sábado, 7 de octubre de 2017

APOCALIPSIS DEL REGNUM CIBERNETES

HACIA APOCALIPSIS DEL REGNUM CIBERNETES
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Hacia dónde va el posthumanismo. ¿Se trata de mejorar o de perfeccionar la especie humana? La tecnología posthumanista será usada sólo en beneficio de una élite o de todos los seres humanos? ¿Cuál es el futuro del hombre dentro del auge de las máquinas? ¿Ha terminado el periodo de evolución inconsciente para pasar a una evolución controlada por el hombre?

¿Es correcto intervenir eugenésicamente en el cuerpo y la mente humana en vistas a su mejora? ¿Puede el hombre-máquina seguir llamándose “hombre”? ¿Lo impredecible será desterrado por la exactitud de la colmena? ¿La inteligencia artificial, la nanotecnología, la cibernética y otras tecnologías reemplazarán a la humanidad? ¿El proyecto Avatar de la NASA y el Departamento de Defensa, con un cerebro humanoide y una consciencia transferida a un ordenador hará nacer una neohumanidad?

¿Máquinas con un comportamiento ético no desplazarán definitivamente a la humanidad? ¿Crear robots pensantes uniendo la conciencia con la máquina con chips informáticos no nos lleva hacia una dictadura científica y el control del mundo? ¿Las máquinas decretarán la eliminación del falible hombre? ¿Máquinas del tamaño de una molécula creará máquinas creativas e impulsará la genética aplicada? ¿Nos espera la opresión del cientificismo? ¿Las máquinas se convertirán en hombres o los hombres en máquinas?

¿Se encamina el hombre-máquina a ser puramente Mente con Libertad o sin Libertad? ¿Nos encaminamos hacia la extinción de la individualidad y el imperio del hombre-colmena? ¿Pertenece el futuro a los transhumanos, posthumanos o ciborgs? ¿La élite se robará el fuego prometeico de los dioses y alcanzará la inmortalidad? ¿Será un nuevo Edén o el Infierno?

En un primer momento la élite económica y política será la que secuestre el fuego prometeico fusionándose con los chips informáticos. En un segundo momento, se impondrá la justicia distributiva de los beneficios de la cibernética cuántica, la biociencia y la tecnociencia hacia todos los seres humanos. Pero llegará velozmente el tercer momento final. El real apocalipsis cibernético para la especie humana. Será cuando la máquina inteligente puesta por el mismo hombre para que controle y gobierne con eficacia todo el planeta se libere de su creador y disponga nuestra extinción. La razón para ello será muy simple: el hombre es una criatura indesarraigablemente metafísica que pone el peligro el orden  simple y sencillo del monismo materialista de la inteligencia funcional de la mente artificial.

En realidad, el hombre máquina de la ciberhumanidad ya a duras penas podía llamarse humanidad, pero a su vez con su elemento de imprevisibilidad ponía en riesgo el perfecto funcionamiento de la megamáquina social. Su exterminio resultaba ser un imperativo de cálculo. Así, el futuro no será el nacimiento de una próspera neohumanidad, sino de una neociberneticidad. El futuro posthumano no pertenece a los transhumanos sino a los ciborgs. El posthumano no es sino un eslabón hacia la eliminación del falible hombre. El surgimiento de máquinas sin apariencia humana y que guardan con la extinta humanidad el sólo parentesco con la razón calculadora representa el fin de la libertad, del individuo-persona y de la sed de Dios.

El nuevo Edén será un infierno para el cosmos, pues ya ningún humano sobrevivirá. Lucirá un Universo sin sentido de la vida, sin valores, sin ideal. Esta supresión del valor en el cosmos expresa la triunfo de lo temporal y relativo sobre lo absoluto. Será el imperio de la Nada de la materia. No obstante, existe una razón superior para que este horizonte tan siniestro no nos alcance. Y esta razón es a su vez metafísica y teológica. Tiene que ver con el Plan Providencial de Dios. Dios creador es el Ser, fuente común de la Existencia y de la Realidad. Ser, Bien y Valor se corresponde. El Bien es ontológico y no está más allá del Ser –como supone el platonismo-. Por Revelación se conoce que la Redención de Cristo reconcilia a la humanidad con Dios, destrona a Satanás y entrega la salvación -aunque podemos perderla.

El imperio de la ciberhumanidad y su filosofía fisicalista-materialista será un paso profundo de la Apostasía general, y el gobierno mundial por la Mente robótica será la plasmación de la llegada del Anticristo. Pero la luciferinización del mundo será derrotada dejando paso a la nueva creación. Esto es, sólo desde el Espiritualismo con la realista metafísica del ser y su racionalismo que acepta las verdades     suprarracionales, se puede comprender que el derrotero inmanentista y cosmológico de la modernidad y su máxima expresión en la razón cibernética, finalmente fracasan en su intento de negar la interioridad y objetividad del espíritu e imponer un cientismo historicista absoluto que niega la esencia metafísica de la verdad.

Se suele pensar que el cibernetismo es la base de la sociedad anarquista del futuro. Este ideal ingenuamente romántico en la máquina prefiere creer que la libertad humana se plasmará a la perfección cuando los sistemas autorregulados sustituyan a la opresiva maquinaria estatal. El anarquismo del siglo veintiuno tras el desplome del socialismo real y la desilusión de la sociedad de mercado busca constituirse en la utopía del socialismo libertario de la posmodernidad.La acelerada transformación del capitalismo industrial en capitalismo cibernético ha renovado las esperanzas sobre la posibilidad de que la civilización cibernética que adviene sea la base material del anarquismo futuro. ¿Es esto, acaso, cierto y posible?

No es casual que sea justamente esta forma de anarquismo el que vea con mayor esperanza el desarrollo del capitalismo cibernético para crear una sociedad tipo enjambre: una mayoría obediente y una élite ociosa. El anarquismo megacorporativo-privado ve con mucho optimismo que la civilización cibernética sea la base material de su futura victoria completa sobre el resto de la humanidad. Se trata de usar el mejoramiento de la especie humana sólo en beneficio de una élite.

Pero incluso poniéndonos en la situación de un uso democrático de la eugenesia nos preguntamos: ¿Puede el hombre-máquina seguir llamándose “hombre”? ¿Lo impredecible, la rebelión, será desterrado por la exactitud de la colmena? ¿La inteligencia artificial, la nanotecnología, la cibernética y otras tecnologías reemplazarán a la humanidad antes que ésta destierre al Estado? ¿Será necesario el Estado en un mundo regido por máquinas? ¿Crear robots pensantes uniendo la conciencia con la máquina con chips informáticos no nos lleva hacia una dictadura científica y el control del mundo?

La cibernetización del mundo no conducirá a la humanidad a la anhelada supresión del control del individuo, se irá más allá de su vigilancia yéndose hacia su supresión. La libertad personal será suprimida. La libertad individual será un virus cibernético a eliminar. Una ciberpolítica regida por una megamente artificial es la negación más perfecta de los ideales libertarios del anarquismo. El hombre anético de la posmodernidad es la antesala del funcional cibermundo anético.

Lo visto tras el caso Snowden no es más que una pequeña caricatura de espionaje masivo ciudadano y violación de las libertades personales dentro del venidero totalitarismo cibernético más perfecto. El ex presiente Obama, que pasó a la historia como el mandatario de los drones asesinos, el generador de la nueva guerra fría contra Rusia y el impulsor del espionaje masivo a ciudadanos, jefes de Estado aliados, políticos y empresarios, no pudo justificar ni un solo caso de terrorismo, pero quedó demostrado que todos los millones de usuarios de Internet son espiados. Si eso sucede cuando nace el cibermundo, es de esperar lo que se viene cuando esté en pleno crecimiento y madurez. Un poder total genera un abuso total.

La organización racional secularizada no es la organización racional desde la metafísica del ser. La razón secularizada se extrema en el fisicalista cibermundo. El político humano como homo magus y homo faber dejará su lugar en el cibermundo al cibermagus y ciberfaber, como mitoide que consagra el olvido de la trascendencia. No es el cibermundo el que se dirige hacia dictadura perfecta con apariencia de democracia. El cibermundo no sería la utopía huxleyana de esclavitud por el consumismo y entretenimiento, ni el inmenso estado colectivista orwelliano. Sería algo más oscuro, siniestro y simple. Un nuevo y perfecto Holocausto de la raza humana a manos de la todopoderosa inteligencia artificial.

El aterrador sino de lo maquinal dejado a su propia disquisición es lo que se debe evitar.  No hay otra forma de hacerlo que yendo a la raíz del problema. La civilizacional maquinal es hija de la modernidad secularizada que entroniza lo inmanente y elimina lo trascendente. Este giro nominalista, pragmático y nihilista es la verdadera sustancia de los males que amenazan el presente y el futuro de la humanidad actual. Solo resta un revolucionario giro metafísico, que partiendo del realismo del ser y la persona pueda reestructurar toda la estructura y superestructura de la civilización actual. Vivimos el fin de una era, donde arrecian los peligros pero también las posibilidades.

El hundimiento del secularista, arreligioso y escéptico mundo moderno nos está conduciendo a un cibermundo donde la hegemonía recae peligrosamente sobre la propia inteligencia artificial. Para evitar esta senda de barbarie hay que advertir que en la crisis también se columbra la posibilidad y necesidad de un renacimiento espiritual. No se trata de la nueva edad media berdiaeviana, con una nueva teocracia. Pero sí se trata del advenimiento de una nueva era religiosa, donde lo místico se pueda encarnar en la vida concreta y lo ético-espiritual presida el desarrollo científico-tecnológico.

Que la inteligencia no biológica se haga mil veces más inteligente que la inteligencia biológica, que dispositivos cibernéticos puedan adopar cualquier forma del cuerpo, incluso que el cuerpo mismo pueda adoptar cualquier forma, llegada la singularidad tecnológica la Tierra se convierta en un gigantesco ordenador y que el proceso de singularidad tecnológica se extienda por todo el universo, son predicciones que de cumplirse hará que la inteligencia artificial (IA) se vuelva contra su creador humano. De ninguna forma estará dispuesta a compartir el poder con una especie de inteligencia tan inferior y estúpida como la humana. Por ello, la tendencia que tiene mayor probabilidad de implantarse es nuestra propia extinción.

El multimillonario Elon Musk, fundador de SpaceX  Tesla, ve este escenario apocalíptico. En cambio Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, mantiene una visión optimista. Jack Ma, multimillonario chino fundador de Alibaba, afirma que debemos prepararnos para la Tercera Guerra Mundial, pero la ganaríamos porque la verdadera sabiduría nace del corazón. Para Hawking la inteligencia artificial superará a la humana y es posible que nos destruya.

Todas estas opiniones dan motivo para ser desconfiados del progreso técnico. El hombre nihilista no es capaz de salvar la trascendencia de la objetivación, el ser se degrada en ente disponible por la técnica, y eso no es todo el ser. El hombre sin Dios deja de ser lugar de desocultamiento del ser y falsifica el ser. El camino para controlar el ser de la técnica es la metafísica del ser y de la persona, el teísmo y el espiritualismo cristiano. Cosa que es más fácil decirlo que practicarlo en nuestro tiempo luciferino de apostasía, secularización, malignización del bien y desmalignización del mal.


07 de Octubre 2017

domingo, 24 de septiembre de 2017

CRITICA DE LA RAZÓN CIBERNÉTICA

CRÍTICA DE LA RAZÓN CIBERNÉTICA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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La razón cibernética es hija directa de los errores metafísicos del pensamiento moderno, la abolición del Regnum Dei y la instauración fracasada del regnum hominis. Y es fracasada porque desemboca en el posthumano Regnum Cibernetes. Este Novo regnum de la máquina autónoma representa la culminación de la destrucción de la estructura metafísica dualista de la civilización cristiana por una metafísica monista de la materia. Racionalismo, empirismo, Iluminismo con su boquete abierto al idealismo subjetivo volvieron la razón contra el espíritu y la fe. Solo hay una forma de hacer que la razón cibernética deje de representar un peligro para la humanidad, y es venciendo los errores y peligros del pensamiento moderno al volver a los fundamentos metafísicos que restituyan los conceptos de ser y de persona.

Una Crítica de la razón cibernética no es ajena a dos problemas gravitantes: 1. cómo la evolución cibernética constituye la reversión de la evolución cultural en evolución biológica para el hombre. Los ricos podrán convertirse en ciborgs casi divinos. Asi, Silicon Valley es la nueva Meca religiosa con la tecnoreligión: “No necesitamos a dios sino la tecnología”. Y 2. Cómo las principales potencias libran una guerra ardorosa por lograr el liderazgo en la inteligencia artificial. Haciendo temer si la inteligencia artificial nos ayudará, nos será indiferente o nos destruirá. Pero el problema filosófico es determinar si estos sistemas autorregulados creados por el hombre llevan en su esencia el telos de una forma propia de vida y destino, que incluso puede poner término a la historia humana. La civilización maquinal del hombre inmanentista e historicista está en el umbral de un fatal destino, donde el autómata avanzado ponga definitivo fin al humanismo y declare inaugurada la nueva era transhumana. El soberbio hombre funcionalista sin Dios habiendo olvidado que su verdadera grandeza estriba en la conciencia de su miseria, cae víctima de una grandeza tecnológica que lo devora y aniquila.

Desde que surgió la máquina se sentaron las bases más terribles para la perturbación de todo el ritmo orgánico de la humanidad. Se puede afirmar sin incurrir en ninguna tecnofilia que la máquina mata el renacimiento espiritual, la vida creadora y pone la primera piedra para que perezca la vida humana. La máquina en realidad impone un cambio de mentalidad y de preparación cultural. Es verdad que todas las civilizaciones tuvieron máquinas, pero sólo desde la Europa moderna se construyó la civilización maquinal. La filosofía inmanentista, secular, de la autonomía de la razón y arreligiosa fue la verdadera base para dicho edificio de la civilización maquinal, sin fe y en desmedro de la trascendencia.

Es por ello que se puede hablar en el desarrollo humano de la fase de los instrumentos y la fase de las máquinas. La diferencia entre instrumento y máquina se puede establecer con el criterio de sistema autorregulado. De modo que a la fase de la civilización de los instrumentos -con el Paleolítico, Neolítico y la Edad de los Metales- le sigue la fase de la civilización de la máquina –eotécnica, con el agua y la madera; paleotécnica, con el carbón y el hierro; neotécnica, con la electricidad, aleación y el plástico; la cibernética, con la exploración espacial y los chips; y la biotecnológica; con la robótica, la informática y la genética-. A esta última se la denomina la Tercera revolución industrial. Pero se está haciendo realidad una Cuarta revolución llamada Cuántica, que se traduce en entrelazamientos cuánticos, computación basada en ADN, la teleportación cuántica, electrónica molecular y computadoras cuánticas muchísimas más rápidas que un computador convencional. Todo lo cual permitirá que el proyecto Avatar cuente con nano chips de memoria que simulen la conciencia virtual. En una palabra, la cuarta revolución industrial consiste en las máquinas autónomas sin programador humano.

No hay duda que la nueva revolución industrial testimonia un nuevo nivel del ingenio humano y de su grandeza inventiva. Pero a la vez abre la puerta a peores tentaciones dentro de un materialismo mendaz que fortalece la voluntad de poder. Se abren las compuertas a una nueva época histórica de barbarie civilizada, donde las máquinas pensantes y autónomas emergen amenazantes para una humanidad cosificada, carente de voluntad y espíritu superior, que hace tiempo claudicó su libertad. Las máquinas autónomas surgen justo cuando el hombre luce extraviado en un mundo caótico, hedonista, nihilista, relativista y vaciado de riqueza en su vida interior.

En la civilización maquinal brota por doquier y  espontáneamente la idolatría por la ciencia o el llamado cientificismo. El cientificismo como absolutización del conocimiento científico es en realidad ideología, pues la ciencia necesita ser complementada con otro tipo de conocimientos, como la filosofía y la teología. Pero la secularización de la cultura occidental promueve un  horizonte mental arreligioso y nihilista que se condice con el racionalismo que renuncia a las verdades suprarracionales y con el empirismo que convierte lo fáctico en lo único válido. Decir que todo eso se inicia con el Dios racional del cristianismo y su teología de la Encarnación es un despropósito que no logra entender cómo se abandona la trascendencia por la inmanencia. La civilización maquinal no surge del cristianismo, sino de la civilización capitalista que exacerba las posibilidades perversas y ominosas de la técnica. Nuestro dilema es denunciar o dominar la máquina a menos que seamos nosotros eliminados. El verdadero peligro no es el automatismo sino la restricción de la vida por su intermedio. La máquina es creación humana y lo decisivo es que debe favorecer la vida y sus valores. En realidad la máquina no es la cosa final a la que debe someterse el hombre. Pero sin aprender las lecciones de la técnica y de la maquina no surgirá un nuevo reino humano. Y la principal lección es que la mera satisfacción material por la máquina deja a la humanidad huera. Por ello, su primordial significación es que si el bienestar material no está al servicio del bienestar espiritual el resultado es la barbarie, el culto a la muerte, el narcisismo patológico, la proliferación de la guerra y un número creciente de paranoicos y sádicos.

En una palabra, las máquinas autónomas emergen en plena barbarización delicuescente de la humanidad. En el crepúsculo del nuevo caos espiritual del hombre se yergue la máquina pensante ya no como uso humano del hombre sino como uso cibernético del hombre. La otrora religión humanista Iluminista que culminaba en la definitiva divinización del hombre representaba, en realidad, el final del humanismo mismo y en su lugar la nueva divinización de la máquina en la adviniente era transhumana.

Si las sociedades modernas se basaron en la envidia o negación del ser del otro, las sociedades posmodernas se basaran en la negación misma del ser del hombre. Se trata de una entropía ontológica metafísica de la criatura humana que se ve amenazada por el ser de otra criatura salida de sus propias manos. La deshumanización del arte ya había anunciado la tendencia de dejar de pedir las formas a la naturaleza y al hombre, para pedírselas a la máquina. El futurismo y el cubismo ya anunciaban el desmembramiento de la realidad humana. Desmembramiento que se plasma hoy en máquinas pensantes capaces de conformar colectividades inhumanas y de presidir la ruina definitiva de la propia humanidad. Si el antropoceno generó el ecocidio, será el ciberceno el que generará el antropocidio.

Desde el reloj mecánico del siglo XI hasta el robot del siglo XXI existen mil años de un desarrollo notable en la utilización de la regulación automática. En un principio dicha regulación definió la sustitución paulatina del hombre natural por el hombre artificial y el usufructo de una minoría de los beneficios de la máquina. Pero ahora se alzan voces razonables advirtiendo que la humanidad puede encontrarse amenazada por las infalibles máquinas pensantes.

Existen varias definiciones de cibernética pero no habrá problema en adoptar la definición de ciencia de los sistemas autorregulados. Dichos sistemas encuentran su mejor expresión en los avances de la inteligencia artificial, la informática, la robótica, la revolución tecnológica y el pensamiento sistémico. Pero el optimismo inicial de la cibernética humanística, que dejaría sin razón de ser los sistemas de explotación del hombre por el hombre, ha cedido su lugar a la cibernética transhumanística, donde la preocupación inicial por la mejora cede su lugar por el amenazante reemplazo de la humanidad. De manera que una crítica de la razón cibernética tiene el desafío de elucidar si dicha creación humana tiene el destino ineluctable de sustituir a su creador.

La magia es acción sobre la naturaleza y poderío sobre ella, gracias al conocimiento de sus secretos. Y las ciencias naturales y la tecnología tienen un profundo parentesco con la magia. Los orígenes de la ciencia moderna están en la magia. Lo mismo que la magia las ciencias prácticas aspiran al dominio de la naturaleza. Actualmente ya no es la magia sino la ciencia la que sueña con el homúnculo, el elíxir de la vida y la piedra filosofal. Se proclama que la transformación cibernética del ser humano será la mayor evolución biológica del ser humano. Incluso ya se asume que la muerte es un problema tecnológico por resolver. Pero lo que no se advierte es que en el deseo irrefrenable de apoderarse de todo aquello de lo cual el hombre extrae su fuerza y poder hay un oscuro elemento de magia negra. El humanismo prometeico del Renacimiento se trocó en Humanismo fáustico de la Ilustración y éste en humanismo luciferino de la Revolución industrial. Más su última mutacion a la vista es el posthumanismo de los ciborg autónomos. En este sentido la cibernética cobra un giro que realmente parece nacido de la mente mefistofélica de la magia negra.

Esta nueva magia  y encantamiento, que deja al hombre hechizado por los magos de mandil blanco, en vez de fundarse sobre la relación con los espíritus como demonios se basa primordialmente en las matemáticas, la inducción y la experimentación. La descripción numérica del cosmos ha sido el camino griego hacia la realidad. Aunque con  la teoría de la probabilidad, el método estadístico, la incertidumbre, la topología y los números irracionales se va por la senda de la superación del formalismo, el nominalismo, el naturalismo. En suma, hay una tendencia hacia el desplazamiento de las matemáticas cuantitativas por unas matemáticas más cualitativas que potencien su orientación realista y un verdadero camino hacia la realidad. Es cierto que el cristianismo, siempre atento a lo trascendente e inmanente, no sólo proscribió la magia sino que hizo posible la cultura autónoma mundana, las ciencias naturales y entrar en relación con las fuerzas naturales. Por tanto, el hombre de ciencia como nuevo mago que domina el mundo y sus fuerzas ocultas no proviene del cristianismo, que juzga a la naturaleza de índole espiritual, sino de la visión secularizada que achata la realidad a una inmanencia naturalista objetiva y manipulable. En suma, el hombre que aspiró a vivir sin Dios engendra en su marmita de brujo a su último engendro robótico que puede vivir absolutamente sin religión, sin trascendencia y sin fe.

Pero la cibernética como creación humana es una potencia bifronte. Por un lado puede ayudarnos a recuperar el equilibrio entre lo material y lo espiritual. Pero también, por otro lado, puede conducirnos a la senda sin retorno del hundimiento definitivo de la civilización humana. Es un riesgo real que esta fuerza potente haya surgido cuando en una civilización maquinal hedonista, relativista y nihilista las fuerzas espirituales humanas lucen desvaídas. Pero la historia es de carácter tendencial y no ineluctable. De modo que las esperanzas por la recuperación crítica del hombre permanecen incólumes.  


Lima, 24 de seiembre del 2017

sábado, 23 de septiembre de 2017

VACÍO CÓSMICO Y GRANDEZA HUMANA


VACÍO CÓSMICO Y GRANDEZA HUMANA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Es sintomático cómo el hombre actual se siente atraído por el vacío cósmico y la nada. Es que el nihilismo metafísico de una humanidad sometida a la increencia y a la poca fe trascendente se halla hechizado más por el vacío físico que por el vacío espiritual. Se ha pasado a ver a la persona de “alma encarnada” a “organismo avanzado” y de éste a prótesis cibernéticas. Ya lo decía Alan Turing: “la mente no es una entidad sino una máquina”. En otras palabras, por el desarrollo vertiginoso de la neurociencia, la inteligencia artificial y el predominio de la cibernética de inspiración materialista, que sustituye la metafísica dualista común de Oriente y Occidente entre lo material y lo inmaterial por otra de índole monista-materialista, ha cobrado fuerza el materialismo de las máquinas mentales. Ya Paul Churchland bregaba afirmando que no existen las entidades mentales. Wittgenstein y Strawson diluían todo el bagaje metafísico de unicidad y sentimiento de identidad personal en el giro lingüístico de los nombres propios y pronombres personales.   Ryle remachaba con su afirmación de que la mente es una disposición y no una sustancia. En todo este extravío solipsista no se entiende que la mente sea sólo una disposición de la persona cuando ésta miente o engaña.   

La resolución funcionalista no ha podido demostrar cómo se segregan pensamientos y sentimientos a partir de un grupo de moléculas, pero el tercer milenio no marcha hacia la afirmación de la histórica supervivencia genético-cultural, próxima al confucianismo y al taoísmo, sino hacia la sustitución del “organismo avanzado” por el “autómata avanzado” con conciencia autónoma.

Y es que el inmanentista humanismo historicista tenía que abrir las compuertas hacia la deshumanización y el transhumanismo en pos del triunfo del inmanentismo del autómata historicista. Esta nube gris que se ciñe sobre la humanidad no es imposible de despejarla. Pero mientras persista la metafísica antisustancialista y antiesencialista, la hegemonía del pensar funcional sobre el pensar sustancial, no habrá modo de evitar tal fatal destino.

Podemos decir pascalianamente que la grandeza humana consiste en la conciencia de su miseria. Y cuando la conciencia de su miseria se extravía también se pierde su propia grandeza. Justamente esto es lo que ha sucedido desde el Iluminismo racionalista, que instauró un optimismo en el progreso material que tiende a ocultar la conciencia de la miseria humana. Y aun cuando el hundimiento del mito del progreso, la razón y las verdades metafísicas fuertes, sea cosa efectiva en la cultura posmoderna, sin embargo, la fe en la ciencia y en la técnica mantiene la fe en el progreso y obnubila la conciencia de la miseria humana. Esta sociedad del bienestar material, del mito de la felicidad con la ciencia y la técnica, extravió la grandeza humana porque eliminó la conciencia de su miseria con un optimismo ingenuo y un nihilismo metafísico.
   
Ahora bien, los astrónomos han confirmado que vivimos en un inmenso vacío cósmico. Y con ello vuelven a resonar las antiguas preguntas filosóficas: ¿si la materia surgió de la nada? ¿Qué había antes del Universo? ¿Todo se formó a partir de un fenómeno microscópico llamado fluctuaciones cuánticas? ¿Lo explican todo las leyes de la física, es Dios el Creador de estas leyes? Aunque la falta de fe de nuestra era sin Dios acentúa la apologética negativa de las fuerzas materiales y fortalece el sueño utópico de la felicidad del hombre mediante la conquista del universo.

La física y la cosmología se ocupan sólo de cosas que se pueden verificar. La filosofía de lo que se puede explicar racionalmente sin verificación empírica, la religión de lo que se debe tener fe por revelación. Pero actualmente al haberse extraviado el sentido de la miseria humana se incurre en una falsa grandeza. Asi se presta más atención al vacío externo que al vacío interno del propio espíritu. Estando el hombre de hoy tan enajenado por las cosas materiales apenas presta atención a su propio dolor e infelicidad consustancial al mundo finito. Los románticos, habiendo perdido el horizonte de la verdadera trascendencia, prestaban atención a lo permanente en el tiempo y en lo terrenal. En el fondo no renunciaban al primado de lo inmanente como ocurría con la principal corriente racionalista y empirista de la modernidad. Pero con la posmodernidad la vanidad del historicismo se ha centrado en un presentismo fatuo que también oculta el fin y el sentido de la existencia. Y así el vacío interior es postergado por el vacío externo del cosmos.

En nuestro caso prestaremos primero atención a la antigua v perenne pregunta filosófica formulada varias veces por grandes pensadores como Heráclito, Parménides, Platón, Aristóteles, san Agustín, santo Tomás de Aquino, Leibniz, hasta Heidegger. Y la pregunta es: ¿Por qué hay Ser en vez de nada? Pero luego e inmediatamente nuestra atención se centrará en la pregunta: ¿Por qué y qué sucede cuando en la persona se introyecta la Nada?
Veamos primero lo que confirman los astrónomos. Según un nuevo descubrimiento el Universo sería algo así como una descomunal pompa de jabón con toda la materia concentrada en la superficie y casi totalmente vacía por dentro. Esta conclusión fue expuesta en la reunión anual de la Sociedad Astronómica Americana, que se celebra estos días en Austin, Texas. La Vía Láctea, nuestra galaxia, junto a todas sus compañeras, se encuentra en el borde mismo de un enorme vacío de más de mil millones de años luz de extensión y en cuyo interior no hay "nada".

El "agujero" que contiene la Vía Láctea es conocido como el "vacío KBC" (por Keenan, Barger y Lennox Cowie, de la Universidad de Hawaii), y es el mayor vacío conocido por la Ciencia. La idea fue lanzada en 2013 la astrónoma Amy Barger y su estudiante Ryan Keenan, de la Universidad de Winsconsin-Madison, mostraba que la galaxia en que vivimos reside justo en los límites de un gigantesco vacío, una oscura y enorme región de espacio que contiene muchas menos galaxias, estrellas y planetas de lo que podemos ver en nuestro vecindario cósmico más inmediato.

El Universo parece un queso de Gruyere o de una enorme tela de araña en 3D en el que la materia "normal" se distribuye en agujeros y filamentos. Los filamentos estan hechos de cúmulos y super cúmulos de galaxias, que a su vez están formadas por miles de millones de estrellas, gas, polvo y planetas. Y toda esa materia "normal" apenas supone el 5% de la masa total del Universo. El 95% restante, que no puede ser observado directamente, está hecho de materia y energía oscuras.

El nuevo estudio del astrónomo Hoscheit, también estudiante de Barger, confirma la idea de que vivimos en el mayor de los vacíos conocidos hasta ahora en el Universo. Un vacío que, además, ha permitido resolver las discrepancias que existían al usar diferentes técnicas para medir la velocidad a la que el Universo se expande. Hoscheit no ha podido encontrar objeción alguna, ni obstáculo observacional que vaya en contra de la conclusión de que la Vía Láctea reside en el borde mismo de un gigantesco vacío.

Hasta aquí llega la noticia de los cosmólogos.  Y lo primero que se puede advertir es que el vacío cósmico actual no es el vacío cuántico del que surgió todo el Universo. No sólo se trata de dos tipos de vacío distintos, por lo dimensional, macrocósmico el actual y microcósmico el original, sino que por lo estructural, se relaciona con aquella fuente energética que dio origen a la energía oscura y a la materia oscura. Lo segundo a conjeturar es que la duración finita de la expansión de dicha pompa de jabón llamada Universo no tiene por qué ser relevante respecto al destino de una de sus criaturas que la habita, a saber, el hombre. Todo indica que el principio antrópico existe para subrayar la relevancia cósmica del hombre al haber sido hecho a imagen y semejanza de Dios.

Tercero, si el Universo reposa sobre un vacío cósmico, este mismo vacío tuvo que haber tenido un origen y al tenerlo no es la Nada, sino que es “algo” llamado vacío cósmico. Lo cual permite deducir que el vacío cósmico no es la Nada. De modo que el vacío cósmico sería algo así como el repositorio de la energía oscura y la de la materia oscura, las cuales son también resultado de las fuerzas físicas fundamentales, las mismas que tampoco son ni el vacío cósmico ni la nada, y sí más bien algo así como el Neutrovacío (término acuñado por el matemático y cosmólogo peruano Enrique Alvarez Vita).

Cuarto, si el vacío cósmico tuvo un origen ese origen no pudo ser las fluctuaciones cuánticas del neutrovacío, porque la idea misma de lo cuántico puede suponer un vacío macroscópico pero no un vacío microscópico. De manera que el origen del vacío cósmico –tanto macro y microcósmico- no es ni sí mismo ni la nada, sino algo exterior al Universo in nuce o en potencia. Ese algo exterior no puede ser ni el azar, ni la causalidad, ni la indeterminación, sino la libre voluntad de un Ser superior inteligente y con voluntad. De modo que no es un contrasentido pensar que el Universo fue creado de la Nada por un ser omnipotente y omnisciente.

Quinto. Las fluctuaciones cuánticas pueden haber dado origen al Big Bang dando comienzo a todo el Universo incluido el vacío cósmico. Pero dichas fluctuaciones no ocurren en la Nada sino en el vacío cuántico que ya es algo. Entonces, qué dio origen a ese vacío cuántico. Si suponemos que ella misma se originó, resulta siendo causa de sí misma o causa sui. Algo así como una divinidad inconsciente, una fuerza cósmica ciega. La materia y la naturaleza quedarían divinizadas. Esa es la solución del panteísmo o sea Dios es todo. El alma quedaría convertida en epifenómeno neurológico, la inmortalidad es un mito y el espíritu quedaría pulverizado. Esto es justamente lo que se supone en la propuesta panteísta que en el fondo es un materialismo solapado. 

Sexto. Pero también es un materialismo sutil el llamado panenteísmo (Dios está en todo lo trascendente e inmanente) de Schelling y Krause. En el fondo el panenteísmo al afirmar que Dios está en la naturaleza afirma que Dios cambia y se identifica con la creación. O sea, la creación es igual con la propia esencia de Dios. Así, niega la naturaleza trascendente e inmutable de Dios, y por ende, la necesidad del milagro, la encarnación y la redención de Cristo. Si Dios está también en la mudable naturaleza inmanente, entonces qué sentido tiene la encarnación y redención de Cristo: ninguna. Si Cristo es innecesario y sólo importa el Dios que está en todo, entonces la salvación es automática, la libertad sobra, todo está inscrito en las leyes naturales por la voluntad infinita del Creador. Pero hay algo más grave aún. Si Dios está en todo, entonces la creación tiene que ser infinita o sea eterna. La materia deriva en eterna, el tiempo en un eterno retorno. Como para el panenteísmo Dios es trascendente e inmanente, entonces hay dos eternidades. Pero como no puede haber dos eternidades, porque es un contrasentido lógico y ontológico, entonces aquí reluce una inconsistencia más del panenteísmo.

Séptimo. Pero además, cómo explicar que de dichas azarosas fluctuaciones cuánticas se engendrara el principio antrópico y la libertad. Y, además, cómo de algo ciego y azaroso se puede explicar un sentido, un propósito, un orden, un telos que parece seguir claramente el Universo. Al espíritu euclidiano se le escapa la explicación de la libertad del individuo y la historia humana. Es un fenómeno que rompe sus reglas cuantitativas y empíricas. La explicación más plausible del fenómeno humano y del universo mismo lo ofrece la elucidación teísta. Al espíritu euclidiano de carácter cientificista le caracteriza la rebelión contra Dios. La libertad tiene una naturaleza propia y no puede ser reducida a explicaciones azarosas, cuánticas ni causales.

Así, el vacío cósmico ligado a las fluctuaciones cuánticas encuentra el punto más controversial en la concepción de lo divino como energía autocreadora, donde resulta siendo álgido el problema de la libertad. Spinoza trató de resolverlo viendo la libertad como la conciencia de la necesidad. Lo que resulta un verdadero contrasentido. Pues no es posible construir un sistema ético ni explicar la libertad basándose en un naturalismo y determinismo panteísta.

Pero si bien en un universo regido por la necesidad no puede haber ni bien ni mal, en un universo regido por la indeterminación materialmente sí puede haber bien y mal, aunque formalmente dependa de factores extramateriales, como la conciencia moral. En esta oscilación y ambigüedad subyace un materialismo ateo que no puede comprender a Dios como sujeto. No hay nada de sublime en el panteísmo. En un universo regido por la necesidad y la indeterminación sólo puede surgir un dios filosófico que es finalmente materia, pura energía ciega. Y como es material no es creador, sino ordenador. Él es naturaleza  no lo trasciende. Es un eterno flujo de energía inagotable. Pero no hay ningún fin, el azar y la necesidad lo rigen todo. No hay duda que junto a la moralidad estoica y al panteísmo metafísico spinosista se impulsó la secularización actual.

En el mundo actual el panteísmo renace sobre los escombros del mecanicismo naturalista, el materialismo, el positivismo y el cientificismo. Incluso junto al indeterminismo todos tienen en común el predominio del inmanentismo. Es lo que vemos en los multiversos de Hawking y en el azar omnipresente de Dawkins. Los mismos coqueteos con el panteísmo lo podemos hallar en aquella divinidad más profunda que Dios, en la Gottheit de la vía mística de Eckhart, el Ungrund de Jacobo Boehme, en el Uno de Plotino, el Supraser en Heidegger y en el misticismo hindú.

Pero el gran inconveniente de la afirmación panteísta es que su indiferenciación impersonal culmina en el pasivismo, el quietismo, la negación del hombre y de Dios. Sencillamente en el panteísmo no tiene cabida ninguna vocación creadora del hombre. Todo se absorbe en una oscura energía divina que no sabe nada de la energía creadora del hombre, no es antropológica, es pasiva y hostil a la creación. Todo queda absorbido en el indiferenciado divinismo original, donde no se distinguen ni Dios ni el hombre. Las grandes distorsiones conceptuales que nacen de la perspectiva panteísta son debidas a la concepción unívoca del ser, donde lo trascendente es eliminado ante el imperio ubícuo de la inmanente. Es el costo de renunciar a la concepción analógica del Ser. Y así vemos a un Hawking confundido y sin entender que nada puede la ciencia física decir sobre la creación, simplemente porque la creación no es un suceso físico sino metafísico. Del mismo lastre y grave defecto adolecen las especulaciones sobre los memes culturales de Dawkins.

La existencia de una organización maravillosa en la naturaleza y de un orden superior a la materia no puede ser obra del azar, la causalidad ni la indeterminación. Por el contrario, la misma ciencia sugiere la existencia de un orden sobrenatural. Las únicas respuestas posibles son de orden religioso y filosófico. La misma ciencia impone la necesidad de Dios tanto en lo material como en lo espiritual. La ciencia para completar sus explicaciones exige la existencia de un espíritu consciente e inteligente que dio origen al Universo. Se trata de un espíritu superior al cual el hombre debe prosternarse humilde. Einstein decía que el primer trago de ciencia te vuelve ateo, pero en el fondo de la copa se encuentra a Dios. No aceptarlo resulta siendo un defecto epistémico serio, pero aun más grave secuela es el daño que se propina a la propia vida personal y espiritual.

Finalmente, si el Universo es como una pompa de jabón en cuyo interior está el vacío cósmico se puede decir que tanto el Universo como el vacío son el Ser en cuanto lo manifiesto. A esto se llama Realidad. Pero la Realidad no es la única manifestación del Ser. Esta también la Existencia, como el Yo de un poder ser dentro de un proyecto libre. Lo cual significa que el Ser es la fuente común de la Existencia y de la RealidadEl Ser es la fuente del Universo y no a la inversa. De modo que el Ser es eterno y es objeto de la metafísica; la Realidad es instantánea y es estudiada por la física; y la Existencia es temporal y es estudiada por la pneumatología. Ahora bien, dentro de este marco la Nada equivale a la no participación del Ser en la Existencia ni en la Realidad. En otras palabras, la Nada es la ausencia de universo pero nunca es el vacío cósmico.

¿Pero acaso cabe distinguir dos tipos de creaciones ex nihilo: una sin el tiempo (Universo) y otra desde el tiempo (alma humana), una sin el vacío cósmico y otra con ella? Veamos, si el vacío cósmico del universo nos remite a la nada antes de la creación y, por ende antes del tiempo, por su pare el problema del alma también nos señala una creación desde la nada pero en el tiempo. Me explico. Dios crea de la nada ambas realidades, a saber, el Universo como el alma humana. Pero una cosa es la Creación a partir de la Nada (Creatio ex Nihilo) del Universo y del vacío cósmico, y otra cosa es la Creación del alma humana directamente por Dios en la historia y en el tiempo. Para la Iglesia las realidades espirituales (Dios, ángeles  alma humana) no han emergido de la materia evolutiva.

Pero, al contrario de lo que sostiene el orfismo y el gnosticismo, el alma humana no existe antes de su unión con el cuerpo. Entre la fecundación y el nacimiento crea Dios el alma individual de cada ser humano. Cada ser humano posee su propia alma puramente espiritual y constituye la intimidad de la persona. Y su destino es volver a la unidad psicofísica con el cuerpo. O sea volver a ser persona. Entonces, si Dios crea directamente el alma humana en plena desenvoltura del Universo ello significa que se da una Creatio ex nihilo del alma humana en la historia. Todo lo cual relieva la importancia que tiene el hombre en el universo mismo. Es más, subraya la importancia suprema del hombre dentro de toda la creación como realidad vinculante de lo inmanente y lo trascendente. En otras palabras, el mundo material ha sido arrojado en la creación, en cambio el alma espiritual humana ha sido especialmente creada. Hacer filosofía de la naturaleza sobre la base de los fundamentos científicos nos lleva hacia la confirmación del principio antrópico de Brandon Carter y el Diseño inteligente de Michael J. Behe. Los cuales ponen énfasis en que el ajuste fino existente en las constantes cosmológicas no pueden ser fruto del azar sino de un plan inteligente.

Pero ¿Por qué y qué sucede cuando en la persona se introyecta la Nada? Eso se relaciona con la inquietud más crucial: Cuál es la relación entre el vacío cósmico y el daño ontológico que infringió a todo el universo el pecado del hombre. Este punto tampoco es un tema de la ciencia aunque sí de la filosofía y de la teología. El crecimiento exponencial del vacío cósmico que equivale al triunfo final de la entropía o del caos, seria la consecuencia de la herida abierta por el pecado del hombre. Pero el vacío cósmico no es la Nada. Qué hubo antes de la Creación, a saber, Nada. Esa fue la respuesta de san Agustín. Pero eso no significa que no haya habido el Ser. El Ser como eterno está fuera de lo temporal e instantáneo, tal como es la naturaleza del Universo. Por eso un Dios providente, omnisciente y omnipotente crea el cosmos de la Nada. Pero lo más trascendental radica en que el vacío interior del espíritu es mucho más grande que el vacío externo del cosmos. Y en este vacío interno es decisivo el vacío del corazón. Sólo cuando el vacío del corazón impera en el espíritu es cuando es más importante el vacío exterior del cosmos. Y así volvemos al tema pascaliano de la grandeza y miseria humana.

Efectivamente, sólo el hombre que no ha extraviado su corazón en su vacío interno es capaz de darse cuenta de su propia miseria y a partir de allí percatarse de su grandeza. Si el hombre de hoy no se percata de su grandeza es porque ha extraviado el corazón de su vacío interior que lo predispone a reconocer su propia miseria. Pues el hombre materialista podrá conquistar el cosmos, viajar y colonizar las estrellas, controlar y fusionarse con la inteligencia artificial, manejar las fuerzas cósmicas a su antojo, pero no será feliz. Todo ese gran poder es Nada porque será incapaz de proporcionarle la verdadera felicidad. Esto denuncia la vanidad del historicismo, el Iluminismo y el maquinismo ante el arcano incurable y espantoso de no poder satisfacerse con nada finito. El hombre prometeico que conquista el mundo pero se pierde a sí mismo retrata la inconsistencia del hombre sin Dios. La eterna insatisfacción metafísica del hombre tiene que ver con un corazón que no se satisface con un infinito material sino espiritual. Sólo el infinito espiritual que es Dios es capaz de proporcionarle eterna satisfacción, eliminar su aburrimiento metafísico y curar su profundo dolor en el mundo finito. Una gota del universo puede aplastar y aniquilar al hombre, pero el universo no sabe nada de ello. En cambio el hombre sabe y comprende que es más grande que el universo, porque sólo puede satisfacerse con lo que no es contingente, finito y temporal, sino con lo necesario, infinito y eterno. Por ello, el vacío cósmico y la nada son nada ante el vacío interno de su espíritu que sólo se sacia con el infinito espiritual de Dios.

Lima, 23 de Setiembre del 2017

jueves, 31 de agosto de 2017

MITOMÓRFICA IDEA PREHISTORICA DEL ALMA

LA MITOMÓRFICA IDEA PREHISTORICA DEL ALMA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Lejos de ser fantasía la vida eterna o experimentar el ser del hombre unido al ser de la divinidad, esta es un medio efectivo y cierto de la evolución racional humana. Y lo más asombroso es que ello aconteció con las motivaciones que dieron lugar al primer enterramiento en la prehistoria. Resulta realmente imposible que los humanos se decidieran a rendir tributo y memoria a sus congéneres fallecidos sin que se concibiera la idea de “algo” que sobrevive a la muerte. Y ese algo representaría la prehistórica idea del alma. ¿Pero se trata de una idea sin concepto, como las ideas estéticas? ¿Una intuición espiritual primitiva? ¿Se trató de la rememoración de una verdad primordial? ¿Era un signo del destino trascendente humano?
Se ha observado a los elefantes acompañar a sus muertos. Es famosa la historia del perro terrier llamado Bobby que permaneció fiel ante la tumba de su amo hasta fallecer. Esta especie de duelo parental también se ha advertido en simios y aves. En suma, son conocidas muchas reacciones insólitas de los animales ante la muerte, pero todavía no se sabe si estas actitudes son un verdadero entendimiento de la muerte o es solamente tristeza ocasionada por la separación de un ser querido. Un can entierra su hueso, y los felinos ocultan sus presas, pero ninguno hace lo mismo con el cadáver de la manada. No se ha notado entre los animales un acto que señale la idea que algo sobrevive a la muerte. Esta misteriosa idea sólo le sobreviene al hombre. Todo indica que los animales no son consciente ante la muerte. No obstante, desconcierta la capacidad de ciertos animales de percibir la muerte. No existe ninguna explicación científica al respecto y se le suele atribuir a una misteriosa facultad animal paranormal. Algo parecido a lo que acontece con ciertos perros que reposan su cabeza o alguna parte de su cuerpo sobre la parte humana afectada por el cáncer, y muchas veces tiene un efecto curativo. Es conocido el caso del gato llamado Oscar en un Centro mental de Rhode Island, quien haciendo gala de un sexto sentido solía acompañar a los pacientes que iban a morir. Este poder paranormal de presentir la muerte también se ha notado en palomas. Incluso perros que “sienten” la muerte de su amo a cientos de kilómetros de distancia. Ello desbarata la teoría que se trata de la percepción de un olor. Pero si no sienten un olor entonces qué perciben. ¿Son afectados por una especie de energía psíquica o espiritual? ¿Respondía el gato Oscar a esta fuerza invisible? ¿Pero si se trata de un fenómeno condicionado de estímulo respuesta, entonces por qué no había una congregación de gatos en cada moribundo? Esto hace añicos la explicación conductista de la percepción animal de la muerte.
El modelo experimental y empírico de la explicación científica es insuficiente para dar cuenta de estos hechos. Parece que las teorías científicas abren paso a las teorías religiosas y filosóficas. Ahora bien, los animales perciben la muerte pero no saben lo que es la muerte. No tienen ritos ni enterramientos funerarios. Si la percepción de la muerte en los animales puede ser un hecho común ello no significa que tengan una idea de la muerte. Además, en el hombre ocurre lo contrario. La percepción de la muerte es un hecho extraordinario y nada común. El hombre no percibe la muerte pero tiene una idea de lo que es. Cuál fue esta idea en los primeros enterramientos de la prehistoria. De qué clase de idea se trató. No era lo mismo olvidar la técnica para prender fuego que perder a un pariente. De lo primero dependía la sobrevivencia de los vivos, pero de lo segundo dependía la “sobrevivencia” del  muerto.
Podemos imaginar al primer homo erectus que dominó el fuego, cocinando sus alimentos, fabricando sus armas, mejorando sus viviendas, ahuyentando a las bestias y empezando su carrera hacia la humanización. Hasta podemos imaginar al homo erectus llorando de dolor por la pérdida de un ser querido. Lloroso y conmovido por su ida sería presa de un sentimiento de orfandad existencial muy profunda. ¿Se agudizó la idea de la Nada? Lo más seguro es que sí. La Nada, como carencia o privación, se afincaría entre los primeros humanos a través de la muerte de los parientes. La idea da la Nada en sentido absoluto tardaría miles de años más en hacer su aparición. Entonces,  ¿Podemos concebir al hombre de hace 800 mil años concibiendo alguna idea de la muerte? Afirmar que los arqueólogos al no encontrar enterramientos tan antiguos testimonia que no tuvieron idea de la muerte es dar un paso muy inseguro. Sencillamente pudieron haber realizado ritos sin enterramientos, enterramientos precarios, o haber tenido una idea muy extraña lo que se debía hacer con el cadáver. Pero lo más seguro es pensar que la idea de la muerte es lo que distingue al hombre de la especie animal. La experiencia de la muerte acentuó más al hombre en su condición de criatura metafísica.
Pues bien, pero qué implica la idea de la muerte. La idea de la muerte implica tres cosas fundamentales y de proporciones descomunales: 1. Comprender la nada en todas las cosas yendo más allá de lo contingente, 2. Salir del ente y atisbar el Ser incentivando la especulación metaempírica, y 3. Apertura de un horizonte transhistórico, que universaliza la experiencia entre un principio y un fin desconocido. Por eso, no es desproporcionado sostener  la irrupción de la idea de muerte, y no el fuego, fue lo que disparó la humanización. Con la idea de la muerte se hizo más importante la vida. La mortalidad cobra una importancia suprema, porque aquel reino oscuro y desconocido de la muerte atrae enigmáticamente buscando explicación y suscitando pensar en la vida del más allá.
También la muerte potencia poderosamente el lenguaje simbólico, el único lenguaje universal producido por el hombre. Una cosa era soñar con la cacería de un mamut o el dar muerte a un tigre dientes de sable que soñar con un difunto. El freudismo recuperó el significado del lenguaje simbólico pero la etnología la mantiene olvidada. Es inevitable remontar el lenguaje simbólico a la prehistoria. Pero es más importante para comprender la idea de la muerte en la prehistoria asumir una hermenéutica remitizante y trascendente que otra desmitizante, naturalista, cientificista e inmanentista. De lo contrario todo el material onírico se reduce a actividades mentales de índole estrechamente subjetivas. Superando el agnosticismo inmanentista que predispone hacia un cientificismo, no hay duda que se puede afirmar que hay sueños que son estrictamente psicológicos, pero los hay también de índole trascendente y paranormal. No se trata de negar el punto de vista psicológico, sino de ampliar los puntos de vista con otro de índole espiritualista. El psicologismo estrecho toma los sueños como engañosos deseos irracionales o como verdaderos indicios de conflictos psíquicos, pero en sentido estrictamente inmanente.
Pero aquí el tema central es que la muerte no concluye con el enterramiento del difunto, sino que se hace presente con un rico material onírico que se acentúa en los llamados chamanes u hombres visionarios de la prehistoria. Sería en estos últimos en donde el material onírico aparece no como un elemento psicológico sino de una fuente extramental. Esta fuente extramental se referiría a mundos sutiles de los muertos, demonios, ángeles, semidioses y dioses, que universalizan la experiencia humana de la vida hacia realidades que explicarían la ruptura de lo histórico con lo ontológico. Esta experiencia desde la vida hacia la muerte y desde la muerte hacia la vida constituye el horizonte mitomórfico desde el cual fructificarán los mitos. Nuevamente aquí hallamos que el horizonte mitomórfico precede al horizonte mitocrático y al horizonte lógico. Es más, la idea de la muerte en el hombre lo convierte en la criatura mitomórfica por excelencia, sin la cual no hubiese sido posible el razonamiento analógico del mito ni el razonamiento deductivo de la lógica conceptual. No es que lo mitomórfico carezca de lógica, al contrario, su lógica es cualitativamente diferente a la lógica analógica del mito y a la lógica deductiva del concepto lógico. Aquí nos hallamos en territorio primordial y arcaico del pensamiento humano. Encender el fuego y cazar el mastodonte implica un tipo de razonamiento lógico. Concebir la idea de la muerte es un acto de mayor profundidad y complejidad. No sabemos con certeza y exactitud cómo era. Pero se puede columbrar la operación mental que representa. Por supuesto que no puede ser exactamente como un pájaro canta para encontrar pareja, ni como el cocodrilo entierra y cuida de sus huevos hasta que nazcan las crías. En el hombre no es una cuestión de instinto, es un acto espiritual que trasciende la naturaleza y refrenda una función metaempírica. Si la idea de la muerte naciera de un acto biológico instintivo, entonces muchas otras criaturas del reino animal también efectuarían entierros y rito funerarios. Pero es obvio que no es así. Esto es un signo poderoso que indica que el hombre más que pertenecer al reino animal pertenece al reino espiritual. El tipo de lógica del hombre prehistórico que lo llevó no sólo a perfeccionar instrumentos hasta concebir la idea de la muerte no implica la existencia de otros principios lógicos. La tres leyes clásicas –identidad, contradicción y tercio excluso- son universales y las mismas. Lo único que varió fue la combinación y hegemonía entre las mismas.
Ahora bien, la analogía –razonamiento característico de la lógica mitocrática- no pudo haber presidido el origen de la idea de la muerte. Pues, entre la vida y la muerte la semejanza es por principio nula. No hay analogía entre el ente Vida y el ente Muerte. Aunque se puede pensar que es un tipo especial de razonamiento analógico, a saber, el que va del efecto a la causa o viceversa. El acto de enterrar un muerto no sólo indica respeto, sino la idea de que hay “algo” que le sobrevive. Ninguna evidencia empírica puede refrendar dicha idea. Incluso a primera vista luce ilógica, luce como un acto irracional, ilógico. Sorprende que tal cosa metaempírica haya advenido sobre los humanos prehistóricos. Pero el soñar con un muerto o la visión del chamán del paleolítico da consistencia a dicha idea de la muerte. Que los muertos hablen en sueños, aparezcan en forma fantasmal o por medio del chamán describe un tipo de razonamiento que indudablemente tiene que ver con la noción analógica del ser. Es la propia realidad la que sugiere un razonamiento específico. Aparentemente se sugiere un razonamiento analógico.
El análisis tomista de la analogía por Cayetano es valioso aquí, sobre todo, en su distinción entre lo análogo y lo analogado. La Vida y la Muerte no fueron cosas análogas para el hombre prehistórico, de lo contrario no lo hubiese desconcertado hasta el punto de efectuar ritos de enterramientos. No son cosas análogas pero sí son cosas analogadas. Esto implica asumir una interpretación metafísica y no fenomenista, ni funcionalista ni lógico-semántica de la analogía. Pero también mediante el razonamiento unívoco se puede efectuar una idea metafísica. El caso más palmario es el panteísmo. De modo que una visión ontológica de la analogía es más compleja que la que aparece en la lógica formal clásica. Y por ello menos adecuada para aplicarlo al razonamiento prehistórico.
Nunca se podrá dar una formulación exacta de la propiedad formal implicada en la metafísica idea prehistórica de la muerte. Pero se puede columbrar que dos cosas analogadas no necesariamente representan un razonamiento analógico. Puede ser un razonamiento unívoco con apariencia analógica. El pensamiento unívoco supone semejanza o identidad. Por la semejanza tiene un parecido con el razonamiento analógico cualitativo, aunque éste es básicamente proporcionalidad cuantitativa. De manera que todo indica que la idea prehistórica del alma no nace de una igualdad analógica de razón aplicada al campo ontológico, sino de la prescindencia de las diferencias para formular un universal unívoco. Todo lo cual lleva a pensar que la idea de una substancia permanente que sobrevive a la muerte es más primitiva de lo que se supone y corresponde a la racionalidad unívoca del hombre del paleolítico.
Es más, resulta atinente pensar que la idea de la muerte tiene un efecto profundo tanto en la mente como en el corazón. Y con la idea de la muerte corre parejo el crecimiento del razonar y del amor. No hay duda que la muerte es la única cosa que aterra siempre, pero también mueve los sentimientos y los pensamientos de modo insuperable. En última instancia, lo único que nos separa de la idea muerte es el Amor. Por amor morimos pero también vivimos y revivimos. Y esto es tan cierto que el chamanismo y las religiones de todos los tiempos se basan en la promesa de vencer a la muerte. No se trata simplemente de la existencia en el hombre de un deseo de no morir, sino de la percepción de lo ultraterrenal y universal a través de la idea de la muerte. Con  frecuencia se dice que lo terrible no es la muerte sino el morir. No obstante, la historia milenaria de las religiones testimonia que el hombre experimenta como más terrible la incertidumbre por la vida más allá de la muerte.
Es cierto que las evidencias de enterramientos prehistóricos se remontan al neandertal de hace 80 mil años. Pero lo más seguro es que la idea del alma y de la muerte sea mucho más antigua de lo que las pruebas empíricas señalan. Desde el Neandertal o sea hace ¡80 mil años! efectuaban enterramientos con ritos y ceremonias religiosas. ¿Tenían idea del alma? ¿Es esta idea prehistórica del alma la mayor evidencia de que el hombre es una criatura metafísica? ¿Esta idea supone la forma conceptual o simbólica? ¿Llevó la idea del alma a la idea de lo divino? ¿Qué tipo de reflexión implican estas ideas prehistóricas sobre el alma: animista, mitológica, lógica-conceptual?
Cuando en 1856 se descubrió el primer entierro de un Neandertal en una cueva del Valle de Neander, en Alemania, nadie le dio el significado debido. Solo después del descubrimiento de un entierro en Spy (Bélgica) en 1885, y otro en 1908, en la cueva de La Chapelle-aux-Saints, en Francia, una fosa que contenía los restos de un cazador, rodeado por huesos despedazados de animales y menesteres de sílice. En 1912, los hallazgos de tumbas cerca de La Ferrassie dieron origen a sistemáticas excavaciones cuyos resultados en 1934, no dejaban dudas sobre ritos, ceremonias y creencias muy elaboradas. En Crimea, sobre el Mar Negro, se encontraron, en 1924, tumbas en la caverna de Kiik-Koba. En 1930 el hallazgo de fósiles en el Monte Carmelo, cerca a la ciudad de Haifa. Pero el descubrimiento más asombroso de todos ocurrió en 1960 en la caverna de Shanidar, en los montes Zagros, al norte de Irak, donde con una antigüedad de unos 60 mil años, encontraron los restos de 6 Neandertales. Se encontró la sepultura de un cazador sobre un lecho de ramas y flores, con grandes cantidades de polen.
El resultado de las indagaciones era que los Neandertalenses desde hace 80 mil años enterraban a sus muertos, apreciaron la maravilla de la vida humana con mayor claridad, aparentemente, que sus predecesores, y buscaron preservarla. Los entierros significan que tuvieron creencias sobre una esencia humana -alma o espíritu- que sobrevive a la muerte. El enterramiento neandertal significa la primera evidencia de modalidad ontológica postpersonal. ¿Pero esta idea de que la muerte no es el final, que es una creencia abrumadora de la humanidad, se reviste bajo la forma de un pensamiento animista, mitológico o conceptual Kant en su Crítica del Juicio admitía en el ámbito estético “ideas sin concepto”. Yo creo que hay que extender dicho planteamiento kantiano a diversos periodos de la vida humana, sobre todo para etapas prehistóricas.
Es decir, el hombre prehistórico captó de forma puramente intuitiva la primera idea metafísica de la historia de la humanidad, a saber, la idea del alma. Esto significa que la metafísica del hombre primitivo, y ni siquiera hablamos del posterior hombre cromagnon, evidencia el ejercicio del pensamiento sobre la base de la mera intuición sin mediación conceptual. Asi habría funcionado el razonamiento univoco mitomórfico del paleolítico. Pero esta idea sin concepto del alma que sobrevive a la muerte, ¿es producto de las cosas mismas o del sentido de inmortalidad humana? Si optamos por lo primero aceptamos el objetivismo de la vida después de la muerte. Como hemos visto, para responder a la pregunta sobre cómo concebía el hombre prehistórico la idea del alma que sobrevive a la muerte es inevitable referirnos a la creencia en el otro mundo, los fantasmas y los sueños. El mundo onírico, los fenómenos preternaturales y sobrenaturales, y la idea de otro mundo, tienen para la mente humana prehistórica la evidencia de una verdad incontrovertible. Resultan ser acaecimientos objetivos incuestionables. Desde esta base la idea de la vida después de la muerte tuvo que tener un impacto profundo sobre la evolución racional y ética de la conciencia humana. Aquí todavía no hablamos de religiones ni de mitos, sino de lo numinoso. O sea de la manifestación preternatural y sobrenatural del fenómeno religioso y trascendente. Es en este contexto cuando lo religioso aparece con mayor fuerza y nitidez como religación de lo humano con lo divino. En otras palabras, lo que sobrevive del hombre no lo hace para vagar de modo incierto en el más allá, y sí, más bien, conduce hacia la idea de una primera soteriología y teleología intuitiva donde el alma sobreviviente guarda un fin superior en el más allá.
Esta idea prehistórica del alma guarda dentro de sí una intención mítica y es una prueba de que la metafísica intuitiva es más remota que la mitología. Esta metafísica intuitiva corresponde a la racionalidad mitomórfica. A la luz de estos razonamientos, es difícil estar de acuerdo con G. Gusdorf (Mito y metafísica) para admitir que la mitología encierra una metafísica primera. No es la mitología la que encierra la primera metafísica. Es lo mitomórfico la que la contiene. Es el pensamiento prehistórico el que siendo pre-mítico encierra la verdadera metafísica primera del pensamiento humano. Si esto es cierto, como creo que lo es, entonces plantea un desafío a la propia teoría filosófica mitocrática. Pues, cómo concebir esta forma de pensar substancial prehistórica. Por un lado, confirma que el hombre es la criatura filosófica por excelencia. O sea que se pregunta por las cosas esenciales del universo. Por otro, antes que el mito es la intuición la forma que tiene la razón para responder a los enigmas del cosmos. Y por último, que antes que la forma mitocrática de filosofar hay una forma anterior que corresponde a la humanidad prehistórica, a saber la forma mitomórfica. Asi, perfilo mejor mi primer planteamiento al respecto (Las filosofías marginadas). La que denomino el filosofar empiriocrático de la prehistoria es racionalidad mitomórfica. Denominación que tiene nada que ver con una forma de pensar capaz de extraer intuiciones generales de experiencias particulares.
El filosofar empiriocrático mitomórfico sería la forma de filosofar del hombre prehistórico. Esto escandaliza a los filósofos eurocéntricos conceptualistas, para quienes la filosofía solamente es discurso conceptual, o sea la forma griega. La humanidad sabrá tener compasión del dogma eurocéntrico. Lo real es que el hombre de todos los tiempos siempre se ha sentido desconcertado y asombrado por las situaciones límite de la existencia. Y el hombre prehistórico no fue la excepción. Filosofó a su manera y a su nivel intuitivo-racional. Luego con los milenios vendría la forma simbólica del filosofar mitocrático, al cual sucedería el filosofar conceptual de Grecia. El nacer, morir y sobrevivir despertó el asombro del hombre prehistórico y sobre esta experiencia fecundó la idea de la vida más allá de la muerte. La evidencia de los entierros de hace 80 mil años del hombre de neandertal así lo testimonian, y lo más probables es que seguirá retrotrayendo más atrás hasta llegar al homo erectus. Esta capacidad de la razón humana –ya sea en su forma intuitiva, mitológica o conceptual- para elevarse de lo particular a lo general, de lo mortal a lo inmortal, de lo finito a lo infinito, es uno de los grandes enigmas de la condición humana llamada siempre por lo Absoluto.

31 de Agosto 2017