miércoles, 20 de mayo de 2026

LA FE EN HEGEL


LA FE EN HEGEL

La fe en Hegel abre un horizonte de preguntas que siguen siendo provocadoras: ¿puede la fe ser absorbida en el saber sin perder su gratuidad? ¿Es legítimo identificar la experiencia religiosa con el despliegue del espíritu absoluto? ¿Hasta qué punto la convicción de que Dios es pensamiento puro ilumina —o más bien oscurece— la trascendencia cristiana? El itinerario de Hegel, marcado por su trasfondo protestante, nos invita a interrogar: ¿es la fe un sentimiento inmediato, una intuición irracional, o debe ser elevada al concepto para alcanzar su verdad? ¿Qué ocurre cuando la Trinidad se esclarece como estructura racional del espíritu, y no como misterio revelado? ¿No corre el riesgo la fe, al integrarse en el sistema filosófico, de convertirse en un momento necesario del concepto y perder su carácter de respuesta libre a la Palabra de Dios?

Estas preguntas sugieren que el pensamiento hegeliano, lejos de ser un mero ejercicio abstracto, toca el núcleo mismo de la diferencia entre la fe racionalizada y la fe teologal. La tensión entre ambas concepciones —la protestante que prepara la racionalización y la católica que defiende la gratuidad— constituye el punto de partida de este ensayo: explorar cómo Hegel quiso integrar la fe en el saber absoluto y cómo la teología católica respondió, preservando la trascendencia y la gratuidad de la revelación.

La fe en Hegel se despliega como un concepto que evoluciona junto con las etapas de su pensamiento, siempre marcada por su formación teológica protestante, donde se concibe como confianza interior y relación directa con Dios, sin la mediación de sacramentos católicos. En los escritos juveniles, bajo la influencia del pietismo luterano, la fe aparece como experiencia inmediata y como fundamento ético de la vida comunitaria. En este momento, Hegel sostiene: “Considerase como cosa decidida que son distintos la fe y el saber y que, por tanto, no sabemos nada de Dios.” La fe se muestra aquí como divorciada del saber, vivida en la interioridad y en la comunidad, pero sin mediación conceptual.

En la Fenomenología del Espíritu, la fe se presenta como conciencia religiosa que representa la verdad absoluta en imágenes y símbolos. Es un momento necesario en el camino de la autoconciencia, pero limitado, porque permanece en el ámbito de la representación y no alcanza la claridad del concepto. Hegel lo expresa con firmeza: “La fe no es apta para desarrollar el contenido.” La ausencia de sacramentos como mediaciones externas refuerza la visión de que la fe es un momento interior del espíritu, que prepara el tránsito hacia el saber filosófico. La fe se entiende entonces como preparatoria del saber, como vivencia interior que necesita ser superada y conservada en el pensamiento racional.

En las Lecciones sobre las pruebas de la existencia de Dios, Hegel da un paso decisivo al afirmar: “No hay fe sin razón ni razón sin fe.” Aquí la fe deja de ser un momento separado o meramente preparatorio y se concibe como inseparable de la razón. La verdad religiosa no puede desligarse de la racionalidad, y la racionalidad no puede prescindir de la fe como vivencia espiritual. Esta afirmación marca la madurez de su pensamiento y la etapa berlinesa, donde fe y razón se integran en el despliegue del espíritu absoluto.

En la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas y en la Filosofía de la Religión, la fe se ubica dentro del cristianismo como religión revelada, considerada por Hegel la religión absoluta. Reconoce la verdad en forma de imagen, mientras la filosofía la eleva al concepto. Hegel señala: “El sentimiento es la forma inferior que un contenido puede tener; en ella existe lo menos posible.” La fe, como sentimiento, necesita ser superada y conservada en el pensamiento racional. En la madurez sistemática, la fe se concibe como un momento histórico y espiritual en el camino hacia el saber absoluto, donde el cristianismo, con la idea de la encarnación, expresa la unidad de lo finito y lo infinito, y la fe es la forma en que esa verdad se vive en la conciencia.

De este modo, la fe en Hegel evoluciona desde la separación respecto del saber en los escritos juveniles, pasando por su función preparatoria en la Fenomenología, hasta llegar a la afirmación de su inseparabilidad de la razón en la última etapa berlinesa. Todo ello bajo la impronta de su formación teológica protestante, sin sacramentos católicos, y con la convicción de que fe y razón son momentos inseparables en la realización de la verdad.

El protestantismo de Hegel lo orientaba hacia una comprensión de la fe que no dependía de rituales externos ni de la mediación sacramental, sino de la interioridad y de la palabra. Esa base lo preparaba para dar el paso decisivo hacia una racionalización de la fe: en lugar de verla como un ámbito separado del saber, la concebía como experiencia espiritual que debía ser pensada y elevada al concepto. La tradición luterana, con su énfasis en la relación directa entre el creyente y Dios, ofrecía el terreno ideal para que Hegel pudiera afirmar más tarde que fe y razón no son opuestas, sino momentos inseparables en el despliegue del espíritu. Este trasfondo explica por qué en sus obras maduras insiste en que la fe no puede desligarse de la racionalidad, y que la racionalidad misma necesita de la fe para no convertirse en un ejercicio vacío. En otras palabras, el protestantismo le dio la clave para transformar la fe en un elemento filosófico, capaz de integrarse en el sistema del espíritu absoluto.

Es cierto que los matices de la evolución del concepto de fe en Hegel pasaron casi inadvertidos para muchos de sus contemporáneos. La atención de la época estaba dominada por las polémicas en torno a su supuesto panteísmo, a las acusaciones de ateísmo y a la idea de que su sistema disolvía la trascendencia en el devenir dialéctico de la historia. En ese clima, la sutileza con la que Hegel transformaba la fe —desde su separación inicial respecto del saber, pasando por su función preparatoria en la Fenomenología, hasta la afirmación de su inseparabilidad de la razón en la etapa berlinesa— quedó eclipsada por debates más estridentes. La impronta protestante, que lo preparaba para racionalizar la fe y mostrar que no podía desligarse de la razón, fue un aspecto esencial de su pensamiento, pero apenas reconocido en su tiempo. Lo que para Hegel era un esfuerzo por integrar la vivencia religiosa en el despliegue del espíritu absoluto, para muchos críticos se reducía a una supuesta negación de lo divino o a una absorción de la religión en la lógica de la historia. De ahí que la riqueza de su propuesta sobre la fe —como experiencia interior que se conserva y se supera en el concepto— quedara en segundo plano frente a las acusaciones de que su filosofía anulaba la trascendencia.

En este sentido, vale la pena explorar cómo esta acusación de panteísmo y la supuesta disolución de la trascendencia contrastan con la verdadera intención de Hegel de racionalizar la fe desde su trasfondo protestante. La verdadera intención de Hegel no fue suprimir la trascendencia ni disolver la religión en el puro devenir histórico, como muchos de sus contemporáneos sospechaban, sino racionalizar la fe desde el trasfondo protestante que lo formó. En la tradición luterana, la fe se entiende como relación interior y directa con Dios, sin necesidad de sacramentos externos, y esa orientación le ofrecía el terreno para pensar la fe como algo que debía ser elevado al concepto. Por eso, en su sistema filosófico la fe no aparece como un residuo irracional, sino como un momento esencial del espíritu que se conserva y se supera en la razón. La afirmación de que “no hay fe sin razón ni razón sin fe” resume esta intención: mostrar que la vivencia religiosa no se opone al saber, sino que encuentra en la racionalidad su forma más plena. Lo que para sus críticos era ateísmo o panteísmo, en realidad era el intento de integrar la fe en el despliegue del espíritu absoluto, manteniendo su verdad pero liberándola de la mera representación simbólica. Así, el protestantismo de Hegel lo preparaba para una racionalización de la fe, que se distingue claramente de las acusaciones de panteísmo o de disolución de la trascendencia que dominaron la recepción de su obra.

Incluso esa racionalización de la fe unida al saber en la etapa madura de Hegel contribuye al esclarecimiento de la Trinidad, tanto en su vida intratrinitaria como en su despliegue en la naturaleza y en la historia. En sus Lecciones sobre la filosofía de la religión, Hegel afirma que “la verdad es el concepto, y el concepto es lo que se revela como Trinidad”, mostrando que el misterio trinitario no queda relegado a la mera representación simbólica, sino que se comprende racionalmente como estructura del espíritu absoluto. La fe, elevada al concepto y vinculada inseparablemente con la razón, permite entender la Trinidad no como un enigma inaccesible, sino como la manifestación racional del espíritu que se reconoce en sí mismo (Padre), se exterioriza en la creación (Hijo) y retorna a la unidad en el devenir histórico (Espíritu). De ahí que Hegel pueda sostener que “no hay fe sin razón ni razón sin fe”, integrando la vivencia religiosa en el despliegue filosófico. Este planteamiento muestra cómo la racionalización protestante que Hegel asumió se convierte en clave para comprender la Trinidad como estructura viva del espíritu, desplegada en la naturaleza y en la historia.

La diferencia de Hegel respecto de Fichte y Schelling se entiende mejor si se observa cómo su racionalización de la fe y su defensa de la Trinidad lo apartan de los retrocesos que ellos representan. Fichte, al reducir la religión a la moralidad y a la acción práctica del yo, retrocedía al sabelianismo kantiano, donde la Trinidad se disuelve en meras funciones racionales sin vida propia. Schelling, por su parte, al concebir lo absoluto como identidad indiferenciada entre naturaleza y espíritu, retrocedía al panteísmo spinosista, en el que la trascendencia se diluye en la sustancia única. Hegel, en cambio, desde su trasfondo protestante, buscaba racionalizar la fe y mostrar su inseparabilidad de la razón. Por eso podía afirmar que “no hay fe sin razón ni razón sin fe”, y sostener en sus Lecciones sobre la filosofía de la religión que “la verdad es el concepto, y el concepto es lo que se revela como Trinidad”. Con ello, la fe elevada al saber esclarece la Trinidad tanto en su vida intratrinitaria como en su despliegue en la naturaleza y en la historia. De este modo, Hegel se diferencia profundamente de Fichte y de Schelling: no reduce la religión a la moralidad ni la disuelve en la sustancia indiferenciada, sino que integra la fe en el sistema filosófico, conservándola y superándola en el concepto, y defendiendo la Trinidad como núcleo de la religión absoluta.

La posición de Hegel sobre la fe y la Trinidad también se diferencia claramente de la de Jacobi y Schleiermacher. Jacobi concebía la fe como una intuición inmediata, un salto más allá de la razón, lo que lo llevaba a contraponer fe y saber en lugar de integrarlos. Schleiermacher, por su parte, entendía la religión como sentimiento absoluto de dependencia, reduciendo la fe a una experiencia subjetiva y emocional. Hegel se aparta de ambos: frente a Jacobi, rechaza la idea de que la fe sea irracional o un mero acto de intuición, pues insiste en que “no hay fe sin razón ni razón sin fe”. Frente a Schleiermacher, critica que el sentimiento sea una forma inferior del contenido, afirmando que la fe debe ser elevada al concepto para esclarecer la verdad. En sus Lecciones sobre la filosofía de la religión, sostiene que “la verdad es el concepto, y el concepto es lo que se revela como Trinidad”, mostrando que la fe racionalizada permite comprender la Trinidad tanto en su vida intratrinitaria como en su despliegue en la naturaleza y en la historia. Así, mientras Jacobi y Schleiermacher mantenían la fe en el ámbito de la intuición o del sentimiento, Hegel la racionaliza desde su trasfondo protestante y la integra en el sistema filosófico, defendiendo la Trinidad como núcleo de la religión absoluta.

La intención madura de Hegel se entiende mejor si se inserta su convicción de que Dios es pensamiento puro. Para él, la experiencia humana de Dios no es un mero sentimiento ni una intuición irracional, sino la elevación del espíritu a Dios, es decir, la participación de la conciencia en el movimiento del concepto absoluto. Por eso, incluso su racionalización de la fe unida al saber en la etapa berlinesa contribuye al esclarecimiento de la Trinidad: en su vida intratrinitaria, como el pensamiento que se reconoce en sí mismo (Padre), se exterioriza en la naturaleza (Hijo) y retorna a la unidad en la historia (Espíritu). En sus Lecciones sobre la filosofía de la religión, Hegel afirma que “la verdad es el concepto, y el concepto es lo que se revela como Trinidad”, y añade que “no hay fe sin razón ni razón sin fe”. Estas citas muestran que la fe, elevada al concepto, permite comprender la Trinidad no como un misterio inaccesible, sino como la manifestación racional del espíritu absoluto. Así, la afirmación de que Dios es pensamiento puro y que la experiencia humana de Dios es la elevación del espíritu a Dios se convierte en la clave para entender cómo Hegel racionaliza la fe y defiende la Trinidad, diferenciándose de las posiciones de Fichte, Schelling, Jacobi y Schleiermacher.

La recepción católica del hegelianismo en el siglo XX vio con cierta reserva la identificación de la fe con el saber. Para muchos teólogos, esa fusión resultaba problemática porque parecía diluir la especificidad de la fe como acto de confianza en la revelación y en la gracia, reduciéndola a un momento del concepto filosófico. En la tradición católica, la fe se entiende como virtud teologal distinta del conocimiento racional, aunque pueda dialogar con él; por eso, la afirmación de Hegel de que “no hay fe sin razón ni razón sin fe” fue interpretada como una confusión de planos. Además, su idea de que “la verdad es el concepto, y el concepto es lo que se revela como Trinidad” generaba inquietud: si Dios es pensamiento puro y la experiencia humana de Dios es la elevación del espíritu a Dios, entonces la fe quedaba absorbida en el saber absoluto. Para la teología católica, esa racionalización podía poner en riesgo la trascendencia y la gratuidad de la revelación, al convertir la fe en un momento necesario del sistema filosófico. De ahí que la recepción católica asumiera como problemática esta identificación, subrayando la diferencia entre la fe como virtud teologal y la fe racionalizada en Hegel, así como la tensión entre la Trinidad en Hegel y la Trinidad en la teología católica.

Para muchos teólogos católicos del siglo XX, los “excesos” de Hegel en la identificación de la fe con el saber tienen su raíz en la racionalización protestante de la fe. En la tradición luterana, la fe se concebía como vivencia interior sin necesidad de mediaciones sacramentales, y Hegel llevó esa orientación hasta el punto de afirmar que “no hay fe sin razón ni razón sin fe”. Desde la perspectiva católica, esa fusión resultaba problemática porque parecía absorber la fe en el concepto filosófico, poniendo en riesgo su carácter de virtud teologal y la gratuidad de la revelación. De ahí que la recepción católica interpretara que el intento hegeliano de esclarecer la Trinidad —entendida como pensamiento puro que se despliega en la naturaleza y la historia— estaba condicionado por esa racionalización protestante, que convertía la fe en un momento necesario del sistema del espíritu absoluto. Este contraste ayuda a entender por qué la teología católica vio con recelo la racionalización protestante y cómo se distancia de la manera en que Hegel integró la fe y el saber en su filosofía.

Hans Urs von Balthasar advertía que en Hegel “la fe queda absorbida en el saber absoluto, perdiendo su carácter de respuesta libre a la revelación”, subrayando que la fe no puede ser reducida a un momento necesario del sistema filosófico. Karl Rahner insistía en que “la fe es siempre obediencia a la palabra de Dios, no deducción del espíritu”, reprochando que Hegel subsumiera la fe en la conciencia absoluta. Joseph Ratzinger, en sus estudios sobre la teología de la historia, afirmaba que Hegel “confunde revelación con autodespliegue del espíritu”, lo que pone en riesgo la trascendencia y la gratuidad de la revelación. Henri de Lubac también criticó que la fe, en Hegel, se convirtiera en un momento del concepto, señalando que “la fe no puede ser identificada con el saber sin perder su esencia teologal”. Finalmente, Romano Guardini observaba que “la fe en Hegel se transforma en filosofía, pero la fe cristiana no puede ser reducida a filosofía sin anularse”. Estas críticas muestran cómo, para los teólogos católicos, los excesos de Hegel tienen su raíz en la racionalización protestante de la fe, que lo llevó a identificarla con el saber y a esclarecer la Trinidad como estructura del espíritu absoluto, pero al precio de poner en cuestión la diferencia esencial entre fe y razón en la teología católica.

Recientemente Ignacio Andereggen, en su obra Hegel y el catolicismo, sostiene que el sistema hegeliano, marcado por la impronta protestante y por la racionalización de la fe, resulta incompatible con la verdad revelada que custodia la Iglesia. Según él, Hegel transforma la fe en un momento del concepto filosófico, absorbiéndola en el saber absoluto y reduciendo la revelación a autodespliegue del espíritu. De este modo, la gratuidad y trascendencia de la fe quedan anuladas, pues ya no se entienden como don divino sino como necesidad racional dentro del sistema. Andereggen subraya que la raíz de este exceso está en la tradición luterana, donde la fe se concibe como relación interior sin mediaciones sacramentales, lo que prepara el terreno para que Hegel la racionalice y la convierta en filosofía. Frente a ello, la teología católica defiende que la fe es virtud teologal, gratuita y sobrenatural, inseparable de la gracia y distinta del saber racional. Por eso, Andereggen concluye que la propuesta hegeliana, al querer esclarecer la Trinidad como estructura del espíritu absoluto, termina subordinando la revelación al concepto y disolviendo la diferencia esencial entre fe y razón, lo que la hace irreconciliable con el catolicismo.

En efecto, lo que se advierte es que se trata de dos concepciones opuestas sobre la fe. Para Hegel, desde su trasfondo protestante, la fe debía ser racionalizada y elevada al concepto, inseparable del saber. De ahí su afirmación de que “no hay fe sin razón ni razón sin fe” y su convicción de que Dios es pensamiento puro, lo que convierte la experiencia humana de Dios en la elevación del espíritu hacia Él. En esa línea, la fe esclarece la Trinidad tanto en su vida intratrinitaria como en su despliegue en la naturaleza y en la historia. Por el contrario, la recepción católica del siglo XX subrayó que la fe es virtud teologal distinta del conocimiento racional, y que su gratuidad y carácter de respuesta libre a la revelación no pueden ser absorbidos en el sistema filosófico. Teólogos como Hans Urs von Balthasar, Karl Rahner, Joseph Ratzinger, Henri de Lubac y Romano Guardini reprocharon a Hegel que su identificación de fe y saber anulaba la especificidad de la fe cristiana. Para ellos, los excesos de Hegel tenían su raíz en la racionalización protestante de la fe, que lo llevó a concebir la Trinidad como estructura del espíritu absoluto, mientras que la teología católica defendía la diferencia esencial entre fe y razón. Este contraste se ilumina con las Escrituras: san Pablo afirma que “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1), subrayando que la fe no se reduce al saber conceptual. Jesús mismo declara: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Juan 20:29), mostrando que la fe trasciende la evidencia racional. Y san Pablo recuerda que “la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo” (Romanos 10:17), insistiendo en su carácter de respuesta a la revelación.

En suma, aquí sale a la luz con nitidez la impronta protestante de la filosofía panlogista hegeliana. La convicción de que Dios es pensamiento puro y que la experiencia humana de Dios consiste en la elevación del espíritu hacia Él se enlaza directamente con la tradición luterana, donde la fe se concibe como relación interior sin mediaciones sacramentales. Hegel lleva esa orientación hasta el extremo de identificar fe y saber, afirmando que “no hay fe sin razón ni razón sin fe” y que “la verdad es el concepto, y el concepto es lo que se revela como Trinidad”. Este núcleo panlogista —la idea de que todo lo real es racional y todo lo racional es real— se convierte en el marco donde la fe se racionaliza y se integra en el sistema filosófico. La Trinidad, esclarecida como estructura del espíritu absoluto, aparece tanto en su vida intratrinitaria como en su despliegue en la naturaleza y en la historia. Pero precisamente esa identificación de fe y saber, que hunde sus raíces en la racionalización protestante, fue lo que la teología católica del siglo XX consideró problemática, pues contradecía la concepción bíblica de la fe como confianza en lo invisible: “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1) y “bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Juan 20:29). Así se revela el contraste: la fe como saber racionalizado en Hegel, fruto de su impronta protestante y su filosofía panlogista, frente a la fe como virtud teologal en la tradición católica, sostenida por la enseñanza bíblica y defendida por teólogos como Balthasar, Rahner, Ratzinger, de Lubac y Guardini. Así se configura un contraste decisivo: la fe como saber racionalizado en Hegel frente a la fe como virtud teologal en la tradición católica, sostenida por la enseñanza bíblica que preserva su gratuidad y su carácter de confianza en la palabra de Dios.

En conclusión, la filosofía de Hegel, marcada por su trasfondo protestante y su panlogismo, quiso racionalizar la fe hasta integrarla inseparablemente con el saber, afirmando que “no hay fe sin razón ni razón sin fe” y que “la verdad es el concepto, y el concepto es lo que se revela como Trinidad”. Sin embargo, al absorber la fe en el concepto, su sistema corre el riesgo de despojarla de su gratuidad y de su carácter de respuesta libre a la revelación. La tradición católica, en cambio, sostiene que la fe es virtud teologal, distinta del saber filosófico, y que su esencia se funda en la confianza en la Palabra de Dios: “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Por eso, los grandes teólogos católicos del siglo XX —Balthasar, Rahner, Ratzinger, de Lubac y Guardini— advirtieron que los excesos de Hegel tienen su raíz en la racionalización protestante de la fe, que la convierte en un momento del espíritu absoluto y pone en cuestión la trascendencia. La diferencia es decisiva: mientras Hegel concibe la fe como saber racionalizado, la Iglesia la reconoce como virtud teologal, gratuita y sobrenatural, inseparable de la gracia.

En definitiva, la impronta protestante de la filosofía hegeliana revela sus límites: al querer esclarecer la Trinidad como estructura del espíritu absoluto, termina subordinando la fe al concepto. La teología católica, en cambio, preserva la fe como don divino que trasciende la razón y la ilumina, sin confundirse con ella. Allí se juega la cuestión central: si la fe es absorbida en el saber absoluto o si permanece como virtud teologal, gratuita y trascendente. Esa tensión marca el límite del proyecto hegeliano y confirma la verdad de la tradición católica, que defiende la diferencia esencial entre fe y razón y la gratuidad de la Trinidad revelada.

Bibliografía

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martes, 19 de mayo de 2026

HEGEL Y LA TRINIDAD

 


HEGEL Y LA TRINIDAD

Introducción

La reflexión sobre la Trinidad en Hegel abre un horizonte que desborda la mera exégesis teológica y se convierte en una clave para comprender la arquitectura de su sistema filosófico. No se trata de un dogma encerrado en fórmulas, sino de una estructura viva que articula la lógica del Espíritu absoluto: unidad, diferencia y reconciliación. La audacia de Hegel consiste en haber trasladado el misterio cristiano al corazón de la dialéctica, mostrando que lo divino no es sustancia inmóvil, sino sujeto que se reconoce en sí mismo y se despliega en la historia. Esta operación, sin embargo, lo expuso a la sospecha de ateísmo y panteísmo, pues al afirmar que Dios se encarna en el devenir universal parecía borrar la trascendencia personal. De ahí la tensión que atraviesa toda su recepción: ¿es Hegel el filósofo que disuelve a Dios en la lógica, o el pensador que ofrece la más alta racionalización del cristianismo? La respuesta no puede ser unívoca, porque su lenguaje oscila entre la especulación filosófica y la terminología teológica, generando interpretaciones divergentes.

Lo que emerge con fuerza es la convicción de que la Trinidad es el modelo de toda realidad y autoconciencia, y que la filosofía de la religión no es un apéndice, sino el núcleo de su sistema. En ese sentido, la obra de Hegel invita a pensar la fe y la razón no como esferas separadas, sino como momentos de un mismo proceso en el que lo absoluto se reconoce en la libertad. La recepción crítica, tanto en el siglo XIX como en el XX, muestra que su pensamiento sigue siendo incómodo y provocador, porque obliga a replantear la relación entre trascendencia e historia, entre Dios y el mundo, entre filosofía y religión. Por tanto, debemos situarnos en esa encrucijada: la Trinidad en Hegel no es un misterio incomprensible ni un dogma petrificado, sino la clave especulativa de un sistema que quiso pensar lo absoluto como sujeto. Y es precisamente esa audacia la que lo convierte en un pensador que aún hoy interpela, porque obliga a enfrentar la pregunta decisiva: ¿cómo pensar a Dios en la era de la razón? Este planteamiento conecta directamente con la Trinidad hegeliana, la controversia del panteísmo y la filosofía de la religión, que constituyen aún los ejes de la discusión actual.

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Hegel reflexionó sobre la Trinidad en distintos momentos de su trayectoria intelectual, y sus palabras muestran cómo pasó de una interpretación teológica juvenil a una concepción filosófica madura. En los años de juventud teológica en Tubinga, hacia 1793–1796, afirmaba que “la Trinidad no es un misterio incomprensible, sino la revelación de la vida divina en comunidad”, lo que revela que veía en ella la expresión de la unión ética entre Dios y la comunidad cristiana. Más adelante, en el periodo de Jena, entre 1801 y 1807, la Trinidad se convierte en una categoría filosófica: “El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son momentos de la Idea absoluta, que se despliega en sí misma”. Allí la Trinidad se entiende como la dialéctica de unidad, diferencia y reconciliación, tal como se refleja en la Fenomenología del espíritu. Finalmente, en el sistema maduro de Berlín, entre 1818 y 1831, se formula que “Dios es Dios, tan sólo en tanto y en cuanto se conoce a sí mismo”. En la Enciclopedia de las ciencias filosóficas y la Filosofía de la religión, la Trinidad aparece como la estructura lógica del Espíritu absoluto: el Padre representa la universalidad, el Hijo la particularidad y el Espíritu Santo la reconciliación en comunidad.

La Trinidad en Hegel no es un dogma religioso cerrado, sino una estructura racional que refleja el modo en que el Espíritu se despliega en unidad, diferencia y reconciliación. El pensamiento muestra un tránsito desde la teología juvenil hacia una filosofía sistemática, en la que la Trinidad se convierte en el modelo de toda realidad y autoconciencia, influyendo tanto en la dialéctica filosófica como en la teología moderna. No se trata únicamente de un despliegue hacia fuera, sino también de una dinámica intratrinitaria. En los escritos maduros, especialmente en la Filosofía de la religión, la Trinidad aparece como la estructura interna del Espíritu absoluto. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son meros momentos sucesivos, sino relaciones vivas en las que cada uno existe en referencia al otro. El Padre representa la universalidad, el Hijo la particularidad y el Espíritu Santo la reconciliación, pero estas determinaciones no se agotan en un proceso lineal: son simultáneamente constitutivas de la vida divina misma. La autoconciencia divina implica que el Padre se expresa en el Hijo y que ambos se reconcilian en el Espíritu. La Trinidad es tanto despliegue dialéctico como estructura intratrinitaria permanente, donde la diferencia no destruye la unidad, sino que la hace efectiva.

La Trinidad es así el modelo de toda realidad y autoconciencia: una lógica que articula unidad, diferencia y reconciliación tanto en el plano divino como en el humano. Esta concepción se enlaza con la lógica, donde la Idea se despliega en universalidad, particularidad y singularidad, y con la filosofía de la religión, donde la Trinidad se convierte en el núcleo racional del cristianismo.

La acusación de panteísmo contra Hegel se debe a la manera en que su sistema filosófico describe la relación entre Dios y el mundo. Aunque abordó la Trinidad con gran seriedad, mostrando que para él era la estructura interna del Espíritu absoluto —unidad, diferencia y reconciliación en Padre, Hijo y Espíritu Santo—, muchos contemporáneos interpretaron su pensamiento como una disolución de la trascendencia divina en el proceso histórico y lógico. La famosa controversia del “panteísmo” venía ya de Spinoza: se temía que afirmar que Dios se despliega en el mundo equivaliera a identificarlo con la totalidad de lo existente. En Hegel, sin embargo, la Trinidad no es sólo despliegue hacia la historia, sino también relación intratrinitaria permanente. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son momentos que se refieren mutuamente, y en esa autoconciencia Dios es verdaderamente Dios. Pero como este proceso se refleja en la historia, en la comunidad y en la autoconciencia humana, se generó la sospecha de que el absoluto se confundía con el devenir del mundo. De ahí que se le acusara de panteísta: porque su sistema parecía borrar la distancia entre lo divino y lo finito.

La clave está en que Hegel no reduce a Dios al mundo, sino que entiende que el mundo es el modo en que el Espíritu absoluto se manifiesta y se reconoce. La Trinidad, en su visión, garantiza que la diferencia entre Dios y el mundo no destruye la unidad, sino que la hace efectiva. Por eso puede afirmarse que Hegel pensó la Trinidad como despliegue y como vida intratrinitaria, y que la acusación de panteísmo refleja más el temor de sus críticos que la intención de su filosofía. Este debate conecta directamente con su filosofía de la religión, donde la Trinidad es el núcleo racional del cristianismo, y con la controversia del panteísmo, que marcó la recepción de su obra en el siglo XIX.

Las Lecciones sobre las pruebas de la existencia de Dios, que pertenecen a la última etapa del pensamiento de Hegel en Berlín, muestran con claridad cómo se enfrentó a la acusación de panteísmo y cómo reprochó tanto al kantismo como al spinosismo. Allí señaló que Kant había contribuido al desprestigio de las pruebas de la existencia de Dios al reducirlas a un límite del entendimiento finito, incapaz de alcanzar lo infinito, lo que dejaba a Dios como un mero postulado moral y no como concepto especulativo. De ahí su afirmación: “El entendimiento finito sólo puede llegar a lo finito, y por ello Kant reduce las pruebas a un límite del pensamiento, sin captar que en la prueba ontológica se da el verdadero concepto de Dios”. Con ello subrayaba que la prueba ontológica, lejos de ser inválida, contiene la clave para pensar a Dios como concepto absoluto.

Respecto a Spinoza, reconoció el mérito de haber introducido el pensamiento del infinito y de haber concebido a Dios como sustancia una y causa sui, pero reprochó que esa sustancia careciera de subjetividad y de vida intratrinitaria. En sus palabras: “El spinosismo concibe lo infinito como sustancia, pero no como sujeto; por ello, el espíritu queda anulado en la indiferencia de lo absoluto”. Esta crítica muestra que, para Hegel, el spinosismo desembocaba en un panteísmo que disolvía la diferencia y la libertad en una sustancia indiferente, incapaz de dar cuenta de la autoconciencia divina. Por el mismo motivo discrepó con el panteísmo de Schelling, pues, aunque compartía con él la idea de lo absoluto, consideraba que Schelling lo concebía como una identidad indiferente en la que se anulaban las diferencias. Hegel reprochaba que esa concepción dejara lo absoluto como una “noche en la que todos los gatos son negros”, es decir, una unidad vacía que no podía explicar el despliegue de la realidad ni la vida del espíritu. Frente a ello, defendía que lo absoluto debía pensarse como sujeto, como Espíritu que se reconoce en la Trinidad, y no como sustancia indiferente.

La idea directriz de su discrepancia con el panteísmo, tanto en Spinoza como en Schelling, es su convicción de que lo absoluto no sólo es sustancia sino también sujeto, tal como lo precisa desde la Fenomenología del espíritu de 1807. Allí formula que lo absoluto no puede ser concebido como una sustancia fija, sino como un proceso de autoconciencia que se despliega y se reconoce en sí mismo. Esa convicción atraviesa toda su obra y se reafirma en las lecciones tardías, donde la Trinidad es la expresión más alta de lo absoluto como sujeto: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son momentos indiferentes, sino relaciones vivas que constituyen la autoconciencia divina. De este modo, en la última etapa de su pensamiento Hegel se defendía de la acusación de panteísmo mostrando que su filosofía no reducía a Dios al mundo, sino que lo concebía como Espíritu absoluto cuya vida se expresa en la Trinidad. La controversia se explica porque, al insistir en que Dios se despliega en la historia y en la comunidad, sus críticos temían que se borrara la trascendencia. Sin embargo, la insistencia en la Trinidad como estructura intratrinitaria permanente revela que su intención era superar tanto el kantismo, que limitaba el concepto de Dios, como el spinosismo y el schellinguismo, que lo reducían a sustancia indiferente, reafirmando que lo absoluto es sujeto y no mera sustancia. Este debate ilumina la tensión entre la filosofía de la religión de Hegel y la controversia del panteísmo, mostrando cómo la defensa de la Trinidad y la convicción de que lo absoluto es sujeto constituyen el núcleo de su discrepancia con las formas de panteísmo de su tiempo.

Hegel dejó frases ambiguas en las que parece identificar a Dios con la naturaleza y con la historia, lo que generó la impresión de una despersonalización de la divinidad y alimentó la acusación de panteísmo acosmista; estas expresiones fueron utilizadas por sus detractores para sostener que rechazaba la trascendencia y motivaron incluso la vigilancia de la policía secreta del emperador prusiano. En sus lecciones y escritos tardíos, Hegel afirmó que “la historia es el progreso de la conciencia de la libertad”, frase que, aunque pensada para mostrar el despliegue del Espíritu, fue interpretada como una reducción de lo divino al devenir histórico. En otro pasaje sostuvo que “quien mira racionalmente el mundo, lo ve racional”, lo que llevó a algunos a concluir que la naturaleza misma era identificada con Dios, pues lo real y lo racional coincidían en su sistema. También se encuentra la afirmación de que “la fe no es apta para desarrollar el contenido”, que fue leída como una burla hacia el cristianismo y como un intento de sustituir la revelación por la pura filosofía. En la Enciclopedia de las ciencias filosóficas insistió en que “Dios es Dios, tan sólo en tanto y en cuanto se conoce a sí mismo”, lo que, al ser interpretado fuera de su contexto especulativo, parecía disolver la trascendencia en la autoconciencia del mundo.

Estas frases, tomadas de manera aislada, dieron la impresión de que Hegel defendía un panteísmo acosmista, en el que Dios se confundía con la totalidad de la naturaleza y de la historia, perdiendo su carácter personal. Por ello se le acusó de socavar la religión revelada y de reducir lo divino a un proceso lógico e histórico. La ambigüedad de su lenguaje, que oscilaba entre la terminología teológica y la especulativa, facilitó que sus adversarios lo presentaran como enemigo de la trascendencia. En consecuencia, la policía secreta del emperador prusiano lo vigilaba, temiendo que sus enseñanzas pudieran fomentar un pensamiento subversivo contra la ortodoxia religiosa y política establecida. Este conjunto de frases y su recepción crítica muestran cómo la controversia del panteísmo se alimentó de la tensión entre la intención de Hegel de pensar lo absoluto como sujeto y las interpretaciones que lo redujeron a una identificación de Dios con la naturaleza y la historia.

En su libro Hegel, el último filósofo que explicó la totalidad, Jacques D’Hondt aporta la noticia de la vigilancia policial estrecha sobre Hegel, haciendo trizas la imagen consagrada por Rosenkranz, Kuno Fischer y Dilthey de que era simplemente el filósofo del absolutismo estatal prusiano. D’Hondt muestra que el Estado lo consideraba sospechoso y lo seguía de cerca, precisamente por las ambigüedades de su lenguaje y por las interpretaciones que sus detractores hacían de sus frases sobre religión, naturaleza e historia. Sin embargo, comete el error de presentar sus clases secretas sobre panteísmo, ateísmo e irreligiosidad como prueba de que Hegel lo era, lo cual no corresponde a la realidad. Hegel nunca se declaró ateo ni irreligioso, y su pensamiento sobre la Trinidad y el Espíritu absoluto demuestra que su intención era superar tanto el kantismo como el spinosismo y el schellinguismo, insistiendo en que lo absoluto no es sólo sustancia sino también sujeto. La confusión proviene de expresiones en las que parece identificar a Dios con la naturaleza o con la historia, lo que llevó a algunos a acusarlo de panteísmo acosmista y a las autoridades a vigilarlo, pero en el fondo su filosofía buscaba precisamente evitar esa reducción de lo divino a mera sustancia indiferente. Este episodio revela cómo la recepción de Hegel estuvo marcada por la tensión entre su defensa de la Trinidad y las interpretaciones que lo acusaban de panteísmo, y cómo la investigación de D’Hondt, aunque valiosa para mostrar la vigilancia policial, incurre en el error de atribuirle una irreligiosidad que no corresponde a su pensamiento.

Otro punto que llevó a confusión y a la sospecha de ateísmo en la filosofía de Hegel fue la esencia misma de su dialéctica, que se basa en la convicción de que todo progresa por contradicciones que se resuelven en síntesis. Al afirmar que “la contradicción es la raíz de todo movimiento y vitalidad”, Hegel parecía sugerir que incluso lo divino se hallaba sometido a un proceso de negación y superación, lo que para muchos críticos resultaba incompatible con la idea de un Dios trascendente e inmutable. Esta concepción dialéctica, aplicada a la naturaleza, a la historia y a la religión, fue interpretada como una reducción de lo absoluto a un mecanismo lógico en el que la divinidad se disolvía en el devenir de las contradicciones. De ahí que se lo acusara de ateísmo y de panteísmo acosmista, pues la imagen de un Dios que se despliega en la historia y se reconoce en la síntesis parecía borrar la trascendencia personal. Tales sospechas se sumaron a las frases ambiguas ya mencionadas y reforzaron la vigilancia de la policía secreta del emperador prusiano, que veía en sus enseñanzas un riesgo para la ortodoxia religiosa y política. Su pensamiento al conectar directamente con la dialéctica como núcleo de su sistema y con la controversia del panteísmo, mostrando cómo la lógica de la contradicción, aunque concebida por Hegel como el motor de la autoconciencia del Espíritu, fue interpretada por sus adversarios como una negación de la trascendencia divina.

De manera que al apartarse de Spinoza y de Schelling, Hegel parecía quedarse solamente con la inmanencia a la cual añadía la dialéctica, lo que reforzaba la sospecha de que su filosofía disolvía la trascendencia en el devenir histórico y natural. Sin embargo, en realidad estaba más cerca de Proclo y de Jacobo Boehme, pues concebía el absoluto como dinámico y no como sustancia indiferente. En Proclo encontraba la idea de un principio que se despliega en jerarquías y retorna a sí mismo, mientras que en Boehme hallaba la noción de un Dios vivo que se manifiesta en tensiones internas y en procesos de diferenciación. Esa cercanía muestra que lo absoluto en Hegel no es una sustancia estática ni una identidad vacía, sino un sujeto que se realiza en la contradicción y en la reconciliación, y cuya vida se expresa en la Trinidad. Por ello, aunque sus frases sobre la identificación de Dios con la naturaleza y la historia alimentaron la acusación de panteísmo acosmista, la intención profunda de su pensamiento era mostrar que lo absoluto es sujeto y que su dinamismo lo vincula más con la tradición neoplatónica y mística que con el mero racionalismo de Spinoza o la identidad indiferente de Schelling. Este punto conecta directamente con la Fenomenología del espíritu, donde se afirma que lo absoluto no es sustancia sino sujeto, y con la filosofía de la religión, en la que la Trinidad se convierte en la expresión más alta de ese absoluto dinámico.

La sospecha de ateísmo y de panteísmo en Hegel se reforzaba también por las escasas alusiones directas a Cristo en sus escritos sistemáticos, lo que daba la impresión de que la figura central del cristianismo quedaba desplazada por la lógica de la Trinidad y por el despliegue del Espíritu absoluto. En la Fenomenología del espíritu se encuentra la referencia a la encarnación como momento de la particularidad, donde se afirma que “el Hijo es la manifestación de Dios en la forma de la singularidad”, pero sin mencionar explícitamente a Cristo como persona histórica. En las Lecciones sobre la filosofía de la religión se dice que “la reconciliación se realiza en la comunidad, en la que el Espíritu Santo es la presencia de Dios”, y allí Cristo aparece apenas como mediador abstracto de esa reconciliación, sin el énfasis personal que la tradición cristiana le otorga. En otro pasaje de esas lecciones se señala que “la figura de Cristo es el punto en el que lo divino y lo humano se encuentran”, pero la formulación se mantiene en un nivel especulativo, sin desarrollar la dimensión histórica concreta.

Estas alusiones, tan escasas y abstractas, fueron interpretadas por sus críticos como una despersonalización de la divinidad y como una sustitución de la fe en Cristo por una construcción filosófica. De ahí que se lo acusara de ateísmo y de panteísmo acosmista, pues parecía reducir lo divino a un proceso lógico e histórico. La vigilancia de la policía secreta del emperador prusiano se explica en parte por estas ambigüedades, que hacían sospechar que sus enseñanzas podían socavar la ortodoxia religiosa. En realidad, Hegel buscaba mostrar que lo absoluto es sujeto y que la Trinidad expresa la autoconciencia divina, pero la falta de referencias explícitas a Cristo facilitó que sus adversarios lo presentaran como enemigo de la trascendencia. Este aspecto conecta la Fenomenología del espíritu con las Lecciones sobre la filosofía de la religión y con la controversia del panteísmo, mostrando cómo la escasa mención de Cristo fue uno de los factores que alimentó la sospecha de irreligiosidad en su pensamiento.

No hay que olvidar que Hegel estudió cinco años para ser pastor y luego renunció, lo que marca el trasfondo religioso de su formación inicial. Su época estuvo atravesada por los ataques pietistas, ilustrados, deístas y panteístas al cristianismo, y en ese contexto sus escritos de juventud dejan un sabor panteísta, adherido al sabelianismo kantiano, en el que la divinidad se percibe más como principio racional que como persona. Sin embargo, en su madurez Hegel se distancia de esas corrientes y afirma que la verdadera relación entre lo finito y lo infinito no es el sentimiento —como sostenían Jacobi y Schleiermacher— ni la metafísica del entendimiento —como defendían los wolfianos y los kantianos—. En realidad, el elevado valor que tiene para Hegel el cristianismo proviene de la teología de la encarnación, pues allí encuentra la expresión más alta de la unidad de lo divino y lo humano, y la clave para pensar lo absoluto como sujeto que se reconoce en sí mismo. De este modo, aunque sus primeras obras pudieran dar la impresión de un panteísmo juvenil, su filosofía madura se orienta hacia la teología de la encarnación como núcleo de la filosofía de la religión, mostrando que lo absoluto no se reduce a sustancia indiferente, sino que se realiza en la autoconciencia viva del Espíritu.

A pesar de todo ello, Hegel mantuvo una postura anticatólica, y la pregunta que inevitablemente surge es qué queda de ese Dios trascendente y personal, así como de la inmortalidad, si al final el devenir universal es la encarnación continua de Dios. Precisamente aquí se abre el abanico de interpretaciones que Hyppolite sistematizó: para él, en Hegel Dios no es trascendente ni personal, pues no hay Dios sin el mundo —lo que lo acerca a los panteístas—; es un espíritu consciente que pone el mundo necesariamente, lo que recuerda al deísmo; está condicionado por la conciencia del espíritu finito, de modo que “Dios es Hegel”, lo que corresponde a la lectura de los hegelianos de izquierda y de derecha; y finalmente, Dios se encarna en los seres finitos, lo que caracteriza a los hegelianos de centro. Estas interpretaciones muestran cómo la ambigüedad de su lenguaje y la radicalidad de su dialéctica dieron lugar a lecturas que oscilaron entre el ateísmo, el panteísmo y la irreligiosidad, reforzando la sospecha de que su sistema disolvía la trascendencia en el devenir histórico. Este debate revela la tensión entre la filosofía de la religión de Hegel y la controversia del panteísmo, y cómo la recepción de su pensamiento quedó marcada por la dificultad de conciliar su defensa de la encarnación como núcleo del cristianismo con la aparente desaparición del Dios personal y trascendente en el despliegue del Espíritu absoluto.

Hegel fue crítico del catolicismo en buena medida porque su formación y convicciones estaban marcadas por el protestantismo. Desde esa perspectiva, veía en la Iglesia católica una religión de autoridad externa y de obediencia, que mantenía al creyente en la dependencia de dogmas y jerarquías. En sus Lecciones sobre la filosofía de la religión afirmaba que “el catolicismo es la religión de la representación, en la que el individuo no se reconcilia consigo mismo, sino que permanece sometido a la mediación externa de la Iglesia”. También sostenía que “la fe católica se apoya en la autoridad y no en el saber”, lo que reflejaba su rechazo a una tradición que, según él, impedía que la razón desplegara el contenido de la religión. Muchas de estas críticas provenían de su protestantismo, que valoraba la interioridad, la relación directa del individuo con Dios y la libertad de conciencia. Por ello, Hegel veía en la Reforma un paso decisivo hacia la religiosidad racional, mientras que el catolicismo le parecía una forma de mantener al creyente en la “minoría de edad” bajo la tutela de la Iglesia. Su anticatolicismo, entonces, no era un rechazo al cristianismo en sí, sino a una modalidad que, en su opinión, anulaba la autoconciencia y la libertad espiritual. En realidad, conecta su crítica al catolicismo con su defensa del protestantismo como la forma más adecuada de religiosidad racional, y con su visión de la filosofía de la religión como el verdadero culto en el que el Espíritu se reconoce en la libertad.

Ni la recepción europea del siglo XIX ni los acontecimientos del siglo XX favorecieron una comprensión mesurada de la concepción central de la Trinidad en el hegelianismo. En Alemania, el sistema retrocede con Herbart, Marx, Lotze, el empirio-criticismo, el neokantismo, el voluntarismo schopenhaueriano y el nietzscheanismo, siendo sólo rescatado a su modo por la filosofía del inconsciente de Eduard von Hartmann. En Francia, Cousin se separa de ese Dios sin conciencia, Taine y Renán lo admiran pero desde el positivismo, Vacherot primero celebra a ese Dios inmanente y luego lo repudia, Mignet califica al hegelianismo de “ateísmo disfrazado”, y Hamelin adopta su método pero se aparta de su doctrina. La conmoción de la Primera Guerra Mundial revive tanto el neotomismo como el hegelianismo, se publican obras sobre el joven Hegel, se enfatiza su orientación existencial y se exalta su filosofía de juventud, aunque su Fenomenología fue subestimada. En el siglo XX, Lacroix afirma que Marx rejuveneció el hegelianismo, Merleau-Ponty valora en la Fenomenología al hombre que busca comprenderse a sí mismo, Heidegger interpreta la libertad como forma de necesidad, pero rechaza la identidad entre ser y pensamiento, Scheler se muestra antropoteísta como Hegel, Jaspers niega que lo real sea racional porque la existencia no lo es, y en Sartre se repite el tema de la conciencia infeliz. Todo ello muestra cómo la recepción del hegelianismo osciló entre la acusación de ateísmo y panteísmo, la reinterpretación existencial y la crítica a su racionalismo, dejando en segundo plano la concepción especulativa de la Trinidad que era, en realidad, el núcleo de su filosofía de la religión. Este panorama conecta la recepción europea del hegelianismo con la Fenomenología del espíritu y con la controversia del panteísmo, mostrando cómo la figura de Hegel fue reinterpretada y disputada en cada época según las tensiones filosóficas y religiosas dominantes.

La recepción teológica de Hegel en torno a la Trinidad fue compleja y desigual entre católicos y protestantes. En el ámbito protestante, su influencia fue más inmediata: la escuela de Tubinga, con Ferdinand Christian Baur, interpretó la Trinidad en clave histórica y dialéctica, siguiendo la idea hegeliana de que lo absoluto se despliega en la autoconciencia del Espíritu. También teólogos como Richard Rothe y Karl Daub se apoyaron en Hegel para repensar la relación entre Dios y el mundo, aunque con matices distintos. En cambio, Schleiermacher, desde su énfasis en el sentimiento religioso, se distanció de la especulación hegeliana, pero no dejó de dialogar con ella. En el ámbito católico, la recepción fue más tardía y marcada por la desconfianza. Durante el siglo XIX, el hegelianismo fue visto como sospechoso de panteísmo y ateísmo, y la teología católica oficial lo rechazó. Sin embargo, en el siglo XX, especialmente tras el Concilio Vaticano II, algunos teólogos comenzaron a integrar elementos hegelianos en su reflexión sobre la Trinidad y la historia de la salvación. Karl Rahner, por ejemplo, aunque crítico, reconoció la importancia de la autocomunicación de Dios en la historia, un tema que dialoga con la idea hegeliana de la encarnación continua del Espíritu. Hans Küng también valoró la dimensión histórica y dinámica de lo absoluto en Hegel, aunque sin aceptar su sistema completo. De este modo, mientras los protestantes del siglo XIX encontraron en Hegel un marco especulativo para reinterpretar la Trinidad, los católicos lo recibieron con mayor cautela, y sólo en el siglo XX algunos teólogos lo incorporaron parcialmente. La tensión entre acusaciones de panteísmo, la defensa de la Trinidad y la reinterpretación existencial muestra cómo la recepción teológica de Hegel estuvo marcada por el esfuerzo de conciliar su filosofía con la tradición cristiana.

Entre los teólogos católicos que recibieron a Hegel con mayor cautela se encuentran figuras del siglo XIX y XX que, aunque reconocieron la potencia especulativa de su sistema, desconfiaron de su aparente panteísmo y de la despersonalización de la divinidad. En el siglo XIX, pensadores como Giovanni Perrone y Matteo Liberatore, vinculados al neotomismo, rechazaron abiertamente el hegelianismo por considerarlo incompatible con la trascendencia cristiana, aunque al mismo tiempo lo estudiaron para refutarlo. Más tarde, en el siglo XX, tras el Concilio Vaticano II, algunos teólogos católicos comenzaron a dialogar con Hegel, pero siempre con reservas: Karl Rahner reconoció la importancia de la autocomunicación de Dios en la historia, aunque subrayó que Hegel disolvía demasiado la trascendencia; el mencionado Hans Küng, y Henri de Lubac mostró interés por la relación entre naturaleza y gracia, aunque sin aceptar la identificación hegeliana de Dios con el devenir histórico. En todos estos casos, la recepción fue cautelosa porque el núcleo de la crítica católica consistía en que Hegel parecía reducir la Trinidad a un proceso lógico y la encarnación a un símbolo filosófico, lo que podía interpretarse como un ateísmo disfrazado o un panteísmo acosmista. Por ello, aunque algunos teólogos católicos modernos encontraron elementos útiles en su pensamiento, la tradición oficial mantuvo siempre una distancia crítica. Este panorama muestra cómo la recepción católica del hegelianismo se movió entre el rechazo neotomista y el diálogo parcial de teólogos contemporáneos, en contraste con la recepción protestante más abierta en torno a la Trinidad y la filosofía de la religión.

Conclusión

La conclusión que emerge de todo lo expuesto es que el pensamiento de Hegel sobre la Trinidad constituye un intento radical de reconciliar la razón con la fe, mostrando que lo absoluto no es mera sustancia fija, sino sujeto vivo que se reconoce en sí mismo. La insistencia en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son momentos de unidad, diferencia y reconciliación revela que la vida divina es autoconciencia, y que esa autoconciencia se despliega tanto en la interioridad intratrinitaria como en la historia y en la comunidad. Las acusaciones de panteísmo y de ateísmo se alimentaron de la ambigüedad de su lenguaje y de la radicalidad de su dialéctica, pues parecía disolver la trascendencia en el devenir histórico y natural. Sin embargo, la intención profunda fue superar tanto el kantismo, que reducía a Dios a un límite moral, como el spinosismo y el schellinguismo, que lo concebían como sustancia indiferente. La clave está en que lo absoluto es sujeto, y la Trinidad es la expresión más alta de esa subjetividad divina.

La recepción desigual —más abierta en el ámbito protestante y más cautelosa en el católico— muestra que su filosofía de la religión fue interpretada según las tensiones de cada época, oscilando entre la acusación de irreligiosidad y la valoración de su especulación como núcleo racional del cristianismo. En última instancia, la conclusión es que Hegel quiso pensar la Trinidad como modelo de toda realidad y autoconciencia, y que su sistema, lejos de negar la trascendencia, buscaba mostrar que la diferencia y la historia no destruyen la unidad divina, sino que la hacen efectiva. Así, la filosofía hegeliana de la Trinidad se revela como un esfuerzo por pensar lo absoluto en clave de sujeto, donde la unidad y la diferencia se reconcilian en la vida del Espíritu, y donde la encarnación se convierte en el núcleo de la relación entre lo divino y lo humano.

Bibliografía

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viernes, 15 de mayo de 2026

BLASSI Y LO UNO PLOTINIANO COMO ALTERIDAD RADICAL


MARTIN DE BLASSI Y LO UNO PLOTINIANO COMO ALTERIDAD RADICAL

El pensamiento de Plotino ha sido leído durante siglos como la culminación de la tradición griega y, al mismo tiempo, como el umbral de una nueva metafísica. En ese cruce de interpretaciones se sitúa la propuesta de Fernando Martín de Blassi, quien sostiene que la novedad del sistema plotiniano reside en la concepción del Uno como alteridad radical, absolutamente distinta de todo lo que existe. Esta lectura, sugestiva y provocadora, abre un horizonte en el que el principio supremo deja de ser continuidad del cosmos para convertirse en un fundamento trascendente que rompe con la inmanencia griega. La fuerza de esta interpretación está en su capacidad de subrayar la diferencia absoluta, pero también en el riesgo de tensionar la coherencia interna del neoplatonismo, que se sostiene en la delicada oscilación entre trascendencia e inmanencia.

El ensayo que sigue se adentra en esa tensión, mostrando cómo la insistencia en la alteridad radical ilumina la novedad de Plotino, pero al mismo tiempo plantea contradicciones insalvables: un principio absolutamente separado no puede ser causa, fuente y presencia en todo lo que existe sin convertirse en creador omnipotente. La pregunta que se abre es si la riqueza del neoplatonismo se encuentra en la ruptura absoluta o en la tensión constitutiva entre lo absolutamente otro y lo íntimamente presente. La respuesta a esa pregunta no solo define la interpretación de Plotino, sino también el modo en que se entiende la historia de la metafísica: como continuidad intensificada o como quiebre ontológico.

* * *

La obra de Fernando Martín de Blassi titulada La novedad del pensamiento metafísico de Plotino, publicada en 2025 por la Universidad Gabriela Mistral y resultado de su tesis doctoral en la Universidad Nacional de Cuyo, desarrolla la idea de que la originalidad de Plotino se encuentra en la articulación entre la procesión hipostática y el ingreso en el sí-mismo, todo ello sostenido por la noción de la diferencia absoluta del Uno. En esta lectura, el Uno no es simplemente la cima del orden del ser, como ocurría en la tradición griega inmanente, sino un principio radicalmente distinto de todo lo demás, cuya trascendencia absoluta funda la generación del ser, la jerarquía de lo real y el primado del amor como fuerza que impulsa el conocimiento hacia la unión con el Bien.

La trascendencia en Plotino, tal como la interpreta Martin de Blassi, se entiende como ruptura con la inmanencia griega. Mientras Aristóteles y los estoicos concebían el principio supremo como parte del cosmos, Plotino introduce la idea de que el Uno está más allá del ser y del pensamiento, no como parte del orden inteligible, sino como aquello que lo hace posible desde fuera. Blassi lo formula explícitamente al afirmar que la novedad de Plotino consiste en la “diferencia absoluta del primer principio, que prorsus differt ab omnibus”, es decir, que se distingue radicalmente de todo lo demás. Esta alteridad absoluta abre la posibilidad de un retorno existencial del alma hacia su origen, mediante el ingreso en el sí-mismo y el impulso del amor. En su artículo Plotino y la novedad de su principio metafísico (2021), Blassi insiste en que “la trascendencia absoluta del Uno-Bien respecto del mundo corresponde a un orden de verdades que marcan la originalidad de Plotino”, lo que confirma que su interpretación se centra en la alteridad radical.

Aquí aparece la colisión con Heinz Heimsoeth. Heimsoeth, desde su marco neokantiano, entiende la historia de la metafísica como continuidad de problemas que se desarrollan dentro de la inmanencia del ser. Para él, incluso las nociones de trascendencia deben leerse como condiciones internas de posibilidad, no como un principio radicalmente externo. En su perspectiva, Plotino prolonga la tradición griega, intensificando sus problemas, pero sin romper con ella. Blassi, en cambio, subraya la ruptura y la novedad: el Uno como principio absolutamente trascendente. La tensión entre ambos enfoques es clara: Heimsoeth defiende la continuidad histórica de la metafísica, mientras Blassi insiste en la ruptura ontológica.

De esta diferencia surge una objeción fundamental: si el Uno es realmente trascendente y de completa alteridad con el mundo, entonces la explicación de la procedencia de lo real no podría descansar en el principio griego del nihil ex nihilo, sino que exigiría la noción cristiana de creatio ex nihilo. Plotino nunca habla de creación en sentido cristiano; su modelo es el de la emanación necesaria, un desbordamiento del Uno que genera las hipóstasis sin pérdida. Blassi, al insistir en la alteridad absoluta, no repara en que esa lectura exige un cambio de paradigma, porque la trascendencia radical es incompatible con la emanación necesaria.

Las objeciones que se pueden plantear a su tesis son varias. En primer lugar, la proyección cristiana: su lectura corre el riesgo de trasladar categorías teológicas posteriores sobre un sistema que se mantiene dentro de la lógica neoplatónica. En segundo lugar, la confusión entre emanación y creación: Plotino describe un proceso necesario, no un acto libre, y la trascendencia absoluta exigiría lo segundo. En tercer lugar, la ruptura con la tradición griega: aunque Plotino radicaliza las categorías, sigue operando dentro de ellas, y no puede considerarse una discontinuidad total. En cuarto lugar, el exceso de trascendencia: al insistir en la alteridad absoluta, se oscurece la tensión constitutiva entre trascendencia e inmanencia en Plotino, porque el Uno está más allá pero también presente en todo. Finalmente, el problema existencial: el ingreso en el sí-mismo, en la lectura de Blassi, se convierte en un camino hacia lo trascendente, pero en Plotino es más bien un movimiento de interiorización que culmina en la unión, sin necesidad de postular una alteridad absoluta incompatible con la emanación.

Precisar lo cuestionable de concebir el Uno como alteridad radical implica subrayar que esa concepción introduce una contradicción insalvable: un principio absolutamente separado no podría ser al mismo tiempo causa, fuente y presencia en todo lo que existe sin ser creador omnipotente. La radicalidad de la alteridad, llevada hasta sus últimas consecuencias, convierte al Uno en un principio inaccesible y desconectado, lo cual destruye la lógica de la emanación y hace imposible la unión mística que Plotino describe. La coherencia del sistema exige que el Uno sea trascendente en cuanto no se identifica con ninguna determinación, pero también inmanente en cuanto todo participa de él. La interpretación inmanente es más fiel al espíritu del neoplatonismo porque mantiene la tensión entre lo absolutamente otro y lo íntimamente presente, sin caer en una separación que contradiga la experiencia filosófica y espiritual que Plotino quiso transmitir.

Otros intérpretes de Plotino han preferido leer el Uno en clave de inmanencia, subrayando que, aunque se describe como más allá del ser, su presencia se manifiesta en todo lo existente como fuente inagotable. Autores como Émile Bréhier y Jean Trouillard han insistido en que el Uno no debe entenderse como un principio separado y radicalmente distinto, sino como la interioridad más profunda de todas las cosas, aquello que se encuentra en el corazón mismo de la realidad y que se experimenta en la vida interior del alma. En esta línea, el Uno es trascendente en cuanto no se identifica con ninguna determinación, pero es también inmanente porque todo participa de él y lo refleja. Esta interpretación evita proyectar categorías cristianas de creación y mantiene la coherencia con la lógica de la emanación, mostrando que la trascendencia plotiniana no excluye la inmanencia, sino que se articula con ella en una tensión constitutiva.

Antes de la propuesta de Blassi también se han intentado interpretaciones trascendentes del Uno de Plotino. Autores como Werner Beierwaltes y Pierre Hadot han destacado que el Uno no puede ser reducido a categorías ontológicas y que su carácter absoluto lo coloca más allá del ser y del pensamiento, en una trascendencia radical que lo convierte en principio inefable. Beierwaltes, en particular, subrayó que el Uno es la fuente que trasciende toda determinación y que su comprensión exige un movimiento de interiorización que culmina en la unión mística, lo cual lo acerca a una lectura trascendente. Hadot, por su parte, insistió en que la filosofía de Plotino es una práctica espiritual cuyo fin es la unión con un principio que trasciende cualquier conceptualización. Estas interpretaciones, aunque no necesariamente cristianas, ya habían señalado la dimensión trascendente del Uno, mostrando que la lectura de Blassi se inscribe en una línea hermenéutica que reconoce en Plotino un principio radicalmente otro, aunque su insistencia en la alteridad absoluta lo acerque más a categorías teológicas que a la lógica neoplatónica de la emanación.

En conclusión, la tesis de Fernando Martín de Blassi aporta una lectura sugerente que resalta la novedad y la trascendencia del Uno, pero al hacerlo se acerca demasiado a una interpretación cristiana que exige categorías que Plotino nunca utilizó. La tensión entre emanación e inmanencia, la continuidad con la tradición griega y la diferencia con la noción cristiana de creación son objeciones que se pueden plantear a su propuesta. La discusión con Heinz Heimsoeth muestra que el debate no es solo sobre Plotino, sino sobre cómo entender la historia de la metafísica: como continuidad de problemas o como ruptura ontológica. La comparación con otros intérpretes que subrayan la inmanencia del Uno permite ver que la riqueza del pensamiento plotiniano reside precisamente en esa tensión entre lo absolutamente otro y lo íntimamente presente, y el reconocimiento de que ya antes de Blassi se habían intentado lecturas trascendentes del Uno muestra que su propuesta no surge en el vacío, sino que se inserta en un debate hermenéutico más amplio sobre la naturaleza del principio supremo en la tradición neoplatónica. La objeción a la alteridad absoluta y la defensa de la coherencia de la interpretación inmanente refuerzan la idea de que el Uno, más que un principio separado, es la fuente íntima y universal que sostiene y atraviesa todo lo real.

Conclusiones 

  1. La interpretación de Martin de Blassi enfatiza la ruptura: Al concebir el Uno como alteridad radical, Blassi subraya una discontinuidad respecto de la tradición griega, donde el principio supremo era siempre parte del orden cósmico. Esta lectura coloca a Plotino en un horizonte metafísico nuevo, pero tensiona la coherencia interna de su sistema.

  2. La alteridad absoluta genera una contradicción: Un principio absolutamente separado no puede ser simultáneamente causa, fuente y presencia en todo lo que existe sin ser creador omnipotente. Esta contradicción muestra que la radicalidad de la alteridad, llevada hasta sus últimas consecuencias, destruye la lógica de la emanación y hace imposible la unión mística que Plotino describe.

  3. La inmanencia preserva la coherencia: La interpretación inmanente del Uno, defendida por otros autores, resulta más fiel al espíritu del neoplatonismo porque reconoce la tensión constitutiva entre trascendencia e inmanencia. El Uno está más allá de toda determinación, pero también íntimamente presente en cada ser como su fundamento.

  4. La experiencia mística exige participación: La unión con el Uno, núcleo de la filosofía plotiniana, presupone que el principio supremo no es inaccesible ni desconectado, sino que se encuentra en el corazón de la realidad. La alteridad radical contradice esta experiencia, mientras que la inmanencia la hace posible.

  5. La novedad de Plotino no es ruptura absoluta: La originalidad de su pensamiento radica en intensificar y reconfigurar categorías heredadas, no en sustituirlas por un principio totalmente ajeno. La trascendencia del Uno debe entenderse como diferencia cualitativa, pero no como separación absoluta.

  6. La interpretación de Martin de Blassi es sugerente pero problemática: Al insistir en la alteridad radical, Blassi aporta una lectura novedosa que resalta la dimensión trascendente, pero corre el riesgo de proyectar categorías cristianas sobre un sistema que se mantiene dentro de la lógica neoplatónica de la emanación.

  7. La clave está en la tensión: El pensamiento de Plotino se sostiene en la tensión entre lo absolutamente otro y lo íntimamente presente. La interpretación más coherente es aquella que mantiene esa tensión sin reducirla ni a pura trascendencia ni a pura inmanencia.

En síntesis, la interpretación de Martin de Blassi ilumina la novedad del Uno como principio trascendente, pero su insistencia en la alteridad radical resulta filosóficamente cuestionable. La lectura inmanente, al reconocer la presencia del Uno en todo lo real, preserva la coherencia del sistema y la posibilidad de la unión mística, mostrando que la riqueza del neoplatonismo reside en la tensión constitutiva entre trascendencia e inmanencia.

Bibliografía

Beierwaltes, Werner. Plotino: un camino de liberación hacia la interioridad, el espíritu y el Uno. Milano: Vita e Pensiero, 1993.

Blassi, Fernando Martín de. La novedad del pensamiento metafísico de Plotino. Providencia: Universidad Gabriela Mistral, Colección Cuestiones Perennes, 2025.

Blassi, Fernando Martín de. “Plotino y la novedad de su principio metafísico.” Revista de Filosofía (Universidad Nacional de Cuyo), 2021.

Bréhier, Émile. La filosofía de Plotino. Trad. Lucía Piossek Prebisch. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1953.

Hadot, Pierre. Plotino o la simplicidad de la mirada. Trad. Maite Solana. Barcelona: Ediciones Alpha Decay, 2004.

Heimsoeth, Heinz. La metafísica moderna. Madrid: Revista de Occidente, 1932.

Heimsoeth, Heinz. Los seis grandes temas de la metafísica occidental. Madrid: Revista de Occidente, 1959.

Trouillard, Jean. La purification plotiniana. París: Aubier, 1955.

Trouillard, Jean. La procession plotinienne. París: Aubier, 1955.