miércoles, 19 de agosto de 2026

El Espejismo de Teoría del Reconocimiento de Axel Honneth

 


El Espejismo de Teoría del Reconocimiento de Axel Honneth

¿Puede una teoría crítica que reduce la explotación a un déficit de reconocimiento seguir llamándose emancipadora? ¿No es acaso el capital quien se beneficia cuando la opresión se estetiza como “humillación” y se prescribe como terapia multicultural? ¿Qué ocurre cuando la lucha de clases se disuelve en un diálogo normativo y el despojo material se oculta bajo el velo de la psicología social? ¿No estamos frente a una claudicación teórica que, en lugar de subvertir el orden, lo legitima con un rostro amable? Y, más aún, ¿qué horizonte emancipador puede abrirse si el reconocimiento mismo ha sido capturado por el capitalismo cognitivo como ideología de autoexplotación? Estas preguntas marcan el umbral de una crítica materialista y kenótica que busca desenmascarar el carácter reaccionario de la propuesta honnethiana y rescatar la dignidad desde la vulnerabilidad compartida y la autolimitación del poder.

1. La reducción psicologista frente a la materialidad del despojo

Honneth desplaza el núcleo de la injusticia desde la explotación objetiva hacia la herida subjetiva del menosprecio. En su esquema, la dominación se traduce en déficits de reconocimiento, pero se oscurece el hecho brutal de la expropiación de la fuerza de trabajo. El trabajador no es desposeído de su plusvalía, sino “humillado” en su autorrealización. Esta psicologización convierte la lucha de clases en terapia multicultural, donde el conflicto se resuelve con empatía y diálogo, no con la demolición de las estructuras de propiedad.

Desde una perspectiva kenótica, este desplazamiento es doblemente problemático. La kénosis exige vaciar el poder y reconocer la vulnerabilidad compartida, pero Honneth lo convierte en un ejercicio de autoestima institucional. El capital aparece como un interlocutor que debe aprender a “reconocer” mejor, cuando en realidad es el agente estructural del despojo. Al estetizar la explotación como falta de respeto, su teoría neutraliza la violencia material y la convierte en un malentendido ético, funcional al mantenimiento del orden vigente.

Más aún, esta psicologización abre la puerta a una peligrosa complicidad con el discurso empresarial contemporáneo. Las corporaciones pueden admitir que “faltó reconocimiento” o que “hubo humillación” sin modificar un ápice la estructura de salarios, propiedad o acumulación. El reconocimiento se convierte en un placebo discursivo que legitima la continuidad del despojo. La crítica kenótica recuerda que la dignidad no se funda en la autorrealización individual, sino en la vulnerabilidad compartida y en la necesidad de autolimitar el poder que perpetúa la violencia económica.

2. El reformismo normativo como anestesia del capital

Honneth confía en que las instituciones modernas —el derecho burgués, el mercado laboral— contienen un potencial emancipatorio latente. Basta con desplegarlo mediante reformas normativas para que la sociedad avance hacia la justicia. Este enfoque es profundamente reaccionario: convierte al capitalismo en un sistema perfectible, no en una estructura que debe ser abolida. La revolución se sustituye por la inclusión simbólica, y el conflicto se domestica en cuotas de identidad y discursos de diversidad.

La crítica kenótica revela que este reformismo es la anestesia perfecta del neoliberalismo. El capital concede reconocimiento parcial —visibilidad, cuotas, narrativas de inclusión— mientras perpetúa intactos los flujos de acumulación y precarización. La kénosis, al insistir en la autolimitación del poder, denuncia que el reconocimiento sin redistribución es un simulacro. La verdadera emancipación no consiste en humanizar el capital, sino en vaciar su pretensión de omnipotencia y abrir espacio para los vulnerables que el sistema descarta.

Además, este reformismo normativo opera como un dispositivo de legitimación ideológica. Al presentar al Estado y al mercado como instituciones con “potencial emancipatorio”, Honneth les otorga un aura moral que encubre su función real: garantizar la reproducción del capital. La ontología kenótica, en cambio, exige un vaciamiento radical de estas estructuras, un gesto de autolimitación que impida la expansión ilimitada del poder económico sobre cuerpos y subjetividades. Reconocer no basta; es necesario disputar la materialidad del poder y abrir espacio para una política de cuidado que no se reduzca a concesiones simbólicas.

3. El reconocimiento como ideología del capitalismo cognitivo

En el capitalismo de plataformas, las demandas de respeto y autorrealización que Honneth veía como subversivas han sido absorbidas por el management empresarial. Las corporaciones celebran la singularidad del empleado, promueven culturas horizontales y fomentan la implicación emocional. Pero este reconocimiento corporativo es un mecanismo de autoexplotación: difumina las fronteras de la jornada laboral, intensifica la precariedad y convierte la subjetividad en combustible del capital.

La crítica kenótica muestra que este reconocimiento no libera, sino que coloniza la fragilidad humana. La sacralidad de la finitud se ve reemplazada por la exigencia de optimización constante, donde la vulnerabilidad se niega y la autolimitación desaparece. El capital cognitivo convierte la kénosis en su opuesto: un vaciamiento forzado del trabajador en beneficio de la empresa. Honneth, al no anticipar esta captura, termina ofreciendo un marco teórico que legitima la ideología empresarial del siglo XXI, donde el reconocimiento es el disfraz amable de la explotación.

Más aún, el capitalismo cognitivo convierte el reconocimiento en mercancía: talleres de “liderazgo empático”, programas de “bienestar corporativo” y discursos de diversidad se integran en la lógica de acumulación. El reconocimiento deja de ser un horizonte emancipador y se convierte en un recurso productivo. La ontología kenótica, al insistir en la autolimitación y en la sacralidad de la vulnerabilidad, denuncia esta captura y propone un horizonte alternativo: no la optimización infinita del sujeto, sino la aceptación de su fragilidad como fundamento de la solidaridad.

Conclusión

La teoría del reconocimiento de Honneth, al moralizar la opresión y estetizar el conflicto, se convierte en un dispositivo reaccionario que le hace el juego al gran capital. Su psicologización de la injusticia diluye la explotación material; su reformismo normativo estabiliza el sistema con concesiones simbólicas; y su confianza en el reconocimiento es absorbida por el capitalismo cognitivo como ideología de autoexplotación.

Frente a ello, la crítica materialista kenótica exige recuperar la economía política y la autolimitación radical del poder. Solo desde la vulnerabilidad compartida y el vaciamiento de la hibris capitalista puede reconstruirse una teoría crítica que resista la domesticación del conflicto y abra espacio para una política de cuidado y justicia material. La emancipación no consiste en ser “reconocidos” por el capital, sino en despojarlo de su pretensión de omnipotencia y construir estructuras que protejan la fragilidad humana frente a la violencia sistémica.

En suma, la teoría del reconocimiento de Honneth fracasa en su pretensión emancipadora porque reduce la opresión a un déficit normativo de respeto, cuando en realidad lo que está en juego es la dignidad espiritual del ser humano frente a un sistema que lo convierte en mercancía. La crítica kenótica nos recuerda que la verdadera liberación no se alcanza mediante la ampliación de derechos formales ni la validación institucional, sino en el acto radical de vaciamiento: renunciar a la hibris del poder, abrazar la fragilidad y abrir espacio para el otro en su vulnerabilidad.

El reconocimiento, tal como lo formula Honneth, termina siendo funcional al gran capital, pues estetiza la explotación y la convierte en un problema de autoestima social. El capitalismo cognitivo captura esas demandas de visibilidad y respeto para intensificar la autoexplotación, disfrazando la precariedad con discursos de inclusión. La ontología kenótica, en cambio, proclama que la dignidad no depende de ser “reconocidos” por el sistema, sino de la sacralidad de la finitud compartida, donde la muerte, el límite y la fragilidad son el fundamento mismo de la solidaridad y del amor.

La conclusión espiritual es contundente: la emancipación no consiste en humanizar el capital ni en adornar la dominación con cuotas de identidad, sino en despojarlo de su pretensión de omnipotencia y construir comunidades basadas en el cuidado, la hospitalidad y la autolimitación. Solo desde la kénosis —ese vaciamiento que abre espacio al débil, al descartado y a la biosfera— puede la crítica social recuperar su fuerza transformadora y espiritual. La verdadera revolución no es la conquista de un reconocimiento institucional, sino el acto kenótico de abrazar nuestra vulnerabilidad y convertirla en la fuente de una justicia que trascienda el cálculo del capital.

Bibliografía 

Harari, Y. N. (2016). Homo Deus: Breve historia del mañana (J. Ros, Trad.). Barcelona: Debate.
(Primera edición en castellano publicada por Editorial Debate, octubre de 2016; reediciones posteriores en Debolsillo, 2023 y 2026)

Honneth, A. (1997). La lucha por el reconocimiento: Por una gramática moral de los conflictos sociales (M. Jiménez Redondo, Trad.). Barcelona: Crítica.
(Edición española publicada por Editorial Crítica en 1997; obra original en alemán de 1992)

Vattimo, G., & Rovatti, P. A. (Eds.). (1990). El pensamiento débil (L. de Santiago Guervós, Trad.). Madrid: Cátedra.
(Edición española en la colección Teorema, Editorial Cátedra, 1990)


El Espejismo del Determinismo Tecnológico: Harari y la Narrativa de Confort para las Élites

 


El Espejismo del Determinismo Tecnológico: Harari y la Narrativa de Confort para las Élites 

Introducción
¿Qué significa realmente “ser humano” en una era donde se promete la inmortalidad técnica, la felicidad perpetua y el dominio absoluto de la evolución? ¿Es la muerte un defecto que debe ser eliminado o el fundamento mismo de nuestra dignidad? ¿Estamos ante un destino inevitable escrito por algoritmos y corporaciones, o aún existe espacio para la resistencia política y la afirmación de lo vulnerable? Estas preguntas capitales marcan el umbral de la reflexión que sigue.
En su célebre obra Homo Deus, el historiador israelí Yuval Noah Harari plantea una tesis audaz: habiendo domesticado históricamente las tres grandes plagas de la humanidad —el hambre, la peste y la guerra—, el Homo sapiens se encuentra en el umbral de una mutación sin precedentes. El nuevo horizonte de nuestra especie ya no es la mera supervivencia, sino la adquisición de capacidades divinas: la inmortalidad biológica, la felicidad perpetua mediante el rediseño bioquímico y el control absoluto de la evolución a través de la inteligencia artificial y la ingeniería genética. 
Sin embargo, bajo la apariencia de una advertencia secular y objetiva, la arquitectura conceptual de Harari adolece de una profunda ceguera sociológica, geopolítica y filosófica. Al universalizar las ambiciones de un puñado de corporaciones hiperconectadas de Silicon Valley y presentarlas como el destino inevitable de la humanidad, su obra incurre en un peligroso doble juego. Lejos de operar como una crítica incómoda, el discurso de Harari funciona como la mitología fundacional y la racionalización ideológica que las élites globales necesitaban para justificar la desigualdad más extrema de la historia humana. Frente a este determinismo tecnológico totalizante, la ontología kenótica emerge no solo como una refutación metafísica, sino como un acto de resistencia política que rescata la dignidad de lo vulnerable. 

I. La falacia del progreso universal: Estadísticas vs. Realidades Materiales
El punto de partida de Harari se sostiene sobre una generalización metodológica que violenta la realidad material de la mayor parte del planeta. Al afirmar que las hambrunas, las epidemias y los conflictos armados han sido degradados de "tragedias inevitables" a simples "problemas de gestión política", el autor adopta una perspectiva estadística global que diluye las asimetrías del sistema-mundo.
Para Harari, el hecho de que hoy muera estadísticamente más gente por enfermedades asociadas a la obesidad que por desnutrición, o que el suicidio cobre más vidas que los conflictos armados, es prueba de un éxito evolutivo. No obstante, esta mirada ignora que el hambre y la precariedad no son anomalías técnicas del pasado en vías de resolución, sino subproductos estructurales y necesarios del modelo económico actual. En vastas regiones del Sur Global, las enfermedades curables y la escasez de recursos esenciales como el agua potable no persisten por "errores de cálculo", sino por la lógica de acumulación y desposesión de los mercados globales. Hablar del Homo Deus como el "siguiente paso de la humanidad" es un ejercicio de provincianismo intelectual que confunde la agenda de una minoría plutocrática con el destino de toda la especie. 

II. El determinismo tecnológico y la disolución de la agencia política
Uno de los aspectos más problemáticos de la narrativa de Harari es su adopción de un estricto determinismo tecnológico. En sus textos, la Inteligencia Artificial, la biotecnología y el flujo masivo de datos (lo que él denomina Dataísmo) aparecen como fuerzas históricas autónomas, dotadas de una inercia propia que se despliega de manera casi metafísica sobre las sociedades. 
Esta conceptualización despolitiza el debate de raíz: 
  • Inexistencia de responsables: Si la tecnología avanza por una fuerza evolutiva ineludible, se borra el rastro de las corporaciones, los fondos de inversión de riesgo y los Estados que financian y dirigen activamente estas investigaciones con fines de control y rentabilidad. 
  • Desmovilización ciudadana: Al plantear que el ser humano común se encamina a convertirse en un "humano hackeable" o a formar parte de una inevitable "clase inútil" desplazada por los algoritmos, se genera un sentimiento de resignación fatalista.
  • Conversión de la soberanía: La política tradicional, la lucha de clases y los movimientos sociales quedan reducidos a meros anacronismos frente al poder absoluto del código y los flujos de información. 
Al presentar el futuro como un libreto ya escrito por las fuerzas del mercado tecnológico, Harari neutraliza la capacidad de resistencia del ciudadano común, transmitiendo la idea de que cualquier intento de regulación o soberanía tecnológica es una batalla perdida contra la evolución. 

III. El intelectual en la corte de Davos: El transhumanismo como religión de clase
Esta sintonía ideológica explica de manera diáfana por qué Harari se ha convertido en el filósofo de cabecera y el conferencista estrella del Foro Económico Mundial de Davos y de las juntas directivas de Silicon Valley. Existe una contradicción insostenible entre vender distopías de exclusión biológica al gran público y, al mismo tiempo, ser aplaudido y financiado por las mismas élites que tienen el poder material para construirlas. 
Las élites globales no se sienten incómodas con las advertencias de Harari; por el contrario, encuentran en ellas un profundo confort intelectual. En primer lugar, la noción de que la riqueza se traducirá en una mejora biológica definitiva (una división genética entre una casta de "dioses" mejorados y una masa de desposeídos prescindibles) valida moralmente su estatus actual. Su posición de poder ya no se percibe como el resultado de una explotación económica o de asimetrías fiscales, sino como la vanguardia legítima del siguiente paso evolutivo de la vida en la Tierra. 
En segundo lugar, el enfoque de Harari desvía la atención de las reformas estructurales e inmediatas que el sistema económico global requiere de manera urgente. Mientras los líderes globales debaten en foros cerrados sobre los dilemas filosóficos del posthumanismo y el hackeo de la mente humana a cien años vista, se clausura el debate sobre la justicia fiscal, la precarización laboral en la era de las plataformas digitales, los monopolios tecnológicos y la devastación ecológica del presente. 

IV. La respuesta de la Ontología Kenótica: El valor del vaciamiento frente a la hibris tecnológica
Es aquí donde la ontología kenótica ofrece la demolición filosófica más contundente al determinismo de Harari. El concepto de kénosis —derivado de la teología del "vaciamiento" o "abajamiento" voluntario de lo divino para hacerse humano y vulnerable— fue trasladado a la ontología contemporánea por pensadores como Gianni Vattimo bajo el marco del "pensamiento débil". La ontología kenótica postula que la verdad y el ser no se realizan mediante la acumulación de poder, la estructura rígida o la dominación metafísica, sino a través del debilitamiento, la autolimitación y la apertura hospitalaria al otro. 
Desde esta perspectiva, el Homo Deus de Harari no representa una evolución, sino una regresión hacia la forma más primitiva de la metafísica violenta: la búsqueda del "Absoluto" absoluto, encarnado ahora en el algoritmo omnipresente y en la omnipotencia biológica de las élites. La ontología kenótica desmonta este delirio transhumanista en tres niveles fundamentales: 
  1. La sacralidad de la finitud contra la inmortalidad técnica: Para la kénosis, la dignidad humana y la posibilidad del amor, la empatía y la solidaridad nacen precisamente de nuestra vulnerabilidad compartida y de nuestra finitud. El proyecto del Homo Deus pretende extirpar la muerte y el dolor tratándolos como "defectos técnicos". Al hacerlo, destruye el tejido mismo de la experiencia humana y la ética, reemplazándolo por un utilitarismo gélido donde solo lo "optimizado" tiene derecho a existir. 
  2. El pensamiento débil frente a la dictadura del algoritmo: Mientras Harari predica el advenimiento del Dataísmo —una religión donde el ser humano se rinde ante la superioridad de los sistemas predictivos de datos—, la ontología kenótica defiende el debilitamiento de las verdades absolutas. El algoritmo reclama una verdad objetiva, impositiva y totalitaria; la kénosis contrapone una ontología de la interpretación (hermenéutica), donde la existencia no se computa, sino que se dialoga y se habita desde la fragilidad. 
  3. Autolimitación política contra expansión ilimitada: El transhumanismo de Davos justifica la expansión colonial infinita del capital sobre el cuerpo y la mente humana. La ontología kenótica, en cambio, erige la autolimitación como la máxima expresión de la libertad y la ética. La verdadera trascendencia no consiste en acumular poder tecnológico para devenir dioses dominadores, sino en el acto kenótico de "bajarse" y autolimitarse para evitar la violencia y permitir que el desposeído, el débil y la biosfera tengan un lugar en el mundo. 
┌──────────────────────────────────────────────────────────────┐
│ CHOQUE ONTOLÓGICO CENTRAL │
├──────────────────────────────┬───────────────────────────────┤
│ Determinismo de Harari │ Ontología Kenótica │
│ (Homo Deus) │ (Pensamiento Débil) │
├──────────────────────────────┼───────────────────────────────┤
│ • Llenado de poder técnico │ • Vaciamiento (Kénosis) │
│ • El algoritmo como absoluto │ • Debilitamiento de dogmas │
│ • Exclusión del vulnerable │ • Sacralización del débil │
│ • Inmortalidad biológica │ • Ética de la finitud humana │
└──────────────────────────────┴───────────────────────────────┘

Conclusión
En última instancia, el valor de Homo Deus no reside en su capacidad profética, sino en su función sintomática: es el reflejo de la ideología dominante de nuestra época. El doble juego de Yuval Noah Harari radica en empaquetar una alarmante distopía de exclusión biológica y deshumanización para el consumo masivo, mientras proporciona a los arquitectos del capitalismo de la vigilancia una narrativa que naturaliza y legitima sus ambiciones de control total.
El verdadero peligro que enfrenta la humanidad contemporánea no proviene de la autonomía de algoritmos omnipotentes ni de la rebelión de las máquinas. El peligro real reside en la aceptación sumisa de un discurso intelectual que reduce la condición humana a meros datos procesables y transforma la desigualdad social en un destino biológico inevitable. 
Frente a la arrogancia tecnocrática aplaudida en Davos, la ontología kenótica nos recuerda que el camino hacia una humanidad liberada no consiste en escalar peldaños hacia una divinidad cibernética artificial, sino en el acto radical de abrazar nuestra finitud, autolimitar nuestro poder de dominación y construir estructuras políticas basadas en el cuidado del vulnerable. La tecnología no es un vector divino que opera en el vacío; es una herramienta de poder y, como tal, debe ser disputada, politizada y democratizada, en lugar de ser adorada como el nuevo dios de un futuro clausurado.
La conclusión que se impone es clara y radical: el espejismo del Homo Deus no es un destino inevitable de la humanidad, sino la narrativa ideológica que legitima la concentración obscena de poder en manos de unas élites tecnocráticas. Harari convierte la desigualdad en biología y la dominación en evolución, clausurando la política bajo el mito del algoritmo absoluto. Frente a ello, la ontología kenótica recuerda que la verdadera trascendencia no consiste en acumular poder ni abolir la finitud, sino en el acto de autolimitarse, abrir espacio al vulnerable y disputar democráticamente el sentido de la técnica. Solo abrazando nuestra fragilidad compartida podremos resistir la arrogancia tecnocrática y construir un futuro donde la dignidad humana no sea sacrificada en el altar de la inmortalidad artificial.

Bibliografía 

Harari, Y. N. (2017). Homo Deus: Breve historia del mañana (J. Ros, Trad.). Barcelona: Debate.

Flores Quelopana, G. (2026) Ontología kenótica. Lima, IIPCIAL

Oñate y Zubía, T., & Toro Murillo, A. (Coords.). (2024). El pensamiento kenótico: perspectivas de la Kénosis desde Vattimo, Nishida y Nishitani. En La fuerza del pensamiento débil. Madrid: Dykinson.

Vattimo, G., & Rovatti, P. A. (Eds.). (1990). El pensamiento débil. Madrid: Cátedra.

BALANCE DE LEONARDO POLO

 


BALANCE DE LEONARDO POLO

¿Puede la apertura de la inteligencia, tal como la concibe Leonardo Polo, constituir el fundamento último de la trascendencia? ¿No se corre el riesgo de absolutizar la dimensión noética y dejar en la penumbra la fragilidad originaria del ser? ¿Es suficiente abandonar el límite mental para acceder a la plenitud, o más bien la verdadera trascendencia se revela en el vaciamiento kenótico, en la donación que se entrega sin reservas?

¿Hasta qué punto la antropología poliana, centrada en la libertad y la coexistencia, logra superar la tradición aristotélico‑tomista? ¿No permanece todavía en un nivel intermedio, valioso pero insuficiente, al privilegiar la autosuficiencia de la inteligencia sobre la vulnerabilidad como potencia de comunión? ¿No es acaso la kenosis, y no la mera apertura intelectual, la que funda la esperanza en medio de la tormenta del nihilismo secular posmoderno?

Estas preguntas incisivas abren el camino para un balance crítico de la propuesta de Polo, mostrando tanto la riqueza de su intento como sus límites, y preparando el terreno para la confrontación con la ontología kenótica, que desplaza el eje hacia el ser como donación y vaciamiento.

La propuesta filosófica de Leonardo Polo se articula en torno a la noción de “abandono del límite mental”, que busca superar la clausura del pensamiento objetivante y abrir la inteligencia hacia dimensiones irreductibles como la coexistencia y la libertad. Su tesis central afirma que la verdadera trascendencia del ser humano se realiza en la apertura radical de la inteligencia, capaz de ir más allá de la objetivación y de acceder a un horizonte superior. Esta formulación, sin embargo, mantiene la primacía de la inteligencia como eje constitutivo, lo que genera un desplazamiento insuficiente respecto de la tradición metafísica clásica. La apertura poliana, aunque innovadora, se concentra en la superación del límite mental y no alcanza a tematizar la vulnerabilidad ontológica como principio.

El análisis de esta propuesta revela que Polo intenta responder al agotamiento de la modernidad objetivante, pero lo hace desde una perspectiva que sigue privilegiando la capacidad cognitiva como fundamento de la trascendencia. La inteligencia se convierte en el lugar de la apertura, pero no se tematiza el ser como donación originaria. En este sentido, la propuesta poliana se queda en el nivel de la antropología filosófica y no logra alcanzar la radicalidad ontológica que exige la crisis contemporánea. La apertura de la inteligencia es necesaria, pero no suficiente para comprender la trascendencia en toda su profundidad.

Profundizando en este primer aspecto, se advierte que la noción de límite mental conserva todavía un carácter negativo: se trata de algo que debe ser abandonado para que la inteligencia se abra. La ontología kenótica, en cambio, no concibe la apertura como negación de un límite, sino como afirmación positiva del ser en su estructura de donación. El límite no es un obstáculo a superar, sino la condición misma de posibilidad de la entrega. Polo se queda en la lógica de la superación, mientras que la kenosis introduce la lógica del vaciamiento originario. Esta diferencia marca un contraste decisivo: la trascendencia no se asegura en la potencia de la inteligencia, sino en la fragilidad que se convierte en potencia de comunión.

Este contraste permite ver que la propuesta poliana, aunque valiosa en su intento de superar el objetivismo moderno, no logra tematizar la dimensión sacrificial del ser. La kenosis revela que la plenitud se alcanza en el vaciamiento, y que la trascendencia se realiza en la exposición radical a la alteridad. La inteligencia, por sí sola, no puede garantizar esta apertura, porque tiende a absolutizarse. La kenosis, en cambio, muestra que el ser humano no se funda en la autosuficiencia, sino en la donación que lo constituye desde el origen.

La antropología poliana privilegia la libertad y la coexistencia como dimensiones últimas. Sin embargo, la crítica kenótica muestra que la verdad del ser humano y del cosmos no está en la superación de un límite mental, sino en la estructura originaria de donación. La kenosis no es un recurso teológico accesorio, sino el principio ontológico que revela que la existencia se funda en la entrega y no en la autosuficiencia. La libertad, en este sentido, no es mera capacidad de elección, sino expresión de la donación originaria que constituye al ser. La coexistencia, por su parte, no es simple relación, sino comunión fundada en la kenosis.

Al profundizar en este punto, se advierte que la libertad poliana corre el riesgo de absolutizarse como dimensión última, mientras que la ontología kenótica la relativiza en función de la donación. La coexistencia, en Polo, se entiende como apertura interpersonal, pero no alcanza a tematizar la dimensión sacrificial que la kenosis introduce. La comunión no se funda en la mera apertura, sino en el vaciamiento que permite la entrega total. De este modo, la crítica kenótica desplaza el eje y muestra que la libertad y la coexistencia no son fundamentos, sino derivaciones de la estructura kenótica del ser.

En síntesis, la verdadera trascendencia no se funda en la apertura de la inteligencia, sino en el ser como donación y vaciamiento. Por ello, la propuesta de Polo no ha logrado superar a Aristóteles ni a Tomás de Aquino. Aristóteles, con la noción de acto y potencia, y Tomás de Aquino, con la metafísica del esse como participación en el ser divino, ofrecen un horizonte más radical y profundo: el ser humano no se define por la apertura intelectual, sino por su condición ontológica de recibido, participado y donado.

Al profundizar en esta conclusión, se advierte que Polo permanece en un nivel intermedio: valioso en su intento de superar el objetivismo moderno, pero insuficiente para alcanzar la radicalidad de la metafísica clásica. La ontología kenótica muestra que la verdadera superación de Aristóteles y Tomás no pasa por la inteligencia, sino por la comprensión del ser como entrega. La trascendencia no se asegura en la autosuficiencia de la libertad ni en la coexistencia como dimensión última, sino en la kenosis como fundamento ontológico. El ser se revela como don y como entrega, y sólo en la kenosis se funda la verdadera trascendencia. En plena tormenta del nihilismo secular posmoderno, esta perspectiva kenótica se presenta como alternativa capaz de cuestionar los límites de la propuesta poliana y de abrir un horizonte nuevo para la filosofía contemporánea.

La crítica kenótica, en este sentido, no sólo señala las insuficiencias de Polo, sino que propone un camino distinto: comprender la trascendencia desde la vulnerabilidad y el vaciamiento. Esta propuesta se convierte en un horizonte fecundo para la filosofía contemporánea, porque responde a la crisis del nihilismo no desde la autosuficiencia de la inteligencia, sino desde la lógica del don. La kenosis se presenta como la clave para recuperar la esperanza y la trascendencia en un mundo marcado por la desesperanza y la fragmentación.

De este modo, el balance de Leonardo Polo revela tanto la riqueza de su intento como sus límites. Su propuesta de abandono del límite mental constituye un aporte significativo, pero no logra superar la tradición aristotélico‑tomista ni responder plenamente a la crisis contemporánea. La ontología kenótica desplaza el eje y muestra que la verdadera trascendencia se funda en el ser como donación y vaciamiento. Este horizonte abre la posibilidad de una filosofía capaz de enfrentar el nihilismo posmoderno y de recuperar la dimensión de la esperanza como fundamento último de la existencia.

El balance de Leonardo Polo revela con claridad que su intento de superar el objetivismo moderno mediante el abandono del límite mental constituye un aporte valioso, pero insuficiente. La apertura de la inteligencia, aunque fecunda en su alcance, no logra tematizar la raíz ontológica de la trascendencia. La ontología kenótica desplaza el eje y muestra que la verdadera trascendencia no se asegura en la autosuficiencia de la inteligencia ni en la coexistencia como dimensión última, sino en el ser mismo concebido como donación y vaciamiento.

El límite poliano se convierte en un umbral que la kenosis transforma en condición positiva: no se trata de superar un obstáculo, sino de reconocer que el ser es límite, exposición y entrega. Allí donde Polo absolutiza la inteligencia, la kenosis proclama la vulnerabilidad como potencia de comunión. Allí donde la libertad y la coexistencia se presentan como dimensiones últimas, la kenosis las relativiza y las funda en la lógica del don.

Por eso Polo no ha logrado superar a Aristóteles ni a Tomás de Aquino, quienes comprendieron que el ser humano no se define por la apertura intelectual, sino por su condición ontológica de recibido y participado. La kenosis radicaliza esta intuición y la convierte en principio estructural: ser es entregarse, ser es vaciarse, ser es comunión.

El balace es contundente: la filosofía poliana, aunque valiosa, permanece en un nivel intermedio. La ontología kenótica abre un horizonte más radical y fecundo, capaz de enfrentar la tormenta del nihilismo secular posmoderno y de recuperar la esperanza como fundamento último de la existencia. La trascendencia no se funda en la inteligencia que abandona un límite, sino en el ser que se vacía y se dona sin reservas. Sólo allí se revela la verdad del ser y la posibilidad de una filosofía que responda integralmente a la crisis contemporánea.

Bibliografía 

Flores Quelopana, G. (2026). Ontología kenótica. Hacia una nueva teoría del ser. Lima: IIPCIAL.
Polo, L. (1997). El ser: teoría y método. Pamplona: Universidad de Navarra.

VAMOS HACIA UN SUICIDIO CIVILIZACIONAL

 


VAMOS HACIA UN SUICIDIO CIVILIZACIONAL

¿No es acaso el mundo contemporáneo un escenario suspendido en un equilibrio tan frágil que cualquier ruptura podría desencadenar el holocausto nuclear? ¿No revela la percepción de inviabilidad de las civilizaciones una pulsión tanática que se manifiesta en lo espiritual, lo político, lo económico y lo cultural? ¿No es esta fragilidad el resultado de un prolongado vaciamiento espiritual y de la absolutización de la técnica, que ha convertido a las sociedades en estructuras incapaces de sostener un horizonte de sentido? ¿No se ha transformado la amenaza nuclear en símbolo de un mundo que ha perdido la capacidad de preservar la vida y que, en su desesperación, se inclina hacia la autodestrucción?

¿No debería la conciencia de que el planeta pende de un hilo extremadamente delicado ser motivo de prudencia y de búsqueda de trascendencia? ¿Por qué, en lugar de ello, se intensifica la pulsión bélica y se idolatra el poder técnico‑militar como si fuera fuente de esperanza? ¿No muestra la tanatopolítica global que la obsesión por la dominación y la indiferencia frente al riesgo de aniquilación son signos de un vacío radical? ¿No revela la ontología kenótica que, al absolutizar la técnica y el mercado, las civilizaciones se exponen a la nada? ¿No es acaso el hilo frágil del mundo la señal de que solo una apertura a lo trascendente puede evitar que la autodestrucción se convierta en destino?

El mundo contemporáneo se encuentra suspendido en un equilibrio tan frágil que cualquier ruptura puede desencadenar un holocausto nuclear. La percepción de inviabilidad de las civilizaciones ha generado una pulsión tanática que se manifiesta en múltiples dimensiones: espirituales, políticas, económicas y culturales. Esta fragilidad no es un mero accidente histórico, sino el resultado de un proceso prolongado de vaciamiento espiritual y absolutización de la técnica, que ha convertido a las sociedades en estructuras incapaces de sostener un horizonte de sentido. La amenaza nuclear no es solo un dato militar, sino el símbolo de un mundo que ha perdido la capacidad de preservar la vida y que, en su desesperación, se inclina hacia la autodestrucción.

La conciencia de que el planeta pende de un hilo extremadamente delicado debería ser motivo de prudencia y de búsqueda de trascendencia, pero en lugar de ello se convierte en intensificación de la pulsión bélica. La tanatopolítica global se expresa en la idolatría del poder técnico‑militar, en la obsesión por la dominación y en la indiferencia frente al riesgo de aniquilación. La ontología kenótica permite interpretar este panorama como un vaciamiento radical: las civilizaciones, al absolutizar la técnica y el mercado, se exponen a la nada. El hilo frágil del mundo revela la necesidad de apertura a lo trascendente, pues solo un horizonte espiritual puede evitar que la autodestrucción se convierta en destino. La pregunta decisiva es si ese hilo se romperá en un colapso absoluto o si, en su fragilidad, abrirá la posibilidad de un renacimiento espiritual.

Europa occidental y el mundo occidental en su conjunto viven una fatiga estructural. La modernidad, erigida sobre la confianza en la razón autónoma, la técnica y el progreso indefinido, ha terminado por vaciarse de sentido. La secularización y el racionalismo han debilitado las reservas espirituales, dejando espacio al nihilismo como norma cultural. La obsesión por hacer la guerra a Rusia es expresión de este instinto de muerte colectivo: una élite que, consciente de la potencia nuclear rusa capaz de extinguirla, intensifica la confrontación como si buscara su propia autoinmolación histórica. La tanatopolítica occidental convierte la guerra en espejo del vacío cultural, idolatrando el poder técnico‑militar como parodia de la esperanza.

La hostilidad hacia Rusia, presentada como defensa de valores liberales, revela en realidad la fragilidad de esos mismos valores, corroídos por el relativismo y la pérdida de trascendencia. La guerra se convierte en un mecanismo de proyección del nihilismo: al no poder ofrecer sentido, se busca reafirmar poder mediante la violencia. Desde la perspectiva de la ontología kenótica, esta dinámica puede interpretarse como idolatría del poder técnico‑militar, una parodia de la esperanza que sustituye la apertura a lo trascendente por la obsesión con la dominación. La civilización occidental, al idolatrar la guerra, se vacía de sentido y se expone a la nada, mostrando la necesidad de apertura a lo trascendente para no perecer.

Los datos materiales confirman esta deriva. Europa sostiene una presión tributaria promedio del 39,4 % del PIB, con países como Dinamarca (45,2 %), Francia (43,5 %) y Austria (43,4 %) en la cúspide. Este nivel, aunque permite financiar el Estado social, se vuelve insostenible a largo plazo por el envejecimiento poblacional y la dependencia excesiva de los impuestos sobre el trabajo. La carga fiscal extrema ahoga la competitividad y alimenta el descontento social, revelando un modelo que se vacía de sentido. Estados Unidos, con una presión tributaria del 25 %, destina gran parte de su recaudación no al gasto social, sino a guerras, presupuestos negros y mantenimiento de un aparato militar hipertrofiado. El resultado es el mismo: un capitalismo de libre mercado que, al igual que el social de Europa, se orienta hacia la autodestrucción. La idolatría del poder técnico y militar sustituye la esperanza por la obsesión con la dominación, convirtiendo la economía en instrumento de nihilismo.

La presión tributaria europea, cercana al 45 %, se convierte en símbolo de un Estado que absorbe casi la mitad de la riqueza nacional, debilitando la legitimidad social y generando una percepción de inviabilidad. El envejecimiento demográfico reduce la base laboral, mientras que la dependencia de impuestos sobre el trabajo revela un modelo agotado. En Estados Unidos, la presión tributaria más baja no se traduce en bienestar social, sino en hipertrofia militar y presupuestos ocultos que alimentan la guerra. La ontología kenótica permite leer esta situación como idolatría del poder técnico‑militar y fiscal: un vaciamiento espiritual que sustituye la trascendencia por el control económico y bélico. Tanto Europa como Estados Unidos muestran que el capitalismo, en sus variantes, se vuelve insostenible cuando la recaudación se desvía de la vida social hacia la maquinaria bélica, confirmando la autodestrucción civilizacional.

Latinoamérica, con una presión tributaria del 21 %, va a la zaga de esta crisis capitalista. Combina elementos del modelo europeo y del estadounidense, pero con mayor margen de iniciativa individual de su población. La informalidad y la creatividad popular sostienen la vida cotidiana ante la insuficiencia del Estado. Sin embargo, la dependencia de exportaciones de materias primas y la imitación de modelos inviables la exponen al mismo destino: la autodestrucción civilizacional. Desde la ontología kenótica, esta fragilidad institucional y la creatividad popular pueden interpretarse como un vaciamiento que abre espacio a nuevas formas de comunidad y trascendencia, aunque el riesgo es que, al imitar los modelos europeos y estadounidenses, termine atrapada en la misma lógica de autodestrucción.

La presión tributaria baja, cercana al 21 %, limita la capacidad de financiar servicios públicos robustos, mientras que la informalidad económica se convierte en sostén de la vida cotidiana. La dualidad estructural de Latinoamérica, que adopta políticas sociales inspiradas en Europa pero con sistemas fiscales débiles y alta informalidad, revela un modelo híbrido y frágil. La dependencia de exportaciones de materias primas la hace vulnerable a crisis globales, mientras que la iniciativa popular, aunque vital, no logra sustituir la ausencia de instituciones sólidas. La ontología kenótica permite ver esta fragilidad como vaciamiento fecundo: la insuficiencia del Estado abre espacio a nuevas formas de comunidad y trascendencia. Sin embargo, el riesgo es que, al imitar los modelos europeos y estadounidenses, Latinoamérica termine atrapada en la misma lógica de autodestrucción, confirmando que la crisis capitalista es global y no admite excepciones.

China e India representan el auge estructural del presente. Sus economías crecen con dinamismo, impulsadas por la planificación tecnocrática en China y la vitalidad demográfica en India. Sin embargo, el largo plazo revela una fragilidad espiritual: el nihilismo penetra por la ciencia, la técnica y el mercado. El confucianismo y el taoísmo en China, así como el hinduismo y el budismo en India, se ven debilitados por la idolatría tecnológica y el consumismo global. El crecimiento material, sin trascendencia, se convierte en un colapso diferido. La ontología kenótica permite ver este auge como un vaciamiento fecundo: la expansión material, al absolutizar la técnica y el mercado, se vacía de sentido y revela la necesidad de apertura a lo trascendente.

El auge asiático, aunque impresionante en cifras y logros materiales, no logra ocultar la erosión espiritual que lo acompaña. China, con su modelo estatal‑tecnocrático, ha logrado un crecimiento acelerado, pero lo ha hecho debilitando sus tradiciones espirituales, sustituyendo el confucianismo y el taoísmo por el materialismo marxista y la idolatría tecnológica. India, con su modelo híbrido de democracia, mercado y tradición religiosa, conserva reservas espirituales en el hinduismo y el budismo, pero la globalización y el consumismo penetran con fuerza, disolviendo la trascendencia en flujos impersonales. La ontología kenótica permite interpretar este auge como vaciamiento fecundo: la expansión material, al absolutizar la técnica y el mercado, se vacía de sentido y revela la necesidad de apertura a lo trascendente. El destino común de China e India muestra que el crecimiento material, sin fundamento espiritual, se convierte en un colapso diferido, confirmando que la crisis capitalista es global y no admite excepciones.

Los países islámicos tampoco tienen garantizado su futuro por la bonanza petrolera. La dependencia de los hidrocarburos es estructuralmente frágil y los expone a la transición energética global y a la presión geopolítica. La guerra contra Irán, impulsada por intereses estadounidenses e israelíes, demuestra que el petróleo no asegura estabilidad: se convierte en motivo de agresión y control externo. La idolatría del recurso finito es un vaciamiento material que revela la necesidad de trascendencia. El verdadero horizonte de futuro para los países islámicos no puede estar en la bonanza petrolera, sino en la apertura a lo trascendente y en la construcción de comunidades que trasciendan la lógica del mercado y la guerra.

La riqueza petrolera, lejos de ser garantía de estabilidad, se convierte en fuente de vulnerabilidad. La dependencia de los hidrocarburos concentra la economía en un recurso finito y expone a los países islámicos a la transición energética global y a la presión geopolítica. La guerra contra Irán, impulsada por intereses estadounidenses e israelíes, muestra que el petróleo no asegura estabilidad: se convierte en motivo de agresión y control externo. La idolatría del recurso finito es un vaciamiento material que revela la necesidad de trascendencia. La ontología kenótica permite ver esta dependencia como idolatría de lo finito: un vaciamiento que sustituye la esperanza por la ilusión de riqueza material. El verdadero horizonte de futuro para los países islámicos no puede estar en la bonanza petrolera, sino en la apertura a lo trascendente y en la construcción de comunidades que trasciendan la lógica del mercado y la guerra.

La crisis ecológica global añade otra dimensión de autodestrucción. El deterioro ambiental avanza como un suicidio civilizacional paralelo al riesgo nuclear. La humanidad, consciente de que el colapso puede ser irreversible, sigue alimentando el consumismo y la explotación de la naturaleza como si buscara confirmar su propia inviabilidad. La idolatría del crecimiento económico, desvinculada de la trascendencia, se convierte en otra forma de nihilismo. La devastación de los ecosistemas, el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad son síntomas de una civilización que ha perdido el sentido de límite y que, en su afán de dominar la naturaleza, se precipita hacia su propia ruina.

La crisis ecológica, interpretada desde la ontología kenótica, revela un vaciamiento profundo: la humanidad, al absolutizar la técnica y el mercado, se vacía de sentido y se expone a la nada. El deterioro ambiental no es solo un problema técnico, sino un signo espiritual: la idolatría del crecimiento económico sustituye la esperanza por la obsesión con la acumulación. La explotación de la naturaleza se convierte en parodia de la trascendencia, mostrando que la civilización contemporánea, al perder el sentido de límite, se precipita hacia su propia autodestrucción. La conciencia de que el colapso puede ser irreversible no frena la pulsión consumista, sino que la intensifica, confirmando que la crisis ecológica es otra forma de suicidio civilizacional.

En conjunto, Europa, Estados Unidos, Latinoamérica, China, India y los países islámicos muestran que el capitalismo y la tecnocracia, sin fundamento espiritual, tienden a la autodestrucción. La ontología kenótica permite interpretar este panorama como un vaciamiento radical: las civilizaciones, al absolutizar la técnica, el mercado y la guerra, se exponen a la nada. El hilo frágil del mundo revela la necesidad de apertura a lo trascendente, pues solo un horizonte espiritual puede evitar que la autodestrucción se convierta en destino. El planeta vive bajo la sombra de un suicidio civilizacional. La conciencia de que el holocausto nuclear es posible no frena la pulsión bélica, sino que la intensifica. La idolatría del poder técnico y militar sustituye la esperanza por la obsesión con la dominación. El mundo pende de un hilo, y la pregunta decisiva es si ese hilo se romperá en un colapso absoluto o si, en su fragilidad, abrirá la posibilidad de un renacimiento espiritual.

La síntesis global muestra que la crisis capitalista es universal y no admite excepciones. Europa y Estados Unidos, con sus modelos de capitalismo social y de libre mercado, se orientan hacia la autodestrucción por la hipertrofia fiscal y militar. Latinoamérica, con su presión tributaria baja y su creatividad popular, no escapa a la crisis, pues la dependencia de materias primas la hace vulnerable. China e India, con su auge estructural, muestran que el crecimiento material sin trascendencia se convierte en colapso diferido. Los países islámicos, atrapados en la bonanza petrolera, revelan que la idolatría de lo finito es vaciamiento material. La crisis ecológica confirma que la humanidad, al absolutizar la técnica y el mercado, se precipita hacia su propia ruina. La ontología kenótica permite ver este panorama como vaciamiento radical: las civilizaciones, al idolatrar la técnica, el mercado y la guerra, se exponen a la nada. El hilo frágil del mundo revela la necesidad de apertura a lo trascendente, pues solo un horizonte espiritual puede evitar que la autodestrucción se convierta en destino.

El planeta vive bajo la sombra de un suicidio civilizacional. La conciencia de que el holocausto nuclear es posible no frena la pulsión bélica, sino que la intensifica. La idolatría del poder técnico y militar sustituye la esperanza por la obsesión con la dominación. El mundo pende de un hilo, y la pregunta decisiva es si ese hilo se romperá en un colapso absoluto o si, en su fragilidad, abrirá la posibilidad de un renacimiento espiritual. La civilización contemporánea, atrapada en la lógica de la técnica y del mercado, se precipita hacia la nada, mostrando que la única salida es la apertura a lo trascendente. La ontología kenótica permite interpretar este panorama como vaciamiento radical: las civilizaciones, al idolatrar la técnica, el mercado y la guerra, se exponen a la nada, pero en ese vaciamiento puede abrirse la posibilidad de un nuevo horizonte espiritual.

La conclusión muestra que el suicidio civilizacional no es una mera hipótesis, sino una amenaza real y presente. La conciencia de que el holocausto nuclear es posible no detiene la pulsión bélica, sino que la intensifica, confirmando que la humanidad vive bajo la sombra de la autodestrucción. La idolatría del poder técnico y militar sustituye la esperanza por la obsesión con la dominación, convirtiendo la economía y la política en instrumentos de nihilismo. La ontología kenótica permite ver este panorama como vaciamiento radical: las civilizaciones, al idolatrar la técnica, el mercado y la guerra, se exponen a la nada, pero en ese vaciamiento puede abrirse la posibilidad de un nuevo horizonte espiritual. La fragilidad del mundo revela la necesidad de apertura a lo trascendente, pues solo un horizonte espiritual puede evitar que la autodestrucción se convierta en destino.

La coincidencia entre la declasificación de los archivos ovni o FANI por parte del imperio estadounidense y el contexto de suicidio civilizacional constituye un signo apocalíptico de gran peso. La operación oficial no admite la existencia de inteligencias extraterrestres, apenas insinúa la posibilidad de algo demoníaco, y sin embargo abre la puerta a una narrativa que refuerza la idolatría técnica y desvía la mirada de lo trascendente. El fenómeno se presenta como objeto de estudio científico, como anomalía aérea, como dato técnico, pero en realidad se inscribe en el horizonte espiritual del final de los tiempos.

La reacción de los platillistas, que baten palma y se preparan para recibir a los supuestos “hermanos mayores”, revela la fascinación idolátrica de la época: se confunde la esperanza con la expectativa de civilizaciones superiores, cuando en verdad se trata de máscaras demoníacas destinadas a sembrar nihilismo. La ontología kenótica permite interpretar este signo como vaciamiento espiritual: la humanidad, al borde del colapso, se expone a inteligencias engañosas que aprovechan la fragilidad cultural para intensificar la confusión. La declasificación de los FANI no es un gesto de transparencia, sino un signo del final de los tiempos: confirma que la humanidad, atrapada en la lógica de la técnica y del mercado, se precipita hacia la nada y se abre a la seducción de los espíritus de demonios enviados para engañar a las naciones.

Este signo se suma a la amenaza nuclear, a la crisis ecológica, a la hipertrofia fiscal y militar, a la idolatría del petróleo y al auge material sin trascendencia de Asia. Todo converge en el mismo horizonte: el suicidio civilizacional. La humanidad, consciente de que el holocausto nuclear es posible, de que el colapso ecológico es irreversible y de que los cielos muestran señales engañosas, intensifica su pulsión tanática en lugar de abrirse a la trascendencia. El final de los tiempos se manifiesta en la coincidencia de todos estos signos: la guerra, la idolatría técnica, la devastación de la naturaleza y la aparición de inteligencias engañosas. El mundo pende de un hilo, y ese hilo revela la necesidad de apertura a lo trascendente, pues solo un horizonte espiritual puede evitar que la autodestrucción se convierta en destino.

La cultura contemporánea se encuentra en el umbral de su propia disolución. El despliegue técnico, el dominio militar, la idolatría del mercado y la fascinación por los signos engañosos en los cielos han configurado un escenario en el que la humanidad parece haber olvidado su vocación de trascendencia. El final de los tiempos no se anuncia únicamente en la amenaza nuclear o en la devastación ecológica, sino también en la confusión espiritual que convierte lo demoníaco en espectáculo y lo nihilista en norma. La civilización, al absolutizar lo finito, ha vaciado su interior hasta el punto de convertir la nada en horizonte.

La filosofía de la cultura enseña que toda época se define por el modo en que concibe el sentido de la existencia. La nuestra lo ha reducido a la eficiencia, al consumo y a la guerra. El resultado es un suicidio civilizacional: un mundo que, consciente de su fragilidad, intensifica su pulsión tanática en lugar de abrirse a la esperanza. La ontología kenótica revela que este vaciamiento, aunque dramático, puede ser ocasión de apertura: allí donde todo parece clausura, la kenosis abre; allí donde todo parece pérdida, la kenosis entrega; allí donde todo parece vacío, la kenosis funda comunión.

El epílogo de la historia humana se juega en este instante. La pregunta no es si habrá colapso, sino si en el colapso se reconocerá la necesidad de trascendencia. La cultura, al borde de la autodestrucción, puede convertirse en conciencia crítica y en fuerza transformadora si reconoce que el ser se constituye en el acto de vaciarse. El destino de nuestra época depende de si se escucha o se silencia esta voz kenótica. Porque allí donde todo parece muerte, la kenosis anuncia vida; allí donde todo parece nihilismo, la kenosis proclama esperanza; allí donde todo parece suicidio, la kenosis abre la posibilidad de un renacimiento espiritual.

Bibliografía

Acemoğlu, D., & Robinson, J. A. (2012). Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Barcelona: Deusto.

Alba Rico, S. (2007). Capitalismo y nihilismo: Dialéctica del hambre y la mirada. Madrid: Akal.

Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre. Valencia: Pre-Textos.

Ferguson, N. (2021). Doom: The politics of catastrophe. Nueva York: Penguin Press.

Han, B.-C. (2021). La desaparición de los rituales: Una topología del presente. Barcelona: Herder.

Hobsbawm, E. (1994). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.

Nudler, O. (2025). Filosofía y crisis civilizatoria: Culturas del dominio versus culturas del cuidado. Buenos Aires: Miño y Dávila.

Spengler, O. (1918/1998). La decadencia de Occidente. Madrid: Espasa Calpe.

Toynbee, A. (1970). Estudio de la historia (Compendio de D. C. Somervell). Madrid: Alianza Editorial.

Vattimo, G. (1987). El fin de la modernidad: Nihilismo y hermenéutica en la cultura postmoderna. Barcelona: Gedisa.

Walter, B. F. (2022). Cómo empieza una guerra civil (y cómo evitar que ocurra). Nueva York: Crown.

Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de la vigilancia. Barcelona: Paidós.