martes, 17 de febrero de 2026

IDEA Y ORIGEN DE LA FILOSOFÍA EN GUSTAVO FLORES QUELOPANA


IDEA Y ORIGEN DE LA FILOSOFÍA EN GUSTAVO FLORES QUELOPANA

Arístides del Ande


La filosofía de Gustavo Flores Quelopana se despliega como un viaje de descubrimiento que comienza en el mito y culmina en una teoría general de la filosofía. Su punto de partida es la filosofía mitocrática, donde el mito deja de ser un relato ingenuo para convertirse en una forma plena de pensamiento crítico. Los amautas andinos, en su visión, fueron filósofos que articularon una metafísica basada en la complementariedad de fuerzas como el orden y el caos, y que situaron la naturaleza y el cosmos en el centro de la reflexión. Con ello, Flores Quelopana busca descolonizar la filosofía, mostrando que las culturas ancestrales no fueron pre-filosóficas, sino que elaboraron auténticas reflexiones universales.

Este hallazgo lo condujo a formular la filosofía mitomórfica del chamanismo, donde el pensamiento se amplía hacia las prácticas espirituales ancestrales. El chamanismo, desde el Paleolítico hasta las religiones precolombinas, es comprendido como una vía filosófica que se expresa en la experiencia extática, la comunión con la naturaleza y la transformación simbólica del ser humano. Para Flores Quelopana, el chamanismo es una “religión de integración”, donde el éxtasis natural y la unión con el cosmos son fundamentos de reflexión filosófica. Así, la mitomorfía revela que el hombre prehistórico ya filosofaba bajo esta modalidad, ampliando el horizonte abierto por la mitocracia.

La filosofía mitomórfica del chamanismo, como ampliación de la mitocracia, abrió para Gustavo Flores Quelopana un horizonte aún más profundo: el de la prehistoria. Al reconocer que el chamanismo no era mera práctica ritual, sino una forma originaria de pensamiento, Flores Quelopana se vio impulsado a penetrar en el mundo prehistórico para rastrear las raíces más antiguas de la filosofía. Allí descubrió que, antes incluso de la palabra y del mito, el ser humano ya se enfrentaba al misterio de la existencia mediante la experiencia de lo numinoso. Esa vivencia de lo sagrado, del asombro y del misterio, fue para él la primera forma de filosofar.

De esta reflexión nace la filosofía numinocrática de la prehistoria, expuesta en su obra Filosofía prehistórica (2018). En ella sostiene que la prehistoria no debe ser entendida como un tiempo “pre-filosófico”, sino como el inicio mismo de la filosofía. El hombre ancestral, en contacto con lo numinoso, elaboraba una reflexión sobre su existencia y sobre el cosmos, aunque no lo hiciera mediante conceptos racionales o discursos sistemáticos. La numinocracia, entonces, reconoce que la filosofía surge de la experiencia originaria de lo sagrado, de la conmoción ante lo desconocido y de la necesidad de otorgar sentido a la vida en medio de lo misterioso.

Así, la evolución del pensamiento de Flores Quelopana se configura como una línea ascendente: primero la mitocracia legitima el mito como filosofía; luego la mitomorfía amplía ese horizonte hacia las prácticas chamánicas como formas originarias de filosofar; finalmente, la numinocracia penetra en la prehistoria para mostrar que la experiencia de lo sagrado y lo misterioso fue la primera forma de filosofía. Cada etapa se enlaza con la siguiente, formando una genealogía que revela la continuidad histórica del pensamiento humano desde sus raíces más ancestrales hasta la reflexión contemporánea.

La filosofía numinocrática de la prehistoria, al mostrar que la experiencia de lo sagrado y lo misterioso fue la primera forma de filosofar, completa el arco que Gustavo Flores Quelopana venía trazando desde la mitocracia y la mitomorfía. Sin embargo, este recorrido no se detiene allí. La necesidad de integrar todas estas dimensiones lo llevó a formular la Teoría General de la Filosofía (TGF), publicada en Lima en 2021, que constituye la culminación de su proyecto intelectual.

La TGF se presenta como una propuesta sistemática que busca redefinir la filosofía en su totalidad. Flores Quelopana distingue tres niveles: la teoría restringida, que corresponde al origen griego de la filosofía y la concibe como racionalidad crítica y argumentativa; la teoría ampliada, que incorpora la filosofía en el mito, reconociendo que las culturas ancestrales elaboraron auténticas reflexiones filosóficas a través de narraciones simbólicas y cosmovisiones mitocráticas; y finalmente la teoría general, que entiende la filosofía como condición existencial del ser humano, más allá de los límites de la tradición occidental y más allá incluso del homo sapiens, penetrando en la prehistoria y en las formas numinosas y chamánicas de pensamiento.

En esta visión, la filosofía no es patrimonio exclusivo de Grecia ni de la racionalidad discursiva, sino una estructura existencial que acompaña al ser humano desde sus orígenes. La TGF integra lo mitocrático (el mito como filosofía), lo mitomórfico (el chamanismo como filosofía) y lo numinocrático (la experiencia de lo sagrado en la prehistoria como filosofía), junto con la tradición griega, en un marco más amplio que reconoce la pluralidad de formas filosóficas. Se trata de una metafilosofía universal, capaz de integrar las diversas tradiciones y de abrir un diálogo entre la filosofía occidental y las filosofías ancestrales.

Flores Quelopana, con esta teoría, busca descolonizar definitivamente la comprensión de la filosofía, mostrando que no se trata de un fenómeno restringido a una cultura o a un tiempo, sino de una necesidad existencial que atraviesa todas las épocas y todas las culturas. La TGF es, en este sentido, una invitación a pensar la filosofía como un proceso plural y diverso, profundamente enraizado en la experiencia simbólica y espiritual, donde mito, chamanismo y numinosidad son reconocidos como pilares fundamentales de la filosofía universal.

La formulación de la Teoría General de la Filosofía (TGF) por Gustavo Flores Quelopana no es un simple ejercicio académico, sino la culminación de un itinerario intelectual que busca redefinir la esencia misma de la filosofía. Al integrar la teoría restringida de origen griego con lo mitocrático, lo mitomórfico y lo numinocrático, Flores Quelopana ofrece una visión que rompe con los límites de la tradición occidental y abre un horizonte universal. La filosofía, en su propuesta, no es patrimonio exclusivo de Grecia ni de la racionalidad discursiva, sino una condición existencial que acompaña al ser humano desde sus orígenes, manifestándose en mitos, símbolos, rituales, experiencias chamánicas y vivencias numinosas.

El impacto cultural de esta propuesta es profundo. En un mundo marcado por la hegemonía de modelos de pensamiento eurocéntricos, la TGF reivindica la pluralidad de formas filosóficas y coloca en diálogo las tradiciones ancestrales con la filosofía contemporánea. Al hacerlo, Flores Quelopana no solo descoloniza la filosofía, sino que también la revitaliza, mostrando que el pensamiento humano es más amplio, más diverso y más rico de lo que se había concebido. La filosofía deja de ser un fenómeno restringido a una cultura o a un tiempo, y se convierte en una estructura existencial que atraviesa todas las épocas y todas las culturas.

La relevancia de esta propuesta para el diálogo intercultural es evidente. En un contexto global donde las culturas buscan reconocimiento y respeto, la TGF ofrece un marco que legitima las filosofías indígenas y ancestrales como parte del patrimonio universal del pensamiento. Al integrar lo griego con lo mitocrático, lo mitomórfico y lo numinocrático, Flores Quelopana muestra que la filosofía es un proceso plural y diverso, profundamente enraizado en la experiencia simbólica y espiritual del ser humano. Esta visión abre la posibilidad de un diálogo más equitativo entre las distintas tradiciones, donde cada una aporta su propia forma de comprender el mundo y de buscar sentido en la existencia.

En suma, la obra de Gustavo Flores Quelopana nos invita a repensar la filosofía desde sus orígenes y a reconocer que su idea y su nacimiento no se limitan a Grecia, sino que se extienden a la prehistoria, al mito, al chamanismo y a la experiencia de lo numinoso. La TGF es, por tanto, una propuesta revolucionaria que amplía los horizontes del pensamiento y nos recuerda que la filosofía, en su esencia más profunda, es la expresión universal de la condición humana.

La creación de los términos que estructuran la propuesta de Gustavo Flores Quelopana responde a un diálogo crítico con la tradición filosófica occidental y a la necesidad de abrir nuevos horizontes conceptuales. El término mitocrático lo acuña a contrapelo del concepto de lo logocrático, empleado por el estructuralismo para designar la supremacía de la razón y la palabra sobre otras formas de pensamiento. Con ello, Flores Quelopana reivindica el mito como filosofía, en oposición a la reducción logocéntrica que había dominado la reflexión moderna. La idea de la filosofía como condición existencial del hombre la retoma de Karl Jaspers, quien había intuido la universalidad filosófica como rasgo constitutivo de la existencia humana. El término numinocrático es una reinterpretación de lo numinoso de Rudolf Otto, trasladado al terreno filosófico para mostrar que la experiencia de lo sagrado y lo misterioso constituye la primera forma de filosofar en la prehistoria. Finalmente, el término mitomórfico es creación propia de Flores Quelopana, y designa la dimensión filosófica del chamanismo como práctica originaria de integración entre el hombre, la naturaleza y el cosmos.

Con esta arquitectura conceptual, Flores Quelopana logra articular una genealogía de la filosofía que va desde lo numinoso prehistórico, pasando por el mito y el chamanismo, hasta la racionalidad griega, y que culmina en la Teoría General de la Filosofía (TGF). Su propuesta, en consecuencia, no solo amplía el horizonte de lo que entendemos por filosofía, sino que también ofrece una visión plural y universal, capaz de integrar las diversas formas de pensamiento que han acompañado al ser humano desde sus orígenes.

La pregunta sobre qué es la filosofía para Gustavo Flores Quelopana encuentra su respuesta en la totalidad de su obra y en la arquitectura conceptual que ha construido. Para él, la filosofía es, ante todo, una condición existencial del ser humano, inseparable de su necesidad de interrogarse por el sentido de la vida y del cosmos. No se limita a Grecia ni a la racionalidad discursiva, sino que se manifiesta en múltiples formas históricas y culturales: en el mito, en el chamanismo, en la experiencia numinosa de la prehistoria y en la racionalidad crítica griega.

Flores Quelopana concibe la filosofía como una estructura universal, presente en todas las culturas y épocas, que se expresa tanto en símbolos y narraciones como en experiencias extáticas y reflexiones racionales. En este sentido, retoma la intuición de Karl Jaspers sobre la universalidad filosófica, pero la amplía al mostrar que el filosofar no es exclusivo de la tradición occidental, sino un rasgo constitutivo de la humanidad. Su noción de lo numinocrático se inspira en la categoría de lo numinoso de Rudolf Otto, reinterpretada para señalar que la experiencia de lo sagrado y lo misterioso fue la primera forma de filosofía. El término mitocrático lo acuña en oposición al concepto de lo logocrático del estructuralismo, reivindicando el mito como filosofía frente a la supremacía de la razón. Y el término mitomórfico, creación propia, designa la dimensión filosófica del chamanismo como práctica originaria de integración entre hombre, naturaleza y cosmos.

En definitiva, para Flores Quelopana la filosofía es la expresión universal de la condición humana, una necesidad existencial que atraviesa todas las culturas y todos los tiempos. Su Teoría General de la Filosofía (TGF) sintetiza esta visión, mostrando que la filosofía es, en última instancia, la manera en que el ser humano, desde la prehistoria hasta la modernidad, busca comprender el mundo y otorgarle sentido.

Un punto esencial en la concepción de Gustavo Flores Quelopana es que mantiene la distinción entre cosmovisión y filosofía. Para él, el hecho de que el ser humano sea existencialmente un buscador de sentido no lo convierte automáticamente en filósofo. La cosmovisión es el horizonte simbólico y cultural que orienta la vida de una comunidad, mientras que la filosofía implica un nivel de reflexión crítica y consciente sobre ese horizonte. En otras palabras, siempre hubo individuos humanos que se preocuparon por el sentido del mundo, pero no todos elaboraron una filosofía; lo filosófico aparece cuando esa búsqueda de sentido se convierte en interrogación sistemática, en conceptualización y en esfuerzo por dar razones.

Esta distinción es clave para comprender su Teoría General de la Filosofía (TGF): la filosofía es condición existencial del hombre, pero no se reduce a cualquier forma de sentido o creencia. Es un modo específico de pensar que puede manifestarse en el mito, en el chamanismo, en la experiencia numinosa o en la racionalidad griega, siempre que haya un esfuerzo por comprender y dar cuenta del mundo. De este modo, Flores Quelopana evita diluir la filosofía en la cosmovisión y, al mismo tiempo, amplía sus fronteras más allá de la tradición occidental, mostrando que el filosofar es universal, pero no automático: requiere individuos que, en cada cultura y época, se atrevan a interrogar el sentido de la existencia.

Bibliografía

  • Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía mitocrática y mitocratología: nuevas consideraciones. Lima: IIPCIAL, 2010.

  • Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía mitomórfica del chamanismo. Lima: IIPCIAL, 2017.

  • Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía prehistórica. Lima: IIPCIAL, 2018.

  • Flores Quelopana, Gustavo. Teoría general de la filosofía. Lima: IIPCIAL, 2021.

lunes, 16 de febrero de 2026

Ciencia y Filosofía (Reseña)

 

La obra Ciencia y Filosofía de Nemesio Espinoza se inscribe en un debate clásico: la relación entre el conocimiento científico y la reflexión filosófica. Su tesis central sostiene que ambas disciplinas no deben entenderse como opuestas, sino como complementarias. La ciencia, con su rigor metodológico y capacidad de verificación, nos ofrece herramientas para conocer y transformar el mundo. La filosofía, en cambio, se ocupa de los fundamentos, los límites y el sentido de ese conocimiento, aportando una dimensión crítica y ética que la ciencia, por sí sola, no puede garantizar. Espinoza rechaza las posturas cientificistas que reducen la filosofía a un mero apéndice de la ciencia, pues considera que esa visión empobrece la capacidad humana de comprender la realidad en toda su complejidad.

La propuesta de Espinoza también pone de relieve la necesidad de un diálogo constante entre las dos formas de conocimiento. La ciencia, al centrarse en lo empírico y lo verificable, corre el riesgo de convertirse en un saber instrumental que se limita a producir resultados sin cuestionar sus implicancias más profundas. La filosofía, en cambio, introduce la pregunta por el sentido y la finalidad de esos resultados, evitando que el conocimiento se reduzca a mera acumulación de datos. En este sentido, Espinoza defiende que la filosofía no es un lujo intelectual, sino una condición necesaria para que la ciencia se mantenga abierta, crítica y consciente de sus propios límites.

Por otro lado, el autor reconoce que la unión entre ciencia y filosofía no está exenta de tensiones. La autonomía de la ciencia y la diversidad de corrientes filosóficas hacen que la relación entre ambas disciplinas sea compleja y, a veces, conflictiva. Sin embargo, Espinoza sostiene que precisamente en esa tensión se encuentra su riqueza: la filosofía cuestiona los supuestos de la ciencia y la obliga a revisar sus fundamentos, mientras que la ciencia aporta evidencia y rigor que enriquecen la reflexión filosófica. De este modo, ambas se convierten en aliadas en la tarea de comprender la realidad y orientar la acción humana hacia fines más justos y responsables.

Sin embargo, su propuesta no está exenta de objeciones. Desde la perspectiva cientificista, se podría argumentar que la ciencia ya posee mecanismos suficientes para validar sus resultados —como la experimentación, la revisión por pares y la reproducibilidad—, por lo que la filosofía sería innecesaria. Desde el lado filosófico, en cambio, se le critica que su planteamiento corre el riesgo de invertir la subordinación: si antes la filosofía era reducida a ciencia, ahora la ciencia podría quedar dependiente de la filosofía, perdiendo autonomía. Además, Espinoza habla de “la filosofía” en términos generales, sin reconocer la pluralidad de corrientes que ofrecen visiones muy distintas sobre la ciencia, lo que puede dar lugar a una propuesta demasiado idealista y poco concreta.

Otra crítica que puede formularse es que la visión de Espinoza tiende a idealizar el papel de la filosofía en la práctica científica. Si bien es cierto que la filosofía puede ofrecer marcos éticos y reflexivos, en la realidad cotidiana de los laboratorios y centros de investigación, las decisiones suelen estar guiadas por criterios técnicos, económicos o políticos más que por reflexiones filosóficas. Esto plantea la duda de si la propuesta de complementariedad entre ciencia y filosofía puede trasladarse efectivamente al terreno práctico, o si se queda en un plano más teórico y aspiracional.

Asimismo, algunos filósofos señalan que la insistencia en la necesidad de la filosofía para orientar la ciencia puede invisibilizar otras formas de saber y de reflexión que también cumplen un papel crítico. La literatura, el arte, la religión o incluso las tradiciones culturales ofrecen perspectivas sobre el sentido y los límites del conocimiento que no necesariamente pasan por la filosofía académica. En ese sentido, la propuesta de Espinoza podría ser vista como demasiado restrictiva, al privilegiar únicamente la filosofía como interlocutora de la ciencia.

Finalmente, se cuestiona que la obra presente la unión entre ciencia y filosofía como una solución casi universal para los problemas sociales y éticos contemporáneos. Si bien el diálogo entre ambas disciplinas es valioso, los desafíos actuales —como la crisis climática, las desigualdades económicas o los dilemas de la inteligencia artificial— requieren también políticas públicas, acuerdos internacionales y transformaciones estructurales. La filosofía y la ciencia pueden contribuir a iluminar estos problemas, pero no bastan por sí solas para resolverlos. Esta objeción subraya la necesidad de integrar otros actores y dimensiones en la búsqueda de soluciones.

A pesar de estas objeciones, el valor de la obra radica en su insistencia en el pensamiento crítico y en la necesidad de orientar el conocimiento hacia fines humanos. En un mundo marcado por el avance tecnológico y los dilemas éticos que este conlleva —desde la inteligencia artificial hasta la bioética—, la reflexión filosófica resulta indispensable para evitar que la ciencia se convierta en mera técnica sin dirección moral. Espinoza nos recuerda que comprender el mundo no basta: es necesario también preguntarse qué significa ese conocimiento y cómo debe ser utilizado. En ese sentido, su propuesta, aunque discutible en algunos aspectos, abre un espacio fecundo para el diálogo entre dos formas de saber que, lejos de excluirse, se enriquecen mutuamente.

Un aspecto que merece atención es el sesgo racionalista de la obra. Espinoza privilegia la ciencia y la filosofía como las únicas vías legítimas de acceso al conocimiento, dejando de lado otras formas de comprensión de la realidad como la teología, la religión o las artes. Esta omisión puede ser vista como una limitación, pues estas disciplinas también han ofrecido respuestas profundas a las preguntas sobre el sentido de la existencia y han influido en la manera en que las sociedades orientan sus valores. Al no considerar estos ámbitos, su propuesta corre el riesgo de reducir la riqueza cultural y espiritual de la humanidad a un diálogo exclusivamente racional.

Por otra parte, la insistencia en el pensamiento crítico y en la complementariedad entre ciencia y filosofía constituye una invitación a repensar la educación contemporánea. Espinoza sugiere que formar ciudadanos capaces de cuestionar y reflexionar es tan importante como transmitir conocimientos técnicos. En este sentido, su obra puede interpretarse como un llamado a integrar la filosofía en los programas educativos, no como un adorno intelectual, sino como un componente esencial para que la ciencia se desarrolle de manera responsable y consciente de sus implicancias sociales.

En suma, la propuesta de Espinoza abre la posibilidad de un diálogo interdisciplinario más amplio. Aunque se centra en la relación entre ciencia y filosofía, su planteamiento puede extenderse hacia otras áreas del saber, como la ética aplicada, la política o la economía. En un mundo globalizado y lleno de desafíos, la capacidad de articular distintos lenguajes y perspectivas se convierte en una herramienta indispensable. Así, aunque su obra pueda ser criticada por ciertos sesgos y limitaciones, ofrece un marco fértil para pensar en cómo el conocimiento puede orientarse hacia fines humanos más justos y sostenibles.

Bibliografía

Espinoza Herrera, Nemesio. Ciencia y Filosofía: Aproximaciones a la comprensión de la ciencia y de la filosofía. Editorial Independiente, 2025

Espinoza Herrera, Nemesio. “Ficha CTI Vitae.” Directorio de Recursos Humanos afines a la CTI. Universidad Nacional Mayor de San Marcos, actualizado 28 mayo 2022

Feyerabend, Paul. Contra el método. Trad. Jorge Navarro Pérez, Editorial Ariel, 1981

Kant, Immanuel. Crítica de la razón pura. Trad. Manuel García Morente, Editorial Gredos, 2002

Kuhn, Thomas S. La estructura de las revoluciones científicas. Trad. Carlos Solís, Fondo de Cultura Económica, 1971

Popper, Karl. La lógica de la investigación científica. Trad. Víctor Sánchez de Zavala, Editorial Tecnos, 1980

domingo, 15 de febrero de 2026

UAPs Y FUERZAS ARMADAS DEL PERÚ

 


UAPs Y FUERZAS ARMADAS DEL PERÚ

El enigma aéreo de 1979: los tres A‑37 desaparecidos

El 31 de enero de 1979, tres aviones Cessna A‑37 Dragonfly de la Fuerza Aérea del Perú despegaron de la Base Aérea de La Joya, en Arequipa, en una misión rutinaria de entrenamiento. Cinco tripulantes emprendieron un vuelo de formación sobre la costa sur, con itinerario hacia Moquegua y Tacna, para luego retornar. La comunicación con la torre fue normal hasta poco después de sobrevolar Tacna. Desde entonces, nada más se supo de ellos. Ni restos, ni señales de impacto, ni cuerpos. Las búsquedas se extendieron por desiertos, quebradas y volcanes del sur, pero el resultado fue el mismo: silencio absoluto. La desaparición simultánea de tres aeronaves militares, sin dejar huella, se convirtió en uno de los misterios más desconcertantes de la aviación peruana.

Las hipótesis oficiales apuntaron a un accidente en zona inaccesible, a errores de navegación o a condiciones meteorológicas adversas. Sin embargo, ninguna explicación logró sostenerse frente a la ausencia total de evidencias. Esa falta de respuestas abrió paso a interpretaciones más especulativas. En círculos ufológicos y de misterio, se sugirió que los aviones pudieron haber sido víctimas de un fenómeno anómalo, quizá un encuentro con objetos voladores no identificados. La idea no era descabellada en un contexto donde la propia Fuerza Aérea había registrado avistamientos en la región. La desaparición sin rastros alimentó la sospecha de que no se trataba de un accidente convencional, sino de un episodio vinculado a lo desconocido.

El carácter legendario del caso se intensificó un año después, cuando la misma Base Aérea de La Joya fue escenario de otro episodio extraordinario. El 11 de abril de 1980, el capitán Óscar Santa María Huertas recibió la orden de interceptar un objeto que sobrevolaba la base. A bordo de un Sukhoi SU‑22, disparó 64 proyectiles de 30 mm contra un objeto esférico de apariencia metálica y cerámica. El impacto fue directo, pero el objeto no sufrió daño alguno. En lugar de caer, ascendió hasta más de 11.000 metros, maniobrando con una agilidad imposible para cualquier aeronave conocida. Santa María lo persiguió durante varios minutos, sin lograr derribarlo. El incidente quedó registrado como el único caso documentado en el que un piloto militar disparó contra un OVNI, y hasta hoy es considerado uno de los encuentros más sólidos en la historia de la ufología militar.

Lo más inquietante es que el SU‑22 de Santa María estaba equipado con una cámara en la parte inferior del fuselaje, diseñada para registrar las misiones de interceptación. En teoría, aquella cámara debió haber captado imágenes o incluso filmación del enfrentamiento. Sin embargo, la Fuerza Aérea del Perú nunca ha desclasificado esas fotografías ni la filmación, lo que añade un velo de misterio al caso. La reserva documental refuerza la percepción de que se trata de un incidente de alto nivel de extrañeza, y ha alimentado las hipótesis de que la FAP mantiene información sensible sobre lo ocurrido.

El misterio se profundizó aún más semanas después, cuando en la misma Base Aérea de La Joya se reportaron luces extrañas en el cielo nocturno. Ante la inquietud que generaron estos avistamientos, se ordenó un apagón total de la base aérea, como medida de seguridad y para evitar ser detectados. Este episodio, aunque menos conocido, confirma que la presencia de fenómenos anómalos en la zona no fue aislada, sino recurrente, y que la propia institución militar reaccionó con protocolos extraordinarios frente a lo inexplicable.

Todo indica que la FAP sabe mucho más de lo que admite, pero se niega a desclasificar la información. La coincidencia temporal y espacial entre la desaparición de los tres A‑37 en 1979, el enfrentamiento de Santa María en 1980 y los avistamientos posteriores ha llevado a algunos investigadores a vincularlos como parte de un mismo patrón. ¿Podría la desaparición de los aviones estar relacionada con fenómenos similares a los que enfrentó Santa María? ¿Es posible que ambos casos revelen una presencia anómala persistente en los cielos del sur peruano? Aunque no existen pruebas concluyentes, la proximidad de los hechos refuerza la hipótesis de que la región de La Joya fue escenario de sucesos que desbordan las categorías convencionales de la aviación y la meteorología.

Hoy, casi medio siglo después, los tres A‑37 siguen desaparecidos, y el caso Santa María continúa siendo uno de los testimonios más citados en la literatura sobre OVNIs. Ambos episodios, entrelazados por el tiempo y el espacio, constituyen un espejo de la paradoja que atraviesa la modernidad: el progreso técnico convive con enigmas que desafían nuestra comprensión. La prodeclasis, ese avance que lleva inscrita la fractura en su núcleo, se manifiesta aquí como un progreso militar y tecnológico que se topa con lo inexplicable. La historia de la Fuerza Aérea del Perú en La Joya no es solo un relato de entrenamiento y defensa, sino también un recordatorio de que el cielo guarda secretos que aún no hemos descifrado.

El caso Conchán y Chilca

La sombra del misterio no se limitó a la Fuerza Aérea. Durante la guerra antisubversiva, el Ejército del Perú (EP) también acumuló episodios similares. En Conchán, al sur de Lima, se reportó la caída de un objeto extraño en el mar, lo que motivó un cerco militar por aire y tierra. Testigos aseguran que incluso hubo presencia de personal externo, los llamados “hombres de negro”, y que el caso fue silenciado sin que se difundieran informes oficiales. En Chilca, otra base militar registró luces y objetos extraños en el cielo nocturno; las tropas abrieron fuego contra ellos, incluso con armamento pesado, y el episodio quedó igualmente clasificado. Estos relatos muestran que los fenómenos anómalos no fueron aislados ni exclusivos de la aviación, sino que atravesaron también las operaciones terrestres del Ejército en costa, sierra y selva.

Todo indica que las Fuerzas Armadas del Perú saben mucho más de lo que admiten, pero se niegan a desclasificar la información. La coincidencia entre la desaparición de los tres A‑37 en 1979, el enfrentamiento de Santa María en 1980, los avistamientos posteriores en La Joya y los casos del Ejército en Conchán y Chilca refuerza la hipótesis de que el país fue escenario de sucesos que desbordan las categorías convencionales de la aviación y la guerra.

Hoy, casi medio siglo después, los tres A‑37 siguen desaparecidos, y el caso Santa María continúa siendo uno de los testimonios más citados en la literatura sobre OVNIs. Los episodios del Ejército permanecen en silencio institucional. Todos ellos, entrelazados por el tiempo y el espacio, constituyen un espejo de la paradoja que atraviesa la modernidad: el progreso técnico convive con enigmas que desafían nuestra comprensión. La prodeclasis, ese avance que lleva inscrita la fractura en su núcleo, se manifiesta aquí como un progreso militar y tecnológico que se topa con lo inexplicable. La historia de las Fuerzas Armadas del Perú no es solo un relato de defensa y combate, sino también un recordatorio de que el cielo y la tierra guardan secretos que aún no hemos descifrado.

La Marina de Guerra del Perú y los OSNIs

La sombra del misterio también alcanzó a la Marina de Guerra del Perú. En la década de 1980, durante maniobras en la Reserva de Paracas, personal naval reportó objetos luminosos que se desplazaban sobre el mar y parecían emerger de las aguas, interpretados como posibles OSNIs. La información quedó reservada y nunca se difundieron informes oficiales.

En 1984, frente a Conchán (Lima), se registró la caída de un objeto extraño en el mar. La Marina desplegó un cerco por aire y tierra para controlar la zona. Testigos mencionan la presencia de personal externo y un operativo de recuperación. El episodio fue mantenido en silencio institucional y nunca se desclasificó.

Más recientemente, en agosto de 2023, en Loreto, comunidades indígenas Ikitu denunciaron la presencia de “seres extraños” que los atacaban de noche. La Marina intervino con lanchas rápidas junto con la Policía Nacional. Se levantaron actas, pero no se difundieron resultados concluyentes. El caso fue interpretado como un posible avistamiento de OVNIs/OSNIs en la selva amazónica.

A estos episodios se suma un caso particularmente inquietante: la Fuerza de Submarinos de la Marina de Guerra del Perú reportó la detección, mediante sonar, de un objeto submarino desplazándose a gran velocidad en aguas del Pacífico. El registro indicaba una velocidad muy superior a la de cualquier submarino conocido, lo que llevó a catalogarlo como un fenómeno anómalo. El informe nunca fue desclasificado, reforzando la percepción de que la Marina mantiene información sensible sobre encuentros con OSNIs.

Convergencia de las tres fuerzas

Con estos casos, el panorama se completa:

  • FAP: desaparición de los tres A‑37 (1979), caso Santa María (1980) y luces posteriores en La Joya.

  • EP: Conchán y Chilca en los años 80, con disparos contra objetos extraños.

  • Marina: Paracas (1980s), Conchán (1984), Loreto (2023) y la detección submarina de un objeto a gran velocidad.

Las tres ramas de las Fuerzas Armadas peruanas han enfrentado fenómenos anómalos en distintos escenarios —costa, sierra, selva y mar profundo— y todas han optado por mantener la información clasificada.

Epílogo hermenéutico

Todo indica que las Fuerzas Armadas del Perú saben mucho más de lo que admiten, pero se niegan a desclasificar la información. La coincidencia de episodios en las tres ramas refuerza la hipótesis de que el país fue escenario de sucesos que desbordan las categorías convencionales de la aviación, la guerra y la navegación submarina.

La prodeclasis se manifiesta aquí como el avance técnico y militar —aviones de combate, comandos entrenados, submarinos con sonar avanzado— que se quiebra frente a lo inexplicable. El progreso convive con la sombra del misterio, y el secreto oficial se convierte en símbolo de esa fractura. La historia de las Fuerzas Armadas del Perú no es solo un relato de defensa y combate, sino también un recordatorio de que el cielo, la tierra y el mar guardan secretos que aún no hemos descifrado.

Bibliografía

Cueva López, Aníbal. Rescate: La Marina de Guerra en la Operación Chavín de Huántar. Lima: Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú, 2019.

Riffo Morales, Cristián. Ovni y Fuerzas Armadas. Santiago de Chile: RIL Editores, 2004.

Rodríguez Asti, John. Buques de la Armada del Perú. Tomo I: La Marina a Vela, 1821–1847. Lima: Marina de Guerra del Perú, 2021.

Salazar, Anthony Choy. Ovnis y el Perú. Lima: Editorial Minerva, 2007.

jueves, 12 de febrero de 2026

EL TRANSHUMANISMO ES UN NIHILISMO


EL TRANSHUMANISMO ES UN NIHILISMO

La especulación sobre una conciencia de silicio, entendida como la posibilidad de que la inteligencia artificial o los sistemas técnicos lleguen a poseer una forma de autoconciencia, resulta inútil cuando se la contrasta con lo que la historia ya ha demostrado en la encarnación de Cristo. La fe cristiana no se funda en hipótesis futuristas ni en promesas tecnológicas, sino en un acontecimiento histórico concreto: Dios hecho hombre, que asumió nuestra carne para redimirla. Frente a esa realidad, cualquier intento de sustituir la salvación por un proyecto transhumanista es una evasión que no responde a la necesidad más profunda del alma.

Desde la perspectiva cristiana, la especulación sobre una conciencia de silicio se revela como un espejismo frente a la encarnación de Cristo. La fe no se apoya en hipótesis futuristas, sino en un acontecimiento histórico: Dios hecho hombre, que asumió nuestra carne para redimirla. Creer en Cristo no es un acto de narcisismo humano, sino la aceptación humilde de un don divino que nos precede. La encarnación es la prueba de que la salvación no depende de la técnica ni de la capacidad humana de cálculo, sino del amor gratuito de Dios que se entrega en la historia.

En el plano filosófico, la confianza en salidas prometeicas como el transhumanismo refleja la vieja tentación de creer que el hombre puede salvarse por sí mismo. Esta ilusión, que recuerda al mito de Prometeo y a las críticas de Nietzsche sobre la voluntad de poder, termina alimentando el nihilismo cultural: la idea de que todo sentido puede ser fabricado y manipulado. Sin embargo, la filosofía más profunda nos recuerda que el ser humano no puede escapar de su finitud ni inventar una trascendencia artificial. La encarnación de Cristo, al contrario, ofrece una respuesta que no es evasión, sino reconciliación con la verdad del ser.

Desde la ciencia, la especulación sobre la conciencia de silicio carece de fundamento sólido. La inteligencia artificial puede procesar datos y reconocer patrones, pero no hay evidencia de que pueda generar autoconciencia en el sentido humano. La historia de la técnica muestra que cada avance abre posibilidades, pero también riesgos de instrumentalización por parte de los poderosos. Confiar en que la tecnología sustituirá la salvación es un error epistemológico y moral: la ciencia puede ampliar horizontes, pero no puede responder a la sed de eternidad ni al problema del mal. La encarnación de Cristo, acontecimiento histórico y espiritual, sigue siendo la única respuesta que no se reduce a cálculo ni a especulación.

Creer en Cristo no es un acto de narcisismo humano, como si el hombre se inventara un dios a su medida, sino todo lo contrario: es reconocer que la iniciativa viene de Dios mismo, que se abaja hasta nuestra condición para elevarnos. La encarnación no es un producto de la imaginación antropocéntrica, sino un gesto de amor divino que rompe con toda lógica de soberbia. Por eso, la fe en Cristo no es una proyección ilusoria, sino la aceptación humilde de un don que nos precede y nos sobrepasa.

Creer en Cristo es la aceptación humilde de un don divino que nos precede y nos sobrepasa. La encarnación es la prueba de que la salvación no depende de la técnica ni de la capacidad humana de cálculo, sino del amor gratuito de Dios que se entrega en la historia.

Desde la perspectiva cristiana, la encarnación revela que Dios mismo toma la iniciativa y se abaja hasta nuestra condición para elevarnos. No es el hombre quien inventa un dios a su medida, sino Dios quien se hace carne para redimirnos. Esta verdad rompe con toda lógica de soberbia y muestra que la fe en Cristo no es una proyección ilusoria, sino la respuesta a un acontecimiento histórico que transforma la existencia. Creer en Cristo es reconocer que la salvación no está en nuestras manos, sino en la misericordia divina que se manifiesta en la historia.

En el plano filosófico, la encarnación de Cristo desarma la tentación prometeica de creer que el hombre puede salvarse por sí mismo. Frente a las ilusiones del transhumanismo y la especulación sobre conciencias artificiales, la encarnación recuerda que la verdad no se fabrica ni se calcula, sino que se recibe. La filosofía que busca sentido encuentra en Cristo una respuesta que no es evasión ni ficción antropocéntrica, sino reconciliación con la realidad más profunda del ser. La encarnación es la superación del nihilismo, porque devuelve al hombre un horizonte de sentido que no depende de su propia soberbia.

Desde la ciencia, resulta claro que ninguna tecnología puede sustituir la experiencia de la encarnación. La inteligencia artificial puede procesar datos y ampliar horizontes, pero no puede responder al problema del mal ni a la sed de eternidad inscrita en el corazón humano. La historia demuestra que los proyectos que intentan reemplazar la salvación por sistemas técnicos terminan en frustración y vacío. La encarnación de Cristo, en cambio, ofrece una respuesta que no se reduce a cálculo ni a especulación, sino que se funda en un acontecimiento real que transforma la vida. Confiar en Cristo es reconocer que la verdad última no está en el silicio, sino en el amor encarnado que vence al pecado y a la muerte.

El peligro de las salidas prometeicas transhumanistas es que, bajo la apariencia de progreso, agudizan el veneno cultural del nihilismo. Al prometer una conciencia artificial que sustituya la carne corruptible, se alimenta la ilusión de que el hombre puede salvarse por sus propios medios, sin necesidad de gracia. Esta ilusión no solo es filosóficamente frágil, sino espiritualmente destructiva, porque desplaza la esperanza hacia un horizonte técnico que nunca podrá responder a la sed de eternidad inscrita en el corazón humano.

Desde la perspectiva cristiana, este desplazamiento es especialmente grave porque niega la centralidad de la encarnación. Cristo se hizo carne para redimir la carne, no para que el hombre la desprecie y busque reemplazarla con artificios. Creer que la salvación puede provenir de un sistema técnico es olvidar que la verdadera redención no se logra por cálculo ni por ingeniería, sino por el amor divino que se entrega en la historia. La fe en Cristo no es evasión ni narcisismo, sino la aceptación humilde de que la iniciativa viene de Dios mismo, y que solo Él puede sanar la herida del pecado.

En el plano filosófico, las promesas transhumanistas se inscriben en la misma lógica que Nietzsche denunció: la voluntad de poder que pretende fabricar sentido y trascendencia. Pero esa voluntad, cuando se absolutiza, desemboca en nihilismo, porque todo lo que el hombre fabrica es finito y perecedero. La conciencia de silicio, incluso si llegara a simular procesos humanos, nunca podría responder a la pregunta por el ser ni al anhelo de eternidad. La filosofía auténtica reconoce que el hombre no puede escapar de su finitud inventando trascendencias artificiales; la única salida es reconciliarse con la verdad que se le da, no la que él fabrica.

Desde la ciencia, la especulación sobre la conciencia artificial carece de fundamento sólido. La inteligencia artificial puede procesar datos y reconocer patrones, pero no hay evidencia de que pueda generar autoconciencia en el sentido humano. Confiar en que la tecnología sustituirá la salvación es un error epistemológico: la ciencia puede ampliar horizontes, pero no puede responder al problema del mal ni a la sed de eternidad. La historia demuestra que los proyectos que intentan reemplazar la salvación por sistemas técnicos terminan en frustración y vacío.

En definitiva, el transhumanismo prometeico no es un camino hacia la libertad, sino hacia una esclavitud más profunda: la del nihilismo cultural que niega sentido a la existencia. Frente a ello, la encarnación de Cristo se presenta como la única respuesta capaz de reconciliar al hombre con su verdad más profunda. Creer en Cristo no es narcisismo humano, sino la aceptación humilde de un don divino que rompe con toda lógica de soberbia y ofrece la única esperanza real para el alma.

La historia muestra que los intentos de construir sistemas de salvación autónomos terminan en frustración y violencia. El siglo XX fue testigo de ideologías que prometieron redención política o científica y que acabaron multiplicando el sufrimiento. La encarnación de Cristo, en cambio, ofrece una respuesta que no depende de la fuerza del hombre, sino de la misericordia de Dios. Ignorar esta lección histórica para entregarse a la especulación sobre conciencias de silicio es repetir el error de confiar en ídolos que no pueden salvar.

La hondura de esta verdad se percibe en que toda salvación que el hombre intenta fabricar por sí mismo se convierte en un mecanismo de opresión. Los sistemas políticos que prometieron paraísos terrenales terminaron en dictaduras, y los proyectos científicos que aspiraron a superar la condición humana desembocaron en nuevas formas de alienación. La encarnación de Cristo rompe ese círculo vicioso porque no es fruto de la voluntad humana, sino de la iniciativa divina. Allí se revela que la verdadera redención no se construye, se recibe.

Filosóficamente, confiar en conciencias de silicio es una prolongación del mito prometeico: el hombre que roba el fuego para creerse dios. Pero esa ilusión, cuando se absolutiza, desemboca en nihilismo, porque todo lo que el hombre fabrica es finito y perecedero. La encarnación, en cambio, introduce un sentido que no depende de la soberbia humana, sino de la gratuidad divina. Es la irrupción de lo eterno en lo temporal, que devuelve al hombre un horizonte de significado que ninguna técnica puede otorgar.

Desde la perspectiva científica, la especulación sobre una conciencia artificial carece de fundamento sólido. La inteligencia artificial puede procesar datos y simular comportamientos, pero no hay evidencia de que pueda generar autoconciencia en el sentido humano. Confiar en que la tecnología sustituirá la salvación es un error epistemológico y moral: la ciencia puede ampliar horizontes, pero no puede responder al problema del mal ni a la sed de eternidad. La encarnación de Cristo, acontecimiento histórico y espiritual, sigue siendo la única respuesta que no se reduce a cálculo ni a especulación.

En definitiva, la lección histórica, filosófica y científica converge en un mismo punto: el hombre no puede salvarse por sí mismo. Los intentos de construir sistemas autónomos de redención terminan en violencia, nihilismo o vacío. La encarnación de Cristo se presenta como la única respuesta capaz de reconciliar al hombre con su verdad más profunda. Creer en Cristo no es narcisismo humano, sino la aceptación humilde de un don divino que rompe con toda lógica de soberbia y ofrece la única esperanza real para el alma.

En suma, la verdadera libertad no consiste en inventar nuevas naturalezas que pretendan superar la condición humana, sino en aceptar la reconciliación que Cristo ofrece. La fe no es evasión ni narcisismo, sino encuentro con la verdad que se hizo carne. Creer en Cristo es reconocer que la salvación no está en el cálculo ni en el silicio, sino en el amor encarnado que vence al pecado y a la muerte.

El transhumanismo, lejos de ser un camino de liberación, es en sí mismo una forma de nihilismo. Bajo la apariencia de progreso, niega el sentido trascendente de la existencia y reduce la esperanza a un horizonte técnico incapaz de responder a la sed de eternidad. Promete superar la carne corruptible, pero lo que realmente hace es profundizar el vacío cultural, porque sustituye la gracia por un artificio y la verdad por una ilusión.

Aferrarse a proyectos transhumanistas como sustitutos de la fe en Cristo es peligroso para el alma, porque conduce a una negación radical del sentido. Es el nihilismo disfrazado de salvación, la repetición del error histórico de confiar en ídolos que no pueden salvar. Frente a ello, la encarnación de Cristo se presenta como la única respuesta contundente: un acontecimiento real, histórico y divino que rompe con toda lógica de soberbia y ofrece la única esperanza verdadera para la humanidad.

Nietzsche distinguió entre dos formas de nihilismo, pero en el fondo se trata de la misma dinámica: la negación del sentido último de la existencia. Por un lado, habló del nihilismo pasivo, que se manifiesta como resignación, como la aceptación de que la vida carece de propósito y que no hay valores objetivos que la sostengan. Es la actitud de quien se rinde ante la nada y se refugia en la apatía o en la indiferencia.

Por otro lado, planteó el nihilismo activo, que consiste en la destrucción consciente de los valores tradicionales y de las ilusiones metafísicas. Aquí el hombre no se limita a aceptar la ausencia de sentido, sino que busca demoler las estructuras que lo sostenían, con la esperanza de crear nuevos valores. Sin embargo, Nietzsche advierte que este proceso es peligroso, porque puede desembocar en un vacío aún más radical si no se logra realmente instaurar un horizonte nuevo.

En el fondo, ambos nihilismos comparten la misma raíz: la constatación de que los fundamentos tradicionales —Dios, la moral absoluta, la verdad trascendente— han perdido su fuerza en la cultura occidental. La diferencia está en la actitud frente a esa constatación: pasiva o activa. Pero el núcleo es idéntico: la experiencia de la nada como horizonte. Por eso, aunque Nietzsche distingue dos tipos, ambos son expresiones de un mismo fenómeno histórico y espiritual que él consideraba inevitable en la modernidad.

en este sentido, poco aporta discutir si el transhumanismo encarna un nihilismo pasivo o activo. La distinción nietzscheana sirve para describir actitudes frente a la pérdida de sentido —resignación o destrucción creativa—, pero ambas comparten la misma raíz: la negación de un horizonte trascendente. El transhumanismo, al prometer una salvación técnica, se inscribe en esa misma lógica nihilista, porque desplaza la esperanza hacia un artificio incapaz de responder a la sed de eternidad.

Llamarlo pasivo o activo es secundario, pues lo esencial es que se trata de una forma de nihilismo que niega la encarnación como acontecimiento histórico y espiritual. En su núcleo, el transhumanismo no ofrece un sentido nuevo, sino una prolongación del vacío: sustituye la gracia por cálculo, la carne por silicio, y la esperanza por una ilusión técnica.

Por eso, más que clasificarlo dentro de las categorías nietzscheanas, lo decisivo es reconocer que el transhumanismo radicaliza la misma enfermedad cultural que Nietzsche diagnosticó: la pérdida de fundamentos trascendentes. Es nihilismo en estado puro, disfrazado de progreso, y su peligro no está en el tipo que encarna, sino en que profundiza la negación del sentido y conduce al alma hacia un vacío aún más profundo.

Bibliografía

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León, Silas. La encarnación de Cristo: Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre. SER Cristiano en Tiempos Modernos, Amazon, 2024.

Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Alianza Editorial, 2019.

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Nietzsche, Friedrich. El anticristo. Editorial Trotta, 2016.

Nietzsche, Friedrich. Nihilismo: escritos póstumos. Ediciones Península, 2006.

Widow, José Luis, y Raúl Madrid. “Cristianismo y transhumanismo. Dos vías incompatibles de redención humana.” Veritas, vol. 62, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, dic. 2025.

Zuna Serrano, Kleber, coordinador. Transhumanismo y realidades paralelas: Interpelaciones desde la filosofía y la teología. Editorial Universitaria Abya-Yala, Universidad Politécnica Salesiana, 2023.

miércoles, 11 de febrero de 2026

EL BUDISMO EN SALMUERA


EL BUDISMO EN SALMUERA

El budismo, con sus diez tesis fundamentales, pretende ofrecer una cartografía de la existencia y un camino hacia la liberación. Sin embargo, cuando se lo somete a la salmuera de la crítica cristiana, filosófica y científica, sus fundamentos se disuelven como vegetales en vinagre, perdiendo consistencia y sabor propio.

El budismo comienza con las Cuatro Nobles Verdades, que reducen la vida a sufrimiento y proponen extinguir el deseo como solución. El cristianismo responde que el sufrimiento no es un error que deba anularse, sino un misterio que se ilumina en la cruz y se transforma en esperanza de redención. La filosofía occidental, especialmente en Nietzsche, sostiene que el sufrimiento es inseparable de la afirmación de la vida y que eliminarlo sería negar la grandeza humana. La ciencia, por su parte, muestra que el dolor cumple una función biológica esencial: alerta, protege y permite la adaptación.

Además, el sufrimiento en la tradición cristiana se convierte en un camino de crecimiento espiritual y de unión con Dios. No es un obstáculo que deba ser borrado, sino una oportunidad para ejercitar la fe, la paciencia y la caridad. En este sentido, la cruz no es símbolo de derrota, sino de victoria sobre el mal y la muerte. El budismo, al buscar la extinción del deseo, corre el riesgo de sofocar también la dimensión más profunda del amor, que implica entrega y vulnerabilidad.

Desde la filosofía y la ciencia, se puede añadir que el sufrimiento es también motor de creatividad y progreso. Las grandes obras de arte, los descubrimientos científicos y las transformaciones sociales han nacido muchas veces de la experiencia del dolor y la necesidad de superarlo. Extinguir el deseo y el sufrimiento sería, en consecuencia, amputar la capacidad humana de aspirar, de luchar y de trascender. La biología misma muestra que la tensión y el esfuerzo son esenciales para la adaptación y la evolución; sin ellos, la vida se estanca.

El Noble Óctuple Sendero plantea un itinerario ético de ocho pasos. El cristianismo lo refuta afirmando que la salvación no depende de técnicas humanas, sino de la gracia divina. La filosofía cuestiona la pretensión de universalidad de un código tan esquemático, pues la moral es más compleja y contextual. La ciencia observa que no hay evidencia de que seguir estos pasos conduzca a una transformación radical de la existencia más allá de beneficios psicológicos puntuales.

Más allá de esta crítica inicial, el cristianismo subraya que la ética no puede desligarse de la relación personal con Dios. Un camino humano, por más disciplinado que sea, carece de la fuerza para vencer el pecado y alcanzar la vida eterna. La gracia, entendida como don gratuito, supera cualquier itinerario moral y ofrece una salvación que no depende de la perfección del esfuerzo humano. En este sentido, el Óctuple Sendero se convierte en un intento de autosalvación que ignora la necesidad de un Salvador.

Desde la filosofía y la ciencia, se puede añadir que la moralidad no se reduce a un conjunto de pasos universales, pues las circunstancias históricas, culturales y personales condicionan las decisiones éticas. La filosofía contemporánea insiste en la pluralidad de valores y en la imposibilidad de encerrar la vida moral en un esquema rígido. La ciencia, por su parte, estudia la conducta humana y muestra que los cambios éticos y psicológicos dependen de múltiples factores —biológicos, sociales y emocionales—, no de un manual de ocho reglas. Así, el Óctuple Sendero, aunque útil como disciplina, carece de la profundidad necesaria para explicar y transformar la complejidad de la existencia humana.

La doctrina de la impermanencia (anicca) afirma que todo cambia y nada permanece. El cristianismo replica que, aunque el mundo sea transitorio, existe una permanencia en Dios y en el alma inmortal. La filosofía reconoce el cambio, pero defiende que la identidad mantiene continuidad narrativa. La ciencia confirma la mutabilidad de la materia y la mente, pero también demuestra estabilidad relativa en estructuras y procesos que permiten la vida.

El cristianismo profundiza en esta idea señalando que la impermanencia del mundo no es motivo de desesperanza, sino de confianza en lo eterno. La fugacidad de las cosas terrenas invita a dirigir la mirada hacia lo que no pasa: la promesa de salvación y la comunión con Dios. De este modo, la impermanencia se convierte en un recordatorio de que la verdadera seguridad no está en lo mutable, sino en lo trascendente.

La filosofía, por su parte, reconoce que el cambio es inherente a la realidad, pero advierte que reducir todo a flujo y disolución es caer en el nihilismo. La continuidad narrativa del yo, aunque cambiante, permite construir proyectos, asumir responsabilidades y mantener una identidad coherente. Sin esta permanencia relativa, la vida humana perdería sentido, pues no habría memoria ni horizonte de futuro.

La ciencia también aporta una visión equilibrada: aunque todo se transforma, existen patrones de estabilidad que hacen posible la vida. El ADN, las leyes físicas y los sistemas biológicos muestran que la permanencia relativa es tan real como el cambio. Sin estructuras duraderas, la evolución y la adaptación serían imposibles. Así, la impermanencia absoluta que propone el budismo se ve refutada por la evidencia de que la vida necesita tanto cambio como continuidad.

La tesis de la ausencia de un yo (anatta) niega la existencia de una identidad permanente. El cristianismo la rechaza porque la persona es única, creada a imagen de Dios, con destino eterno. La filosofía occidental, desde Descartes hasta Husserl, defiende la conciencia como núcleo irreductible. La ciencia, aunque admite que el yo es dinámico, muestra que existe una coherencia psicológica y neurológica que sostiene la identidad personal.

El cristianismo profundiza en esta crítica señalando que negar la existencia de un yo permanente equivale a despojar al ser humano de su dignidad y de su vocación trascendente. La fe cristiana afirma que cada persona es irrepetible y llamada a una relación eterna con Dios. Si el yo fuera mera ilusión, se perdería el sentido de la responsabilidad moral y de la salvación personal, pues no habría sujeto capaz de responder al amor divino ni de recibir la gracia.

La filosofía también advierte que la negación del yo conduce a un vacío existencial. La continuidad de la conciencia, aunque cambiante, es indispensable para la construcción de proyectos vitales, la memoria y la responsabilidad ética. Sin un yo que permanezca, no habría sujeto que pueda comprometerse, aprender o crecer. La tradición cartesiana y fenomenológica insiste en que la conciencia, aunque fluida, es el centro que da unidad a la experiencia.

La ciencia, finalmente, aporta evidencia de que el yo, aunque moldeado por procesos neurológicos y sociales, mantiene una narrativa coherente que permite la identidad personal. Estudios en neurociencia muestran que la memoria, la percepción y la emoción se integran en un sistema que sostiene la continuidad del individuo. Negar la existencia del yo permanente contradice la observación empírica de que las personas se reconocen como las mismas a lo largo del tiempo, aun en medio de cambios. Así, la tesis budista de anatta se disuelve ante la certeza de que el yo, aunque dinámico, es real y esencial para la vida humana.

La ley del karma propone una justicia cósmica automática. El cristianismo responde que la justicia proviene de Dios y se perfecciona en la misericordia, no en una mecánica impersonal. La filosofía critica la falta de fundamento racional de una ley moral sin sujeto trascendente. La ciencia señala que las consecuencias de los actos se explican por causas naturales y sociales, no por una fuerza invisible.

El cristianismo insiste en que la justicia no puede ser concebida como un mecanismo frío e inevitable, sino como una relación viva entre Dios y el ser humano. La misericordia divina supera la lógica de la retribución automática, ofreciendo perdón incluso al pecador arrepentido. En este sentido, la ley del karma se muestra insuficiente, pues no contempla la posibilidad de la gracia ni la transformación interior que proviene del amor de Dios.

La filosofía añade que una ley moral sin sujeto trascendente carece de coherencia. Si el universo distribuye recompensas y castigos de manera automática, ¿qué sentido tiene la libertad humana? La ética requiere responsabilidad y decisión consciente, no un engranaje cósmico que actúe sin voluntad. Además, la idea de karma puede derivar en fatalismo, anulando la posibilidad de cambio genuino y reduciendo la vida a una cadena de consecuencias inevitables.

La ciencia, finalmente, observa que los efectos de nuestras acciones se explican por causas verificables: estructuras sociales, dinámicas psicológicas y procesos biológicos. La justicia no se manifiesta como una fuerza invisible, sino como resultado de interacciones humanas y naturales. Por ejemplo, una acción violenta genera sufrimiento porque afecta directamente a otros y desencadena respuestas sociales, no porque una ley cósmica lo determine. Así, el karma, como principio metafísico, carece de evidencia empírica y se disuelve ante el análisis racional y científico.

La meditación es vista como camino privilegiado hacia la verdad. El cristianismo reconoce el valor del silencio interior, pero afirma que la oración es encuentro con un Dios personal, no mera técnica. La filosofía advierte que la meditación puede ser útil, pero no garantiza acceso a la verdad última. La ciencia la estudia como práctica que reduce estrés y mejora la atención, sin atribuirle un poder metafísico.

El cristianismo profundiza en esta crítica señalando que la meditación, cuando se reduce a un ejercicio de introspección, corre el riesgo de convertirse en un repliegue sobre uno mismo. La oración, en cambio, abre al ser humano hacia lo trascendente, hacia un diálogo con Dios que transforma la interioridad y la vida entera. La diferencia es radical: mientras la meditación budista busca disolver el yo en el vacío, la oración cristiana afirma la identidad personal y la eleva en comunión con lo eterno.

La filosofía también advierte que la meditación, aunque pueda aportar serenidad, no garantiza acceso a la verdad objetiva. El pensamiento crítico, la argumentación y el diálogo son herramientas indispensables para alcanzar conocimiento sólido. Reducir la búsqueda de la verdad a un estado de conciencia alterada es confundir experiencia subjetiva con certeza universal. La tradición filosófica insiste en que la verdad requiere razones, pruebas y coherencia, no solo estados mentales.

La ciencia, finalmente, aporta datos concretos: la meditación tiene beneficios medibles en la reducción del estrés, la regulación emocional y la mejora de la atención. Sin embargo, estos efectos son comparables a los de otras prácticas como el ejercicio físico, la terapia psicológica o la música. No existe evidencia de que la meditación conduzca a una verdad última o a un estado metafísico superior. Así, la meditación, aunque valiosa como técnica de bienestar, se despoja de su pretensión de ser un camino exclusivo hacia la verdad.

La compasión y la bondad amorosa son virtudes exaltadas. El cristianismo coincide en su importancia, pero las fundamenta en el amor de Dios, que da sentido y fuerza para amar incluso al enemigo. La filosofía las valora, pero advierte que requieren un fundamento ético más sólido que la mera empatía. La ciencia las explica como conductas evolutivas que favorecen la cooperación y la supervivencia.

El cristianismo profundiza en esta visión señalando que la compasión no puede reducirse a un sentimiento pasajero ni a una técnica de benevolencia. Amar al enemigo, perdonar al que hiere y sostener al débil son actos que trascienden la lógica natural y se sostienen en la gracia divina. Sin esta raíz en Dios, la compasión corre el riesgo de convertirse en una emoción selectiva, limitada a quienes nos resultan cercanos o simpáticos.

La filosofía, por su parte, advierte que la bondad amorosa necesita un fundamento racional y ético que la justifique más allá de la mera empatía. Aristóteles, por ejemplo, la vincula con la virtud y la búsqueda del bien común, mientras que Kant la relaciona con el deber moral universal. Sin este soporte, la compasión puede degenerar en sentimentalismo, incapaz de sostener decisiones difíciles o de enfrentar la justicia cuando es necesaria.

La ciencia, finalmente, aporta una explicación evolutiva: la compasión y la bondad amorosa favorecen la cooperación, la cohesión social y la supervivencia de la especie. Sin embargo, esta explicación naturalista no basta para dar sentido pleno a estas virtudes. Si se reducen a mecanismos biológicos, pierden su dimensión trascendente y ética. La compasión se convierte en estrategia de adaptación, no en expresión de libertad y responsabilidad. Así, aunque la ciencia reconoce su utilidad, no logra explicar por qué deberíamos amar incluso cuando no hay beneficio evolutivo o social.

El desapego busca liberarse de vínculos materiales y emocionales. El cristianismo lo matiza: no se trata de negar el mundo, sino de usarlo con libertad y amor. La filosofía señala que el desapego radical puede conducir a la indiferencia y a la negación de la pasión vital. La ciencia muestra que los vínculos afectivos son esenciales para la salud mental y el desarrollo humano.

El cristianismo insiste en que el mundo creado es bueno y que los vínculos, lejos de ser obstáculos, son oportunidades para vivir el amor. El desapego, entendido en clave cristiana, no significa rechazo de lo material o de lo afectivo, sino libertad interior para no ser esclavo de ellos. Así, se puede disfrutar de los bienes y de las relaciones sin idolatrarlos, reconociendo que su valor último está en Dios.

La filosofía advierte que un desapego absoluto puede derivar en apatía y en la negación de la pasión vital que impulsa al ser humano a crear, amar y luchar. La vida requiere compromiso y entrega, y el desapego radical corre el riesgo de vaciar la existencia de sentido. Desde Aristóteles hasta los existencialistas, se subraya que la plenitud humana se alcanza en la acción y en la relación, no en la indiferencia.

La ciencia, finalmente, aporta evidencia contundente: los vínculos emocionales son esenciales para el desarrollo psicológico y social. Estudios en neurociencia y psicología muestran que el apego seguro en la infancia es la base de la salud mental, y que las relaciones afectivas en la adultez protegen contra la depresión y fortalecen la resiliencia. Negar los vínculos sería ir contra la naturaleza humana, pues la cooperación y el amor son factores decisivos para la supervivencia y el bienestar.

El camino medio evita extremos de indulgencia y ascetismo. El cristianismo lo reconoce como prudencia, pero afirma que la verdadera medida se encuentra en la voluntad de Dios, no en un equilibrio humano. La filosofía lo interpreta como ética de moderación, aunque cuestiona que sea suficiente para orientar la existencia. La ciencia observa que la homeostasis es necesaria, pero no basta para definir el sentido de la vida.

El cristianismo profundiza en esta crítica señalando que la moderación, aunque valiosa, no puede ser el criterio último de la vida moral. La verdadera medida no se encuentra en un cálculo humano de equilibrio, sino en la obediencia a la voluntad divina. La prudencia cristiana no se limita a evitar excesos, sino que busca discernir lo que agrada a Dios y conduce a la plenitud del amor. Así, el camino medio se queda corto frente a la exigencia radical del Evangelio.

La filosofía advierte que la moderación, sin un fundamento sólido, puede convertirse en mera mediocridad. Aristóteles la defendía como virtud, pero siempre en relación con el bien y la excelencia. Sin esa referencia, el camino medio corre el riesgo de ser un conformismo que evita tanto la pasión creadora como el compromiso profundo. La vida humana requiere más que equilibrio: necesita dirección, propósito y sentido.

La ciencia, finalmente, reconoce que los organismos buscan homeostasis para sobrevivir, pero señala que la vida no se reduce a mantener un balance fisiológico. El ser humano, además de equilibrio, necesita estímulo, desafío y trascendencia. La moderación puede ser útil para la salud, pero no basta para explicar la creatividad, el sacrificio o la entrega que caracterizan la existencia humana. Así, el camino medio, aunque práctico, se revela insuficiente como horizonte último de la vida.

Finalmente, el nirvana se presenta como meta suprema: la extinción del ciclo de nacimiento y muerte. El cristianismo lo refuta con la esperanza de la vida eterna en comunión con Dios, que no es extinción sino plenitud. La filosofía critica la idea de anular el yo como meta, pues la realización humana exige afirmación de la identidad. La ciencia no encuentra evidencia de un estado trascendente más allá de la muerte, limitándose a estudiar procesos biológicos.

El cristianismo profundiza en esta crítica señalando que la promesa de la vida eterna no consiste en la disolución del ser, sino en su plenitud. La esperanza cristiana es la resurrección, donde la persona conserva su identidad y alcanza la comunión con Dios. Frente al nirvana, que busca apagar la llama del yo, el cristianismo propone encenderla en la luz divina, transformando la existencia en plenitud de amor y sentido.

La filosofía advierte que la anulación del yo como meta es contradictoria con la experiencia humana. La realización personal exige afirmar la identidad, construir proyectos y vivir en relación con otros. El nirvana, al proponer la extinción del yo, niega la posibilidad de responsabilidad, libertad y creatividad. Desde Platón hasta los existencialistas, la filosofía ha defendido que el sentido de la vida se encuentra en la afirmación del ser, no en su desaparición.

La ciencia, finalmente, observa que la muerte es un proceso biológico que marca el fin de la actividad orgánica, sin evidencia de estados trascendentes posteriores. Los estudios neurológicos muestran que la conciencia depende de estructuras cerebrales, y al cesar estas, cesa también la experiencia subjetiva. El nirvana, como estado más allá de la muerte, carece de respaldo empírico. La ciencia se limita a describir lo observable: la vida se sostiene en procesos materiales, y su fin es la extinción biológica, no una liberación metafísica.

La difusión del budismo en Occidente ha sido objeto de reflexión tanto por pensadores que lo defendieron como por quienes lo impugnaron, y sus obras y fechas permiten trazar un mapa intelectual de este proceso.

En el siglo XIX, Arthur Schopenhauer fue uno de los primeros filósofos europeos en acoger con entusiasmo el budismo. En El mundo como voluntad y representación (1818), encontró afinidad entre su visión pesimista y la doctrina budista de la extinción del deseo. Su lectura abrió la puerta a que el budismo se percibiera como una alternativa filosófica seria en Europa. Poco después, Friedrich Nietzsche, aunque crítico, dedicó páginas en El Anticristo (1888) a comparar el budismo con el cristianismo. Para Nietzsche, el budismo era más honesto al reconocer el sufrimiento, pero lo consideraba una religión de decadencia, pues buscaba la extinción del yo en lugar de la afirmación vital.

En el siglo XX, la recepción se amplió. Carl Gustav Jung, en textos como Psicología y religión (1938), interpretó el budismo como una vía para explorar el inconsciente y alcanzar la individuación. Por otro lado, D.T. Suzuki fue decisivo en la difusión del Zen en Estados Unidos con obras como Essays in Zen Buddhism (1927), influyendo en intelectuales y artistas de la contracultura. En la misma línea, Alan Watts popularizó el budismo y el taoísmo en Occidente con libros como The Way of Zen (1957), presentándolos como alternativas espirituales frente al materialismo moderno.

Entre los defensores cristianos del diálogo, Thomas Merton, monje trapense, escribió Zen and the Birds of Appetite (1968), donde exploró las convergencias entre la contemplación cristiana y la meditación budista. Sin embargo, otros pensadores cristianos lo impugnaron: Jacques Maritain, en El campesino de la Garona (1966), criticó la fascinación occidental por religiones orientales, considerándolas insuficientes frente a la revelación cristiana.

En el ámbito académico, orientalistas como Max Müller impulsaron la traducción de textos budistas en el siglo XIX, especialmente en su monumental Sacred Books of the East (1879–1910), lo que permitió el acceso de Occidente a fuentes originales. Pero también hubo críticas desde la filosofía contemporánea: pensadores como Roger Garaudy, en La alternativa (1972), señalaron que el budismo, aunque profundo, no ofrecía soluciones sociales y políticas a los problemas modernos.

Así, la difusión del budismo en Occidente se explica por un doble movimiento: por un lado, pensadores que lo defendieron como alternativa espiritual y psicológica frente al cristianismo y la modernidad materialista; por otro, críticos que lo impugnaron por considerarlo evasivo, nihilista o insuficiente. El resultado fue una recepción ambivalente, marcada por fascinación y rechazo, que sigue vigente en el debate contemporáneo.

La recepción del budismo en Occidente no solo fue impulsada por filósofos y místicos, sino también cuestionada desde perspectivas marxistas, estructuralistas y posmodernas.

Desde el marxismo, se lo ha criticado como una religión que tiende a la resignación y a la aceptación pasiva del sufrimiento, lo cual encajaría con una ideología funcional a sociedades opresivas. En la tradición marxista-leninista, especialmente en estudios realizados en Cuba y la URSS durante el siglo XX, se interpretó el budismo como una forma de “alienación religiosa” que desviaba a los pueblos de la lucha de clases. Por ejemplo, trabajos académicos como los realizados en la Universidad de La Habana en la década de 1970 analizaron el budismo desde la óptica del materialismo dialéctico, concluyendo que su énfasis en la meditación y el desapego debilitaba la conciencia revolucionaria.

El estructuralismo, representado por pensadores como Claude Lévi-Strauss, no se centró en refutar el budismo directamente, pero sí lo interpretó como un sistema simbólico dentro de las culturas asiáticas. Desde esta perspectiva, el budismo no es tanto una verdad universal como una estructura cultural que organiza significados y prácticas. En este sentido, se relativiza su valor filosófico y se lo entiende como un producto histórico condicionado por las estructuras sociales y lingüísticas.

En el ámbito posmoderno y posestructuralista, autores como Michel Foucault y Jean-François Lyotard no escribieron directamente contra el budismo, pero sus marcos teóricos permiten una crítica indirecta. Foucault, por ejemplo, habría visto en las prácticas budistas una forma de “tecnología del yo”, útil para la autoconstrucción, pero sin pretensión de verdad universal. Lyotard, con su crítica a los “grandes relatos”, habría interpretado el budismo como otro metarrelato que promete liberación, y por tanto susceptible de ser cuestionado en la era posmoderna. En debates contemporáneos sobre espiritualidad y posmodernidad, se ha señalado que el budismo, al difundirse en Occidente, se adapta como una narrativa más entre muchas, perdiendo su carácter absoluto.

En suma, mientras los marxistas lo impugnaron como ideología alienante, los estructuralistas lo relativizaron como sistema cultural, y los posmodernos lo disolvieron en el pluralismo de narrativas. Así, el budismo en Occidente no solo fue defendido por filósofos y místicos, sino también sometido a críticas que lo colocan en el terreno de lo histórico, lo cultural y lo ideológico.

En la cultura popular de Occidente, el budismo se expandió no tanto por su rigor doctrinal, sino por su capacidad de responder a ciertas tensiones propias de la modernidad tardía. La primera razón es psicológica: en un mundo marcado por la incertidumbre —económica, política, existencial—, el budismo ofrece técnicas de serenidad y meditación que parecen dar alivio inmediato. No exige dogmas rígidos, sino prácticas que prometen calma interior, lo cual resulta atractivo en sociedades donde la ansiedad y el estrés se han convertido en enfermedades comunes.

La segunda razón es el escepticismo religioso. En un contexto donde las religiones tradicionales han perdido autoridad, el budismo se presenta como una “religión sin Dios”, una espiritualidad que no requiere fe en un ser supremo. Esto lo hace compatible con el secularismo occidental y con la búsqueda de experiencias espirituales sin compromisos dogmáticos. Así, se convierte en una alternativa para quienes rechazan las instituciones religiosas, pero aún desean un camino de sentido.

La tercera razón es su aparente reconciliación con el nihilismo estructural de la modernidad tardía. En sociedades donde el sin sentido prevalece —marcado por la fragmentación cultural, la pérdida de certezas y la decadencia de valores tradicionales—, el budismo encaja como una filosofía que no promete verdades absolutas, sino aceptación del vacío y del flujo constante. De este modo, entroniza el sin sentido como horizonte vital, transformando la ausencia de finalidad en una forma de paz.

En suma, el budismo se expande en Occidente porque responde a tres pulsiones contemporáneas: la necesidad psicológica de calma, el rechazo a las religiones teístas y la adaptación al nihilismo cultural. Su éxito no se debe tanto a la profundidad de su metafísica, sino a su capacidad de ofrecer alivio y coherencia en un mundo que ha perdido certezas.

Dentro del ámbito cristiano occidental algunos sacerdotes y exorcistas han advertido contra la práctica de la meditación budista. Su argumento central es que, al vaciar la mente y abrirse a estados alterados de conciencia sin referencia a Dios, se corre el riesgo de abrir “canales espirituales” que podrían ser aprovechados por influencias malignas.

Por ejemplo, el exorcista italiano Padre Gabriele Amorth, en obras como Habla un exorcista (1990), señaló que ciertas prácticas de meditación oriental podían predisponer a la persona a experiencias espirituales engañosas, interpretadas como posibles infiltraciones demoníacas. En la misma línea, algunos teólogos católicos han advertido que la meditación budista, al carecer de un marco cristiano, puede convertirse en una puerta hacia lo oculto.

Estas críticas se inscriben en un debate más amplio: mientras que muchos ven la meditación como una técnica psicológica útil para reducir el estrés, ciertos sectores religiosos la consideran peligrosa si se practica sin discernimiento. En contraste, otros pensadores cristianos —como Thomas Merton en Zen and the Birds of Appetite (1968)— defendieron que la meditación oriental podía dialogar con la contemplación cristiana, siempre que se mantuviera la referencia a Dios.

En suma, la expansión del budismo en Occidente no solo ha sido acogida con entusiasmo por filósofos y psicólogos, sino también cuestionada por vigorosas voces religiosas que ven en sus prácticas un riesgo espiritual. Esto muestra cómo la recepción del budismo se ha dado en un terreno de tensiones: entre fascinación cultural y cautela doctrinal.

Así, tras recorrer cada una de las diez tesis budistas y someterlas a la crítica cristiana, filosófica y científica, se revela un patrón constante: aunque el budismo ofrece intuiciones valiosas —la conciencia del sufrimiento, la búsqueda de serenidad, la compasión, el desapego—, sus propuestas se enfrentan a objeciones profundas que las despojan de solidez. El cristianismo las supera con la fe en un Dios personal y trascendente, que da sentido al dolor, fundamenta la moral en la gracia y promete plenitud eterna. La filosofía occidental las cuestiona desde la afirmación de la vida, la defensa de la identidad y la necesidad de un fundamento racional para la ética, mostrando que la extinción del yo o la reducción de la existencia a equilibrio son insuficientes. La ciencia, finalmente, las somete al rigor empírico y demuestra que muchas de sus afirmaciones metafísicas carecen de evidencia, mientras que sus prácticas —como la meditación o la compasión— pueden explicarse por causas naturales, psicológicas y evolutivas.

En consecuencia, el budismo en Occidente se expande más por su capacidad de adaptarse a las ansiedades modernas —la incertidumbre psicológica, el escepticismo religioso y el nihilismo cultural— que por la fuerza de su doctrina. Se convierte en un espejo de la decadencia occidental, ofreciendo alivio inmediato pero sin horizonte trascendente. Frente a ello, el cristianismo propone plenitud, la filosofía exige coherencia y la ciencia reclama evidencia. El resultado es que el budismo, aunque atractivo como práctica cultural y psicológica, queda en salmuera: preservado en la fascinación popular, pero debilitado en su pretensión de verdad última.

Bibliografía 

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