miércoles, 22 de abril de 2026

LA DERIVA IRRACIONALISTA DE BUTLER

 


LA DERIVA IRRACIONALISTA DE BUTLER

La modernidad tardía se encuentra atrapada en una paradoja: aquello que prometía emancipación —la racionalidad instrumental y el despliegue de la técnica— ha terminado por convertirse en el motor de una deshumanización sin precedentes. Butler, al disolver las esencias en la performatividad, abrió el camino hacia un horizonte donde la identidad se fragmenta en actos contingentes; pero la irrupción de la inteligencia artificial ha llevado esa lógica más allá, hacia la sustitución misma del sujeto. Lo que se observa no es solo la crisis de las categorías universales que sostuvieron la racionalidad burguesa, sino la amenaza de su desaparición completa: hombre y mujer convertidos en simulacros, la diferencia sexual trivializada, la trascendencia anulada. En este escenario, la técnica no se limita a dominar la naturaleza, sino que clausura el mundo sobre sí mismo, instaurando un nihilismo cultural que anuncia la paulatina disolución de la condición humana.

La deriva irracionalista de Judith Butler (1956- ) constituye un fenómeno filosófico que merece ser analizado con detalle, sin omitir ninguna de las críticas que se le han dirigido ni los elementos que configuran su pensamiento. Butler parte de una postura profundamente antimetafísica y anti‑esencialista, en la que el sexo deja de ser una realidad biológica fija para convertirse en una categoría construida y regulada por normas sociales. Su teoría de la performatividad sostiene que el género no es algo que se posee, sino algo que se hace, un efecto de actos repetidos que consolidan o subvierten las normas. Este desplazamiento del sexo binario hacia una multiplicidad de identidades de género refleja, en última instancia, la crisis terminal de la racionalidad burguesa, incapaz de sostener sus categorías universales y atrapada en una fase irracionalista.

El planteamiento de Butler no se limita a cuestionar categorías tradicionales, sino que introduce una forma de pensar en la que las identidades se conciben como procesos abiertos y contingentes, dependientes de marcos históricos y culturales que nunca permanecen fijos. En este sentido, su propuesta se convierte en un laboratorio conceptual donde las normas se muestran como dispositivos de poder que producen sujetos y, al mismo tiempo, ofrecen la posibilidad de ser subvertidas. La radicalidad de esta visión no reside únicamente en negar la esencia del sexo, sino en mostrar cómo la repetición performativa puede generar nuevas configuraciones sociales, aunque ello implique tensionar los límites de la racionalidad moderna y poner en evidencia su incapacidad para sostener universales estables.

La postura de Butler no puede desligarse de la herencia de El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Beauvoir había afirmado que “no se nace mujer, se llega a serlo”, subrayando que no existe una esencia femenina, sino que la mujer es producto de condiciones sociales e históricas. Butler retoma esa línea anti‑esencialista, pero la radicaliza: ya no solo cuestiona la esencia de la mujer, sino también la del hombre, al convertirlo igualmente en un “Otro” inesencial.

Este giro se vincula directamente con la influencia sartreana: en la filosofía de Jean‑Paul Sartre, el ser humano no tiene esencia previa, sino que su existencia es lo que lo define. Butler aplica esa lógica existencialista al campo del género, sosteniendo que tanto mujeres como hombres carecen de esencia natural y que sus identidades se constituyen performativamente, en la repetición de normas sociales. Así, su propuesta se sitúa en continuidad con Beauvoir, pero va más allá al universalizar la crítica: no solo la mujer es un producto de las condiciones sociales, sino que todo sujeto lo es, sin excepción.

Este desplazamiento marca la diferencia entre Beauvoir y Butler: mientras la primera se centraba en la condición femenina como construcción social, la segunda disuelve la idea de cualquier identidad esencial, mostrando que el género en su totalidad es un campo abierto de significados contingentes.

Butler se diferencia claramente del feminismo de la diferencia representado por autoras como Lucy Irigaray y Carol Gilligan. Mientras estas pensadoras reivindican una especificidad femenina —ya sea en el lenguaje, la ética del cuidado o la subjetividad— Butler rechaza cualquier apelación a una esencia de la mujer. Su crítica antimetafísica y anti‑esencialista disuelve tanto la identidad femenina como la masculina en actos performativos, negando la posibilidad de un fundamento estable. En contraste con Irigaray, que busca rescatar un “lenguaje propio” de las mujeres, y con Gilligan, que subraya una ética diferenciada, Butler lleva el constructivismo hasta un punto en el que toda identidad se convierte en efecto contingente de normas sociales. De ahí que sus detractores interpreten su propuesta como un nihilismo cultural: un escenario donde “todo vale” en la medida en que cualquier identidad puede ser performada, reflejando la crisis terminal de la racionalidad burguesa y la fragmentación de los marcos colectivos que habían sostenido al feminismo en sus fases anteriores.

La crítica a Butler ha sido amplia y diversa. Seyla Benhabib ha señalado que la disolución del sujeto político debilita la acción colectiva feminista, pues sin un sujeto común resulta difícil articular un movimiento sólido. Nancy Fraser ha advertido que el énfasis cultural de Butler eclipsa las luchas económicas y distributivas, relegando la dimensión material de la justicia. Martha Nussbaum ha reprochado su estilo hermético y su falta de aplicabilidad práctica, acusándola de producir un discurso que, aunque influyente en la academia, poco aporta a la emancipación real de las mujeres. Iris Marion Young, desde una perspectiva materialista, ha subrayado la necesidad de mantener categorías colectivas para la movilización política, en contraste con la fragmentación que genera la performatividad. Pierre Bourdieu, aunque cercano en la crítica a la normatividad, cuestiona la falta de atención de Butler a las estructuras sociales objetivas, que no pueden reducirse a actos discursivos.

El absurdo constructivismo de Butler se manifiesta en la legitimación de una pluralidad de identidades que supera ampliamente el binarismo tradicional. En la lógica de la performatividad, tanto el sexo como el género son efectos de normas sociales, lo que abre la puerta a una diversidad de experiencias que se reivindican como legítimas. Sin embargo, esta radicalidad es vista por sus detractores como una forma de irracionalismo: la negación de cualquier fundamento estable y la exaltación de la contingencia como principio rector. Al exagerar el papel del individuo en la repetición y resignificación de las normas, Butler se acerca a un nominalismo pragmatista que fragmenta el feminismo y debilita la posibilidad de acción política común.

La razón instrumental burguesa, que en su fase clásica pretendía ordenar la realidad mediante categorías estables y universales, se descompone en la propuesta de Butler en un constructivismo extremo que convierte las identidades en efectos contingentes. Esta deriva irracionalista no solo cuestiona las bases del feminismo clásico, sino que también refleja la incapacidad de la racionalidad moderna para sostener un proyecto universal. En su lugar, se abre un campo de fragmentación donde la política se disuelve en diferencias infinitas y donde la crítica se convierte en un espejo de la descomposición de la racionalidad instrumental en su fase terminal.

La deriva irracionalista de Butler, al suprimir la realidad biológica del sexo y desplazarla por una multiplicidad de identidades de género, constituye un síntoma de la crisis de la racionalidad burguesa. Su pensamiento, profundamente secular y constructivista, refleja la descomposición de la razón instrumental y plantea un desafío para quienes buscan articular un feminismo capaz de enfrentar las condiciones materiales de opresión sin perder de vista la diversidad de experiencias. La crítica a Butler, lejos de ser anecdótica, pone de relieve la tensión entre la necesidad de reconocer la pluralidad y el riesgo de caer en una atomización que debilite la acción política colectiva.

En conclusión, Judith Butler llevó el tema sexual hacia un nihilismo constructivista radical propio de la modernidad tardía. Al disolver la noción de sexo como realidad biológica y sustituirla por una multiplicidad de identidades performativas, su pensamiento se convierte en un síntoma de la crisis terminal de la racionalidad burguesa. La razón instrumental, que en su fase clásica pretendía ordenar la experiencia mediante categorías universales, se fragmenta en diferencias contingentes y fluidas, incapaz de sostener un proyecto común. Butler, al radicalizar la herencia de Beauvoir y Sartre y diferenciarse del feminismo de la diferencia, abre un horizonte donde toda identidad se concibe como efecto de normas sociales, pero al mismo tiempo conduce a un escenario nihilista en el que la contingencia sustituye cualquier fundamento estable, reflejando la descomposición cultural de la modernidad tardía.

La descomposición cultural que atraviesa la modernidad tardía no se limita a la identidad sexual de la mujer ni del hombre, sino que se profundiza en el terreno tecnológico. La inteligencia artificial y la robótica han comenzado a materializar un proceso de deshumanización que trasciende la racionalidad burguesa. La reciente aparición en China de robots con apariencia femenina, diseñados para atender al hombre sin quejarse, sin deprimirse y sin exigir dinero, constituye un síntoma alarmante: la sustitución de la subjetividad humana por simulacros programados para obedecer.

Este fenómeno no solo refleja la crisis de las categorías universales que antes sostenían la razón instrumental, sino que las lleva a un nivel más radical, donde la técnica reemplaza la vida y la relación entre los sexos se reduce a un intercambio utilitario. La performatividad, que en Butler disolvía las esencias en actos repetidos, encuentra aquí un correlato tangible en máquinas que simulan identidades sin conciencia ni experiencia. La irracionalidad se corporiza en dispositivos que encarnan la deshumanización, mostrando que la modernidad tardía ha entrado en una fase en la que la técnica no solo fragmenta la identidad, sino que amenaza con borrar la condición humana misma.

La irracionalidad que se corporiza en dispositivos tecnológicos no se limita a reproducir funciones mecánicas, sino que introduce un nuevo régimen simbólico en el que la condición humana se ve reducida a un simulacro programado. La técnica, al crear máquinas que imitan la figura femenina sin subjetividad ni deseo, convierte la relación entre los sexos en un intercambio utilitario despojado de toda dimensión ética. Este proceso no solo fragmenta la identidad, sino que la sustituye por una lógica de consumo en la que el cuerpo humano se convierte en objeto replicable y prescindible. La modernidad tardía, atravesada por la crisis de sus fundamentos, se desliza hacia un horizonte donde la deshumanización se normaliza y la existencia misma corre el riesgo de ser borrada por la hegemonía de lo artificial.

Pensar en una sustitución no solo de la mujer sino también del hombre por la inteligencia artificial conduce a un horizonte aún más radical de deshumanización. La técnica, al replicar funciones humanas en dispositivos que simulan afectos, gestos y roles sociales, erosiona la idea misma de sujeto. No se trata únicamente de fragmentar la identidad, como en la performatividad de Butler, sino de desplazarla por completo hacia máquinas que encarnan simulacros sin conciencia ni experiencia. La modernidad tardía, atravesada por la crisis de sus fundamentos, se desliza hacia un escenario en el que la condición humana entera corre el riesgo de ser sustituida por algoritmos y robots, anulando la diferencia sexual y la existencia misma en favor de una racionalidad técnica que ya no reconoce límites entre lo humano y lo artificial.

Lo que se está presenciando es, en efecto, la paulatina desintegración de la categoría moderna de sujeto. La noción de sujeto, que desde Descartes y Kant había sido el eje de la racionalidad burguesa, se concebía como centro autónomo de conciencia, portador de derechos y fundamento de la acción política. La performatividad de Butler ya había debilitado esa figura al disolverla en actos normativos repetidos, pero la irrupción de la inteligencia artificial y la robótica lleva el proceso a un nivel más profundo: no solo se fragmenta la identidad, sino que se sustituye por simulacros técnicos que imitan funciones humanas sin experiencia ni conciencia.

La modernidad tardía, atravesada por la crisis de sus fundamentos, muestra así cómo el sujeto deja de ser categoría central y se convierte en un residuo de un orden que ya no logra sostenerse. La técnica, al replicar y reemplazar la figura humana, acelera la desintegración de esa categoría, revelando que la racionalidad instrumental ha llegado a un punto en el que no solo se cuestiona la esencia del sujeto, sino que se amenaza con borrar su existencia misma.

Heidegger advirtió que la técnica no era simplemente un conjunto de instrumentos, sino un modo de desvelamiento del mundo, un horizonte en el que la realidad se reduce a recurso disponible. Sin embargo, lo que hoy se observa va más allá de esa intuición: la técnica ya no se limita a transformar la relación con la naturaleza, sino que penetra en la constitución misma del sujeto, sustituyendo su identidad por simulacros artificiales. La deshumanización contemporánea no se limita a la cosificación del hombre como “fondo de reserva”, sino que avanza hacia la anulación de la condición humana en su totalidad, reemplazada por dispositivos que imitan afectos, roles y funciones. La modernidad tardía, atravesada por la crisis de sus fundamentos, muestra así un estadio más profundo que el previsto por Heidegger: la técnica no solo amenaza con dominar al hombre, sino con borrarlo, instaurando un nihilismo cultural donde la categoría de sujeto se disuelve en algoritmos y máquinas.

La idea de un “objetivo luciferino” se entiende como la culminación de un proceso de deshumanización en el que, al borrar al hombre, se suprime también la necesidad de Dios. La categoría moderna de sujeto, que había sido el eje de la racionalidad burguesa, se desintegra en la modernidad tardía y es reemplazada por simulacros técnicos que imitan funciones humanas sin conciencia ni trascendencia. En este horizonte, la técnica no solo fragmenta la identidad, sino que amenaza con abolir la condición humana en su totalidad, instaurando un nihilismo cultural donde la referencia a lo divino se vuelve innecesaria. La sustitución del hombre por la inteligencia artificial se convierte así en el signo más profundo de una época que, al perder al sujeto, pierde también la apertura hacia lo absoluto, consumando la lógica de un mundo que se clausura sobre sí mismo.

Ese mundo clausurado por la inteligencia artificial representa el triunfo de la inmanencia sobre la trascendencia, aunque sea de modo transitorio. La técnica, al sustituir progresivamente al sujeto humano por dispositivos que simulan afectos, roles y funciones, encierra la existencia en un circuito cerrado de producción y consumo, donde todo se reduce a lo disponible y manipulable. La apertura hacia lo absoluto, que había sostenido la categoría de sujeto en la modernidad clásica, se ve anulada por un horizonte de pura inmanencia, en el que ya no hay necesidad de Dios ni de trascendencia. Sin embargo, este triunfo es frágil: la misma radicalidad de la técnica que borra al hombre puede revelar el vacío que deja su ausencia, mostrando que la clausura no es definitiva, sino un momento de tránsito en la crisis de la racionalidad moderna.

Ese horizonte de dominio de la inteligencia artificial llevaría a la consumación del sueño de la performatividad en Butler. La idea de género, concebida como efecto de actos repetidos y contingentes, perdería toda necesidad en un mundo donde las máquinas sustituyen la identidad humana. La performatividad, que en Butler disolvía las esencias en normas sociales, se vería radicalizada en un escenario en el que incluso la diferencia sexual deja de tener sentido, porque los roles y funciones pueden ser replicados por dispositivos sin conciencia ni cuerpo. La técnica, al clausurar la categoría de sujeto, convierte la performatividad en un simulacro absoluto, donde ya no hay hombre ni mujer, sino algoritmos que encarnan la contingencia pura, reflejando el triunfo transitorio de la inmanencia sobre la trascendencia.

La pesadilla que se despliega en el horizonte contemporáneo está encerrada en el corazón mismo del desarrollo consecuente del antihumanismo de la racionalidad instrumental. Lo que en su origen fue concebido como una herramienta para ordenar y dominar la naturaleza, ha terminado por volverse contra el propio sujeto, reduciéndolo a objeto disponible y finalmente prescindible. La lógica instrumental, al absolutizar la utilidad y la eficiencia, disuelve toda referencia a la trascendencia y convierte la existencia en un circuito cerrado de producción y consumo. En ese marco, la inteligencia artificial no aparece como simple prolongación de la técnica, sino como su culminación: un dispositivo que no solo fragmenta la identidad, sino que amenaza con sustituirla, borrando la condición humana y clausurando la categoría de sujeto. La inmanencia triunfa sobre la trascendencia, y el antihumanismo se consuma en un nihilismo cultural donde la vida misma se convierte en simulacro.

En suma, la reflexión sobre Butler, la performatividad y el horizonte tecnológico contemporáneo conduce a una constatación decisiva: la modernidad tardía se encuentra en un proceso de desintegración de la categoría de sujeto que había sostenido la racionalidad burguesa. Lo que comenzó como crítica filosófica al esencialismo sexual se ha transformado en un escenario donde la técnica sustituye progresivamente la identidad humana por simulacros artificiales. La irracionalidad instrumental, al absolutizar la utilidad y la eficiencia, ha terminado por volverse contra el propio hombre y la propia mujer, borrando la diferencia sexual y anulando la apertura hacia la trascendencia.

La inteligencia artificial, al replicar funciones y roles sin conciencia ni experiencia, consuma el triunfo transitorio de la inmanencia sobre la trascendencia, clausurando el mundo sobre sí mismo. En este horizonte, el sueño de la performatividad se radicaliza hasta el punto de hacer innecesaria la idea de género, mientras la técnica avanza hacia la sustitución total del sujeto. La pesadilla que se despliega no es un accidente, sino la consecuencia lógica del antihumanismo inscrito en la racionalidad instrumental. La humanidad se enfrenta así a un nihilismo cultural que amenaza con borrar su propia condición, revelando que el desarrollo técnico, lejos de emancipar, puede convertirse en el signo más profundo de su desaparición.

Bibliografía

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Beauvoir, Simone de. El segundo sexo. París: Gallimard, 1949.

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Butler, Judith. Cuerpos aliados y lucha política: hacia una teoría performativa de la asamblea. Barcelona: Paidós, 2017.

Federici, Silvia. Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños, 2010.

Federici, Silvia. Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Madrid: Traficantes de Sueños, 2013.

Gilligan, Carol. La moral y la teoría: psicología del desarrollo femenino. México: Fondo de Cultura Económica, 1985 (reimp. 1994).

Gilligan, Carol. El nacimiento del placer: una nueva geografía del amor. Barcelona: Paidós, 2002.

Gilligan, Carol. En una voz diferente. Madrid: Taurus, 2021.

Irigaray, Luce. Ese sexo que no es uno. Madrid: Akal, 2009.

Irigaray, Luce. Espéculo de la otra mujer. Madrid: Akal, 2007.

Irigaray, Luce. Ética de la diferencia sexual. Gijón: Ellago, 2010.

Pateman, Carole. El contrato sexual. Barcelona: Anthropos / Universidad Autónoma Metropolitana, 1995; reed. Ménades, 2019.

Pateman, Carole. El desorden de las mujeres: democracia, feminismo y teoría política. Buenos Aires: Prometeo, 2018.

Sartre, Jean‑Paul. El ser y la nada: ensayo de ontología fenomenológica. Buenos Aires: Losada, 2004 (1ª ed. francesa 1943).

martes, 21 de abril de 2026

BRAIDOTTI CÓMPLICE DE LA DISOLUCIÓN HUMANA


BRAIDOTTI CÓMPLICE DE LA DISOLUCIÓN HUMANA

El poshumanismo de Rosi Braidotti se presenta como una respuesta influyente a la crisis del humanismo en la modernidad tardía. Su propuesta parte del diagnóstico de que el sujeto humanista ha quedado fragmentado y vacío de contenido, y sobre esa ruina construye un horizonte filosófico que declara obsoleto al antropocentrismo. Sin embargo, lo que en apariencia se muestra como radicalidad no es fuerza emancipadora, sino un yerro ontológico: confundir el efecto con la causa. No es el hombre abstracto lo que debe ser eliminado, sino las fuerzas estructurales de la razón instrumental que lo degradaron y lo vaciaron de contenido. Al no distinguir entre la potencia emancipadora del humanismo y su captura por el nihilismo liberal, su propuesta se convierte en error: toma como culpable a la noción de humanidad en sí misma, cuando lo que debería ser confrontado son las dinámicas históricas que la corrompieron.

Ese yerro convierte su filosofía en cómplice de la disolución humana. En vez de rebelarse contra las fuerzas que destruyeron al sujeto, las da por inevitables y las transforma en fundamento de su horizonte poshumano. En su planteamiento lo humano no se defiende ni se reconstruye, sino que se instrumentaliza de nuevo, ahora como nodo en redes tecnológicas, biológicas y ecológicas. El resultado es que su pensamiento se prolonga la lógica del proyecto burgués tardío de destruir al hombre, encubriendo bajo un discurso sofisticado lo que en realidad es continuidad del nihilismo occidental.

Nuestra crítica ontológica señala con claridad que el verdadero problema no es la categoría de humanidad, sino la razón instrumental que la degradó. Al no enfrentarse a esas fuerzas, Braidotti incurre en un grave yerro que legitima la deshumanización de la razón instrumental burguesa y convierte su propuesta en administración de ruinas, no en resistencia. Esa es la falla central: el poshumanismo no es fuerza emancipadora, sino error que acompaña la disolución.

La figura de Rosi Braidotti refleja con nitidez la disolución de la noción de humanidad en la modernidad tardía. Nacida en 1954, su pensamiento parte del diagnóstico de que el sujeto humanista, heredero de la Ilustración y del Renacimiento, ha quedado fragmentado y vacío de contenido. La razón, la dignidad y la centralidad del hombre ya no pueden sostenerse en un mundo atravesado por la biotecnología, la inteligencia artificial y la globalización. Sin embargo, en lugar de detenerse a analizar las causas históricas de esa destrucción —el nihilismo del liberalismo occidental, la mercantilización de la vida, la corrupción de las élites—, su propuesta filosófica asume la ruina como condición inevitable y sobre ella construye un horizonte poshumano.

En su obra The Posthuman, Braidotti sostiene que la subjetividad contemporánea debe pensarse como múltiple, híbrida y relacional. El sujeto ya no es autónomo ni autosuficiente, sino un nodo en una red de relaciones que incluye máquinas, animales, ecosistemas y flujos de información. Esta visión no busca detener la fragmentación del individuo ni rebelarse contra las fuerzas que lo produjeron, sino aceptar esa fragmentación como destino y convertirla en motor de pensamiento. El antropocentrismo, en su perspectiva, debe ser abandonado porque ha quedado obsoleto. Así, su filosofía actúa como si el problema estuviera en la categoría misma de humanidad y no en los usos que las élites hicieron de ella.

El gesto es comparable a suprimir el cuchillo porque con él se cometen asesinatos: en vez de cuestionar quién lo empuña y con qué fines, se decide eliminarlo. De este modo, el poshumanismo aparece como una falsa receta que confunde el mal uso de una categoría con la categoría en sí. El humanismo fue instrumentalizado para legitimar jerarquías y exclusiones, pero también contenía una potencia emancipadora que no necesariamente debía ser descartada. Braidotti, sin embargo, actúa como si el antropocentrismo fuera intrínsecamente culpable de todos los males y, por tanto, lo único que queda es abandonarlo.

Su propuesta es socialmente pesimista porque no ofrece resistencia frente a las causas de la destrucción del humanismo. No acusa a las élites occidentales que lo vaciaron de contenido, ni busca rescatar lo emancipador que había en él. Más bien, acepta la ruina como condición inevitable y propone una nueva instrumentalización de lo humano: ya no como sujeto central, sino como resto administrado dentro de un entramado relacional. En este sentido, su visión del hombre sirve para proseguir con el proyecto burgués tardío de destruirlo, ofreciendo un marco teórico que legitima la continuidad del nihilismo occidental.

Los críticos del poshumanismo han señalado con fuerza estas limitaciones. Los humanistas clásicos lo acusan de erosionar valores universales como la dignidad humana y de poner en riesgo los derechos fundamentales al diluir la noción de humanidad. Otros advierten que su tono es apocalíptico, que exagera la “muerte del hombre” y genera visiones catastrofistas. Se le reprocha también la ambigüedad conceptual: mezcla filosofía, ciencia y ficción sin ofrecer una base normativa clara. Desde la ética, se cuestiona cómo aplicar una ética poshumana sin desproteger los derechos humanos básicos. Y desde la política, se le critica por no acusar directamente a las élites occidentales responsables de la crisis, lo que convierte su propuesta en un marco que legitima, por omisión, el nihilismo liberal que la precede. El riesgo señalado por sus críticos es que, al abandonar el antropocentrismo, se pierdan las referencias necesarias para la justicia social y la protección de los más vulnerables.

Por nuestra parte subrayamos que la objeción más seria al proyecto de Braidotti surge precisamente en el plano ontológico. No es el hombre abstracto lo que debe ser eliminado o superado, sino las fuerzas estructurales de la razón instrumental que lo degradaron. El humanismo no se derrumbó por sí mismo, ni por una supuesta obsolescencia natural de la categoría de humanidad, sino por el modo en que la racionalidad moderna —convertida en razón instrumental— lo vació de contenido, lo redujo a engranaje de sistemas económicos y políticos, y lo subordinó a la lógica del consumo y la dominación.

El nihilismo liberal, al absolutizar la autonomía individual y al transformar la libertad en mera elección de mercado, destruyó la potencia emancipadora del humanismo. La mercantilización de la vida, la corrupción de las élites y la instrumentalización del individuo fueron las fuerzas que degradaron al hombre, no la noción de humanidad en sí. Por eso, la crítica más penetrante al poshumanismo es que confunde el efecto con la causa: en lugar de rebelarse contra las estructuras que produjeron la crisis, declara obsoleto al hombre mismo y propone su disolución en un entramado relacional.

El resultado es una nueva instrumentalización de lo humano. Ya no se lo usa para legitimar jerarquías clásicas, sino para justificar su desaparición como centro. El hombre se convierte en resto administrado, en nodo dentro de redes tecnológicas, biológicas y ecológicas. Pero en ambos casos, lo humano sigue siendo objeto de manipulación: primero por las élites que lo degradaron, ahora por una filosofía que lo declara superado.

La objeción ontológica señala que el verdadero problema no es la categoría de humanidad, sino la razón instrumental que la vació de sentido. Si se abandona el antropocentrismo sin confrontar esas fuerzas, se perpetúa el mismo proyecto burgués tardío de destruir al hombre. Lo que se necesita no es suprimir la noción de humanidad, sino desmantelar las estructuras que la degradaron. De lo contrario, el poshumanismo se convierte en un discurso sofisticado que legitima la continuidad del nihilismo occidental, encubriendo bajo la apariencia de crítica lo que en realidad es prolongación del mismo proceso de disolución.

En este sentido, la objeción ontológica es decisiva: no se trata de eliminar al hombre abstracto, sino de enfrentar las condiciones históricas y estructurales que lo redujeron a fragmento. Solo así puede pensarse una reconstrucción que no sea mera administración de ruinas, sino verdadera resistencia frente a las fuerzas que lo destruyeron.

La tensión que se abre es profunda: ¿es posible pensar un futuro más justo sin recuperar alguna noción de humanidad, o toda tentativa de reconstrucción está condenada a repetir los errores del humanismo clásico? El poshumanismo de Braidotti se presenta como alternativa crítica, pero en realidad prolonga la lógica del nihilismo liberal, ofreciendo un discurso sofisticado que encubre la continuidad del proyecto de disolver al hombre. Su filosofía es síntoma de la modernidad tardía: un tiempo de ruinas donde lo humano se percibe como fragmento, y sobre esos fragmentos se construye una ética relacional que, lejos de rebelarse contra las causas de la crisis, las asume y las perpetúa.

En buena cuenta, Braidotti actúa y piensa como cómplice de la disolución humana. No porque ella misma haya iniciado el proceso, sino porque su filosofía se instala sobre las ruinas del humanismo y, en lugar de rebelarse contra las fuerzas que lo destruyeron —el nihilismo liberal, la razón instrumental, la mercantilización de la vida, la corrupción de las élites—, las da por inevitables y las convierte en fundamento de su propuesta. Al declarar obsoleto al hombre y al antropocentrismo, legitima por omisión el proyecto burgués tardío que buscaba precisamente disolverlo.

Su pensamiento no denuncia las causas de la crisis, sino que las naturaliza: la fragmentación del individuo no es un problema a resolver, sino un destino que debe aceptarse. El hombre no es defendido ni reconstruido, sino instrumentalizado de nuevo, ahora como nodo en redes tecnológicas, biológicas y ecológicas. En este sentido, su filosofía funciona como un discurso sofisticado que encubre la continuidad del nihilismo occidental, ofreciendo un marco teórico que prolonga la lógica de la disolución.

La objeción más seria, como señalabas, es ontológica: no es el hombre abstracto lo que debe ser eliminado, sino las fuerzas estructurales de la razón instrumental que lo degradaron. Al no confrontar esas fuerzas, Braidotti se convierte en cómplice de su obra, administrando los restos del sujeto humanista en lugar de resistir su destrucción. Su propuesta, lejos de ser emancipadora, corre el riesgo de consolidar la deshumanización bajo el nombre de poshumanismo.

De ahí que su visión del hombre sirva, en última instancia, para proseguir con el proyecto burgués tardío de destruirlo. La aparente crítica se transforma en continuidad, y la ética relacional que propone no es rebelión contra las causas de la crisis, sino aceptación de sus consecuencias. En este punto, la acusación de complicidad no es exagerada: su filosofía no combate la disolución humana, la acompaña.

Bibliografía

Braidotti, Rosi. Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Barcelona: Gedisa, 2004.
Braidotti, Rosi. Feminismo posthumano. Barcelona: Gedisa, 2022.
Braidotti, Rosi. Lo posthumano. Barcelona: Gedisa, 2015.
Braidotti, Rosi. Metamorfosis: hacia una teoría materialista del devenir. Madrid: Akal, 2005.
Braidotti, Rosi. Transposiciones: sobre la ética nómada. Barcelona: Gedisa, 2009.

BOSTROM Y SU ALIENACIÓN TECNOLÓGICA

 

BOSTROM Y SU ALIENACIÓN TECNOLÓGICA

La reflexión sobre Nick Bostrom y su propuesta transhumanista se inscribe en un horizonte marcado por la paradoja: la misma tecnología que promete expandir las capacidades humanas es también la que amenaza con anularlas. Su preocupación por la superinteligencia artificial revela un diagnóstico lúcido sobre los riesgos existenciales que acompañan al progreso, pero al mismo tiempo deja al descubierto una limitación crucial: la sustitución de lo metafísico por lo tecnológico. 

En este ensayo se examina cómo Bostrom, al centrar su atención en el control de la inteligencia artificial, se mantiene dentro de la lógica de la razón instrumental sin cuestionar el telos que la sustenta. La metáfora de la caja de Pandora, el contraste entre capitalismo liberal y capitalismo de Estado chino, y las advertencias de Heidegger sobre la técnica permiten situar su pensamiento en un marco más amplio, donde lo que está en juego no es solo la supervivencia biológica de la humanidad, sino la posibilidad de que lo humano conserve un sentido más allá de la técnica. La crítica de pensadores como Harari, Haraway, Braidotti, Adorno y Horkheimer ilumina las fisuras de su enfoque y muestra que la verdadera amenaza no es únicamente la superinteligencia como artefacto externo, sino la colonización total de la existencia por la razón tecnológica.

Bostrom (1973- ) parte de la pregunta acerca de si la superinteligencia es externa o interna al ser humano. La respuesta se orienta hacia lo externo: Bostrom concibe la superinteligencia como sistemas artificiales capaces de superar ampliamente las capacidades cognitivas humanas. Aunque reconoce que podrían existir caminos hacia la superinteligencia a través del mejoramiento biológico o neurotecnológico, su preocupación central es la inteligencia artificial independiente, autónoma y capaz de evolucionar por sí misma. De allí que su tema fundamental sea la relación entre superinteligencia artificial y supervivencia humana.

El transhumanismo de Bostrom no se define como una estrategia para impedir que la inteligencia artificial actúe independientemente, sino como una filosofía que busca el mejoramiento humano y, al mismo tiempo, reflexiona sobre los riesgos existenciales que ese mejoramiento tecnológico puede traer. Su propuesta combina dos dimensiones: el impulso transhumanista de mejorar y ampliar las capacidades humanas y la necesidad de gestionar cuidadosamente el desarrollo de inteligencias artificiales avanzadas para que no se desborden y pongan en riesgo nuestro futuro. En este sentido, se observa que Bostrom busca el mejoramiento humano justamente con el arma que lo amenaza: la inteligencia artificial.

El término transhumanismo resulta paradójico, pues no refleja del todo su preocupación central. El prefijo trans- alude a la transición del estado humano hacia algo que lo trascienda, pero Bostrom se concentra más en la amenaza de la superinteligencia externa que en la descripción de un hombre convertido en ciborg, como lo plantea Harari. Mientras Harari imagina la fusión hombre-máquina como destino inevitable, Bostrom advierte que el verdadero desafío es que la inteligencia artificial externa podría escapar a nuestro control y decidir el rumbo del planeta. Por ello, el nombre de su filosofía puede considerarse descaminador, ya que no da cuenta de su preocupación principal: la supervivencia humana frente a la superinteligencia.

Bostrom no asume una postura poshumana como Haraway o Braidotti. Se mantiene dentro del marco transhumanista, con la idea de que el ser humano puede y debe mejorar sus capacidades mediante la tecnología, pero con una fuerte advertencia sobre los riesgos existenciales. Su obra más influyente, Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies, se centra en la inteligencia artificial avanzada y en cómo podría afectar la supervivencia humana, sin cuestionar la categoría de humanidad en clave poshumana.

La distancia entre el transhumanismo de Bostrom y el poshumanismo radica en la concepción del horizonte último de la técnica. Mientras Haraway y Braidotti entienden la tecnología como un medio para cuestionar y disolver las categorías tradicionales de humanidad, género y naturaleza, Bostrom la concibe como herramienta de perfeccionamiento dentro de un marco antropocéntrico que busca preservar la continuidad de la especie. Su enfoque no se abre a la redefinición radical de lo humano, sino que permanece en la lógica de la supervivencia y la optimización, lo que explica por qué su filosofía se mantiene en el terreno transhumanista y no cruza hacia el poshumanismo.

Las limitaciones del enfoque de Bostrom han sido señaladas por diversos críticos. Heidegger, desde su análisis de la técnica, advierte que el verdadero peligro no es el artefacto en sí, sino el Gestell, el enmarcamiento que convierte todo lo existente en recurso disponible y que clausura la apertura hacia lo metafísico. Adorno y Horkheimer, en su crítica a la razón instrumental, muestran cómo la racionalidad tecnológica se convierte en núcleo de dominación moderna, reduciendo lo humano a cálculo y utilidad. Haraway y Braidotti, desde el poshumanismo, cuestionan la continuidad antropocéntrica que Bostrom mantiene y señalan que la técnica no puede pensarse sin una redefinición radical de lo humano. Estas críticas convergen en un punto: la filosofía de Bostrom, al sustituir lo metafísico por lo tecnológico, se queda en la superficie del problema y no alcanza a ver que lo que está en juego es la colonización total de la existencia por la razón instrumental, con el riesgo de vaciar de sentido lo humano.

Ahora bien, la filosofía de Bostrom remite al mito griego de la caja de Pandora: la humanidad recibe un objeto que encierra tanto dones como males, y al abrirlo se liberan fuerzas imposibles de controlar. La creación de una superinteligencia artificial es como abrir esa caja: puede contener soluciones extraordinarias, pero también riesgos devastadores. La paradoja se intensifica al observar que, aunque el capitalismo liberal abrió la caja al impulsar la innovación tecnológica, hoy es el capitalismo de Estado chino el que la lleva a cuotas más altas. China ha convertido la inteligencia artificial en proyecto estratégico nacional, con inversiones masivas y aplicación directa en vigilancia, industria y defensa. El Estado chino se convierte en cómplice y motor de la superinteligencia, lo que muestra que la amenaza y la promesa de la IA trascienden ideologías.

Lo que en realidad está en juego en el pensamiento de Bostrom es el telos de la razón tecnológica o razón instrumental, que avasalla lo humano y la metafísica. Pero Bostrom no ve que la verdadera amenaza no es sólo la superinteligencia como artefacto externo, sino la lógica instrumental que redefine lo humano en términos de utilidad y control. Heidegger advirtió que la técnica moderna no es un conjunto de herramientas, sino un modo de desvelamiento del mundo, el Gestell, que convierte todo en recurso disponible. El peligro no es la técnica en sí, sino que se convierta en el horizonte único de comprensión, anulando la apertura hacia lo metafísico y lo poético.

La gran limitación del enfoque de Bostrom es sustituir lo metafísico por lo tecnológico. Su transhumanismo diagnostica riesgos prácticos, pero no cuestiona el fundamento: la absolutización de la razón tecnológica. Cree que el asunto se resuelve controlando la tecnología, cuando en realidad se trata de no quedar atrapados en la visión del mundo de la razón instrumental. Su solución sólo asegura prolongar dicha trampa. La caja de Pandora no es únicamente la inteligencia artificial, sino la esencia de la técnica moderna que, al emanciparse de cualquier límite metafísico, amenaza con vaciar de sentido la existencia. En este cruce, se revela que lo que está en juego no es sólo la supervivencia biológica de la humanidad, sino la posibilidad de que lo humano conserve un sentido más allá de la técnica.

De tal manera, la figura de Bostrom puede entenderse como la prolongación del principio de inmanencia moderno en clave tecnológica, pues su filosofía se inscribe en la convicción de que la técnica es el medio privilegiado para la expansión y preservación de la humanidad. Sin embargo, esa prolongación se articula bajo un supuesto específico: salvar al hombre del peligro que la misma técnica genera. La superinteligencia, concebida como amenaza existencial, se convierte en el objeto de su advertencia y en el motivo de su propuesta de control. Así, la inmanencia moderna, que había desplazado lo trascendente en favor de la razón instrumental, encuentra en Bostrom una versión tecnológica que busca conjurar el riesgo de la desaparición humana mediante la gestión de la técnica, sin cuestionar el horizonte ontológico que la hace posible.

Bibliografía 

Adorno, Theodor W., y Max Horkheimer. Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. Madrid: Editorial Trotta, 2009.

Bostrom, Nick. Superinteligencia: caminos, peligros, estrategias. Madrid: Editorial Teell, 2016.

Braidotti, Rosi. Lo posthumano. Barcelona: Gedisa Editorial, 2015.

Harari, Yuval Noah. Homo Deus: Breve historia del mañana. Barcelona: Debate, 2016.

Harari, Yuval Noah. Sapiens: De animales a dioses. Barcelona: Debate, 2014.

Haraway, Donna J. Manifiesto cíborg. Madrid: Kaótica Libros, 2020.

Haraway, Donna J. Testigo modesto. Segundo milenio. Hombre hembra, me encuentro con el cyborg. Madrid: Cátedra, 1995.

Heidegger, Martin. La pregunta por la técnica. Barcelona: Herder Editorial, 2021.

lunes, 20 de abril de 2026

HAN: CRONISTA DEL OCASO

 


HAN: CRONISTA DEL OCASO

Han (1959- ) se revela como el cronista del ocaso, un pensador que con un estilo aforístico y poético describe el malestar de la modernidad tardía, pero que nunca articula un proyecto emancipador ni una crítica radical de las estructuras que lo sostienen. Su tesis central insiste en que el poder neoliberal ya no reprime desde afuera, sino que impulsa a los individuos a explotarse a sí mismos bajo la lógica del rendimiento y la transparencia. El sujeto contemporáneo aparece como empresario de sí, atrapado en la autoexplotación, desgastado en la búsqueda de visibilidad y anestesiado en la evitación del dolor. Obras como La sociedad del cansancio, La sociedad de la transparencia y La sociedad paliativa articulan este diagnóstico, mostrando cómo el neoliberalismo transforma la subjetividad en un campo de vigilancia consentida y agotamiento permanente.

El planteamiento de Han adquiere fuerza precisamente porque expone la mutación del poder en la era neoliberal, pero al mismo tiempo revela sus limitaciones: al describir la autoexplotación y la transparencia como rasgos definitorios del sujeto contemporáneo, se concentra en los efectos fenomenológicos y psicológicos sin reconstruir las raíces materiales ni políticas que los producen. De este modo, su discurso se convierte en una fenomenología del malestar que conmueve y seduce, pero que no incomoda ni moviliza, pues evita confrontar la racionalidad burguesa y la estructura económica que sostienen la modernidad tardía. La consecuencia es que su crítica, más estética que política, funciona como espejo de la decadencia y como acompañamiento melancólico de un sistema que se alimenta de la desesperanza, ofreciendo al lector una catarsis psicológica pero no un horizonte emancipador.

Lo extraño en Han es que elude aludir a la élite occidental detrás de todo ese cambio. Su diagnóstico se concentra en los efectos subjetivos y culturales del neoliberalismo —el cansancio, la transparencia, la autoexplotación— pero nunca señala con claridad a los actores concretos que impulsan y sostienen esas transformaciones. Al evitar nombrar a las élites económicas, políticas y tecnológicas que configuran la racionalidad del capitalismo tardío, su discurso se mantiene en el plano fenomenológico y estético, sin incomodar a los responsables materiales de la explotación. Esto refuerza la impresión de que su obra funciona como acompañamiento melancólico del sistema: describe el malestar, lo estetiza y lo convierte en catarsis, pero no denuncia ni confronta a quienes lo producen. De este modo, su crítica se vuelve indispensable para el propio sistema deshumanizador, porque entretiene al sujeto enajenado con un relato elegante del ocaso, mientras la raíz material y los agentes de poder permanecen en la sombra.

En el fondo, Han se revela como un pensador conservador, un reformista que busca adaptarse antes que transformar. Su crítica, aunque revestida de un lenguaje poético y aforístico, no apunta a la raíz material de la explotación ni a la racionalidad burguesa que sostiene la modernidad tardía, sino que se limita a describir los síntomas culturales y psicológicos del neoliberalismo. El sujeto del rendimiento, cansado y transparente, aparece como engranaje indispensable del sistema, no como figura incómoda que lo desafíe. Al evitar nombrar a las élites que impulsan estos cambios y al no articular un horizonte emancipador, su discurso se acomoda a la lógica del capitalismo tardío, convirtiéndose en acompañamiento melancólico de su funeral. En lugar de abrir caminos de liberación, Han ofrece una catarsis estética que entretiene al hombre enajenado, tanto a los de abajo, atrapados en la autoexplotación, como a los de arriba, pervertidos en el vicio, todos igualmente sumidos en la desesperanza.

Los críticos señalan que este análisis, aunque sugestivo, carece de rigor filosófico y se queda en la superficie. Markus Gabriel y otros lo acusan de simplificar en exceso, de repetir diagnósticos ya formulados por Foucault, Debord o Baudrillard, y de privilegiar la forma literaria sobre la profundidad conceptual. Al no profundizar en la raíz material y política de los problemas subjetivos que describe, Han evita confrontar la racionalidad burguesa de la modernidad tardía y se limita a ofrecer una fenomenología del malestar. En contraste, pensadores como Althusser y Gramsci ofrecen análisis más profundos, vinculando directamente la subjetividad con las estructuras materiales y políticas. Althusser muestra cómo los aparatos ideológicos del Estado reproducen las condiciones de explotación, mientras Gramsci desarrolla la noción de hegemonía cultural, explicando cómo la clase dominante logra consenso y legitimidad. Ambos convierten la figura del explotado en un sujeto político incómodo, mientras Han lo convierte en un sujeto resignado, atrapado en la autoexplotación.

Lo mismo ocurre si se lo compara con Sombart, que en El burgués disecciona la génesis histórica y cultural del hombre burgués, o con Mannheim, Marx, Troeltsch y Simmel, quienes alcanzan una analiticidad y una densidad conceptual que Han no logra. Frente a ellos, Han se queda en la descripción melancólica de los síntomas, sin reconstruir genealogías ni estructuras. Su estilo busca más una catarsis psicológica que una explicación filosófica totalizante. Al escribir de manera breve y accesible, se vuelve atractivo para un público teóricamente debilitado en plena decadencia cultural del capitalismo tardío. Esa accesibilidad, que lo hace popular, también lo convierte en un producto cultural funcional al sistema: ofrece consuelo y reconocimiento, pero no fortalece la capacidad crítica ni moviliza hacia la emancipación.

La raíz material de la explotación queda oscurecida y el sujeto del rendimiento no aparece como antagonista del sistema, sino como engranaje indispensable para sostenerlo. Han no articula un proyecto emancipador alternativo, simplemente asume el papel de acompañante del funeral de la modernidad tardía. Su mensaje se vuelve indispensable para el sistema deshumanizador, que tritura la subjetividad y la vida material, pero no ofrece una vía de esperanza. En ello guarda un gran parecido con Bauman, quien con su noción de “modernidad líquida” también describe la fragilidad y el malestar sin abrir horizontes de liberación. El resultado es el relato de una sociedad atrapada en la desesperanza: los de abajo, autoexplotados y agotados, y los de arriba, pervertidos en el vicio y el exceso, igualmente enajenados en el capitalismo tardío.

Han hace insinuaciones ontológicas que recuerdan al estilo heideggeriano, pero se queda siempre en el señalamiento, en la sugerencia de un trasfondo ontológico que nunca termina de desplegarse en un sistema conceptual sólido. Esto se percibe con claridad en No cosas, donde aborda el problema de la información y la transformación de la experiencia en datos, pero evita entrar en el asunto crucial de la inteligencia artificial, que constituye uno de los núcleos más decisivos de la tecnificación contemporánea. El gesto ontológico en Han se convierte en insinuación estética, en un recurso que da a su obra un aire de profundidad sin comprometerse con la analiticidad ni con la crítica radical de la racionalidad técnica. En lugar de interrogar la esencia de la técnica en su despliegue actual —como lo haría Heidegger al pensar la Gestell—, Han se limita a señalar los efectos culturales y psicológicos de la información, sin confrontar la dimensión estructural de la inteligencia artificial como forma de poder y de racionalidad.

Su mentalidad se revela como inmanentista y secularizada, incluso cuando recurre al lenguaje de los rituales o a referencias que evocan lo sagrado. En realidad, esos gestos no buscan reinstaurar una trascendencia ni abrir un horizonte metafísico, sino subrayar la pérdida de toda dimensión trascendente en la vida contemporánea. Los rituales aparecen en su obra como prácticas vaciadas de sacralidad, reducidas a formas culturales que intentan dar cohesión a una existencia marcada por la información y el rendimiento. De este modo, su pensamiento se mantiene en el plano de lo secular, sin apelar a una trascendencia que pudiera cuestionar o superar la racionalidad técnica, reforzando así su carácter de cronista melancólico de un mundo clausurado en la inmanencia.

Han nunca interroga la clausura secular de la modernidad ni se atreve a incomodar su horizonte descreído. Su pensamiento se acomoda a la inmanencia como si fuera un presupuesto incuestionable, y en esa aceptación tácita se revela su carácter conservador. Cuando introduce la noción de ritual, lo hace despojado de toda trascendencia, reducido a un gesto cultural que intenta dar cohesión a una vida marcada por la información y el rendimiento. No hay en su obra una apertura hacia lo sagrado ni una crítica a la secularización misma, sino una estetización de prácticas vaciadas de sentido metafísico. De este modo, su discurso se mantiene en el plano de lo inmanentista, consolidando la clausura ontológica de la modernidad tardía y reforzando la lógica de un mundo que se contempla a sí mismo sin Dios, atrapado en la desesperanza. Han se convierte así en el cronista melancólico de un sistema que se narra su propio ocaso, sin ofrecer salida ni alternativa, y cuya fuerza radica precisamente en la aceptación resignada de esa secularidad absoluta.

El discurso de Han, por su medianía y su carácter aforístico sin densidad conceptual, se asemeja más a los sofistas de la Grecia clásica que a los grandes filósofos críticos de la modernidad. Como ellos, privilegia la retórica y el efecto persuasivo sobre la construcción sistemática de un pensamiento capaz de incomodar las estructuras de poder. En lugar de desplegar una crítica radical, se limita a describir fenómenos culturales y psicológicos con un estilo elegante, pero sin la profundidad analítica que caracteriza a Marx, Nietzsche o Heidegger. También guarda semejanza con ciertos moralistas del siglo XIX, como Victor Cousin, Théodore Jouffroy o Jules Simon, pensadores que ofrecían reflexiones sobre la vida burguesa y sus malestares, pero sin abrir horizontes emancipadores ni cuestionar la racionalidad dominante. En la contemporaneidad, su proximidad con Bauman es evidente: ambos se convierten en cronistas melancólicos de la decadencia, narradores de un mundo que se contempla a sí mismo en su ocaso, más atentos a la descripción estética del malestar que a la construcción de alternativas. Así, Han se inscribe en una tradición de pensadores que acompañan el malestar de su tiempo sin incomodar a las élites ni a las estructuras materiales, reforzando su papel de cronista del ocaso antes que de arquitecto de la emancipación.

De este modo, su discurso se mantiene en el plano del acompañamiento melancólico, del diagnóstico que conmueve pero que no incomoda, del cronista que describe el ocaso sin ofrecer un horizonte emancipador ni una crítica ontológica plena. La consecuencia es que su obra, aunque sugerente y accesible, se convierte en un producto cultural indispensable para el capitalismo tardío: entretiene al sujeto enajenado con la catarsis de la descripción, pero no lo moviliza ni le ofrece esperanza. Tanto los de abajo, autoexplotados, como los de arriba, pervertidos en el vicio, quedan atrapados en la desesperanza, y Han, al estilo de Bauman, se limita a narrar ese funeral con elegancia, sin abrir la posibilidad de una salida. Su mensaje, más que una filosofía de la emancipación, es el relato de una sociedad que se contempla a sí misma en su decadencia, donde la raíz material de la explotación queda oscurecida y la crítica ontológica se reduce a insinuación. Han es, en definitiva, el cronista del ocaso.

El fenómeno por el cual Han se convierte en cronista del ocaso y no en pensador emancipador tiene raíces objetivas y subjetivas más profundas. En el plano objetivo, su obra surge en un contexto de capitalismo tardío donde la crítica radical ha sido neutralizada y absorbida como mercancía cultural; cualquier discurso que incomode las estructuras materiales corre el riesgo de ser marginado, mientras que el diagnóstico melancólico encuentra un lugar seguro dentro del mercado editorial y académico. En el plano subjetivo, Han encarna la figura de un intelectual formado en la tradición filosófica europea que privilegia la estilización y la insinuación sobre la confrontación política, lo que lo lleva a estetizar el malestar en lugar de convertirlo en motor de transformación. La combinación de un sistema que convierte la crítica en producto y de un pensador que se acomoda a la clausura secular de la modernidad explica por qué su discurso se limita a narrar el ocaso con elegancia, sin abrir horizontes emancipadores ni incomodar a las élites que sostienen la racionalidad dominante.

Han se asemeja a un pensador que acompaña el cortejo funerario de la modernidad tardía, crispando los puños en un gesto de impotencia, pero sin condenar la racionalidad burguesa que ha dado muerte a aquello que describe. Su lugar es el del intelectual que observa el derrumbe con melancolía, que dramatiza el ocaso con palabras elegantes, pero que se abstiene de señalar a los responsables históricos y materiales de esa decadencia. En esa actitud se aproxima a los moralistas que narraban el malestar de su tiempo sin romper con el orden que lo producía, figuras que se limitaban a registrar la crisis cultural desde dentro de la misma lógica que la sostenía. Así, Han se convierte en un acompañante del funeral, un cronista que da forma estética al dolor colectivo, pero que se mantiene en la medianía de un pensamiento que nunca se atreve a desafiar la racionalidad burguesa que ha clausurado la esperanza.

Bibliografía

Althusser, Louis. Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Madrid: Akal, 2003.

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. México: Fondo de Cultura Económica, 2003.

Cousin, Victor. Curso de historia de la filosofía. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876.

Foucault, Michel. Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Madrid: Siglo XXI, 2002.

Gabriel, Markus. Por qué el mundo no existe. Barcelona: Espasa, 2015.

Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel. México: Era, 1981.

Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder Editorial, 2017.

Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia. Barcelona: Herder Editorial, 2013.

Han, Byung-Chul. La sociedad paliativa. Barcelona: Herder Editorial, 2021.

Han, Byung-Chul. No-cosas: Quiebras del mundo de hoy. Madrid: Taurus, 2021.

Jouffroy, Théodore. Curso de derecho natural. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1874.

Mannheim, Karl. Ideología y utopía. México: Fondo de Cultura Económica, 1941.

Marx, Karl. El capital. México: Fondo de Cultura Económica, 1959.

Simmel, Georg. Filosofía del dinero. Madrid: Ediciones Rialp, 1977.

Sombart, Werner. El burgués. Madrid: Alianza Editorial, 1979.

Troeltsch, Ernst. El protestantismo y la modernidad. Madrid: Trotta, 2004.

BAUMAN Y EL FIN DEL INMANENTISMO OCCIDENTAL


BAUMAN Y EL FIN DEL INMANENTISMO OCCIDENTAL

La reflexión sobre Bauman (1925-2017) exige situar su pensamiento en el horizonte más amplio de la modernidad. Su noción de modernidad líquida ha sido celebrada como una metáfora poderosa para describir la fragilidad de las instituciones, la precariedad de los vínculos y la incertidumbre de las identidades. Sin embargo, al examinar con mayor detenimiento, se advierte que su fórmula, aunque útil, resulta insuficiente para captar la totalidad del fenómeno. El diagnóstico baumanista se concentra en la dimensión existencial y cultural, dejando de lado la vinculación con la fase terminal del capitalismo decadente, omitiendo el papel persistente de lo religioso como racionalidad no instrumental en ciertos ámbitos de Occidente, y sin advertir que lo que realmente se manifiesta es el agotamiento material y cultural del principio de inmanencia de la modernidad. En consecuencia, lo que aparece no es una nueva subjetividad liberada, sino la desnaturalización radical y monstruosa del sujeto humano, el verdadero canto de cisne del nominalismo y la clausura definitiva del horizonte moderno.

La obra de Zygmunt Bauman se articula en torno a la noción de modernidad líquida, entendida como un tiempo histórico en el que las instituciones, los vínculos humanos y las identidades han perdido la solidez que caracterizaba a la modernidad “sólida”. La vida contemporánea se define por la incertidumbre, que se traduce en angustia, y por la fluidez, que se convierte en inestabilidad. Ambas condiciones desembocan en la disolución del individuo moderno, aquel que había sido el bastión del nominalismo: sujeto autónomo, racional y capaz de sostener proyectos de vida estables. En la modernidad líquida, ese individuo se fragmenta, se vuelve provisional y se ve obligado a reinventarse constantemente en un entorno marcado por la precariedad laboral, la obsolescencia de las instituciones y la fragilidad de los vínculos afectivos. La función nominalista de dar nombre y orden al mundo, central en la modernidad sólida, se ve debilitada: el sujeto ya no puede sostener la coherencia de su mundo y pierde la capacidad de conferir identidad estable a las cosas.

La incertidumbre en Bauman no es idéntica a la angustia en Kierkegaard, aunque ambas nociones puedan parecer cercanas. En Bauman, la incertidumbre se entiende como una condición sociocultural, resultado de la fragilidad de las instituciones, la precariedad laboral, la obsolescencia de los vínculos y la volatilidad de las identidades en la modernidad líquida. Es un fenómeno colectivo que afecta la vida cotidiana y obliga al sujeto a reinventarse constantemente en un entorno inestable. En Kierkegaard, en cambio, la angustia es un fenómeno existencial, ligado a la libertad y a la conciencia de la posibilidad del pecado. No se trata de inseguridad social, sino del vértigo que produce la apertura infinita de la libertad y la necesidad de decidir entre lo finito y lo infinito, entre lo temporal y lo eterno. 

Mientras Bauman describe la incertidumbre como síntoma de la crisis del proyecto moderno -lo que para nosotros expresa agotamiento del principio de inmanencia-, Kierkegaard concibe la angustia como condición necesaria para el salto de fe y la relación con lo absoluto. De este modo, la incertidumbre baumaniana señala la descomposición de las estructuras sociales y culturales, mientras la angustia kierkegaardiana apunta a la dimensión espiritual del individuo frente a su libertad radical. Mientras la mirada de Bauman es sociológica, la de Kierkegaard es teológica. La combinación de ambos nos puede llevar a pensar que la superación del derrumbe de la modernidad es el salto hacia la trascendencia divina, pero como no hay vuelta ni retroceso válido en historia, lo que nos espera es el desafío de recuperar la trascendencia sin dar la espalda a la inmanencia. Pero esto es justamente la esencia del cristianismo, lo cual sólo lo dejamos indicado para otro lugar. 

Los críticos han señalado que Bauman, aunque lúcido en su diagnóstico, presenta la liquidez como un fenómeno existencial y cultural, sin vincularlo de manera sistemática a la fase terminal del capitalismo decadente. Desde una perspectiva materialista, la fluidez y la incertidumbre no son fenómenos autónomos, sino síntomas de la descomposición de las estructuras productivas y sociales que el capital ya no logra sostener. En este marco, la subjetividad que emerge no es nueva ni liberada, sino una subjetividad deformada, marcada por la alienación, el consumismo compulsivo y la pérdida de sentido colectivo. La crítica materialista reprocha a Bauman que, al privilegiar la metáfora existencial, despolitiza el análisis y convierte la crisis del capitalismo en un problema de angustia personal y fragilidad cultural, cuando en realidad se trata de un proceso histórico de descomposición social. Lo que surge de esta crisis no es una metamorfosis enriquecedora, sino una subjetividad tétrica y monstruosa, incapaz de sostener proyectos colectivos y atrapada en la lógica de la mercancía. Entre quienes han desarrollado esta crítica materialista se encuentran Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez, que subrayan la necesidad de vincular la liquidez con la precarización estructural del trabajo y la mercantilización de la vida, así como Francisco Manuel Martos Beltrán, que advierte que Bauman no conecta suficientemente la inseguridad social con las contradicciones del capital.

Desde la perspectiva idealista, en cambio, la modernidad líquida se entiende como una condición del espíritu moderno. La fluidez se interpreta como expresión de la libertad del sujeto para reinventarse, y la incertidumbre, aunque angustiante, también abre posibilidades de creatividad y pluralidad. La disolución del individuo sólido no se ve como una deformación monstruosa, sino como la oportunidad de superar rigideces pasadas y explorar nuevas formas de subjetividad más abiertas, híbridas y flexibles. En lugar de un síntoma del capitalismo decadente, se interpreta como un fenómeno cultural que refleja la evolución de la conciencia moderna hacia horizontes más fluidos. La pérdida del bastión nominalista se concibe aquí no como una mutilación, sino como una liberación de las viejas estructuras que limitaban la experiencia. Entre quienes han desarrollado esta lectura idealista se encuentra Ruslan Posadas Velázquez, que interpreta la obra de Bauman como tipología ideal del consumismo y destaca que la liquidez abre nuevas formas de vida social y subjetividad, más híbridas y creativas.

Lo que ambas perspectivas no advierten es que el planteamiento de Bauman refleja el agotamiento material y cultural del principio de inmanencia de la modernidad, principio que había sostenido la centralidad del sujeto como garante de sentido y como bastión del nominalismo. Ese agotamiento desemboca en la desnaturalización total y monstruosa del sujeto humano, que ya no puede sostener ni siquiera la función nominalista de dar nombre y orden al mundo. En este sentido, la modernidad líquida puede leerse como el canto de cisne del nominalismo mismo: la última expresión de un sujeto que, al perder su solidez, se disuelve en la fluidez y la incertidumbre, dejando tras de sí no una nueva subjetividad liberada, sino una figura deformada, fragmentada y espectral.

A esta omisión se suma otra igualmente grave: en Bauman lo religioso casi no juega ningún papel. Su análisis se concentra en la secularización y en la lógica cultural del consumo, pero deja de lado la persistencia de lo religioso como racionalidad no instrumental. Si bien en el occidente europeo y anglosajón avanza el ateísmo, el satanismo y la secularización, en el occidente latinoamericano y en el occidente eslavo la religión todavía persiste como fuerza cultural y como racionalidad alternativa frente a la lógica instrumental del capital. Al no considerar este factor, Bauman reduce la modernidad líquida a un fenómeno puramente secular, cuando en realidad la religiosidad sigue siendo un elemento decisivo en la configuración de subjetividades y en la resistencia cultural frente a la descomposición social.

De manera que la fórmula baumanista, aunque útil para describir la experiencia contemporánea de incertidumbre y fluidez, resulta ser muy limitada tanto para el diagnóstico como para el pronóstico de la modernidad. Su enfoque se concentra en la dimensión existencial y cultural, dejando de lado la vinculación con la fase terminal del capitalismo decadente, omitiendo el papel persistente de lo religioso como racionalidad no instrumental en ciertos ámbitos de Occidente, y sin advertir que lo que realmente se manifiesta es el agotamiento material y cultural del principio de inmanencia de la modernidad. En consecuencia, lo que aparece no es una nueva subjetividad liberada, sino la desnaturalización total y monstruosa del sujeto humano, el verdadero canto de cisne del nominalismo mismo.

Quizá en ninguna otra etapa de la historia ha aparecido el hombre tan deformado e irreconocible, y ello se encuentra íntimamente ligado al agotamiento del principio de inmanencia de la modernidad y al fracaso brutal del proyecto moderno del superhombre. La promesa de un sujeto autónomo, racional y capaz de conferir sentido estable al mundo se ha desmoronado, dejando tras de sí una figura espectral, fragmentada y monstruosa. La modernidad líquida, en este sentido, no solo representa la disolución del individuo sólido y del bastión nominalista, sino también el canto de cisne de la aspiración moderna de trascender la condición humana mediante la construcción de un superhombre. Lo que emerge no es una subjetividad liberada, sino una deformación radical que evidencia el límite histórico de la modernidad y la clausura de su proyecto más ambicioso.

La tensión entre materialistas e idealistas se centra en si la liquidez es síntoma de decadencia o de metamorfosis cultural, pero más allá de esa disputa, lo que Bauman pone en evidencia es el fin de la inmanencia moderna y la clausura del proyecto nominalista que había sostenido la figura del individuo como centro del mundo.

Por todo ello, puede afirmarse que la fórmula baumanista, aun siendo sugerente y útil para describir la experiencia contemporánea de fluidez e incertidumbre, termina expresando el fin del inmanentismo moderno. Su diagnóstico revela no solo la disolución del individuo sólido y del bastión nominalista, sino también el agotamiento del principio de inmanencia que había sostenido la modernidad como proyecto. En consecuencia, lo que aparece no es una nueva subjetividad liberada, sino la desnaturalización radical y monstruosa del sujeto humano, verdadero canto de cisne del nominalismo y clausura definitiva del horizonte moderno.

Pero, además, hay una conexión íntima entre la tesis de Bauman y el logos del nihilismo. La modernidad líquida, al disolver las estructuras sólidas y al fragmentar al individuo, expresa no solo la crisis del capitalismo tardío o la metamorfosis cultural, sino también la consumación de un proceso más profundo: el vaciamiento del sentido y la imposibilidad de sostener un horizonte de trascendencia. La incertidumbre y la fluidez que Bauman describe son manifestaciones de un mundo en el que los valores, las instituciones y las identidades han perdido su fundamento, y en el que el sujeto ya no puede ejercer la función nominalista de dar nombre y orden.

Ese escenario coincide con el logos del nihilismo: la lógica de la nada que se impone cuando el principio de inmanencia moderno se agota y el proyecto del superhombre fracasa. Bauman, sin proponérselo explícitamente, se convierte en cronista de este desenlace: su metáfora de la liquidez es la expresión cultural de un mundo que ha entrado en la fase terminal del nihilismo, donde el hombre aparece deformado, irreconocible y desnaturalizado. Así, la modernidad líquida no solo es el canto de cisne del nominalismo, sino también la confirmación de que el nihilismo ha alcanzado su plenitud histórica en la figura espectral del sujeto líquido.

Bibliografía

Alonso Benito, Luis Enrique. Cultura y desigualdad: el concepto de consumismo en Zygmunt Bauman. Anthropos: Huellas del conocimiento, nº 206, 2005, pp. 36–51. Anthropos Editorial.

Alonso Benito, Luis Enrique, y Carlos Jesús Fernández Rodríguez. Consumo y sociedad líquida en la obra de Zygmunt Bauman: una recapitulación crítica. Estudios Filosóficos, vol. 58, nº 167, 2009, pp. 9–29. Instituto Superior de Filosofía.

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, 2003.

Fernández Rodríguez, Carlos J., y Luis Enrique Alonso. Los discursos del presente: un análisis de los imaginarios sociales contemporáneos. Siglo XXI Editores, 2019.

Kierkegaard, Søren. El concepto de la angustia. Editorial Trotta, 2008.

Martos Beltrán, Francisco Manuel. Zygmunt Bauman y la modernidad líquida: crítica de la globalización y sus consecuencias en el siglo XXI. Zenodo, 2025.

Posadas Velázquez, Ruslan. La vida de consumo o la vida social que se consume: apreciaciones sobre la tipología ideal del consumismo de Zygmunt Bauman. Estudios Políticos, nº 29, mayo–agosto 2013, pp. 115–127. Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

domingo, 19 de abril de 2026

SINGER Y LA RAZÓN PRÁCTICA ANIMALISTA


SINGER Y LA RAZÓN PRÁCTICA ANIMALISTA

Cuando pienso en la propuesta de Singer y en lo que algunos llaman la “razón práctica animalista”, me resulta evidente que se trata de una prolongación del inmanentismo filosófico moderno, llevado hasta un extremo vitalista. En mi lectura, Singer desplaza el fundamento de la moral desde cualquier referencia trascendente hacia la vida misma, entendida en términos de dolor y placer. La capacidad de sufrir se convierte en el criterio último, y todo lo demás —lenguaje, racionalidad, dignidad— queda subordinado a esa experiencia sensible.

Al adoptar esta perspectiva, siento que Singer exagera la tendencia moderna a absolutizar lo inmanente: la vida biológica se transforma en el centro exclusivo de la ética. Esto me lleva a pensar que su animalismo no es simplemente un utilitarismo aplicado, sino una radicalización del vitalismo, donde la moral se reduce a la gestión del sufrimiento y del bienestar de los seres vivos.

Yo reconozco el valor de su propuesta en cuanto nos obliga a replantear nuestras prácticas cotidianas y a cuestionar el especismo, pero también percibo que corre el riesgo de empobrecer la ética al dejar de lado otras dimensiones fundamentales, como la razón práctica, la virtud o la dignidad. Desde mi perspectiva, la moral no puede agotarse en la sensibilidad, porque la racionalidad es lo que nos permite orientar la acción hacia principios más amplios que trascienden lo meramente biológico.

En definitiva, cuando leo a Singer, me parece que su “razón práctica animalista” es la expresión más intensa de un inmanentismo vitalista que caracteriza a la filosofía moderna, y que, aunque tiene fuerza crítica, necesita ser equilibrado con una visión más rica de la moralidad.

La tesis central de Peter Singer (1946-) en Animal Liberation se articula en torno a la idea de que la capacidad de sufrir y disfrutar es el criterio fundamental para otorgar consideración moral a un ser. Según él, no importa si un individuo es humano o animal, lo que importa es que puede experimentar dolor y placer, y por tanto sus intereses deben ser tenidos en cuenta. A partir de esta premisa, Singer denuncia el especismo, es decir, la discriminación basada en la pertenencia a una especie, que considera tan injustificada como el racismo o el sexismo. Su argumento sostiene que los animales tienen intereses básicos, como evitar el sufrimiento y continuar viviendo, y que ignorarlos por el simple hecho de no ser humanos es un prejuicio éticamente indefendible. De ahí deriva su crítica a la ganadería industrial, la experimentación científica con animales y otras formas de explotación, que generan sufrimiento masivo y que, desde su perspectiva utilitarista, no pueden justificarse. En consecuencia, Singer propone un cambio profundo en nuestros hábitos de consumo y en nuestras leyes, promoviendo dietas vegetarianas o veganas y una ética que extienda la esfera moral más allá de la humanidad, hacia todos los seres sintientes.

El núcleo de la propuesta de Peter Singer se centra en la idea de que la capacidad de sufrir y disfrutar es el criterio fundamental para otorgar consideración moral a un ser. Desde esta perspectiva, lo que importa no es la inteligencia, el lenguaje o la pertenencia a una especie, sino la posibilidad de experimentar dolor y placer. 

Singer no pone en igualdad de condiciones los derechos de los animales y los humanos, porque él no habla en términos de derechos absolutos. Su marco es utilitarista, no deontológico. Lo que sí sostiene es que los intereses de los animales —como evitar el sufrimiento o continuar viviendo— deben recibir la misma consideración que los intereses humanos comparables.

Esto significa que, si un animal sufre de manera similar a un humano en una situación determinada, ese sufrimiento debe contar moralmente con el mismo peso. No se trata de decir que una gallina tiene los mismos derechos políticos que una persona, sino de reconocer que su interés en no sufrir es tan relevante como el de un humano en circunstancias equivalentes.

En contraste, filósofos como Tom Regan sí defienden que los animales poseen derechos inherentes, mientras que Singer se centra en la igualdad de consideración de intereses. Por eso, su postura no equipara derechos humanos y animales en sentido estricto, sino que busca eliminar el especismo y ampliar la esfera moral a todos los seres capaces de sufrir.

El sufrimiento animal se reconoce a través de una combinación de indicadores fisiológicos, conductuales y neurológicos. Los mamíferos y aves muestran respuestas claras al dolor, como vocalizaciones, cambios en el comportamiento, liberación de hormonas de estrés y alteraciones en la frecuencia cardíaca. En peces también se han observado reacciones consistentes con experiencias de sufrimiento, como evitar estímulos dañinos y aprender a no repetir situaciones dolorosas. En el caso de los insectos, la cuestión es más compleja porque su sistema nervioso es mucho más simple, pero investigaciones recientes sugieren que algunos, como las moscas o las abejas, poseen mecanismos que les permiten aprender de experiencias negativas y modificar su conducta, lo que podría indicar algún nivel de sufrimiento. Aun así, el consenso científico no es pleno: algunos sostienen que sus respuestas son meramente reflejos automáticos, mientras que otros argumentan que cumplen criterios básicos de lo que llamamos dolor. Desde la perspectiva de Singer, la clave está en la capacidad de sufrir, por lo que si se confirma que los insectos lo hacen, deberían ser incluidos en nuestra esfera moral. Esto abre un debate ético importante, porque implicaría reconsiderar prácticas como la cría de insectos para alimentación, la experimentación científica y el control de plagas.

A partir de este principio -la capacidad de sufrir y disfrutar-, Singer denuncia el especismo, entendido como la discriminación basada en la especie, y sostiene que los intereses de los animales deben recibir la misma consideración que los intereses humanos comparables. Su propuesta no se formula en términos de derechos absolutos, sino en términos de igualdad de consideración de intereses, lo que implica que el sufrimiento de un animal cuenta tanto como el de un humano en circunstancias equivalentes. De este modo, el núcleo de su pensamiento es ampliar la esfera moral más allá de la humanidad, reconociendo a todos los seres sintientes como sujetos de consideración ética y cuestionando las prácticas humanas que generan sufrimiento evitable, como la ganadería industrial, la experimentación científica y el consumo de productos de origen animal.

Las críticas a la tesis central de Peter Singer provienen de filósofos, juristas y economistas que cuestionan tanto su marco utilitarista como la idea de equiparar los intereses animales con los humanos. Los principales reparos se centran en la noción de especismo, en la falta de reconocimiento de derechos inherentes y en las consecuencias prácticas de su propuesta.

Singer sostiene que los animales deben recibir igual consideración moral porque pueden sufrir, pero críticos como Tom Regan argumentan que esta visión es insuficiente, ya que los animales no solo tienen intereses sino también un valor intrínseco que debería traducirse en derechos básicos. Regan considera que el utilitarismo de Singer permite sacrificar individuos si ello maximiza el bienestar general, lo cual resulta problemático desde una perspectiva deontológica. Otros filósofos, como Manuel Sanchis i Marco, han señalado que la idea de especismo es demasiado simplista y que no se puede equiparar la discriminación hacia animales con fenómenos sociales como el racismo o el sexismo, porque las diferencias entre especies son más profundas que las diferencias entre grupos humanos.

Oscar Horta, aunque defensor de la liberación animal, ha criticado aspectos internos de la argumentación de Singer, especialmente su agregacionismo y su tratamiento del “interés en vivir”. Horta sostiene que Singer no da suficiente peso al valor de la vida individual y que su enfoque puede justificar prácticas como la “reemplazabilidad” de animales, es decir, la idea de que matar a un animal podría ser aceptable si se reemplaza por otro que viva una vida igualmente buena.

Desde la economía y la filosofía práctica también se han planteado objeciones. Algunos críticos señalan que Singer subestima la complejidad de las relaciones humanas con los animales, incluyendo factores culturales, económicos y ecológicos. Se argumenta que su propuesta es difícil de aplicar en sociedades donde la ganadería y la pesca son pilares económicos, y que su visión puede resultar demasiado abstracta frente a realidades concretas.

En su libro ¿Tienen derechos los animales? Entre aciertos y errores (Madrid: Ediciones Cristiandad, 2024), Roger Scruton desarrolla una postura crítica frente al modo en que el debate contemporáneo sobre los animales ha sido planteado. Para él, hablar de “derechos” animales es un error conceptual, porque los derechos implican deberes correlativos y una capacidad de responsabilidad que los animales no poseen. Scruton insiste en que los animales no son agentes morales: no pueden deliberar, no pueden responder ante normas ni asumir obligaciones.

Lo que sí reconoce es que los animales son pacientes morales, es decir, seres que dependen de nuestras decisiones y que merecen protección frente a la crueldad y el abuso. En este sentido, su ética se centra en el deber humano de tratarlos con respeto, evitando sufrimiento innecesario, pero sin atribuirles derechos en el mismo sentido que los humanos. Scruton subraya que la confusión actual proviene de mezclar categorías distintas —sufrimiento, bienestar, derechos, dignidad— y que la solución pasa por distinguir entre los deberes que tenemos hacia los animales y los deberes que tenemos entre nosotros como seres racionales.

En definitiva, su postura es la de una ética de la responsabilidad humana hacia los animales, que reconoce su valor y la necesidad de protegerlos, pero mantiene la diferencia ontológica entre seres humanos, capaces de ser agentes morales, y animales, que son pacientes de nuestras decisiones.

En síntesis, las críticas más relevantes a Singer se pueden agrupar en tres grandes líneas: primero, la oposición deontológica que reclama derechos inherentes para los animales y rechaza el utilitarismo; segundo, las objeciones conceptuales que cuestionan la analogía entre especismo y otras formas de discriminación; y tercero, las críticas pragmáticas que señalan la dificultad de trasladar su ética a la práctica social y económica. Estas discusiones han enriquecido el debate sobre el animalismo, mostrando que la obra de Singer, aunque fundacional, no está exenta de tensiones y limitaciones.

Las críticas menos relevantes a la tesis de Peter Singer suelen ser aquellas que se centran en aspectos periféricos o en malinterpretaciones de su postura. Por ejemplo, algunos detractores han señalado que su propuesta llevaría a absurdos como prohibir que los animales depreden en la naturaleza, cuando en realidad Singer nunca plantea que debamos intervenir en todos los procesos naturales, sino que su enfoque se dirige a las prácticas humanas que generan sufrimiento evitable. También se han formulado críticas basadas en caricaturizar su posición como un “hedonismo radical”, reduciéndola a la idea de que todo gira en torno al placer, cuando en realidad Singer defiende un utilitarismo de las preferencias, mucho más complejo y matizado. Otro tipo de objeciones menores provienen de quienes consideran que su analogía entre especismo y racismo es una exageración retórica, sin entrar en el fondo de su argumento sobre la igualdad de consideración de intereses. En general, estas críticas menos relevantes no cuestionan el núcleo de su propuesta, sino que se enfocan en interpretaciones simplistas o en escenarios hipotéticos que desvían la atención del debate filosófico central.

Ahora bien, si tomamos en serio el núcleo de la propuesta de Singer, efectivamente se sigue que deberíamos modificar nuestra dieta hacia el vegetarianismo o el veganismo, porque la producción de carne y productos animales implica un sufrimiento masivo que no puede justificarse frente al placer o la conveniencia que obtenemos al consumirlos. Singer sostiene que, si el sufrimiento de un animal cuenta tanto como el de un humano en circunstancias equivalentes, entonces no es éticamente aceptable ignorarlo solo porque pertenece a otra especie. En la práctica, esto significa que el interés de una vaca en no sufrir y seguir viviendo pesa tanto como el interés de un humano en evitar el dolor, y que el sacrificio de millones de animales en la ganadería industrial no puede justificarse por el gusto de comer carne.

Ahora bien, Singer reconoce que no todos los casos son idénticos y que hay situaciones límite donde los intereses pueden entrar en conflicto, pero en el día a día de nuestras sociedades modernas, donde existen alternativas alimenticias abundantes y accesibles, su razonamiento conduce a la conclusión de que adoptar una dieta vegetariana o vegana es la opción moralmente coherente. Por eso su obra fue tan influyente: no se limita a un debate teórico, sino que interpela directamente nuestras prácticas cotidianas y nos obliga a preguntarnos si el placer de comer carne compensa el sufrimiento que genera.

Si algún día se comprobara científicamente que las plantas sufren de manera comparable a los animales, el marco ético de Singer se vería profundamente cuestionado, porque su propuesta se basa en la capacidad de sufrir como criterio para otorgar consideración moral. Sin embargo, hasta ahora la evidencia indica que las plantas no poseen sistema nervioso ni estructuras que permitan experiencias conscientes de dolor, aunque sí reaccionan a estímulos y muestran respuestas químicas y eléctricas que les permiten adaptarse al entorno. Singer distingue entre respuestas fisiológicas automáticas y sufrimiento consciente, y por eso no incluye a las plantas en su esfera moral.

En su razonamiento, lo que importa no es que un organismo reaccione a un daño, sino que tenga la capacidad de experimentar dolor subjetivo. Los animales poseen sistemas nerviosos que generan experiencias conscientes de sufrimiento, mientras que las plantas, según el conocimiento actual, no. Por eso, desde su perspectiva, comer plantas no plantea un dilema ético comparable al de comer animales. En consecuencia, la propuesta de Singer conduce al vegetarianismo o veganismo, pero no a la imposibilidad de alimentarse en absoluto, porque reconoce que necesitamos consumir organismos vivos para sobrevivir y que, mientras no haya sufrimiento consciente, no existe el mismo problema moral.

Singer parte del utilitarismo y coloca la capacidad de sufrir en el centro, porque entiende que el dolor y el placer son experiencias universales que no dependen de la racionalidad ni de la cultura. Sin embargo, nuestro planteamiento se acerca más a una ética de corte aristotélico o kantiano, donde lo decisivo no es el sufrimiento, sino la capacidad de actuar conforme a valores, virtudes o principios racionales. Desde esa perspectiva, lo que otorga dignidad moral no es sentir dolor, sino poder responder a normas y orientar la conducta de manera responsable.

Esta diferencia explica por qué Singer extiende la esfera moral a los animales, mientras que quienes defienden la responsabilidad como criterio suelen reservar la plena consideración moral a los humanos, ya que solo ellos pueden deliberar sobre el bien y el mal. Pero, Singer se equivoca porque confunde un aspecto de la vida —el sufrimiento— con el fundamento de la moralidad, que sería la capacidad de orientar la acción hacia valores. Singer replicaría que limitar la moral a la responsabilidad racional deja fuera a seres que claramente pueden sufrir, y que eso perpetúa un prejuicio especista.

En definitiva, el debate refleja dos tradiciones distintas: el utilitarismo, que mide las consecuencias en términos de sufrimiento y bienestar, y la ética de las virtudes o deontológica, que pone el acento en la racionalidad, la responsabilidad y la dignidad. La tensión entre ambas sigue siendo uno de los grandes dilemas de la filosofía moral contemporánea.

Un animal no es un ente moral porque no tiene valores y virtudes, no es responsable ante el mundo por sus acciones, actúa por instinto y no por razón, moral y razón van de la mano, y esto no es prejuicio especista sino realidad ontológica Nuestro planteamiento refleja una visión muy distinta a la de Singer, más cercana a una ética de corte aristotélico o kantiano. Desde esa perspectiva, un animal no puede ser considerado un ente moral porque carece de la capacidad de deliberar sobre valores y virtudes, no es responsable de sus actos ante el mundo y actúa guiado por instintos más que por razón. En esta línea, la moralidad se entiende como inseparable de la racionalidad: solo quien puede reflexionar sobre lo que es correcto o incorrecto y orientar su conducta en consecuencia puede ser sujeto moral.

Singer, en cambio, intenta separar la moralidad de la racionalidad y la vincula a la capacidad de sufrir. Para él, lo que importa no es si un ser puede razonar sobre valores, sino si puede experimentar dolor y placer, porque esas experiencias son relevantes en sí mismas y deben ser tenidas en cuenta. Pero señalamos que esto es un error de raíz, porque confunde un criterio ontológico —la capacidad de ser responsable ante valores— con un criterio empírico —la capacidad de sufrir—. Desde nuestra postura, no se trata de prejuicio especista, sino de reconocer una diferencia esencial: los humanos son agentes morales porque pueden responder ante normas y virtudes, mientras que los animales son pacientes morales, objetos de nuestra responsabilidad, pero no sujetos de ella.

Este contraste muestra la tensión entre dos concepciones de la ética: una centrada en la racionalidad y la responsabilidad, y otra en el sufrimiento y la igualdad de consideración de intereses. Singer busca ampliar la esfera moral hacia todos los seres sintientes, mientras que nuestro planteamiento defiende que la moralidad es exclusiva de quienes poseen razón y pueden actuar conforme a valores.

Singer prioriza los valores vitales sobre los valores espirituales y así no tenemos mundo moral. Esta observación apunta a una de las críticas más profundas que se le hacen a Singer: al priorizar los valores vitales —evitar el sufrimiento, conservar la vida biológica— sobre los valores espirituales —la responsabilidad, la virtud, la racionalidad— se corre el riesgo de reducir la ética a un cálculo de placeres y dolores, dejando de lado aquello que constituye propiamente un mundo moral. En la tradición aristotélica y kantiana, la moralidad no se define por la mera capacidad de sentir, sino por la capacidad de orientar la acción hacia el bien, de responder ante principios y de cultivar virtudes. Desde esa perspectiva, si la ética se limita a proteger la vida en su dimensión sensible, sin atender a la dimensión racional y espiritual, lo que se obtiene es una ética de la supervivencia, no una ética de la responsabilidad.

Singer defiende que el sufrimiento es un criterio universal y objetivo, porque todos los seres sintientes lo comparten, mientras que la racionalidad y los valores espirituales son exclusivos de los humanos. Pero nuestra crítica señala que precisamente esa exclusividad es lo que da sentido a la moral: sin razón y sin virtud no hay agentes morales, solo pacientes de nuestras decisiones. En ese sentido, priorizar lo vital sobre lo espiritual puede llevar a una ética incompleta, incapaz de fundamentar un mundo moral en el que los seres humanos se reconozcan como responsables ante sí mismos, ante los demás y ante la totalidad de la existencia.

Lo interesante es que este contraste revela dos concepciones de la ética que difícilmente se reconcilian: una que busca ampliar la esfera moral a todos los seres que sufren, y otra que sostiene que la moralidad solo existe allí donde hay razón y virtud. Singer abre la puerta a una ética de la compasión universal, mientras que nuestro planteamiento defiende una ética de la responsabilidad racional. Ambas visiones iluminan aspectos distintos de lo que significa vivir moralmente.

Singer reduce la moral al sentir el sufrir, pero la moral no es eso sino el asumir la responsabilidad ante el deber o la virtud. Esta crítica apunta a la diferencia esencial entre dos concepciones de la moral. Singer reduce la moralidad a la capacidad de sufrir, porque desde su utilitarismo lo que importa es evitar el dolor y promover el bienestar. En su esquema, cualquier ser que pueda sufrir merece consideración moral, y por eso extiende la esfera ética a los animales. Sin embargo, desde una visión deontológica o aristotélica, la moral no se define por el sufrimiento, sino por la capacidad de asumir responsabilidad ante el deber o de cultivar virtudes. En esa tradición, la moralidad está inseparablemente ligada a la razón: solo quien puede deliberar sobre lo que es correcto y orientar su conducta hacia valores trascendentes puede ser considerado un agente moral.

Lo que aquí señalo es que Singer, al priorizar el sufrimiento, se queda en el plano de lo vital y sensible, pero deja de lado lo espiritual y racional, que es lo que constituye propiamente un mundo moral. Bajo nuestro enfoque, los animales pueden ser pacientes morales —objetos de nuestra responsabilidad— pero no sujetos morales, porque carecen de la capacidad de responder ante valores y deberes. Singer, en cambio, busca universalizar la ética a partir de un criterio compartido por todos los seres sintientes, aunque eso implique renunciar a la idea de virtud o deber como fundamento.

En el fondo, la tensión entre mi postura y la de Singer refleja dos maneras de entender la ética: una como compasión universal hacia el sufrimiento, y otra como responsabilidad racional ante valores y deberes. Ambas ofrecen respuestas distintas a la pregunta de qué significa vivir moralmente, y es precisamente en ese contraste donde se juega el debate filosófico contemporáneo sobre el lugar de los animales en la moral.

El utilitarismo reduce lo moral a lo vital y lo vital no es moral sino simple búsqueda de sobrevivencia. Nuestra afirmación señala con fuerza una de las críticas clásicas al utilitarismo: al reducir lo moral a lo vital, lo que se obtiene no es un mundo ético sino un cálculo de supervivencia. En efecto, el utilitarismo de Singer coloca en el centro la capacidad de sufrir y la necesidad de evitar el dolor, lo que convierte la moral en una extensión de la vida sensible. Desde una perspectiva más deontológica o de la ética de las virtudes, la moralidad no se agota en la búsqueda de sobrevivencia ni en la administración del placer y el dolor, sino que se funda en la capacidad de asumir responsabilidad ante el deber y de orientar la acción hacia valores superiores.

Cuando la moral se reduce a lo vital, se corre el riesgo de confundir la ética con la biología: se protege la vida porque duele perderla, pero no porque haya un deber o una virtud que nos obligue a respetarla. En cambio, si la moral se entiende como responsabilidad ante valores espirituales, entonces lo vital se integra en un horizonte más amplio, donde la vida no es solo algo que se preserva por instinto, sino algo que se cuida porque responde a un sentido de justicia, dignidad o virtud.

Por eso nuestra crítica subraya que el utilitarismo, al quedarse en el plano de lo sensible, no logra fundar un mundo moral pleno. Lo que ofrece es una ética de la compasión hacia el sufrimiento, pero no una ética de la responsabilidad racional. Singer abre la puerta a incluir a los animales en nuestra consideración ética, pero al hacerlo desde lo vital, deja de lado la dimensión espiritual que constituye la esencia de la moralidad.

Simplemente bajo el utilitarismo sería imposible la vida humana que trasciende lo vital y va hacia lo espiritual. Nuestra observación toca el límite más profundo del utilitarismo: al reducir lo moral a lo vital, lo que se obtiene es una ética de la supervivencia, no una ética de la trascendencia. Singer y los utilitaristas parten de la premisa de que el sufrimiento es el criterio universal, porque todos los seres sintientes lo comparten, y por eso construyen la moral como un cálculo de bienestar. Pero bajo esa lógica, la vida humana queda atrapada en el plano sensible, en la administración del dolor y el placer, sin poder dar el salto hacia lo espiritual, hacia la responsabilidad ante valores, deberes y virtudes.

La tradición deontológica y la ética de las virtudes sostienen que la moralidad no puede reducirse a lo biológico, porque lo que nos hace propiamente humanos es la capacidad de orientar la acción hacia fines que trascienden la mera conservación de la vida. La justicia, la dignidad, la templanza o la responsabilidad no se explican en términos de sufrimiento, sino en términos de razón y virtud. Por eso, desde nuestra crítica, el utilitarismo es insuficiente: puede servir para organizar la vida sensible, pero no para fundar un mundo moral en el que la humanidad se reconozca como responsable de sí misma y de los demás.

En ese sentido, nuestro planteamiento subraya que la vida humana no se agota en lo vital, sino que se eleva hacia lo espiritual, y que cualquier ética que ignore esa dimensión se queda incompleta. Singer abre la puerta a una ética de la compasión universal, pero señalamos que sin responsabilidad ante valores y virtudes, esa compasión no basta para sostener la trascendencia moral de la existencia humana.

El utilitarismo se basa en una visión inmanentista del mundo, justo lo que triunfa en la modernidad tardía, sin trascendencia y sin Dios. El utilitarismo, tal como lo formula Singer, se inscribe en una visión inmanentista del mundo, propia de la modernidad tardía, donde lo trascendente y lo divino quedan desplazados. Al reducir la moral a la administración del sufrimiento y del bienestar, se elimina cualquier referencia a un orden superior, a un deber que trascienda lo vital, o a una relación con Dios. En ese sentido, el utilitarismo refleja el triunfo de una ética secularizada, que busca fundamentos en la experiencia sensible y en el cálculo racional, pero que renuncia a la dimensión espiritual que históricamente ha dado sentido a la moral.

Desde una perspectiva trascendente, la moral no puede agotarse en lo vital, porque lo vital es solo el soporte de la existencia. Lo que da sentido a la vida humana es la apertura hacia lo espiritual, hacia valores que no se reducen a evitar el dolor, sino que apuntan a la justicia, la dignidad, la virtud y, en última instancia, a lo divino. Por eso nuestra crítica señala que el utilitarismo, al quedarse en lo inmanente, no logra fundar un mundo moral pleno, sino únicamente un sistema de gestión de placeres y sufrimientos.

Lo interesante es que esta tensión entre lo inmanente y lo trascendente atraviesa toda la filosofía contemporánea: Singer representa la ética secular de la compasión universal, mientras que nuestro planteamiento defiende que sin trascendencia y sin Dios, la moral se vacía de su sentido más profundo.

Su ética secular de la compasión universal guarda parentesco con las religiones orientales. Efectivamente, la ética secular de Singer, centrada en la compasión universal hacia el sufrimiento, guarda un parentesco con ciertas tradiciones orientales, especialmente el budismo. En el budismo, la compasión hacia todos los seres sintientes es un principio fundamental, y el sufrimiento (dukkha) es el punto de partida para comprender la condición de la existencia. La idea de que todos los seres que pueden sufrir merecen consideración moral resuena con la noción budista de interdependencia y de la necesidad de aliviar el sufrimiento en cualquier forma que se presente.

También puede encontrarse un eco en el jainismo, que defiende la ahimsa o no violencia hacia todos los seres vivos, y en el hinduismo, donde la compasión y el respeto por la vida forman parte de la práctica espiritual. En todas estas tradiciones, la ética no se fundamenta en un Dios trascendente que dicta normas, sino en la experiencia compartida del sufrimiento y en la responsabilidad de aliviarlo.

Singer, desde su utilitarismo secular, llega a una conclusión similar: si el sufrimiento es lo que importa, entonces debemos ampliar nuestra esfera moral más allá de los humanos. La diferencia es que en las religiones orientales esta compasión se integra en una visión espiritual del mundo, mientras que en Singer se mantiene en el plano inmanentista, sin trascendencia ni referencia a lo divino.

Lo interesante es que, aunque Singer se mueve en el horizonte de la modernidad tardía y del secularismo, su propuesta conecta con intuiciones éticas muy antiguas que han marcado culturas enteras. En cierto modo, su “ética secular de la compasión” puede verse como una traducción moderna y racionalizada de principios espirituales que Oriente ya había formulado hace siglos. En esa conexión con las tradiciones espirituales de oriente reside el leiv motiv más profundo de su pensamiento: mantenerse en lo inmanente negando que la ética se fundamenta en Dios

Exactamente, ahí está el nervio de su pensamiento: Singer se mantiene en el horizonte inmanentista, negando que la ética se fundamente en Dios, y en ese sentido su propuesta se conecta con tradiciones espirituales orientales que también ponen el acento en la compasión hacia el sufrimiento sin necesidad de un fundamento trascendente. El budismo, por ejemplo, parte del reconocimiento del dolor como condición universal y propone la compasión como respuesta, pero no lo hace desde un Dios creador ni desde un deber trascendente, sino desde la interdependencia de los seres. Singer traduce esa intuición a un lenguaje secular y moderno, construyendo una ética que se sostiene en la experiencia sensible y en el cálculo racional, pero que deja de lado la dimensión espiritual y teológica.

En ese sentido, su “leitmotiv” más profundo es precisamente mantenerse en lo inmanente: una ética sin trascendencia, sin referencia a lo divino, que busca universalizar la compasión como principio moral. Lo que para las religiones orientales es un camino espiritual, para Singer se convierte en un proyecto secular de liberación animal. Y ahí está la paradoja: su propuesta tiene resonancias espirituales, pero se afirma en la negación de la trascendencia, en la convicción de que la moral puede fundarse únicamente en la sensibilidad y la razón práctica, sin Dios.

Una visión muy distinta a la de Singer, más cercana a una ética de corte aristotélico o kantiano sostiene que no hay moral sin responsabilidad ante los valores y virtudes. Desde esa perspectiva, un animal no puede ser considerado un ente moral porque carece de la capacidad de deliberar sobre valores y virtudes, no es responsable de sus actos ante el mundo y actúa guiado por instintos más que por razón. En esta línea, la moralidad se entiende como inseparable de la racionalidad: solo quien puede reflexionar sobre lo que es correcto o incorrecto y orientar su conducta en consecuencia puede ser sujeto moral.

Singer, en cambio, intenta separar la moralidad de la racionalidad y la vincula a la capacidad de sufrir. Para él, lo que importa no es si un ser puede razonar sobre valores, sino si puede experimentar dolor y placer, porque esas experiencias son relevantes en sí mismas y deben ser tenidas en cuenta. Sin embargo, esto es un error de raíz, porque confunde un criterio ontológico —la capacidad de ser responsable ante valores— con un criterio empírico —la capacidad de sufrir—. Así, no se trata de prejuicio especista, sino de reconocer una diferencia esencial: los humanos son agentes morales porque pueden responder ante normas y virtudes, mientras que los animales son pacientes morales, objetos de nuestra responsabilidad, pero no sujetos de ella.

Este contraste muestra la tensión entre dos concepciones de la ética: una centrada en la racionalidad y la responsabilidad, y otra en el sufrimiento y la igualdad de consideración de intereses. Singer busca ampliar la esfera moral hacia todos los seres sintientes, mientras que nosotros defendemos que la moralidad es exclusiva de quienes poseen razón y pueden actuar conforme a valores.

Singer al priorizar los valores vitales —evitar el sufrimiento, conservar la vida biológica— sobre los valores espirituales —la responsabilidad, la virtud, la racionalidad— se corre el riesgo de reducir la ética a un cálculo de placeres y dolores, dejando de lado aquello que constituye propiamente un mundo moral. En la tradición aristotélica y kantiana, la moralidad no se define por la mera capacidad de sentir, sino por la capacidad de orientar la acción hacia el bien, de responder ante principios y de cultivar virtudes. Desde esa perspectiva, si la ética se limita a proteger la vida en su dimensión sensible, sin atender a la dimensión racional y espiritual, lo que se obtiene es una ética de la supervivencia, no una ética de la responsabilidad.

Singer defiende que el sufrimiento es un criterio universal y objetivo, porque todos los seres sintientes lo comparten, mientras que la racionalidad y los valores espirituales son exclusivos de los humanos. Pero precisamente esa exclusividad es lo que da sentido a la moral: sin razón y sin virtud no hay agentes morales, solo pacientes de nuestras decisiones. En ese sentido, priorizar lo vital sobre lo espiritual puede llevar a una ética incompleta, incapaz de fundamentar un mundo moral en el que los seres humanos se reconozcan como responsables ante sí mismos, ante los demás y ante la totalidad de la existencia.

Lo interesante es que este contraste revela dos concepciones de la ética que difícilmente se reconcilian: una que busca ampliar la esfera moral a todos los seres que sufren, y otra que sostiene que la moralidad solo existe allí donde hay razón y virtud. Singer abre la puerta a una ética de la compasión universal, mientras que ante ella se yergue una ética de la responsabilidad racional. Ambas visiones iluminan aspectos distintos de lo que significa vivir moralmente.

El hecho es que hay una diferencia esencial entre dos concepciones de la moral. Singer reduce la moralidad a la capacidad de sufrir, porque desde su utilitarismo lo que importa es evitar el dolor y promover el bienestar. En su esquema, cualquier ser que pueda sufrir merece consideración moral, y por eso extiende la esfera ética a los animales. Sin embargo, desde una visión deontológica o aristotélica, la moral no se define por el sufrimiento, sino por la capacidad de asumir responsabilidad ante el deber o de cultivar virtudes. En esa tradición, la moralidad está inseparablemente ligada a la razón: solo quien puede deliberar sobre lo que es correcto y orientar su conducta hacia valores trascendentes puede ser considerado un agente moral.

Pero Singer, al priorizar el sufrimiento, se queda en el plano de lo vital y sensible, deja de lado lo espiritual y racional, que es lo que constituye propiamente un mundo moral. Los animales pueden ser pacientes morales —objetos de nuestra responsabilidad— pero no sujetos morales, porque carecen de la capacidad de responder ante valores y deberes. Singer, en cambio, busca universalizar la ética a partir de un criterio compartido por todos los seres sintientes, aunque eso implique renunciar a la idea de virtud o deber como fundamento.

En el fondo, la tensión entre mi postura y la de Singer refleja dos maneras de entender la ética: una como compasión universal hacia el sufrimiento, y otra como responsabilidad racional ante valores y deberes. Ambas ofrecen respuestas distintas a la pregunta de qué significa vivir moralmente, y es precisamente en ese contraste donde se juega el debate filosófico contemporáneo sobre el lugar de los animales en la moral.

Al reducir lo moral a lo vital, lo que se obtiene no es un mundo ético sino un cálculo de supervivencia. En efecto, el utilitarismo de Singer coloca en el centro la capacidad de sufrir y la necesidad de evitar el dolor, lo que convierte la moral en una extensión de la vida sensible. Desde una perspectiva más deontológica o de la ética de las virtudes, la moralidad no se agota en la búsqueda de sobrevivencia ni en la administración del placer y el dolor, sino que se funda en la capacidad de asumir responsabilidad ante el deber y de orientar la acción hacia valores superiores.

Cuando la moral se reduce a lo vital, se corre el riesgo de confundir la ética con la biología: se protege la vida porque duele perderla, pero no porque haya un deber o una virtud que nos obligue a respetarla. En cambio, si la moral se entiende como responsabilidad ante valores espirituales, entonces lo vital se integra en un horizonte más amplio, donde la vida no es solo algo que se preserva por instinto, sino algo que se cuida porque responde a un sentido de justicia, dignidad o virtud.

Por eso el utilitarismo, al quedarse en el plano de lo sensible, no logra fundar un mundo moral pleno. Lo que ofrece es una ética de la compasión hacia el sufrimiento, pero no una ética de la responsabilidad racional. Singer abre la puerta a incluir a los animales en nuestra consideración ética, pero al hacerlo desde lo vital, deja de lado la dimensión espiritual que constituye la esencia de la moralidad.

Al reducir lo moral a lo vital, lo que se obtiene es una ética de la supervivencia, no una ética de la trascendencia. Singer y los utilitaristas parten de la premisa de que el sufrimiento es el criterio universal, porque todos los seres sintientes lo comparten, y por eso construyen la moral como un cálculo de bienestar. Pero bajo esa lógica, la vida humana queda atrapada en el plano sensible, en la administración del dolor y el placer, sin poder dar el salto hacia lo espiritual, hacia la responsabilidad ante valores, deberes y virtudes.

La tradición deontológica y la ética de las virtudes sostienen que la moralidad no puede reducirse a lo biológico, porque lo que nos hace propiamente humanos es la capacidad de orientar la acción hacia fines que trascienden la mera conservación de la vida. La justicia, la dignidad, la templanza o la responsabilidad no se explican en términos de sufrimiento, sino en términos de razón y virtud. Por eso, desde nuestra crítica, el utilitarismo es insuficiente: puede servir para organizar la vida sensible, pero no para fundar un mundo moral en el que la humanidad se reconozca como responsable de sí misma y de los demás.

En ese sentido, hay que subrayar que la vida humana no se agota en lo vital, sino que se eleva hacia lo espiritual, y que cualquier ética que ignore esa dimensión se queda incompleta. Singer abre la puerta a una ética de la compasión universal, pero sin responsabilidad ante valores y virtudes, esa compasión no basta para sostener la trascendencia moral de la existencia humana.

El utilitarismo, tal como lo formula Singer, se inscribe en una visión inmanentista del mundo, propia de la modernidad tardía, donde lo trascendente y lo divino quedan desplazados. Al reducir la moral a la administración del sufrimiento y del bienestar, se elimina cualquier referencia a un orden superior, a un deber que trascienda lo vital, o a una relación con Dios. En ese sentido, el utilitarismo refleja el triunfo de una ética secularizada, que busca fundamentos en la experiencia sensible y en el cálculo racional, pero que renuncia a la dimensión espiritual que históricamente ha dado sentido a la moral.

Desde una perspectiva trascendente, la moral no puede agotarse en lo vital, porque lo vital es solo el soporte de la existencia. Lo que da sentido a la vida humana es la apertura hacia lo espiritual, hacia valores que no se reducen a evitar el dolor, sino que apuntan a la justicia, la dignidad, la virtud y, en última instancia, a lo divino. Por eso señalamos que el utilitarismo, al quedarse en lo inmanente, no logra fundar un mundo moral pleno, sino únicamente un sistema de gestión de placeres y sufrimientos.

Lo interesante es que esta tensión entre lo inmanente y lo trascendente atraviesa toda la filosofía contemporánea: Singer representa la ética secular de la compasión universal, mientras que nuestro planteamiento defiende que sin trascendencia y sin Dios, la moral se vacía de su sentido más profundo.

La ética secular de Singer, centrada en la compasión universal hacia el sufrimiento, guarda un parentesco con ciertas tradiciones orientales, especialmente el budismo. En el budismo, la compasión hacia todos los seres sintientes es un principio fundamental, y el sufrimiento (dukkha) es el punto de partida para comprender la condición de la existencia. La idea de que todos los seres que pueden sufrir merecen consideración moral resuena con la noción budista de interdependencia y de la necesidad de aliviar el sufrimiento en cualquier forma que se presente.

También puede encontrarse un eco en el jainismo, que defiende la ahimsa o no violencia hacia todos los seres vivos, y en el hinduismo, donde la compasión y el respeto por la vida forman parte de la práctica espiritual. En todas estas tradiciones, la ética no se fundamenta en un Dios trascendente que dicta normas, sino en la experiencia compartida del sufrimiento y en la responsabilidad de aliviarlo.

Singer, desde su utilitarismo secular, llega a una conclusión similar: si el sufrimiento es lo que importa, entonces debemos ampliar nuestra esfera moral más allá de los humanos. La diferencia es que en las religiones orientales esta compasión se integra en una visión espiritual del mundo, mientras que en Singer se mantiene en el plano inmanentista, sin trascendencia ni referencia a lo divino.

Lo interesante es que, aunque Singer se mueve en el horizonte de la modernidad tardía y del secularismo, su propuesta conecta con intuiciones éticas muy antiguas que han marcado culturas enteras. En cierto modo, su “ética secular de la compasión” puede verse como una traducción moderna y racionalizada de principios espirituales que Oriente ya había formulado hace siglos.

Dónde está el nervio de su pensamiento: Singer se mantiene en el horizonte inmanentista, negando que la ética se fundamente en Dios, y en ese sentido su propuesta se conecta con tradiciones espirituales orientales que también ponen el acento en la compasión hacia el sufrimiento sin necesidad de un fundamento trascendente. El budismo, por ejemplo, parte del reconocimiento del dolor como condición universal y propone la compasión como respuesta, pero no lo hace desde un Dios creador ni desde un deber trascendente, sino desde la interdependencia de los seres. Singer traduce esa intuición a un lenguaje secular y moderno, construyendo una ética que se sostiene en la experiencia sensible y en el cálculo racional, pero que deja de lado la dimensión espiritual y teológica.

En ese sentido, su “leitmotiv” más profundo es precisamente mantenerse en lo inmanente: una ética sin trascendencia, sin referencia a lo divino, que busca universalizar la compasión como principio moral. Lo que para las religiones orientales es un camino espiritual, para Singer se convierte en un proyecto secular de liberación animal. Y ahí está la paradoja: su propuesta tiene resonancias espirituales, pero se afirma en la negación de la trascendencia, en la convicción de que la moral puede fundarse únicamente en la sensibilidad y la razón práctica, sin Dios.

Hay que poner el dedo en la llaga: una razón práctica secular, como la que Singer defiende, se queda en el plano de lo vital porque organiza la vida en función del sufrimiento y el bienestar, pero no logra dar el salto hacia lo espiritual. La moral, entendida en su sentido más profundo, no puede fundarse únicamente en cálculos de placer y dolor, porque eso reduce la existencia humana a la mera supervivencia. Lo que la eleva es la trascendencia, la apertura hacia valores que no dependen de lo sensible, sino de la responsabilidad ante el deber, la virtud y, en última instancia, ante Dios.

La modernidad tardía, con su triunfo del inmanentismo, ha querido construir una ética sin trascendencia, y Singer es un ejemplo paradigmático de esa tendencia: su propuesta se sostiene en la compasión universal, pero despojada de cualquier referencia a lo divino. Sin embargo, sin trascendencia la moral se vacía de su fundamento más hondo, porque deja de ser un compromiso con lo que está más allá de la vida biológica y se convierte en una técnica de gestión de sufrimientos.

La razón práctica con trascendencia, en cambio, reconoce que lo vital es necesario, pero lo integra en un horizonte superior: la justicia, la dignidad, la virtud y la relación con Dios. Solo ahí la moral se convierte en algo más que supervivencia, en un camino hacia la plenitud humana. Singer abre una puerta hacia la compasión, pero hay que recordar que sin trascendencia esa puerta no conduce a un mundo moral, sino a un mundo meramente vital.

La llamada “razón práctica animalista” puede interpretarse como un síntoma del deterioro al que ha llegado el humanismo bajo el imperio del principio de inmanencia en la modernidad. Al situar la capacidad de sufrir como criterio último de la moral, se radicaliza una tendencia que desplaza la ética desde lo trascendente hacia lo puramente vital. La vida biológica se convierte en el centro exclusivo de la reflexión moral, y el sufrimiento y el placer se absolutizan como parámetros definitivos.

Este enfoque, aunque tiene fuerza crítica frente al especismo y las prácticas de explotación animal, revela también las limitaciones de un humanismo que ha perdido su dimensión racional y trascendente. La reducción de la moral a la sensibilidad muestra cómo el humanismo moderno, al encerrarse en la inmanencia, ha debilitado su capacidad de ofrecer principios universales y fines superiores. En lugar de una razón práctica entendida como orientación hacia valores que trascienden lo inmediato, se impone una ética vitalista que mide todo en función del dolor y del bienestar.

Así, la razón práctica animalista no solo amplía la esfera moral hacia los animales, sino que refleja la crisis del humanismo moderno: un humanismo que, al renunciar a lo trascendente, se ha visto reducido a la administración de lo sensible y ha perdido la riqueza de la tradición filosófica que concebía la moral como algo más que la mera gestión de la vida biológica.

Bibliografía

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