jueves, 27 de diciembre de 2012

FILOSOFIA DE LA TECNOCIENCIA

FILOSOFIA DE LA TECNOCIENCIA
(Prólogo y Conclusión)
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

PRÓLOGO*

El hombre cosificado es el producto legítimo y natural de la civilización técnica, de la visión mecanizada del mundo y de la distorsión de lo objetivo por lo cuantitativo, medible y calculable. Su religión es la mecánica y su nuevo Mesías es la máquina. Sin embargo, la civilización técnica se vuelve cada vez más orgánica, hay un retorno a la naturaleza y su fase paleotécnica de destrucción de lo natural y humano va quedando atrás. En su lugar surge la fase neotécnica.

No obstante si la fase neotécnica en vertiginoso progreso no se traduce en mayores beneficios para la humanidad en su conjunto es debido a factores institucionales, es decir, razones de orden político y financiero vinculados no sólo con modos de pensar del capitalismo carbonífero, sino, del mismo capitalismo cibernético, megacorporativo y privado, que constituye la principal traba del cambio social. Y lo más grave de esta etapa hiperimperialista es que el organismo social se encuentra impedido de socializar los beneficios de la etapa neotécnica y se va descomponiendo en barbarie y depravación.

El hombre cosificado vive su prosperidad material en la nueva miseria del aumento de su densidad y cosificación. El hombre de la era cibernética cae en una profunda uniformidad espiritual, donde sometido a lo superfluo exige no reposo o contemplación, sino, una mayor dosis de placer. El hombre trató de aliviar su vida inventando la civilización de la máquina (siglo X), pero el capitalismo (siglo XV) exacerbó sus efectos nocivos, tanto en su fase paleotécnica como en la fase cibernética. Durante la fase paleotécnica la era maquinal y la mentalidad mecánica retroalimentó la degradación de un mundo deshumanizado. Ahora en la fase neotécnica cibernética devuelve la posibilidad de rehumanizarse. Y si sigue siendo su redentor blasfemo es en razón de instituciones sociales centradas en la ganancia privada que traban la socialización de sus beneficios.

En este libro no prima el espíritu constructivo como en Kant y Hegel, sino el espíritu no sistemático como en Nietzsche y Kierkegaard. Y aun cuando el título de la obra pueda hacer pensar en las obras críticas del filósofo de Kônigsberg sin embargo ha primado en sus páginas un carácter personal, poético y existencial. Así lo dejo, sin querer forzar su propio espíritu del cual surgió. Creo que la gravedad de nuestra crisis existencial exige por el momento un espíritu antisistema que promueva la vivencia directa en vez de encorsetar las ideas en la sistematización y la rígida ordenación conceptual. He reunido una diversidad de estudios que convergen en la crítica de la civilización cosificante, del hombre orgulloso de su riqueza, comodidades, ciencia y tecnología que ya no siente su alienación y vive tranquilo bajo una vida manipulada y niveladora.

La civilización cosificante no es la simple civilización de la alienación capitalista. No, es algo más profundo y serio. Es la sociedad en que medios (técnicos) y fines (antisociales)  colisionan como placas tectónicas que acumulan energía. La alienación no sentida, que no estorba ni molesta, expresión del pensamiento único tras una aparente cortina de libertad, no es fruto ya del desarrollo técnico sino de lo institucional centrado en el lucro privado. La civilización cosificante segrega una “racionalidad cosificante” que, a diferencia de la racionalidad instrumental de Max Weber y la Escuela de Frankfurt, supera la mera instrumentalización del pensamiento para avanzar hacia la abolición del pensamiento humano.

El ideal de la civilización cosificante (hacer que las máquinas piensen por el hombre) se plasma a través del impedimento político y financiero para socializar los beneficios de la fase neotécnica de la máquina. Este freno es lo que causa depravación y barbarie, es decir, cosificación. En el fondo se trata del triunfo del ideal aristocrático-militar de no pensar y vivir del puro lujo, transferir el poder de clasificación, conclusión y deducción a los circuitos cibernéticos, sustituyendo el funcionamiento abstracto del mecanismo pensante por una especie de razón subjetiva artificial. Es el paroxismo del pensamiento pragmático donde lo fundamental  es  lo  útil  y  los  medios privados sobre los fines sociales.

El desarrollo arrollador de la civilización técnica fue en sus primeras fases (eotécnica y paleotécnica) la crisis más sistemática jamás conocida de la razón, convirtiendo a la humanidad en esclava anética de un proceso que centraliza, burocratiza, nivela, mecaniza, racionaliza, fusiona los Estados en un Estado, engendra una comunidad de hombres dominados por la autoridad anónima del mercado y elimina del individuo la   posibilidad   de   fecundar   y  robustecer  su  propia personalidad. Esto fue impuesto bajo el nombre de la Ilustración, el progreso espiritual y la liberación de creencias supersticiosas. Así la denuncia de lo que se llama actualmente razón es la máxima ayuda que se puede prestar a la razón misma, atrapada de lo empírico y objetivante.

No obstante los refinamientos técnicos de la fase neotécnica han hecho que lo cuantitativo y lo mecánico sea más sensible a lo vital. La fase neotécnica conoce mejor lo químico y lo biológico. La máquina neotécnica se vuelve aliada de la vida, prospera la industria verde y ya es posible conseguir una fuente de energía no contaminante al convertir las plantas en combustible. Se hace imperativo la planificación del crecimiento y la distribución de la población. Lo que faltan son las instituciones políticas y sociales para el cumplimiento completo de la máquina, el cual después de un divorcio de siglos nos vuelve a unir con la naturaleza y lo divino. Hace falta un profundo cambio institucional, la superación completa de la lógica del capitalismo. Esto es lo que nos hace ver la crítica de la razón cosificante en la civilización técnica.

De ahí la necesidad de rehabilitar el mito y la religión revelada, como parte integrante de una teoría de la razón integral. Lo cual no significa que se renuncie a la verdadera esencia del ideal de la Ilustración, porque la auténtica salida del hombre de su culpable minoría de edad involucra reivindicar para el logos humano tanto el ordo rationis como el ordo amoris, razón y mito, conocimiento y religión, en un ámbito mayor llamado sabiduría.
G.F.Q.
*Tomado de mi libro Filosofía de la Tecnociencia,  IIPCIAL, Lima 2012, pp. 5-8.

CONCLUSIONES*

Si bien la filosofía ha denunciado el carácter metodológico-reductivo de la ciencia (Gadamer, Adorno, Habermas) tematizando las condiciones y los límites de esta forma de conocimiento en el conjunto de la vida humana, sin embargo, en la actual fase neotécnica de nuestra civilización es necesario que la filosofía reconozca el nuevo carácter metodológico-holístico de lo científico-tecnológico, la misma que pone a la humanidad en inmejorables condiciones para seguir avanzando en lo material y espiritual, subsanando las antiguas heridas que separaron a las ciencias de las humanidades y la religión.

El otrora divorcio de la Filosofía respecto a la religión impuesto por el empirismo moderno fue propio de la fase eotécnica y paleotécnica de la modernidad más de la modernidad misma, no de su actual fase neotécnica, dado que aquí se dan las condiciones al pensar para una vuelta al ser, lo natural, orgánico, ecológico y vital, la misma que abre la posibilidad de una metafísica más enriquecida y fecunda.

El imperio del desarrollo científico tecnológico actual ya no tiene por qué verterse en un desequilibrio social y humano que hace estragos en lo económico, social y cultural en el hombre actual. Pues el verdadero mal está  identificado  y  tiene  nombre   propio,  esto  es,  la economía dineraria, de la usura y del lucro del capitalismo. Pues la esencia misma del capitalismo siempre fue y seguirá siendo el lucro privado y no la felicidad de la comunidad y autorrealización del ser humano.

En este sentido aquí no confundimos la modernidad con el capitalismo, ni éste con la ciencia y tecnología, ni con el humanismo. Pues hay que dejar bien establecido que son tres las grandes líneas de desarrollo por las que se desarrolla la modernidad: técnica y ciencia, capitalismo, y humanismo. Todos los cuales son cauces dinámicos y no estáticos.

Incluso Schumpeter (Capitalismo, socialismo y democracia), el excepcional teórico del liberalismo, pensó que el capitalismo no puede sobrevivir porque sus propios éxitos lo conducen hacia su liquidación, decadencia que se expresa en la descomposición moral de la burguesía. Aun cuando no es difícil compartir su convicción de que el socialismo acabará por imponerse, no obstante no será porque la burocracia impide la innovación, sino porque la lógica del monopolio megacorporativo privado entra en colisión con la nueva fase neotécnica –como muy bien lo advirtió lúcidamente Lewis Mumford (Técnica y civilización)-, la cual exige para el avance de la humanidad la extensión del comunismo básico en educación, salud y seguridad social, hacia las finanzas, el crédito, la tecnología y la propiedad. Pero ya no se tratará de fortalecer el Estado centralista, deshumanizante y omnímodo del otrora comunismo marxista, sino de favorecer la actuación planificada y autónoma de las comunidades libres, en las cuales florecerá nuevamente la creación cultural humana, repotenciándose la conversión de la riqueza material en riqueza espiritual.

En este sentido se asistirá al canto de cisne de la democracia liberal y de la economía de mercado para que se abra cauce a la democracia participativa y la economía de la vida. Será el final del hombre sin voluntad, sin carácter, lleno de slogans en su cabeza, que no pensaba por sí mismo, un ser totalmente manipulable por el totalitarismo del mercado, que a millones de seres humanos le dice a qué hora despertar, cómo vestir, qué comer y pensar, cómo trabajar, qué comprar, cómo amar, y pretende dominar hasta sus sueños, su vida subliminal. Entonces habrá llegado el estertor del hombre que no sólo no sabe pensar por sí mismo, sino que no sabe pensar empática y comunitariamente.

Sólo así se pondrá fin al reino de la necesidad, al imperio del hombre anético, la barbarie cultural y de la razón cosificante, y comenzará el reino de la libertad, de la creación, del mejor entendimiento entre logos mitocrático y el logos logocrático, y la autorrealización comunitaria de la persona humana.

*Tomado de mi libro Filosofía de la Tecnociencia,  IIPCIAL, Lima 2012, pp. 312-314.

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