miércoles, 25 de febrero de 2026

LOS HUANCAS ANTE INCAS, ESPAÑOLES Y REPÚBLICA

 


LOS HUANCAS ANTE INCAS, ESPAÑOLES Y REPÚBLICA

Introducción

La historia de los huancas es una herida abierta y, al mismo tiempo, un canto de resistencia. Pueblo de la sierra central del Perú, fueron primero integrados por los Wari en un sistema que respetó su identidad y les permitió crecer, pero luego sometidos con violencia por los incas, quienes ejecutaron a sus líderes, destruyeron sus símbolos y los obligaron a tributos y desplazamientos forzosos.

De esa dominación despótica nació un resentimiento profundo, una memoria de dolor que se transmitió de generación en generación. Cuando los españoles irrumpieron en el escenario andino, los huancas vieron en ellos la oportunidad de vengar siglos de humillación y recuperar autonomía: se convirtieron en aliados decisivos, aportando miles de guerreros, conocimientos estratégicos y defendiendo Lima del cerco de Manco Inca. La Corona los reconoció como “leales” y “amigos”, otorgándoles privilegios que, sin embargo, se diluyeron con el avance inexorable de la colonia. No se sublevaron contra los españoles, pues su pragmatismo los llevó a aceptar la nueva realidad, pero la llama de su identidad nunca se apagó.

Esa llama ardió nuevamente en el siglo XIX, cuando los huancas se sumaron al ejército libertador de Bolívar y Sucre rumbo a Ayacucho, cerrando un ciclo histórico: primero aliados de los españoles contra los incas, luego súbditos coloniales, y finalmente protagonistas de la independencia. Su trayectoria es un testimonio de adaptación y resistencia, de memoria y justicia, de un pueblo que supo atravesar siglos de dominación y aún mantener viva la esperanza de libertad.

La conquista inca y la relación con los Wari

Los huancas, pueblo de la sierra central del Perú, guardaron en su memoria colectiva un profundo resentimiento contra los incas. La conquista de Pachacútec y Túpac Yupanqui fue brutal: los líderes huancas fueron ejecutados o desplazados, sus símbolos destruidos, y su pueblo sometido a tributos y al sistema de mitmaq, que trasladaba comunidades enteras para quebrar su cohesión. La imposición de la religión oficial y la subordinación política al Cusco marcaron el inicio de una época de sometimiento que los huancas nunca olvidaron.

Antes de la llegada de los incas, los huancas habían estado bajo la influencia de la gran cultura Wari. Los Wari no siempre desplazaban a las poblaciones locales, sino que las integraban en su sistema administrativo y económico. Así, los huancas conservaron su identidad, pero absorbieron elementos de la organización wari: técnicas agrícolas como los andenes y sistemas de riego, patrones de asentamiento en lugares estratégicos, y una economía mixta basada en el pastoreo de llamas y la agricultura intensiva. Esta relación fue de integración más que de sometimiento, y por ello los huancas recordaron a los Wari como un poder que los fortaleció sin destruirlos.

La llegada de los españoles en el siglo XVI abrió una oportunidad inesperada. Los huancas, grandes guerreros, vieron en ellos aliados para vengarse de los incas y recuperar autonomía. Su apoyo fue decisivo: aportaron miles de combatientes, conocimientos sobre rutas y logística, y participaron en momentos cruciales como la defensa de Lima durante el cerco de Manco Inca en 1536. Gracias a ellos, los españoles pudieron resistir y consolidar su presencia en la sierra central. La Corona reconoció este apoyo con privilegios especiales: se les otorgó el título de “leales” y “amigos”, se redujeron sus tributos, y se reconoció la autoridad de sus caciques. Algunos líderes huancas recibieron encomiendas y cargos en la administración colonial.

Sin embargo, los huancas no pudieron prever que esas ventajas iniciales desaparecerían con el tiempo. La estructura colonial terminó por absorberlos en el sistema de explotación, tributos y pérdida de autonomía, igual que a otros pueblos indígenas. A pesar de ello, los huancas no protagonizaron grandes rebeliones contra los españoles durante la colonia. Su estrategia fue pragmática: mantener la alianza para sobrevivir y conservar lo que pudieran de sus privilegios.

El giro histórico se produjo recién en el siglo XIX. Cuando la causa libertadora encabezada por Bolívar y Sucre llegó al Perú, los huancas se sumaron con entusiasmo. Su apoyo al ejército libertador rumbo a la batalla de Ayacucho en 1824 fue la culminación de un largo ciclo: primero aliados de los españoles contra los incas, luego subordinados en la colonia, y finalmente aliados de los patriotas contra el poder colonial. En Ayacucho, los huancas participaron en la lucha que selló la independencia del Perú, cerrando así una trayectoria marcada por la adaptación, la memoria del sometimiento inca y la búsqueda constante de autonomía.

Los huancas en la colonia y su apoyo a la independencia

La memoria histórica de los huancas, marcada por la violencia de la conquista inca y por la integración más flexible de los Wari, se proyectó a lo largo de los siglos hasta llegar al momento de la independencia. Durante la colonia, los huancas mantuvieron una relación ambivalente con los españoles: por un lado, recibieron privilegios iniciales como reconocimiento a su apoyo en la conquista y defensa de Lima; por otro, terminaron absorbidos en el sistema de explotación colonial, con tributos, encomiendas y pérdida de autonomía. Sin embargo, a diferencia de otros pueblos, no protagonizaron grandes rebeliones contra los españoles. Su pragmatismo los llevó a aceptar la nueva realidad, siempre con la memoria del sometimiento inca como contraste y con la esperanza de conservar cierta identidad propia.

Ese pragmatismo se transformó en acción política en el siglo XIX. Cuando la causa libertadora encabezada por Simón Bolívar y Antonio José de Sucre llegó al Perú, los huancas se alinearon con entusiasmo. Su participación en el ejército libertador rumbo a la batalla de Ayacucho en 1824 fue decisiva: aportaron contingentes de guerreros y recursos, demostrando que su tradición militar seguía viva. En Ayacucho, los huancas se enfrentaron a las fuerzas realistas, cerrando un ciclo histórico que los había visto primero como aliados de los españoles contra los incas, luego como súbditos coloniales, y finalmente como protagonistas de la independencia.

La batalla de Ayacucho no solo significó la derrota definitiva del poder colonial en el Perú, sino también la reivindicación de los pueblos indígenas que habían sido actores fundamentales en la historia. Para los huancas, fue el momento de transformar su lealtad pragmática en una apuesta por la libertad. Su apoyo a Sucre y a Bolívar mostró que, más allá de las alianzas circunstanciales, mantenían viva la aspiración de autonomía que había sido negada por los incas y luego por los españoles.

Así, la trayectoria de los huancas revela una constante: la capacidad de adaptarse a las coyunturas históricas sin perder su identidad. Desde la integración con los Wari, pasando por el resentimiento contra los incas, la alianza con los españoles y finalmente el apoyo a la independencia, los huancas demostraron que su historia no fue la de un pueblo pasivo, sino la de una comunidad que supo elegir sus alianzas para sobrevivir y, en el momento decisivo, para conquistar la libertad.

Legado cultural en el valle del Mantaro

El legado cultural de los huancas se proyecta hasta la actualidad, especialmente en el valle del Mantaro, donde su memoria histórica sigue viva. La relación con los Wari les dejó una base de organización agrícola y social que aún se percibe en las técnicas de cultivo y en la disposición de los asentamientos. La experiencia de sometimiento inca y la alianza con los españoles marcaron su identidad como un pueblo que supo adaptarse a las coyunturas sin perder su cohesión interna.

En la época colonial, aunque sus privilegios iniciales se diluyeron, los huancas conservaron la reputación de ser “leales” y “amigos” de los españoles. Esa memoria se transmitió de generación en generación, pero también se transformó en un símbolo de resistencia cuando decidieron apoyar la causa libertadora. Su participación en la campaña de Sucre rumbo a Ayacucho fue un acto de reivindicación: demostraron que su tradición guerrera no había desaparecido y que podían ser protagonistas en la construcción de un nuevo orden político.

Hoy, en el valle del Mantaro, la identidad huanca se expresa en múltiples formas: en las festividades, en la música y danzas tradicionales, en la agricultura intensiva que sigue siendo el motor económico de la región, y en la memoria histórica que los reconoce como un pueblo guerrero y estratégico. La narrativa de los huancas ante los incas, los españoles y finalmente en la independencia, se ha convertido en un relato de continuidad y adaptación, donde la búsqueda de autonomía es el hilo conductor.

Así, los huancas no solo fueron actores decisivos en momentos clave de la historia peruana, sino que también dejaron un legado cultural que sigue vivo. Su capacidad de absorber influencias sin perder identidad, de elegir alianzas pragmáticas y de participar en la independencia, los convierte en un ejemplo de cómo un pueblo puede atravesar siglos de dominación y aún mantener su voz en la historia.

Dimensión simbólica y mítica de los huancas

La dimensión simbólica y mítica de los huancas se refleja tanto en las crónicas coloniales como en la memoria popular. Los cronistas españoles, al narrar la conquista del Perú, destacaron el papel de los huancas como aliados estratégicos y como un pueblo de grandes guerreros. En sus relatos, los huancas aparecen como un contingente decisivo que permitió a los españoles resistir el cerco de Manco Inca en Lima y avanzar hacia la consolidación de su dominio. Esta imagen de “leales” y “amigos” fue reforzada por la Corona, que les otorgó títulos y privilegios en reconocimiento a su apoyo.

En la memoria popular, los huancas quedaron asociados a la valentía y a la astucia militar. Su capacidad de adaptación, primero con los Wari, luego con los españoles y finalmente con los libertadores, se convirtió en un rasgo identitario. La narrativa los presenta como un pueblo que supo elegir sus alianzas en función de la supervivencia y de la búsqueda de autonomía, sin perder nunca su carácter guerrero. En las tradiciones orales y en las celebraciones del valle del Mantaro, los huancas son recordados como guardianes de la tierra y como protagonistas de la historia nacional.

La representación simbólica de los huancas también se vincula con su papel en la independencia. Al apoyar a Bolívar y a Sucre rumbo a Ayacucho, los huancas cerraron un ciclo histórico y se inscribieron en el mito fundacional de la libertad peruana. En este sentido, su figura trascendió lo local para convertirse en parte de la memoria nacional: un pueblo que, tras siglos de sometimiento, se levantó en el momento decisivo para conquistar la independencia.

Así, los huancas no solo fueron actores históricos, sino también símbolos. En las crónicas, en la memoria popular y en las representaciones culturales, aparecen como guerreros leales, aliados estratégicos y protagonistas de la libertad. Su historia es, al mismo tiempo, un relato de resistencia, de pragmatismo y de reivindicación, que sigue vivo en la identidad del valle del Mantaro y en la memoria del Perú.

Reinterpretación historiográfica e identidad regional contemporánea

La historiografía moderna ha profundizado en la trayectoria de los huancas, destacando que no fueron simples aliados circunstanciales de los españoles, sino un pueblo con identidad propia y con una memoria histórica que se proyecta hasta la actualidad. Autores como Carlos H. Hurtado Ames en su obra Los Huancas: sociedad y cultura en el valle del Mantaro (2002) han mostrado cómo este pueblo se desarrolló en el marco de influencias wari y luego enfrentó la dominación inca con resistencia y resentimiento. Hurtado Ames subraya que la alianza con los españoles debe entenderse como una estrategia pragmática de supervivencia y de búsqueda de autonomía.

Por su parte, José Luis Álvarez Ramos, en Los pueblos del valle del Mantaro y su participación en la independencia (1999), analiza el papel de los huancas en la campaña libertadora, especialmente en su apoyo a Sucre rumbo a Ayacucho. Álvarez Ramos rescata la memoria huanca como parte del mito fundacional de la independencia peruana, mostrando que su participación fue decisiva y que se inscribió en la narrativa nacional como un acto de reivindicación histórica.

Otros estudios, como los de Franklin Pease García-Yrigoyen en Los Incas (1988), ayudan a contextualizar el contraste entre la política integradora de los Wari y el sometimiento despótico de los incas. Pease señala que los huancas, al recordar la violencia de la conquista inca, encontraron en los españoles un aliado inesperado, aunque esa alianza terminó por absorberlos en el sistema colonial. Esta interpretación historiográfica refuerza la idea de que los huancas fueron actores conscientes de sus decisiones políticas y militares.

En la identidad regional contemporánea, tanto Jauja como Huancayo reivindican a los huancas como símbolos de resistencia y adaptación. La historiografía moderna, al dialogar con esta memoria popular, ha permitido que los huancas sean reconocidos como un pueblo que supo atravesar la dominación inca, la colonia española y finalmente participar en la independencia, manteniendo siempre viva su identidad. Así, los estudios de Hurtado Ames, Álvarez Ramos y Pease constituyen pilares fundamentales para comprender la trayectoria huanca y su legado cultural en el valle del Mantaro.

Conclusiones

La historia de los huancas, vista en toda su extensión, permite extraer conclusiones filosóficas de gran profundidad. En primer lugar, se revela la tensión entre identidad y poder: los huancas fueron capaces de mantener su identidad a pesar de haber sido integrados por los Wari, sometidos por los incas y absorbidos por los españoles. Esto muestra que la identidad cultural no es un objeto frágil que se destruye con la conquista, sino una fuerza resiliente que se adapta y sobrevive.

En segundo lugar, la trayectoria huanca plantea una reflexión sobre la ética de la alianza. Los huancas eligieron apoyar a los españoles contra los incas, no por ingenuidad, sino por pragmatismo político. Aquí se abre una pregunta filosófica: ¿es legítimo aliarse con un poder extranjero para liberarse de un opresor interno? La respuesta huanca parece ser afirmativa, pues la libertad inmediata frente a los incas era más valiosa que la incertidumbre de un futuro colonial. Esta decisión, sin embargo, muestra la paradoja de la historia: la búsqueda de autonomía puede desembocar en una nueva forma de sometimiento.

En tercer lugar, la memoria huanca ilumina la relación entre historia y justicia. Durante siglos, fueron recordados como “leales” y “amigos” de los españoles, pero esa lealtad no les garantizó justicia ni igualdad. Solo en la independencia, al apoyar a Bolívar y Sucre rumbo a Ayacucho, los huancas encontraron una causa que trascendía la mera supervivencia y se vinculaba con la justicia histórica: la libertad de un pueblo que había sido sometido por incas y españoles.

Finalmente, la experiencia huanca nos invita a pensar en la dialéctica entre adaptación y resistencia. Su historia demuestra que la resistencia no siempre se expresa en rebeliones abiertas, sino también en la capacidad de preservar la identidad bajo condiciones adversas. La adaptación, lejos de ser sumisión, puede ser una forma de resistencia silenciosa que prepara el terreno para una reivindicación futura. En este sentido, los huancas encarnan la filosofía de la paciencia histórica: esperar el momento adecuado para transformar la memoria del dolor en acción liberadora.

Así, los huancas nos enseñan que la historia no es solo una sucesión de hechos, sino también una lección filosófica sobre la identidad, la justicia y la libertad. Su trayectoria, desde la integración wari hasta la independencia, es un testimonio de que los pueblos pueden atravesar siglos de dominación y aún mantener viva la esperanza de autonomía.

Bibliografía

Álvarez Ramos, José Luis, Carlos H. Hurtado Ames, y Manuel Fernando Perales Munguía, eds. Pueblos del Hatun Mayu: historia, arqueología y antropología en el valle del Mantaro. Lima: Ministerio de Educación; Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica, 2011.

Hurtado Ames, Carlos H. Curacas, industria y revuelta en el valle del Mantaro: siglo XVIII. Lima: Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica, 2006.

Pease García-Yrigoyen, Franklin. Los incas. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007.

Talancha Crespo, Eliseo. De Huánuco a Junín y Ayacucho. Huánuco: Amarilis, 2024.

INCAÍSMO NO ES INCALATRÍA

 


INCAÍSMO NO ES INCALATRÍA

Incafilia, incalatría, incamanía e incaísmo

En el Perú contemporáneo se ha formado una tendencia cultural que puede describirse como incafilia, es decir, una simpatía romántica hacia los incas que los coloca como modelo ideal y casi perfecto. Esta incafilia, sin embargo, ha derivado en fenómenos más intensos como la incalatría, entendida como un culto acrítico y casi religioso hacia el incario, y la incamanía, que representa la obsesión desmedida por los incas, negando cualquier crítica histórica. Frente a ello, es necesario enfatizar la diferencia con el incaísmo, que debe ser entendido como el estudio sereno y académico del incario, con rigor y sin caer en idealizaciones.

La distorsión es tan grande que, cuando se habla del “mundo andino”, se suele presentar al incario como su cúspide, cuando en realidad fue su negación y deformación. El militarismo expansionista e imperialista de los incas homogenizó a las culturas andinas, imponiendo lengua, religión y estructuras políticas jerárquicas, borrando la diversidad que había florecido durante siglos. Antes de los incas, e incluso contemporáneamente a ellos, existieron culturas tanto o más desarrolladas en distintos aspectos, pero la obsesión expansiva del Tahuantinsuyo las subordinó y las reconfiguró bajo un modelo único.

Entre esas culturas destacan los Chimú, con su capital Chan Chan, la ciudad de barro más grande de América prehispánica, y su dominio en metalurgia, cerámica y sistemas de irrigación. Los incas conquistaron a los Chimú hacia 1470 y trasladaron a sus artesanos a Cusco para aprovechar sus conocimientos técnicos, lo que muestra cómo el incario se construyó sobre logros ajenos. También los Cañaris, en el actual sur de Ecuador, fueron absorbidos mediante la política de los mitimaes, que implicaba la reubicación forzada de poblaciones. Los Quitus, en la región de Quito, fueron conquistados y su ciudad se convirtió en un centro estratégico del imperio, especialmente en la etapa final con Atahualpa.

En el altiplano, los Lupacas y los pueblos del Collao como los Aymaras y Pacajes, tenían estructuras políticas sólidas y economías basadas en la ganadería de camélidos y el comercio regional. Su resistencia inicial frente a los incas muestra la tensión entre la diversidad andina y la homogenización impuesta por el Tahuantinsuyo. La conquista de estas regiones fue una de las más disputadas, y su absorción implicó la subordinación de pueblos con tradiciones muy antiguas y desarrolladas.

La cultura Chincha, en la costa sur del Perú, es otro ejemplo de logros que los incas no dominaron plenamente. Los Chincha fueron grandes comerciantes y navegantes, controlando rutas marítimas que llegaban hasta Ecuador y Chile. Su poder económico y político era tal que, al ser conquistados, los incas mantuvieron ciertos privilegios para asegurar su integración. La navegación chincha muestra que el mundo andino tenía avances que no pueden atribuirse exclusivamente al incario.

Culturas preincas y la distorsión histórica

La historiografía peruana reciente muestra una tendencia marcada hacia la incafilia, que ha derivado en incalatría y hasta en incamanía. Este fenómeno ha contribuido a la distorsión de la memoria histórica, pues se presenta al incario como la cúspide del mundo andino, cuando en realidad fue su negación y deformación mediante un militarismo imperialista que homogenizó culturas diversas. Frente a ello, es necesario reivindicar el incaísmo como estudio sereno y crítico del incario, capaz de reconocer tanto sus logros como sus contradicciones.

Antes de los incas, existieron culturas como Chavín, que entre 900 y 200 a.C. desplegó una cosmovisión religiosa compleja y un estilo artístico que influyó en gran parte de los Andes. Los Moche, entre 100 y 700 d.C., fueron maestros en cerámica, metalurgia y sistemas hidráulicos, dejando testimonios de gran sofisticación tecnológica y estética. Los Nazca, entre 100 y 800 d.C., crearon los célebres geoglifos y avanzados sistemas de acueductos conocidos como puquios, que aún funcionan en la actualidad. Los Wari, entre 600 y 1000 d.C., fueron pioneros en urbanismo y administración estatal, considerados un antecedente directo del modelo imperial inca. Los Tiwanaku, entre 400 y 1000 d.C., en el altiplano, desarrollaron una arquitectura monumental y una cosmovisión que influyó en los incas.

Todas estas culturas muestran que el mundo andino era un mosaico de desarrollos regionales, cada uno con logros propios. El incario, en cambio, aplicó una política de expansión militarista que reorganizó y subordinó esas diversidades bajo un modelo único. Así, la idea de que el incario fue la “cúspide” del mundo andino es una construcción ideológica más que una realidad histórica.

La conquista de los Chimú, con su capital Chan Chan y su dominio en metalurgia y cerámica, es un ejemplo claro de cómo los incas se apropiaron de logros ajenos. Los Cañaris y los Quitus, en el actual Ecuador, fueron absorbidos mediante la política de los mitimaes, que implicaba la reubicación forzada de poblaciones. Los Lupacas y los pueblos del Collao, como los Aymaras y Pacajes, tenían estructuras políticas sólidas y economías basadas en la ganadería de camélidos y el comercio regional, pero fueron subordinados por el Tahuantinsuyo. La cultura Chincha, en la costa sur del Perú, dominaba la navegación marítima y el comercio a gran escala, llegando hasta Ecuador y Chile, lo que demuestra que existían logros que los incas no dominaron plenamente y que tuvieron que reconocer al integrar a los Chincha en su imperio.

La exaltación acrítica del incario invisibiliza estas culturas y sus aportes. La incafilia tiende a romantizar a los incas como modelo ideal, la incalatría los convierte en símbolo absoluto del mundo andino, y la incamanía niega cualquier crítica histórica, incluso la violencia y la imposición que sufrieron pueblos como los Chimú, los Cañaris, los Quitus, los Lupacas, los Chincha y tantos otros. El incaísmo, en cambio, debe reconocer que el incario fue una etapa más dentro de un proceso histórico complejo, y que muchas de sus fortalezas se construyeron sobre la base de culturas previas y contemporáneas.

Cumbemayo y el conocimiento hidráulico de los Cajamarca

La exaltación acrítica del incario invisibiliza no solo a culturas como los Chimú, Cañaris, Quitus, Cajamarca, Lupacas, Collao o Chincha, sino también a otras civilizaciones que demostraron un nivel de desarrollo técnico y simbólico extraordinario mucho antes de la expansión inca. Un ejemplo contundente es la cultura Cajamarca, responsable de la construcción del complejo hidráulico de Cumbemayo, ubicado en la sierra norte del Perú.

El acueducto de Cumbemayo, tallado en roca volcánica y con un sistema de canales que aprovecha la pendiente natural del terreno, constituye una muestra de ingeniería hidráulica de gran sofisticación. Este monumento, datado alrededor del año 1500 a.C., demuestra que los pueblos andinos ya poseían un conocimiento avanzado de la gestión del agua, siglos antes de la aparición del incario. La cultura Cajamarca, con su capacidad para diseñar y ejecutar obras de tal magnitud, evidencia que el mundo andino no necesitó de los incas para alcanzar niveles de desarrollo técnico y simbólico elevados.

La incafilia, incalatría e incamanía tienden a borrar estos logros, presentando al incario como el origen y la cúspide de todo avance. Sin embargo, el incaísmo crítico debe reconocer que los incas heredaron y se beneficiaron de conocimientos previos, y que su expansión militarista no fue una síntesis armónica, sino una imposición que subordinó y reconfiguró culturas diversas. El caso de Cumbemayo es paradigmático: mientras la incalatría insiste en ver al incario como el máximo exponente del mundo andino, la evidencia arqueológica muestra que culturas anteriores ya habían alcanzado niveles de sofisticación que los incas simplemente absorbieron o ignoraron.

Este reconocimiento es fundamental para desmontar la narrativa que coloca al incario como “cúspide” del mundo andino. En realidad, el incario fue una etapa más, marcada por la homogenización y el militarismo, pero no necesariamente superior a las culturas que lo precedieron o coexistieron con él. El incaísmo, como estudio sereno y crítico, debe rescatar la diversidad y complejidad del mundo andino, reconociendo que la historia no se reduce a la visión romántica de un imperio idealizado.

Identidad contemporánea y necesidad de diferenciación

La distorsión histórica que coloca al incario como la cúspide del mundo andino tiene consecuencias profundas en la identidad peruana contemporánea. Al invisibilizar la diversidad de culturas que existieron antes y durante la expansión inca —como los Chimú, Cañaris, Quitus, Lupacas, Collao, Chincha, Cajamarca con su Cumbemayo, Moche, Nazca, Wari y Tiwanaku— se construye una narrativa simplificada que reduce la riqueza del pasado a un solo modelo. Esta narrativa, alimentada por la incafilia, la incalatría y la incamanía, genera una visión romántica y acrítica que impide comprender la complejidad real de la historia andina.

La incafilia, como simpatía romántica, tiende a idealizar a los incas sin reconocer sus contradicciones. La incalatría, como culto acrítico, convierte al incario en símbolo absoluto del mundo andino, borrando las diferencias culturales y políticas que existieron. La incamanía, como obsesión desmedida, niega incluso la violencia y la imposición que caracterizaron la expansión militarista del Tahuantinsuyo. Estas tres formas de distorsión no solo afectan la manera en que se enseña y se recuerda la historia, sino también la forma en que se construye la identidad nacional, al privilegiar una visión homogénea y centralista sobre un pasado que fue diverso y plural.

El incaísmo, en cambio, debe ser reivindicado como el estudio sereno y crítico del incario. No se trata de negar los logros de los incas, sino de reconocerlos en su justa medida, junto con sus limitaciones y contradicciones. El incaísmo implica situar al incario dentro de un proceso histórico más amplio, en el que culturas como los Chimú, Chincha, Cajamarca, Wari, Tiwanaku, Nazca, Moche, Cañaris, Quitus, Lupacas y Collao tuvieron aportes fundamentales. Solo así se puede rescatar la verdadera riqueza del mundo andino, que no se reduce a un imperio, sino que se expresa en la diversidad de pueblos, cosmovisiones y logros técnicos que lo conformaron.

La identidad peruana contemporánea necesita esta diferenciación. Confundir el incaísmo con la incalatría perpetúa una visión distorsionada que limita la comprensión del pasado y, por ende, la construcción del presente. Reconocer que el incario fue una etapa más, marcada por la homogenización y el militarismo, pero no necesariamente superior a las culturas que lo precedieron o coexistieron, es un paso necesario para valorar la pluralidad histórica del Perú. Solo así se podrá superar la incafilia, la incalatría y la incamanía, y construir una memoria más justa y equilibrada.

La verdadera originalidad inca: estrategia militar y control social

Muy pocos logros técnicos e invenciones culturales pertenecen propiamente a los incas. La mayor parte de los avances que solemos atribuirles —como la red de caminos, el tallado de piedras, la hidráulica, la metalurgia, la cerámica o la navegación— fueron en realidad desarrollos de culturas preincas como los Wari, Tiwanaku, Cajamarca, Chimú, Chincha, Nazca o Moche. Los incas heredaron, adaptaron y expandieron esos conocimientos, pero no los inventaron.

Donde sí fueron consumados inventores fue en el terreno de la estrategia y táctica militar y en el control de masas. Su expansión se basó en campañas cuidadosamente planificadas, en las que combinaban diplomacia y fuerza para someter pueblos vecinos. Crearon el sistema de mitimaes, trasladando poblaciones enteras para desarticular resistencias y asegurar el control territorial. Supieron incorporar élites locales ofreciéndoles privilegios, mientras imponían fortalezas y guarniciones para consolidar sus conquistas.

En el control de masas, los incas desplegaron una ingeniería social sin precedentes: organizaron la mita como sistema de trabajo colectivo en beneficio del Estado, construyeron colcas y tambos para alimentar y movilizar grandes contingentes, impusieron el quechua como lengua oficial para homogenizar la comunicación, y establecieron un culto estatal al Inti, reforzado por ceremonias masivas que legitimaban el poder político. Todo ello les permitió cohesionar poblaciones diversas bajo un mismo modelo imperial.

En definitiva, la verdadera originalidad del incario no estuvo en la invención técnica, sino en la capacidad de diseñar un sistema de dominio militar y social que convirtió a un mosaico de pueblos en un imperio centralizado. El último estado prehispánico andino se caracterizó por imperialismo político, religioso y militar, responsable de la destrucción masiva de culturas locales y de sus identidades. El imperio incaico fue el gran destructor del mundo andino. Lo que explica el apoyo masivo de más de doscientas etnias que apoyaron a los españoles en su guerra contra el despotismo de los incas.

Conclusión

La historia del mundo andino es un entramado complejo de culturas diversas, cada una con logros propios en arquitectura, cosmovisión, organización política, arte, comercio y tecnología. Sin embargo, la narrativa dominante en el Perú contemporáneo ha tendido a reducir esa riqueza a la figura del incario, exaltándolo como la cúspide de todo desarrollo. Esta visión, alimentada por la incafilia, la incalatría y la incamanía, ha invisibilizado a pueblos como los Chimú, Cañaris, Quitus, Lupacas, Collao, Chincha, Cajamarca con su Cumbemayo, Moche, Nazca, Wari y Tiwanaku, entre muchos otros.

El incario, lejos de ser la síntesis armónica del mundo andino, fue una imposición militarista que homogenizó y subordinó a esas culturas. Su expansión se basó en la fuerza y en la absorción de logros ajenos, más que en la creación original. Reconocer esto no significa negar sus aportes, sino situarlos en su justa medida dentro de un proceso histórico más amplio.

Por ello, es urgente diferenciar entre incafilia, incalatría e incamanía —formas de idealización acrítica— y el incaísmo, entendido como el estudio sereno y crítico del incario. Solo el incaísmo permite rescatar la verdadera riqueza del mundo andino, reconociendo que la historia no se reduce a un imperio, sino que se expresa en la pluralidad de pueblos y tradiciones que lo conformaron.

La identidad peruana contemporánea necesita esta claridad. Confundir el incaísmo con la incalatría perpetúa una visión distorsionada que limita la comprensión del pasado y la construcción del presente. En cambio, reivindicar el incaísmo como mirada crítica abre la posibilidad de valorar la diversidad cultural del Perú y de construir una memoria más justa y equilibrada.

En definitiva, incaísmo no es incalatría: el primero es conocimiento, análisis y serenidad; el segundo es culto, obsesión y distorsión. Reconocer esta diferencia es un acto de justicia histórica y un paso necesario para comprender la verdadera complejidad del mundo andino.

El último estado prehispánico andino, el Tahuantinsuyo, se caracterizó por un imperialismo político, religioso y militar que impuso una homogeneización forzada sobre pueblos diversos. La expansión inca no fue una síntesis armónica de culturas, sino una estrategia de dominación que destruyó masivamente identidades locales, desplazó poblaciones enteras mediante el sistema de mitimaes y subordinó religiones ancestrales al culto oficial del Inti. Esta política de control social y militar convirtió al incario en un poder centralizado que anuló la pluralidad cultural del mundo andino, imponiendo un modelo único sobre una realidad históricamente diversa.

Este despotismo explica por qué, cuando llegaron los españoles, más de doscientas etnias se sumaron a su causa en la guerra contra los incas. Lejos de ser una adhesión espontánea al poder europeo, fue una reacción contra el dominio incaico que había sofocado sus autonomías y tradiciones. Los pueblos sometidos vieron en los conquistadores una oportunidad de liberarse del yugo imperial, aunque ello derivara en nuevas formas de sometimiento colonial. El apoyo masivo a los españoles revela que el incario no fue la cúspide del mundo andino, sino su gran destructor, y que la memoria de su militarismo y control de masas aún pesaba en las comunidades que habían sufrido su expansión.

Bibliografía

Baudin, Louis. El imperio socialista de los Incas. 7ª ed., Fondo de Cultura Económica, 1973.

Bravo Guerreiro, María Concepción. El tiempo de los Incas. Editorial Síntesis, 1986.

Méndez, Cecilia. Incas sí, indios no: Apuntes para el estudio del nacionalismo criollo en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos, 1991.

Ossio Acuña, Juan. El Tahuantinsuyo de los Incas: Historia e instituciones del último estado prehispánico andino. Centro Cultural Inca Garcilaso, 2021.

Rostworowski, María. Historia del Tahuantinsuyu. Instituto de Estudios Peruanos, 1999.

LOS INCAS COMO DESTRUCTORES DEL MUNDO ANDINO

 


LOS INCAS COMO DESTRUCTORES DEL MUNDO ANDINO

Introducción

Se suele sobrestimar erróneamente al Imperio Incaico, exaltándolo como la cúspide del mundo andino y como la mayor expresión de organización política y cultural de Sudamérica prehispánica. Sin embargo, esta visión romántica oculta una realidad mucho más dura y categórica: el Tahuantinsuyo no fue la culminación del esplendor andino, sino el inicio de su ruina. Bajo el ropaje de un imperio centralizado y aparentemente ordenado, se escondió un proyecto militarista y represivo que destruyó la pluralidad cultural que había caracterizado a los Andes durante siglos.

Las guerras crueles emprendidas por los incas contra pueblos como los chancas, chimús, cañaris, chachapoyas, collas y quitus no fueron simples episodios de expansión, sino actos sistemáticos de desintegración cultural. La deportación de comunidades enteras, la supresión de lenguas locales, la ejecución de líderes y la imposición del quechua como lengua oficial fueron políticas que quebraron la unidad en la diversidad que había sostenido el mundo andino. Allí donde antes coexistían múltiples reinos, tradiciones y sistemas de organización, los incas impusieron un modelo uniforme que borró las diferencias y sembró resentimiento.

El totalitarismo incaico, con su aparato militar y su política de mitimaes, destruyó el tejido social y cultural de los Andes. Lo que se presenta como un imperio glorioso fue en realidad un proceso de sometimiento brutal que debilitó las bases de las culturas locales. Cuando los españoles llegaron, encontraron un mundo ya fracturado, resentido y debilitado por el imperialismo cuzqueño. El golpe de gracia lo dieron los europeos, pero la herida mortal había sido infligida antes: el Tahuantinsuyo fue el gran destructor del mundo andino, y su legado no fue la grandeza, sino la desintegración de una civilización plural que nunca volvió a ser la misma.

Parte I: Los orígenes y primeras guerras del curacazgo de Cuzco

El Imperio Incaico, antes de convertirse en la vasta organización que dominó gran parte de Sudamérica, comenzó como un pequeño señorío en el valle del Cuzco hacia los siglos XIII y XIV. Durante este período inicial, los incas se enfrentaron a pueblos vecinos como los Ayaviris, los Mascas, los Muyna y los Pinahua. Estos enfrentamientos fueron intermitentes y se prolongaron durante varios años, en algunos casos entre dos y tres años de guerra. El destino de estos pueblos fue la derrota y la incorporación forzosa al dominio cuzqueño. Sus líderes fueron ejecutados o apresados, como ocurrió con Guasi Guaca de los Mascas, y las comunidades fueron sometidas a tributo y control político. Cronistas como Pedro Cieza de León y Juan de Betanzos describen estas primeras guerras y cómo sirvieron para consolidar el poder del Cuzco, preparando el terreno para la expansión imperial.

Según Garcilaso de la Vega en sus Comentarios Reales, el espíritu conquistador de los incas se forjó desde sus primeras luchas por sobrevivir en un entorno hostil. Garcilaso explica que la necesidad de asegurar tierras fértiles y recursos llevó a los incas a desarrollar una mentalidad guerrerista, en la que la guerra no era solo un medio de defensa, sino también una herramienta para engrandecer el prestigio de sus gobernantes. Así, la victoria sobre pueblos vecinos no solo garantizaba la subsistencia, sino que legitimaba el poder de los incas frente a sus propios súbditos, creando una tradición militar que se consolidaría con el tiempo.

Por su parte, Juan de Betanzos en la Suma y narración de los Incas señala que desde los orígenes existía un proyecto expansivo, aunque incipiente, que buscaba extender el dominio del Cuzco más allá de su valle. Betanzos describe cómo los incas concebían su autoridad como destinada a crecer, y cómo la idea de un “destino imperial” se fue gestando desde las primeras generaciones. No se trataba únicamente de someter pueblos vecinos por conveniencia, sino de construir un orden político más amplio, en el que el Cuzco se erigiera como centro de poder y civilización. Este proyecto, aunque rudimentario en sus inicios, se convirtió en el fundamento ideológico de la expansión posterior bajo Pachacútec.

Finalmente, Pedro Cieza de León en la Crónica del Perú relata los castigos aplicados a aquellos pueblos que se resistieron a la autoridad cuzqueña. Cieza describe ejecuciones de líderes rebeldes, la deportación de familias enteras y la imposición de tributos forzosos. En algunos casos, los pueblos derrotados fueron desintegrados y sus miembros trasladados como mitimaes a regiones lejanas, con el fin de quebrar su identidad y evitar futuros levantamientos. Estos castigos no solo tenían un carácter punitivo, sino que funcionaban como advertencia para otros pueblos: la resistencia a los incas significaba la pérdida de autonomía, la fragmentación social y la subordinación absoluta al poder del Cuzco.

La creencia en el destino imperial de los incas no puede entenderse sin su religión y mitología, que otorgaban legitimidad sagrada a la expansión. Según Sarmiento de Gamboa en su Historia de los Incas, los gobernantes se consideraban descendientes directos del dios solar Inti, lo que les confería un mandato divino para gobernar y someter a otros pueblos. Esta idea de origen celestial se vinculaba con la noción de que el Cuzco era el “ombligo del mundo”, centro elegido por los dioses para irradiar poder y civilización. Garcilaso de la Vega en los Comentarios Reales añade que la expansión territorial era vista como cumplimiento de una misión religiosa: llevar el orden y la cultura inca a los pueblos considerados bárbaros o desorganizados. De este modo, la guerra y la conquista no eran solo actos políticos o militares, sino también rituales de obediencia al mandato divino, en los que la resistencia de otros pueblos equivalía a desafiar la voluntad de los dioses.

La religión incaica se caracterizó por ser henoteísta, es decir, reconocía múltiples divinidades pero otorgaba supremacía a una en particular, en este caso al dios solar Inti. Sin embargo, los cronistas señalan que existía debate sobre la relación entre Inti y Wiracocha. Según Juan de Betanzos en la Suma y narración de los Incas, algunos incas identificaban al Sol con Wiracocha, mientras que otros lo subordinaban como una manifestación de este dios creador. Garcilaso de la Vega en los Comentarios Reales explica que, aunque Inti era el dios principal en la práctica política y ritual, Wiracocha era considerado superior en un plano teológico, como el origen de todo lo existente. Pedro Cieza de León, por su parte, describe cómo en la vida cotidiana y en las ceremonias estatales se rendía culto prioritario al Sol, lo que reforzaba la idea de que el destino imperial estaba legitimado por la divinidad que iluminaba y daba vida al mundo. Esta concepción henoteísta permitió a los incas justificar su expansión como una misión sagrada, en la que someter pueblos equivalía a extender el culto del Sol y cumplir con la voluntad de Wiracocha.

Parte II: La primera gran expansión bajo Pachacútec (1438–1471)

El verdadero inicio del Imperio se dio con Pachacútec, quien transformó el curacazgo en un imperio tras la célebre guerra contra los Chancas. Este enfrentamiento, ocurrido entre 1438 y 1440, duró aproximadamente dos años y fue decisivo. Los chancas, un pueblo guerrero que amenazaba con destruir Cuzco, fueron derrotados en una batalla que marcó el nacimiento del Tahuantinsuyo. El destino de los vencidos fue severo: muchos fueron ejecutados, otros deportados como mitimaes, y se desintegraron familias enteras. Las represalias incluyeron la reducción de comunidades enteras a servidumbre y la dispersión de sus miembros en distintas regiones del imperio. Sarmiento de Gamboa y Garcilaso de la Vega narran con detalle esta batalla y las consecuencias que tuvo para los chancas.

Tras esta victoria, Pachacútec extendió su dominio hacia el Collao, sometiendo pueblos como los Collas y los Lupacas. Estos fueron obligados a pagar tributo y a aceptar la autoridad incaica. En muchos casos, se trasladaron poblaciones enteras para evitar rebeliones, aplicando la política de mitimaes que consistía en desarraigar comunidades y reubicarlas en territorios lejanos.

El soberano chanca que encabezó la resistencia fue Anccu Hualloc, quien según Sarmiento de Gamboa en su Historia de los Incas fue capturado tras la derrota y llevado a Cuzco, donde se le ejecutó públicamente como escarmiento. La ejecución no fue discreta ni rápida, sino ritualizada: se le expuso ante la población y se le dio muerte de manera humillante, para mostrar que el poder chanca había sido aniquilado. Garcilaso de la Vega en los Comentarios Reales añade que Anccu Hualloc fue ajusticiado en la plaza principal del Cuzco, y que su cuerpo fue exhibido para que todos los pueblos sometidos comprendieran las consecuencias de rebelarse contra el Inca. Pedro Cieza de León en la Crónica del Perú señala además que la ejecución de Anccu Hualloc fue acompañada de la deportación de muchos de sus seguidores y la disgregación de las familias chancas, de modo que la muerte del soberano no solo significó el fin de la resistencia militar, sino también el inicio de un proceso sistemático de desintegración cultural y social del pueblo chanca.

La guerra contra los Collas y los Lupacas se prolongó durante varios años, aproximadamente entre 1440 y 1445, pues ambos pueblos eran poderosos y contaban con grandes ejércitos. Pedro Cieza de León relata que los Collas opusieron fuerte resistencia, pero finalmente fueron vencidos y obligados a entregar tributo en forma de ganado y productos agrícolas. Sus jefes fueron despojados de poder y trasladados a Cuzco, donde quedaron bajo vigilancia. Los Lupacas, aunque inicialmente aliados, también fueron sometidos y sus líderes reducidos a vasallos del Inca. La derrota de estos pueblos consolidó el dominio cuzqueño en el altiplano.

La política de mitimaes se convirtió en una herramienta sistemática para suprimir las identidades regionales. Juan de Betanzos describe cómo comunidades enteras eran desarraigadas de sus tierras y enviadas a regiones lejanas, mientras que grupos de incas o pueblos leales eran trasladados a ocupar los territorios conquistados. Este mecanismo buscaba romper la cohesión social de los vencidos y diluir sus tradiciones, imponiendo la lengua quechua y las costumbres cuzqueñas. De este modo, la diversidad cultural del Collao y otras regiones fue absorbida por el proyecto imperial, aunque a costa de la pérdida de autonomía y memoria colectiva de los pueblos sometidos.

Los niños desempeñaban un papel central en estas políticas de sometimiento. Según Cieza de León, muchos eran separados de sus familias y trasladados como mitimaes para ser criados en comunidades leales al Inca, donde aprendían la lengua y las costumbres oficiales. Garcilaso de la Vega añade que algunos eran entregados como servidores en templos y casas nobles, asegurando así su integración en la estructura estatal. Esta práctica no solo debilitaba la resistencia de los pueblos conquistados, sino que garantizaba la formación de nuevas generaciones fieles al poder cuzqueño, perpetuando el dominio incaico a través de la educación y el desarraigo.

Parte III: La segunda expansión bajo Túpac Inca Yupanqui (1471–1493)

El hijo de Pachacútec, Túpac Inca Yupanqui, continuó la expansión hacia la costa norte y la sierra. Su conquista más importante fue la del poderoso Reino Chimú, entre 1470 y 1475, en una guerra que duró aproximadamente cinco años. El rey Minchancaman fue capturado y trasladado a Cuzco, y los chimús fueron obligados a integrarse al imperio. Los artesanos, niños y familias enteras fueron deportados, y se desintegraron comunidades para evitar que conservaran su identidad. En 1495, los chimús protagonizaron una rebelión que fue sofocada con gran dureza, imponiéndose castigos como la deportación masiva y la esclavitud parcial. Cronistas como Pedro Cieza de León y Cabello de Balboa relatan estos hechos.

Los Cañaris, en la región del actual Ecuador, resistieron durante tres años en la década de 1470. Finalmente fueron sometidos tras duras represalias, que incluyeron la deportación de familias y la reducción a mitimaes. Juan de Betanzos describe cómo los cañaris fueron castigados severamente por su resistencia. Los Chachapoyas, en la sierra nororiental del Perú, resistieron durante cuatro años en la década de 1480. Su destino fue similar: sometimiento violento, deportación masiva y esclavitud parcial. Pedro Cieza de León narra la dureza con que fueron tratados.

Uno de los episodios más recordados de la conquista del Reino Chimú fue el desvío del río Moche. Según Cabello de Balboa, los incas bloquearon y desviaron el curso del río para privar de agua a la ciudad de Chan Chan, obligando a sus habitantes a rendirse por sed. Esta estrategia muestra la capacidad de los incas para emplear tácticas de guerra psicológica y ambiental, debilitando a sus enemigos sin necesidad de un asalto directo.

El destino del rey Minchancaman fue particularmente cruel. Tras ser capturado, los cronistas señalan que fue descuartizado como escarmiento, un castigo reservado para los soberanos que se resistían al poder del Inca. Su ejecución pública simbolizó la destrucción del poder chimú y la absorción de su cultura por el Tahuantinsuyo. La muerte de Minchancaman fue acompañada de la deportación de su familia y la dispersión de los nobles chimús, asegurando que no quedara liderazgo capaz de organizar una nueva resistencia.

La rebelión de 1495 en Chan Chan fue un acto de gran valentía. Los chimús, a pesar de haber sido derrotados y sometidos, intentaron recuperar su independencia. Pedro Cieza de León relata que la sublevación fue sofocada con extrema dureza: los líderes rebeldes fueron ejecutados, las familias deportadas y muchos convertidos en esclavos. Esta represión ejemplar buscaba demostrar que ningún pueblo podía desafiar al Inca sin sufrir consecuencias devastadoras. Cuando los españoles pasaron por Chan Chan, apenas encontraron en pie dos de las diez ciudades amuralladas que habían existido, y en un estado tan lamentable que reflejaba no solo la destrucción material, sino también la ruina cultural. La lengua quingnam, propia de los chimús, se hallaba ya en proceso de desaparición, lo que evidenciaba cómo la política incaica había desarraigado las tradiciones y la identidad de este pueblo.

La crueldad contra los Cañaris y los Chachapoyas fue igualmente severa. Sus jefes fueron capturados y ejecutados, y sus comunidades desarraigadas mediante la política de mitimaes. Juan de Betanzos señala que los cañaris fueron dispersados en distintas regiones del imperio, mientras que los chachapoyas fueron obligados a abandonar sus tierras y trasladados a zonas controladas por el Inca. En ambos casos, la lengua propia de estos pueblos fue suprimida y reemplazada por el quechua, y sus tradiciones culturales destruidas. Los incas, en su afán de consolidar el Tahuantinsuyo, se convirtieron en los grandes destructores de las culturas andinas, imponiendo un modelo uniforme que borraba la diversidad cultural de los pueblos conquistados.

Los chachapoyas, conscientes de la dureza del sometimiento, intentaron sobrevivir negociando directamente con Huayna Cápac. Según las crónicas, ofrecieron tributo y lealtad a cambio de conservar cierta autonomía, pero la desconfianza mutua marcó la relación. En este contexto, se difundió la versión de que los chachapoyas habrían recurrido al envenenamiento como estrategia desesperada: tanto Huayna Cápac como su hijo y sucesor designado, Ninan Cuyuchi, murieron en circunstancias sospechosas, lo que algunos cronistas atribuyen a la acción de los chachapoyas. Este hecho, más allá de su veracidad histórica, refleja la percepción de que los pueblos sometidos buscaban cualquier medio para liberarse del yugo incaico.

La muerte de Huayna Cápac y de Ninan Cuyuchi abrió el camino a la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa, que se desató poco después. Los cronistas como Cieza de León y Sarmiento de Gamboa señalan que la desaparición del Inca y de su sucesor inmediato generó un vacío de poder que dividió al imperio en dos facciones irreconciliables. En este contexto, los chachapoyas y otros pueblos sometidos aprovecharon la crisis para rebelarse o apoyar a uno de los bandos, buscando recuperar su autonomía. Así, el supuesto envenenamiento de Huayna Cápac y su hijo no solo fue un acto de resistencia, sino también un detonante que precipitó la fragmentación del Tahuantinsuyo en vísperas de la llegada de los españoles.

Parte IV: La tercera expansión bajo Huayna Cápac (1493–1527)

Huayna Cápac llevó el imperio a su máxima extensión, alcanzando el actual sur de Colombia y el norte de Chile y Argentina. En el norte, los Quitus fueron sometidos tras campañas prolongadas. Muchos de sus líderes fueron ejecutados y las poblaciones trasladadas para evitar rebeliones. Sarmiento de Gamboa relata estas campañas. En Huancavelica, las poblaciones fueron sometidas con deportación de niños y familias enteras, reducidas a mitimaes y obligadas a servir en distintas regiones. Garcilaso de la Vega describe estas medidas.

Por el sur, los incas encontraron la férrea resistencia de los araucanos (mapuches) en lo que hoy es Chile. Las campañas enviadas por Huayna Cápac lograron avanzar hasta el valle del río Maule, pero allí fueron detenidas por los pueblos mapuches, que defendieron con tenacidad sus territorios. Según las crónicas, la llamada Batalla del Maule fue un enfrentamiento decisivo: los incas, acostumbrados a someter a otros pueblos mediante deportaciones y castigos, se toparon con guerreros que no aceptaron la dominación y que lucharon con tal ferocidad que el avance imperial quedó truncado. La resistencia araucana fue tan persistente que el Tahuantinsuyo nunca logró consolidar su dominio más allá del norte de Chile, marcando un límite histórico a la expansión incaica.

Durante este período, las rebeliones fueron constantes. Los Quitus, los Cañaris y los Chimú se levantaron en varias ocasiones, pero siempre fueron sofocados con severos castigos. Las represalias incluían la desintegración de familias, la reducción a esclavitud parcial y el traslado forzoso de comunidades enteras. La política de mitimaes se convirtió en una herramienta fundamental para mantener el control sobre un imperio que llegó a tener más de 10 millones de súbditos.

La política represiva y punitiva de los incas fue la causa principal de las rebeliones continuas de los Quitus, Cañaris y Chimú. Según Pedro Cieza de León, las deportaciones masivas, la supresión de lenguas locales y la destrucción de tradiciones culturales generaron un resentimiento profundo que se manifestaba en levantamientos periódicos. Estos pueblos, aunque derrotados militarmente, nunca aceptaron plenamente la autoridad cuzqueña, y sus constantes sublevaciones desgastaron al imperio y minaron la estabilidad política en los últimos años de Huayna Cápac.

Los castigos contra los jefes y poblaciones de estos reinos fueron particularmente crueles. Juan de Betanzos describe cómo los líderes rebeldes eran ejecutados públicamente, a menudo descuartizados o humillados en ceremonias que buscaban quebrar la moral de sus seguidores. Las comunidades eran desintegradas: familias separadas, niños arrancados de sus padres y trasladados como mitimaes, y pueblos enteros obligados a abandonar sus tierras ancestrales. La represión no solo buscaba sofocar la rebelión inmediata, sino también borrar cualquier posibilidad de reconstrucción cultural o política independiente.

Finalmente, la dureza de estas políticas terminó volviéndose contra el propio Huayna Cápac. Los cronistas señalan que fue envenenado por los chachapoyas, un pueblo que había sufrido deportaciones y castigos sistemáticos. La muerte del Inca, junto con la de su hijo y sucesor designado Ninan Cuyuchi, abrió un vacío de poder que desembocó en la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa. Así, la represión extrema y la crueldad contra los pueblos sometidos no solo destruyeron culturas enteras, sino que también precipitaron la crisis interna que debilitó al Tahuantinsuyo en vísperas de la llegada de los españoles.

Es importante señalar que el Tahuantinsuyo no fue la expresión más grande ni más rica del mundo andino, sino más bien su destrucción sistemática por el imperialismo militarista incaico. Cronistas como Cieza de León y Betanzos muestran cómo la diversidad cultural previa —con reinos como el Chimú, los Cañaris, los Chachapoyas, los Collas y los Lupacas— fue desintegrada por la imposición de un modelo uniforme basado en el poder del Cuzco. La supresión de lenguas, la deportación de pueblos enteros y la eliminación de tradiciones locales significaron que el esplendor de las culturas regionales quedó arrasado. El Tahuantinsuyo, más que un proyecto de integración, fue un imperio militarista que destruyó la pluralidad andina, dejando tras de sí un legado de sometimiento y resentimiento que se manifestaría en las rebeliones constantes y en la fragilidad que lo llevó a su colapso.

Parte V: Rebeliones y castigos

Las rebeliones más importantes fueron la de los Chimú en 1495, sofocada con deportaciones masivas y esclavitud parcial; las de los Cañaris y Chachapoyas, que se levantaron en varias ocasiones y fueron castigados con dureza; y las de los Quitus, que protagonizaron levantamientos en el norte y fueron reprimidos con ejecuciones y traslados. En todos los casos, los incas aplicaron políticas severas: deportación de niños, desintegración de familias enteras, reducción a la esclavitud o conversión en mitimaes. Estas medidas buscaban quebrar la resistencia y asegurar la integración forzosa de los pueblos conquistados.

En el caso de los Chimú, su rey Minchancaman fue capturado y llevado a Cuzco, donde según los cronistas fue ejecutado de manera cruel, incluso descuartizado, como advertencia a otros pueblos. La rebelión de 1495 fue sofocada con extrema violencia: los líderes rebeldes fueron ajusticiados públicamente, las familias deportadas y muchos convertidos en esclavos. La destrucción de Chan Chan y la desaparición progresiva de la lengua quingnam reflejaron el castigo ejemplar que los incas aplicaron contra este reino.

Los Cañaris, tras resistir durante años, sufrieron la ejecución de sus principales jefes. Juan de Betanzos relata que los líderes fueron humillados y asesinados, mientras que sus comunidades fueron dispersadas como mitimaes en distintas regiones del imperio. La lengua cañari fue suprimida y reemplazada por el quechua, y sus tradiciones culturales destruidas. El castigo contra los cañaris buscaba borrar cualquier posibilidad de reconstrucción de su identidad, convirtiéndolos en un pueblo fragmentado y subordinado.

Los Chachapoyas, considerados un pueblo belicoso y difícil de someter, fueron castigados con igual severidad. Sus jefes fueron ejecutados y sus comunidades deportadas en masa. Pedro Cieza de León describe cómo familias enteras fueron arrancadas de sus tierras y trasladadas a regiones lejanas, mientras que los niños eran separados de sus padres para ser criados bajo costumbres cuzqueñas. La lengua chachapoya fue desarraigada y reemplazada por el quechua, y su cultura quedó destruida por la política represiva incaica.

Los Quitus, en el actual Ecuador, protagonizaron varias rebeliones que fueron sofocadas con ejecuciones públicas de sus líderes y el traslado forzoso de sus comunidades. Sarmiento de Gamboa señala que los castigos incluyeron la desintegración de familias y la deportación de niños como mitimaes. La lengua quitus fue suprimida y su cultura absorbida por el modelo cuzqueño. Estos castigos reflejan cómo el Tahuantinsuyo, más que integrar, destruyó la diversidad cultural andina mediante un imperialismo militarista que arrasó con las identidades locales.

Parte VI: Cronistas y fuentes

Los principales cronistas que registraron estas guerras, conquistas y sometimientos fueron Pedro Cieza de León en su Crónica del Perú, Juan de Betanzos en la Suma y narración de los Incas, Garcilaso de la Vega en los Comentarios Reales, Sarmiento de Gamboa en la Historia de los Incas, y Cabello de Balboa en la Miscelánea Antártica. Sus relatos, aunque escritos desde distintas perspectivas, coinciden en señalar la combinación de diplomacia, guerra y castigos severos que caracterizó la expansión del Tahuantinsuyo.

Sin embargo, ninguno de estos cronistas llega a afirmar de manera explícita que los incas destruyeron el mundo andino, aunque las evidencias históricas muestran que eso fue lo que realmente ocurrió. Las guerras crueles iniciadas por los incas desencadenaron un proceso de desintegración de muchas culturas locales, debilitando sus estructuras políticas, sociales y religiosas. La imposición del quechua como lengua oficial, la deportación de pueblos enteros y la eliminación de tradiciones propias causaron un grave daño a la identidad andina, que hasta entonces había sido plural y se había sostenido en la unidad dentro de la diversidad.

El totalitarismo incaico destruyó esa pluralidad, imponiendo un modelo uniforme que borraba las diferencias culturales y reducía la riqueza del mundo andino a una sola visión centralizada desde Cuzco. Así, el Tahuantinsuyo no fue la culminación del esplendor andino, sino el inicio de su ruina. Cuando los españoles llegaron, encontraron un mundo ya fracturado y resentido por las políticas represivas incas, lo que facilitó la conquista. El golpe de gracia lo dieron los europeos, pero la fragilidad del mundo andino había sido provocada por el imperialismo militarista de los incas.

Las investigaciones arqueológicas han confirmado la brutalidad de ciertos rituales y castigos incas. El hallazgo de momias en los nevados andinos —como la “Dama de Ampato” en Arequipa, los “Niños de Salta” en Argentina y la niña de Tanta Carhua en Perú— demuestra la práctica de la capacocha, un ritual en el que se sacrificaban niños y niñas, muchas veces de origen noble, para honrar a los dioses o conmemorar la muerte de un soberano. Estos sacrificios humanos, realizados en condiciones extremas de frío y altura, son pruebas materiales de la violencia ritualizada que acompañaba al poder incaico. La arqueología revela así que los crímenes del Tahuantinsuyo no fueron solo militares y políticos, sino también religiosos, y que la supuesta grandeza del imperio se sustentó en prácticas que destruyeron vidas y culturas enteras. 

Conclusiones

La reflexión sobre el Tahuantinsuyo nos conduce a conclusiones que trascienden lo histórico y se adentran en lo filosófico. El Imperio Incaico, tantas veces exaltado como la cima del mundo andino, revela en realidad el rostro de un proyecto totalitario que destruyó la pluralidad cultural que había florecido en los Andes durante siglos. La grandeza que se le atribuye no puede ocultar que su expansión se cimentó en la violencia, la represión y la desintegración de pueblos enteros.

La primera conclusión es que la historia no debe confundirse con propaganda. El relato oficial que presenta al Tahuantinsuyo como un modelo de organización y esplendor es, en el fondo, una construcción que invisibiliza el sufrimiento de los pueblos sometidos. La filosofía de la historia exige reconocer que la unidad impuesta por la fuerza no es verdadera integración, sino dominación disfrazada de orden.

La segunda conclusión es que la diversidad cultural es un valor en sí mismo, y su destrucción constituye una pérdida irreparable. Los incas, al imponer el quechua y borrar lenguas como el quingnam, el cañari o el chachapoya, no solo destruyeron sistemas de comunicación, sino también cosmovisiones, memorias y formas de vida. La filosofía nos recuerda que cada cultura es una expresión única de humanidad, y que su desaparición empobrece el horizonte colectivo.

La tercera conclusión es que el poder absoluto, cuando se ejerce sin límites, se convierte en su propia condena. El militarismo incaico, al sembrar resentimiento y fractura, preparó el terreno para la rápida caída del imperio frente a los españoles. La lección filosófica es clara: ningún sistema que se funda en la represión puede sostenerse indefinidamente, porque la violencia engendra fragilidad y la imposición destruye la legitimidad.

Finalmente, la reflexión nos invita a repensar el concepto de “grandeza”. El Tahuantinsuyo fue grande en extensión, pero pequeño en respeto por la diversidad. Fue poderoso en armas, pero débil en justicia. Su legado no es el de un imperio glorioso, sino el de un destructor del mundo andino, cuya pluralidad nunca volvió a recuperarse plenamente. La filosofía nos enseña que la verdadera grandeza no se mide en territorios conquistados, sino en la capacidad de preservar y enriquecer la vida cultural de los pueblos.

Ahora se entiende mejor por qué más de 200 etnias se plegaron a los españoles contra los incas. No fue un acto de traición ni de ingenuidad, sino la consecuencia lógica de siglos de sometimiento y represión. Un aliado forzado nunca es un aliado verdadero: es un insurrecto en potencia, esperando la ocasión para liberarse del yugo que lo oprime. Los pueblos que habían sufrido deportaciones, ejecuciones de sus líderes, destrucción de sus lenguas y culturas, vieron en la llegada de los europeos una oportunidad para vengarse de los incas y recuperar su autonomía perdida. Así, la conquista española no se explica únicamente por la superioridad militar europea, sino también por el profundo resentimiento que el imperialismo incaico había sembrado en todo el mundo andino.

Bibliografía

Betanzos, Juan de. Suma y narración de los Incas. Madrid: Ediciones Atlas, 1987.
Cabello de Balboa, Miguel. Miscelánea Antártica. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2005.
Cieza de León, Pedro. Crónica del Perú. Parte primera. Sevilla: Martín de Montesdoca, 1553.
Espinoza Soriano, Waldemar. La destrucción del Imperio de los Incas: la rivalidad política y señorial de los curacazgos andinos. Lima: Amaru Editores, 1973.
Espinoza Soriano, Waldemar. Los Incas. Lima: Amaru Editores, 1987.
Garcilaso de la Vega, Inca. Comentarios Reales de los Incas. Lisboa: Pedro Crasbeeck, 1609.
Pease García Yrigoyen, Franklin. El Imperio de los Incas. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2000.
Pease García Yrigoyen, Franklin. Los Incas. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007.
Porras Barrenechea, Raúl. Los cronistas del Perú y otros ensayos. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 1999.
Rostworowski de Diez Canseco, María. Historia del Tahuantinsuyo. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1988.
Sarmiento de Gamboa, Pedro. Historia de los Incas. Madrid: Ediciones Atlas, 1960.

martes, 17 de febrero de 2026

IDEA Y ORIGEN DE LA FILOSOFÍA EN GUSTAVO FLORES QUELOPANA


IDEA Y ORIGEN DE LA FILOSOFÍA EN GUSTAVO FLORES QUELOPANA

Arístides del Ande


La filosofía de Gustavo Flores Quelopana se despliega como un viaje de descubrimiento que comienza en el mito y culmina en una teoría general de la filosofía. Su punto de partida es la filosofía mitocrática, donde el mito deja de ser un relato ingenuo para convertirse en una forma plena de pensamiento crítico. Los amautas andinos, en su visión, fueron filósofos que articularon una metafísica basada en la complementariedad de fuerzas como el orden y el caos, y que situaron la naturaleza y el cosmos en el centro de la reflexión. Con ello, Flores Quelopana busca descolonizar la filosofía, mostrando que las culturas ancestrales no fueron pre-filosóficas, sino que elaboraron auténticas reflexiones universales.

Este hallazgo lo condujo a formular la filosofía mitomórfica del chamanismo, donde el pensamiento se amplía hacia las prácticas espirituales ancestrales. El chamanismo, desde el Paleolítico hasta las religiones precolombinas, es comprendido como una vía filosófica que se expresa en la experiencia extática, la comunión con la naturaleza y la transformación simbólica del ser humano. Para Flores Quelopana, el chamanismo es una “religión de integración”, donde el éxtasis natural y la unión con el cosmos son fundamentos de reflexión filosófica. Así, la mitomorfía revela que el hombre prehistórico ya filosofaba bajo esta modalidad, ampliando el horizonte abierto por la mitocracia.

La filosofía mitomórfica del chamanismo, como ampliación de la mitocracia, abrió para Gustavo Flores Quelopana un horizonte aún más profundo: el de la prehistoria. Al reconocer que el chamanismo no era mera práctica ritual, sino una forma originaria de pensamiento, Flores Quelopana se vio impulsado a penetrar en el mundo prehistórico para rastrear las raíces más antiguas de la filosofía. Allí descubrió que, antes incluso de la palabra y del mito, el ser humano ya se enfrentaba al misterio de la existencia mediante la experiencia de lo numinoso. Esa vivencia de lo sagrado, del asombro y del misterio, fue para él la primera forma de filosofar.

De esta reflexión nace la filosofía numinocrática de la prehistoria, expuesta en su obra Filosofía prehistórica (2018). En ella sostiene que la prehistoria no debe ser entendida como un tiempo “pre-filosófico”, sino como el inicio mismo de la filosofía. El hombre ancestral, en contacto con lo numinoso, elaboraba una reflexión sobre su existencia y sobre el cosmos, aunque no lo hiciera mediante conceptos racionales o discursos sistemáticos. La numinocracia, entonces, reconoce que la filosofía surge de la experiencia originaria de lo sagrado, de la conmoción ante lo desconocido y de la necesidad de otorgar sentido a la vida en medio de lo misterioso.

Así, la evolución del pensamiento de Flores Quelopana se configura como una línea ascendente: primero la mitocracia legitima el mito como filosofía; luego la mitomorfía amplía ese horizonte hacia las prácticas chamánicas como formas originarias de filosofar; finalmente, la numinocracia penetra en la prehistoria para mostrar que la experiencia de lo sagrado y lo misterioso fue la primera forma de filosofía. Cada etapa se enlaza con la siguiente, formando una genealogía que revela la continuidad histórica del pensamiento humano desde sus raíces más ancestrales hasta la reflexión contemporánea.

La filosofía numinocrática de la prehistoria, al mostrar que la experiencia de lo sagrado y lo misterioso fue la primera forma de filosofar, completa el arco que Gustavo Flores Quelopana venía trazando desde la mitocracia y la mitomorfía. Sin embargo, este recorrido no se detiene allí. La necesidad de integrar todas estas dimensiones lo llevó a formular la Teoría General de la Filosofía (TGF), publicada en Lima en 2021, que constituye la culminación de su proyecto intelectual.

La TGF se presenta como una propuesta sistemática que busca redefinir la filosofía en su totalidad. Flores Quelopana distingue tres niveles: la teoría restringida, que corresponde al origen griego de la filosofía y la concibe como racionalidad crítica y argumentativa; la teoría ampliada, que incorpora la filosofía en el mito, reconociendo que las culturas ancestrales elaboraron auténticas reflexiones filosóficas a través de narraciones simbólicas y cosmovisiones mitocráticas; y finalmente la teoría general, que entiende la filosofía como condición existencial del ser humano, más allá de los límites de la tradición occidental y más allá incluso del homo sapiens, penetrando en la prehistoria y en las formas numinosas y chamánicas de pensamiento.

En esta visión, la filosofía no es patrimonio exclusivo de Grecia ni de la racionalidad discursiva, sino una estructura existencial que acompaña al ser humano desde sus orígenes. La TGF integra lo mitocrático (el mito como filosofía), lo mitomórfico (el chamanismo como filosofía) y lo numinocrático (la experiencia de lo sagrado en la prehistoria como filosofía), junto con la tradición griega, en un marco más amplio que reconoce la pluralidad de formas filosóficas. Se trata de una metafilosofía universal, capaz de integrar las diversas tradiciones y de abrir un diálogo entre la filosofía occidental y las filosofías ancestrales.

Flores Quelopana, con esta teoría, busca descolonizar definitivamente la comprensión de la filosofía, mostrando que no se trata de un fenómeno restringido a una cultura o a un tiempo, sino de una necesidad existencial que atraviesa todas las épocas y todas las culturas. La TGF es, en este sentido, una invitación a pensar la filosofía como un proceso plural y diverso, profundamente enraizado en la experiencia simbólica y espiritual, donde mito, chamanismo y numinosidad son reconocidos como pilares fundamentales de la filosofía universal.

La formulación de la Teoría General de la Filosofía (TGF) por Gustavo Flores Quelopana no es un simple ejercicio académico, sino la culminación de un itinerario intelectual que busca redefinir la esencia misma de la filosofía. Al integrar la teoría restringida de origen griego con lo mitocrático, lo mitomórfico y lo numinocrático, Flores Quelopana ofrece una visión que rompe con los límites de la tradición occidental y abre un horizonte universal. La filosofía, en su propuesta, no es patrimonio exclusivo de Grecia ni de la racionalidad discursiva, sino una condición existencial que acompaña al ser humano desde sus orígenes, manifestándose en mitos, símbolos, rituales, experiencias chamánicas y vivencias numinosas.

El impacto cultural de esta propuesta es profundo. En un mundo marcado por la hegemonía de modelos de pensamiento eurocéntricos, la TGF reivindica la pluralidad de formas filosóficas y coloca en diálogo las tradiciones ancestrales con la filosofía contemporánea. Al hacerlo, Flores Quelopana no solo descoloniza la filosofía, sino que también la revitaliza, mostrando que el pensamiento humano es más amplio, más diverso y más rico de lo que se había concebido. La filosofía deja de ser un fenómeno restringido a una cultura o a un tiempo, y se convierte en una estructura existencial que atraviesa todas las épocas y todas las culturas.

La relevancia de esta propuesta para el diálogo intercultural es evidente. En un contexto global donde las culturas buscan reconocimiento y respeto, la TGF ofrece un marco que legitima las filosofías indígenas y ancestrales como parte del patrimonio universal del pensamiento. Al integrar lo griego con lo mitocrático, lo mitomórfico y lo numinocrático, Flores Quelopana muestra que la filosofía es un proceso plural y diverso, profundamente enraizado en la experiencia simbólica y espiritual del ser humano. Esta visión abre la posibilidad de un diálogo más equitativo entre las distintas tradiciones, donde cada una aporta su propia forma de comprender el mundo y de buscar sentido en la existencia.

En suma, la obra de Gustavo Flores Quelopana nos invita a repensar la filosofía desde sus orígenes y a reconocer que su idea y su nacimiento no se limitan a Grecia, sino que se extienden a la prehistoria, al mito, al chamanismo y a la experiencia de lo numinoso. La TGF es, por tanto, una propuesta revolucionaria que amplía los horizontes del pensamiento y nos recuerda que la filosofía, en su esencia más profunda, es la expresión universal de la condición humana.

La creación de los términos que estructuran la propuesta de Gustavo Flores Quelopana responde a un diálogo crítico con la tradición filosófica occidental y a la necesidad de abrir nuevos horizontes conceptuales. El término mitocrático lo acuña a contrapelo del concepto de lo logocrático, empleado por el estructuralismo para designar la supremacía de la razón y la palabra sobre otras formas de pensamiento. Con ello, Flores Quelopana reivindica el mito como filosofía, en oposición a la reducción logocéntrica que había dominado la reflexión moderna. La idea de la filosofía como condición existencial del hombre la retoma de Karl Jaspers, quien había intuido la universalidad filosófica como rasgo constitutivo de la existencia humana. El término numinocrático es una reinterpretación de lo numinoso de Rudolf Otto, trasladado al terreno filosófico para mostrar que la experiencia de lo sagrado y lo misterioso constituye la primera forma de filosofar en la prehistoria. Finalmente, el término mitomórfico es creación propia de Flores Quelopana, y designa la dimensión filosófica del chamanismo como práctica originaria de integración entre el hombre, la naturaleza y el cosmos.

Con esta arquitectura conceptual, Flores Quelopana logra articular una genealogía de la filosofía que va desde lo numinoso prehistórico, pasando por el mito y el chamanismo, hasta la racionalidad griega, y que culmina en la Teoría General de la Filosofía (TGF). Su propuesta, en consecuencia, no solo amplía el horizonte de lo que entendemos por filosofía, sino que también ofrece una visión plural y universal, capaz de integrar las diversas formas de pensamiento que han acompañado al ser humano desde sus orígenes.

La pregunta sobre qué es la filosofía para Gustavo Flores Quelopana encuentra su respuesta en la totalidad de su obra y en la arquitectura conceptual que ha construido. Para él, la filosofía es, ante todo, una condición existencial del ser humano, inseparable de su necesidad de interrogarse por el sentido de la vida y del cosmos. No se limita a Grecia ni a la racionalidad discursiva, sino que se manifiesta en múltiples formas históricas y culturales: en el mito, en el chamanismo, en la experiencia numinosa de la prehistoria y en la racionalidad crítica griega.

Flores Quelopana concibe la filosofía como una estructura universal, presente en todas las culturas y épocas, que se expresa tanto en símbolos y narraciones como en experiencias extáticas y reflexiones racionales. En este sentido, retoma la intuición de Karl Jaspers sobre la universalidad filosófica, pero la amplía al mostrar que el filosofar no es exclusivo de la tradición occidental, sino un rasgo constitutivo de la humanidad. Su noción de lo numinocrático se inspira en la categoría de lo numinoso de Rudolf Otto, reinterpretada para señalar que la experiencia de lo sagrado y lo misterioso fue la primera forma de filosofía. El término mitocrático lo acuña en oposición al concepto de lo logocrático del estructuralismo, reivindicando el mito como filosofía frente a la supremacía de la razón. Y el término mitomórfico, creación propia, designa la dimensión filosófica del chamanismo como práctica originaria de integración entre hombre, naturaleza y cosmos.

En definitiva, para Flores Quelopana la filosofía es la expresión universal de la condición humana, una necesidad existencial que atraviesa todas las culturas y todos los tiempos. Su Teoría General de la Filosofía (TGF) sintetiza esta visión, mostrando que la filosofía es, en última instancia, la manera en que el ser humano, desde la prehistoria hasta la modernidad, busca comprender el mundo y otorgarle sentido.

Un punto esencial en la concepción de Gustavo Flores Quelopana es que mantiene la distinción entre cosmovisión y filosofía. Para él, el hecho de que el ser humano sea existencialmente un buscador de sentido no lo convierte automáticamente en filósofo. La cosmovisión es el horizonte simbólico y cultural que orienta la vida de una comunidad, mientras que la filosofía implica un nivel de reflexión crítica y consciente sobre ese horizonte. En otras palabras, siempre hubo individuos humanos que se preocuparon por el sentido del mundo, pero no todos elaboraron una filosofía; lo filosófico aparece cuando esa búsqueda de sentido se convierte en interrogación sistemática, en conceptualización y en esfuerzo por dar razones.

Esta distinción es clave para comprender su Teoría General de la Filosofía (TGF): la filosofía es condición existencial del hombre, pero no se reduce a cualquier forma de sentido o creencia. Es un modo específico de pensar que puede manifestarse en el mito, en el chamanismo, en la experiencia numinosa o en la racionalidad griega, siempre que haya un esfuerzo por comprender y dar cuenta del mundo. De este modo, Flores Quelopana evita diluir la filosofía en la cosmovisión y, al mismo tiempo, amplía sus fronteras más allá de la tradición occidental, mostrando que el filosofar es universal, pero no automático: requiere individuos que, en cada cultura y época, se atrevan a interrogar el sentido de la existencia.

Bibliografía

  • Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía mitocrática y mitocratología: nuevas consideraciones. Lima: IIPCIAL, 2010.

  • Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía mitomórfica del chamanismo. Lima: IIPCIAL, 2017.

  • Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía prehistórica. Lima: IIPCIAL, 2018.

  • Flores Quelopana, Gustavo. Teoría general de la filosofía. Lima: IIPCIAL, 2021.