lunes, 2 de marzo de 2026

 

PRODECLASIS O EL PROGRESO DECADENTE
Detalles
Autor: Gustavo Flores Quelopana
Editorial(es): IIPCIAL
Lugar de publicación: Lima
Año de edición: 2026

Número de páginas: 288

Reseña

Prodeclasis o el progreso decadente. Ensayos sobre el ser, lo infinito y la geopolítica es una travesía filosófica que enfrenta sin concesiones las paradojas de nuestro tiempo. En un mundo donde el avance técnico convive con la decadencia espiritual, donde la modernidad inmanentista se derrumba y el orden liberal occidental cede paso a un incierto escenario multipolar, estos ensayos interrogan las tensiones entre ontología, crítica social, símbolos religiosos y el horizonte de lo infinito.

El oxímoron que da título a la obra condensa la paradoja fundamental: cada conquista lleva inscrita su sombra, cada promesa de progreso revela la amenaza de su propio colapso. La hegemonía de la razón instrumental, el reinado del hombre anético y la infiltración del nihilismo estructural en la ciencia, la tecnología y la inteligencia artificial son analizados como síntomas de una barbarie civilizada que se disfraza de modernización.

Frente a ello, la obra reivindica la trascendencia como horizonte irrenunciable, recordando que sin ella no hay posibilidad de recuperar el ser ni de sostener la dignidad humana. La filosofía se convierte aquí en ejercicio de resistencia y apertura, capaz de reconciliar fe y razón como dos alas indispensables para el pensamiento y el corazón humano.

Este libro invita al lector a atravesar las fronteras entre disciplinas, a confrontar las preguntas incómodas y a reconocer que en la tensión entre progreso y decadencia se juega no sólo el destino de nuestra época, sino la posibilidad misma de que el pensamiento siga siendo custodia de sentido y confesión de esperanza.

ORIGEN DE LAS CIVILIZACIONES ANDINAS

 


ORIGEN DE LAS CIVILIZACIONES ANDINAS

El origen de las civilizaciones andinas debe comprenderse en el marco de los procesos climáticos y culturales que marcaron el tránsito del Pleistoceno tardío al Holoceno temprano. Hace unos 21.000 años, durante el Último Máximo Glacial, América del Sur presentaba condiciones muy desiguales: los Andes estaban cubiertos de glaciares y eran fríos y áridos; la costa del Pacífico era extremadamente seca, con paisajes desérticos poco aptos para la vida humana; mientras que la Amazonía, aunque más seca que hoy, seguía siendo cálida y ofrecía un mosaico de sabanas y refugios forestales que brindaban agua, fauna y vegetación.

Hace unos 21.000 años, la Amazonía era un paisaje muy distinto al que conocemos hoy. La disminución de las precipitaciones y la expansión de climas más secos transformaron grandes áreas en sabanas abiertas, intercaladas con bosques aislados que funcionaban como “refugios” de biodiversidad. Estos refugios forestales eran esenciales para la supervivencia de especies animales y humanas, pues ofrecían agua, frutos, madera y caza en medio de un entorno más árido y fragmentado. La selva continua y húmeda que caracteriza la Amazonía actual no existía: en su lugar predominaba un mosaico de ambientes que obligaba a los grupos humanos a adaptarse con movilidad y estrategias de subsistencia flexibles.

Además, la fauna de la región incluía especies hoy extintas, como la megafauna del Pleistoceno: perezosos gigantes, mastodontes y gliptodontes, que convivían con animales más pequeños en las sabanas. La presencia de estos grandes herbívoros modificaba la vegetación y los patrones de dispersión de semillas, creando paisajes dinámicos y abiertos. En este contexto, los grupos humanos que se asentaban en la Amazonía no solo dependían de los recursos forestales, sino también de la caza de grandes animales y del aprovechamiento de cursos de agua que mantenían la fertilidad del entorno. Así, la Amazonía de hace 21.000 años era un espacio de transición ecológica, muy diferente al bosque húmedo y denso que conocemos hoy, pero igualmente crucial para el desarrollo temprano de las poblaciones sudamericanas.

En este contexto, se produjo un hallazgo trascendental en Merlo, Argentina: restos de un gliptodonte con marcas de corte y desposte, lo que se ha denominado popularmente un “asado de gliptodonte”. Este hallazgo demuestra que los humanos estaban presentes en América hace más de 21.000 años, adelantando en miles de años la cronología aceptada del poblamiento. La evidencia muestra que los grupos humanos cazaban y consumían megafauna como gliptodontes, mastodontes y caballos americanos, adaptándose a un entorno frío y árido en la región pampeana.

Mientras tanto, la Amazonía ofrecía condiciones más hospitalarias. Aunque la selva estaba fragmentada en refugios forestales, seguía siendo cálida y con abundantes recursos. Allí se asentaron poblaciones humanas que dejaron huellas culturales profundas, como las pinturas rupestres de La Lindosa en Colombia y las de la Serra da Capivara en Brasil, que se remontan a más de 12.000 años atrás. Estas pinturas muestran escenas de caza, figuras humanas y animales extintos como mastodontes, perezosos gigantes y caballos americanos, confirmando la convivencia entre humanos y megafauna.

En las últimas décadas, la tecnología Lidar ha revolucionado nuestra comprensión de la Amazonía precolombina. Gracias a esta herramienta, que permite “ver” bajo la densa cobertura vegetal mediante pulsos láser, se han identificado patrones geométricos, caminos, plazas y estructuras que revelan la existencia de enormes asentamientos urbanos desaparecidos en lo que hoy es la selva del Brasil. Estos hallazgos muestran que la Amazonía no era un espacio vacío o marginal, sino un territorio intensamente ocupado y transformado por sociedades complejas capaces de planificar y organizar ciudades de gran escala.

Los resultados de estas investigaciones han cambiado radicalmente la visión tradicional de la Amazonía como un entorno inhóspito para el desarrollo urbano. Se han detectado redes de caminos interconectados, sistemas de control hidráulico y áreas de cultivo que evidencian una gestión sofisticada del paisaje. Estas ciudades, ocultas durante siglos bajo la selva, demuestran que las poblaciones amazónicas desarrollaron formas de vida urbana adaptadas a su entorno, con una densidad y organización comparables a otras civilizaciones antiguas. Así, la Amazonía emerge como un escenario clave en la historia de las civilizaciones sudamericanas, donde la interacción entre naturaleza y cultura alcanzó niveles de complejidad que apenas comenzamos a comprender.

La detección de enormes asentamientos urbanos desaparecidos en la Amazonía mediante tecnología Lidar ofrece una clave interpretativa para comprender la “aparición repentina” de civilizaciones complejas en los Andes y la costa del Pacífico hace unos 5.000 años. Si poblaciones amazónicas ya habían desarrollado formas de organización urbana y gestión del paisaje en épocas anteriores, esto sugiere que existía un acervo tecnológico y cultural que pudo difundirse hacia otras regiones, facilitando el surgimiento de sociedades capaces de construir monumentos y centros ceremoniales de gran escala. En este sentido, Caral —la civilización más antigua de América, con pirámides monumentales y planificación urbana— no sería un fenómeno aislado, sino parte de un proceso más amplio de transferencia y adaptación de conocimientos acumulados en distintos ecosistemas sudamericanos.

Así, la evidencia arqueológica y tecnológica permite articular una narrativa coherente: las sociedades amazónicas, con sus ciudades ocultas bajo la selva, habrían experimentado un desarrollo temprano de técnicas de construcción, organización social y manejo de recursos. Estas innovaciones, al interactuar con poblaciones de la costa y los Andes, pudieron catalizar la emergencia de civilizaciones como Caral, que hace 5.000 años ya mostraba una sorprendente capacidad para edificar pirámides y centros ceremoniales. La “repentina” sofisticación de Caral se entiende mejor si se reconoce que no surgió de la nada, sino que fue el resultado de una larga historia de experimentación cultural y tecnológica en diversos paisajes de Sudamérica.

La hipótesis de que grandes cambios climáticos al final del Pleistoceno y el inicio del Holoceno condicionaron migraciones de poblaciones con conocimientos avanzados es sugerente para explicar fenómenos aparentemente “repentinos” en la historia de las civilizaciones. En el caso de Egipto, el paso hacia un clima más cálido y estable tras el Último Máximo Glacial transformó el valle del Nilo en un corredor fértil, capaz de sostener poblaciones densas y complejas. Si grupos humanos con tradiciones culturales y tecnológicas previas —lo que algunos llaman civilizaciones antediluvianas— se desplazaron hacia estas regiones, pudieron aportar saberes acumulados que facilitaron la rápida consolidación de sociedades capaces de levantar pirámides monumentales.

La convergencia de factores climáticos y migratorios ofrece un marco coherente: la transición al Holoceno no solo abrió nuevos espacios habitables, sino que también permitió la transferencia de conocimientos entre poblaciones que habían sobrevivido en refugios ecológicos durante el Pleistoceno. Así, tanto en los Andes como en Egipto, la súbita aparición de civilizaciones con capacidad para organizar grandes obras arquitectónicas puede entenderse como el resultado de una larga historia previa de adaptación, movilidad y transmisión cultural. En este sentido, las pirámides egipcias y las pirámides de Caral comparten un trasfondo común: no fueron creaciones aisladas, sino manifestaciones visibles de un legado humano que atravesó cambios climáticos globales y se reconfiguró en nuevos territorios fértiles.

La Amazonía fue, por tanto, un núcleo temprano de asentamiento humano, mientras que los Andes y la costa pacífica permanecieron inhóspitos hasta el inicio del Holoceno (≈11.700 años atrás). Con el retroceso de los glaciares y la mejora climática, los grupos humanos comenzaron a trasladarse hacia estas regiones, donde las condiciones se volvieron aptas para la agricultura y la organización social más compleja.

Este desplazamiento hacia los Andes y la costa pacífica no solo implicó un cambio geográfico, sino también una transformación en las estrategias de subsistencia. La mejora climática permitió la domesticación de plantas como la quinua, el maíz y la papa, que se convirtieron en la base de sistemas agrícolas más estables. La posibilidad de cultivar en terrazas y aprovechar los valles interandinos abrió el camino para la consolidación de comunidades sedentarias, capaces de sostener poblaciones crecientes y de generar excedentes que favorecieron la diferenciación social y el surgimiento de élites dirigentes.

Al mismo tiempo, el retroceso de los glaciares facilitó la conectividad entre distintas regiones, creando corredores naturales que estimularon el intercambio cultural y económico. Los grupos humanos que se desplazaron hacia los Andes no llegaron a un espacio vacío, sino que interactuaron con poblaciones que ya habían desarrollado conocimientos en la Amazonía y otras zonas refugio. Este contacto enriqueció las tradiciones locales y permitió la integración de saberes en arquitectura, agricultura y organización social, sentando las bases para el posterior florecimiento de civilizaciones complejas como Caral, Chavín y, más tarde, los Incas.

De este proceso surgieron las primeras civilizaciones andinas teocráticas, cuyo poder se basaba en la religión y el chamanismo, más que en la fuerza militar. La más antigua de ellas fue Caral (c. 3000–1800 a.C.), considerada la civilización más antigua de América, organizada en torno a templos y rituales, sin evidencia de ejércitos. Posteriormente, culturas como Chavín (c. 900–200 a.C.) consolidaron un poder ideológico y chamánico, difundiendo su influencia por los Andes mediante símbolos y templos monumentales.

Estas sociedades fueron, además, profundamente agrocéntricas, pues su organización dependía de la producción agrícola y del manejo de los ciclos de cultivo. La agricultura no solo garantizaba la subsistencia, sino que también sustentaba la legitimidad de las élites religiosas, quienes vinculaban la fertilidad de la tierra con la intervención divina. Los templos y rituales estaban estrechamente ligados a la siembra y la cosecha, reforzando la idea de que el orden cósmico se manifestaba en la abundancia de los campos.

Al mismo tiempo, eran sociedades cosmocéntricas, ya que concebían su existencia dentro de un entramado espiritual que conectaba cielo, tierra y mundo subterráneo. La arquitectura monumental, los símbolos zoomorfos y las prácticas chamánicas reflejaban una visión del universo en la que los humanos eran mediadores entre fuerzas superiores y la naturaleza. Esta cosmovisión otorgaba sentido a la vida comunitaria y legitimaba la autoridad de los sacerdotes, quienes actuaban como intérpretes del cosmos y garantes de la armonía universal.

Con Chavín, esta lógica alcanzó un nivel de mayor sofisticación. Los templos monumentales, como el de Chavín de Huántar, funcionaban como centros de peregrinación y difusión ideológica, donde deidades felínicas y figuras híbridas de serpientes y aves transmitían un mensaje de poder espiritual. La arquitectura laberíntica y los efectos acústicos y visuales de sus galerías reforzaban la experiencia chamánica, generando un impacto psicológico que consolidaba la autoridad de sus sacerdotes. De este modo, la expansión de Chavín no dependió de conquistas militares, sino de la atracción cultural y religiosa que irradiaba desde sus templos, creando una red de influencia que abarcó gran parte de los Andes.

Incluso Nazca (c. 100 a.C.–800 d.C.), famosa por sus líneas geoglíficas y su arte ritual, mantuvo un carácter teocrático y chamánico, sin un aparato militar dominante. Su organización social dependía de sacerdotes y rituales vinculados a la fertilidad de la tierra y al agua, en un entorno árido donde la religión era central para la subsistencia.

La ciudad sagrada de Cahuachi lo testimonia de manera contundente: este centro ceremonial, considerado el corazón espiritual de la cultura Nazca, albergaba templos, pirámides de adobe y espacios rituales donde se realizaban ceremonias vinculadas al agua y la fertilidad agrícola. Su monumentalidad y carácter exclusivamente religioso muestran que la cohesión social se sustentaba en la ideología teocrática más que en la fuerza militar.

El nombre Cahuachi proviene del quechua y puede traducirse como “lugar donde viven los videntes” o “morada de los que ven”, lo que refuerza su carácter chamánico y espiritual. Esta denominación refleja la función del sitio como espacio de mediación entre lo humano y lo divino, donde los sacerdotes actuaban como intérpretes del cosmos y garantes de la continuidad de la vida en un entorno árido.

Recién con culturas como los Moche (c. 100–700 d.C.), y más tarde Tiwanaku (c. 500–1000 d.C.), aparece la combinación de religión y militarismo, dando lugar a estados teocráticos militaristas capaces de expandirse territorialmente. Este proceso culmina con los Inca (c. 1200–1532 d.C.), el máximo ejemplo de un imperio teocrático-militarista, que integró religión, ejército y administración centralizada para consolidar un vasto dominio en los Andes.

Este cambio coincide con severas transformaciones climáticas que afectaron directamente la subsistencia de las poblaciones andinas. Periodos de sequías prolongadas, alternados con fases de lluvias intensas, pusieron en riesgo la producción agrícola y obligaron a las sociedades a desarrollar sistemas de control hidráulico, almacenamiento de excedentes y estrategias de expansión territorial para asegurar recursos. La presión ambiental favoreció la aparición de élites capaces de organizar tanto la dimensión ritual como la defensa militar, legitimando su poder en un contexto de incertidumbre climática.

En este sentido, el militarismo no surgió de manera aislada, sino como respuesta a la necesidad de garantizar la supervivencia en un entorno cada vez más frágil. La religión continuó siendo el eje ideológico, pero se complementó con la fuerza armada como instrumento de control y expansión. Así, los Moche, Tiwanaku y finalmente los Inca encarnan la transición hacia sociedades que integraron la cosmovisión espiritual con la capacidad de imponer orden mediante la guerra, en un escenario marcado por la vulnerabilidad climática y la competencia por los recursos.

En conclusión, las grandes civilizaciones andinas tienen su origen en poblaciones que primero habitaron la Amazonía en el Pleistoceno tardío, y que, con el cambio climático del Holoceno temprano, se desplazaron hacia los Andes y la costa pacífica. Allí, en un proceso gradual, se transformaron en estados teocráticos sin fuerza militar —como Caral, Chavín y Nazca—, y posteriormente en civilizaciones teocrático-militaristas —como Moche, Tiwanaku e Inca—. La Amazonía fue, por tanto, el refugio inicial y el punto de partida de una historia que culminó en las grandes civilizaciones andinas, cuya evolución refleja la íntima relación entre clima, ecología, megafauna y organización social en la larga trayectoria del poblamiento humano en Sudamérica.

Desde una perspectiva filosófica, este recorrido nos recuerda que la historia de la humanidad no es lineal ni aislada, sino el resultado de una interacción constante entre naturaleza y cultura. Los cambios climáticos que marcaron el tránsito del Pleistoceno al Holoceno no fueron simples variaciones ambientales, sino auténticos catalizadores de transformación social. La capacidad humana para adaptarse, reinterpretar su entorno y convertir la adversidad en oportunidad revela una dimensión trascendente: la cultura es, en última instancia, la respuesta creativa del ser humano frente al cosmos.

Asimismo, la trayectoria de las civilizaciones andinas nos invita a reflexionar sobre la fragilidad y la resiliencia de la memoria colectiva. La Amazonía, los Andes y la costa pacífica no son solo escenarios geográficos, sino símbolos de la relación profunda entre humanidad y universo. La evolución desde sociedades agrocéntricas y cosmocéntricas hacia estados teocrático-militaristas muestra que el poder y la organización política siempre estuvieron subordinados a una visión espiritual del mundo. En este sentido, las civilizaciones andinas nos enseñan que la verdadera grandeza no radica únicamente en la expansión territorial o en la monumentalidad arquitectónica, sino en la capacidad de integrar lo humano con lo cósmico, lo material con lo espiritual, y lo efímero con lo eterno.

En suma, así como el paso del Pleistoceno al Holoceno motivó el desplazamiento de las civilizaciones amazónicas hacia los Andes, también los severos cambios climáticos posteriores provocaron la transformación de los estados teocráticos sin militarismo en estados teocrático-militaristas. La presión ambiental —sequías, inundaciones y variaciones extremas en la disponibilidad de recursos— obligó a las sociedades a reorganizarse, integrando la dimensión espiritual con la fuerza armada como mecanismo de supervivencia y expansión.

Este paralelismo revela una constante en la historia humana: los grandes giros climáticos no solo modifican paisajes y ecosistemas, sino que también redefinen las formas de poder y organización social. La evolución de las civilizaciones andinas muestra que la espiritualidad y la cosmovisión fueron siempre el núcleo, pero que en momentos de crisis se articularon con el militarismo para garantizar la continuidad de la vida y la cohesión de la comunidad. Así, el clima aparece como un actor histórico de primer orden, capaz de moldear tanto la geografía como la estructura misma de las civilizaciones.

Lo original de este ensayo se manifiesta en la capacidad de entrelazar dimensiones que suelen abordarse de manera separada: el clima como motor histórico, la arqueología como testimonio material y la filosofía como marco interpretativo. La narrativa no se limita a enumerar hechos, sino que propone una visión coherente en la que los grandes cambios climáticos del Pleistoceno y Holoceno aparecen como catalizadores de transformaciones sociales profundas, capaces de explicar tanto la movilidad humana como la evolución de las formas de poder. La incorporación de hallazgos concretos —como el “asado de gliptodonte” en Merlo o las ciudades amazónicas reveladas por Lidar— se integra con procesos macrohistóricos, generando una síntesis que conecta evidencia material con la génesis de civilizaciones.

La originalidad reside en la perspectiva holística: las sociedades andinas son interpretadas como agrocéntricas y cosmocéntricas, donde la espiritualidad y la cosmovisión constituyen el núcleo de la organización social, y donde el militarismo aparece como respuesta a crisis ambientales severas. Esta lectura interdisciplinaria ofrece una explicación novedosa de fenómenos que suelen considerarse repentinos, mostrando que la cultura es, en esencia, la respuesta creativa del ser humano frente al cosmos y sus cambios.

Arnold J. Toynbee sostuvo una tesis muy cercana a lo que planteamos. En su monumental obra A Study of History (1933–1961), Toynbee formuló la teoría del “reto y respuesta” (challenge and response), según la cual las civilizaciones surgen, se desarrollan o decaen en función de cómo enfrentan desafíos externos. Estos desafíos podían ser de diversa índole: presiones demográficas, agotamiento de recursos, conflictos sociales y, de manera muy relevante, cambios climáticos. Para Toynbee, el clima no era un mero telón de fondo, sino un factor que obligaba a las sociedades a reorganizarse y a generar respuestas creativas que podían conducir al florecimiento de nuevas formas de civilización.

Lo que distingue nuestro planteamiento es que no lo concebimos como un determinismo rígido —a diferencia de Oswald Spengler, que veía las culturas como organismos destinados a morir—, sino como un proceso abierto: las civilizaciones pueden superar los retos si logran dar una respuesta adecuada. En este sentido, nuestro ensayo dialoga con la visión de Toynbee, pues también interpreta los grandes cambios climáticos como motores de transformación social y cultural, capaces de explicar la transición desde sociedades amazónicas hacia las civilizaciones andinas, y más tarde la evolución de estados teocráticos hacia teocrático-militaristas.

Finalmente, quizá lo más interesante de todo sea inferir que, así como a los estados teocráticos militaristas los precedió estados teocráticos sin fuerza militar, igualmente a éste le antecedió la amazónica política sin poder y sin estado, tal como lo prefiguró Pierre Clastres en su obra La sociedad contra el estado.

Bibliografía

Clastres, Pierre. La sociedad contra el estado. España, 1978

Pessis, Anne-Marie, et al. Rock Art at Serra da Capivara National Park, Brazil: A World Heritage Site. UNESCO, 2013.

Spengler, Oswald. La decadencia de Occidente. Vol. 1: Forma y actualidad, 1918; Vol. 2: Perspectivas de la historia mundial, 1922. Edición definitiva, 1923. Espasa-Calpe, 1947.

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domingo, 1 de marzo de 2026

SERVIDUMBRE Y GUERRA CIVIL


SERVIDUMBRE Y GUERRA CIVIL

El presente ensayo, titulado Servidumbre y guerra civil, busca desmontar las interpretaciones tradicionales sobre el modo de producción incaico y la naturaleza del conflicto entre Huáscar y Atahualpa. Durante décadas, diversos autores han descrito al Tahuantinsuyo como un sistema basado en reciprocidad y redistribución, o lo han encajado en categorías europeas como esclavismo y feudalismo. Sin embargo, estas lecturas han oscurecido el rasgo esencial del Incario: la existencia de una servidumbre estatal obligatoria, heredada de estados teocráticos y militaristas anteriores, y perfeccionada por los incas como mecanismo de extracción de excedente en beneficio de la élite. La mit’a, lejos de ser un ejemplo de reciprocidad, fue un dar unilateral sin retribución, que subordinaba al runa al poder central y rompía los principios comunitarios tradicionales.

En este marco, la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa no puede entenderse como una confrontación entre esclavismo y feudalismo, sino como una pugna interna entre dos facciones de la misma élite teocrático-militar, ambas sacralizadas y despóticas, que buscaban controlar el aparato estatal y el sistema de servidumbre. La crisis que precedió a la llegada de los españoles fue, por tanto, política y estructural: un enfrentamiento entre dos déspotas legitimados por la religión y la tradición militar, cuya lucha reflejaba la fragilidad de un modelo productivo coercitivo y centralizado. Este ensayo se propone demostrar que la especificidad del modo de producción andino exige categorías propias, y que la guerra civil incaica debe leerse como la expresión de las tensiones internas de un sistema de servidumbre estatal, más que como la disputa entre formas sociales europeas ajenas a la realidad andina.

La interpretación de Emilio Choy sobre el modo de producción incaico resulta sugerente, pero presenta errores conceptuales e históricos que conviene precisar. En primer lugar, Choy limita la institución de la mit’a al Incario, cuando en realidad se trata de una práctica heredada de estados teocráticos y militaristas anteriores, como los Wari, Tiwanaku o los reinos costeños. En todos estos casos, el trabajo obligatorio ya existía como un mecanismo de extracción de excedente en beneficio de las élites religiosas y militares. Lo que hicieron los incas fue institucionalizar y expandir la mit’a a escala imperial, perfeccionando un sistema que ya estaba presente en la tradición andina.

El segundo error de Choy es conceptual: denominar a la mit’a “esclavitud temporal”. La esclavitud, en sentido estricto, es una condición permanente en la que el esclavo es propiedad privada de un amo, sin posibilidad de liberación por el cumplimiento de obligaciones. En cambio, la servidumbre sí puede ser temporal o cíclica, pues el siervo conserva pertenencia comunitaria y ciertos derechos, aunque subordinados. El runa no era esclavo, sino siervo del Estado: debía entregar trabajo gratuito en beneficio del poder central, pero mantenía su identidad en el ayllu y acceso a tierras. Por ello, más que esclavitud, la mit’a debe entenderse como servidumbre estatal obligatoria.

Lo que sí es cierto en la tesis de Choy es que la mit’a rompe los principios de reciprocidad y redistribución que caracterizaban a las economías andinas tradicionales. En lugar de un dar con retorno, se trataba de un dar obligatorio sin retribución directa. El trabajo del runa se destinaba a proyectos estatales —minas, caminos, fortalezas, tierras del Inca o del Sol— cuyo beneficio recaía en la élite. Aunque el Estado organizaba fiestas o almacenaba alimentos en los tambos, esto no equivalía a una reciprocidad real: el trabajador no recibía compensación proporcional a su esfuerzo. Así, el Incario transformó un principio comunitario en un mecanismo de exacción unilateral, consolidando un patrón que venía de los estados teocráticos militaristas anteriores, pero llevado a su máxima expresión.

En suma, el modo de producción incaico no puede reducirse a un “esclavismo temporal” exclusivo del Tahuantinsuyo. Más bien, debe entenderse como la culminación de un modelo andino de servidumbre estatal, heredado de culturas previas y caracterizado por la ruptura de la reciprocidad en favor de la acumulación vertical del Estado.

La visión de Luis G. Lumbreras, que describe al Incario como una sociedad organizada en base a reciprocidad y redistribución con fuerte centralismo estatal, desatiende el carácter coercitivo del sistema en favor de una imagen de integración comunitaria. John Murra, con su célebre modelo del “archipiélago vertical” que explica el acceso a diversos pisos ecológicos mediante reciprocidad y redistribución, omite gravemente que en la mit’a se rompe precisamente esa reciprocidad y redistribución, convirtiéndose en un dar unilateral. Virgilio Roel, al reconocer un modo de producción incaico propio, distinto del esclavismo clásico y del feudalismo, lo califica de transicional y no esclavista, pero con ello elude una categorización clara que permita comprender la naturaleza coercitiva del sistema. Finalmente, Luis E. Valcárcel, al presentar al Estado inca como paternalista y garante de bienestar básico, idealiza el Incario y oculta la dimensión de coerción que definía la relación entre el runa y el poder central.

En suma, ninguno de estos autores logró ver con claridad que el modo de producción incaico —con antecedentes en otros estados teocráticos y militaristas como Wari, Tiwanaku o Chimú— no fue ni esclavismo ni feudalismo, sino una forma de servidumbre estatal. La mit’a y demás instituciones de trabajo obligatorio no implicaban propiedad privada sobre las personas ni relaciones de vasallaje típicas del feudalismo europeo, sino un sistema de extracción de excedente en beneficio del poder central, donde el runa seguía perteneciendo a su comunidad pero estaba obligado a entregar trabajo gratuito. Esa coerción, heredada y perfeccionada por el Incario, constituye el rasgo definitorio del modelo productivo andino, y es lo que se oculta o se minimiza en las lecturas que privilegian la reciprocidad, la redistribución o la idealización paternalista del Estado inca.

En la conexión con la guerra civil incaica hay dos errores importantes en la tesis de Choy. Primero, no se puede sostener que la guerra civil fue entre esclavistas y feudalizantes, porque en el Incario no existía esclavismo en sentido estricto. Lo que había era servidumbre estatal obligatoria, organizada a través de la mit’a y otras instituciones. Los runas no eran esclavos —no eran propiedad privada de un amo—, sino siervos que debían entregar trabajo gratuito al Estado, manteniendo su pertenencia comunitaria. Por tanto, hablar de “esclavismo” es una categoría equivocada aplicada al mundo andino.

Segundo, la servidumbre estatal no implica necesariamente feudalismo. El feudalismo europeo se caracterizaba por relaciones de vasallaje, propiedad privada de la tierra y vínculos personales de dependencia entre señor y siervo. En cambio, en el Tahuantinsuyo la tierra era comunal y el Estado central controlaba la organización del trabajo. No había señores feudales con propiedad privada sobre los campesinos, sino un poder imperial que extraía excedente de manera colectiva. Por ello, aunque Atahualpa representara una adaptación regional distinta al centralismo cuzqueño, no puede interpretarse como una tendencia “feudalizante” en sentido estricto.

En conclusión, la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa no debe entenderse como un choque entre esclavismo y feudalismo, sino como una disputa interna dentro de un sistema de servidumbre estatal, donde distintas élites buscaban controlar la extracción del excedente. La crisis fue política y estructural, pero no corresponde encajarla en categorías europeas que no reflejan la especificidad del modo de producción andino.

La confrontación entre Huáscar y Atahualpa enfrentaba, en realidad, a dos déspotas militaristas y sacralizados, cada uno legitimado por el carácter teocrático del poder inca. Ambos se presentaban como representantes del orden cósmico y del mandato divino, pero en la práctica eran jefes militares que utilizaban la religión como instrumento de dominación. La sacralización del poder reforzaba la coerción sobre los runas, pues el trabajo obligatorio no solo se imponía por la fuerza, sino también por la idea de que servir al Inca era servir a los dioses.

De este modo, la guerra civil no fue una lucha por modelos sociales distintos, sino una pugna entre dos facciones de la misma élite teocrático-militar, cada una buscando consolidar su hegemonía sobre el aparato estatal y el sistema de servidumbre. La sacralización del poder hacía que la violencia política se justificara como parte de un orden divino, ocultando la realidad de que lo que estaba en juego era el control del excedente y la perpetuación de un sistema de explotación colectiva.

El análisis del modo de producción incaico y de la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa permite extraer conclusiones de fondo que trascienden lo histórico y se sitúan en el plano filosófico.

En primer lugar, se revela la naturaleza coercitiva del poder teocrático-militar en los Andes: el trabajo obligatorio, institucionalizado en la mit’a, muestra que la organización social no se fundaba en la reciprocidad ni en la redistribución, sino en la subordinación del individuo al Estado. El runa no era sujeto de derechos, sino siervo cuya existencia estaba determinada por su función productiva. Esto plantea una reflexión filosófica sobre la relación entre poder y libertad: allí donde el poder se sacraliza y se militariza, la libertad individual se disuelve en la obediencia colectiva.

En segundo lugar, la guerra civil incaica evidencia que las crisis políticas no siempre son luchas por modelos sociales distintos, sino pugnas internas entre élites que comparten la misma lógica de dominación. Huáscar y Atahualpa no representaban proyectos emancipadores, sino dos formas de ejercer un poder despótico legitimado por la religión y la tradición militar. Filosóficamente, esto obliga a cuestionar la idea de que los conflictos de poder generan necesariamente transformaciones sociales profundas: muchas veces son solo disputas por el control del excedente dentro de un mismo sistema de explotación.

Finalmente, la reflexión sobre el Incario invita a descolonizar las categorías de análisis. Aplicar nociones europeas como esclavismo o feudalismo oscurece la especificidad del modo de producción andino. La filosofía de la historia exige reconocer que cada civilización genera sus propias formas de coerción y legitimación, y que comprenderlas requiere categorías propias. En este caso, la noción de servidumbre estatal permite captar la singularidad del sistema incaico y sus antecedentes, mostrando que la explotación puede adoptar formas distintas a las conocidas en Occidente, pero igualmente opresivas.

En suma, la lección filosófica es contundente: el poder sacralizado y militarizado convierte al hombre en instrumento, la guerra entre élites no emancipa a los pueblos, y la historia debe ser pensada desde sus propias realidades, sin imponerle moldes ajenos que distorsionan su verdad.

Además, se ha instalado un romanticismo distorsionador en torno a la llamada “cosmovisión andina”, que suele presentarse como un universo regido por la reciprocidad y la redistribución. Se afirma que el Tahuantinsuyo fue una sociedad armónica, donde el Estado garantizaba bienestar y donde las comunidades vivían en equilibrio gracias a la cooperación mutua. Sin embargo, esta visión idealizada omite clamorosamente la servidumbre al servicio del Estado, que fue el núcleo real del modo de producción incaico y de sus antecedentes en otros estados teocráticos militaristas.

La mit’a y demás formas de trabajo obligatorio no fueron expresiones de reciprocidad, sino mecanismos de exacción unilateral, donde el runa debía entregar su fuerza laboral gratuitamente en beneficio de una élite sacralizada y militarizada. La religión y la ideología oficial legitimaban esta coerción, presentándola como servicio a los dioses y al Inca, pero en la práctica se trataba de explotación organizada. Por ello, romper con el romanticismo es indispensable: la realidad prehispánica de los estados andinos no puede comprenderse desde la idealización comunitaria, sino desde la evidencia de que el poder teocrático-militar se sostenía en la servidumbre estatal, en la subordinación del individuo y en la extracción sistemática del excedente. Solo así se alcanza una lectura filosófica y crítica que desvela la verdadera naturaleza del orden social andino.

Bibliografía

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Kapsoli Escudero, Wilfredo. Emilio Choy Ma 1915-2025. Homenaje por el centenario de su nacimiento. Lima: URP, 2015.

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RELIGIÓN Y PODER PRECOLOMBINO

 


RELIGIÓN Y PODER PRECOLOMBINO

La historia andina revela una profunda transformación en la relación entre religión y poder, que puede entenderse en tres grandes fases. Estas fases muestran cómo las sociedades pasaron de Estados teocráticos chamánicos pacíficos a Estados militaristas teocráticos, y finalmente a un modelo en el que la religión se subordinó al aparato estatal militar, como ocurrió en el Imperio Inca.

En este sentido, no estamos ante el modelo descrito por Pierre Clastres de “sociedades contra el Estado”, es decir, sociedades primitivas que rechazan la centralización política. Por el contrario, en los Andes tempranos encontramos sociedades agrícolas complejas que sí desarrollaron formas de Estado, aunque con características distintas a las militaristas posteriores. El jefe del Estado era, en muchos casos, el chamán-sacerdote, que ejercía un poder no militar sino religioso, legitimado por su capacidad de mediar con lo sagrado y garantizar la fertilidad de la tierra.

En el precerámico tardío, los registros paleoclimáticos de la costa central del Perú muestran condiciones relativamente estables, con un régimen hídrico que permitió el desarrollo de la agricultura excedentaria y la pesca marítima. Estudios de paleosuelos y análisis de sedimentos en el valle de Supe, donde floreció Caral, indican que las oscilaciones climáticas fueron menores y que los microeventos de variabilidad —como ligeras sequías o lluvias intensas— pudieron ser absorbidos por sistemas de manejo agrícola y rituales colectivos. Esta estabilidad relativa favoreció la consolidación de un Estado teocrático chamánico, donde el poder se ejercía a través de la religión y la organización económica, sin necesidad de militarismo.

En el Formativo temprano y medio, culturas como Chavín y Paracas también se beneficiaron de períodos de clima relativamente benigno. Los registros paleoclimáticos de núcleos de hielo en los Andes centrales y de depósitos lacustres en la sierra muestran que, aunque hubo microeventos de variabilidad climática —sequías cortas o lluvias intensas localizadas—, estos no alcanzaron la magnitud de los megaeventos posteriores. La agricultura excedentaria y el control ritual de los ciclos naturales permitieron sostener poblaciones crecientes y centros ceremoniales complejos. En este contexto, la religión chamánica bastaba para legitimar el poder, y no se observa evidencia de ejércitos organizados ni de guerras de conquista: la estabilidad climática fue la base de Estados teocráticos espirituales, cohesionados por símbolos y rituales más que por la fuerza militar.

La primera fase corresponde a la religión como poder espiritual autónomo. En el precerámico tardío, culturas como Caral y Kotosh se organizaron en torno a la agricultura excedentaria y la pesca, lo que permitió la construcción de centros ceremoniales monumentales. La autoridad recaía en sacerdotes y chamanes, legitimados por su capacidad de interpretar visiones y conducir rituales colectivos. La cohesión social se lograba mediante símbolos, arquitectura ceremonial y el uso de alucinógenos que reforzaban la experiencia religiosa. En este contexto, no hay evidencia clara de ejércitos ni guerras de conquista: el poder era espiritual y ritual, no coercitivo.

En el precerámico tardío, durante el auge de Caral (ca. 3500–1800 a.C.) y Kotosh (ca. 2000–1000 a.C.), los registros paleoclimáticos muestran un entorno relativamente estable. En el valle de Supe, donde se desarrolló Caral, el clima era templado y dependía de las aguas estacionales del río Supe, alimentado por lluvias en la sierra. Esta estabilidad permitió el desarrollo de una agricultura excedentaria —algodón, calabaza, frijol, ají— complementada con pesca marítima, lo que dio sustento a una sociedad capaz de construir centros ceremoniales monumentales sin necesidad de militarismo.

En el caso de Kotosh, ubicado en el valle del río Higueras en Huánuco, los estudios arqueológicos señalan ocupaciones continuas desde el Arcaico Tardío hasta el Intermedio Temprano (ca. 2000–1000 a.C.), en un entorno de yungas fluviales con acceso a agua y suelos fértiles. Los registros paleoclimáticos de la región sugieren que, aunque hubo microeventos de variabilidad —sequías cortas o lluvias intensas localizadas—, estos no alcanzaron la magnitud de los megaeventos posteriores. La relativa estabilidad climática permitió sostener excedentes agrícolas y la construcción de templos como el de las Manos Cruzadas, consolidando un Estado teocrático chamánico basado en la religión y la cohesión ritual, sin evidencia de ejércitos ni guerras de conquista.

La segunda fase marca la unión de la religión con el poder militar. En el período cerámico temprano, culturas como Sechín y Cupisnique muestran una transición abrupta: de lo ritual y chamánico a escenas bélicas con cuerpos desmembrados y violencia ritual. Este cambio coincide con crisis climáticas que afectaron los excedentes agrícolas y pesqueros, deslegitimando a las élites religiosas y abriendo paso a líderes guerreros-sacerdotes. Los Mochica representan el primer gran Estado teocrático militarista: su iconografía está llena de guerreros, combates rituales y sacrificios humanos, mientras que su organización política combina sacerdotes y líderes militares. Los Wari, en el altiplano, consolidan este modelo mediante la expansión territorial y el control de sistemas hidráulicos, en un contexto de sequías prolongadas. Esta fase surge en gran medida como respuesta a megaeventos climáticos catastróficos —sequías de hasta un siglo y fenómenos extremos de El Niño— que exigieron nuevas formas de poder basadas en la coerción y la guerra.

En este contexto, es fundamental mencionar el megasismo que destruyó la ciudad sagrada de Cahuachi, centro ceremonial de la cultura Nazca. Este complejo de adobe, considerado el más grande del mundo prehispánico, fue devastado hacia el siglo VI por un terremoto de gran magnitud que colapsó sus estructuras. El desastre natural, sumado a sequías intensas y fenómenos extremos de El Niño, provocó el abandono de Cahuachi y el declive de la cultura Nazca. La incapacidad de las élites religiosas para proteger a la población frente a catástrofes naturales debilitó su legitimidad, abriendo paso a nuevas formas de poder basadas en la violencia ritual y la militarización.

El megasismo de Cahuachi se convierte así en un símbolo del tránsito hacia Estados teocráticos militaristas: la religión, que antes cohesionaba a la sociedad mediante rituales y símbolos, se vio obligada a fusionarse con el poder armado para garantizar la supervivencia colectiva. La destrucción de un centro ceremonial tan emblemático demuestra cómo los desastres naturales no solo afectaron la infraestructura material, sino también la estructura ideológica y política de las culturas andinas, acelerando el proceso de militarización del poder. En el 630-640 d. C. todas la pirámides de la cultura Lima son abandonadas por un megasismo que se calcula entre 7 y 8 grados,

También debe mencionarse el inicio de la Gran Sequía en el altiplano collavino hacia 1250 d.C., que se prolongó durante unos setenta años y que puso fin a la cultura Tiahuanaco. Este evento paleoclimático devastó los sistemas agrícolas y ganaderos de las poblaciones altiplánicas, redujo drásticamente los excedentes alimenticios y generó una presión social que favoreció la militarización del poder. La incapacidad de las élites religiosas para garantizar abundancia en medio de una crisis tan prolongada debilitó su legitimidad, abriendo paso a estructuras estatales más coercitivas y centralizadas.

La Gran Sequía collavina, junto con los megasismos y las sequías costeras, constituye evidencia de que los desastres naturales no solo afectaron la infraestructura material, sino también la estructura ideológica y política de las culturas andinas. Estos eventos aceleraron el tránsito hacia Estados teocráticos militaristas, donde la religión se fusionó con el poder armado para garantizar la supervivencia colectiva y la expansión territorial.

Esta asociación entre paleo climatología y astronomía se aprecia en el siguiente suceso. El Inca Viracocha gobernó aproximadamente entre 1408 y 1438 d.C., por lo que no pudo haber visto directamente el cometa Halley, cuya aparición más cercana ocurrió en 1456 d.C., unos años después de su muerte. Sin embargo, las crónicas lo presentan como un soberano investido del don sobrenatural de la profecía: en un sueño habría recibido de la divinidad la revelación de la caída futura del Imperio Inca, visión que se interpretó como un presagio de los grandes cambios que vendrían con la llegada de los españoles.

Sus sucesores inmediatos —como Pachacútec y Túpac Inca Yupanqui— sí pudieron ser testigos de la aparición del cometa Halley en 1456, y probablemente lo integraron en la cosmovisión imperial como un signo trascendente. Los incas, como otros pueblos andinos, otorgaban gran valor simbólico a los fenómenos celestes, interpretándolos como advertencias o legitimaciones del poder. Así, mientras Viracocha Inca no lo contempló en vida, su figura profética conecta con la idea de que los astros y las revelaciones oníricas anticipaban los grandes cambios históricos, y el cometa Halley se convirtió en parte del horizonte simbólico que acompañó la expansión y consolidación del Imperio.

Para ilustrar mejor la segunda fase —la unión de religión y poder militar— es fundamental considerar las variaciones paleoclimáticas desastrosas que marcaron el período cerámico temprano y medio, y que actuaron como detonantes de la transformación social.

En la costa norte del Perú, los registros sedimentarios y marinos muestran que entre ca. 600 y 700 d.C. se produjo una sequía prolongada de casi un siglo, interrumpida por episodios extremos del fenómeno El Niño. Estas oscilaciones devastaron los sistemas agrícolas y pesqueros, reduciendo drásticamente los excedentes alimenticios. La incapacidad de las élites religiosas para garantizar abundancia en este contexto debilitó su legitimidad y abrió paso a líderes guerreros-sacerdotes, que recurrieron a la violencia ritual y al control militar para mantener la cohesión social.

En el altiplano y la sierra central, los estudios de núcleos de hielo y paleosuelos señalan sequías severas entre ca. 500 y 800 d.C., que afectaron la disponibilidad de agua en regiones como Ayacucho y el valle del Mantaro. Estas crisis hídricas coincidieron con la expansión de los Wari, quienes desarrollaron sistemas hidráulicos y centros administrativos para controlar el acceso al agua. La militarización del poder fue aquí una respuesta directa a la necesidad de asegurar recursos estratégicos en un entorno de escasez.

En la costa sur, región Nazca, los análisis de paleolagos y depósitos arqueológicos indican que hacia ca. 500–600 d.C. hubo sequías intensas que redujeron la producción agrícola y provocaron el declive de la cultura Nazca. La iconografía ritual muestra un aumento de sacrificios humanos y prácticas bélicas, interpretadas como intentos de restaurar el orden cósmico frente a la crisis ambiental. Este escenario refuerza la idea de que los megaeventos climáticos catastróficos fueron el motor que transformó Estados teocráticos chamánicos en Estados teocráticos militaristas, donde la religión se fusionó con la coerción bélica para garantizar la supervivencia colectiva.

La tercera fase corresponde al Imperio Inca, donde la religión se institucionaliza y se subordina al aparato estatal militar. El Inca es simultáneamente soberano político y figura divina, pero la religión ya no es autónoma: funciona como ideología de legitimación y mecanismo de integración cultural. Los sacrificios, rituales y cultos al Sol se convierten en instrumentos del Estado, mientras que el poder militar y administrativo domina la organización social. La religión, que en Caral y Chavín había sido un poder espiritual independiente, termina absorbida por el Estado militarista, perdiendo su autonomía y transformándose en herramienta de control imperial.

En el caso del Imperio Inca, el modelo de Estado teocrático militarista alcanzó su versión más desatada del poder armado, convirtiéndose en una maquinaria de expansión y control que desestructuró las culturas precolombinas previas. A diferencia de los Estados teocráticos chamánicos del precerámico y formativo, donde la religión era autónoma y cohesionaba a la sociedad sin necesidad de coerción militar, el Estado incaico subordinó la religión al aparato militar y administrativo, convirtiéndola en un instrumento ideológico al servicio de la conquista. El Inca era simultáneamente soberano político y figura divina, y bajo su autoridad se organizaban campañas militares masivas que sometían pueblos enteros, imponiendo el culto al Sol y la integración forzada en el sistema imperial.

La evidencia arqueológica y etnohistórica muestra que los incas desplegaron ejércitos altamente organizados, capaces de movilizar decenas de miles de hombres, con una logística basada en la red de caminos (Qhapaq Ñan) y en el sistema de depósitos (qollqas) que aseguraban el abastecimiento. La religión legitimaba estas campañas, pero ya no era autónoma: los sacrificios humanos, las ceremonias del Inti Raymi y los cultos estatales funcionaban como rituales de integración y sometimiento, reforzando la autoridad del Inca sobre pueblos conquistados. En este sentido, el poder militar se convirtió en el eje central, y la religión fue absorbida como ideología de control.

Este modelo incaico desestructuró las culturas precolombinas anteriores al imponer una homogeneización religiosa y política. Los cultos locales fueron subordinados al culto solar oficial, las élites regionales fueron integradas en la administración imperial, y las poblaciones fueron desplazadas mediante el sistema de mitmaqkuna para evitar rebeliones y asegurar la lealtad al Estado. Así, el Estado teocrático militarista inca no solo fue la versión más radical del poder armado en los Andes, sino también el que transformó y desarticuló las tradiciones religiosas autónomas de culturas previas, consolidando un imperio donde la religión ya no era fuente independiente de poder, sino herramienta subordinada al aparato militar y administrativo.

En síntesis, la relación entre religión y poder en los Andes puede entenderse como un proceso evolutivo en tres fases: primero, la religión como poder espiritual autónomo en el precerámico con agricultura excedente; luego, la fusión de religión y militarismo en el cerámico temprano, marcado por crisis climáticas y afectaciones del excedente alimenticio; y finalmente, la subordinación de la religión al Estado militar en el Imperio Inca. Este recorrido muestra cómo las sociedades andinas adaptaron sus formas de poder frente a los desafíos del entorno, pasando de la espiritualidad chamánica a la guerra organizada y, finalmente, a la hegemonía imperial.

La evolución de la relación entre religión y poder en el Perú precolombino nos muestra que las sociedades humanas no son estáticas, sino que responden creativamente a los desafíos del entorno. En el precerámico, la estabilidad climática permitió que la religión se erigiera como poder espiritual autónomo, capaz de cohesionar comunidades sin necesidad de coerción. Aquí la espiritualidad chamánica representaba una forma de Estado que no se imponía por la fuerza, sino por la capacidad de dar sentido y orden al mundo. Filosóficamente, esto nos recuerda que el poder puede nacer de la confianza y la fe compartida, y no necesariamente de la violencia.

La segunda fase, marcada por crisis climáticas y la fusión de religión con militarismo, revela la fragilidad de los sistemas humanos frente a la naturaleza. Cuando los excedentes se ven amenazados, la legitimidad espiritual se resquebraja y surge la necesidad de imponer orden mediante la fuerza. Este tránsito nos habla de la tensión entre lo simbólico y lo material: la religión ya no basta por sí sola, y se convierte en instrumento de un poder armado que busca garantizar la supervivencia. Desde una perspectiva filosófica, aquí se manifiesta la paradoja de la civilización: cuanto más compleja es la sociedad, más vulnerable se vuelve a las crisis externas, y más radicales son las respuestas que adopta.

La tercera fase, con el Imperio Inca, muestra la culminación de este proceso: la religión absorbida por el Estado militarista, convertida en ideología de legitimación y mecanismo de integración. El poder espiritual pierde autonomía y se transforma en herramienta del aparato imperial. Esta subordinación nos invita a reflexionar sobre la relación entre trascendencia y dominación: lo sagrado, que en Caral y Chavín era fuente independiente de cohesión, termina instrumentalizado por el poder político. Filosóficamente, esto plantea la pregunta de si la religión, al ser absorbida por el Estado, pierde su esencia o si, por el contrario, se convierte en la forma más eficaz de universalizar un orden social.

Una primera respuesta sostiene que la religión, al ser absorbida por el Estado, pierde su esencia. En este enfoque, lo sagrado deja de ser una experiencia autónoma de trascendencia y se convierte en un instrumento político. La espiritualidad, que en Caral o Chavín era fuente independiente de cohesión, se ve reducida a un mecanismo de legitimación del poder militar y administrativo. Desde esta perspectiva, la religión pierde su capacidad de conectar al ser humano con lo divino y se transforma en ideología, despojada de su autenticidad original.

Otra respuesta, sin embargo, plantea que la absorción de la religión por el Estado puede ser vista como la forma más eficaz de universalizar un orden social. Al institucionalizar lo sagrado, el Estado logra integrar poblaciones diversas bajo un mismo marco simbólico, garantizando cohesión y estabilidad. En este sentido, la religión no pierde su esencia, sino que la amplifica: se convierte en un lenguaje común que permite a sociedades heterogéneas reconocerse en un mismo horizonte de sentido. La subordinación de lo religioso al poder político sería, entonces, una estrategia de supervivencia cultural y de construcción de unidad.

Una tercera respuesta más crítica sugiere que la religión, al ser instrumentalizada por el Estado, entra en una dialéctica de poder y resistencia. Aunque se convierte en herramienta de dominación, nunca deja de ser también un espacio de reinterpretación y contestación. Los pueblos sometidos por el Imperio Inca, por ejemplo, adaptaron sus cultos locales al culto solar oficial, pero mantuvieron prácticas propias en paralelo. Esto muestra que la religión absorbida por el Estado no desaparece, sino que se transforma en un campo de tensión entre imposición y autonomía, entre hegemonía y resistencia.

Finalmente, desde una mirada más amplia, la pregunta nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del poder mismo. Si el poder necesita siempre legitimarse, entonces la religión absorbida por el Estado no pierde su esencia, sino que revela la esencia del poder humano: la necesidad de dotarse de sentido trascendente para sostener la organización social. En este caso, lo religioso y lo político no son esferas separadas, sino dimensiones inseparables de la experiencia humana, que se reconfiguran según las condiciones históricas y ambientales.

En conjunto, este recorrido nos enseña que la historia andina es también una historia de la relación entre lo humano y lo divino, entre la naturaleza y la cultura, entre la espiritualidad y la violencia. La religión y el poder, lejos de ser esferas separadas, se entrelazan en un proceso evolutivo que refleja la búsqueda constante de sentido y supervivencia. La lección filosófica más profunda es que el poder, en cualquiera de sus formas, siempre necesita legitimarse: primero en lo espiritual, luego en lo militar, y finalmente en la fusión de ambos. Y en esa legitimación se juega no solo la organización de la sociedad, sino también la manera en que los seres humanos comprenden su lugar en el cosmos.

Es legítimo preguntarse si el esquema que hemos planteado —las tres fases de relación entre religión y poder en los Andes, vinculadas a la estabilidad o crisis climática— constituye un aporte original o si, por el contrario, ya ha sido formulado en la historiografía y la antropología andina. En efecto, muchos estudios arqueológicos y antropológicos han señalado la importancia de los factores climáticos en el colapso o transformación de sociedades precolombinas, y también se ha discutido ampliamente la fusión entre religión y militarismo en culturas como los Mochica o los Wari. Sin embargo, lo que distingue nuestro planteamiento es la articulación sistemática de estas evidencias en un marco evolutivo de tres fases, que permite visualizar con claridad la transición desde lo espiritual autónomo hasta la subordinación religiosa al poder militar. En ese sentido, aunque los elementos han sido estudiados por separado, la síntesis que proponemos tiene un carácter interpretativo propio.

Al mismo tiempo, debemos reconocer que toda reflexión histórica se construye sobre la base de aportes previos. Autores como Pierre Clastres han reflexionado sobre las sociedades sin Estado y su resistencia a la centralización política, y los estudios paleoclimáticos han mostrado la incidencia de sequías y fenómenos de El Niño en los Andes. Lo que hacemos aquí es releer esas evidencias desde una perspectiva filosófica, preguntándonos no solo cómo se organizaron las sociedades, sino qué significa que la religión pase de ser poder autónomo a convertirse en instrumento del Estado. En este sentido, nuestro aporte no es una ruptura absoluta con lo ya dicho, sino una reinterpretación original que combina arqueología, paleoclimatología y filosofía política para ofrecer una visión más integral del proceso andino.

Por último, la originalidad de nuestro aporte radica en la pregunta filosófica que planteamos: ¿pierde la religión su esencia al ser absorbida por el Estado, o se convierte en la forma más eficaz de universalizar un orden social? Esta interrogación trasciende la mera descripción histórica y abre un espacio de reflexión sobre la naturaleza del poder, la legitimidad y la relación entre lo humano y lo divino. Aunque los datos y las evidencias han sido discutidos previamente, la manera en que los articulamos y las preguntas que derivamos de ellos constituyen un aporte propio, que busca iluminar no solo el pasado andino, sino también la condición universal de las sociedades humanas frente al poder y la trascendencia.

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sábado, 28 de febrero de 2026

LO QUE LOS INCAS PERFECCIONARON

 


LO QUE LOS INCAS PERFECCIONARON

La historia de los Andes está marcada por la sucesión de estados teocráticos y militaristas que, a lo largo de siglos, fueron ensayando diversas formas de dominación. Cada uno de ellos aportó métodos de conquista, organización y control social que, finalmente, los incas llevaron a su máxima expresión. Esa sistematización, aunque eficaz para consolidar un imperio vasto y diverso, también los hizo profundamente odiados por muchos pueblos sometidos.

Los primeros estados militaristas fueron los Moche en la costa norte, quienes expandieron su poder mediante campañas bélicas y el control de recursos agrícolas y pesqueros. Sus huacas monumentales y su cerámica realista reflejan una sociedad jerárquica donde la guerra era central. En la costa sur, los Nazca también recurrieron a la violencia para asegurar territorios, aunque su fama proviene de los geoglifos y de sus sistemas hidráulicos. Tanto Moche como Nazca, al igual que otros estados posteriores, fueron henoteístas: tenían múltiples dioses, pero uno central que predominaba sobre los demás, legitimando la autoridad de sus élites.

Más tarde, los Wari en los Andes centrales y los Tiwanaku en el altiplano desarrollaron formas más complejas de expansión. Los Wari fundaron centros administrativos y practicaron colonización militar, mientras que Tiwanaku estableció enclaves agrícolas y religiosos que irradiaban su influencia. Ambos estados fueron teocráticos, con religiones oficiales que colocaban a una deidad principal por encima de las demás, reforzando la cohesión política y justificando la conquista.

En la costa norte, los Chimú levantaron la ciudad de Chan Chan y dominaron extensos valles mediante tributos en productos y trabajo. En los Andes centrales, los Chanca se organizaron como una confederación guerrera que desafió a los cusqueños. Otros señoríos como los Quitu, Cajamarca, Chachapoyas, Cañaris y los Huancas también recurrieron a la guerra y al sometimiento de pueblos vecinos, imponiendo tributos y alianzas forzadas. Los huancas, asentados en el valle del Mantaro, constituyeron un reino militarista con capital en Tunanmarca, y su resistencia frente a los incas fue feroz. Todos estos pueblos, al igual que sus predecesores, fueron henoteístas: cada uno tenía su deidad central —el dios del agua, de la fertilidad, de la guerra— que se imponía sobre otras divinidades locales.

Fue en el siglo XV cuando se produjo el gran choque religioso: las deidades locales de estos reinos militaristas se enfrentaron a la imposición del Inti, el dios Sol de los incas, y de Viracocha, el dios creador. La religión cusqueña no toleraba la supremacía de otros dioses y subordinaba las divinidades regionales bajo su panteón oficial. Este enfrentamiento espiritual se convirtió en un instrumento de dominación política y cultural, pues aceptar al Inti significaba aceptar la autoridad del Cusco.

Todos estos estados compartieron rasgos: la guerra como medio de expansión, la religión como legitimación del poder y el tributo como forma de explotación. Sin embargo, ninguno logró convertir estas prácticas en un sistema uniforme y obligatorio para todos sus súbditos. Esa fue la gran “innovación” de los incas.

Los incas perfeccionaron lo que otros habían ensayado: institucionalizaron la mit’a como impuesto laboral obligatorio, con un calendario preciso y supervisión estatal; transformaron los traslados poblacionales en una política sistemática de mitimaes, asegurando la difusión del quechua y del culto al Inti; impusieron una organización decimal que permitía controlar a millones de personas con eficiencia militar y administrativa; y centralizaron la redistribución de tierras y excedentes en depósitos estatales (qollqas) que alimentaban ejércitos y poblaciones en tiempos de crisis.

En suma, los incas no inventaron la guerra, ni el tributo, ni la colonización, ni siquiera el henoteísmo religioso. Todo ello existía en Moche, Nazca, Wari, Tiwanaku, Chimú, Chanca, Huanca y otros señoríos. Lo que hicieron fue sistematizarlo y uniformarlo en un aparato estatal que abarcaba desde el norte del Ecuador hasta el sur de Chile. Esa perfección administrativa y religiosa, que aseguraba la estabilidad del imperio, también generó resentimiento: pueblos enteros fueron desplazados, obligados a trabajar y a abandonar la supremacía de sus dioses locales en favor del Inti. Por eso, cuando llegaron los españoles, muchos pueblos vieron en ellos una oportunidad de liberarse del yugo cusqueño.

Así, lo que los incas perfeccionaron fue la maquinaria del poder: un sistema que convirtió prácticas dispersas en políticas universales. Su eficacia fue indiscutible, pero su dureza los hizo odiados por aquellos que, bajo la sombra del Cusco, perdieron autonomía, tierras y deidades.

Los cronistas coloniales y los estudios actuales han ofrecido explicaciones ad hoc sobre las instituciones incaicas y su perfeccionamiento de prácticas anteriores, cada uno desde su propio contexto histórico. En los relatos del siglo XVI, figuras como Pedro Cieza de León, Juan de Betanzos y Garcilaso de la Vega describieron el sistema inca con una mezcla de admiración y crítica. Por un lado, resaltaban la eficacia de la mit’a, la red de caminos y la organización decimal, reconociendo que el imperio funcionaba como una maquinaria bien engranada. Por otro lado, subrayaban el carácter opresivo de estas medidas, pues los pueblos conquistados eran obligados a abandonar sus dioses locales, a trabajar en beneficio del Cusco y a aceptar la supremacía del Inti. La explicación ad hoc en los cronistas consistía en justificar la rápida caída del imperio como resultado de su dureza: los incas habían creado un sistema tan rígido que, cuando llegaron los españoles, muchos pueblos se aliaron con ellos para liberarse del yugo cusqueño.

La historiografía moderna, en cambio, ha matizado estas visiones. Investigadores como John Murra y María Rostworowski han mostrado que los incas no inventaron de cero sus instituciones, sino que perfeccionaron prácticas heredadas de estados anteriores como Wari, Tiwanaku y Chimú. La explicación ad hoc en los estudios contemporáneos se centra en cómo los incas sistematizaron lo que antes era disperso: el trabajo comunal se convirtió en mit’a obligatoria, los traslados poblacionales en mitimaes planificados y las deidades locales fueron subordinadas bajo un henoteísmo oficial con el Inti como dios supremo. Los estudios actuales también destacan que el choque religioso del siglo XV fue decisivo: los pueblos militaristas como los Chanca, Huanca, Chachapoyas o Cañaris tenían sus propias deidades centrales, y la imposición del Inti generó resistencia cultural. La visión moderna interpreta este conflicto no solo como un problema político, sino como una lucha espiritual que explica por qué tantos pueblos se rebelaron o colaboraron con los conquistadores españoles.

En síntesis, la explicación ad hoc en los cronistas fue que la dureza del sistema inca justificaba su rápida caída, mientras que la explicación ad hoc en los estudios actuales es que los incas perfeccionaron y sistematizaron instituciones preexistentes, lo que les dio eficacia imperial pero también los convirtió en un poder odiado. En ambos casos se reconoce que la combinación de centralización política, imposición religiosa y explotación laboral fue la clave de su grandeza y de su ruina.

El aporte de nuestra explicación estriba en que no se limita a repetir lo que dicen los cronistas coloniales ni lo que sostienen los estudios modernos, sino que los pone en diálogo y extrae una conclusión crítica propia. Los cronistas del siglo XVI narraron la eficacia material del sistema inca —la mit’a, los caminos, la organización decimal— pero también señalaron su dureza y la imposición del Inti sobre los dioses locales. Los estudios actuales, en cambio, han demostrado que los incas perfeccionaron instituciones heredadas de culturas anteriores como Wari, Tiwanaku y Chimú, sistematizándolas en políticas universales. Nuestra explicación es original porque articula ambas visiones y subraya un punto que no suele destacarse con tanta fuerza: el imperio inca fue capaz de construir una base material sólida para su expansión, pero fracasó en lo esencial, que era lograr unidad espiritual entre los pueblos vencidos. Esa tensión entre eficacia administrativa y fracaso religioso-cultural es el núcleo interpretativo que le da un sello propio a nuestro análisis.

En suma, los incas perfeccionaron la maquinaria del poder hasta convertirla en un sistema uniforme y obligatorio, capaz de abarcar vastos territorios y poblaciones diversas. Sin embargo, esa perfección técnica reveló una paradoja filosófica: cuanto más rígido y eficaz fue el orden administrativo, más frágil se volvió en lo espiritual. La racionalidad instrumental —mit’a, mitimaes, organización decimal, depósitos estatales— aseguró la estabilidad material, pero sofocó la pluralidad cultural y religiosa que daba sentido a la vida de los pueblos sometidos. La imposición del Inti y de Viracocha no fue solo un acto político, sino una violencia ontológica que intentó reconfigurar el horizonte de lo sagrado, obligando a abandonar deidades locales y con ellas la identidad espiritual de comunidades enteras.

El resultado fue una dialéctica entre eficacia y odio: el imperio funcionaba como una maquinaria bien engranada, pero carecía de legitimidad simbólica. La uniformidad administrativa se convirtió en opresión cultural, y el fracaso de la unidad espiritual explica por qué tantos pueblos vieron en los españoles una oportunidad de liberación. La lección filosófica es contundente: ningún poder puede sostenerse únicamente en la técnica del control; la verdadera fortaleza de un sistema político reside en su capacidad de generar sentido compartido. Los incas construyeron caminos, ejércitos y depósitos, pero no lograron construir pertenencia. Por eso, su perfección material fue también la semilla de su ruina: un imperio sólido en apariencia, pero vacío en lo esencial.

La fragilidad del imperio inca no se explica únicamente por la dureza de sus instituciones, sino por la ausencia de una verdadera unidad espiritual entre la enorme diversidad de pueblos sometidos. La maquinaria administrativa funcionaba con precisión, pero nunca logró integrar las múltiples cosmovisiones locales bajo un horizonte común. La imposición del Inti y de Viracocha subordinó deidades regionales, pero no generó adhesión sincera: lo que se consiguió fue obediencia forzada y resentimiento acumulado. Esa falta de cohesión espiritual convirtió al imperio en un gigante con pies de barro.

La llegada de los españoles lo demostró con claridad: más de doscientas etnias se aliaron con los conquistadores, no por admiración hacia ellos, sino por el deseo de liberarse del yugo cusqueño. El imperio, que parecía sólido en su organización material, se reveló frágil en su legitimidad simbólica. La lección filosófica es que ningún poder puede sostenerse solo en la eficacia técnica; sin unidad espiritual, incluso el sistema más perfecto se derrumba ante la primera crisis.

La pregunta sobre la caída del incario ha sido formulada en distintos registros: para Raúl Porras Barrenechea, la cuestión era si se trató de una decadencia moral; para Waldemar Espinoza Soriano, si se debió al apoyo masivo de las etnias contra los incas. Ambas interpretaciones captan aspectos reales, pero se quedan en la superficie. Lo que en realidad explica la fragilidad del imperio es algo más profundo: la falta de unidad espiritual entre la diversidad de pueblos sometidos.

El sistema incaico fue una maquinaria administrativa impecable, capaz de organizar el trabajo, redistribuir recursos y controlar poblaciones con eficacia. Sin embargo, nunca logró integrar las múltiples cosmovisiones bajo un horizonte común. La imposición del Inti y de Viracocha subordinó deidades locales, pero no generó adhesión sincera; lo que produjo fue obediencia forzada y resentimiento. Esa ausencia de cohesión espiritual convirtió al imperio en un gigante con pies de barro.

La llegada de los españoles lo puso en evidencia: más de doscientas etnias se aliaron con ellos, no por admiración hacia los conquistadores, sino por el deseo de liberarse del yugo cusqueño. El imperio, que parecía sólido en su organización material, se reveló frágil en su legitimidad simbólica. Por eso, la respuesta a las preguntas de Porras y Espinoza es que la caída del incario no se explica solo por decadencia moral ni únicamente por el apoyo masivo de las etnias, sino por la carencia de una verdadera unidad espiritual que pudiera sostener la diversidad bajo un mismo sentido compartido. Esa fue la herida invisible que, al abrirse con la llegada de los españoles, precipitó el derrumbe de un poder que parecía invencible.

La experiencia del incario deja lecciones profundas para el Perú republicano tardío. La primera es que la eficacia material y administrativa no basta para sostener un proyecto político si no existe una verdadera unidad espiritual que dé sentido compartido a la diversidad. Los incas lograron organizar el trabajo, redistribuir recursos y controlar poblaciones con precisión, pero nunca integraron las múltiples cosmovisiones bajo un horizonte común. Esa carencia de cohesión simbólica fue la grieta que permitió que más de doscientas etnias se aliaran con los españoles y precipitaran la caída del imperio.

Para el Perú republicano tardío, marcado por fragmentaciones sociales, regionales y culturales, la lección es clara: sin un proyecto que articule la pluralidad en torno a símbolos, valores y narrativas comunes, el Estado se vuelve frágil, aunque tenga instituciones sólidas o ejércitos disciplinados. La historia del incario muestra que la diversidad no puede ser simplemente subordinada ni anulada; debe ser reconocida y transformada en fuente de cohesión. De lo contrario, el resentimiento y la falta de pertenencia se convierten en fuerzas centrífugas que debilitan cualquier intento de unidad nacional.

En suma, lo que el Perú republicano tardío debe aprender es que la verdadera fortaleza de un Estado no reside únicamente en su capacidad de administrar, sino en su habilidad de generar unidad espiritual entre sus pueblos. Sin esa base simbólica, toda maquinaria política, por más perfecta que parezca, está condenada a la fragilidad.

Nuevamente subrayamos. El Perú republicano tardío, marcado por la corrupción política y administrativa, vive un crecimiento económico sostenido que, sin embargo, no se traduce en distribución de la riqueza ni en justicia social. Esta paradoja reproduce, en clave contemporánea, la tensión que ya se vivió en el incario: la colisión entre el Estado-poder y el Estado-justicia. Los incas construyeron una maquinaria administrativa impecable, capaz de organizar el trabajo y redistribuir recursos, pero fracasaron en generar unidad espiritual entre la diversidad de pueblos sometidos. Del mismo modo, el Perú actual ha logrado estabilidad macroeconómica y expansión productiva, pero sin cimentar un proyecto inclusivo que articule a todos sus ciudadanos bajo un horizonte común de justicia y equidad.

La corrupción erosiona la legitimidad de las instituciones, y la desigualdad convierte el crecimiento en un fenómeno vacío para las mayorías. Así como la imposición del Inti debilitó la cohesión espiritual del imperio, hoy la corrupción y la falta de justicia social debilitan la cohesión nacional. La lección histórica es clara: un Estado que privilegia la eficacia material sin cohesión simbólica ni justicia social se vuelve frágil. El poder sin justicia genera resentimiento, y la corrupción sin distribución de la riqueza profundiza la desconfianza. Por eso, la experiencia del incario se repite en el Perú republicano tardío: la fuerza del Estado-poder se estrella contra la ausencia del Estado-justicia, mostrando que la verdadera estabilidad no depende solo de la economía, sino de la capacidad de construir unidad espiritual, legitimidad ética y sentido compartido en la diversidad.

Además, el crecimiento económico sin justicia social revela una fractura estructural: el Estado se concibe como administrador de cifras y estadísticas, pero no como garante de la dignidad humana. Esta visión tecnocrática reproduce el error incaico de creer que la perfección material basta para sostener un proyecto político. Sin redistribución de la riqueza, el progreso se convierte en privilegio de pocos y en frustración de muchos, generando un vacío moral que corroe la legitimidad del sistema. La corrupción, en este contexto, no es solo un problema administrativo, sino el síntoma de un Estado que ha perdido su horizonte ético.

Finalmente, la historia enseña que la cohesión espiritual no puede ser reemplazada por la mera eficiencia económica y administrativa. El Perú republicano tardío enfrenta el mismo dilema que el incario: ¿cómo transformar la diversidad en unidad sin anularla? La respuesta no está en imponer un modelo único ni en acumular riqueza sin justicia, sino en construir un proyecto nacional que reconozca la pluralidad cultural y la convierta en fuente de cohesión. Solo así se podrá superar la colisión entre Estado-poder y Estado-justicia, y evitar que la aparente solidez económica se derrumbe, como ocurrió con el imperio inca, por carecer de un verdadero sentido compartido.

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