domingo, 16 de agosto de 2026

DESDE EL CENTRO DEL SER

 


DESDE EL CENTRO DEL SER

LA KÉNOSIS COMO NÚCLEO ESENCIAL

 

Gianmarco TORRES PARRA

 

La kénosis al centro de la ontología,

como propuesta original, dinamiza al ser.

El vaciamiento del ser es posibilitador de apertura

y superador de estructuras dogmáticas.

 

V

alorar la obra reciente: Ontología kenótica de Gustavo Flores Quelopana, requiere antes referirme a su persona, como filósofo. El filósofo L. Gustavo es, desde mi punto de vista, un pensador peruano contemporáneo que muy recelosamente recurre a las bases más sólidas sobre el análisis del ser para sus argumentos filosóficos. Y dentro de su sólida, profunda, pero rápida búsqueda de verdad, invita, y sin dudar, a los principios cristianos, pero la del mismo Jesucristo.

En más de una veintena de obras que giran en torno a la vuelta al cristianismo, pero sin dejar de hacer filosofía, con argumentos realmente profundos, deja claro que el puro inmanentismo lleva a un fracaso nihilista. Al respecto, considero que lo más importante de sus planteamientos es la recurrencia a la Ontología, pues varias de sus obras la incrustan desde su título. Por ejemplo: Ontología de la alteridad (2021), Filosofía como onto-ética (2021), Algoritmo ser y Dios. Un análisis ontológico y teológico del dataísmo y la Inteligencia Artificial (2025), Ontorrealismo (2025), Ontologías del sur en la encrucijada (2025), Ontología intermedia integral (2025). Y principalmente, esta última: Ontología kenótica. Hacia una nueva Teoría del ser. Se trata pues de una obra que aparte de su propuesta central, el autor va integrando los aportes de sus obras anteriores.

Antes de todo, considero que la relevancia de su robusto quehacer filosófico consiste en el análisis libre y acucioso partiendo de la realidad que le preocupa profundamente por la errada autosuficiencia del hombre contemporáneo. Pues siente y defiende la fe racional como verdadero cristiano. No he visto filósofo como él. Su pensamiento es original. Considero que se encuentra en una etapa madura dentro del fenómeno evolutivo de su pensamiento.

Otros filósofos, también con seriedad y madurez, han analizado mayormente de forma abstracta o puramente racional; en cambio Gustavo ha partido de realidades peruanas y globales tan reales como sus afecciones o consecuencias. Entonces, si por mucho tiempo se ha debatido sobre la existencia de una filosofía peruana, Gustavo, sin detenerse en este debate, ha hecho y sigue haciendo filosofía viva porque denota su preocupación, como demuestra en sus escritos y a través de las varias tertulias que mantuvimos con él. Este es otro punto realmente valioso, como la del filósofo que no solo piensa, sino vive en coherencia con su pensamiento filosófico. En ese sentido, es como otro Sócrates. Y al apelar a los valores y virtudes (principios cristianos), es otro como Aristóteles. Y al recurrir a otro plano (trascendental), es otro como Platón. Coincidentemente, los tres filósofos originarios del sustento ontológico.

Ahora, si bien el filósofo Juan Chocce hace con su libro: Gustavo Flores Quelopana. Filósofo del abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual, un reconocimiento al quehacer filosófico del autor en mención, ubicándolo en un escenario contextual por medio de una lista de autores como Juan Abugattás, David Sobrevilla, Ricardo Paredes Vassallo y Víctor Samuel Rivera porque todos ellos, desde su punto de vista, coinciden en la preocupación por una nueva alternativa civilizatoria por todos los problemas (económicos, ecológicos, político, sociales, etc.) en que nos encontramos zanjados en los últimos siglos. Es importante sí valorar el reconocimiento que hace Chocce a Gustavo Flores Quelopana por su descripción al problema civilizatorio actual, por la condición anética que presenta el hombre desde la modernidad lamentablemente con mayor intensidad. Sin embargo, frente a la denominación de “Filósofo del abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual”, debemos decir que el mayor interés del análisis filosófico que Gustavo Flores realiza es, ante todo, volver y edificar desde las bases sólidas de la ontología para un reconocimiento puro del ser del ser humano y luego más bien presentar con cierta esperanza la propuesta del cristianismo ya que él está convencido de que esta, es el mejor estilo de vida para hacer frente al “nihilismo estructural”, que consiste en “la negación radical de todo fundamento último del ser, de la verdad y la moral” en el contexto de la civilización actual.

Por ello, aparte de entender la descripción de Luis Gustavo como filósofo del abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual es cierta, pero que necesita un complemento, una ampliación, por quedarse solo en la revisión del estado perverso de la civilización actual, pues considero que el alcance del autor mencionado llega hasta el núcleo filosófico, me refiero al ámbito ontológico ya que es indudablemente el centro de su atención a través de sus obras por las que atraviesa esa vuelta al ser. De ahí que lo considero prioritariamente como un ontólogo.

 

***

 

Comentario a la Ontología kenótica, hacia una nueva Teoría del Ser

 

Ahora, al leer el libro: Ontología kenótica, confirmo que Flores es un filósofo profundo porque retorna al ser mismo. Pues, traslada un término (kénosis) de la teología paulina a la filosofía que ya no depende de la teología ni cristología, sino que se trata de un acto intencional de todos ser, que proporciona sentido y finalidad.

La neutralidad en la filosofía me parece un factor necesario en la medida que presenta la libertad de crítica y argumentación. Dicho de otra forma, considero que no puede abandonarse a un extremo y ¿cómo nos podemos dar cuenta de ello? Siempre que una idea se pueda argumentar con profundidad y seriedad. Esto sucede con la ontología desde la kénosis. La apertura que presenta esta ontología radica en la integración en un solo sistema: lo real, lo ideal y lo suprarreal. Además, hay una secuencia y desarrollo que se va gestando desde el núcleo kenótico: vaciamiento que apertura, donación que otorga soporte y comunión que proporciona. Se puede hablar también de apertura porque libera al hombre del encasillamiento en el inmanentismo y en la cerrazón cientificista, tal como indica. En sí, la idea de kénosis permite superar dos extremos: reducir el ser a sustancia o elevarlo a sujeto absoluto. Se trata más bien de una entrega sin retención.

En el texto bíblico al cual se hace mención, específicamente dice: κένωσεν (ekénōsen, "se vació"). En teología, se entiende por kénosis al acto de autodespojo voluntario del Hijo de Dios en la encarnación. κενόω (kenóō) lo cual significa: vaciar, dejar sin contenido, hacer inútil, privar de fuerza o anular. En Filipenses tiene un sentido cristológico único. Autores como N. T. Wright y Joseph A. Fitzmyer sostienen que Pablo describe una renuncia al privilegio, no a la naturaleza divina.

De hecho, en la perspectiva filosófica el alcance sea mayor. Y ese el mérito de la ontología kenótica de Flores. Desde esta noción la ontología cobra otro perfil, se trata del acto de desposesión. Esta propuesta se puede relacionar con la de otro filósofo, poco estudiado, me refiero al Hermano Noé Zevallos, para quien también la posibilitación del ser habilita la transtemporalidad. Es decir, el ser humano consciente de sus límites y de su finitud, lejos de paralizarnos por esa condición, le sirve de resorte para impulsarnos en nuestras vidas, intentando que cada acción trascienda estas limitaciones. De igual forma Gustavo considera que con su propuesta la filosofía deja de ser un sistema cerrado y torna más bien en un hecho de real apertura en donde cabe la libertad y la expresión de amor. Aquí la kénosis, es una categoría ontológica fundamental que explica la génesis del ser. Y de eso se da cuenta nuestro filósofo.

En palabras de Flores: “La ontología kenótica se presenta como respuesta porque afirma que el vaciamiento no es negación, sino plenitud compartida; no es pérdida, sino comunión; no es clausura, sino apertura”. (p.14) Esto quiere decir que el vaciamiento no es anulación del ser, no significa no-ser o el vacío. Pero ¿cómo entender ello? Inclusive, sobre la propuesta de logos de Heráclito para algunos intérpretes como Rodolfo Mondolfo, es posible comprenderlo como develamiento para conocer el ser por medio de la fuerza motriz que es el logos.

Ya se ha mencionado que estamos ante una propuesta original, es por ello que inevitablemente se realiza una crítica a propuestas ontológicas precedentes. Surge esta postura tras una discusión a los planteamientos de Hartmann, Jaspers, Heidegger, Balthasar y Marion al respecto. Es que en realidad ninguno de estos autores acierta con el ser como posibilitador de apertura y comunión. Todos ellos, de algún modo u otro no trascienden la dependencia al inmanentismo o a una fenomenología exacerbada. De la misma forma, no podía faltar en esta obra también una crítica a Nietzsche, como lo hace constantemente en varias de sus obras, sobre todo por la presentación del ser de forma reduccionista a la interpretación olvidando que la objetividad permite y sostiene la posibilidad de conocer el ser. Aquí la filosofía no se puede ver como un juego lingüístico, o juego de palabras, al modo subjetivo relativista, sino se trata de una consciencia crítica que busca transformar el nihilismo contemporáneo. Frente a todo esto, una síntesis sería, en las palabras del mismo filósofo peruano: “El vaciamiento no es un hecho histórico singular, sino la condición universal de la existencia”. (p.35) Nuevamente, para Noe Zevallos la posibilidad es la condición del ser, de similar forma, para nuestro autor, “…la kénosis es la condición singular del ser”. (p.35)

 

Vaciamiento y comunión: dos características del ser kenótico

Así como G. Flores considera que el ser no se define por permanecer en sí mismo, sino en el despojo. A esto podría agregar que solo cuando el ser se comprende pleno o lleno no se apertura hacia otro ser. Al respecto, con claridad la tradición occidental de la filosofía solo ha focalizado la consolidación, con pretensión de seguridad, por la autorreferencia ontológica. Solo por mencionar a dos de ellos, Parménides ha “zanjado” el ser separándola del no-ser. Y Aristóteles ha ampliado el abordaje de ese ser acrisolado, otorgándole categorías, características e incluso modos. Según Aristóteles, las categorías del ser son: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión, acción y pasión. Además, el ser al decirse de muchas maneras, se puede caracterizan por estos pares de modos: sustancia y accidentes, acto y potencia como también, verdadero y falso. Ambos, de distintas maneras, han ratificado el contenido del ser. Entonces, se trata de un ser ocupado, mientras que desde la ontología kenótica el ser está posibilitado para la trascendencia.

Aquí tenemos el surgimiento de un problema crucial, el entrampamiento de la existencia de las cosas en su mismidad. Por ejemplo, el inmanentismo radical ha obstaculizado el desarrollo del ser en tanto no ha posibilitado por la absoluta pretensión de autosuficiencia. Esto no ha hecho otra cosa más que generar pesimismos existenciales. En cambio, Flores se dio cuenta que con la posibilitación de apertura a lo trascendente y fundamental el ser humano ya no solo se estanca en lo real, sino que atravesando por lo ideal puede arribar a lo suprarreal. Este último, considera nuestro filósofo, está caracterizado por la comunión con lo divino.

En la historia de la filosofía han surgido estos dos modos de abordar el ser: el sustancialismo y el existencialismo. Recordemos que se puede hablar de sustancialismo desde la filosofía griega clásica con Platón y Aristóteles. Este último la ha abordado como una premisa metafísica considerando que la realidad y el conocimiento se fundamenta precisamente en la sustancia, la cual había sido entendida como esencias inmutables y permanentes. Y sobre el existencialismo, cabe recordar a Soren Kierkegaard como un anticipador de esta corriente filosófica que se consolida en Europa en el siglo XX. Esta perspectiva antepone la existencia a la esencia. Desde ambas posturas, incluso contrarias hasta cierto punto; no permiten la dynamis del ser.

Y si nos concentramos en el ser del ser humano específicamente, se podría considerar que desde el sustancialismo se justificaría una de las cosas más terribles que se reflexiona también en la ética, me refiero a la enfermedad de la autorreferencia egoísta, cuyo pináculo lo llama Flores “anetismo”, como categoría antropológica del hombre decadente. Digo que es enfermedad porque afecta al equilibrio del ser humano, principalmente en su dimensión ética-social. Ahora, sobre la denominación autorreferencia, se debe distinguir una positiva de otra negativa. La autorreferencia positiva es la que posibilita, por ejemplo, la identidad. Es decir, respondería a la pregunta: ¿quién soy? Pero la referencia a sí misma de forma negativa es la que anula toda posibilidad del otro. Es por ello, para una mejor precisión se adhiere el adjetivo egoísta. Este tipo de autorreferencia implica solo la priorización del propio bienestar, incluso que podría dejar afecciones a los demás. Y con esto nos topamos con otras dos categorías creadas por Flores, la del “hiperimperialismo” neoliberal que divorcia la libertad de la justicia, y la de “Neobrutalismo”, como normalización social del agotamiento cultural de la imagen espiritual del mundo.

Desde allí que en la Ontología kenótica de Flores se posibilita una real apertura a la trascendencia porque no solo existe el ser de la sustancia, sino de otra-sustancia. En otras palabras, se comprende que la sustancia está, “existe”; pero simultáneamente está otra sustancia. Sobre el ser humano habría que decir, así como existimos cada uno de nosotros también, están los demás. Somos sujetos en relación. Profundas reflexiones filosóficas en sus obras sobre lo andino habían ya considerado esa relación, aunque habría que decir también que no se trata de absolutizarla, en calculada reciprocidad. También, desde el planteamiento de la kénosis, en relación al existencialismo, permite superar la reducción de algunos de los representantes de la corriente filosófica andina que la habían identificado o relacionado con el ateísmo. Ellos mismos habían considerado al ser como vacío sin sentido. En contraposición a esos planteamientos, la ontología kenótica es plenitud en tanto no permanece en sí, sino que se dona es apertura que siempre posibilita esperanza.

Por otra parte, en esta época contemporánea la objetividad no es autosuficiencia. El mismo transcurrir de la historia ha ido consolidando la relacionalidad entre los seres humanos. En ese sentido, la objetividad consiste en la facultad de reconocimiento a la alteridad. Al respecto, nuestro filósofo peruano acierta con vital claridad que en la historia de la filosofía se ha denominado objetividad a lo que se debería denominar sustancialidad. Este error explica la comprensión de lo objetivo como algo cerrado o ya establecido en donde no cabe ninguna posibilidad de apertura, por ejemplo, a la justicia, verdad y esperanza.

El vaciamiento kenótico supera todas las ideas de los filósofos que caen en reduccionismos. Por ejemplo, un reduccionismo en la modernidad podría ser la comprensión del lenguaje como determinante de la realidad. Y un reduccionismo de la época contemporánea la grave consideración posmoderna de que cada uno tenga una verdad y en consecuencia ya no haya, ni siquiera, el autoconocimiento necesario como camino ético, si es que no se considera los principios a modo de preceptos morales.

 

La onto-ética como categoría fundacional

En el libro que aquí se comenta, se afirma que esta ontología es una propuesta al mismo tiempo ética por la posibilidad de una cultura de encuentro si nos referimos al ser humano. Sobre este punto, considero que si la ética no está inmersa en la ontología todo esfuerzo por comprender los fundamentos para el buen obrar serán solo superficiales. Pero si la ética es solo otra perspectiva de analizar al ser del ser humano se puede asegurar unos principios éticos por convicción y no como preceptos morales impuestos externamente y de forma universal.

Después de comprender ello, cabe preguntarse ¿Qué funda la onto-ética como categoría filosófica? Esta otra categoría de G. Flores es profundamente desarrollada en su obra: Filosofía como onto-ética (2021), en ella explica la directa relación entre ambas disciplinas o consideradas también ramas de la filosofía que en muchas ocasiones se las ha abordado de forma separada como si ambas no se referirían al ser, en este caso, nos vamos a referir al ser humano. Considero que al hablar de onto-ética el autor no lo aborda a modo de una fusión o yuxtaposición, sino que el enlace allí claramente existente tiene una explicación más profunda. Esto es, el abordaje del mismo ser en dos direcciones: uno, el análisis de la esencia del ser, pero como apertura y dos, el modo del buen obrar de ese ser en apertura. De esto se desprende que la onto-ética funda la comprensión del ser del ser humano; así como, la comprensión de los demás seres.

 

Ontología kenótica, categoría filosófica y preludio a la teología cristiana

Esta ontología transita dos espacios: el de la historia entendida como sucesión de hechos realmente transcurridos in factum, y el de la gloria divina comprendida básicamente como la participación en la divinidad. Asimismo, esta ontología superadora del estancamiento inmanentista, permite la comprensión y asimilación de la plenitud escatológica ya que las promesas al igual que la esperanza dinamiza la vida del ser humano. Volviendo atrás, la historia refleja el conjunto de acciones que nos debe preparar para la plenitud de la eternidad. Y como el amor divino es la que mide todas las cosas, la gloria consuma todo ese amor. Estas ideas del G. Flores tiene claves correspondencias con la filosofía tomista. No en vano acuñó la categoría metafísica del “Amore mensura” en otra de sus obras. Pues, para Santo Tomás de Aquino todas las características y modos que Aristóteles había considerado del ser, han sido plenificados en el Ser de Dios.

La ontología aquí mencionada no contradice en nada a la teología cristiana; al contrario, la fundamenta. Por ello, es realmente fundacional y reafirmo que procede del mismo núcleo del ser. Su aporte es valioso porque añade fundamentos a la teología en tanto antes solo se contaba con los aportes de los filósofos cristianos como los padres de los tres grupos: Patrística apologética, la escuela de Alejandría y los Padres capadocios; así como a los escolásticos y los teólogos propiamente que incluso va analizando sus ideas de algunos de ellos. Realmente, se trata de un gran aporte y un paso decisivo, que sin dejar de ser filosofía contribuye con una claridad incomparable para comprender las enseñanzas de la Iglesia desde los fundamentos ontológicos. En síntesis, lo que hace Gustavo Flores es partir de una categoría paulina y darse cuenta que es ontología pura y que además es fundacional porque abre a posibilidades de plenitud al ser. Y ese es su mérito puntual.

 

¡La kénosis no es metáfora!

Ni para la exégesis bíblica ni para la ontología, la kénosis no es metáfora. En la exégesis o también conocida como el estudio de las ciencias bíblicas con el método histórico – crítico se identifica a ese término como despojo o vaciamiento. Pues, Pablo considera que Jesús realmente siendo Dios no se jactó de su condición, sino que se “abajó”. Se sintió uno más de los nuestros, fue un hombre que salió de Galilea y se pasó la vida haciendo el bien. Jesús salió de un lugar marginal y quiso liberar espiritualmente a los más necesitados. Entonces, no se trata de una expresión literaria o un simbolismo. Se trata de una característica que definiría bien a Jesús por ser hombre humilde.

Pero, evidentemente en la filosofía kénosis ya no solo hace referencia al ser de Jesús, sino corresponde a todo ser. Si bien parte de lo dicho por Pablo en la carta a los Filipenses (2,6-7): ς ν μορφ θεο πάρχων οχ ρπαγμν γήσατο τ εναι σα θε, λλ αυτν κένωσεν μορφν δούλου λαβών”. La cual se traduce como: “siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo”, se refiere a Jesús. Eso sirve de inspiración para que Flores identifique que se trataba de una categoría más bien de todo ser.

Ahora, desde un enfoque filosófico el ser que aquí se denomina kenótico por la apertura y no el ser estancado en el inmanentista de la realidad material, como ya se ha explicado en los apartados anteriores. El filósofo de la onto-ética defiende, y con razón, la autonomía del concepto frente a una posible acusación de dependencia teológica. Para él, no es un inconveniente que el concepto esté, en principio, presente en un contexto religioso, mientras este término pueda ser resignificado en perspectiva filosófica universal sin forzarla de ninguna manera. En realidad, diversos filósofos de toda la historia de la filosofía usan términos de contextos religiosos, incluso me atrevería a decir, algunos cambiando más el sentido de la palabra que originariamente presentaba. Eso no sucede aquí. En el texto Ontología kenótica se recuerda el espíritu en Hegel, la trascendencia en Heidegger y gracia en Kierkegaard. En realidad, yo podría agregar que, sobre espíritu, también lo abordaron Hume, Descartes e incluso Kant (Geist).

Por otra parte, nuestro filósofo se anticipa haciendo frente a quien le acusaría de normatividad excesiva, pero él demuestra lo contrario. Evidentemente él comprende que la ética está inscrita en la estructura del ser. Entonces, las virtudes y también los valores éticos están al interior del ser del ser humano solo se necesita la apertura para su ejecución. Pero, también hay el problema de la libertad y del mal puesto que afectan al obrar bien. En este pensamiento se percibe de una forma integrada entre el mundo fenoménico, es decir, tal como se presenta a nosotros las cosas dadas y lo nouménico, que se podría corresponder con la moralidad. Estas dos que para Kant se encuentran separadas radicalmente.

En síntesis, con kénosis no se quiere simbolizar ni posibilitar una reflexión subliminal a modo de figura literaria, sino se trata de un significado con profundo sentido por una especie de negatividad frente a la autosuficiencia en la que muchas veces ha caído el ser humano. Pero hay que tener en cuenta que ese vaciamiento del que se habla no significa pasar del ser al no-ser, sino de que el ser es, siempre ha sido, pero con posibilidad dinámica de posibilidad de encuentro con otro ser y todo, porque no está cerrado, no está acrisolado en sí mismo.

 

¿Hacia dónde nos orientamos con el ser kenótico?

Y ahora es válida la pregunta: Entonces, ¿cuál sería el efecto o alcance de tal renovación fundante de la ontología desde la kénosis? Gustavo Flores al final postula, con la profundidad y claridad que le caracteriza, unos horizontes y proyecciones al respecto. En primer lugar, en el recorrido histórico que hace del ser solo se ha transitado desde lo “numinoso” hasta lo “logocrático”, términos que él también acuña como categorías para explicar los tipos de pensamiento filosófico. En cambio, era tiempo de una propuesta ontológica de la kénosis, me parece interesante y revelador las implicaciones éticas que apertura su propuesta, pues al vaciarse el ser genera la posibilidad de verdad, justicia y esperanza, mientras que, acrisolado el ser, no haría más que reducirse a experiencia individual o egolátrica. Incluso, y esto es importante subrayarlo, su alcance es mayor que la de Aristóteles al considerar la verdad como correspondencia entre pensamiento y realidad. Aquí el ser se da, se entrega, se abre, y en esta apertura se posibilita la verdad. El ser en su vaciamiento metafísico configura la realidad y la verdad. Por ende, hay una fuerte trabazón entre ontología y gnoseología.

En pocas palabras, esta propuesta se abre en dos direcciones fundacionales. Primero, en el ámbito de la fe permite el reconocimiento de una donación originaria como revelación divina. Y segundo, en el ámbito de la razón, coincido con el autor que la normatividad no depende de lo que se denomina como preceptos morales o imperativos formales, sino de lo que está al interior de la estructura propia del ser. El ser no se encuentra sin sentido o arraigada al nihilismo contemporáneo, sino que es plenitud que gesta una verdad universal, una justicia radical y una esperanza trascendente. Son palabras del mismo Flores.

Otro alcance importante es la proyección política, pero de verdadera política, es decir a favor del bien común, ese servicio a la polis o sociedad. En este sentido, desde la ontología kenótica se fundamenta la convivencia a base de la apertura y comunión. En pocas palabras, la política no puede identificarse con una cerrazón como enfermedad de autorreferencia egoísta, sino debe percibirse como apertura originaria del ser.

Finalmente, Flores va concluyendo su análisis profundo con la presentación del estilo de vida de San Francisco de Asís al vivir desde la libertad que no se ancla en la inmanencia, sino que reconociéndola supera la autonomía cerrada entendida como ese necesitarse solo a sí mismo. Esto se contrasta con la lucha de poderes que hasta la actualidad existe. En síntesis, desde la amore mensura, que es otra de sus categorías que lo había desarrollado antes. Esa medida que es el amor sustenta la pobreza radical del santo de Asís que desarticula el abandono a la materia y abre el espacio a la libertad como don que coincide con la característica dinamizadora del logos.

Conclusiones

1.                    La ontología kenótica de Gustavo Flores Quelopana constituye una propuesta original que desplaza el centro de la reflexión filosófica hacia el vaciamiento como plenitud compartida, superando tanto el sustancialismo clásico como el existencialismo nihilista.

2.                   El vaciamiento kenótico no es negación ni pérdida, sino apertura y comunión, condición universal de la existencia que dinamiza el ser y lo libera de la cerrazón inmanentista y cientificista.

3.                   La crítica a los reduccionismos modernos y posmodernos (lingüísticos, relativistas, nihilistas) se articula en categorías propias como anetismo, hiperimperialismo y neobrutalismo, que denuncian la decadencia ética y cultural del hombre contemporáneo.

4.                   La onto-ética se revela como categoría fundacional: el ser humano no puede comprenderse sin apertura al otro, y la ética no es imposición externa, sino convicción inscrita en la estructura del ser.

5.                   La propuesta kenótica enlaza filosofía y teología sin subordinación: desde la categoría paulina de la kénosis, resignificada filosóficamente, se abre un horizonte de esperanza trascendente, justicia radical y verdad universal.

6.                   La amore mensura se establece como criterio último: el amor como medida del ser, fundamento de la libertad y de la política auténtica orientada al bien común, en contraste con la autorreferencia egoísta y la lucha de poderes.

7.                   En síntesis, la ontología kenótica se presenta como una respuesta fundacional al nihilismo estructural, ofreciendo un camino de apertura, comunión y trascendencia que restituye la dignidad del ser humano y su vocación hacia la plenitud.

 

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sábado, 15 de agosto de 2026

EN DEFENSA DE LA ESENCIA

 


EN DEFENSA DE LA ESENCIA

¿Es posible que la ciencia funcione sin admitir que las cosas tienen una naturaleza propia? ¿Puede el intelecto humano explicar el éxito práctico de la técnica si niega que los entes poseen esencias reales? ¿No es acaso un contrasentido que el escepticismo declare la invalidez de la razón y de los sentidos, mientras utiliza precisamente la razón y los sentidos para formular su negación? ¿Qué sentido tiene hablar de conocimiento si se reduce todo a interpretaciones contingentes, como pretendió Nietzsche, o a juegos de lenguaje, como sostuvieron los analíticos? ¿No revela la historia del pensamiento que cada ataque contra la esencia, desde el nominalismo medieval hasta el posmodernismo, ha terminado debilitando la confianza en la inteligibilidad del ser? ¿Y no muestra, por contraste, que la defensa de la esencia es la única vía para restituir la unidad profunda entre metafísica y ciencia, entre la verdad del ser y la eficacia del saber?

En la antigüedad, tanto el escepticismo de la Academia como el de Pirrón convergieron en una negación práctica del conocimiento. La paradoja del escepticismo consiste en negar el conocimiento y, al mismo tiempo, afirmar que la razón y los sentidos son dudosos, lo cual implica una contradicción: se utiliza la razón para declarar su invalidez y se confía en los sentidos para ponerlos en cuestión. La refutación del escepticismo permite ver la profunda unidad entre metafísica y ciencia, pues al demostrar que el conocimiento es posible, se confirma que las esencias son inteligibles y que la ciencia es una vía privilegiada para acceder a la verdad del ser.

La metafísica clásica, representada por Aristóteles y Tomás de Aquino, defendió que las esencias son realidades operativas, inteligibles y causales. El nominalismo medieval, en cambio, debilitó la confianza en la inteligibilidad del ser al reducir los universales a meros nombres convencionales. En la modernidad, Kant introdujo el concepto de noúmeno como algo radicalmente separado de lo que percibimos, pero esta separación fue un falso problema: conocer las propiedades de un electrón es conocer al electrón mismo. Nietzsche, con su célebre frase “no hay hechos, sino interpretaciones”, contribuyó decisivamente al antiesencialismo, al reducir la realidad a un juego de perspectivas y negar la consistencia ontológica del ente.

La fenomenología husserliana subjetivizó la esencia al reducirla a correlato intencional de la conciencia. El existencialismo, con su fórmula “la existencia precede a la esencia”, debilitó la noción de forma sustancial y la subordinó a la libertad radical del individuo. El vitalismo orteguiano desplazó la esencia hacia la vida como circunstancia, negando la estabilidad ontológica en favor de la historicidad. El procesalismo de Alexander y Whitehead disolvió la esencia en procesos dinámicos, concibiendo la realidad como flujo en devenir sin estructuras fijas. La filosofía analítica y del lenguaje redujo la esencia a problemas semánticos o a juegos lingüísticos, negando la posibilidad de afirmar un fundamento metafísico más allá del uso del lenguaje.

El neopragmatismo y el posmodernismo radicalizaron la disolución de la esencia en favor de vocabularios contingentes y simulacros culturales. La razón instrumental, en su orientación pragmática y utilitaria, se mostró profundamente antimetafísica y antiesencialista. El giro nihilista de la sociedad postmetafísica y el culturalismo nominalista se convirtieron en enemigos jurados de la esencia. Richard Rorty negó la existencia de fundamentos ontológicos y redujo la filosofía a un ejercicio de redescription cultural. Gianni Vattimo, con la “ontología débil”, proclamó la disolución de toda estructura fuerte del ser. Ambos representan el triunfo del antiesencialismo, pero también su límite: al negar la esencia, destruyen la posibilidad de explicar el éxito práctico de la ciencia y la coherencia de la experiencia humana.

En contraste, Saul Kripke defendió el “esencialismo científico”, demostrando que las identidades científicas —como “el agua es
H2O
”— son verdades metafísicamente necesarias. Su planteamiento mostró que las leyes científicas no son meras convenciones pragmáticas, sino descubrimientos de estructuras esenciales que no pueden ser de otro modo. Pero Kripke no estuvo solo en esta defensa. Hilary Putnam, con su teoría de la referencia directa, sostuvo que los términos naturales apuntan a la esencia objetiva de las cosas y que las identidades científicas fijan la referencia en todos los mundos posibles. Ruth Barcan Marcus, pionera en la lógica modal, mostró que la identidad de los individuos depende de propiedades necesarias que no pueden perder sin dejar de ser lo que son. David Wiggins defendió que los objetos naturales poseen propiedades esenciales que determinan su continuidad en el tiempo y que sin ellas no habría manera de explicar la permanencia de los entes ni la validez de las leyes naturales. Kit Fine desarrolló una teoría de la esencia que distingue entre propiedades esenciales y accidentales, mostrando que las esencias son anteriores a las verdades modales y que fundamentan la necesidad misma. En el ámbito de la biología, el esencialismo de especie, revitalizado por estos pensadores, sostuvo que cada especie posee una esencia fija que determina su identidad y continuidad.

En este horizonte de crisis y de defensa, la filosofía kenótica aporta una clave decisiva en favor de la esencia. La kenosis revela que el ser no se afirma en la autosuficiencia ni en la absolutización de la técnica, sino en la autodonación. Frente al nihilismo contemporáneo, la ontología kenótica muestra que la esencia no es clausura ni rigidez, sino apertura y comunión. La esencia se entiende como vaciamiento originario que funda la posibilidad de la relación, la justicia y la esperanza. Allí donde el escepticismo paraliza y el nominalismo disuelve, la filosofía kenótica restituye la inteligibilidad del ser en clave de donación. La esencia, iluminada por la kenosis, no es un concepto abstracto ni una forma rígida, sino la estructura viva de la relacionalidad que sostiene la dignidad irreductible de la persona y la apertura de la historia hacia la trascendencia. De este modo, la filosofía kenótica defiende la esencia mostrando que su verdad no se opone a la libertad ni a la historicidad, sino que las funda en la lógica del amor que se vacía para dar vida.

Antes concluir es necesario presentar los principales argumentos en contra de la esencia y su refutación. El nominalismo medieval, representado por Guillermo de Ockham, sostuvo que los universales no son realidades, sino meros nombres, negando así la existencia de formas comunes y debilitando la inteligibilidad del ser; sin embargo, esta posición se refuta mostrando que sin universales reales no habría ciencia posible, pues toda clasificación y predicación quedaría reducida a arbitrariedad lingüística. Kant afirmó que el noúmeno es incognoscible y que solo podemos acceder a los fenómenos, lo cual implica que la esencia queda oculta tras un velo infranqueable; la refutación consiste en señalar que conocer las propiedades de un ente es conocerlo en su esencia, y que la distinción radical entre fenómeno y noúmeno paraliza el conocimiento en lugar de fundamentarlo. Nietzsche proclamó que “no hay hechos, sino interpretaciones”, negando la consistencia ontológica del ente y reduciendo la realidad a perspectivas; la refutación es que la eficacia práctica de la ciencia y la técnica demuestra que los hechos poseen estructura estable y que las interpretaciones solo son posibles porque hay un fundamento real que las sostiene. 

Husserl subjetivizó la esencia al reducirla a correlato intencional de la conciencia, pero la refutación muestra que la esencia no depende de la conciencia, sino que la conciencia depende de la esencia para poder intencionar algo real. Sartre, con su fórmula “la existencia precede a la esencia”, subordinó la esencia a la libertad radical, pero la refutación consiste en mostrar que la libertad misma requiere una naturaleza estable que la haga posible, pues sin esencia no habría sujeto capaz de existir. Ortega y Gasset desplazó la esencia hacia la circunstancia vital, negando la estabilidad ontológica, pero la refutación consiste en señalar que la vida misma presupone estructuras esenciales que permiten la continuidad de la persona. Whitehead y Alexander disolvieron la esencia en procesos, pero la refutación muestra que todo proceso requiere una identidad que permanezca para poder ser reconocido como tal. La filosofía analítica redujo la esencia a problemas semánticos, pero la refutación consiste en mostrar que el lenguaje solo puede referirse a algo porque ese algo tiene una esencia que lo hace inteligible. Rorty negó la ontología y redujo la filosofía a redescription cultural, y Vattimo proclamó la “ontología débil” como disolución de toda estructura fuerte del ser; la refutación consiste en señalar que sin esencia no hay verdad, y sin verdad no hay posibilidad de ciencia ni de cultura coherente. En todos estos casos, la crítica a la esencia se derrumba frente a la evidencia de que la ciencia, la técnica y la experiencia humana solo son posibles porque los entes poseen esencias reales, operativas e inteligibles.

La defensa de la esencia no comienza con Aristóteles, aunque en él alcanza su formulación clásica, sino que hunde sus raíces en la filosofía griega más antigua. Parménides, al afirmar que “el ser es y el no-ser no es”, estableció la primera intuición de que la realidad posee una estructura necesaria e inteligible. Platón, con su teoría de las Ideas, sostuvo que las esencias son realidades eternas y universales que fundamentan la multiplicidad sensible. Aunque Aristóteles corrigió el platonismo al situar la esencia en la sustancia concreta, la línea de continuidad es clara: desde los presocráticos hasta el Estagirita, la filosofía griega buscó afirmar que lo real no es pura apariencia, sino que posee una naturaleza propia que lo hace inteligible.

La defensa de la esencia se refuerza con ejemplos científicos concretos que muestran cómo la ciencia descubre estructuras necesarias. El oro, identificado como elemento químico con número atómico 79, posee propiedades esenciales que lo distinguen de cualquier otro metal y que no pueden alterarse sin dejar de ser oro. El ADN, como estructura molecular que codifica la información genética, constituye la esencia de la vida biológica, pues sin él no habría continuidad ni transmisión de las especies. La tabla periódica de los elementos, la doble hélice del ADN y la estructura molecular del agua son testimonios de que la ciencia no se limita a describir fenómenos, sino que accede a las esencias mismas que determinan la naturaleza de las cosas.

La defensa de la esencia no es solo un problema ontológico, sino que tiene proyección ética y política. La dignidad de la persona humana se funda en su esencia irreductible, que no puede disolverse en flujos impersonales ni en simulacros digitales. Reconocer la esencia de la persona significa afirmar su valor absoluto frente a cualquier intento de instrumentalización. En el plano político, la defensa de la esencia implica rechazar ideologías que niegan la identidad humana y que reducen al individuo a mera función del sistema. La esencia de la persona es el fundamento de los derechos humanos, de la justicia y de la convivencia social. Sin esencia, la ética se convierte en relativismo y la política en manipulación.

Como vemos la comparación con corrientes contemporáneas muestra que el debate sobre la esencia sigue vivo. El realismo estructural en filosofía de la ciencia sostiene que lo que la ciencia descubre son las estructuras esenciales de la realidad, y que esas estructuras permanecen, aunque cambien las teorías. En la biología contemporánea, el debate sobre el esencialismo de especie se ha reavivado con los avances en genética y biología evolutiva: aunque Darwin introdujo el pensamiento poblacional, la genética moderna muestra que las especies poseen una base esencial en su código genético. Estas discusiones confirman que la esencia no es un concepto obsoleto, sino una categoría indispensable para comprender la ciencia actual.

Finalmente, la filosofía kenótica ofrece una síntesis conclusiva que transfigura la noción de esencia. La kenosis revela que la esencia no es clausura ni rigidez, sino apertura y donación. La esencia se entiende como vaciamiento originario que funda la posibilidad de la relación, la justicia y la esperanza. En clave kenótica, la esencia no se opone a la libertad ni a la historicidad, sino que las hace posibles al ofrecer un fundamento de comunión y trascendencia. Frente al nihilismo contemporáneo, la ontología kenótica muestra que la esencia es la estructura viva de la relacionalidad que sostiene la dignidad irreductible de la persona y la apertura de la historia hacia la plenitud.

La conclusión es clara: el universo posee una estructura inteligible compuesta por esencias reales, y la razón humana, mediante la ciencia, tiene la capacidad genuina de descubrirlas y tocarlas. La defensa de la esencia destruye la parálisis escéptica y restituye la confianza en la inteligibilidad del ser. La ciencia no es un juego de símbolos vacíos, sino un acceso privilegiado a las potencias reales que constituyen la naturaleza de las cosas. Allí donde el escepticismo proclama incertidumbre, la metafísica de las disposiciones y la filosofía kenótica afirman la solidez de las esencias y la apertura del intelecto humano a la verdad del ser.

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