martes, 31 de marzo de 2026

JESÚS Y LA VIDA COHERENTE

 


JESÚS Y LA VIDA COHERENTE

Hoy, Martes Santo, al encaminar los pasos hacia la Biblioteca Nacional para cumplir con un trámite, se desplegó ante la mirada un paisaje humano desprovisto de recogimiento y piedad. Materialmente todo era brillante, pero espiritualmente todo lucía plano, brumoso, opaco y gris. En lugar de un ambiente de silencio reverente, se respiraba el aire áspero del mercantilismo, el bullicio de transacciones y el afán lucrativo que caracteriza al capitalismo contemporáneo. Esa atmósfera, tan distante del espíritu de este día, suscitó la pregunta inevitable: ¿no estaremos ya viviendo los signos del final de los tiempos? Precisamente en un martes como este, Jesús habló en el Monte de los Olivos sobre la necesidad de discernir los signos y permanecer vigilantes, recordando que la verdadera preparación no consiste en calcular fechas, sino en vivir con fidelidad y coherencia.

El Martes Santo se convierte en un espejo que refleja la exigencia de una vida auténtica. No basta con expulsar a los mercaderes del Templo, como aconteció el día anterior, si el corazón permanece lleno de incoherencias. Jesús, en su enseñanza, revela que la verdadera religión no se mide por apariencias externas, sino por la fidelidad interior que se traduce en obras concretas.

En el Templo, los fariseos y saduceos intentan ponerlo a prueba con preguntas sobre impuestos y la resurrección. Jesús responde con sabiduría, mostrando que la verdad no se somete a cálculos humanos. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21). La coherencia consiste en reconocer los ámbitos de la vida y dar a cada uno lo que corresponde, sin mezclar intereses mundanos con la fidelidad debida al Señor.

La denuncia contra los líderes religiosos es contundente. Los “ayes” pronunciados contra los fariseos (Mateo 23) revelan que la incoherencia espiritual es más grave que cualquier error doctrinal. Jesús los acusa de cerrar el Reino de los cielos y no dejar entrar a quienes buscan a Dios (Mt 23:13), de devorar las casas de las viudas mientras aparentan piedad con largas oraciones (Mt 23:14), de recorrer mar y tierra para ganar prosélitos que terminan siendo más hijos de la perdición que ellos mismos (Mt 23:15), de manipular los juramentos y convertir lo sagrado en instrumento de engaño (Mt 23:16), de obsesionarse con el diezmo de lo mínimo mientras descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe (Mt 23:23), de limpiar lo exterior del vaso y del plato mientras por dentro están llenos de robo e injusticia (Mt 23:25), y finalmente de ser como sepulcros blanqueados, hermosos por fuera pero llenos de corrupción interior (Mt 23:27). Cada uno de estos ayes es un golpe contra la hipocresía y una llamada a la transparencia: lo que se proclama debe ser lo que se vive.

El gesto de la viuda pobre, que entrega dos pequeñas monedas, se convierte en paradigma de la coherencia. “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos” (Marcos 12:43). La coherencia no se mide por la cantidad, sino por la totalidad del corazón entregado. La viuda da lo que tiene, y en ese acto se revela la autenticidad de la fe.

El Discurso escatológico en el Monte de los Olivos (Mateo 24; Marcos 13; Lucas 21) añade una dimensión profética: la coherencia no es solo para el presente, sino para el futuro. Jesús anuncia primero la destrucción del Templo: “No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada” (Mt 24:2). Luego describe los signos del fin: falsos mesías que engañarán a muchos, guerras y rumores de guerras, hambres y terremotos como “principio de dolores” (Mt 24:7-8). Advierte que los discípulos serán perseguidos y odiados por causa de su nombre, y que la fe de muchos se enfriará (Mt 24:9-12). Habla de la gran tribulación, con señales cósmicas: el sol oscurecido, la luna sin resplandor, las estrellas cayendo del cielo y los poderes celestes conmovidos (Mt 24:29). Finalmente anuncia su venida gloriosa: “Verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mt 24:30), y enviará a sus ángeles para reunir a los elegidos. Todo culmina en la exhortación a la vigilancia: “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora” (Mt 25:13).

En este punto resulta iluminador recordar que incluso mentes tan brillantes como la de Isaac Newton se afanaron en calcular la fecha del fin de los tiempos, convencidas de que el saber humano podía descifrar el misterio divino. Sin embargo, Jesús había dejado claro que “nadie sabe el día ni la hora, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mt 24:36). El esfuerzo de Newton muestra la tentación de reducir lo divino a fórmulas humanas, pero también confirma que la verdadera sabiduría consiste en aceptar que el saber de Dios no es el saber del hombre. La coherencia, entonces, no está en especular sobre fechas, sino en vivir preparados con fidelidad y esperanza.

Incluso el anuncio de la traición y la negación muestra que la incoherencia es posible en el círculo más cercano. Judas y Pedro representan la fragilidad humana, pero también la necesidad de permanecer fieles. La advertencia de Jesús no es condena, sino llamada a la conversión.

San Agustín contemplaba los discursos de Jesús en el Templo como una revelación de la verdad que desenmascara la hipocresía. Para él, la incoherencia de los fariseos era signo de un corazón dividido, incapaz de amar a Dios con totalidad. El Martes Santo, en su lectura, es el día en que Cristo muestra que la verdadera religión no consiste en palabras vacías, sino en la unión entre fe y obras, porque “la fe sin obras está muerta” (cf. Santiago 2:26). La coherencia es, por tanto, la forma visible del amor.

Santo Tomás de Aquino, en la Summa Theologiae, al tratar de la virtud de la veracidad y de la justicia, ofrece claves para entender el Martes Santo. La denuncia de Jesús contra los juramentos engañosos y contra el descuido de lo esencial de la Ley se inscribe en la exigencia de la virtud: decir la verdad y obrar con justicia. Para Tomás, la incoherencia es un vicio contra la veracidad, y la vida coherente es participación en la verdad divina. El Martes Santo se convierte así en una lección moral: la coherencia es virtud que ordena la vida hacia Dios.

Los Padres de la Iglesia, como San Juan Crisóstomo, interpretaron los “ayes” contra los fariseos como advertencias para todos los tiempos. Crisóstomo subrayaba que los sepulcros blanqueados no eran solo una imagen de los líderes judíos, sino de cualquier cristiano que vive de apariencias. El Martes Santo, en su predicación, es un llamado a la autenticidad: que el interior corresponda al exterior, que la vida sea transparente ante Dios.

En el siglo XX, teólogos como Hans Urs von Balthasar y Karl Rahner reflexionaron sobre la dimensión escatológica del Martes Santo. Balthasar veía en el discurso del Monte de los Olivos la revelación de la seriedad del tiempo: cada instante es decisivo, porque la historia se orienta hacia el encuentro con Cristo glorioso. Rahner, por su parte, insistía en que la vigilancia no es miedo, sino esperanza activa: vivir coherentemente es vivir cada día como si fuera el último, en apertura radical al misterio de Dios. Ambos coinciden en que la coherencia es la forma concreta de la esperanza cristiana.

Jesús advirtió en el Discurso escatológico que surgirían muchos falsos profetas que engañarían a las multitudes (cf. Mateo 24:11). Esa advertencia resuena con fuerza en nuestro tiempo, donde la proliferación de iglesias cristianas evangélicas de muy diversa índole, muchas de ellas centradas más en el espectáculo y en la prosperidad material que en la fidelidad al Evangelio, constituye un signo de confusión espiritual. La multiplicación de voces que prometen éxito, riqueza o sanidad inmediata bajo el nombre de Cristo refleja la tentación de reducir la fe a un mercado de beneficios, olvidando que el seguimiento del Señor implica cruz y coherencia.

Del mismo modo, la religiosidad orientalista que se difunde con gurús y maestros autoproclamados, ofreciendo fórmulas de iluminación rápida y bienestar instantáneo, se convierte en otro rostro del falso profetismo. Bajo apariencia de sabiduría, muchas veces se oculta un vacío espiritual que sustituye la entrega a Dios por técnicas humanas de autosuperación. En este contexto se inscriben también el yoga y las prácticas de meditación budista, que si bien pueden tener un valor cultural o terapéutico, cuando se absolutizan como camino de salvación terminan por desplazar la centralidad de Cristo y alimentar una espiritualidad sin trascendencia.

Incluso el llamado pagano panteísmo andino, que confunde la creación con el Creador y diviniza la naturaleza, se convierte en otra forma de desviación espiritual. La fascinación por lo cósmico y lo telúrico, cuando se absolutiza, sustituye la adoración al Dios vivo por un culto a las fuerzas naturales. En la misma línea, la llamada “religión de los ovnis”, con sus relatos de salvación extraterrestre y sus comunidades que esperan revelaciones cósmicas, se inscribe en esta dinámica de fascinación por lo extraordinario que distrae del núcleo del Evangelio: la fidelidad cotidiana, la vigilancia constante y la coherencia entre palabra y acción.

Frente a estas corrientes, el Martes Santo recuerda que el verdadero discípulo no se deja seducir por promesas espectaculares ni por espiritualidades alternativas que diluyen la verdad, sino que permanece fiel en lo pequeño y en lo verdadero. Las advertencias de Cristo sobre los falsos profetas no son un eco lejano, sino una llamada urgente para nuestro tiempo. La coherencia se convierte en el criterio para discernir: donde hay autenticidad, humildad y fidelidad al Evangelio, allí está la verdad; donde hay manipulación, espectáculo o evasión, allí se manifiesta el engaño. El Martes Santo nos invita a abrir los ojos y a vivir con vigilancia, para no dejarnos arrastrar por voces que prometen lo que solo Dios puede dar.

El Martes Santo, por tanto, concentra un mensaje único: la vida coherente es la verdadera respuesta al Evangelio. No basta con expulsar lo falso; es necesario vivir lo verdadero. La coherencia es la unión entre palabra y acción, entre fe y vida, entre esperanza y perseverancia. En ella se revela la autenticidad del discípulo, y en ella se anticipa la gloria del Reino.

En suma, el Martes Santo se revela como un crisol donde la historia y la eternidad se entrelazan: en él, Jesús desenmascara la hipocresía, anuncia el fin de los tiempos y exige la coherencia como forma suprema de fidelidad. La filosofía enseña que la verdad es aquello que permanece idéntico a sí mismo, y la teología confirma que esa verdad se encarna en Cristo, “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13:8). La incoherencia es, en última instancia, una fractura ontológica: el desgarramiento entre lo que se dice y lo que se vive, entre lo que se aparenta y lo que se es. Frente a ello, la vida coherente se convierte en participación en la verdad divina, en transparencia que refleja la luz del Logos. Así, el Martes Santo no es solo un episodio en la semana de la Pasión, sino una llamada permanente a vivir en unidad interior, en vigilancia escatológica y en autenticidad radical. En un mundo saturado de falsos profetas, de religiosidades vacías y de promesas ilusorias, la coherencia cristiana se erige como la única respuesta digna: ser lo que se proclama, vivir lo que se cree, esperar lo que se ama.

Bibliografía 

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Balthasar, Hans Urs von. Gloria: Una estética teológica. Madrid: Encuentro, 1985–1989.
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Biblia. Evangelio de Mateo. En: La Biblia de Jerusalén. Bilbao: Desclée de Brouwer, 1998. (Mt 22:21; Mt 23:13–36; Mt 24–25; Mt 26:20–25; 26:31–35).
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Crisóstomo, Juan. Homilías sobre Mateo. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2007.
Newton, Isaac. Observaciones sobre las profecías de Daniel y el Apocalipsis de San Juan. Londres: J. Darby, 1733.
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Rahner, Karl. Curso fundamental sobre la fe. Barcelona: Herder, 1976.
Tomás de Aquino. Suma teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 1947.

JESÚS Y LA FE AUTÉNTICA

 


JESÚS Y LA FE AUTÉNTICA

El pasado Domingo de Ramos, mientras me acercaba al templo, lo primero que llamó mi atención no fue el recogimiento de los fieles ni el silencio reverente de la liturgia, sino una retahíla de mercaderes apostados en las afueras, ofreciendo ramos como si fueran simples mercancías. Entre ellos, incluso algunos sacerdotes sin sotana participaban de la venta, confundiendo lo sagrado con lo comercial. Y al final de la misa, el propio párroco, en los llamados anuncios parroquiales, invitaba a comprar las rifas, como si la celebración litúrgica se prolongara en un mercado religioso.

La iglesia católica de nuestro tiempo aparece desfigurada por una terrible enfermedad, a saber, la simonía. La cual lesiona la fe de los fieles y falsifica la auténtica fe de Cristo. Y esto me remite a la parroquia de mi barrio, que antes era grande pero modesta, ahora luce fina y lujosa, y no ceso de preguntarme cuándo los pobres recibirán algo de esa abundancia. Para el párroco parece tener más importancia la refacción del aire acondicionado, la remodelación del confesionario —que casi siempre permanece cerrado— y la remodelación del altar, que la ayuda concreta al prójimo y al hambriento. A ese mismo párroco lo vi una vez comprando una suma apreciable de dólares en una agencia de cambio; hice un esfuerzo para no pensar mal, pero me pregunté si acaso no debió evitar hacer esa gestión personalmente, porqué no lo reparte entre los pobres, dónde está la caridad.

También me vino a la mente que uno de los grandes problemas que tiene la Iglesia es justamente el control del dinero de los fieles y donantes, que muchas veces son festinados y que Roma ya ha denunciado malos manejos. Y pienso que Jesús expulsaría del templo también a esos párrocos que trafican con el dinero, porque su gesto no fue solo contra los mercaderes de entonces, sino contra toda forma de corrupción que profana lo sagrado.

No puedo dejar de recordar que grandes teólogos han condenado esta tergiversación de la fe por el dinero: Santo Tomás de Aquino denunció la usura como un pecado intrínsecamente injusto; San Basilio y San Juan Crisóstomo advirtieron que acumular riquezas mientras otros pasan hambre es una ofensa contra Dios; y voces contemporáneas como el padre Miguel Pastorino han criticado la llamada “teología de la prosperidad”, que convierte la religión en negocio y manipula a los más pobres.

Incluso el propio Vaticano ha abierto investigaciones sobre escándalos financieros en sus instituciones, reconociendo públicamente que el mal manejo del dinero es una herida que afecta la credibilidad de la Iglesia y que debe ser corregida con transparencia y justicia. Y pienso también que un párroco debe mantenerse alejado del pecado de la avaricia, porque quien administra lo sagrado no puede dejarse dominar por el deseo de acumular bienes materiales, ya que la fe auténtica exige desprendimiento y servicio.

Más aún, debe evitar caer en la simonía, ese pecado antiguo que consiste en traficar con lo espiritual y vender lo que es don gratuito de Dios, pues nada corrompe más la fe que convertir la gracia en mercancía. Recuerdo nítidamente que me pedían una determinada cantidad de dinero para mencionar a mi difunto. Y no pude dejar de pensar que los pobres quedaban excluidos.

Aquella escena me hizo recordar de inmediato el gesto de Jesús en el Lunes Santo, cuando expulsó a los mercaderes del templo y denunció la profanación de la casa de su Padre. Como dice el Evangelio de Mateo: “Entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:12-13). El contraste entre la fe auténtica y la religiosidad superficial se hacía evidente: lo que debía ser signo de devoción se convertía en objeto de transacción.

Jesús, al irrumpir en el templo y volcar las mesas de los cambistas, no solo defendía la pureza del lugar sagrado, sino que revelaba la esencia de la fe verdadera. La fe no se compra ni se vende, no se mide por la apariencia de un ramo en la mano ni por el cumplimiento externo de un rito. La fe auténtica es encuentro con Dios, es transparencia del corazón, es coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Por eso su gesto fue profético: denunció la corrupción de una religión reducida a negocio y recordó que el culto verdadero consiste en amar a Dios y al prójimo. Como recuerda el Evangelio de Juan: “No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Juan 2:16).

Hoy, como entonces, corremos el riesgo de convertir la fe en espectáculo o en mercancía. Cuando la religión se instrumentaliza para obtener poder, prestigio o beneficio económico, se traiciona su sentido más profundo. El episodio del Lunes Santo nos interpela a examinar nuestras prácticas: ¿buscamos realmente a Dios o nos conformamos con símbolos vacíos? ¿vivimos la fe como entrega y servicio, o la reducimos a costumbre y apariencia? La fe auténtica exige purificación, exige volver al corazón del Evangelio, exige que nuestra vida sea templo vivo donde Dios habite. San Pablo lo recuerda con fuerza: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).

Así, el gesto de Jesús no es un recuerdo lejano, sino una llamada urgente. Nos invita a expulsar de nuestro interior todo aquello que mercantiliza la relación con Dios: la vanidad, el egoísmo, la indiferencia. Nos recuerda que la casa del Padre es casa de oración, y que la fe auténtica es la que transforma la vida, la que construye comunidad, la que se expresa en justicia y en amor. En este Lunes Santo, al contemplar a Jesús purificando el templo, descubrimos que también nosotros estamos llamados a purificar nuestra fe, para que sea verdadera, transparente y fecunda.

Jesús enseña que la fe auténtica no se compra ni se negocia, no se mide por ritos externos ni por apariencias, sino que nace de un corazón sincero que busca a Dios en espíritu y en verdad. La fe verdadera es confianza radical en el Padre, es amor al prójimo sin esperar recompensa, es desprendimiento de los bienes materiales y rechazo del pecado de la avaricia y de la simonía. Como recuerda el Evangelio: “No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Juan 2:16), y también: “Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:13). La fe auténtica, según Jesús, es coherencia entre lo que se cree y lo que se vive, es servicio humilde, es justicia y misericordia, y es reconocer que somos templos vivos del Espíritu de Dios (1 Corintios 3:16).

En conclusión, la reflexión sobre la autenticidad de la fe frente a la mercantilización de lo sagrado conduce a la conclusión de que la verdadera religión no puede reducirse a apariencias externas ni a rituales vacíos, sino que exige coherencia interior y transparencia del corazón. El dinero, cuando invade lo religioso, se convierte en principio de corrupción porque transforma lo gratuito en mercancía y lo trascendente en objeto de intercambio, lo cual contradice la esencia misma de la fe. 

La avaricia aparece como un vicio destructivo que esclaviza al ser humano y lo aparta de la virtud de la templanza, mientras que la simonía representa la traición más radical a lo espiritual, pues convierte la gracia en negocio y degrada lo sagrado. 

De este modo, la filosofía moral y la tradición teológica coinciden en señalar que la fe auténtica exige desprendimiento, justicia y servicio, y que la comunidad creyente debe mantenerse vigilante frente a toda forma de corrupción que profane lo divino. 

En última instancia, la enseñanza de Jesús revela que la fe verdadera es confianza radical en Dios, amor al prójimo y rechazo de toda instrumentalización de lo espiritual, porque solo así la vida humana se convierte en templo vivo donde habita el Espíritu.

Bibliografía

Basilio de Cesarea. Homilías sobre la riqueza. Madrid: Editorial Ciudad Nueva, 1999.

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Crisóstomo, Juan. Homilías sobre el Evangelio de Mateo. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2007.

Evangelio según San Marcos. Capítulos 11 y 12. La Biblia.

Evangelio según San Mateo. Capítulos 19 y 20. La Biblia.

Evangelio según San Mateo. Capítulos 21 y 22. La Biblia.

Jeremias, Joachim. Jerusalén en tiempos de Jesús: estudio económico y social del mundo del Nuevo Testamento. Madrid: Ediciones Cristiandad, 2017.

Pastorino, Miguel. La teología de la prosperidad: crítica a una falsa doctrina. Montevideo: Editorial Claretiana, 2015.

Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI). Jesús de Nazaret. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2015.

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