domingo, 17 de diciembre de 2017

BICENTENARIO NOS INCREPA

BICENTENARIO NOS INCREPA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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I
Peor que la incapacidad moral de un presidente vacado en una crisis política sin precedentes, es la incapacidad mental de los intelectuales que guardan silencio sepulcral y van vergonzosamente a la retaguardia de la demagogia de los políticos.

Filósofos, sociólogos, historiadores y hombres de cultura en general de todas las edades, son los llamados a alzar su voz desde la profundidad de su conciencia para echar luz en medio de las oscuras horas que abigarran la vida política nacional.

Y es que la presente orfandad de pensamiento se corresponde con la obliteración del juicio crítico comandado por los medio masivos de comunicación social –o medio masivos de estupidización social, como solía enfatizar Erich Fromm-.

 Las redes sociales están devorando el criterio individual para sofocarlo bajo el opresor predominio del criterio social. El criterio social casi siempre es ideológico y como tal de capilla, sectario y dogmático. El hombre masa depone su razonamiento y análisis particular y se suma a la suscripción de los slogans que los clanes organizados de la prensa privada y estatal dictan al colectivo social.

No de otra forma puede explicarse la marcha de los colectivos sociales generalmente integrados por jóvenes filo-izquierdistas en rechazo de la vacancia presidencial. O sea, el sector político que debería estar en contra de todo tipo de corrupción dando el triste espectáculo de defender a un corrupto.

Y es que en el caso de la izquierda peruana llamada caviar, algunos de sus líderes han sido implicados en casos de corrupción en su gestión municipal. Ahora se entiende la manipulación de masas en contra de la vacancia. El pretexto que se argumenta es irrisorio, remoto y especulativo, a saber, el copamiento del Estado por las huestes del fujimorismo. Y el otro argumento es que no se puede aceptar la desinfección nacional del partido implicado supuestamente en la corrupción.

El caso es que en toda esta bataola política los intelectuales lucen desconcertados, mudos y sin orientación. Han dejado de ser la brújula de un pensamiento claro, sereno y desapasionado, para dejarse arrastrar por las pasiones caprichosas del momento. Otros muy ocupados en sus menudas preocupaciones dejan pasar indiferentres los acontecimientos decisivos sin comprometer su lucrativa carrera académica o expectivas políticas en la universidad.

En una palabra, cuando la intelectualidad ha extraviado la pasión por el ideal y en su lugar se instala la obsesión por el interés, entonces lo que tenemos es una pequeña legión de arribistas que emplean las ideas de modo oportunista y sin heroísmo.

Ahora se entiende por qué guardan un silencio sepulcral y van vergonzosamente a la retaguardia de la demagogia de los políticos. El intelectual no puede ir detrás del político porque sencillamente su objetivo es la Verdad sin cortapisas y no el Interés medianero. Lo peor no es que las lumbreras vean pasar el mal por su delante, sino que no denuncien al mismo con valor y desinterés.

Al Perú le falta pasión por el ideal. Eso es lo que carcome el alma nacional. Nos sobra talento, emprendorismo e iniciativa, pero tenemos un déficit de amor por lo eterno, lo inmarcesible y lo perenne. Y el ideal es justamente eso: lo que no perece. Quizá a ello se asocie la excesiva importancia devota por la comida, la bebida y la diversión. O sea, lo perecedero. Hay que revertir hacia arriba nuestras energías espirituales, porque lucen demasiado desvaídas, achatadas, ventrales y sanchopancescas.

II
La crisis política llega al Perú ad portas de su Bicentenario para que reflexione sobre su destino y forma de gobierno (oligarquía, monarquía, democracia). En la Independencia y primeros decenios de la República los liberales se impusieron a los monárquicos. ¿No se habrán equivocado? ¿Es posible una teocracia andina? ¿Dónde están los intelectuales que deben dejar escuchar su voz?

Efectivamente. No sólo vivimos una honda crisis política desencadenada por el caso de corrupción más grande los últimos tiempos, sino que nuevamente lo andino vuelve a ser subsumido, soterrado y marginado y en todos los acontecimientos por una visión criolla y occidental de las cosas.

Se impone una reflexión profunda sobre la independencia del Perú. Fueron hechos fortuitos los que nos hicieron seguir un camino republicano y liberal. Esto es, la independencia pudo haber tenido una expresión monárquica no occidental sino andina. Ese era el antiguo ideal de Túpac Amaru II. La historia contrafáctica no es un mero entreteniento y ejercicio especulativo con la historia, es la revisión de las posibilidades latentes en los gérmenes intrahistóricos del alma nacional.

Por ello, tiene sentido interrogarnos si el modelo liberal y republicano de la independencia del Perú esté agotado. Si es así no tendría sentido bregar por una segunda república lastrado por las anclas de un mesticismo o un hispanismo que no comprende la profundidad andina del país.

Hay que pensar la raíz y el corazón andino de la Patria. Esto no es ninguna apología al paganismo del pasado. Ni el Inca Garcilaso, ni Guamán Poma de Ayala, ni Juan Santacruz Pachacuti pretendieron tal cosa descabellada. Lo que se trata no es de congelar la historia, sino de iluminar el corazón andino del Perú a la luz de los acontecimientos actuales. Lo andino no es algo racial, étnico, ni de clase, sino que es algo espiritual, cultural y un pathos transhistórico que nos exige afrontar y asumir. El no hacerlo nos alienó en la imitación anatópica y simiesca de lo occidental. Somos occidentales pero con una poderosa raíz andina propia. Y reencontrarla es reencontrar el destino del Perú.

III
Si la democracia no es capaz de autocorregirse, el desencanto del ideal democrático puede llevar hacia "autocracias elegidas" (países bolivarianos), la anomia generalizada (caso EEUU y Europa) o hacia un estado fallido (tipo México). ¿Dónde está la intelectualidad peruana que a retaguardia de los políticos guarda silencio sepulcral?

No obstante, el modelo democrático es el que sigue nuestra patria. Y hay que meditar sobre sus posibilidades y destino. El mismo que ha venido de tumbo en tumbo dando muestras de fragilidad proverbial. Lo más sintomático es que la continuidad democrática por cinco periodos presidenciales ha coincidido con dos cosas: el modelo neoliberal impuesto por los centros de poder mundial al resto del globo y la concentración de la riqueza en pocas manos –según cifras de la misma ONU-.

En otras palabras, en el Perú la estabilización democrática ha servido de tapadera conveniente al crecimiento de la desigualdad económico-social y al crecimiento de la corrupción. Es decir, la democracia tuvo a sus grandes beneficiados en la plutocracia mundial y nacional. He ahí el meollo del asunto. La corrupción crece cuando la democracia es puesta al servicio de una élite enquistada en la economía y la política a espaldas del interés nacional.

La alternativa aparentemente fácil sería poner la democracia al servicio de los que verdaderamente fue creada, a saber, el pueblo. Pero al parecer esto solamente ha sucedido hasta ahora sólo en los países escandinavos. En el resto prima la desigualdad al servicio de las élites.

Estas indicaciones nos inducen a pensar sobre el origen de la política y del poder. Según los teóricos del paleolítico (Paul Clastres, Robert Carneiro, Morris Berman) en aquellas eras prehistóricas hubo política y poder pero no de carácter vertical sino horizontal. Lo vertical de la política y del poder viene desde el neolítico y se acentúa hasta nuestros días. Resolver lo vertical y antidemocrático del poder, la política y el estado equivaldría dar solución a los problemas de sobrepoblación, sedentarismo, alimentos, energía, etc.

Como vemos, la democracia implica la resolución de un conjunto de problemas entrelazados que quizá la civilización tecnológica actual deja entrever como utopía venidera. Y sin embargo vivimos bajo el ideal de la utopía democrática. Sartori en su etapa optimista señalaba la capacidad de autocorregibilidad de la democracia, pero en su etapa pesimista subrayó que los medios de comunicación han diluído el ideal democrático. Y el clásico Tocqueville denunciaba que el mayor peligro de la democracia consistía en degenerar en oclocracia.

Pues bien, tanto el fenómeno de disolución como el de oclocracia imperan en las democracias occidentales y hacen perder la fe en ella. El ideal democrático está muriendo por su maltrato por la plutocracia mundial. La misma que llevada por su avaricia y codicia ingénita está dispuesta a echar mano de cualquier modelo político que no interfiera en sus intereses.

Aquí late la fuente más poderosa de la corrupción en el mundo. Una era entregada al materialismo, el hedonismo, relativismo y nihilismo no tiene cómo proteger el ideal democrático de los embates secularistas que la destruyen. La secularista e inmanentista cultura moderna animó sus proyectos políticos (capitalismo, socialdemocracia, comunismo) desde la ética del bien aristotélica y la ética del deber de Kant, pero ambas terminaron en su fracaso rotundo. De manera que no basta enlazar lo político con lo moral si ésta no va unida a un giro metafísico profundo y antimoderno que rescate los valores eternos y absolutos. Política, moral y metafísica sólo pueden ir de la mano dentro de una filosofía espiritualista, teísta, metafísica del ser y de la persona.

En una palabra, no seamos miopes. La corrupción que salta de las heridas republicanas en vísperas de nuestro Bicentenario no es más que la punta del iceberg de un problema más profundo e integral que afecta a la modernidad misma. Y he aquí que su resolución reclama el concurso de los intelectuales sin bozales ideológicos.


17 de diciembre 2017

martes, 12 de diciembre de 2017

FILOSOFIA COMO EXPERIENCIA EXISTENCIAL

FILOSOFIA COMO EXPERIENCIA EXISTENCIAL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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I
La Universidad Nacional del Santa-Ancash, desde la tierra milenaria que vio nacer las sorprendentes culturas de Sechín y Chavín, nos ha lanzado el guante retador para que en el presente V Congreso Regional de Filosofía del Norte del Perú, la filosofía explique desde mi punto de vista un problema bastante serio. A saber, por qué la filosofía se  muestra enajenada con la vida, si es que lo está, por cuánto tiempo seguirá así y en todo caso si hay remedio ante tal situación angustiosa.

El hombre de la cultura pragmática actual por excelencia, percibe que la filosofía es un estorbo para vivir esta vida posmoderna sin grandes ideales, pero por otra parte experimenta en su condición humana que no se puede vivir sin filosofía. Nos emplaza para dar respuesta a la grave cuestión de si debemos dejar morir lentamente a la filosofía o si debemos justificar su existencia como experiencia existencial.

En el transcurso del Congreso y por la calidad de los filósofos invitados, no es difícil entrever que se darán tres clases de respuestas: la “conformacional” del filósofo trujillano Víctor Baltodano, la “perennialista” del filósofo chiclayano Francisco Reluz y la mía, de índole “mitocrática”.

Por mi parte, veo necesario reflexionar sobre cuatro aspectos previos: 1. ¿Qué es Filosofía?, 2. ¿Qué es Experiencia?, y 3. ¿Qué es Existencia? De este modo se tendrá el horizonte conceptual para respondar la interrogante: ¿Qué es Filosofía como experiencia existencial?

II
Entonces, qué es filosofía. Más de una vez se ha levantado la acusación contra la filosofía que ésta se ha tornado alambicada, ultracadémica y alejada de los problemas reales de la vida. Ante lo cual hay que decir dos cosas. Primero, que es cierto que la filosofía se alejó de la vida misma. Y segundo, que no es cierto que la filosofía ya no está en la vida.

Estas afirmaciones aparentemente contradictorias, como la vida misma, son fáciles de entender cuando advertimos que la filosofía como disciplina requiere de un arduo y prolongado trabajo de asimilación de la tradición, replanteamiento de problemas y búsquedas de respuestas con espíritu crítico. Esto es, que la filosofía como “actitud” exige una preparación especial que muchas veces termina extraviándose de la vida misma. Esto lo advertimos con claridad en la filosofía analítica y del lenguaje, la cual concluye reduciendo los problemas del mundo a cuestiones semánticas y de sentido linguistico, cuando no a meras creencias.

Más, existe también la filosofía como “aptitud”. La cual nunca estará ausente de la vida porque es parte de la condición humana. Todos los seres humanos se hacen preguntas filosóficas en alguna etapa de su vida, lo cual no los hace filósofos pero revela la presencia de la actitud filosófica en el hombre. Sócrates cuando búscaba la sabiduría en las calles y plazas de Atenas no sólo daba testimonio que la filosofía nació en las calles y en la vida, sino que mediante la mayéutica demostró que la filosofía como aptitud siempre está presente en la vida del hombre.

Pero aquí no es nuestra intención presentar la tesis que la filosofía como “actitud” nunca morirá porque pertenece a la condición humana –lo cual es cierto-, mientras que como aptitud está destinada a fenecer en la presente civilización materialista y pragmática –lo cual es pesimista-.

Lo que advierto es más bien una realidad más compleja que atañe a la esencia de la filosofía. Cuando Sócrates se deja llevar por el impulso a la verdad dentro de un no saber que sabe, cuando Buda recibe la iluminación bajo el árbol Bodhi para enseñar la liberación del dolor y el desapego, cuando Confucio se propone salvar a la humanidad mejorando al hombre y su comunidad, cuando Jesús vence la tentacion en el desierto y trasmite una vida penetrada de divinidad. Cuando vemos a todos estos grandes espíritus de huella inmarcesible en la historia, nos damos cuenta de varias cosas: 1. El núcleo de la filosofía no es racional, sino metafisico-existencial, 2. El impulso por la verdad no es primordialmente pensar sino ser, 3. No se enseña sólo un camino de conocimiento sino un camino de vivir y de salvación, 4. En su origen se da la unión entre filosofía y teología, 5. Se puede inhibir ante las cuestiones últimas del mundo pero no ante el Amor al prójimo, y 6. No rehúye la contradicción lógica y escapa a la interpretación racional, poque en última instancia la filosofía nunca será una forma de saber, sino que es primordialmente una forma de ser.

Por todas estas notas, sostengo que la filosofía tiene que ver con la condición humana o su existencia en sus dos modalidades (aptitud y actitud) en todas las etapas de su historia (prehistoria, protohistoria e historia). En otras palabras, la filosofía acompaña al hombre desde sus inicios paleolíticos (filosofía mitomórfica), neolíticos (filosofía mitocrática) y edad de los metales hasta el presente (filosofía logocrática). No entraré en detalles en cada uno de ellos, porque no viene a cuento en este momento. Pero sí dejaré apuntado que la filosofía resulta ser polimórfica y descentrada respecto a la razón. En una palabra, la filosofía tiene que ver con la existencia ante que con el pensar.

III
Abordemos ahora el segundo aspecto: la definición de la “experiencia filosófica”. Cuando la esclava de Tales de Mileto se burlaba de él, porque siendo tan sabio en cosas lejanas se cayó en un pozo ante sus pies, da la impresión del alejamiento de la filosofía en cosas de este mundo. Pero aqui hay que advertir algo fundamental que tiene que ver con la experiencia filosófica.

Platón a esta experiencia la llamó episteme o conocimiento universal para diferenciarla de la doxa o conocimiento particular. Y relacionó la episteme con las Ideas o esencias que moran fuera de este mundo o en el topos uranus. Aristóteles lejos de negar las esencias las radicó en las cosas mismas. Con ello se separa de Platón aunque su eidético y teleológico Motor inmóvil sea puro platonismo.

En otras palabras, la experiencia filosófica en la Antiguedad y Edad Media significó aprehensión directa de lo inteligible, necesario, universal, inmutable y absoluto. Y en este sentido la filosofía se mostró como lo más apartado de esta vida empírica, pero no de la vida misma o verdad universal. Aunque aquí hay que precisar que con el cristianismo irrumpe la metafísica de la persona, el creatum ex nihilo y el Dios providente y encarnado que acaba con la separación de lo trascendente con lo inmanente. El agón griego es de ascensión y esfuerzo hacia lo Uno, en cambio el agón cristiano es de una deidad que viene al hombre. Pero esta nítida distinción entre lo empírico y lo inteligible es lo que caracteriza a la experiencia filosófica en la tradición greco-cristiana y en las corrientes espiritualistas de la modernidad.

Pero la modernidad en sí misma representa la negación de esta experiencia filosófica primordial. Hija del nominalismo medieval de Duns Scoto y Occam, encarna la gran ruptura con la metafísica esencialista tradicional. Al convertir lo fáctico en lo único válido y negar las verdades inmutables, eternas y trascendentes, fecundará todo tipo de ismos filosóficos del hombre sin verdad, sin fe ni razón.

En este contexto a la razón sustancial la reemplaza la razón funcional, instrumental, científico-tecnológica. La metafísica de la empiria moderna es en el fondo una sublevación y negación de todos los valores trascendentes. Como enfatizaba Max Scheler, la modernidad es la expresión de un resentimiento metafísico contra el mundo trascendente. Y, en consecuencia, la filosofía será reducida a un apéndice de la ciencia, la lógica o la gramática. El logos metafísico será desplazado por el logos técnico. La filosofía como saber de cosas verdaderas pierde su importancia porque se da por abolida la verdad. El relativismo, hedonismo y nihilismo campea, y en esa atmósfera la filosofía está condenada a desaparecer.

De modo que la experiencia filosófica de aprehensión directa de lo inteligible suprasensible en el Ser (filosofía natural), en el Saber (Verdad) y en el Amar (ética), devino en experiencia empírica de lo que el hombre decreta con su pensamiento y voluntad. En el Regnum hominis de la modernidad la filosofía sufre su más violenta degradación interna y externa. Se sustituye el ser por el evento, la verdad por la creencia y el bien por el consenso. Y así, el filósofo aparecerá ante un Lyotard como un simple narrador de cuentos. Ante la extinción del conocimiento y de la verdad la filosofía tenía que sufrir la ruptura de su existencia.

Si dentro del espiritualismo filosófico la filosofía se revela como una experiencia metafísica donde el hombre se inserta en la experiencia metafísica realista de la primacía del Ser sobre el conocer, en el nominalismo de las filosofías contemporáneas prima la subjetividad monádica sobre la realidad que se esfuma en puro concepto. De ahí que la acusación de Heidegger sobre que la metafísica griega desde Sócrates es el olvido del Ser, sea completamente errónea. Al contrario, la metafísica tradicional buscó el ser en sí (einai) más allá de toda esencia y no termina en un puro concepto trascendente. Eso por un lado, y por otro, fue la filosofía moderna la que con su metafísica de la empiria consagró el olvido del ser por el pensar.

En una palabra, la experiencia filosófica ha devenido en artificio de conceptos porque la propia existencia humana se ha empobrecido dentro del contexto nominalista de la cultura moderna. Hasta el propio concepto y experiencia de lo trascendente ha sufrido una secularización idolátrica. De este modo la experiencia filosófica se ha degradado por el efecto del predominio de la razón funcional –verdadero núcleo de la revolución científico-técnica- sobre la razón sustancial.

IV
Finalmente veamos el tercer término: Existencia. La Existencia es aquella realidad que guarda una relación especial con la sustancia, la esencia y la existencia. Por ello, se trata de una realidad inconfundible y que se diferencia de los demás entes reales. Es la única que se hace cuestión de sí misma. De ahí que resulte insuficiente tanto la definición de Aristóteles en el sentido de todo aquello que “subsiste”, como de los matemáticos que hablan de los números como un “modo de ser” o existir, donde se confunde el ser real con el ser ideal o con el ser irreal. La categoria de “existencia” –como fue enfatizada por la dirección existencialista- atañe a un tipo especial de ser real que atañe al hombre, y cuya característica esencial es la posibilidad, libertad y proyectividad.

Ahora bien, si la existencia es una categoria metafísica que tiene que ver con la realidad humana, nos preguntamos ¿Qué tiene que haber sucedido para que la “experiencia existencial” de la filosofía pierda sentido, significado, importancia y esté colapsando?

Por un lado, la filosofía se ha burocratizado, se ha desconectado de la vida. Los filósofos se han tornado en homus academicus que administran el saber de una sociedad alienada. En este sentido, han perdido contacto con la verdad, con el ser, con la realidad. De manera que devenidos en funcionarios de un sistema universitario mercantilizado no son capaces de romper el círculo vicioso de la vida alienada. No es que la universidad haya enajenado a la filosofía, es que la vida enajenada del regmun hominis de la modernidad enajenó a la filosofía y a la universidad. La universidad es una entidad nacida en el corazón del siglo XIII, en el pináculo de la síntesis tomista. La decadencia se inició después, cuando la civilización occidental fue perdiendo su pathos espiritual. Incluso hombres como Spinoza, Hume, Leibniz, entre otros no fueron profesores universitarios.

Todo indica que la secularización campeante y la cultura de la inmanencia de la civilización moderna fue la que empobreció la experiencia filosófica existencial. Signo evidente de esta decadencia es la nula existencia en la práctica de la libertad de cátedra en la universidad. Recuperar la experiencia filosófica existencial significa defender al hombre integral ante el hombre parcial por medio de una metafísica realista, espiritualista y de la persona.  Pero revertir la esencia nominalista de la modernidad implica desmontar la autodivinización humana y la susodicha autonomía de la razón. Se trata de desarrollar el ordo amoris para salvar el descarriamiento del ordo rationis, responsable de extraviar la experiencia existencial de la filosofía. Y para los latinoamericanos efectuar la experiencia de dicho rescate es hallar la universalidad de la filosofía desde nuestra propia particularidad.


V
Finalmente agradezco emocionado la medalla rectoral que se me concede por mi trayectoria filosófica. Muchas gracias.


Chimbote 5 de diciembre 2017

domingo, 19 de noviembre de 2017

ENIGMÁTICA ESTUPIDEZ

ENIGMATICA ESTUPIDEZ
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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La presente Crítica de la razón estúpida parte de la existencia irrefutable de la estupidez, considerándola como un hecho, tampoco la estupidez es puesta aquí en cuestión, su presencia cómica y corrosiva a lo largo de la historia es de carácter indiscutible. Ambas cosas son abordadas en la parte Analítica y en la Dialéctica del libro. La clave de la bóveda del sistema de la estupidez es el absurdo de contener lo infinito en lo finito. Es esta quizá la principal conclusión del análisis metafísico del problema. En efecto, sólo este absurdo puede realizar la síntesis de una voluntad que se dicta sin límite su propia libertad.

No se trata solamente de una potencia de elección espontánea sino de una elección sin límite que da risa o resulta ridícula. Y la hermenéutica de lo estúpido ha incidido reiteradamente en ello. Se trata de la contradicción inmersa en la misma idea de la libertad y que la modernidad la lleva al límite con el concepto de autonomía de la razón y la voluntad. Como una libertad semejante no es posible porque somos seres finitos, incurre en lo ridículo o cómico. Por la visión teológica de la historia se deduce que la estupidez se funda en la praxis pecadora del hombre. A partir de ahí cabalga oronda y lironda en el tiempo humano lógico y cósmico. De ahí le necesidad de un análisis lógico de su estructura, si es que la tiene.

En la parte Dialéctica se indaga sobre el mobile de lo estúpido en la historia. Resta la cuestión del mobile estúpido, que no puede ser sensible –al comprometer su autonomía- ni puramente inteligible –su voluntad reside en una naturaleza sensible- ni en un sentimiento ni pensamiento a priori trascendental –que lo hace depender de un ordenador subjetivo-, sino a un a priori que no se limita a lo trascendental y que es capaz de trascender la experiencia posible. Efectivamente, lo estúpido tanto en su vertiente cómica como absurda consiste en la historia en ir más allá de lo posible y coherente, para afirmar lo irrisorio, lo inesperado y lo imposible.

Por ello, el problema verdaderamente crítico de lo estúpido no es el de la experiencia posible, sino el de la crítica de la experiencia absurda. Lo estúpido al sustituir lo posible por lo imposible no deriva en utopía ni ucronía, porque su reducción de lo infinito a lo finito no busca incrementar el conocimiento sino recrear absurdamente la vanidad humana. Vanidad que es llevada a su límite en la secularización de la modernidad. La estupidez desemboca pues en la comedia de la historia humana desde el pecado original hasta el Juicio Final, porque ésta es requerida para fundamentar su existencia. Y en este contexto se presenta la intensa lucha de la Iglesia contra la estupidez en su propio seno.

Al empezar esta obra tenía muchas ideas sobre la estupidez humana pero al concluirlo sólo de una cosa puedo estar seguro: el enfoque inmanentista es insuficiente haciendo necesario la perspectiva trascendentalista. A la estupidez se le ha supuesto causas psicológicas, sociológicas, históricas y hasta genéticas. Todas de índole inmanente, pero se descuidó observar su lado trascendente. Y esto es lo único que encuentro de seguro en la presente obra. Por ello en el ensayo se explora sus dimensiones metafísicas, epistémicas, lógicas e históricas.

Para la siempre vanidosa razón humana del racionalismo e Iluminismo hablar de la “razón de la estupidez” o de la “razón estúpida” puede parecer algo insostenible, arbitrario y contradictorio. Pero bien visto no lo es. Es más, es algo necesario y profiláctico para la propia razón. Voltaire oponía lo estúpido a la razón: “La estupidez es una enfermedad extraordinaria, no le afecta al que lo sufre sino a los demás”. Para el desconfiado empirismo y positivismo, con su proverbial seguridad en los hechos fácticos, resulta no menos ofensivo hablar de ello. Russell lo retrata cuando afirma: “El problema del mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”.

En general, para todas las corrientes de pensamiento adscritas al idealismo subjetivo, con su negación de la metafísica del ser y de la persona, la razón al menos permite tener creencias funcionales que resultan efectivas en la vida. Así vemos en la línea post-analítica de la filosofía lingüística, con Sellars, Quine, Goodman, Putnam, Dummett y Davidson, rechazar los sense data y sin el menor empaque afirmar que la realidad existe pero el lenguaje es incapaz de representarlo.

En suma, un antirepresentacionalismo agnóstico y ecléctico que enarbola la convicción racional que del mundo exterior solo podemos tener creencias más no un conocimiento objetivo. Todo este giro semántico que comienza con Frege es en realidad hijo legítimo del nominalismo y terminismo de la escolástica final. El resultado es que la razón ya no tiene conciencia de los datos sensoriales, la ontología del mundo se ha relativizado, encerrado en la semántica todo se virtualiza.   ¿Será   esto   una   expresión   más   de   la estupidez de la razón moderna? ¿O no es, más bien, el mismo esfuerzo necio de hacer caber lo infinito en lo finito?

Y es que tras las traumáticas experiencias de las dos guerras mundiales perdió su reputación la idea de progreso, el evolucionismo histórico y la inmaculada razón.  Se abrió camino la interpretación de la verdad como la comprensión de nuestras creencias. De modo, que el optimismo inmanentista levanta cabeza otra vez sobre la base del antirepresentacionalismo. Pues, para la razón cibernética -hija directa de la abolición del Regnum Dei, la instauración del Regnum hominis y encarnada en el novísimo posthumanismo del Regnum Cibernetes- resulta impensable hablar de la estupidez de la razón humana. No es estúpido, se dice, pensar en una racionalidad normativa con un mínimo de credibilidad racional. Por ende, la razón humana asistida por la razón cibernética no puede ser estúpida.

En una palabra, para el espíritu subjetivo del pensamiento moderno, que dirige la razón contra lo trascendente, el espíritu y la fe, la impoluta razón inmanentista moderna recobra desde trincheras postmodernas y semánticas, su prestigio de otrora y rechaza su relación con la estupidez humana. Ahora lo estúpido resulta afirmar que la razón representa las cosas del mundo externo.

El nihilismo lingüístico, semántico y antimetafísico viene a ser signo de la nueva sensatez. Ya no interesan lo que las cosas y el mundo sea en sí, lo que importa es el funcionamiento con las mismas. Es el triunfo de la objetivación, del ente sobre el ser. Y es curioso observar cómo a mayor imperio del reino de la objetividad científica decrece la sensibilidad humanística y se incrementa la estupidez de la razón. ¿Será que el triunfo del hombre artificial sobre el hombre natural –del que hablaron Simmel, Sombart, Troeltsch, Tönnies, Weber, Mannheim y Buber- señala el itinerario del ahondamiento de la estupidez humana? ¡Imposible! Decreta la voz orgullosa de la ciencia junto al relativista hombre moderno. Por mi parte, dudo.

Con la razón cibernética la interpretación moderna inmanente de la razón humana ha recobrado mucho de su fascinación. El control, la eficacia y el cálculo es la nueva panacea de la razón funcional sobre la razón substancial. Sin embargo, la estupidez es un pesado lastre que no desaparece y al contrario, aumenta. Borges afirmaba que el fútbol es popular porque la estupidez es popular. Del mismo modo, la razón funcional es popular porque es estúpida. Es más, a mayor adelanto tecnológico el hombre luce más estúpido. No es cierto que toda civilización sea sinónimo de decadencia espiritual y la cultura sinónimo de apogeo.

Sin incurrir en estas dicotomías sugestivas pero esquemáticas, no es difícil reconocer que cuando una civilización está insuflada de un pathos meramente materialista, como lo estuvo en 1914 y 1939, la razón misma en su estructura interna sufre una hegemonía de lo estúpido sobre lo sensato. Y en el presente nos hallamos en una coyuntura similar, pero más letal aun. Pues, la fuerza moral de la humanidad en vez de aumentar ha retrocedido mientras se incrementó nuestra fuerza destructiva. Y de lo que adolece el estúpido no es sólo de inteligencia sino de moral.

La verdad es que asombra ver cómo la humanidad es la única especie que marcha a cuestas con la ignorancia, la estupidez y la genialidad. Pero sorprende más no lo que ha hecho con estas tres cosas y hasta dónde ha llegado con ellas, sino que necesite de las tres para decidir su derrotero humano en la Tierra. Por ende, la pregunta es: ¿Por qué la razón humana no puede vivir sin hacer estupideces? He ahí el misterio. Por lo pronto, la interrogante hemos intentado desbrozarla estudiando su aspecto ontológico-metafísico, indagando su raíz más recóndita, analizando los esfuerzos hermenéuticos emprendidos y reparando en su desconcertante coherencia lógica.

Además, era necesaria su iluminación   como   fenómeno   histórico,   pues  hay Eras que parecen más estúpidas que otras, y momentos en la historia en que parece su presencia inevitable. Se examina su ominosa estampa en una de las instituciones espirituales más importantes del planeta, a saber, la Iglesia y se investiga las razones de su desarrollo en ésta. No menos importante es su vínculo con la secularización de la modernidad. Aspecto desatendido y que en buena cuenta explica su potenciación en el presente. Y para culminar la parte Analítica y la parte Dialéctica se ha prestado atención a la parte Metodológica. Encontrando su mejor ejemplo en la deificada lógica hegeliana. 

Como testimonio personal debo añadir que un escrito emprendido para matar las horas muertas, llenos de rincones jocosos y entretenidos, se fue tornando sumamente complejo y desconcertante. Todo ello hasta el punto de afirmar que concluyo la obra con menos seguridades con las que la emprendí. Efectivamente, antes creía saber lo que era la estupidez, ahora estoy menos seguro de todo y prefiero guardar silencio en muchas de sus hirsutas aristas. De algo sí termino convencido. A saber, que el problema de la estupidez humana es uno de los más serios  complicados que existen en la temática filosófica. Pero es también uno de los más dignos y profundos que pueden existir en la condición humana.


19 de noviembre 2017

martes, 31 de octubre de 2017

¿ERAS HISTÓRICAS ESTÚPIDAS?

¿ERAS HISTÓRICAS ESTÚPIDAS?
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Para poder afirmar la existencia de Eras estúpidas es preciso determinar varias cosas: (1) la inteligencia humana retrocede por momentos en la historia, (2) la inteligencia humana es al mismo tiempo inteligente y estúpida, (3) el avance de la inteligencia implica al mismo tiempo el de la estupidez. Primero se abordó la cuestión ontológico-metafísica de la Cuádruple raíz de la razón estúpida, luego la temática epistémica del Auge del estudio de la estupidez, a continuación se afrontó la Lógica de la estupidez. Ahora toca el turno al ámbito de la filosofía de la historia con la existencia de las Eras estúpidas.

Muy lejos de mi intención está inaugurar una visión estúpida de la historia universal. Más bien considero que todas las visiones la historia universal existentes (teológica, naturalista, racionalista y metafísica) no pueden librarse del ingrediente de la estupidez. Para la visión cristiana la historia es el drama de la salvación, para la visión naturalista la historia se rige por su propia ley, para la visión racionalista la historia no es una teodicea ni una física sino un descubrimiento de la propia razón y para la visión metafísica la historia es liberación del Espíritu. Pero aquí más bien se va hacer hincapié en que lo estúpido está presente de modo constante en cada visión de la historia y especialmente en su declinación.

La situación de la estupidez es tan compleja como el de la inteligencia y exige una visión de la historia en espiral. La figura geométrica de la espiral ayuda a visualizar una curva de ascenso, otra de estabilización y finalmente otra de descenso antes de emprender un nuevo ciclo. La curva de ascenso equivale a las épocas de heroísmo, la de estabilización a la época de conservatismo, y la de descenso a la época de decadencia. Al parecer Sodoma y Gomorra recibieron un castigo divino ejemplar sin posibilidad de nuevo ciclo de desarrollo. Al parecer este movimiento sinuoso del desarrollo histórico describe la vida de una era determinada del espíritu humano. Muestra primero una respiración vigorosa, luego estable hasta culminar en una letanía declinante. Los milenaristas gustan pensar que los ciclos históricos duran mil años. Y parecen haber razones que los asistan. Pero lejos determinaciones contables lo que nos interesa aquí es responder a la pregunta si realmente existen eras estúpidas.

Tucho Balado en su novela de humor serio Tesis doctoral de un extraterrestre. ¿Y si fuese cierto… que los humanos somos genéticamente imbéciles? (2013), concluye que la especia humana por sus enormes absurdidades y destructividad tiene todas las señas de ser una especie genéticamente estúpida.  Cuando se pierde la cabeza por una hermosa mujer se está a punto de darle la razón a Balado. Sin duda, hay componentes genéticos que inducen a la estupidez. Pero no todo proviene de los genes, lo cultural no puede ser obviado. Si el autor, que no tiene una intención seria sino jocosa, estuviese en lo cierto cómo podríamos explicar la soberanía del hombre en la Tierra y sus prodigiosas creaciones. Obviamente que se trata de una exageración sugerente aunque inexacta. Por consiguiente, para Balado la era de la estupidez empieza desde que aparece sobre la Tierra la especie humana. Esto es casi como dar la razón a las criaturas sin cerebro, como los equinodermos, y declarar que su felicidad consiste en no pensar.

De otro talante es la obra del filósofo español José Antonio Marina, La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez (2004). Postula que lo que nos vuelve estúpidos es mantener creencias falsas ante cualquier experiencia contraria. Y como ejemplo de la inteligencia fracasada pone a la estupidez política. No ha duda que los políticos y dictadores son un excelente ejemplo de estupidez humana pero ese pequeño universo no puede explicar todo la problemática de la estupidez. Además, la experiencia empírica tampoco puede convertirse en la medida para combatir a la estupidez. Eso es el crudo empirismo de Locke y Hume, donde la conciencia es una tabla rasa. Incluso, dice, la experiencia metaempírica en la lógica, matemática, semántica, metafísica y, hasta, en la propia ciencia es una prueba de ello. Cuando al contrario, la defensa a ultranza del método científico, llamado cientificismo, se ha convertido en la nueva estupidez de nuestro tiempo. Por tanto, la estupidez humana no se limita a las creencias falsas. La avaricia y el capricho, por ejemplo, son ejemplos de estupideces efectuadas conscientemente y con lucidez intelectual pero con oscuridad pasional. De modo que para Marina la era de la estupidez humana comienza cuando las creencias falsas se imponen contra la experiencia en todas   las  áreas  de  la  actividad  cotidiana.  Y  como dichas creencias asedian al hombre desde que es hombre resulta entonces que siempre la estupidez acompaña al hombre.

Otra es la perspectiva del historiador económico y pensador italiano Carlo Cipolla en su breve ensayo satírico Allegro ma non troppo (1988). Muestra un interesante gráfico del comportamiento humano, donde los Inteligentes son los que benefician a los demás y a sí mismos, los Incautos son los que benefician a los demás y se perjudican a sí mismos, los Estúpidos perjudican a los demás y a sí mismos, y los Malvados son los que perjudican a los demás  se benefician a sí mismos. Concluye que los malvados son preferibles a los estúpidos, puesto que la actividad de esos últimos no beneficia a nadie.

Sin necesidad de coincidir con su repugnante remate utilitarista, es evidente que Cipolla ha efectuado una descripción bastante exacta del comportamiento humano. No obstante, su racionalidad económica no puede ser la medida para juzgar comprender el fenómeno de la estupidez. Y no puede ser principalmente por dos motivos, a saber, porque existe una fuerte dosis de estupidez en el comportamiento malvado y porque no es del todo cierto que lo estúpido no sea en absoluto beneficioso. Lo improductivo y ocioso es desdeñable y estúpido desde el punto estrictamente económico, sin embargo, no lo es desde el punto de vista creativo.

También no todos los inteligentes se benefician a sí mismos ni hacen cosas buenas. Sócrates era inteligente y terminó condenado a muerte. Einstein siempre se arrepintió de la estupidez de haber contribuido a la existencia de la bomba atómica. Ni siempre el incauto beneficia a los demás. Los incautos ufólogos creen en cosas indemostrables sin beneficiar a los demás. Y el malvado obtiene muchos beneficios personales pero no deja de acicatearlo la conciencia de su propia necedad.

Además, el inteligente junto al incauto no deja de hacer estupideces. Por ende, la visión de Cipolla es sesgada, esquemática, economicista y utilitarista. Insuficiente para explicar el fenómeno de la estupidez humana. En suma, para Cipolla la era de la estupidez humana es eterna porque siempre habrá estúpidos junto a los incautos, inteligentes y malvados.

Por tanto, para una crítica de la razón estúpida es necesario emprender otro camino diferente al genético, empirista y economicista, para explicar la existencia de las eras estúpidas. En parte ese camino ya lo hemos emprendido desde el comienzo de esta obra. En una palabra el enfoque inmanentista resulta insuficiente y limitante.

En todas las eras de la historia está presente la estupidez pero no siempre del mismo modo y con la misma intensidad. Por eso que no hay inconveniente en admitir las posibilidades indicadas al principio del ensayo: (1) la inteligencia humana retrocede por momentos en la historia, (2) la inteligencia humana es al mismo tiempo inteligente y estúpida, (3) el avance de la inteligencia implica al mismo tiempo el de la estupidez. En (1) el retroceso es manifiesto en la curva decadente que atraviesa toda cultura. En (2) la tensión entre inteligencia y estupidez es constante. Y en (3) el avance de la inteligencia hace posible el mayor peligro que representa la estupidez.

Pero el avance la inteligencia puede representar al mismo tiempo la encarnación de una estupidez. Por ejemplo, como ya lo había observado O. Spengler, cuando se acentúa el avance civilizatorio de una cultura entonces el desarrollo técnico avasalla lo humanístico para determinar el ocaso de dicha cultura. Sin estar de acuerdo necesariamente con la visión organológica del pensador tudesco no es difícil advertir que el mismo fenómeno acontece en la fase tecnológica de la cultura moderna. Los medios avasallan a los fines, la tecnología es el nuevo ídolo predominante y el humanismo es relegado por el avance científico tecnológico.

La contrapartida es la desintegración de la familia, la desmalignización del mal y la malignización del bien, la tecnociencia y la manipulación genética que corporaliza la realidad humana, el cariz amenazante de la inteligencia artificial y el cibermundo, la desorbitada desigualdad social del orden global neoliberal donde el 1 por ciento de la población mundial concentra el 80 por ciento de la riquezas del planeta, el crecimiento del hombre anético, la desvalorización de la vida humana, la ciencia puesta al servicio de la fabricación de armas más mortíferas de destrucción masiva, el emprendimiento de guerras más crueles y destructivas que no pueden disimular la motivación económica de las avaras élites del planeta, la destrucción ecológica del antropocenio que encabeza la sexta extinción masiva, en suma, el entrecruzamiento de crisis secoriales (agua, energía, población, alimentos, cultura, moral, económica, policía, etc.) que señalan la acentuación de la curva de desintegración civilizatoria.

En una palabra, es notorio que la cultura moderna entra a una peligrosa fase de predominio de la estupidez sobre la sensatez inteligente, que por el enorme potencial destructivo acumulado puede resultar en una destrucción total de la humanidad. Asi vemos, cómo bajo la presidencia de Obama y de Trump los Estados Unidos de Norteamérica acentúan la demencial guerra fría contra las potencias nucleares de Rusia  China. ¡Como si la humanidad pudiera sobrevivir a una apocalíptica guerra termonuclear entre potencias que tienen armas nucleares capaces de destruir varias veces a países del tamaño de Francia! Es como si las élites del llamado Reich Bilderberg encabezara la estúpida idea de sobrevivir a una hecatombe nuclear.

En diversas oportunidades los medios de comunicación hicieron notar que las mismas tenían listos refugios antinucleares para sobrevivir con todas las comodidades durante un siglo y salir luego como los nuevos dueños del planeta. Suena no sólo descabellado y el colmo del egoísmo, sino sumamente estúpido pensar en la sensatez de dicho plan siniestro. Pero después de todo es la consecuencia natural del Regnum hominis instaurado desde la cultura moderna con su concepto unívoco del ser, el inmanentismo, el materialismo y el empirismo.

El hombre anético de la cultura global posmoderna se siente hoy más que nunca como un diosecillo terrenal capaz de decidir lo que es bueno y malo en cada circunstancia. Este relativismo que se deriva es de una estupidez tan monstruosa que en su nombre se cometen los atropellos más inverosímiles contra la humanidad. El hombre sin Dios es llevado hacia los recovecos más oscuros y peligrosos de la peligrosa estupidez. No hay duda que se trata de una estupidez de las elites, para quienes les resulta provechosa la estupidización generalizada del consumismo, la mentira mediática, la ciencia sin ética y la política sin principios. La secularización es su reino y el plutócrata mundial está sentado en el trono divino.

Cuando A. Toynbee analiza y estudia a la civilización helénica señala que su gran invención -el culto antropolátrico- fue también la causa de su destrucción en una encarnizada lucha fratricida. La revolución religiosa introducida por el cristianismo, islamismo y budismo solo mitigó por mil años el humanismo heleno. Lo cual lleva a pensar en los riesgos y peligros de dicho culto antropolátrico y en evaluar por qué actualmente está en profunda crisis la civilización cristiana tanto en Occidente como en Oriente. Y es que desde la modernidad en Occidente se instaló un profundo proceso de descristianización mediante el reino de la razón autónoma, la cual rechaza las verdades suprarracionales y restringe el horizonte de la verdad a lo empírico y fáctico.

El culto heleno del hombre volvió desde el Renacimiento y creció incontenible en un contexto secularizado e inmanente. Se agrandó la pústula pestilente de la idolatría del Estado, como cáncer que devora las energías espirituales, provocando incesantes y cada vez más terribles guerras. La estupidez humana creció y se volvió más mortífera. Las dos guerras mundiales, los fascismos, los totalitarismos, el Holocausto, los imperialismos, la banalidad del mal, el empleo de las bombas atómicas, el consumismo, la corrupción moral  política, son su dolorosa demostración. La idolatría del hombre llevó hacia la idolatría del estado, luego del dinero y, por último, a la idolatría de la máquina. El Regnum hominis, que agigantó la brecha entre lo inmanente y lo trascendente, se dirige hacia su estúpido colapso por agotamiento. Y de concretarse el cibermundo de la inteligencia artificial autónoma, como parece encaminarse, ésta le propinará el empujón final.

El marco histórico sin Dios y meramente humano facilitó el crecimiento de lo estúpido y consumó una era donde la tontería reina a sus anchas ni límites. Es innegable que ha habido estupideces en otras eras de la historia pero nunca fue la protagonista como lo es en la secularizada civilización moderna. La consumación mas depurada de la estupidización moderna es el nihilismo metafísico, gnoseológico y moral. El nihilismo es un subproducto del idealismo subjetivo de la modernidad. No solo representa la muerte de Dios y de la metafísica, sino también del hombre y el mundo. Todo queda disuelto en un difuso evento contingente donde la verdad sobra.

La modernidad empezó clausurando la trascendencia en el cosmos y en  la  razón  pero  el Cielo y el infierno se volvieron a abrir el alma. Pero lejos de abrirse una metafísica de la interioridad a lo San Agustín, se fue naufragando en la metafísica naturalista y el gnoseologismo positivista. Un alma vaciada de Dios no podía encontrar en ella más que desolación y el absurdo de reducir lo infinito a lo finito. Justamente esa es la esencia de lo razón estúpida. El idealismo moderno es subjetivo y es una desnaturalización del idealismo objetivo greco-cristiano. Con el empirismo la “esencia” se vuelve en “idea” o contenido de conciencia. Asi se culminaría en la negación nihilista de la verdad objetiva. Por eso la filosofía y cultura contemporánea se ha vuelto relativista, historicista y cientificista.

Tres grandes estupideces que gobiernan la era actual. Nuestra época se privó de la verdad y extravió el sentido del ser. Ahora se entiende mejor por qué es necesario comprender el fenómeno de la estupidez desde un punto de vista trascendentalista, como un camino para recuperar la sensatez recuperando el problema de Dios que es intrínseco a la estructura ontológica del hombre. Pues la trayectoria del pensamiento moderno demuestra que sin Dios no se piensa racionalmente y aumenta la hegemonía de la estupidez.

En la base del estúpido nihilismo imperante está el escepticismo subjetivo de Descartes y su duda metódica donde lo único seguro es el acto de pensar; el maquiavelismo, que es el rostro político del inmanentismo y que hay que diferenciarlo de Maquiavelo, que pone a la teoría moral como base de la teoría política; el panteísmo espinosista que identifica a Dios con la naturaleza, lo comprende como causa interna de todo lo que existe y lo proclama como único ser libre; el siervo arbitrio del protestantismo que fortalece la voluntad de poder del inmanentismo; el empirismo que vuelve a lo fáctico en lo único real; el criticismo kantiano, que sustituye a Dios por el Yo pienso, alentó el ateísmo y el escepticismo; el idealismo romántico alemán que coloca lo infinito en lo finito; el positivismo que absolutiza el método científico; la fenomenología husserliana que mediante el yo trascendental termina abandonando la metafísica trascendente; el existencialismo ateo que temporaliza la realidad humana y termina extraviándolo en el desamparo o en la falsa libertad absoluta; el estructuralismo y postestructuralismo que naufragan en el énfasis de la realidad exclusivamente inmanente; la filosofía lingüística y semántica que se apaga en la logística de los signos empíricos; y la postmodernidad que con su metanarrativa escéptica consagra la ontología débil y la era del vacío.

 Es innegable que contra corriente de naufragio de la metafísica del ser y de la persona hubo movimientos en contra desde Pascal, el teísta espiritualismo italiano de Rosmini, Gioberti y Galluppi, hasta el personalismo cristiano, pero se mantuvieron como movimientos subalternos. La amenaza del nihilismo y su enorme dosis de estupidez escéptica fue aumentando hasta poner al borde del exterminio el legado heleno y cristiano.

Sin lugar a dudas, la existencia de las eras estúpidas es una realidad, sobre todo en la fase de decadencia cultural, pero ninguna como la actual alcanzó tan altas cuotas de estupidez imperante. Y no es casual que esto suceda porque el hombre vive muerto desde que mató la verdad ni vive en la esencia de la verdad. La decadencia de la civilización moderna es irreversible, nuestra misión debe ser que su expiración sea lo menos traumática posible para que no obstruya el surgimiento de una nueva civilización basada en el amor y la verdad absoluta que es Dios.

Pero esto significa advertir que no sólo hay que invertir los valores del mundo burgués –como ya lo destacó M. Scheler- sino que hay que invertir el orden metafísico naturalístico y escéptico, porque detrás del resentimiento moral está el resentimiento metafísico contra lo trascendente. El narcisista, light y superficial hombre postmoderno cuyos impulsos hacia lo heroico, viril y trascendente han sido reprimidos, y en esto se parece a la solterona que reprime el impulso sexual a la reproducción, no se encuentra libre del veneno del resentimiento metafísico y moral. Su aparente indiferencia existencial es en el fondo el más grande señalamiento de lo serio e importante que intenta negar.

Esta ostensiva actitud débil y vengativa de la humanidad postmoderna, más propia de la condición femenina, refleja el papel reactivo y pasivo de ser conquistado, que impone el mundo burgués manipulador de la libertad personal. No es extraño que una civilización esencialmente utilitaria tenga que ser profundamente estúpida, casquivana, chismosa, prostibularia e inauténtica. En este sentido, el mundo moderno que bebe de las fuentes del humanismo escéptico, racionalismo, empirismo, fenomenismo, naturalismo, materialismo y ateísmo, es profundamente antihumano. Por ello degrada el amor.

Ya Kant eliminó el amor de entre los agentes morales. Pero el amor no es un afecto sino un acto intencional del espíritu humano y uno de los constitutivos metafísicos de Dios –los otros dos son la inteligencia y la voluntad-. Por eso, la moral cristiana –y no sólo la teología de la liberación- prohíbe el odio de clases pero no la lucha de clases. Pero en la actualidad se suplantó el cristianismo genuino por la niveladora civilización moderna filantrópica de falso amor a los hombres en vez de los principios de la propia salvación que regían las órdenes antiguas, especialmente en los benedictinos. Y es que el ascetismo antiguo tenía el ideal de conseguir el máximo goce con el menor número de cosas útiles.

En cambio, la civilización moderna ha invertido la dirección de dicho ideal. Al buscar el máximo goce con el mayor número de cosas útiles al final desemboca en la pérdida del sentido de la vida. Así, la civilización moderna se complace en haber logrado extender el número de años que se vive, pero para qué si ha disminuido ostensiblemente la capacidad de darle sentido a la vida. El hombre moderno tiene acceso a tantas cosas que nada lo satisface. Es más infeliz que el hombre antiguo que poseía menos cosas pero era más feliz.

El resultado es la destrucción del sentido de la vida, de la felicidad, el goce y el amor, y el incremento exponencial de la infelicidad y la estupidez. La inversión de los valores mediante el hedonismo del impulso adquisitivo no sólo hizo perder el sentido de la vida, sino el sentido del Ser y de la Persona. Por eso la estúpida civilización moderna actual carece de sentido de la vida y de arte de vivir. Por ello, no sólo hay que superar el espíritu burgués sino el espíritu de su metafísica rastrera y hedionda. Ciencia, tecnología, economía, política, cultura y religión está condicionada e influida por la inversión metafísica del   espíritu   burgués.  

Se  trata  de  la  degeneración propia del ethos del industrialismo y postindustrialismo capitaneado por la lógica de la rentabilidad y el dinero. Con razón decía Tönnies que hoy no tenemos comunidad basada en la tradición sino la venal sociedad contractual. Y es justo aquí donde prospera el ubicuo estúpido. Se creyó ingenuamente que el descubrimiento del indeterminismo físico y el criterio holístico iba a cambiar las cosas pero lejos de ello sigue avasallando la inteligencia calculadora, que estanca la vida y el pensamiento. Se pensó que el hombre que llega a la Luna, fabrica robots, incursiona en los genes y en la nanotecnología no podía ser estúpido. Pero la verdad es todo lo contrario.

Las cosas se han hecho más grandes e importantes pero los hombres se han vuelto más insignificantes e intrascendentes. En la civilización materialista el ente es más importante que el ser, lo óntico obscurece lo ontológico y Dios es invisibilizado. En los países andinos como Ecuador, Perú, Bolivia esto favorece un revival de las paganías andinas precolombinas, y precristianas en Cuba, Venezuela, Colombia y Brasil. En América Latina el sincretismo cristiano popular está retrocediendo ante el revival pagano. La Iglesia romana misma es corroída y remecida por la simonía, la avaricia, la corrupción, que nace de la misma moral utilitaria de la civilización moderna que la envuelve y la corroe. Imposible obviar al importante contingente que aduce, exactamente como el empirista Hume, no creer en Dios porque no lo ha experimentado aunque no descartan que puedan experimentarlo.

Vana es la respuesta de Kierkegaard que frente a la verdad racional y universal se tiene a la verdad existencial, donde lo bueno es caer en manos del Dios vivo. El criterio sociológico marxista sigue imperando con su idea materialista de que no es el Espíritu el que genera el cambio material sino al revés. Evolucionismo y freudismo fortaleció la visión naturalista del hombre. A resultas lo que se tiene no es una visión humanista sino hominista. Ni siquiera el existencialismo de la libertad y de negación de la esencia humana superó el horizonte inmanentista. Todo lo real maravilloso quedó limitado al propio subconsciente y a la propia naturaleza. El hombre queda reducido a pura materia que se encendió miles de millones de años atrás. ¿Pero quién la encendió? Es una pregunta sin sentido, engañosa e inútil que la estupidez nihilista del inmanentismo actual deshecha supinamente.


31 de octubre 2017