CONTEMPLACIÓN VERSUS RAZÓN
He dedicado mucho tiempo a pensar en la llamada prueba ontológica de San Anselmo y cada vez que regreso a ella me convenzo más de que no se trata de una demostración lógica en el sentido estricto, sino de una intuición metafísica que se expresa después en forma de razonamiento. San Anselmo contempla primero y razona después. En su visión, Dios es “aquello mayor que nada puede pensarse”, y en esa intuición lo perfecto incluye necesariamente la existencia. No es un concepto arbitrario, sino la huella del absoluto en la conciencia. La lógica aparece como un modo de comunicar lo que ya se ha visto en el fondo del espíritu, pero no es el origen de la certeza.
Desde los propios días de Anselmo surgieron objeciones. Gaunilón replicó con ironía que si pienso en una isla perfecta, se seguiría que esa isla existe, y Kant, siglos más tarde, insistió en la misma línea: representarse cien escudos no equivale a tenerlos en la mano. Ambos redujeron el argumento a un juego lógico, como si Anselmo hubiera querido deducir la existencia de cualquier idea. Pero Anselmo sabía que no se trataba de una idea cualquiera, sino de la idea única de un ser absolutamente perfecto. La objeción de Gaunilón y la crítica de Kant pierden de vista que la intuición metafísica de Dios no es comparable con la representación de objetos finitos.
Tomás de Aquino, más sutil que Gaunilón y Kant, tampoco aceptó el argumento. Para él, aun la idea de un ser perfectísimo no autoriza el salto del orden lógico al orden ontológico. Su realismo aristotélico lo llevó a afirmar que el conocimiento humano comienza en los sentidos, y que la existencia de Dios debe demostrarse a posteriori, desde los efectos sensibles. Por eso elaboró las cinco vías, que parten del movimiento, la causalidad, la contingencia, los grados de perfección y la finalidad. Tomás no ignoraba la fuerza de la intuición anselmiana, pero la consideraba insuficiente: el ser más perfecto que se puede pensar no se verifica en la experiencia.
Yo creo que aquí Tomás se equivocó. No advirtió que en la estructura del pensamiento hay capas que desbordan lo lógico y se ahondan en la intuición metafísica. Quizá en su experiencia mística final, cuando confesó que todo lo escrito le parecía paja, vislumbró esa capa más profunda del pensar que no es lógica sino contemplativa. En ese momento, después de haber construido una obra monumental de razonamientos y demostraciones, reconoció que frente a la experiencia directa de lo divino, el discurso lógico queda desbordado. Allí se abre esa capa más profunda del pensar que yo reconozco como intuición metafísica, que no se reduce a lógica ni a demostración, sino a contemplación.
No pocas veces se ha dicho que Santo Tomás no hizo justicia al argumento de San Anselmo y que no consideró el argumento ontológico dentro del contexto del autor. Y es posible que esto sea cierto. Se trata de una cuestión exegética que se sigue discutiendo. Se ha considerado, por ejemplo, que el argumento ontológico no es, a pesar de su aspecto externo, un simple paso de lo lógico a lo ontológico, de toda esencia a su existencia, porque se funda tanto en la propia esencia de Dios como en la noción que de Dios se forma la inteligencia humana, la cual puede ir pensando siempre seres más perfectos cuando cercena de su pensar la existencia real.
Aquí conviene subrayar que la intuición anselmiana no se reduce a un razonamiento lógico, sino que es una contemplación metafísica del ser absoluto. Anselmo no parte de un concepto arbitrario, sino de la evidencia interior de que lo perfecto incluye necesariamente la existencia. Su argumento es, en realidad, la expresión racional de una experiencia contemplativa: primero se contempla y luego se razona. Por ello, cuando Tomás de Aquino lo interpreta como un mero paso lógico, pierde de vista la dimensión ontológica y metafísica que Anselmo quiso destacar. La crítica tomista, entonces, no es sólo fruto de su realismo aristotélico, sino también de una lectura que no reconoce la capa más profunda del pensamiento, aquella que desborda la lógica y se ahonda en la intuición metafísica.
En este sentido, mi propio argumento ontológico se enlaza con la intuición metafísica de San Anselmo, pero lo reformula desde otro ángulo: no parto de lo máximamente pensable para llegar a lo existente, sino de lo máximamente real para mostrar que lo real es necesariamente lo pensable y lo posible. La realidad sobrepasa el pensar, pero no lo anula; lo excede y a la vez lo fundamenta. Por ello, siendo Dios lo máximamente real, es también lo máximamente pensable y lo máximamente existente. Esta vía del orden real al orden ideal permite eludir las críticas de Gaunilón, Tomás de Aquino y Kant, porque no se trata de un salto lógico, sino de una contemplación de la plenitud del ser que se impone al espíritu humano. Así, la idea de Dios no nace del temor ni de una construcción mental arbitraria, sino de la condición espiritual del hombre, siempre abierta a lo divino. De este modo, el argumento ontológico se revela no como una deducción lógica, sino como una evidencia metafísica inevitable: contemplamos lo máximamente real y, al hacerlo, reconocemos en ello a Dios.
Así, una variante de la prueba anselmiana es el argumento de Descartes, según el cual, es imposible que un ser finito piense un ser infinito actual sin el auxilio de éste.
En este punto resulta iluminador recordar la interpretación de Hegel, quien sostuvo que el argumento ontológico no debía entenderse como una prueba, sino como un principio. Para él, la existencia de Dios está ya implícita en la definición de Dios como el ser respecto del cual nada mayor puede pensarse. Por eso, consideró que las objeciones contra Anselmo carecen de valor, pues la noción de ser perfecto está en el espíritu de todo hombre. Hegel subrayó que pensar a Dios implica necesariamente pensarlo como existente, y que la fuerza del argumento anselmiano radica en mostrar la inseparabilidad entre la idea de Dios y su ser. Sin embargo, su dialéctica, aunque denuncia la insuficiencia de la metafísica abstracta y del criticismo, no alcanza a explicar a Dios en cuanto Dios, sino más bien la dinámica de su creación, lo que lo acerca a un panteísmo que confunde lo divino con el proceso del mundo.
Como vemos la prueba anselmiana ha sido empleada con diversas variantes en la historia de la filosofía, porque en el fondo el argumento ontológico se refiere sólo al ser infinito y su relación con el ser finito. Y la refutación tomista de la demostración a priori de la existencia de Dios será parte de las posturas metafísicas que consideran que Dios sobrepasa el entendimiento y el lenguaje humano y su conocimiento analógico es vía reflexión de los datos de los sentidos. En Tomás de Aquino la forma es una esencia al que debe añadirse la existencia para tener realidad, y se puede pensar en las cosas creadas una esencia sin existencia. Dios es ser, pero no coincide con el ser universalísimo. Dios es la plenitud de ser mientras que lo otro es un concepto puramente formal del simple algo. Para el hombre Dios no es primero en el orden del conocer sino del ser; por tanto, sobre él sólo cabe la predicación analógica.
En Hegel, lo finito es lo no verdadero. Y con ello se afirma que en la prueba ontológica se revela el infinito actual como realidad positiva. Pero yo sostengo que esa positividad no se alcanza por la dialéctica, sino por la contemplación metafísica que precede a todo razonamiento. La razón puede ordenar, puede dar forma, puede defender; pero es la intuición contemplativa la que abre la conciencia al absoluto.
Por eso, entre contemplación y razón, me inclino a pensar que la primera es el origen y la segunda la expresión. San Anselmo lo supo: contempló y después razonó. Tomás lo olvidó: razonó sin contemplar. Hegel lo reinterpretó: convirtió la intuición en principio dialéctico. Yo, en cambio, creo que la existencia de Dios no se demuestra ni se deduce, sino que se contempla como estructura del ser, y luego se razona para comunicar lo que ya se ha visto en el fondo del espíritu.
Conclusión
El giro hacia lo máximamente real revela la clave que concilia y da sentido al título Contemplación versus Razón. La contemplación se abre como el acto originario: captar lo real en su plenitud, reconocer que lo máximamente real se impone al espíritu humano como fundamento de lo pensable y lo posible. La razón, en cambio, aparece como expresión derivada, como el lenguaje que traduce en conceptos lo que ya ha sido visto en la evidencia del ser. El “versus” no marca una oposición absoluta, sino la tensión fecunda entre dos niveles: la contemplación que descubre y la razón que articula.
De este modo, el giro por lo máximamente real no solo se enlaza con la intuición metafísica de San Anselmo, sino que la prolonga y la corrige: no se trata de deducir la existencia desde lo pensable, sino de reconocer que la realidad misma —en su plenitud— es lo que hace posible el pensar. Así, la idea de Dios no nace del temor ni de una construcción lógica, sino de la condición espiritual del hombre, siempre abierta a lo divino. La contemplación del ser absoluto antecede y fundamenta la razón, y la razón, al expresarlo, confirma que lo máximamente real es lo máximamente pensable y lo máximamente existente.
Por ello, el argumento ontológico se impone al espíritu humano no como un silogismo, sino como una evidencia metafísica inevitable: contemplamos lo máximamente real y, al hacerlo, reconocemos en ello a Dios. En esta convergencia, el título Contemplación versus Razón alcanza su plenitud: la contemplación es el origen, la razón es la expresión, y en su tensión se revela la verdad última de que Dios, siendo lo máximamente real, es también lo máximamente pensable y lo máximamente existente.
La novedad de mi escrito consiste en haber efectuado un giro en el argumento ontológico: mientras Anselmo conecta lo máximamente pensable con lo máximamente existente, yo parto de lo máximamente real como fundamento de lo pensable y lo posible. En primera instancia afirmo que mi aporte es mostrar que la realidad misma antecede y sostiene la lógica, y que Dios, siendo lo máximamente real, se impone como lo máximamente pensable y existente. Con ello, mi ensayo no se limita a repetir las discusiones clásicas, sino que propone una vía distinta: del orden real al orden ideal, de la contemplación del ser a la razón que lo expresa. Esa es la originalidad de mi reflexión y el motivo por el cual este texto merece ser leído como una contribución nueva dentro de la tradición del argumento ontológico.
Bibliografía
Anselmo de Canterbury. Proslogion. Madrid: Editorial Gredos, 2003.
Descartes, René. Meditaciones metafísicas. Madrid: Alianza Editorial, 2011.
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich. Ciencia de la lógica. México: Fondo de Cultura Económica, 2006.
Kant, Immanuel. Crítica de la razón pura. Madrid: Editorial Akal, 2002.
Tomás de Aquino. Suma Teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2010.
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