domingo, 24 de marzo de 2019

LA MUERTE DE LA CIVILIZACIÓN ACTUAL


LA MUERTE DE LA CIVILIZACIÓN ACTUAL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 Imagen relacionada
Un mundo sin misterio
no es un mundo,
es una ficción.

Nuestro mundo actual expele un fétido y nauseabundo olor a cadáver. Ni Atenas ni Roma desaparecieron en una noche, el hundimiento del hombre apolíneo antiguo fue un proceso que llevó tiempo. Igual será con nosotros, hombres fáusticos, salvo por un detalle, esto es, ya estamos asistiendo a su proceso de desintegración.

Todos en la actualidad tenemos la sensación de que vivimos el fin de los tiempos modernos y que es perentorio el comienzo de una nueva edad. Hay quienes cavilan sobre la forma de salvar a la presente civilización y creen en ello. Mientras que otros escudriñan el horizonte pensando en reemplazarla por una civilización nueva. Berdiaev trató sobre una nueva Edad Media. Y Hegel pensaba que en la historia los hechos ocurren por primera vez como tragedia y si se repien lo hacen como comedia. Pero en realidad cada cultura tiene su propia manera y hora de morir. Así sucedió en el pasado, coincidiendo cuando la cultura alcanza su etapa de civilización. Entonces, cuál es la forma de extinción en la civilización actual.

Spengler señala tres formas de morir que se ha presentado en las culturas: recogerse en sì mismo (el nihilismo indio budista), la contemplación pasiva (el nihilismo heleno de Epicuro, Antístenes y Zenón) y la DESTRUCCIÓN DE LOS IDEALES (nihilismo fáustico de occidente).Este morir histórico es real pero no hay que olvidar otro fenecer más real aun y que se relaciona con el climaterio escatológico que sufrirá la humanidad en el Juicio Final. Spengler no lo tuvo en cuenta por no superar el relativismo y el marco del humanismo antropocéntrico hacia un humanismo teocéntrico.

En la decadencia el mismo valor de la vida se relativiza y en su lugar se entroniza mediante la ideología tecnocientífica el derecho a la eutanasia, eugenesia, el aborto y se sanciona el derecho animal. Esta negación del valor de la persona humana y su destino sobrenatural es la expresión más dramática de la destrucción actual de los ideales. Sin ideales el otrora pensador grave y serio es sustituido por la periodística prostitución intelectual repleta de retórica, chisme y diatriba.

Siempre la decadencia cultural es sinónimo de regresión del pensamiento por el achicamiento del espíritu.Al decadente hombre decadente le sobra inteligencia pero le falta sabidurìa. Por ello el sentido de la vida luce marchito y desvaído. En ella lo práctico ocupa el lugar privilegiado. El mendaz culto a lo útil lo gobierna todo. Es ametafísica por antonomasia. La metafísica es ridiculizada y rechazada. Y es que siempre el periodo ascendente de toda cultura es metafísica por excelencia porque su pensar es ascendente, mientras que el periodo descendente es ametafísico porque su pensar es descendente. Comienzan a imperar darwinistamente los medios sobre los fines.

Es muy sintomático que la economía fue tan sólo una ciencia mientras hubo metafísica de hondura hasta Kant, pero cuando la economía desplazó a la matemática y se vuelve en pilar del sentimiento cósmico, entonces en filosofía la metafísica es desplazada por la ética con los filósofos utilitaristas, evolucionistas hasta los actuales posmodernos.

En realidad, Schopenhauer –que se anticipa a Darwin- fue el primer pensador del tiempo declinante haciendo del intelecto un instrumento de la voluntad de vivir o arma de la lucha por la existencia. Junto a él está Nietzsche, que perdido en lejanías dionisíacas termina convirtiendo a la humanidad en una yeguada en pos del difuso superhombre. Y Marx no se queda atrás con la misma voluntad de potencia vertido en una filosofía de partido. En la actualidad el periodo metafísico y el periodo ético han quedado atrás, instalándose en su lugar el escepticismo nihilista radical. Los Lyotard, Rorty y Vattimo son los representantes del alma fáustica agotada y expresión de la voluntad de potencia sin fin superior. Lo anagógico o afán de ascenso espiritual es lo primero que se extingue cuando en cada cultura pasa su tiempo de esplendor y entra a su senectud.

El progreso, la razón y Dios son cuestionados en el periodo final de la cultura occidental, pero el evolucionismo sigue siendo el mito de la modernidad declinante y tardía. Cuando lo que hay en realidad en su lugar, tanto a nivel individual y cultural, es desarrollo y realización de las posibilidades internas. Entonces es cuando se abren grotescamente las compuertas finiseculares y sale a la palestra con seriedad religiosa la filosofía de la digestión, de la gastronomía, la culinaria, el vegetarianismo y cuidado del cuerpo. El hedonismo afeminado y sibarita encuentra su hora dorada para la propaganda irrefrenable. Y como el hombre fáustico civilizado luce desvaído e inánime, pulula la literatura de automotivación y superación personal. En esta perspectiva rastrera y de lombriz, estos son los temas cumbres de la modernidad decadente.

Incapaz de imponerse renuncias internas por su anémica voluntad interior, prefiere que se lo prohíban externamente. En la decadencia civilizada el hombre fáustico no ha perdido su voluntad de potencia, sino que ésta es vertida exclusivamente hacia lo externo. El resultado es el empobrecimiento pavoroso de lo interno hasta llegar a la negación de los valores. El dinero es el máximo referente de toda realización -Simmel considera que la esencia del dinero es la negación de todo valor auténtico-. Aquí se ve nítidamente que la crisis de los valores en en realidad una crisis metafísica de la cultura.

Este es el sino profundo del imperialismo, a saber, expandirse con violencia y sin tapujos, en vez de adaptarse imponer. El resultado más calamitoso ha sido la contaminación ambiental, el destructivo antopocenio y el cambio climático al parecer irreversible. Aquí luce la tendencia tiránica de la ética kantiana con su fórmula: “Obra de manera que tu acción se convierta en ley universal por medio de tu voluntad”. Esa es la forma civilizada de la nefasta actuación fáustica.

Los grandes ideales políticos del hombre fáustico fueron la solidaridad, la fraternidad y la solidaridad. Los cuales han muerto en beneficio de la reducida elite megacorporativa del mundo. El estandarte que sirvió de pretexto fue la ideología del neoliberalismo. Pero el escepticismo de la cultura occidental en su climaterio es más hondo e implica su irreligiosidad. La esencia de toda cultura es la religión y de toda civilización es la irreligiosidad.

Budismo, estoicismo y socialismo son extinción de la religiosidad. Toda alma sin religión es civilizada, toda alma con religión es culta. Las grandes urbes y su arquitectura sibarita son irreligiosas. Su arte y su modo de hablar son irreligiosos. Su política y modo de pensar lo son por igual. La compasión desaparece, los grandes capitanes de la industria lo representa (Morgan, Rockefeller, Vandervilt) y las guerras mundiales lo presiden con su implacable moral de señores.

El estático hombre antiguo con sus oráculos y augures vivía feliz con su sentimiento cósmico de eterno presente. A lo sumo quiere saber del futuro. En cambio el hombre moderno se caracteriza por el agudo sentido de lo histórico y del tiempo. Y quiere hacer el futuro. Nadie como el hombre de la cultura fáustica siente el apremio del tiempo y de la historia. Su carpe diem es biográfico y siempre vuela presuroso en pos del tiempo que siente que se le escapa y lo espolea. Cuando su cultura entra en declinación dicho apremio del tiempo se vuelve más hostigante, insoportable y problemático. En su fase cultural de apogeo siente el tiempo y el futuro pero sin apremio y por ello no es problema, pero en su fase decadente deja de vivir en la plenitud del tiempo –presente, pasado y futuro- para hacerlo sólo en el futuro y así el tiempo se le vuelve problemático. Se agudiza su obsesión por hacer el futuro. Los sistemas políticos del siglo XIX, liberalismo y socialismo, sienten el futuro con apremio y como propósito final. 

En realidad, la visión interior del hombre fáustico no vive en sistemas perfectamente cerrados sino abiertos, porque su sentimiento fáustico de la naturaleza lo impele hacia la lejanía, lo infinito, el futuro, no hacia la proximidad ni lo finito. De ahí que la ciencia física del hombre fáustico sea dinámica, basada en el dogma de la fuerza, energía y teoría de las funciones de variables complejas, como reflejo de la voluntad de potencia que preside su sentimiento cósmico. Ya en el arte gótico de las catedrales y en el arte contrapuntístico y de la fuga del barroco se expresa la pasión del alma fáustica por el espacio infinito. Y esa misma voluntad de trascender el espacio finito se halla también en la pintura de Tiziano, Velázquez y Rembrandt con la técnica del clarooscuro -todas las culturas profundamente trascendentes sienten hacia el espacio la propensión metafísica por el color azul y el negro-, y en filosofía con el Cusano y su principio infinitesimal, Leibniz y el cálculo diferencial, Newton con la física dinámica.

Con Einstein y Heisenberg la física de occidente llega a la cima y límite de sus posibilidades. Pues la física relativista y el principio de incertidumbre suscitan dudas destructoras sobre el espacio infinito, el tiempo absoluto y la causalidad microfísica. Y en matemáticas se manifiesta lo mismo con el teorema de incompletitud de Godel y en lógica con la teoría semántica de la verdad de Tarski. Pero todas estas dudas atañen a las convicciones más profundas del alma fáustica de Occidente y a su posibilidad misma. La razón funcional llevada a sus últimos límites y consecuencias se revela autodestructiva. La renuncia a la verdad absoluta –incluso de las leyes naturales- y su sustitución por la simple verosimilitud es la prueba del profundo escepticismo en que desciende el alma fáustica de Occidente en su curva decadente. En el envejecimiento del alma fáustica de acelera la disolución de las ciencias bajo la idea de la complejidad y de la interdisciplinariedad.Ya ninguna ciencia se basta por sí sola y el universo es visto no como una repetición sino como una creciente complejidad. En el fondo se está abriendo la posibilidad de otra visión cósmica que vuelve a ser religiosa -la teoría de las estructuras disipativas de Prigogine y la idea del tiempo como algo autónomo, irreversible, real y diferente a lo eterno van en este sentido-.

El núcleo dinámico del sentimiento cósmico del alma fáustica se va deshaciendo paulatinamente. Y su símbolo es la teoría de la irreversible y creciente entropía, como agotamiento de la fuerza ordenadora de la voluntad de potencia del hombre occidental.Y es precisamente en esta crucial coyuntura histórica que aparecen las extrañas y peligrosas ideas sobre el uso estratégico y limitado de las armas nucleares. Pues no hay tal cosa, al contrario, la idea del fin del mundo cobra vigencia y se vierte en el peligro de la extinción de la humanidad por el uso demencial del arsenal nuclear. El agotado y declinante hombre fáustico es capaz de provocar el apocalipsis nuclear con su demencial estrategia de "ataque nuclear preventivo". Pues simplemente no existe tal cosa. No es màs que retórica decadente e irresponsable para desencadenar el apocalipsis nuclear. Es la época del suicida imperialismo donde el alma de la cultura se harta de la ciencia, arte, política y filosofía.

Cuando el alma es aniquilada la realidad pierde peso -Bauman llama "vida líquida"-, impera la falta de profundidad, el sentimiento cósmico decae, el civilizado hombre fáustico se vuelve irreligioso, se impone la moral plebeya y la filosofía del trabajo. Ateo, sofístico y sensualista se vive en la superficie, en lo inánime práctico y extensivo. No es extraño que el hombre culto -en la fase de apogeo cultural- no tenga problemas morales porque vive en la moral, en cambio el hombre civilizado sí tiene problemas morales porque no vive en la moral.

En la cultura impera lo interno, en la civilización lo externo -la cultura se vuelve simulacro decía Baudrillard-. No es extraño que el hombre decadente actual se entregue a lo erótico, narcotizante y lo etílico. Nuestra cultura está muriendo y su extinción espiritual va asociada a la hegemonia de la razón funcional sobre la razón substancial. Cassirer en su filosofía simbólica celebra tal conquista del idealismo filosófico como reconocimiento de la voluntad de la mente de poner orden en el mundo, pero no vió toda la repercusión cultural que ello implicaba. Aquí sólo rige el cerebro porque el alma se ha despedido.

La civilización ha ocupado el puesto de la cultura porque lo que se vive no es la rebelión de las masas sino la rebelión terminal de la civilización contra cultura. La humanidad ha desaparecido y en su lugar reina la masa. Así fue en Atenas, en el ágora alejandrina y romana, y lo es hoy bajo el rótulo de democracia. Ayer fue el estoicismo, hoy es el socialismo y el liberalismo el que adula y soborna al sujeto viviente que se desparrama en las urbes, estadios deportivos, gimnasios y centros comerciales. Prima la cultura de escaparate y las tarjetas de crédito –Debord lo llama sociedad del espectáculo-.

En la cultura fáustica al morir, los hombres se vuelven femeniles, blandos, febles, inorgánicos, ambiguos, fluctuantes, cínicos, demócratas, artificiales, desarraigados, urbanos anómicos y anéticos, frívolos, escépticos, incapaces de acción superior, se sienten más allá del bien y del mal, sanchopancescos y materialistas. El alma declinante del civilizado hombre fáustico es ametafísico, egoísta, positivista y decadente. Prefiere el insulto a las ideas, porque la diatriba es horizontal y representa la denigración del pensamiento vertical. Lo cual es signo indiscutible que la vida espiritual creadora ha entonado su canto de cisne. 

Por todo ello resulta iluso e ingenuo proponer erigir una nueva civilización, cuando lo que se requiere primero es edificar una nueva cultura. No obstante, el desplome de la presente civilización del hombre fáustico occidental así como no pasará inmediatamente hacia otra nueva civilización, tampoco lo hará hacia una nueva cultura, sin antes atravesar una nueva barbarie y caos completo de un nuevo oscurantismo. 

Es más, cuando una civilización sucumbe con ella también lo hace su ciencia para dar paso a una nueva religiosidad. Pasó con la ciencia antigua y sucederá con la ciencia actual. Lo cual no es extraño porque todo saber acerca de la naturaleza tiene por base una creencia religiosa. El fin de una cultura es el fin de todo su mundo simbólico y lo que sobreviva de ella dependerá de lo que considere importante desde su perspectiva sincrética la cultura venidera. En una palabra, el hundimiento de una civilización siempre da lugar a la mutación del sentimiento cósmico en la nueva humanidad.

 Marzo 2019

martes, 19 de marzo de 2019

EL ALMA MÁGICO-APOLÍNEA DEL PERÚ ANTIGUO


EL ALMA MÁGICO-APOLÍNEA DEL PERÚ ANTIGUO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 Resultado de imagen para Perú antiguo
I



Una de las claves maestras para comprender una cultura es entender cómo se concebía el problema del tiempo. El modo de pensar mitico es ahistórico pero ello no significa que sea refractario al registro histórico. Lo griegos destacaron por su sentido ahistórico -de ahí el dicho: "hasta las calendas griegas" o sea nunca-. En cambio en historia eran mejores los egipcios y los babilonios. El katún de los mayas y aztecas también tesimonia una forma de registro del tiempo histórico dentro de la mentalidad mítica. Y lo mismo se presenta con la idea de los ciclos de 500 años llamados Pachacuti.

En el arte del huaco retrato moche es notorio la preocupación por el pasado, en los gigantescos geoglifos de Nazca la preocupación por el presente y en el arte escultórico Tiahunacu la preocupación por el futuro. Y en la arquitectura monumental pétrea de los Incas, como en las monumentales pirámides mesoamericanas, también se presenta la misma voluntad de durar en un presente impoluto.

Pero en el Quechua y en el Aymara no existe un palabra específica para nombrar al Tiempo, solo existe el término PACHA para nombrar a la vez el espacio y tiempo. Este vocablo también designa y significa lo "oculto", lo "misterioso", lo "secreto". ¿Qué significa esta carencia de un término propio para el tiempo? Sólo puede significar que su sentimiento cósmico de la vida excluía la objetivación y abstracción del tiempo.

Esto no significa que como el hombre primitivo tenía tiempo pero nada sabía de él. Por el contrario, las prácticas funerarias muy elaboradas muestran un sentido muy vivo de la vida y de la muerte. ¿Entonces por qué no elaboró un término propio para el tiempo? ¿Por qué se presenta espacializado bajo la palabra PACHA? Al parecer es porque el precolombino vive el tiempo como la vida de los sentidos y la vida del espíritu. No lo vive como la vida de la inteligencia que todo lo calcula, lo diseca, lo petrifica en magnitudes y fórmulas fantasmales.

Es la inteligencia conceptual la que creó el tiempo opuesto al espacio. El que no tenga nombre propio en la mentalidad mítica significa que no mata lo viviente, no lo controla, no lo domina. En la mentalidad mágica crear un simple nombre es dominar la cosa nominada. En los precolombinos el tiempo aun permanece innominado, no hay defensa mágica posible contra el tiempo. Es lo inconcebible y misterioso aun. Es el devenir viviente aun no conjurado por la magia del concepto. En las culturas mitocráticas el tiempo no se temporaliza sino reina la temporalidad pura.

II

El arte del retrato expresa que existe una profunda diferencia entre el alma del hombre mochica y el alma del hombre quechua-aymara. Se puede afirmar que entre todas las culturas que habitaron el territorio andino precolombino fue la cultura mochica la que tuvo un sentimiento histórico más pronunciado dentro del modo de pensar mítico.

Pues retratar ya no dioses sino rostros comunes expresa una especie de arte histórico y psicológico que coincide con la peculiar experiencia de que el devenir no es ilógico y azaroso sino sigue una inflexible lógica. El devenir alógico y misterioso es propio de quechuas y aymaras, el devenir lógico pertenece a los mochicas. En ambas culturas impera el sentido estético de la vida sobre el sentido lógico, pero a los moches los distingue el sentido de lo personal e individual.

Se puede decir que los mochicas han sobrepasado la fase de la tragedia para entrar en su fase de florecimiento (300-600 d.C.) a la ligereza de las comedias. Por eso muchos de sus huacos retrato sonríen felices. Lo mismo se aprecia en la policromía de las pinturas murales de sus edificios. El clasicismo no habita en el alma del mochica como lo hace en el alma del quechua aymara.

Por el contrario, los andinos se regodean en su arquitectura, en la severa y terrorífica lucha contra la piedra. La gran arquitecura megalítica Tiahunacu e Inca prescinde de los colores y formas personales, recurre a formas de animales totémicos para edificar sus urbes con implacable lógica mecánica y matemática. Mientras en el colorido arte retrato del moche el terror cósmico luce mitigado, en la colosal arquitectura sur-andina prehispánica el terror cósmico prima sin competidor.

El moche en su apogeo se refocila en un sentimiento más relajado de la vida, el incario es presa de un sentimiento trágico de la vida. En los moches ya pululan los Leonardos o maestros artesanos, mientras que en los Incas hacen lo mismo los Miguel Angel de la piedra.

III

Todo arte es un lenguaje expresivo del sentimiento cósmico del alma. El alma del americano antiguo ha quedado expresado en su arte. En el Perú antiguo el arte arquitectónico ha quedado expresado en el barro y en la piedra. Así, el alma mágica de la cultura Chavín -también la cultura Sechín- espiritualizó la piedra en un estilo que no se volvió a repetir.

Columnas en el pórtico, cabezas clavas como decorado, túneles subterráneos, canales subterráneos y abundancia de líneas curvas que logran dinamismo y expresividad en la estela Raimondi y en el monolito Chavín. Es por ello que corresponde a una arquitectura barroca. En cambio el alma apolínea auroral de la cultura Moche-Chimú y Paracas-Nazca da forma al barro en imponentes pirámides-templos, decorados con coloridos ricos frisos, donde practicaban el sacrificio humano y servía de templo-sepulcro para sus reyes. Corresponde a una arquitectura clásica.

Finalmente el alma apolínea decadente de la cultura Wari, Tiahuanacu e Inca torna a la piedra en símbolo de lo intemporal en sus grandiosos palacios, templos y fortalezas severamente labrados, sin decoración alguna, impera lo formal y útil, y con líneas rectas donde predomina lo estático.

El arte del labrado de la piedra se vuelve en arte industrial, sin alma. Corresponde a una arquitectura funcional. El alma apolínea decadente que se va tornando fáustica es notorio en el incario con la arquitectura de la ventana (expuestas en Machu Picchu), como símbolo de un alma que siente la profundidad en el infinito. Lo que se condice en el plano religioso con el dios ignoto Pachacamac.

En suma, existe un gran contraste entre el castillo Chavin -obra maestra de la arquitectura por completo subordinada a la síntesis entre ornamentación y espiritualización chamánica- y las edificaciones incas -obras sin gusto, de carácter industrial, utilitario, donde el cincel imprime una pálida quietud a la piedra-.

IV

ATAHUALPA ¿ENEMIGO DE LA DURACIÓN PRESENTE?- La guerra dinástica entre Huáscar y Atahualpa tiene un profundo significado que concierne al sentimiento de la vida. El alma mítica no tiene tiempo sino duración del presente. En mu significativo que el término Pacha no signifique ni “espacio” ni “tiempo” exclusivamente, sino ambos en conjunción. Como gran parte de las grandes culturas míticas no tuvieron una palabra especial para ambas al vivir en un ubícuo “presente”.

Para el hombre mítico no hay tiempo ni historia, las genealogías imperiales son pura novela y los relojes solares y de agua eran pura reverencia ritual.  Por ello no tuvieron arqueología ni astrología, todas las ruinas de antiguas culturas son olvidadas, por eso sus arúspices, augures, oráculos y sibilas atienden casos actuales. Incluso el sueño del emperador Huayna Cápac descifrado como la ruina del imperio sólo se remonta a unas dos décadas antes dicha caída.

Lo insólito es que la revuelta fue sembrada por el propio Huayna Cápac al dejar el reino de Quito a Atahualpa. Se cuenta que Huayna Capac era dipsómano y disoluto, lo cual era una forma somática de rebelarse contra el hierático orden imperante inca con su política sacralizada que consagraba la duración.

Por lo demás, es el propio Huayna Cápac quien invierte la relación consuetudinaria del dominio de los sacerdotes sobre los guerreros instaurado desde antes de Pachacútec. Es el responsable de haber llevado desde un equilibrio entre sacerdotes y guerreros -obra de Pachacútec- hacia el dominio de los guerreros sobre los sacerdotes.

Todo estaba preparado para marchar desde una política sacralizada hacia una política más secularizada, pero no menos mítica. Y esto fue obra de Atahualpa. Entendió bien el mensaje subversivo de su padre y se lanzó contra las milenarias panacas (familias reales) de la ciudad sagrada del Cusco, hizo violar a las vírgenes del Sol por los feroces guerreros chancas, sujetó lo teocrático a lo militarista, construyó una réplica del Cusco en Tumipampa, ordenó el genocidio contra los Orejones.

En suma, su estilo político pragmático, su escepticismo religioso era algo más que una lucha de élites. ¿Era una revolución al interior del alma antigua andina? ¿Era en el fondo una rebelión y reversión del sentido del tiempo mítico? La élite cusqueña así lo vio, como una afrenta contra el viejo sentimiento vital de duración del presente encarnado en la sacralidad de la polis cusqueña.

¿Pero es la rebelión de Atahualpa una profunda desdivinización del presente?, él señala una hora y un recuerdo imborrable que acentúa el sentido del tiempo mítico pero no lo suprime. Lo cual recuerda que el alma mítica no evoluciona, simplemente “es”. En cambio el alma occidental evoluciona y “deviene”.

La llegada de los españoles interrumpe no una “evolución” sino la “refundación” del presente mítico en el alma del hombre precolombino.

Su soberbia lo hizo caer en manos enemigas que lo ajusticiaron ante el pánico de la llegada de un inmenso ejército enemigo. Tras su muerte surgió el mito mesiánico del Inkarrí, como autoridad ideal que traerá paz en el juicio final. Su fin trágico si bien no hace más que acentuar la ruptura con el sentimiento mítico del presente por el histórico de la cronología, no obstante el alma andina actual no termina de sintetizar el sentimiento de duración del presente con el sentido cronológico del tiempo en la utopía del inkarrí.

En realidad, el alma antigua andina no quiere duración, ni historia, ni pasado, ni futuro, vive en el puro presente. Y esto sucede en la antigüedad con India, la China, Grecia y las culturas americanas. Los antiguos no “tienen” historia sino que “sufren” con resignación una historia. Atahualpa rebelde es una interrupción en la vida mítica que parece un sueño y pone al mundo andino ad portas de la refundación del sentimiento mítico del tiempo.

V

¿CULTURA ANDINA? El término andino ha sufrido una hiperinflación en los últimos tiempos. Es una palabra sobredimensionada. No es difícil constatarlo si vemos lo siguiente. Entre las costeras tenemos a los Tallanes, Mochicas, Chimúes, Paracas, Nazca y Chincha. Entre las amazónicas aparecen más de 51 pueblos indígenas con sus propias lenguas (Achuar, Ashaninka, Awajún, Bora, Jibaro, Tikuna, Yagua, etc.).

Entonces ¿por qué llamar CULTURA ANDINA en vez de CULTURAS Y PUEBLOS DEL PERÚ ANTIGUO? Así como el quechua no fue la primera sino la última realidad linguística hegemónica del Perú Antiguo, del mismo modo la cultura andina incaica fue también la última realidad política hegemónica en dicho orbe cultural.

Pero así como existe una tendencia a quechuaizar todo, también existe lo mismo a andinizar la cultura antigua peruana. Lo cual es erróneo, falso y distorsionador.

En el Perú antiguo no hubo una CULTURA ANDINA sino diversas CULTURAS Y PUEBLOS de la costa, los andes y la amazonia. Es más, si CIVILIZACIÓN es la etapa culminante de una cultura, entonces en el Perú NO HUBO CIVILIZACIÓN ANDINA sino diversas culturas que culminaron llegando a su etapa civilizatoria (Chavín, Mochica-Chimú, Paracas-Nazca, Wari, Tiahuanacu e Inca). De este sobredimensionamiento del término "andino" se percató Luis E. Valcárcel cuando tituló a su obra "Historia del Perú Antiguo".

VI

Si el arte precolombino del retrato es insuperable en el alma moche, el arte arquitectónico pétreo alcanza cumbres nunca vistas hasta entonces en el alma tiahuanacu.

Ambas son expresión de un momento de resurrección cultural donde nace un arte nuevo. Pero el sentimiento cósmico del alma moche añade un elemento nuevo, a saber, la certera observación psicológica y la mayor atención a la vida interior. Pero similar impulso en irrumpir en el espacio sin límites se observa en la arquitectura andina tiahunacu.

Aquí el interior y el exterior de grandes terraplenes ricamente ornamentados con cabezas clavas, esculturas y puertas del sol y de la luna tratan de corresponderse expresando el mismo sentimiento cósmico de ir hacia el espacio sin límites. Aquí la plástica es un mero ornamento arquitéctónico, es hojarasca humana.

Todo ello es un verdadero símbolo del pathos que el alma apolínea precolombina desarrolla durante varios siglos y en donde lleva los límites sensibles espaciales hasta sus últimas posibilidades. Lo cual es una nota común en los momentos de auge cultural del modo de pensar mítico también en egipcios, babilonios, hindúes y chinos. Pero como esa voluntad de trascender lo espacial no se concreta en el mundo precolombino, la arquitectura monumental sigue reinando absoluta sobre la pintura, la escultura, la música y el arte retrato. Es más la plástica va siendo paulatinamente eliminada junto con el arte del retrato. Tanto así que los incas no dejaron esculpidas en piedra los rostros de sus reyes, lo que los chimúes hicieron retratísicamente con muy inferior destreza que los moches.


VII

Las culturas antiguas son culturas del cuerpo, del espacio finito de Euclides, Eudoxo y Arquímedes, son fisiológicas y dieron lugar central a la estatuaria con Fidias y Mirón. De ahí que haya concendido gran importancia a la higiene personal y al agua. El agua es símbolo de pureza, vida y limpieza. En cambio las culturas modernas son culturas del espíritu, del espacio infinito de Giordano Bruno y Newton, son fisiognómicas y dieron especial lugar al arte del retrato con Leonardo, Tiziano, Rembrandt y Goya. De allí que sus artistas no hayan tenido fama de limpios, las mismas urbes destacaban por su extraordinaria suciedad. También de esta circunstancia proviene la importancia que le concedió el hombre antiguo al arte del desnudo y en contrapartida el hombre con ansia de infinito le otorgó al arte del retrato.

En la antigua cultura peruana el arte del retrato de la cultura moche luce histórica y psicológica pero en el fondo se trata del alma mágico-apolínea que nunca se desprende de los lazos sensibles. Y por eso todo su consumado arte cerámico se relaciona con los enterramientos funerarios. Como hombre antiguo es ahistórico y somático. Por ello su arte del retrato es un pedazo de naturaleza presente y nada más. En cambio el arte del retrato de un Miguel Angel o de un Leonardo son más fisiognómicas que fisiológicas, más biográficas que innaturales. En una palabra, el ceramio retrato mochica es más naturaleza y menos psicología.

Los cronistas cuentan que cuando los españoles entraron al Cuzco quedaron maravillados por sus acueductos, piletas y gran limpieza de la ciudad sagrada. El emperador inca tenía por doquier del territorio conquistado excelentes baños para su servicio personal. Ello era símbolo de la gran importancia que se le otorgaba al cuerpo. Sin embargo, del incario no se conoce la gran estatuaria, salvo las réplicas en oro y al tamaño natural de figuras humanas que estaban en el templo del Coricancha antes de ser fundidas por los conquistadores. De cualquier forma, de seguro que no se trató de retratos psicológicos sino tan solo fisiológicos.

Pero aun el arte del retrato moche nunca llegó a las profundidades del goticismo o del barroquismo porque siempre se asentó en la superficie de la forma. Por eso el modelado de esas cabezas no llegan a ser símbolo de un yo y más bien representan máscaras o estatuas icónicas a ofrendar. Esto también se relaciona con el arte orfebre de la máscara mortuoria, que lejos de tener rasgos personales portan solamente la iconografía de poder y sacralidad. Lo cual no es extraño en medio de un sentimiento cosmocéntrico antes que antropocéntrico. Por eso en el mundo antiguo no hay derechos humanos sino derechos cósmicos. Incluso el depurado arte retrato egipcio que conservaba los rasgos del faraón se supeditaba a ser el único que tenía alma o el Ka y representar a los hombres en el reino de los dioses.

Pero esa tendencia del arte retrato antiguo por evitar la característica personal en pro de la máscara –sagrada o del maquillaje- es de índole femenina. No obstante, en las grandes culturas clásicas de la antigüedad no se dio el motivo artístico de la madre con el niño, el retrato de familia o los niños. La idea de la madre con el niño, los cuadros de familia y el motivo de los niños en el arte aparece desde el gótico occidental en adelante. No es propio de las culturas antiguas porque éstas miran al presente, mientras que la mujer y la maternidad es símbolo de futuro. Más bien la cultura antigua enaltece el falo y cuando crea diosas éstas son amazonas como Atenea o heteras como Afrodita o diosas de fecundidad y nutricias, como las cinco diosas Ñamca del Manuscrito de Huarochirí.

El sentimiento cósmico antiguo es cosmocéntrico y agrocéntrico. Por eso cuando ilumina a la mujer lo hace en sentido de fertilidad vegetativa y no en el sentido de amor maternal. El feminismo, movimiento que reaparece en las culturas en su fase de decadencia, señala precipitadamente que la mujer precolombina preinca e inca no tuvo una posición secundaria o supeditada al varón porque estuvo representada en las deidades femeninas, eran curanderas y fueron también gobernantes. 

Pero en realidad, el alma mágico-apolínea del sentimiento cósmico del Perú antiguo no es falocéntrico ni feminista, no es patriarcal ni matriarcal, sino que es cosmocéntrico, sensible, presentista y finito. Con tales características la cultura antigua no estaba en condiciones de reconocer lo más peculiar de la mujer, o sea, el amor maternal. En la cultura antigua la mujer es más naturaleza que persona humana. En realidad el mundo antiguo es ontológico y concibe al hombre como una cosa entre las demás cosas, pero es una cosa parlante que se comunica con los dioses. Y es que el hombre antiguo era objeto y no sujeto de la vida cósmica. 

En ese contexto la mujer es lo más cósico de la humanidad. Por eso las injustificadas especulaciones de Marija Gimbutas y sus epígonos pertenecen a la razón extraviada de una época decadente que anacrónicamente transfiere el ideal feminista al paleolítico y al neolítico. No es casual que las cualidades de las diosas antiguas estén relacionadas con la fecundidad de la tierra o el mar, o sea la mujer es simple símbolo de la fertilidad vegetativa y cuando ejerce el poder político lo importante no es su sexo sino la función mágico-religiosa que representa.

 VIII

Lo que caracteriza a un arte vivo es la armonía entre voluntad, necesidad y capacidad creadora. Lo que suele ocurrir en pleno auge de las culturas. Pero en las épocas de decadencia que suele coincidir con las fases imperialistas acontece la desarmonía y prima el desenfreno por lo gigantesco, la teatralidad, lo excitante y el gusto por los viejos motivos, que en el fondo en vez de ser expresión de grandeza interior no es sino remedo para ocultar la vacuidad interna y la falta de fuerza interior. Esto ocurre actualmente con los Estados Unidos, aconteció ayer con Roma y sucedió en el Perú antiguo con el Incario. En el incario sobró voluntad pero faltó genio creador.

Toda cultura tiene su época moderna. Lo tuvo Egipto durante la XIX dinastía, lo tuvo Roma con sus modas grecoasiáticas y grecoegipcias, lo tuvo Alejandría con sus payasadas prerrafaelistas en vasos, sillones y cuadros, entonces por qué no lo había de tener la antigua cultura peruana con el Incario post-pachacutista. En esta fase a lo máximo que llegó el artista del incario fue a la repetición de estilos inmutables, que copiaban intatigablemente, como se ve hoy en el arte chino, persa e indio. Y es que toda cultura en su fase decadente reproduce invariablemente los mismos modelos haciendo difícil su datación. En cambio el esplendor cultural se caracteriza porque posibilita determinar la fecha.

Por eso el arte moribundo suele correr parejo con la política imperialista. Artísticamente el alma mágico-apolínea del peruano antiguo en la fase imperialista del incario tiene un programa claro pero un contenido pobre. El artista en el incario es un obrero ya no un creador, no hace lo que su genio le dicta sino lo que la política le impone. Arte frio, enfermizo, obeso, utilitario, matemático, de vigorosa contradicción entre la voluntad artística y la potencia creadora es lo que lo caracteriza.

Qué lejano lucen las grandes realizaciones artísticas del rococó Chavín y del barroco Moche. Todas la grandes culturas han vivido esta tragedia y la antigua cultura peruana no fue la excepción. Salvando las distancias espirituales pero coincidiendo con el pathos de la decadencia y la horrenda proximidad de la inminente fatalidad, lo consigue Wagner con Tristán e Isolda en tres notas amenazadoras que dejan escuchar el desfallecimiento y abandono de las masas urbanas a la disolución y barbarie.

Ahora se entiende por qué los curacas de más de doscientos etnias regionales se plegaron a una alianza con el invasor europeo contra el incario, tal como lo describe el historiador Waldemar Espinoza Soriano. Pero la lucha libertaria de las nacionalidades regionales precolombinas era en el fondo una causa perdida y artificiosa porque el alma mágico-apolínea del Perú antiguo había terminado irrevocablemente, a riesgo de convertirse en una cultura fosilizada esperando el eterno retorno de los ciclos míticos interminables.

Por eso la crisis que representó la guerra civil entre Huáscar y Atahuallpa y la invasión española en los inicios del siglo XVI fue de estremecimiento de la muerte de la antigua cultura peruana y de su nuevo comienzo desde un horizonte mestizo. Ante tal hecatombe cultural desde el lado indígena surgieron tres propuestas representativas: la síntesis parcial con incas e indios de Juan Santacruz Pachacuti, la síntesis total mestiza con incas y españoles del Inca Garcilaso de la Vega y la contradicción sin síntesis, o sea con indios pero sin incas ni españoles, de Guamán Poma de Ayala.

Si el alma mágico-apolínea del Perú antiguo ha muerto irrevocablemente de vejez –como el sáncrito y el latín-, entonces se ha entrado en un nuevo ciclo vital de la cultura pero cuyas relaciones de dependencia no la deja madurar, causando frustración permanente y haciendo soñar con la resurrección del pasado como con la edulcoración del presente. Ni la momia prehispánica volverá a la vida ni el cuerpo sin vida de occidente evitará el sepulcro. En arte pasa lo mismo que en política, en lugar de un verdadero desarrollo presenciamos resurrecciones y mixturas de viejo estilo.

Y toda esta indecente farsa crea la ilusión de evolución cultural, cuando en realidad los industriosos artífices sólo atizan el fuego final. Insertos en la cultura occidental desde hace 500 años se arriba contradictoriamente al desiderátum de la realización cultural propia en medio de la fase decadente e imperialista. O sea el Perú deberá buscar su sino histórico en medio de dos catacumbas: la del ayer precolombino y la del hoy occidental.


De ahí que resulta ingenuo soñar con ser el epicentro de la resurrección cultural cuando de la cuna a la tumba todavía hay que aprender a ponerse de pie y después caminar. Vivimos la decadencia de Occidente, señalado no sólo por Spengler, y hay que prepararnos no para un súbito Renacimiento –como creía erróneamente Antenor Orrego- sino para un nuevo comienzo de un impensado ciclo cultural. Y todo ello sucederá siempre y cuando el naufragio de la presente civilización burocrático-tecnológica-elitista no sea insensata y catastróficamente nuclear y apocalíptico.


IX

La tragedia del hombre antiguo es profundamente diferente a la tragedia del hombre occidental. El drama antiguo es sublime, estático, gesto, ademán, acontecimiento intemporal, notable inflexibilidad del destino, anécdota y máscara. La tragedia antigua en vez de personajes tiene caracteres. Por eso Aristóteles la llamó remedo de la práctica y de la vida. En cambio el drama occidental tiene profundidad biográfica, movilidad psicológica, riqueza interna y un máximo de actividad. Nada de esto tienen las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo. En cambio lo tienen en abundancia Hamlet, Otelo, don Quijote, el Misántropo, Werther, Fausto, Raskolnikov, los hermanos Karamazov, Gregorio Samsa. En una palabra el drama occidental es una ininterumpida movilidad y radical profundidad psicológica. En cambio en el drama antiguo el protagonista no es el héroe activo sino la lucha contra el destino.

Ahora bien, se atribuye el drama Ollantay a un núcleo incásico y a una adaptación española. Pero la forma más idónea de comprender el drama prehispánico es atribuyendo al alma mágico-apolínea la versión que condena a Ollantay por amar a una mujer de linaje prohibido, por lo cual es condenado a morir en un lugar cuyo nombre sobrevive, a saber, Ollantaytambo. En esta parte más primitiva de la tragedia es el destino inflexible el que se impone.

Pero el alma fáustica del hombre colonial español introduce modificaciones más acorde con los nuevos tiempos y que no tiene nada que ver con sentimiento cósmico del hombre peruano antiguo. Entonces se ve a Ollantay resistiendo valientemente el asedio militar ordenado por el Inca, mientras tanto un nuevo emperador le sucede, que justo es hermano de la princesa encadenada en una casa de las escogidas o Acllahuasi, su hija se entera que quiénes son sus progenitores y toma la iniciativa de hablar con el Inca, el cual se conduele y permite a la pareja vivir felices.


Esta última versión llena de pasión, actividad, movilidad interna, que no se arredra ante la fatalidad del destino y plagada de carácter, pertenece al nuevo sentimiento cósmico que porta el hombre fáustico de occidente. El resultado ha sido un drama profundamente alterado pero que refleja fidedignamente lo que sucedió con el alma mágico-apolínea del Perú antiguo que naufragó y el alma fáustica del hombre occidental que se impuso. En el antiguo núcleo del drama incaico se “sufre” pasivamente al destino, en la versión española se “forja” activamente al destino.

X


El sentimiento pasivo de la antiguedad está presente en Grecia, India, Egipto, Mesoamérica y Sudamérica precolombina. Los egipcios conocían la vela pero no hicieron navegación de alta mar. La colonización griega nunca traspasó la columna de Hércules. La cultura china -sobretodo de la dinastía Han- está más cercana al sentimiento vital altamente activo de la cultura occidental. Los descubrimientos de Colón y Vasco de Gama responden al sentimiento fáustico de Occidente. Sentimiento que estuvo en las tribus nórdicas escandinavas que llegaron hasta América del Norte y muy probablemente al sur. Entonces ¿qué fue lo que llevó a Túpac Yupanqui hasta lo Polinesia? ¿Qué sentimiento cósmico palpitaba en su alma para lanzarse hacia alta mar y superar a los navegantes de la cultura Chincha? El imperio inca tiene en común con el alma fáustica de Occidente el hecho que se inclina hacia la expansión política, económica y espiritual. El indomable afán de conquista de Túpac Yupanqui es un símbolo primario del alma mágico-apolínea (recuérdese que consulta al chamán Antarqui) en tránsito hacia el espacio ilimitado del alma fáustica. Ese elemento psíquico de voluntad, fuerza y acción va más allá de la naturaleza blanda y feminoide de Pericles, Temístocles, el soñador Alejandro y el calculador César. Túpac Yupanqui acaba pareciéndose más a los reyes prusianos, Napoleón y Bismarck. En suma, dicho inca refleja la proximidad del alma inca al alma fáustica occidental.
***
En conclusión, para el alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano y americano prima el misterio junto a la magnitud, la espacialidad finita, lo intuitivo y visual. Ha expresado su sentimiento cósmico nítidamente en el triunfo de la arquitectura monumental sobre las demás artes. Y así fue dejando sus grandiosos símbolos en el paisaje desértico costero y en las anfractuosas cordilleras andinas.

Pero la arquitectura monumental del Perú antiguo no es una ascensión por el espacio infinito, es más bien un recorrido de los vivos y de los muertos en un espacio finito bien delimitado. Por eso priman los templos-pirámides-tumbas. Para la mentalidad mítica del alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano el sentido cósmico se restringe a una serie rítmica de espacios finitos. Por eso se percibe como envuelto por una movilidad finita. Su sentimiento cósmico antes que espacial y temporal es dinámico. Por eso su arte quiere producir efectos de superficie y nada más, incluso cuando representa medios corpóreos.

Pero junto a su arte está su técnica que dice tanto sobre su alma. Mientras la arquitectura del alma egipcia “domina” el paisaje y el del chino se “amolda” al paisaje, en cambio la del peruano antiguo se amolda al paisaje para dominarlo. Las grandes obras de ingeniería hidráulica son indesligables de su arquitectura monumental.

Pero todo este gran desarrollo palidece cuando las culturas regionales son avasalladas por los sucesivos imperialismos de Waris, Chancas e Incas. Pasa el momento soleado del auge de las formas vivas y acontece el momento sombrío del juego de las formas muertas y vacuas. Decadencia que es claramente distinguible en el imperio incaico con Huayna Cápac, pero que fue sembrado por el grandioso inca Pachacutec al equiparar a los militares con los sacerdotes. En el arte ya impera la imitativa ornamentación industrial como reflejo de la decadencia y agotamiento del alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano.

Febrero 2019

domingo, 10 de marzo de 2019

LA CRISIS CIVILIZATORIA ACTUAL La verdadera Edad Oscura


LA CRISIS CIVILIZATORIA ACTUAL
La verdadera Edad Oscura
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía

I
 
La filosofía actual está en crisis. Pero no se trata de una crisis de crecimiento sino de senectud. La crisis de senectud de la filosofía se denomina posmodernidad. La filosofía posmoderna se vincula con la erosión nihilista de la sociedad posmetafísica. Esta cultura nihilista es esceptisimo y el escepticismo es la fase terminal que padece toda cultura cuando ha madurado en civilización. Así fue en los egipcios, chinos, hindúes, árabes, antiguos y ocurre hoy en Occidente.

La filosofía posmoderna con su renuncia a la verdad refleja la extinción de la fuerza creadora del espíritu. En su lugar comienza a predominar la tendencia ético-práctica de una humanidad cosmopolita, ametafísica e irreligiosa. El hombre se convirtió en un pequeño diosecillo en medio de la orgía inmanentista del regnum hominis madura de la modernidad tardía. Lo cual facilitó el brote de los Estados totalitarios, las guerras mundiales, el genocidio a escala industrial del Holocausto, el lanzamiento de las bombas atómicas y la acumulación de la riqueza mundial en el puñado de las élites neoliberales.

Si eso ocurre a nivel del pensamiento –“el hombre es una pasión inútil” declaraba Sartre y “el hombre ha muerto” proclamada Foucault- en el arte predominan las formas sin contenido. En la arquitectura se impone el neobrutalismo. En la cultura campea la vulgaridad, la obscenidad, la moda carcelaria de marcarse el cuerpo con tatuajes, el lenguaje procaz, la vestimenta andrógina, el mal gusto y el bandolerismo.

En la música se rompe la unidad entre armonía, melodía y ritmo, y brota el ruido-palabra bestial que sólo se dirige al cuerpo y ya no al alma. En la política se difunde el imperialismo cesarista, el afán de pillaje, la anomia, el anetismo.

Y todo este hominismo antihumano acontece a pesar de vivir en medio de formas tecnológicas civilizadísimas. Sin voluntad de vivir ni voluntad creadora la historia mundial sumida en una era de escepticismo profundo pone en riesgo la superación de la presente edad oscura por el riesgo creciente de descontrol del arsenal nuclear existente.

II
 Imagen relacionada
Con optimismo ingenuo vemos cómo se desea para el Perú, como para los demás países en desarrollo, la prosperidad económica y social de los Tigres del Asia, China y demás países occidentales. E incluso con ello se mide el índice de felicidad humana.

¿Pero no será todo ello mera ilusión y mentira? ¿No será todo ese espectáculo del presente el olvido profundo de la diferencia que existe entre cultura y civilización? ¿No es la civilizacion el momento finisecular en que llega toda cultura?

Las culturas tienen alma, las civilizaciones tienen intelecto. Así fue entre los egipcios, babilonios, hindúes, chinos, y es hoy en Occidente. La cultura tiene genio, la civilización practicismo. Cultura es don Quijote, civilización es Sancho Panza.

¿No será un nuevo mito la capacidad de autocorrección que se atribuye a Occidente para que se imagine eterno? Pero mientras la cultura es vida y elevados ideales, la civlización es fantasía e idolatría. La civilización es el final irrevocable de la cultura. Así ha sido y parece que seguirá siendo.

Por tanto, estamos inmersos en un problema de civilización, donde el dinero pierde toda relación con los valores, se extiende una aversión a la vida agrícola, no impera el pueblo sino la masa, las grandes urbes absorben el jugo nutricio de hombres completamente ametafísicos, en las ciudades mundiales pululan hombres sin tradición, parásitos nómades sin religión. Cultura florece en las aldeas, civilización en las urbes. Y aquí impera el dinero, todo es cosa de millonarios.

Esta forma nueva, postrera y sin porvenir es la del imperialismo. En tales periodos de la humanidad mortecina y decadente se desarrolló el budismo, el estoicismo, el capitalismo y el socialismo. Por eso símbolo de primer orden de nuestro era decadente es la existencia de multimillonarios como Bill Gates en medio de la miseria más espantosa en que la que se sumen las tres cuartas partes de la población mundial porque la desigualdad es mayor que en tiempos del colonialismo.

En las actuales urbes pululantes como hormigueros poseer un lecho carísimo vuelve la vida invivible. El ricachón de hoy, como el de ayer, entiende tan poco de cultura porque vive satisfecho con la sibarita civlización actual. En una palabra, si la civilización va contra lo humano lo que hace falta es edificar una nueva cultura.

III
 Resultado de imagen para la razón filosófica de Gustavo flores quelopana
Tres son las ideas centrales de esta obra: (1) El pensar evoluciona con el lenguaje pero no es lenguaje, en cierta forma el lenguaje distorsiona la relación con el ser en el juicio. De ahí que el pensar en el conocimiento cientifico-natural rebasa el lenguaje y va hacia la fórmula matemática, que en buen romance es otro fracaso más al describir tan sólo la estructura formal del fenómeno. La relación multívoca del ser con el lenguaje reafirma los dos sentidos del ser como esencia y existencia.

(2) El positivismo creyó separar el Logos de la Ratio, pero no comprendió que no hay separación lógica nítida y definitiva entre mito y logos. Del mismo modo no hay separación clara entre éstos con lo numinoso del filósofo prehistórico y lo mitomórfico del filósofo chamán. Lo numinoso, lo mitomórfico, lo mitocrático son formas de pensamiento que no se extinguen sino que se transforman en medio de la hegemonía del pensamiento logocrático.

Y (3) si el nuevo concepto de objeto no es substancial sino funcional ello no es óbice para que persista lo transinteligible. Y de ese modo en la lucha por la objetividad es irrenunciable fundar lo epistémico sobre el sentido óntico real, o sea sobre la metafísica.

Lo crucial de todo este asunto es que sea en la declinante etapa civilizatoria cuando la cultura occidental da la espalda a los dos sentidos del ser como esencia y existencia, quedándose tan solo con el formalismo matemático. Pero además, a instancias del pensamiento logocrático insurge en el horizonte el pensamiento de la máquina autónoma.

Aun no sabemos si ello representará la separación definitiva entre Logos (creatividad) y Ratio (cálculo). Si la máquina autónoma se llegase a plantear problemas existenciales tal separación no se concretará. De lo contrario al devenir del pensar le espera el triunfo avasallante del pensar funcional sobre el pensar substancial. Pero el naufragio del pensar creativo no podrá anular la óntica objetividad de lo transinteligible ni la prioridad de lo metafísico sobre lo epistémico.

IV
 Resultado de imagen para la filosofía de la ciencia de Víctor baltodano Azabache
Cuando leemos esta obra recordamos a Goethe: todo lo fáctico es ya teoría. No hay facticidad como dato absoluto. Todo lo fáctico tiene una orientación teórica. Y esto sucede de modo distinto tanto en los hechos de la física como en los hechos de la historia. 

Principal y voluminosa obra del filósofo trujillano Víctor Baltodano. Invirtiendo el núcleo del orden significativo sostiene en sentido neonominalista que en vez que el pensamiento represente a la cosa, es el lenguaje el que está antes del pensamiento. Así la palabra representa el concepto y el pensamiento representa el lenguaje. El concepto sólo significa lenguaje. No hay cosa en sí. El Orbis Conformacional baltodaniano signico y de existencias culmina con su aserto "no hay hechos sin conceptos".
 
A su postura se le dirigen varias observaciones: (1) carecer de la noción de lo transinteligible, (2) obviar que entre los hechos y los conceptos no hay igualdad sino hiato y divergencia, (3) incurrir en un reduccionismo linguístico, (4) su radical simbolismo conceptualista vuelve problemático justificar la validez objetiva del mundo, (5) olvidar que epistemología sin ontología es derivar hacia el idealismo lógico -habla de las existencias indeterminadas en un proceso de antropormorfizacion pero al mismo tiempo combate las cosas en sí-, (6) anular la diferencia ontológica entre lo óntico real -declara que la cosa en sí no existe- y lo ontológico pensado -lo único válido-, (7) toda ciencia estricta exige que la idea se libre del yugo de la palabra y del lenguaje emancipándose de éstas, (8) los conceptos de la ciencia hablan de la cosa misma justamente porque la palabra cede su lugar al signo, (9) el abismo entre el concepto científico y el concepto del lenguaje es ignorado, por lo demás ese abismo es el mismo el que tuvo que cruzar el pensamiento al convertirse en pensamiento linguístico.

Al margen de las observaciones quizá lo más valioso de su contribución sea su conclusión voluntarista y simbólica de que el mundo es un orbis conformacional signico y de existencias creado por el hombre. Este proceso de antropormorfizacion es un llamado a la libertad y creación responsable. ¿Pero será posible emprender dicha creatividad en momentos en que la cultura occidental sucumbe en su etapa de civilizaci
ón hipertecnológica yace pero moral y humanamente bárbara?

V

En una interesante y reciente conversación privada con el intelectual y escritor Hugo Chacón éste se interrogaba contrafácticamente un apasionante tema de reflexión: ¿Hubiera seguido siendo mítico el pensamiento andino sin la Conquista europea? 

Ahora bien, tal pregunta se puede responder desde dos perspectivas: la eurocéntrica y la nativista. La primera responde con NO rotundo, mientras que la segunda con SI decidido. Pero cabe una tercera respuesta, la cual se alza más allá de ambas para ver por qué las culturas mueren (Walter Schubart, Oswald Spengler), o se congelan y otras sobreviven (Arnold Toynbee).

Desde la cuestionable idea occidental de progreso la respuesta es negativa, y se podría suponer que por sí solos la civilización andina hubiera superado el modo de pensar mítico por el modo de pensar conceptual. Detrás de la idea de progreso está sin duda el supuesto de la superioridad de Europa occidental como una especie de culminación de la historia universal. No obstante tal razonamiento es anacrónico ni la experiencia histórica lo confirma en alguna cultura. Por el contrario, la mentalidad mítica tiende a ser inmóvil y se condensa en una síntesis cerrada.

Con lo cual no tiene sentido identificar el espíritu racional de Occidente con el sino de la historia universal misma. Tal cosa ya fue vista especialmente por las críticas antieurocéntricas de O. Spengler y A. Toynbee. Por otro lado, los poderosos complejos mentales míticos de la cultura egipcia, babilónica, india, china, semítica y americana tampoco duraron para siempre. Lo cual, sin embargo, no refrenda que la imagen de historia universal creada por Europa sea la imagen de la humanidad misma.

Y es que detrás de la interrogante del comienzo está la permanente pregunta central de la Historia: cuál es su sentido y qué leyes la gobiernan. Más aun, ¿acaso tiene la historia leyes en vez de sino? Lo más coherente es no trasladar nuestra mentalidad causalista a los hechos de la historia y respetar su propio estatus cognoscitivo. 
Marzo 2019