica que Aristóteles supo interpretar como herencia y como punto de partida.

Nuestro triángulo hermenéutico es, en efecto, una construcción arbitraria pero no injustificada: arbitrario porque reduce la inmensa tradición interpretativa de Platón a tres figuras —Gomperz, Jaeger y Popper— y deja fuera a otros exégetas igualmente decisivos; pero no injustificado porque cada uno de esos tres vértices encarna una comprensión característica y paradigmática del ateniense, sea en clave ontológica, pedagógica o política, y permite mostrar cómo Platón se convierte en campo de batalla hermenéutico. 

Ahora bien, es necesario reconocer que además de ellos existen otros grandes intérpretes clásicos cuya influencia ha sido decisiva en la configuración de la imagen de Platón en la tradición filosófica. Entre los más destacados se encuentra Friedrich Schleiermacher, quien a comienzos del siglo XIX tradujo y comentó los diálogos platónicos al alemán, subrayando la unidad orgánica de la obra y la centralidad del método dialógico; Paul Natorp, representante del neokantismo de Marburgo, que interpretó a Platón como precursor de la teoría crítica del conocimiento y de la lógica trascendental; Eduard Zeller, autor de la monumental Historia de la filosofía griega, que situó a Platón en continuidad con Sócrates y Aristóteles, destacando la sistematicidad de su pensamiento; y Hans‑Georg Gadamer, quien en el siglo XX retomó la dimensión dialógica y hermenéutica de Platón, mostrando cómo sus diálogos son ejercicios de apertura y no sistemas cerrados. 

Cada uno de estos intérpretes aporta un ángulo distinto: Schleiermacher la unidad literaria y filosófica, Natorp la dimensión epistemológica trascendental, Zeller la sistematicidad histórica, Gadamer la hermenéutica del diálogo. En conjunto, configuran un horizonte más amplio que expande el triángulo hacia un polígono interpretativo donde se cruzan la filología, la epistemología, la historia y la hermenéutica, y donde Platón se revela como un campo de batalla interpretativo mucho más vasto que el que hemos acotado en nuestro esquema inicial.

A estas alturas nos preguntamos qué podría decir nuestra interpretación kenótica de Platón. La interpretación kenótica de Platón, en continuidad con todo lo que hemos analizado, se orientaría a despojar las lecturas anacrónicas y a recuperar la alteridad de su pensamiento desde la clave de la kenosis, es decir, desde la lógica del vaciamiento que abre espacio para la trascendencia. En este horizonte, Platón no sería reducido ni a pedagogo humanista ni a proto‑totalitario, sino comprendido como filósofo que, al situar la verdad y el ser en el centro, exige que la educación y la política se vacíen de pretensiones absolutas para subsumirse en la búsqueda de lo inteligible. La ontología kenótica leería la teoría de las Ideas como un gesto de apertura hacia lo que excede la inmanencia, y la dialéctica como un camino de desposesión del saber inmediato para alcanzar la contemplación de lo eterno. La paideia, en esta clave, no es la imposición de un modelo cerrado de formación, sino el proceso kenótico de conducir el alma a reconocer su propia finitud y su necesidad de trascender; la política, por su parte, no es la absolutización del poder de una élite, sino la configuración de una ciudad que se vacía de idolatrías para reflejar, en su orden, la primacía de la verdad.

Cuando afirmamos a Platón como filósofo de la trascendencia, es imprescindible precisar el sentido de esa trascendencia para evitar equívocos. No se trata de la trascendencia en clave cristiana, vinculada a la alteridad absoluta de Dios y a la kenosis teológica, sino de la trascendencia en el sentido platónico de lo inteligible, aquello que está más allá de lo empírico pero que no se separa del mundo, sino que lo fundamenta y lo ilumina. La trascendencia platónica es la de las Ideas, que no son entidades celestes desligadas de la realidad sensible, sino principios inteligibles que confieren orden, medida y sentido a lo que acontece en la experiencia. En este horizonte, la dialéctica es el camino de acceso a esa trascendencia, pues obliga al alma a vaciarse de las certezas inmediatas y a elevarse hacia lo que excede la percepción, sin abandonar nunca la referencia al mundo concreto. La paideia, en consecuencia, es un proceso de formación que conduce al reconocimiento de esa dimensión inteligible, y la política es la proyección práctica de ese orden trascendente en la organización de la ciudad.

La interpretación kenótica de Platón, al subrayar esta trascendencia inteligible, se distancia tanto de la idealización pedagógica como de la demonización política, y recupera la densidad ontológica y epistemológica que constituye el núcleo de su filosofía. Platón es filósofo de la trascendencia porque muestra que lo verdadero y lo justo no se agotan en lo empírico, sino que remiten a un más allá inteligible que, sin dejar de estar en este mundo, lo transfigura y lo orienta hacia la verdad.

Así, la interpretación kenótica de Platón se presenta como corrección y superación de los vértices del triángulo hermenéutico: mantiene la densidad ontológica de Gomperz, pero la purifica de positivismo; conserva la intuición pedagógica de Jaeger, pero la libera de la proyección humanista alemana; preserva la advertencia política de Popper, pero la despoja de su anacronismo moderno. En conjunto, esta lectura kenótica reconstruye la imagen de Platón como filósofo de la trascendencia, cuya obra invita a vaciar las categorías modernas para dejar espacio a la alteridad irreductible de su pensamiento.

La conclusión sistemática de nuestro recorrido es que si hemos reconocido que Platón debe ser leído desde la clave metafísica y epistemológica, y que la interpretación kenótica lo presenta como filósofo de la trascendencia inteligible —más allá de lo empírico, pero sin abandonar el mundo—, entonces la pregunta que se impone es: ¿qué significa hoy pensar la justicia, la educación y la política como reflejo de un orden que excede la inmanencia sin disolverla?

La fuerza de esta lectura radica en su capacidad de vaciar las idolatrías modernas que han colonizado la imagen de Platón: la absolutización pedagógica de Jaeger, la demonización política de Popper, la sistematización positivista de Gomperz. La kenosis se convierte en método hermenéutico: despojar las categorías anacrónicas para abrir espacio a la alteridad del pensamiento platónico. ¿No es acaso la dialéctica un ejercicio de vaciamiento de opiniones para alcanzar lo inteligible? ¿No es la paideia un proceso de desposesión de la inmediatez sensible para formar el alma en la contemplación de lo eterno? ¿No es la política, en la República, la tentativa de configurar una ciudad que se vacía de idolatrías para reflejar la verdad?

La creatividad de esta interpretación consiste en transformar el triángulo hermenéutico en un polígono abierto, donde Gomperz, Jaeger y Popper dialogan con Schleiermacher, Natorp, Zeller y Gadamer, y donde la ontología kenótica ofrece una clave integradora. La profundidad se manifiesta en reconocer que la trascendencia platónica no es un más allá teológico, sino la dimensión inteligible que funda y transfigura lo sensible. El ingenio se revela en la capacidad de plantear nuevas preguntas: ¿qué política puede surgir de una ciudad que se vacía de absolutismos para dejar espacio a lo inteligible? ¿qué educación puede formar almas conscientes de su finitud y abiertas a la trascendencia? ¿qué justicia puede reflejar la medida eterna en medio de la contingencia histórica?

La conclusión sistemática no clausura, sino que abre: Platón, leído kenóticamente, se convierte en filósofo de la trascendencia inteligible, cuya obra sigue interpelando nuestra época en la tensión entre lo sensible y lo inteligible, entre lo finito y lo trascendente. La tarea queda planteada: reconstruir su imagen no como figura del pasado, sino como interlocutor vivo en el presente, capaz de vaciar nuestras categorías para abrirnos a la verdad que excede toda inmanencia. Este horizonte significa continuar la interpretación kenótica como proyecto filosófico abierto, capaz de integrar lo ontológico, lo pedagógico y lo político bajo la primacía de lo inteligible.

Bibliografía

Aristóteles. (1994). Metafísica. Madrid: Gredos.

Aristóteles. (1999). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.

Brisson, L. (1994). Platón: Los mitos y los símbolos. Madrid: Akal.

Gadamer, H.-G. (1991). Verdad y método II. Salamanca: Sígueme.

Gomperz, T. (1893‑1909). Pensadores griegos: Historia de la filosofía de la Antigüedad. Viena: Carl Gerold’s Sohn.

Illarraga, R. (2015). Platón contemporáneo en el debate sobre el liberalismo: entreguerras, Karl Popper y Slavoj Žižek. En Diálogos interepocales. Buenos Aires: CONICET.

Jaeger, W. (1933). Paideia: La formación del hombre griego. México: Fondo de Cultura Económica.

Natorp, P. (1903). La doctrina de las ideas de Platón: Una introducción al idealismo. Leipzig: B.G. Teubner.

Palti, E. J. (2005). La nación como problema: Los historiadores, la política y las narrativas del pasado. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Popper, K. (1945). La sociedad abierta y sus enemigos. Barcelona: Paidós.

Schleiermacher, F. (1828). Introducciones a los diálogos de Platón. Berlín: Reimer.

Vidal‑Naquet, P. (1981). El cazador negro: Formas de pensamiento y formas de sociedad en el mundo griego. Madrid: Akal.

Zeller, E. (1856). La filosofía de los griegos en su desarrollo histórico. Leipzig: Fues’s Verlag.

viernes, 17 de julio de 2026

EL MAL Y LA MALDAD


EL MAL Y LA MALDAD

Interpretaciones

El problema del mal y su diferencia con la maldad, considerado en sentido metafísico y a través de las grandes tradiciones filosóficas, exige un recorrido ordenado que muestre la continuidad de las voces y evite saltos bruscos. En la India, el mal se entiende como ignorancia, ilusión y apego que encadenan al ciclo del saṃsāra, mientras la maldad aparece cuando esa ignorancia se convierte en acción consciente que perpetúa el sufrimiento. En el budismo, el mal es la insatisfacción inherente a la existencia condicionada, y la maldad se revela en la obstinación de la mente que se aferra a la codicia, el odio y la ilusión, las tres raíces malsanas. En la filosofía china, el mal es desorden y ruptura de la armonía cósmica y social, mientras la maldad es la elección deliberada de actuar contra el principio de humanidad y el orden ritual; en el taoísmo, el mal es desequilibrio frente al Tao, y la maldad es la obstinación voluntaria en ese desequilibrio.

En los presocráticos, el mal se entiende como exceso y desmesura, la hybris que rompe la medida, y la maldad como transgresión consciente de esa medida. Sócrates introduce una figura intermedia decisiva: el mal es ignorancia, pero no ignorancia pasiva, sino desconocimiento del bien que puede ser corregido mediante el diálogo y la búsqueda de la verdad. La maldad, en este horizonte socrático, es la persistencia voluntaria en la ignorancia, la negativa a examinar la propia vida, el rechazo de la epimeleia heautou que conduce a la virtud. De este modo, Sócrates prepara el terreno para Platón y Aristóteles, pero también se distingue de los sofistas.

Los sofistas, situados después de Sócrates, introducen una perspectiva singular: el mal no es una categoría ontológica ni una privación metafísica, sino una construcción discursiva, un nombre que depende de la persuasión y de la fuerza del logos. Lo que se llama mal es relativo a la convención, a la ciudad, a la opinión dominante; la maldad, entonces, no es complicidad con un principio oscuro ni transgresión de una medida universal, sino el uso del discurso para legitimar o deslegitimar acciones. El mal se convierte en un problema de lenguaje, y la maldad en la manipulación consciente de ese lenguaje para imponer una visión. Esta relativización sofística desestabiliza la pretensión de objetividad y obliga a pensar el mal como fenómeno político y retórico, más que como sustancia o privación.

Platón lo define como ignorancia del Bien, sombra en la caverna, mientras la maldad es la obstinación en permanecer en la sombra y rechazar la luz. Aristóteles lo describe como privación de forma y defecto en la teleología natural, y la maldad como vicio, elección contraria a la virtud que corrompe la finalidad propia del ser humano. Los estoicos ven el mal como indiferente, parte del orden racional del cosmos, y la maldad como resistencia interior y juicio errado que convierte lo necesario en resentimiento. Los epicúreos identifican el mal con el dolor y la perturbación del alma, y la maldad con la elección irracional que multiplica el sufrimiento. Los escépticos relativizan el mal como opinión, y la maldad como obstinación dogmática que impide la serenidad. Los neoplatónicos, finalmente, entienden el mal como pura privación, alejamiento del Uno, y la maldad como voluntad que se complace en esa privación, que se encierra en la multiplicidad y niega la ascensión.

En contraste, ciertas tradiciones conciben el mal como sustancia. El zoroastrismo establece un dualismo radical entre Ahura Mazda, principio del bien, y Angra Mainyu, principio del mal, ambos con consistencia ontológica. El maniqueísmo hereda y radicaliza esta visión, postulando dos sustancias eternas e irreductibles: la luz y las tinieblas. En el gnosticismo, el mal se identifica con el Demiurgo, principio creador defectuoso que aprisiona la chispa divina en la materia. Incluso en algunos desarrollos neoplatónicos heterodoxos se insinúa la idea de un mal como fuerza positiva de dispersión y caos, aunque Plotino mismo lo definía como carencia.

La diferencia metafísica es decisiva: en las tradiciones que lo entienden como privación, el mal no tiene ser propio, es ausencia de bien, mientras que en las que lo conciben como sustancia, el mal es co-origen del mundo, fuerza autónoma que combate al bien. En este marco, la maldad se entiende como complicidad consciente con ese principio oscuro, alianza de la voluntad con la sustancia negativa.

Así, el mal puede ser visto como condición ontológica —privación, sufrimiento, desorden, ignorancia, discurso relativo— y la maldad como apropiación consciente, praxis que convierte esa negatividad en decisión. Allí donde el mal es estructura, la maldad es complicidad; donde el mal es carencia, la maldad es perversión; donde el mal es convención, la maldad es manipulación. La historia de la filosofía, desde Oriente hasta Occidente, desde Sócrates y los sofistas hasta los neoplatónicos y los dualismos persas y gnósticos, muestra que la diferencia entre mal y maldad no es solo ética, sino metafísica y política: se trata de decidir si el mal es sombra, sustancia o construcción, y si la maldad es ignorancia, alianza o retórica.

Este recorrido prepara el terreno para comprender cómo la tradición cristiana, con Agustín y Tomás_de_Aquino, combate la idea del mal como sustancia y lo redefine como privación, y cómo en la modernidad resurgen concepciones que vuelven a pensar el mal como fuerza real, incluso en el interior de la divinidad misma, como en Schelling.

En la modernidad el problema del mal se despliega en múltiples direcciones y cada corriente filosófica aporta un matiz irreductible. El racionalismo lo concibe como error de la razón, como imperfección del conocimiento que conduce al engaño, y la maldad como el uso deliberado de la razón para fines contrarios a la verdad. El empirismo lo traslada al terreno de la experiencia: el mal es dolor, sufrimiento, impresión negativa que afecta a la sensibilidad, y la maldad es la manipulación consciente de esas impresiones, la voluntad de producir daño en otros a través de la experiencia sensible. El utilitarismo introduce una dimensión pragmática: el mal es aquello que disminuye la felicidad o el bienestar colectivo, y la maldad es la elección consciente de maximizar el sufrimiento o impedir el mayor bien para el mayor número, transformando la diferencia en cálculo perverso de consecuencias.

El idealismo alemán constituye un momento decisivo porque introduce la negatividad en el corazón mismo de la libertad y la divinidad. En Kant, el mal radical es disposición originaria de la voluntad, raíz que acompaña a la libertad en su capacidad de elegir, y la maldad es la actualización consciente de esa raíz en actos concretos. En Fichte, el mal es la afirmación egoísta del yo finito contra la infinitud moral, y la maldad es la obstinación en perseverar en esa afirmación. En Schelling, el mal se eleva a principio ontológico: fondo oscuro de la libertad, potencia irracional que precede a la distinción entre bien y mal, fuerza real que habita incluso en el interior de la divinidad; la maldad es la alianza consciente de la voluntad con ese fondo oscuro. En Hegel, el mal se integra en la dialéctica como negatividad necesaria para el despliegue del Espíritu, y la maldad es la decisión de permanecer en la particularidad contra la reconciliación universal.

El pesimismo de Schopenhauer concibe el mal como expresión de la voluntad de vivir, fuerza ciega e irracional que se manifiesta en el dolor universal, y la maldad como la apropiación consciente de esa voluntad en su egoísmo y crueldad. Nietzsche lleva esta transformación aún más lejos: el mal no existe como categoría ontológica estable, sino como construcción moral que sirve al resentimiento de los débiles; la maldad es la transvaloración creadora que destruye esa ficción y abre un nuevo horizonte de valores.

De este modo, la modernidad despliega un abanico de concepciones en las que el mal se piensa como error de la razón, impresión sensible, cálculo de consecuencias, raíz originaria de la libertad, fuerza metafísica de la voluntad o construcción moral, y la maldad como complicidad consciente con cada uno de esos modos. El resultado es una visión en la que el mal ya no es sombra pasiva ni mera privación, sino energía activa que interpela tanto al ser humano como a la divinidad, y la maldad es la decisión que convierte esa energía en praxis histórica y creadora.

En la contemporaneidad el problema del mal se despliega en múltiples direcciones y cada corriente filosófica y teológica aporta un matiz irreductible. La fenomenología y el existencialismo lo conciben como ruptura de la autenticidad, negación de la libertad propia y ajena; la maldad es la decisión de perseverar en la inautenticidad, de convertir la libertad en servidumbre. La filosofía política contemporánea lo piensa como violencia estructural, exclusión sistemática, genocidio y totalitarismo, y la maldad como participación consciente en esas estructuras, obediencia ciega que perpetúa el horror. Hannah Arendt introduce la noción de banalidad del mal: el mal no es necesariamente demoníaco ni extraordinario, sino trivial, burocrático, fruto de la obediencia mecánica; la maldad es la renuncia a pensar, la complicidad pasiva con sistemas que producen destrucción. Michel Foucault desplaza el problema hacia la biopolítica: el mal es el dispositivo que administra cuerpos y poblaciones, y la maldad es la alianza consciente con esos dispositivos de control. Jean Baudrillard lo concibe como simulacro, proliferación de signos que disuelven la diferencia entre realidad y ficción; la maldad es la manipulación consciente de esos simulacros, la producción de mundos falsos que encadenan a la subjetividad.

El neokantismo retoma la noción kantiana del mal radical, pero la desplaza hacia una crítica de la cultura: el mal es la deformación de las formas simbólicas que estructuran la vida, y la maldad es la decisión consciente de manipular esas formas para fines destructivos. El pragmatismo redefine el mal en términos de consecuencias prácticas: el mal es aquello que bloquea la experiencia, que impide el crecimiento y la comunidad, y la maldad es la elección deliberada de obstaculizar la cooperación y el progreso. El ficcionalismo introduce una perspectiva radical: el mal es construcción narrativa, ficción que organiza la experiencia, y la maldad es la manipulación consciente de esa ficción para producir mundos de sufrimiento. El personalismo devuelve el problema al núcleo de la persona: el mal es negación de la dignidad personal, y la maldad es la decisión de reducir al otro a objeto, de negar su irreductibilidad. El neotomismo reactualiza la tradición tomista: el mal es privación del bien, pero en un horizonte metafísico renovado, y la maldad es pecado, elección consciente contra la ley natural y la finalidad última del ser humano.

La teología de la liberación concibe el mal como estructura histórica de opresión, sistema económico, político y cultural que genera pobreza, exclusión y violencia. La maldad es la complicidad consciente con esas estructuras, la decisión de perpetuar el dominio y la explotación, la alianza con el poder que niega la dignidad de los pobres. La teología del pueblo introduce un matiz distinto: el mal es la negación de la cultura popular, la ruptura de la comunidad y de la fe vivida en el pueblo; la maldad es la decisión de despreciar esa cultura, de manipularla o destruirla, de someterla a intereses ajenos.

De este modo, la contemporaneidad revela que el mal puede ser violencia estructural, banalidad burocrática, dispositivo biopolítico, simulacro cultural, deformación simbólica, obstáculo pragmático, ficción narrativa, negación de la persona, privación metafísica, opresión histórica o fractura comunitaria; y la maldad es complicidad consciente con cada una de esas formas, praxis que perpetúa la negatividad en la libertad, en la cultura y en la política. La diferencia se vuelve más compleja y más concreta: el mal como estructura, el mal como relato, el mal como sistema, y la maldad como praxis, manipulación, pecado o alianza. La filosofía y la teología contemporáneas convergen en la idea de que el mal ya no es solo sombra o sustancia, sino entramado histórico, cultural y político, y la maldad es la decisión que actualiza y perpetúa ese entramado en la vida humana y comunitaria.

En la contemporaneidad tardía, el problema del mal se integra en un horizonte global, tecnológico, cultural y espiritual que reúne las voces de la filosofía crítica, la teología política y las propuestas más recientes. El mal se concibe como entramado planetario: crisis ecológica, devastación ambiental, colapso climático. La maldad es la complicidad consciente con la destrucción de la tierra, la decisión de someter la naturaleza a la lógica del capital y de la técnica aun sabiendo que ello conduce al colapso. El mal se convierte en categoría ecológica, y la maldad en praxis extractivista que perpetúa la devastación.

En el ámbito digital y algorítmico, el mal se redefine como reducción de la persona a dato, disolución de la subjetividad en flujos impersonales de información. La maldad es la manipulación consciente de esos algoritmos, la decisión de usarlos para controlar, vigilar y dominar. El mal se convierte en estructura tecnológica, y la maldad en complicidad con esa estructura, alianza con el poder digital que administra la vida.

La filosofía poscolonial y decolonial lo concibe como colonialidad persistente, sistema que prolonga la dominación cultural y económica más allá de la independencia política. La maldad es la decisión de perpetuar esa colonialidad, de sostener la exclusión y el racismo estructural. El mal se convierte en categoría histórica global, y la maldad en praxis que mantiene la subordinación de pueblos y culturas.

La teología política contemporánea lo piensa como idolatría del poder, absolutización de sistemas que niegan la trascendencia y la dignidad. La maldad es la complicidad consciente con esa idolatría, la decisión de someter la persona y la comunidad a poderes impersonales. Aquí el mal se revela como estructura espiritual de dominación, y la maldad como alianza con esa estructura.

A este panorama se suman los pensadores contemporáneos: Byung-Chul Han describe el mal como violencia invisible del rendimiento y la transparencia, y la maldad como complicidad con la autoexplotación; Bauman lo piensa como fragilidad de los vínculos en la modernidad líquida, y la maldad como indiferencia consciente; Agamben lo sitúa en la figura del homo sacer, vida desnuda reducida por el poder soberano, y la maldad como aceptación de esa exclusión; Žižek lo interpreta como violencia sistémica sostenida por la ideología, y la maldad como complicidad con esa estructura; Vattimo, desde el pensamiento débil, lo concibe como rigidez metafísica que niega la apertura hermenéutica, y la maldad como obstinación en sostener esa violencia de los fundamentos fuertes.

Finalmente, mi propia propuesta, introduce la categoría del hombre anético y el nihilismo estructural. El hombre anético es la subjetividad desfondada, incapaz de sostener un horizonte ético trascendente: el mal es la pérdida de la referencia al bien, y la maldad la praxis consciente de esa aneticidad. El nihilismo estructural señala que el mal ya no es solo fenómeno individual o cultural, sino entramado sistémico que organiza la sociedad desde la negación de la trascendencia; la maldad es la complicidad consciente con esa disolución, praxis que perpetúa el vacío como norma.

En este horizonte, resulta iluminador aludir a la encíclica Magnifica Humanists de León XIV, donde el mal se entiende como la absolutización de la técnica y la idolatría del poder que disuelve la dignidad humana, mientras la maldad aparece como la complicidad consciente con esa deshumanización. Allí se afirma que el verdadero humanismo no puede reducirse a progreso material ni a dominio técnico, sino que debe abrirse a la trascendencia y a la comunión; de lo contrario, el mal se convierte en estructura civilizatoria y la maldad en praxis que perpetúa la negación del hombre como imagen de Dios.

Resulta indispensable citar el célebre experimento de la prisión de Stanford, dirigido por Philip Zimbardo en 1971, demostró con crudeza que el mal y la maldad no emergen únicamente de individuos aislados, sino que pueden ser generados y potenciados por el contexto mismo: al asignar roles de guardias y prisioneros en un ambiente simulado, se evidenció cómo personas comunes podían transformarse en agentes de humillación y violencia. El mal se reveló como estructura situacional que deshumaniza, y la maldad como praxis consciente que surge al interior de un sistema que legitima la crueldad.

La psicología contemporánea añade otra capa decisiva al problema del mal, mostrando que éste no se limita a estructuras externas sino que también se gesta en la interioridad y en la dinámica de la personalidad. Freud lo interpretó como pulsión destructiva que brota del inconsciente, mientras Jung lo concibió como sombra arquetípica que, al no ser reconocida, domina la psique. Piaget lo vinculó a la inmadurez moral en el desarrollo infantil, y Gardner lo señaló como déficit de inteligencia ética que impide discernir el bien en contextos complejos. Rogers lo entendió como negación de la tendencia actualizante, y Fromm lo describió como necrofilia, atracción por la destrucción. Ellis lo relacionó con creencias irracionales que generan conductas dañinas, mientras Frankl lo interpretó como vacío existencial que conduce a la desesperación. Auer lo pensó como ruptura de la comunidad, y Maslow como frustración de la autorrealización. Asch, como Zimbardo, demostró experimentalmente que la presión social puede inducir a la maldad, y Skinner lo explicó como producto de condicionamientos que perpetúan conductas destructivas. Finalmente, Karen Horney aportó la noción de neurosis cultural generada por la ansiedad básica, mostrando cómo el mal puede surgir de contextos hostiles que deforman la personalidad. En todos ellos, el mal se revela como pulsión, sombra, inmadurez, irracionalidad, vacío, frustración, presión social, condicionamiento o neurosis cultural, y la maldad como praxis consciente que actualiza esas dimensiones en la vida personal y social, perpetuando la negatividad tanto en la interioridad como en la convivencia humana.

En el ámbito teológico del siglo XX, el problema del mal fue abordado con una densidad inédita, pues la experiencia de guerras, totalitarismos y genocidios obligó a repensar sus raíces y su alcance. Karl Barth lo interpretó como rebelión radical contra la gracia, negación de la trascendencia que se manifiesta en estructuras históricas; Paul Tillich lo concibió como distorsión de la esencia, ruptura ontológica que convierte la existencia en alienación; Hans Urs von Balthasar lo pensó como rechazo de la belleza divina, resistencia a la gloria que se revela en la historia; Jürgen Moltmann lo vinculó al sufrimiento inocente y lo interpretó desde la cruz como solidaridad de Dios con las víctimas; Dietrich Bonhoeffer lo denunció como idolatría política y complicidad con sistemas de opresión, proponiendo la ética de la responsabilidad como antídoto; Karl Rahner lo entendió como misterio de libertad finita que puede cerrarse a la gracia, y Emmanuel Levinas, desde la filosofía con resonancias teológicas, lo definió como negación del rostro del otro, reducción de la alteridad a objeto. A este conjunto se suman Edward Schillebeeckx, quien interpretó el mal como experiencia de sufrimiento injusto que exige respuesta histórica de liberación y esperanza, y Pierre Teilhard de Chardin, que lo pensó en clave evolutiva como resistencia a la convergencia hacia el Punto Omega, obstáculo en el proceso de unificación cósmica en Cristo. En todos ellos, el mal se revela como rebelión, distorsión, rechazo, sufrimiento, idolatría, misterio, negación del otro, injusticia histórica o resistencia evolutiva, y la maldad como praxis consciente que perpetúa esas formas en la historia, mostrando que la teología del siglo XX no se limitó a especular, sino que se enfrentó al mal como realidad concreta que atraviesa la cultura, la política, la espiritualidad y aun la evolución cósmica.

Primer intento de clasificación

Este primer intento de clasificación busca ordenar las múltiples interpretaciones del mal y de la maldad en categorías conceptuales que no se limitan a un recuento histórico, sino que distinguen los tipos ontológicos y lógicos que subyacen a cada tradición. La idea es mostrar que, detrás de la diversidad de voces —filosóficas, religiosas, psicológicas y teológicas—, existen estructuras recurrentes: el mal como privación, ignorancia, desorden, convención, sustancia, sistema, negatividad, voluntad, dimensión psicológica, pragmatismo, horizonte teológico y propuesta kenótica. La maldad, en cada caso, aparece como la praxis consciente que actualiza y perpetúa esas formas, convirtiendo la negatividad en decisión histórica, cultural o personal.

1. Privación

  • Mal: ausencia, carencia o defecto del bien.

  • Maldad: voluntad que se complace en esa carencia.

  • Ejemplos: Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, Neoplatónicos, Neotomismo.

2. Ignorancia

  • Mal: desconocimiento, error o ilusión.

  • Maldad: persistencia voluntaria en la ignorancia.

  • Ejemplos: India (avidyā), Budismo, Sócrates, Piaget.

3. Desorden / Desequilibrio

  • Mal: ruptura de la medida, de la armonía o del Tao.

  • Maldad: obstinación consciente en ese desequilibrio.

  • Ejemplos: Presocráticos, China, Taoísmo.

4. Convención / Relativismo

  • Mal: construcción discursiva o cultural.

  • Maldad: manipulación consciente del lenguaje o de la opinión.

  • Ejemplos: Sofistas, Escépticos, Ficcionalismo.

5. Sustancia / Dualismo

  • Mal: principio autónomo, fuerza real co-originaria del mundo.

  • Maldad: alianza consciente con esa sustancia negativa.

  • Ejemplos: Zoroastrismo, Maniqueísmo, Gnosticismo.

6. Estructura / Sistema

  • Mal: entramado histórico, político, tecnológico o cultural.

  • Maldad: complicidad consciente con esas estructuras.

  • Ejemplos: Arendt, Foucault, Teología de la liberación, Poscolonialismo, Byung-Chul Han, Bauman.

7. Negatividad / Libertad

  • Mal: raíz oscura de la libertad, potencia irracional o dialéctica necesaria.

  • Maldad: decisión de la voluntad de permanecer en esa negatividad.

  • Ejemplos: Kant, Fichte, Schelling, Hegel.

8. Voluntad / Existencia

  • Mal: fuerza vital irracional, dolor universal o vacío existencial.

  • Maldad: apropiación consciente de esa fuerza en egoísmo o desesperación.

  • Ejemplos: Schopenhauer, Nietzsche, Frankl.

9. Psicología de la personalidad

  • Mal: pulsión, sombra, inmadurez, frustración o neurosis.

  • Maldad: praxis consciente que actualiza esas dimensiones.

  • Ejemplos: Freud, Jung, Gardner, Rogers, Maslow, Karen Horney, Ellis, Auer, Skinner, Asch, Fromm.

10. Pragmatismo

  • Mal: aquello que bloquea la experiencia, impide el crecimiento y la comunidad.

  • Maldad: elección deliberada de obstaculizar la cooperación y el progreso.

  • Ejemplos: James, Dewey.

11. Teología del siglo XX

  • Mal: rebelión, distorsión, sufrimiento, idolatría, misterio, negación del otro, injusticia histórica o resistencia evolutiva.

  • Maldad: praxis consciente que perpetúa esas formas en la historia.

  • Ejemplos: Barth, Tillich, Balthasar, Moltmann, Bonhoeffer, Rahner, Levinas, Schillebeeckx, Teilhard de Chardin.

12. Propuesta kenótica contemporánea

  • Mal: pérdida de referencia al bien y entramado sistémico nihilista.

  • Maldad: praxis consciente de la aneticidad y complicidad con el vacío estructural.

  • Ejemplo: Ontología kenótica (hombre anético, nihilismo estructural).

Segundo intento de clasificación

Este segundo intento de clasificación busca organizar las interpretaciones del mal y la maldad no por tradiciones históricas ni por ejemplos concretos, sino por tipos conceptuales de enfoque: metafísicos, ontológicos sin metafísica, gnoseológicos, éticos, mentales y otros que emergen en la contemporaneidad. El objetivo es mostrar cómo cada corriente se inscribe en un modo de pensar el mal —como sustancia, privación, error, praxis o estructura— y cómo la maldad aparece como la actualización consciente de esas categorías.

1. Metafísicas

  • Mal: principio ontológico, sustancia o privación del ser.

  • Maldad: alianza consciente con esa sustancia o complacencia en la privación.

  • Ejemplos: Agustín (privatio boni), Tomás de Aquino, Neoplatónicos, Zoroastrismo, Maniqueísmo, Schelling.

2. Ontológicas sin metafísica

  • Mal: condición estructural del mundo o de la libertad, sin necesidad de postular sustancia.

  • Maldad: decisión de permanecer en esa negatividad o estructura.

  • Ejemplos: Kant (mal radical), Hegel (negatividad dialéctica), Heidegger (inautenticidad), Arendt (banalidad burocrática).

3. Gnoseológicas

  • Mal: error, ignorancia, ilusión o construcción discursiva.

  • Maldad: persistencia voluntaria en el error o manipulación consciente del discurso.

  • Ejemplos: India (avidyā), Budismo, Sócrates, Sofistas, Racionalismo.

4. Éticas

  • Mal: transgresión de la medida, del orden moral o de la virtud.

  • Maldad: elección consciente contra la virtud o el bien común.

  • Ejemplos: Presocráticos (hybris), Aristóteles (vicio), Epicúreos (dolor), Utilitarismo (cálculo perverso), Pragmatismo (bloqueo de la experiencia).

5. Mentales / Psicológicas

  • Mal: pulsión, sombra, inmadurez, frustración, neurosis o vacío existencial.

  • Maldad: praxis consciente que actualiza esas distorsiones en la vida personal y social.

  • Ejemplos: Freud, Jung, Piaget, Gardner, Rogers, Maslow, Karen Horney, Ellis, Fromm, Frankl, Skinner, Asch.

6. Históricas / Políticas

  • Mal: estructura de opresión, violencia sistémica, colonialidad o idolatría del poder.

  • Maldad: complicidad consciente con esas estructuras.

  • Ejemplos: Teología de la liberación, Poscolonialismo, Foucault, Bauman, Byung-Chul Han, Agamben, Žižek.

7. Teológicas

  • Mal: rebelión contra la gracia, distorsión de la esencia, sufrimiento inocente, idolatría política, misterio de la libertad, negación del rostro del otro, injusticia histórica o resistencia evolutiva.

  • Maldad: praxis consciente que perpetúa esas formas en la historia y la espiritualidad.

  • Ejemplos: Barth, Tillich, Balthasar, Moltmann, Bonhoeffer, Rahner, Levinas, Schillebeeckx, Teilhard de Chardin.

8. Kenóticas / Contemporáneas

  • Mal: pérdida de referencia al bien, nihilismo estructural, devastación ecológica, reducción algorítmica de la persona.

  • Maldad: praxis consciente de la aneticidad, complicidad con el vacío y con sistemas extractivistas o digitales.

  • Ejemplo: Ontología kenótica (hombre anético, nihilismo estructural).

    Tercer intento de clasificación

    Este tercer intento de clasificación organiza las interpretaciones del mal y la maldad según su horizonte de referencia: aquellas que lo conciben como fenómeno trascendente, vinculado a realidades superiores, divinas o metafísicas; y aquellas que lo entienden como fenómeno inmanente, inscrito en la historia, la cultura, la psicología o la praxis social. La diferencia es decisiva: en las concepciones trascendentes, el mal se piensa como fuerza o privación que remite a lo absoluto, mientras que en las inmanentes se lo concibe como estructura, error, pulsión o sistema dentro del mundo humano.

    1. Interpretaciones trascendentes

    • Metafísicas de la privación: el mal como ausencia del bien, sombra ontológica; la maldad como complacencia en esa privación.
      Ejemplos: Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, Neoplatónicos.

    • Dualismos sustanciales: el mal como principio autónomo, fuerza real co-originaria del cosmos; la maldad como alianza con esa sustancia.
      Ejemplos: Zoroastrismo, Maniqueísmo, Gnosticismo.

    • Teologías del siglo XX: el mal como rebelión contra la gracia, sufrimiento inocente, idolatría política, misterio de la libertad o resistencia evolutiva; la maldad como praxis consciente que perpetúa esas formas.
      Ejemplos: Barth, Tillich, Balthasar, Moltmann, Bonhoeffer, Rahner, Levinas, Schillebeeckx, Teilhard de Chardin.

    • Kenóticas contemporáneas: el mal como nihilismo estructural y pérdida de referencia al bien; la maldad como praxis consciente de la aneticidad.
      Ejemplo: Ontología kenótica.

    2. Interpretaciones inmanentes

    • Gnoseológicas: el mal como ignorancia, error o ilusión; la maldad como persistencia voluntaria en el error o manipulación del discurso.
      Ejemplos: India, Budismo, Sócrates, Sofistas, Racionalismo.

    • Éticas: el mal como transgresión de la medida, del orden moral o del cálculo del bien común; la maldad como elección consciente contra la virtud o el bienestar.
      Ejemplos: Presocráticos, Epicúreos, Utilitarismo, Pragmatismo.

    • Ontológicas sin metafísica: el mal como negatividad estructural de la libertad o del sistema; la maldad como decisión de permanecer en esa negatividad.
      Ejemplos: Kant, Fichte, Hegel, Arendt, Heidegger.

    • Mentales / Psicológicas: el mal como pulsión, sombra, neurosis, vacío o frustración; la maldad como praxis consciente que actualiza esas distorsiones.
      Ejemplos: Freud, Jung, Piaget, Gardner, Rogers, Maslow, Karen Horney, Ellis, Fromm, Frankl, Skinner, Asch.

    • Históricas / Políticas: el mal como violencia estructural, opresión, colonialidad o idolatría del poder; la maldad como complicidad consciente con esas estructuras.
      Ejemplos: Teología de la liberación, Poscolonialismo, Foucault, Bauman, Byung-Chul Han, Agamben, Žižek, Vattimo.

      Conclusiones filosóficas a partir de la clasificación binaria

      El tercer intento de clasificación —entre interpretaciones trascendentes e inmanentes— permite extraer conclusiones filosóficas de gran alcance, pues revela no solo la diversidad de enfoques, sino la tensión estructural que atraviesa toda la historia del pensamiento sobre el mal.

      1. El mal como trascendencia:

        • Aquí el mal se concibe como fuerza que remite a lo absoluto, ya sea como privación metafísica, sustancia dualista o misterio teológico.

        • La maldad se entiende como alianza consciente con esa dimensión superior —ya sea rebelión contra la gracia, complacencia en la privación o resistencia a la convergencia cósmica.

        • Conclusión: el mal trascendente obliga a pensar la libertad humana en relación con lo divino, mostrando que la negatividad no es solo humana, sino que toca el horizonte del ser y de Dios.

      2. El mal como inmanencia:

        • Aquí el mal se define como fenómeno interno al mundo: error, ignorancia, pulsión, estructura política, violencia sistémica o manipulación discursiva.

        • La maldad aparece como praxis consciente que actualiza esas distorsiones en la historia, la cultura y la psicología.

        • Conclusión: el mal inmanente obliga a pensar la libertad humana en relación con la praxis concreta, mostrando que la negatividad no es misterio metafísico, sino decisión histórica y social.

      3. La tensión entre ambos polos:

        • La clasificación binaria revela que ninguna tradición logra reducir el mal a un solo registro: incluso las concepciones más trascendentes reconocen su actualización histórica, y las más inmanentes presuponen un horizonte de sentido que las trasciende.

        • Conclusión: el mal es un fenómeno anfibio, que oscila entre lo absoluto y lo histórico, entre lo metafísico y lo práctico. La maldad es la praxis que decide en cuál de esos registros se inscribe la acción humana.

      4. Implicación filosófica central:

        • El mal no puede ser pensado únicamente como sustancia ni solo como estructura, ni únicamente como privación ni solo como error.

        • La diferencia entre trascendente e inmanente muestra que el mal es una categoría liminal, situada en el umbral entre lo divino y lo humano, entre lo ontológico y lo histórico.

        • La maldad, en consecuencia, es la praxis consciente que convierte esa liminalidad en decisión: alianza con lo oscuro trascendente o complicidad con lo destructivo inmanente.

      En suma, la clasificación binaria permite concluir que el problema del mal es inseparable de la tensión entre trascendencia e inmanencia, y que la maldad es la forma en que la libertad humana actualiza esa tensión en la historia, la cultura y la espiritualidad.

    • Es necesario aclarar que la expresión “alianza con lo oscuro trascendente” no alude en modo alguno a Dios, cuya naturaleza es enteramente buena y cuya esencia es plenitud de ser y de amor. Lo que se designa con esa fórmula es la vinculación de la libertad humana con las fuerzas espirituales demoníacas, entendidas como realidades personales que se oponen a la luz divina y buscan perpetuar la negación del bien. En este horizonte, el mal trascendente no se confunde con la divinidad, sino que se refiere a la acción de poderes espirituales caídos que operan en la historia como resistencia a la gracia y como parodia de la trascendencia. La maldad, entonces, es la praxis consciente que se alía con esas fuerzas, aceptando su lógica destructiva y convirtiéndose en instrumento de su negatividad, mientras que Dios permanece como el Bien absoluto, fuente de toda vida y de toda esperanza.

    • A la luz de la clasificación binaria entre trascendentes e inmanentes, se puede precisar que el mal se entiende como la negatividad que irrumpe en el ser: en el plano trascendente, como privación ontológica o fuerza espiritual demoníaca que se opone a Dios, enteramente bueno; en el plano inmanente, como error, pulsión, estructura o violencia inscrita en la historia y la cultura. La maldad, en cambio, es siempre praxis consciente: en el horizonte trascendente, alianza voluntaria con las fuerzas espirituales oscuras que buscan desviar al hombre de la gracia; en el horizonte inmanente, complicidad con sistemas, discursos o distorsiones psicológicas que perpetúan la destrucción. Así, el mal aparece como condición —trascendente o inmanente— y la maldad como decisión libre que actualiza esa condición en la vida personal, social y espiritual.

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