¿PANTEÍSMO
O HENOTEÍSMO?
Una respuesta a Zenón Depaz
Gustavo Flores Quelopana
Past President Sociedad Peruana
de Filosofía
Resumen
Este ensayo refuta la interpretación de lo
sagrado andino y precolombino en sentido panteísta, tal como la plantea Zenón
Depaz. Se sostiene que su lectura deforma la cosmovisión ancestral, pues el Uku
Pacha no expresa un panteísmo horizontal, sino un henoteísmo que
reconoce jerarquías y apertura hacia la alteridad. Al absolutizar la inmanencia
y reducir lo divino a la potencia genésica del cosmos, Depaz clausura la
dimensión convocante del misterio y neutraliza la riqueza de la tradición
andina.
La reflexión contrasta esta clausura con el
nihilismo de Nietzsche —que lleva la inmanencia al colapso del sentido— y con
la teología postconciliar —que asume lo histórico y lo social sin disolver la
trascendencia—. Frente al panteísmo horizontal y al vértigo nihilista, se
propone una metafísica del vínculo: jerarquía sin verticalismo, apertura
sin clausura, comunión entre lo trascendente y lo inmanente.
La conclusión afirma que lo sagrado no es mera
potencia cósmica ni simulacro estilizado, sino comunión viva que transforma la
historia y santifica la tierra. En este horizonte, la encarnación cristiana
plenifica la intuición andina, mostrando que lo divino no es solo matriz
fecunda, sino también don, rostro y misterio que redime.
Palabras clave: Este ensayo aborda conceptos como inmanencia y trascendencia, destacando la
diferencia entre henoteísmo
y panteísmo en la cosmovisión andina. Se apoya en la teología postconciliar y en
el uso de la analogía
para articular una ontología
andina que pone énfasis en la comunión
y en el don como
dimensiones centrales de lo sagrado.
Finalmente, estas reflexiones se sitúan en el marco del logos cósmico, entendido
como un horizonte donde lo divino aparece no solo como potencia generativa,
sino también como presencia y misterio.
Abstract
This essay refutes Zenón Depaz’s pantheistic
interpretation of the Andean and pre-Columbian sacred. It argues that his
reading distorts the ancestral worldview, since Uku Pacha does not
express horizontal pantheism but rather henotheism, which acknowledges
hierarchies and openness to otherness. By absolutizing immanence and reducing
the divine to the generative power of the cosmos, Depaz closes off the calling
dimension of mystery and diminishes the richness of the Andean tradition.
The reflection contrasts this closure with
Nietzsche’s nihilism —which drives immanence to the collapse of meaning— and
with post-conciliar theology —which embraces the historical and social without
dissolving transcendence—. Against horizontal pantheism and nihilistic vertigo,
a metaphysics of the bond is proposed: hierarchy without verticalism,
openness without closure, communion between transcendence and immanence.
The conclusion affirms that the sacred is not
mere cosmic power nor a stylized simulacrum, but a living communion that
transforms history and sanctifies the earth. In this horizon, the Christian
incarnation fulfills the Andean intuition, revealing that the divine is not
only a fertile matrix but also a gift, a face, and a mystery that redeems.
Keywords: This essay engages with
concepts such as immanence
and transcendence,
highlighting the distinction between henotheism
and pantheism in the Andean worldview. It draws on post-conciliar theology and the use of analogy to articulate an Andean ontology that
emphasizes communion
and the gift as
central dimensions of the sacred.
Finally, it situates these reflections within the framework of the cosmic logos, as a horizon
where the divine is understood not only as generative power but also as
presence and mystery.
I. Introducción: el debate sobre
lo sagrado
La discusión sobre lo sagrado en el
pensamiento contemporáneo no es un asunto marginal, sino un campo decisivo
donde confluyen filosofía, teología e interculturalidad. En tiempos de crisis
de sentido y de revalorización de las cosmovisiones ancestrales, el debate
sobre lo sagrado se convierte en un espacio privilegiado para pensar la
relación entre trascendencia e inmanencia, entre misterio y cosmos, entre
tradición y modernidad.
En este horizonte, la propuesta de Zenón
Depaz —centrada en el Uku Pacha como matriz genésica del cosmos y en una
ontología de lo sagrado que se afirma en la inmanencia— no solo resulta
problemática, sino que deforma
la riqueza del pensamiento andino precolombino. Porque el cosmos ancestral no
es panteísta, como Zenón lo presenta, sino henoteísta: reconoce una pluralidad de
fuerzas y deidades, pero ordenadas jerárquicamente en torno a lo superior, con
apertura hacia la alteridad. Al reducir esta henoteidad a un panteísmo
horizontal, Zenón encierra lo sagrado en la pura inmanencia y lo priva de su
dimensión convocante y trascendente.
Este ensayo responde a sus objeciones
mostrando que lo sagrado, si ha de ser pensado en plenitud, no puede agotarse
en la inmanencia ni disolverse en la ciclidad cósmica. Lo sagrado exige
apertura, irrupción, comunión. Y en esa apertura, la encarnación cristiana no
niega la intuición andina, sino que la plenifica, revelando que lo divino no es
solo matriz fecunda, sino también don que desciende, rostro que llama y
misterio que redime.
II. La ontología de Zenón:
potencia sin alteridad
Zenón sostiene que lo sagrado no
necesita trascender desde una Otredad absoluta, sino que se manifiesta desde la
más honda mismidad del cosmos, desde su interior genésico, desde la potencia
seminal que habita el orden natural. Esta visión, que encuentra resonancia en
el pensamiento andino, propone que todo orden es precario y que lo sagrado
exige cuidado, no dominación. En ese marco, la libertad no se concibe como
“salvación” ni como “libertad de”, sino como “libertad para”: acción creativa,
consciente de su límite, cuidadosa de no incurrir en la hybris griega, en la
desmesura que rompe el equilibrio del mundo.
Sin embargo, esta ontología
—cuando se absolutiza— termina incurriendo en un reduccionismo insostenible.
Porque al encerrar lo sagrado en la pura inmanencia, se lo priva de su
dimensión convocante, de su capacidad de interpelar, de redimir, de trascender.
Lo sagrado, si ha de ser tal, no puede agotarse en lo que brota: debe también
descender, irrumpir, llamar. La mismidad del cosmos, por fecunda que sea, no
puede sustituir la alteridad del misterio. Y esa alteridad no es negación de lo
ancestral, sino su plenitud.
En última instancia, reducir lo sagrado
a la pura potencia genésica del cosmos equivale a neutralizar su fuerza
transformadora y a confundir fecundidad con plenitud. Una ontología que se
encierra en la inmanencia convierte lo sagrado en mera energía vital, en un
ciclo que se repite sin horizonte, incapaz de convocar al ser humano a la
comunión y a la trascendencia. Lo sagrado no puede limitarse a ser matriz: debe
ser también palabra, rostro, acontecimiento. Si se lo confina en la mismidad
del mundo, se lo despoja de su capacidad de irrumpir, de interpelar y de
redimir. Y en ese gesto, lo que se presenta como defensa de lo ancestral
termina siendo su empobrecimiento, porque lo priva de la apertura que le da
sentido y de la alteridad que lo plenifica.
III. El riesgo del panteísmo:
univocidad y clausura
No hace falta tener el ojo
demasiado agudo para advertir que esta clausura ontológica conduce directamente
al panteísmo, es decir, a una interpretación unívoca del ser donde lo divino se
confunde con el todo, y el todo se absolutiza como lo divino. Pero esa
posición, aunque seductora en su armonía aparente, no se sostiene ni en la
teoría ni en la realidad. Desde el punto de vista filosófico, la univocidad del
ser anula la posibilidad de trascendencia, de comunión, de respuesta. Si todo
es igualmente sagrado, entonces nada lo es en sentido pleno. Lo sagrado se
vuelve paisaje: bello, pero mudo.
Desde el punto de vista
histórico y empírico, esa reducción tampoco se condice con la experiencia
humana. Para sostenerla sería necesario negar la encarnación y la resurrección
de Cristo —acontecimientos que han resistido siglos de crítica racional, filosófica
y teológica sin ser desmontados—, así como la evidencia sobrenatural que se
manifiesta en la vida de los místicos, los santos, los milagros, los
exorcismos. Fenómenos que la ciencia no ha podido explicar ni refutar con
suficiencia. No se trata de apelar a lo inexplicable como argumento, sino de
reconocer que lo sagrado trasciende la lógica reductiva de lo meramente
cósmico. Lo divino no se agota en la potencia genésica del mundo: irrumpe,
transforma, llama, redime.
Filósofos
como Spinoza, Schelling en ciertos momentos de su obra, o incluso Deleuze en su
lectura vitalista del ser, han intentado sostener una ontología panteísta donde
lo divino se identifica con la totalidad del cosmos. Sin embargo, en todos
ellos se advierte la misma dificultad: al absolutizar la inmanencia, lo sagrado
se disuelve en la univocidad del ser y pierde su capacidad de convocar, de
interpelar, de redimir. Spinoza reduce lo divino a sustancia única, infinita,
pero muda; Schelling oscila entre la potencia natural y la revelación, sin
resolver la tensión; Deleuze celebra el devenir como afirmación, pero lo
convierte en pura repetición sin alteridad. En cada caso, la clausura panteísta
termina por neutralizar la dimensión trascendente del misterio, atrapando lo
sagrado en un horizonte que, aunque fecundo en imágenes y conceptos, se vuelve
incapaz de abrirse a la comunión y al don.
IV. La teología postconciliar:
encarnación sin clausura
Además, la teología
contemporánea —especialmente la que emerge del impulso postconciliar— ha
transitado precisamente por el camino que Zenón reivindica, pero sin caer en el
reduccionismo de clausurar lo sagrado en la inmanencia. Pensadores como
Teilhard de Chardin, Maritain, de Lubac, Congar, Chenu, Schillebeeckx, von
Balthasar, Rahner, Gustavo Gutiérrez y Küng han desarrollado una teología de la
encarnación que no niega lo terrenal, lo histórico, lo social, sino que lo
asume como lugar teológico. Pero lo hacen sin disolver la trascendencia. No
absolutizan la inmanencia, sino que la abren al misterio.
En esta visión, lo sagrado no es
solo potencia genésica, sino también don, llamado, comunión. La encarnación no
es símbolo mítico ni energía cósmica: es irrupción histórica, presencia real,
acto de amor que redime. Y esa redención no puede ser pensada desde una
ontología que clausura lo divino en el cosmos, porque lo divino, en su verdad
más honda, no solo brota: desciende, interpela, transforma.
Por
ello, la teología postconciliar demuestra que la encarnación no es un mito que
se disuelve en la energía cósmica ni una metáfora cultural que se agota en lo
ancestral, sino un acontecimiento real que rompe toda clausura ontológica. En
Cristo, lo divino no se confunde con el mundo ni se exilia de él: lo habita, lo
transfigura y lo redime. Esta es la diferencia decisiva frente a las ontologías
cerradas de la inmanencia: mientras ellas reducen lo sagrado a potencia vital,
la encarnación revela que lo sagrado es también alteridad que se dona,
presencia que interpela, comunión que salva. Allí se muestra que lo divino no
es mera continuidad del cosmos, sino su plenitud, su horizonte y su sentido
último.
V. Nietzsche como contraste: el
colapso del sentido
Frente a esta ontología del
vínculo, el pensamiento de Nietzsche representa el momento en que incluso la
inmanencia se descompone. Nietzsche no afirma el cosmos como plenitud, sino
como vértigo. No celebra la vida como potencia, sino que la estiliza en su
descomposición. El eterno retorno, la voluntad de poder, el superhombre: todos
ellos son máscaras que se deshacen en el mismo vacío que intentan ocultar. No
hay afirmación posible, porque toda afirmación se autodevora. No hay devenir,
porque el flujo mismo es ilusión. No hay nada, porque incluso la nada se vuelve
figura.
Zenón ha objetado que esta
crítica a Nietzsche se sostiene en una idea platónico-cristiana de que la
ilusión es negativa, porque presupone la existencia de una Verdad. Pero en
Nietzsche —dice Zenón— la ilusión es poiética, creativa, afirmativa. Es el modo
como discurre y se afirma la vida.
Sin embargo, esta defensa no
alcanza a desmontar el núcleo corrosivo que se ha señalado. Porque si toda
afirmación se autodevora, entonces incluso la ilusión como afirmación se vuelve
figura que se disuelve. No hay poiésis sin forma, y Nietzsche lleva la forma
hasta su punto de implosión. Lo que queda no es creación, sino estilo. No es
afirmación, sino mueca. No es vida, sino su simulacro.
Zenón quiere rescatar a
Nietzsche como pensador de la vida que se afirma en la ilusión. Pero Nietzsche
no afirma la vida: la estiliza en su descomposición. No hay afirmación posible,
porque toda afirmación se sabe ficción. Y en ese saber, se deshace. Nietzsche
no celebra la ilusión: la lleva hasta el punto donde incluso la ilusión se
vuelve insostenible.
Por eso, responder a Zenón exige
no discutir si la ilusión es creativa o no, sino mostrar que en Nietzsche,
incluso lo creativo se vuelve gesto sin fondo. No hay poiésis sin forma, y
Nietzsche descompone toda forma. No hay afirmación sin sujeto, y Nietzsche
disuelve al sujeto. No hay vida sin sentido, y Nietzsche consume el sentido. Lo
que queda no es afirmación de la ilusión, sino vértigo ante su imposibilidad.
Los exégetas de Nietzsche
—Jaspers, Heidegger, Deleuze, Foucault, Derrida, Bataille, Klossowski,
Kauffman, Safranski, Kofman, Vattimo, Luc Ferri, Reginster, Volpi, Losurdo— han
interpretado, sistematizado, reordenado, pero no han descendido hasta el núcleo
corrosivo de su lógica. Han preferido el Nietzsche útil, brillante, citable.
Pero han evitado el Nietzsche terminal, el que no deja nada en pie, ni siquiera
a sí mismo.
Jaspers lo convierte en figura
existencial, en símbolo del límite humano. Heidegger lo reabsorbe en la
historia del ser. Deleuze lo estiliza como afirmación del devenir. Foucault lo
instrumentaliza como genealogista del poder. Derrida lo textualiza como diseminación.
Klossowski lo estetiza como cuerpo y simulacro. Bataille lo convierte en rito.
Kaufmann lo moraliza. Vattimo lo convierte en programa. Safranski lo narra.
Losurdo lo combate. Todos ellos, con matices y elegancia, han retrocedido ante
el desafío de extraer las conclusiones últimas: que no hay afirmación posible,
que toda interpretación se autodevora, que incluso la nada es figura.
En Nietzsche, la interpretación
no es apertura, ni método, ni herramienta: es vértigo sin fondo. Por eso su pensamiento
no solo colapsa como sistema, sino que arrastra consigo la posibilidad misma de
interpretar. No hay afuera del juego, porque el juego es todo. Y todo es
ilusión. Incluso la nada, en su lógica, se vuelve figura.
Frente a sus exégetas que lo han
domesticado, estetizado, instrumentalizado o moralizado, este ensayo extrae las
conclusiones últimas que todos ellos han evitado. Se rechaza el Nietzsche útil,
brillante, citable, y se revela al Nietzsche terminal, al que no deja nada en
pie, ni siquiera a sí mismo.
En
este sentido, la ontología de Zenón no se distancia de Nietzsche, sino que lo
prolonga bajo el ropaje del animismo andino. Al absolutizar la inmanencia y
reducir lo sagrado a la potencia genésica del cosmos, Zenón reproduce el gesto
nietzscheano de disolver toda trascendencia en el vértigo de la vida que se
afirma como ilusión. Su defensa de la ilusión como poiésis creativa no es más
que la traducción cultural de la estilización nietzscheana de la vida en su
descomposición. Así, lo que Zenón presenta como cuidado del mundo y afirmación
de lo ancestral termina siendo la misma lógica corrosiva que en Nietzsche: un
juego sin fondo, una afirmación que se autodevora, una sacralidad que se
disuelve en simulacro. Zenón, al querer rescatar la vitalidad de Nietzsche,
queda atrapado en su núcleo terminal: la clausura de toda alteridad y la
reducción de lo sagrado a estilo sin horizonte.
VI. Una metafísica del vínculo:
jerarquía sin verticalismo
Lo que este ensayo propone no es
una metafísica que niegue la inmanencia, ni una teología que exilie lo
ancestral. Al contrario: se reconoce en el Uku Pacha una
intuición profunda de lo sagrado como potencia genésica, como matriz fecunda,
como interioridad que vibra. Pero esa intuición, si quiere ser plena, debe
abrirse al misterio que la convoca, al rostro que la llama, al don que la
transfigura.
La metafísica del vínculo que
aquí se articula no borra la jerarquía ontológica entre lo trascendente y lo
inmanente. La respeta, la afirma, la habita. Porque lo trascendente no es
negación de lo inmanente, sino su plenitud. Y lo inmanente no es autosuficiencia,
sino apertura. Lo divino no se confunde con el cosmos, pero tampoco lo
abandona. Lo habita sin agotarse en él. Lo convoca sin violentarlo. Lo redime
sin destruirlo.
Esta jerarquía no es dominio, ni
imposición, ni verticalismo metafísico. Es la estructura misma del misterio: lo
que llama desde más allá, pero se dona desde más acá. Lo que trasciende sin
exiliarse. Lo que se encarna sin confundirse. Lo que salva sin absorber. Lo que
convoca sin clausurar.
Por eso, la encarnación no es
solo un acontecimiento teológico: es el gesto ontológico que revela la
estructura del vínculo. En Cristo, lo trascendente se hace inmanente sin perder
su alteridad. Y en ese gesto, lo humano no se disuelve en lo divino, sino que
se eleva en comunión. La historia no se borra: se transfigura. La tierra no se
niega: se santifica.
Zenón, al absolutizar lo
ancestral, corre el riesgo de clausurar esta dinámica. Su ontología del Uku
Pacha, aunque rica en simbolismo, termina por encerrar lo sagrado en la
mismidad del cosmos. Pero lo sagrado, si ha de ser tal, no puede ser clausura:
debe ser apertura. No puede ser solo matriz: debe ser también llamado. No puede
ser solo potencia: debe ser también presencia.
La metafísica del vínculo que
aquí se defiende no niega lo ancestral, pero tampoco lo absolutiza. Lo integra
en una visión más amplia, donde lo sagrado no se agota en la tierra, sino que
se abre al cielo. Donde la libertad no es solo creación, sino también
respuesta. Donde el amor no es solo energía, sino rostro. Donde lo divino no es
solo germinación, sino comunión.
La
variante del panteísmo que Zenón propone se distingue por incorporar la
ciclidad propia de la visión cosmocéntrica precolombina, donde el tiempo y lo
sagrado se conciben como ritmos de germinación, muerte y regeneración. Sin
embargo, esta adición no lo libera de la clausura ontológica: al absolutizar la
inmanencia, convierte lo sagrado en un ciclo cerrado, sin apertura al misterio
trascendente. En rigor, el logos cósmico inmanente andino no es panteísta, sino
henoteísta: reconoce una jerarquía de lo divino, con deidades tutelares y
fuerzas superiores que ordenan el cosmos, sin reducirlo a una sustancia
indiferenciada. Al confundir esta henoteidad ancestral con un panteísmo
horizontal, Zenón empobrece la riqueza de la cosmovisión andina, pues la priva
de su dimensión de alteridad y de su apertura a lo trascendente, reduciendo lo
sagrado a mera repetición cósmica sin comunión ni llamado.
VII. Conclusión: lo sagrado como
comunión
El recorrido de este ensayo ha mostrado
que lo sagrado no puede reducirse a la clausura panteísta de la inmanencia, ni
al vértigo nihilista de Nietzsche, ni a la mera potencia genésica del cosmos
que Zenón reivindica desde el Uku Pacha. Cada una de estas perspectivas, aunque
sugerente, resulta insuficiente: el panteísmo disuelve la alteridad en un todo
indiferenciado, el nihilismo consume el sentido en su propia implosión, y la
ontología de la inmanencia encierra lo sagrado en la horizontalidad de un ciclo
cósmico sin apertura.
Pero es necesario precisar que el cosmos
andino, especialmente en su matriz precolombina, no fue nunca panteísta. Su
lógica es henoteísta:
reconoce una pluralidad de fuerzas y deidades, pero ordenadas jerárquicamente
en torno a lo superior, sin reducir lo divino a una sustancia indiferenciada.
Al confundir esta henoteidad ancestral con un panteísmo horizontal, Zenón
deforma la riqueza de la cosmovisión andina, pues la priva de su apertura a la
alteridad y de su capacidad de convocar al misterio.
Frente a ello, la teología de la
encarnación ofrece una clave más fecunda: lo sagrado como vínculo, como
comunión entre lo trascendente y lo inmanente, entre la tierra que germina y el
misterio que desciende. El logos cósmico andino, en su henoteísmo ancestral, ya
intuía esta jerarquía sin verticalismo, donde lo divino habita el mundo sin
confundirse con él. La encarnación plenifica esa intuición, mostrando que lo
sagrado no es solo potencia, sino también don; no solo matriz, sino también
llamado; no solo energía, sino también presencia.
Así, lo sagrado se revela como comunión:
apertura que convoca, alteridad que redime, misterio que se ofrece. No es
paisaje mudo ni simulacro estilizado, sino encuentro vivo que transforma la
historia y santifica la tierra. En este horizonte, la libertad se entiende no
solo como creación, sino como respuesta; el amor no solo como energía, sino
como rostro; y la vida no solo como ciclo, sino como plenitud. Lo sagrado,
entonces, no se clausura ni se consume: se abre, se dona y se transfigura en
comunión.
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