El monstruo está vivo: desarrollo vs progreso
I
El monstruo está vivo. No murió con el derrumbe del orden unipolar ni con la crisis del neoliberalismo occidental. No se extinguió con el desplazamiento de la gobernanza mundial del Atlántico hacia el Pacífico. El monstruo mutó, se reconfiguró, se infiltró en los pliegues más sutiles de la vida cotidiana, y hoy respira con más fuerza que nunca bajo el disfraz del capitalismo nacionalista y la promesa de la multipolaridad. El monstruo es el nihilismo estructural, esa enfermedad del espíritu que convierte todo en mercancía, que mide la existencia en términos de utilidad y acumulación, que reduce la vida humana y la naturaleza a engranajes de un sistema sin sentido.
El Perú, como parte de esta encrucijada histórica, no puede retroceder en lo espiritual. No puede caer en el panteísmo que disuelve lo divino en la materia, ni en el animismo que fragmenta el alma en cada objeto natural. Su camino es otro: el cristianismo encarnado, vivido en clave andina, donde la fe se hace cultura, donde la trascendencia se celebra en comunidad, donde Cristo se reconoce en los rostros de los pobres y en la tierra que clama justicia. Esa religiosidad sincrética no es un retroceso, es un camino propio, una resistencia contra el vacío, una semilla de sentido en medio del desierto nihilista.
Pero el progreso material, con su brillo engañoso, socava constantemente ese desarrollo espiritual. La lógica del mercado, el dinero, el consumismo, la tecnología y la inteligencia artificial penetran en los espacios más íntimos, moldean las aspiraciones, colonizan la cultura, normalizan el vacío. Los medios para controlar esta invasión son aún inmaduros, fragmentados, débiles. Se habla de buen vivir, de economías solidarias, de rescates culturales, pero todo ello es apenas una primavera incipiente, un florecimiento frágil que puede marchitarse si no se construyen estructuras sólidas que lo sostengan.
El paso del reino de la necesidad al reino de la libertad está aún lejos. La humanidad sigue atrapada en la necesidad material, en la dependencia del mercado, en la esclavitud del consumo. La libertad, entendida como autonomía creativa y comunitaria, como realización plena del ser, sigue siendo un horizonte distante. Y mientras la médula capitalista persista, ese horizonte se aleja cada vez más. “Matar al capitalismo” sería la forma radical de eliminar la raíz del nihilismo, pero hoy no es posible: el sistema está demasiado entrelazado con las estructuras globales, y los modelos alternativos, incluso los nacionalistas y multipolares, siguen operando bajo su lógica.
La era multipolar es una encrucijada decisiva, quizá la última oportunidad para definir la sobrevivencia de la humanidad. Si se aprovecha para construir un modelo con sentido espiritual y humano, la humanidad puede florecer. Si se deja que el nihilismo estructural siga dominando, incluso la era postoccidental sucumbirá, y el monstruo se devorará todo.
II
El monstruo se vuelve estructural. El monstruo no se limita a rugir en las fábricas, en los bancos o en los mercados bursátiles. El monstruo se ha vuelto estructural, se ha infiltrado en los pliegues más íntimos de la vida social, cultural y política. Ya no necesita mostrarse con violencia explícita: actúa con sutileza, con la normalidad de lo cotidiano, con la aparente neutralidad de la tecnología y la eficiencia. El nihilismo estructural es más peligroso que el nihilismo individual porque no depende de la desesperación de un sujeto aislado, sino que se instala en las instituciones, en los sistemas, en las narrativas colectivas.
En el Perú, como en gran parte del mundo, el monstruo se disfraza de progreso material. Se presenta como modernización, como crecimiento económico, como acceso a bienes de consumo, como digitalización y como inteligencia artificial. Pero detrás de ese disfraz, lo que opera es la misma lógica: reducir la vida a mercancía, medir el valor en dinero, vaciar de sentido la existencia. El monstruo se alimenta de la ilusión de que el progreso material basta, de que la tecnología resolverá todo, de que el mercado es el árbitro supremo de la vida.
La religiosidad sincrética peruana, con su cristianismo encarnado en clave andina, es un foco de resistencia. Allí donde el monstruo quiere imponer vacío, la fe popular encarna sentido. Allí donde el mercado quiere devorar la cultura, las fiestas patronales, las peregrinaciones y los rituales comunitarios recuerdan que la vida no se mide en dinero, sino en trascendencia compartida. Pero esa resistencia es aún incipiente: corre el riesgo de ser mercantilizada, convertida en espectáculo turístico, reducida a folclore. El monstruo sabe disfrazarse y sabe devorar incluso lo que parece oponérsele.
El capitalismo nacionalista de China, Rusia y los BRICS multipolares se presenta como alternativa al neoliberalismo occidental. Habla de soberanía, de multipolaridad, de defensa de recursos estratégicos. Pero en el fondo, la médula capitalista sigue intacta. El monstruo no muere: cambia de rostro, muta de liberalismo a capitalismo de Estado, de Occidente a Oriente, del Atlántico al Pacífico. La multipolaridad puede ser una oportunidad, pero también puede ser una trampa: un nuevo escenario donde el nihilismo estructural se prolonga bajo formas más sutiles, más sofisticadas, más difíciles de detectar.
El Perú está en una encrucijada decisiva. Puede elegir ser un engranaje más del monstruo, dejarse devorar por el mercado, el dinero, el consumismo y la tecnología. O puede intentar construir un camino propio, donde lo espiritual y lo político-económico se unan, donde el desarrollo se deslinde del mero progreso, donde la religiosidad encarnada se convierta en motor de cohesión nacional. Pero ese camino exige valentía, exige desenmascarar al monstruo, exige poner el dedo en la llaga y reconocer que el problema de fondo no es solo económico o político, sino metafísico y espiritual.
El monstruo está vivo, y su fuerza radica en que se ha vuelto invisible. No ruge, no amenaza, no se muestra como enemigo externo. Se infiltra en las instituciones, en las narrativas, en las aspiraciones. Se presenta como normalidad, como inevitabilidad, como progreso. Y si no se controla, si no se enfrenta con un proyecto espiritual y político integral, el monstruo devorará la primavera espiritual incipiente y hará sucumbir no solo al Perú, sino a la humanidad entera y a la era postoccidental misma.
III
El monstruo se manifiesta en la vida cotidiana peruana con una crudeza que muchas veces pasa desapercibida. No se presenta como amenaza explícita, sino como normalidad aceptada, como rutina que nadie cuestiona. El nihilismo estructural no necesita gritar: basta con infiltrarse en las grietas de la política, la economía, la cultura y la juventud para devorar el sentido desde dentro.
En la política, el monstruo se disfraza de pragmatismo. Los discursos hablan de crecimiento, de inversión extranjera, de estabilidad macroeconómica, pero rara vez mencionan el desarrollo espiritual, la cohesión comunitaria o la trascendencia. El monstruo dicta que gobernar es administrar cifras, no dar sentido a la vida colectiva. Así, la política se convierte en gestión del vacío, en perpetuación de estructuras que alimentan el mercado y el dinero, mientras la comunidad se desangra en desigualdad y desesperanza.
En la economía, el monstruo se presenta como progreso. Se celebra el aumento del PBI, la expansión de las exportaciones, la llegada de nuevas tecnologías. Pero detrás de esas cifras, lo que se oculta es la dependencia del mercado global, la mercantilización de los recursos naturales, la reducción de la tierra y del trabajo humano a simples engranajes de acumulación. El monstruo se alimenta de la ilusión de que el crecimiento económico basta, cuando en realidad lo que produce es vacío espiritual y destrucción cultural.
En la cultura, el monstruo se disfraza de espectáculo. Las fiestas patronales, las peregrinaciones y los rituales andinos, que deberían ser focos de resistencia espiritual, corren el riesgo de convertirse en folclore para turistas, en mercancía para el consumo global. El monstruo sabe devorar incluso lo sagrado, transformándolo en producto, en entretenimiento, en marketing. Lo que debería ser celebración de trascendencia se convierte en espectáculo vacío, y la espiritualidad encarnada se reduce a folclore mercantilizado.
En la juventud, el monstruo se infiltra con más fuerza. Redes sociales, consumismo cultural, tecnología y algoritmos moldean aspiraciones y deseos. Se promueve la ilusión de libertad individual, pero lo que se ofrece es dependencia de pantallas, de marcas, de narrativas vacías. El monstruo coloniza la imaginación juvenil, convirtiendo la búsqueda de sentido en búsqueda de likes, la trascendencia en consumo, la comunidad en aislamiento digital.
El Perú vive una primavera espiritual incipiente, pero el monstruo acecha en cada esquina. La religiosidad cristiano-andina encarnada es un foco de resistencia, pero corre el riesgo de ser devorada por la mercantilización. La política habla de progreso, pero olvida el desarrollo. La economía celebra cifras, pero perpetúa el vacío. La cultura se convierte en espectáculo, y la juventud en presa fácil de la colonización digital.
El problema de fondo es metafísico y espiritual. No basta con cambiar estructuras políticas o económicas si no se reintegra el sentido del ser y la trascendencia en la vida colectiva. El monstruo está vivo porque la humanidad ha olvidado que sin espiritualidad encarnada, sin desarrollo integral, todo progreso material es vacío. Y si no se controla, el monstruo devorará la primavera espiritual incipiente y hará sucumbir no solo al Perú, sino a la humanidad entera y a la era postoccidental misma.
IV
Blindarse contra el monstruo exige más que discursos, más que reformas superficiales, más que promesas de progreso. Blindarse contra el nihilismo estructural significa reconstruir el sentido en las entrañas mismas de la sociedad, significa devolverle a la política, a la economía y a la cultura su raíz espiritual, significa enfrentar de manera directa la médula capitalista que devora todo lo humano.
El Perú, en esta encrucijada decisiva, tendría que levantar un proyecto espiritual-político integral, capaz de resistir la infiltración del vacío. No basta con rescatar rituales o con celebrar fiestas patronales: hay que convertir esa religiosidad encarnada en motor de cohesión nacional, en fundamento de un modelo económico soberano, en principio rector de la vida política.
Tres pilares del blindaje
Espiritualidad encarnada como fundamento
El cristianismo vivido en clave andina no puede quedar reducido a folclore ni a espectáculo turístico.
Debe convertirse en principio de organización social, donde la comunidad, la trascendencia y la justicia sean el eje.
La espiritualidad no es un adorno: es el núcleo que da sentido a la política y a la economía.
Economía soberana con rostro humano
El Perú debe defender sus recursos estratégicos, pero no solo para acumular riqueza, sino para garantizar vida digna y sentido comunitario.
El mercado y el dinero deben ser subordinados a la vida, no al revés.
La tecnología y la inteligencia artificial pueden ser herramientas, pero solo si se integran en un proyecto que priorice la comunidad y la trascendencia.
Cultura crítica y resistencia al vacío
La cultura no puede ser espectáculo vacío ni mercancía global.
Debe ser espacio de resistencia, donde se desenmascare al monstruo, donde se denuncie el nihilismo estructural, donde se mantenga viva la memoria espiritual.
La juventud debe ser educada no solo en competencias técnicas, sino en sentido, en ética, en trascendencia.
La batalla decisiva
Blindarse contra el monstruo significa reconocer que el problema es metafísico y espiritual. Significa aceptar que mientras la médula capitalista siga viva, el nihilismo estructural seguirá infiltrándose. Pero también significa que el Perú puede ser un laboratorio de resistencia, un lugar donde lo espiritual y lo político-económico se unan, donde el desarrollo se deslinde del mero progreso, donde la humanidad encuentre un camino para sobrevivir.
El monstruo está vivo, pero no es invencible. La primavera espiritual incipiente puede convertirse en verano duradero si se construyen estructuras sólidas, si se enfrenta el vacío con sentido, si se levanta un proyecto integral que no tema poner el dedo en la llaga y reconocer que la última batalla de la humanidad no es solo política ni económica, sino espiritual.
V
Si el monstruo triunfa. Si el Perú y la humanidad no logran blindarse contra el monstruo, el desenlace será devastador. El nihilismo estructural no se detendrá por sí mismo: se prolongará, se infiltrará, se normalizará, hasta devorar la era postoccidental entera. Lo que hoy parece una oportunidad histórica —el tránsito hacia la multipolaridad, el desplazamiento del poder del Atlántico al Pacífico, la posibilidad de soberanía nacional y cultural— puede convertirse en la última trampa, en el último disfraz del vacío.
El monstruo no necesita destruir de golpe: basta con erosionar lentamente el sentido. Basta con convertir la espiritualidad en folclore, la cultura en espectáculo, la política en gestión de cifras, la economía en acumulación sin fin, la juventud en dependencia digital. Basta con que la humanidad acepte como normal que el mercado sea el árbitro supremo, que el dinero sea la medida última, que la tecnología y la inteligencia artificial definan la vida sin referencia ética ni trascendente.
Si no se controla, el nuevo proceso nihilista puede hacer sucumbir a la humanidad entera. No habrá diferencia entre Occidente y Oriente, entre neoliberalismo y capitalismo nacionalista, entre unipolaridad y multipolaridad. Todo será vacío, todo será mercancía, todo será consumo. La era postoccidental, que se anuncia como esperanza, puede terminar siendo el escenario final del monstruo, el lugar donde el nihilismo estructural se consuma y arrastre a la humanidad hacia su ocaso definitivo.
El Perú, en esta encrucijada, no puede engañarse. No basta con celebrar la multipolaridad como si fuera salvación automática. No basta con confiar en que el capitalismo nacionalista será distinto. No basta con rescatar rituales sin darles fuerza política y económica. El problema de fondo es metafísico y espiritual, y si no se enfrenta, el monstruo devorará todo.
La primavera espiritual incipiente puede convertirse en verano duradero, pero también puede marchitarse en un instante. La humanidad puede sobrevivir, pero también puede sucumbir. El paso del reino de la necesidad al reino de la libertad está aún lejos, y quizá esta sea la última oportunidad para acercarse. Si se falla, no habrá otra: el monstruo estará vivo, y su victoria será definitiva.
VI
El páramo del futuro vacío. Si el monstruo triunfa, el futuro será un páramo. La humanidad, rendida al nihilismo estructural, perderá toda referencia de sentido. El mercado será el único dios, el dinero la única medida, la tecnología el único lenguaje, la inteligencia artificial el único juez. No habrá trascendencia, no habrá comunidad, no habrá desarrollo espiritual: solo progreso vacío, solo acumulación sin fin, solo consumo perpetuo.
El Perú, como el resto del mundo, se convertirá en un engranaje más de una maquinaria global que ya no necesita justificar su existencia. Las fiestas patronales serán espectáculos turísticos, las peregrinaciones mercancía cultural, la religiosidad encarnada un producto de marketing. La política será administración de cifras, la economía acumulación de capital, la cultura entretenimiento superficial, la juventud dependencia digital. Todo lo humano será devorado, todo lo espiritual será vaciado, todo lo trascendente será ridiculizado.
El monstruo triunfará porque habrá logrado lo que parecía imposible: institucionalizar el vacío. No habrá necesidad de represión ni de violencia explícita: bastará con la normalidad aceptada, con la rutina sin sentido, con la ilusión de libertad individual que en realidad es esclavitud del consumo. La humanidad vivirá en un mundo donde todo es posible, pero nada importa; donde todo se produce, pero nada se significa; donde todo se consume, pero nada se trasciende.
La era postoccidental, que se anunciaba como esperanza, será el escenario final del monstruo. La multipolaridad no será equilibrio, sino fragmentación del vacío. El capitalismo nacionalista no será alternativa, sino prolongación del nihilismo. El desplazamiento del poder del Atlántico al Pacífico no será liberación, sino mutación del mismo sistema. El monstruo estará vivo, y su victoria será definitiva: la humanidad habrá sucumbido, no por un cataclismo externo, sino por la erosión interna del sentido.
Este es el desenlace estremecedor que acecha si no se enfrenta el problema de fondo: metafísico y espiritual. No basta con reformas políticas, no basta con modelos económicos alternativos, no basta con discursos culturales. Si la humanidad no reintegra la trascendencia en sus estructuras, si no convierte la espiritualidad encarnada en fundamento de la vida colectiva, el monstruo devorará todo. Y entonces, el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad no será solo lejano: será imposible.
VII
Horizonte alternativo: resistir al monstruo. Imaginemos el horizonte alternativo: un mundo donde el monstruo no triunfa, donde la humanidad logra resistir al nihilismo estructural y el Perú se convierte en un faro de sentido. No sería un paraíso inmediato ni una utopía perfecta, pero sí un camino real hacia el reino de la libertad, donde el desarrollo espiritual y comunitario se impone sobre el progreso vacío.
En este mundo, el mercado ya no es el dios supremo, sino una herramienta subordinada a la vida. El dinero deja de ser la medida última y se convierte en medio para garantizar dignidad. El consumismo se transforma en sobriedad compartida, donde la abundancia no se mide en objetos acumulados, sino en vínculos fortalecidos. La tecnología y la inteligencia artificial dejan de ser fines en sí mismos y se convierten en instrumentos al servicio de la comunidad, guiados por principios éticos y espirituales.
El Perú, en este horizonte, habría convertido su religiosidad cristiano-andina encarnada en fundamento de cohesión nacional. Las fiestas patronales y las peregrinaciones no serían folclore mercantilizado, sino celebraciones vivas de trascendencia. La política no sería gestión de cifras, sino construcción de sentido colectivo. La economía no sería acumulación sin fin, sino defensa de la vida y de los recursos como bienes sagrados. La cultura no sería espectáculo vacío, sino memoria viva que desenmascara al monstruo y mantiene encendida la llama del espíritu.
La juventud ya no estaría colonizada por algoritmos y pantallas, sino educada en ética, en comunidad, en trascendencia. Sus aspiraciones no serían likes ni consumo, sino participación en un proyecto histórico que busca superar la necesidad y acercarse a la libertad. La educación sería integral: técnica y espiritual, científica y ética, material y trascendente.
La era postoccidental, en este horizonte, no sería la repetición del vacío bajo otro rostro, sino el inicio de un nuevo ciclo histórico donde la humanidad aprende a deslindar el desarrollo del mero progreso. La multipolaridad no sería fragmentación del vacío, sino equilibrio de sentidos. El capitalismo nacionalista no sería prolongación del nihilismo, sino transición hacia un modelo donde lo espiritual y lo político-económico se integran.
Este mundo alternativo no sería perfecto, pero sería humano. Sería un mundo donde el monstruo sigue vivo, pero debilitado, desenmascarado, contenido. Sería un mundo donde la humanidad logra resistir, donde el Perú se convierte en laboratorio de esperanza, donde la primavera espiritual incipiente se convierte en verano duradero.
VIII
El paso al reino de la libertad no es un sueño vacío ni una utopía inalcanzable: es un horizonte posible, aunque lejano, que la humanidad podría conquistar si logra resistir al monstruo y reorientar su historia. En ese mundo alternativo, la humanidad habría sobrevivido a la encrucijada multipolar, habría desenmascarado el nihilismo estructural y habría construido un orden donde el desarrollo espiritual y comunitario se impone sobre el progreso material vacío.
En este horizonte, la política ya no sería administración de cifras ni gestión del vacío. Sería el arte de dar sentido a la vida colectiva, de organizar la sociedad en torno a la justicia, la trascendencia y la comunidad. Los gobernantes no serían tecnócratas del mercado, sino custodios del espíritu, responsables de mantener viva la llama del sentido en cada decisión.
La economía ya no sería acumulación sin fin ni dependencia del mercado global. Sería economía soberana, orientada a garantizar vida digna, a proteger la tierra como bien sagrado, a distribuir los recursos en función de la comunidad. El dinero dejaría de ser la medida última y se convertiría en instrumento subordinado a la vida. El trabajo ya no sería esclavitud de la necesidad, sino participación creativa en la construcción del sentido.
La cultura ya no sería espectáculo vacío ni mercancía global. Sería memoria viva, resistencia contra el vacío, celebración de la trascendencia. Las fiestas patronales y las peregrinaciones no serían folclore mercantilizado, sino rituales de cohesión espiritual. La juventud no sería presa de algoritmos y pantallas, sino protagonista de un proyecto histórico que busca superar la necesidad y acercarse a la libertad.
La tecnología y la inteligencia artificial ya no serían fines en sí mismos, sino herramientas al servicio de la comunidad. No decidirían sin referencia ética, no colonizarían la imaginación, no devorarían el sentido. Serían subordinadas a principios espirituales, guiadas por la trascendencia, utilizadas para fortalecer la vida y no para vaciarla.
El Perú, en este horizonte, sería un laboratorio de esperanza. Su religiosidad cristiano-andina encarnada sería fundamento de cohesión nacional, principio rector de la política y de la economía, motor de resistencia contra el nihilismo. El Perú no sería engranaje del monstruo, sino faro de sentido, ejemplo de cómo una nación puede deslindar el desarrollo del mero progreso y construir un camino propio hacia la libertad.
La humanidad, en este horizonte, habría dado el paso decisivo: habría superado el reino de la necesidad, habría conquistado el reino de la libertad. No sería un mundo perfecto, pero sería un mundo humano, un mundo donde el monstruo sigue vivo pero debilitado, desenmascarado, contenido. Un mundo donde la primavera espiritual incipiente se convierte en verano duradero, donde la era postoccidental no sucumbe al vacío, sino que florece en trascendencia.
IX
Ultima oportunidad para la humanidad. La humanidad está ante su última oportunidad. No hay más tiempo, no hay más margen, no hay más excusas. El tránsito hacia la era multipolar no es un simple cambio de hegemonía, es una encrucijada definitiva: o se construye un proyecto espiritual-político capaz de resistir al nihilismo estructural, o el monstruo devorará todo.
El monstruo está vivo, y su fuerza radica en que se ha vuelto invisible. Se infiltra en las instituciones, en la cultura, en la economía, en la juventud. Se disfraza de progreso, de modernización, de tecnología, de libertad individual. Pero detrás de esos disfraces, lo que opera es el vacío: la reducción de la vida a mercancía, la conversión de la existencia en acumulación, la normalización del sinsentido.
El Perú, como parte de esta encrucijada, no puede engañarse. No basta con celebrar la multipolaridad, no basta con confiar en el capitalismo nacionalista, no basta con rescatar rituales sin darles fuerza política y económica. El problema de fondo es metafísico y espiritual, y si no se enfrenta, el monstruo devorará incluso la primavera espiritual incipiente que hoy apenas comienza a florecer.
La humanidad puede sobrevivir, pero solo si logra deslindar el desarrollo del mero progreso, solo si reintegra la trascendencia en sus estructuras, solo si convierte la espiritualidad encarnada en fundamento de la vida colectiva. Si falla, no habrá otra oportunidad: el monstruo triunfará, y su victoria será definitiva.
El paso del reino de la necesidad al reino de la libertad está aún lejos, pero quizá esta sea la última ocasión para acercarse. Si se aprovecha, la humanidad podrá florecer en sentido y trascendencia. Si se desperdicia, el monstruo arrastrará al mundo entero hacia su ocaso.
El monstruo está vivo. Y hoy, más que nunca, la humanidad debe decidir si lo enfrenta o si se rinde.
Epílogo profético: el grito final
La humanidad se encuentra al borde de un abismo que no admite demora. El tránsito hacia la era multipolar no es un simple reajuste de poder, sino el instante en que se decide si habrá futuro o si todo quedará reducido a ruinas. El monstruo acecha en silencio, disfrazado de progreso, infiltrado en la política, la economía y la cultura, dispuesto a devorar lo que aún queda de sentido.
El Perú, como parte de esta encrucijada, no puede permanecer indiferente. Su destino exige levantar un proyecto que no se limite a cifras ni a discursos, sino que encarne la trascendencia en la vida colectiva. La religiosidad viva, la memoria andina y la fe encarnada deben convertirse en fundamento, no en ornamento. Solo así podrá resistirse la fuerza corrosiva del vacío.
Si la humanidad falla, no habrá otra oportunidad. El monstruo triunfará y el mundo quedará reducido a un páramo sin espíritu, donde todo se produce y nada se significa. Pero si se enfrenta con decisión, si se devuelve a la historia su raíz espiritual, entonces la primavera incipiente podrá transformarse en verano duradero.
Este es el grito final: elegir entre la sobrevivencia con sentido o la consumación del vacío. La última batalla no se libra en los mercados ni en los ejércitos, sino en el corazón del ser. Allí se decide si el monstruo será derrotado o si su victoria marcará el ocaso definitivo de la humanidad.
Vilma Huamán (UNASAM- Huaraz)
ResponderEliminarDoctor buenos días, espero se encuentre bien. Que interesante es su escrito, describe la realidad mundial y sobre todo la peruana con una crudeza preocupante, pero nuestra sociedad está más plagada de corrupción ya no hay credibilidad en las instituciones y personas que las dirigen, nos estará ganando la indiferencia? a pesar de que se pregona el pensamiento crítico. Gracias doctor.
Bernardo Rafael Alvarez (Lima)
ResponderEliminarComo siempre, un desarrollo conceptual y reflexivo muy sustancioso e interesante. Pero, pregunto, ¿tan apocalíptica será la situación? 😊 ¡Un abrazo, querido Gustavo!
Macedonio Villafan Broncano (UNASAM-Huaraz)
ResponderEliminarGracias, doctor. Iluminadoras sus reflexiones, como siempre.
Jesús Curasma (Filósofo-Huancayo)
ResponderEliminarQuedó impresionado una vez más con su genio, mi estimado Gustavo. Con una narración que envuelve al lector de principio a fin, supo retratar nuestra realidad mundial, donde giramos en torno al consumismo, a la caza de las mercancías que se han convertido en nuestro único fin. Nuestras creaciones materiales nos han rebasado y en vez de girar a nuestro servicio, nos hemos puesto a depender de ellos, como un satélite en torno al sol. Lo material nos ha devorado. Hemos dejado de lado lo espiritual, lo metafísico, que debemos rescatar hoy más que nunca. Me parece interesante su propuesta de una espiritualidad basada en el cristianismo y lo andino. Pero me preguntó si sería la única salida...
Mario Duarte (Filósofo-Argentina)
ResponderEliminarQuerido Maestro Gustavo. Me levanté en la mañana del domingo con este pensamiento que me ha hecho llegar y sin dudas es una gran hoja de ruta por para entender y comprender lo que se va disipando minuto a minuto en el hombre en el ser, ante varios monstruos que están en nuestro entorno y muchos que aún no se avizoran pero llegarán...este fragmento seguramente de algún Trajano suyo son esos materiales que necesitamos urgente diseminar por el mundo en los ámbitos académicos y en las facultades de las universidades para inyectar humanismo ante el avance sin sentido no Regulación de los nuevos principios rectores que asoman en nuestra humanidad en nuestra esencia
Ysaí Quiroz Carreño (Escritor-Lima)
ResponderEliminarFelicitaciones Gustavo, está alegoría del monstruo que devora la sociedad, me parece muy representativa.
Wilmer Medina Flores (Filósofo-UNCP Huancayo)
ResponderEliminarExcelente Dr. LUIS, prolija manera de escribir, con temáticas puntuales y claras, un abrazo Saludos
Mary Quirantes (Docente-Cuba)
ResponderEliminar...se presenta como alternativa... Puede ser pero, ¿Quién te asegura que aquí también no transmute el monstruo hacia "nuevas formas de mercado", o de intercambio, o de ayuda mutua?
Mientras el pensamiento mercantilista y las ganancias esté en la mente del hombre, no habrá liberación; y ese fue el camino que decidió el hombre desde hace siglos, desde que abandonó la comunidad primitiva. No hay vuelta atrás. En mi criterio, el asunto a resolver, no está en la imposición de religiones ni ideologías, todas han dejado a través de la historia un sabor amargo en el paladar de la humanidad.
El asunto radica en la conciencia del hombre, ahí está la clave.
Hombres buenos, éticos y morales y humanistas están viviendo hoy dentro de todas las manifestaciones culturales y sociales; esto demuestra que aquello no es la solución. Aquí has dejado escrito la contradicción. Lo uno y lo otro están sujetos al riesgo y participar ambos en una misma danza.
Pablo Quintanilla (Filósofo- PUCP-Lima)
ResponderEliminarLo que dices es consistente con la encíclica Laudato Si del papa Francisco
José Díaz (Poeta-Sullana)
ResponderEliminarUn ensayo de profundas y clarísimas reflexiones en torno a ese monstruo que está devorando al ser humano desde adentro.
El stablhisment imperante y toda su maquinaria de enajenación y sometimiento , es una amenaza creciente para una humanidad que, parece, ya no tiene capacidad de respuesta frente a todo este avasallamiento cotidiano.
Trabajemos para que en los próximos días, surja un movimiento que sea capaz de ofrecer no sólo un discurso de esperanza y claridad, sino que también sea capaz de involucrar a todos los espíritus ávidos de justicia, sabiduría y libertad.
Te felicito Gustavo por tu sesudo ensayo.