miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA UTOPÍA EPISTÉMICA: Reconciliación de Razón y Mito



LA UTOPÍA EPISTÉMICA:
Reconciliación de Razón y Mito
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Razón y Mito se oponen. No obstante, la razón tiene sus mitos y el mito sus razones. Y justamente por ello ambas expresan el dinamismo poliédrico del espíritu humano. Sin el mito el hombre pierde profundidad y altura, sin la razón se pierde precisión y crítica. El mito es vía regia a lo trascendente, la razón hacia lo inmanente. La reconciliación definitiva de ambas quizá esté reservado para la otra vida, pero buscar su armonía provisoria en esta vida resulta apremiante en medio de la profunda crisis de la razón moderna. Crisis, por lo demás, que es expresión del desgarramiento entre lo trascendente y lo inmanente en el propio corazón humano. De ahí que surja la inquietud por la utopía epistémica que reconcilie razón y mito, concepto y fe, ciencia y religión.

Metafísicamente el Mito es la preeminencia de la esencia sobre la existencia y la Razón moderna es la preeminencia de la existencia sobre la esencia. Las esencias son postuladas para comprender el devenir y salvar al mundo de las apariencias. En cambio la razón diluyendo la comprensión eidética del ser convierte las esencias en conceptos y lo fáctico en lo único válido. De este modo se tienen dos concepciones profundamente antagónicas desde su base metafísica. La primera consagra la trascendencia, mientras la segunda hace lo mismo con la inmanencia. La posmodernidad neoniezscheana proclamando el fin de la subjetividad de la modernidad tardía proclaman la muerte del sujeto y se vinculan a una teoría del deseo. Pero bien visto, su teoría del deseo tampoco se libra del subjetivismo modernista que combate. El resultado es que el imperio logocrático de la razón –ya sea sustantiva o débil- se hunde en un relativismo epistémico y cultural, el solipsismo escéptico radical y la chapucería nihilista. Ante esta crisis de los fundamentos civilizatorios emerge la pregunta: ¿Es posible una nueva utopía epistémica? ¿Será factible una reconciliación –aunque sea provisoria- entre los polos opuestos de la razón y el mito? ¿La nueva utopía epistémica no supone un repensar metafísico?

Con el imperio de la Edad de Razón se puede pensar que se ha dejado atrás la Edad del Mito. Lo cual se ha vuelto nítido desde la modernidad experimental y empírica. Pero lo evidente es que en el corazón mismo de la Razón se cobijan nuevos mitos. La diferencia es que dichos mitos ya no pertenecen a una civilización de cultura religiosa y trascendente sino a otra civilización de cultura secular e inmanente.

Por ello, mientras que el mito pertenece a una espiritualidad civilizatoria de índole trascedente y metafísica, el mitoide es propio de una espiritualidad civilizatoria inmanente y secular. En consecuencia, si la Antigüedad tenía mitos propiamente dichos, en cambio la modernidad tiene mitoides. Ahora bien, si al mito le falta el imperio de la lógica y del razonamiento deductivo, a la razón le falla el imperio de la intuición y la metáfora. Al respecto se suele decir que siete mil años de matemáticas aportaron el razonamiento y método deductivo hasta culminar con la pitagórica concepción numérica del cosmos. Lo cual es una inexactitud. Las matemáticas de Babilonia, Egipto, China e India son la demostración de que el pensamiento intuitivo y mítico no estuvo exento de aportes matemáticos. Pero además, en el corazón mismo de la Edad de la Razón el mito sufre una metamorfosis más. Lo que demuestra su persistencia epistémica. Ello también permite afirmar la existencia de una dialéctica histórica compleja tanto por separado como en interrelación en el mito como en la razón. Esto es, el Mito a pesar de no ser conceptual sino intuitivo y numinoso no deja de generar operaciones mentales y deductivas; y la Razón que al identificarse desde los griegos con el concepto no cesa de generar razonamientos míticos.

Lo que significa que tanto la razón como el mito requieren de dos tipos de consideraciones, a saber, una de tipo organológica y otra de tipo metodológica. Organológicamente razón y mito guardan relaciones dinámicas e intrínsecas. Metodológicamente son diferenciables y extrínsecas. Pero cabe una tercera y más sugestiva consideración y es de tipo existenciaria. Efectivamente, ambos tipos de razonamiento, tanto el mítico como el racional pueden ser vistos como el movimiento de la totalidad dinámica de la Razón. O sea, mito y razón no son más que formas singulares que tiene la Razón misma de afrontar la existencia humana en un cosmos desafiante.

 Actualmente los desafíos que tiene que afrontar la razón instrumental moderna están relacionados con los extremos objetivantes y cosificadores del imperio logocrático del concepto. La postura desmitologizante y la hermenéutica desmitizante desde que emergió tibiamente con el terminismo escotista y el nominalismo occamista se fue desplegando lentamente con el subjetivismo idealista cartesiano hasta consolidarse con Marx declarando que la religión era el opio de los pueblos, Nietzsche proclamando que Dios había muerto, Wittgenstein y los juegos de lenguaje, Sartre propagando que la existencia precede a la esencia, Foucault promulgando la muerte del hombre, Gadamer destacando la constitución hermenéutica del mundo, Lyotard enunciando que el hombre se mueve solamente entre metarrelatos y Vattimo con el pensamiento débil y el aserto que no existen hechos sino interpretaciones. Pero desde que Max Weber enfatizó que el mundo se desencantó se ha hecho más palpable la necesidad de reencantar el mundo nuevamente. Hay que romper con la circularidad hermenéutica del pensamiento moderno, responsable del cuerpo enfermo de la modernidad occidental. Aquella clausura de la Trascendencia en el cosmos como en el alma sólo puede ser superada revirtiendo el idealismo subjetivo que domina la episteme moderna. Recién entonces podrá ser recuperado el Ser de su  olvido nihilista que lo asedia. En el fondo se trata del drama de la razón por reconquistar su propia dimensión plena. Al desconocer las verdades suprarracionales y suprimir el fundamento trascendente del mundo la Razón se dañó a sí misma y desató una crisis de proporciones nunca vistas.

Quizá todavía esta civilización moderna basada en un idealismo subjetivo, que terminó sacralizando al hombre o el regnum materiae del regnum hominis, no ha llegado a beberse la última gota de su elixir letal. Es posible que eso llegue con la civilización cibernética de los ciborgs autónomos. Pero ya será otra historia, donde la humanidad haya entrado a su franca extinción. Mientras tanto, soñar y guardar la esperanza de una nueva utopía epistémica que reconcilie la razón y el mito no es una tarea fútil ni vana. Y no lo será si se toma en cuenta nuevamente al mito como horizonte de revelación natural que permite rehabilitar el horizonte sobrenatural de lo divino. En ambos horizontes está Dios y el inicio de una hermenéutica remitizante que la haga posible en nuevos términos. Parece no haber otra salida en la coyuntura civilizatoria actual donde confluyen al mismo tiempo graves crisis materiales y espirituales.

La recuperación de lo trascendente no es ninguna labor perdida ni retroceso histórico. Al superar los dogmas historicistas y relativistas, que engolfan a la razón en su propia vanidad, se puede apreciar la estructura permanente y esencial en la realidad humana y la realidad exterior. Y en aquella estructura ontológica de base se percibe que la raíz primaria del mito y del lenguaje es el lenguaje metafórico. La metáfora recurre al razonamiento analógico y lo analógico es un elemento esencial del lenguaje simbólico. El mito y los sueños comparten la misma lógica diferente al que gobierna la vigilia. Metáfora, símbolo y analogía son el verdadero lenguaje universal producido por el hombre. En cambio la lógica del concepto es un lenguaje universal con carácter unívoco y reductor de la realidad. A lo que vamos es que lo metafórico y simbólico es más universal que el concepto lógico. 

En este sentido así como el cuerpo expresa sus metáforas a través del espíritu que lo anima, del mismo modo la naturaleza también es profundamente metafórica al expresar el sentido y orden teleológico con el que ha sido creado. Y la raíz del lenguaje metafórico es la espiritualidad, ya sea humana o divina. Metáforas numinosas y metáforas lingüísticas se influyen recíprocamente. Es Aristóteles quien consagra el reemplazo de la metáfora por el concepto, de la función semántica sobre la función mágico-numinosa de la palabra. La palabra con el concepto ya no tendrá poderes sobrenaturales. Desde el estagirita lo decisivo de las palabras será su carácter lógico. La conexión entre lenguaje y mito se disuelve al reducirse las palabras a signos conceptuales. El concepto como definidor de lo general y universal será el punto de partida de un tipo de deducción que culmina en la formulación de la ley científica. En el horizonte mitocrático las palabras son signos mágicos, mientras en el horizonte logocrático son signos conceptuales. Desde entonces lo semántico inicia su rumbo prevaleciente sobre lo sintáctico hasta convertirse en el caballo de batalla para el dominio del mundo.

Pero la verdad es que no sólo nuestro hablar, sino la realidad misma, expresa en grado superior la presencia de metáforas. En la realidad la metáfora prevalece sobre la conceptualización. La metáfora invade toda la expresión lingüística y el poeta junto al hombre prehistórico es el metaforizador por excelencia. La metáfora es la conexión primigenia de la razón humana con la realidad. La metáfora es la forma originaria que tiene la razón para dar cuenta de su existencia y de la realidad. Los conceptos, logoi, son inmutables, ideas esquemáticas que no aprehenden la infinita variedad de la existencia. En este sentido lo que la Razón humana ganó en precisión con el concepto lo perdió en extensión con la subordinación de la metáfora. Si la profundidad del concepto es de índole lógica, la profundidad de la metáfora es de índole existencial. No es casual que la vida humana y su habla común no sigue un ideal lógico sino metafórico, existencial y ontológico.

Pero el lenguaje metafórico no puede dejar de limitar con lo lógico. Su línea intuitiva no seguirá una lógica deductiva pero contiene una lógica paraconsistente que le da coherencia interna. Ya las lógicas modales, tanto temporalistas como epistémicas, demuestran que la lógica no es unívoca y sugiere la metáfora de distinguir entre la lógica intuicionista y la lógica de Dios. No existe lógica privilegiada sino que la razón en situaciones diferentes emplea diferentes lógicas. Lo que lleva a pensar que la reconciliación de la razón con el mito en una nueva utopía epistémica esté basada, en vez de en una pragmática lingüística, en el reconocimiento de regiones ontológicas que exigen diverso tratamiento lógico. Ello permite entender cómo lo lógico y lo poético experimentan una permanente relación. Lo literario es una determinada visión del mundo en donde se experimenta el paso de lo conceptual a lo metafórico. La metáfora al no vivir en el principio de identidad mora en la no identidad.

En consecuencia, al desrealizar la realidad descubre una nueva realidad. Y es por eso que se convierte en el medio privilegiado para emprender una hermenéutica remitizante, recuperar la trascendencia y las verdades suprarracionales. Es por ello que el lenguaje no es de naturaleza lógica, como creía Platón, sino de naturaleza metafórica. En la propia palabra mora el mito y lo lógico identitario. La palabra misma expresa la naturaleza contradictoria de la propia existencia humana. Logos y mytho se repelen y se buscan al mismo tiempo.

El hombre como animal que habla –Anthropos lalos lo definía Aristóteles- aparece antes que el Anthropos logikós. La atracción que existe en el seno de la razón entre pensamiento y metáfora no excluye una mutua repelencia natural. Ello es expresión de la singular tensión y cambio que experimenta el logos y el mytho en cada época. Las mutaciones de los campos lógicos y metafóricos se mueven en los contextos culturales, históricos, nacionales e individuales. Pero lo que define el devenir de una nueva utopía epistémica es el reconocimiento en la razón de una estructura ontológica básica y permanente, poliédrica y polivalente capaz de configurar una nueva reconciliación civilizatoria salvadora entre razón y mito.

En América Latina el eurocentrismo filosófico funciona actualmente como el modelo vigente por la filosofía normalizada que impide salir del imperio logocrático del concepto y, por consiguiente, arribar hacia una nueva utopía epistémica que reconcilie el mito y el concepto, la razón y la fe. Otras visiones no eurocéntricas están presentes como horizonte subalterno del saber –nativismo, interculturalismo, neocolonialismo, homeomorfismo, etc.- pero no constituyen un paradigma vigente al no poner en cuestión la concepción misma de la filosofía.

La revolución teórica por venir requiere para triunfar de nuevas condiciones no sólo internas –como creación de nuevas categorías- sino también externas –espirituales, sociales, culturales y económicas-. Lo cual no significa que en la nueva relación entre logos y mytho tenga que mediar la revolución política. Esta simplificación tan irreal suele desembocar en reduccionismos que palidecen ante la realidad. La nueva utopía epistémica si no es capaz de emprender su propio camino no será capaz de enarbolar su marcha histórica.

19 de setiembre 2018