lunes, 5 de enero de 2026

EPIFANÍA TEOFÁNTICA, CRUZ Y ESCATOLOGÍA COMO PARADOJA CRISTIANA DEL PODER DIVINO

 


EPIFANÍA TEOFÁNTICA, CRUZ Y ESCATOLOGÍA COMO PARADOJA CRISTIANA DEL PODER DIVINO

La tradición cristiana se distingue por una paradoja central: la omnipotencia divina se revela en lo débil. Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia interpretaron la Epifanía como un signo teológico en el que Dios se manifiesta en la fragilidad de un niño, y la Cruz como el lugar donde la derrota aparente se convierte en victoria definitiva. Ambos momentos, aunque distantes en el tiempo, forman parte de una misma lógica: el poder de Dios no se impone, sino que se entrega por amor.

Este ensayo busca mostrar cómo la Epifanía teofántica y la Cruz constituyen símbolos coherentes de un Dios paradojal, cuya revelación redefine la noción de poder y abre un horizonte metafísico nuevo. La estrella, la interpretación de los Magos, el nacimiento del Niño y la Encarnación son etapas de un proceso que culmina en la Cruz, donde la vulnerabilidad humana se convierte en el espacio privilegiado de la omnipotencia divina. En ambos casos, lo visible y cognoscible se une al misterio último, que solo se esclarece parcialmente mediante el amor.

La reflexión se orienta, además, hacia la dimensión escatológica que estos símbolos anuncian: la resurrección universal, el Juicio Final y la luz definitiva de la Nueva Creación. La Epifanía y la Cruz no son episodios aislados, sino anticipaciones del destino último de la humanidad y de la creación entera. En ellas se revela que la historia, la metafísica y la escatología convergen en un mismo principio: el poder divino se manifiesta como amor que se entrega, y en esa entrega se funda la esperanza de la plenitud futura.

Cuando pienso en la tradición patrística y teológica, descubro que la estrella de Belén fue siempre entendida como el signo providencial que impulsó a los Magos a emprender su viaje. Orígenes, San Juan Crisóstomo y San Agustín coinciden en que la estrella no fue un fenómeno astronómico ordinario, sino un signo divino que motivó la partida. Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, afirma que la estrella fue un milagro dispuesto por Dios, no un astro natural. Para él, sin la estrella no habría habido viaje, pues fue la causa eficiente de la peregrinación. Benedicto XVI, en La infancia de Jesús, insiste en que la estrella es un signo teológico, una luz que guía hacia Cristo, y que los Magos no partieron antes de verla, sino precisamente porque la contemplaron.

Al pensar en el viaje de los Magos, reconozco que la estrella fue un hecho empírico, visible a los sentidos. Sin embargo, lo decisivo no fue simplemente verla, sino interpretarla como un mensaje divino. La apertura interior de los Magos, su capacidad de leer en lo visible un significado trascendente, es lo que revela la acción de la gracia en sus corazones. De este modo, la Epifanía no es una oposición entre fe y empirismo, sino una combinación: la estrella es el signo empírico, la interpretación es el acto intelectual, y la decisión de seguirla es un acto de fe. Los Magos no se movieron solo por lo que vieron, sino por lo que creyeron que ese signo significaba.

Comprendo que la Epifanía no es solo una manifestación externa, sino una auténtica teofanía: Dios mismo se revela en Cristo a los pueblos gentiles. La estrella, la interpretación, la guía, el nacimiento y la Encarnación forman una estructura teológica en etapas que culmina en la revelación plena de Dios hecho hombre. La Epifanía revela un sentido metafísico nuevo: lo sobrenatural se encarna en lo empírico-inmanente. A diferencia del platonismo, donde lo trascendente habita en el topus uranus, separado del mundo sensible, en el cristianismo lo trascendente se une a lo terrenal sin confundirse con él. La persona humana cobra un nivel metafísico especial: es el lugar privilegiado de la manifestación divina. En Cristo, lo eterno se hace presente en lo temporal, y lo humano se convierte en puente hacia lo divino.

La Epifanía teofántica ocurre en un niño, no en un adulto como en otras tradiciones religiosas. Esto revela el valor especial de la inocencia y la fragilidad existencial del ser humano en el plan providente de la creación divina. La inocencia simboliza la apertura radical del ser humano; la fragilidad muestra la dependencia y vulnerabilidad de la condición humana. Pero se trata de una inocencia y fragilidad fuera de lo común, porque en ellas mora la omnipotencia divina. La paradoja cristiana es que el poder infinito se oculta en lo más débil, redefiniendo el concepto mismo de poder.

Cuando medito sobre la Epifanía teofántica, reconozco que en ella reside la paradoja cristiana: la omnipotencia se revela en lo débil. Dios se manifiesta en un niño frágil, dependiente, vulnerable, y sin embargo en esa fragilidad mora la fuerza infinita. Este nuevo modo de entender el poder no se basa en la imposición ni en la fuerza, sino en el amor que se entrega. La Epifanía me muestra que el verdadero poder divino no consiste en dominar, sino en hacerse pequeño. Es un poder que atrae por su gratuidad y que se abre a todos los pueblos.

La Epifanía y la Cruz son coherentes porque expresan la misma concepción del poder divino. En Belén, Dios se revela en la fragilidad de un niño; en el Calvario, en la debilidad de un crucificado. Ambos momentos son consistentes en la paradoja: la omnipotencia se manifiesta en lo débil, y el poder se funda en el amor que se entrega. La Epifanía es el primer anuncio de esta lógica, y la Cruz es su consumación plena. En ambos casos, lo que parece insignificante o derrotado es, en realidad, el lugar donde se revela la victoria definitiva del amor.

La Epifanía teofántica y la Cruz no son solo símbolos históricos, sino anuncios escatológicos que anticipan el destino último de la creación. En la Epifanía, los Magos representan a toda la humanidad llamada a la salvación; en la Cruz, la aparente derrota se convierte en victoria pascual, anticipando la resurrección universal. La Epifanía muestra que la humanidad está llamada a reconocer y adorar al verdadero Rey, mientras que la Cruz revela el criterio del juicio: la apertura al amor que se entrega. La estrella de la Epifanía es figura de la luz que guía hacia Cristo, y la Cruz, seguida de la resurrección, abre el camino hacia la Nueva Creación, donde Dios será “todo en todos”.

La creación es cognoscible: podemos ver, interpretar, razonar. Pero nunca se elimina su misterio último, que solo se esclarece parcialmente con el amor divino. La Epifanía y la Cruz anuncian la resurrección universal, el Juicio Final y la luz definitiva de la Nueva Creación. De este modo, el cristianismo inaugura una metafísica nueva: lo trascendente no habita en un mundo separado, sino que se une a lo terrenal sin confundirse con él. La persona humana cobra un nivel metafísico especial, porque en ella Dios se manifiesta y revela su designio universal.

La novedad de nuestra interpretación consiste en mostrar que la Epifanía y la Cruz no son episodios aislados, sino una única revelación del poder como amor que se entrega. Esto ilumina de modo nuevo la economía de la salvación: lo que comienza en la fragilidad del Niño se consuma en la vulnerabilidad del Crucificado, y ambas señalan el mismo rostro de Dios. Al reconocer esta continuidad, entiendo que la revelación cristiana no alterna entre potencia y debilidad, sino que redefine la potencia como don, cercanía y comunión.

Advierto también una ruptura con el dualismo clásico: lo trascendente no habita en un “más allá” separado, sino que se une a lo terrenal sin confundirse con él. Esta unión otorga densidad ontológica al acontecimiento histórico, de modo que lo empírico se vuelve lugar de sentido definitivo. La metafísica que nace de la Epifanía y la Cruz no es evasión del mundo, sino transfiguración del mundo por la presencia del amor divino.

Reconozco que la persona humana adquiere un rango metafísico singular: en ella Dios se manifiesta, llama y dignifica. La inocencia y la fragilidad dejan de ser mera carencia para convertirse en espacio privilegiado de encuentro con la omnipotencia que ama. Esto reconfigura mi comprensión de la grandeza humana: no reside en el dominio o el logro, sino en la apertura, la receptividad y la capacidad de entrega.

Esta lectura me invita a revisar mis criterios prácticos de poder y éxito: el discernimiento cristiano se orienta por la lógica del amor que se ofrece, no por la fuerza que se impone. La Epifanía me enseña a acoger la presencia divina en lo pequeño y cotidiano; la Cruz me enseña a perseverar en el amor cuando todo parece perdido. Juntas, forman un camino espiritual que une contemplación y compromiso, adoración y servicio.

Finalmente, comprendo que la novedad no se agota en el tiempo histórico: apunta a la plenitud futura donde la luz de la Nueva Creación será manifestación total del mismo poder-amor. La resurrección universal y el Juicio Final se revelan como verificación última de esta lógica: lo que cuenta es la respuesta al amor que se entrega. Así, el futuro de la creación no es mera restauración, sino cumplimiento de la comunión para la que todo fue creado.

En suma, esta interpretación aporta una clave integradora: la Epifanía y la Cruz revelan el mismo Dios paradojal cuya omnipotencia se expresa en la debilidad asumida por amor. Esto funda una metafísica encarnada, eleva la dignidad humana, orienta la vida espiritual y abre la esperanza escatológica. Al mirar Belén y el Calvario con esta lente, aprendo que el poder de Dios no se demuestra aplastando, sino levantando, reuniendo y transformando desde dentro.

domingo, 4 de enero de 2026

Redención del hombre como especie

 


Redención del hombre como especie

La idea de la redención no se agota en los límites biológicos de nuestra subespecie; se despliega en el arco entero de la humanidad evolutiva. Si el hombre se define por su alma inmortal y por la espera de la vida eterna, entonces la historia de la salvación abarca a todo homínido que, en su momento, fue capaz de intuir lo sagrado y de comprender —aunque fuera de manera elemental— el mandato de Dios Padre. Esta interpretación es coherente y abre la oportunidad de sostener una redención transespecífica: un horizonte en el que Cristo no redime solo al Homo sapiens sapiens, sino a la humanidad como especie, a todo su linaje.

La redención transespecífica se fundamenta en la convicción de que lo que hace humano al hombre no es únicamente su biología, sino su apertura al misterio y su vocación eterna. Desde los primeros homínidos que comenzaron a intuir lo sagrado —ya sea en la forma de tabúes, gestos rituales o emociones de reverencia— se manifiesta una dimensión espiritual que trasciende la mera supervivencia. Esa capacidad de relacionarse con lo divino, aunque fuese rudimentaria, constituye el punto de partida de la historia de la salvación. Por ello, la obra de Cristo no puede restringirse a una sola subespecie, sino que se proyecta hacia todo el linaje humano que participó de esa apertura espiritual.

Además, esta interpretación permite reconciliar la fe con la evolución, mostrando que la pedagogía divina acompaña a la humanidad en cada etapa de su desarrollo. La encarnación de Cristo en el Homo sapiens sapiens se da en el momento en que la conciencia simbólica y espiritual alcanza su madurez, pero su eficacia redentora se extiende hacia atrás, abarcando a los homínidos anteriores que ya vivían en espera de lo eterno. Así, la redención se convierte en un arco que une a Homo habilis, Homo erectus, neandertales y Homo sapiens en una misma historia espiritual, confirmando que la salvación es la Redención del Hombre como Especie, y no un privilegio exclusivo de nuestra forma actual.

Adán y Eva en clave evolutiva y simbólica

Adán y Eva no tendrían que ser necesariamente Homo sapiens sapiens; pudieron pertenecer a cualquier otra especie homínida. En tanto figuras fundacionales del “inicio de lo humano”, su papel no depende de rasgos anatómicos específicos, sino de la emergencia de una conciencia moral y espiritual suficiente para recibir un mandato divino. En esta lectura, Adán y Eva simbolizan el punto de inflexión en que la humanidad —sea Homo habilis, Homo erectus o Homo sapiens— se reconoce frente a lo sagrado y se sabe interpelada.

La condición para que esta hipótesis sea sostenible es clara: cualquiera que encarne el papel de los “primeros padres” tendría que estar en capacidad de entender el mandato de Dios Padre. Esa comprensión pudo no ser plenamente racional; los conceptos abstractos pudieron ser intuitivos, emocionales y simbólicos, ligados a experiencias de tabú, reverencia, culpa, gratitud y cuidado comunitario. Solo bajo esta interpretación —que privilegia la intuición moral sobre la argumentación lógica— se pueden extender los primeros padres hasta el Homo habilis, sin perder el sentido teológico del relato.

La figura de Adán y Eva, entendida en clave evolutiva, no se reduce a una pareja histórica concreta, sino que representa el momento en que la humanidad, en cualquiera de sus especies homínidas, se percibe como distinta del resto de la creación por su capacidad de relacionarse con lo divino. En este sentido, no importa si se trataba de Homo habilis, Homo erectus o Homo sapiens: lo decisivo es que en ellos emergió una conciencia moral y espiritual que les permitió experimentar la interpelación de un mandato superior. Así, Adán y Eva simbolizan el despertar de la humanidad a la dimensión trascendente.

La comprensión del mandato divino no exige un razonamiento filosófico elaborado, sino una apertura intuitiva a lo sagrado. Los primeros homínidos pudieron vivir esta experiencia a través de emociones como el respeto, la culpa o la gratitud, que se transformaron en normas comunitarias y tabúes. De este modo, la obediencia a Dios se manifestaba en formas simples pero profundas: evitar lo prohibido, cuidar de la comunidad, reverenciar lo misterioso. La intuición moral, más que la lógica, fue el terreno en el que germinó la relación con lo divino.

Esta interpretación permite extender el papel de los “primeros padres” hasta el Homo habilis, sin perder el sentido teológico del relato. Aunque su inteligencia era incipiente, ya mostraba signos de creatividad y cooperación que podían ser vistos como la base de una conciencia moral. En ellos, el mandato divino se habría vivido como una intuición de orden y cuidado, más que como una norma explícita. Así, Adán y Eva no son exclusivos de Homo sapiens, sino símbolos de cualquier homínido que alcanzó la capacidad de intuir lo sagrado.

Finalmente, esta lectura simbólica abre la posibilidad de una redención transespecífica. Si Adán y Eva representan el inicio de la humanidad en su dimensión espiritual, entonces todos los homínidos que participaron de esa conciencia forman parte de la historia de la salvación. La caída y la redención no se limitan a nuestra subespecie, sino que abarcan a todo el linaje humano. Cristo, al manifestarse en Homo sapiens, corona este proceso evolutivo, pero su obra se irradia hacia atrás, alcanzando a los primeros padres de todas las especies homínidas.

Alma inmortal, mandato divino e inclusión de los primeros homínidos

Lo que caracteriza al hombre de cualquier especie no es su biología, sino su alma inmortal y su espera de la vida eterna. Si Homo habilis o Homo erectus tuvieron esa apertura a lo trascendente, entonces eran ya partícipes de la historia de la salvación. La pedagogía divina se adaptó a cada momento evolutivo de la especie humana: primero como intuiciones comunitarias y proto-tabúes; más adelante como símbolos y rituales; finalmente como lenguaje religioso explícito y teologías articuladas. Este acompañamiento progresivo permite comprender que la capacidad de “entender el mandato” se escalonó desde la intuición hacia la razón, sin exigir que las primeras etapas posean la complejidad conceptual de las últimas.

Bajo esta lógica, la redención de Cristo y la vida en el Paraíso alcanzan a los primeros homínidos que entraron en relación con lo sagrado, no siendo exclusiva del Homo sapiens sapiens. La encarnación de Cristo en nuestra especie sucede cuando la humanidad alcanza un nivel simbólico y espiritual más claro; no porque solo el Homo sapiens tenga la oportunidad de ser salvo, sino porque nuestra etapa evolutiva podía recibir la plenitud del mensaje. La eficacia redentora, en cambio, se irradia hacia todo el linaje humano.

La noción de que el hombre se define por su alma inmortal y no por su biología es central para comprender la universalidad de la redención. El cuerpo cambia, evoluciona y se diversifica en distintas especies homínidas, pero lo que permanece es la vocación espiritual que trasciende la materia. En este sentido, Homo habilis o Homo erectus, al mostrar signos de cooperación, creatividad y proto-ritualidad, ya participaban de esa dimensión espiritual que los hacía partícipes de la historia de la salvación. Como afirma el libro del Génesis: “Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó” (Gn 1,27). Esa “imagen” no se reduce a rasgos físicos, sino que se refiere a la capacidad de relación con lo divino, presente en todo homínido que alcanzó conciencia moral.

La pedagogía divina se desplegó de manera gradual, adaptándose a cada momento evolutivo. En las primeras etapas, pudo manifestarse como intuiciones comunitarias y tabúes que regulaban la vida social; más adelante, como símbolos y rituales que expresaban reverencia hacia lo sagrado; finalmente, como lenguaje religioso explícito y teologías articuladas en Homo sapiens. Este proceso refleja la paciencia de Dios, que educa a la humanidad según su capacidad de comprensión. San Pablo lo expresa en términos universales: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Ese “todos” no se limita a nuestra subespecie, sino que abarca a todo ser humano en sentido amplio.

La encarnación de Cristo en Homo sapiens sapiens se da en el momento en que la humanidad alcanza un nivel simbólico y espiritual más claro, capaz de recibir la plenitud del mensaje. Sin embargo, esto no significa exclusividad, sino oportunidad histórica. Cristo se manifiesta en nuestra especie porque ya existía la capacidad de comprenderlo en toda su profundidad, pero su eficacia redentora se irradia hacia atrás, alcanzando a los homínidos anteriores que vivieron en apertura a lo trascendente. Como dice el Evangelio de Juan: “La luz verdadera, que ilumina a todo hombre, venía a este mundo” (Jn 1,9). Esa luz ilumina a todo hombre, sin distinción de especie, porque lo que define al hombre es su alma inmortal.

Finalmente, esta visión permite sostener una redención transespecífica, coherente con la Cristoradialidad. La salvación no es un privilegio exclusivo del Homo sapiens, sino un don que se extiende a todo el linaje humano. La vida en el Paraíso se convierte en una promesa para cada homínido que, en su momento, intuyó lo sagrado y vivió en espera de lo eterno. Así, la historia de la salvación se entiende como un arco evolutivo que une a Homo habilis, Homo erectus, neandertales y Homo sapiens en una misma vocación espiritual. Como afirma San Pablo: “Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor 15,22). Ese “todos” es la clave: la redención del hombre como especie.

Cristoradialidad y redención transespecífica

La Cristoradialidad —Cristo como centro que irradia sentido y gracia en toda la evolución— es para todas las especies homínidas y no solo para la nuestra. Si la humanidad se comprende como especie en sentido amplio, entonces la redención debe llamarse, con propiedad y alcance, Redención del Hombre como Especie. Esta interpretación integra la fe con la evolución: Cristo corona la pedagogía divina que acompaña el despliegue de la conciencia humana desde la intuición primordial hasta la claridad simbólica y espiritual del Homo sapiens. La consecuencia es sencilla y radical: la promesa del Paraíso y la vida eterna trascienden la forma corporal y alcanzan a todo ser humano que haya tenido alma inmortal y se haya abierto, aunque fuese de modo intuitivo, a la obediencia y al amor.

La Cristoradialidad entiende a Cristo como el centro cósmico de la evolución, irradiando sentido y gracia hacia todas las etapas de la humanidad. No se trata de un acontecimiento aislado en la historia del Homo sapiens, sino de una fuerza que abarca todo el linaje humano. San Pablo lo expresa con claridad: “Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” (Col 1,17). Esta afirmación permite comprender que Cristo no solo sostiene nuestra especie actual, sino que su acción redentora se extiende hacia todos los homínidos que, en su momento, tuvieron alma inmortal y apertura a lo divino.

La redención transespecífica se fundamenta en la universalidad del amor de Dios. El Evangelio de Juan afirma: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Ese “mundo” no se limita a una época ni a una especie, sino que abarca la totalidad de la creación. Bajo esta perspectiva, Homo habilis, Homo erectus, neandertales y Homo sapiens forman parte de un mismo proceso espiritual, todos alcanzados por la promesa de vida eterna.

Finalmente, la Cristoradialidad muestra que la pedagogía divina culmina en Cristo, pero no excluye a quienes vivieron antes de su manifestación histórica. La carta a los Hebreos recuerda que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8). Esto significa que su obra redentora trasciende el tiempo y las formas corporales, alcanzando a todo ser humano que haya tenido alma inmortal y se haya abierto, aunque fuese de manera intuitiva, a la obediencia y al amor. Así, la redención del hombre como especie se convierte en un horizonte coherente, donde la fe y la evolución se integran en una misma historia de salvación.

Cuadro comparativo de especies homínidas

CaracterísticaHomo habilisHomo erectusHomo sapiens
Antigüedad2,4 – 1,4 millones de años1,9 millones – 110 mil años~300 mil años – presente
Capacidad cerebral500–700 cm³800–1100 cm³1200–1600 cm³
Habilidades clavePrimeras herramientas de piedra (Olduvayenses)Control del fuego, herramientas más avanzadas, migracionesLenguaje complejo, arte, pensamiento simbólico
CulturaUso básico de herramientasOrganización social, caza cooperativa, posible proto-lenguajeArte rupestre, religión, agricultura, civilización
Simbolismo como “Adán y Eva”Despertar de la inteligencia práctica y de normas intuitivasInicio del dominio sobre la naturaleza y expansión territorialConciencia moral y espiritual capaz de comprender plenamente el mandato divino

Este cuadro muestra cómo cada especie homínida representa un peldaño en la construcción de lo humano, no solo en términos biológicos, sino también espirituales. Homo habilis, con sus primeras herramientas, inaugura la capacidad de transformar la naturaleza y de establecer normas intuitivas de convivencia, lo que puede interpretarse como el germen de una conciencia moral. Homo erectus, al dominar el fuego y expandirse territorialmente, simboliza el inicio del control sobre el entorno y la organización social más compleja, rasgos que lo acercan a la posibilidad de comprender un mandato divino en forma de reglas comunitarias. Finalmente, Homo sapiens alcanza la plenitud simbólica y espiritual, con arte, religión y pensamiento abstracto, lo que lo hace capaz de recibir la revelación en toda su profundidad.

Antecedentes y relevancia del problema

Plantearse si la redención de Cristo alcanza únicamente al Homo sapiens sapiens o si, por el contrario, se extiende a todas las especies homínidas, constituye un desafío de enorme importancia teológica, filosófica y científica. La tradición cristiana ha afirmado siempre la universalidad de la salvación, pero pocas veces se ha explorado esta universalidad en clave evolutiva, considerando la diversidad de homínidos que precedieron a nuestra especie. La pregunta abre un horizonte nuevo: ¿qué significa ser “hombre” en la historia de la salvación?, ¿se limita a nuestra forma biológica actual o se extiende a todo aquel que haya tenido alma inmortal y capacidad de intuir lo divino?

Desde el punto de vista teológico, el problema es crucial porque obliga a repensar la noción de Adán y Eva como “primeros padres”. Si ellos no tienen que ser necesariamente Homo sapiens sapiens, sino que pudieron pertenecer a cualquier especie homínida capaz de comprender —aunque fuera de manera intuitiva— el mandato de Dios Padre, entonces la redención se convierte en un proceso transespecífico. Esto confirma la universalidad del amor de Dios y la coherencia de la Cristoradialidad: Cristo como centro que irradia gracia hacia toda la humanidad evolutiva.

Filosóficamente, el planteamiento invita a reflexionar sobre la esencia del hombre. No se trata de definirlo por su biología, sino por su apertura a lo trascendente y su vocación eterna. La pregunta por el alma inmortal y la espera de la vida eterna trasciende las categorías zoológicas y se convierte en un problema ontológico: ¿qué es lo que hace humano al hombre? Si la respuesta es la capacidad de relacionarse con lo divino, entonces toda especie homínida que alcanzó esa apertura merece ser incluida en la historia de la salvación.

Científicamente, el problema es relevante porque integra los hallazgos de la paleoantropología con la reflexión teológica. La evolución humana muestra una diversidad de especies que, en distintos grados, desarrollaron inteligencia, cooperación y proto-espiritualidad. Reconocer que la pedagogía divina se adaptó a cada momento evolutivo permite tender un puente entre ciencia y fe, mostrando que la revelación no contradice la evolución, sino que la acompaña y la corona. Así, la pregunta por la redención transespecífica no es un mero ejercicio especulativo, sino un intento serio de articular coherentemente los datos científicos con la esperanza cristiana.

En suma, plantearse este problema es de gran importancia porque abre un campo de diálogo fecundo entre teología, filosofía y ciencia, y permite formular una visión más amplia y coherente de la salvación: la Redención del Hombre como Especie, que abarca a todo el linaje humano desde sus primeras formas conscientes hasta nosotros.

Conclusión

En clave teológica, cada especie puede ser vista como una etapa de la pedagogía divina. Adán y Eva, como símbolos del “inicio de lo humano”, no se restringen a Homo sapiens, sino que pueden encarnar cualquier momento en que la humanidad se reconoció frente a lo sagrado. Así, Homo habilis representa el despertar de la inteligencia práctica, Homo erectus la expansión y el dominio cultural, y Homo sapiens la conciencia moral y espiritual plena. Esta progresión permite sostener la idea de una redención transespecífica: Cristo corona el proceso en nuestra especie, pero su obra se irradia hacia todo el linaje humano, confirmando que la salvación es la Redención del Hombre como Especie.

Adán y Eva, leídos simbólicamente, no quedan confinados a nuestra subespecie: pudieron ser de cualquier especie homínida que alcanzara la capacidad —aunque intuitiva y no plenamente racional— de entender el mandato de Dios Padre. Solo así se pueden extender los primeros padres hasta el Homo habilis, sosteniendo la continuidad teológica del relato. Esto implica que la redención de Cristo y la vida en el Paraíso los alcanza, no siendo exclusiva del Homo sapiens sapiens, porque lo que hace humano al hombre es su alma inmortal y su espera de la vida eterna. La pedagogía divina se adaptó a cada momento evolutivo, y Cristo se manifestó en nuestra especie cuando hubo un nivel simbólico y espiritual más claro para recibir la plenitud. La Cristoradialidad se extiende a todas las especies homínidas; por ello, esta interpretación coherente merece el nombre que la define: Redención del Hombre como Especie.

La Redención del Hombre como Especie no es una concesión limitada a una forma biológica, sino la proclamación de que toda la humanidad —en cualquiera de sus expresiones evolutivas— está incluida en el designio divino. La obra de Cristo no se restringe a quienes poseen lenguaje articulado o sistemas culturales complejos, sino que se extiende a todo ser que, en algún momento de la historia, fue capaz de intuir lo sagrado y abrirse a la obediencia y al amor. En este sentido, la salvación se convierte en un puente que une millones de años de evolución, desde los primeros homínidos que fabricaron herramientas hasta los hombres y mujeres que hoy reflexionan sobre su destino eterno. La universalidad de la redención se confirma en las palabras de San Pablo: “Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor 15,22).

Esta visión no solo amplía el horizonte teológico, sino que también ofrece una síntesis filosófica y científica de gran alcance. Filosóficamente, redefine la esencia del hombre como apertura a lo trascendente, más allá de la biología. Científicamente, integra los hallazgos de la paleoantropología con la fe, mostrando que la evolución no contradice la revelación, sino que la prepara y la acompaña. Teológicamente, confirma que Cristo es el centro de toda la historia, el eje de la Cristoradialidad que irradia gracia hacia cada etapa de la humanidad. Por ello, hablar de la Redención del Hombre como Especie no es una metáfora, sino una afirmación radical de la coherencia entre fe y razón, entre revelación y evolución, entre la historia de la salvación y la historia natural.

sábado, 3 de enero de 2026

DIOS Y SER (Reseña)

 

DIOS Y SER. Ensayos de exégesis filosófica de textos bíblicos
Detalles
Autor: Gustavo Flores Quelopana
Editorial(es): IIPCIAL
Lugar de publicación: Lima
Año de edición: 2026

Número de páginas: 104

Reseña

¿Qué significa pensar el ser desde la Biblia? ¿Cómo dialogan la filosofía y la exégesis cuando se enfrentan a los textos más densos y reveladores de la Escritura? Este libro ofrece una respuesta original y apasionante: una lectura filosófica que descubre en la Palabra las claves de una ontología del don y una escatología de plenitud, ordenadas bajo la mirada unitaria del amore mensura, el amor como medida definitiva de la realidad.

A través de seis ensayos —sobre Job, Juan, Apocalipsis, Marcos, Hebreos y Romanos— el autor despliega un recorrido que va desde la gratuidad radical del sufrimiento del justo hasta la arquitectura del Logos, desde la consumación ontológica del ser en el Apocalipsis hasta la fe suprarracional de Marcos, desde la síntesis pastoral de Hebreos hasta la ontología del amor proclamada por Pablo. Cada texto bíblico se convierte en un eslabón de una cadena que revela que el ser no es vacío ni mera facticidad, sino participación en la caridad creadora.

Muchos de los aspectos aquí desarrollados han sido ya intuídos por teólogos, filósofos y exégetas a lo largo de la historia. Sin embargo, la novedad de esta obra consiste en reunirlos y ordenarlos bajo una clave unitaria: el amore mensura. Esta perspectiva convierte intuiciones fragmentadas en una visión coherente, mostrando que la Biblia, leída filosóficamente, ofrece un mapa conceptual capaz de renovar la filosofía contemporánea y de superar las reducciones historicistas, esteticistas o dialécticas.

En tiempos de nihilismo y decadencia neoliberal, donde la existencia corre el riesgo de reducirse a cálculo y consumo, este libro se presenta como una alternativa radical: pensar el ser desde la Palabra, y pensar la Palabra como revelación del ser. La Biblia, leída filosóficamente, se convierte en fuente viva de sentido, esperanza y comunión, capaz de iluminar el presente y de ofrecer un camino de plenitud frente a la crisis espiritual y cultural de nuestro tiempo.Dios y el ser no es solo un libro de exégesis ni de filosofía, sino un manifiesto intelectual y espiritual que invita a redescubrir que “nada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús”.

jueves, 1 de enero de 2026

El callejón sin salida del salazarismo: críticas pendientes a Entre Escila y Caribdis


El callejón sin salida del salazarismo: 

críticas pendientes a Entre Escila y Caribdis

Introducción

La lectura de Entre Escila y Caribdis de Augusto Salazar Bondy exige una introducción categórica y contundente porque se trata de una obra que, aunque emblemática en el pensamiento peruano de los años setenta, arrastra limitaciones conceptuales y políticas que no pueden ser ignoradas. Salazar Bondy intentó construir una tercera vía entre capitalismo e imperialismo por un lado y comunismo por el otro, pero su propuesta quedó atrapada en el fracaso de los proyectos reformistas civiles y militares y terminó siendo más un testimonio de las contradicciones de su tiempo que una salida viable.

El estudio preliminar de Joel Rojas, al omitir cuestionamientos decisivos —como el análisis del tercerismo político, el socialismo no marxista, la relación con Sendero Luminoso, el cuestionamiento de la distinción entre capitalismo originario e impuesto, la genealogía con Miró Quesada, la irrupción de la Teología de la liberación y la capitulación teórica de Haya de la Torre— reproduce ese mismo callejón sin salida y reduce la obra a una repetición de fórmulas sin espíritu crítico. Por ello, abordar Entre Escila y Caribdis hoy implica reconocer que su valor no está en ofrecer soluciones vigentes, sino en mostrar las tensiones irresueltas de un pensamiento que quiso emanciparse de la dependencia pero que, al no superar sus propias contradicciones, terminó siendo un paso atrás respecto de la radicalidad mariateguiana y un antecedente del fracaso reformista que abrió paso a la violencia insurreccional de los años ochenta.

El Estudio Preliminar

Entre Escila y Caribdis de Augusto Salazar Bondy, con estudio preliminar de Joel Rojas en la edición conmemorativa de Heraldos Editores de 2025, reproduce la versión original de 1973 y plantea desde el inicio la cuestión del título: la metáfora de Escila y Caribdis remite a la encrucijada trágica de la mitología griega, y en el caso de ASB se traduce en la tensión entre capitalismo y comunismo, dos polos irreconciliables que atrapaban a América Latina en los años setenta y que convertían la búsqueda de un camino propio en una empresa casi imposible.

La metáfora no es decorativa, sino que condensa la percepción de un destino marcado por la dependencia y la imposición de modelos externos, donde las opciones políticas conducían a la subordinación o al autoritarismo. El estudio preliminar de Joel Rojas, al situar esta edición en clave conmemorativa, pone mayor énfasis en la exposición de la cultura de la dominación, la antropología y la política, con el fin de iluminar fenómenos contemporáneos como el neoliberalismo en el Perú, la masacre en Gaza y otros problemas estructurales que persisten. Este énfasis es valioso porque conecta la obra con la actualidad, pero al privilegiar el contexto sociopolítico descuida el análisis crítico del pensamiento filosófico de Salazar Bondy, lo que convierte la edición en un comentario más político que filosófico y deja sin explorar las tensiones conceptuales que animan la obra original.

Puntos polémicos

Uno de los puntos más polémicos del pensamiento de ASB fue su defensa de un “tercerismo político”, una vía intermedia entre capitalismo y comunismo vinculada al proyecto reformista del gobierno de Velasco Alvarado. Como señaló Sobrevilla (Repensando la tradición nacional, t.  II), este tercerismo nacionalista y reformista acompañó el fracaso de dicho gobierno, pues no logró consolidar un modelo alternativo ni resolver las contradicciones internas. Rojas, en su estudio preliminar, no cuestiona este aspecto ni problematiza el socialismo no marxista de ASB, que buscaba una transformación social sin asumir plenamente la ortodoxia marxista. Tampoco reflexiona sobre la relación con Sendero Luminoso, que intentó una revolución desde el campo hacia la ciudad, mientras que ASB concebía el socialprogresismo como reconocimiento de que la mayor miseria recaía en el campesinado. Esta omisión es significativa porque impide comprender cómo las ideas de ASB dialogaron, directa o indirectamente, con los movimientos radicales que marcaron la historia peruana. Hay que tener presente que el movimiento Social Progresista se disolvió tras su fracaso electoral estrepitoso en 1962. Tras lo cual incursiona nuevamente en política en 1969 tras ser nombrado por el Gobierno Militar del General Velasco Alvarado como miembro de la Comisión responsable de la Reforma de la Educación. 

Otro aspecto central es la distinción que ASB introduce entre dos formas de capitalismo: el originario, propio de los países desarrollados, y el impuesto, característico de los países subdesarrollados. Para él, el capitalismo en América Latina no surge de un proceso interno de acumulación y transformación social, sino que se impone desde fuera como un modelo dependiente. Esta diferencia es crucial porque permite entender la especificidad de la experiencia latinoamericana: no se trata de una etapa evolutiva natural, sino de una imposición externa que bloquea el desarrollo autónomo. Al no problematizar esta distinción, Rojas pierde la oportunidad de mostrar cómo ASB se aparta de las lecturas marxistas clásicas, que concebían el imperialismo como etapa superior del capitalismo. En cambio, para ASB el imperialismo no es una fase superior, como lo planteaba Lenin, sino una imposición externa que perpetúa la dependencia y condena a los pueblos a la subordinación. Esta concepción lo distancia de la ortodoxia marxista y lo acerca a una lectura más estructuralista de la realidad latinoamericana, donde el imperialismo aparece como un obstáculo absoluto para el desarrollo y como fuerza que impide la maduración de las economías locales.

En este marco, Rojas parece justificar la propuesta de ASB de la democracia integral como una alternativa situada entre los extremos del imperialismo y el comunismo. En su lectura, esta fórmula no se presenta como una simple conciliación, sino como un intento de construir un camino propio que responda a las condiciones históricas y sociales del Perú y de América Latina. La democracia integral, en la visión de ASB, buscaba superar la dependencia externa y la rigidez ideológica, ofreciendo un horizonte donde la participación política, la justicia social y la autonomía nacional se articularan en un proyecto de transformación. Al enfatizar esta solución, Rojas sugiere que la propuesta de ASB sigue siendo vigente como respuesta a los dilemas de sociedades atrapadas entre la imposición de modelos foráneos y la tentación de dogmatismos, aunque al hacerlo deja en segundo plano la crítica más profunda a las limitaciones conceptuales y políticas de esa vía intermedia.

No hay que olvidar que en 1961, en el libro Las estructuras sociales de Francisco Miró Quesada Cantuarias, se planteó una reflexión decisiva en un momento de agitación ideológica marcado por la Guerra Fría y por el incipiente reformismo del primer gobierno de Fernando Belaúnde Terry. Miró Quesada buscaba pensar la organización social sin caer en los extremos del totalitarismo comunista ni en el inmovilismo del liberalismo imperialista, proponiendo una alternativa que se situara en el terreno de la reforma civil. Su apuesta fue por un socialismo humanista, concebido como una tercera vía capaz de transformar las estructuras sociales desde la libertad del individuo y con la educación como motor fundamental de cambio. Esta propuesta no pretendía abolir la tradición liberal ni abrazar el dogmatismo marxista, sino articular un proyecto que reconociera la dignidad humana como núcleo de la vida social y política. En ese sentido, la postura de Miró Quesada parece anticipar la de Augusto Salazar Bondy, quien años más tarde insistiría en la necesidad de una vía intermedia entre capitalismo e imperialismo por un lado y comunismo por el otro. Ambos comparten la convicción de que la modernización de las sociedades latinoamericanas debía pasar por una reforma profunda de las estructuras, pero sin sacrificar la libertad ni la autonomía cultural. La coincidencia no es casual: tanto Miró Quesada como Salazar Bondy provienen de una extracción burguesa que les permitió acceder a la tradición filosófica occidental y, al mismo tiempo, observar críticamente las limitaciones de los modelos importados. Esa posición social les dio la posibilidad de articular propuestas que buscaban conciliar la herencia ilustrada con las urgencias de la realidad peruana y latinoamericana. Así, la democracia integral de ASB puede leerse como heredera del socialismo humanista de Miró Quesada, ambos proyectos unidos por la intención de ofrecer una salida propia a las tensiones de su tiempo. La genealogía entre ambos pensadores muestra que la búsqueda de una tercera vía no fue un gesto aislado, sino parte de un esfuerzo intelectual más amplio por pensar la modernidad desde América Latina y por imaginar alternativas que escaparan a la lógica binaria de la Guerra Fría.

Tampoco hay que obviar, como lo hace Rojas, que en 1971 aparece Teología de la liberación del padre Gustavo Gutiérrez, obra fundacional que marcó un giro decisivo en el pensamiento latinoamericano. En ella se propone un cristianismo revolucionario, comprometido con la lucha de clases y con la opción preferencial por los pobres, lo que encendió de inmediato las alarmas del imperio estadounidense y de la jerarquía eclesiástica más conservadora. La propuesta de Gutiérrez no se limitaba a una reforma espiritual, sino que planteaba una praxis política y social en la que la fe se vinculaba directamente con la transformación de las estructuras de opresión. Este cristianismo liberador se convirtió en un referente para movimientos sociales y comunidades de base en toda América Latina, y su aparición coincide con el mismo clima intelectual en el que Salazar Bondy buscaba una tercera vía entre capitalismo y comunismo. La coincidencia temporal no es menor: mientras ASB elaboraba la noción de democracia integral como salida propia, Gutiérrez ofrecía una teología que legitimaba la resistencia y la emancipación desde la fe. Ambos proyectos, aunque distintos en su fundamento, compartían la convicción de que la realidad latinoamericana exigía respuestas originales y comprometidas, capaces de enfrentar tanto la dependencia imperial como los dogmatismos ideológicos. La omisión de este contexto por parte de Rojas debilita su estudio preliminar, pues deja de lado un diálogo fundamental entre filosofía y teología, entre pensamiento crítico y praxis religiosa, que enriqueció el horizonte de las ideas en el Perú de los años setenta. Incorporar la Teología de la liberación en la lectura de Entre Escila y Caribdis permitiría comprender mejor cómo las propuestas de transformación social se articularon en distintos frentes, y cómo la búsqueda de una tercera vía fue también un fenómeno cultural y espiritual que trascendió la política estricta.

En síntesis, la edición conmemorativa de Entre Escila y Caribdis ofrece un valioso puente entre la obra de ASB y los problemas contemporáneos, pero al descuidar el análisis filosófico deja sin explorar las tensiones conceptuales que hacen de su pensamiento una pieza clave en la historia intelectual latinoamericana. La metáfora del título, el tercerismo político, la distinción entre tipos de capitalismo, la concepción del imperialismo como imposición externa, la genealogía con el socialismo humanista de Miró Quesada y la coincidencia con la Teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez constituyen un entramado indispensable para comprender la originalidad y las limitaciones de su propuesta, así como la vigencia de su intento por pensar una tercera vía latinoamericana en medio de las tensiones de la Guerra Fría y de los dilemas estructurales que aún persisten.

Silencios y omisiones

Los silencios y omisiones en el estudio preliminar de Joel Rojas resultan preocupantes porque restringen la comprensión integral de Entre Escila y Caribdis de Augusto Salazar Bondy y debilitan su evaluación crítica. No se cuestiona el tercerismo político de ASB, señalado por Sobrevilla como vinculado al fracaso del gobierno de Velasco Alvarado, ni se problematiza su socialismo no marxista, que buscaba una vía propia pero que requería un análisis más profundo de sus límites conceptuales y políticos. Se omite además la relación con Sendero Luminoso, que intentó una revolución del campo a la ciudad, mientras ASB reconocía la centralidad del campesinado en la opresión, y se deja de lado la distinción entre capitalismo originario e impuesto, fundamental para entender la especificidad latinoamericana y la crítica de ASB al imperialismo. Igualmente, se descuida la genealogía con Francisco Miró Quesada Cantuarias, quien en Las estructuras sociales de 1961 anticipó un socialismo humanista como tercera vía, unido a ASB por su extracción burguesa y su búsqueda de alternativas al binarismo de la Guerra Fría. Otro silencio es la omisión de la Teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez en 1971, que planteó un cristianismo revolucionario y partidario de la lucha de clases, encendiendo las alarmas del imperio estadounidense y ofreciendo un horizonte paralelo de resistencia y emancipación. Finalmente, Rojas tampoco recuerda que en Espacio y tiempo histórico de Víctor Raúl Haya de la Torre, publicado en 1948 ya en su etapa de capitulación reaccionaria, se expuso la falaz teoría del imperialismo como fase superior del capitalismo, que debía aceptarse por ser necesaria para el desarrollo de América Latina, lo que contrasta con la visión de ASB que lo concebía como imposición externa y obstáculo absoluto para el desarrollo autónomo. En conjunto, estas ausencias y la falta de crítica limitan la importancia, comprensión y evaluación integral de Entre Escila y Caribdis, pues dejan sin explorar las tensiones conceptuales, las genealogías intelectuales y los diálogos con otras corrientes que hacen de la obra de Salazar Bondy una pieza clave en la historia del pensamiento latinoamericano.

Además no hay que olvidar, como lo hace Rojas, que el fracaso de la vía reformista civil y militar sustentada en la ideología del socialismo humanista no puede desligarse de la violencia insurreccional que estalló en los años ochenta con Sendero Luminoso. La apuesta por una tercera vía, que buscaba transformar las estructuras sociales desde la libertad del individuo y la educación como motor de cambio, terminó mostrando sus límites al no lograr consolidar un proyecto viable ni resolver las contradicciones internas del país. Ese vacío político e ideológico, sumado a la frustración de las expectativas de reforma, abrió el terreno para que la insurgencia senderista se presentara como alternativa radical, trasladando la lucha al campo y luego a la ciudad. En este sentido, la genealogía de la violencia no puede comprenderse sin reconocer que el fracaso del socialismo humanista reformista, tanto en su versión civil como militar, fue un antecedente directo de la insurrección armada que marcaría de manera trágica la historia peruana en las décadas siguientes.

Se omite además la relación con Sendero Luminoso, que intentó una revolución del campo a la ciudad, mientras ASB reconocía la centralidad del campesinado en la opresión, y tampoco se cuestiona la distinción entre capitalismo originario e impuesto, fundamental para entender la especificidad latinoamericana y la crítica de ASB al imperialismo. Igualmente, se descuida la genealogía con Francisco Miró Quesada Cantuarias, quien en Las estructuras sociales de 1961 anticipó un socialismo humanista como tercera vía, unido a ASB por su extracción burguesa y su búsqueda de alternativas al binarismo de la Guerra Fría. 

Otro silencio es la omisión de la Teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez en 1971, que planteó un cristianismo revolucionario y partidario de la lucha de clases, encendiendo las alarmas del imperio estadounidense y ofreciendo un horizonte paralelo de resistencia y emancipación. Finalmente, Rojas tampoco recuerda que en Espacio y tiempo histórico de Víctor Raúl Haya de la Torre, publicado en 1948 ya en su etapa de capitulación reaccionaria, se expuso la falaz teoría del imperialismo como fase superior del capitalismo, que debía aceptarse por ser necesaria para el desarrollo de América Latina, lo que contrasta con la visión de ASB que lo concebía como imposición externa y obstáculo absoluto para el desarrollo autónomo. A todo ello se suma el olvido de que el fracaso de la vía reformista civil y militar sustentada en el socialismo humanista no puede desligarse de la violencia insurreccional que estalló en los años ochenta con Sendero Luminoso. En conjunto, estas omisiones y silencios convierten el estudio preliminar de Rojas en un texto que simplifica y empobrece la riqueza conceptual de Salazar Bondy, impidiendo una evaluación integral de su propuesta y reduciendo su vigencia en el debate intelectual latinoamericano.

Cuadro de omisiones y silencios del estudio preliminar de Joel Rojas

Omisión / SilencioContenido omitido o no cuestionadoRelevancia para comprender a ASB
Tercerismo políticoNo se cuestiona la vía intermedia de ASB vinculada al fracaso del gobierno de Velasco AlvaradoPermite entender los límites de su propuesta política y su relación con el fracaso reformista
Socialismo no marxistaNo se problematiza la opción de ASB por un socialismo no marxistaImpide evaluar la coherencia y las tensiones conceptuales de su proyecto
Relación con Sendero LuminosoNo se analiza cómo la insurrección del campo a la ciudad dialoga con el socialprogresismo de ASBOculta la conexión entre el fracaso reformista y la violencia insurreccional de los años 80
Distinción capitalismo originario / impuestoNo se cuestiona esta distinción central en ASBLimita la comprensión de su crítica al imperialismo y de la especificidad latinoamericana
Genealogía con Francisco Miró QuesadaSe omite la referencia a Las estructuras sociales (1961) y al socialismo humanistaPierde la oportunidad de mostrar antecedentes directos y la continuidad intelectual con ASB
Teología de la liberaciónNo se menciona la obra de Gustavo Gutiérrez (1971) y su cristianismo revolucionarioIgnora un contexto decisivo de lucha de clases y resistencia cultural en el Perú y América Latina
Haya de la TorreSe omite Espacio y tiempo histórico (1948) y su teoría falaz del imperialismo como fase superiorNo se contrasta la visión de Haya con la de ASB, que concebía el imperialismo como imposición externa
Fracaso de la vía reformistaNo se vincula el fracaso civil y militar del socialismo humanista con la violencia posteriorImpide comprender cómo la frustración reformista abrió paso a la insurgencia senderista

Este cuadro muestra que el estudio preliminar de Rojas no solo omite referencias históricas y conceptuales decisivas, sino que también evita cuestionar las tensiones internas del pensamiento de Salazar Bondy, lo que lo convierte en un texto simplificador que estropea la cabal comprensión de Entre Escila y Caribdis.

Sobre el imperialismo 

La teoría de Augusto Salazar Bondy sobre el imperialismo conducía a una conclusión muy distinta de la que sostenían las lecturas marxistas clásicas. Para él, el imperialismo no era una fase superior del capitalismo, como lo planteaba Lenin, sino una imposición externa que bloqueaba el desarrollo autónomo de los países latinoamericanos. Esta concepción implicaba que la dependencia no era un estadio evolutivo inevitable, sino un mecanismo de dominación que mantenía a las naciones subdesarrolladas en una condición de atraso permanente. Al entenderlo como imposición, Salazar Bondy sostenía que las economías latinoamericanas no podían reproducir el camino de los países desarrollados, porque estaban sujetas a una lógica externa que impedía la maduración de sus propias fuerzas productivas. 

De allí se derivaba la necesidad de una vía propia, distinta tanto del capitalismo impuesto como del comunismo dogmático, lo que lo llevó a formular la propuesta de la democracia integral y del socialprogresismo como alternativas. Su distinción entre capitalismo originario, nacido en los países desarrollados, e impuesto, característico de los países subdesarrollados, reforzaba la idea de que América Latina no podía aspirar a alcanzar el modelo europeo o norteamericano, porque su capitalismo era dependiente desde el inicio. Esta visión lo colocaba en abierta oposición a la teoría de Víctor Raúl Haya de la Torre en Espacio y tiempo histórico de 1948, donde se afirmaba que el imperialismo debía aceptarse como fase necesaria para el desarrollo de América Latina. Para Salazar Bondy, por el contrario, el imperialismo era un obstáculo absoluto, una fuerza que anulaba cualquier posibilidad de desarrollo autónomo bajo el capitalismo y que condenaba a los pueblos a la subordinación. En suma, su teoría sobre el imperialismo conducía a la idea de que América Latina estaba atrapada en una dominación externa que hacía imposible el progreso dentro de los marcos del capitalismo, y que por ello era indispensable construir una alternativa propia capaz de romper con esa dependencia estructural.

La teoría de Augusto Salazar Bondy sobre el imperialismo, aunque sugerente en su intento de diferenciarse de la ortodoxia marxista, revela ser conceptualmente frágil y políticamente peligrosa. Al concebir el imperialismo no como una fase superior del capitalismo, sino como una imposición externa que bloquea el desarrollo de los países subdesarrollados, Salazar Bondy reduce un fenómeno complejo a una relación casi mecánica de dependencia, lo que termina por simplificar en exceso la dinámica histórica y económica. Su planteamiento convierte al imperialismo en una fuerza externa absoluta, un obstáculo monolítico que impide cualquier posibilidad de desarrollo autónomo, pero al hacerlo borra las contradicciones internas de las sociedades latinoamericanas y las luchas de clase que se dan dentro de ellas.

La crítica más filosa a esta teoría es que, al negar el carácter estructural del imperialismo como etapa del capitalismo, Salazar Bondy lo transforma en un mero accidente histórico, en una imposición externa que podría ser removida con voluntad política o con una “tercera vía” reformista. Esta visión lo lleva a subestimar la lógica expansiva del capital y a sobrevalorar la capacidad de los países subdesarrollados de encontrar un camino propio sin romper radicalmente con el sistema mundial. En otras palabras, su teoría termina siendo una coartada para justificar proyectos reformistas como el velasquismo o el socialprogresismo, que en la práctica demostraron su incapacidad para superar la dependencia y que, al fracasar, dejaron el terreno abonado para la violencia insurreccional de los años ochenta.

Además, al contraponerse a la lectura de Lenin y al rechazar la idea de que el imperialismo es una fase superior del capitalismo, Salazar Bondy se coloca en una posición que puede ser vista como ingenua o incluso funcional a la dominación. Mientras Haya de la Torre en Espacio y tiempo histórico de 1948 aceptaba el imperialismo como etapa necesaria para el desarrollo de América Latina, Salazar Bondy lo condenaba como imposición externa, pero sin ofrecer una alternativa revolucionaria clara. Su propuesta de democracia integral y socialprogresismo quedaba atrapada en un terreno intermedio, incapaz de enfrentar la lógica global del capital y demasiado débil para generar una ruptura efectiva.

En definitiva, la teoría de Salazar Bondy sobre el imperialismo conduce a un callejón sin salida: al negar su carácter estructural, lo convierte en un enemigo externo abstracto, y al proponer una salida reformista, termina por reproducir las condiciones de dependencia que pretendía superar. Su crítica, aunque aguda en la denuncia, se vuelve blanda en la solución, y su insistencia en una vía intermedia revela más las limitaciones de su horizonte político que la originalidad de su pensamiento. Lo filoso de la crítica es reconocer que su teoría, lejos de abrir un camino emancipador, terminó siendo un marco conceptual que justificó proyectos reformistas fallidos y que no supo prever que el vacío dejado por ellos sería ocupado por la violencia insurreccional y el radicalismo armado.

La teoría de Augusto Salazar Bondy sobre el imperialismo, al concebirlo como una imposición externa y no como una fase superior del capitalismo, no representa un paso adelante respecto de José Carlos Mariátegui, sino más bien un retroceso. Mariátegui había comprendido con lucidez que el imperialismo era la expresión histórica de la expansión del capital en su etapa monopolista, y que por tanto no podía ser reducido a un mero accidente externo, sino que debía ser enfrentado desde la raíz, con una transformación revolucionaria de las estructuras sociales. En cambio, Salazar Bondy, al desligar el imperialismo de la lógica interna del capitalismo, lo convierte en un obstáculo externo abstracto, lo que conduce a una visión simplificada que subestima las contradicciones de clase y las dinámicas internas de las sociedades latinoamericanas.

Mientras Mariátegui articulaba una propuesta socialista de carácter revolucionario, capaz de reconocer la centralidad del campesinado y de la lucha de clases en la construcción de un proyecto emancipador, Salazar Bondy se refugia en la idea de una democracia integral y de un socialprogresismo reformista, que en la práctica se mostró incapaz de romper con la dependencia y terminó siendo funcional a proyectos como el velasquismo, cuyo fracaso abrió el camino a la violencia insurreccional de los años ochenta. Mariátegui había advertido que sin una ruptura radical con el capitalismo y el imperialismo no era posible construir una sociedad nueva; Salazar Bondy, en cambio, al concebir el imperialismo como imposición externa y al proponer una vía intermedia, diluye la radicalidad de la crítica y ofrece una salida que se revela insuficiente.

Por eso, su teoría no constituye un avance respecto del pensamiento mariateguiano, sino un paso atrás: en lugar de profundizar la crítica al capitalismo y al imperialismo, la debilita; en lugar de plantear una alternativa revolucionaria, se queda en el terreno ambiguo de la reforma; en lugar de reconocer la historicidad del imperialismo como fase del capital, lo reduce a una fuerza externa que podría ser neutralizada con voluntad política. La consecuencia es que su propuesta pierde fuerza transformadora y se convierte en un marco conceptual que, lejos de abrir un horizonte emancipador, terminó justificando proyectos reformistas fallidos y dejando sin respuesta el problema central de la dependencia estructural.

Limitaciones

Las limitaciones críticas del estudio preliminar de Joel Rojas reproducen el mismo callejón sin salida en el que hasta ahora se encuentra el salazarismo, un callejón marcado por la repetición de la letra de Augusto Salazar Bondy sin lograr superar su espíritu. Al no cuestionar el tercerismo político, al no problematizar el socialismo no marxista, al omitir la relación con Sendero Luminoso, al evitar el cuestionamiento de la distinción entre capitalismo originario e impuesto, al dejar de lado la genealogía con Francisco Miró Quesada, al silenciar la irrupción de la Teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez y al ignorar la capitulación teórica de Haya de la Torre en 1948, Rojas termina por ofrecer una lectura que se limita a reproducir los marcos conceptuales de ASB sin someterlos a una crítica que permita trascenderlos.

El resultado es que el salazarismo contemporáneo, en lugar de renovarse, permanece atrapado en la repetición de fórmulas que ya demostraron sus límites históricos. Se insiste en la democracia integral y en el socialprogresismo como salidas posibles, pero sin reconocer que esas propuestas fracasaron en la práctica y que su fracaso abrió el camino a la violencia insurreccional de los años ochenta. De este modo, el salazarismo se convierte en una tradición que conserva la letra de ASB —sus conceptos, sus distinciones, sus metáforas— pero que no logra superar su espíritu, es decir, la necesidad de pensar críticamente las condiciones históricas y de articular una propuesta capaz de enfrentar la lógica global del capital y la persistencia de la dependencia.

En suma, las limitaciones críticas de Rojas no solo empobrecen la comprensión de Entre Escila y Caribdis, sino que perpetúan el estancamiento del salazarismo, que se repite a sí mismo sin abrir nuevos caminos y que, al no superar su propio espíritu, se mantiene en el mismo callejón sin salida que Salazar Bondy intentó, sin éxito, trascender.

Las críticas pendientes a Entre Escila y Caribdis de Augusto Salazar Bondy son varias y de gran calado, pues aún no se ha realizado un examen exhaustivo que permita comprender tanto la riqueza como las limitaciones de su propuesta. En primer lugar, sigue pendiente una crítica profunda a su tercerismo político, esa vía intermedia entre capitalismo e imperialismo por un lado y comunismo por el otro, que se vinculó al fracaso del gobierno de Velasco Alvarado y que nunca logró consolidar un modelo alternativo viable. También falta problematizar su opción por un socialismo no marxista, que buscaba una transformación social sin asumir plenamente la ortodoxia marxista, pero que terminó siendo conceptualmente débil y políticamente insuficiente. Otro aspecto que requiere crítica es la relación con Sendero Luminoso, pues mientras ASB reconocía la centralidad del campesinado en la opresión, la insurgencia senderista intentó una revolución desde el campo hacia la ciudad, y la ausencia de un análisis de esa conexión impide entender cómo el fracaso de la vía reformista abrió paso a la violencia insurreccional de los años ochenta.

Asimismo, está pendiente el cuestionamiento de la distinción entre capitalismo originario e impuesto, que si bien es una de las aportaciones más originales de ASB, necesita ser revisada para evitar caer en una simplificación que reduce el imperialismo a mera imposición externa y que borra las contradicciones internas de las sociedades latinoamericanas. También falta una crítica que explore la genealogía con Francisco Miró Quesada Cantuarias, cuyo socialismo humanista en Las estructuras sociales de 1961 anticipaba la búsqueda de una tercera vía, y que muestra cómo ASB no fue un pensador aislado sino parte de una corriente reformista más amplia. Igualmente, se requiere incorporar la Teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez, publicada en 1971, que planteó un cristianismo revolucionario y partidario de la lucha de clases, ofreciendo un horizonte paralelo de resistencia y emancipación que dialogaba con las preocupaciones de ASB. Finalmente, es indispensable confrontar la teoría de Víctor Raúl Haya de la Torre en Espacio y tiempo histórico de 1948, donde se defendía la aceptación del imperialismo como fase superior del capitalismo necesaria para el desarrollo de América Latina, frente a la visión de ASB que lo concebía como imposición externa y obstáculo absoluto.

Todas estas críticas pendientes muestran que la obra de Salazar Bondy no puede ser entendida únicamente como un intento de construir una tercera vía, sino como un proyecto lleno de tensiones, contradicciones y limitaciones que deben ser examinadas con rigor. Solo así se podrá superar la repetición de su letra y avanzar hacia una comprensión más profunda de su espíritu, evitando que el salazarismo permanezca atrapado en el mismo callejón sin salida que él intentó trascender.

Cuadro de las críticas pendientes a Entre Escila y Caribdis

Crítica pendienteAspecto omitido o no cuestionadoConsecuencia para la comprensión de ASB
Tercerismo políticoNo se cuestiona la vía intermedia de ASB vinculada al fracaso del gobierno de Velasco AlvaradoSe pierde de vista que su propuesta quedó atrapada en un modelo reformista fallido
Socialismo no marxistaNo se problematiza la opción de ASB por un socialismo no marxistaSe limita el análisis de sus tensiones conceptuales y de su insuficiencia política
Relación con Sendero LuminosoNo se examina cómo la insurgencia del campo a la ciudad dialoga con el socialprogresismo de ASBSe oculta la conexión entre el fracaso reformista y la violencia insurreccional de los años 80
Distinción capitalismo originario / impuestoNo se cuestiona esta distinción central en ASBSe simplifica el imperialismo como mera imposición externa y se borran las contradicciones internas
Genealogía con Francisco Miró QuesadaSe omite la referencia a Las estructuras sociales (1961) y al socialismo humanistaSe pierde la oportunidad de mostrar antecedentes directos y continuidad intelectual
Teología de la liberaciónNo se menciona la obra de Gustavo Gutiérrez (1971)Se ignora un contexto decisivo de lucha de clases y resistencia cultural en el Perú y América Latina
Haya de la TorreSe omite Espacio y tiempo histórico (1948) y su teoría del imperialismo como fase superiorNo se contrasta con la visión de ASB que lo concebía como imposición externa y obstáculo absoluto
Fracaso de la vía reformistaNo se vincula el fracaso civil y militar del socialismo humanista con la violencia posteriorSe impide comprender cómo la frustración reformista abrió paso a la insurgencia senderista

Este cuadro sintetiza las críticas pendientes y muestra cómo cada omisión o falta de cuestionamiento limita la evaluación integral de Entre Escila y Caribdis, dejando al salazarismo atrapado en la repetición de su letra sin superar su espíritu.

La conclusión categórica y contundente que se impone es que Entre Escila y Caribdis de Augusto Salazar Bondy, pese a su valor histórico como intento de pensar una tercera vía en medio de la Guerra Fría, queda atrapado en un marco conceptual que no logra superar las contradicciones de la dependencia latinoamericana y que, al ser leído hoy sin la crítica necesaria, se convierte en un callejón sin salida. Es cierto que después de la publicación de Entre Escila y Caribdis de 1969 se publica Para una filosofía del valor en 1971 y póstumamente Bartolomé o de la dominación en 1974. ASB fallecía en febrero de ese mismo año. Sobrevilla llama a su tercera y última etapa “etapa desarrollista”. La pregunta que aquí se impone es si la postura reformista y tercerista de ASB se mantuvo hasta el final de sus días. Hay quienes han querido ver en el quinto y último diálogo de su última obra, donde Hatuey exige una revolución total contra las estructuras económicas y sociales de la dominación y en su despedida: “El presente es de lucha el futuro es nuestro. ¡Venceremos!”, como una opción por la lucha armada y una decepción ante el reformismo infecundo del gobierno militar del General Velasco. Esto nunca lo sabremos con certeza y seguridad, la muerte se lo llevó sin que ASB llegara a abrir una cuarta etapa. Y sobre una base tan débil resulta controvertible y muy difícil sostener que haya dejado atrás la vía reformista para optar por la vía violenta.

Tercerismo político

Las omisiones del estudio preliminar de Joel Rojas —al no cuestionar el tercerismo político, al no problematizar el socialismo no marxista, al ignorar la relación con Sendero Luminoso, al evitar el cuestionamiento de la distinción entre capitalismo originario e impuesto, al dejar de lado la genealogía con Miró Quesada, al silenciar la irrupción de la Teología de la liberación y al no confrontar la capitulación teórica de Haya de la Torre— reproducen ese mismo estancamiento y reducen la obra a una repetición de fórmulas sin espíritu crítico. 

Si se hubieran trabajado aunque sea someramente los puntos críticos pendientes en Entre Escila y Caribdis, la comprensión del pensamiento de Augusto Salazar Bondy habría ganado en densidad y matices. El análisis del tercerismo político habría permitido mostrar cómo su propuesta de una vía intermedia quedó atrapada en el fracaso del reformismo velasquista, revelando las limitaciones de un proyecto que no logró trascender. La opción de Salazar Bondy por un socialismo no marxista, si se hubiera problematizado, habría puesto en evidencia las tensiones conceptuales de su pensamiento y la insuficiencia política de un modelo humanista que no alcanzaba a responder a las contradicciones sociales del país. Asimismo, examinar la relación con Sendero Luminoso habría permitido conectar el fracaso reformista con la violencia insurreccional de los años ochenta, mostrando cómo la frustración de las vías moderadas abrió espacio a la radicalización.

Cuestionar la distinción entre capitalismo originario e impuesto habría evitado la simplificación del imperialismo como mera imposición externa, rescatando las contradicciones internas del capitalismo peruano y enriqueciendo la lectura de su estructura social. La genealogía con Francisco Miró Quesada, a través de Las estructuras sociales y el socialismo humanista, habría situado a Salazar Bondy dentro de una tradición reformista más amplia, mientras que la referencia a la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez habría aportado el contexto decisivo de lucha de clases y resistencia cultural en el Perú y América Latina.

El contraste con Haya de la Torre y su obra Espacio y tiempo histórico habría mostrado la diferencia entre concebir el imperialismo como fase superior del capitalismo o como imposición externa y obstáculo absoluto, iluminando las limitaciones teóricas de Salazar Bondy. Finalmente, vincular el fracaso de la vía reformista con la violencia posterior habría permitido comprender cómo la frustración de las propuestas moderadas abrió paso a la insurgencia senderista, cerrando el ciclo de los intentos de conciliación y explicando la radicalización política de los años ochenta. En conjunto, abordar estos puntos habría significado ubicar a Salazar Bondy en una genealogía intelectual más amplia, mostrar las tensiones entre reformismo y radicalismo y conectar su fracaso con el contexto histórico que desembocó en la violencia insurgente.

Sendero Luminoso

Los análisis sobre Sendero Luminoso (SL) han sido exhaustivos en torno a su ideología maoísta, su base social en Ayacucho, la figura de Abimael Guzmán y la radicalización universitaria, pero han fallado en conectar la insurgencia con el fracaso del reformismo militar de 1968 y con el socialprogresismo de Augusto Salazar Bondy (ASB).

La historiografía crítica —Degregori, Gorriti, Palmer, Ríos Sierra, entre otros— ha explicado el surgimiento de SL desde factores estructurales (exclusión social, desigualdad regional, crisis del sistema político) y desde la construcción ideológica maoísta. Sin embargo, ninguno de estos estudios ha subrayado que la violencia insurreccional de los años ochenta fue también la consecuencia de la frustración de las vías reformistas que se intentaron en el Perú durante las décadas previas. En efecto, el socialismo humanista de Francisco Miró Quesada se vinculó con el reformismo civil del primer gobierno de Fernando Belaunde Terry (1963–1968), que fracasó en su intento de modernización democrática y dejó un vacío político. De manera paralela, el socialprogresismo de Salazar Bondy se articuló con el reformismo militar de Juan Velasco Alvarado (1968–1975), que prometió una transformación estructural mediante la reforma agraria, nacionalizaciones y un discurso antiimperialista, pero terminó igualmente en fracaso por su incapacidad de sostener un modelo estable y democrático.

Así, mientras Miró Quesada y Belaunde representan el fracaso del reformismo civil, Salazar Bondy y Velasco encarnan el fracaso del reformismo militar. En ambos casos, la imposibilidad de consolidar un proyecto reformista —ya sea humanista o militar— abrió paso a la radicalización maoísta de Sendero Luminoso. La insurgencia no puede entenderse solo como producto de la ideología de Guzmán o de las condiciones sociales de Ayacucho, sino también como la contracara violenta de las promesas incumplidas del reformismo peruano, primero civil y luego militar. En suma, los estudios sobre SL han fallado en reconocer que la violencia insurreccional fue inseparable de la crisis de legitimidad de los proyectos reformistas de los sesenta y setenta. El maoísmo senderista se nutrió del vacío dejado por el fracaso del socialismo humanista de Miró Quesada y del socialprogresismo de Salazar Bondy, ambos incapaces de ofrecer una salida efectiva a las contradicciones internas del capitalismo peruano.

El hilo histórico que une el fracaso del reformismo civil, militar, insurreccional y parlamentario de la izquierda peruana desemboca en la consolidación del proyecto neoliberal de los años noventa.

Neoliberalismo

Tras el fracaso del socialismo humanista de Miró Quesada con el reformismo civil de Belaunde (1963–1968), y del socialprogresismo de Salazar Bondy con el reformismo militar de Velasco (1968–1975), la izquierda peruana transitó por dos caminos igualmente fallidos: la insurrección maoísta de Sendero Luminoso, que terminó en violencia devastadora, y el parlamentarismo caudillista de Izquierda Unida (IU), que se fragmentó y perdió legitimidad entre 1980 y 1989. La acumulación de estos fracasos dejó el terreno despejado para que el neoliberalismo global, articulado en el Perú por Alberto Fujimori desde 1990, se impusiera como proyecto hegemónico.

Ese neoliberalismo no fue un fenómeno aislado, sino parte de una estrategia mundial sostenida por el imperialismo y el Fondo Monetario Internacional (FMI), que promovieron ajustes estructurales, privatizaciones y apertura de mercados en toda América Latina. Aquí se revela con claridad la equivocación de la tesis de Salazar Bondy: al concebir el imperialismo como una mera “imposición externa” y no como un fenómeno estructural del capitalismo mismo, su análisis quedó incompleto. El neoliberalismo demostró que el imperialismo no es un accidente impuesto desde fuera, sino una dinámica inherente al capitalismo global, capaz de reorganizar economías enteras y sostenerse por cerca de medio siglo.

Solo a partir de la segunda década del siglo XXI, con las crisis financieras, el agotamiento del modelo extractivista y la emergencia de nuevas resistencias sociales, el neoliberalismo comenzó a mostrar signos de derrumbe. En retrospectiva, el fracaso de los proyectos reformistas e insurreccionales en el Perú no solo explica la derrota de la izquierda local, sino también cómo se consolidó la hegemonía neoliberal, confirmando que la lectura de Salazar Bondy sobre el imperialismo fue insuficiente frente a la magnitud histórica del capitalismo global.

Fracaso de la Izquierda

El recorrido de los caminos fallidos del socialismo peruano entre 1963 y 1989 puede narrarse como una secuencia histórica que explica la derrota de la izquierda y la posterior consolidación del neoliberalismo. En primer lugar, el reformismo civil del primer gobierno de Fernando Belaunde Terry (1963–1968), inspirado en el socialismo humanista de Francisco Miró Quesada, intentó modernizar el país mediante una vía democrática y civilista. Sin embargo, su proyecto fracasó por la incapacidad de resolver las desigualdades estructurales, la crisis económica y la falta de apoyo social, lo que desembocó en el golpe militar de 1968.

Ese golpe dio paso al reformismo militar de Juan Velasco Alvarado (1968–1975), que se articuló con el socialprogresismo de Augusto Salazar Bondy. El velasquismo prometió una transformación estructural a través de la reforma agraria, las nacionalizaciones y un discurso antiimperialista, pero sus reformas quedaron incompletas, el régimen se volvió autoritario y la crisis económica terminó por deslegitimarlo. El fracaso del reformismo militar dejó un vacío ideológico y político que la izquierda no supo llenar.

En ese contexto emergió la vía insurreccional de Sendero Luminoso, liderada por Abimael Guzmán, que interpretó la realidad peruana como semifeudal y semicolonial y legitimó la violencia como única vía de transformación. La insurgencia maoísta se nutrió de la frustración de las promesas incumplidas del reformismo, pero su estrategia de guerra popular prolongada derivó en violencia extrema, aislamiento social y represión estatal, debilitando aún más a la izquierda.

Paralelamente, la apertura democrática de los años ochenta dio lugar al parlamentarismo caudillista de Izquierda Unida (IU), que buscó canalizar las demandas populares dentro del sistema político. Sin embargo, IU se fragmentó en disputas internas, liderazgos personalistas y falta de proyecto estratégico, lo que terminó en su derrota electoral y en la pérdida de legitimidad de la izquierda institucional.

La acumulación de estos fracasos —el reformismo civil de Belaunde y Miró Quesada, el reformismo militar de Velasco y Salazar Bondy, la insurrección maoísta de Sendero Luminoso y el parlamentarismo caudillista de IU— dejó el terreno despejado para la consolidación del neoliberalismo de Alberto Fujimori desde 1990, sostenido por el FMI y el imperialismo. Este desenlace histórico demuestra que la tesis de Salazar Bondy sobre el imperialismo como “imposición externa” estaba equivocada: el neoliberalismo se impuso como estructura global del capitalismo, dominando el mundo por cerca de medio siglo y solo comenzando a mostrar signos de derrumbe a mediados de la segunda década del siglo XXI.

En conjunto, la historia del socialismo peruano en esas décadas es la historia de una sucesión de caminos fallidos —civil, militar, insurreccional y parlamentario— que, al fracasar, no solo explican la derrota de la izquierda, sino también la hegemonía neoliberal que marcó el destino del país.

Caminos fallidos del socialismo peruano

Etapa / CaminoPropuesta centralReferente intelectual / políticoContexto históricoRazón del fracasoConsecuencia histórica
Reformismo civilSocialismo humanista, modernización democráticaFrancisco Miró Quesada / Fernando Belaunde Terry (1963–1968)Intento de modernizar el país con reformas civilesIncapacidad de resolver desigualdades estructurales, crisis económica y falta de apoyo socialGolpe militar de 1968, apertura al reformismo velasquista
Reformismo militarSocialprogresismo, reforma agraria, nacionalizacionesAugusto Salazar Bondy / Juan Velasco Alvarado (1968–1975)Proyecto militar reformista con discurso antiimperialistaReformas incompletas, autoritarismo, crisis económica y aislamiento políticoDeslegitimación del reformismo, vacío ideológico para la izquierda
Vía insurreccionalGuerra popular prolongada, maoísmo radicalAbimael Guzmán / Sendero Luminoso (1979–1989)Radicalización universitaria y campesina, exclusión socialViolencia extrema, aislamiento social, represión estatalDevastación social y política, debilitamiento de la izquierda
Parlamentarismo caudillistaUnidad electoral de la izquierda, vía institucionalIzquierda Unida (1980–1989)Apertura democrática tras dictadura militarFragmentación interna, personalismos, falta de proyecto estratégicoDerrota electoral y pérdida de legitimidad de la izquierda
Resultado globalFracaso acumulado de las vías civil, militar, insurreccional y parlamentariaConsolidación del neoliberalismo con Fujimori (1990), sostenido por el FMI y el imperialismo

En una lectura de conjunto tenemos: El socialismo humanista de Miró Quesada fracasó con el reformismo civil de Belaunde. El socialprogresismo de Salazar Bondy fracasó con el reformismo militar de Velasco. La insurrección maoísta de Sendero Luminoso fracasó en su violencia devastadora. El parlamentarismo caudillista de Izquierda Unida fracasó en su fragmentación y falta de estrategia.

La acumulación de estos fracasos dejó el terreno despejado para la hegemonía neoliberal de Fujimori, sostenida por el FMI y el imperialismo, demostrando que la tesis de Salazar Bondy sobre el imperialismo como “imposición externa” era insuficiente: el neoliberalismo se consolidó como estructura global del capitalismo durante medio siglo.

Reformulación

La reformulación radical de la tesis de Augusto Salazar Bondy (ASB) en el mundo contemporáneo puede plantearse en tres dimensiones fundamentales: modelo económico, modelo político y modelo social, y en todos ellos la experiencia china aparece como referente decisivo.

En el modelo económico, China ha priorizado el bienestar común sobre el interés privado, articulando un sistema que combina mecanismos de mercado con planificación estatal. Esto contrasta con la visión de ASB, que concebía el imperialismo como imposición externa y no como estructura inherente al capitalismo. El caso chino muestra que es posible someter la lógica capitalista a objetivos colectivos, redefiniendo la relación entre crecimiento y redistribución.

En el modelo político, la economía capitalista se encuentra subordinada a la dirección y planes del Partido Comunista, lo que implica una primacía de la política sobre el mercado. Aquí se observa un giro respecto a las limitaciones del socialprogresismo de ASB y del reformismo militar velasquista, que no lograron consolidar un proyecto estable. La experiencia china demuestra que la conducción política centralizada puede orientar el desarrollo económico hacia metas estratégicas de largo plazo.

En el modelo social, el énfasis está puesto en el comunitarismo y no en el individualismo. La cohesión social, la disciplina colectiva y la idea de un destino común se convierten en pilares de la organización social, lo que contrasta con las sociedades liberales donde el individuo es el centro. Este aspecto responde directamente a la crítica de ASB sobre la dependencia cultural y la necesidad de superar el colonialismo mental, pero lo hace desde una práctica que privilegia la comunidad sobre el sujeto aislado.

En conjunto, la reformulación radical de la tesis de ASB implica reconocer que el futuro de las vías reformistas no puede pensarse en términos de un socialismo humanista desligado del marxismo, ni de un reformismo militar incompleto, sino en la capacidad de articular un modelo económico redistributivo, un modelo político de conducción estratégica y un modelo social comunitarista. China, con todas sus contradicciones, ofrece hoy la pauta de cómo esos tres niveles pueden integrarse en un proyecto que disputa la hegemonía neoliberal y redefine la gobernanza mundial.

El estudio crítico de Joel Rojas sobre Entre Escila y Caribdis se queda corto porque permanece, ciego, sordo y mudo frente al balance histórico e ideopolítico que debería articularse entre el fracaso del reformismo civil, militar, insurreccional y parlamentario, y los nuevos desafíos geopolíticos que se abren en el presente.

Al no vincular la propuesta de Augusto Salazar Bondy con la secuencia de fracasos que van de Miró Quesada y Belaunde, pasando por Velasco y el socialprogresismo, hasta Sendero Luminoso y la Izquierda Unida, Rojas pierde la oportunidad de mostrar cómo ese ciclo histórico desembocó en la hegemonía neoliberal de Fujimori y en la subordinación sistemática al FMI y al imperialismo. Más aún, su lectura no reconoce que el mundo actual ya no es unipolar ni dominado exclusivamente por el neoliberalismo, sino que se encuentra en un momento multipolar donde China, con su modelo económico, político y social, marca pautas que obligan a repensar cualquier vía reformista.

En ese sentido, la crítica de Rojas resulta insuficiente porque no conecta el pensamiento de Salazar Bondy con los nuevos desafíos de la gobernanza mundial: la disputa entre bloques, la crisis del neoliberalismo, la emergencia de alternativas comunitaristas y la necesidad de reformular radicalmente la tesis sobre el imperialismo. Al ignorar este horizonte, su estudio se limita a un análisis textual y académico, pero carece de la dimensión histórica y geopolítica que hoy es indispensable para evaluar la vigencia o el fracaso de la vía reformista de ASB.

Por ello, lejos de abrir un horizonte emancipador, el salazarismo contemporáneo se limita a repetir la letra de ASB sin superar sus límites, y mientras no se realice una crítica radical que enfrente estas carencias, Entre Escila y Caribdis seguirá siendo más un testimonio del fracaso de las vías reformistas que una propuesta vigente para la transformación de América Latina.

Derrotero liberacionista

Después de la muerte de Augusto Salazar Bondy en 1974, su propuesta de una filosofía de la liberación no se extinguió, sino que fue recogida y reformulada por otros pensadores latinoamericanos que le dieron continuidad y alcance continental. La pregunta que él había planteado —si en América Latina existía una filosofía auténtica o solo imitaciones europeas— se convirtió en el punto de partida de un movimiento intelectual que buscó responder desde la experiencia histórica de la dependencia y la dominación. En Argentina y México, Enrique Dussel sistematizó la intuición inicial de Salazar Bondy y la transformó en un proyecto filosófico estructurado, con obras como Filosofía de la liberación (1977) y más tarde Ética de la liberación (1998), donde la crítica al eurocentrismo y al colonialismo se articulaba con una ética material de la vida y con una lectura marxista de la historia.

La filosofía de la liberación también dialogó con la teología de la liberación, especialmente con la obra de Gustavo Gutiérrez (Teología de la liberación, 1971), generando un cruce entre filosofía y teología que puso el énfasis en la praxis liberadora de los pueblos oprimidos. En los años ochenta y noventa, pensadores como Leopoldo Zea y Horacio Cerutti Guldberg insistieron en que la filosofía debía ser una herramienta crítica frente al neoliberalismo y las políticas de ajuste estructural, ampliando el horizonte hacia la dimensión política y económica.

Ya en el siglo XXI, la filosofía de la liberación se ha conectado con los debates sobre la decolonialidad, en diálogo con autores como Aníbal Quijano y Walter Mignolo, que han puesto el acento en la colonialidad del poder y del saber. De este modo, la propuesta de Salazar Bondy se ha transformado en un campo plural que hoy se piensa en clave multipolar, como crítica a la globalización neoliberal y como búsqueda de alternativas comunitaristas frente al individualismo liberal.

En suma, después de la muerte de Salazar Bondy, su filosofía de la liberación recorrió caminos diversos: se consolidó como movimiento filosófico en manos de Dussel, se vinculó con la teología de la liberación, se convirtió en crítica política al neoliberalismo y finalmente se reformuló en clave decolonial. Lo que comenzó como una pregunta sobre la autenticidad de la filosofía latinoamericana se convirtió en una tradición crítica que sigue vigente y que hoy se proyecta hacia los desafíos de la gobernanza mundial en un orden multipolar.

Después de la muerte de Augusto Salazar Bondy, la filosofía de la liberación siguió distintos caminos y, en ese tránsito, se hicieron críticas relevantes a su planteamiento reformista. Enrique Dussel fue quien más sistemáticamente recogió y reformuló la intuición bondiana, señalando que su crítica al colonialismo cultural era válida pero insuficiente, porque no estaba acompañada de una teoría estructural del capitalismo y del imperialismo. Para Dussel, el error de fondo de ASB fue concebir el imperialismo como una imposición externa, cuando en realidad es constitutivo del sistema capitalista mundial; por eso, su socialismo humanista quedaba atrapado en un horizonte abstracto, incapaz de explicar las dinámicas de explotación. Leopoldo Zea, en cambio, valoró el esfuerzo de ASB por pensar una filosofía auténticamente latinoamericana, pero cuestionó que su vía reformista se quedara en el plano cultural y no lograra articular un proyecto político sólido; para Zea, la liberación debía ser histórica y política, no solo filosófica, y el reformismo bondiano resultaba demasiado moderado frente a las urgencias de dependencia y dominación. Horacio Cerutti Guldberg insistió en que la filosofía de la liberación debía ser praxis crítica frente al neoliberalismo y las estructuras de poder globales, y desde esa perspectiva señaló que ASB no problematizaba la relación entre capitalismo interno y externo ni ofrecía una estrategia política capaz de enfrentar la dimensión transnacional del capitalismo, quedando limitado a un horizonte nacional-estatal.

En el diálogo con la teología de la liberación, especialmente con Gustavo Gutiérrez, se evidenció otra limitación: la falta de conexión de ASB con las luchas populares y la praxis comunitaria. Mientras Gutiérrez vinculaba la liberación con la lucha de clases y la resistencia cultural desde abajo, ASB mantenía un enfoque más intelectual y reformista, que no lograba traducirse en acción política transformadora. Más adelante, la crítica de Aníbal Quijano fue decisiva: al formular la noción de colonialidad del poder, mostró que la dominación no era un accidente externo sino parte estructural del capitalismo mundial, inseparable de la racialización y la explotación. Desde esa perspectiva, el reformismo bondiano quedaba limitado porque no reconocía la colonialidad como dimensión interna del sistema. Finalmente, Walter Mignolo, con su concepto de colonialidad del saber y su propuesta de un pensamiento fronterizo, cuestionó que ASB siguiera demasiado anclado en categorías filosóficas europeas —humanismo, socialismo no marxista— sin romper con la matriz epistémica colonial, lo que hacía insuficiente su proyecto para construir un horizonte propio.

En conjunto, las críticas de Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo coinciden en señalar que el reformismo de Salazar Bondy fue insuficiente: demasiado humanista, culturalista y moderado frente a las estructuras de dominación capitalista e imperialista. Su propuesta abrió la pregunta sobre la autenticidad filosófica latinoamericana, pero no ofreció una vía política ni epistémica capaz de enfrentar el neoliberalismo ni de articular una praxis liberadora efectiva en el mundo multipolar que hoy se abre.

Aunque Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo aportaron críticas decisivas al planteamiento reformista de Augusto Salazar Bondy, todos ellos comparten una limitación crítica de fondo: se aferran, en mayor o menor medida, al dogma del origen griego de la filosofía. Este supuesto —que la filosofía nace en Grecia y que todo pensamiento filosófico debe medirse en relación con esa matriz— condiciona incluso a quienes buscan construir una filosofía latinoamericana o decolonial. Dussel, por ejemplo, aunque desplaza el centro hacia la periferia y reivindica la exterioridad del oprimido, sigue reconociendo a Grecia como punto de partida histórico. Zea y Cerutti, en su afán de dar continuidad a la tradición filosófica latinoamericana, tampoco rompen con la idea de que la filosofía es esencialmente heredera de Grecia. Incluso Quijano y Mignolo, pese a su crítica radical a la colonialidad del poder y del saber, mantienen implícita la noción de que la filosofía es un producto originario europeo, y que lo que se hace en América Latina es una relectura, una reapropiación o una “frontera” de ese legado.

La consecuencia de esta limitación es que la filosofía de la liberación y la teoría decolonial no terminan de emanciparse plenamente en el plano epistémico. Siguen reconociendo a Grecia como origen y a Europa como canon, aunque sea para criticarlo. Esto reproduce, en última instancia, la dependencia cultural que Salazar Bondy había denunciado, pero que él mismo tampoco logró superar del todo.

En suma, la gran paradoja es que los críticos de ASB, al señalar sus insuficiencias frente al capitalismo, el imperialismo y la colonialidad, no cuestionan el fundamento eurocéntrico del concepto mismo de filosofía. De este modo, la liberación queda incompleta: se avanza en la crítica política y económica, pero se mantiene la subordinación epistémica al mito griego del origen, lo que impide pensar una filosofía radicalmente otra, nacida desde las matrices culturales propias de América Latina.

Aunque todos estos críticos —Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo— se presenten como voces de ruptura frente al eurocentrismo y al neoliberalismo, en el fondo siguen anclados en categorías eurocéntricas y en una concepción de la filosofía que reconoce a Grecia y a Europa como matriz originaria. Esa dependencia epistémica limita la radicalidad de sus propuestas: nunca terminan de emanciparse de la tradición occidental, aunque la cuestionen.

Además, en el plano político, su horizonte no es revolucionario sino reformista. Se adhieren a la democracia burguesa como marco incuestionable y, en última instancia, aceptan la lógica del capitalismo privado como sistema dominante, aunque lo critiquen en sus excesos. De ahí que sus proyectos se conviertan en intentos de humanizar el capitalismo o de reformar la democracia liberal, pero no en alternativas capaces de desbordar esas estructuras.

En consecuencia, la crítica que hacen a Salazar Bondy por su reformismo se vuelve también una autocrítica implícita: ellos mismos reproducen el mismo límite. No son revolucionarios, sino reformistas que buscan corregir el capitalismo desde dentro, sin cuestionar su raíz estructural. Y al permanecer eurocéntricos en el plano epistémico y reformistas en el plano político, su propuesta de liberación queda atrapada en una contradicción: denuncian la dependencia, pero siguen subordinados a las categorías y a las instituciones del sistema que dicen combatir.

El planteamiento reformista de Augusto Salazar Bondy abrió la pregunta sobre la autenticidad filosófica latinoamericana, pero sus críticos —Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo— aunque señalaron sus límites frente al capitalismo, el imperialismo y la colonialidad, terminaron reproduciendo la misma paradoja: todos permanecen en el fondo eurocéntricos, aferrados al dogma del origen griego de la filosofía, y en el plano político no son revolucionarios sino reformistas, adheridos a la democracia burguesa y a la idolatría del capitalismo privado. Así, la crítica a ASB se vuelve también el espejo de sus propios límites: denuncian la dependencia, pero siguen subordinados a las categorías y a las instituciones del sistema que dicen combatir.

El estudio crítico de Joel Rojas sobre Entre Escila y Caribdis se muestra limitado porque no aborda ninguno de estos puntos decisivos. Permanece en un análisis textual y académico, pero no dice nada sobre el balance histórico e ideopolítico que conecta el fracaso del reformismo civil de Belaunde y Miró Quesada, el reformismo militar de Velasco y Salazar Bondy, la vía insurreccional de Sendero Luminoso y el parlamentarismo caudillista de Izquierda Unida.

Tampoco reconoce que todos los críticos posteriores de ASB —Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo— aunque aportaron perspectivas valiosas, siguen siendo en el fondo eurocéntricos y reformistas, adheridos a la democracia burguesa y a la idolatría del capitalismo privado. Rojas no problematiza esta paradoja, ni la conecta con los nuevos desafíos geopolíticos del presente, donde el mundo multipolar y el modelo chino marcan pautas que obligan a repensar radicalmente la tesis bondiana sobre el imperialismo.

En suma, el estudio de Rojas permanece ciego, sordo y mudo ante la genealogía completa de los fracasos de la izquierda peruana (1963–1989), la consolidación del neoliberalismo con Fujimori y la necesidad de reformular la filosofía de la liberación en clave multipolar y comunitarista. Su crítica se queda en la superficie y no enfrenta el núcleo histórico, político y epistémico del problema.

Limitaciones liberacionistas

Quizá ha llegado la hora de preguntarse por las limitaciones mismas de la filosofía de la liberación en todas sus variantes para decir al respecto que, pese a su enorme valor histórico como crítica al colonialismo cultural y como intento de pensar una filosofía auténticamente latinoamericana, nunca logró romper del todo con el eurocentrismo epistémico ni con la adhesión reformista a la democracia burguesa y al capitalismo privado.

En efecto, tanto en la versión inicial de Augusto Salazar Bondy como en las reformulaciones posteriores de Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo, la filosofía de la liberación se mantuvo atrapada en dos grandes límites: por un lado, la aceptación implícita del dogma griego del origen de la filosofía, que impide pensar una genealogía radicalmente otra desde las matrices culturales propias de América Latina; por otro, la renuncia a una vía revolucionaria, pues todos sus exponentes terminaron defendiendo proyectos reformistas, más preocupados por humanizar el capitalismo y democratizarlo que por desbordarlo o sustituirlo.

Así, la filosofía de la liberación abrió preguntas fundamentales —sobre dependencia, colonialidad, autenticidad y emancipación— pero no ofreció respuestas capaces de superar las estructuras de dominación global. Su crítica fue lúcida, pero su horizonte quedó limitado: eurocéntrico en lo epistémico y reformista en lo político. En consecuencia, el desafío actual es ir más allá de la liberación tal como fue concebida, hacia una filosofía de la emancipación radical, que no se conforme con reformar el capitalismo ni con repetir la genealogía griega, sino que construya un pensamiento propio desde las prácticas comunitarias y desde el mundo multipolar que hoy redefine la gobernanza global.

Respuestas

Desde hace ya más de una década mi pensamiento filosófico se ha orientado a romper con los dos grandes límites que marcaron a la filosofía de la liberación. En 2010, con la publicación de Filosofía mitocrática y Mitocratología, inicié un camino que buscaba superar el dogma griego del origen de la filosofía, proponiendo una genealogía distinta, arraigada en las matrices míticas y culturales propias de América Latina. Continué esa línea en Filosofía prehistórica (2018), donde sostuve que la filosofía puede rastrearse en formas de pensamiento anteriores a la escritura y a la tradición helénica, hasta culminar en Teoría general de la filosofía (2021), obra en la que redefiní el concepto mismo de filosofía, sus formas y etapas, para liberarlo de la dependencia eurocéntrica y abrir un horizonte autónomo.

Con ello quedó despejado el camino de la comprensión cabal de que la filosofía de la liberación se hallaba paradójicamente anclada epistémicamente al origen griego de la filosofía.  Así, desde ASB hasta Mignolo se repitió el magisterio eurocéntrico del filosofar. Su lastre reformista y conservador quedó evidenciado en una crítica por mejorar y humanizar el capitalismo en vez de suprimirlo. Su falta de radicalidad quedó en evidencia y su vía lució agotada.

Al mismo tiempo, mi reflexión política se encaminó hacia la recuperación de la vía revolucionaria, en contraste con el reformismo predominante en los exponentes clásicos de la filosofía de la liberación. En Globalización del hiperimperialismo (2020) denuncié la intensificación de la dominación capitalista en su fase hiperimperialista, mostrando que cualquier proyecto de liberación exige superar el horizonte de la mera democratización del sistema. Finalmente, en Ontología de la geopolítica (2024) propuse una lectura ontológica de las relaciones de poder mundiales, donde la liberación se concibe como transformación revolucionaria del orden geopolítico y no como simple humanización del capitalismo.

De este modo, mi obra se configura como un desplazamiento radical respecto de la tradición de la filosofía de la liberación: genealogía no griega y horizonte revolucionario. En lugar de aceptar los límites heredados, me propuse refundar la filosofía latinoamericana desde sus propias raíces culturales y con un proyecto político que apunta a la sustitución del orden vigente, no a su reforma.

La propuesta filosófica expuesta se presenta como un giro radical frente a la tradición de la filosofía de la liberación. En lugar de aceptar los límites heredados, se plantea una genealogía distinta, no griega, que busca fundar la filosofía latinoamericana en sus propias raíces culturales. El horizonte político que acompaña esta perspectiva es revolucionario: la liberación no se concibe como reforma o humanización del capitalismo, sino como sustitución del orden vigente por otro más justo. De este modo, se supera tanto el eurocentrismo como el reformismo que caracterizaron a pensadores salazarianos y liberacionistas, abriendo paso a un proyecto autónomo y transformador, capaz de refundar el pensamiento latinoamericano desde sus matrices originarias y con una vocación de cambio radical del sistema. En otras palabras, había que superar el eurocentrismo y reformismo salazariano y liberacionista. Sin embargo, no habrá superación efectiva del salazarismo y del liberacionismo si no superamos el principio de inmanencia moderno al que estuvo atado y rescatamos el principio de trascendencia.

La superación del salazarismo y del liberacionismo no será efectiva mientras se permanezca atado al principio de inmanencia moderno. Este principio reduce todo sentido y fundamento a lo humano, lo histórico y lo material, limitando la posibilidad de abrirse a un horizonte distinto. En ese marco, las críticas corren el riesgo de ser absorbidas por el mismo sistema que buscan cuestionar, quedando atrapadas en su lógica interna. De ahí la necesidad de rescatar el principio de trascendencia, entendido como apertura hacia dimensiones que desbordan la racionalidad instrumental y la historicidad moderna: lo espiritual, lo comunitario, lo ancestral, lo sagrado, la relación originaria con la naturaleza. Solo desde esa trascendencia puede pensarse una liberación radical, capaz de fundar un proyecto filosófico latinoamericano autónomo, que no se limite a reformar el orden vigente, sino que lo sustituya por otro más justo y enraizado en sus propias matrices culturales. La verdadera liberación exige, por tanto, romper con la prisión de la modernidad y abrirse a un horizonte distinto, donde la transformación no sea únicamente política o económica, sino también un cambio profundo en el sentido de la existencia.