sábado, 9 de junio de 2018

GEOMETRISMO DEL ARTE PRECOLOMBINO


GEOMETRISMO DEL ARTE PRECOLOMBINO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía

 Resultado de imagen para tumi precolombino

El geometrismo, la infrarrealidad, el abstraccionismo, la deshumanización del arte está presente en nuestro tiempo decadente y nihilista como incumplimiento del ser. El incumplimiento del ser en el arte es su estética deformación hasta llegar a la negación nihilista de la esencia artística. El arte en esencia no copia sino que crea con belleza una realidad nueva sobre la realidad. Y al hacerlo el arte eterniza lo pasajero porque la emoción por lo bello se niega a morir. En esto consiste el cumplimiento ontológico del arte por medio del tema ideal y de la técnica. Pero ¿es acaso la característica común de toda decadencia cultural? ¿No hay geometrismo y abstraccionismo artístico de carácter apolíneo y no sólo dionisíaco?

De lo contrario todo el abstraccionismo que encontramos desde las cuevas paleolíticas del llamado arte prehistórico hasta los símbolos de las civilizaciones ancestrales tendrían que ser interpretadas como deslizamientos permanentes hacia la deshumanización del arte. Desde las extrañas espirales del arte rupestre, la esvástica que simboliza el sol de antiguas civilizaciones, las líneas escalonadas que representan la sierpe y la sabiduría, hasta los colmillos felinos que encarnan la fuerza vital del cosmos, no serían sino vano arte nihilista. Y en este sentido van aquellos culturólogos que interpretan la civilización como el inicio de la decadencia humana y la edificación de una sociedad autoritaria y vertical. Es decir, se convierten en los plañideros de la arcádica vida prehistórica supuestamente igualitaria y horizontal.

Ante tal panorama es mejor que abandonemos territorios febriles y recuperemos el equilibrio en el juicio. Si el simbolismo en el arte moderno ha llevado a un infrarrealismo, el simbolismo en el arte antiguo conducía a un hiperrealismo. Y es así en razón de su diversa base metafísica. Realista en una, idealista en la otra. Para el realismo todo lo que es, en definitiva, es como la cosa. Para el idealismo todo lo que es, en suma, es como lo pone el pensamiento. Así es, el hombre es un ser metafísico, no puede dejar de hacer metafísica y ésta está presente en todos los campos de la cultura, incluido el arte. Se hace arte y se hace ciencia con metafísica. Metafísicamente la primera certidumbre es realista: las cosas son independientes del pensamiento. La segunda certidumbre es idealista: las cosas no son independientes del pensamiento. El hombre antiguo era realista, en cambio el hombre moderno es idealista. Más el idealismo no sólo pretende tener un valor epistemológico sino también ontológico. De ahí que afirme que las cosas dependen del pensamiento no sólo gnoseológicamente sino incluso ontológicamente.

Pero para el hombre antiguo la realidad radical son las cosas del mundo y el realismo actual aun piensa que el idealismo confunde el plano epistémico con el metafísico y así sustituye el pensamiento por la cosa. Raíz de la cual nace el incumplimiento metafísico del arte y de la cultura. No es aquí el lugar para que nosotros decidamos el valor de uno y de otro, pero es necesario afirmar que así como lo real no existe como certidumbre sin el sujeto, de mismo modo el pensar no existe como fenómeno sin lo real. Esto significa que la cosa para existir y ser real no necesita entrar en relación con el sujeto. La relación cognoscitiva les confiere certidumbre a las cosas pero no existencia ontológica. La certidumbre es una especie de existencia gnoseológica. Decir esto no es soslayar el papel activo del sujeto cognoscente en construcción del mundo, sino sólo reconocer que lo ontológico es condición de lo epistémico. Pero el idealismo absolutiza el papel del sujeto y crea la ilusión de su primacía sobre lo real y el mundo. De este modo se genera una cultura de incumplimiento con el ser, desde la cual incluso los valores no son objetivos sino inventados al arbitrio del sujeto. Dicho esto no es difícil, entonces, comprender por qué el idealismo y subjetivismo de la modernidad genera una cultura de incumplimiento con el ser. Lo cual no es un alegato a una regresión cultural pero sí a su rectificación.

A nuestra época no solo le falta una buena dosis de Fe sino también de Razón. En el fondo se trata de reconquistar la realidad reconquistando a la propia razón, porque contra el empirismo y el racionalismo dogmático ilustrado la razón debe reconocer las verdades suprarracionales. Dicho de otro modo, sólo un realismo enriquecido y un idealismo objetivo puede recuperar la verdad objetiva y evitar la trampa del historicismo, relativismo y cientificismo. El idealismo subjetivo ha privado a nuestra época de verdad extraviando el sentido del ser. De modo que se impone al hombre y a la cultura el problema de dios y lo trascendente porque es intrínseca a su estructura metafísica. Y esta restauración de cumplimiento del ser sólo puede ser llevada a cabo desde un espiritualismo metafísico teísta.

Todo lo cual quiere decir que la deshumanización del arte moderno está relacionada con el idealismo epistemológico, el cual convierte el mundo y lo real en una infrarrealidad dependiente del pensamiento. De ahí que su abstraccionismo sea una inmersión microscópica en lo subjetivo. Pero ese no era el sentido profundo del abstraccionismo antiguo, que echaba mano al recurso maravilloso de la metáfora hasta en sus límites más impensados. La metáfora para el hombre primitivo y antiguo tiene virtudes taumatúrgicas, propiedades hiperrealistas que no reemplaza lo real sino que lo potencia.

De manera que tiene poco sentido decir, por ejemplo, que el arte ceramista de los huacos retratos de la cultura mochica era de índole humanista mientras que la estilización zoomórfica de la más antigua cultura Chavín era de naturaleza deshumanizada. Es cierto que la cultura es como la mujer, a saber, su belleza con el tiempo cambia y se marchita notoriamente. Pero de ahí no se puede deducir que todos los ciclos y procesos históricos guarden una similitud mecánica. Y menos es posible afirmarlo para una civilización, como la andina, que se ha desarrollado a lo largo de 20 mil años. No obstante, existe un hilo conductor permanente que atraviesa todo el tejido del arte precolombino en la pintura rupestre, cerámica, el tejido, el hueso, la pintura, la música, la arquitectura y escultura. Y esta hebra se traduce como la función religiosa del arte.

Desde el arte rupestre de Lauricocha y Toquepala, pasando las figurillas humanas y mates burilados del precerámico Caral; las estilizadas cabezas clavas, ceramios monócromos y el afamado lanzón con rasgos felínicos y zoomórficos de la chamánica cultura Chavín; las misteriosas esculturas monolíticas antropomorfas, su cerámica escultórica polícroma, el diestro e impresionante pulido de la piedra del complejo monumental de Puma Punku,  su famoso templo semisubterráneo de Kalasasaya, sus cabezas clavas antropomorfas, su innovadora arquitectura religiosa, la famosa Puerta del Sol, de la longeva y milenaria cultura Tiawanaku; los petroglifos y geoglifos más famosos de Palpa y Nazca; los tejidos y ceramios de la cultura Paracas –que deformaba los cráneos de la elite- con diseños que geometrizan las figuras humanas y animales; el arte cerámico erótico de los mochicas; los famosos Tumi, keros esmaltados y demás extraordinaria orfebrería de la cultura Lambayeque; la geométrica y estilizada cerámica de la cultura Cajamarca; el acentuado geometrismo en la cerámica, textilería y urbanismo del imperio Wari; la fina joyería y textilería de la cultura Chimú; los estilizados ceramios y pulido de las piedras de los chancas; hasta la muy decorada con figuras geométricas textilería y cerámica junto a su impresionante labrado de la piedra del imperio Inca, todo esto y por donde se mire la civilización andina es pródiga en geometrismo y abstraccionismo artístico.

No es aventurado sostener que este desarrollo del arte precolombino está relacionado con la arquitectura, el estudio de los astros y constelaciones, así como el avance de los conocimientos matemáticos. Pero sobre todo responde a un pathos, a una sensibilidad del espíritu que se va haciendo más sutil en la percepción del fenómeno religioso. Esto resulta hasta tal punto cierto que es posible sostener que toda la civilización andina es resultado de esa tensión hacia lo religioso, todos los demás conocimientos sirven a ese propósito. Incluso la construcción de las ciudades y sitios sagrados deben seguir la forma de ciertas constelaciones, las cuales asumen la forma de animales y seres totémicos.

Todo lo cual no significa que la civilización andina siguió una línea de ininterrumpido desarrollo en el periodo precolombino. Todo lo contrario. Conoció guerras externas y civiles, invasiones, disidencias religiosas y devastadores cataclismos climáticos que marcaron su final muchas veces. Hubo esplendor, apogeo y decadencia espiritual en las diversas culturas andinas. Una de esas grandes sequias destruyó a los nazcas y moches por igual, y la guerra intestina aunada a la conquista española marcó el final de los incas. Un caso muy peculiar representan los huacos eróticos mochicas. Con la frívola y hedonística mentalidad moderna se puede suponer una humanización acentuada de dicha cultura. Pero eso sería sacarla de su contexto religioso y temporal. Más bien, más inteligente sería ver una forma diferente de asumir el sexo reproductor y recreativo. Los huacos eróticos mochicas son como si nos dijeran que la reproducción y el sexo placentero es un homenaje al cosmos. Algo parecido a la filosofía del Kama Sutra del hinduismo, donde la reglas de la vida son fijadas por el Señor de los Seres que obliga a conducir todo por la senda de la satisfacción y la felicidad. La unión sexual sería parte de la química del cosmos. Esto hace pensar que entre los mochicas debió de existir un gran maestro que enseñaba cómo debe ser vivida la vida y qué normas debían regirla. Amor, deseo y placer, todo esto se junta en el arte de vivir. Justamente el tantrismo o arte de los mil orgasmos equivale a la continuidad de la luz de la vida.

Muy agudo fue nuestro filósofo espiritualista Mariano Iberico[1] cuando escribía que las estilizaciones geométricas y zoomórficas del antiguo arte peruano no cantan a la muerte como en los egipcios, sino a la vida fluyente y dinámica, como en los babilonios. El arte andino sería una aspiración a permanecer en la movilidad y no en la inmovilidad universal. Asi, concluía que el arte antiguo peruano tiene una actitud, un sentido cósmico,  una noción de lo Absoluto más vital y dinámico. No estoy seguro que esto último sea del todo exacto. Sobre todo cuando la deidad suprema inca no era la deidad solar sino ese oscuro y lejano dios Pachacamac –que lo traduzco como Vivificador del cosmos-, que escucha y siente todo pero permanece ignoto al hombre. O sea, no es la deidad de los mil nombres, como Isis de Egipto, ni como Shiva de la India. Su simbolismo es otro, a saber, el de la Fuente permanente de la vida impermanente. Ese dios monoteísta incaico fue el que permitió a los cronistas indios como Guamán Poma,  Juan Santacruz Pachacuti y al mestizo Inca Garcilaso, pedir un imperio cristiano indio exclusivamente a manos de los naturales. Como se ve, ya en la deidad ignota de Pachacamac latía el absoluto inmóvil que completaba la evolución religiosa de la civilización andina.

Pero nada de esto se relaciona con una pretendida línea de deshumanización expresada en el arte andino. Al contrario, el geometrismo y abstraccionismo del arte andino tiene que ver con una mayor profundidad metafísica de su espíritu, una mayor sensibilización ante lo santo, es estilización puesta al servicio de la expresión de la presencia las fuerzas superiores al hombre. Los primeros gobernantes precolombinos –caso Chavín- eran representantes de los dioses, como ocurría en los antiguos imperios mesopotámicos. Pero luego, personalmente creo que esto sucede desde los imperios Tiwanaku y Wari, los curacas pasan a ser de semidivinos en divinos o encarnación de la deidad en el orden temporal –como en el Antiguo Egipto-. Justo es esto lo que aprecia en los gobernantes cuzqueños llamados Incas.

Todo eso nos permite entrever otro sentido de “deshumanización” que se relaciona con las disquisiciones del filósofo del Yo y el Tú, Martín Buber. Nos dice que el hombre moderno no tiene casa cósmica y al haberla perdido es como ha madurado la antropología filosófica[2]. Penetrante observación que nos hace ver, como hemos indicado, que el hombre antiguo era ontológico mientras el hombre moderno es gnoseológico y, por ende, antropológico. Efectivamente, el hombre moderno es un ser enfermo de racionalismo, inmanentismo y secularismo. Lo cual amenaza ostensiblemente con destruir su alma. La abundancia material de nuestro tiempo ha extraviado el sentido de su vida y amenaza con extinguirlo. Ha perdido su “casa cósmica”.

En este sentido el hombre antiguo que vivía sin individualidad y sin derechos humanos, pero que conocía la superioridad del espíritu, se sentía seguro de su lugar en el cosmos. En cambio, el hombre moderno, repleto de narcisismo, vanagloria y egolatría, que vive reclamando democracia niveladora y pisoteando donde pueda la aristocracia de la interioridad, enarbola una subjetividad vacía, frívola, materialista e inmanentista que solamente ha logrado que extravíe su puesto en el cosmos. En medio de esta orfandad espiritual nace el abstraccionismo del arte moderno, es su expresión más genuina y legítima. En cierto modo el hombre antiguo era humano a fuerza de ser antihumanista y tener su centro en el cosmos. A diferencia del hombre moderno que está deshumanizado a fuerza de ser humanista. Además, nunca fue tan sistemática la eliminación premeditada de seres humanos como ocurrió durante la modernidad científica –me refiero al Holocausto-. Algunos descaminados han sostenido que el amor al hombre viene con el cristianismo, pero con ello se olvidan que ese es solamente el segundo mandamiento. Y más bien, el cristianismo al reivindicar a la Persona humana no deriva, justamente, en ningún antropologismo porque es fuertemente teocéntrico. Cristo decía: “Mi Padre y Yo somos uno”, pero también enfatizaba: “Mi Padre es más grande que todos”.

De tal manera que geometrismo y abstraccionismo en el arte no siempre es sinónimo de infrarrealismo y de carácter dionisíaco, pues, como lo hemos visto, ha sido también equivalente a hiperrealismo y de carácter apolíneo. Y ese fue el tenor dominante en la civilización precolombina. Por ende, tampoco es siempre parejo a deshumanización porque desde otra base metafísica corre paralelo a la santificación del mundo. Una vida de santidad no es de retraimiento, quietud, renuncia o huída del mundo –y así lo entendían los precolombinos y muchas culturas ancestrales y míticas, al igual que el cristianismo- sino lucha por el bien temporal y espiritual de la humanidad para santificar el mundo. El hombre moderno ha perdido esa unión ontológica con Dios y al perderla ha perdido su propia alma. Porque el eje del alma es el espíritu y el eje del espíritu es Dios. Sin Dios todo lo que hace el hombre se convierte en un boomerang que se vuelve contra él. Ese es el último sentido del Fausto de Goethe: “El hombre que conquista el mundo pero se pierde a sí mismo”.

No pensé que la disquisición sobre el carácter del arte precolombino nos llevara tan lejos, pero en ello constatamos que la cultura es un entramado tan abigarrado y jerarquizado que no tiene sentido poner la sesera en ella sin antes advertir que el camino del arte deshumanizado no siempre tiene una significación unívoca sino multívoca.



[1] Véase “El arte en el Perú prehispánico” en La Aparición Histórica, UNMSM, Lima 1971, 119-131.
[2] Véase M. Buber, Qué es el hombre, FCE 1960.

 09 de Junio del 2018


viernes, 27 de abril de 2018

FILOSOFÍA PREHISTÓRICA (IV)


FILOSOFÍA PREHISTÓRICA (IV)
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 Imagen relacionada
CUARTO PERIODO
Edad de la metafísica pre-mitomórfica
(40-35 mil a 10 mil años)
4
EL HOMBRE MODERNO PALEOLÍTICO

La filosofía del paleolítico inferior con el Homo habilis y del Homo erectus, y la del paleolítico medio con el Homo Neandertal, está signada por una metafísica de la presencia que se deriva del sentimiento de unidad con la totalidad de lo viviente.

Pero la filosofía del paleolítico superior con el nuevo hombre moderno, encarna la decadencia de la metafísica de la presencia y del sentimiento de unidad con la totalidad de lo viviente y su reemplazo por una metafísica de la evocación, que brota del sentimiento cósmico de alejamiento respecto a la totalidad de lo viviente.

No otra cosa representan las figuras femeninas de las Venus líticas, como objetos mágicos para asegurar la fertilidad y la fecundidad, y la conversión de las cavernas en santuarios para pinturas rupestres. Es el comienzo del fin del sentimiento de unidad con el todo y su sustitución con la evocación chamánica y mágica. El nuevo hombre moderno del paleolítico superior echó las bases de la filosofía mitomórfica del chamanismo que imperará durante el mesolítico y neolítico.

El Paleolítico superior es del dominio del Homo sapiens sapiens, que apareció en África hace unos 200 mil años. Es el tercero y último de los periodos en que está dividido el PaleolíticoEdad de Piedra. Está caracterizado por la preponderancia de distintas industrias líticas: ChâtelperronienseAuriñaciense,GravetienseSolutrense y Magdaleniense, según los yacimientos epónimos de Francia. Sus periodos industriales se dividen en: antiguo (40-30 mil a 20 mil años), medio (20 mil a 18 mil años), y final (18 mil a 11 mil años).

Se extiende aproximadamente entre los años 40-30 000  y el 12-10 mil antes del presente. Coincide con la segunda mitad del último periodo glacial, de clima muy frío aunque con intervalos algo más templados. En este ciclo de aparición y retroceso de las glaciaciones continentales –la de Wichel en Escandinavia, la de Würm en los Alpes, la de Waldai en el norte de Rusia, la de Zyrianka en Siberia, la de Wisconsin en América del Norte- el hombre moderno del paleolítico colonizó nuevos territorios. Migró masivamente desde Asia a América desde Beringia (estrecho de Bering).

Fue el primero en navegar costeramente en canoas. Era un activo cazador. Inventó la aguja y el arpón. Construyó cabañas temporales de ramas (Terra Amata, Niza-Francia, 400 mil años), de pieles (cueva de Lazaret, Niza-Francia, 200 mil años) y campamentos veraniegos para la caza de renos (Pincevent, Isla de Francia, 14 mil años). Representó estatuillas antropomorfas femeninas conocidas como las Venus. Autor de gran cantidad de pintura rupestre. Sus enterramientos evidencian que tuvo complejas ideas trascendentes.
Resultado de imagen para tallado de piedra del homo sapiens
También las especies humanas de anteriores periodos -homínido de Denísova, Homo erectus,  Homo neandertal, Homo floresiensis- son suplantadas por el Homo sapiens, como único superviviente de la sub tribu Hominina. Ello aconteció entre 40-35 mil años. Pero actualmente se admiten hibridaciones con el neandertal. El antropólogo británico Christopher Stringer ha planteado la tesis difusionista conocida como “Los hijos de Eva”, según la cual los nuevos hombres modernos habrían tenido un origen independiente en África oriental. 

Esto ha servido en dos sentidos: primero, para valorar la visión continua en vez de discontinua de la especia humana, y para abandonar la adscripción de los ancestros humanos a los grandes troncos raciales del presente. Pero el hombre moderno suple su falta de adaptación corporal (menos bello corporal, morder, correr) con su desarrollo cultural (nuevas armas y estrategias). Tenía la frente recta, el mentón marcado y estatura elevada. Esas características del Cromañón se diversificaron con el tiempo, dando lugar a variedades regionales. Su utillaje lítico muestra un notable desarrollo de las técnicas de tallado. A diferencia de sus antecesores utilizaban las cuevas no como vivienda sino como santuarios.

El punto final del Paleolítico Superior será la revolución mesolítica (hace 10 mil años). Durante este período y con la llegada del clima templado advienen los bosques, nace el sedentarismo, las aldeas, dominio de animales y expansión demográfica. La revolución neolítica se gestó en los avances tecnológicos del mesolítico. En realidad los periodos mesolítico y neolítico son considerados las partes finales de la Edad de Piedra pero el fin de la Prehistoria abarca la Edad de los Metales (Cobre, Bronce, Hierro). Pero mesolítico y neolítico son parte del desarrollo del mismo nuevo hombre moderno del Paleolítico Superior. Por tanto, se justifica mencionar que el hombre moderno durante el mesolítico inventa el arco y la flecha, su vida es sana y relajada, trabaja dos horas al día, tiene mucho tiempo para pensar.

Todavía sin ganadería, agricultura ni metalurgia, estos últimos cazadores conocen un aumento de la producción y disminución de la escasez. Estos cambios darán paso a las sociedades campesinas del neolítico. Al adoptar la agricultura se vuelven sedentarias. El neolítico se divide en precerámico y cerámico. Se admiten cinco centros de origen: Oriente Próximo, China, Sudeste Asiático, México y Perú. En Mesopotamia se inventa la escritura. Se erigen grandes monumentos megalíticos para templos, cámaras funerarias y observación de los astros. Añaden la nueva actividad de la minería.

Esto da paso al Calcolítico o Edad de Cobre con las primeras sociedades complejas y jerarquizadas. Se usa la lana, la leche, el queso, el yogurt. Se edifican grandes ciudades con regadío y drenaje. Se emplea el buey como animal de tiro. Lo cual provocara el inicio de la Edad de Bronce (2,200-750 a.C.), caracteriza por un notorio mejoramiento de la aleación de los metales (mayor dureza), se fabrican joyas de oro, se diversifica el armamento ofensivo, se forman elites guerreras, cunde el culto al guerrero junto al caballo y al toro, surge la desigualdad social, se multiplican las aldeas fortificadas, depósitos votivos con objetos metálicos, se domestica el caballo y se inventa el carro de combate. Luego adviene la Edad de Hierro. Ahora bien, la Prehistoria del Viejo Mundo no coincide con la Prehistoria del Nuevo Mundo[1].

Pero el punto más importante es que la llamada filosofía prehistórica tendría tres periodos: la numinocrática (paleolítico inferior, medio y superior), la mitomórfica (mesolítico, neolítico) y la mitocrática (Edad de los Metales). En esta obra sólo se presta atención a la primera, debido a que las otras dos han sido objeto de otros libros[2]. De modo que concluiremos examinando la filosofía del paleolítico superior  describiendo un cuadro sobre a correspondencia de la filosofía prehistórica con cada especie humana.

                                                   Filosofía Prehistórica
                  Edad de Piedra                                            Edad de los Metales
P. Inferior         P. Medio        P. Superior-            Mesolítico  Neolítico                              / Cobre    Bronce     Hierro
            Filosofía                              Filosofia                                    Filosofía
     Numinocrática                          Mitomórfica                             Mitocrática
    filósofo-mago             filósofo-chamán           filósofo del mito
                                                     Filosofía Histórica
                                                            Desde Grecia
                                 Filosofía logocrática/filósofo del concepto

En la filosofía numinocrática el ser adviene al hombre, es una filosofía de la presencia; en la filosofía mitomórfica el ser escucha al ser pensante y necesita ser evocado, es una filosofía de la evocación; en la filosofía mitocrática el ser se oculta al ser pensante y necesita ser develado, es una filosofía de la aletheia; finalmente en la filosofía logocrática el ser se deja ver en lo universal inteligible, es una filosofía de la esencia.

Si la filosofía ha cambiado de forma pero no de contenido, porque el contenido es el Ser, entonces en el fondo es un arte, es el arte de preguntar por la realidad y por el sujeto que se hace la pregunta. Pero dicho arte no responde a un ejercicio estético sino a una urgencia existencial y ontológica de la razón, porque la razón se pone en marcha no por cuestiones lógicas sino por razones existenciales. O sea en el fondo la filosofía es un arte de vivir y para vivir. El sentido de su búsqueda es el para qué y por qué del existir en este mundo. Mundo que se desdobla en un universo visible y en otro inteligible.

En ese sentido el problema no es la vida sino encontrar el sentido de un mundo en el que se vive. Y ese fue el desiderátum de la criatura humana desde el paleolítico con el filósofo pre-animista, animista, espiritualista, mago, mítico y conceptual del presente. Distintos afanes han atravesado la filosofía y el filosofar: sobrevivencia, evocación, salvación, teoría, pero al final es el mismo sacudimiento del existir.

Tres fueron las innovaciones tecnológicas en el paleolítico superior, como son, la talla de la piedra, la fabricación de nuevo instrumental de hueso y asta y el arte mobiliar. Pero más decisivas fueron sus novedades en la vida espiritual y las ideas trascendentes del nuevo hombre moderno del paleolítico, notoriamente resaltantes en tres ámbitos: las pinturas rupestres, los enterramientos y las venus líticas.

Sobre las pinturas rupestres[3] Sautuola y Vilanova fueron los primeros en creer en el valor de aquel arte desconocido, luego ratificadas por Riviere, Daleau, Cartaillhac y el abate Breuil. Asi la importancia de este arte mural quedaba reconocido ante la testaruda oposición de la ciencia ortodoxa. Pero la búsqueda de sentido de estos murales, que comprenden relieves, grabados y pinturas, aún sigue. Están repartidas en más de un centenar de cuevas en Francia y España, siendo quizá las más conocidas las de Lascaux y Altamira, consideradas las Capillas Sixtina del arte Cuaternario. Lo que refuerza la interpretación religiosa de que son lugares y figuras de culto es la disposición en círculo en que se disponen las figuras de animales en la cueva Le Roc de Sers. O las imágenes crudamente femeninas en las paredes de la caverna de Angles-sur-Anglin.

También hay estilizaciones y abundancia de signos desconocidos, figuras ceremoniales de hombres disfrazados y danzando con máscara de animal, profusión de manos con verdaderas mutilaciones de sacrificio, deformaciones y enfermedades (Altos Pirineos y Cáceres), lámparas de piedra con mecha y grasa junto con antorchas que servían de iluminación y calefacción.

Es decir, los motivos naturalistas aparecen acompañados de motivos simbolistas. Paredes con grandes toros llenos de vida, con veloces caballos, la escena de un hombre con un posible poste totémico coronado por un ave (Lascaux). Hay otras paredes donde predomina el mamut, al lado de cabras, bisontes, rinocerontes y parte de la desaparecida fauna del Pleistoceno (cueva de Miremont). La serie de puntos, los tectiformes y otros extraños símbolos ideomorfos pintados en rojo (del Castillo) es de lo más difícil de interpretar. Dibujar no es escribir, pero simbolizar puede ser proto-escritura. Lo cual habla de la gran inventiva del hombre de este periodo.

Aquí no se va a abundar sobre los focos, difusión, escuelas y tendencias del arte Cuaternario, lo que ha sido bastante estudiado por los especialistas como Grahame Clark. Lo que aquí concita la atención es la interpretación de su significado. Breuil propuso la interpretación de escenas naturalistas de cacería. Leroi-Gourhan subrayó un hondo simbolismo sexual. Otros han defendido un sentido estético y finalmente la teoría del origen mágico. Actualmente se la concibe como un sistema de representación artística, en general, que está relacionado con prácticas de carácter mágico-religiosas para propiciar la caza. Sin embargo, si el propósito era propiciar la cacería no ve con claridad cuál sea la función de las manos,  los símbolos y signos abstractos. Para qué mezclar la representación naturalista con la representación simbólica.

Lo que se cuestiona no es la función mágico-religiosa sino su exclusiva función cazadora. Además, si había abundancia en la fauna del Pleistoceno para qué tomarse el trabajo de invocar a los animales. Esto hace pensar que había otra razón más profunda que perturbaba la mente del nuevo hombre moderno del Paleolítico. Y este algo era el aumento exponencial de su creatividad e invención. Lo que le da un sentimiento de soberanía sobre todo lo demás, se experimenta un fortalecimiento del principio antrópico, pero a la vez, se produce un distanciamiento de su unidad con el Todo.

Lo numinoso prístino de sus congéneres arcaicos ha empezado a desvanecerse. Aquel sentimiento de unidad con la totalidad de lo viviente se está apagando y necesita existencialmente recuperar la seguridad en el mundo supliéndolo con algo que le devuelva la tranquilidad y confianza. Entre todas sus invenciones la más decisiva será la del arte totémico-chamánico. Emerge la esfera ontológico-epistémica de la mentalidad mitomórfica, la cual anda a horcajadas entre lo numinocrático y el venidero mundo mitocrático que prepara.

Entonces esto hace que el arte rupestre no sea en realidad arte sino un complejo de pensamiento unitario de magia, arte, religión y filosofía, en donde no estaban ausentes sino muy presentes, los estados alterados de conciencia. La pintura rupestre es filosofía mitomórfica, de invocación y manipulación de fuerzas invisibles, mediante representaciones naturalistas y simbólicas y prácticas mágico-religiosas, para propiciar la recuperación del sentido de la vida y la unidad perdida con el mundo.

Mientras en la filosofía numinocrática la inmanencia vive junto con la trascendencia, el mundo mismo es percibido como sagrado y mágico, no hay necesidad de acto externo para participar de la presencia del ser, en cambio en la filosofía mitomórfica la inmanencia se separa de la trascendencia, el mundo luce desgajado entre lo profano y lo sagrado, y se hace necesario un acto externo (magia) para participar del ser mediante evocación y manipulación. El filósofo del paleolítico se vuelve en mago y chamán.

El sistema de la razón del nuevo hombre del paleolítico se hace más simbólico y sígnico, la mayor agudeza de sus sentidos perceptual, intuitivo, emocional, estético, ético y religioso lo lleva hacia un mundo más complejo. Su aparente naturalismo no habla de un ser naturalista, más naturalistas eran el Homo habilis y el Homo erectus, sino que hablan de un ser más espiritual y simbólico, que celebra su mayor señorío sobre la naturaleza. El sentido ontológico de la razón nos lleva al reconocimiento del carácter existencial de la filosofía y éste hacia la identificación en el hombre moderno del paleolítico de un sistema de razón que busca responder a cuestiones existenciales de carácter espiritual.

Su respuesta praxiológica (la magia del paleolítico superior) es una forma de sabiduría donde se trata de obligar a la sobrenatural fuerza vital de los seres naturales a obedecer para subsanar la ruptura entre lo ontológico y lo histórico. Su propensión por los cultos totémicos es un claro indicio de que no hay nada parecido a un monoteísmo ni un proto-monoteísmo, sino que es el esfuerzo del último hombre de la Edad de Piedra para alcanzar un equilibrio interno a través de una religión de integración.

Así en los ritos funerarios y en el canibalismo con los cadáveres se busca que el difunto permanezca en la familia, que continúe entre los vivos, que venza a la muerte. Sus expandidas facultades del alma expresarían sus ideas metafísicas mediante la danza y el canto, acompañar el alma del muerto en el viaje al más allá. La creencia en lo sobrenatural y en el alma individual no lleva de inmediato a la creencia en un alma universal ni en un dios único.

El último cazador del paleolítico es el principio en la creencia del alma y en seres sobrenaturales. Un largo camino durante 2,5 millones de años, de pre-animismo y animismo lo precedió y preparó para sus nuevos postulados espirituales. La visión primitiva de la vida no pudo ser la misma en el Homo habilis, el Homo erectus, en el Neandertal y en el nuevo hombre del paleolítico. Ni la coerción del mundo fue la misma. Por ello, su idea del bien  del mal, la vida y la muerte, su libertad de pensamiento, hicieron que su ideal de hombre fuera distinto durante el paleolítico inferior, medio y superior.

El culto mistérico que inauguran en cavernas de difícil acceso indica que la fecundidad y la alimentación no eran los únicos problemas existenciales del paleolítico hombre moderno. Su preocupación se extiende y profundiza constantemente hacia el misterio de la vida y el enigma de la muerte. Es cada vez más consciente de su finitud, lo que impulsa a la aparición de hombres especializados en ritos funerarios.

Estos hombres ya están en condiciones de elaborar la primera visión cultual-ritual mediante un drama de la creación, todavía sin religión, ni dioses pero con seres sobrenaturales. Y en ello se ve la triple función de la magia totémica: establecer una continuidad entre la vida y la muerte, actuar sobre fuerzas sobrenaturales, y subsanar la ruptura entre lo ontológico y lo histórico.

Las culturas paleolíticas superiores no buscaban trascender en el más allá, sino atar el más allá en el más acá. Experimentaban que se les escapaba de la vida inmanente algo que se les aparecía como vida sobrenatural. Estaban viviendo la tensión entre lo profano y sagrado en su grado máximo, que llevaría hacia la ruptura entre lo inmanente y lo trascendente.

De modo similar, las venus paleolíticas no son simples ídolos ni amuletos de la fecundidad, sino que representan la virtud mágica de la procreación. Menos aun representan un primigenio culto a la mujer[4], ni una precoz igualdad de género. Tampoco la finalidad era erótica. Nada de esto. El estilo de las Venus no es realista ni naturalista como algunos piensan, sino exagerado, impúdico y ostentoso. No hay manos, brazos ni rostros. En cambio se enfatizan las caderas anchas, las nalgas voluminosas, el vientre generoso y los senos caídos, cuando no el cabello. Aquí la divinidad no es la mujer sino la fuerza de la fecundidad y el misterio de la procreación. No es que todas las mujeres del periodo presentaran esteatopigia o acumulación de grasa en determinadas regiones del cuerpo, pero tal énfasis era asociado a la abundancia. Otra vez constituye una alegoría a la vida.

Se trata entonces de recibir un poder superior mediante estas representaciones. Esta magia propiciatoria del paleolítico superior dura 30 mil años y no se volvió a repetir. Como sugiere la investigación etnográfica su libertad de creación estuvo asistida por la considerable abundancia de la que gozó el hombre durante el Paleolítico Superior. Nuestro activo depredador no necesitaba inclinarse a hacer súplicas para escapar de una inexistente hambruna. Ningún cadáver suyo habla de inanición o falta de alimento.

Hay evidencias de enfermedades neurológicas, como la neurofibromatosis, pero no de hambruna. Por lo cual, es sensato pensar que sus ajuares funerario como la creación de santuarios estuvo motivada porque es una criatura metafísica, asediado por preguntas que atañen al sentido último de las cosas. Esto es, incluso detrás del fenómeno religioso está el fenómeno filosófico, lo mágico-totémico se deriva de esta condición humana de filosofar por necesidad existencial.

El homo sapiens sapiens es la especie homínida que consumará un acelerado desarrollo mental y espiritual. Dará el salto a la manipulación acabada de las fuerzas de la naturaleza con el chamanismo –precursora de la ciencia-, organizará la intuición de lo trascendente mediante el Mito –anunciadora de la Revelación- y arribará al dominio del concepto lógico –que sin la fe no alza vuelo hacia la trascendencia-.

Pero el precio que paga por ello es demasiado alto. Ha perdido la unidad con el Todo de lo viviente de sus ancestros extintos, a costa de un extraordinario desarrollo de su razón natural. Pero este derrotero ya es parte de la filosofía histórica y no de la razón prehistórica. Lo que el nuevo hombre del Paleolítico deja sentado es que con él se ha iniciado un nuevo rumbo de la razón. El principio antrópico será llevado a niveles insospechados. Y la restauración de la unidad perdida con lo sagrado conocerá otros caminos –los de la mística y la revelación-.

Pero las bases de todo ese nuevo sendero fue recorrido por los ancestros del hombre moderno. La filosofía numinocrática se consumó en las fases del paleolítico, pero será el hombre redimido el que conocerá una forma superior de unidad con lo sagrado.

 Finalmente, al concebir la filosofía como una forma de vivir en busca de sentido antes que como una forma de conocer, entonces deviene en una necesidad existencial de la razón que condiciona su universalidad. Y es asi porque el problema raigal de la razón no es lógico sino ontológico. Pero dicha universalidad no hace filósofos a todos los seres racionales. Por el contrario, siempre hubo aquellos inclinados a buscar el sentido de las cosas. O sea desde el principio se deslindó la “actitud” y la “aptitud” filosófica. Todos los seres racionales tienen la “actitud” filosófica pero no todos desarrollan la “aptitud” correspondiente.

Por ello, la primigenia aptitud filosófica no debe ser tomada por “cosmovisión”. La cosmovisión es el impacto psicológico-emotivo del mundo que no reclama valor objetivo. Es una guía pragmática para el vivir. En cambio la filosofía esencialmente es búsqueda del sentido esencial para el vivir y con aspiración totalizadora. Lo cual es inherente a la razón humana. Por ello, afirmar que la filosofía que no es crítica no es filosofía sino cosmovisión, no comprende que la crítica –como decía Kant- es un deber de la “edad moderna”, pero no de todas las edades de la razón.



[1] Véase: Lumbreras, L.G. Chavín de Huántar. El nacimiento de la civilización andina, Lima (1989), Silva O., Prehistoria de América, Santiago de Chile (1977), Sanders, W. T. y Marino, J., Prehistoria del Nuevo Mundo (1973), Ruth Shady, La civilización de Caral-Supe: 5000 años de identidad cultural en el Perú (2005).
[2] Véanse mis obras: El Filosofía mitocrática y mitocratología (2010), y Filosofía mitomórfica del chamanismo (2017).

[3] Véase: Historia Universal. La Prehistoria I. Instituto Gallach, Barcelona, 2005. Historia Universal del Arte, tomo 1, Arte Paleolítico, Barcelona 1994. Martínez-Casanueva Viquiera, Juan A. El Paleolítico: el arte como magia. Madrid, El Escorial, 1971. Herbert Kuhn, El arte rupestre en Europa, Barcelona, Seix Barral, 1957.

[4] Marija Gimbutas en su obra El Dioses y diosas de la Vieja Europa habla de diosas del paleolítico e igualdad de género, cuando lo más probable es que nunca ocurriera tal cosa en el paleolítico aunque sí en el neolítico.