lunes, 4 de mayo de 2026

LÍMITES METAFÍSICOS DE LA CIENCIA


LÍMITES METAFÍSICOS DE LA CIENCIA

Discurso pronunciado en la Sociedad Liberteña de Filosofía y Cultura el 4 de mayo del 2026

Teología como raíz de la ciencia

La ciencia moderna se desarrolló en un horizonte intelectual que no puede comprenderse sin atender a las categorías teológicas que la precedieron. La doctrina cristiana de la creatio ex nihilo introdujo la idea de un universo contingente, dependiente de la voluntad de un Dios trascendente, lo cual permitió concebir la naturaleza como algo ordenado pero no divino en sí mismo. Este carácter contingente abrió la posibilidad de estudiarla mediante la observación y la experimentación, pues sus leyes no eran eternas ni necesarias, sino establecidas por un acto creador.

La metáfora de la naturaleza como libro de Dios reforzó esta disposición: leer el mundo equivalía a descifrar un texto escrito por el Creador, y la investigación científica se legitimaba como una forma de teología natural. Sin embargo, este mismo marco estableció límites metafísicos que la ciencia no podía franquear. La pregunta por el origen absoluto del ser, el sentido último de la existencia o la finalidad de los procesos naturales quedaba fuera de su alcance, pues el método científico se restringía a describir el funcionamiento de los fenómenos sin responder al porqué último de su existencia.

Así, la ciencia moderna heredó de la teología cristiana tanto la confianza en un orden racional y matemático como la conciencia de sus propios límites. La explicación de la estructura del cosmos y de sus leyes podía lograrse mediante la razón y la experiencia, pero la cuestión del fundamento último del ser y del sentido de la creación permanecía en el ámbito de la metafísica y la teología.

* * *
Divorcio Positivista
Pero es a partir del positivismo como acentuación del principio empirista de que sólo existe lo fáctico que la ciencia moderna se divorcia de la teología. El positivismo, formulado en el siglo XIX por Auguste Comte, representa el momento en que la ciencia moderna se distancia de manera explícita de la teología y de la metafísica. Su principio fundamental sostiene que sólo el conocimiento basado en hechos observables y verificables tiene validez, lo que implica una acentuación radical del empirismo. En este marco, las explicaciones que apelan a causas primeras, a fines últimos o a realidades trascendentes quedan excluidas del ámbito científico.

La ciencia, bajo el paradigma positivista, se concibe como un saber autónomo que no necesita recurrir a la teología para legitimar su método ni sus resultados. El universo deja de ser interpretado como un libro escrito por Dios y pasa a ser un conjunto de fenómenos que deben describirse y ordenarse según leyes empíricas. La teología y la metafísica, consideradas etapas previas del desarrollo del espíritu humano, son relegadas a un pasado que la ciencia debe superar.

Este divorcio marca un cambio decisivo: mientras en sus orígenes la ciencia moderna se apoyaba en categorías teológicas como la creatio ex nihilo o la racionalidad divina del cosmos, con el positivismo se establece la frontera definitiva entre lo que pertenece al ámbito de la fe y lo que corresponde al conocimiento científico. La ciencia se afirma como un discurso autosuficiente, limitado a lo fáctico, y la teología queda situada en un plano distinto, sin capacidad de intervenir en la explicación científica del mundo.

* * *
Diferencia del agnosticismo clásico
Ahora bien, el agnosticismo clásico siempre estuvo más cerca del escepticismo y del agnosticismo que del ateísmo. El agnosticismo clásico se definió siempre más en continuidad con el escepticismo que con el ateísmo. Su punto de partida era la imposibilidad de alcanzar certezas últimas acerca de lo divino, lo absoluto o lo trascendente, lo que lo acercaba a la actitud escéptica de suspender el juicio ante aquello que no puede ser demostrado. El agnóstico no niega la existencia de Dios, como hace el ateo, sino que sostiene que no es posible saber si existe o no, y por tanto se mantiene en una posición de duda metódica.

En este sentido, el agnosticismo comparte con el escepticismo la prudencia intelectual y la renuncia a afirmaciones dogmáticas, mientras que se distancia del ateísmo porque no convierte la negación en certeza. La diferencia fundamental radica en que el ateísmo afirma la inexistencia de lo divino, mientras que el agnosticismo se limita a declarar que el conocimiento humano no puede resolver esa cuestión. Por ello, históricamente se lo ha considerado más próximo al escepticismo filosófico que a la postura atea.

*  *  *

El positivismo lógico

Pero el positivismo comteano se profundizará con el positivismo lógico. El positivismo lógico, desarrollado en el siglo XX por el Círculo de Viena, constituye una profundización del proyecto iniciado por Comte en el siglo XIX. Mientras el positivismo comteano se basaba en la observación empírica y en la clasificación jerárquica de las ciencias, manteniendo todavía un componente normativo y social como la llamada “religión de la humanidad”, el positivismo lógico radicalizó el principio empirista al sostener que sólo tienen sentido las proposiciones verificables empíricamente o aquellas que son tautologías de la lógica y la matemática.

Este giro se apoyó en los avances de la lógica formal y en la filosofía del lenguaje, especialmente en la influencia de Frege, Russell y el primer Wittgenstein. La consecuencia fue la exclusión absoluta de la metafísica, considerada un conjunto de pseudo-proposiciones carentes de significado. De este modo, el positivismo lógico no sólo continuó la línea comteana de separar la ciencia de la teología y de la metafísica, sino que la llevó a un nivel más riguroso y técnico, centrando la validez del conocimiento en el criterio de verificación y en la precisión del lenguaje científico.

Así, el tránsito del positivismo clásico al positivismo lógico marca el paso de una filosofía de la ciencia con aspiraciones sociales y pedagógicas a un programa estrictamente epistemológico, cuyo objetivo era depurar el discurso científico de toda afirmación que no pudiera ser comprobada en la experiencia o en la lógica formal.

* * *
La epistemología
Ahora bien, el positivismo lógico impulsó el desarrollo de la epistemología, la cual tuvo varias etapas. El positivismo lógico impulsó de manera decisiva el desarrollo de la epistemología contemporánea, pues al establecer el criterio de verificación como condición de sentido para las proposiciones, obligó a la filosofía a concentrarse en el análisis del conocimiento científico y en la estructura lógica de las teorías. A partir de este punto, la epistemología atravesó varias etapas. En primer lugar, la fase del empirismo lógico, centrada en la reducción de los enunciados científicos a términos observacionales y en la eliminación de la metafísica. Posteriormente, con Karl Popper, se produjo una crítica al verificacionismo y se introdujo el falsacionismo, que entendía la ciencia como un proceso de conjeturas y refutaciones, desplazando el énfasis hacia la posibilidad de someter las teorías a pruebas que pudieran demostrar su falsedad.

Más adelante, Thomas Kuhn planteó la noción de paradigmas y revoluciones científicas, mostrando que el desarrollo del conocimiento no es lineal ni acumulativo, sino que se da en marcos conceptuales que cambian radicalmente en determinados momentos históricos. Paul Feyerabend profundizó esta crítica con su propuesta de un pluralismo metodológico, defendiendo que no existe un único método científico válido y que la diversidad de enfoques favorece el progreso. Finalmente, la epistemología contemporánea se ha abierto hacia perspectivas más amplias, como la epistemología social y la filosofía de la ciencia post-positivista, que reconocen la influencia de factores históricos, culturales y sociales en la construcción del conocimiento.

De este modo, el impulso inicial del positivismo lógico dio lugar a una evolución compleja de la epistemología, que pasó de la búsqueda de criterios estrictos de verificación a una comprensión más dinámica, histórica y plural de la ciencia.

* * *
Paso a la hermenéutica
Incluso se llegó a decir que la epistemología había muerto dando paso a la hermenéutica. La afirmación de que la epistemología había muerto y que debía ser reemplazada por la hermenéutica surge en el contexto de las críticas al positivismo lógico y a la concepción estrictamente científica del conocimiento. Tras el auge del verificacionismo y del falsacionismo, se hizo evidente que la epistemología, entendida como disciplina que buscaba criterios universales y objetivos para validar el saber, no podía dar cuenta de la historicidad, la pluralidad y la dimensión interpretativa de la experiencia humana.

La hermenéutica, especialmente en la obra de Hans-Georg Gadamer, se presentó como alternativa al modelo epistemológico clásico. En lugar de buscar fundamentos absolutos, la hermenéutica puso el acento en la interpretación, en el diálogo entre sujeto y objeto, y en la historicidad del comprender. El conocimiento dejó de concebirse como una relación de correspondencia entre proposiciones y hechos, y pasó a entenderse como un proceso de interpretación situado, condicionado por tradiciones, lenguajes y horizontes culturales.

De este modo, la proclamación de la “muerte de la epistemología” no significaba la desaparición del interés por el conocimiento, sino el abandono de la pretensión de un método universal y ahistórico. La hermenéutica asumió el lugar de una filosofía del conocimiento más amplia, capaz de integrar la dimensión histórica, lingüística y cultural, y de reconocer que todo saber humano está mediado por la interpretación.

* * *
El posmodernismo
Sin embargo, la hermenéutica significaba caer en las redes del relativismo y abriría las puertas al posmodernismo con el todo vale, la muerte de la razón y la ontología débil. La irrupción de la hermenéutica como alternativa a la epistemología clásica fue interpretada por muchos como una caída en el relativismo, pues al sustituir los criterios universales de validez por la interpretación situada y condicionada históricamente, se abría la posibilidad de que todo conocimiento dependiera del horizonte cultural del intérprete. Esta perspectiva, que en Gadamer se entendía como diálogo entre tradiciones y apertura al otro, fue leída por críticos como el inicio de una deriva hacia el posmodernismo.

El posmodernismo, en efecto, recogió esa impronta hermenéutica y la radicalizó con la idea de que no existen fundamentos últimos ni verdades absolutas, lo que se tradujo en el lema del “todo vale” de Feyerabend, en la proclamación de la “muerte de la razón” como instancia normativa universal y en la propuesta de una “ontología débil” formulada por Gianni Vattimo, que defendía la disolución de las estructuras fuertes y la aceptación de la pluralidad de interpretaciones.

De este modo, la transición de la epistemología al paradigma hermenéutico no sólo significó un cambio de enfoque en la filosofía del conocimiento, sino que abrió las puertas a una concepción posmoderna en la que la razón dejó de ser el criterio absoluto y se asumió la fragmentación, la historicidad y la contingencia como rasgos constitutivos del saber humano.

* * *
El neopragmatismo
El neopragmatismo también hizo su parte en la radicalización del idealismo subjetivo en la que se engolfaba la filosofía moderna. El neopragmatismo, especialmente en la obra de Richard Rorty, desempeñó un papel importante en la radicalización del idealismo subjetivo que ya se insinuaba en la filosofía moderna. Al abandonar la pretensión de fundamentos objetivos y universales para el conocimiento, el neopragmatismo sostuvo que la verdad no es una correspondencia con la realidad, sino una construcción ligada a la utilidad de los discursos en contextos históricos y sociales determinados. Esta postura implicó una ruptura con la epistemología tradicional y con la idea de que la filosofía debía garantizar criterios de validez universales.

En lugar de buscar certezas, el neopragmatismo defendió la contingencia del lenguaje y la pluralidad de vocabularios, lo que lo acercó a la hermenéutica y al posmodernismo en su rechazo de las “metanarrativas” y de los sistemas fuertes de justificación. De este modo, la filosofía se engolfaba en un idealismo subjetivo en el que el conocimiento se entendía como producto de prácticas humanas y no como reflejo de una realidad independiente. La consecuencia fue la consolidación de una visión débil de la ontología y el desplazamiento de la razón como instancia normativa universal, en favor de una concepción más pragmática, contextual y relativa del saber.

Así, el neopragmatismo no sólo prolongó la crítica al positivismo y a la epistemología clásica, sino que profundizó la tendencia de la filosofía moderna hacia la subjetividad, la contingencia y la disolución de los fundamentos absolutos.

* * *
Lyotard y los metarrelatos
Ya antes había hecho su parte Lyotard al sustituir la verdad por los metarrelatos. Jean-François Lyotard desempeñó un papel decisivo en la configuración del pensamiento posmoderno al sustituir la noción de verdad universal por la idea de los metarrelatos. En su obra La condición posmoderna sostuvo que las grandes narrativas legitimadoras —como la emancipación ilustrada, el progreso científico o la salvación religiosa— habían perdido su fuerza y ya no podían sostener la validez del conocimiento en la sociedad contemporánea. En lugar de una verdad única y absoluta, Lyotard propuso que el saber se fragmenta en múltiples relatos, cada uno con su propia legitimidad interna, lo que implica la imposibilidad de un criterio universal de verdad.

Este desplazamiento significó un quiebre respecto de la epistemología clásica y abrió el camino a la pluralidad de discursos, a la aceptación de la diferencia y a la crítica de los sistemas totalizantes. La consecuencia fue la radicalización del relativismo y la consolidación del posmodernismo como una filosofía que renuncia a los fundamentos absolutos, asume la contingencia de los saberes y legitima la multiplicidad de perspectivas. En este sentido, Lyotard no sólo cuestionó la idea de verdad, sino que transformó el modo en que se entiende la legitimidad del conocimiento en la modernidad tardía.

* * *
La pérdida de los fundamentos absolutos
De manera que el recorrido histórico de la filosofía de la ciencia moderna que surgió de la teología se decantó hacia el idealismo subjetivo, además dicha filosofía no coincide plenamente con el desarrollo científico propiamente. El recorrido histórico de la filosofía de la ciencia moderna muestra un tránsito que parte de categorías teológicas, como la creatio ex nihilo y la concepción de la naturaleza como libro de Dios, y que progresivamente se emancipa de ese marco para decantarse hacia posiciones cada vez más marcadas por el idealismo subjetivo. La ciencia, en sus inicios, se legitimaba en un horizonte teológico que le otorgaba sentido y finalidad, pero con el positivismo comteano y luego con el positivismo lógico se acentuó la separación radical de la metafísica y la teología, restringiendo el conocimiento válido a lo fáctico y verificable.

Este proceso derivó en una filosofía de la ciencia que, al perder sus fundamentos absolutos, se abrió a la hermenéutica, al posmodernismo y al neopragmatismo, corrientes que enfatizaron la historicidad, la contingencia y la interpretación, hasta desembocar en la idea de una ontología débil y en la fragmentación de los discursos. En consecuencia, la filosofía de la ciencia moderna se fue alejando de la pretensión de objetividad universal y se inclinó hacia una concepción subjetiva y contextual del conocimiento.

* * *

El progreso científico

Sin embargo, este desarrollo filosófico no coincide plenamente con el progreso científico propiamente dicho, que continuó avanzando en la formulación de teorías, en la experimentación y en la construcción de modelos cada vez más precisos de la realidad. La ciencia siguió su curso con métodos rigurosos y resultados verificables, mientras que la filosofía de la ciencia se desplazó hacia la reflexión crítica sobre los límites, las condiciones y los supuestos del conocimiento, muchas veces en tensión con la práctica científica concreta.

No obstante, a pesar de sus métodos rigurosos de verificación la ciencia siempre recurre a conceptos metafísicos inverificables que le sirve de axiomas de investigación. En efecto, a pesar de la rigurosidad de sus métodos de verificación y de su pretensión de limitarse a lo fáctico, la ciencia siempre se apoya en ciertos conceptos metafísicos que funcionan como axiomas de investigación y que no pueden ser verificados empíricamente. Entre ellos se encuentra la noción de orden racional del universo, que presupone que la naturaleza es inteligible y que sus fenómenos obedecen a leyes regulares. También la idea de uniformidad de la naturaleza, según la cual las mismas condiciones producen los mismos efectos en cualquier lugar y tiempo, lo que permite la repetición de experimentos y la formulación de leyes generales. Otro supuesto es el de la existencia de un mundo externo independiente de la conciencia, sin el cual la observación carecería de sentido.

Asimismo, la ciencia se apoya en la confianza en la validez de la lógica y las matemáticas como instrumentos universales para describir la realidad, aunque su aplicabilidad al mundo físico no pueda ser demostrada más allá de la experiencia. Finalmente, la noción de causalidad constituye un principio fundamental: se asume que todo fenómeno tiene una causa, aunque esta idea no sea verificable en sí misma, sino que opera como condición de posibilidad para la investigación. Estos conceptos, que no son empíricamente comprobables, muestran que la ciencia, incluso en su versión más estricta, no puede desprenderse por completo de fundamentos metafísicos, pues sin ellos su práctica investigadora quedaría sin soporte.

* * *

Los límites metafísicos de la ciencia

De esta forma se pueden formular los límites metafísicos de la ciencia del modo siguiente: en primer lugar, la ciencia presupone la inteligibilidad del mundo, es decir, que la realidad está ordenada de manera racional y puede ser comprendida por la mente humana. En segundo lugar, se apoya en la uniformidad de la naturaleza, que implica que las leyes descubiertas en un contexto son válidas en cualquier tiempo y lugar, aunque esta universalidad no pueda ser verificada exhaustivamente. En tercer lugar, asume la existencia de un mundo externo independiente de la conciencia, condición necesaria para que la observación tenga sentido, pero que no puede ser demostrada desde dentro del propio método científico. En cuarto lugar, confía en la validez de la lógica y las matemáticas como instrumentos universales de descripción, aunque su aplicabilidad al mundo físico sea un supuesto más que una conclusión empírica. Finalmente, se sostiene en la noción de causalidad, que funciona como principio regulador de la investigación, pese a que no pueda ser verificada en sí misma, sino que se presupone como condición de posibilidad de toda explicación.

Estos límites muestran que la ciencia, incluso en su versión más estricta, no puede desprenderse de ciertos fundamentos metafísicos inverificables, pues sin ellos su práctica investigadora carecería de coherencia y continuidad.

* * *
La encrucijada metafísica de la ciencia
Pero una cosa son los límites metafísicos de la ciencia y otra cosa es la encrucijada metafísica de la ciencia, la cual siempre está inserta en una determinada visión del mundo. En efecto, es necesario distinguir entre los límites metafísicos de la ciencia y la encrucijada metafísica en la que ésta se encuentra. Los límites metafísicos son aquellos supuestos inverificables que la ciencia necesita para funcionar, como la inteligibilidad del mundo, la uniformidad de la naturaleza, la existencia de un mundo externo, la validez de la lógica y las matemáticas o la causalidad. Sin estos presupuestos, la investigación científica carecería de coherencia y continuidad.

La encrucijada metafísica, en cambio, se refiere al hecho de que la ciencia nunca se desarrolla en un vacío, sino que siempre está inserta en una determinada visión del mundo. Cada época y cada tradición cultural ofrecen un horizonte de sentido que condiciona la manera en que se conciben los problemas, se interpretan los resultados y se legitima el conocimiento. Así, la ciencia moderna nació en el marco de la teología cristiana, se emancipó bajo el positivismo, se cuestionó en la hermenéutica y el posmodernismo, y hoy se encuentra en diálogo con perspectivas pluralistas y contextuales.

De este modo, mientras los límites metafísicos son los supuestos necesarios para la práctica científica, la encrucijada metafísica señala la orientación histórica y cultural que da forma a la ciencia en cada momento, mostrando que su desarrollo no es puramente técnico, sino también filosófico y civilizatorio.

* * *
Las tres grandes ideas de ciencia
De esta manera, tomando en cuenta los límites históricos filosófico-civilizatorios y sus respectivas concepciones del mundo se puede distinguir tres grandes ideas de ciencia: mítico-religiosa, matemático-cuantitativa y pluralista-conextual

Así, tomando en cuenta los límites históricos, filosófico‑civilizatorios y las concepciones del mundo que han acompañado a la ciencia, se pueden distinguir tres grandes ideas de ciencia. La primera es la mítico‑religiosa, en la que el conocimiento se entiende como revelación y la naturaleza se concibe como un ámbito sagrado, inscrito en narrativas cosmogónicas y teológicas. La segunda es la matemático‑cuantitativa, propia de la modernidad, que surge con el racionalismo y el empirismo y que se consolida en el positivismo, donde la ciencia se define por la observación, la experimentación y la formulación de leyes universales expresadas en lenguaje matemático. La tercera es la pluralista‑contextual, característica de la contemporaneidad, que reconoce la historicidad, la diversidad cultural y la contingencia de los saberes, y que se abre a perspectivas hermenéuticas, pragmatistas y posmodernas, en las que la ciencia se entiende como una práctica situada, interpretativa y plural.

Estas tres grandes ideas muestran cómo la ciencia, lejos de ser un bloque homogéneo, ha estado siempre condicionada por visiones del mundo que le otorgan sentido y que determinan sus límites y posibilidades en cada época.

* * *

La ciencia del futuro
Cuál será la idea de ciencia en el futuro no lo podemos saber, pero sí entrever. Así, aunque no podemos saber con certeza cuál será la idea de ciencia en el futuro, sí podemos entrever algunas posibilidades a partir de las tendencias actuales. La creciente interconexión global, el avance de la inteligencia artificial, la biotecnología y la física de lo complejo sugieren que la ciencia tenderá a integrar dimensiones diversas, no sólo cuantitativas, sino también interpretativas y contextuales. Es probable que se configure una ciencia transdisciplinaria, capaz de articular saberes provenientes de distintos campos y de dialogar con perspectivas culturales y éticas.

También se vislumbra una ciencia relacional, que no se limita a describir fenómenos aislados, sino que busca comprender las redes de interdependencia entre sistemas naturales, sociales y tecnológicos. En este horizonte, la noción de verdad podría desplazarse hacia la de pertinencia contextual, donde el valor del conocimiento se mide por su capacidad de responder a problemas concretos y de integrarse en marcos culturales diversos.

De este modo, la idea de ciencia futura no será una repetición de las formas mítico‑religiosa, matemático‑cuantitativa o pluralista‑contextual, sino una síntesis dinámica que incorpore elementos de todas ellas, orientada por la necesidad de afrontar los desafíos globales y por la conciencia de que todo saber está inserto en una visión del mundo.

* * *

Conclusión

En conclusión, la trayectoria de la filosofía de la ciencia revela que, aunque nació en diálogo con la teología y se emancipó bajo el signo del positivismo, nunca ha podido desprenderse del trasfondo metafísico que la sostiene. Los límites y las encrucijadas que hemos señalado muestran que la ciencia no es un bloque autónomo, sino una práctica que se inscribe en visiones del mundo históricas y civilizatorias. Su fuerza reside en la capacidad de producir conocimiento verificable, pero su sentido último depende de marcos interpretativos que la trascienden.

La conclusión filosófica que se impone es que la ciencia no puede ser entendida como un saber absoluto ni como un mero instrumento técnico: es, más bien, una forma de racionalidad situada, que oscila entre la necesidad de axiomas metafísicos y la contingencia de las culturas que la acogen. En este vaivén se revela tanto su potencia como su fragilidad: potencia, porque abre horizontes de comprensión inéditos; fragilidad, porque nunca logra emanciparse del todo de las visiones del mundo que la condicionan. El futuro de la ciencia, por tanto, no será la superación de la metafísica, sino la conciencia lúcida de que todo conocimiento humano se construye en el cruce entre lo verificable y lo interpretado, entre lo universal y lo contextual.

Bibliografía

Aristóteles. Metafísica. Trad. Valentín García Yebra, Gredos, Madrid, 1981.
Aristóteles. Ética a Nicómaco. Trad. Julián Marías, Gredos, Madrid, 1985.

Bacon, Francis. Novum Organum. Fondo de Cultura Económica, México, 1994.
Bacon, Francis. La Nueva Atlántida. Alianza Editorial, Madrid, 1980.

Berkeley, George. Tratado sobre los principios del conocimiento humano. Alianza Editorial, Madrid, 1984.
Berkeley, George. Tres diálogos entre Hilas y Filonús. Espasa Calpe, Madrid, 1952.

Chevalier, Jacques. Historia del pensamiento. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1950.

Comte, Auguste. Curso de filosofía positiva. Aguilar, Buenos Aires, 1973.
Comte, Auguste. Discurso sobre el espíritu positivo. Alianza Editorial, Madrid, 1980.

Descartes, René. Discurso del método. Tecnos, Madrid, 1987.
Descartes, René. Meditaciones metafísicas. Alianza Editorial, Madrid, 1977.

Duhem, Pierre. La teoría física: su objeto y su estructura. Editorial Nova, Buenos Aires, 1954.

Duns Scoto, Juan. Tratado del primer principio. BAC, Madrid, 1960.

Feyerabend, Paul. Contra el método. Ariel, Barcelona, 1976.
Feyerabend, Paul. Adiós a la razón. Tecnos, Madrid, 1984.

Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1984.

Galileo Galilei. Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. Aguilar, Buenos Aires, 1980.
Galileo Galilei. El ensayador. Aguilar, Buenos Aires, 1981.

Hempel, Carl G. Filosofía de la ciencia natural. Alianza Editorial, Madrid, 1973.
Hempel, Carl G. La explicación científica. Paidós, Buenos Aires, 1979.

Hume, David. Tratado de la naturaleza humana. Alianza Editorial, Madrid, 1984.
Hume, David. Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza Editorial, Madrid, 1980.

Jia Sixie. Técnicas esenciales para el pueblo (Qi Min Yao Shu). Editorial Popular, Madrid, 2008.

Kant, Immanuel. Crítica de la razón pura. Trad. Manuel García Morente, Gredos, Madrid, 2002.
Kant, Immanuel. Prolegómenos a toda metafísica futura. Alianza Editorial, Madrid, 1986.

Koyré, Alexandre. Del mundo cerrado al universo infinito. Siglo XXI, Madrid, 1979.
Koyré, Alexandre. Estudios de historia del pensamiento científico. Siglo XXI, Madrid, 1980.

Leibniz, Gottfried Wilhelm. Monadología. Alianza Editorial, Madrid, 1981.
Leibniz, Gottfried Wilhelm. Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano. Alianza Editorial, Madrid, 1992.

León-Portilla, Miguel. La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. UNAM, México, 1956.
León-Portilla, Miguel. Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares. Fondo de Cultura Económica, México, 1961.

Lindberg, David C. Los inicios de la ciencia occidental. Paidós, Barcelona, 2002.

Locke, John. Ensayo sobre el entendimiento humano. Fondo de Cultura Económica, México, 1992.

Llamozas, José. Astronomía maya y azteca. Siglo XXI, México, 1985.

Lyotard, Jean-François. La condición postmoderna. Cátedra, Madrid, 1984.

Occam, Guillermo de. Breviloquio sobre el principado tiránico. Laia, Barcelona, 1981.

Planck, Max. ¿A dónde va la ciencia?. Espasa-Calpe, Madrid, 1949.

Popper, Karl. La lógica de la investigación científica. Tecnos, Madrid, 1977.
Popper, Karl. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós, Buenos Aires, 1957.

Rorty, Richard. La filosofía y el espejo de la naturaleza. Cátedra, Madrid, 2001.
Rorty, Richard. Contingencia, ironía y solidaridad. Paidós, Barcelona, 1991.

Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. BAC, Madrid, 1959.
Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles. BAC, Madrid, 1952.

Shen Kuo. Ensayos sobre el Estanque de los Ensueños (Mengxi Bitan). Lamolapress, Madrid, 2005.

Tannery, Paul. Para la historia de la ciencia helénica. Gauthier-Villars, París, 1930 (reed.).

Vattimo, Gianni. La sociedad transparente. Paidós, Barcelona, 1989.
Vattimo, Gianni. Adiós a la verdad. Gedisa, Barcelona, 2010.

domingo, 3 de mayo de 2026

El infinitismo inmanentista de la modernidad


El infinitismo inmanentista de la modernidad

El infinitismo inmanentista de la modernidad requiere una presentación renovada que exponga sus fundamentos con mayor claridad. Bajo la apariencia de emancipación y progreso, se revela un desplazamiento ideológico que absolutiza lo finito y lo sensible, transformando lo inmediato en el horizonte último. La modernidad, al proclamar la infinitud de lo material, técnico e histórico, oculta en realidad la renuncia a lo trascendente. El discurso de lo ilimitado se presenta como una conquista racional, pero en esencia es el síntoma de una razón instrumental que ha perdido su rumbo, confundiendo la expansión con la plenitud, la acumulación con la eternidad y la contingencia con el absoluto.

Este giro sutil se disfraza de liberación, cuando en verdad implica una reducción: se sustituye lo eterno por lo efímero, lo esencial por lo fragmentario y lo metafísico por lo pragmático. La crítica aguda demuestra que el infinitismo inmanente no es un descubrimiento teórico, sino un programa ideológico que responde a la lógica de un materialismo ateo que prescinde de Dios y convierte lo infinito en una caricatura de lo finito. La modernidad, en su radicalización, ha hecho del mundo sensible un ídolo y proclamado su infinitud, pero lo que ha logrado es vaciar de sentido lo absoluto y relegar la verdad a un simulacro.

Se trata de revelar con claridad que el infinitismo inmanentista de la modernidad no es un triunfo de la razón, sino un eclipse de la trascendencia; no es una conquista de lo infinito, sino un extravío en lo finito; no es emancipación, sino idolatría de lo inmediato. Donde se proclama la abolición de lo eterno, no se abre un horizonte más amplio, sino un abismo que devora el sentido y convierte lo infinito en sombra de sí mismo.

La Edad Moderna, a partir del positivismo, consagró el infinitismo inmanentista en contraste con el finitismo del espíritu griego y el infinitismo trascendente del cristianismo. El mundo griego había exaltado lo finito como perfección, entendiendo que la forma acabada y el límite eran la medida de lo humano y lo racional. Aristóteles rechazaba el infinito actual y prefería hablar de un infinito potencial, siempre ligado a procesos pero nunca realizado plenamente. Sin embargo, hubo excepciones notables: Anaximandro con su ápeiron, principio originario ilimitado e indeterminado, y Meliso de Samos, quien sostuvo que el ser es infinito, eterno e ilimitado, en contraste con Parménides que lo concebía como una esfera cerrada, finita y perfecta.

El cristianismo introdujo un infinitismo trascendente, situando lo infinito en Dios, más allá del mundo, como fuente y sostén de la creación. Filón de Alejandría fue pionero en esta concepción, fusionando la tradición bíblica con categorías filosóficas griegas y concibiendo a Dios como infinito absoluto. San Agustín profundizó esta idea, entendiendo el infinito como atributo esencial de Dios, y Santo Tomás de Aquino la sistematizó en la teología escolástica, distinguiendo claramente entre el ser finito de las criaturas y el ser infinito de Dios. Los Padres griegos como Clemente y Orígenes todavía mostraban la huella del finitismo helénico, conservando cierta inclinación hacia la medida y la forma, pero con Filón, Agustín y Tomás se consolidó plenamente la idea de un infinitismo trascendente.

Desde el siglo XII, con Roger Bacon y San Francisco de Asís, y en el XIII con los franciscanos de París y Oxford vinculados al nominalismo y al pensamiento ocamista, se abrió la lectura de Dios en el libro de la naturaleza. La materia dejó de ser vista únicamente como posibilidad aristotélica y comenzó a concebirse como participante de la mente divina y forjadora de la realidad. Esta nueva concepción preparó el terreno para la ciencia moderna, pues la naturaleza se entendió como un texto vivo que revelaba la inteligencia divina.

La teología se convirtió así en la raíz de la ciencia moderna, que alumbró en los siglos XV, XVI y XVII con Copérnico, Galileo, Kepler y Newton. Todos ellos creían en Dios, pero ya no lo concebían como actuando directamente en la naturaleza, sino como legislador supremo que había dotado al cosmos de leyes inteligibles. Eran teístas, no deístas, pues reconocían a Dios como fundamento y garante del orden, aunque buscaban en la naturaleza misma las explicaciones de los procesos. El deísmo floreció en el siglo XVIII con el enciclopedismo francés, acentuando la idea de un Dios relojero que crea el mundo y luego se retira, dejando que funcione por sí mismo.

El paso hacia el infinitismo inmanente se hizo claro en Bruno, Spinoza y el idealismo alemán. Bruno concibió un universo infinito poblado de innumerables mundos, Spinoza identificó a Dios con la sustancia única e infinita de la cual todo lo existente es expresión, y el idealismo alemán, desde Fichte hasta Hegel, culminó esta línea entendiendo lo infinito como el despliegue del espíritu en la historia. En paralelo, los místicos alemanes —Nicolás de Cusa, Jakob Böhme, Johannes Tauler, Enrique Suso y Angelus Silesius— se situaron en una posición ambigua. Conservaban la herencia medieval del infinitismo trascendente, pero introducían intuiciones que acercaban lo infinito a la inmanencia: Cusa con la coincidencia de los opuestos, Böhme con la naturaleza como manifestación viva de lo divino, Tauler y Suso con la experiencia interior como lugar de encuentro con lo infinito, y Silesius con su poesía que mostraba lo divino presente en cada instante y en cada cosa.

Desde Comte se consagró el triunfo del inmanentismo, pues su positivismo entendió lo infinito como horizonte indefinido del progreso humano y del saber científico. Sin embargo, ya en Hegel estaba claramente formulada la idea de que lo infinito se manifiesta en lo finito, en el devenir del absoluto. Para Hegel, lo infinito no es un más allá separado, sino la totalidad que se realiza en el proceso dialéctico: cada límite finito se supera en una síntesis superior, y en ese movimiento se revela lo absoluto. Comte radicalizó la inmanencia en clave científica, convirtiendo esa intuición filosófica en programa cultural y sellando la transición hacia un infinitismo inmanente que caracteriza la modernidad.

Así se dibuja un recorrido histórico en el que el finitismo griego, el infinitismo trascendente cristiano y el infinitismo inmanente moderno se suceden y se entrelazan, mostrando cómo la noción de infinito ha sido motor de pensamiento, de espiritualidad y de ciencia, y cómo cada época ha concebido de manera distinta la relación entre lo finito y lo infinito.

En la creatio ex nihilo se encuentra contenida no sólo la afirmación del infinitismo trascendente, que reconoce a Dios como el ser absoluto capaz de llamar a la existencia lo que antes no era, sino también el germen del infinitismo inmanente del alma, del mundo y del universo. La creación desde la nada implica que todo lo finito participa de lo infinito, pues no proviene de una materia preexistente ni de un principio limitado, sino directamente de la plenitud divina. En esa medida, el alma humana, el cosmos y la totalidad de lo creado llevan en sí mismos la huella de lo infinito, no como algo separado y trascendente únicamente, sino como presencia interior que los constituye y los sostiene.

La teología cristiana, al formular la creatio ex nihilo, abrió así un horizonte doble: por un lado, la trascendencia absoluta de Dios, que se mantiene más allá de la creación; por otro, la inmanencia de lo infinito en lo creado, que se manifiesta en la racionalidad del mundo, en la espiritualidad del alma y en la vastedad del universo. Esta doble dimensión explica que, a lo largo de la historia, el pensamiento haya oscilado entre la exaltación de lo finito como perfección, la afirmación de lo infinito como trascendencia divina y la consagración de lo infinito como inmanencia en la naturaleza y en la razón.

La creatio ex nihilo es, en ese sentido, el punto de partida de una dialéctica que atraviesa toda la filosofía y la teología occidentales: lo finito que remite a lo infinito, lo trascendente que se refleja en lo inmanente, y lo inmanente que se abre hacia lo trascendente. En ella se anticipa tanto el infinitismo medieval como el moderno, pues la creación desde la nada no sólo afirma la omnipotencia divina, sino que también legitima la infinitud desplegada en el alma, en el mundo y en el universo como expresión viva de lo absoluto.

En la creatio ex nihilo se encuentra ya contenida una doble dimensión del infinito: por un lado, el infinitismo trascendente, pues sólo Dios, como ser absoluto, puede llamar a la existencia lo que antes no era; por otro, el infinitismo inmanente, porque aquello que es creado lleva en sí la huella de lo infinito, tanto en el alma como en el mundo y en el universo. La creación desde la nada no se limita a afirmar la omnipotencia divina, sino que implica que lo finito participa de lo infinito, que la materia, el espíritu y el cosmos entero son portadores de una infinitud que se despliega en su ser y en su devenir.

Al examinar de cerca este infinitismo inmanente se descubre lo que más tarde señalaría Georg Cantor, creador de la teoría de conjuntos: sólo a Dios le corresponde el infinitismo absoluto, mientras que la mente humana piensa lo transfinito. Cantor distinguió entre el infinito absoluto, propio de Dios, y los infinitos matemáticos, que denominó transfinitos, accesibles a la razón humana pero siempre limitados en comparación con la infinitud divina. Esta distinción muestra que la creatio ex nihilo no sólo funda la trascendencia de lo infinito, sino que también legitima la inmanencia de lo infinito en el pensamiento, en la naturaleza y en la experiencia del alma, aunque siempre en un grado derivado y participativo.

De este modo, la tradición teológica y filosófica converge con la matemática moderna en reconocer que lo infinito absoluto pertenece únicamente a Dios, mientras que el hombre, en su razón y en su ciencia, se abre al ámbito de lo transfinito, que es reflejo y participación de aquel infinito originario.

Así como Cantor se manifestó en el ámbito matemático contra la idea de un infinitismo en lo finito, distinguiendo entre el infinito absoluto que sólo corresponde a Dios y los infinitos transfinitos que la mente humana puede concebir, también Albert Einstein sostuvo en el terreno de la física que el universo no es infinito, sino ilimitado. Con ello quiso señalar que el cosmos no se extiende hacia un infinito sin término, sino que posee una estructura finita pero sin fronteras, comparable a la superficie de una esfera que no tiene límites aunque no sea infinita.

La coincidencia entre ambos planteamientos resulta reveladora: en las matemáticas, Cantor establece que lo infinito absoluto es exclusivo de lo divino y que el pensamiento humano sólo alcanza lo transfinito; en la física, Einstein afirma que el universo no es infinito, sino ilimitado, mostrando que lo finito puede carecer de límites sin convertirse en infinito. En ambos casos se pone de relieve la necesidad de distinguir cuidadosamente entre lo infinito absoluto y las formas derivadas o participativas de infinitud que se manifiestan en la razón, en la naturaleza y en el cosmos.

De este modo, tanto la reflexión matemática como la física moderna convergen en una misma intuición: lo infinito absoluto pertenece únicamente a Dios, mientras que el mundo y el pensamiento humano se mueven en el ámbito de lo ilimitado y lo transfinito, que son reflejos y participaciones de aquel infinito originario.

Las distinciones entre infinitismo trascendente, inmanente y transfinito permiten comprender mejor el giro de la modernidad hacia el infinitismo de lo finito. Al observar con atención, se advierte que ese giro responde menos a motivaciones estrictamente teóricas que a motivaciones ideológicas. La modernidad, al consagrar lo infinito en lo finito, desplaza la referencia a Dios y se orienta hacia un materialismo ateo que prescinde radicalmente de lo divino. Esta tendencia se manifiesta con claridad en los filósofos del siglo XX, cuya orientación se caracteriza por el antieternalismo, el antiesencialismo y el antimetafísico.

El antieternalismo rechaza la idea de un ser eterno y absoluto, sustituyéndola por concepciones históricas, temporales y contingentes. El antiesencialismo niega la existencia de esencias fijas y universales, afirmando que todo es construcción, devenir y proceso. El antimetafísico, finalmente, se opone a la búsqueda de fundamentos últimos y trascendentes, limitando el pensamiento a lo empírico, lo práctico y lo inmediato. En conjunto, estas tendencias muestran cómo la filosofía contemporánea se aparta de la tradición que vinculaba lo finito con lo infinito, y cómo el infinitismo de lo finito se convierte en un programa ideológico que busca emanciparse de toda referencia a lo divino.

La modernidad, al abrirse hacia el infinitismo inmanente, había preparado este camino, y el siglo XX lo llevó a su culminación, con una filosofía que se define por la negación de lo eterno, de lo esencial y de lo metafísico, en favor de un horizonte materialista que concibe lo infinito como pura expansión de lo finito, desligada de toda trascendencia.

El infinitismo inmanente de la modernidad se radicaliza en consonancia con el eclipse de la razón instrumental burguesa, una razón que se apega al mundo inmediato, a lo sensible y a lo material. La confianza en la técnica, en el progreso y en la expansión indefinida de las posibilidades humanas se convierte en sustituto de la trascendencia, desplazando la referencia a lo eterno y a lo absoluto. En este horizonte, lo infinito ya no se concibe como atributo divino ni como misterio metafísico, sino como prolongación ilimitada de lo finito, como acumulación de lo empírico y lo práctico. La modernidad, al absolutizar lo inmanente, transforma lo infinito en un programa ideológico que responde a la lógica de una racionalidad instrumental, orientada al dominio de la naturaleza y a la organización de la sociedad bajo parámetros materiales, inmediatos y sensibles, dejando atrás la dimensión trascendente que había marcado la tradición filosófica y teológica.

No otra cosa expresan los filósofos del crepúsculo del existencialismo ateo, la filosofía analítica, el posestructuralismo, el neopragmatismo, el posmodernismo, el transhumanismo, el poshumanismo, el feminismo radical y el animalismo. Todos ellos, cada uno a su manera, manifiestan la radicalización del infinitismo inmanente en un horizonte donde la trascendencia ha sido eclipsada y donde lo infinito se concibe como expansión indefinida de lo finito, desligada de cualquier referencia a lo divino. El existencialismo ateo, con su énfasis en la finitud y la contingencia de la existencia, rechaza lo eterno y lo absoluto. La filosofía analítica, en su versión más estricta, se centra en el lenguaje y en lo verificable, apartándose de toda metafísica. El posestructuralismo y el posmodernismo niegan las esencias y los fundamentos, afirmando la pluralidad, la fragmentación y la disolución de lo universal. El neopragmatismo reduce la verdad a utilidad y consenso, prescindiendo de cualquier referencia a lo trascendente.

El transhumanismo y el poshumanismo proyectan lo infinito en la técnica y en la superación del hombre por la máquina, desplazando lo absoluto hacia un horizonte material y artificial. El feminismo radical y el animalismo, en su crítica a las jerarquías tradicionales, también participan de esta lógica, al situar lo infinito en la emancipación de lo finito, en la liberación de lo inmediato y lo sensible. En todos estos movimientos se percibe la misma tendencia: un antieternalismo que niega lo eterno, un antiesencialismo que rechaza las esencias, y un antimetafísico que se opone a los fundamentos trascendentes.

El resultado es una filosofía que se define por la exaltación de lo finito como infinitud, por la absolutización de lo inmanente y por la renuncia a lo trascendente. La modernidad, al radicalizar el infinitismo inmanente, se convierte en un proyecto ideológico que responde a la lógica de la razón instrumental burguesa, apegada al mundo, a lo inmediato, a lo sensible y a lo material, y que encuentra su expresión más clara en las corrientes filosóficas del siglo XX y XXI.

En suma, el infinitismo inmanentista de la modernidad no es una mera variación conceptual, sino una ruptura furibunda con toda la tradición que había reconocido en lo infinito la huella de lo divino. Convertido en programa ideológico, absolutiza lo finito y lo sensible, lo inmediato y lo material, hasta erigirlos en sustitutos de lo eterno. La razón instrumental burguesa, eclipsada en su horizonte trascendente, ha hecho del mundo un laboratorio de expansión ilimitada, pero vaciado de sentido último. La modernidad, en su radicalización, ha confundido lo ilimitado con lo infinito, ha confundido el progreso con la eternidad, ha confundido la técnica con la verdad.

El resultado es un pensamiento que se proclama emancipado, pero que en realidad se ha encadenado a lo efímero, a lo contingente y a lo fragmentario. El infinitismo inmanente, al prescindir de Dios, se convierte en un simulacro de infinitud, un espejismo que multiplica lo finito sin alcanzar jamás lo absoluto. En su furia contra la trascendencia, la modernidad ha vaciado el infinito de su contenido esencial y lo ha reducido a pura expansión material, a pura acumulación de lo sensible.

La conclusión es contundente: el infinitismo inmanentista de la modernidad no es triunfo de la razón, sino eclipse de la verdad; no es conquista de lo infinito, sino idolatría de lo finito; no es emancipación, sino extravío. Allí donde se proclama la abolición de lo eterno, lo esencial y lo metafísico, no se abre un horizonte más amplio, sino un abismo que devora el sentido y convierte lo infinito en caricatura. La modernidad, en su radical inmanentismo, ha confundido el reflejo con la fuente, la sombra con la luz, y ha hecho del infinito un fantasma que se disuelve en la nada.

Bibliografía

Agustín, San. Confesiones. Editorial Gredos, Madrid, 1994.
Anaximandro. Fragmentos. Editorial Gredos, Madrid, 2002.
Aristóteles. Metafísica. Editorial Gredos, Madrid, 1994.
Bacon, Roger. Opus maius. Editorial Tecnos, Madrid, 1992.
Böhme, Jakob. Aurora o el amanecer naciente. Ediciones Siruela, Madrid, 2012.
Bruno, Giordano. La cena de las cenizas. Alianza Editorial, Madrid, 1987.
Cantor, Georg. Contribuciones a la teoría de conjuntos. Editorial Gredos, Madrid, 1983.
Clemente de Alejandría. El Protréptico. Editorial Gredos, Madrid, 1999.
Comte, Auguste. Curso de filosofía positiva. Akal, Madrid, 1980.
Cusa, Nicolás de. La docta ignorancia. Editorial Tecnos, Madrid, 1957.
Einstein, Albert. El significado de la relatividad. Espasa Calpe, Madrid, 1971.
Fichte, Johann Gottlieb. Fundamentos de toda la doctrina de la ciencia. Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
Filón de Alejandría. De la eternidad del mundo. Editorial Gredos, Madrid, 2000.
Francisco de Asís, San. Escritos, biografía y documentos. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1998.
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich. Fenomenología del espíritu. Fondo de Cultura Económica, México, 1966.
Meliso de Samos. Fragmentos. Editorial Gredos, Madrid, 2002.
Ockham, Guillermo de. Suma de lógica. Alianza Editorial, Madrid, 1990.
Orígenes. Tratado sobre los principios. Editorial Gredos, Madrid, 1996.
Parménides. Poema. Editorial Gredos, Madrid, 2002.
Silesius, Angelus. El peregrino querúbico. Ediciones Siruela, Madrid, 2005.
Spinoza, Baruch. Ética demostrada según el orden geométrico. Alianza Editorial, Madrid, 1980.
Suso, Enrique. El libro de la eterna sabiduría. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1952.
Tauler, Johannes. Sermones. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1957.
Tomás de Aquino, Santo. Suma teológica. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1956.

sábado, 2 de mayo de 2026

LA RAÍZ TEOLÓGICA DE LA CIENCIA MODERNA

 


LA RAÍZ TEOLÓGICA DE LA CIENCIA MODERNA

La ciencia moderna no nació del materialismo ni de un rechazo de lo religioso, sino de la matriz teológica cristiana que concibió el mundo como creación de Dios. Esta afirmación, lejos de ser una paradoja, constituye el eje interpretativo que permite comprender la transición de la metafísica medieval a la investigación empírica y experimental de la modernidad. La doctrina de la creatio ex nihilo fue decisiva: al sostener que la materia no es eterna ni autosuficiente, sino donada por Dios, se abrió la posibilidad de estudiarla como realidad contingente, dinámica y ordenada. El cosmos dejó de ser divino en sí mismo, como lo concebía el panteísmo antiguo, y pasó a ser obra inteligible de un Creador trascendente, lo que legitimó la observación y la experimentación como vías de conocimiento.

En este horizonte, Santo Tomás de Aquino y Alberto Magno introdujeron la novedad teológica de la creación desde la nada, aunque mantuvieron la limitación aristotélica de concebir la materia como pura potencia pasiva. Esa limitación fue señalada por Enrique de Gante y superada por el nominalismo de Duns Scoto, quienes, más sensibles a lo empírico y a lo individual, destacaron la participación de la materia en la mente divina y su carácter dinámico como receptáculo de actividad y principio de individuación. Roger Bacon, desde su espíritu franciscano, anticipó esta visión al concebir la materia como fuerza viva, y la escuela occamista de París y Oxford profundizó en la idea de que la materia no es mero “no ser”, sino co‑creadora de la realidad.

Así, la teología cristiana no solo combatió el panteísmo y el materialismo, sino que fundó un nuevo concepto de materia que preparó el terreno para la ciencia natural. Copérnico, Kepler, Galileo, Bruno, Nicolás de Cusa y los místicos alemanes no fueron ateos, sino pensadores que, desde su fe o su heterodoxia espiritual, vieron en el orden del cosmos la huella de lo divino. La ciencia moderna nació de esa confianza en que el mundo creado es racional y digno de ser investigado. Incluso el inmanentismo moderno, lejos de ser materialista, se diferencia del antiguo precisamente porque se apoya en la creatio ex nihilo: Dios crea desde la nada, pero permanece presente en lo creado, y esa tensión entre trascendencia e inmanencia es lo que permite concebir la naturaleza como campo de leyes dinámicas.

En consecuencia, la ciencia moderna es hija de la teología cristiana. Su raíz no está en la negación de Dios, sino en la afirmación de un mundo contingente, ordenado y abierto a la razón humana. La limitación tomista del concepto de materia, al mantenerla como potencia pasiva, fue el punto de partida de un debate que, al ser superado por la visión dinámica de los franciscanos y nominalistas, desembocó en la posibilidad misma de la investigación científica. La historia de la ciencia, por tanto, no puede comprenderse sin reconocer que su origen está en la teología de la creación, en la convicción de que el universo es obra de Dios y, por ello, inteligible.

Heinz Heimsoeth observa con agudeza que Santo Tomás de Aquino, siguiendo la línea de su maestro Alberto Magno, adopta la concepción aristotélica de la materia como pura posibilidad, como potencia abierta a la recepción de la forma. En Aristóteles, esta materia no tiene un origen absoluto: es eterna, inseparable del movimiento y del cosmos, y nunca se concibe como creada. Lo que Tomás y Alberto introducen, y que constituye la verdadera novedad frente al aristotelismo, es la afirmación de la creatio ex nihilo, la creación desde la nada, que responde a la exigencia teológica cristiana de un mundo contingente y dependiente de Dios.

En este sentido, Tomás no abandona la estructura conceptual aristotélica, sino que la reinterpreta: la materia sigue siendo potencia, pero ya no eterna ni autónoma, sino creada por Dios en el acto mismo de dar el ser. La creación no es un simple cambio ni una transformación de algo preexistente, sino la instauración radical del ente en su totalidad, sin presupuestos ontológicos previos. De ahí que la noción de ex nihilo no sea una conclusión filosófica derivada de Aristóteles, sino una integración teológica que marca el límite del aristotelismo dentro de la síntesis tomista.

Así, la metafísica de Tomás se sitúa en un punto de tensión: por un lado, conserva la lógica aristotélica de la materia como posibilidad y del movimiento como eterno efecto del primer motor; por otro, introduce la dependencia absoluta de la criatura respecto de Dios, que no solo mueve sino que crea. La novedad de la creatio ex nihilo es, por tanto, el gesto que transforma la filosofía aristotélica en una metafísica cristiana, donde la materia ya no es eterna, sino donada, y el mundo no es necesario, sino contingente y radicalmente sostenido por la voluntad divina.

Sin embargo, justamente ahí se nota la limitación de la concepción tomista de la materia, cuando se enfrentan las críticas de Enrique de Gante y el nominalismo de Duns Scoto. Más sensibles a la observación de lo empírico e individual, estos pensadores señalan que la materia no solo es posibilidad y “no ser”, sino que tiene participación en la mente divina, es receptáculo de actividad y forjador de la realidad. En otras palabras, destacan la dinamicidad de la materia. Scoto, en particular, subraya que la materia es principio de individuación y que contribuye activamente a la configuración de lo real, lo que implica que no puede reducirse a un substrato pasivo.

Esta visión dinámica de la materia encuentra sus primeras insinuaciones en Roger Bacon, quien, desde su sensibilidad franciscana y su atención a la experimentación, percibe que la materia es receptáculo de fuerzas y energías, y que su estudio exige reconocerla como principio vivo. Tal impulso será recogido y desarrollado por la escuela occamista de París y Oxford, donde los franciscanos, más sensibles a la creación como acto divino, destacan la dimensión activa de la materia. En esta tradición, la materia no es simplemente “no ser” o posibilidad vacía, sino que participa de la mente divina, es pensada por Dios y se convierte en co‑creadora de la realidad.

La diferencia con la síntesis tomista es clara: mientras Tomás mantiene la materia como potencia pasiva creada ex nihilo, los franciscanos —desde Enrique de Gante, pasando por Bacon, hasta Duns Scoto y los occamistas— la conciben como principio dinámico, vinculado a la individuación y a la experiencia concreta. La materia, en esta línea, no solo recibe forma, sino que contribuye a la singularidad de los entes, a su concreción empírica, y se convierte en un elemento positivo dentro de la metafísica.

De este modo, la creatio ex nihilo y no el materialismo, al concebir el mundo como obra de Dios, conduce no solo al combate del panteísmo —como lo hicieron Alberto Magno y Santo Tomás— sino también a un nuevo concepto más dinámico de materia, que anticipa la visión y desarrollo de la ciencia natural. La materia deja de ser un substrato pasivo y se convierte en principio activo, lo que prepara el terreno para la investigación empírica y la experimentación científica.

Es importante subrayar que la ciencia moderna no nació del materialismo. Esa es una confusión extendida, pero históricamente inexacta. El materialismo, entendido como reducción de la realidad a pura materia autosuficiente y eterna, fue precisamente lo que la teología cristiana combatió con la doctrina de la creatio ex nihilo. La ciencia moderna surge más bien de un horizonte teológico y filosófico donde el mundo es visto como obra de Dios, ordenada y legible. La idea de que la materia fue creada, que es contingente y dinámica, abre la posibilidad de estudiarla empíricamente: si el mundo no es eterno ni necesario, sino donado, entonces puede ser investigado, medido y comprendido en su estructura.

Por eso, figuras como Alberto Magno, Tomás de Aquino, Roger Bacon y los franciscanos occamistas preparan el terreno: al concebir la materia como receptáculo de actividad y principio dinámico, vinculado a la mente divina, legitiman la observación de la naturaleza como vía de conocimiento. La ciencia moderna nace de esa confianza en que el mundo creado es inteligible, que sus leyes reflejan un orden racional y que el ser humano, como imagen de Dios, puede descubrirlas.

Ni Escoto Erígena, ni Copérnico, ni Bruno, ni Galileo, ni Kepler, ni Nicolás de Cusa, ni los místicos alemanes fueron ateos. Todos ellos, en grados distintos, se movían dentro de un horizonte espiritual y teológico que concebía el mundo como obra de Dios, como creación ordenada y significativa. Copérnico habla del “artífice divino” que dispuso los astros; Kepler ve en las leyes matemáticas la huella de la mente divina; Galileo insiste en que el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático, pero ese libro es obra de Dios; Bruno, aunque heterodoxo, concibe la infinitud del universo como expresión de lo divino; y Cusa, con su doctrina de la coincidentia oppositorum, interpreta la creación como reflejo de la unidad trascendente. Incluso los místicos alemanes, como Meister Eckhart o Tauler, no se apartan de la fe, sino que profundizan en la experiencia interior de la divinidad.

La idea de que la ciencia moderna surge de un rechazo de lo religioso es una lectura posterior, influida por el positivismo del siglo XIX. En realidad, la raíz de la ciencia moderna está en la confianza teológica: el mundo creado es racional, ordenado y digno de ser investigado. Así, la creatio ex nihilo no solo refutó el panteísmo, sino que, paradójicamente, sembró las bases de una visión activa de la materia que anticipa la modernidad científica.

En este contexto, el inmanentismo moderno tampoco nace del materialismo, sino de la idea de la creatio ex nihilo. La diferencia con el inmanentismo antiguo reside justamente en ello. En el mundo greco‑romano y en las tradiciones panteístas, el inmanentismo significaba que la divinidad estaba fundida con la materia misma, que el cosmos era eterno y divino en sí. En cambio, el inmanentismo moderno surge dentro del horizonte cristiano, donde la materia no es eterna ni autosuficiente, sino creada ex nihilo. Lo inmanente ya no es la divinidad confundida con el cosmos, sino la presencia activa de Dios en su creación.

Por eso, el inmanentismo moderno no es materialista ni ateo, sino que se apoya en la diferencia radical entre Dios y el mundo: Dios crea desde la nada, pero permanece presente en lo creado. Esa tensión entre trascendencia y presencia es lo que permite concebir la materia como activa, como principio de realidad, y al mismo tiempo como signo de la acción divina. De ahí que la ciencia natural moderna se haya nutrido de esta visión: el mundo no es divino en sí mismo, pero es inteligible porque refleja el orden del Creador. El inmanentismo moderno, nacido de la creatio ex nihilo, es lo que hace posible pensar la naturaleza como campo de leyes, dinámico y abierto a la investigación, sin caer en el materialismo ni en el panteísmo.

En conclusión, la limitación tomista del concepto de materia radica en su fidelidad a la noción aristotélica de la materia como pura posibilidad pasiva, incluso cuando introduce la novedad teológica de la creatio ex nihilo. Esa limitación fue superada por las críticas de Enrique de Gante, el nominalismo de Duns Scoto, la sensibilidad empírica de Roger Bacon y el dinamismo franciscano de la escuela occamista, que concibieron la materia como principio activo, vinculado a la mente divina y forjador de la realidad. Esta evolución, lejos de ser materialista, fue profundamente teológica y espiritual, y es precisamente lo que preparó el terreno para la ciencia moderna, que nació no del rechazo de Dios, sino de la confianza en que el mundo creado es inteligible, dinámico y digno de ser investigado.

La trayectoria que hemos recorrido muestra con claridad que la ciencia moderna no brota del materialismo, sino de la teología cristiana y, en particular, de la doctrina de la creatio ex nihilo. Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Alberto Magno, introdujo esta novedad decisiva en el marco aristotélico, aunque mantuvo la limitación de concebir la materia como potencia pasiva. Esa restricción fue puesta en evidencia por Enrique de Gante y superada por el nominalismo de Duns Scoto, quienes, junto con Roger Bacon y la escuela franciscana occamista, concibieron la materia como principio dinámico, receptáculo de actividad y fuerza configuradora de la realidad.

Este desplazamiento conceptual no fue un mero ejercicio especulativo: al afirmar que la materia participa de la mente divina y que es activa en la individuación de los entes, se abrió el camino hacia una visión empírica y experimental del mundo. La ciencia moderna se nutrió de esa confianza en que el cosmos, creado por Dios, es inteligible, ordenado y digno de ser investigado. Copérnico, Kepler, Galileo, Bruno, Nicolás de Cusa y los místicos alemanes no fueron ateos, sino pensadores que, desde su horizonte espiritual, vieron en la armonía del universo la huella de lo divino.

El inmanentismo moderno, lejos de ser materialista, se diferencia del antiguo precisamente porque se apoya en la creatio ex nihilo: Dios crea desde la nada, pero permanece presente en lo creado, y esa tensión entre trascendencia e inmanencia permite concebir la naturaleza como campo de leyes dinámicas. Así, la teología cristiana no solo combatió el panteísmo y el materialismo, sino que fundó la posibilidad misma de la ciencia natural.

Pero el inmanentismo moderno que surge con el positivismo ya no se apoya en la creatio ex nihilo, sino que se desplaza hacia una concepción secularizada de la realidad. Mientras el inmanentismo cristiano —como hemos visto en Tomás, los franciscanos, Cusa o Kepler— nace de la afirmación de que Dios crea desde la nada y permanece presente en lo creado, el positivismo del siglo XIX redefine la noción de inmanencia en clave materialista y empirista. En este nuevo marco, lo inmanente ya no es la acción divina en la materia, sino la autosuficiencia de la naturaleza concebida como sistema cerrado de leyes. El positivismo elimina la referencia trascendente y absolutiza la observación empírica, reduciendo la realidad a lo verificable y medible. De este modo, el inmanentismo positivista se diferencia radicalmente del medieval y del renacentista: ya no es la presencia de Dios en la creación, sino la autosuficiencia del mundo sin Dios.

La consecuencia es doble: por un lado, se pierde la tensión fecunda entre trascendencia e inmanencia que había permitido concebir la naturaleza como campo de leyes dinámicas y abiertas a la investigación; por otro, se inaugura una visión reductiva que identifica lo real con lo observable, dejando fuera toda dimensión espiritual. El inmanentismo cristiano había sido motor de la ciencia natural, porque veía en la creación un orden inteligible y dinámico; el inmanentismo positivista, en cambio, clausura la referencia teológica y convierte la ciencia en un proyecto autónomo, desligado de la metafísica. Así, podemos decir que existen dos genealogías del inmanentismo: la primera, cristiana, nacida de la creatio ex nihilo, que funda la posibilidad misma de la ciencia moderna; la segunda, positivista, que redefine la inmanencia en clave materialista y secular, y que marca el giro hacia la modernidad científica entendida como proyecto independiente de la teología. La diferencia entre ambas es decisiva para comprender cómo la ciencia pasó de ser hija de la teología cristiana a convertirse en un sistema autónomo en la modernidad tardía.

La conclusión es contundente: la ciencia moderna hasta el siglo XVII es hija de la teología cristiana. Su origen no está en la negación de Dios, sino en la afirmación de un mundo contingente y dinámico, creado ex nihilo y sostenido por la voluntad divina. La limitación tomista del concepto de materia, al mantenerla como potencia pasiva, fue el punto de partida de un debate que, al ser superado por la visión franciscana y escotista, desembocó en la concepción activa de la materia y en la confianza en la inteligibilidad del cosmos. Reconocer esta raíz teológica es indispensable para comprender que la modernidad científica no nació contra la fe, sino desde ella, y que su impulso más profundo fue la convicción de que el universo, como obra de Dios, podía ser leído, descifrado y explorado por la razón humana.

Bibliografía 

Alberto Magno. Obras completas. Ed. crítica Coloniensis. Münster: Aschendorff, 1951–.
Bacon, Roger. Opus Maius. Trad. castellana parcial. Madrid: Alianza, 1984.
Bruno, Giordano. La cena de las cenizas. Madrid: Alianza, 1987.
—. De la causa, principio y uno. Buenos Aires: Losada, 1941.
—. Los heroicos furores. Madrid: Tecnos, 1977.
Copérnico, Nicolás. De revolutionibus orbium coelestium. Núremberg: Johannes Petreius, 1543. Ed. castellana: Madrid: Alianza, 1984.
Cusa, Nicolás de. La docta ignorancia. Madrid: Revista de Occidente, 1957.
—. De Dios escondido, De la búsqueda de Dios. Madrid: Revista de Occidente, 1966.
Duns Scoto, Juan. Obras del Doctor Sutil. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 1960.
—. Tratado del Primer Principio. Madrid: BAC, 1968.
Eckhart, Meister. Tratados y sermones. Madrid: Trotta, 2013.
—. El libro de la consolación divina. Pamplona: Desclée de Brouwer, 2024.
Enrique de Gante. Quodlibeta Theologica. París: 1518. Ed. castellana parcial: Madrid: Fundación Universitaria Española, 1984.
Galilei, Galileo. Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. Buenos Aires: Aguilar, 1975.
—. El ensayador. Buenos Aires: Aguilar, 1981.
—. Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias. Madrid: Editora Nacional, 1976.
Heimsoeth, Heinz. La metafísica moderna. Madrid: Revista de Occidente, 1932.
—. Los seis grandes temas de la filosofía occidental. Madrid: Revista de Occidente, 1959.
Kepler, Johannes. El secreto del universo. Barcelona: Altaya, 1994.
—. El sueño o la astronomía de la Luna. Madrid: Alianza, 1984.
Ockham, Guillermo de. Suma de lógica. Pamplona: EUNSA, 2000.
—. Sobre el gobierno tiránico del Papa. Madrid: Tecnos, 1990.
Tauler, Johannes. Obras. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1984.
Tomás de Aquino. Suma teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 1959.
—. Suma contra los gentiles. Madrid: BAC, 1952–1953.
—. Cuestiones disputadas sobre la verdad. Pamplona: EUNSA, 2016.
Escoto Erígena, Juan. Sobre la división de la naturaleza. Madrid: Trotta, 1995.
—. Sobre la predestinación. Madrid: Gredos, 1985.