MÍSTICA Y SALTO METAFÍSICO
EN LA ERA SIN DIOS
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
Vivimos en Occidente una era anticristiana sin precedentes.
Se ha entronizado un disolvente proceso de secularización nihilista, hedonista
y relativista, ha invadido la mística de identidad oriental (hindú y budista),
ha resucitado la mística primitiva del chamanismo. Y esta inusitada ola de
neopaganismo se mezcla con la neoniezscheana transvalorización de todos los
valores, la dictadura del anetismo y de la corrupción. En la era de la
apostasía se opera la desmalignización del mal y la malignización del bien. Pero
el descalabro ético y el totalitarismo de la razón instrumental es lo lagunoso
porque lo meduloso es el desvarío metafísico de la modernidad.
Efectivamente. Contra lo que se piensa, la modernidad
tiene su propia mística. El chamanismo es mística mágica paranormal. Hinduísmo,
budismo y neoplatonismo son mística de la identidad. Sufismo, judaísmo y
cristianismo son mística de unión por el amor. Secularismo moderno es mística
de la diferencia por lo histórico e inmanente.
La verdadera unión mística moderna descarta la
trascendencia y el sentido real de lo sobrenatural. Con ello la mística ha
entrado en una franca etapa de decadencia, porque al recortar la dimensión
humana a lo meramente empírico degrada el humanismo en hominismo y destila una
hedionda cultura de lo superficial, lo frágil, el narcisismo, el materialismo y
el esoterismo. Pero su búsqueda del Otro concluye en un rotundo fracaso, debido
a que sin Dios la conciencia moral sucumbe. No hay duda que la expresión de la
vida espiritual se ha achatado a su mínima densidad. Reinan todopoderosos los
nuevos ídolos que ocupan el lugar de Dios, a saber, el dinero, el placer y el
poder. El ateísmo práctico es el verdadero santo y seña en la tiranía
postmoderna de la subjetividad, lo indiferente y lo débil.
Ante lo cual suena sencillo pero resulta harto
complicado, en una era nihilista, plantearse el problema de Buscar a Dios en
tiempos sin Dios. Ni la cultura ni la sociedad son fuentes de felicidad. La primera
sólo es campo de prueba de la libertad, y el otro es escenario de la ley y la
justicia. En cambio lo religioso –tan desvirtuado políticamente por los angelismos
y fundamentalismos en boga- es el horizonte metafísico de la auténtica
presencia interior de Dios en el hombre. La mística cristiana es encarnación
que santifica el mundo material y lleva al amor al prójimo. Dios que es
trascendente e inmanente es fuente del amor como clave de la unión mística sin
identidad. En el oratorio del alma se puede Buscar a Dios en tiempos sin Dios.
Pero en una cultura donde el alma ha sido reducida a
mera idea de la mente, y la mente a simple epifenómeno de las circunvoluciones
cerebrales, la realidad de Dios y del éxtasis místico son meras fantasías
psicológicas. Lo cual es casi inevitable, porque no vivimos la edad de la fe
sino la edad de la increencia. La era de los grandes místicos es cosa del
pasado. No obstante, la pedagogía divina sigue concediendo las vocaciones
místicas mediante su gracia santificante. Pero además, hay una lección
sumamente valiosa que deja la historia de la mística y que constituye la
semilla para un renacimiento espiritual. Se trata de la importancia de la
Oración. La misma no sólo robustece la actividad apostólica, revalora la
importancia de los sacramentos, las virtudes y los dones del Espíritu Santo,
sino que desvanece la falsa creencia que el alma perfecta aun cediendo al
pecado no peca por estar unida con Dios.
En otras palabras, la mística enseña que mediante la
oración el hombre se centra en el amor a Dios y cultiva la humildad. Humildad
es precisamente la llave para disolver la siniestra soberbia prometeica, que
retroalimenta el narcisismo egolátrico del imperio dinerario capitalista y del
poder degradado de la técnica. Así se podrá edificar un mundo justo y fraterno,
basado en el rol social de la economía y levantar una civilización basada en el
amor.
En una palabra, se trata de atreverse a dar el salto
metafísico, noético y pneumático a la vez, que admita no sólo lo inmanente (los
entes) sino también lo trascendente (el ser, Dios). Se trata de recuperar una liberadora y salvífica experiencia integral del ser, porque el hombre no sólo es conocimiento sino
primordialmente es existir.
Lima, Salamanca 05 de Enero del 2017
Buenas noches Señor Gustavo Flores,
ResponderEliminarmi comentario va precedido de mi gratitud, encuentro muy interesante su texto y mismo concuerdo en varias lineas, salvo, cuando identifica sufismo, judaismo y cristianismo directamente con el amor - a través de la mistica- pero no lo hace asi con el Budismo al que usted liga con la identidad -igual por la senda de la mistica-.
Soy un convencido practicante budista desde ya una buena cantidad de años y le puedo afirmar que hay algo comun en el santo servicio desinteresado hacia los otros, eso usted y yo lo sabemos se llama amor, amor puro y simple a través del cual también llegamos a sentir esa experiencia salvifica liberadora e integral del ser.
Justamente aprendemos en la practica budista de cada dia que la transcendencia es una mas de las tantas leyes de la vida y de la naturaleza que no para de moverse, de evolucionar - o a veces de involucionar-.
Gracias por compartirnos su sentir, es edificante.
Cordial
Joseph