domingo, 1 de febrero de 2026

CONTEMPLACIÓN VERSUS RAZÓN

 

CONTEMPLACIÓN VERSUS RAZÓN

He dedicado mucho tiempo a pensar en la llamada prueba ontológica de San Anselmo y cada vez que regreso a ella me convenzo más de que no se trata de una demostración lógica en el sentido estricto, sino de una intuición metafísica que se expresa después en forma de razonamiento. San Anselmo contempla primero y razona después. En su visión, Dios es “aquello mayor que nada puede pensarse”, y en esa intuición lo perfecto incluye necesariamente la existencia. No es un concepto arbitrario, sino la huella del absoluto en la conciencia. La lógica aparece como un modo de comunicar lo que ya se ha visto en el fondo del espíritu, pero no es el origen de la certeza.

Desde los propios días de Anselmo surgieron objeciones. Gaunilón replicó con ironía que si pienso en una isla perfecta, se seguiría que esa isla existe, y Kant, siglos más tarde, insistió en la misma línea: representarse cien escudos no equivale a tenerlos en la mano. Ambos redujeron el argumento a un juego lógico, como si Anselmo hubiera querido deducir la existencia de cualquier idea. Pero Anselmo sabía que no se trataba de una idea cualquiera, sino de la idea única de un ser absolutamente perfecto. La objeción de Gaunilón y la crítica de Kant pierden de vista que la intuición metafísica de Dios no es comparable con la representación de objetos finitos.

Tomás de Aquino, más sutil que Gaunilón y Kant, tampoco aceptó el argumento. Para él, aun la idea de un ser perfectísimo no autoriza el salto del orden lógico al orden ontológico. Su realismo aristotélico lo llevó a afirmar que el conocimiento humano comienza en los sentidos, y que la existencia de Dios debe demostrarse a posteriori, desde los efectos sensibles. Por eso elaboró las cinco vías, que parten del movimiento, la causalidad, la contingencia, los grados de perfección y la finalidad. Tomás no ignoraba la fuerza de la intuición anselmiana, pero la consideraba insuficiente: el ser más perfecto que se puede pensar no se verifica en la experiencia.

Yo creo que aquí Tomás se equivocó. No advirtió que en la estructura del pensamiento hay capas que desbordan lo lógico y se ahondan en la intuición metafísica. Quizá en su experiencia mística final, cuando confesó que todo lo escrito le parecía paja, vislumbró esa capa más profunda del pensar que no es lógica sino contemplativa. En ese momento, después de haber construido una obra monumental de razonamientos y demostraciones, reconoció que frente a la experiencia directa de lo divino, el discurso lógico queda desbordado. Allí se abre esa capa más profunda del pensar que yo reconozco como intuición metafísica, que no se reduce a lógica ni a demostración, sino a contemplación.

No pocas veces se ha dicho que Santo Tomás no hizo justicia al argumento de San Anselmo y que no consideró el argumento ontológico dentro del contexto del autor. Y es posible que esto sea cierto. Se trata de una cuestión exegética que se sigue discutiendo. Se ha considerado, por ejemplo, que el argumento ontológico no es, a pesar de su aspecto externo, un simple paso de lo lógico a lo ontológico, de toda esencia a su existencia, porque se funda tanto en la propia esencia de Dios como en la noción que de Dios se forma la inteligencia humana, la cual puede ir pensando siempre seres más perfectos cuando cercena de su pensar la existencia real.

Aquí conviene subrayar que la intuición anselmiana no se reduce a un razonamiento lógico, sino que es una contemplación metafísica del ser absoluto. Anselmo no parte de un concepto arbitrario, sino de la evidencia interior de que lo perfecto incluye necesariamente la existencia. Su argumento es, en realidad, la expresión racional de una experiencia contemplativa: primero se contempla y luego se razona. Por ello, cuando Tomás de Aquino lo interpreta como un mero paso lógico, pierde de vista la dimensión ontológica y metafísica que Anselmo quiso destacar. La crítica tomista, entonces, no es sólo fruto de su realismo aristotélico, sino también de una lectura que no reconoce la capa más profunda del pensamiento, aquella que desborda la lógica y se ahonda en la intuición metafísica.

En este sentido, mi propio argumento ontológico se enlaza con la intuición metafísica de San Anselmo, pero lo reformula desde otro ángulo: no parto de lo máximamente pensable para llegar a lo existente, sino de lo máximamente real para mostrar que lo real es necesariamente lo pensable y lo posible. La realidad sobrepasa el pensar, pero no lo anula; lo excede y a la vez lo fundamenta. Por ello, siendo Dios lo máximamente real, es también lo máximamente pensable y lo máximamente existente. Esta vía del orden real al orden ideal permite eludir las críticas de Gaunilón, Tomás de Aquino y Kant, porque no se trata de un salto lógico, sino de una contemplación de la plenitud del ser que se impone al espíritu humano. Así, la idea de Dios no nace del temor ni de una construcción mental arbitraria, sino de la condición espiritual del hombre, siempre abierta a lo divino. De este modo, el argumento ontológico se revela no como una deducción lógica, sino como una evidencia metafísica inevitable: contemplamos lo máximamente real y, al hacerlo, reconocemos en ello a Dios.

Así, una variante de la prueba anselmiana es el argumento de Descartes, según el cual, es imposible que un ser finito piense un ser infinito actual sin el auxilio de éste.

En este punto resulta iluminador recordar la interpretación de Hegel, quien sostuvo que el argumento ontológico no debía entenderse como una prueba, sino como un principio. Para él, la existencia de Dios está ya implícita en la definición de Dios como el ser respecto del cual nada mayor puede pensarse. Por eso, consideró que las objeciones contra Anselmo carecen de valor, pues la noción de ser perfecto está en el espíritu de todo hombre. Hegel subrayó que pensar a Dios implica necesariamente pensarlo como existente, y que la fuerza del argumento anselmiano radica en mostrar la inseparabilidad entre la idea de Dios y su ser. Sin embargo, su dialéctica, aunque denuncia la insuficiencia de la metafísica abstracta y del criticismo, no alcanza a explicar a Dios en cuanto Dios, sino más bien la dinámica de su creación, lo que lo acerca a un panteísmo que confunde lo divino con el proceso del mundo.

Como vemos la prueba anselmiana ha sido empleada con diversas variantes en la historia de la filosofía, porque en el fondo el argumento ontológico se refiere sólo al ser infinito y su relación con el ser finito. Y la refutación tomista de la demostración a priori de la existencia de Dios será parte de las posturas metafísicas que consideran que Dios sobrepasa el entendimiento y el lenguaje humano y su conocimiento analógico es vía reflexión de los datos de los sentidos. En Tomás de Aquino la forma es una esencia al que debe añadirse la existencia para tener realidad, y se puede pensar en las cosas creadas una esencia sin existencia. Dios es ser, pero no coincide con el ser universalísimo. Dios es la plenitud de ser mientras que lo otro es un concepto puramente formal del simple algo. Para el hombre Dios no es primero en el orden del conocer sino del ser; por tanto, sobre él sólo cabe la predicación analógica.

En Hegel, lo finito es lo no verdadero. Y con ello se afirma que en la prueba ontológica se revela el infinito actual como realidad positiva. Pero yo sostengo que esa positividad no se alcanza por la dialéctica, sino por la contemplación metafísica que precede a todo razonamiento. La razón puede ordenar, puede dar forma, puede defender; pero es la intuición contemplativa la que abre la conciencia al absoluto.

Por eso, entre contemplación y razón, me inclino a pensar que la primera es el origen y la segunda la expresión. San Anselmo lo supo: contempló y después razonó. Tomás lo olvidó: razonó sin contemplar. Hegel lo reinterpretó: convirtió la intuición en principio dialéctico. Yo, en cambio, creo que la existencia de Dios no se demuestra ni se deduce, sino que se contempla como estructura del ser, y luego se razona para comunicar lo que ya se ha visto en el fondo del espíritu.

Conclusión

El giro hacia lo máximamente real revela la clave que concilia y da sentido al título Contemplación versus Razón. La contemplación se abre como el acto originario: captar lo real en su plenitud, reconocer que lo máximamente real se impone al espíritu humano como fundamento de lo pensable y lo posible. La razón, en cambio, aparece como expresión derivada, como el lenguaje que traduce en conceptos lo que ya ha sido visto en la evidencia del ser. El “versus” no marca una oposición absoluta, sino la tensión fecunda entre dos niveles: la contemplación que descubre y la razón que articula.

De este modo, el giro por lo máximamente real no solo se enlaza con la intuición metafísica de San Anselmo, sino que la prolonga y la corrige: no se trata de deducir la existencia desde lo pensable, sino de reconocer que la realidad misma —en su plenitud— es lo que hace posible el pensar. Así, la idea de Dios no nace del temor ni de una construcción lógica, sino de la condición espiritual del hombre, siempre abierta a lo divino. La contemplación del ser absoluto antecede y fundamenta la razón, y la razón, al expresarlo, confirma que lo máximamente real es lo máximamente pensable y lo máximamente existente.

Por ello, el argumento ontológico se impone al espíritu humano no como un silogismo, sino como una evidencia metafísica inevitable: contemplamos lo máximamente real y, al hacerlo, reconocemos en ello a Dios. En esta convergencia, el título Contemplación versus Razón alcanza su plenitud: la contemplación es el origen, la razón es la expresión, y en su tensión se revela la verdad última de que Dios, siendo lo máximamente real, es también lo máximamente pensable y lo máximamente existente.

La novedad de mi escrito consiste en haber efectuado un giro en el argumento ontológico: mientras Anselmo conecta lo máximamente pensable con lo máximamente existente, yo parto de lo máximamente real como fundamento de lo pensable y lo posible. En primera instancia afirmo que mi aporte es mostrar que la realidad misma antecede y sostiene la lógica, y que Dios, siendo lo máximamente real, se impone como lo máximamente pensable y existente. Con ello, mi ensayo no se limita a repetir las discusiones clásicas, sino que propone una vía distinta: del orden real al orden ideal, de la contemplación del ser a la razón que lo expresa. Esa es la originalidad de mi reflexión y el motivo por el cual este texto merece ser leído como una contribución nueva dentro de la tradición del argumento ontológico.

Bibliografía 

  • Anselmo de Canterbury. Proslogion. Madrid: Editorial Gredos, 2003.

  • Descartes, René. Meditaciones metafísicas. Madrid: Alianza Editorial, 2011.

  • Hegel, Georg Wilhelm Friedrich. Ciencia de la lógica. México: Fondo de Cultura Económica, 2006.

  • Kant, Immanuel. Crítica de la razón pura. Madrid: Editorial Akal, 2002.

  • Tomás de Aquino. Suma Teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2010.

sábado, 31 de enero de 2026

EL DESCENSO A LOS INFIERNOS

 


EL DESCENSO A LOS INFIERNOS

Introducción

El misterio del descenso de Cristo a los infiernos, proclamado en el Credo, constituye uno de los artículos más enigmáticos y profundos de la fe cristiana. No se trata de un episodio aislado, sino de un acontecimiento que abre un horizonte universal y que toca la totalidad de la historia humana. En esta reflexión se abordará cómo este acontecimiento asegura la salvación de los santos, justos y buenos; cómo se relaciona con los niños bautizados y no bautizados, incluidos los millones de bebés abortados; cómo Dante interpretó el limbo y colocó allí a filósofos y sabios antiguos; cómo la Iglesia actual entiende la salvación de los justos de todas las culturas y épocas, incluso de los hombres prehistóricos y otros homínidos; y cómo la revelación cristiana guarda silencio sobre extraterrestres, reconociendo únicamente a los ángeles y demonios como seres espirituales.

Este ensayo no se limitará a repetir lo que ya está establecido en la tradición, sino que explorará nuevas conexiones entre la teología, la antropología y la especulación contemporánea. Se mostrará cómo el descenso de Cristo a los infiernos revela la universalidad de la salvación, dirigida a la humanidad en toda su historia, y cómo cualquier creencia en extraterrestres como objetos de salvación carece de fundamento en la revelación, pudiendo interpretarse como una distracción o engaño.

El sentido del descenso

El descenso a los infiernos se entiende como la entrada de Cristo en el reino de los muertos, el Sheol o Hades, donde reposaban las almas de quienes habían muerto antes de la redención. No se trata de un infierno de tormento, sino de un lugar de espera. Allí, los justos aguardaban la llegada del Mesías que abriría las puertas del cielo. Con su muerte, Cristo se solidariza con la condición humana hasta el extremo: experimenta la muerte real y penetra en el ámbito donde todos los hombres habían ido desde el inicio de la historia.

El descenso de Cristo a los infiernos manifiesta la plenitud de su solidaridad con la humanidad. No basta con que haya compartido nuestra vida y nuestra muerte en la cruz: Él quiso también experimentar la condición de los muertos, entrar en el lugar donde todos los hombres habían ido desde el inicio de la historia. De este modo, Cristo no deja ningún aspecto de la existencia humana fuera de su redención. Incluso el silencio y la oscuridad de la muerte quedan iluminados por su presencia.

Además, este acontecimiento revela la continuidad del plan de salvación. Los justos del Antiguo Testamento —Abraham, Moisés, los profetas— no podían entrar en la visión plena de Dios hasta que Cristo realizara la obra redentora. El descenso es, por tanto, el momento en que se cumple la promesa hecha desde los orígenes: Dios no abandona a los suyos, sino que los conduce a la plenitud de la vida. Así, el descenso a los infiernos es también un acto de victoria, pues Cristo abre las puertas del cielo a quienes habían esperado con fe.

Finalmente, el descenso tiene un valor universal. No se limita a un grupo particular, sino que alcanza a todos los hombres que vivieron antes de Cristo y que buscaron la verdad y obraron con justicia según su conciencia. En este sentido, el descenso revela que la salvación no está restringida a una época o cultura, sino que se extiende a toda la humanidad. Cristo, al entrar en el reino de los muertos, se convierte en el Señor de vivos y muertos, y asegura que nadie queda fuera del alcance de su misericordia.

Los santos, los justos y los buenos

La tradición distingue entre santos, justos y buenos. Los santos, reconocidos por la Iglesia como modelos de vida, entran directamente en la gloria de Dios. Los justos, aquellos que vivieron rectamente en amistad con Dios, también pueden acceder al cielo si estaban purificados. Los buenos, aunque mueren en gracia, pueden necesitar una purificación previa en el purgatorio. El descenso de Cristo asegura que todos los que mueren en gracia, aunque con imperfecciones, tienen asegurada la salvación.

La categoría de los santos no se limita únicamente a aquellos canonizados oficialmente por la Iglesia, sino que abarca a todos los que vivieron en plenitud la gracia de Dios y alcanzaron la santidad en su vida cotidiana. La canonización es un reconocimiento público, pero existen innumerables santos anónimos que, en silencio, vivieron la caridad, la fe y la esperanza. Estos entran directamente en la gloria porque su unión con Cristo fue tan plena que no requieren purificación adicional. El descenso de Cristo confirma que la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación universal abierta a todos los hombres.

Los justos, por su parte, representan a aquellos que vivieron en amistad con Dios, aunque no necesariamente alcanzaron la perfección absoluta. En la tradición bíblica, el término “justo” se aplica a figuras como Noé, Abraham o Job, quienes fueron fieles a la voluntad divina. Estos hombres y mujeres, al morir, podían necesitar una purificación, pero su orientación fundamental hacia Dios les aseguraba la salvación. El descenso de Cristo a los infiernos es precisamente el acto que abre para ellos las puertas del cielo, cumpliendo la promesa de que la justicia vivida en la tierra no quedaría sin recompensa.

Los buenos son aquellos que, aunque vivieron en gracia, no alcanzaron la plenitud de la santidad ni la justicia perfecta. Sus vidas estuvieron marcadas por la fe y la caridad, pero también por debilidades humanas que requieren purificación. El purgatorio, entendido como un proceso de limpieza espiritual, es el espacio donde estas almas se preparan para la visión plena de Dios. El descenso de Cristo asegura que incluso los buenos, con sus imperfecciones, no quedan excluidos de la salvación, sino que tienen garantizada la entrada al cielo después de su purificación.

Finalmente, la distinción entre santos, justos y buenos muestra la riqueza de la experiencia humana y la amplitud de la misericordia divina. Cristo no vino únicamente por los perfectos, sino por todos los que, de una u otra manera, vivieron en gracia y buscaron la verdad. Su descenso a los infiernos es la proclamación de que la salvación no es un privilegio reservado a unos pocos, sino una realidad ofrecida a todos los que se abrieron a la acción de Dios en sus vidas. Así, la esperanza cristiana se extiende desde los santos reconocidos hasta los buenos más sencillos, confirmando que la obra redentora de Cristo alcanza a toda la humanidad.

Los niños y los no bautizados

La situación de los niños es particularmente delicada. Los bautizados que mueren sin pecado personal van directamente al cielo. Los no bautizados, incluidos los millones de bebés abortados, no tienen una respuesta definitiva en la doctrina, pero la Iglesia confía en la misericordia de Dios. El antiguo concepto del limbo, presente en la teología medieval y en la obra de Dante, ya no es doctrina oficial. Hoy se habla de esperanza fundada en que Dios acoge a los pequeños en su amor.

San Agustín fue uno de los primeros en reflexionar sobre la situación de los niños no bautizados. En su obra, sostuvo que el bautismo era necesario para la salvación y que, sin él, los niños no podían entrar en el cielo. Su postura fue muy influyente en la teología occidental, aunque reconocía que la justicia de Dios era perfecta y que el misterio de su misericordia no podía ser reducido a esquemas humanos. Esta visión agustiniana marcó durante siglos la idea de que el bautismo era indispensable, incluso para los pequeños.

Santo Tomás de Aquino, en la Edad Media, desarrolló la noción del limbo de los niños. Según él, los niños no bautizados no sufrían tormento, pero tampoco gozaban de la visión beatífica de Dios. Vivían en un estado natural de felicidad, sin dolor, pero privados de la plenitud sobrenatural. Tomás intentaba conciliar la necesidad del bautismo con la bondad divina, ofreciendo una solución intermedia que evitaba tanto la condena como la gloria plena. Esta idea fue recogida por muchos teólogos medievales y se convirtió en una opinión común.

Dante Alighieri, en su Divina Comedia, reflejó esta concepción teológica al situar a los niños no bautizados en el primer círculo del Infierno, el limbo. Allí también colocó a los grandes filósofos y sabios de la Antigüedad. Dante no los describe sufriendo tormentos, sino viviendo en una especie de paz incompleta, privados de la visión de Dios. Su obra literaria influyó en la imaginación cristiana durante siglos, reforzando la idea de un lugar intermedio para los inocentes sin bautismo.

En tiempos modernos, el Concilio Vaticano II y teólogos como Karl Rahner replantearon esta cuestión. Rahner habló de la “cristiandad anónima”, es decir, de la posibilidad de que quienes no conocieron explícitamente a Cristo pudieran estar unidos a Él de manera misteriosa. Esta idea abre la puerta a pensar que los niños no bautizados, incluidos los abortados, pueden estar acogidos en la misericordia de Dios, aunque no hayan recibido el sacramento. La teología contemporánea insiste en que Dios no abandona a los inocentes.

Finalmente, el documento de la Comisión Teológica Internacional de 2007, titulado La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo, recoge estas reflexiones y afirma que, aunque no hay certeza doctrinal, existe una esperanza fundada en la misericordia de Dios. Teólogos como Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) apoyaron esta visión, subrayando que Dios quiere la salvación de todos y que los niños, por su inocencia, están especialmente cercanos al corazón divino. Así, la Iglesia actual invita a confiar en que los pequeños no bautizados son acogidos por el amor infinito de Dios.

Dante y el limbo

En la Divina Comedia, Dante ubica el limbo en el primer círculo del Infierno. Allí coloca a los niños no bautizados y a los grandes filósofos y sabios de la Antigüedad. No sufren tormentos, pero viven privados de la visión de Dios. Dante refleja la visión medieval que distinguía entre el limbo de los padres —donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la redención— y el limbo de los niños. Su obra muestra respeto por los sabios antiguos, aunque reconoce que sin Cristo no podían alcanzar la plenitud de la salvación.

El limbo descrito por Dante en el Infierno (Canto IV) es un espacio de serenidad melancólica. Allí coloca a los niños no bautizados y a los grandes sabios de la Antigüedad. Dante escribe: “Aquí no hay tormento, sino sólo pena, pues carecen de esperanza y viven en deseo”. Esta frase refleja la tensión entre la ausencia de sufrimiento y la privación de la visión beatífica. El poeta florentino muestra respeto por figuras como Homero, Horacio, Ovidio y Lucano, a quienes se une Virgilio, su guía. También menciona a filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles, reconociendo su grandeza intelectual, pero subrayando que sin Cristo no alcanzan la plenitud de la salvación.

Grandes dantólogos como Charles Singleton y Erich Auerbach, y el filósofo peruano Leopoldo Chiappo, han señalado que el limbo en Dante no es un lugar de castigo, sino de dignidad y nobleza. Singleton interpreta que Dante quiso rendir homenaje a la sabiduría clásica, reconociendo su valor, aunque limitada por la falta de revelación cristiana. Auerbach, por su parte, subraya la dimensión cultural: Dante coloca a los sabios en un espacio intermedio para mostrar que la cultura grecolatina es fundamental para la civilización, pero que necesita ser completada por la gracia de Cristo. Chiappo, desde su lectura filosófica y humanista, destaca que Dante no condena a los sabios antiguos, sino que los sitúa en un ámbito de respeto y reconocimiento, subrayando la tensión entre la grandeza de la razón humana y la necesidad de la revelación para alcanzar la plenitud de la salvación.

Otros estudiosos como Giuseppe Mazzotta y Teodolinda Barolini han destacado la tensión dramática del limbo. Mazzotta observa que Dante se siente dividido entre su admiración por los filósofos y su fidelidad a la doctrina cristiana. Barolini añade que el limbo es un espejo de la propia condición de Dante: un hombre que ama la razón y la poesía, pero que reconoce que sólo la fe en Cristo lleva a la salvación. Así, el limbo se convierte en un espacio simbólico donde se confrontan la cultura humana y la revelación divina.

La Iglesia, sin embargo, nunca ha definido el limbo como doctrina oficial. Aunque durante siglos se enseñó como una hipótesis teológica, hoy se reconoce que no forma parte del dogma. El Catecismo actual no menciona el limbo, y la Comisión Teológica Internacional en 2007 afirmó que existe una esperanza fundada en la misericordia de Dios para los niños que mueren sin bautismo. Por tanto, la visión de Dante refleja la teología medieval, pero no la enseñanza definitiva de la Iglesia.

En conclusión, el limbo en la Divina Comedia es un espacio literario y teológico que muestra la sensibilidad medieval hacia los no bautizados y los sabios antiguos. Dante lo describe con respeto y melancolía, los dantólogos lo interpretan como un homenaje a la cultura clásica y la Iglesia actual lo considera una hipótesis superada por la confianza en la misericordia divina. El limbo de Dante sigue siendo un símbolo poderoso de la tensión entre la grandeza humana y la necesidad de la gracia, recordándonos que la salvación plena sólo se alcanza en Cristo.

Los filósofos y sabios antiguos

La Iglesia actual ya no sostiene la idea de un limbo eterno para los filósofos y sabios que vivieron antes de Cristo. El Concilio Vaticano II enseña que quienes buscan sinceramente la verdad y obran con rectitud pueden alcanzar la salvación, incluso si no conocieron explícitamente el Evangelio. Esto abre la posibilidad de que Sócrates, Platón, Aristóteles y otros justos de la Antigüedad estén ya en la presencia de Dios, gracias al descenso de Cristo que liberó a los justos del pasado.

San Justino Mártir, uno de los primeros apologistas cristianos del siglo II, defendió la idea de que los filósofos griegos habían participado de la “semilla del Logos”. Según él, todo hombre que vive conforme a la razón participa de Cristo, incluso si no lo conoce explícitamente. Por eso, Justino consideraba que Sócrates y Heráclito eran, en cierto modo, cristianos antes de Cristo. Esta visión abre la puerta a comprender que la sabiduría antigua no está condenada, sino que encuentra su plenitud en la revelación.

San Clemente de Alejandría, en el siglo III, profundizó esta idea al afirmar que la filosofía fue dada a los griegos como preparación para el Evangelio, del mismo modo que la Ley fue dada a los hebreos. Para Clemente, Platón y Aristóteles no eran enemigos de la fe, sino instrumentos de la providencia divina que prepararon la mente humana para recibir la verdad plena en Cristo. Así, la filosofía antigua se convierte en un camino pedagógico hacia la salvación.

Santo Tomás de Aquino, en la Edad Media, reconoció la grandeza de Aristóteles y lo llamó “el Filósofo”. Aunque Tomás insistía en la necesidad de la gracia para la salvación, también afirmaba que la razón humana podía alcanzar verdades fundamentales sobre Dios y la moral. De este modo, los sabios antiguos que vivieron conforme a la recta razón podían ser considerados justos, aunque necesitaban la redención de Cristo para entrar en la gloria.

Karl Rahner, teólogo del siglo XX, retomó esta tradición y acuñó el concepto de “cristianos anónimos”. Según él, quienes buscan sinceramente la verdad y obran con rectitud, aunque no conozcan explícitamente a Cristo, están misteriosamente unidos a Él. Esta idea permite pensar que Sócrates, Platón y otros sabios antiguos fueron “cristianos anónimos”, salvados por la gracia de Cristo en su descenso al reino de los muertos.

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) también reflexionó sobre este tema, subrayando que la salvación no se limita a quienes conocen el Evangelio, sino que se extiende a todos los que buscan la verdad con corazón sincero. En sus escritos, destacó que la filosofía antigua representa un esfuerzo humano por alcanzar la verdad, y que Cristo, como Logos eterno, es la respuesta definitiva a esa búsqueda. Así, los sabios antiguos no quedan excluidos, sino que son acogidos en la plenitud de la verdad revelada.

Los justos de todas las culturas y épocas

El descenso de Cristo no se limita a Israel ni a la tradición bíblica. Incluye a todos los justos de todas las culturas y civilizaciones anteriores a Él. Incluso los hombres prehistóricos, que vivieron con rectitud según la luz de su conciencia, pueden haber sido alcanzados por la misericordia divina. El Catecismo afirma que Cristo bajó al lugar de los muertos “para que los justos que le habían precedido pudieran entrar en el cielo”. Así, la salvación se extiende a toda la humanidad, sin importar época o cultura.

El misterio del descenso de Cristo a los infiernos plantea una cuestión que la teología nunca ha resuelto de manera definitiva: ¿qué ocurre con los hombres que vivieron antes de la revelación bíblica o fuera de ella? La afirmación del Catecismo de que Cristo bajó al lugar de los muertos para que los justos pudieran entrar en el cielo abre un horizonte universal. No se trata únicamente de Israel, sino de toda la humanidad. Este punto es espinoso porque obliga a reconocer que la salvación no puede estar limitada por fronteras culturales o temporales, sino que debe abarcar a todos los que vivieron en justicia.

Los Padres de la Iglesia reflexionaron sobre este tema. San Ireneo de Lyon, por ejemplo, sostuvo que Cristo recapitula toda la historia humana en sí mismo, desde Adán hasta el último hombre. Esta idea implica que incluso aquellos que vivieron en culturas lejanas o primitivas están incluidos en el plan de salvación. San Agustín, aunque más restrictivo en su visión, reconocía que la misericordia de Dios es insondable y que no podemos juzgar con certeza el destino de quienes no conocieron la revelación.

La teología contemporánea, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, ha insistido en que Dios juzga a cada persona según la luz que tuvo y la respuesta que dio a su conciencia. Lumen Gentium 16 afirma que quienes buscan sinceramente a Dios y procuran cumplir su voluntad, aunque no conozcan explícitamente el Evangelio, pueden alcanzar la salvación. Esto incluye a los hombres prehistóricos, que vivieron con rectitud según su conciencia, y a los sabios de culturas antiguas como China, India o América precolombina.

El tema se vuelve aún más complejo cuando se considera la diversidad de religiones antiguas. ¿Qué ocurre con los sacerdotes egipcios que honraban a sus dioses, con los sabios hindúes que buscaban la unión con lo divino, o con los filósofos chinos que promovían la virtud? La respuesta de la teología es que, aunque sus concepciones religiosas no eran plenas, Dios puede haber reconocido la sinceridad de su búsqueda y la rectitud de sus vidas. Cristo, al descender al reino de los muertos, habría abierto las puertas del cielo también para ellos, en la medida en que vivieron como justos.

Este punto es oscuro porque toca el límite entre la revelación y la especulación. No tenemos certeza sobre cómo se aplica la salvación a cada cultura o época, pero sí sabemos que Dios es justo y misericordioso. La universalidad del descenso de Cristo asegura que nadie queda excluido por el simple hecho de haber nacido en una época o lugar donde el Evangelio no había sido anunciado. La justicia divina no puede ser arbitraria, y la misericordia de Cristo se extiende a todos los hombres.

Finalmente, este tema es espinoso porque obliga a reconocer que la historia de la humanidad es mucho más amplia que la historia bíblica. Los hombres prehistóricos, los homínidos que mostraron signos de espiritualidad, y las grandes civilizaciones que florecieron antes de Cristo forman parte de la misma humanidad que Él vino a salvar. El descenso a los infiernos es, en este sentido, un acto de alcance cósmico: Cristo se convierte en Señor de vivos y muertos, de todas las culturas y épocas, asegurando que la salvación no es un privilegio exclusivo, sino un don universal ofrecido a todos los justos.

Otros homínidos y la salvación

La ciencia reconoce que antes y junto al Homo sapiens existieron otros homínidos, como los neandertales y los denisovanos. Algunos mostraron signos de espiritualidad, como rituales funerarios. La teología no tiene una respuesta definitiva sobre ellos, pero algunos pensadores contemporáneos sugieren que, si tenían conciencia moral y sentido de trascendencia, podrían estar incluidos en el plan de salvación. La Iglesia deja abierto el misterio, confiando en la justicia y misericordia de Dios.

El descubrimiento de restos neandertales con evidencias de rituales funerarios ha suscitado preguntas sobre su posible sentido de trascendencia. Si estos homínidos enterraban a sus muertos con objetos o signos simbólicos, ello podría indicar una conciencia de lo sagrado y una intuición de la vida más allá de la muerte. La teología, aunque no tiene respuestas definitivas, reconoce que la apertura a lo trascendente es un signo de la imagen de Dios en el hombre. Por tanto, algunos piensan que los neandertales podrían haber participado, de manera misteriosa, en el plan de salvación.

Los denisovanos, menos conocidos por la escasez de restos, también muestran indicios de cultura avanzada. Su capacidad para fabricar herramientas complejas y adornos sugiere un nivel de racionalidad que los acerca al Homo sapiens. Si poseían conciencia moral y capacidad de elección, la pregunta teológica es inevitable: ¿podrían haber sido considerados justos según su conciencia? La respuesta no está definida, pero la misericordia de Dios, que juzga a cada uno según la luz que tuvo, abre la posibilidad de que también ellos fueran alcanzados por la redención de Cristo.

Algunos teólogos contemporáneos, como Teilhard de Chardin, han reflexionado sobre la evolución y la salvación. Para él, toda la historia cósmica tiende hacia Cristo, el “Punto Omega”. Desde esta perspectiva, los homínidos anteriores al hombre moderno no quedarían fuera del plan divino, sino que formarían parte de la misma historia de la humanidad que Cristo vino a salvar. La evolución, vista como camino hacia la plenitud, se convierte en un proceso que culmina en la redención universal.

El tema es escabroso porque toca los límites de la antropología y la teología. ¿Podemos llamar “hombres” a los neandertales y denisovanos en sentido teológico? ¿Tenían alma espiritual como el Homo sapiens? La Iglesia no ha definido estas cuestiones, y probablemente nunca lo haga, porque pertenecen al ámbito del misterio. Sin embargo, la fe enseña que Dios es justo y misericordioso, y que no abandona a ninguna criatura que haya buscado la verdad y vivido con rectitud.

La reflexión sobre otros homínidos también nos invita a ampliar nuestra comprensión de la universalidad de Cristo. El descenso a los infiernos, entendido como la entrada en el reino de los muertos, podría haber alcanzado no sólo a los hombres bíblicos y a los sabios antiguos, sino también a los homínidos que vivieron con sentido de trascendencia. Si Cristo es Señor de vivos y muertos, su redención no puede estar limitada por categorías biológicas estrictas, sino que se extiende a toda la humanidad en su diversidad histórica.

Finalmente, este tema nos recuerda que la salvación es un misterio que supera nuestras categorías. La ciencia nos muestra que la humanidad tiene una historia evolutiva compleja, con múltiples ramas y especies. La teología, al reconocer la misericordia infinita de Dios, deja abierto el destino de estos homínidos. Lo que sí afirma con certeza es que Cristo descendió al reino de los muertos por los hombres, y que su obra redentora alcanza a toda la humanidad. Si los neandertales y denisovanos formaban parte de esa humanidad, entonces también ellos, de algún modo, fueron incluidos en el plan de salvación.

Extraterrestres y seres espirituales

La revelación cristiana nunca menciona extraterrestres. Cristo habló de ángeles y demonios, pero no de seres inteligentes de otros planetas. Su misión se centra en los hombres, descendientes de Adán. Si existieran extraterrestres, la Iglesia no tiene doctrina sobre su destino. Algunos teólogos especulan que Dios podría tener un plan para ellos, pero esto queda en el misterio. En cambio, los seres espirituales sí forman parte de la revelación: los ángeles como mensajeros de Dios y los demonios como ángeles caídos.

La Sagrada Escritura nunca menciona la existencia de seres inteligentes en otros planetas. En cambio, se centra en la relación entre Dios y la humanidad, y en la presencia de seres espirituales. Cristo mismo habló de los ángeles como mensajeros divinos: “En verdad os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:10). Este pasaje muestra que los ángeles tienen una misión de protección y mediación, pero no se hace referencia a otras formas de vida extraterrestre.

Los demonios, por su parte, aparecen en los Evangelios como espíritus caídos que buscan apartar al hombre de Dios. Jesús expulsó demonios en múltiples ocasiones, como en Marcos 1:34: “Sanó a muchos que padecían de diversas enfermedades, y expulsó muchos demonios”. La revelación deja claro que la lucha espiritual es entre el hombre y estos seres caídos, no contra hipotéticos extraterrestres. La misión de Cristo se centra en liberar al hombre del pecado y de la opresión demoníaca.

Algunos pensadores contemporáneos han especulado sobre la posibilidad de vida extraterrestre. El jesuita Guy Consolmagno, astrónomo del Vaticano, ha afirmado que si existieran seres inteligentes fuera de la Tierra, también serían criaturas de Dios y, de algún modo, participarían en su plan. Sin embargo, reconoce que la revelación no ofrece ninguna certeza sobre ellos. Su reflexión muestra apertura científica, pero también fidelidad al hecho de que la misión de Cristo se dirige a la humanidad terrestre.

Karl Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX, sugirió que si existieran extraterrestres con conciencia moral, podrían tener su propio camino de salvación, distinto del humano. Sin embargo, insistió en que la encarnación de Cristo es única y está ligada a la historia de los hombres descendientes de Adán. Esta postura mantiene la centralidad de la revelación cristiana, al tiempo que deja espacio para el misterio de la creación.

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) fue más cauteloso. En sus escritos sobre la creación, subrayó que la fe cristiana no debe confundirse con especulaciones sobre extraterrestres, porque la revelación se centra en la relación entre Dios y el hombre. Para él, los ángeles y demonios son los únicos seres espirituales mencionados en la Biblia, y cualquier otra hipótesis pertenece al ámbito de la ciencia, no de la teología. Su postura reafirma que la salvación revelada en Cristo es para la humanidad.

Finalmente, este tema nos recuerda que la revelación distingue claramente entre seres espirituales y seres materiales. Los ángeles y demonios forman parte del plan divino y aparecen en la Escritura como realidades espirituales que influyen en la historia humana. Los extraterrestres, en cambio, no son mencionados, y cualquier creencia en ellos como objetos de salvación carece de fundamento bíblico. Como dice San Pablo: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). La verdadera batalla espiritual es contra los demonios, no contra seres de otros mundos.

Hipótesis sobre la creencia en extraterrestres

Si Cristo descendió al reino de los muertos y sólo encontró hombres, esto refuerza la idea de que la salvación está dirigida a la humanidad. Si existieran seres que no mueren, serían espirituales, y en la revelación cristiana los únicos seres espirituales mencionados son ángeles y demonios. Bajo esta lógica, la creencia en extraterrestres como seres espirituales podría interpretarse como una forma de engaño demoníaco, en cuanto distrae del plan divino revelado para los hombres.

El libro del Apocalipsis advierte repetidamente sobre la acción de los demonios que se disfrazan de salvadores de la humanidad. En Apocalipsis 12:9 se dice: “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero”. Esta afirmación muestra que el poder demoníaco se manifiesta en formas de engaño global, presentándose como portador de soluciones o salvación, cuando en realidad busca apartar al hombre de Cristo. Bajo esta luz, la creencia en extraterrestres como seres superiores que vienen a salvar a la humanidad puede interpretarse como una estrategia demoníaca de confusión.

Apocalipsis 13 describe la aparición de la bestia que seduce a las naciones con señales y prodigios: “Y hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres” (Ap 13:13). Este pasaje es clave para entender el peligro de aceptar manifestaciones extraordinarias como si fueran divinas. Si supuestos extraterrestres se presentaran con poderes y señales, la revelación nos advierte que no debemos confundirlos con salvadores, pues podrían ser manifestaciones demoníacas destinadas a engañar.

El peligro de alentar su bautismo en caso de presentarse es evidente. El bautismo es un sacramento instituido por Cristo para los hombres, descendientes de Adán. Aplicarlo a seres que no forman parte de la humanidad sería una distorsión sacramental y una profanación. El Apocalipsis advierte contra la falsificación de los signos divinos, y bautizar a supuestos extraterrestres sería caer en un engaño que trivializa la obra redentora de Cristo. La Iglesia debe ser categórica en rechazar cualquier intento de extender los sacramentos a seres que no pertenecen a la humanidad redimida.

Si estos seres fueran espirituales, entonces deberían ser identificados como ángeles o demonios, los únicos seres espirituales mencionados en la revelación. Y si fueran demonios disfrazados, el Apocalipsis nos advierte que su objetivo es seducir y destruir. En Apocalipsis 16:14 se dice: “Son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de la tierra en todo el mundo, para reunirlos para la batalla”. Este pasaje muestra que los demonios pueden presentarse con apariencia de poder y autoridad, pero su fin es la perdición.

La lógica teológica es clara: si fueran seres materiales, deberían morir como los hombres, pero Cristo no halló ningún extraterrestre en el reino de los muertos. Esto confirma que no forman parte de la humanidad y, por tanto, no son objeto de la redención. El descenso de Cristo a los infiernos fue por los hombres, y su silencio absoluto sobre extraterrestres confirma que no tienen lugar en el plan de salvación revelado.

En conclusión, el Apocalipsis nos advierte que los demonios pueden presentarse como salvadores de la humanidad, realizando señales y prodigios para engañar. La creencia en extraterrestres como seres espirituales o redentores debe ser vista con cautela, pues puede ser una estrategia demoníaca para distraer del verdadero Salvador, Cristo. El bautismo y los sacramentos están reservados a los hombres, y cualquier intento de aplicarlos a supuestos extraterrestres sería un error grave. La revelación es categórica: Cristo descendió al reino de los muertos por los hombres, y no halló ningún extraterrestre allí. Por tanto, la fe cristiana debe mantenerse firme en que la salvación está dirigida a la humanidad, y que cualquier otra figura que pretenda ocupar ese lugar es un engaño del maligno.

Conclusión

El descenso de Cristo a los infiernos asegura la salvación para los santos, los justos y los buenos, para los niños bautizados y para los no bautizados confiados a la misericordia de Dios, para los filósofos y sabios de la Antigüedad, y para los hombres prehistóricos que vivieron con rectitud. La Iglesia actual ya no sostiene la idea de un limbo eterno, sino que confía en que la gracia de Cristo alcanza a todos los que buscan la verdad y obran con justicia. En cambio, la revelación no menciona extraterrestres, y los únicos seres espirituales reconocidos son ángeles y demonios. Por tanto, la fe cristiana enseña que Cristo descendió al reino de los muertos por los hombres, y que cualquier creencia en extraterrestres como objetos de salvación carece de fundamento en la revelación, pudiendo interpretarse como una distracción o engaño.

En definitiva, el descenso a los infiernos revela la universalidad de la salvación para toda la humanidad, desde los primeros hombres hasta nuestros días, y confirma que Dios, en su infinita misericordia, abre las puertas del cielo a todos los justos que vivieron antes y después de Cristo. Esta reflexión, al integrar la tradición teológica con la antropología y la especulación contemporánea, aporta un horizonte nuevo: muestra cómo el misterio del descenso de Cristo no sólo ilumina la historia bíblica, sino también la totalidad de la historia humana, y delimita claramente la diferencia entre seres espirituales revelados y la especulación sobre extraterrestres.

El descenso de Cristo a los infiernos no es un episodio marginal, sino el sello definitivo de la universalidad de la redención. Con este acto, Cristo se convierte en Señor de vivos y muertos, abrazando la totalidad de la historia humana. Ningún justo queda fuera de su alcance, desde los patriarcas bíblicos hasta los hombres prehistóricos que vivieron con rectitud según su conciencia. Esta verdad es categórica: la salvación no se limita a un pueblo ni a una época, sino que se extiende a toda la humanidad.

La Iglesia, al abandonar la noción de un limbo eterno, reafirma que la misericordia de Dios es más amplia que cualquier esquema teológico humano. La esperanza en la salvación de los niños no bautizados y de los justos de todas las culturas muestra que la obra de Cristo no conoce fronteras. La teología contemporánea, apoyada en el Concilio Vaticano II, insiste en que quienes buscan sinceramente la verdad y obran con justicia participan misteriosamente de la gracia redentora. Esta convicción es un testimonio de la amplitud del amor divino.

En contraste, la revelación es categórica en cuanto a los seres espirituales: sólo existen ángeles y demonios. Los ángeles son mensajeros de Dios, servidores de su voluntad, mientras que los demonios son ángeles caídos que buscan engañar y destruir. No hay mención alguna de extraterrestres en la Escritura, y cualquier intento de presentarlos como objetos de salvación carece de fundamento. La fe cristiana debe mantenerse firme en esta distinción, evitando confusiones que puedan distraer del verdadero plan divino.

El Apocalipsis advierte con fuerza sobre los engaños del maligno, que puede presentarse como salvador de la humanidad mediante señales y prodigios. Bajo esta luz, la fascinación contemporánea por los extraterrestres puede interpretarse como una estrategia de seducción demoníaca. La Iglesia debe ser categórica en rechazar cualquier intento de bautizar o integrar a supuestos seres extraterrestres en el plan de salvación, pues Cristo descendió al reino de los muertos por los hombres, y no halló allí ningún otro ser.

En definitiva, el descenso a los infiernos revela la universalidad de la salvación para toda la humanidad y confirma que Dios, en su infinita misericordia, abre las puertas del cielo a todos los justos que vivieron antes y después de Cristo. Esta reflexión, al integrar tradición teológica, antropología y especulación contemporánea, aporta un horizonte nuevo y firme: Cristo ilumina no sólo la historia bíblica, sino la totalidad de la historia humana, y delimita con claridad la diferencia entre los seres espirituales revelados y las especulaciones sobre extraterrestres. La conclusión es categórica: la salvación es para los hombres, y cualquier otra figura que pretenda ocupar ese lugar es un engaño del maligno.

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viernes, 30 de enero de 2026

Universidad mercantilizada y domesticación del catedrático


Universidad mercantilizada y domesticación del catedrático

La ruina espiritual de la universidad peruana

En la universidad peruana actual, el catedrático se encuentra atrapado en una dinámica que lo agobia y le impide dedicarse plenamente a la investigación y a la escritura. La carga administrativa es excesiva: formularios, reportes, acreditaciones y trámites burocráticos que consumen horas que deberían destinarse a la producción académica. A ello se suma la precariedad laboral, pues muchos docentes trabajan con contratos temporales, salarios bajos y la necesidad de tener varios empleos para sostenerse, lo que fragmenta su tiempo y desgasta su energía. La investigación, además, carece de apoyo institucional: los fondos son escasos, el acceso a bibliografía y bases de datos internacionales es limitado y las oportunidades de colaboración son mínimas. En este contexto, la escritura académica se convierte en una tarea difícil, pues no existe una cultura sólida de formación en redacción científica ni incentivos claros para publicar en revistas indexadas. La universidad privilegia la docencia inmediata y la rutina administrativa por encima de la producción intelectual de largo plazo, lo que genera desmotivación y bloqueos. Así, el catedrático peruano vive en un círculo de burocracia, precariedad y falta de apoyo que lo sofoca y le impide desplegar su potencial creativo e investigativo.

El colmo es que hay profesores principales con buen sueldo que dan la impresión de estar tan bien adaptados a su autoexplotación que dictan en otras universidades priorizando solamente incrementar su ingreso económico. En lugar de dedicar ese privilegio de tiempo y recursos a investigar, escribir o formar equipos académicos sólidos, muchos optan por multiplicar su carga docente en otras instituciones, priorizando únicamente el incremento de sus ingresos. Lo más llamativo es que esta práctica se normaliza y hasta se percibe como signo de adaptación exitosa al sistema, cuando en realidad perpetúa un círculo vicioso: el profesor se desgasta en la docencia repetitiva, se aleja de la investigación y contribuye a que la universidad siga siendo un espacio centrado en la enseñanza inmediata y no en la producción de conocimiento.

La consecuencia es doble: por un lado, se limita el desarrollo académico del propio docente, y por otro, se empobrece la vida intelectual de la universidad, que pierde la oportunidad de nutrirse con investigación original y escritura crítica. En el fondo, lo que se revela es una cultura institucional que premia la acumulación de horas dictadas y la búsqueda de ingresos, más que la creación de conocimiento. Ese “colmo” es sintomático de un sistema que ha convertido la autoexplotación en virtud, y que invisibiliza la verdadera misión universitaria: investigar, pensar y escribir para transformar la sociedad.

Casi en contadas universidades los profesores no se desgastan de esa forma, pero caen triturados por la maquinaria burocrática de su propia universidad que los remunera muy bien, pero los domestica hasta el extremo. Allí, el docente se ve atrapado en un sistema que lo remunera bien, pero lo somete a un régimen de controles, formatos, comités y evaluaciones que lo domestican hasta el extremo. En lugar de aprovechar esa estabilidad para investigar y escribir con libertad, el profesor queda absorbido por una lógica institucional que mide su desempeño en términos de cumplimiento administrativo más que de producción intelectual. La universidad, en vez de ser un espacio de creación y pensamiento crítico, se convierte en una organización que disciplina y normaliza a sus académicos, reduciéndolos a engranajes de un aparato burocrático. El resultado es que, aunque no se desgasten corriendo de una universidad a otra, terminan igualmente triturados por la rutina administrativa, sin margen para desplegar su creatividad ni para aportar conocimiento nuevo.

En otras palabras, la universidad peruana no está organizada en función del saber sino del mercado y en esa lógica perversa deshumaniza al catedrático. En lugar de concebirse como un espacio de creación intelectual y de investigación crítica, se ha convertido en una institución que responde a lógicas mercantiles: número de matrículas, acreditaciones formales, rankings y productividad medida en horas dictadas o en indicadores administrativos. En esa lógica perversa, el catedrático deja de ser un sujeto creador de conocimiento y se transforma en un recurso humano que debe rendir cuentas como si fuera una pieza de maquinaria. Se le exige cumplir con formatos, dictar más cursos, adaptarse a la demanda estudiantil y a los criterios de gestión, mientras se le priva de tiempo y condiciones para investigar y escribir.

La consecuencia es una deshumanización: el profesor deja de ser un intelectual con voz propia y se convierte en un trabajador disciplinado, domesticado por la burocracia o por la necesidad de ingresos adicionales. Así, la universidad pierde su misión esencial: ya no es un lugar donde se cultiva el saber y se piensa críticamente la sociedad, sino un engranaje más del mercado que mide su éxito en cifras y no en ideas. El catedrático, atrapado entre la autoexplotación y la domesticación burocrática, se ve reducido a sobrevivir dentro de un sistema que lo sofoca, cuando su verdadera tarea debería ser la creación y transmisión de conocimiento transformador.

Si a todo lo ya mencionado se le suma la obligación de publicar en la llamada mafia de las revistas indexadas, el panorama se completa con un cuadro de mediocridad intelectual que atraviesa a la universidad peruana. La exigencia de publicar en revistas que forman parte de circuitos cerrados, muchas veces inaccesibles y dominados por criterios mercantiles más que académicos, convierte la escritura científica en un trámite burocrático más. El profesor no escribe para pensar, investigar o aportar conocimiento nuevo, sino para cumplir con un requisito que le permita ascender, mantenerse en el escalafón o justificar su permanencia en la institución.

En este contexto, la publicación deja de ser un acto creativo y crítico para transformarse en un mecanismo de supervivencia dentro de un sistema que mide la calidad académica por la cantidad de artículos indexados, sin importar su pertinencia ni su impacto real en la sociedad. El catedrático se ve forzado a producir textos apresurados, muchas veces irrelevantes, que circulan en revistas que cobran por publicar, que imponen barreras de acceso y que responden más a la lógica del negocio editorial que a la del saber. Así, la universidad no solo deshumaniza al docente con la burocracia y la autoexplotación, sino que también lo somete a una dinámica de simulacro intelectual, donde lo importante no es investigar ni escribir con profundidad, sino cumplir con la cuota de publicaciones exigida.

El resultado es devastador: se instala una cultura de la mediocridad en la que la investigación se reduce a un requisito formal, la escritura se convierte en un trámite y el saber se vacía de contenido crítico. La universidad peruana, organizada en función del mercado y no del conocimiento, termina por sofocar a sus propios catedráticos, que ya sea por la autoexplotación, por la domesticación burocrática o por la obligación de publicar en revistas indexadas, se ven reducidos a engranajes de un sistema que mide cifras y no ideas, que premia la apariencia y no la creación, y que perpetúa una lógica perversa de deshumanización intelectual.

El diagnóstico es contundente: el espíritu humanístico de la universidad peruana luce extraviado y pervertido. En lugar de ser un espacio donde se cultiva el pensamiento crítico, la reflexión sobre la condición humana y la creación de saberes que dialoguen con la sociedad, la universidad se ha convertido en una institución sometida a las lógicas del mercado y a la maquinaria burocrática. El humanismo, que debería ser el eje de toda formación universitaria, se ha visto desplazado por indicadores cuantitativos, rankings, acreditaciones y la obsesión por publicar en revistas indexadas que responden más a intereses mercantiles que a la búsqueda genuina de conocimiento.

El catedrático, que en esencia debería ser un intelectual libre, comprometido con la investigación y la escritura, se encuentra atrapado en un círculo de autoexplotación, precariedad y domesticación administrativa. Algunos, aun con buenos sueldos, se adaptan a la lógica de dictar en múltiples universidades para incrementar sus ingresos, sacrificando la posibilidad de investigar y escribir con profundidad. Otros, en instituciones que los remuneran bien, son triturados por la burocracia interna que los domestica hasta el extremo, reduciéndolos a engranajes de un aparato de control. Y todos, sin excepción, se ven obligados a cumplir con la cuota de publicaciones en revistas indexadas, lo que convierte la escritura en un trámite y la investigación en un simulacro.

En este escenario, el espíritu humanístico se extravía porque la universidad ya no se organiza en función del saber, sino del mercado. Se pervierte porque la misión de formar seres humanos críticos y libres se sustituye por la tarea de producir trabajadores dóciles y académicos domesticados. La universidad, que debería ser un espacio de creación y transformación, se reduce a una institución que mide cifras y no ideas, que premia la apariencia y no la profundidad, y que deshumaniza a sus propios catedráticos. El resultado es una mediocridad intelectual que se instala como norma, un vacío de pensamiento crítico y una perversión del sentido original de la universidad como lugar de cultivo del espíritu.

la universidad peruana, parapetada en grandes y modernos edificios, exhibe hacia afuera una fachada de progreso y modernidad, pero en su interior se esconde una profunda ruina espiritual. Esa arquitectura imponente, que debería ser símbolo de un espacio dedicado al saber y a la creación intelectual, termina funcionando como un disfraz que oculta el extravío del conocimiento y la perversión de la enseñanza. La docencia se ha instrumentalizado, reducida a un servicio que responde a la lógica del mercado y a la demanda inmediata de profesionales funcionales, mientras se abandona la misión de formar seres humanos críticos y libres.

En ese contexto, la mediocridad intelectual se instala como norma: los catedráticos, atrapados entre la autoexplotación, la burocracia y la obligación de publicar en revistas indexadas que responden más a intereses mercantiles que a la búsqueda genuina de saber, se ven deshumanizados y domesticados. La universidad, que debería ser un espacio de creación de ideas nuevas, se muestra incompetente para cumplir esa tarea, porque ha desplazado el espíritu humanístico y lo ha sustituido por indicadores cuantitativos, rankings y cifras que nada tienen que ver con la verdadera vida intelectual.

Así, los edificios modernos se convierten en metáforas de un vacío: muros relucientes que esconden la pobreza del pensamiento, auditorios equipados que silencian la crítica, bibliotecas digitales que no se usan para investigar sino para cumplir con requisitos formales. La universidad peruana, en lugar de ser un lugar donde se cultiva el saber y se piensa críticamente la sociedad, se ha transformado en un aparato que reproduce mediocridad y que, parapetado en su infraestructura, oculta la ruina espiritual que la atraviesa.

La universidad peruana burocratizada y mercantilizada es incapaz de convertir la riqueza material del país en riqueza espiritual, pues ha renunciado a su misión de ser un espacio de creación y cultivo del saber. En lugar de promover la ciencia, la filosofía y el pensamiento crítico, se ha instalado en un estado de estancamiento que se traduce en la perpetua copia de modelos extranjeros, incapaz de generar ideas propias que respondan a las necesidades de la sociedad peruana. La enseñanza se ha instrumentalizado, reducida a un servicio que responde a la lógica del mercado y a la demanda inmediata de profesionales funcionales, mientras se abandona la tarea de formar seres humanos libres y críticos. La investigación se convierte en un trámite, la escritura en un requisito burocrático y la vida intelectual en un simulacro que mide cifras y no ideas.

Si a todo ello añadimos el enriquecimiento escandaloso de los rectores de universidades privadas y públicas, el panorama se revela aún más perverso: se entiende que el objetivo no es la construcción de conocimiento ni el fortalecimiento del espíritu humanístico, sino la captura de un botín para fines mendaces y subalternos al saber y a la ciencia. La universidad, parapetada en grandes edificios y en discursos de modernidad, oculta su ruina espiritual y su incompetencia para crear pensamiento nuevo, mientras sus autoridades convierten la gestión académica en un negocio lucrativo. Así, el sistema universitario peruano se muestra como una institución que ha perdido su esencia, que ha extraviado el espíritu humanístico y que ha pervertido su misión, transformándose en un aparato que reproduce mediocridad, que domestica a sus catedráticos y que subordina el conocimiento a intereses económicos y burocráticos.

Lo que se observa en la putrefacción de la universidad peruana no es sino el síntoma de algo más hondo que necesita ser transformado: el modelo capitalista neoliberal que, en su fase terminal, ha convertido a la educación superior en un engranaje más de su maquinaria mercantil. Este modelo, al entronizar y consolidar un nihilismo estructural, ha vaciado de sentido la misión humanística de la universidad y ha reducido el saber a un instrumento subordinado a intereses económicos y burocráticos. La universidad, atrapada en esta lógica, refleja la enfermedad de una sociedad que ha hecho del mercado su único horizonte y que, en consecuencia, ha dejado de creer en la posibilidad de crear ideas nuevas, de cultivar la ciencia y la filosofía, y de promover el pensamiento crítico. La crisis universitaria, entonces, no es un fenómeno aislado, sino la manifestación visible de un veneno más profundo que corroe la vida colectiva: el nihilismo estructural del capitalismo neoliberal, que deshumaniza, esteriliza y condena a la sociedad a la mediocridad espiritual.

Bibliografía

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EL NAUFRAGIO DE LA FENOMENOLOGÍA RELIGIOSA FRANCESA

 

EL NAUFRAGIO DE LA FENOMENOLOGÍA RELIGIOSA FRANCESA

Introducción

La fenomenología francesa del siglo XX, en su vertiente religiosa, se ha visto marcada por tres nombres fundamentales: Michel Henry, Emmanuel Levinas y Jean-Luc Marion. Cada uno de ellos, desde su propia perspectiva, intentó abrir la fenomenología hacia la experiencia religiosa, hacia la revelación y hacia la trascendencia. Sin embargo, este movimiento, conocido como el “giro teológico de la fenomenología francesa”, ha sido objeto de múltiples críticas, tanto desde la filosofía clásica como desde la teología. En este ensayo se expondrán las posturas de estos tres pensadores, sus limitaciones, las objeciones que el tomismo les formula y, finalmente, se añadirá una crítica personal que pone en evidencia la impotencia de este proyecto para superar el nihilismo estructural de la modernidad tardía.

Michel Henry: la fenomenología de la vida y el cristianismo interior

Michel Henry es, ante todo, un fenomenólogo que parte de la tradición husserliana, pero que desarrolla una fenomenología original: la fenomenología de la vida. En su obra capital, La esencia de la manifestación (1963), Henry sostiene que la vida se manifiesta en la interioridad, en la auto-afectación invisible, antes que en cualquier objetividad externa. Posteriormente, en textos como Yo soy la Verdad (1996) y Palabras de Cristo (2002), Henry conecta esta fenomenología con el cristianismo, interpretando a Cristo como la Vida que se revela en cada ser humano.

La propuesta de Henry se distingue por su crítica radical a la objetivación científica y técnica del mundo. Para él, la ciencia moderna describe fenómenos externos, cuantificables y visibles, pero olvida la dimensión más fundamental: la vida que se siente a sí misma. Esta vida no es un objeto entre otros, sino la condición de posibilidad de toda experiencia. En este sentido, Henry afirma que la fenomenología debe ir más allá de la intencionalidad husserliana y descubrir la auto-manifestación invisible que constituye la subjetividad.

En su lectura cristiana, Henry sostiene que el mensaje de Cristo no es una doctrina externa ni una moral impuesta, sino la revelación de la Vida misma en cada ser humano. Cuando Jesús dice “Yo soy la Verdad”, Henry interpreta que la verdad no es una proposición abstracta, sino la experiencia interior de la vida que se auto-revela. Así, el cristianismo se convierte en la confirmación filosófica de su fenomenología: la vida que se siente y se manifiesta en la interioridad es, en última instancia, la vida divina que habita en nosotros.

Este enfoque, sin embargo, tiene consecuencias polémicas. Al privilegiar la interioridad, Henry corre el riesgo de reducir el cristianismo a una experiencia subjetiva, desligada de la historia y de la comunidad eclesial. Su fenomenología de la vida ilumina la dimensión íntima de la fe, pero deja en segundo plano la encarnación histórica de Cristo y la objetividad de la tradición. Por ello, su propuesta ha sido vista tanto como una renovación espiritual de la fenomenología como una forma de gnosticismo moderno, donde la salvación se juega en la interioridad más que en la realidad histórica.

Limitaciones de Henry

Las críticas a Henry señalan que su cristianismo es excesivamente interior y subjetivo, con tintes gnósticos, pues la verdad se concibe como revelación interior desligada del mundo visible y de la historia. Además, su desprecio por el mundo exterior como “barbarie” contradice la visión cristiana tradicional de la creación como buena y significativa. Su cristología fenomenológica corre el riesgo de diluir la dimensión histórica y encarnada del cristianismo, reduciéndolo a pura experiencia interior.

Otro aspecto problemático de la propuesta de Henry es su tendencia a disolver la objetividad de la fe en la pura vivencia subjetiva. Al concebir la verdad como auto-revelación de la vida, se debilita la dimensión comunitaria y eclesial del cristianismo, que siempre ha estado vinculada a la transmisión histórica de la fe, a la liturgia y a la tradición. En su esquema fenomenológico, la Iglesia y los sacramentos quedan en un segundo plano frente a la interioridad, lo que genera una visión parcial y reducida de la experiencia cristiana.

Asimismo, su rechazo de la mediación racional y metafísica lo coloca en tensión con la tradición filosófica y teológica que busca comprender la fe en diálogo con la razón. Al privilegiar la inmediatez de la vida interior, Henry limita la posibilidad de un discurso universal sobre la verdad cristiana, pues esta queda confinada a la esfera de lo vivido. De este modo, su fenomenología corre el riesgo de convertirse en una forma de fideísmo fenomenológico, donde la experiencia subjetiva sustituye la necesidad de fundamentación racional y metafísica.

Emmanuel Levinas: la ética como primera filosofía

Levinas, aunque judío, influyó profundamente en la fenomenología religiosa francesa. Su propuesta consiste en colocar la ética como primera filosofía: la experiencia del rostro del otro nos abre a la trascendencia y nos pone ante la responsabilidad infinita. En este sentido, la alteridad se convierte en el lugar privilegiado de la revelación.

La noción del rostro del otro es central en la obra de Levinas. El rostro no es simplemente una apariencia física, sino una epifanía que interpela y exige responsabilidad. En el encuentro con el otro, Levinas descubre una trascendencia que no puede reducirse a categorías ontológicas ni a la objetividad del conocimiento. El rostro nos dice “no matarás” antes de cualquier formulación racional, y en esa apelación ética se revela lo infinito. De este modo, la ética se convierte en el acceso privilegiado a lo trascendente.

Levinas también critica la tradición filosófica occidental por haber privilegiado el ser y la ontología sobre la relación con el otro. Para él, la obsesión por el ser conduce a una forma de totalización que absorbe la alteridad en categorías universales. Frente a ello, propone que la filosofía debe comenzar con la ética, porque solo en la relación con el otro se rompe la clausura del yo y se abre la posibilidad de trascendencia. Así, la ética no es un añadido moral, sino la estructura fundamental de la existencia.

En su lectura religiosa, aunque Levinas se mantiene fiel a su tradición judía, su pensamiento influyó en la fenomenología cristiana francesa porque mostró cómo la experiencia ética puede ser entendida como una forma de revelación. La responsabilidad infinita hacia el otro se convierte en un modo de relación con Dios, que no se manifiesta directamente en conceptos o doctrinas, sino en la exigencia ética inscrita en la alteridad. De esta manera, Levinas ofrece una vía fenomenológica hacia lo divino que no depende de la metafísica clásica, sino de la experiencia concreta del encuentro humano.

Limitaciones de Levinas

Desde una perspectiva crítica, se le reprocha a Levinas que su ética carezca de fundamento metafísico. Al poner la ética antes que la ontología, invierte el orden natural de la filosofía. Además, su concepción de Dios como infinito ético se aleja de la noción clásica de Dios como acto puro de ser, y su falta de una antropología metafísica (alma, naturaleza humana) deja incompleta su propuesta.

Una de las críticas más frecuentes es que la ética levinasiana, al situarse como primera filosofía, corre el riesgo de convertirse en un absoluto sin soporte ontológico. La responsabilidad infinita hacia el otro, aunque profundamente inspiradora, carece de un marco metafísico que la fundamente y la haga inteligible en términos universales. Esto provoca que su propuesta se perciba como excesivamente exigente y difícil de sostener en la práctica, pues no ofrece criterios racionales claros para equilibrar la responsabilidad con las condiciones concretas de la existencia.

Otro límite señalado es la ausencia de una reflexión sistemática sobre la naturaleza humana. Levinas privilegia la relación con el otro como lugar de revelación, pero no desarrolla una antropología que explique qué es el hombre en su esencia. Sin esta base, la ética queda suspendida en una relación asimétrica que exige infinitamente, pero sin una comprensión de la estructura ontológica del sujeto que recibe esa exigencia. Desde la perspectiva clásica, esto genera una ética incompleta, carente de un fundamento en la realidad del ser humano como criatura dotada de alma y naturaleza.

Finalmente, se le reprocha que su concepción de Dios, vinculada a la alteridad y a la responsabilidad ética, se aleja de la tradición filosófica que lo entiende como acto puro de ser y fundamento de toda realidad. Al reducir la experiencia de lo divino a la relación ética, Levinas limita la trascendencia a un horizonte moral, dejando de lado la dimensión metafísica y teológica que permite hablar de Dios como causa primera y fin último. De este modo, su propuesta, aunque innovadora, se muestra insuficiente para quienes buscan una filosofía que integre ética, ontología y teología en un sistema coherente.

Jean-Luc Marion: el fenómeno saturado y la revelación

Marion desarrolla la noción de “fenómenos saturados”, aquellos que desbordan la capacidad de la conciencia. La revelación cristiana, para él, es el ejemplo privilegiado de este exceso fenomenológico. Dios se manifiesta como el “don” que se da sin condiciones, y la experiencia religiosa se convierte en un fenómeno que excede toda conceptualización.

La idea de fenómeno saturado surge como una crítica a la fenomenología clásica, que tiende a medir los fenómenos según la capacidad de la conciencia para recibirlos y constituirlos. Marion sostiene que hay fenómenos que desbordan cualquier horizonte de expectativa y que no pueden ser reducidos a categorías de objetividad. Ejemplos de ello serían la obra de arte, el rostro amado y, en su máxima expresión, la revelación divina. Estos fenómenos no se dejan encerrar en conceptos, sino que irrumpen con una intensidad que supera la capacidad de la conciencia.

En este marco, Marion interpreta la revelación cristiana como el fenómeno saturado por excelencia. La manifestación de Dios no se ajusta a los límites de la razón ni a las estructuras de la intencionalidad, sino que se da como un exceso absoluto. Dios aparece como el don que se entrega sin condiciones, sin depender de la iniciativa humana. La fe, entonces, no es una construcción racional, sino la acogida de un fenómeno que se impone por su propia fuerza y que desborda toda conceptualización.

Este planteamiento tiene implicaciones teológicas profundas: al concebir a Dios como don, Marion se distancia de la metafísica clásica que lo entiende como acto puro de ser. Su propuesta busca preservar la gratuidad radical de la revelación, evitando que se reduzca a categorías filosóficas. Sin embargo, esta misma radicalidad genera tensiones, pues al rechazar la mediación conceptual y analógica, Marion corre el riesgo de dejar la experiencia religiosa en un terreno inefable, difícil de comunicar y de integrar en un discurso filosófico sistemático.

Limitaciones de Marion

Las objeciones señalan que su idea de fenómeno saturado corre el riesgo de volverse irracional, pues la revelación no puede ser puro exceso sin forma inteligible. Además, su reducción de Dios al “don” lo aparta de la noción tomista de Dios como acto puro de ser. Su teología negativa radical, que rechaza toda conceptualización de Dios, contradice la posibilidad del lenguaje analógico defendida por Santo Tomás.

Una primera dificultad que se le señala es que su noción de fenómeno saturado, al insistir en el exceso absoluto de la revelación, puede terminar debilitando la posibilidad de un discurso racional sobre Dios. Si la revelación se concibe como algo que desborda toda forma y toda categoría, entonces se vuelve inefable y, en consecuencia, difícil de comunicar filosóficamente. Esto coloca a la fenomenología de Marion en tensión con la tradición que busca integrar fe y razón, pues corre el riesgo de dejar la experiencia religiosa en un ámbito puramente místico, inaccesible al pensamiento sistemático.

Otra limitación es que, al reducir la manifestación de Dios al “don” que se da sin condiciones, Marion introduce una unilateralidad que puede empobrecer la comprensión de lo divino. El tomismo sostiene que Dios no solo se da, sino que es el fundamento ontológico de todo ser, el acto puro de ser que sostiene la realidad. En cambio, Marion privilegia la categoría fenomenológica del don, lo que puede llevar a una visión parcial y fragmentaria de Dios, centrada en la experiencia de recepción pero sin un marco metafísico que explique su ser y su causalidad.

Finalmente, su teología negativa radical, que rechaza toda conceptualización de Dios, plantea un problema práctico: si no es posible hablar de Dios con categorías analógicas, entonces el lenguaje teológico queda desprovisto de herramientas para transmitir la fe. Santo Tomás defendía que, aunque limitado, el lenguaje analógico permite hablar de Dios con verdad, sin reducirlo ni confundirlo con lo creado. Marion, al negar esta posibilidad, corre el riesgo de aislar la experiencia religiosa en un silencio absoluto, lo que dificulta tanto la comunicación comunitaria de la fe como su diálogo con la filosofía y la cultura contemporánea.

Objeciones del tomismo

Desde el tomismo, las objeciones a Henry, Levinas y Marion se pueden sintetizar en tres grandes puntos:

  1. Falta de metafísica del ser: todos privilegian la experiencia (vida, ética, don) sobre la ontología, debilitando la base metafísica indispensable para comprender tanto la filosofía como la teología.

  2. Subjetivismo excesivo: Henry se refugia en la vida interior, Levinas en la ética del rostro, Marion en el fenómeno saturado. En todos los casos, la verdad queda reducida a la experiencia subjetiva.

  3. Cristianismo sin encarnación plena: en Henry y Marion, la revelación corre el riesgo de volverse demasiado fenomenológica, perdiendo la dimensión histórica y metafísica que Tomás considera esencial.

El tomismo reprocha que estos filósofos han desplazado la verdad del ser hacia la experiencia fenomenológica, debilitando la trascendencia y la objetividad.

Una primera objeción tomista es que, al privilegiar la experiencia sobre la ontología, estos pensadores dejan sin fundamento último sus propuestas. Para Santo Tomás, la metafísica del ser es el pilar que sostiene cualquier reflexión filosófica y teológica. Sin ella, la ética, la fenomenología de la vida o la noción de fenómeno saturado quedan suspendidas en un plano subjetivo, sin conexión con la realidad objetiva del ser. De este modo, la fenomenología religiosa francesa se muestra insuficiente para dar cuenta de la verdad en su sentido pleno, pues carece de un principio ontológico que la garantice.

Otra crítica es que el subjetivismo excesivo de Henry, Levinas y Marion debilita la universalidad de la verdad. Al reducir la revelación a la vida interior, a la relación ética con el otro o al exceso fenomenológico, se corre el riesgo de que la verdad quede confinada a experiencias particulares, sin validez universal. El tomismo, en cambio, sostiene que la verdad es la adecuación del intelecto al ser, y que puede ser conocida por todos mediante la razón y la revelación. La fenomenología religiosa, al encerrarse en la subjetividad, pierde esta dimensión universal y objetiva.

Finalmente, el tomismo reprocha que la encarnación histórica de Cristo, núcleo del cristianismo, se diluya en interpretaciones fenomenológicas que privilegian la interioridad o el exceso de la experiencia. Para Tomás, la encarnación es un hecho histórico y metafísico: Dios hecho hombre en la historia concreta. Henry y Marion, al centrarse en la vida interior o en el fenómeno saturado, dejan en segundo plano esta dimensión histórica, debilitando la comprensión plena del misterio cristiano. Así, su fenomenología religiosa se muestra incapaz de integrar la revelación en su totalidad, pues omite la unión inseparable entre historia, metafísica y trascendencia.

Crítica personal: el principio de inmanencia y el nihilismo

A las objeciones tomistas se añade una crítica personal que pone de relieve el verdadero problema de fondo. Al privilegiar la experiencia, estos fenomenólogos se convierten en sucedáneos del empirismo, pero sin la objetividad del empirismo clásico. El exceso de subjetivismo los coloca al borde del idealismo subjetivo, y pierden la dimensión metafísica e histórica de la revelación. En otras palabras, aún son tributarios del principio de inmanencia de la modernidad, resintiendo el principio de trascendencia.

De este modo, se muestran impotentes para romper con el nihilismo estructural de la modernidad tardía. Aunque intentan abrir la fenomenología hacia lo religioso, permanecen atrapados en el marco moderno de la inmanencia. Por eso, su proyecto, lejos de superar el nihilismo, lo reproduce bajo nuevas formas.

Una primera consecuencia de este apego al principio de inmanencia es que la experiencia religiosa queda reducida a un horizonte puramente humano. Aunque Henry, Levinas y Marion intentan abrir la fenomenología hacia lo divino, lo hacen desde categorías que nunca logran trascender la subjetividad. La vida interior, la ética del rostro y el fenómeno saturado son modos de experiencia que, en última instancia, se mantienen dentro de los límites de la conciencia. Así, lo religioso se convierte en una prolongación de lo humano, sin alcanzar la trascendencia real que la tradición metafísica y teológica reclama.

En segundo lugar, esta reducción de la trascendencia a la experiencia subjetiva genera un cristianismo debilitado, incapaz de sostenerse en la historia y en la comunidad. La revelación, en lugar de ser un acontecimiento histórico y metafísico —como la encarnación de Cristo—, se transforma en un fenómeno interior o ético. Esto produce una fe que se vive en la intimidad del sujeto, pero que pierde su dimensión objetiva y universal. El resultado es un cristianismo fragmentado, más cercano a una espiritualidad individual que a una religión encarnada en la historia.

Otro aspecto crítico es que, al permanecer dentro del marco moderno de la inmanencia, estos filósofos reproducen el nihilismo que dicen combatir. La modernidad tardía se caracteriza por la pérdida de sentido y por la incapacidad de reconocer una verdad trascendente. Henry, Levinas y Marion, al no romper con este marco, terminan ofreciendo respuestas que refuerzan el vacío: la vida interior sin mundo, la ética sin ontología, el fenómeno saturado sin inteligibilidad. En todos los casos, la trascendencia queda debilitada y el nihilismo se perpetúa bajo nuevas formas filosóficas.

Además, su rechazo de la metafísica los coloca en una posición de impotencia frente a los desafíos culturales contemporáneos. La técnica, la secularización y el relativismo requieren una filosofía capaz de afirmar la trascendencia y el ser como fundamentos sólidos. La fenomenología religiosa francesa, al carecer de esta base, se muestra incapaz de ofrecer una alternativa real. Su discurso, aunque sofisticado, no logra sostener una visión del mundo que supere el vacío existencial de la modernidad.

Finalmente, esta impotencia revela el naufragio de su proyecto: en lugar de abrir la fenomenología hacia lo religioso como un camino de superación del nihilismo, la han reducido a un ejercicio de interioridad que confirma la crisis moderna. La falta de trascendencia, la ausencia de metafísica y la disolución de la historia en la experiencia subjetiva hacen que su propuesta sea insuficiente para quienes buscan una filosofía capaz de integrar fe, razón y ser. En este sentido, la fenomenología religiosa francesa no rompe con la modernidad, sino que se convierte en una de sus expresiones más refinadas, pero también más frágiles.

Conclusión

El naufragio de la fenomenología religiosa francesa se debe a que, en su intento de abrir la fenomenología hacia la religión, Henry, Levinas y Marion no logran escapar del principio de inmanencia moderno. Sus propuestas, aunque originales y sugerentes, carecen de la fuerza metafísica y trascendente que el tomismo considera indispensable. Al privilegiar la experiencia subjetiva, se convierten en sucedáneos del empirismo y del idealismo, perdiendo la dimensión histórica y metafísica de la revelación cristiana.

En última instancia, su impotencia para romper con el nihilismo estructural de la modernidad tardía revela que la fenomenología religiosa francesa, pese a sus esfuerzos, ha naufragado en el mar de la inmanencia. Solo una filosofía que recupere el principio de trascendencia y la metafísica del ser podrá ofrecer una salida verdadera al nihilismo contemporáneo.

La fenomenología religiosa francesa, en manos de Henry, Levinas y Marion, se revela como un proyecto incapaz de sostener la trascendencia porque se ahoga en el subjetivismo. Henry reduce la revelación a la interioridad afectiva, Levinas la confina a la ética del rostro, y Marion la disuelve en el exceso inefable del fenómeno saturado. En todos los casos, la verdad queda atrapada en la experiencia individual, sin fundamento ontológico ni apertura real a lo trascendente. Lo que se presenta como una filosofía de lo divino termina siendo una prolongación sofisticada de la modernidad, donde el hombre se escucha a sí mismo y confunde esa voz con la voz de Dios.

Su rechazo de la metafísica no es una liberación, sino una mutilación. Al renunciar al acto de ser como principio, estos pensadores se privan de la única base capaz de sostener la verdad y la revelación. La fenomenología que proponen se convierte en un discurso elegante pero vacío, incapaz de dar cuenta de la encarnación histórica de Cristo o de la universalidad de la verdad. En lugar de superar el nihilismo, lo perpetúan bajo formas refinadas: la vida interior sin mundo, la ética sin ontología, el don sin ser. Su aparente espiritualidad es, en realidad, una máscara que oculta la impotencia filosófica frente al vacío contemporáneo.

Por eso, Levinas, Henry y Marion no logran romper con el nihilismo estructural de la modernidad tardía: lo reproducen bajo cuerda, disfrazado de fenomenología religiosa. Su pensamiento, lejos de abrir un camino hacia la trascendencia, confirma la clausura de la inmanencia. El resultado es un naufragio: una fenomenología que pretendía salvar la religión, pero que termina hundida en el mar del subjetivismo y la antimetafísica. Solo una filosofía que recupere la trascendencia y la metafísica del ser puede ofrecer una salida verdadera; la fenomenología religiosa francesa, en cambio, se ha mostrado como un intento fallido, elegante en su forma, pero estéril en su fondo.

Renunciar al acto de ser significa despojarse del fundamento ontológico que sostiene toda verdad y toda revelación. Al abandonar esta piedra angular, Henry, Levinas y Marion condenan sus proyectos a la fragilidad, pues construyen sobre la arena movediza de la pura experiencia subjetiva. Sin el acto de ser, la vida interior de Henry se convierte en un solipsismo afectivo, la ética de Levinas en una exigencia infinita sin arraigo en la realidad, y el fenómeno saturado de Marion en un exceso inefable que carece de inteligibilidad. La consecuencia es inevitable: sus propuestas fracasan rotundamente porque, al negar la trascendencia metafísica, reproducen el vacío de la modernidad y se muestran incapaces de ofrecer una salida al nihilismo. Solo el reconocimiento del ser como acto puro, fundamento y plenitud, puede sostener un proyecto filosófico y religioso que no naufrague en la inmanencia.

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