miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA UTOPÍA EPISTÉMICA: Reconciliación de Razón y Mito



LA UTOPÍA EPISTÉMICA:
Reconciliación de Razón y Mito
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Razón y Mito se oponen. No obstante, la razón tiene sus mitos y el mito sus razones. Y justamente por ello ambas expresan el dinamismo poliédrico del espíritu humano. Sin el mito el hombre pierde profundidad y altura, sin la razón se pierde precisión y crítica. El mito es vía regia a lo trascendente, la razón hacia lo inmanente. La reconciliación definitiva de ambas quizá esté reservado para la otra vida, pero buscar su armonía provisoria en esta vida resulta apremiante en medio de la profunda crisis de la razón moderna. Crisis, por lo demás, que es expresión del desgarramiento entre lo trascendente y lo inmanente en el propio corazón humano. De ahí que surja la inquietud por la utopía epistémica que reconcilie razón y mito, concepto y fe, ciencia y religión.

Metafísicamente el Mito es la preeminencia de la esencia sobre la existencia y la Razón moderna es la preeminencia de la existencia sobre la esencia. Las esencias son postuladas para comprender el devenir y salvar al mundo de las apariencias. En cambio la razón diluyendo la comprensión eidética del ser convierte las esencias en conceptos y lo fáctico en lo único válido. De este modo se tienen dos concepciones profundamente antagónicas desde su base metafísica. La primera consagra la trascendencia, mientras la segunda hace lo mismo con la inmanencia. La posmodernidad neoniezscheana proclamando el fin de la subjetividad de la modernidad tardía proclaman la muerte del sujeto y se vinculan a una teoría del deseo. Pero bien visto, su teoría del deseo tampoco se libra del subjetivismo modernista que combate. El resultado es que el imperio logocrático de la razón –ya sea sustantiva o débil- se hunde en un relativismo epistémico y cultural, el solipsismo escéptico radical y la chapucería nihilista. Ante esta crisis de los fundamentos civilizatorios emerge la pregunta: ¿Es posible una nueva utopía epistémica? ¿Será factible una reconciliación –aunque sea provisoria- entre los polos opuestos de la razón y el mito? ¿La nueva utopía epistémica no supone un repensar metafísico?

Con el imperio de la Edad de Razón se puede pensar que se ha dejado atrás la Edad del Mito. Lo cual se ha vuelto nítido desde la modernidad experimental y empírica. Pero lo evidente es que en el corazón mismo de la Razón se cobijan nuevos mitos. La diferencia es que dichos mitos ya no pertenecen a una civilización de cultura religiosa y trascendente sino a otra civilización de cultura secular e inmanente.

Por ello, mientras que el mito pertenece a una espiritualidad civilizatoria de índole trascedente y metafísica, el mitoide es propio de una espiritualidad civilizatoria inmanente y secular. En consecuencia, si la Antigüedad tenía mitos propiamente dichos, en cambio la modernidad tiene mitoides. Ahora bien, si al mito le falta el imperio de la lógica y del razonamiento deductivo, a la razón le falla el imperio de la intuición y la metáfora. Al respecto se suele decir que siete mil años de matemáticas aportaron el razonamiento y método deductivo hasta culminar con la pitagórica concepción numérica del cosmos. Lo cual es una inexactitud. Las matemáticas de Babilonia, Egipto, China e India son la demostración de que el pensamiento intuitivo y mítico no estuvo exento de aportes matemáticos. Pero además, en el corazón mismo de la Edad de la Razón el mito sufre una metamorfosis más. Lo que demuestra su persistencia epistémica. Ello también permite afirmar la existencia de una dialéctica histórica compleja tanto por separado como en interrelación en el mito como en la razón. Esto es, el Mito a pesar de no ser conceptual sino intuitivo y numinoso no deja de generar operaciones mentales y deductivas; y la Razón que al identificarse desde los griegos con el concepto no cesa de generar razonamientos míticos.

Lo que significa que tanto la razón como el mito requieren de dos tipos de consideraciones, a saber, una de tipo organológica y otra de tipo metodológica. Organológicamente razón y mito guardan relaciones dinámicas e intrínsecas. Metodológicamente son diferenciables y extrínsecas. Pero cabe una tercera y más sugestiva consideración y es de tipo existenciaria. Efectivamente, ambos tipos de razonamiento, tanto el mítico como el racional pueden ser vistos como el movimiento de la totalidad dinámica de la Razón. O sea, mito y razón no son más que formas singulares que tiene la Razón misma de afrontar la existencia humana en un cosmos desafiante.

 Actualmente los desafíos que tiene que afrontar la razón instrumental moderna están relacionados con los extremos objetivantes y cosificadores del imperio logocrático del concepto. La postura desmitologizante y la hermenéutica desmitizante desde que emergió tibiamente con el terminismo escotista y el nominalismo occamista se fue desplegando lentamente con el subjetivismo idealista cartesiano hasta consolidarse con Marx declarando que la religión era el opio de los pueblos, Nietzsche proclamando que Dios había muerto, Wittgenstein y los juegos de lenguaje, Sartre propagando que la existencia precede a la esencia, Foucault promulgando la muerte del hombre, Gadamer destacando la constitución hermenéutica del mundo, Lyotard enunciando que el hombre se mueve solamente entre metarrelatos y Vattimo con el pensamiento débil y el aserto que no existen hechos sino interpretaciones. Pero desde que Max Weber enfatizó que el mundo se desencantó se ha hecho más palpable la necesidad de reencantar el mundo nuevamente. Hay que romper con la circularidad hermenéutica del pensamiento moderno, responsable del cuerpo enfermo de la modernidad occidental. Aquella clausura de la Trascendencia en el cosmos como en el alma sólo puede ser superada revirtiendo el idealismo subjetivo que domina la episteme moderna. Recién entonces podrá ser recuperado el Ser de su  olvido nihilista que lo asedia. En el fondo se trata del drama de la razón por reconquistar su propia dimensión plena. Al desconocer las verdades suprarracionales y suprimir el fundamento trascendente del mundo la Razón se dañó a sí misma y desató una crisis de proporciones nunca vistas.

Quizá todavía esta civilización moderna basada en un idealismo subjetivo, que terminó sacralizando al hombre o el regnum materiae del regnum hominis, no ha llegado a beberse la última gota de su elixir letal. Es posible que eso llegue con la civilización cibernética de los ciborgs autónomos. Pero ya será otra historia, donde la humanidad haya entrado a su franca extinción. Mientras tanto, soñar y guardar la esperanza de una nueva utopía epistémica que reconcilie la razón y el mito no es una tarea fútil ni vana. Y no lo será si se toma en cuenta nuevamente al mito como horizonte de revelación natural que permite rehabilitar el horizonte sobrenatural de lo divino. En ambos horizontes está Dios y el inicio de una hermenéutica remitizante que la haga posible en nuevos términos. Parece no haber otra salida en la coyuntura civilizatoria actual donde confluyen al mismo tiempo graves crisis materiales y espirituales.

La recuperación de lo trascendente no es ninguna labor perdida ni retroceso histórico. Al superar los dogmas historicistas y relativistas, que engolfan a la razón en su propia vanidad, se puede apreciar la estructura permanente y esencial en la realidad humana y la realidad exterior. Y en aquella estructura ontológica de base se percibe que la raíz primaria del mito y del lenguaje es el lenguaje metafórico. La metáfora recurre al razonamiento analógico y lo analógico es un elemento esencial del lenguaje simbólico. El mito y los sueños comparten la misma lógica diferente al que gobierna la vigilia. Metáfora, símbolo y analogía son el verdadero lenguaje universal producido por el hombre. En cambio la lógica del concepto es un lenguaje universal con carácter unívoco y reductor de la realidad. A lo que vamos es que lo metafórico y simbólico es más universal que el concepto lógico. 

En este sentido así como el cuerpo expresa sus metáforas a través del espíritu que lo anima, del mismo modo la naturaleza también es profundamente metafórica al expresar el sentido y orden teleológico con el que ha sido creado. Y la raíz del lenguaje metafórico es la espiritualidad, ya sea humana o divina. Metáforas numinosas y metáforas lingüísticas se influyen recíprocamente. Es Aristóteles quien consagra el reemplazo de la metáfora por el concepto, de la función semántica sobre la función mágico-numinosa de la palabra. La palabra con el concepto ya no tendrá poderes sobrenaturales. Desde el estagirita lo decisivo de las palabras será su carácter lógico. La conexión entre lenguaje y mito se disuelve al reducirse las palabras a signos conceptuales. El concepto como definidor de lo general y universal será el punto de partida de un tipo de deducción que culmina en la formulación de la ley científica. En el horizonte mitocrático las palabras son signos mágicos, mientras en el horizonte logocrático son signos conceptuales. Desde entonces lo semántico inicia su rumbo prevaleciente sobre lo sintáctico hasta convertirse en el caballo de batalla para el dominio del mundo.

Pero la verdad es que no sólo nuestro hablar, sino la realidad misma, expresa en grado superior la presencia de metáforas. En la realidad la metáfora prevalece sobre la conceptualización. La metáfora invade toda la expresión lingüística y el poeta junto al hombre prehistórico es el metaforizador por excelencia. La metáfora es la conexión primigenia de la razón humana con la realidad. La metáfora es la forma originaria que tiene la razón para dar cuenta de su existencia y de la realidad. Los conceptos, logoi, son inmutables, ideas esquemáticas que no aprehenden la infinita variedad de la existencia. En este sentido lo que la Razón humana ganó en precisión con el concepto lo perdió en extensión con la subordinación de la metáfora. Si la profundidad del concepto es de índole lógica, la profundidad de la metáfora es de índole existencial. No es casual que la vida humana y su habla común no sigue un ideal lógico sino metafórico, existencial y ontológico.

Pero el lenguaje metafórico no puede dejar de limitar con lo lógico. Su línea intuitiva no seguirá una lógica deductiva pero contiene una lógica paraconsistente que le da coherencia interna. Ya las lógicas modales, tanto temporalistas como epistémicas, demuestran que la lógica no es unívoca y sugiere la metáfora de distinguir entre la lógica intuicionista y la lógica de Dios. No existe lógica privilegiada sino que la razón en situaciones diferentes emplea diferentes lógicas. Lo que lleva a pensar que la reconciliación de la razón con el mito en una nueva utopía epistémica esté basada, en vez de en una pragmática lingüística, en el reconocimiento de regiones ontológicas que exigen diverso tratamiento lógico. Ello permite entender cómo lo lógico y lo poético experimentan una permanente relación. Lo literario es una determinada visión del mundo en donde se experimenta el paso de lo conceptual a lo metafórico. La metáfora al no vivir en el principio de identidad mora en la no identidad.

En consecuencia, al desrealizar la realidad descubre una nueva realidad. Y es por eso que se convierte en el medio privilegiado para emprender una hermenéutica remitizante, recuperar la trascendencia y las verdades suprarracionales. Es por ello que el lenguaje no es de naturaleza lógica, como creía Platón, sino de naturaleza metafórica. En la propia palabra mora el mito y lo lógico identitario. La palabra misma expresa la naturaleza contradictoria de la propia existencia humana. Logos y mytho se repelen y se buscan al mismo tiempo.

El hombre como animal que habla –Anthropos lalos lo definía Aristóteles- aparece antes que el Anthropos logikós. La atracción que existe en el seno de la razón entre pensamiento y metáfora no excluye una mutua repelencia natural. Ello es expresión de la singular tensión y cambio que experimenta el logos y el mytho en cada época. Las mutaciones de los campos lógicos y metafóricos se mueven en los contextos culturales, históricos, nacionales e individuales. Pero lo que define el devenir de una nueva utopía epistémica es el reconocimiento en la razón de una estructura ontológica básica y permanente, poliédrica y polivalente capaz de configurar una nueva reconciliación civilizatoria salvadora entre razón y mito.

En América Latina el eurocentrismo filosófico funciona actualmente como el modelo vigente por la filosofía normalizada que impide salir del imperio logocrático del concepto y, por consiguiente, arribar hacia una nueva utopía epistémica que reconcilie el mito y el concepto, la razón y la fe. Otras visiones no eurocéntricas están presentes como horizonte subalterno del saber –nativismo, interculturalismo, neocolonialismo, homeomorfismo, etc.- pero no constituyen un paradigma vigente al no poner en cuestión la concepción misma de la filosofía.

La revolución teórica por venir requiere para triunfar de nuevas condiciones no sólo internas –como creación de nuevas categorías- sino también externas –espirituales, sociales, culturales y económicas-. Lo cual no significa que en la nueva relación entre logos y mytho tenga que mediar la revolución política. Esta simplificación tan irreal suele desembocar en reduccionismos que palidecen ante la realidad. La nueva utopía epistémica si no es capaz de emprender su propio camino no será capaz de enarbolar su marcha histórica.

19 de setiembre 2018

martes, 24 de julio de 2018

FÍSICA CUÁNTICA NO ES NINGÚN PUENTE ENTRE MATERIA Y ESPÍRITU.

FÍSICA CUÁNTICA NO ES NINGÚN PUENTE
ENTRE MATERIA Y ESPÍRITU.
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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La interpretación espiritualista y esotérica de la mecánica cuántica, del terorema de Bell y del experimento de Aspect pone en el mismo plano lo microscópico y lo macroscópico, lo cuántico y lo espiritual. Actualmente el entrelazamiento es la base de tecnologías en fase solamente de desarrollo (computación cuánticacriptografía cuántica, y en experimentos de teleportación cuántica). Pero para la interprettación espiritualista el entrelazamiento cuántico no es exclusivo del mundo cuántico. Ocurre también en la mente, la vida y las matemáticas. Es universal. Pero, como veremos, esto es ilegítimo porque una cosa es el fenómeno del entrelazamiento cuántico y otra cosa es el fenómeno mismo de entrelazamiento no cuántico a nivel macroscópico.

El entrelazamiento cuántico es una propiedad predicha en 1935 por EinsteinPodolsky y Rosen en su formulación de la llamada paradoja EPR. Y fue introducido en 1935 por Schrödinger para describir un fenómeno de mecánica cuántica. Un conjunto de partículas entrelazadas no pueden definirse como partículas individuales con estados definidos, sino como un sistema con una función de onda única para todo el sistema.

Pero el entrelazamiento es un fenómeno cuántico sin equivalente en la física clásica y en el mundo macroscópico. En el entrelazamiento cuántico los estados cuánticos de dos o más objetos se describen mediante un estado único que implica a todos los objetos del sistema, a pesar de su separación espacial. Así, es posible enlazar dos partículas en un solo estado cuántico de espín nulo, de forma que cuando  una gira hacia arriba, la otra automáticamente se mostrará como girando hacia abajo, pese a la imposibilidad de predecir, según la mecánica clásica, qué estado cuántico se observará.

Justamente el teorema de las desigualdades de Bell, presentada en 1964, se aplica en mecánica cuántica para cuantificar matemáticamente las implicaciones teóricas de la paradoja de Einstein-Podolsky-Rosen, muestra que las predicciones de la mecánica cuántica no son intuitivas y permite su demostración experimental. La paradoja EPR está en contradicción con la teoría de la relatividad, porque aparentemente se transmite información de forma instantánea entre las dos partículas.

El entrelazamiento cuántico fue planteado por EinsteinPodolsky y Rosen como un argumento en contra de la mecánica cuántica. Si Einstein tenía razón, las desigualdades de Bell son ciertas y la teoría cuántica es incompleta. Si la teoría cuántica es completa, estas desigualdades serán violadas. Pero desde 1976 se han realizado numerosos experimentos y todos demuestran una violación de las desigualdades de Bell. Esto signifca el triunfo de la teoría cuántica, demostrando un grado altísimo de precisión en la descripción del mundo subatómico, que contradicen el sentido común y la experiencia cotidiana.

Precisamente el experimento de Aspecto en 1982 demostró las predicciones más padójicas de la mecánica cuántica, como la no localidad. Definió que cuando se miden las polarizaciones de uno de los dos fotones emitidos al mismo tiempo, se obtienen las del otro. Esta verificación hizo decir a algunos que la metafísica se ha hecho experimental. Y también dio paso a la información cuántica.

En otras palabras, el fuerte entrelazamiento cuántico hace que lo medido parezca estar influyendo instántaneamente sobre otros sistemas enlazados a velocidad superlumínica a pesar de su separación. Pero en realidad no parece que se pueda transmitir información clásica a velocidad superior a la de la luz mediante el entrelazamiento, porque no se puede transmitir ninguna información útil a más velocidad que la de la luz. Además, por necesitarse un canal de información clásico, la información útil no podría ser superior a la de la luz.

Bajo los auspicios de la literatura especulativa de científicos (Capra, El Tao de la física, 1975; Paul Davis, La mente de Dios, 1992), de autores pseudocientíficos (Emoto Masaru, Mensajes del agua: la belleza oculta del agua, 2003;  S. Ortoly, El cántico de la cuántica, 2006; F. Peat, Sincronicidad. Puente entre la mente y la materia, 1999; Gell-Mann, El quark y el jaguar, 1995; Jeremy Narby, La serpiente cósmica, 1998) y la legión de autores platillistas o ufólogos (J. J. Benitez y demás) el entrelazamiento cuántico ha sido manipulado del modo más fantasioso posible.

La paradoja EPR, el entrelazamiento cuántico, el teorema de Bell y el experimento de Aspect han sido popularizados bajo el nombre de teletransporte cuántico, puertas dimensionales y demás fantasmagorías. Pero todo ello es falso, porque el efecto producido no es un teletransporte de partículas sino la transmisión de información del estado cuántico entre partículas entrelazadas. Además, los sistemas físicos que sufren entrelazamiento cuántico son propiamente sistemas microscópicos, pues esta propiedad se pierde en el ámbito macroscópico debido al fenómeno de la Decoherencia cuántica. Sin embargo, el entrelazamiento en diamantes milimétricos llevó este fenómeno al nivel macroscópico.

Para los autores esotéricos y de ciencia ficción el entrelazamiento cuántico es el orden subyecente del mundo, el orden implicado del que habló Bohm, el mundo de la Voluntad de Schopenhanuer, el mundo oculto de Carlos Castaneda, el mundo del espíritu, el Brahman, la luz comunicante entre la dimensión divina y la dimensión material. Para todos ellos la correlación no local entre objetos cuánticos demuestra la existencia de un ámbito trascendente más allá del espacio-tiempo material. Ahí tenemos a Anit Goswani con su libro Ciencia y espiritualidad, una integración cuántica, 2011. Para estas posturas la correlación no local de la física cuántica refuta el materialismo y apoya el espiritualismo.

Pera esa conclusión es ilegítima desde su base. Porque, primero, supone un salto categorial injustificado desde lo material a lo espiritual. Lo espiritual no es lo material, aun cuando se haga presente a través de la materia. Segundo, lo cuántico en vez de la negación del materialismo puede ser aludir a un estado potencial de la materia. Esto es, el macrocosmos es material actual y el microcosmos de la cuántica es materia potencial. La materia potencial puede presentar estados no espaciales ni temporales, algo parecido a la singularidad del Big Bang. Lo cual lejos de refutar el materialismo lo lleva a un nivel más profundo. En tercer lugar, lo cuántico sí nos llevaría así a algo trascendente pero sólo a nivel de las entrañas de la materia misma. Por tanto, no se trata de una trascendencia ni espiritual ni divina. Hay un nivel trascendente en la materia y lejos de ser espiritual es simplemente cuántica o materia potencial.

La idea de materia potencial proviene de la escolástica. La gran dificultad para comprender el ser de la materia estriba en que no posee estatuto ontológico sin la forma, lo que ha llevado a definirla erróneamente como: la nada, no ser, privación de ser y ser absolutamente potencial. En realidad, en la ontología aristotélico-tomista es imposible referirse a la esencia de la materia sin referirse al ser de la forma, pero para Santo Tomás de Aquino en la esencia de la materia prima está presente la huella divina. En otras palabras, la esencia divina, que es única y perfecta, no pudiendo ser perfectamente representada por ningún ente, conviene que sea representada por muchos y según diversos modos (Sth I, q47 al ad2.). Esto significa, que aun cuando todo lo que se diga de Dios y de los entes se dice analógicamente (CG I c34 n297-298) no se puede negar la relación de causa y efecto entre Dios y su creación. Es decir, en la esencia de la materia prima hay vestigio de la unicidad e incomunicabilidad divina.

Pero una cosa es que en la materia haya vestigio de la divinidad y otra cosa es que sea divina. Esto último lo afirman por igual el panteísmo y el panenteísmo. Pero esto es falso. Es decir, la materia primera no es una realidad subsistente, sino una forma primera de la esencia divina, o sea, una idea eterna de Dios, por eso no está en la naturaleza de las cosas, sino sólo en potencia. Si la materia prima es una idea eterna de Dios, entonces participa de su eternidad de modo potencial, o sea no es eterno, es concreado, existe desde la creación. En cambio la materia segunda comienza con el tiempo, está en el tiempo, es creada, no es inmutable, y en su naturaleza hay diferencia entre pasado y futuro.

Aquí podemos preguntar si la singularidad cósmica -como aquel estado del universo antes del Bing Bang, cuando toda la materia estaba comprimida en un estado de densidad infinita- es materia prima. Y la respuesta es: No; porque la materia prima es idea eterna de Dios y está en las cosas sólo en potencia. Pero una cosa es la presencia potencial de la materia prima en el universo y otra cosa es la materia potencial del universo mismo. En el universo material se tendría material potencial microcósmica-cuántica y materia actual macroscópica, relativista y clásica. No obstante, limitándonos solamente a la materia potencial se puede señalar la diferencia entre la materia potencial de la singularidad –sin espacio, sin tiempo y sin las cuatro fuerzas elementales- y de la materia potencial postsingularidad –con espacio, tiempo y las cuatro fuerzas fundamentales-.

A nivel microcósmico existe la Fuerza fuerte, que mantiene unido el núcleo atómico (fuerza interquark), y es responsable de la desintegración de algunas partículas inestables. Pero también existe la Fuerza débil o radioactividad, que dirige los cambios en la identidad de las partículas. A nivel macrocósmico existe la Gravedad, aunque para Einsein no es un a fuerza sino una manifestación de la curvatura espacio-tiempo. Y el Electromagnetismo como la cuarta fuerza responsable de los polos magnéticos y de la carga eléctrica de algunas partículas. Estas cuatro fuerzas son la fuente de todo cambio. Pero no siempre existieron.

Efectivamente, en la investigación de los aceleradores de partículas se ha podido establecer las eras del Universo o los primeros instantes del universo. La era del plasma, de 1 segundo a 100 mil años. Era leptónica, de 1 microsegundo a 1 segundo. Y la era cuántica, de millonésima de segundo a 1 microsegundo. La cosmología científica tiene varios modelos del origen del universo e incluso especulan con modelos de preuniverso, pero el más aceptado supone su origen desde la nada. ¿Pero qué hubo antes del Big Bang? ¿Por qué si el universo contiene poca entropía o desorden marcha hacia su destrucción? ¿Cuál sería el estado de la materia en un preuniverso?

Todo esto nos lleva hacia la legitimidad o no de llamar a lo cuántico materia potencial propia del fuego amorfo del Big Bang. Es obvio que si las partículas cuánticas presentan un entrelazamiento no espacial-temporal –sin que ello quiera decir que sean inespaciales e intemporales- entonces son materia segunda que comienza con el tiempo. Por tanto, no son materia prima que existe en la mente de Dios desde la creación. Y sin embargo, lo cuántico siendo materia segunda es materia potencial respecto a la materia segunda-segunda o del macrocosmos. Es decir, lo cuántico puede ser cabalmente entendido no confundiéndolo con la concreada materia prima y viéndola como la forma potencial de la materia segunda, creada y que empieza con el tiempo. Se tendría así: materia prima (idea de Dios), materia potencial (fuego amorfo preuniverso)  materia actual (universo espacio-temporal).

El micromundo cuántico está fuera del tiempo y del espacio del macromundo pero no fuera del tiempo y espacio mismo. De lo contrario seria la nada. Y de la nada no es posible que nada advenga. No es la eternidad de Dios, ni la eviternidad de los seres espirituales, ni la temporalidad macrocósmica, sino una temporalidad cuántica, señalada por la inmovilidad accidental y la movilidad esencial.  

En realidad ni la filosofia ni la metafísica necesitan ni del apoyo ni de los favores de la física cuántica. Lo espiritual es directamente creado por Dios y no por el mundo cuántico. El entrelazamiento cuántico puede presentar un aspecto instantáneo pero no superlumínico. Por tanto, no está fuera del tiempo ni del espacio. Su trascendencia es respecto al mundo intuitivo macrocósmico pero no respecto al mundo de la trascendencia espiritual. La física cuántica no es ningún puente entre materia y espíritu. En una palabra, la interpretación esotérica rebosa en fantasía y en inexactitudes.

24 de Julio 2018

domingo, 22 de julio de 2018

SIN REVOLUCION METAFÍSICA NO HAY REESTRUCTURACIÒN ÉTICA

SIN REVOLUCION METAFÍSICA NO HAY REESTRUCTURACIÒN ÉTICA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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 Cuando Nietzsche en la segunda mitad del siglo diecinueve proclamaba la muerte de Dios, la transvalorización de todos los valores y el ocaso de los ídolos, jamás imaginó que el hombre mismo se entronizara en deidad terrestre. Y el autoproclamado superhombre cabalgaría en el siglo veinte sobre la monserga bestia del nihilismo. Desde ella la modernidad tardía emprendería la negación de los valores, las virtudes y la moral. En el siglo veintiuno el sofisma de turno de la posmodernidad pregona el “todo vale” y como tal “nada vale”. Qué lejos ha quedado la hora agnóstica de Kant y sobre los hombros del escepticismo se instaura el reino del relativismo protagórico. La modernidad está culminando, y completando su triste círculo amenaza al hombre mismo con el credo del transhumanismo. La misma realidad humana está en peligro.

El ocaso de los ídolos se convirtió en realidad en ocaso de los valores.  Desde aquí el espíritu humano agoniza. El terreno del alma se ha tornado árido para el cultivo de las virtudes. El hombre en ese contexto ha perdido dignidad. La aspiración kantiana de poner el Estado de derecho sobre el Estado de bienestar no ha culminado en triunfo de la justicia, como se esperaba, sino en la omnipotencia de una razón práctica que se coloca por encima del bien y del mal. La modernidad en su fase de apogeo creyó en la promoción de una nueva humanidad sobre la base de la idea pura del derecho. Pero el derrotero histórico de la modernidad demostró que la justicia que no se basa en el amor, que la ética sin religión culmina en holocausto material y espiritual.

El problema no es sólo que el capitalismo es una sociedad sin ética, sino que las bases metafísicas mismas de la modernidad conducen a ello, a saber, a lo anético. Y es que el problema de fondo de la autonomía de la razón es la negación de las verdades suprarracionales como camino regio para reconocer que la condición humana requiere tanto de la dimensión inmanente como trascendente. Cuando se rompe o quiebra esa unidad es la propia realidad la que se trastoca y conduce hacia una secularización disolvente. La filosofía moderna ha desempeñado un rol protagónico en la crisis de la conciencia occidental y en la crisis de los valores. Rechazando la Trascendencia, negando el Ser que funda todo ser, ha derivado hacia el irracionalismo e impedido que la razón conquiste las verdades suprarracionales. Y es que sin Dios no se piensa racionalmente ni se puede vivir una vida virtuosa, ética y valorativa.

El idealismo subjetivo imperante en la modernidad nihilista se vuelve en enemigo letal de la verdad objetiva. De esa forma no se puede asegurar ni la felicidad ni la dignidad de la humanidad, porque es intrínseco a la estructura ontológica del hombre el problema de la verdad y divinidad. Nuestra época está privada de verdad y ha extraviado el sentido del ser. Ello acarreó la pérdida del sentido de la vida, de la moral y de los valores. El valor necesita del ser como las flores necesitan el líquido elemento. Por ello la reestructuración ética exige una revolución metafísica. La modernidad clausuró primero la trascendencia en el cosmos y entonces ésta se refugió en el alma. El cielo y el infierno se abrieron en ella.

Mas ahora, la está desalojando del alma misma. Y en un panorama verdaderamente luciferino cielo e infierno son echados al tacho colero por una conciencia que se siente exenta y omnipotente respecto a toda trascendencia. Se ha configurado el contexto para vivir libre de toda norma universal. Fracasan con su pura idea de derecho tanto el Estado jurídico como el Estado de bienestar. Ambos son elementos de la misma fórmula que conducen hacia la desintegración de los valores.
Hace falta volver tanto hacia una metafísica de la interioridad de índole agustiniana como a una metafísica de la exterioridad de índole tomista. No es posible recuperar el sentido de las dimensiones éticas de la vida sin restaurar el fundamento trascendente que insufla una verdadera interioridad del alma y exterioridad del cosmos. El drama del pensamiento moderno con su excrecencia nihilista es la demostración más palpable que es necesario asumir una razón abierta a la fe y a lo sobrenatural. El logos humano exige de ambas alas para llegar a la verdad y llevar una vida buena. Sin justicia no hay humanidad, más sin fe no hay justicia ni humanidad. La humanidad en la modernidad nihilista yace extraviada porque tenía que perder la justicia al perder la trascendencia. Y la razón humana no sólo es pensar sino también  sentir  una  situación  existencial  que necesita el ámbito de la inmanencia entrelazada con la trascendencia. De lo contrario su desorientación está garantizada.

El hombre puede emprender el cambio interior de lo anético a lo virtuoso porque la verdad habita en su alma.  Desde ella puede comenzar a abrirse a la recuperación de la trascendencia y culminar en el reconocimiento de las verdades suprarracionales. Esta forma de sobreponerse a la modernidad nihilista quizá no sea la única pero conserva toda su validez desde el momento en que la libertad y la autonomía de la voluntad no es absoluta sino relativa y su centro es una moral unida a una metafísica de lo trascendente. Pues el origen de la sociedad no es el derecho y la ley, sino el sentimiento natural humano de bondad. Cuando ésta se pervierte o complica –generalmente desde la aparición de la civilización- se requiere de la ley. Esa inclinación del hombre hacia el bien es el centro de la moral y es de índole metafísica.

La apelación constante a la metafísica no es resultado de una reflexión teológica, sino ontológica. Ahora fortalecida desde la ciencia a partir del experimento de Aspect de 1982. Este experimento pionero verificó las predicciones mas paradójicas de la mecánica cuántica, haciendo decir a algunos que la metafísica se hizo experimental. La comunicación instantánea o superlumínica entre el espín de dos partículas dio paso a hablar del “efecto de Dios” o entrelazamiento entre la mecánica cuántica y la metafísica experimental. Es casi como hablar de la presencia de la mente en la materia o de la presencia de una sincronicidad entre ambas.
22 de Julio 2018

viernes, 13 de julio de 2018

EXTRAVÍO DE LOS VALORES EN LA MODERNIDAD NIHILISTA


EL EXTRAVÍO DE LOS VALORES
EN LA MODERNIDAD NIHILISTA
Gustavo Flores Quelopana
Conferencia Magistral por el Dia del Maestro en la Universidad Nacional del Santa-Chimbote
Viernes 6 de Julio 2018
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Resulta muy significativa la presente disertaciòn sobre los Valores cuando la Región Ancash es señalada como la más corrupta del país. Dos de sus presidentes regionales están en galera y veinticinco de sus veintisiete alcaldes tienen proceso judicial por corrupción.

Entonces, basta echar una mirada somera sobre el mundo para constatar una verdad incontrastable, a saber, éste se está deshaciendo. Y cuando se indaga por la razón por la cual sucede todo el descalabro del presente, se encuentra una respuesta casi unánime: No hay valores. O por lo menos los valores han sido abandonados.

Pues bien, valga la presente oportunidad de hablar ante un auditorio universitario para sostener que tal diagnóstico no es descaminado pero tampoco es enteramente cierto. Estamos ante una situación casi godeliana, esto es, no podemos tener toda la verdad y ser al mismo tiempo consistentes.

El diagnóstico no es descaminado porque es verdad que vivimos una crisis de valores. Pero es incompleto porque también es verdad que desde la modernidad el mundo occidental vive una transvalorización de todos los valores. Ambas cosas son contradictorias y a la vez no lo son. Lo son porque por una parte se tiene la sensación que se reclama la vigencia de los valores premodernos y no lo son porque, por otra parte, se percibe que los nuevos valores aun no logran asentarse y, por ende, lograr conformidad.

Estamos en una situación casi paradójica de la condición humana que por una parte reclama una base firme de creencias y por otra la renovación de las mismas. Ante esto hay que decir que la presente crisis de los valores supera la normal crisis generacional –tan bien explicada por Ortega y Gasset- que también implica una crisis valorativa. Más bien, la actual crisis de valores encuentra su peculiaridad en una situación más profunda y que tiene que ver con el marco general de ideas y creencias que sirven para ver el mundo.

En otras palabras, la presente crisis de valores va más allá del marco economicista, funcionalista, empirista y racionalista que caracteriza el desarrollo de la modernidad. Tiene que ver con algo más fundamental que está en la base de la modernidad. Estamos hablando de un “giro copernicano” histórico que acontece desde fines de la Edad Media con la filosofia terminista de Duns Scoto y la filosofía nominalista de Guillermo de Occam y se desarrolla con el racionalismo de Descartes y el empirismo de Bacon, Locke y Hume.

Se trata de la base metafísica de la civilización occidental que cambió en su creencia de valores absolutos por la instauración de valores relativos. El paso de la metafisica de las esencias greco-cristiana por la metafísica de lo fáctico es el signo que domina los tiempos modernos. La gran ruptura con la metafísica tradicional está en la base de la transvalorización de todos los valores de la modernidad. Negar las verdades inmutables, eternas y trascendentes llevó a convertir en lo único válido a lo fáctico, relativo y temporal. El reemplazo de la concepción esencialista del ser por la visión funcionalista tenía que llevar del objetivismo hacia el subjetivismo, donde la crisis de los valores se constituye en un resentimiento metafísico hacia todo lo permanente y absoluto.

En ese sentido, la postmodernidad con su rechazo de la razón, la ciencia y la verdad, no es más que un capítulo terminal del nihilismo que fue criando en su seno la modernidad pragmática y hedonista. No es por ello menos original. Porque trae como novedad un nihilismo integral. Nos explicamos. Ahora no se dan separados el nihilismo metafisico de Gorgias, el nihilismo epistémico de Pirrón y el nihilismo moral de Protágoras. Al contrario, en la posmodernidad se dan integrados. Y ello se condensa en su lema: Todo vale. El Reino de Dios –Regnum deus- fue desterrado por mel Reino del hombre –Regnum hominis—En esa nueva cruzada de la inmanencia contra toda trascendencia son Derrida, Rorty y Vattimo sus nuevos profetas.

Por lo tanto la crisis de valores de la modernidad no es una crisis más y como las demás épocas históricas de decadencia. Al contrario, es una crisis peculiar y única. Fue el tudesco O. Spengler quien señalo la decadencia de Occidente con gran acierto, salvo por su visión organológica naturalista. Pero además nosotros advertimos que en la decadencia del  mundo occidental se ha atravesado por tres etapas: la metafísica (siglos XVI-XVII), la epistémica (siglos XVIII-XIX) y la ética (siglos XX-XXI).

En la primera se hicieron cuestión los valores metafísicos de permanencia e inmutabilidad, el deísmo se impuso sobre el teísmo y las esencias fueron sustituídas por el concepto de función. Desde Descartes hasta Newton ese cambio se abre camino en la filosofía y en la ciencia. En la segunda la visión naturalista, empirista y observacional se impone con el desarrollo de las ciencias empíricas y las matemáticas. La visión del mundo se vuelve decididamente científica. Ahora son los ingenieros y los científicos quienes llevan la voz cantante del mundo intelectual. Y en la tercera, cuando ya se encuentra madura la visión secular y científica del mundo sobrevienen los nefandos acontecimientos de la Primera y Segunda Guerra Mundial.

La consecuencia casi inevitable fue la pérdida de fe en el hombre mismo y en todas sus conquistas materiales. Los valores se disolvieron, se licuaron. La vida normativa contrajo la enfermedad del nihilismo. Sin valores a la vista, no había necesidad de sentirse virtuoso, ni de llevar una vida virtuosa. Pero da la casualidad que sin virud no ha valor. O mejor, sin una vida viruosa el valor se vuelve invisible. Se derivó hacia el irracionalismo.

De ahí que la presente crisis de valores sea mucho más grave y honda que la de otras épocas históricas. Al menos en la crisis del mundo helenístico-romano la pérdida de fe en la razón fue compensada en la búsqueda de soluciones de carácter religioso y de fe. Así se explica el carácter místico del neoplatonismo de Plotino que competía con las religiones orientales y con el cristianismo. En cambio, la crisis actual supera en gravedad a todas las anteriores porque carece de tabla de salvación a la cual anclarse. No hay certezas en el mundo. Se tiene la sensación de que la vida flota en la Nada. El existencialismo ateo de Heidegger y  Sartre había adelantado en mucho el nihilismo integral que socava la vida humana presente.

¿Pero si se tiene la sensación de que la vida no vale nada, que el hombre ha perdido consistencia, que no hay certezas, entonces ese triunfo de la Nada sobre el Ser significa que la modernidad ha fracasado con su orgullosa razón autónoma? Se dice, por ejemplo, que la honestidad, la responsabilidad, la confiabilidad y la eficiencia son los valores de la modernidad. Pero no se dice que estos valores son inviables y que carecen de sentido cuando lo que verdaderamente predomina es el egoísmo privado consagrado por un sistema económico que pone de cabeza la relación de fines y medios.

Es cierto que en todas las épocas de la historia –incluso en el paleolítico- hubo personas malas, egoístas, mentirosas e irresponsables. Pero lo que no es cierto es que siempre estuvieron en la cúspide de la hegemonía social, como acontece ahora. Efectivamente, nunca como hoy el egoísmo ha sido exaltado como una virtud bajo el capitalismo. Se podrá decir que esto ya estaba presente en el siglo XVIII con el defensor del utilitarismo Bernard Mandeville y su obra La fábula de las abejas, donde se consagra el nihilismo moral de la burguesía que desvincula la economía de la ética.

Pues bien, esta misma ausencia de códigos divinos y humanos es lo que brilla en la lista de los primeros diez megamillonarios del planeta. ¿O alguien puede explicar que no resulta inmoral retener una fortuna incalculable mientras millones de seres humanos mueren de hambre, de frío y de sed? ¿Puede caber a alguien alguna duda de que se vive en un mundo inhumano cuando la economía, la política y las leyes viven divorciadas de la moral y de espaldas a lo que es justo?

No falta aquella espúrea defensa de la iniquidad que como Pilatos se lava las manos diciendo cínicamente: ¿Pero qué es la moral, si cada quien tiene la suya? ¿No basta con tener las mejores leyes, pero no hay que exagerar cumpliéndolas? Estas interrogantes parecen hechas expresamente para América Latina, donde acaecen los mas altos índices de desigualdad social y donde la prepotente riqueza parace ostentar patente de corso para estar por encima de la ley y de la moral. Pero no nos engañemos. La inmoralidad e injusticia es global, más aun cuando impera una economía de mercado que tiene como eje principal no al hombre sino a la riqueza. Las élites económicas, políticas e intelectuales han perdido autoridad moral justamente por ello. Porque lejos de constituirse en faros del bien común han decantado por convertirse en orfeos del mal general.

La gran pregunta que se impone es idéntica a una de las obras de Lenin: ¿Qué hacer? Salvo por el detalle, nada pequeño, que atañe a la crisis de valores. Nada sería más impudoroso que enlistar una fórmula como solución, como si se tratase de una receta de cocina. Vano sería enrostrar al hombre de hoy que se tiene una gran gama de alternativas éticas. En la reflexión ética contemporánea se habla de éticas analíticas (Moore, Wittgenstein, Ayer, Stevenson), axiológicas (Scheler, Hartmann), existencialistas (Heidegger, Sartre), procedimentales (Apel, Habermas, Rawls), hermenéutica (Gadamer), de la alteridad (Levinas), débil (Vattimo), de la responsabilidad (Jonas), pragmática (Rorty) y sustancialistas (Walzer, Macintyre, Taylor). Pero aquí no se trata de escoger el mejor producto para vivir a sus anchas. Esa es la consumista mentalidad de boutique.

El problema es más hondo y amplio. Por un lado, se trata que nuestro tiempo nihilista tiene que terminar se sorber su copa envenenada; y, por otro lado, también se trata de oponer una activa resistencia a la ola de desintegración moral que nos avasalla. Sin esa resistencia estaríamos viviendo sin queja la presene crisis moral. Pero hay dos formas de resistir: la activa y la pasiva. La pasiva es demagógica, falsa y licenciosa. Ve el mal, lo denuncia, pero inconsecuentemente lo comparte. Tolera el mal pero no el escándalo. En cambio la forma activa no solo no tolera el mal, sino que, a su vez, asume una forma distinta de vivir. Y desde esa base predica con el ejemplo. Eso es lo que falta en el mundo actual: vidas ejemplares.

Pues, de qué vale saber lo que es el mal si no se lleva una conducta buena. No sirve de nada. El Maligno sabe del bien  del mal, pero elige siempre el Mal. El mal es una conducta, no una entidad metafísica. Toda la creación es buena, el mal adviene al mundo por el pecado. Y este punto no es sólo de importancia teológica sino de gran tracendencia moral. Si se quisiera en pocas palabras decir su sentido más profundo habría que sostener que: Sin virtudes de poco sirven los valores.

Pero qué es la virtud. Es el poner nuestra libertad al servicio del bien. Implica un cambio interno. Un cambio en el corazón, diría San Agustín. La práctica hace al maestro, reza un viejo adagio. Y en verdad si la práctica del bien no se vuelve en amor al bien, o sea si no se vuelve en acto gratuito y desinteresado desde el corazón no es moral. Kant, que como un rigorista pietista no llegó a comprender la importancia del amor cristiano, decía que todo acto moral tiene que ser desinteresado, de lo contrario es inmoral. Pero fue Scheler el que dio en el blanco cuando al postular una ética no formalista advirtió que sin amor todo acto moral es incompleto.

En otras palabras, al tratar de responder la interrogante ¿Qué hacer? Lo primero que es necesario advertir, es la necesidad de un cambio interior. Pues ningún cambio externo hace al hombre mejor, solo lo maquilla. Ninguna utopía social funciona si no opera un cambio interior positivo. Pues también hay valores negativos que se introyectan en el interior del individuo. Y ese cambio interior involucra la libertad, la voluntad y la formación de buenos hábitos.

En verdad, la historia del capitalismo del primer mundo es la muestra más palmaria que de nada sirve darle al hombre todas las comodidades materiales cuando resulta empobreciéndolo espiritualmente. Es más, pareciera que existiera una ley invisible según la cual a mayor bienestar material le corresponde un mayor deterioro espiritual, y viceversa. Todo indica que la humanidad necesita de una dosis razonable de sufrimiento para madurar. Pero el capitalismo de bienestar es la demostración de su efecto disolvente sobre la conciencia moral del ser humano. No menos dañino resultó ser para la libertad humana el fenecido comunismo.

Al menos contamos con esta primera verdad: Sin virtudes de nada sirven los valores. Pero de poco nos sirve si no la empleamos de atalaya para columbrar más lejos. Y ciertamente, las virtudes son la puerta de entrada a la objetividad del valor. O sea, los valores no son arbitrarias invenciones humanas –como piensa el formalismo nominalista- sino parte de un mundo más alla del humano y para lo humano. Eso es algo extraordinario porque permite la recuperación de la negada metafísica de las esencias con sus verdades permanentes, trascendentes y eternas. En otras palabras, no hay otra forma de superar el nihilismo disolvente de la modernidad sin superar su metafísica inmanentista. Y así obtenemos una segunda verdad: Sin recuperar la trascendencia de poco sirve la recuperación de los valores. 

Esto puede sonar a añoranza de una nueva Edad Media –título, por lo demás, de una de las obras de maestras del existencialista ruso Nicolás Berdiaev-. Pero nada en la historia se repite y más bien impera la novedad. La dialéctica histórica toma cursos inéditos. En otras palabras, en perspectiva optimista se puede pensar que si predomina la sensatez, evitando de ese modo el riesgo de autoexterminio nuclear, la humanidad recapacitará comprendiendo que vivir un mundo sin Dios es mucho más peligroso y nocivo al convertir el hombre en pequeño diosecillo totalitario, narcisista e idolátrico.

Pues a la luz del daño ecológico y humano de una civilización guiada por la racionalidad funcionalista e instrumental, no sería extraño que la próxima era histórica se caracterice por una más fuerte espiritualidad religiosa. Y así obtenemos una tercera convicción: Sin recuperar la fe no se puede fortalecer la razón en el reconocimiento de las verdades suprarracionales. Lo cual implica no el fin de la ciencia sino del cientificismo, y un renacimiento de las humanidades.

En conclusión, el extravío de los valores en la modernidad nihilista podrá ser superado desde el trípode del: cambio interior, la recuperación de la trascendencia y el reconocimiento de las verdades suprarracionales.

Muchas gracias