sábado, 27 de septiembre de 2014

ANARQUISMO Y CIVILIZACIÓN CIBERNÉTICA

¿ES LA CIVILIZACIÓN CIBERNÉTICA LA BASE
DEL ANARQUISMO DEL FUTURO?
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
El anarquismo del siglo veintiuno tras el desplome del socialismo real y la desilusión de la sociedad de mercado busca constituirse en la utopía del socialismo libertario de la posmodernidad. La acelerada transformación del capitalismo industrial en capitalismo cibernético ha renovado las esperanzas sobre la posibilidad de que la civilización cibernética que adviene sea la base material del anarquismo futuro. ¿Es esto, acaso, cierto y posible? Veamos.

Tras el fracaso del socialismo real (burocrático, centralista y totalitario) y del capitalismo masificador neoliberal (consumista, individualista y deshumanizador) renace la utopía libertaria del anarquismo (federalista, descentralista, comunitarista y autogestionario). La verdad es que el movimiento nacionalista y estatista prosigue con los hechos recientes del referéndum en Escocia, afanes independentistas en Cataluña, ansias federalistas en las provincias ucranianas de Donetsk y Lugansk alzadas en armas y el plebiscito de Crimea para incorporarse a la Federación rusa, inquietudes autonomistas de Texas, todo lo cual testimonia que el ideal de prescindir del Estado aun no está cerca. No obstante la actualidad del ideario anarquista se abre camino diversas áreas.

Para el anarquismo la verdadera educación antiautoritaria, antirepresiva y antipunitiva por excelencia. Descansa en el principio del esfuerzo personal. Como molde ideológico y moral, afirma Godwin, no debe estar en manos del Estado autoritario, pues su fin es crear criaturas libres a través de la razón y del dominio de sí mismos. Su eje es el aprendizaje del “no” y no debe basarse en la moral, pues la moral empieza en la humillación. Para el anarquismo no hay progreso científicamente asegurado, sino que depende del esfuerzo personal de cada uno. El lema educativo anarquista es “ayúdalo a hacerlo todo”. La educación anarquista corre por el mismo cauce de la actual educación puerocéntrica. A Rousseau lo culpan de ser padre del estado autoritario pero le reconocen su principio educativo de que el hombre debe ser educado no fuera de la sociedad sino contra ella, para no ser víctima de su inmoralidad y corrupción, pues la única autoridad será la razón que después de todo le devuelve a su propia naturaleza. Para Proudhon la educación debe forjar la felicidad y libertad a nivel del trabajo manual. Bakunin sostiene que la escuela debe integrar lo manual y lo intelectual y utilizar la autoridad para hacer que la libertad eclosione. Para Stirner la educación no debe ser sólo humanística o técnica porque debe ofrecer el dominio sobre nosotros mismos y así ser libres. Martin cree en la enseñanza autodidacta y Freinet afirma que la nueva educación debe liberar al niño de la autoridad del adulto.

Como se observa el anarquismo reposa en una antropología demasiado optimista, desestima la importancia de la caracterología, la cual enseña que hay tipos de carácter que necesitan de la autoridad y la obligación para educarse; además incurre en un exagerado intelectualismo que sobreestima el poder de la razón para crear criaturas libres; presta casi nula atención a la formación de los sentimientos y emociones, minando con ello la actualización de los valores a través de la voluntad y el ceñirse a una vida normativa; subestima la importancia de la enseñanza moral haciendo que la vida ética pierda sentido de obligatoriedad.

La educación neoliberal en ciertos puntos ha puesto en práctica algunos aspectos del programa educativo del anarquismo, con el fin de crear seres que suponiéndose más libres en realidad resultan más manipulables. Ha disminuido ha límites espantosos la exigencia y el rigor escolar, las materias de estudio se han simplificado al máximo con el pretexto de hacer a un lado lo memorístico y ampliar la creatividad. Al final de la secundaria egresan legiones de analfabetos no sólo funcionales sino también literales, puesto que aprendizaje fue reducido al mínimo. La universidad no podía permanecer ajena a este deterioro de la educación universal permisiva, llegándose al extremo de los bachilleratos automáticos, maestrías a granel y doctorados al mejor postor. El programa educativo anarquista es en verdad impracticable, porque al convertir a la libertad en un nuevo ídolo desemboca en su propia anulación al carecer de valores absolutos. Una libertad anárquica no es libertad, sino su destrucción.

El arte anarquista se basa en el antiautoritarismo y en el individualismo exacerbado. Y si en un primer momento fue concebido como arte social contestatario a la estética burguesa, en un segundo momento se vio que lo revolucionario del arte estriba en su independencia, pues el estado niega la libertad concreta y pervierte la creatividad artística.

La historia del anarquismo señala amistades ilustres entre pensadores y artistas. Así tenemos a Godwin y el poeta Shelley, Bakunin y Wagner, Proudhon y el pintor Coubert. Jean Grave y Emile Pouget recibieron la colaboración de los impresionistas en sus revistas. Pero Proudhon disuelve el genio en el medio social. Tolstoi repudia el arte burgués y lo contrapone al arte popular. Kropotkin se entrega al culto de la Edad Media y de la catedral como ideal artístico. Stirner reivindica para todos los individuos la facultad de creación artística, el Yo es una virtualidad creadora, la creatividad es un derecho inalienable. Oscar Wilde rechaza el intervencionismo del poder político en la creatividad artística. La burocratización cultural del comunismo y la masificación cultural capitalista revitalizó la estética del anarquismo. Para Dubuffer el estado es enemigo de toda creación artística y reclamar preservar la riqueza plural del hombre. El anarquismo estético norteamericano rescata los dos rasgos principales del anarquismo: el antiautoritarismo y el individualismo. Así, con el compositor John Cage, el arquitecto Paul Goodman, se preconiza el restablecimiento del ágora y la dispersión de las obras de arte en la ciudad.

Marcuse criticó esta estetización progresiva que solamente crea una comunidad falaz en medio de una sociedad alienada y propone la des-sublimación y anti-arte que anticipe un nuevo estilo de vivir el trabajo y el placer. Además, este individualismo artístico exacerbado ha producido la plaga urbana de los grafiteros, que dañan las fachadas particulares con imágenes que se reclaman artísticas pero parecen salidas de una morbosa pesadilla de una mente patológica. Incluso el arte académico se extralimitó hasta perder el rumbo, y llama arte a cualquier estropicio sin belleza ni forma, cuyo fin sólo parece espantar el buen gusto sobre la faz de la tierra. El arte debe ser libre, incluso libérrimo, porque deja libre todas las potencias de la imaginación creadora actuar, pero ello no es óbice para causar su propia destrucción con manchas, ruidos y formas ininteligibles.

El anarquismo no rechaza el progreso ni la ciencia como tal, sino su identificación con el bienestar material. Es proclive a una vida campesina, agraria, rural, natural. Y quizá este sea el aspecto más sólido del anarquismo, su crítica al ideario del progreso y su desconfianza ante la ciencia. Ya la ONU anuncia que la civilización humana debe replantearse su modus vivendi, porque para el año 2025 más del 95% de la población mundial será urbana, su supervivencia estará en peligro y tendrá que afrontar una escasez alimenticia, hídrica y energética de grandes proporciones.

En suma, el anarquismo tiene el mérito de concebir el progreso como un avance moral y subjetivo. Tras la depredación de la naturaleza, el cambio climático y la contaminación atmosférica, en tan sólo doscientos años de civilización industrial, el anarquismo está a la cabeza con quienes ya no ponen un signo de igualdad entre la satisfacción material y la satisfacción humana. El sueño baconiano del progreso ilimitado sobre los hombros de la ciencia sufre severas restricciones. En el Marx joven no hay naturaleza desarrollada sin humanidad realizada, pero el marxismo se volvió cientificista y al término de la era del socialismo real el nivel de contaminación de la industria pesada era demasiado alto. Los anarquistas recogen el legado naturalista y antimodernista de Rousseau, quien veía en el Progreso algo maligno. Así, Godwin defiende un naturalismo, Bakunin un anticientismo, Kropotkin un bucolismo, Tolstoi un antimodernismo campesino, para Proudhon el progreso es moral y no material, y para Stirner el progreso es de la subjetividad. Únicamente resulta muy dudoso –a la vista de lo obtenido- que el progreso de la subjetividad se consiga a través de una libertad educativa irrestricta.

El anarquismo clásico es no-violento en Proudhon y dual en Kropotkin, Bakunin y Stirner. Es decir, existe una ambigüedad fundamental respecto a la violencia. El anarquismo liberal de Thoureau y el anarquismo cristiano de Tolstoi son no-violento, rescata la revolución social y debe eclipsar a la revolución política. Gandhi y Martin Luther King prologaron el anarquismo no-violento. Para Stirner el Yo por la revuelta deshace las instituciones opresivas, en cambio el Yo por la revolución crea instituciones opresivas. Además, el individualismo anarquismo no es lo mismo que el individualismo aristocrático a lo Nietzsche. Fue Camus el que desarrolló la diferenciación entre rebelión y revolución. Cuenta la anécdota sobre un famoso sátrapa centroamericano que hace la pregunta:
- Y qué es aquella bullanga
- Revoltosos, mi Excelencia
- No dejen ni uno vivo, pues luego se vuelven revolucionarios
La no-violencia, sin duda, tiene sus límites. Actualmente el Estado liberal no permite la protesta a través del no pago de impuestos, ni acepta individuos que prescindan del Estado. Muchas veces prefiere salvar a banqueros de la bancarrota que salvar a sus propios ciudadanos de la indigencia. Y así, el primer mundo occidental se encuentra desde el 2008 sumida en una crisis económica de proporciones, que solamente afecta al pueblo y no impide la multiplicación de los beneficios privados.

Para el anarquismo que se preocupa por la edificación de una sociedad nueva, ésta debe ser participacionista y basada en un federalismo autogestionario. Y ello, a pesar de que la autogestión no está libre de problemas administrativos, económicos y políticos (como quedó demostrado en Argelia, India, Yugoslavia, España y Tanzania), se considera que puede ser un baluarte para el socialismo libertario. La anarquía negativa quiere abolir toda dominación sin reconstruir una sociedad nueva, mientras que la anarquía positiva propone la autogestión y el federalismo. La idea básica es que el consenso general reemplace a la ley y a la coacción estatal. En el Perú la Ley de la Consulta Previa es un mecanismo para evitar conflictos con comunidades asentadas en territorios mineros y que por ese mecanismo democrático se le permite aprobar o negar alguna operación económica que dañe el medio ambiente. Pero la presión sobre el Estado por parte de las megacorporaciones mineras para burlar la ley continúa.

Y con esto llegamos al problema central del anarquismo, a saber, el problema del Estado. Para el anarquismo el Estado, ya sea despótico o democrático, es inmoral, despótico, tiránico, alienante, conculcador de la autonomía del individuo, fuente de desorden social, del egoísmo y de la injusticia, y todo ello por serle consubstancial la manipulación y dominación del hombre. Por consiguiente debe ser eliminado y deberíamos vivir como los Bushman, aquella simpática tribu africana cuya primitiva lengua incluye chasquidos, no conocen el crimen ni el pecado. Godwin es el primer teórico del socialismo sin gobierno. Afirma, que la justicia social sólo puede triunfar eliminando el gobierno, el Estado junto al derecho y a la propiedad deben ser abolidos. Proudhon, Bakunin, y Stirner coinciden en pensar que el Estado nunca será bueno y siempre corroe las virtudes humanas, generando corrupción.

La verdad es que ahora con la globalización neoliberal ha surgido un nuevo tipo de soberanía que está muy por encima del poder estatal, como son las megacorporaciones privadas. Ellas han impuesto un hiperimperialismo que manejan las políticas estatales a nivel global a través de múltiples organismos mundiales e imponen su voluntad. Lo cual significa que no es solamente el poder estatal lo que impide las comunas autogestionarias, federalistas, participacionistas y autogestionarias, sino que es el poder de las megacorporaciones privadas. O sea es el principio totalitario impuesto por un minúsculo grupo elitista de personas que reclaman la libertad absoluta solamente para sí. Tendríamos un anarquismo megacorporativo-privado triunfante, que está fuera del poder autoritario del Estado y que se sirve de éste para imponerlo al resto de la sociedad.

No es casual que sea justamente esta forma de anarquismo el que vea con mayor esperanza el desarrollo del capitalismo cibernético para crear una sociedad tipo enjambre: una mayoría obediente y una élite ociosa. El anarquismo megacorporativo-privado ve con mucho optimismo que la civilización cibernética sea la base material de su futura victoria completa sobre el resto de la humanidad. Se trata de usar el mejoramiento de la especie humana sólo en beneficio de una élite.

 Pero incluso poniéndonos en la situación de un uso democrático de la eugenesia nos preguntamos: ¿Puede el hombre-máquina seguir llamándose “hombre”? ¿Lo impredecible, la rebelión, será desterrado por la exactitud de la colmena? ¿La inteligencia artificial, la nanotecnología, la cibernética y otras tecnologías reemplazarán a la humanidad antes que ésta destierre al Estado? ¿Será necesario el Estado en un mundo regido por máquinas? ¿Crear robots pensantes uniendo la conciencia con la máquina con chips informáticos no nos lleva hacia una dictadura científica y el control del mundo? ¿Las máquinas decretarán la eliminación del falible hombre? ¿La élite se robará el fuego prometeico de los dioses y alcanzará la inmortalidad? ¿Será un nuevo Edén sin Estado o el Infierno de los chips previamente programados?


Lima, Salamanca 27 de setiembre 2014

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