ONTOLOGÍA Y CREENCIA EN KUHN
La posición del segundo Kuhn resulta problemática porque desplaza el foco desde la racionalidad de las creencias hacia la racionalidad del cambio de creencias, y en ese movimiento introduce la noción de inconmensurabilidad como herramienta para comprender la dinámica histórica de la ciencia. Esa estrategia le permite defenderse de la acusación de relativismo, pues no pretende construir una gnoseología normativa, sino una filosofía histórica que describe cómo las comunidades científicas transitan de un paradigma a otro.
Sin embargo, la coherencia se resquebraja cuando se reclama una nueva teoría de la verdad desligada de la objetividad y vinculada a la creencia. Si la verdad se reduce a creencia prevaleciente, la consecuencia inevitable es que la ciencia se funda en la fe compartida por una comunidad más que en la razón universalmente válida. Esa conclusión tensiona el proyecto kuhniano, porque convierte la racionalidad en un criterio secundario y deja la verdad en manos de la persuasión y la hegemonía cultural. El riesgo es que la ciencia se vea como práctica de consenso más que como búsqueda de lo real, y en ese punto la frontera entre filosofía histórica y gnoseología se difumina peligrosamente.
Quizás lo más fértil sea reconocer que Kuhn abrió un espacio para pensar la ciencia como proceso histórico sin negar del todo la aspiración a objetividad, pero al mismo tiempo su propuesta obliga a preguntarse si la verdad puede sostenerse únicamente en la razón o si inevitablemente se apoya en estructuras de creencia. Esa tensión sigue vigente y marca el debate contemporáneo sobre la relación entre verdad, racionalidad e inconmensurabilidad.
La solución provisional de Kuhn, al vincular la inconmensurabilidad con la idea de léxicos distintos, deja sin atender el plano ontológico y se refugia en una postura que denomina kantismo posdarwinista. Esa estrategia lo conduce a un agnosticismo historicista, pues al asumir que los marcos conceptuales son productos evolutivos de comunidades científicas, se renuncia a la posibilidad de afirmar un acceso directo a la realidad. El resultado es una filosofía que describe cómo cambian los lenguajes y las prácticas, pero que se abstiene de pronunciarse sobre lo que existe más allá de esos marcos.
La consecuencia es que la ciencia aparece como construcción histórica sin garantía de correspondencia ontológica, lo que genera la impresión de que la verdad se reduce a la eficacia de un paradigma en su tiempo. En ese sentido, la propuesta kuhniana oscila entre la descripción histórica y la renuncia a una ontología robusta, quedando atrapada en un agnosticismo que privilegia la dinámica de las creencias sobre la referencia a lo real. Esa tensión explica por qué su proyecto sigue siendo objeto de debate: se abre un espacio fecundo para pensar la ciencia como práctica histórica, pero al mismo tiempo se corre el riesgo de diluir la noción de verdad en mera creencia prevaleciente, dejando en suspenso la relación con la realidad ontológica y reforzando la idea de kantismo_posdarwinista como un agnosticismo histórico.
La pregunta que queda abierta es si la filosofía de la ciencia puede sostenerse únicamente en la descripción de cambios de léxico o si necesita recuperar un compromiso ontológico que permita hablar de verdad más allá del consenso histórico.
El segundo Kuhn, al insistir en la inconmensurabilidad como cambio de léxico y en el kantismo posdarwinista como marco justificatorio, termina atrapado en un agnosticismo creencial que no logra superar el relativismo. La ciencia, sin embargo, no puede sostenerse en meras estructuras de creencias ni en la descripción de mutaciones lingüísticas, porque su fuerza reside en la pretensión de trascender lo inmanente y alcanzar un plano de validez que no dependa únicamente de la historia interna de las comunidades científicas. Al renunciar a esa trascendencia, la propuesta kuhniana se estanca en un historicismo cerrado, incapaz de dar cuenta de la dimensión ontológica que la ciencia reclama cuando se enfrenta a la realidad.
El problema es que la verdad, entendida como creencia prevaleciente, se convierte en un criterio insuficiente para explicar la racionalidad científica, pues deja de lado la exigencia de objetividad y reduce la práctica científica a consenso. Esa reducción genera un vacío: la ciencia se vuelve incapaz de justificar por qué sus teorías deben ser preferidas más allá de la hegemonía cultural de un paradigma. En ese sentido, el segundo Kuhn se muestra inconsistente, porque al mismo tiempo que rechaza el relativismo, se instala en un historicismo inmanente que no ofrece salida hacia la trascendencia.
El reconocimiento del cambio de léxico entre épocas científicas es indispensable para comprender la historicidad del conocimiento, pero ese cambio no puede desligarse de la objetividad sin caer en una reducción empobrecedora. El segundo Kuhn, al convertir la transformación del vocabulario universal en mero consenso epocal lingüístico, corre el riesgo de vaciar la ciencia de su pretensión de verdad y de su capacidad de referirse a la realidad. La objetividad no puede ser sacrificada en nombre de la inconmensurabilidad, porque la ciencia no se limita a describir cómo las comunidades hablan de las cosas, sino que busca explicar cómo las cosas son.
El problema de fondo es que la filosofía histórica de la ciencia, si se queda en la descripción de cambios lexicales, se convierte en un relato de hegemonías discursivas sin trascendencia ontológica. La ciencia, en cambio, exige que el cambio de léxico se articule con la referencia objetiva, de modo que los nuevos paradigmas no sean solo victorias lingüísticas, sino avances en la comprensión de lo real. De lo contrario, la verdad se disuelve en consenso y la racionalidad se reduce a persuasión comunitaria. La tensión entre inconmensurabilidad y objetividad científica sigue siendo el núcleo del debate: si la ciencia ha de ser más que un juego de lenguajes, necesita mantener un vínculo con la realidad que trascienda el consenso epocal y permita hablar de verdad universal.
El marco histórico de la filosofía moderna, con su impronta formalista, relativista, antimetafísico e inmanentista, dejó una huella profunda en la filosofía histórica de la ciencia de Kuhn. Esa influencia se percibe en la manera en que concibe la inconmensurabilidad como un fenómeno lingüístico y en su resistencia a comprometerse con una ontología trascendente. El resultado es una visión que privilegia la descripción de cambios epocales en el vocabulario científico, pero que se mantiene en el plano inmanente, sin abrirse a la posibilidad de una verdad que trascienda los consensos históricos.
La herencia moderna se manifiesta en el énfasis en la formalidad del discurso científico, en la sospecha hacia la metafísica, y en la reducción de la racionalidad a relativismo histórico. Kuhn recoge esa tradición y la proyecta en su filosofía de la ciencia, donde la objetividad se ve debilitada y la verdad se convierte en consenso epocal.
El problema es que, al quedar atrapado en ese marco, la filosofía kuhniana corre el riesgo de perder la dimensión trascendente que la ciencia reclama para sostener su pretensión de universalidad. La tensión entre historicismo y trascendencia sigue siendo el núcleo del debate: ¿puede la ciencia ser solo historia de léxicos o necesita recuperar un horizonte ontológico que la libere del agnosticismo inmanentista?
El mérito de las limitaciones del segundo Kuhn es que, al mostrar la insuficiencia de un marco puramente historicista, relativista y lingüístico, pone en evidencia la necesidad de recuperar un horizonte ontológico y metafísico para la filosofía histórica de la ciencia. La inconmensurabilidad entendida como cambio de léxico es un aporte valioso para comprender la dinámica epocal, pero se vuelve estéril si se divorcia de la objetividad y se reduce a consenso creencial. Precisamente allí se revela el aporte indirecto de Kuhn: al quedar atrapado en el agnosticismo inmanentista, obliga a replantear la pregunta por la trascendencia y por la referencia a lo real.
La ciencia no puede sostenerse únicamente en la hegemonía discursiva de un paradigma, porque su fuerza radica en la pretensión de verdad que trasciende épocas y comunidades. Recuperar el horizonte ontológico significa devolverle a la filosofía de la ciencia la capacidad de hablar de realidad, de verdad objetiva, y de trascendencia como dimensiones irrenunciables. Solo así se evita que la racionalidad científica se disuelva en consenso creencial y se asegura que la historia de la ciencia sea más que un relato de léxicos cambiantes: sea también un camino hacia la comprensión de lo real.
En ese sentido, las limitaciones del segundo Kuhn no son un fracaso, sino una advertencia: muestran que la filosofía histórica de la ciencia necesita superar el agnosticismo historicista y abrirse nuevamente a la dimensión ontológica y metafísica que le da sentido.
El camino que traza el segundo Kuhn, desde la estructura hacia la filosofía histórica de la ciencia, encalla en el consenso lingüístico y en el agnosticismo historicista porque reduce la dinámica científica a transformaciones epocales de vocabulario sin atender a la dimensión ontológica. Esa reducción muestra con claridad que la inconmensurabilidad, entendida solo como cambio de léxico, no basta para explicar la racionalidad ni la verdad científica. La ciencia no puede quedar atrapada en un juego de lenguajes, pues su fuerza radica en la pretensión de objetividad y en la referencia a lo real.
Lo que se revela es la necesidad de vincular el camino de la estructura con lo ontológico y lo metafísico, de modo que la filosofía histórica de la ciencia no se limite a describir consensos, sino que pueda sostener la idea de verdad objetiva, la exigencia de trascendencia y la referencia a la realidad. Solo así se evita que el proyecto kuhniano quede atrapado en el agnosticismo historicista y se abre la posibilidad de una filosofía de la ciencia que reconozca la historicidad de los paradigmas sin renunciar a la aspiración de universalidad.
En suma, las limitaciones del segundo Kuhn son una advertencia: muestran que el camino hacia una filosofía de la ciencia madura exige superar el consenso lingüístico y recuperar el horizonte ontológico y metafísico que da sentido a la búsqueda científica.
Bibliografía
Kuhn, Thomas S. El camino desde la estructura: ensayos filosóficos, 1970-1993, con una entrevista autobiográfica. Barcelona: Paidós Ibérica, 2001.
Kuhn, Thomas S. La estructura de las revoluciones científicas. México: Fondo de Cultura Económica, 1971.
Kuhn, Thomas S. La tensión esencial: estudios selectos sobre la tradición y el cambio en el ámbito de la ciencia. México: Fondo de Cultura Económica, 1982.
Kuhn, Thomas S. Segundos pensamientos sobre paradigmas. Madrid: Tecnos, 1978.